5 EL LABORATORIO AGUJA

—No seas loco —dijo Rey Béster—. Nadie en su sano juicio vive en la superficie.

Un «apartamento de superficie» en la ciudad de Delmarva se definía, convencionalmente, como cualquier cosa a menos de un kilómetro bajo tierra. La última capa exterior, cuyo techo tocaba ya al aire libre, se reservaba para la agricultura y el cultivo automatizado de la tierra. Humanos, prohibido el paso. Si alguien sentía la extraña urgencia de saborear la vida «natural» podía satisfacerla fácilmente viajando a África Central o Sudamérica. Allí, las reservas de superficie, donde se incluían especies salvajes protegidas, se extendían a lo largo de miles de kilómetros cuadrados.

La superficie de Delmarva era un buen lugar para la agricultura. Y era también el lugar perfecto donde visitar un laboratorio Aguja ilegal... para aquellos que pudieran soportar la idea. Luther Brachis y Rey Bester intentaban ocultar su mutua incomodidad mientras salían del último tubo elevador y subían por una escalera de acero. Brachis odiaba aquellas brisas impredecibles. Todavía le hacían reaccionar como si hubiera un fallo en el sistema de aire y anunciaran vacío absoluto. Y Rey Bester, a gusto en los sótanos de la ciudad, temblaba bajo el cielo cuajado de estrellas y su frío resplandor.

Caminaron muy juntos, apresurados, por tres campos cubiertos de juncos mutados de color verde oscuro. Rey Bester conocía su destino con exactitud. Después de sólo unos minutos bajo cielo abierto, se sintió a salvo bajo techo. Descendieron un corto tramo de escalones y desembocaron en una puerta cerrada, más allá de la cual había una habitación oscura. En su interior había un hombre alto y encorvado, calvo, de nariz roja y barba larga y desordenada.

—El margrave de Fujitsu —dijo Bester con tono formal—. El comandante Luther Brachis.

El margrave le miró ausente, cerró la puerta, se volvió y encendió la luz. Al otro extremo de la habitación había una planta bulbosa de unos cinco metros de alto y dos de ancho. Cuando la luz incidió en ella, sus hojas superiores empezaron a abrirse. En menos de treinta segundos apareció una gran flor. Su parte central parecía una cara humana, con las mejillas sonrosadas, la boca roja y curva, y los ojos azules y ciegos. Después de un momento, la boca se abrió y emitió un sonido cristalino, de pura soprano, que entonaba un lamento sin palabras. El tema empezó a desarrollarse desde el grado más simple hasta adquirir una complejidad sorprendente.

—Una de mis creaciones más celebradas —dijo el margrave en un excelente solar estándar—. La llamo Sorudan, el espíritu de la canción. La melodía nunca se repetirá a menos que yo lo desee. Lamentaré mucho si alguna vez me veo obligado a venderla.

Redujo la intensidad de la luz. La voz se hizo más baja, y el tema entonó una sublime cadencia de semitonos hasta su cadencia final. Los ojos ciegos se cerraron. Poco después, los pétalos empezaron a curvarse en torno a la cara silenciosa.

El margrave les condujo a la habitación de al lado. Luther Brachis le siguió lentamente. Aunque Sorudan había sido creada sólo para su propio placer, el feo artista había dado vida a una obra de sorprendente belleza.

Las paredes de la otra habitación estaban llenas de jaulas, dibujos, fotografías y modelos. Brachis comprobó satisfecho que el campo de trabajo Aguja era diverso y aparentemente ilimitado. Unas acuaformas, tras asomarse a sus tanques de agua verde, se sentaron para tomar forma de grifos. En una holografía, un canguro esqueléticamente delgado se acercó a una jirafa y saltó por encima de ella. En otra, una criatura similar a un oso, de tres centímetros de longitud, caminaba sobre un lirio. Y por todas partes plantas móviles temblaban y serpenteaban entre las jaulas, siguiendo el movimiento de la luz.

El margrave de Fujitsu señaló con la mano.

