APÉNDICES

La guerra entre Idir y La Cultura

(Los tres pasajes siguientes han sido extractados de Breve historia de la guerra idirana —versión en lengua inglesa/calendario cristiano, texto original 2110 AD, sin alterar—, editada por Parharengyisa Listach Ja'Andesich Petrain dam Kotosklo. La obra forma parte de un Paquete de Extro-Información Terrestre independiente no encargado por la Cultura, pero aprobado por la sección de Contacto.)


Razones: La Cultura

La Cultura supo desde el principio que aquel conflicto iba a ser una guerra de religión en el sentido más amplio del término. La Cultura fue a la guerra para proteger y conservar su paz espiritual, y no por ninguna otra razón. Pero esa paz era la cualidad más apreciada por la Cultura; y teniendo en cuenta que la Cultura alardeaba de no profesar el más mínimo apego a los bienes materiales, es muy posible que fuese el único tesoro por el que estaba dispuesta a luchar.

La Cultura se encontraba más allá de las consideraciones prácticas que se guiaban por criterios de riqueza o de posesiones territoriales, tanto en la teoría como en la práctica. La misma idea del dinero —que la Cultura consideraba una forma de racionamiento tosca, poco eficiente y excesivamente complicada—, resultaba irrelevante dentro de aquella sociedad, pues la capacidad de los medios de producción ubicuos y capaces de casi todo que poseía excedía cualquier demanda racional (y, en algunos casos, puede que incluso irracional) que pudiera surgir de la considerable imaginación de sus ciudadanos. Todas esas exigencias eran satisfechas desde dentro de la misma Cultura…, con una excepción. Había cantidades más que suficientes de espacio habitable, y la demanda era satisfecha básicamente mediante Orbitales fabricados a partir de sustancias baratas. La materia prima existía en cantidades virtualmente inagotables tanto entre los sistemas estelares como dentro de éstos; y las disponibilidades de energía eran aún mayores gracias a la fusión, la aniquilación, la misma Rejilla o las estrellas (ya fuese tomada de forma indirecta, como radiación absorbida en el espacio, o directamente mediante absorción del núcleo estelar). Gracias a ello, la Cultura no sentía el más mínimo deseo de colonizar, explotar o esclavizar.

El único deseo que la Cultura no podía satisfacer por sí misma era uno común tanto entre los descendientes de su población humana original como entre las máquinas a las que había dado origen (sin importar los intermediarios que hubieran mediado en dicho proceso): la necesidad de no sentirse inútiles. La única justificación que la Cultura podía ofrecer para la existencia relativamente hedonista y libre de preocupaciones de que gozaban quienes vivían dentro de ella se hallaba en su dedicación a la filantropía y las buenas obras; algo que se expresaba mediante el evangelismo secular de la Sección de Contacto, la cual no se limitaba a descubrir, catalogar, investigar y analizar a otras civilizaciones menos avanzadas, sino que llegaba a interferir de forma abierta o subrepticia en el proceso histórico de esas culturas siempre que las circunstancias parecían proporcionarle alguna justificación para ello.

Con su típica mezcla de orgullo y modestia, Contacto —y, por lo tanto, la Cultura—, podía demostrar estadísticamente que esa utilización cautelosa y benevolente de la «tecnología de la compasión» (por utilizar una frase muy en boga durante aquella época) daba buenos resultados; en el sentido de que las técnicas de las que había acabado dotándose para influir sobre el desarrollo de una civilización mejoraban de forma significativa la calidad de vida de sus miembros sin que el contacto de dicha sociedad con una cultura mucho más avanzada produjera resultados perjudiciales.

Cuando se encontró con una sociedad de inspiración religiosa decidida a extender su influencia sobre todas las civilizaciones tecnológicamente inferiores que se cruzaran en su camino sin tomar en consideración el precio inicial de la conquista o las consecuencias subsiguientes de la ocupación, Contacto podía retirarse y admitir la derrota —con lo que no sólo desmentía su propia razón de existir sino también la única justificación gracias a la que los mimados habitantes de la Cultura, siempre tan autoconscientes de lo afortunados que eran, podían disfrutar de sus vidas con la conciencia limpia—, o podía pelear. Después de haberse preparado y formado a sí mismo (y a la opinión popular) durante décadas, siguiendo un credo estrictamente basado en el primer recurso, Contacto, tal y como hace prácticamente cualquier organismo cuya existencia se ve amenazada, acabó recurriendo de forma inevitable al segundo.

