7. Una partida de Daño

—Daño… el juego prohibido en toda la galaxia. Esta noche los jugadores se reunirán en ese edificio sin nada de particular que se encuentra bajo la cúpula al otro lado de la plaza… El grupo más selecto de psicópatas millonarios de toda la galaxia humana ha venido aquí para tomar parte en el juego que es a la vida real lo que los folletines a la tragedia.

»Estamos en la ciudad biportuaria de Evanauth, en el Orbital Vavatch, el mismo Orbital Vavatch que será convertido en átomos dentro de unas once horas estándar a contar desde ahora cuando la guerra entre Idir y la Cultura llegue a una nueva cima de intensidad en el aférra-te-a-tus-principios-pase-lo-que-pase y se produzca un nuevo abismo en el sentido común en esta parte de la galaxia, cerca del Acantilado Resplandeciente y el Golfo Sombrío. Lo que ha atraído a estos buitres escatólogicos es esa destrucción inminente, no la fama de los Megabarcos o los milagros tecnológicos color azul del Mar Circular. No, estas personas se encuentran aquí porque todo el Orbital está condenado a desaparecer dentro de pocas horas, y porque están convencidas de que jugar una partida de Daño —un juego de cartas normal y corriente con algunos embellecimientos para que quienes sufren trastornos mentales lo encuentren atractivo—, en lugares que se hallan al borde de la aniquilación es mucho más divertido que hacerlo en otros sitios.

»Han jugado en mundos que estaban a punto de sufrir lluvias de meteoros o el choque con un cometa de gran tamaño, en calderas volcánicas a punto de hacer erupción, en ciudades que iban a sufrir bombardeos nucleares en el marco de guerras rituales, en asteroides que se dirigían hacia el centro de una estrella, ante acantilados de hielo o lava en movimiento, dentro de misteriosas naves espaciales alienígenas vacías y abandonadas por sus tripulantes cuyos cursos las llevaban hacia agujeros negros, en inmensos palacios a punto de ser asaltados por turbas de hayan marchado. Quizá les parezca una forma muy extraña de divertirse, pero supongo que en una galaxia tiene que haber de todo, ¿no creen?

»Y ésa es la razón de que esos hiperricachones superaburridos hayan venido hasta aquí en sus naves alquiladas o en sus yates particulares. En estos momentos se encuentran recobrando la sobriedad o superando los efectos de las drogas, sometiéndose a cirugía plástica o terapia comportamental —o a las dos simultáneamente—, con el fin de resultar aceptables en lo que pasa por ser la sociedad normal incluso en estos círculos de atmósfera tan rarificada después de meses enteros sumidos en la carísima e improbable perversión o libertinaje que más atractivo les resulta o que más de moda está en un momento determinado… Al mismo tiempo, ellos y sus secuaces están acumulando todos sus créditos aoish —dinero cantante y sonante, nada de papeles—, y recorriendo los hospitales, los asilos y los almacenes de congelamiento en busca de nuevas Vidas.

»El cortejo que sigue a los jugadores también está aquí…, los que buscan fortuna, los que enloquecen por tocar a un Jugador o por hacer alguna cosa más con él, los que han fracasado en partidas anteriores y anhelan desesperadamente tener otra oportunidad si consiguen reunir el dinero y las Vidas…, y esos desechos humanos que sólo se encuentran flotando alrededor del Daño: los emóticos, víctimas de los residuos emocionales desprendidos por el juego; los yonquis mentales que sólo viven para devorar las migajas de éxtasis y angustia que caen de los labios de sus héroes, los Jugadores del Juego.

»Nadie sabe con exactitud qué sistemas emplean todos estos grupos tan distintos para enterarse de que va a haber una partida o cómo se las arreglan para presentarse a tiempo, pero el rumor siempre llega a oídos de quienes realmente necesitan o quieren oírlo, y ellos acuden en bandada como necrófagos dispuestos a gozar del juego y de la destrucción.

»Originalmente el Daño se jugaba en tales ocasiones porque sólo el derrumbamiento de la ley y la moralidad y la confusión y el caos que suelen rodear a los Acontecimientos Finales permitían que la partida pudiera desarrollarse en algún lugar que guardara un remoto parecido con la galaxia civilizada; y lo crean o no, a los Jugadores les gusta creer que forman parte de ella. Ahora, la inminencia de una nova, la destrucción de un mundo o cualquier otro cataclismo es vista como una especie de símbolo metafísico que representa la mortalidad de todas las cosas, y como las Vidas que toman parte en una Partida Completa son siempre voluntarias, un montón de sitios —como el buen y viejo Orbital Vavatch, siempre permisivo y orientado a la consecución del placer—, permiten el juego con la bendición de las autoridades. Algunos afirman que ya no es el juego que solía ser, incluso hay quien dice que se ha convertido en una especie de farsa representada en beneficio de los medios de comunicación, pero yo afirmo que sigue siendo un juego para los locos y los pervertidos; los ricos y aquellos para quienes nada tiene importancia; un juego para los que tienen un tornillo flojo…, pero que gozan de buenas relaciones. La gente sigue muriendo en el Daño, y las víctimas no se limitan a las Vidas o al círculo de los Jugadores.

»Se ha afirmado que es el juego más decadente de toda la historia. Lo único que se puede decir en defensa suya es que sirve para mantener ocupadas las mentes deformes de algunas de las personas más extrañas y retorcidas de la galaxia que lo prefieren a la realidad. Sólo los dioses saben a qué se dedicarían si el juego no existiera… Y en cuanto a si el juego hace algún bien aparte de recordarnos —como si necesitáramos que nos lo recordaran—, las locuras que puede llegar a cometer el carboniforme bípedo que respira oxígeno, no olvidemos que de vez en cuando un Jugador queda fuera de la circulación para siempre y los demás pasan una temporada bastante asustados. Muchas personas consideran que vivimos tiempos de locura, y cualquier reducción o atenuación de la locura quizá sea algo por lo que debamos estar agradecidos.

»Volveré a informarles en algún momento durante el desarrollo de la partida desde dentro del auditorio, si consigo entrar en él. Pero mientras tanto, adiós y cuídense. Sarbe el Ojo ha estado con ustedes desde Ciudad Evanauth, Vavatch.

La imagen de un hombre inmóvil bajo la luz del sol que caía sobre una plaza se esfumó de la pantalla de muñeca. El rostro juvenil medio cubierto por una máscara desapareció.

Horza guardó la pantalla de su terminal en la manga. El reloj parpadeaba lentamente con la cuenta atrás de la destrucción de Vavatch.

Sarble el Ojo, uno de los reporteros que trabajaban por cuenta propia más famosos de toda la galaxia humanoide y también uno de los que mejor sabía introducirse en aquellos sitios donde no se deseaba su presencia, debía estar intentando entrar en el auditorio donde iba a celebrarse la partida…, si es que no lo había conseguido ya. La retransmisión que Horza acababa de presenciar había sido grabada esa tarde. No cabía duda de que Sarble iría disfrazado, por lo que Horza se alegró de haber conseguido acceso mediante el soborno antes de que la retransmisión del reportero fuese difundida y los guardias de seguridad que rodeaban el lugar extremaran aún más su vigilancia. Incluso sin Sarble, las cosas ya habían resultado bastante difíciles.

Horza —en su nueva personalidad de Kraiklyn—, había fingido ser un emético, uno de los yonquis emocionales que iban siguiendo el errático y sigiloso deambular de las grandes partidas por los confines más dudosos y menos respetables de la civilización, y no tardó en descubrir que el día anterior ya se habían agotado todas las plazas salvo las más caras. Los cinco créditos aoish con que contaba esa mañana se habían reducido a tres; aunque también tenía algo de dinero en dos tarjetas de crédito que había comprado, pero el valor real de aquel dinero iría disminuyendo a medida que se acercara el momento de la destrucción.

Horza tragó una honda y satisfactoria bocanada de aire y contempló la gran arena que le rodeaba. Había subido lo más arriba posible mediante los peldaños, pendientes y plataformas, usando el intervalo de tiempo que precedía al comienzo de la partida para hacerse una idea general de la zona.

La cúpula de la arena era transparente y dejaba ver las estrellas y la línea brillante que era el lado más distante del Orbital, ahora bañado por la luz diurna. Las luces de las lanzaderas que iban y venían —la mayoría se marchaban, naturalmente—, trazaban líneas a través de los puntos inmóviles. Debajo de la cúpula flotaba una mezcla de humo y niebla iluminada por las luces parpadeantes de una pequeña exhibición de fuegos artificiales. La atmósfera vibraba con los ecos creados por el cántico de un coro de escamiconos que ocupaba el otro extremo del auditorio. Los humanoides que componían el coro eran idénticos en todo salvo en la estatura y en los sonidos que producían mediante sus largos cuellos y sus torsos abombados. Parecían ser los culpables de todo el estrépito ambiental, pero cuando miró hacia abajo Horza pudo distinguir débiles resplandores color púrpura que flotaban en el aire e indicaban la existencia de otros campos de sonido más localizados. Los campos de sonido se cernían sobre escenarios de tamaño más reducido donde los danzarines danzaban, los cantantes cantaban, los artistas del pomo se desnudaban y los boxeadores boxeaban, aunque también había algunos donde sólo se veían grupos de personas charlando.

La parafernalia del juego que se agrupaba a su alrededor hacía pensar en una gigantesca tormenta. Debía de haber entre diez y veinte mil personas, la mayoría de ellas humanoides, pero también había seres totalmente distintos, incluyendo una buena cantidad de máquinas y unidades, que estaban tumbadas, sentadas, de pie o caminando mientras observaban a los magos, malabaristas, luchadores, inmoladores, hipnóticos, acoplantes, actores, oradores y cien categorías más de profesionales del entretenimiento que ofrecían sus números. Algunas de las terrazas más grandes estaban llenas de pabellones; las demás contaban con hileras de asientos y divanes. Muchos escenarios de pequeño tamaño ardían con el resplandor de las luces, las humaredas y los destellos de hologramas y solidogramas. Horza vio un laberinto tridimensional que abarcaba varias terrazas lleno de tubos y ángulos, algunos transparentes y otros opacos, algunos en movimiento y algunos inmóviles. Sombras y siluetas borrosas se deslizaban lentamente por su interior.

Un acto de trapecio con animales a velocidad lenta iba alcanzando gradualmente su apogeo por encima de su cabeza. Horza reconoció a los animales que lo ejecutaban; más tarde se convertiría en un número de combate.

Algunas personas pasaron junto a Horza; eran humanoides de considerable estatura vestidos con atuendos fabulosos que relucían como el abigarrado paisaje nocturno de una ciudad vista desde el cielo. Hablaban entre ellos con voces tan agudas que casi resultaban inaudibles, y una fina red de tubos de color dorado que se desparramaba alrededor de sus rostros rojo fuerte y púrpura oscuro emitía nubéculas de gas incandescente que se enroscaba alrededor de la desnudez de sus hombros y sus cuellos semiescamosos, deshilachándose lentamente en una aureola anaranjada que se iba disipando a su espalda. Horza les vio pasar. Sus capas ondulaban dando la impresión de pesar tan poco como el aire a través del que avanzaban, y se encendían y se apagaban continuamente mostrando la imagen de un rostro alienígena. Cada capa mostraba una parte de una inmensa imagen en movimiento, como si un proyector situado en los cielos enfocara con su haz las capas del grupo. El gas anaranjado invadió las fosas nasales de Horza y el Cambiante sintió que la cabeza le daba vueltas durante un segundo. Dejó que sus glándulas inmunológicas se encargaran de anular los efectos de la sustancia narcótica y siguió observando la arena.

El ojo de la tormenta —el punto de calma e inmovilidad central—, era tan pequeño que habría sido fácil pasarlo por alto incluso examinando todo el auditorio despacio y con mucha atención. No estaba en el centro, sino en un extremo del elipsoide de terreno llano que formaba el nivel visible más bajo de la arena. Un dosel de unidades de iluminación que aún no funcionaban casi ocultaba una mesa redonda del tamaño justo para acomodar a los dieciséis sillones de varios estilos que la rodeaban. Cada sillón estaba encarado a una cuña de color colocada sobre la superficie de la mesa. Delante de cada sillón había una consola incrustada en la mesa sobre la que se encontraban arneses de sujeción y otros artilugios para inmovilizar a las personas. Detrás de cada sillón había una zona de espacio despejado en la que se encontraban doce asientos bastante más pequeños que el sillón. Una valla de escasa altura los separaba del sillón que tenían delante, y otra valla circundaba los doce asientos, separándolos de una zona mucho más extensa donde ya había bastantes personas —la mayoría eméticos—, que aguardaban en silencio.

La partida parecía llevar cierto retraso. Horza se sentó en lo que era un asiento excesivamente adornado o una escultura no muy imaginativa. Estaba en el comienzo del último nivel de las terrazas que circundaban la arena, y tenía una buena vista de casi todas las demás. No había nadie cerca. Metió la mano bajo la gruesa tela de su blusa y arrancó un pedazo de piel artificial de su abdomen. Enrolló la piel hasta formar una pelota y la arrojó a un macetero con un arbolito situado justo detrás de donde estaba sentado. Después comprobó los décimos de crédito aoish, la tarjeta negociable con memoria, la terminal de bolsillo y la pistola láser ligera que habían estado ocultas bajo la barriga formada por la piel falsa. Miró por el rabillo del ojo y vio a un hombrecillo vestido con ropas oscuras que se le acercaba. El hombrecillo se detuvo a unos cinco metros de distancia, observó durante unos momentos a Horza con la cabeza ladeada y siguió viniendo hacia él.

—Eh, ¿quieres ser una Vida?

—No. Adiós —dijo Horza.

El hombrecillo soltó un bufido y se alejó por la explanada de paseo, deteniéndose a unos metros de distancia para empujar con el pie una silueta que yacía al extremo de una terraza muy angosta. Horza miró hacia allá, y vio como una mujer alzaba la cabeza con expresión de aturdimiento y la meneaba lentamente haciendo bailotear los largos e hirsutos mechones de su cabellera canosa. La luz de un reflector hizo que su rostro resultara visible durante una fracción de segundo. Era hermosa, pero parecía agotada. El hombrecillo volvió a dirigirle la palabra, pero la mujer meneó la cabeza y agitó una mano. El hombrecillo se marchó.


* * *

El vuelo en la ex lanzadera de la Cultura apenas si tuvo acontecimientos dignos de mención. Horza pasó por una etapa inicial de confusión y acabó logrando ponerse en contacto con el sistema de navegación del Orbital. Descubrió dónde estaba en relación a la última posición conocida del Olmedreca y se dirigió hacia allí para averiguar si quedaba algo del Megabarco. Mientras se atracaba con las raciones de emergencia de la Cultura logró acceder a un nuevo servicio y encontró un informe sobre el Olmedreca en el índice de temas. Las imágenes mostraban el barco, un poco escorado y con una pequeña parte de las proas debajo del agua, flotando en un mar de aguas tranquilas rodeado de hielo. El primer kilómetro de su casco parecía haber quedado enterrado bajo el inmenso iceberg en forma de meseta. Varios aerodeslizadores ligeros y unas cuantas lanzaderas estaban suspendidas o volaban alrededor del gigantesco despojo como moscas yendo y viniendo sobre los restos de un dinosaurio. El comentario que acompañaba a las imágenes hablaba de una misteriosa segunda explosión nuclear a bordo del barco. También informaba de que cuando los vehículos de la policía llegaron al lugar descubrieron que el Megabarco estaba abandonado.

Nada más oírlo Horza decidió cambiar el destino que había fijado. Hizo girar la lanzadera y puso rumbo a Evanauth.

Horza llevaba encima tres décimos de un crédito aoish. Vendió la lanzadera por cinco décimos. El precio resultaba ridiculamente barato, sobre todo teniendo en cuenta que la destrucción del Orbital era inminente, pero tenía prisa y no cabía duda de que la comerciante que se quedó con el aparato corría un cierto riesgo. Estaba claro que la lanzadera había sido construida en la Cultura y estaba igualmente claro que el cerebro había sido destrozado a tiros, por lo que apenas si podía haber dudas de que era un vehículo robado; y para la Cultura destruir la conciencia de una lanzadera era un delito tan grave como asesinar a un ser humano.

