LOS DOS LACAYOS – Michael Gilbert


En el otoño de 1894, como sin duda encontrarán en mi relato del caso sobre el constructor de Norwood, vendí mi pobre consulta médica y volví a vivir con Holmes en nuestras viejas habitaciones de Baker Street. Su sensacional regreso de una muerte supuesta, seguida del juicio del coronel Sebastian Moran por el asesinato del honorable Ronald Adair, había revivido y, de hecho, incrementado su labor hasta el extremo de que pasaba más tiempo fuera que dentro de casa, y me encontré pasando largas horas solo, frente al fuego de la chimenea de nuestra sala de estar.

No era algo que me molestase, y esa tarde en particular el viento convertía la lluvia que caía en la calle en heladas lanzas. La herida recibida en Maiwand catorce años atrás ya estaba curada, por supuesto, pero sigo notando pinchazos cuando el tiempo tiene un carácter especial. Para pasar el rato, cogí un libro de los largos estantes de libros mayores y cuadernos de recortes que se alineaban en la pared junto a la chimenea. Resultó ser una caja hueca en vez de un libro y contener diversos objetos. No estaban colocados en un orden determinado aunque, sin duda, cada uno de ellos significaba algo para Holmes.

Unos gemelos de perlas, un abrecartas con la hoja rota, un mazo de cartas que, al ser examinado, reveló carecer de as de espadas y tener dos ases de bastos. Ninguno me dijo nada hasta que cogí una pequeña caja de cartón que, a juzgar por las polvorientas migajas de su interior, contuvo en el pasado una porción de un pastel de boda, En la tapa se podía leer: «Mary Macalister y sargento Jacob Pearce. Capilla Baptista de Friary Lane. 10 de diciembre de 1886.»

– ¡Cielo santo! ¿Esta boda tuvo lugar hace ocho años? Parece como si fuera ayer -estaba pensando cuando oí los pasos de Holmes en la escalera y le vi entrar, al parecer de muy buen humor.

Parecía que su investigación sobre los documentos del ex presidente Murillo iba muy bien. Miró la caja que yo tenía entre las manos.

– Veo que está usted rememorando uno de sus primeros éxitos -dijo.

– Suyo, Holmes. No mío.

– Todo lo contrario, mí querido amigo. Usted hizo todo el trabajo preliminar. Y estoy seguro de que la señora Pearce supo valorarlo. ¿Acaso no le nombró padrino de su primer hijo y le llamó John por usted?

Fue un día de noviembre de 1882 cuando Mary Macalister vino a nuestras habitaciones de Baker Street. He dicho «vino». Habría sido más exacto decir que fue empujada a ello, porque fue sólo la insistencia de la señora Hudson lo que le hizo subir las escaleras y llegar a nuestra puerta. Era una chica bonita, con un cutis fresco de sonrojadas mejillas. No necesité los poderes deductivos de Holmes para darme cuenta de que venía del campo y que era de origen relativamente humilde. También había estado llorando.

Holmes le hizo pasar con toda cortesía y le pidió que se sentara, y, como parecía abrumada por la situación, fue la señora Hudson quien habló por ella.

– La señorita Macalister es mi sobrina -explicó-. Trabaja en la mansión Corby.

– ¿La casa de sir Rigby Bellairs? -dijo Holmes.

La chica asintió.

– ¿Y qué ha hecho sir Rigby para causarle esa agitación?

– Oh, no, señor. No fue sir Rigby. Fue Terence.

– ¿Terence Black?

– Sí, señor.

– Ya veo -dijo Holmes-. ¿Amigo suyo quizá?

La chica, que parecía a punto de romper a llorar, tragó saliva antes de contestar.

– Estábamos prometidos. La boda iba a celebrarse a fin de mes.

– Entonces, la acompaño en el sentimiento.

– Le dije que si alguien podía hacer algo por ella ese sería usted -dijo la señora Hudson.

Pude leer la indecisión en el rostro de Holmes. Aunque considerado por algunas personas como un misógino desprovisto de sentimientos humanos, la visión de la belleza en apuros siempre le conmovía. Pero yo sabía que, en aquellos momentos, estaba enfrascado en una compleja investigación en la City de Londres. No era el tipo de casos al que daba preferencia, pero en aquellos principios de su carrera no podía permitirse ser demasiado selectivo y ese asunto, en el que estaban mezclados varios miembros de la nobleza y una de las principales firmas financieras de la ciudad, difícilmente podría descuidarse por los apuros de una sirvienta, por muy conmovedora que fuese.

Todos estos pensamientos debieron pasarle por la mente mientras la señora Hudson y la muchacha le observaban ansiosas.

– Le ayudaremos si podemos -dijo finalmente-. No puedo prometer nada personalmente, pero mi colega, el doctor Watson, hará la investigación preliminar para sacar a la luz los hechos omitidos por la prensa del país, y me mantendrá informado de todo.

– Es usted muy amable, señor. Es más de lo que podíamos haber esperado -dijo la señora Hudson antes de que la muchacha pudiera hablar, y suave, pero firmemente, la condujo hasta la puerta bajando a continuación por las escaleras.

– Nuestra casera está convirtiéndose en toda una estratega -dije-. Estoy seguro de que la señorita Macalister habría preferido su atención personal.

– Se subestima usted -dijo Holmes, mirando sus recortes de prensa-. The Globe dio la mejor versión del caso Corby. Lo discutiremos esta tarde y veremos si es posible hacer algo. Mientras tanto, tengo que volver a la City.

