16 SKRYNOL Y MONDRIAN

Mondrian despertó en una habitación fétida iluminada de rojo, bajo el sonido de un murmullo bajo y ominoso. Tragó saliva, se tensó un instante cuando la alta figura se inclinó hacia él y entonces, lentamente, se tranquilizó.

Sabía dónde se encontraba. Otra vez había estado soñando aquellos terribles sueños; la figura que se cernía sobre él era Skrynol. Las visiones de pesadilla habían sido diseñadas cuidadosamente bajo el control estricto del saltafreud. Y hasta el ruido tenía una explicación: Skrynol estaba cantando.

La Tubo-Rilla se inclinó sobre el cuerpo de Mondrian y lo observó con sus grandes ojos compuestos y murmuró una frase en tres tonos. Las luces de la habitación incrementaron su densidad.

—Para su placer —dijo Skrynol. Chirrió extrañamente—. Para que pueda admirar mi belleza.

Mondrian sacó un pañuelo del pantalón secándose el sudor de la frente y del pecho. Estaba desnudo hasta la cintura. Skrynol no se sentía completamente cómoda a temperatura inferior a la de la sangre humana, y en las últimas reuniones la habitación se había vuelto más y más cálida.

—Está exultante —dijo Mondrian—. ¿Debo asumir que hemos hecho algún progreso?

—Ciertamente. —La Tubo-Rilla movió la cabeza atrás y adelante en gesto de asentimiento aprendido de Mondrian—. Excelente progreso. Oh, sí, excelenteexcelente progreso.

—¿Tanto como para cantar?

—Ahhh —Skrynol alzó sus miembros delanteros y se los llevó a la cabeza—. Sí. Unas palabras sobre eso. Ya que lo estamos haciendo tan bien, aumenté la longitud de nuestra sesión para precisar un resultado. Por eso, he tomado más sangre de lo normal.

—¿Cuánta sangre más?

—Un poco. Bastante más que un poco. Pero le he dado fluidos que la reemplacen. Mmmm. —Se inclinó sobre él, como una enorme y deformada mantis religiosa que inspeccionara a su víctima. Hubo un aleteo de cilios olfativos, y un suspiro sibilante—. Mmmmm. Esro Mondrian, es una suerte que los Tubo-Rillas podamos controlar tan bien nuestras emociones y nuestras acciones. Me habían dicho antes de venir a la Tierra que la sangre humana era un poderoso estimulante para nuestro organismo, que podría resultar tóxico..., pero nadie me describió nunca este sentimiento de regocijo.

Pasó amorosamente un apéndice por el cuello y el torso desnudo de Mondrian. Al hacerlo, largas agujas flexibles se asomaron involuntariamente de sus vainas situadas a cada uno de los lados de su tercer segmento tarsal. Brillaron anaranjadas bajo la luz. Completamente extendidas, alcanzarían más de cinco metros en cualquier dirección. La propaganda oficial describía a los Tubo-Rillas como «seres libadores pacíficos, incapaces de comer alimento sólido pese a sus formidables mandíbulas».

Esro Mondrian miró intranquilo las agujas. ¿Libadores? Quizá, pero solamente si la palabra podía aplicarse al cuerpo jugoso de plantas y animales.

La urgencia por apartarse de su contacto fue fuerte. La resistió, y se sentó en el diván.

—Sé cómo debe sentirse. Algunos humanos también experimentan júbilo ante la sangre. Yo me excito con otras cosas. ¿Podemos discutir la sesión ahora? ¿Se siente lo bastante controlada para decirme lo que ha descubierto?

—Por supuesto. —Skrynol se echó hacia atrás, elevando su cuerpo segmentado otros quince centímetros—. No tenemos aún una solución para sus dificultades, pero creo que al menos puedo decir que al fin hemos definido el problema. Empezaré con una pregunta. Es usted el Jefe de Seguridad de la Investigación de Fronteras. ¿Cómo llegó a ese puesto?