Pese a toda la perspectiva profundamente materialista y utilitaria de la Cultura, el hecho de que Idir no tuviera intención de conquistar ninguna parte física de la Cultura carecía de relevancia. La Cultura se hallaba amenazada de una forma indirecta pero, aun así, tan definitiva como letal.., no con la conquista, la pérdida de vidas, maquinaria, recursos materiales o territorios, sino con algo todavía más importante: la pérdida de su propósito y su paz espiritual; la destrucción de su espíritu; la rendición y el abandono de lo que formaba su alma.

Pese a todas las apariencias que apuntaban a lo contrario, era la Cultura y no Idir quien estaba obligada a luchar, y el apremio inescapable de esa desesperación acabó dándole una fortaleza que —incluso si se pudiera haber albergado alguna duda en cuanto al resultado eventual— no podía tolerar ningún compromiso.


Razones: Los idiranos

Los idiranos ya se hallaban en guerra, pues habían emprendido la conquista de todas las especies a las que consideraban inferiores y las subyugaban para incorporarlas a un imperio primariamente religioso que, casualmente, también era un imperio comercial. Su especie tuvo muy claro desde el principio que su jihad para «calmar, integrar e instruir» a esas especies y colocarlas bajo la atención directa del ojo de su Dios tenía que continuar y expandirse, pues de lo contrario carecería de significado. Un alto o una moratoria —cosa que podía tener una lógica muy considerable dentro de una expansión continuada, tanto en términos militares como comerciales y administrativos—, negaría dicha hegemonización militante en tanto que concepto religioso. El celo se impuso al pragmatismo y lo eliminó; como ocurría en la Cultura, lo importante era el principio.

El alto mando idirano consideraba la guerra desde mucho antes de que fuese declarada como una continuación de las hostilidades permanentes exigidas por la colonización teológica y disciplinaria, y enfrentarse a las capacidades tecnológicas relativamente equivalentes a las de su especie que poseía la Cultura sólo exigió una escalada del conflicto armado limitada, tanto en el aspecto cualitativo como en el cuantitativo.

La especie idirana como un todo dio por sentado que la Cultura se retiraría después de haber hecho aquel gesto simbólico, pero algunos de los políticos idiranos que tomaban las decisiones previeron que en el caso de que la Cultura demostrara estar tan decidida como en el «peor posible» de todos los escenarios extrapolados, se podía alcanzar un acuerdo políticamente juicioso que permitiría salvar la cara a ambos bandos y encerraría ventajas para los dos. Dicho acuerdo requeriría un pacto o tratado en el que los idiranos accederían a limitar o reducir la velocidad de su expansión durante un cierto período de tiempo, permitiendo con ello que la Cultura se atribuyera un éxito no demasiado considerable. Aparte de ello, el pacto o tratado les proporcionaría A) una excusa religiosamente justificable para la consolidación, gracias a la cual la maquinaria militar idirana podría recuperar el aliento, y que dejaría sin argumentos a los idiranos que se oponían a la expansión de su especie basándose en la velocidad y crueldad con que se estaba llevando a cabo, y B) ofrecería otra razón más para aumentar los gastos militares con el fin de garantizar que en la próxima confrontación con la Cultura —o con cualquier otro oponente—, sería posible obtener una victoria rápida y destruir al enemigo gracias a la decisiva superioridad militar alcanzada. Sólo las partes más fervientes y fanáticas de la sociedad idirana estuvieron a favor de o llegaron a contemplar la posibilidad de una guerra de exterminio total, y aun así se limitaron a aconsejar la continuación de las hostilidades contra la Cultura después de y pese a las vacilaciones y disensiones que debilitarían a la Cultura, y al intento de pedir una paz honrosa con Idir que —ellos también— creían acabaría siendo inevitable.

Los idiranos extrajeron estas conclusiones «sin pérdidas» de la extrapolación sobre el curso más probable de los acontecimientos, y declararon la guerra a la Cultura sin vacilación y sin ninguna clase de dudas o temores sobre el resultado final.