«Tragedia en Corby Manar» era la cabecera del artículo. Empezaba con un breve resumen de la carrera de sir Rigby Bellairs y una descripción de la mansión de Corby. No pude evitar reflexionar sobre el hecho de que esos detalles se considerasen más importantes que el destino de la comparativamente menos importante víctima del crimen. Parecía ser que sir Rigby y su esposa fueron despertados, poco después de la una de la mañana del 7 de octubre, por el sonido de un disparo de pistola. Advirtiendo a su mujer que no le siguiera, recorrió el largo pasillo sur que daba acceso a las habitaciones de invitados. En ese momento tenía la casa llena de ellos para una cacería, ya que la finca era famosa tanto por sus perdices como por sus faisanes.

Al dejar su dormitorio, y a tres puertas de distancia de su cuarto, estuvo a punto de caer sobre el cadáver de Terence Black, uno de los lacayos contratados para aumentar el servicio de cara a la ocasión. Black tenía un tiro en el corazón y debía haber muerto instantáneamente.

La habitación ante cuya puerta había caído estaba ocupada por la señora Ruyslander, viuda de Jacob Ruyslander y propietaria de los famosos diamantes Ruyslander. Al no oír ningún sonido en el interior de la habitación, sir Rigby probó la puerta y descubrió, para su sorpresa, que no parecía estar cerrada. Lo primero que vio, al aventurarse en el interior, fue que la ventana estaba abierta y que había una escalera de mano apoyada contra ella. Podía ver su extremo superior sobresaliendo del alféizar. Para entonces ya habían acudido al pasillo varios invitados masculinos junto con el mayordomo, un ex soldado llamado Peterson. Lady Bellairs estaba con ellos. «Vea si puede despertar a la señora Ruyslander», le dijo sir Rigby tras hacerle una seña.

La dama fue hasta la cama y descubrió a la señora Ruyslander tan profundamente dormida, que necesitó un esfuerzo considerable para despertarla. Y cuando por fin se incorporó, parecía demasiado desconcertada para entender lo sucedido. Sir Rigby actuó con admirable decisión. Dejando a su mujer al cargo de la invitada, salió al pasillo, ordenó a Peterson que guardara la puerta del dormitorio, hizo que los demás volvieran a sus habitaciones y envió a un criado a Lewes a por la policía.

A continuación el periódico informaba sobre la encuesta, que tuvo lugar tres «lías después. Se habían destacado varios hechos, todos los cuales parecían apuntar en la misma dirección.

La primera pregunta a responder era, ¿qué hacía Black en el pasillo? El personal del interior de la casa estaba aislado en dos alas; el masculino en el ala oeste, bajo la vigilancia de Peterson, que también dormía allí, y el femenino en el ala este, bajo la vigilancia igualmente atenta del ama de llaves, la señora Barnby. Para llegar de su cuarto al pasillo del ala sur, Black debió bajar por la escalera de atrás hasta la planta baja y luego subir por la escalera principal. Un viaje considerable, y para el que no estaba autorizado.

Finalmente, las pruebas médicas revelaron que se debió administrar un fuerte sedante a la señora Ruyslander. Los testigos recordaron que se había quejado de estar somnolienta casi inmediatamente después de haber tomado la taza de café de después de la cena. Lady Bellairs aportó más evidencias al respecto. Dijo: «No apruebo el hábito de que los caballeros se demoren mucho tiempo en tomarse su oporto. Saben que el café no se servirá hasta que no salgan del comedor, y en esta ocasión se unieron a las señoras casi veinte minutos después de retirarnos de la mesa. Entonces hice una seña a los tres lacayos que esperaban para que sirviesen el café.»

El forense: «¿Recuerda quién le sirvió el café a la señora Ruyslander?»

Respuesta: «Lo recuerdo con claridad. Fue Terence Black.»

La teoría que empezaba a tomar forma era la de que Terence Black, ayudado por un cómplice sin identificar, planeaba robar los diamantes de la señora Ruyslander. Había estropeado la cerradura de su habitación y puesto un sedante en su café. En el último momento debió tener alguna disputa con su cómplice. Este disparó a Black, bajó por la escalera de mano y desapareció.

El juez dictaminó un asesinato cometido por una o varias personas desconocidas. La policía de Lewes llamó a Scotland Yard y la investigación seguía su curso a cargo del inspector Leavenwurth de las Fuerzas Uniformadas y el inspector Blunt de la División de Investigación Criminal.

Al pie del recorte Holmes había escrito: «Leavenworth es un asno pomposo. Blunt es un buen hombre».

Veinticuatro horas después, y a instancias de Holmes, me instalé en Las Armas del Rey, un pequeño pero confortable hostal situado en la calle principal de Corby. Mis instrucciones eran las de contactar con personal de la mansión para ver si podía localizar algún sospechoso dentro o fuera de la casa, y hablar más detenidamente con Mary Macalister.

Estoy seguro de que no nos lo ha contado todo -dijo Holmes-. Si vamos a ayudarle a limpiar el nombre de su prometido, deberá ser franca con nosotros.

Eran sugerencias fáciles de hacer, pero no tan fáciles de llevar a cabo, y debo confesar que hice muy pocos progresos en la primera quincena que pasé allí.