—A través de la ruta habitual —Mondrian estaba sorprendido—. Después de dejar la Tierra, estudié las otras civilizaciones del Grupo Estelar y entonces acepté un empleo en una alianza comercial con ellos. Después, todo fue simplemente trabajo duro y promoción constante.

—Así es como puede parecerle. Pero su respuesta cuando se mencionan ciertas materias hace obvio un factor; el ascenso a su actual posición fue menos casual de lo que cree. Fue impulsado a buscarlo. Como le dije en nuestro primer encuentro, sus pesadillas no son más que analogías. Pero ¿para qué?

Skrynol se volvió hacia una pantalla que había detrás, y dibujó un círculo en el centro con el brazo izquierdo. Dibujó un punto negro en el centro y una serie de radios que lo conectaban con la circunferencia.

—Es hora de que haga un pequeño discurso. Este de aquí es usted —señaló el punto central—, en el centro de la región segura. Como la mayoría de los miembros de su especie, está dominado por la autopreocupación, y se ve como centro del universo —señaló los ejes—. También sueña con una tela de araña, una tela de información, que le es proporcionada a través del Enlace Mattin. En sus sueños hay una región oscura más allá de la tela. Y, seguramente, en su mundo hay también una región oscura. Es esto: todo lo que se extiende más allá del Perímetro. Y eso le aterroriza. Tal vez pueda controlarlo todo dentro de la Esfera Conocida, pero ¿cómo puede controlar lo que hay fuera? ¿Cómo puede saber qué es lo que hay allí? —Skrynol señaló la pantalla—. En sus sueños, la región segura e iluminada se está encogiendo, y la zona oscura y peligrosa se acerca cada vez más. En el mundo real, el Perímetro crece, y, por causa del Enlace Mattin, nuevas partes del espacio son fácilmente accesibles para usted. Y usted para ellas. No sabe lo que puede haber más allá del Perímetro de ahora... pero está terriblemente asustado por eso. La región segura parece encoger, pero eso es solamente porque la región insegura se hace cada vez más accesible. Continuamente se añade más espacio nuevo. ¿Cómo puede minimizar el peligro? Simple. Busca el control. Busca la posición que le permita tener el máximo conocimiento posible y el control sobre el Perímetro: la posición del Jefe de Seguridad de Investigación de Fronteras. No puede desterrar los peligros... Estos son causados por la política expansionista del Grupo Solar, y eso está más allá de su control. Pero al menos puede saber de cualquier peligro lo más pronto posible, y encontrarse así en posición de combatirlo. Fue usted impulsado a convertirse en Jefe de Seguridad. Y hará cualquier cosa para proteger el Perímetro..., cualquier cosa.

La Tubo-Rilla se inclinó hasta que su ancha cabeza en forma de corazón quedó a sólo un palmo de la de Mondrian.

—Su pesadilla es real, Esro Mondrian. Tiene miedo del resto del Universo..., de todo lo que existe más allá del Perímetro —le miró a los ojos sin pestañear—. ¿Acepta mi análisis?

Mondrian asintió de manera casi imperceptible.

—Lo acepto —dijo suavemente—. Pero no sé a dónde conduce. ¿Me está diciendo que las pesadillas deben continuar mientras me mantenga en mi cargo?

—Sigue sin comprender. Repito: buscó usted esa posición en un intento de controlar la situación... de desterrar sus pesadillas. Sus sueños no son el resultado de su posición. Surgen de una causa mucho más profunda.

—Pero ¿cuál es?

Skrynol sacudió la cabeza.

—No lo sé. Todavía no. Sólo sé que está profundamente enterrada, en su infancia. Y todavía no puedo alcanzarla. Necesito ayuda. Por eso debe hacer algo más.

—Dígalo.

La cara de Mondrian estaba pálida, arrugada y cansada.

—Quédese aquí. Viaje por la Tierra. Este planeta fue el escenario de sus experiencias primeras y más ocultas. Puede que no reconozca la fuente de sus miedos, aunque se encuentre con ella; pero yo lo sabré, a través de sus respuestas inconscientes. Y entonces quizá podremos por fin ayudarle.

