CAPITULO VI

El joven Lucas llegó a la ciudad en una época especial.

El verano de 1966 fue incómodo para Nueva York. Resultó mucho más frío de lo que se esperaba, y a menudo llovía. Las personas que ordinariamente pasaban en el parque los atardeceres de verano, paseando de un lado para otro antes de sentarse para observar pasear a las otras personas, se sentían desilusionadas. Los gruñones ancianos que vendían helados con sus cochecitos de tres ruedas hacían sonar sus campanillas más vigorosamente de lo que les hubiese gustado. Pocas personas acudían a los conciertos del Mall en el Central Park, y la música, en lugar de difundirse suavemente a través del aire, tenía para los oídos prácticos un sonido un tanto áspero.

De vez en cuando se producían días calurosos.

Hubo unas semanas en las que pareció como si el tiempo se hubiera asentado al fin, y la ciudad, como una máquina tardía en funcionar, pero que al fin se pone en marcha, trataba de iniciar su verdadero ritmo veraniego. Pero entonces llovía de nuevo. La lluvia helaba las aceras en lugar de humedecerlas, y las hojas de los árboles se abarquillaban en vez de abrirse. Hubiese sido un verano bastante perfectamente bueno para Boston, pero Nueva York tenía que forzarse un poco. Todo el mundo estaba un poco nervioso, porque sabían cómo debían ser los veranos en Nueva York, porque sabían cómo se debía sentir uno durante el verano, porque sabían que ese año era completamente distinto a los demás.

El joven Lucas Martino sólo sabía que la ciudad parecía un lugar nervioso y descontento. Su tío, Lucas Maggiore, que era el hermano mayor de su madre y vivía en los Estados desde 1936, se sintió bastante alegre al verle y lo contrató, pues empezaba a hacerse viejo y era un ser melancólico. Espresso Maggiore, el local donde el joven Lucas iba a trabajar todos los días excepto los lunes, moliendo café, cargando la ruidosa máquina express, llevando a las mesas brazados de tazas, habla sido hasta recientemente una simple trattoria de vecindad para los italianos, a los que no les importaba ser clientes de los rivales kaffeneikons griegos.

Pero la zona turista de Greenwich VilIage se había extendido y en aquel entonces incluía la manzana donde Lucas Maggiore había establecido su cafetería al cesar de introducir sacos de judías en el almacén de provisiones de su restaurante. De manera que ahora había murales en las paredes, mesas antiguas, música de Muzak y una nueva caja registradora eléctrica marca I.B.M. Lucas Maggiore, un fornido, pesado, sobrio soltero que siempre se las había arreglado para tener bastante dinero, ahora tenía más. Por eso le fue posible pagar a su único sobrino más de lo que se merecía, y sin embargo, aún le quedaba lo suficiente para preguntarse sí no debería vivir más libremente de cuanto lo había hecho en el pasado. Pero tenía una cauta inclinación contra la idea de exponerse demasiado a la tentación, y por eso se mostraba melancólico. Sentía un vago resentimiento contra la cafetería. Y habiendo contratado a un gerente, permanecía aumente la mayor parte del tiempo. Empezó a detenerse más y más a menudo junto a las mesas de Park Departament en Washington Square, donde los ancianos arropados en negros abrigos jugaban a las damas con la concentración de jugadores de ajedrez, y algunas veces estaba a punto de pedirles que le dejasen jugar.

Cuando el joven Lucas llegó a Nueva York, su tío le abrazó en Pennsylvania Station, le dio unos golpecitos entre los omóplatos y le cogió por ambos brazos para mirarle.

—¡Ah, Lucas! ¡Bello nipotino! ¿E la mama, e il papa… come le portano?

—Están estupendamente, tío Lucas. Le envían su amor. Me alegra mucho verle.

—Ya. De acuerdo… Yo te agrado, tú me agradas… todo marcha bien. Vamos.

Tomó en una de sus manazas la maleta de Lucas y lo condujo hacia el metro de la estación.

—Mrs. Dormiglione, mi patrona, tiene dispuesta una habitación para ti. Barata. Es una buena habitación. Estarás bien. La vieja Dormiglione no es muy dada a limpiar. Eso tendrás que hacerlo por ti mismo. Pero de esa manera no te molestará mucho. Eres joven, Lucas, y sin duda alguna no desearás que los ancianos estén todo el tiempo molestándote. Desearás estar con personas jóvenes. Tienes dieciocho años y querrás vivir un poco.