En sólo tres horas Horza había vendido la lanzadera y había comprado ropas, tarjetas, un arma, un par de terminales y cierta información. Salvo la información, todo lo demás le había salido francamente barato.

Ahora sabía que una nave cuya descripción encajaba con la de la Turbulencia en cielo despejado se encontraba en el Orbital o, mejor dicho, debajo de él, dentro del ex Vehículo General de Sistemas de la Cultura llamado Los fines de la inventiva. Le resultó bastante difícil de creer, pero no había ninguna otra nave cuya descripción se pareciera lo suficiente. Según la agencia de información, una nave que encajaba con la descripción de la Turbulencia en cielo despejado había sido llevada a bordo por uno de los armadores de Puerto Evanauth para efectuar ciertas reparaciones en sus unidades de campo. Cuando la nave fue remolcada hasta allí hacía ya dos días sólo podía utilizar los motores de fusión. Horza no logró averiguar cuál era su nombre o el lugar exacto donde se encontraba.

Horza tenía la impresión de que la Turbulencia en cielo despejado había sido utilizada para rescatar a los supervivientes del grupo de Kraiklyn. Debía de haber volado sobre el Muro del Orbital guiada por control remoto utilizando sus unidades de campo. Había recogido a la Compañía Libre y había vuelto por el mismo camino, sufriendo alguna avería en sus motores de campo durante el proceso.

Tampoco había conseguido averiguar cuál podía ser el paradero de los supervivientes, pero daba por sentado que Kraiklyn debía ser uno de ellos. Nadie más podía haber guiado la Turbulencia en cielo despejado por encima del Muro. Tenía la esperanza de encontrar a Kraiklyn en la partida de Daño, pero pasara lo que pasase, Horza había decidido que en cuanto terminara iría a la Turbulencia en cielo despejado. Seguía teniendo intención de dirigirse hacia el Mundo de Schar, y la Turbulencia en cielo despejado era la mejor forma de llegar hasta allí. También esperaba que la información de que Los fines de la inventiva estaba totalmente desmilitarizada fuese cierta, y que el volumen de espacio cercano a Vavatch estuviera libre de naves de la Cultura. Después de todo el tiempo transcurrido y teniendo en cuenta lo astutas que eran las Mentes de la Cultura, Horza las creía muy capaces de haber descubierto que la Turbulencia en cielo despejado se encontraba en el mismo volumen de espacio que La mano de Dios 137 cuando fue atacada, y haber establecido una o dos conexiones entre esos hechos.

Se reclinó en su asiento —o en la escultura— y se relajó, dejando que la pauta interna del emótico abandonara su mente y su cuerpo. Tenía que empezar a pensar como Kraiklyn. Cerró los ojos.

Pasados unos minutos pudo oír como empezaban a ocurrir cosas en los niveles inferiores de la arena. Abrió los ojos y miró a su alrededor. La mujer de la cabellera canosa que había estado tumbada en la terraza contigua se había levantado y estaba bajando con paso algo vacilante hacia la arena. La gruesa tela de su túnica iba barriendo los peldaños. Horza se puso en pie y bajó rápidamente por las escaleras siguiendo el rastro de su perfume. Cuando pasó junto a ella, la mujer no le prestó ninguna atención. Estaba muy ocupada jugueteando con la tiara torcida que llevaba en la cabeza.

Las luces situadas sobre la mesa de colores donde iba a celebrarse la partida ya se habían encendido. Algunos de los escenarios estaban empezando a cerrarse o a disminuir la intensidad de sus focos. El público iba gravitando gradualmente hacia la mesa de juego, los asientos, las zonas de recreo y áreas para los espectadores de a pie que daban a ella. Siluetas muy altas vestidas con túnicas negras se movían lentamente bajo el resplandor de las luces comprobando las piezas del equipo necesario para el juego. Eran los adjudicadores y arbitros ishlorsinami. Su especie tenía la reputación de ser la más poco imaginativa, honesta, estirada, incorruptible y carente de sentido del humor que podía encontrarse en toda la galaxia, y siempre desempeñaba las funciones administrativas y auxiliares en las partidas de Daño porque no había ninguna otra raza en quien se pudiera tener más confianza.

Horza se detuvo ante un puesto de comida para hacer acopio de provisiones y bebidas. Esperó a que le entregaran lo que había pedido, y mató el tiempo observando la mesa de juego y las figuras que se movían a su alrededor. La mujer de la túnica y la larga cabellera canosa pasó junto a él y siguió bajando por las escaleras. Había conseguido que la tiara quedase casi recta, aunque la tela de su larga túnica estaba muy arrugada. Cuando pasó junto a Horza éste la vio bostezar.

Horza pagó con una tarjeta y siguió a la mujer hacia la creciente multitud de personas y máquinas que empezaba a congregarse junto a todo el perímetro exterior de la zona de juego. Volvió a dejarla atrás medio corriendo y medio caminando, y cuando le vio pasar junto a ella la mujer le lanzó una mirada suspicaz.

Horza sobornó a un acomodador para que le dejara entrar en una de las mejores terrazas. Sacó el capuchón de su gruesa blusa del compartimento del cuello tensándolo sobre su frente y echándolo un poco hacia adelante para que su rostro quedara oculto entre las sombras. No quería que el auténtico Kraiklyn le viese ahora. La terraza dominaba unos cuantos niveles situados más abajo e iba descendiendo en ángulo, proporcionando un excelente panorama de la mesa y las armazones metálicas del equipo de iluminación que había encima de ella. La mayor parte de las zonas protegidas por vallas que rodeaban la mesa también eran visibles. Horza se instaló en un sofá junto a un grupo bastante ruidoso de trípedos extravagantemente vestidos que no paraban de gritar y escupir dentro de un gran recipiente situado en el centro del círculo formado por el grupo de divanes que se mecían suavemente, donde se habían acomodado para contemplar la partida.


* * *

Los ishlorsinami parecían haberse convencido de que todo funcionaba y de que nadie había intentado hacer trampas. Las siluetas vestidas con túnicas negras bajaron por una rampa incrustada en la superficie del suelo elipsoidal de la arena. Algunas luces se apagaron; un campo de silencio fue eliminando lentamente los ruidos procedentes del resto del auditorio. Horza aprovechó aquella pausa para examinar rápidamente los alrededores. Algunos escenarios y estrados seguían iluminados, pero sus luces ya estaban empezando a apagarse. Pero el acto de trapecio con animales a cámara lenta seguía desarrollándose entre la oscuridad que se acumulaba bajo las estrellas. Los inmensos y pesados cuerpos de los animales volaban por los aires entre los destellos de sus arneses de campo. Giraban sobre sí mismos y daban saltos mortales, pero ahora cada vez que sus evoluciones aereas les hacían encontrarse con otro animal extendían sus patas terminadas en garras, lanzando silenciosos y lentos zarpazos dirigidos al pelaje de su adversario. Nadie más parecía estar observándoles.

Horza se sorprendió al ver que la mujer a la que había dejado atrás dos veces en las escaleras volvía a pasar junto a él y se dejaba caer sobre un sofá vacío con la señal de reservado en la parte delantera de la terraza. No le había parecido lo bastante rica para poder permitirse el estar en aquella zona.

Los Jugadores de la Víspera de la Destrucción aparecieron subiendo por la rampa que llevaba al suelo de la arena guiados por un ishlorsinami. Su llegada no estuvo acompañada por ninguna clase de fanfarria o anuncio. Horza echó un vistazo a su terminal. Faltaban siete horas estándar exactas para la destrucción del Orbital. Aplausos, vítores y —al menos cerca de Horza—, sonoros abucheos acogieron a los jugadores, aunque los campos de silencio se encargaron de que los ruidos apenas resultaran audibles. Los Jugadores fueron emergiendo de entre las sombras que cubrían la rampa. Algunos saludaban a la multitud que había acudido para verles jugar, mientras que otros no le prestaban ninguna atención.

Horza reconoció a unos cuantos. Los que conocía —o aquellos de los que había oído hablar— eran Ghalssel, Tengayet Doy-Suut, Wilgre y Neeporlax. Ghalssel, de los Incursores de Ghalssel…, probablemente la Compañía Libre con más éxitos en su haber. Horza había oído llegar a la nave mercenaria desde más de once kilómetros de distancia mientras estaba haciendo el trato con la mujer que le compró la lanzadera. La mujer se había quedado como paralizada y se le vidriaron los ojos. Horza no quiso preguntarle si creía que aquel ruido indicaba la llegada de la Cultura y la destrucción del Orbital unas horas antes de lo anunciado o, sencillamente, que venían a por ella por haber comprado una lanzadera de procedencia dudosa.

Ghalssel era un hombre de aspecto corriente, lo bastante corpulento como para que estuviera claro que había nacido en un planeta de alta gravedad, pero sin la apariencia de poder contenido y compacto que suelen poseer la mayoría de esas personas. Vestía con sencillez y llevaba la cabeza totalmente afeitada. Los rumores afirmaban que sólo las estrictas reglas de una partida de Daño podían obligar a Ghalssel a quitarse el traje espacial que era su eterno atuendo.

Tengayet Dot-Suut era muy alto. Tenía la piel oscura y también vestía con sencillez. El Suut era el Jugador Campeón de Daño, tanto en promedio de partidas como en ganancias y créditos máximos. Llegó de un planeta que había sido Contactado recientemente, hacía veinte años. Se rumoreaba que en su mundo de origen también era un gran campeón de todos los juegos basados en el azar y el farol. Allí era donde se había hecho extirpar la cara, sustituyéndola por una máscara de acero inoxidable. Sólo los ojos seguían teniendo vida: dos joyas blandas carentes de expresión incrustadas en el metal bruñido. La máscara tenía un acabado mate para impedir que sus oponentes vieran el reflejo de las cartas en ella.

Wilgre necesitó la ayuda de unos cuantos esclavos de su séquito para subir por la rampa. El gigante azul de Ozleh vestía una túnica espejo, y daba la impresión de ir siendo propulsado por las minúsculas siluetas humanas que le seguían, aunque de vez en cuando el extremo de su túnica se movía para mostrar como sus cuatro piernas rechonchas luchaban por impulsar su inmenso cuerpo rampa arriba. Sus manos sostenían un gran espejo y un látigo de plomo en cuyo extremo había un ro-gothur cegado —sus cuatro patas estaban recubiertas de metales preciosos, su hocico quedaba oculto por un bozal de platino y sus ojos habían sido sustituidos por esmeraldas—, que hacía pensar en una esbelta pesadilla del más puro color blanco. La gigantesca cabeza del animal se movía de un lado para otro mientras utilizaba su sentido ultrasónico para captar lo que le rodeaba. Las treinta y dos concubinas de Wilgre ocupaban una terraza situada casi en línea recta ante la de Horza. Cuando vieron a su señor arrojaron a un lado sus velos corporales y se dejaron caer sobre las rodillas y los codos para adorarle. Wilgre las saludó moviendo el espejo. Casi todos los teleobjetivos de aumento y microcámaras que habían logrado entrar en el auditorio burlando la vigilancia de los guardias giraron sobre sus ejes para enfocar a las treinta y dos hembras de aquel harén que tenía la reputación de ser el más soberbio y escogido de toda la galaxia conocida.

Neeporlax ofrecía un cierto contraste con los demás. Su flaca y desgarbada silueta vestida con una túnica no muy limpia avanzó por la rampa parpadeando bajo las luces de la arena mientras su mano aferraba un muñeco de peluche. El chico era el segundo mejor Jugador de Daño de la galaxia, pero siempre regalaba sus ganancias y hasta el hotel de taxicamas más mugriento se lo habría pensado dos veces antes de admitirle como cliente. Neeporlax estaba medio ciego, sufría incontinencia urinaria, tenía aspecto de encontrarse seriamente enfermo y era albino. Solía perder el control de su cabeza en los momentos más tensos del juego, pero sus manos sostenían las holocartas tan firmemente como si estuvieran incrustadas en un peñasco. Neeporlax también necesitó ayuda para subir por la rampa. Una joven le acompañó hasta su sillón, le peinó, le dio un beso en la mejilla y fue a la zona de los doce asientos, colocándose inmediatamente detrás de Neeporlax.

Wilgre alzó una de sus rechonchas manos azules y arrojó unos cuantos centesimos ala multitud que se había congregado detrás de las vallas. Los espectadores lucharon entre sí para apoderarse de las monedas. Wilgre tenía la costumbre de arrojar unas cuantas monedas de valor bastante más alto entre los centésimos. Antes de una partida celebrada hacía varios años dentro de una luna que se dirigía hacia un agujero negro arrojó un billón junto con la calderilla, desprendiéndose de lo que bien podía ser una décima parte de su fortuna con un mero giro de la muñeca. Wilgre, un vagabundo de los asteroides en plena decrepitud que había sido rechazado como Vida porque sólo tenía un brazo, había acabado convirtiéndose en propietario de un planeta entero.

El resto de los Jugadores formaban un grupo variopinto, pero Horza no les conocía…, con una excepción. Tres o cuatro de ellos fueron acogidos con vítores y algunos fuegos artificiales, por lo que era de suponer que tenían cierta fama; el resto eran nuevos o fueron recibidos con un silencio desdeñoso.

El último jugador que subió por la rampa era Kraiklyn.

Horza se reclinó en su diván y sonrió. El líder de la Compañía Libre se había hecho practicar una pequeña alteración facial temporal —probablemente un estiramiento—, y se había teñido el cabello, pero no cabía duda de que era él. Vestía un traje de una sola pieza de color claro, iba afeitado y tenía el cabello castaño. Los otros tripulantes de la Turbulencia en cielo despejado quizá no le hubieran reconocido, pero Horza le había observado con mucha atención, fijándose en sus movimientos, su forma de caminar y la estructura de sus músculos faciales. Para el Cambiante, Kraiklyn destacaba entre los demás Jugadores de forma tan estridente como un peñasco en un campo cubierto de guijarros.

Cuando todos los Jugadores hubieron ocupado sus puestos, las Vidas de cada uno fueron acompañadas hasta los asientos situados detrás de cada Jugador.

Todas las Vidas eran humanoides. La mayoría daban la impresión de estar ya medio muertos, aunque físicamente todos estaban intactos. Fueron llevados uno a uno hasta sus asientos y se les ató con los arneses de sujeción. Sus cabezas desaparecieron bajo los cascos negros ultraligeros que cubrían todo su rostro con excepción de los ojos. La mayoría se dejaron caer hacia adelante en cuanto se les ató al asiento. Unos pocos mantuvieron la postura erguida, pero ninguno alzó la cabeza ni miró a su alrededor. Todos los Jugadores regulares disponían del complemento máximo de Vidas permitido; algunos las hacían adiestrar en instituciones especiales, otros dejaban que sus agentes les proporcionaran el tipo de personas que deseaban. Los Jugadores menos ricos y no tan bien conocidos —como Kraiklyn—, tenían que conformarse con la cosecha de las prisiones y los asilos, y con unos cuantos depresivos a sueldo que legaban su cuota de las posibles ganancias a otra persona. Los miembros de la secta del Abatimiento solían dejarse convencer con bastante facilidad para actuar como Vidas, tanto gratuitamente como a cambio de una donación para su causa, pero Horza no vio ninguno de los tocados de varios niveles o los símbolos del ojo sangrante que distinguían a los devotos de esa secta.

Kraiklyn sólo había conseguido encontrar tres Vidas, por lo que daba la impresión de que su presencia como Jugador en la partida no sería muy larga.

La mujer de la cabellera canosa que ocupaba el diván reservado en la parte delantera de la terraza se puso en pie, se estiró y empezó a pasear por la terraza, moviéndose entre los divanes y sillones con una expresión de aburrimiento en el rostro. Cuando estaba acercándose al diván de Horza se produjo un altercado en una terraza situada detrás de ellos. La mujer se detuvo y se dedicó a observarlo. Horza se dio la vuelta. El campo de silencio no bastaba para ahogar los gritos que profería una voz masculina. Al parecer se había producido una pelea. Dos guardias de seguridad intentaban separar a dos personas que rodaban por el suelo. Los otros ocupantes de la terraza habían formado un círculo alrededor de los combatientes y les observaban, repartiendo su atención entre los preparativos de la partida de Daño y los puñetazos intercambiados ante sus ojos. Los guardias lograron levantarles, pero en vez de detener a los dos sólo sujetaron al más joven. Horza tuvo la impresión de que su aspecto le era vagamente familiar, aunque parecía haber intentado disfrazarse con una peluca rubia que estaba empezando a deslizarse sobre su cráneo.

