5. Primer reconocimiento

Rama era silencioso como una tumba… cosa que quizá fuera en realidad. No habla señales de radio, en ninguna frecuencia; ninguna vibración que los sismógrafos pudieran captar, aparte de los microtemblores causados sin duda por el creciente calor emanado de¡ Sol; nada de corrientes eléctricas, ninguna radiactividad. Estaba casi presagiosamente tranquilo. Uno hubiera supuesto que un asteroide sería más ruidoso.

«¿Qué esperábamos?» se preguntó Norton. «¿Un comité de recepción?. No estaba seguro de si debía sentirse decepcionado o aliviado. La iniciativa, de todas maneras, parecía pertenecerle.

Sus órdenes eran esperar veinticuatro horas, y luego salir a explorar. Nadie durmió mucho ese primer día. Hasta los miembros de la tripulación que estaban de turno se pasaban el tiempo observando en los monitores los ineficaces instrumentos de sondeo, o mirando simplemente por los portillos de observación el paisaje geométrico.

¿Está vivo este mundo? se preguntaban. ¿Está muerto? ¿0 tan sólo dormido?

En su primera salida de reconocimiento, Norton sólo llevó un acompañante: el teniente Karl Mercer, un oficial fuerte, fogueado y lleno de recursos. No tenía la menor intención de alejarse de la vista de la nave, y sí se presentaban problemas no era probable que un grupo mayor estuviera más seguro. No obstante, como medida de precaución, puso a dos miembros de la tripulación, ya preparados, de guardia en la cámara de descompresión.

Los pocos gramos de peso que les daban el campo gravitatorio y la fuerza centrífuga de Rama combinados, no les servían de ayuda, aunque tampoco les molestaban; debían depender enteramente de sus propulsores. Lo más pronto posible, decidió Norton, tendería una red de cuerdas de arrastre entre la nave y los pilares de Rama, con el fin de poder moverse de un lado a otro sin desperdiciar carburante.

El pilar más próximo quedaba a sólo diez metros de la cerradura aérea, y la primera preocupación de Norton fue asegurarse de que el contacto no había dañado a la nave. El casco del Endeavour descansaba contra la pared curvada del pilar con un empuje de varias toneladas, pero la presión estaba distribuida en forma regular. Tranquilizado a ese respecto, comenzó a flotar alrededor de la estructura circular, tratando de determinar su finalidad.

Había viajado sólo unos pocos metros cuando descubrió una interrupción en la cáscara lisa y aparentemente metálica de Rama. Al principio pensó en alguna peculiar decoración, porque no parecía tener una función útil. Seis ranuras estriadas aparecían profundamente hundidas en el metal. Las atravesaban seis barras cruzadas, semejantes a los radios de una rueda sin reborde, con un pequeño cubo en el centro. Pero no había forma alguna en que se pudiera hacer girar esa rueda, ya que estaba encastrada en la pared.

Luego reparó, con creciente excitación, en que había huecos más profundos en los extremos de los radios delicadamente formados como para permitir el paso de una mano… (¿Garra? ¿Tentáculo?) Si uno se colocaba en esta posición, si se apoyaba contra la pared, y comenzaba a tirar de esos radios en esta forma…

Suave como la seda, la rueda se deslizó de la pared hacia afuera. Atónito —porque había estado prácticamente seguro de que cualquier parte movible que hubiera, habría quedado soldada siglos atrás—, Norton se encontró sujetando una rueda con sus correspondientes radios. Habría podido ser el capitán de alguna vieja goleta de pie frente al timón.

Se alegró de que la visera de su casco no permitiera a Mercer ver su expresión. Estaba alarmado pero también se sentía enojado consigo mismo. Tal vez habla cometido su primer error. ¿Estaban en este mismo momento resonando las alarmas en el interior de Rama, y algún implacable mecanismo había puesto ya en marcha su irreflexiva acción?

Pero el Endeavour no informaba que hubiera habido ningún cambio; sus sensores no detectaban nada aparte de débiles crepitaciones termales, y sus propios movimientos.

—Bien, capitán, ¿harás girar esa rueda?

Norton recordó una vez más las instrucciones recibidas: «Use su propio criterio, pero proceda con precaución». Si se detenía a consultar cada uno de sus movimientos con el Control de la Misión, no llegaría jamás a ninguna parte.

—¿Cuál es tu diagnóstico, Karl? —preguntó.

—Es obvio que se trata de un control manual para una cerradura a presión, probablemente un sistema defensivo de emergencia para el caso un fallo en la fuerza propulsora. No imagino ninguna tecnología, por más avanzada que sea, que no adopte tales precauciones.

Y estaría a prueba de fallos, reflexionó Norton. Podría ser manejada sólo si no implicaba peligro alguno para el sistema.

Agarró dos radios opuestos del molinete, afirmó los pies en el suelo, y trató de hacer girar la rueda. Esta no cedió.

—Echame una mano —pidió Mercer.

Cada uno tomó un radio. No obstante apelar a todas sus fuerzas no lograron producir el menor movimiento.

Por supuesto, no habla razón alguna para suponer que las agujas de los relojes y los sacacorchos de Rama giraran en el mismo sentido que en la Tierra.

—Probemos en la otra dirección —sugirió Mercer.

Esta vez no hubo resistencia. La rueda giró casi sin esfuerzo alguno por parte de ambos hasta dar una vuelta completa. Luego, muy suavemente, se elevó el contrapeso.

A una distancia de medio metro, la pared curva — del pilar comenzó a moverse como las valvas de una almeja que se abrieran poco a poco. Algunas partículas de polvo, arrastradas por ráfagas de aire liberado, salieron al exterior— como deslumbrantes diamantes diminutos al herirlas el sol.

El camino a Rama estaba abierto.

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