Como mucho, es posible que los idiranos pensaran que la guerra dio comienzo en una atmósfera de incomprensión mutua. No podían haber previsto el hecho de que su enemigo poseía una comprensión casi perfecta de su especie, en tanto que ellos no habían sabido aquilatar las fuerzas de la creencia, la necesidad —incluso el miedo—, y la moral que estaban operando en el interior de la Cultura.


Un breve resumen de la guerra
(tomado del texto principal)

La primera disputa entre Idir y la Cultura tuvo lugar en el año 1267; la segunda en 1288. La Cultura construyó la primera nave de guerra realmente digna de tal nombre de que había dispuesto en cinco siglos en el año 1289, aunque sólo como prototipo (la excusa oficial fue que las generaciones de modelos de naves de combate generadas por las Mentes que la Cultura había ido desarrollando habían alcanzado un estadio de evolución tan avanzada que era preciso someterlas a pruebas prácticas para ver si la teoría en que se basaban estaba acorde con la realidad.) En 1307 la tercera disputa produjo varias bajas (máquinas). La guerra fue discutida públicamente dentro de la Cultura como posibilidad por primera vez. En 1310 la sección de Paz de la Cultura tomó la decisión de separarse de la inmensa mayoría de la población, y la Conferencia del Pozo de Anchramin dio como resultado un acuerdo mutuo por el que se llevaría a cabo una retirada de fuerzas (decisión que los ciudadanos más miopes de Idir y la Cultura condenaron y aclamaron respectivamente.)

La cuarta disputa empezó en 1323 y continuó (con la Cultura utilizando fuerzas no pertenecientes a su sociedad) hasta 1327, cuando se produjo la declaración oficial de guerra y tanto las naves como las poblaciones de la Cultura se vieron directamente involucradas. El Consejo de Guerra de la Cultura del año 1326 tuvo como resultado final el que otras partes de la Cultura anunciaran su separación formal de la sociedad, proclamando que renunciaban al uso de la violencia fueran cuales fuesen las circunstancias.

El Acuerdo de Conducción de la Guerra entre Idir y la Cultura fue ratificado en el año 1327. En 1332 los homomda empezaron a tomar parte en la guerra como aliados de Idir. Los homomda —otra especie trípeda de mayor madurez galáctica que la Cultura o los idiranos— dieron refugio a los idiranos que se convirtieron en Restos Sagrados durante el Segundo Gran Exilio (1345-991 antes de Jesucristo) que tuvo lugar después de la guerra entre Idir y los skankatrianos. Los Restos y sus descendientes acabaron llegando a ser las tropas de choque más aguerridas y fiables de los homomda, y después del regreso sorpresa de los idiranos y su reconquista de Idir en el año 990 antes de Jesucristo las dos especies trípedas siguieron colaborando en términos que se fueron aproximando a la igualdad a medida que iba aumentando el poder idirano.

Los homomda se pusieron de parte de los idiranos porque les inquietaba el creciente poder de la Cultura (no eran la única especie que albergaba dicha preocupación, aunque sí fueron la única que actuó abiertamente para oponerse a la Cultura). Aunque tenían relativamente pocos desacuerdos con los humanos y aunque ninguno de ellos era demasiado serio, los homomda se habían mantenido fieles durante muchas decenas de miles de años a una política básica cuyo criterio de guía era el intento de impedir que ningún grupo de la galaxia (situado dentro de su nivel tecnológico) llegara a ser excesivamente fuerte, y los homomda estaban convencidos de que la Cultura se iba aproximando a tal situación. No hubo ningún momento en el que los homomda consagraran todos sus recursos a la causa idirana; utilizaron parte de su poderosa y muy eficiente flota espacial para ir llenando los huecos de calidad que se producían en la flota idirana, y dejaron muy claro ante la Cultura que si los humanos atacaban algún planeta homomdano la guerra se volvería total (de hecho, la Cultura y los homomda siguieron manteniendo relaciones diplomáticas y culturales limitadas durante la guerra, y el comercio entre ambas sociedades nunca llegó a cesar del todo.)