Sabía por los periódicos que muchos de los invitados que estuvieron en la cacería de perdices de octubre habían vuelto para la primera de una serie de batidas de faisanes, planeadas para la segunda semana de diciembre. Esta vez era una partida mucho mayor que la anterior, de unas cuarenta damas y caballeros con sus propios sirvientes, y supuse que el personal de la casa habría aumentado de forma proporcional. Noté que la señora Ruyslander seguía estando entre los huéspedes. Evidentemente, su experiencia anterior no la había alarmado demasiado.

El tamaño e importancia de la asamblea, junto con la alarmante experiencia anterior indujeron a sir Rigby a tomar ciertas precauciones. La casa de la finca y su jardín fueron rodeados por un formidable muro, donde sólo había dos entradas, situadas en los pabellones del sur y del oeste. De día estaban vigiladas por el encargado de cada pabellón y, de noche, las puertas se cerraban y se reforzaban con cadenas. No obstante, si yo no podía entrar, la información sí podía salir. Los sirvientes de la casa podían estar trabajando duramente en el interior, pero los mozos del establo y los jardines tenían más libertad de movimientos y solían ir al bar de Las Armas del Rey. Siendo yo un residente resultaba natural que me dejase caer por allí todas las tardes y escuchara su charla, o que incluso me uniera a ella. Me enorgullezco de decir que mi estancia en el ejército me familiarizó con toda clase de hombres, pero esta vez me resultó muy difícil obtener de ellos algo masque unas cuantas respuestas educadas y nada comprometidas.

La única excepción fue un individuo con cara de rata, al que los demás llamaban Len, que según averigüé, tenía un trabajo temporal en los establos. No parecía muy popular entre los empleados fijos y, por tanto, estaba más que dispuesto a aceptar mis invitaciones a pintas de cerveza y a proporcionarme sus opiniones sobre la vida en general, y de la mansión Corby en particular.

– Una panda de presumidos que no han realizado ni un turno de trabajo honrado en toda su vida -dijo Un amigo mío que consiguió trabajo de lacayo dice que, por la noche, las mujeres bajan de sus habitaciones cubiertas de perlas y diamantes suficientes para mantener a diez familias pobres durante toda una vida.

Le invité a más cerveza y manifesté mi acuerdo sobre que la riqueza de este país estaba dividida de forma injusta. No intentaré reproducir su acento, que era una especie de cockney.

– ¿Y a qué vienen aquí? A disparar a un montón de pájaros que nunca les han hecho daño. Si quieren disparar, que ingresen en el ejército.

Manifesté mi acuerdo, quizá con demasiada fuerza, porque me dijo:

– ¿No será usted un miembro del ejército?

– He tenido alguna experiencia en él -dije-, pero como médico.

– ¿Y qué es lo que hace usted aquí, si no le importa que se lo pregunte?

Me importaba mucho, pero pedí otra pinta para los dos, lo cual pareció satisfacerle. Entonces me vi obligado a escuchar una sarta de faramalla socialista, que a la media hora ya me tenía bastante harto, y me retiré a mi cuarto. Había pensado en escribir un informe a Holmes pero me di cuenta que, por el momento, no tenía nada que informar, y me fui a la cama.

A la mañana siguiente, yo estaba sentado en un banco del exterior de la taberna fumando mi pipa de después del desayuno, cuando oí un estruendo de cascos de caballo bajando por la calle empedrada. Había algo alarmante en ese sonido y, cuando aparté la pipa y me puse en pie, vi aparecer un caballo. Dos cosas me parecieron evidentes. El caballo iba desbocado y su jinete, una niña de once o doce años, era incapaz de hacer nada al respecto.

Cuando el caballo llegó a mi altura, salté hacia adelante y conseguí coger la brilla con una mano y a la muchacha con la otra. El brusco frenazo del caballo, que giró en redondo y se encabritó de forma salvaje, tiró a su jinete. El que yo la tuviese agarrada del brazo frenó su caída, pero no pude evitar que se golpease la cabeza con el bordillo que había frente a la taberna. Afortunadamente, uno de los cantineros vino corriendo y sujetó al caballo, que se tranquilizó en cuanto le trataron con firmeza, y pude atender a la muchacha. Parecía haberse desmayado y había perdido mucha sangre, pero yo tenía suficiente experiencia en heridas de cabeza para saber que la situación no era de gravedad. La llevé al salón de la taberna, la deposité en el sofá y empecé a limpiarla y a vendarla con la ayuda de la patrona. La muchacha abrió los ojos unos minutos después, e intentó incorporarse. La patrona le dijo que siguiera tumbada.

– He mandado a un chico por su padre -dijo-. Enseguida estará aquí.

Apenas dijo eso, el ruido de un coche ligero acercándose a toda velocidad anunció su llegada. En la habitación entró un hombre de cabello entrecano, de más o menos mi edad. Una vez vio que su hija no corría peligro, empezó, como todos los padres, a decirle lo que pensaba de su accidente.

– Deje tranquila a la pobrecilla, señor Pearce -dijo la patrona-. Este es el caballero al que debe agradecer que la cosa no fuera mucho peor.

El señor Pearce me miró por primera vez. El ceño fruncido fue sustituido por una sonrisa.

– Vaya, doctor -dijo-, esto si que es casualidad.

– Sargento Pearce -dije-. Hace años que espero poder volver a verle.

Sam Pearce había sido mi asistente médico y, cuando la fuerza del general Burrows fue desviada a Maiwand y yo me encontraba seriamente herido, me echó a lomos de un caballo y lo guió durante toda la noche hasta Kandahar. En aquellos momentos yo estaba tan aturdido, y luego pasé tanto tiempo en el hospital, que acabé perdiendo contacto con Sam, el cual dejó el ejército para irse a Canadá. Ni siquiera tenía una dirección a donde escribirle y, finalmente, renuncié a encontrarle y darle las gracias.