El otro combatiente sacó lo que parecía una tarjeta del bolsillo y se la enseñó al joven, que seguía gritando. Después, los dos guardias uniformados y el hombre que había enseñado la tarjeta se alejaron llevándose al joven. El hombre de la tarjeta pasó la mano por detrás de una de las orejas del joven y se apoderó de un objeto diminuto. El joven fue medio llevado medio arrastrado hacia un túnel de acceso. La mujer de la larga cabellera canosa cruzó los brazos delante de su pecho y siguió paseando por la terraza. El círculo de espectadores de la terraza volvió a cerrarse sobre sí mismo como un agujero en una nube.

Horza observó como la mujer se abría paso por entre los divanes hasta que abandonó la terraza y la perdió de vista. Alzó los ojos. Los animales seguían girando, saltando y luchando por los aires. La sangre de color blanco que manchaba sus flancos velludos parecía brillar. Los animales gruñían en silencio y se atacaban moviendo sus largas patas delanteras, pero tanto sus acrobacias como su puntería se habían deteriorado considerablemente. Estaban empezando a cansarse y se movían con creciente torpeza. Horza volvió la cabeza hacia la mesa de los Jugadores. Todos estaban preparados, y la partida iba a empezar.


* * *

El Daño no era más que un juego de naipes bastante complicado. Exigía un poco de habilidad, un poco de suerte y un poco de osadía y capacidad para engañar a los adversarios. Lo que lo hacía tan interesante no eran sólo las grandes sumas que se jugaban y ni tan siquiera el hecho de que cada vez que un jugador perdía una vida perdía una Vida —un auténtico ser humano consciente que respiraba y se daba cuenta de lo que le ocurría—, sino el uso de complejos campos electrónicos que alteraban la conciencia en dos direcciones alrededor de la mesa.

Cuando tenía las cartas en su mano un jugador o jugadora podía alterar las emociones de un adversario, y a veces de varios. Miedo, odio, desesperación, esperanza, amor, camaradería, duda, júbilo, paranoia… Prácticamente todos los estados emocionales que el ser humano era capaz de experimentar podían ser utilizados en beneficio propio o irradiados hacia un adversario. Si se estaba lo bastante lejos o rodeado por un escudo protector, el juego podía parecer un mero pasatiempo para mentes trastornadas o no demasiado inteligentes. Un jugador con una mano de cartas obviamente buena podía arrojarla sobre la mesa negándose a utilizarla; alguien que no tenía ni un solo naipe útil podía apostar todos los créditos de que disponía; los Jugadores se echaban a llorar o reían incontrolablemente sin previo aviso y sin razón que lo justificara. Podían enamorarse locamente de un jugador a quien todos conocían como su peor enemigo, o debatirse desesperadamente intentando romper los arneses de sujeción para atacar a su mejor amigo.

O podían suicidarse. Los jugadores de Daño debían estar aprisionados en sus sillones durante toda la partida (si alguno conseguía liberarse, un ishlorsinami le disparaba inmediatamente con una potente pistola aturdidora), pero podían destruirse a sí mismos. Cada consola de juegos —el sitio desde el que las unidades emotoras irradiaban las emociones relevantes, sobre el que se jugaban las cartas y en el que los Jugadores podían ver el tiempo y el número de Vidas que les quedaban—, contaba con un botoncito hueco en cuyo interior había una aguja envenenada lista para inyectar su dosis mortal en el dedo que lo pulsara.

El Daño era uno de esos juegos en los que no resulta prudente hacerse demasiados enemigos. Sólo quienes tenían una inmensa fuerza de voluntad podían resistir el impulso apremiante de suicidarse implantado en sus cerebros por el ataque concertado de media mesa de Jugadores.

Al final de cada mano el Jugador que tenía más puntos recogía el dinero apostado, y todos los Jugadores que habían participado en la apuesta perdían una Vida. Cuando no les quedaba ninguna debían abandonar la partida, igual que ocurría si se quedaban sin dinero. Las reglas decían que la partida terminaba cuando sólo quedaba un Jugador que siguiera disponiendo de alguna Vida, aunque en la práctica terminaba cuando los Jugadores no eliminados hasta el momento se ponían de acuerdo y decidían que si la partida duraba más tiempo lo más probable era que perdiesen sus propias Vidas a causa del desastre inminente bajo cuya sombra se había celebrado toda la partida. La proximidad del momento de la destrucción podía hacer que el final de una partida resultara muy interesante. Si la mano había durado cierto tiempo y había una gran cantidad de dinero apostado era muy posible que uno o varios Jugadores no estuvieran dispuestos a dar la partida por terminada. Ése era el momento en que los sofisticados quedaban separados de los simios, y la partida de Daño se convertía más que nunca en un juego de nervios. Algunos de los mejores Jugadores de Daño del pasado habían perecido intentando superarse los unos a los otros en circunstancias semejantes.

Desde el punto de vista de un espectador, el atractivo especial del Daño consistía en que cuanto más cerca estuvieras de la unidad emotora de algún participante más te afectaban las emociones que estaba experimentando. Los escasos centenares de años transcurridos desde que el Daño se convirtió en un juego tan selecto pero popular habían hecho surgir toda una subcultura de personas adictas a esas emociones y sentimientos de tercera mano: los emóticos.

Había otros grupos que también jugaban al Daño. Los Jugadores de la Víspera de la Destrucción eran el más famoso y el más rico. Los emóticos podían obtener su dosis de droga emocional en montones de sitios esparcidos por toda la galaxia, pero las experiencias más intensas sólo podían obtenerse en una partida celebrada al filo de la aniquilación y donde participaran los mejores Jugadores (más algunos que aspiraban a tal categoría). Cuando descubrió que el pase de acceso más barato costaba el doble de la cantidad de dinero que había ganado vendiendo la lanzadera, Horza estaba haciéndose pasar por uno de aquellos infortunados. Sobornar al guardia de una puerta le había costado mucho menos dinero.

Los auténticos emóticos se amontonaban detrás de la valla que les separaba de las Vidas. Dieciséis grupos de personas sudorosas y aspecto muy nervioso —casi todos varones, como ocurría entre los Jugadores—, se debatían e intentaban conseguir un sitio en primera fila, lo más cerca posible de la mesa y de los Jugadores.

Horza les observó mientras el ishlorsinami repartía las cartas. Los emóticos daban saltos intentando ver lo que ocurría, y los guardias de seguridad provistos de cascos dispersores que repelían las radiaciones de las unidades emotoras patrullaban el perímetro de las vallas, moviéndose con mucha cautela y rozando ocasionalmente algún muslo o la palma de la mano de un emótico con aguijones neurónicos.

—Sarble el Ojo… —dijo alguien cerca de él, y Horza se dio la vuelta.

Un humano de aspecto cadavérico tumbado en un diván situado un poco detrás y a la izquierda de Horza estaba hablando con otro y señalaba hacia la terraza donde se había producido el altercado de unos minutos antes. Horza oyó las palabras «Sarble» y «descubierto» unas cuantas veces más procedentes de varias direcciones distintas a medida que la noticia se iba difundiendo. Volvió a concentrar su atención en el juego, y vio que los Jugadores estaban inspeccionando las cartas que les habían tocado en suerte. Las apuestas empezaron unos instantes después. Horza pensó que era una pena que hubiesen descubierto al reportero, pero eso quizá hiciera que los guardias de seguridad relajaran un poco su vigilancia, dándole más posibilidades de pasar desapercibido y de que nadie le pidiera su pase.

Horza estaba sentado a cincuenta metros del jugador más cercano, una mujer cuyo nombre había oído mencionar pero que ya no recordaba. A medida que se desarrollaba la primera mano su mente captó versiones muy tenues de lo que estaba sintiendo y lo que los demás jugadores le estaban haciendo sentir. Aun así la experiencia le pareció bastante desagradable, por lo que conectó el campo dispersor del diván usando el pequeño control incrustado en uno de sus brazos. De haberlo querido habría podido eliminar el efecto producido por la jugadora detrás de la que estaba sentado y sustituirlo por los efectos de cualquier otra unidad emotora de la mesa. La intensidad del efecto así obtenido era mucho menor de la que experimentaban los emóticos o las Vidas, pero no cabía duda de que le habría dado una buena idea de lo que estaban sintiendo los Jugadores. La mayoría de quienes le rodeaban estaban utilizando los controles con ese fin, pasando de un jugador a otro en un intento de evaluar el estado general de la partida. Horza se concentraría en las emociones de Kraiklyn cuando la partida llevara cierto tiempo, pero por ahora sólo quería captar el aura general de emociones que rodeaba al juego.

Kraiklyn se retiró de la primera mano lo bastante pronto para asegurarse de que no perdería una Vida cuando llegara a su fin. Tenía tan pocas Vidas a su disposición que ése era el rumbo de acción más prudente, a menos que la suerte le entregara una mano de cartas realmente magnífica. Horza observó atentamente a Kraiklyn mientras éste se reclinaba en su asiento y se relajaba. Su unidad emotora no estaba transmitiendo prácticamente nada. Kraiklyn se lamió los labios y se pasó la mano por la frente. Horza decidió que durante la siguiente mano conectaría con Kraiklyn para saber qué se sentía jugando al Daño.

La mano llegó a su fin. Wilgre fue el ganador. Saludó con el brazo agradeciendo los vítores de la multitud. Algunos emóticos ya se habían desmayado; el rogothur rugía dentro de su jaula al otro extremo del elipsoide. Cinco Jugadores perdieron Vidas; cinco humanos que habían permanecido inmóviles presa de la desesperanza y el abatimiento mientras los efectos de los campos emotores aún vibraban dentro de ellos quedaron repentinamente fláccidos en sus asientos cuando los cascos saturaron sus cráneos con una descarga neural lo bastante fuerte para aturdir a las Vidas que estaban sentadas junto a ellos. Los eméticos más cercanos se encogieron sobre sí mismos, igual que el Jugador a quien pertenecía cada una de las Vidas perdidas en la mano.

Los ishlorsinami abrieron los arneses que mantenían sujetos a los humanos muertos y se los llevaron por la rampa de acceso. Las Vidas restantes se fueron recobrando poco a poco, pero siguieron tan inmóviles y abatidas como antes. Los ishlorsinami afirmaban comprobar de la forma más rigurosa que cada Vida estaba realmente decidida a desempeñar tal función, y decían que las drogas que les administraban sólo servían para impedir que se pusieran histéricas, pero se rumoreaba que había algunas formas de engañar al proceso de verificación empleado por los ishlorsinami, y que algunas personas habían logrado librarse de sus enemigos dragándolos o hipnotizándolos y haciendo que se ofrecieran como «voluntarios» para participar en el juego.

Nada más empezar la segunda mano Horza ajustó el monitor de su diván para experimentar las emociones de Kraiklyn. La mujer de la cabellera canosa apareció por el pasillo y volvió a ocupar su sitio delante de Horza en la parte frontal de la terraza, dejándose caer con una expresión de cansancio sobre el diván como si estuviera aburriéndose terriblemente.

Horza no sabía lo suficiente sobre el Daño en tanto que juego de cartas como para poder seguir de forma exacta el desarrollo de la mano, ya fuese leyendo las emociones que iban circulando por la mesa o analizando cada mano después de que hubiera terminado —como estaban haciendo con la primera mano los ruidosos trípedos que tenía al lado—, cuando los datos sobre cómo habían sido repartidas y jugadas las cartas aparecían en los circuitos de transmisión interna de la arena. Aun así, decidió sintonizar las emociones de Kraiklyn para hacerse una idea de lo que estaba ocurriendo en el interior de su cabeza.

El capitán de la Turbulencia en cielo despejado estaba siendo atacado desde varias direcciones distintas a la vez. Algunas de las emociones eran contradictorias, por lo que Horza supuso que no se estaba haciendo ningún esfuerzo concertado con Kraiklyn como objetivo. Por el momento, sólo tenía que soportar los efectos del armamento secundario de los demás Jugadores. Había un considerable impulso de sentir simpatía por Wilgre. Ese color azul tan atractivo…, además, con esas cuatro patitas diminutas no podía ser ninguna amenaza demasiado seria… La verdad es que pese a todo su dinero resultaba bastante cómico e inofensivo. En cambio la mujer que estaba sentada a la derecha de Kraiklyn… Desnuda hasta la cintura, sin pechos y con la vaina de una espada ceremonial colgando a través de su espalda… Había que vigilarla atentamente… Claro que, después de todo, aquello era más bien risible… Nada tiene importancia; todo es una broma, un chiste; la vida es una broma, el juego es una broma… Si lo piensas con detenimiento todas las cartas se parecen mucho, ¿no? Bah, para lo que importa tanto da que las arrojes al aire… Ya casi le había llegado el turno de jugar… Primero esa puta con el pecho tan liso como una tabla… Oh, chico, tenía una carta que iba a acabar con ella…

Horza desconectó el monitor. No estaba seguro de si había captado lo que Kraiklyn pensaba de la mujer o lo que algún adversario estaba intentando hacerle pensar de ella.

Volvió a sintonizar los pensamientos de Kraiklyn más avanzada la mano, cuando la mujer ya había quedado fuera y estaba relajándose con los ojos cerrados y la espalda apoyada en el sillón. (Horza le lanzó una breve mirada a la mujer de la cabellera canosa reclinada en el diván que tenía delante; parecía estar observando la partida, pero tenía una pierna pasada sobre el brazo del diván y la balanceaba hacia atrás y hacia adelante, como si su mente estuviera muy lejos de allí.) Kraiklyn se sentía estupendamente. Para empezar, la zorra había quedado fuera de la mano, y estaba seguro de que eso se debía a alguna de las cartas que había jugado, pero también había una especie de júbilo interior… Aquí estaba, jugando al Daño con los mejores jugadores de toda la galaxia… Los Jugadores, nada menos. Él. Él… (un repentino pensamiento inhibitorio bloqueó el nombre que su mente iba a formar), y la verdad es que no lo estaba haciendo nada mal… Estaba logrando mantenerse a su altura… De hecho, esta mano tenía un aspecto condenadamente bueno… Ah, sí, las cosas empezaban a ir bien… Por fin… Iba a ganar algo… Ya había tenido demasiados problemas…, bueno, estaba eso de… ¡Piensa en las cartas! (de repente) ¡Piensa en el aquí y el ahora! Sí, las cartas… Veamos… Puedo liquidar a esa vaca azul con… El Cambiante cortó la conexión.

Estaba sudando. Nunca había llegado a imaginarse la clase de retroalimentación procedente del cerebro del Jugador que se alcanzaba en aquellas situaciones. Había creído que sólo recibiría las emociones; no había soñado que pudiera meterse hasta tal punto en la mente de Kraiklyn. Y, aun así, esto sólo era una pequeña parte de todo lo que Kraiklyn, los eméticos y las Vidas que había detrás de él estaban recibiendo. Era una auténtica retroalimentación, sólo que bajo control y deteniéndose cuando le faltaba muy poco para convertirse en el equivalente emocional del sonido que emite un altavoz saturado, aumentando de nivel incesantemente hasta llegar a la destrucción… El Cambiante comprendió el atractivo del juego, y por qué algunas personas habían llegado a enloquecer durante una partida.

Y por mucho que le hubiera disgustado la experiencia, Horza sintió un nuevo respeto hacia el hombre a quien como mínimo pretendía suplantar.., y, muy probablemente, matar.

