6. El comité

Había sido un grave error, pensaba el doctor Bose a menudo, fundar el Cuartel General de los Planetas Unidos en la Luna. Inevitablemente, la Tierra tendía a dominarlos procedimientos, como dominaba el paisaje más allá de la cúpula. Si necesariamente tenían que levantar esa sede allí, quizá debieron hacerlo en la otra cara de la Luna, alli donde ese disco hipnótico jamás lanzaba sus rayos.

Pero, claro está, era demasiado tarde para cambiar, y, de cualquier manera, no habla en realidad alternativa. Que les agradara o no a las colonias, la Tierra seguía siendo la dueña y señora de la cultura y la economía del sistema solar por los siglos venideros.

El doctor Bose había nacido en la Tierra y no emigró a Marte hasta cumplidos los treinta años, de modo que se sentía capacitado para considerar la situación política con la suficiente imparcialidad. Sabía ahora que jamás regresaría a su planeta natal, aun cuando sólo estaba a cinco horas de distancia viajando en —lanzadera.. A los IIS años de edad se encontraba en perfecto estado de salud pero no podía afrontar el reacondicionarniento necesario para acostumbrar su cuerpo a soportar el tríple de la gravedad que había disfrutado la mayor parte de su vida. Estaba desterrado para siempre del mundo de su nacimiento. No era un hombre sentimental, y por lo tanto nunca permitió que este pensamiento le deprimiera.

Lo que sí le deprimía a veces era la necesidad de lidiar, año tras año, con los mismos rostros familiares. Las maravillas de la medicina estaban muy bien —y por cierto él no tenía el menor deseo de atrasar el reloj en tal sentido—,pero había hombres akededor de esa mesa de conferencias con los que trabajaba desde hacía más de medio siglo. Sabía con exactitud qué dirían en un momento dado y cómo votarían respecto a un determinado asunto. Deseaba que, algún día, uno de ellos hiciera algo totalmente inesperado, incluso que cometiera alguna locura.

Y probablemente ellos pensaban de la misma manera con respecto a él.

El Comité Rama era todavía lo bastante reducido como para resultar manejable, aunque sin duda no tardaría en cambiar este satisfactorio estado de cosas. Sus seis colegas —cada uno representaba a uno de los miembros de los Planetas Unidos— estaban presentes en carne y hueso. Tenía que ser así: la diplomacia electrónica no era posible a través de las distancias propias del sistema solar. Algunos viejos hombres de estado, acostumbrados a las comunicaciones instantáneas que la Tierra consideraba desde hacía tiempo como cosa natural, nunca se habían resignado al hecho de que las ondas de radio tardaban minutos, a veces horas, en su viaje a través de los abismos entre los planetas.

—¿No pueden ustedes, los científicos, hacer algo con esto? —se les había oído quejarse amargamente, cuando se les decía que una conversación cara a cara e instantánea era imposible entre la Tierra y cualquiera de sus más remotos hijos. Sólo la Luna tenía el apenas aceptable retraso de un segundo y medio, con todas las consecuencias políticas y psicológicas que ello implicaba. A causa de este hecho incontrovertible de la vida astronómica, la Luna, y sólo la Luna, seria siempre un suburbio de la Tierra.

También presentes en persona, estaban los especialistas agregados a la comisión. El profesor Davidson, astrónomo, era un viejo conocido. Hoy no se mostraba tan irascible como de costumbre. Bose no sabía nada de la lucha interna que precediera al lanzamiento de la primera sonda espacial a Rama, pero los colegas del profesor no le permitían a éste olvidarla.

La doctora Thekma Price era una figura familiar por sus frecuentes apariciones en la pantalla de los televisores, aunque se había hecho famosa cincuenta años atrás durante la explosión arqueológica que siguió al vaciado de ese vasto museo marino, que era el Mediterráneo.

Bose recordaba todavía el entusiasmo y excitación de aquella época, cuando los tesoros perdidos de los griegos, los romanos, y una docena de civilizaciones más fueron restituidos a la luz del día. Esa fue una de las pocas ocasiones en que lamentó estar viviendo en Marte.

