CAPITULO 21 — PROBLEMA NUMERO 3.

El Cazador quería permanecer allí hasta que las llamas se extinguieran completamente, para estar seguro de los resultados. Pero Bob, seguro de haber hecho ya todo lo que estaba a su alcance, se ocupó desde ese momento de su padre. A él le bastaba con echar una simple ojeada a ese infierno que rodeaba la última posición conocida del fugitivo. Corrió hacia el jeep; miró el cuerpo de su padre y puso el vehículo en marcha, dirigiéndose hacia el consultorio del doctor Seever. El Cazador no se atrevía a hacer observación alguna. Hubiera sido una imprudencia interferir la visual de su anfitrión mientras manejaba el automóvil a semejante velocidad.

El señor Kinnaird había recuperado la visión en el mismo momento en que el simbiota abandonara su cuerpo y la mayor parte del tiempo había permanecido consciente; sin embargo, la parálisis se prolongó mucho más que en el ensayo que el Cazador hiciera con Bob. Además el señor Kinnaird no se hallaba en una posición que le permitiera ver lo que sucedía en el galpón. Sabía que Bob se había detenido en las cercanías del incendio y que había regresado a buscar algo, aunque no sabía de qué se trataba. Durante todo el trayecto se esforzó para formular esa pregunta.

Se recobró lo suficiente como para incorporarse, antes de cubrir el corto camino que los separaba del consultorio del médico, y en el momento en que Bob abría la puerta del jeep para descender, sus labios comenzaron a moverse. Bob, por supuesto, se sentía muy aliviado al observar la mejoría de su estado, pero ya en ese momento, se sentía aquejado por una nueva preocupación, limitándose a contestar a sus preguntas.

—No importa lo que le sucedió al galpón ni tampoco a mí. Sólo quiero saber cómo te sientes. ¿Puedes caminar o prefieres que te ayude?

La última parte de esta pregunta provocó una singular reacción en el ánimo del señor Kinnaird, quien descendió dignamente del automóvil y se encaminó a grandes pasos, precediendo a su hijo, hacia la puerta del consultorio. En otra oportunidad similar el rostro de Bob hubiera reflejado una expresión jovial de triunfo; pero ahora seguía demasiado preocupado.

En el interior del consultorio, el doctor pudo formarse una idea más o menos coherente de lo que había sucedido al oír ambos relatos. Pero ante la expresión de Bob y las significativas miradas que le dirigía, se dió cuenta de que eso no era todo; ordenó al señor Kinnaird que se recostara en la camilla, para examinarlo, pero éste se resistió argumentando que quería saber cómo estaba Bob.

—Yo hablaré con él —dijo Seever—. Espéreme aquí.

Salió de la habitación con el muchacho, levantando interrogativamente las cejas.

—Sí —contestó Bob a esa pregunta que no había sido formulada—. Pero no encontrará ahora nada, salvo una absoluta falta de microbios. Más tarde le contaré todo. Pero el asunto está terminado.

Esperó que el doctor desapareciera y luego habló con el Cazador.

—¿Qué piensas hacer ahora que has terminado tu trabajo entre nosotros? ¿Vas a volver a tu planeta?

—No puedo. Ya te lo expliqué —fué la silenciosa respuesta—. Mi nave ha quedado totalmente destrozada y aunque la otra no lo estuviera, nunca llegaría a encontrarla. Tengo conocimientos muy escasos acerca del funcionamiento de los vehículos interplanetarios. Yo soy un agente de policía y no un físico o un ingeniero constructor. Me resulta tan imposible hacer una nave interplanetaria, como a ti construir un avión semejante al que nos condujo hasta aquí.

—¿Entonces…?

—Debo quedarme en la Tierra; sólo quedaría la remota posibilidad de que otra nave de mi planeta descendiera sobre la Tierra. Pero resulta casi ridículo confiar en semejante cosa; para comprenderlo, bastaría pensar un momento en los innumerables mundos que constituyen la Vía Láctea. De ti depende lo que yo pueda hacer aquí y también mi destino. No acostumbramos a permanecer con quienes no desean nuestra compañía. ¿Qué me contestas?

Bob no respondió inmediatamente. Se dió vuelta para mirar la columna de humo que se levantaba por encima de la montaña. Pensaba. El Cazador supuso que estaba considerando los pro y los contra de la situación y le dolió un poco su vacilación, a pesar de que había comenzado ya a comprender esa necesidad de soledad que experimentan a veces los seres humanos; pero, por primera vez, se equivocaba.

Bob era muy inteligente en relación con su edad; y no era difícil notarlo. Pero estaba todavía lejos de la madurez y tenía tendencia a considerar sus problemas inmediatos sin vincularlos a esquemas de acción más amplios. Cuando, finalmente, el Cazador escuchó la voz de Bob, no supo si se sentía aliviado, regocijado o divertido; nunca se preocupaba de encontrar palabras adecuadas para describir sus sentimientos.

—Me alegro de que te quedes aquí —dijo Bob lentamente—. Estaba un poco preocupado por eso, especialmente durante los últimos minutos. Simpatizo mucho contigo y esperaba que pudieras ayudarme a resolver algún otro problema. Dentro de algunos minutos papá saldrá por esa puerta, y con los ojos brillantes, comenzará a hacerme mil preguntas. Una de ellas será: ¿Cómo se inició el incendio? Y si no encuentro una respuesta convincente no recordará, al elegir la penitencia, que ya tengo quince años. No he dejado de buscar una respuesta pero, hasta el momento, no he logrado encontrarla. Así que, por favor, haz trabajar tu mente. Si no se te ocurre nada, puedes comenzar a formar una capa protectora debajo de mi epidermis; ¡ya te diré en qué lugar será más necesaria!


FIN
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