Kraiklyn poseía una cierta ventaja. Las emociones y pensamientos que recibía emanaban en parte de su propia mente, mientras que las Vidas y los emóticos tenían que soportar chorros de emisiones extremadamente potentes surgidos de mentes totalmente distintas a las suyas. Aun así, vérselas con lo que estaba claro que soportaba Kraiklyn debía exigir una considerable fuerza de voluntad o un largo y duro entrenamiento. Horza volvió a sintonizar su monitor. «¿Cómo se las arreglan los emóticos para aguantarlo? —pensó. Y un instante después se dijo:— Ten cuidado. Puede que todos empezaran así…»


* * *

Kraiklyn perdió la mano dos rondas de apuestas más tarde. Neeporlax, el albino medio ciego, también fue derrotado y el Suut recogió sus ganancias. La luz reflejada en los créditos aoish que tenía delante hacía brillar su rostro de acero. Kraiklyn se dejó caer contra el respaldo de su asiento. Horza sabía lo que estaba sintiendo: quería morirse. Una lenta ondulación de agonía resignada y casi agradecida atravesó a Kraiklyn desde atrás cuando su primera Vida murió, y Horza también pudo sentirla. Tanto sus rasgos como los de Kraiklyn se retorcieron en una mueca.

Horza desconectó el monitor y echó una mirada a su terminal. Había pasado menos de una hora desde que logró burlar la vigilancia de los guardias situados ante las puertas exteriores. Tenía algo de comida sobre una mesita junto a su diván, pero se puso en pie y subió por la terraza yendo hacia el paseo más cercano donde le esperaban los bares y puestos de comida.

Los guardias de seguridad estaban comprobando los pases. Horza les vio ir de una persona a otra por la terraza. Mantuvo la vista hacia el frente, pero sus ojos se fueron desplazando de un lado para otro observando los movimientos de los guardias. Una guardia de seguridad estaba casi directamente en su camino, inclinándose para pedirle su pase a una hembra de apariencia bastante avejentada tumbada sobre una cama de aire que emitía vapores perfumados alrededor de la delgada desnudez de sus piernas. La mujer estaba observando el juego con una gran sonrisa en los labios, y tardó un poco en captar la presencia de la guardia. Horza apretó el paso para dejar atrás a la guardia de seguridad cuando volviera a erguirse.

La anciana enseñó su pase y volvió a concentrar toda su atención en el juego. La guardia extendió un brazo ante Horza.

—¿Me permite ver su pase, señor?

Horza se detuvo y sus ojos recorrieron el rostro de la corpulenta joven. Después volvió la cabeza hacia el diván en el que había estado sentado.

—Lo siento, creo que me lo he dejado en mi sitio… Volveré dentro de un segundo. ¿Puedo enseñárselo entonces? Tengo un poco de prisa. —Desplazó el peso de un pie a otro y dobló ligeramente la cintura—. Me dejé llevar por las emociones de la última mano, ¿sabe? Bebí demasiado antes de que empezara la partida. Siempre igual… Nunca aprenderé. ¿Le importa?

Extendió las manos con su mejor expresión de inocencia fingiendo que iba a darle una palmadita en el hombro. Volvió a desplazar su peso de un pie al otro. Los ojos de la guardia de seguridad fueron hacia el diván donde Horza decía haberse dejado el pase.

—Bien, señor…, por ahora. Ya lo veré luego. Pero no debería dejar olvidado su pase en cualquier sitio. No vuelva a hacerlo.

—¡Claro, claro! ¡Muchas gracias!

Horza dejó escapar una carcajada y se alejó rápidamente por el paseo circular hasta encontrar un lavabo, por si la guardia de seguridad había decidido seguir observándole. Se lavó la cara y las manos, escuchó cómo una borracha canturreaba una melodía irreconocible en la sala de ecos, salió por otra puerta distinta a la que había usado para entrar y fue a otra terraza donde compró algo de comer y se tomó un refresco. Después sobornó al guardia de otra terraza. Ésta era todavía más cara que aquella en la que había estado antes, pues se encontraba junto a la ocupada por las concubinas de Wilgre. Una pared de un reluciente material negro había sido erigida en la parte trasera y los flancos de su terraza para protegerlas de las miradas indiscretas más cercanas, pero aun así el olor de sus cuerpos podía captarse en toda la terraza a la que acababa de acceder. El genotipo de las hembras del harén había sido manipulado con el fin de que resultaran asombrosamente atractivas para una amplia gama de varones humanoides, y también poseían feromonas cargadas de afrodisíacos. Antes de que Horza pudiera comprender lo que ocurría ya estaba teniendo una erección, y su cuerpo había vuelto a cubrirse de sudor. La mayoría de hombres y mujeres que le rodeaban se hallaban en un obvio estado de excitación sexual, y los que no seguían el juego en una especie de doble drogadicción exótica estaban muy ocupados con los preliminares del acto amoroso o practicando el coito. Horza volvió a activar sus glándulas inmunológicas y caminó con paso envarado hasta llegar a la parte delantera de la terraza. Dos varones y tres hembras acababan de dejar libres cinco divanes y estaban rodando por el suelo detrás de la valla. Sus ropas yacían esparcidas sobre el suelo de la terraza. Horza se sentó en uno de los divanes que habían dejado libres. Una cabeza femenina perlada de sudor emergió del amasijo de cuerpos convulsos el tiempo suficiente para mirar a Horza.

—Adelante, adelante, como si fuera tu diván —jadeó—, y si tienes ganas de…

Puso los ojos en blanco y lanzó un gemido. La cabeza volvió a desaparecer entre la masa de cuerpos.

Horza meneó la cabeza, soltó una maldición y se abrió paso hacia la salida. Su intento de recuperar el dinero que había gastado en el soborno para entrar fue recibido con una risita y una mirada de compasión.

Horza acabó sentándose en un taburete delante de una combinación de garito de apuestas y bar. Pidió un cuenco de drogas e hizo una pequeña apuesta con Kraiklyn como ganador de la siguiente mano mientras su cuerpo iba liberándose gradualmente de los efectos provocados por las glándulas sudoríparas manipuladas de las concubinas. La velocidad de su pulso fue bajando y su respiración entrecortada se normalizó; las gotas de sudor dejaron de rodar por su frente. Tomó sorbos del cuenco de drogas e inhaló los vapores mientras observaba como Kraiklyn perdía primero una mano y luego otra, aunque en la primera abandonó lo bastante pronto para no perder una Vida. Aun así, ahora sólo le quedaba una Vida. Si no disponía de nadie sentado a su espalda, un jugador de Daño podía apostar su propia vida, pero era algo bastante raro, y en aquellas partidas donde los mejores se enfrentaban a los aspirantes —como ocurría en ésta—, los ishlorsinami tenían tendencia a prohibirlo.

El capitán de la Turbulencia en cielo despejado no quería correr riesgos. Se retiró de cada mano antes de que pudiera perder una Vida. Estaba claro que esperaba una mano casi imposible de superar, y que no haría la que bien podía ser su última apuesta en el juego hasta que el azar no se la hubiera proporcionado. Horza comió. Horza bebió. Horza aspiró vapores de drogas. A veces intentaba distinguir la terraza donde había estado al principio y a la mujer de aspecto aburrido, pero las luces se lo impedían. De vez en cuando alzaba los ojos hacia los animales que luchaban en los trapecios. Estaban bastante cansados, y habían sufrido un considerable número de heridas. La elaborada coreografía de sus primeros movimientos había desaparecido, y ahora ya sólo eran capaces de aferrarse a su trapecio con una pata mientras usaban la otra para atacar cada vez que el azar les hacía acercarse lo bastante a un adversario. Gotas de sangre blanca caían de lo alto como copos de nieve dispersa y se posaban sobre el campo de fuerza invisible que había veinte metros más abajo.

Las Vidas fueron muriendo gradualmente. La partida seguía. El tiempo pasaba lentamente o se movía a la velocidad del rayo, dependiendo de donde estuvieras. El precio de las bebidas, las drogas y la comida iba subiendo lentamente a medida que se aproximaba el momento de la destrucción. Las luces de las lanzaderas que abandonaban Vavatch creaban breves estallidos de llamas visibles a través de la aún transparente cúpula de la vieja arena. Dos apostadores empezaron a pelear delante del bar. Horza se puso en pie y se alejó antes de que los guardias de seguridad se presentaran para separarlos.

Contó su dinero. Le quedaban dos décimos de crédito aoish y un poco de dinero acreditado a las tarjetas negociables, que iban volviéndose cada vez más difíciles de utilizar a medida que los ordenadores de la red financiera del Orbital capaces de aceptarlas iban dejando de funcionar.

Se apoyó en la barra del bar de una pasarela circular y observó el progreso de la partida en la mesa de abajo. Wilgre iba ganando; el Suut le seguía de cerca. Los dos habían perdido el mismo número de Vidas, pero el gigante azul tenía más dinero. Dos de los aspirantes habían abandonado la partida, uno después de haber intentado persuadir al ish-lorsinami que actuaba como arbitro de que podía permitirse el lujo de jugar apostando su propia vida y no haber conseguido convencerle. Kraiklyn seguía aguantando; pero el primer plano de su cara que Horza captó fugazmente en la pantalla de un bar de drogas ante el que pasó le dijo que el Hombre estaba teniendo serias dificultades para resistir.

Horza jugueteó con uno de los décimos de crédito aoish. Deseaba que la partida llegara a su fin o, por lo menos, que Kraiklyn abandonara. La moneda se le pegó a la mano y Horza bajó los ojos hacia ella. Era como contemplar la entrada de un tubo infinito de un diámetro minúsculo con una lucecita brillando en el fondo. Si la colocabas ante uno de tus ojos y cerrabas el otro podías sufrir un ataque de vértigo.

Los aoish eran una especie de banqueros natos, y los créditos eran su máximo invento. La galaxia no contaba con ningún otro medio de intercambio universalmente aceptado, y cada crédito daba derecho a quien lo poseyera a convertir una moneda en un peso dado de cualquier elemento estable, un área en un Orbital libre o un ordenador de una capacidad y velocidad previamente determinadas. Los aoish garantizaban la conversión y que, se supiera, siempre habían sido fieles a su palabra, y aunque el índice de intercambio podía sufrir variaciones más considerables de las oficialmente permitidas —como había ocurrido durante la guerra entre Idir y la Cultura—, en conjunto podía afirmarse que el valor real y teórico de la moneda siempre era lo bastante predecible para que resultara un medio de protección muy sólido contra tiempos inciertos, y no el mero sueño de un especulador. Los rumores —como ocurre siempre, estaban tan alejados de la realidad visible que resultaban sospechosamente dignos de credibilidad—, afirmaban que en toda la galaxia no había ningún grupo que poseyera más cantidad de monedas que la Cultura, la sociedad más militantemente antidinero de todo el escenario civilizado. Pero Horza no creía en esos rumores. De hecho, pensaba que eran justamente el tipo de rumores sobre sí misma que la Cultura disfrutaría propalando.

Vio que Kraiklyn extendía el brazo hacia el centro de la mesa y arrojaba algunas monedas sobre el ya considerable montón acumulado. Horza se guardó el dinero en un bolsillo interior de su blusa. El Cambiante fue hacia el bar-puesto de cambios más cercano observando con mucha atención todo lo que le rodeaba, recibió ocho centesimos a cambio de un décimo (la comisión resultaba exorbitante incluso para lo que solía ser habitual en Vavatch) y utilizó parte del cambio como soborno para entrar en una terraza donde había algunos divanes vacíos. Una vez allí sintonizó los pensamientos de Kraiklyn.

¿Quién eres? La pregunta surgió de la nada y se adentró en las profundidades de su ser.


* * *

La sensación participaba del vértigo y del mareo más terrible. Era un equivalente considerablemente aumentado de la desorientación que pueden sufrir los ojos cuando se concentran en un dibujo sencillo y muy regular, y el cerebro acaba no sabiendo calcular la distancia que le separa de ese dibujo. El foco falso parece tirar de los ojos, los músculos luchan contra los nervios y la realidad se debate contra lo que se da por seguro. No era que la cabeza le estuviese dando vueltas. Tenía la impresión de estarse hundiendo, como si manoteara en el vacío.

¿Quién eres? (¿Quién soy?) ¿Quién eres?

Golpe, golpe, golpe; el sonido de barrotes cayendo para encerrarle, el sonido de puertas cerrándose; ataque y encarcelamiento, explosión y derrumbe al mismo tiempo.

No era más que un pequeño accidente. Un ligero error. Una de esas cosas que pasan. Una partida de Daño y un impresionista de alta tecnología…, qué combinación tan infortunada. Dos productos químicos inofensivos por separado que al mezclarse… Retroalimentación, un aullido que se parecía al dolor, y algo que se rompía…

Una mente entre espejos. Estaba ahogándose en su propio reflejo (algo que se rompía), cayendo a través de él. Una parte de su ser estaba desvaneciéndose…, ¿la parte que no dormía? ¿Sí? ¿No? Oyó un grito que surgía de las oscuras profundidades del pozo en el que estaba cayendo: Cambiante…, Cambiante…, Cambiante… (eeee)…


* * *

El sonido fue disminuyendo hasta convertirse en un susurro, y el susurro se desvaneció para convertirse en el gemido del aire estancado moviéndose por entre los árboles muertos de un desolado solsticio de medianoche, el alma del invierno en algún lugar tranquilo y de pétrea dureza.

Sabía…

(Vuelve a empezar…)

Alguien sabía que en algún lugar había un hombre sentado en un sillón en un inmenso auditorio en una ciudad en…, un lugar muy grande, un lugar muy grande amenazado por algún peligro; y el hombre estaba jugando…, estaba jugando a un juego (un juego que mataba). El hombre seguía allí, vivo y respirando… Pero sus ojos no veían y sus oídos no captaban ningún sonido. Ahora sólo conservaba un sentido, el que se encontraba dentro de él, aprisionado…, ahí, en las profundidades de su ser.

Un murmullo: ¿Quién soy?

Se había producido un pequeño accidente (la vida es una sucesión de accidentes; la evolución depende de los errores y los tropiezos; todo el progreso es una mera función de que las cosas vayan mal)…

Él (y olvida quién es este «él», limítate a aceptar el término carente de nombre mientras esta ecuación se resuelve a sí misma)…, él es el hombre sentado en el sillón en el gran auditorio, el que ha caído en alguna sima dentro de sí mismo, en algún lugar de su ser…, otro. Un doble, una copia, alguien que finge ser él.

Pero en esta teoría hay algo que no encaja…

(Vuelve a empezar…)

Haz acopio de fuerzas.

Necesito pistas, puntos de referencia, algo a lo que agarrarme.

El recuerdo de una célula dividiéndose vista fotograma por fotograma, el mismísimo comienzo de la vida independiente que, aun así, sigue siendo dependiente. Retén esa imagen…

Palabras (nombres); necesito palabras.

Todavía no, pero…, algo está a punto de moverse y dar la vuelta; un lugar…

¿Qué estoy buscando?

Mente.

¿La mente de quién?

(Silencio.)

¿La mente de quién?

Silencio

¿La mente de quién?

Silencio.

(…Vuelve a empezar…)

Escucha. Todo esto es cosa del shock. Te han dado, y con mucha fuerza. Esto no es más que alguna forma de shock, y te recuperarás.

Eres el hombre que está jugando el juego (como todos)… Aun así, algo anda mal, hay algo que falta y, al mismo tiempo, hay algo que no estaba antes. Piensa en esos errores vitales; piensa en esa célula que se divide, la misma y distinta a la vez, el lugar que está vuelto del revés, el grupo de células que se vuelve del revés a sí mismo, el que parece un cerebro partido en dos (sin dormir, moviéndose). Escucha con atención a quien intenta hablar contigo…

Silencio.

(Y todo esto llega desde ese abismo de noche, desnudo en la tierra baldía, el gemir del viento helado su única protección y atuendo, sólo en la oscuridad bajo un gélido cielo de obsidiana.)

¿Quién ha intentado hablar conmigo? Nadie lo ha intentado, nunca. ¿Cuándo escuché? ¿Cuándo fui nada salvo yo mismo, cuándo me preocupé por alguien que no fuera yo mismo?

El individuo es el fruto del error; por lo tanto sólo el proceso tiene validez… Bien, ¿quién va a hablar en su nombre?