– ¿Qué está haciendo aquí? ¿Cómo es que ha vuelto a Inglaterra?

– Canadá es un país espléndido para un hombre joven, pero, cuando se tiene mi edad, uno nota que su patria le llama. Tengo una bonita cabaña y un buen trabajo en la mansión. Jardinero jefe, con seis hombres bajo mis ordenes. Mi mujer tendrá muchas ganas de conocerle.

Durante todo esto, el apuro de su hija pareció pasar a un segundo plano. Tras una última regañina por montar un caballo que no podía dominar, subimos a su coche y nos dirigimos hacia el pabellón sur de la mansión.

– Este es un viejo amigo -le dijo Pearce al guardián-. No olvides su cara y déjale entrar siempre que quiera.

El guardián me aseguró que gozaba de completa libertad para pasar al recinto. Diez minutos después, nos sentábamos ante un fuego de troncos en la agradable morada de Sam Pearce.

El castillo había caído.

Tomé enseguida la decisión de confiar en Pearce. Tenía una confianza absoluta en mi antiguo ayudante médico. Sólo temía que pudiera incomodarle la idea de que yo hiciera las veces de espía. No debí preocuparme por ello. Su reacción fue de indignación, no contra mí, sino contra el inspector jefe Leavenworth.

– Ese hombre es un imbécil -dijo, haciéndose eco de la opinión de Holmes-. No ve más allá de sus narices. Como había una escalera de mano apoyada contra la ventana que, por cierto, provenía del viñedo, ha llegado a la conclusión de que debía estar implicado uno de mis jardineros. Los conozco desde hace años y le dije que confiaba en ellos tanto como él en sus agentes, e incluso más aún.

– Eso no le gustó nada -dijo la señora Pearce con una sonrisa.

– Le dije que si, como nos habían dicho, los ladrones habían estropeado la cerradura del dormitorio, ¿para qué necesitaban la escalera? Sólo tenían que bajar al piso inferior y salir por la puerta de atrás. Es muy cerrado. La gente a la que debería haber interrogado es al personal de dentro. Sobre todo a los contratados durante la ultima semana. Nadie sabe nada de ellos. Vienen con referencias, pero pueden ser falsificadas.

– Se suponía que Peterson debería controlarlos -dijo su esposa.

– Peterson es un bocazas y un matón.

No es muy popular-concordó su esposa-. La señora Barnby, el ama de llaves y una gran amiga mía, suele hablar a menudo de él.

Y hay una cosa que no se mencionó en la encuesta -dijo Pearce-. Tiene un revólver. Creo que lo trajo consigo cuando dejó el ejército.

– ¿De verdad? -dije. A cada momento se abrían nuevas posibilidades-. Entonces, ¿creen que el cómplice de Terence Black fue uno de los otros lacayos temporales?

– Lo que es yo, nunca creí que Terence tuviera algo que ver -dijo la señora Pearce-. Era un muchacho de lo más bueno que se puede encontrar. A la pobre Mary Macalister casi se le rompe el corazón.

– Si es tan amiga del ama de llaves -dije-, supongo que podría arreglárselas para que dejara a Mary venir aquí a hablar conmigo. Estoy seguro de que hay algo que no nos ha contado.

– Haré que venga mañana a tomar el té -prometió la señora Pearce.

Antes de irme, Pearce me llevó a dar un paseo por los jardines, de los que se sentía justamente orgulloso. En esa época del año no había mucho que ver en los parterres, pero había tres invernaderos y multitud de hileras de campanas y cajoneras. Por fin llegamos al viñedo, que debía ser uno de los mejores del país, con su propio sistema calefactor y un impresionante enramado de parras sujetas a un enrejado. Al salir por el otro lado llegamos al establo, y allí reconocí una figura. Era Len, mi conocido socialista Estaba en animada conversación con un lacayo alto y delgado. Ambos nos daban la espalda, y se me ocurrió pensar que se habían puesto en esa posición para no ser vistos desde el patio del establo.

Al oír nuestras pisadas, Len se dio media vuelta y me reconoció.

– ¿Observando a los grandes y poderosos en su ambiente nativo, doctor? Me dijo.

– Observando los jardines -me limité a decir.

El lacayo aprovechó la ocasión para marcharse.

– Parece que hay un lacayo que no está confinado a los barracones -comenté a Pearce al despedirme.

– Ese individuo alto es una adquisición reciente. Creo haberle visto antes por los establos. Estaría convenciendo a Len para que apueste por él esta tarde en Ludlow.

– Probablemente.

Esa tarde me dispuse a redactar mi primer informe a Holmes. Espero que no fuese un documento excesivamente presuntuoso, pero no podía evitar el sentirme complacido por los progresos obtenidos.