—Estoy demasiado ocupado para perder más tiempo en la Tierra.

—Hasta que no lo haga, su problema no tendrá solución —Skrynol se apartó de Mondrian—. Por hoy, esto es el fin de la sesión. Puedo leer su cansancio. Póngase la camisa y le acompañaré a la puerta.

Mondrian suspiró y recogió la chaqueta del diván. A pesar de la fatiga, su mandíbula era firme.

—Todavía no. Tenemos otra cosa que negociar.

—Está exhausto. Por su propio bien, sea breve.

—No puedo prometer eso. —Mondrian buscó en el bolsillo de su chaqueta y extrajo un sello negro del tamaño de una uña—. Esto es un sumario de los planes de expansión humana. Sólo da una información general. Antes de que reciba más, debo saber a través de sus canales oficiales que el control completo sobre la operación de Travancore pertenecerá a la Anabasis... sin interferencia de nuestro embajador Estelar o de nadie más. Quiero que se me asegure que la Anabasis podrá aislar ese planeta.

Skrynol cogió delicadamente el sello. Movió la cabeza de un lado a otro, examinando el pequeño cuadrado de metal.

—Hago todo lo que puedo.

—¿Por qué tarda tanto tiempo?

Una vez más, sonó el chirrido que Mondrian había aprendido a reconocer como la risa de los Tubo-Rillas.

—Mondrian, no cometa el error de su especie. Como los humanos, los Tubo-Rillas somos todos individuos, con sus preferencias y planes propios. Hay tanta variedad de pensamientos y deseos entre nosotros como entre ustedes. Debo conseguir un consenso. Y mi especie no confía en la suya. Esto facilitará mi tarea —agitó el sello negro—. No se preocupe. La Anabasis controlará Travancore.

—No busque detalles en esos planes. Lo que tiene no es más que un esbozo. El resto puede estar disponible dentro de diez días.

—Esto es suficiente, por el momento —el saltafreud guardó el sello cuidadosamente en un pliegue de su cuerpo—. Aunque los planes que me ha dado estén equivocados en algunos detalles —en todos los detalles—, son importantes. Alguno de su especie atravesó el proceso mental que crea ese tipo de planes. Queremos comprender el proceso mental, los conceptos amplios, tanto como los planes en sí. Para mi especie, es inconcebible que tales ideas puedan ser imaginadas, y aún menos que las acciones que describen sean llevadas a cabo. Pero hemos estudiado la historia humana. En lo que se refiere a la guerra y la lucha, la especie humana puede que no —les doy el beneficio de la duda— puede que no sea completamente agresiva, pero ciertamente lo es. Como dice su propio refrán, en el país de los ciegos el tuerto es el rey. En cuestiones de conquista y destrucción, mi especie está ciega... lo mismo que los Remiendos y los Ángeles.

—Parece que el resto del Grupo Estelar piensa de la misma forma acerca de los humanos.

—Me temo que así es. ¿Por qué, si no, iba a estar yo aquí en la Tierra, sola? En el caso de los Remiendos, sus sentimientos se deben a su aspecto. La forma humana recuerda a un pequeño carnívoro de su mundo natal de Mercantor. No es peligroso para ellos, pero es insensato, feroz y molesto. Tales asociaciones son irrelevantes en una criatura de intelecto perfecto, mas para la mayoría de nosotros —no estoy muy segura en lo que respecta a los Ángeles—, ésos pueden ser factores de peso. Los pequeños detalles pueden ser muy importantes. Por ejemplo, me han dicho que para un humano la voz de un Tubo-Rilla siempre parece alegre, incluso cuando carece de la modificación quirúrgica que yo experimenté para facilitar la producción del habla humana.

—Eso es cierto. Todos suenan a felices.

Skrynol inclinó la cabeza y otra vez se llevó las manos a la cabeza.