—Rey me ha dicho que no le interesan los simples productos artísticos. ¿Por qué no me explica lo que quiere? Entonces le diré si puede hacerse y cuánto puede costarle.

Luther Brachis asintió.

—Necesito algo especial, y estoy dispuesto a pagar bien. Pero Rey tendrá que esperar fuera mientras lo explico. Tiene que ser confidencial.

Rey Bester pareció molestarse, empezó a objetar y después se encogió de hombros.

—Buena idea —dijo, no del todo convencido—. Me va a pagar de todas formas, así que no me importa nada.

Bester se fue malhumorado a la otra habitación y vio cómo Luther Brachis cerraba la puerta con sumo cuidado. Pegó la oreja tras ella, pero no pudo oír nada. Esperó impaciente durante quince minutos, e incluso se subió a una banqueta intentando ver algo por encima de la puerta. Fue inútil. Cuando la puerta volvió a abrirse y los otros dos hombres salieron, saltaba arriba y abajo lleno de frustración y curiosidad.

—Enviaré los detalles en cuanto regrese a Ceres —dijo Brachis.

El margrave asintió solemnemente y abrió la puerta.

—Déme dos semanas antes de esperar resultados. Para entonces, ya podré decirle si puedo hacer lo que quiere. Y necesitará un intermediario apropiado. No me arriesgaré a volver a verlo.

—Comprendo. Lo prepararé todo.

La pesada puerta se cerró. La luz se desvaneció y Brachis y Bester se encontraron en la oscuridad, bajo la noche sin luna.

—¿Por qué los llaman «Agujas»? —preguntó Brachis mientras se dirigían a la superficie—. He visto todo el laboratorio del margrave y no he visto ningún sitio donde inyecten nada.

—No inyectan —dijo Rey Bester en un extraño solar estándar—. Al menos, ya no. Hacían cuando empezó técnica, años atrás. Primeros días, todos biólogos. Jugaban con animales hembra, producían retoños, sin padre.

—¿Quieres decir partenogénesis? Hay muchos organismos que se reproducen así.

—Sí, partoeso. Sabía que era palabra larga. Biólogos calentaban huevo, ponen huevos en ácido, dan descarga eléctrica, juegan con agujas... huevo se desarrolla. Entonces luego empezó otro juego: si usaban aguja muy fina, pueden inyectar materia en mitad de células. Pueden poner nuevo ADN en núcleo.

—Rey, cuando te enseñaron solar estándar, ¿no te mencionaron los artículos? ¿Por qué no hablamos el idioma de la Tierra? Me das dolor de cabeza.

Rey Bester enarcó las cejas, sonrió y se encogió de hombros.

—Muy bien, caballero. Muchos extranjeros no lo entienden, así que tiendo a no emplearlo. Me alegra cambiar. Después de aprender la inyección de ADN y depurar la técnica, las Agujas nunca miraron atrás. Aprendieron a poner el ADN de un pato en un águila, ADN de araña en un mosquito... Cualquier cosa. Tecnología muy depurada, claro. Si nosotros lo intentáramos, el cigoto moriría. Pero ellos eran realmente buenos... como el viejo Fujitsu. Lo que quieras, lo hará. —Rey miró a Luther con curiosidad—. ¿Te dijo lo que haría?

Brachis no contestó inmediatamente. Se encontraban en lo alto de las escaleras, esperando que sus ojos se ajustaran a la oscuridad. Rey Bester le tomó del brazo.

—No tanta prisa, caballero. Puede haber Carroñeros por aquí. Salen de sus escondites por la noche, a ver qué encuentran. Son duros y malignos, y te cortarán en rodajas para quitarte la ropa... o sólo por la diversión de hacerlo.

Permanecieron allí un par de minutos. Ninguno de los dos se sentía con ganas de internarse de nuevo en la superficie. Finalmente, Brachis dio unos cuantos pasos adelante y se obligó a mirar a su alrededor. Si tenía que volver a visitar la Tierra, mejor aprender a sentirse cómodo en ella.