El exobiólogo Carlisle Perera era otra lección obvia; lo mismo que Dennis Solomons, historiador de la ciencia. Bose no se sentía tan feliz con la presencia de Conrad Taylor, el célebre antropólogo, que se hiciera famoso al combinar en forma original la erudición y el erotismo en su estudio de los ritos de la pubertad en Beverly Hills, a fines del siglo veinte.

Nadie, sin embargo, habría podido disputar el derecho de Sir Lewis Sands a pertenecer al comité. Un hombre cuya inteligencia y cuyos conocimientos sólo podían compararse con su urbanidad, se decía de él que únicamente perdía la compostura cuando se le llamaba el Arnold Toynbee de su época. Empero, el gran historiador no estaba presente en persona. Se negaba obstinadamente a abandonar la Tierra, aun para asistir a una reunión tan trascendental como ésa.

Su imagen en estéreo, imposible de diferenciar de la suya verdadera, ocupaba la silla de la derecha de Bose, y, como para completar la ilusión, alguien había colocado una copa de agua frente a él. Bose consideraba esta clase de tour de force~ tecnológico una pantomima innecesaria, pero resultaba sorprendente comprobar cuántos grandes hombres experimentaban un placer infantil al estar en dos lugares a la vez. A veces este milagro de la electrónica producía cómicos desastres. Bose recordaba una recepción diplomática en cuyo transcurso alguien trató de caminar a través de un estereograma, y descubrió, demasiado tarde, que se trataba de la persona en carne y hueso. Y resultaba aún más gracioso observar a dos proyecciones tratando de estrecharse las manos.

Su Excelencia, el Embajador de Marte ante los Planetas Unidos, llamó al orden a su mente sacándola de sus divagaciones, carraspeó para aclararse la garganta y dijo:

—Caballeros, el comité está en sesión. Creo que estoy en lo cierto al afirmar que ésta es una reunión de talentos extraordinarios, convocados para tratar de una situación también extraordinaria. Las directivas impartidas por el Secretario General son las de evaluar tal situación y aconsejar al comandante Norton cuándo sea necesario.

Este era un milagro de simplificación y todos lo sabían. A menos que se produjera una verdadera emergencia, el comité jamás entraría en contacto directo con el comandante Norton, y aun esto suponiendo que el comandante Norton conociera la existencia del comité.

El comité era una creación temporal de la Organiza~ ción de los Planetas Unidos, que presentaba sus informes a través de su director al Secretario General de la misma. Por cierto, la Vigilancia Solar era parte de la O.P.U., pero en lo relativo a operaciones, no en el aspecto científico. En teoría, esto no debía establecer una gran diferencia; no había razón que impidiera al Comité Rama —o a cualquiera de sus miembros, si se daba el caso— llamar al comandante Norton y brindarle un consejo útil.

Pero las Comunicaciones Extra — espaciales resultaban muy costosas. Sólo podía establecerse contacto con el Endeavour a través del Planetcom, una corporación autónoma, famosa por la exactitud y eficiencia de sus intervenciones. Costaría mucho tiempo establecer una línea de crédito con Planetcom. En alguna parte alguien se estaba ocupando de eso, pero por el momento las despiadadas computadoras de Planetcom no reconocían la existencia del Comité Rama.

—Este comandante Norton —dijo Sir Robert Mackay, el embajador de la Tierra—,tiene una enorme responsabilidad. ¿Qué clase de persona es?

—Yo puedo responder a eso —dijo el profesor Davidson, mientras sus dedos volaban sobre el teclado de su ayuda-memoria. Frunció el ceño ante la abundancia de información que le presentó la pequeña pantalla, y comenzó a hacer una rápida síntesis.

—Williarrí Tsien Norton, nacido en 2077, en Brisbane, Oceana. Educado en Sydney, Bombay, Houston. Luego cinco años en Astrogrado, especializándose en propulsión. Cumplió su primera misión en 2102. Tuvo los consabidos ascensos… teniente en la tercera expedición Perséfone… se distinguió durante el decimoquinto intento de establecer una base en Venus… Hum… hum… una hoja de servicios ejemplar… Doble ciudadanía, de Tierra y Marte. Una esposa y un hijo en Brisbane; esposa y dos hijos en Port Lowell, con opción a tercer…

—¿A tercera esposa? —inquirió Taylor con expresión de inocencia.

—No, a un tercer hijo, por supuesto —replicó secamente el profesor, antes de sorprender la sonrisa en la cara del lotro.