—Y este gesto, que para nosotros significa vergüenza y sufrimiento, les parece divertido. Lo sé. Así que a los humanos nuestras penas y preocupaciones siempre deben parecer cómicas.

Mondrian dudó.

—Lo parecen —dijo—. Pero no pienso que usted sea cómica.

Mondrian dudó.

—Me alivia escuchar eso, y me sentiré mejor si me dice qué piensan los humanos de nosotros.

—Como ha señalado antes, ni los humanos ni los Tubo-Rillas comparten las mismas opiniones. Pero la visión general de los Tubo-Rillas es que son escrupulosos, abnegados y un poquitín bobos. En términos humanos, también carecen de iniciativa.

—¿Para la guerra que ustedes encuentran tan popular?

—Para más que eso. Hay una vieja historia que ilustra el punto de vista general humano de las otras especies del Grupo Estelar.

—¿Una historia verídica?

—Estoy seguro de que no es cierta. Pero muestra la perspectiva humana. Según ella, una nave que transportaba a un humano, un Tubo-Rilla, un Remiendo y un Ángel tuvo que hacer una aterrizaje de emergencia en Dembricot. No tuvieron tiempo de enviar una señal de socorro, y nadie tenía motivos para buscarlos. Los cuatro se sentaron para analizar la situación. Su reserva de alimentos era escasa. Su equipo de comunicaciones no podía ser reparado. Tal vez pudieran esperar un rescate eventual, pero dentro de varios años. ¿Qué podían hacer?

»El humano pidió sugerencias. La Tubo-Rilla dijo que lamentaba la situación, pero que una simple Tubo-Rilla no podría resolver el problema donde otras especies ya habían fracasado. Dejó el grupo y se marchó sola al bosque. El humano le pidió ideas al Remiendo y éste dijo que no había problemas. En Dembricot abundaban los insectos. Todo lo que tenía que hacer era descomponerse en miembros individuales, volar y capturar a tantos como quisiera. El Humano se dirigió al Ángel, El Ángel estuvo de acuerdo con el Remiendo en que no había problema. El terreno de Dembricot era muy fértil; todo lo que hacía falta era plantar sus raíces.

—¿Y la sugerencia humana?

—El humano no hizo ninguna sugerencia. Después de escuchar a los otros, reparó la nave. Lo que ustedes ven como agresión, nosotros lo vemos como iniciativa.

—Tienen una opinión muy pobre sobre sus amigos del Grupo Estelar.

—No tan mala como sugiere la historia. Ese tipo de anécdotas siempre tienden a exagerar. A los humanos les gustan los Remiendos. Disfrutan de su sentido del humor, aunque consideran —si perdona mi chiste humano— que están un poco en las nubes y tienen la cabeza llena de pájaros. Los Ángeles son precisos, esmerados y casi totalmente incomprensibles. Y los Tubo-Rilla tienen un aspecto terrible, toman sus responsabilidades en serio y se preocupan demasiado.

Skrynol se había apoyado en sus miembros traseros y se movía de un lado a otro.

—Es bueno tener esas perspectivas. ¿Sabe que tenemos una historia similar, con las mismas acciones para los Remiendos y los Ángeles? Pero en nuestra versión el humano quiere cazar, matar y comerse a los animales nativos... y es el Tubo-Rilla quien repara la nave y hace posible la fuga.

Mondrian se levantó y empezó a abotonarse la chaqueta.

—¿Le gustaría conocer qué historia cuentan los Ángeles y los Remiendos? Pero hemos hablado demasiado. Tengo que irme.

Skrynol asintió y condujo a Mondrian a la salida. La Tubo-Rilla insistía en cambiar cada vez el lugar de su encuentro, escoltando a Mondrian a través de un laberinto de túneles.