Hubo varios errores de cálculo. Los idiranos creían que estaban en condiciones de ganar la guerra por sí solos, y contar con el apoyo de los homomda les hizo suponer que serían invencibles. Los homomda pensaron que su influencia haría que el fiel de la balanza se acabara inclinando en favor de Idir (aunque jamás estuvieron dispuestos a poner en peligro su futuro para derrotar a la Cultura); y las Mentes de la Cultura pensaban que los homomda no se aliarían con los idiranos, por lo que ninguno de sus cálculos sobre la duración, costes y beneficios de la guerra tomaba en consideración el que los homomda participasen en el conflicto.

Durante la primera fase de la guerra, la Cultura pasó la mayor parte del tiempo retirándose ante la veloz expansión de la esfera de influencia idirana, completando el cambio de sus factorías para adaptarlas a la producción bélica y construyendo su flota de guerra. Durante esos primeros años, la guerra espacial en el bando de la Cultura corrió a cargo de sus Unidades Generales de Contacto, que no habían sido diseñadas para servir como naves de guerra, pero estaban lo bastante bien armadas y podían alcanzar velocidades más que suficientes para convertirlas en dignas oponentes de la nave promedio idirana. Además, la tecnología de campos de la Cultura siempre había ido por delante de la idirana, con lo que las UGC poseían una ventaja decisiva en términos de resistencia y capacidad de autoprotección. Puede afirmarse que esas diferencias reflejaban hasta cierto punto la forma de pensar y los criterios culturales básicos de ambos bandos. Para los idiranos, una nave era una forma de recorrer la distancia existente entre dos planetas o un medio de protegerlos. Para la Cultura cada nave era una auténtica demostración de habilidades y recursos, casi una obra de arte. Las UGC (y las naves de guerra que fueron sustituyéndolas poco a poco) eran creadas con una combinación de entusiasmo artístico y sentido práctico orientado al mejor funcionamiento posible de la maquinaria, para el que los idiranos no tenían ninguna respuesta disponible, aunque las naves de la Cultura nunca llegaron a estar en condiciones de enfrentarse con éxito a los navíos más sofisticados de que disponían los homomda. Aun así, durante esos primeros años las UGC se encontraron en una abrumadora inferioridad numérica.

Ese estadio inicial también presenció algunas de las pérdidas de vidas más graves de toda la guerra, pues los idiranos atacaron por sorpresa a muchos Orbitales de la Cultura —que no poseían ninguna importancia bélica y que no podían influir en el curso del conflicto—, llegando a causar billones de bajas en un solo ataque. Como táctica de choque destinada a sembrar el terror, los ataques a los Orbitales fracasaron. Como estrategia militar, su resultado principal fue dispersar los recursos idiranos y aumentar todavía más el ya considerable número de tareas al que debían enfrentarse los contingentes de los Grupos Principales de Combate de la armada idirana, quienes no tardaron en descubrir lo difícil que resultaba localizar y atacar de forma efectiva los Orbitales de la Cultura, las Rocas, las fábricas y los Vehículos Generales de Sistemas que se encargaban de producir el equipamiento y materiales bélicos de la Cultura. Al mismo tiempo, los idiranos estaban intentando controlar los inmensos volúmenes de espacio y los grandes contingentes de aquellas civilizaciones, normalmente reluctantes —y, a menudo, declaradamente rebeldes—, que la retirada de la Cultura había dejado dentro de su esfera de influencia. En 1333 el Acuerdo sobre la Conducción de la Guerra fue modificado para prohibir la destrucción de hábitats no militares que contaran con poblaciones fijas, y los enfrentamientos siguieron desarrollándose de una forma algo más sometida a restricciones hasta el final de la guerra.

La guerra entró en su segunda fase en el año 1335. Los idiranos seguían intentando consolidar sus posiciones y conquistas; la Cultura ya había conseguido llevar a cabo todas las alteraciones sociales y económicas necesarias para la guerra. La Cultura atacó la esfera de influencia idirana y hubo un período bastante largo de duros combates, durante el que la política idirana osciló entre el intento de defender sus posiciones y acumular más recursos bélicos, y el enviar poderosas expediciones al resto de la galaxia en un intento de golpear a un enemigo que estaba demostrando ser irritantemente escurridizo e infligirle daños similares a los que estaba sufriendo Idir. Las expediciones de castigo tuvieron como resultado colateral el debilitar seriamente las defensas idiranas. La Cultura podía utilizar casi toda la galaxia como escondite. Toda la esencia de su sociedad y su forma de vida era móvil; incluso los Orbitales podían cambiar de posición (o, sencillamente, ser abandonados), y siempre había otro sitio al que trasladar las poblaciones. Los idiranos tenían la obligación religiosa de conquistar el máximo espacio posible y mantenerlo bajo su control. Debían mantener las fronteras y controlar los planetas y las lunas y, por encima de todo y fuera cual fuese el precio, debían impedir que Idir sufriera ningún daño. Pese a las recomendaciones hechas por los homomda, los idiranos se negaron a confinarse en volúmenes de espacio más racionales y fáciles de defender o a emprender cualquier discusión sobre un acuerdo de paz.