La risa se extendió akededor de la mesa, aunque los terráqueos, tan presionados por la falta de espacio en su planeta, parecían más envidiosos que divertidos. Después de un siglo de decididos esfuerzos, la Tierra seguía fracasando en sus intentos de mantener su población por debajo de la marca del billón.

El Fofesor Davidson prosiguió:

—Nombrado comandante a cargo de la nave Endeavour perteneciente a Vigilancia Solar. Primer viaje para retrogradar satélites de Júpiter.. Hum… ésa fue una misión difícil… se hallaba en una misión relacionada con asteroides cuando se le ordenó prepararse para esta operación … hecha antes de vencer el plazo.

El profesor apagó la pantalla de su ayuda-memoria, y miró a sus colegas.

—Pienso que hemos tenido mucha suerte, si se considera que era el único hombre de que podíamos disponer con tan poco margen de tiempo. Pudo muy bien habernos tocado en suelte el usual capitán adocentado… —Hablaba como si se refiriese al típico azote del espacio, la pistola en una mano y el machete en la otra.

—La hoja de servicios nos prueba tan sólo que es competente —objetó el embajador de Mercurio (población: 112.500, pero en aumento)—. ¿Cómo reaccionará ante una situación totalmente nueva, como es la que se presenta?

En la Tierra, Sir Lewis Sands se aclaró la garganta. Un segundo y medio más tarde, lo hacía en la Luna.

—No es exactamente una situación nueva —le recordó a su colega—, aun cuando hace tres siglos de la última. Si Rama es un mundo muerto, o deshabitado (y hasta ahora todas las evidencias lo sugieren), Norton se encuentra en la posición de un arqueólogo que descubre las ruinas de una cultura desaparecida. —Hizo una cortés inclinación de cabeza en dirección de la doctora Price, quien respondió con un gesto de asentimiento—. Ejemplos obvios son Schliemann en Troya, y Mouhot en Angkor Vat. El peligro es mínimo, aunque, desde luego, nunca se puede descartar por completo un accidente.

—Pero, ¿y si hay engañabobos y mecanismos misteriosos a los que se han estado refiriendo esa gente de Pandora? —preguntó la doctora Price.

—¿Pandora?—repitió el embajador de Mercurio con rapidez—. ¿Qué es eso?

—Es un movimiento de chiflados convencidos de que Rama es un peligro en potencia —explicó Sir Robert, con tanta turbación como le era dable a un diplomático demostrar—. Una caja que no debe ser abierta, ya sabe usted a qué me refiero. —Dudaba mucho de que el mercuriano lo supiera; no se alentaban los estudios clásicos en aquel planeta.

—Pandora… paranoia —refunfuñó Taylor—. Oh, sí, claro, tales cosas son concebibles, pero, ¿por qué una raza inteligente ha de querer apelar a esos recursos infantiles?

—Bueno, aun descartando tales cosas desagradables —prosiguió Sir Robert—, nos queda la posibilidad aun más ominosa de un Rama habitado y activo. En ese caso la situación será la de un encuentro entre dos culturas, a niveles tecnológicos muy distintos. Pizarro y los Incas. Peary y los japoneses. Europa y Africa. Casi invariablemente las consecuencias fueron desastrosas, para una de las dos partes o para ambas. No estoy haciendo ninguna recomendación; simplemente señalo los precedentes.

—Gracias, Sir Robert —respondió Bose. Era und molestia pensó, tener a dos —Sires» en tan pequeño ^comité; en esos Tías, el título de caballero era un honor al que pocos ingleses escapaban—. Estoy seguro de que todos hemo s pensado en esas alarmantes posibilidades. Pero si los seres del interior de Rama son… esto… malévolos, ¿importará realmente lo que nosotros hagamos?

—Podrían ignorarnos si nos alejamos.

—¡Qué!… ¿Después de haber viajado billones de kilómetros y miles de años para visitarnos?

La discusión había alcanzado su punto de despegue, y ahora se sostendría por sí sola. Bose se echó hacia atrás en su sillón dijo poco, y esperó que surgiera un acuerdo general.

Todo ocurrió tal como habla previsto. Los miembros del comité convinieron en que, habiendo abierto la primera puerta, era inconcebible que el comandante Norton no abriera la segunda.

Загрузка...