Los periódicos de la mañana llegaban a Corby a las ocho en punto y, tras un tranquilo desayuno, pude leer que las carreras principales de Plumpton y Ludlow habían sido ganadas por extranjeros, y me pregunté si el lacayo alto habría hecho su agosto en alguna de ellas. También estudié un informe, en las páginas de economía, sobre el asunto que ocupaba la atención de Holmes. Estaba escrito con la medida reserva que emplean los periodistas cuando presienten un escándalo inminente, con el temor a dar nombres concretos. Leyendo entre líneas, deduje que el Mayhews Bank, una pequeña pero respetable institución bancaria, tenía graves problemas. Un consorcio de tres eminentes cuentacorrientistas (no se daban nombres) debían al banco una suma considerable de dinero. El préstamo era conjunto y no podía reclamarse sin el consentimiento de los tres hombres. Uno de ellos estaba enfrentado a los otros dos. El problema del banco resultaba claro. Lo último que querría hacer es iniciar una acción legal contra tres clientes importantes. Por otra parte, el banco debía pensar en el interés de los demás cuentacorrientistas. Pronto tendría que tomarse una decisión, según el redactor financiero.

Cuanto más lo estudiaba, menos me parecía un asunto que requiriera el talento de Holmes. Tampoco podía sentir mucha simpatía por cualquiera de las partes en disputa. Los financieros de la City de Londres me parecían tan irresponsables e implacables como los patanes de la frontera del noroeste. Me concentré en mi propio problema. ¿Podría Mary Macalister arrojar alguna luz sobre él cuando nos reuniéramos?

La señora Pearce fue fiel a su palabra y Mary estaba esperándome cuando llegué. Al principio me sentí decepcionado. Estaba dispuesta a hablar en términos generales sobre la vida en la mansión: la bondad de la señora Barnby, la rudeza de Peterson, la cacería que tendría lugar el siguiente lunes… pero eso no era lo que yo quería. Al final me di cuenta de que era la presencia de los Pearce lo que le inhibía. Creo que ellos también se dieron cuenta y, una vez tomamos el té, se fueron con mucho tacto.

Si le cuento una cosa, algo que podría sorprenderle, ¿me hace la solemne promesa de no contárselo a nadie? -me dijo la señorita Macalister en cuanto salieron de la habitación.


– Excepto a Holmes.

– Sí, dígaselo al señor Holmes si debe hacerlo -concedió, aunque me pareció que lamentándolo-. Mi hermana Alice, que también trabaja en la mansión, comparte el dormitorio conmigo. Terence y yo teníamos mucho que hablar sobre nuestra próxima boda, y como no teníamos oportunidad de hacerlo de día, esa noche vino a mi habitación.


No encuentro eso especialmente sorprendente. ¿Cuándo estuvo allí? y, de paso, ¿cómo llegó allí?

Debió esperar a medianoche, cuando la mayoría de la gente estaba en sus habitaciones. Entonces salió con cuidado de las habitaciones del ala oeste, recorrió el pasillo que daba a los dormitorios y subió a nuestra habitación en el ala este. Debimos hablar durante una hora, porque oí al reloj del establo dar la una cuando salía.

– ¿Y pensaba volver por donde había ido?

– Eso supongo.

– Dígame, ¿oyó el sonido de un tiro?

– No, es una casa vieja y las paredes son muy gruesas. No creo que nadie pudiese oír nada proveniente de la parte principal de la casa.

Fue esta respuesta la que me convenció de que la muchacha decía la verdad. Antes de salir de Baker Street, leí todo lo que pude sobre la mansión Corby y, en un libro que cogí de la considerable biblioteca de referencia de Holmes, me informé de un detalle importante. Las alas del edificio se habían añadido al mismo en una fecha posterior a su construcción. Esto quería decir que, en efecto, estaban separadas del cuerpo principal de la casa por una pared doble. Si la señorita Macalister hubiese pretendido oír el disparo minutos después de que la dejara su prometido, en un intento de absolverle de su participación en el robo, habría sospechado que estaba mintiéndome.

Sin embargo eso no exculpaba a su prometido. Según la investigación, sir Rigby fue despertado por el disparo «poco después de la una». Eso implicaba hasta diez o quince minutos después. Si Black hizo los preparativos por adelantado, todavía le quedaba tiempo para reunirse con su cómplice y seguir adelante con el robo.

La señorita Macalister estaba claramente turbada. No podía decirme mucho más, y me fui poco después. Tenía varias líneas que añadir a mi informe y la última recogida de correo salía de Corby a las siete en punto, por lo que, acepté la oferta de Sam Pearce de llevarme al pueblo y sentarme a redactarlas.

Esa misma tarde, mis investigaciones dieron un importante paso adelante. Sucedió de la siguiente forma.

Para las siete menos cuarto ya había terminado mi informe y lo había metido en un sobre, y corrí a la calle principal para ponerlo en el correo. Era una tarde despejada y fría. Para llegar al buzón debía pasar ante una cervecería llamada El Zorro y las Gallinas. No era un local muy atractivo y nunca había entrado en él. Cuando me acercaba, se abrió la puerta del bar y salió un hombre que se alejó calle abajo con paso vigoroso. Sólo había visto su espalda una vez antes, pero pude reconocer al lacayo alto que vi conversando con Len, el mozo de cuadra, hacía dos días. También tuve la sensación de haber visto antes al hombre. Y ahora, fijándome en su enjuta y delgada figura y en su forma de caminar, que casi era un pavoneo, de pronto pude darle un nombre.

Jim el Mosca.

En uno de los primeros casos en que ayudé a Holmes desarticulamos una banda de Camden Town, y el único miembro de esta desagradable fraternidad que escapó a la cárcel, debido a un tecnicismo, fue el ejecutor de todos sus robos, el hombre que subía a la casa y sustraía los diamantes y demás piedras preciosas que tuviera como objetivo.