El viento aúlla, y su gemir carente de significado se lleva consigo el calor y acaba con toda la esperanza, distribuyendo el calor de su cuerpo agotado por los negros cielos, disolviendo la llama salada de su existencia, helándole hasta el núcleo, erosionando y frenando. Vuelve a sentir que está cayendo, y sabe que esta vez el abismo es aún más profundo y que sólo terminará allí donde el silencio y el frío son absolutos, allí donde nunca se oye gritar ninguna voz, ni tan siquiera ésta…

(Una voz que es como el aullido del viento:) ¿Hubo alguien a quien le importara lo suficiente para hablar conmigo?

(Silencio).

¿Hubo alguien…?

(Silencio).

¿Hubo…?

(Un murmullo:) Escucha: «Los Jinmoti de…»

…Bozlen Dos.

Dos. Alguien había hablado en una ocasión. Era el Cambiante, era el error, la copia imperfecta.

Estaba jugando un juego distinto al del otro (pero seguía teniendo la intención de acabar con una Vida). Estaba observando, sintiendo lo que sentía el otro, pero sintiendo más cosas que él.

Horza. Kraiklyn.

Ahora lo sabía. El juego era… el Daño. El lugar era… un mundo donde una cinta de la idea original había sido vuelta del revés… Un Orbital: Vavatch. La Mente en el Mundo de Schar. Xoralundra. Balveda. ¡La (encontró su odio y lo clavó en la pared del abismo, como si fuera un garfio del que colgar una cuerda) Cultura!

Una brecha en la pared celular; las aguas abriéndose paso; la luz liberándose, la iluminación… que llevaba al renacimiento.

Peso, frío y claridad, una luz brillante…

Mierda. Bastardos… Lo he perdido todo gracias a un Abismo de Auto-Duda…

Una ola de furia impotente recorrió todo su ser y algo murió.


* * *

Horza se arrancó la frágil conexión del monitor de la cabeza. Se quedó inmóvil en el diván con el cuerpo tembloroso, los ojos irritados y llenos de legañas, contemplando las luces del auditorio y los dos animales medio muertos que seguían luchando el uno con el otro suspendidos de los trapecios. Se obligó a cerrar los ojos, y volvió a abrirlos para escapar de la oscuridad.

El Abismo de la Auto-Duda. Kraiklyn había sido atacado por cartas que hacían dudar de su propia identidad al jugador que era objeto de la ofensiva. A juzgar por el tenor de los pensamientos de Kraiklyn antes de que se arrancara la conexión, el Cambiante tuvo la impresión de que Kraiklyn no se había dejado dominar por el terror, sino de que había sufrido una mera desorientación momentánea. El ataque le había distraído lo suficiente para perder la mano, y eso era todo lo que sus oponentes pretendían. Kraiklyn había quedado eliminado de la partida.

El efecto sobre él, que intentaba ser Kraiklyn pero sabía que no lo era, había sido bastante más severo. No había ningún misterio. Horza estaba seguro de que cualquier Cambiante habría tenido el mismo problema que él…

Los temblores empezaron a desvanecerse. Se sentó y puso los pies en el suelo. Tenía que marcharse. Kraiklyn no tardaría en marcharse, y no le quedaba más remedio que seguirle.

«Cálmate, maldita sea.»

Bajó los ojos hacia la mesa. La mujer sin pechos había ganado. Kraiklyn le lanzó una mirada feroz mientras la mujer recogía sus ganancias y los ishlorsinami le libraban del arnés de sujeción. Kraiklyn abandonó la arena y pasó junto al cuerpo fláccido y todavía caliente de su última Vida justo cuando la liberaban de sus ataduras.

Pateó el cadáver y la multitud le abucheó.

Horza se puso en pie, giró sobre sí mismo y tropezó con un cuerpo muy duro que resistió el impacto sin retroceder ni un milímetro.

—¿Puedo ver ese pase ahora, señor? —preguntó la guardia de seguridad a la que había mentido antes.

Horza sonrió con nerviosismo. Era consciente de que aún temblaba un poco; tenía los ojos enrojecidos y su rostro estaba cubierto de sudor. La guardia de seguridad le contemplaba fijamente con el rostro inexpresivo. Algunas de las personas que llenaban la terraza les estaban observando.

—Yo… Lo siento —dijo el Cambiante hablando muy despacio mientras se palmeaba los bolsillos con manos temblorosas.

La guardia de seguridad alargó el brazo y le cogió por el codo izquierdo.

—Quizá sería mejor que…

—Oiga —dijo Horza inclinándose hacia ella—, yo… No tengo pase. ¿Se conformaría con un soborno?

Empezó a meter la mano dentro de la blusa para coger sus créditos. La guardia de seguridad le golpeó con la rodilla y le retorció el brazo izquierdo por detrás de la espalda. Hizo todo aquello de la forma más experta concebible, y Horza tuvo que dar un salto hacia atrás para que el rodillazo no fuera demasiado doloroso. Permitió que su hombro izquierdo se desconectara y empezó a doblarse sobre sí mismo, pero no antes de que su mano izquierda hubiera arañado ligeramente el rostro de la mujer (y mientras se dejaba caer comprendió que eso había sido una reacción instintiva y no algo razonado. No estaba muy seguro del porqué, pero le pareció bastante divertido.)

La guardia de seguridad le cogió por el otro brazo y le inmovilizó las dos manos a la espalda usando su guante de sujeción para dejarlas atrapadas en esa postura. Alzó la otra mano y se limpió la sangre del rostro. Horza había quedado de rodillas sobre la superficie de la terraza, y estaba gimiendo como gemiría casi todo el mundo si tuviera un brazo roto o dislocado.

—Tranquilos, no pasa nada. No es más que un pequeño problema con un pase… Por favor, sigan divirtiéndose —dijo la guardia de seguridad. Alzó el brazo y el guante de sujeción tiró de Horza obligándole a incorporarse. Horza lanzó un chillido de dolor fingido y fue empujado por los peldaños que llevaban al paseo con la cabeza gacha—. Siete tres, siete tres; varón código verde por paseo siete en el sentido de la rotación —dijo la mujer por el micrófono de su solapa.

Horza sintió cómo su captora empezaba a debilitarse apenas llegaron al paseo. Aún no podía ver a ningún otro guardia. Los pasos de la mujer que iba detrás de él se fueron haciendo más lentos y vacilantes. La oyó jadear, y un par de borrachos apoyados en el mostrador de un autobar les lanzaron una mirada de perplejidad. Otro cliente giró sobre su taburete para observarles.

—Siete… tr… —balbuceó la guardia de seguridad.

Se le doblaron las rodillas. Horza se vio arrastrado con ella. Los músculos del cuerpo de la mujer estaban relajándose, pero el guante de sujeción seguía tan rígido como antes. Horza volvió a conectar las sensaciones de su hombro, ejerció presión y se contorsionó. Los filamentos del campo contenido en el guante acabaron cediendo, dejándole con el comienzo de unos moretones lívidos en sus muñecas. La guardia de seguridad yacía de espaldas sobre el suelo del paseo con los ojos cerrados y respiraba con dificultad. Horza pensó que debía de haberla arañado con una uña de veneno no letal; pero no podía quedarse el tiempo suficiente para averiguarlo. Estaba seguro de que no tardarían en venir más guardias, y no podía permitir que Kraiklyn le cogiera demasiada delantera. Tanto si volvía a la nave —era lo que suponía que iba a hacer— como si se quedaba para seguir observando la partida, Horza quería estar cerca de él.

El capuchón se le había caído cuando la mujer le arrastró al suelo. Se tapó la cabeza, alzó el cuerpo de la guardia de seguridad y la llevó hasta el autobar donde estaban los dos borrachos. La instaló en uno de los taburetes, le cruzó los brazos por delante del cuerpo colocándolos sobre el mostrador y dejó que su cabeza bajara hasta quedar apoyada en ellos.

El borracho que había estado observando lo ocurrido le sonrió. Horza intentó devolverle la sonrisa.

—Bueno, cuide de ella —dijo.

Vio la capa que había junto al taburete del otro borracho, se volvió hacia su propietario con una sonrisa en los labios y la cogió. El borracho estaba demasiado ocupado pidiendo otra bebida y no se dio cuenta de nada. Horza colocó la capa sobre los hombros de la mujer ocultando su uniforme.

—Para que no coja frío —le dijo al primer borracho, quien asintió con la cabeza.

Horza se alejó sin hacer ruido. El segundo borracho, que no se había fijado en la mujer hasta entonces, cogió su bebida del panel que se había abierto ante él, vio a la mujer cubierta con la capa apoyada en el mostrador y le dio un codazo.

—Eh, parece que te gusta mi capa, ¿verdad? —le dijo—. ¿Quieres que te invite a tomar algo?

Antes de abandonar el auditorio, Horza miró hacia arriba. Los animales de combate ya no volverían a luchar. Una de las bestias flotaba en un gran charco de sangre lechosa bajo el aro reluciente que era el extremo más distante —y, por ahora, diurno—, de Vavatch. Los cuatro miembros de su inmenso cuerpo formaban una X suspendida sobre la mesa de juego. El vello oscuro y la gran cabeza estaban manchados de sangre y cubiertos de heridas. La otra criatura colgaba de su trapecio balanceándose lentamente. Su cuerpo goteaba sangre blanca y giraba sobre sí mismo suspendido de una zarpa envarada por la rigidez cadavérica. Estaba tan muerto como su adversario.

Horza se devanó los sesos, pero no logró recordar los nombres de aquellas extrañas bestias. Meneó la cabeza y se alejó lo más deprisa posible.


* * *

Encontró la zona de Jugadores. Un ishlorsinami estaba inmóvil ante los dos paneles de una puerta en el comienzo de un pasillo situado muy por debajo de la superficie de la arena. Una pequeña multitud de personas y máquinas esperaba de pie o sentada a su alrededor. Algunas estaban haciéndole preguntas al silencioso ishlorsinami; la mayoría hablaban entre ellos. Horza tragó una honda bocanada de aire y se abrió paso a codazos por entre el gentío agitando sus ahora inservibles tarjetas de crédito negociables.

—Seguridad, venga, apártense, déjenme pasar —iba diciendo—. ¡Seguridad!

La gente protestaba pero se apartaba ante él. Horza se plantó delante del ishlorsinami. Unos ojos que parecían hechos de acero le contemplaron desde un rostro de rasgos muy delgado y expresión impasible.

—Tú —dijo Horza chasqueando los dedos—. ¿Adónde ha ido ese Jugador? El que viste un traje de una pieza color claro y los cabellos castaños.

El humanoide vaciló.

—Venga, venga —dijo Horza—. He estado persiguiendo a ese tramposo por media galaxia, y no quiero perderle ahora que estoy tan cerca de él.

El ishlorsinami señaló con la cabeza hacia el pasillo que llevaba a la entrada principal de la arena.

—Acaba de marcharse.

La voz del humanoide hacía pensar en dos trozos de cristal frotándose el uno con el otro. Horza torció el gesto, pero asintió rápidamente, volvió a abrirse paso entre la multitud y echó a correr por el pasillo.

En el vestíbulo del complejo de la arena había una multitud todavía mayor. Guardias, robots de seguridad provistos de ruedas, guardaespaldas privados, conductores, pilotos de lanzadera, policías de la ciudad; gente con cara de desesperación que agitaba tarjetas negociables; gente haciendo listas de las personas que estaban comprando espacio en alguna de las lanzaderas-autobús o aerodeslizadores que no tardarían en partir hacia la zona del puerto; gente que se limitaba a rondar por allí para ver lo que iba a ocurrir o tenía la esperanza de ver aparecer el taxi que habían solicitado; gente que vagaba de un lado para otro con expresiones de aturdimiento en sus rostros; otros que sonreían y se pavoneaban sosteniendo bolsas o maletines pegados a sus cuerpos, y que solían ir acompañados por algún guardia particular al que acababan de contratar… Todos iban y venían por aquel inmenso espacio atestado de cuerpos y ruidos que llevaba del auditorio propiamente dicho a la plaza y al aire libre bajo las estrellas y la línea iluminada del extremo más alejado de Vavatch.

Horza tiró de su capuchón y se abrió paso a través de una barricada de guardias. Los guardias parecían obsesionados con no dejar entrar a nadie incluso en esta etapa final del juego y la cuenta atrás de la destrucción. Horza quería salir, y no le pusieron ningún obstáculo. El Cambiante contempló la masa remolineante de cabezas, capas, cascos, tocados y adornos mientras se preguntaba cómo se las arreglaría para alcanzar a Kraiklyn entre semejante confusión. Hasta verle parecía imposible. Una cuña de cuadrúpedos uniformados pasó junto a él con algún alto dignatario tumbado sobre una litera en el centro. Horza aún no había logrado recobrar el equilibrio cuando un neumático se deslizó sobre su pie. El neumático pertenecía a un bar móvil que iba pregonando su amplia gama de bebidas y drogas.

—¿Le gustaría tomarse algún cóctel de drogas, señor? —le preguntó la máquina.

—Vete a la mierda —respondió Horza, y se dio la vuelta para seguir a la cuña de criaturas con cuatro patas que se dirigía hacia las puertas.

—Desde luego, señor. ¿Seco, normal o…?

Horza se abrió paso a codazos por entre la multitud siguiendo a los cuadrúpedos. Logró alcanzarles, se pegó a su retaguardia y logró llegar hasta las puertas sin demasiadas dificultades.

Fuera la atmósfera era sorprendentemente fría. Horza vio las nubecillas de su aliento ante él mientras miraba rápidamente a su alrededor intentando localizar a Kraiklyn. La multitud que había fuera de la arena parecía casi tan compacta y numerosa como la del interior. La gente pregonaba sus mercancías, vendía entradas, se tambaleaba o paseaba de un lado para otro, intentaba mendigar dinero de cualquier desconocido, robaba carteras, observaba los cielos o los grandes espacios despejados que había entre los edificios. Un desfile interminable de máquinas relucientes caía del cielo con un rugido o emergía de los bulevares. Los aparatos se detenían unos momentos y se alejaban a toda velocidad repletos de personas.

Horza no podía ver nada. Se fijó en un guardia gigantesco, un coloso de tres metros con un traje espacial muy pesado que blandía una pistola enorme y miraba a su alrededor con ojos inexpresivos. Tenía la piel muy pálida y unos mechones pelirrojos asomaban por debajo de su casco.

—¿Estás libre? —preguntó Horza moviéndose en una especie de brazada para atravesar un grupo de gente que estaba observando a unos insectos luchadores y llegar hasta el gigante.

Aquel ancho rostro de rasgos toscos asintió solemnemente y el guardia se puso en posición de firmes.

—Lo estoy —gruñó.

Tenía un vozarrón acorde con su estatura.

—Aquí tienes un centesimo —se apresuró a decir Horza, metiendo una moneda en el guante del hombretón, donde pareció desvanecerse—. Deja que me suba a tus hombros. Estoy buscando a alguien.

—Muy bien —dijo el guardia después de pensárselo un segundo.

Fue doblando lentamente una rodilla extendiendo el rifle ante él para no perder el equilibrio hasta que acabó apoyando la culata en el suelo. Horza pasó las piernas sobre los hombros del gigante. El hombretón volvió a erguirse sin esperar a que Horza se lo pidiera, y el Cambiante se encontró bastante por encima de las cabezas de la multitud. Volvió a taparse el rostro con el capuchón de su blusa y sus ojos recorrieron el gentío buscando una silueta vestida con un traje de una pieza de color claro, aunque sabía que Kraiklyn podía haberse cambiado de atuendo. Incluso era posible que ya se hubiera marchado… Horza podía sentir como una mezcla de tensión nerviosa y desesperación estaba empezando a agarrotarle el estómago. Intentó tranquilizarse diciéndose que el haber perdido a Kraiklyn ahora no tenía mucha importancia, que siempre podía dirigirse a la zona portuaria y llegar al VGS donde estaba la Turbulencia en cielo despejado; pero sus entrañas se negaban a dejarse calmar tan fácilmente. Era como si la atmósfera del juego y la excitación de aquellas últimas horas de existencia del Orbital, la ciudad y la arena hubieran alterado su química corporal. Podía haberse concentrado en ella obligándose a relajarse, pero ahora no podía permitirse el lujo de perder esos momentos. Tenía que buscar a Kraiklyn.