La guerra siguió desarrollándose durante treinta años con muchas batallas, pausas, intentos de alcanzar un acuerdo pacífico a cargo de otras civilizaciones y de los homomda, grandes campañas, éxitos, fracasos, famosas victorias, errores trágicos, acciones heroicas y la conquista y reconquista de enormes volúmenes de espacio y un gran número de sistemas estelares.

Pero esas tres décadas de conflicto hicieron que los homomda acabaran hartándose. La intransigencia de los idiranos como aliados estaba a la altura de la fidelidad y devoción que habían mostrado en su calidad de mercenarios, y el enfrentamiento con las naves de la Cultura estaba cobrándose un precio demasiado alto sobre las preciadas flotas de combate de los homomda. Los homomda se pusieron en contacto con la Cultura, pidieron ciertas garantías, las recibieron y dejaron de tomar parte en el conflicto.

A partir de entonces los únicos que siguieron manteniendo dudas sobre cuál sería el resultado final del conflicto fueron los idiranos. El poder de la Cultura había aumentado de forma inmensa durante la guerra, y esos treinta años le habían permitido acumular la experiencia suficiente (añadiéndola a las experiencias vicarias que había ido recogiendo durante los milenios anteriores) para igualar y superar cualquier posible ventaja que los idiranos pudieran llevarle en cuanto a falta de escrúpulos, astucia o implacabilidad.

La guerra en el espacio llegó a su fin en el año 1367, y la guerra en los miles de planetas controlados por los idiranos —llevada a cabo básicamente con máquinas por el lado de la Cultura—, terminó oficialmente en 1375, aunque los pequeños enfrentamientos esporádicos en planetas distantes provocados por los idiranos y los contingentes de medjels que ignoraban la firma del acuerdo de paz o no estaban dispuestos a acatarlo siguieron produciéndose durante casi tres siglos.

Idir nunca fue atacado, y técnicamente hablando los idiranos jamás llegaron a rendirse. Su red de ordenadores fue infiltrada lentamente y controlada mediante el uso de armas efectoras, y —una vez liberada de las limitaciones incorporadas a su diseño—, fue autodesarrollándose hasta alcanzar la conciencia, convirtiéndose salvo de nombre en una entidad idéntica a cualquier Mente de la Cultura.

En cuanto a los idiranos, algunos pusieron fin a su existencia, otros optaron por el exilio en los planetas de los homomda (quienes accedieron a emplear sus servicios, pero se negaron a prepararles para cualquier otro ataque posterior contra la Cultura), crearon habitáis independientes nominalmente no militares dentro de otras esferas de influencia (sometidas a la atenta vigilancia de la Cultura) o huyeron hacia partes poco conocidas de las Nubes y la nebulosa de Andrómeda, o acabaron aceptando la derrota y la forma de vida de quienes les habían vencido. Algunos incluso se incorporaron a la Cultura, y hubo unos cuantos que se convirtieron en mercenarios suyos.


Estadísticas

Duración de la guerra: cuarenta y ocho años y un mes. Número total de bajas, medjels, no combatientes y máquinas incluidas (evaluadas según una escala de conciencia logarítmica): 851,4 billones (más menos 0,3 %). Pérdidas: naves (de todas clases situadas por encima de la categoría interplanetaria) 91.215.660 (más menos 200); Orbitales 14.334; planetas y lunas mayores 53; Anillos 1; Esferas 3; estrellas (sólo se incluyen las que sufrieron una alteración en la posición de su secuencia o una pérdida de masa significativa inducida) 6.