Como supondrán, yo iba persiguiéndole mientras esos pensamientos acudían a mi mente. Mi presa se movía tan rápida que debía ir al trote para no perderle de vista, y fue todo un alivio cuando se detuvo junto al muro de doce pies de altura del recinto. Para mi sorpresa, pareció escalar el muro como la mosca por la que le apodaban. Cuando llegó arriba, superó el muro y le oí caer al otro lado.

El misterio quedó resuelto en parte cuando llegué al lugar. Descubrí tres cortos pinchos de hierro clavados en el enladrillado, uno a la altura de la rodilla, otro a la altura del hombro y un tercero más arriba. Yo habría tenido grandes dificultades para usar esa escalera tan poco ortodoxa, pero para alguien como Jim era como una puerta abierta.

Mientras caminaba pensativamente de vuelta a mi hotel, el destino me entregó una segunda carta. Mirando por la ventana del bar El Zorro y las Gallinas, vi a Len. Sin duda se había reunido allí con su cómplice, pero en ese momento estaba en animada charla con un hombre de rojo, centroeuropeo supuse, cuyas ropas londinenses parecían curiosamente fuera de lugar en una cervecería.

La trama se complicaba, pero sus contornos empezaban a perfilarse. Lamenté haber enviado ya mi primer informe a Holmes. Tendría que sentarme a escribir otro lo antes posible.

Cuando llegué al hotel descubrí que me esperaba una carta en el casillero. Reconocí la letra angular de Holmes, pero el sobre carecía de sello. Tenía una anotación: «En mano. Urgente». Antes de abrirlo, pregunté al conserje quién lo había traído.

– Un muchacho -respondió.

No supo proporcionarme más descripción que esa. Evidentemente, era un hombre a quien todos los niños pequeños le parecían iguales.

La subí a mi habitación. Sólo contenía media hoja de papel, en la que Holmes había escrito: «Le aconsejo que estudie las orejas de Peterson». Eso era todo.

Bueno, si no tenía otras noticias para mí, yo tenía muchas para él.

«Según lo que he observado», escribí, «y las deducciones hechas a partir de lo observado, he llegado a una firme conclusión sobre lo sucedido el pasado octubre en la mansión Corby y, lo más importante, lo que se planea que suceda allí en un futuro próximo, si no se toman medidas para impedirlo. La clave de ambos casos estriba en un mozo de cuadras contratado de forma temporal llamado Len. Tiene el rostro astuto y la apariencia engañosa que inmediatamente delata su pertenencia a las clases criminales. Estoy seguro de que, cuando su auténtico nombre salga a la luz, se descubrirá que tiene una larga lista de antecedentes. Su objetivo es robar los diamantes de la señora Ruyslander. Es posible que, la primera vez, su cómplice en la casa fuera Terence Black. Hay grandes posibilidades de que, en esta ocasión, su cómplice sea uno de los lacayos temporales. Habiendo visto al último en acción, tanto andando como trepando un muro, he llegado a la conclusión de que es ni más ni menos que Jim el Mosca, un nombre que, estoy seguro, le será familiar.» Sentí algo de malicia al escribir esto. El que Jim escapase a las redes de la ley la vez anterior fue algo que molestó a Holmes.

«Otro posible cómplice sería un caballero extranjero a quien he visto hablando con Len. Sin duda su cometido es el de disponer de los diamantes una vez sean sustraídos. El momento en que esto se llevará a cabo también está claro. El lunes tendrá lugar la primera batida de faisanes. Todos los hombres tomarán parte, y las damas suelen acompañarles en un suntuoso almuerzo al aire libre. Además de asistir al mismo gran parte del personal de la casa, tengo entendido que los empleados del jardín y el establo actuarán como batidores, ya que sin duda les pagarán bien por sus servicios. En resumen, que la casa y los terrenos adyacentes estarán prácticamente desiertos. Estoy seguro de que sus conexiones con Scotland Yard le permitirán preparar un comité de bienvenida adecuado.»

Pensando en la cacería, añadí. «En este asunto estoy actuando de batidor. La policía y usted son los cazadores.»

Comprenderán que me sintiese justamente orgulloso de este informe y que, para que no hubiera ningún retraso, hiciera que uno de los chicos del hotel lo llevase a Lewes al día siguiente, viernes, para que saliera en el primer correo. Holmes lo recibiría la tarde de ese mismo día, lo cual le daba tiempo sobrado para hacer sus preparativos, y para escribirme de paso. En esta ocasión, pensé, seguramente recibiría algo menos seco y más útil que su comunicado previo.

El fin de semana transcurrió con lentitud. La mañana del lunes me levanté temprano. Había llegado el correo y habían puesto las cartas en los casilleros, pero no había nada para mí. El conserje me llamó, cuando me alejaba.

– Llegó esto para usted, doctor. Iba a ponerlo en el casillero.

– ¿Cómo ha llegado aquí?

– En mano, señor. Con el mismo chico.

Decir que me sorprendí sería quedarse corto. No obstante, supuse que la carta me aclararía el misterio. En vez de eso, lo aumentó más aún.

«Es de la mayor importancia que, a la una y media del mediodía, esté en la puerta que lleva a las cocinas», había escrito Holmes. «Por favor, convenza a su amigo Pearce deque le acompañe. Los dos deberán ir armados. Sé que usted lleva consigo su revólver de servicio. Sin duda, Pearce tendrá un arma de caza. Deben llevarlas cargadas. Nos enfrentamos a animales muy peligrosos. Por favor, cuando estén ante la puerta sigan las instrucciones que se les dé.»