Lucas Maggiore inclinó la cabeza en dirección de una muchacha, que pasaba entonces por allí.

El joven Lucas no supo en absoluto lo que decir. Siguió a su tío al interior de un vagón del metro y se cogió a la barra que había encima de su cabeza cuando el metro sufrió una sacudida antes de ponerse en marcha. Finalmente, no teniendo nada concluyente que decir, no dijo nada. Cuando él metro alcanzó la Calle Cuatro, él y su tío se apearon y se fueron a una casa de habitaciones amuebladas situada en West Broadway, donde Lucas Maggiore vivía en el piso superior y Lucas Martino iba a vivir en el sótano, que tenía una entrada separada de la puerta principal. Después el joven Lucas fue presentado a Mrs. Dormiglione, le mostraron su habitación y le concedieron unos cuantos minutos para que se desembarazara de su maleta y se lavase la cara, tras lo cual su tío le llevó a la cafetería.

Por el camino, Lucas Maggiore se volvió hacia el joven Lucas.

—Lucas y Lucas… Demasiados Lucas para un solo establecimiento. ¿No te puso Matteo otro nombre?

Lucas estuvo un momento pensando.

—Bien, algunas veces papá me llama Tedeschino.

—Estupendo. En la cafetería ése será tu nombre. ¿De acuerdo?

—Muy bien.

De manera que con ese nombre fue como Lucas fue presentado a los empleados de Espresso Maggiore. Su tío le dijo que el trabajo comenzaría al mediodía del día siguiente, le anticipó el sueldo de una semana y le dejó irse. Después de eso se veían el uno al otro ocasionalmente, y algunas veces, cuando su tío deseaba compañía, le preguntaba al joven Lucas si le gustaría comer con él o escuchar música en la sala de recibo de Mrs. Dormiglione. Pero Lucas Maggiore había arreglado las cosas para que el joven Lucas viviese a su propia manera, con entera libertad, y sin embargo, se mantenía lo bastante próximo para que el muchacho no se metiese en ningún lío serio. Consideraba que había hecho lo mejor para su sobrino y estaba en lo cierto.

De manera que Lucas pasó su primer día en Nueva York con una firme base bajo sus pies.

Pensó que la ciudad hubiese podido ser más agradable, pero en cuanto a él mismo se refería, le estaban dando una justa oportunidad. Se sentía un poco aislado, pero eso era algo que estaba seguro acabaría por remediar.

Un año después, con un verano más benigno le resultaría más fácil encajarse en el marco de la ciudad. Pero ese año, la mayor parte de las personas no se sentían tranquilizadas. Ese año no se tomaron vacaciones, porque estaban preocupados con sus actitudes invernales, y de esta manera Lucas descubrió que los neoyorquinos comían lo mismo en su misma mesa en el restaurante, que te vendían un billete para el cine, que te estrujaban en un autobús atestado, y que a pesar de todo cada uno de ellos parecía estar detrás de un muro impenetrable.

Con otro tío, se hubiera sentido envuelto en un ambiente familiar muy parecido al que había dejado detrás. En otra casa, hubiera podido tener otra habitación en la que pronto le habría sido posible recibir a sus vecinos y adquirir amistades. Pero las cosas se combinaron de tal forma, que la clase de vida que vivió durante el siguiente año y medio fue completamente independiente. Reconoció la situación, y con su estilo metódico y lógico comenzó a considerar qué clase de vida necesitaba.


Espresso Maggiore era esencialmente una gran sala, con un mostrador en uno de los extremos, en el cual se alzaba la máquina exprés y eran guardadas las tazas limpias. Había pesadas y elaboradamente talladas mesas de Venecia y Florencia, algunas con mármol y otras sin él. Aparte de los murales realizados en un moderno estilo italianizado por uno de los artistas de la vecindad, en las paredes había cuadros pintados al óleo y con marcos dorados en los que se advertía el paso del tiempo. En cada una de las mesas había un azucarero y una pequeña minuta en la que se hallaban inclinadas la diversas clases de café que se servían y la pequeña selección de helados y dulces. Las paredes estaban pintadas con un subido tono amarillo crema, y las luces eran tenues. La música que sonaba al fondo brotaba de dos altavoces ocultos en dos armarios auténticamente Cinquencento, y de vez en cuando uno de los habituales parroquianos traía un busto vagamente romano y una estatua que entregaba al gerente para tener la satisfacción de verlos exhibidos en un pedestal de madera en uno de los rincones.