Perspectiva histórica

Fue una guerra breve y de poca importancia que raramente se extendió a más del 0,02 % de la galaxia por volumen y al 0,01 % por población estelar. Sigue habiendo rumores de conflictos mucho más impresionantes que se desarrollaron a través de extensiones espaciotemporales mucho más vastas… Aun así, las crónicas de las civilizaciones más antiguas de la galaxia consideran que la guerra entre Idir y la Cultura fue el conflicto más significativo de los últimos cincuenta mil años, y uno de esos Acontecimientos singularmente interesantes que tan pocas ocasiones de presenciar tienen en estos tiempos.

«Dramatis personae»

Después de que la guerra llegara a su fin, Juboal-Rabaroansa Perosteck Alseyn Balveda dam T'seif se hizo colocar en un depósito de almacenamiento a largo plazo. Había perdido a la mayoría de sus amistades durante el curso de las hostilidades, y descubrió que ni las conmemoraciones ni los recuerdos eran de su agrado. Además, el Mundo de Schar volvió para acosarla después de que se hubiera firmado la paz, llenando sus noches con sueños de túneles oscuros y serpenteantes en los que vibraban los ecos creados por algún horror sin nombre. Podría haber solicitado asistencia médica, pero Balveda prefirió el sopor sin sueños del almacenamiento a largo plazo. Dejó instrucciones según las cuales sólo debía ser revivida cuando la Cultura pudiese demostrar «estadísticamente» que la guerra había estado moralmente justificada; en otras palabras, cuando hubiera transcurrido el tiempo suficiente —sin conflictos armados—, para que fuese probable que el número de muertes producidas durante el curso previsible y extrapolado de la expansión idirana superase al número de personas que habían muerto durante la guerra. Fue despertada el año 1813, junto con varios millones de personas esparcidas por toda la Cultura que también habían optado por los depósitos de almacenamiento y habían dejado instrucciones con el mismo criterio de guía para indicar el momento en que debían ser revividas, la mayoría con la misma mezcla de ironía y tristeza demostrada por ella. Pocos meses después de ser revivida, Balveda se autoeutanasizó y fue enterrada en Juboal, su estrella natal. Fal 'Ngeestra nunca llegó a conocerla.


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El Querl Xoralundra, padre-espía y guerrero sacerdote de la secta de las Cuatro Almas, tributaria de Farn-Idir, estuvo entre los que sobrevivieron a la destrucción parcial y captura del crucero ligero idirano La mano de Dios 137. Él y otros dos oficiales lograron huir de la nave mientras la UGC clase Montaña Energía nerviosa intentaba apoderarse de ella intacta. Su unidad de campo le llevó hasta Sorpen. La Gerontocracia le sometió a un breve período de internamiento, y recobró la libertad a cambio de un rescate puramente simbólico con la llegada de la Flota Noventa y Tres idirana. Siguió en el servicio de Inteligencia y logró escapar a la Segunda Purga Voluntaria cismática que siguió a la retirada del apoyo homomdano. Poco después volvió a ser nombrado Oficial de Logística de Combate y murió poco antes del final de la guerra durante los combates por el control del Brazo Uno-Seis en la que fue conocida como Batalla de las Novas Gemelas.


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Jandraligeli se unió a los Incursores de Ghalssel en Vavatch y se convirtió en un lugarteniente relativamente importante y bien considerado dentro del grupo de mercenarios del capitán. Se le acabó confiando el mando de la tercera nave de la Compañía, la Superficie de control. La guerra fue muy provechosa para Jandraligeli, igual que lo fue para todos los Incursores que lograron sobrevivir a las hostilidades. Jandraligeli abandonó a los Incursores poco después de la muerte de Ghalssel —que tuvo lugar durante la Batalla de los Siete Estratos de Oroarche—, y pasó el resto de sus días como director de un colegio de Consejería Vital en Luna Decadente, en el sistema Pecado Siete de los Opulentos y Galantes Caballeros de los Actos Infinitamente Alegres (reformado). Expiró —de forma placentera, ya que no pacífica—, en la cama de otra persona.


