LA AVENTURA DEL SECUESTRO GOWANUSJoyce Harrington


Fue una deprimente tarde de enero hace pocos años, mientras yo intentaba, sin mucho resultado, aliviar los síntomas de un reciente resfriado, cuando sonó el teléfono interior y el portero me anunció la llegada de un mensajero con un paquete para mí. Mi primera intención fue la de pedir a Carlos que firmase la entrega. Ya la recogería más tarde, cuando bajara de mi piso en el ático para surtirme de una buena provisión de gotas nasales, pañuelos de papel y limones frescos. Pero las pomposas bufonadas de los culebrones de la tele habían perdido todo interés y la curiosidad se apoderó de mí. Le ordené que hiciera subir al mensajero.

El timbre sonó momentos después. Contesté a la llamada tal y como iba vestido, con una vieja bata de lana y una bufanda envuelta alrededor de la cabeza como si fuese un turbante, para protegerme de las corrientes de aire. El personaje que estaba ante mí en el umbral proporcionaba una visión sorprendente. Era alto, por encima de los seis pies, y estaba completamente vestido con spandex negro, a excepción de un casco negro de motorista y un pasamontañas multicolor que le cubría la cara, revelando sólo un par de grandes y luminosos ojos oscuros, que miraban impasiblemente a los míos desde lo alto, y una ancha y carnosa boca que no dijo una palabra. Llevaba una bolsa de lona negra colgando en cabestrillo de un hombro, y tenía las manos cubiertas por a justados guantes de cuero negro. En una de esas manos, llevaba un sobre marrón que me alargó junto a una hoja de papel y un bolígrafo. Un dedo enguantado señaló la línea sobre la que, sin duda, deseaba que yo firmase.

Lo hice, al tiempo que buscaba en el bolsillo de mi bata un billete de dólar con el que recompensar su labor. Me cogió bolígrafo, papel y billete y, todavía sin decir palabra, galopó hasta el ascensor, donde apretó enérgicamente el botón de llamada y esperó a que subiera, saltando impaciente sobre un pie y sobre el otro mientras la pesada taleguilla rebotaba en su espalda como un maligno jinete enano que obligase a un potro recalcitrante a esforzarse aún más.

Naturalmente, ya había visto a muchos de esos Mercurios sobre dos ruedas recorriendo las calles de la ciudad y, de hecho, más de una vez había escapado por poco de una colisión con alguno que otro de su especie, pero esta era la primera vez que alguien elegía este medio de comunicarse conmigo. Se volvió para mirarme, mientras yo permanecía allí, bastante más desconcertado de lo usual, debido, sin duda, a la congestión de mis senos nasales, y con una voz grave pronunció una sola palabra.

– Irregular.

¡Irregular, efectivamente! Me di cuenta de que yo estaba lejos de ser una figura elegante con mi nariz roja y mi cabeza envuelta en una toalla, pero, ¿qué derecho tenía él a hacer comentarios sobre mi apariencia, sobre lodo habiendo recibido tan generosa gratificación? listaba a punto de protestar vehementemente cuando, a través de mis taponados pasajes nasales, hizo erupción un estornudo de tal magnitud que fui incapaz de hablar durante varios segundos. Cuando se me despejaron los sentidos, tras haber empleado una media docena de pañuelos de papel, el zaguán estaba desierto, las puertas del ascensor cerrándose, y mi visitante desaparecido.

Volví a mi apartamento, dedicando mi atención al sobre que llevaba en la mano. Estaba dirigido a mí con gruesas letras negras que casi desafiaban el ser descifradas, y carecía de remite. El sobre en sí mostraba huellas de mucho uso, arrugado, doblado y con manchas de barro en las junturas. Le di la vuelta y descubrí que la solapa estaba sellada por varias capas de cinta transparente sobre la cual se habían impreso tres claras huellas digitales. Las miré un rato, pero no me dijeron nada, y añoré la vista aguda y la mente rápida de la antigua compañera de mi vida. Pero la polifacética y voluble Diana actriz, pintora, músico, poeta de cierto renombre, cocinera de categoría cordon bleu y cazadora de bestias salvajes, tal y como indica su nombre (pero con una Nikon en vez de con un rifle para elefantes), dentro de sus muchas habilidades- hacía mucho que había dejado nuestros mutuos aposentos en busca, como ella misma dijo, «del secreto de mi existencia».

Habían pasado dos años desde el día de año nuevo de 19__, en que llenó una pequeña mochila con sólo lo imprescindible y se marchó diciendo únicamente «Cuida del apartamento, Watson, amor mío. Volveré».