Miró y escuchó. La constante brisa en la cara le resultaba ya menos desconcertante. El olor a podrido —debía de haber plantas y animales muertos disolviéndose sin que existiera un plan de control ni de limpieza—, le hizo arrugar la nariz de puro disgusto. Los juncos se movieron, mecidos por el viento. Alzó la mirada. En el cielo, en un claro formado por las nubes, pudo ver las estrellas. Parecían moverse y fluctuar mientras las miraba.

Se encaminó hacia la entrada de los niveles inferiores.

—El trabajo que el margrave está haciendo para mí no es de tu incumbencia —dijo, respondiendo por fin a la pregunta de Bester. El anzuelo estaba dispuesto. Ahora sólo faltaba asestar el golpe final. Si algo podía hacer que Rey Bester picara, sería su enorme curiosidad—. Te lo aseguro, las cosas serían muy distintas si estuviera seguro de que estás de mi parte. Te podría decir muchas cosas sobre mis planes, y también podrías intervenir en ellos. Habría trabajo para ti, aquí abajo y fuera de la Tierra.

Bester empezó a chasquear los dedos, excitado.

—Ponme a prueba... sólo ponme a prueba.

Luther Brachis sacudió la cabeza.

—Es demasiado arriesgado. Primero, tendría que estar seguro de que trabajas para mí y no para Esro Mondrian.

—No trabajo para él. Juro que no. No lo conocía de nada.

—Ya veremos. Pero tenemos que trabajar despacio y con mucho cuidado. Puedo decir muchas cosas sobre Esro Mondrian, pero nunca diré de él que no sea inteligente.

—Me asusta —dijo Bester—. No me gusta mirarle a los ojos.

—Mantente así. Es más seguro. ¿Crees que estás dispuesto a hacer un trabajo para mí, entonces?

—Tú pídelo, caballero —Rey Bester estaba ansioso—. Yo lo haré.

—Muy bien. Para empezar, quiero que vigiles el producto que el margrave de Fujitsu creará para mí —Brachis sonrió—. Querías saber qué es lo que ordené. Lo sabrás. Te enviaré las instrucciones para que se las entregues al margrave dentro de unos pocos días. No se lo digas a nadie. Y quiero que vigiles atentamente lo que se fabrica allí abajo.

—¿Crees que puede hacerlo?

—Estoy seguro. Su orgullo no le permitirá renunciar. Verás el resultado y sabrás si lo hace bien incluso antes que yo.

Ya casi habían llegado al nivel donde vivía Tatty Snipes. Ella había dispuesto que ambos se instalaran en sendos apartamentos grandes y lujosos. Rey Bester abrió los ojos cuando los vio, y agradeció de viva voz que no tuviera que pagar por ellos.

—Pero no comprendo todavía por qué no se permite a un Aguja negociar legalmente —continuó Brachis cuando llegaron por fin a la puerta de su apartamento—. Sus productos son maravillosos. Podríais exportarlos a todo el Grupo Estelar.

Rey Bester se agitó dentro de su ropa remendada y sacudió la cabeza.

—Bueno... Tienen un problema. Los laboratorios Aguja hacen todo tipo de Artefactos, pero todos los buenos tienen una cosa en común: su ADN es principalmente humano. No está permitido, pero lo hacen, pues de otro modo no podrían competir con los otros. ¿Recuerdas a Sorudan? Ése era más humano que los monos inteligentes de los sistemas de transporte. Lo mismo pasa con todo lo que viste en el laboratorio de Fujitsu.

Luther Brachis no respondió. Pero, por la expresión de su cara, Bester tuvo la extraña sensación de que no podría haberle dado al gran comandante de Seguridad una noticia mejor.


Esro Mondrian estaba ya completamente despierto una hora antes del amanecer. Había dormido aproximadamente unas tres horas después de la media noche, y luego había despertado temblando y sudando. Tatiana yacía a su lado. El suave zumbido del comunicador no la despertó.