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La unidad Unaha-Closp fue totalmente reparada. Solicitó unirse a la Cultura y fue aceptada. Sirvió en el Vehículo General de Sistemas Apocalipsis irregular y en el Vehículo Limitado de Sistemas Margen de beneficios hasta el final de la guerra, momento en el que fue transferido al Orbital Erbil para ocupar un puesto en el sistema de transportes de dicho Orbital. Actualmente está jubilada, y su afición es construir pequeños autómatas de vapor.


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Stafl-Preonsa Fal Shilde 'Ngeestra dam Crose sobrevivió a otro accidente bastante serio mientras practicaba el alpinismo, siguió dejando perplejas a máquinas que eran varios millones de veces más inteligentes que ella, cambió de sexo varias veces, tuvo dos hijos, se unió a la sección de Contacto después de la guerra, pasó por un período de primitivismo sin permiso en una etapa dos aún no contactada con una tribu de amazonas salvajes, trabajó como esclava para un Hipersabio dirigible en la aerosfera de Blokstaar, volvió a la Cultura para asistir a la transcorporación e incorporación a una mente grupal de la unidad Jase, estuvo a punto de perecer bajo una avalancha mientras hacía alpinismo pero sobrevivió para contarlo, aceptó una invitación para unirse a la sección de Circunstancias Especiales de la Cultura y pasó casi cien años como emisario varón ante la recientemente contactada Anarquía del Millón de Estrellas de Soveleh. Posteriormente desempeñó el puesto de maestra en un Orbital situado en un pequeño grupo estelar cercano a la Nube menor, publicó una autobiografía muy popular y elogiada por la crítica y desapareció poco tiempo después, a los 407 años de edad, mientras hacía un crucero de vacaciones en solitario a bordo de un viejo Anillo Dra'Azon.


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En cuanto al Mundo de Schar, volvió a ser visitado por seres humanos en una ocasión, aunque sólo después de que la guerra hubiera terminado. Después de que la Turbulencia en cielo despejado despegara —más dirigida como un proyectil que pilotada por Perosteck Balveda, en un rumbo que acabó llevándola a una cita con las naves de guerra de la Cultura fuera de la zona de hostilidades—, tuvieron que pasar más de cuarenta años antes de que una nave obtuviera permiso para atravesar la Barrera del Silencio. Cuando esa nave, la UGC Conciencia protésica, atravesó la barrera y desembarcó un grupo de investigación, el personal de Contacto que lo formaba descubrió que el Sistema de Mando se encontraba en perfecto estado. Ocho trenes impecables ocupaban ocho de las nueve estaciones absolutamente intactas. No había ni la más mínima señal de averías o daños, y durante los cuatro días que la UGC y sus equipos de investigación pudieron permanecer allí no encontraron cadáveres ni el más leve resto de la antigua base de Cambiantes. Al final de ese período de tiempo la Conciencia protésica recibió instrucciones de marcharse, y en cuanto se hubo alejado la Barrera del Silencio volvió a cerrarse para siempre.

Había escombros. Un montón de cadáveres y todo el material de la base de los Cambiantes, más el equipo extra traído por los idiranos y la Compañía Libre y el cascarón reseco de un chuy-hirtsi, estaban enterrados bajo kilómetros de glaciar cerca de uno de los polos del planeta. Comprimidos hasta formar una apretada bola de escombros y cadáveres mutilados y congelados, entre los efectos personales hallados en esa parte de la desaparecida base de los Cambiantes que había sido el camarote de Kierachell había un pequeño libro de plástico con páginas de auténtico papel cubiertas por caracteres minúsculos. Era un cuento fantástico, el libro favorito de Kierachell, y la primera página del cuento empezaba con estas palabras: Los Jinmoti de Bozlen Dos…


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La Mente rescatada de los túneles del Sistema de Mando jamás consiguió recordar nada de cuanto ocurrió entre su llegada a los túneles y su reparación y reacondicionamiento a bordo del VGS Se acabaron las contemplaciones después de que hubiera sido rescatada por Perosteck Balveda. Posteriormente fue instalada en un VGS clase Océano y sobrevivió a la guerra, pese a tomar parte en muchas batallas de considerable importancia. Una vez modificada se la instaló en un VGS clase Cordillera, donde siguió conservando el nombre no muy corriente que había escogido.


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Los Cambiantes fueron barridos como especie durante las últimas etapas de la guerra.

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