—Algún día deberemos discutir lo que entendemos por inteligencia —dijo pensativamente mientras caminaban en completa oscuridad—. Sospecho que podríamos encontrar sorpresas. Creo que estamos de acuerdo en que, cualesquiera que sean nuestras diferencias, humanos, remiendos, ángeles y Tubo-Rillas somos todos inteligentes... quizá de inteligencia comparable. Pero ¿significa esto que somos de alguna manera iguales? No, por esta importante razón: no seguimos el mismo camino hacia la inteligencia. Los humanos evolucionaron a partir de un animal pequeño y débil en un planeta con poderosos predadores. Tuvieron que ser listos, inventivos y agresivos, o habrían sucumbido. Por eso construyeron herramientas, cambiaron el aspecto de la Tierra y salieron al espacio. Pero compare eso con los demás del Grupo, que nunca pensaron en dejar sus mundos natales hasta que llegaron ustedes, los humanos. Los Tubo-Rillas tenemos un tamaño que dobla el de cualquier otra forma de vida de nuestro planeta. Somos fuertes. No tenemos ningún competidor natural que dispute nuestro espacio vital o nuestro alimento. No necesitamos la inteligencia para combatir con ningún enemigo. Pero hace un millón de años nuestro planeta S'kat'lan atravesó una serie de cambios importantes en su clima. Nuestra inteligencia se desarrolló en respuesta a esa necesidad, y sólo a través de cambios drásticos en nuestra forma de vida y nuestro hábitat pudimos sobrevivir. Pero las fuerzas a las que nos enfrentamos fueron impersonales, como el viento y el clima. Pronto aprendimos a controlar nuestra población. Nunca combatimos mutuamente, ni fuimos amenazados por ninguna otra especie del planeta.

Skrynol extendió un palpo duro y viscoso para que Mondrian se agarrara y subió una rampa de cuarenta y cinco grados.

—En lo que respecta a los Remiendos —continuó—, a nivel de componentes individuales conocen la agresión, y lucharán para conseguir alimento, espacio y pareja. Pero un Compuesto Remiendo no tiene esas necesidades. No come, no bebe ni se aparea. En un sentido, es inmortal, y en otro no tiene existencia permanente. No tiene sentido del peligro a nivel Compuesto, porque a la primera amenaza simplemente se dispersa. En elementos separados, el Compuesto no existe. Mercantor es un mundo frío, y para un Remiendo «inteligencia» significa cercanía y calor. Y en cuanto a los Ángeles, su forma de inteligencia es un misterio para nosotros al igual que para ustedes. El Chasselrosa vivirá, morirá y buscará la luz y terreno fértil. Pero los Cantantes viven mucho, mucho tiempo y nadie sabe cómo se volvieron inteligentes, o para qué propósito puede servir su inteligencia. Quizá dentro de unos cientos de años...

Mientras Skrynol le había estado conduciendo en la oscuridad, Mondrian apenas había prestado atención. Tenía un nuevo problema en el que preocuparse. La Tubo-Rilla quería que surcara la Tierra, buscando su primera infancia. ¿Dónde se suponía que tenía que empezar la búsqueda? ¿En los Gallimaufries, en las instalaciones polares, en el océano o en las grandes reservas naturales del ecuador? La experiencia que Skrynol buscaba podría estar en cualquier parte. Tenía vagos recuerdos infantiles de todas esas zonas. Pero ¿cómo podía invertir su tiempo en eso, cuando el equipo perseguidor enviado a Travancore estaba a punto de empezar su misión?

Antes de que llegara a una zona iluminada de los refugios, Mondrian alcanzó una conclusión: la Anabasis tenía prioridad absoluta. No importaba lo malas que fueran las pesadillas; viviría con ellas un poco más.

Y en cuanto a lo de explorar la Tierra, podía hacer una lista detallada de los lugares que quería ver. Y entonces lo que necesitaría sería alguien que fuera allí, alguien que hiciera grabaciones y se las entregara para que él las observara. Las grabaciones podrían proporcionar la clave mental que abriera su memoria.

Mondrian pensó. Necesitaba mucha ayuda. Cuando llegó al apartamento de Tatty, sabía exactamente lo que tenía que decir y hacer.

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