Examinó la abigarrada colección de individuos que esperaban la llegada de las lanzaderas en un área acordonada y después recordó uno de los pensamientos de Kraiklyn que había captado, algo sobre haber desperdiciado un montón de dinero. Apartó los ojos de allí y examinó el resto de la multitud.

Le vio. El capitán de la Turbulencia en cielo despejado estaba de pie en una cola de gente que esperaba subir a los taxis y autobuses. Se encontraba a unos treinta metros de distancia, con su traje color claro parcialmente cubierto por una capa gris, los brazos cruzados ante el pecho y los pies bastante separados. Horza se inclinó hacia adelante hasta que su cara casi rozó el rostro invertido del guardia.

—Gracias. Ya puedes bajarme.

—No tengo cambio —gruñó el hombretón mientras empezaba a inclinarse.

La vibración recorrió todo el cuerpo de Horza.

—No importa, quédate el resto.

Horza saltó de la espalda del guardia. El gigante se encogió de hombros y Horza echó a correr, agachándose y haciendo fintas para esquivar a la gente, dirigiéndose hacia el lugar donde había visto a Kraiklyn.

Echó un vistazo a la terminal que llevaba en la muñeca izquierda. Faltaban dos horas y media para la destrucción. Horza empujó, se deslizó por los huecos que encontraba, pidió excusas y se disculpó sin dejar de moverse por entre la multitud, y durante el trayecto vio a muchas personas con los ojos clavados en relojes, terminales y pantallas, oyó muchas vocéenlas sintetizadas que graznaban la hora y a muchos humanos nerviosos que la repetían.

Allí estaba la cola. Horza pensó que parecía sorprendentemente ordenada, y unos instantes después se dio cuenta de que estaba siendo supervisada por los mismos guardias de seguridad que había visto dentro de la arena. Kraiklyn ya casi había llegado al comienzo de la cola, y un autobús estaba acabando de llenarse. Varios deslizadores y vehículos más pequeños esperaban detrás de él. Kraiklyn señaló hacia uno de ellos mientras un guardia de seguridad con una pantalla de notas le decía algo.

Horza contempló la fila de siluetas que esperaban y supuso que debía de haber varios centenares de personas en ella. Si se les unía perdería a Kraiklyn. Miró rápidamente a su alrededor y se preguntó qué otra forma de seguirle podía haber.

Alguien chocó contra su espalda y Horza giró sobre sí mismo para encontrarse con un grupo de personas que vestían ropas multicolores y hacían mucho ruido. Una mujer enmascarada con un traje plateado muy ceñido estaba gritando e insultando a un hombrecillo de expresión perpleja con una larga cabellera que llevaba unos complicados aros de cordel verde oscuro por único atuendo. La mujer siguió gritando incoherencias durante unos segundos y acabó abofeteando al hombrecillo. Horza le vio retroceder meneando la cabeza. La gente estaba observándoles. Horza se aseguró de que no le habían robado nada cuando sintió el choque en su espalda y volvió a mirar a su alrededor en busca de algún medio de transporte.

Un aerodeslizador pasó ruidosamente por encima de su cabeza y dejó caer panfletos escritos en un lenguaje que Horza no comprendía.

—Sarble… —dijo un hombre de piel transparente volviéndose hacia su acompañante mientras los dos emergían de entre la multitud y pasaban junto a Horza.

El hombre estaba intentando ver las imágenes de una pequeña terminal mientras caminaba. Horza captó un fugaz atisbo de algo que le sorprendió. Conectó su terminal y sintonizó el canal adecuado.

Estaba viendo lo que parecía el mismo incidente al que había asistido en el auditorio unas horas antes, el altercado de la terraza situada sobre la suya cuando oyó comentar que Sarble el Ojo había sido capturado por los guardias de seguridad. Horza frunció el ceño y acercó la pantalla de muñeca a sus ojos.

Era el mismo sitio y se trataba del mismo incidente, visto desde casi el mismo ángulo y distancia aparente a que se encontraba cuando los había observado. Horza contempló la pantalla torciendo el gesto e intentó imaginarse desde dónde podían haber grabado la imagen que estaba viendo ahora. La escena llegó a su fin y fue sustituida por varios planos de seres bastante excéntricos divirtiéndose en el auditorio mientras la partida de Daño seguía desarrollándose al fondo del plano.

«Si se pusiera en pie y diera unos cuantos pasos…», pensó Horza.

Era la mujer.

La mujer de cabellera canosa que había visto antes de pie en el último nivel de la arena jugueteando con su tiara; la misma mujer que había estado en esa misma terraza junto a su diván cuando se produjo el incidente que acababa de ver en la pantalla. La mujer era Sarble el Ojo. La tiara debía de ser una cámara, y la persona de la terraza superior algún ayudante suyo cuya misión era despistar a los guardias de seguridad.

Horza desconectó la terminal. Sonrió y meneó la cabeza como para desalojar aquella pequeña e inútil revelación del centro de su atención. Tenía que encontrar algún medio de transporte.

Empezó a caminar rápidamente por entre la multitud, abriéndose paso a través de los grupos, filas y colas buscando un vehículo libre, una puerta abierta o los ojos del encargado de algún servicio de taxis. Captó un fugaz vislumbre de la cola en que estaba Kraiklyn. El capitán de la Turbulencia en cielo despejado se encontraba de pie ante la puerta de un vehículo rojo, aparentemente discutiendo con su conductor y con otras dos personas de la cola.

Horza notó el nacimiento de un mareo. Empezó a sudar. Sentía deseos de dar patadas y apartar de su camino a toda la gente que se agolpaba a su alrededor. Volvió sobre sus pasos. Tendría que correr el riesgo de sobornar a alguien para que le dejara colocarse en los primeros puestos de la cola de Kraiklyn. Estaba a sólo cinco metros de la cola cuando Kraiklyn y las otras dos personas dejaron de discutir y se metieron en el taxi, que se alejó a toda velocidad. Horza volvió la cabeza para seguirlo con los ojos sintiendo un nudo en el estómago y apretando los puños, y justo entonces vio a la mujer de la cabellera canosa.

Llevaba una capa azul con capucha, pero mientras intentaba abrirse paso por entre el gentío apelotonado al borde de la calzada la capucha se deslizó hacia atrás revelando su rostro. Un hombre bastante alto le pasó el brazo por encima de los hombros y señaló hacia la plaza. La mujer volvió a subirse la capucha.

Horza se metió la mano en el bolsillo hasta tocar su arma y fue hacia la pareja justo cuando un aerodeslizador de color negro mate y contornos muy estilizados emergía con un siseo de la oscuridad y se detenía ante ellos. Horza apretó el paso. La puerta del aerodeslizador se abrió hacia arriba como si fuese un ala y la mujer que era Sarble el Ojo se inclinó para entrar en el vehículo.

Horza alargó el brazo y su mano se posó sobre el hombro de la mujer, quien giró en redondo volviéndose hacia él. El hombre alto dio un par de pasos hacia Horza y el Cambiante tensó la mano dentro de su bolsillo alzándola un poco para revelar el bulto de su arma. El hombre se detuvo y miró hacia el suelo como si no supiera qué hacer. La mujer se quedó paralizada con un pie sobre el umbral del vehículo.

—Creo que van en mi dirección —se apresuró a decir Horza—. Sé quién es. —Movió la cabeza señalando hacia la mujer—. Sé qué es lo que lleva en la cabeza. Lo único que quiero es que me lleven al puerto. Eso es todo. Si lo hacen no habrá jaleo.

Señaló con la cabeza a los guardias de seguridad que estaban controlando la cola.

La mujer miró al hombre alto y se volvió hacia Horza. Retrocedió lentamente.

—De acuerdo. Después de usted.

—No, usted primero.

Horza movió la mano sin sacarla del bolsillo. La mujer sonrió, se encogió de hombros y entró en el vehículo seguida por el hombre alto y Horza.

—¿Quién es…? —empezó a decir la conductora, una mujer calva y de expresión más bien feroz.

—Un invitado —dijo Sarble—. Limítate a conducir.

El aerodeslizador se puso en movimiento.

—Vaya tan deprisa como quiera —dijo Horza—. Estoy buscando un vehículo de superficie de color rojo.

Sacó el arma de su bolsillo y giró hasta quedar de cara a Sarble el Ojo y el hombre alto. El aerodeslizador aceleró.

—Te dije que habían emitido la grabación demasiado pronto —siseó el hombre alto.

Tenía una voz áspera y un poco estridente. Sarble se encogió de hombros. Horza sonrió y se dedicó a contemplar el tráfico que se movía alrededor del vehículo en el que viajaban, pero siguió vigilando a sus dos acompañantes por el rabillo del ojo.

—Mala suerte —dijo Sarble—. Cuando estaba en el auditorio no paraba de tropezarme con este tipo.

—Entonces, ¿usted es realmente Sarble? —preguntó Horza.

La mujer no contestó y siguió con la cabeza vuelta hacia el hombre alto.

—Oiga —dijo el hombre alto volviéndose hacia Horza—, le llevaremos al puerto, si es que ese coche rojo va allí, pero no intente nada raro, ¿de acuerdo? Si no queda más remedio nos resistiremos. No me da miedo morir.

El hombre alto parecía asustado e irritado al mismo tiempo; su rostro blanco amarillento recordaba al de un niño que está a punto de echarse a llorar.

—Me ha convencido —dijo Horza sonriendo—. Y ahora, ¿por qué no intenta localizar a ese coche rojo? Tres ruedas, cuatro puertas y tres personas en el compartimento trasero. En cuanto le eche el ojo encima lo reconocerá.

El hombre alto se mordió el labio. Horza movió el arma unos centímetros indicándole que mirase hacia adelante.

—¿Es ése? —preguntó la conductora calva.

Horza vio el vehículo al que se refería. Parecía el mismo en el que había subido Kraiklyn.

—Sí. Sígalo, pero no de muy cerca.

El aerodeslizador redujo un poco la velocidad.

Entraron en la zona del puerto. Las siluetas iluminadas de las grúas y las armazones metálicas brillaban en la lejanía. Vehículos de superficie, aerodeslizadores e incluso lanzaderas estaban aparcados e inmóviles a ambos lados de la calzada. El coche que seguían se encontraba justo delante de ellos, moviéndose lentamente detrás de dos aerobuses que subían por una rampa bastante angosta. El motor de su aerodeslizador emitió un gruñido cuando empezaron a subir por la superficie de la rampa.

El coche rojo abandonó la calzada principal y siguió una curva bastante larga flanqueada por charcos de agua que emitían destellos oscuros.

—Así que es realmente Sarble, ¿eh? —dijo Horza volviéndose hacia la mujer de la cabellera canosa, que seguía sin mirarle—. Delante del auditorio hace un rato… ¿Era usted? ¿O no? ¿Cuántas personas son Sarble?

Sus acompañantes guardaron silencio. Horza se limitó a sonreír sin apartar los ojos de ellos y asintió levemente con la cabeza. El silencio que reinaba en el interior del vehículo sólo era roto por el rugido del viento.

El aerodeslizador abandonó la calzada y se dirigió hacia un bulevar, dejando atrás grúas inmensas y las masas de maquinaria iluminada que se alzaban hacia el cielo como torres colosales. Después aceleró por una carretera a cuyos lados había hileras de almacenes sumidos en las tinieblas. Empezó a reducir la velocidad junto a un muelle secundario.

—No se le acerque mucho —dijo Horza.

La mujer calva redujo todavía más la velocidad. El coche rojo se deslizó junto al muelle pasando bajo las cajas cuadradas formadas por los soportes de las grúas.

El coche rojo se detuvo junto a un edificio brillantemente iluminado. Un conjunto de luces que giraba alrededor de su base indicaba en varios idiomas que ahí estaba el «ACCESO 54 A LA SUB-BASE».

—Estupendo. Pare —dijo Horza. El aerodeslizador se detuvo y sus faldones de goma entraron en contacto con el suelo—. Muchas gracias.

Horza bajó del vehículo sin dar la espalda ni un solo momento al hombre alto y la mujer de la cabellera canosa.

—No hemos intentado resistirnos. Puede considerarse muy afortunado —dijo el hombre alto con voz irritada mientras asentía secamente con la cabeza.

Sus ojos emitían destellos iracundos.

—Ya lo sé —dijo Horza—. Adiós.

Le guiñó el ojo a la mujer de la cabellera canosa, quien se dio la vuelta y movió un dedo hacia él en lo que Horza sospechó debía de ser un gesto obsceno. El aerodeslizador ascendió unos centímetros, salió disparado hacia adelante, dio la vuelta y se alejó rugiendo por el camino que habían seguido para llegar hasta allí. Horza volvió los ojos hacia la entrada de la subplataforma. Las tres personas que habían bajado del coche rojo estaban ante ella con sus cuerpos silueteados por las luces del interior. Horza tuvo la impresión de que una de ellas acababa de volver la cabeza hacia el muelle. No estaba seguro de si lo había hecho, pero el Cambiante retrocedió hacia las sombras proyectadas por la grúa que se alzaba sobre él.

Dos de las personas que esperaban ante el tubo de acceso desaparecieron en el interior del edificio. La tercera persona —que podía ser Kraiklyn—, echó a caminar hacia uno de los extremos del muelle.

Horza se metió el arma en el bolsillo y fue hacia allí moviéndose rápidamente bajo las sombras de otra grúa.

Un rugido casi idéntico al producido por el aerodeslizador de Sarble cuando se alejó —pero mucho más potente y grave—, llegó a sus oídos desde el interior del muelle.

Un inmenso vehículo que se movía sobre un colchón de aire —similar en principio al aerodeslizador que Horza había requisado, pero mucho más grande—, emergió de la oscura extensión del océano llenando el extremo del muelle que daba a las aguas de luces y espuma. Los torbellinos de espuma bailotearon por los aires envueltos en la luminiscencia lechosa de las estrellas, el resplandor del lado diurno del Orbital que se curvaba sobre el muelle y las luces del vehículo. La enorme máquina avanzó lentamente por entre las paredes del muelle acompañada por el gemido estridente de sus motores. Detrás de ella se podía ver otro par de nubes también iluminadas desde el interior por luces parpadeantes. El vehículo avanzó por el muelle envuelto en un estallido de fuegos artificiales. Horza logró distinguir una hilera de ventanas y lo que parecía gente bailando al otro lado de ellas. Bajó la vista hacia el muelle. El hombre al que estaba siguiendo había empezado a subir los peldaños que llevaban hasta una pasarela situada bastante por encima del suelo. Horza corrió sin hacer ruido agachándose para pasar por debajo de los soportes de las grúas y saltando sobre los gruesos manojos de cables. Las luces del vehículo caían sobre la negra superestructura de las grúas; el alarido de los reactores y las hélices de propulsión creaba ecos entre las paredes de cemento.

Un vehículo mucho más pequeño —oscuro y silencioso, salvo por el chirriar que su desplazamiento creaba al hendir la atmósfera— pasó sobre la cabeza de Horza como si quisiera resaltar la comparativa tosquedad de la escena que tenía ante sus ojos. El vehículo desapareció en el cielo nocturno convirtiéndose en una manchita de existencia muy fugaz sobre la superficie del lado diurno del Orbital. Horza la observó durante la fracción de segundo que necesitó para desaparecer, y volvió a concentrar su atención en la silueta iluminada por los focos del inmenso vehículo que seguía desplazándose lentamente a lo largo del muelle. El segundo aerodeslizador ya estaba enfilando el muelle para seguirle.

Horza llegó a los peldaños que llevaban hasta la pasarela del angosto puente colgante. El hombre que caminaba como Kraiklyn y se cubría con una capa gris ya había recorrido la mitad del trayecto. Horza apenas si podía ver lo que había al otro lado del muelle, pero supuso que si dejaba que su presa recorriera el resto del puente antes de que empezara a seguirla había bastantes probabilidades de que la perdiese de vista. Lo más probable era que aquel hombre —Kraiklyn, si es que era él—, lo hubiese comprendido; Horza supuso que debía haberse dado cuenta de que estaba siendo seguido. Puso un pie en el puente. La superficie metálica osciló ligeramente bajo su cuerpo. El ruido y las luces del gigantesco aerodeslizador estaban casi directamente debajo de él. Los olores de agua estancada del muelle saturaban la atmósfera. El hombre no se volvió hacia Horza, aunque debía de haber sentido cómo sus pisadas se unían a las suyas para hacer vibrar el puente.