La máquina exprés dominaba la sala. Cuando Lucas Maggiore abrió por vez primera su trattoria, compró una moderna máquina eléctrica de segunda mano pero casi nueva, con un cromado resplandeciente, y la palabra ATALANTO proclamando el nombre del fabricante en elevadas letras que se destacaban sobre el tubo más superior. Cuando el local fue decorado de nuevo, la máquina fue vendida a una kaffeneikon y otra máquina una de las viejas de gas, fue colocada en su lugar. Esta era un gran vertical cilindro con una parte superior en forma de campana de níquel plateado, con las cabezas de unos querubines colocados en los costados y un águila rampante en lo alto de la campana. Desde el mediodía a las tres de la mañana cada día, excepto los lunes, los habitantes del Village y los turistas atestaban Espresso Maggiore, y sentados en las sillas con respaldo de alambre, tomaban capuccino con preferencia al verdadero exprés, que es amargo, e interrumpían sus conversaciones cada vez que la máquina siseaba al soltar el vapor.

Además de Lucas, en Espresso Maggiore había cuatro empleados más.

Carlo, el gerente, era un fornido y casi siempre silencioso hombre de unos treinta y cinco años, cortado de la misma pieza que Lucas Maggiore y contratado por esa razón. Era él quien se encargaba de la máquina, quien usualmente cobraba y quien supervisaba el trabajo y la limpieza. Le enseñó a Lucas cómo debía moler el café, le dijo que pasara siempre el paño por las mesas y que tuviese llenos los azucareros, le enseñó a limpiar los platos y las tazas con la mayor eficacia, y después de eso le dejó en paz, puesto que el muchacho realizaba bien su trabajo.

Había tres camareras. Dos de ellas eran, más o menos típicas muchachas del Village; una de ellas era del Midwest y la otra de Schenectady, y ambas estudiaban arte dramático y venían a trabajar desde las ocho a la una. La tercera camarera era una muchacha de la vecindad, Bárbara Costa, tenía diecisiete o dieciocho años y trabajaba toda la jornada. Era una muchacha encantadora y delgada que hacía su trabajo expertamente y no perdía el tiempo hablando con los muchachos del Village, los cuales venían durante las tardes y permanecían durante horas con una sola taza de café porque nadie se preocupaba de ellos, con tal de que el establecimiento estuviese atestado. Debido a que ella permanecía allí todo el día, Lucas llegó a conocerla mejor que a las otras dos muchachas. Se entendían bien, y durante los primeros días ella se tomó la molestia de enseñarle la manera de llevar cuatro o cinco tazas de una vez, de recordar los pedidos complicados y de hacer rápidamente la cuenta. A Lucas le agradaba por su carácter amistoso, respetaba su pericia porque estaba organizada en una forma que él comprendía y se sentía agradecido por tener una persona con la que podía hablar en los raros momentos en los que sentía el deseo de hacerlo así.

Al cabo de un mes, Lucas se había aclimatado a la ciudad. Se aprendió de memoria la complicada red de calles sin números que había debajo de Washington Square, conocía las principales rutas del metro, encontró una buena y barata lavandería y una tienda en la que compraba los pocos artículos alimenticios que necesitaba. Había investigado el sistema de registro y los requerimientos de ingreso en el City College, había enviado una carta a Massachussets para solicitar detalles y se había inscrito en el local Selective Service Broad, donde las notas que obtuvo en el examen de aptitud técnica le sirvieron para salvar su atraso. Su propósito era inscribirse al cabo de un año como estudiante de ciencias físicas, pues para eso era para lo que se encontraba en Nueva York. De manera que, hasta entonces, había conseguido establecer sus circunstancias de forma que encajaran en sus necesidades.

Pero lo que su tío le había sugerido el primer día que llegó a la ciudad, estaba comenzando a girar en la mente de Lucas. A veces se sentaba para pensar en ello sistemáticamente.

Tenía dieciocho años, y se hallaba próximo al punto álgido de su vigor físico. Su cuerpo era un mecanismo excelentemente diseñado, con definidas necesidades y funciones. Ese particular año era el último período de tiempo libre que podía esperar disfrutar durante los próximos ocho años.

Sí, decidió, si alguna vez iba a tener novia, nunca se le presentaría mejor oportunidad que entonces. Disponía de tiempo y de medios, e incluso tenía el deseo. La lógica le indicaba el camino, de manera que empezó a buscar en torno suyo.

Загрузка...