A esas alturas ya estaba completamente confundido y pensé que lo único que podía hacer era lo que me decía. Cuando llegué a la cabaña encontré a Pearce disponiéndose a almorzar. Le mostré la carta.

– ¿Supongo bien al asumir que es de su amigo, el señor Holmes? -dijo tras leerla lentamente.

– No hay ninguna duda. No creo que haya ningún hombre capaz de imitar su letra lo bastante bien como para engañarme.

– Parece saber lo que quiere. Será mejor que sigamos sus instrucciones. ¿Nos acompaña a almorzar? Sólo es cuestión de poner un plato más -añadió con esa sonrisa suya que siempre hacía aparición cuando había algo de diversión en perspectiva-. Si vamos a cazar tigres, será mejor hacerlo con el estómago lleno.

Encontré reconfortante la confianza de Pearce en Holmes, e hice justicia al excelente filete de faisán que preparó su mujer. A la una y media me condujo por un camino trasero hasta la puerta de la cocina. Se había puesto un abrigo ligero para ocultar la escopeta que llevaba. Yo llevaba mi fiel revólver en el bolsillo del chaleco, como cada vez que acompañaba a Holmes en los momentos críticos de sus casos, aunque no podía recordar otra ocasión en que tuviera menos idea de por qué lo llevaba o sobre quién debería usarlo.

A lo largo de la mañana habíamos oído el ruido de disparos lejanos, pero ya no se oían y supuse que invitados, batidores y criados se habían enfrascado en una de esas opíparas comidas al aire libre características de estas cacerías. El jardín y los terrenos circundantes estaban desiertos y no pude oír a nadie moviéndose en el interior de la casa. Llegamos a la puerta, y estaba a punto de llamar cuando la abrieron. Había especulado varias veces sobre quién podría aparecer para darme instrucciones. Todas las especulaciones resultaron estar muy descaminadas ya que, al otro lado de la puerta, llevándose un dedo a los labios pidiendo silencio, estaba Len, el mozo de cuadras.

– Espero que los dos vayan armados. Síganme -dijo hablando en voz baja. Confieso que habría dudado de no habernos indicado, diciendo esto, que conocía el contenido de la carta de Holmes. Pero tal como estaban las cosas, hice lo que me dijo.

Recorrimos un largo pasillo situado en el sótano, subimos dos tramos de escaleras y atravesamos una puerta cubierta por un tapete verde que nos condujo hasta lo que supuse sería el pasillo principal de los dormitorios. Había varias puertas a ambos lados del mismo, y pude ver a medio camino del lateral izquierdo una puerta que debía ser aquella ante la que cayó el cuerpo de Terence Black. El silencio era completo.

Len abrió una puerta que había en nuestro extremo del pasillo y nos hizo pasar al interior. Saltaba a las claras que era un dormitorio de caballero. Cuando la puerta estuvo cerrada, me volví furioso hacia él.

– Quizá ahora será tan amable de explicarse.

Se llevó el dedo a los labios, antes de responder en voz muy baja:

– Le ruego que guarde silencio, doctor. Le prometo que no será por mucho tiempo.

Por primera vez, noté en su cara un aire de astucia y determinación que desde luego no estaban allí antes.

– Muy bien. Ya que parecemos estar metidos en la misma representación, sigamos en ella hasta el fin -dije. Y el silencio volvió a reinar tras esto.

El pasillo estaba alfombrado y era muy difícil estar seguros, pero al cabo de unos diez minutos creí oír pasos, dos grupos de pasos, pasando ante nuestra puerta. Luego el sonido de una puerta abriéndose en el pasillo. Tras esto, otra vez silencio.

Len entreabrió entonces un poco la puerta y miró por ella. Yo podía ver el pasillo más allá de su cabeza. La puerta de la habitación, que yo aventuré perteneciente a la señora Ruyslander, se abrió, y Peterson salió de ella, seguido de sir Rigby Bellairs, que llevaba una pequeña caja en las manos. Les vi mirar en nuestra dirección y creí que habían notado nuestra puerta entreabierta, pero, no era a nosotros a quien miraban, sino al lacayo alto que caminaba hacia ellos por el pasillo con paso seguro.

– ¿Qué diablos hace usted aquí, Simpson? -dijo sir Rigby en un tono donde se mezclaban el desconcierto y la furia.

– Estaba echándoles un ojo a los diamantes de la señora Ruyslander -dijo el lacayo-. ¿Adivino al decir que están en esa caja?

Fue sólo cuando habló cuando supe con toda seguridad quién era.

– Supongo que la vez anterior que intentó cometer este robo fue interrumpido por Terence Black -continuó diciendo el lacayo-. Naturalmente, debió silenciarlo. Sí, ya veo que los dos están armados. Lo que no sé es cuál de ustedes utilizó su arma contra el pobre muchacho.

– ¿Acaso importa eso? -repuso sir Rigby con voz espesa-. Parece que la historia se repite. Le encontramos aquí, con los diamantes en su poder…

– No, no -dijo Holmes-. Me temo que esta vez eso no funcionará. Les superamos en número. Permítanme que haga las presentaciones. Me llamo Sherlock Holmes. Este es mi colega, el doctor Watson. Naturalmente, reconocerá al hombre de la escopeta como a su propio jardinero en jefe. Y finalmente, éste es el inspector Leonard Blunt, del Departamento de Investigación Criminal de Scotland Yard.

– Quedan los dos acusados de robo -dijo Blunt, dando un paso al frente-. Y uno de ustedes será, además, acusado de asesinato.