La silueta llegó al otro extremo del puente. Horza la perdió de vista y echó a correr con el arma delante de él. El movimiento del vehículo que tenía debajo estaba creando ráfagas de aire y espuma que le dejaron empapado. La música de sus cubiertas estaba tan alta que ni el aullido de los motores lograba ahogarla. Horza llegó al final del puente y bajó corriendo la espiral de peldaños que llevaba al muelle.

Algo surgió de la oscuridad que había bajo la espiral y se estrelló contra su rostro. Una fracción de segundo después algo chocó con su espalda y la parte trasera de su cráneo. Horza cayó sobre algo duro y se preguntó confusamente qué había ocurrido mientras las luces se movían por encima de él. El aire rugía y atronaba en sus orejas, y oía una música distante. Un potente haz luminoso cayó sobre sus ojos y una mano echó hacia atrás el capuchón que le cubría el rostro.

Oyó un jadeo ahogado de sorpresa, el jadeo de un hombre que aparta el capuchón de un rostro para encontrarse con su propia cara. (¿Quién eres?) Si se trataba de eso, los efectos de la sorpresa harían que el hombre fuese vulnerable durante unos pocos segundos (¿Quién soy?)… Horza aún conservaba las energías suficientes para lanzar una patada y acompañarla con un movimiento hacia arriba de los brazos. Sus dedos encontraron una tela, y su pantorrilla entró en contacto con una ingle. El hombre intentó saltar sobre Horza dirigiéndose hacia el muelle. Un instante después Horza sintió cómo unas manos le cogían por los hombros, y cuando el hombre al que había logrado agarrar cayó al suelo, el cuerpo de Horza giró por los aires.

Ya no estaba en el muelle. El hombre había caído justo en el borde y había resbalado arrastrando consigo a Horza. Estaban cayendo al agua.

Horza fue consciente de una sucesión de luces y sombras, de que seguía teniendo agarrado al hombre por el traje o la capa y de que había una mano encima de su hombro. Siguieron cayendo. ¿Qué distancia les separaba del agua? El ruido del viento. Atento al sonido de…

Fue un impacto doble. Chocó con el agua, y después llegó una colisión de líquido y cuerpo estrellándose contra algo más duro. Hacía mucho frío, y le dolía el cuello. Estaba debatiéndose locamente, no muy seguro de dónde estaba el arriba y dónde el abajo. Los golpes en la cabeza le habían dejado bastante aturdido. Algo tiró de él. Horza lanzó un puñetazo y su mano chocó con algo blando. Logró erguirse y se encontró de pie en un metro escaso de agua. Avanzó con paso tambaleante. Aquello era un auténtico manicomio: luces, sonidos y espuma por todas partes, y alguien que seguía agarrado a él y no parecía dispuesto a soltarle.

Horza volvió a manotear. Las nubes de espuma se disiparon durante un instante y vio la pared del muelle dos metros a su derecha y, justo delante de él, la popa de aquel inmenso vehículo que iba alejándose lentamente a cinco o seis metros de distancia. Una potente ráfaga de aire que olía a aceite le hizo caer nuevamente al agua, ahora de espaldas. La nube de espuma se cerró sobre él. La mano le soltó y Horza volvió a encontrarse cayendo a través de las aguas.

Horza logró incorporarse con el tiempo justo de ver cómo su adversario se abría paso por entre la nube de espuma siguiendo el lento avance del aerodeslizador muelle arriba. Intentó correr, pero el agua era demasiado profunda. Tenía que mover las piernas hacia adelante a cámara lenta en la versión pesadillesca de una carrera, colocando el torso en ángulo de tal forma que su peso le ayudase a avanzar. Horza siguió al hombre de la capa gris retorciendo exageradamente el cuerpo de un lado para otro, usando sus manos como si fueran remos en un intento de moverse más deprisa. La cabeza le daba vueltas. Sentía un dolor terrible en la espalda, el cuello y la cara, y veía borroso, pero al menos no había abandonado la persecución. El hombre que corría ante él parecía mucho más deseoso de escapar que de plantarle cara y pelear.

Los gases liberados por los motores del aerodeslizador aún en movimiento crearon otro agujero en la nube de espuma y revelaron la cubierta que asomaba sobre el muro bulboso de los faldones de la máquina. La cubierta quedaba a unos tres metros de la superficie del agua y sobresalía por encima de ella. El chorro caliente de humo y vapores asfixiantes cayó primero sobre el hombre que huía y luego sobre Horza, empujándoles hacia atrás. La profundidad del agua estaba disminuyendo. Horza descubrió que podía sacar las piernas del agua lo suficiente para avanzar bastante más deprisa. El ruido y la espuma volvieron a envolverles, y Horza perdió de vista al hombre que perseguía durante un momento. Después el panorama que tenía delante volvió a hacerse visible y pudo contemplar como aquel inmenso vehículo se movía sobre su colchón de aire hasta llegar a una zona de cemento seco. Las paredes del muelle se extendían hasta una altura considerable a cada lado, pero el agua y las nubes de espuma ya casi habían desaparecido. El hombre al que perseguía subió tambaleándose por el corto tramo de rampa que nacía en el agua —ahora sólo les llegaba hasta los tobillos—, y terminaba en el cemento. Tropezó y estuvo a punto de caer, pero logró recobrar el equilibrio y dio comienzo a una vacilante carrera en pos del aerodeslizador que iba acelerando sobre la zona de cemento dirigiéndose hacia el cañón central del muelle.

Horza logró salir del agua con un último chapoteo y corrió detrás del hombre siguiendo el aletear de la empapada capa gris.

El hombre tropezó, cayó y rodó sobre sí mismo. Horza saltó sobre él cuando empezaba a levantarse y los dos cayeron al suelo. Lanzó un puñetazo a su rostro ensombrecido por las luces que tenía a la espalda, pero falló. El hombre le pateó y trató de levantarse. Horza se arrojó sobre sus piernas y volvió a derribarle. La capa mojada aleteó sobre su cabeza. Horza logró ponerse a cuatro patas y le dio la vuelta hasta poder verle la cara. Era Kraiklyn. Echó el brazo hacia atrás para golpearle. El pálido rostro afeitado que tenía debajo estaba contorsionado por el terror y oscurecido por las sombras de unas luces que se movían a espaldas de Horza, allí donde se oía otro rugido colosal… Kraiklyn gritó. No estaba mirando al hombre que tenía su mismo rostro, sino detrás y por encima de él. Horza giró en redondo.

Una masa negra envuelta en chorros de espuma venía rápidamente hacia él con muchas luces ardiendo sobre ella. Oyó el aullido de una sirena y un instante después aquel inmenso bulto negro estaba sobre él, golpeándole y aplastándole contra el suelo, martirizando sus tímpanos con ruido y presión, más fuerte, más fuerte, más fuerte… Horza oyó una especie de gorgoteo. La presión intentaba hacer que su cuerpo se confundiera con el pecho de Kraiklyn. Los dos estaban siendo presionados contra el cemento como si se hallaran bajo el peso de un pulgar gigantesco.

Era otro aerodeslizador, el segundo de la fila que había visto antes.

El peso desapareció de repente y su desaparición fue acompañada por una llamarada de dolor que le recorrió desde los pies hasta la cabeza, como si un coloso estuviera intentando apartarle del suelo con un' inmenso cepillo. Las sensaciones de hacía unos instantes fueron sustituidas por la oscuridad más absoluta, un ruido capaz de reventar cráneos y las violentas turbulencias de la presión del aire.

Estaban bajo los faldones del vehículo. Se encontraba justo encima de ellos, moviéndose lentamente hacia adelante o quizá —estaba demasiado oscuro para ver—, inmóvil sobre la explanada de cemento. Quizá se disponía a dejarse caer sobre ésta aplastándoles…

Un golpe hizo vibrar la oreja de Horza como si formara parte del torbellino de dolor que le atormentaba. El impacto hizo que su cuerpo saliera despedido hacia otro punto de la oscuridad. Rodó por la áspera superficie de cemento, giró sobre un codo tan pronto como le fue posible y se apoyó en una pierna mientras extendía la otra hacia la dirección de la que había venido el golpe. Sintió cómo su pie chocaba contra algo que cedió.

Se puso en pie, y se agachó apenas recordó que las hélices de los propulsores debían estar girando en algún lugar sobre su cabeza. Los remolinos y vórtices de aire cálido saturado de aceite le hacían oscilar como si fuera un bote minúsculo perdido en un mar agitado por la tormenta. Tenía la sensación de ser un títere controlado por un borracho.

Avanzó tambaleándose con los brazos extendidos y golpeó a Kraiklyn. Sintió que volvían a caer y le soltó, golpeando con todas sus fuerzas allí donde supuso que debía de estar la cabeza de Kraiklyn. Su puño se estrelló contra un hueso, pero no sabía dónde. Retrocedió un par de pasos para evitar el posible puñetazo o patada de represalia. Sus tímpanos estaban a punto de estallar; sentía una terrible opresión en la cabeza. Podía notar cómo le vibraban los ojos en las cuencas. Tenía la impresión de que se había quedado sordo, pero podía sentir un lento palpitar en su pecho y su garganta. Aquellas pulsaciones rítmicas estaban dejándole sin aliento y le obligaban a jadear y toser. Logró distinguir una débil cinta de luminosidad que les rodeaba por todas partes, como si estuvieran en pleno centro del aerodeslizador. Vio una zona de oscuridad pegada a esa frontera de luz y saltó hacia ella moviendo el pie de abajo arriba. Su pie volvió a chocar con algo blando, y la zona oscura desapareció.

Una ráfaga de aire terriblemente fuerte le hizo perder el equilibrio. Horza cayó sobre el cemento y chocó con Kraiklyn. Su última patada había logrado derribarle. Horza recibió otro puñetazo en la cabeza, pero el golpe era muy débil y apenas si le dolió. Buscó a tientas la cabeza de Kraiklyn y logró encontrarla. La cogió entre sus manos, la golpeó contra el cemento y repitió la acción. Kraiklyn intentó liberarse, pero sus manos rebotaron inútilmente en el pecho y los hombros de Horza. La zona de claridad que había más allá de la penumbra del suelo estaba aumentando de tamaño y parecía aproximarse. Horza volvió a estrellar la cabeza de Kraiklyn contra el cemento y pegó su cuerpo al suelo. La parte trasera del faldón pasó sobre él. Sintió una punzada de dolor en las costillas y tuvo la sensación de que alguien estaba pisándole el cráneo. Las sensaciones desaparecieron en una fracción de segundo y los dos combatientes volvieron a encontrarse al aire libre.

El inmenso vehículo se estaba alejando con un rugido atronador envuelto en hilachas de espuma. Había otro cincuenta metros más abajo, y venía hacia él.

Kraiklyn seguía inmóvil a un par de metros de distancia.

Horza se puso a cuatro patas y reptó hacia el hombre caído en el suelo. Le miró a los ojos y vio que sus pupilas se movían.

—¡Soy Horza! ¡Horza! —gritó, pero ni tan siquiera él podía oír su voz.

Meneó la cabeza. Los rasgos de aquel rostro que no le pertenecía se contorsionaron en una mueca de frustración —lo último que vio el auténtico Kraiklyn antes de morir—, agarró la cabeza del hombre que yacía sobre el cemento y la hizo girar con todas sus fuerzas en una brusca rotación rompiéndole el cuello tal y como había roto el de Zallin.

Logró arrastrar el cadáver hasta un lado del muelle con el tiempo justo para escapar al avance del tercer y último aerodeslizador. La masa hinchada de sus faldones pasó a dos metros de distancia de donde estaba Horza, medio sentado y medio tumbado, jadeando y cubierto de sudor con la espalda pegada al frío cemento mojado del muelle. Tenía la boca abierta al máximo y el corazón le latía como si se hubiera vuelto loco.


* * *

Desnudó a Kraiklyn, cogió la capa y el traje de una pieza de color claro que llevaba, se quitó la blusa desgarrada y los pantalones cubiertos de sangre y se puso la ropa de Kraiklyn. También cogió el anillo que Kraiklyn llevaba en el dedo meñique de su mano derecha. Luego tiró de la zona de piel de sus manos donde la palma se convertía en muñeca. Toda la capa de piel que cubría su mano derecha entre la muñeca y la yema de los dedos se desprendió limpiamente. Frotó la fláccida y pálida palma de la mano derecha de Kraiklyn con un trozo de tela mojada y puso la piel sobre ella apretando con todas sus fuerzas. Separó la piel con mucha cautela y volvió a colocarla sobre su propia mano. Después repitió la operación usando su mano izquierda.

Hacía frío, y el proceso pareció requerir mucho tiempo y un considerable esfuerzo. Horza acabó yendo con paso tambaleante hacia una escalera metálica incrustada en la pared de cemento del muelle y subió por ella izándose con manos temblorosas y pies algo inseguros mientras los tres vehículos de colchón de aire se detenían y dejaban bajar a sus pasajeros medio kilómetro muelle abajo.

Se quedó tumbado en el suelo durante un rato, se levantó, subió por la espiral de peldaños que llevaba al pequeño puente colgante, lo recorrió tambaleándose hasta llegar al otro lado y entró en el acceso circular del edificio. Las personas de expresiones nerviosas y ropajes multicolores que acababan de abandonar los aerodeslizadores y aún seguían con bastantes ganas de juerga se callaron bruscamente en cuanto le vieron detenerse ante las puertas del ascensor. La cápsula les llevaría hasta la zona del espaciopuerto, a medio kilómetro por debajo de sus pies. Horza apenas si podía oír nada, pero podía ver sus rostros preocupados y captaba la incomodidad que estaba provocando con su cara ensangrentada y llena de heridas y sus ropas empapadas de agua.

La cápsula llegó por fin. Los que habían asistido a la fiesta en los aerodeslizadores fueron entrando en ella, y Horza entró también apoyándose en la pared a cada paso que daba. Alguien le cogió del brazo para ayudarle, y Horza movió la cabeza dándole las gracias. Una voz dijo algo que sus oídos convirtieron en un murmullo distante. Horza intentó sonreír y volvió a asentir con la cabeza. La cápsula empezó a bajar.

La zona subterránea les acogió con lo que parecía una vasta extensión de estrellas. Pasados unos momentos, Horza fue comprendiendo que era la parte superior tachonada de luces de una nave espacial mucho más grande que cualquiera de las que había visto antes. De hecho, jamás había oído hablar de una máquina tan inmensa. Tenía que ser Los fines de la inventiva, la nave desmilitarizada de la Cultura. A Horza su nombre le importaba un comino. Se conformaba con subir a bordo y llegar hasta la Turbulencia en cielo despejado.

La cápsula del ascensor se detuvo en un tubo transparente situado sobre una zona de recepción esférica que colgaba en el vacío a cien metros bajo la base del Orbital. La esfera era el punto de origen de pasarelas y túneles tubulares que se alejaban en todas direcciones llevando a las estructuras de acceso y los muelles abiertos y cerrados de la zona portuaria propiamente dicha. Los muelles abiertos eran aquellos donde las naves se limitaban a atracar, por lo que necesitaban estar provistos de escotillas y se encontraban vacíos. El ex-Vehículo General de Sistemas de la Cultura Los fines de la inventiva había sustituido a todos esos muelles, ya que se encontraba directamente debajo de toda la zona portuaria y su acceso quedaba muy cerca del área de recepción circular. La inmensa llanura formada por su techo se extendía kilómetro tras kilómetro en todas direcciones, ocultando casi totalmente el panorama de cielo y estrellas que se encontraba más allá. Sus sistemas de iluminación arrancaban destellos a la parte superior de la nave y mostraban las conexiones establecidas entre ella y los tubos de acceso y túneles del puerto.

La mente de Horza estaba empezando a captar por fin las dimensiones colosales de aquella nave. El Cambiante sintió que la cabeza le daba vueltas. Nunca había visto un VGS y, naturalmente, jamás había estado en el interior de uno. Conocía su existencia y sabía para qué servían, pero hasta ahora jamás había apreciado debidamente el logro que representaban. Éste ya no formaba parte de la Cultura, al menos teóricamente. Horza sabía que estaba desmilitarizado, que había perdido casi todo su equipo básico y que ya no poseía la Mente o Mentes que lo habrían controlado en circunstancias normales; pero la estructura por sí sola era más que suficiente para impresionar a cualquiera.