Dormía abrazada a él. Mondrian se movió lentamente y con mucho cuidado para liberarse, y entonces anduvo de puntillas hasta la habitación de al lado. Cerró la puerta, encendió una suave luz y conectó el altavoz.

—¿Comandante Mondrian?

Como esperaba, era Kubo Flammarion. El sucio hombrecito bebía demasiado, pero comía poco y dormía aún menos. Los dos hombres permanecían despiertos veinte horas al día.

—Soy Mondrian. Llama temprano, Kubo. ¿Dónde está?

—En las instalaciones del Enlace —la voz de Flammarion sonaba nerviosa—. Dispuesto a llevarme a Ceres a los dos que encontramos en los Gallimaufries. Pero tenemos un auténtico problema, y pensé que debería llamarle antes de hacer nada más.

—Informe.

—La mujer está bien. Se llama Leah Buckingham Rainbow. Su título es libre y claro, tiene veintidós años y sus condiciones físicas y mentales son de primera. Es buen material para los entrenamientos. Es el hombre... —se detuvo—. Es... mmm...

—¡Informe!

—Se llama Chancellor Vercingetorix Dalton. Es un espécimen físico maravilloso: veintidós años, y su título está también claro —se aclaró la garganta—. El único problema es que... es... retrasado.

—¿Qué?

Mondrian no elevó la voz porque no quería despertar a Tatiana, pero su intensidad se transmitió a lo largo del enlace comunicador.

—Retrasado. ¿Recuerda que cuando los vimos por primera vez la mujer parecía llevar la voz cantante? Bien, cuando los cogimos, ella hablaba siempre. El parecía escuchar y asentía. Pero no decía mucho; solamente su nombre cuando le preguntábamos. Cuando vea los resultados de los tests psicológicos verá por qué. Eso es casi la única cosa que sabe decir y comprende. Ella lo guía en todo.

—Por eso Bozzie parecía tan contento de hacer el trato.

Mondrian se llevó la cabeza a las manos y se encorvó hacia el comunicador—. Maldito sea, ¡lo sabía! ¡El gordo mentiroso! Kubo, ¿en qué condiciones está Dalton? ¿Tiene un informe?

—Bastante desesperanzador. Edad mental de dos años. El y la chica se criaron juntos, y ella siempre ha cuidado de él. Eso no le ha ayudado mucho.

—¿Quién sabe todo esto?

—¿Ahora mismo? Nadie. Pero los informes llegarán a Seguridad. Supongo que eso significa que llegarán... —Flammarion titubeó.

—¿A Luther Brachis? Claro que llegarán. No podemos evitarlo —la furia había desaparecido de la voz de Esro Mondrian. Ahora sonaba como si se abriera paso a través de un muro de hielo—. Pensará que ha ganado la apuesta. Pero no estoy dispuesto a admitirlo. Kubo, mire ese informe cuidadosamente e intente responder a esta pregunta. ¿Podríamos introducir a Dalton en un Estimulador Tolkov?

El otro lado permaneció en silencio.

¿Kubo?

—Sí..., lo siento. Supongo... —hubo un nuevo silenció—. Supongo que sí. El informe parece en regla. Podría haber una oportunidad. Pero, comandante, el Estimulador... es para uso de alta seguridad. No es... quiero decir que se supone que no...

—No me lloriquee. Cuando quiera un mono entre el personal, puedo encontrar uno aquí en la Tierra. Conozco mejor que nadie las restricciones del uso del Estimulador. Pero creo que podremos arreglárnoslas. El entrenamiento de los equipos perseguidores es materia de alta seguridad. La Anabasis tiene poderes especiales.

—Lo sé. Pero comandante, no es cuestión de permisos. Es el Estimulador. Sólo funciona una vez de cada diez.

—Correremos el riesgo. No olvides que cuando el Estimulador Tolkov sale bien, hay un cambio de subnormal a supranormal. El sujeto se vuelve extremadamente inteligente.

—Pero, comandante, si no funciona... entonces el sujeto muere.

—Cierto. Y entonces la apuesta con Brachis habría terminado. Kubo, no pierda el tiempo diciéndome cómo funciona el estimulador. Siga con el trabajo.