Peterson soltó su pistola. Tras dirigimos una mirada de furia, primero a su compañero y luego a nosotros, sir Rigby le imitó reticente.


Fin todo caso, Peterson, que además de matón era cobarde, proporcionó a la Corona pruebas contra su jefe. Su insistencia en que fue sir Rigby quien mató a Black se vio respaldada por pruebas forenses que demostraron que la bala de su arma coincidía con la del lacayo asesinado. Peterson recibió una breve pero saludable sentencia de cárcel. Sir Rigby fue ahorcado.

Fue un caso interesante dijo Holmes-. Es cierto que yo disponía de algo más de información que usted, pero supe desde el principio quiénes eran los culpables.

Lo que yo sabía, y usted no, era que sir Rigby era uno de los cuentacorrentistas recalcitrantes del Mayhews Bank. Por tanto, estaba al tanto de que andaba desesperadamente escaso de dinero y de que haría cualquier cosa para obtenerlo. El resto estaba en el artículo del periódico. Contenía tres improbabilidades flagrantes. Yo, al igual que usted, había estudiado el excelente artículo sobre la mansión Corby, en el libro de Gillespie sobre «Mansiones Inglesas». Una vez lo hice, me di cuenta de lo improbable que era el que un solo disparo, que, por cierto, no oyó la señorita Macalister pese a estar despierta, despertase a Peterson, que dormía igual de lejos en el otro ala. Y si le despertó, ¿cómo pudo llegar al mismo tiempo que los caballeros que dormían allí? No, no. Estuve seguro desde el principio de su participación en el asunto. La sospecha se convirtió en certeza en cuanto le vi. La curiosa forma de sus orejas me permitió reconocerle como George Peters, un hombre con abundantes antecedentes criminales. Y si él estaba mezclado, seguramente también lo estaría su patrón. El segundo detalle fue el que estropearan la cerradura de la puerta. Habría resultado casi imposible que lo hiciera un lacayo, supervisado y ocupado en sus deberes. En cambio era muy fácil para sir Rigby o su mayordomo. Finalmente estaba el narcótico en el café. Esto exculpaba por completo a Black. Había tres lacayos sirviendo el café, ¿cómo podía estar seguro de que sería él quien sirviera el café a la señora Ruyslander? Aparte de esto, ¿ha meditado usted sobre cómo podría añadirle la droga mientras se lo servía? Seguramente fue obra de lady Bellairs, una vez le sirvieron el café. Supongo que ella estaba metida en el asunto, aunque no podrá probarse nunca. Pero la justicia está servida sin necesidad de buscar un tercer culpable. Supongo que esto aclara los puntos principales.

Yo tenía en mente varias preguntas sin respuesta, pero lo único que se me ocurrió decir fue lo siguiente:

– Tuvo usted mucha suerte en obtener el trabajo.

– En lo más mínimo. Ofrecí mis servicios pidiendo menos del sueldo habitual y pude dar referencias de un juez del tribunal supremo y de un obispo. Blunt siguió una táctica similar. Fuimos recibidos con los brazos abiertos.

– ¿Y por qué se arriesgó a visitar El Zorro y las Gallinas en la aldea de Corby? Seguramente habría podido conversar con seguridad de lo que fuera dentro del recinto.

– Era un riesgo necesario. Tenía que identificar al caballero extranjero para Blunt. Tenía usted razón. Era un famoso tratante en diamantes ilícitos llamado Bemstorff. Nos habría gustado incluirle en la acusación, pero las pruebas en su contra eran muy escasas.

Tenía una última pregunta y, al hacerla, procuré quitar todo reproche de mi voz.

– ¿No podría haberme confiado todo esto un poco antes?

– Mi querido amigo -dijo Holmes-, su convicción de que los delincuentes eran un lacayo y el mozo de los establos, convicción que, por otra parte, pronto llegó a oídos de Peterson mediante la señora Pearce y su amiga la señora Barnby, resultó inapreciable. Eso significaba que los auténticos criminales podían confiarse y seguir adelante con sus planes, cosa que hicieron para su perdición. Por cierto, leí sus dos informes cuando volví a Baker Street -añadió con un guiño-. Los encontré muy ilustrativos.

– Buen Dios -dije recordando mi descripción de «Len»-. Espero que no se los haya mostrado al inspector Blunt.

– Permanecerán completamente confidenciales para nosotros dos dijo Holmes.

No hay mucho más que decir. Un primo heredó la mansión Corby y conservó a la mayor parte del personal, incluyendo a los Pearce y a Mary Macalister. Jacob, el hijo mayor de Pearce, volvió de la guerra y no tardó mucho tiempo en pedir la mano de Mary, celebrándose el matrimonio un frío día de diciembre de 1886. Como ya he escrito antes, ocho años después yo me encontraba en nuestras habitaciones de Baker Street, mirando a unas cuantas migas de un pastel de boda en una pequeña caja blanca, cuando Holmes irrumpió y me sorprendió en ello.

Tengo la sospecha de que siente cierto remordimiento por el engaño a que me sometió en aquel caso tan primerizo. Quizá en aquella etapa de nuestra colaboración aún no había adquirido la confianza en mí que se desarrolló a lo largo de los años. Ya fuese por esta razón, o por alguna otra, Holmes se tomó la inhabitual tarea de explicarme la historia de las reliquias de la caja. Todas eran historias fascinantes, sobre todo la del caso de los gemelos de perlas, que espero poder relatar algún día.

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