Los Vehículos Generales de Sistemas eran como mundos encerrados dentro de una cápsula metálica. Eran algo más que meras espacio-naves de gran tamaño. Eran hábitats, universidades, fábricas, museos, astilleros, bibliotecas…, incluso centros de exhibición móviles. Representaban a la Cultura y eran la Cultura. Casi cualquier cosa que pudiera hacerse en algún lugar de la Cultura era factible dentro de un VGS. Podían crear cualquier objeto que la Cultura fuese capaz de fabricar, contenían todo el conocimiento acumulado por la Cultura a lo largo de su existencia, llevaban dentro o podían construir equipo especializado de todos los tipos imaginables para cualquier eventualidad concebible, y siempre estaban manufacturando naves de menor tamaño: normalmente Unidades Generales de Contacto; ahora, naves de guerra. Sus complementos se medían como mínimo en millones. Las tripulaciones de las naves que fabricaban surgían de su propio incremento de población. Eran las embajadoras de la Cultura, sus ciudadanos más visibles y sus pesos pesados tecnológicos e intelectuales, inmensas naves-mundo autosuficientes, independientes del exterior, productivas y, al menos en tiempos de paz, dedicadas a un continuo intercambio de información. Si alguien quería asombrarse y quedar impresionado ante la sorprendente escala y el inmenso poder de la Cultura no necesitaba viajar desde los confines más lejanos y atrasados de la galaxia hasta algún planeta distante que formara parte de la Cultura; un VGS podía traértelo todo directamente a tu puerta.

Horza siguió a las multitudes de ropajes multicolores a través de la frenética actividad que se desarrollaba en el área de recepción. Había unas cuantas personas uniformadas, pero no estaban allí para impedir el paso a nadie. Horza estaba tan aturdido que tenía la impresión de ser un pasajero dentro de su propio cuerpo. Aquel titiritero borracho imaginario en el que había pensado antes parecía haber recobrado la sobriedad y estaba guiándole por entre la gente hacia las puertas de otro ascensor. El Cambiante intentó aclarar un poco sus pensamientos meneando la cabeza, pero el gesto le hizo sentir una nueva punzada de dolor. Sus tímpanos estaban recobrando lentamente la capacidad auditiva.

Se miró las manos, y se quitó la piel que había usado para copiar las huellas dactilares, frotándose cada mano contra una de las solapas de su traje hasta que se desprendió y cayó al suelo del pasillo.

Cuando salieron del segundo ascensor se encontraron dentro de la nave espacial. La multitud se fue dispersando por anchos pasillos decorados en tonos suaves, y la cápsula del ascensor descendió rápidamente hacia el área de recepción. Un robot de pequeño tamaño flotó hacia él. Tenía las dimensiones y la forma de una mochila de traje estándar, y Horza lo contempló con cautela, no muy seguro de si era un artefacto de la Cultura o no.

—Discúlpeme —dijo la máquina—. ¿Se encuentra bien?

Su voz era grave y firme, pero parecía amistosa. Horza apenas si podía oírla.

—Me he perdido —dijo Horza hablando en un tono de voz excesivamente alto—. Me he perdido… —repitió en voz más baja, con lo que apenas pudo oírse a sí mismo.

Era consciente de que se tambaleaba ligeramente sobre sus pies, y sentía cómo el agua se iba deslizando hacia el interior de sus botas y goteaba por la capa empapada para caer sobre la blanda superficie absorbente que había debajo de sus pies.

—¿Adónde quiere ir? —preguntó el robot.

—A una nave llamada… —Horza cerró los ojos sintiendo una oleada de cansancio y desesperación. No se atrevía a dar su auténtico nombre—. La arrogancia del mendigo.

El robot guardó silencio durante un segundo.

—Me temo que no hay ninguna nave con ese nombre a bordo —dijo por fin—. Quizá se encuentre en la zona portuaria, y no a bordo de Los fines de la inventiva.

—Es una vieja nave de asalto fabricada en Hron —dijo Horza con voz cansada buscando algún sitio donde sentarse. Vio algunos asientos unidos a unos metros de distancia, junto a la pared, y fue hacia ellos. El robot le siguió. En cuanto Horza se hubo sentado descendió unas decenas de centímetros para seguir a la altura de sus ojos—. Mide unos cien metros de largo —siguió diciendo el Cambiante, a quien ya no le preocupaba demasiado la posibilidad de estar delatándose—. Estaba siendo reparada por unos armadores del puerto. Sufrió una avería en sus unidades de campo.

—Ah… Creo que sé a qué nave se refiere. Está más o menos en línea recta yendo desde aquí. No tengo registrado su nombre, pero parece la que anda buscando. ¿Puede llegar hasta allí por sus propios medios, o quiere que le lleve?

—No sé si lo conseguiré —dijo Horza, y no mentía.

—Espere un momento. —El robot siguió flotando en silencio ante sus ojos durante unos segundos—. Bien, acompáñeme —dijo pasado ese tiempo—. Bastará con que bajemos sólo una cubierta para llegar a un tubo de acceso.

La máquina retrocedió e indicó la dirección por la que debían ir emitiendo un débil campo luminoso. Horza se puso en pie y fue detrás de ella.

Bajaron por un pequeño pozo provisto de un ascensor antigravitatorio, y atravesaron una gran explanada donde estaban almacenados algunos de los vehículos con ruedas y propulsión sobre aire utilizados en el Orbital. El robot le explicó que serían conservados para la posteridad como ejemplo de los medios de transporte con que contaba el Orbital. Los fines de la inventiva ya tenía un Megabarco a bordo. La colosal embarcación había sido colocada en una de sus dos bodegas Generales y se encontraba trece kilómetros más abajo, casi tocando el fondo de la nave. Horza no estaba muy seguro de si debía creerle o no.

Llegaron a un nuevo pasillo situado en el otro extremo del hangar y una vez allí entraron en un cilindro de unos trece metros de diámetro y seis de longitud. La puerta se cerró en silencio, el cilindro giró sobre sí mismo y fue absorbido por la oscura boca de un túnel. El interior estaba iluminado con luces indirectas. El robot le explicó que las ventanas eran opacas porque si no estabas acostumbrado a tales experiencias un viaje por cápsula dentro de un VGS podía ponerte algo nervioso, tanto debido a la velocidad como a la brusquedad con que se producían los cambios de dirección. El ojo captaba esos cambios, pero el cuerpo no. Horza se dejó caer sobre uno de los asientos abatibles que había en el centro de la cápsula, pero sólo pudo reposar durante unos segundos.

—Ya hemos llegado. Minibodega 27492, en caso de que necesite volver. Nivel interno S-10-derecha. Adiós.

La puerta de la cápsula se hundió en el suelo. Horza saludó al robot con un asentimiento de cabeza y salió a un pasillo de paredes transparentes. La puerta de la cápsula volvió a subir por sus guías y la máquina se desvaneció. Horza tuvo una fugaz impresión de algo que pasaba parpadeando junto a él, pero todo ocurrió tan deprisa que quizá fuese una mera ilusión y, de todas formas, aún seguía viendo algo borroso.

Miró hacia su derecha. Las paredes transparentes le permitieron contemplar un espacio vacío. Kilómetros y más kilómetros de vacío… Había alguna especie de techo muy por encima de su cabeza, con apenas una sugerencia de nubes algodonosas. Unos cuantos vehículos diminutos se movían por aquella inmensidad. A su altura, lo bastante lejos para resultar tan confusos como enormes, había hangares, una gran cantidad de niveles unos encima de otros. Bodegas de carga, muelles, hangares… El nombre que se les diera no tenía ninguna importancia. Las hileras de niveles ocupaban todo el campo visual de Horza, extendiéndose a lo largo de muchos kilómetros cuadrados, mareándole sólo con su tamaño. Su cerebro ejecutó una especie de salto mortal. El Cambiante parpadeó y se estremeció, pero los niveles seguían allí. Los vehículos se movían, las luces se encendían y se apagaban, una capa de nubes situada muy por debajo de él hacía que todo resultara aún más confuso y algo pasó a toda velocidad delante del pasillo en el que se encontraba: era una nave, y debía medir sus buenos trescientos metros de largo. La nave pasó junto al nivel en el que estaba, se alejó y giró a la izquierda cuando ya se encontraba a una distancia considerable de él, moviéndose elegantemente por el aire para desaparecer en otro enorme pasillo brillantemente iluminado que parecía cruzarse en ángulo recto con el que Horza estaba contemplando. En la otra dirección —aquella por la que había aparecido la nave—, se alzaba un muro aparentemente liso y totalmente desnudo. Horza lo observó con más atención y se frotó los ojos. Vio que el muro estaba cubierto por una pauta de luces ordenadas en forma de rejilla: miles y miles de ventanas, focos y balcones. Naves de menor tamaño iban y venían ante él, y los puntos de las cápsulas que se movían por los tubos de viaje subían y bajaban a toda velocidad o lo atravesaban en diagonal.

Horza tuvo la sensación de que no aguantaría muchas más sorpresas. Miró hacia su izquierda y vio una rampa que descendía pasando por debajo del tubo dentro del que viajaba la cápsula. Fue hacia ella con paso tambaleante, y entró en el acogedoramente diminuto espacio de una minibodega de carga que tan solo tenía doscientos metros de longitud.


* * *

Horza sintió deseos de llorar. La vieja nave reposaba sobre tres soportes achaparrados en pleno centro de la bodega con algunas piezas y repuestos esparcidos a su alrededor. Horza no pudo ver a nadie, sólo maquinaria. La Turbulencia en cielo despejado parecía vieja y maltrecha, pero estaba intacta y entera. A juzgar por el aspecto de la bodega, las reparaciones ya habían terminado, o quizá aún no hubieran empezado. El ascensor del compartimento principal estaba inmóvil al final de su trayecto, reposando sobre el blanco suelo de la bodega. Horza fue hacia allí y vio una escalerilla que llevaba hasta el interior brillantemente iluminado del compartimento. Un insecto se posó unos segundos sobre su muñeca. Horza movió la mano y el insecto se alejó volando. «Qué falta de higiene por parte de la Cultura —pensó distraídamente Horza—. Permitir que un insecto revolotee por una de sus impecables y relucientes naves…» Claro que Los fines de la inventiva ya no pertenecía a la Cultura, al menos oficialmente. Trepó lentamente por la escalerilla, estorbado por el peso de la capa mojada y acompañado por el rechinar de sus botas.

El compartimento estaba lleno de olores familiares, aunque la ausencia de la lanzadera hacía que pareciese extrañamente espacioso. No había nadie. Horza subió el tramo de escaleras que llevaba a la zona de los camarotes. Fue por el pasillo que terminaba en el comedor preguntándose quién seguiría con vida, quién estaría muerto y qué cambios se habrían producido, suponiendo que los hubiese. Sólo habían transcurrido tres días, pero tenía la sensación de haber estado años fuera. Ya casi había llegado al camarote de Yalson cuando la puerta se abrió bruscamente ante él.

La cabeza de Yalson asomó por el hueco con una expresión de sorpresa —y, sí, incluso de alegría—, empezando a formarse en sus rasgos.

—¿Qué…? —exclamó.

Se quedó callada, le contempló frunciendo el ceño, meneó la cabeza y murmuró algo antes de volver a desaparecer dentro de su camarote. Horza se había detenido al verla.

Se quedó inmóvil pensando en que le alegraba verla con vida, y se dio cuenta de que no había estado caminando como Kraiklyn. El sonido de sus pasos seguía siendo el mismo de siempre. Una mano emergió del hueco de la puerta y un instante después Yalson salió al pasillo. Se había puesto una bata de tela delgada. Los firmes rasgos de su delgado rostro parecían algo preocupados, pero la expresión dominante en ellos era la cautela.

—¿Qué diablos te ha ocurrido? —preguntó.

—Una pelea. ¿Es que no se nota?

La voz le salió bastante bien. Los dos se quedaron inmóviles observándose en silencio.

—Si quieres que te ayude… —empezó a decir Yalson.

Horza meneó la cabeza.

—Ya me las arreglaré.

Yalson asintió con una media sonrisa y sus ojos le recorrieron de arriba abajo.

—Sí, claro… Bueno, pues ya te las arreglarás. —Señaló con el pulgar por encima del hombro en la dirección general del comedor—. Tu nueva recluta acaba de subir su equipo a bordo. Está esperándote en el comedor, aunque si vas a verla con el aspecto que tienes ahora quizá empiece a pensar que unirse a esta tripulación no ha sido tan buena idea.

Horza asintió. Yalson se encogió de hombros, se dio la vuelta y fue por el pasillo dejando atrás el comedor hasta llegar al puente. Horza la siguió.

—Nuestro glorioso capitán —le dijo a alguien mientras pasaba por el comedor.

Horza vaciló durante unos segundos ante la puerta del camarote de Kraiklyn, siguió adelante hasta llegar al comedor y asomó la cabeza por el hueco de la puerta.

Vio a una mujer sentada al final de la mesa con las piernas apoyadas en una silla delante de ella. La pantalla que había sobre su cabeza estaba encendida. Quizá la había estado contemplando. El monitor mostraba una panorámica de un Megabarco que estaba siendo sacado de las aguas por centenares de pequeños remolcadores agrupados a su alrededor y debajo del casco. Por su forma no cabía duda de que eran máquinas de la Cultura de modelos ya bastante anticuados. Pero cuando asomó la cabeza por el hueco la mujer había apartado los ojos de la pantalla y estaba mirándole.

Era delgada, alta y de piel bastante pálida. Parecía fuerte y sana, y sus ojos negros brillaban en un rostro que estaba empezando a mostrar una mezcla de sorpresa y preocupación provocada por la visión de aquel rostro maltrecho que la contemplaba desde el umbral. Vestía un traje ligero. El casco del traje estaba encima de la mesa delante de ella. Se había anudado un pañuelo rojo alrededor de la cabeza, justo por debajo del nacimiento de su cabellera rojiza. Llevaba el pelo bastante corto.

—Oh, capitán Kraiklyn —dijo, bajando los pies del asiento e inclinándose hacia adelante con la sorpresa y la compasión claramente visibles en sus rasgos—. ¿Qué le ha ocurrido?

Horza intentó hablar, pero se le había secado la garganta. No podía creer lo que estaba viendo. Sus labios se movieron y se los lamió con una lengua que parecía un estropajo. La mujer empezó a levantarse del asiento, pero Horza extendió una mano y le indicó que se quedara donde estaba. La mujer volvió a dejarse caer lentamente sobre la superficie del asiento.

—Estoy bien —logró decir Horza—. Ya la veré más tarde. Yo… Quédese… Bueno, quédese aquí.

Se apartó del marco y fue tambaleándose por el pasillo hasta llegar al camarote de Kraiklyn. Metió el anillo en la cerradura y el panel giró sobre sus goznes. El Cambiante estuvo a punto de caer al suelo.

Cerró la puerta sumido en algo bastante cercano a un trance, se quedó inmóvil con los ojos clavados en el mamparo del otro extremo y acabó inclinándose lentamente hasta quedar sentado en el suelo.

Sabía que seguía estando algo aturdido, sabía que veía borroso y que aún no oía del todo bien. Sabía que era improbable…, o que si no lo era no cabía duda de que era una pésima noticia. Pero estaba seguro. Oh, sí, estaba absolutamente seguro, tan seguro como lo había estado sobre Kraiklyn cuando le vio subir por la rampa que llevaba a la mesa donde se jugaría la partida de Daño en pleno centro de la arena del auditorio.

Como si no hubiera tenido bastantes emociones para una sola noche… Ver a la mujer que estaba sentada al final de la mesa del comedor le había reducido al silencio y había hecho que su mente dejara de funcionar. ¿Qué haría ahora? No podía pensar. La sorpresa y la incredulidad seguían creando ecos dentro de su cabeza. La imagen parecía haber quedado grabada para siempre detrás de sus ojos.

La mujer sentada a la mesa del comedor era Perosteck Balveda.

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