—Sí señor. Como ordene. Excepto que... Comandante, necesitamos a alguien que se encierre y trabaje con Chancellor Dalton durante un tiempo. Meses, tal vez un año. Y por lo que he oído, es un absoluto infierno para ambos. Es como torturar a la persona a la que se utiliza. Después de aplicar el estimulador varias veces, la persona que lo hace suele renunciar. Nunca encontrará a nadie que quiera utilizarlo con Dalton. Será una tortura tanto para uno como para el otro. A menos que quiera que yo...

Flammarion advirtió adonde conducía su lógica y se calló, horrorizado.

—Tranquilo, Kubo. No es usted el candidato. Conozco tan bien como usted los problemas que entraña usar un Estimulador Tolkov. Ya encontraré a alguien —se echó hacia atrás, calculando—. De acuerdo. Haga esto, inmediatamente: Lleve al hombre y a la mujer al centro de confinamiento de Horus. Máxima seguridad. Disponga allí lo necesario para educar y entrenar a un grupo perseguidor. Y asegúrese de que haya un Estimulador disponible. ¿Está claro?

—Así lo haré, señor.

—Gracias, Kubo. Sé que puedo confiar en usted. Una cosa más. Tenga preparado en Horus todo lo necesario para que se establezca allí quien vaya a trabajar con Dalton.

—Sí, señor. ¿Quién será, señor?

—No se preocupe por eso. Seguro que encontraré a alguien.

—Sí, señor. Pero...

Mondrian estaba ya a punto de cortar la conexión.

—¿Qué más, Kubo?

—Las habitaciones... ¿serán para un hombre o una mujer?

Mondrian guardó unos segundos de silencio.

—Asuma que será una mujer —dijo suavemente.

Desconectó y volvió silenciosamente a la habitación.

Tatiana aún dormía. Mondrian se colocó a su lado y empezó a acariciarla lentamente. Ella le atrajo hacia sí medio despierta, y murmuró, complacida por lo que él hacía.

Hicieron el amor largo rato, suavemente y en total oscuridad. Después, ella permaneció abrazada a él.

—Ha sido diferente —le susurró al oído—. Normalmente, te marchas al terminar, pero esta vez te has quedado conmigo. Esro, fue maravilloso.

—Fue fantástico. Tatiana, te quiero mucho. Sé que me has dicho que no te haga las mismas viejas promesas, y no lo haré. Pero te haré una nueva. Princesa, necesito tu ayuda. Hay un trabajo importante por hacer. Es fuera de la Tierra y puede exigir tiempo, pero necesito a alguien en quien pueda confiar plenamente. Si accedes a ayudarme, te prometo que saldremos de la Tierra... juntos.

—¿Hablas en serio, Esro? Quiero decir, después de tanto tiempo vas y me pides que me marche contigo, así? Apenas puedo creerlo.

—Hablo en serio. Nos iremos... si tú quieres.

Ella empezó a abrazarlo de nuevo, con todas sus fuerzas.

—¡Claro que quiero!

—Piénsatelo. No creo que pudieras conseguir Paradox fácilmente una vez estuvieras fuera de la Tierra. Ésa es una de las prohibiciones más fuertes de la Cuarentena.

Ella se calló y se pasó la lengua por los labios. Había miedo y hambre en sus ojos marrones.

—Me da igual —dijo por fin. Se rió nerviosa—. Me está matando, de todas formas; hace años que lo sé. ¿Cuándo nos iremos?

—Muy pronto. Necesito obtener un permiso especial de Cuarentena y un visado de salida, pero Flammarion puede empezar a trabajar en eso por la mañana. Espero marcharme de la Tierra dentro de tres o cuatro días. ¿Estarás dispuesta?

Tatty se echó a llorar.

—¿Dispuesta? ¿Dispuesta.? Esro, si quieres, estaré dispuesta dentro de un minuto. Ahora mismo.

Afortunadamente, ella no podía verle la cara.

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