Por supuesto, le imploré que me permitiera acompañarla en su viaje, pero permaneció inflexible en su negativa. «Es demasiado peligroso, mi querido amigo, y tu disfrutas demasiado de las comodidades de la civilización», fue la única razón que me dio.

Otro hombre podría haberse sentido insultado por semejante comentario sobre su valor y resistencia, pero no yo. Diana podía resultar irritante, pero siempre tenía razón. Mi salud estaba deteriorada por algunas imprudencias juveniles cometidas durante la era de Acuario, cuando abandoné la escuela de medicina para llevar una vida hippy, En aquellos momentos me contentaba quedándome en casa y escribiendo en mi procesador de textos las aventuras de mi querida amiga, tal y como ella me las relató en indolentes tardes veraniegas (y en algunas de las cuales yo había tenido una modesta participación), mientras contemplábamos la gran metrópoli, reclinados en nuestra terraza.

Iba diciendo que habían pasado dos años desde su partida, y en todo ese tiempo no recibí noticia alguna de su paradero. ¿Es de extrañar, entonces, que mirase el enigmático sobre que tenía en las manos con una mezcla de esperanza, temor e insaciable curiosidad? ¿Debía abrirlo y satisfacer rápidamente mi curiosidad? Sí. Mi mano cogió el abrecartas de marfil, recuerdo de La Aventura del Paquidermo Promiscuo, que tenía sobre mi escritorio, pero el temor detuvo mi mano. ¿Qué desagradables milicias podía llegar a contener este paquete? ¿No sería mejor fortificarse contra el abatimiento echando una dosis de brandy en la taza de té recién hecho que todavía humeaba junto a mi poltrona? Fui entonces al aparador a coger la garrafa de curiosa forma, recuerdo del apurado escape de la muerte que tuvo tugaren el caso que yo llamo El Ultimo Aliento del Soplador de Vidrio, y me eché media onza de líquido, cuidadosamente medida, en mi taza de té. Así pertrechado contra el desastre, me senté en la poltrona, me envolví confortablemente en una manta, y de jé que la esperanza llenara al máximo mi pecho.

Por el peso y tamaño del sobre, estaba seguro de que contendría una considerable cantidad de material de lectura. Una vez más examiné los garabatos negros de la dirección, pero no se parecían a ninguna letra que me fuese familiar. Diana escribe con letra clara y firme, con exactitud casi Spenceriana, y desdeña la moderna utilización del rotulador en favor de una antigua estilográfica, muy propensa a manchones y borrones. Por fin, abrí el sobre con dedos temblorosos y saqué su contenido.

Si había esperado un relato escrito, de la propia mano de Diana, contando sus aventuras durante los pasados dos años, junto con una notificación de su inminente llegada, me vi abocado a la decepción. El sobre sólo contenía una revista de esa clase que se dice destinada a la libidinosa juventud y la inmunda vejez. Con un suspiro y una tosecilla (¡Cielos! ¿Acaso mi resfriado amenazaba con invadirme la cavidad torácica?), dejé que la despreciable publicación cayera al suelo y miré por la ventana. Había empezado a caer una lluvia de aguanieve, produciendo en el exterior una helada semioscuridad equiparable a aquella bajo la que desfallecía mi ánimo.

Una broma. Eso era todo lo que podía ser. Pero, ¿quién podía haberse tomado la molestia, y los gastos, de ingeniar tan triste estratagema, que ni siquiera incluía el dudoso placer de ver el efecto que tenía sobre su presunta víctima (yo)? No tenía sentido.

Y, sin embargo, ahí estaba. Miré hacia abajo. La cara y el notable torso de una joven me miraron satinadamente, invitándome a buscar más delicias carnales en las páginas de la publicación. Pero ni siquiera cuando estaba en mi mejor estado de salud y ánimo tenía la costumbre de aliviar mi soledad con representaciones fotográficas de la divina forma de la mujer. Quiero demasiado profundamente a las mujeres para eso, y más a Diana, como para mancillar mi mente o vista teniendo otro trato con esa cosa que no fuera arrojarla al fuego de la chimenea, cuyo escaso montón de brasas me recordó que era el momento de echar otro tronco artificial.

Con esa tarea en mente, hice una bola de papel arrugando el sobre manila que hasta entonces había reposado oblicuamente sobre mis muslos. Para mi sorpresa, noté algo pequeño y duro entre los pliegues de papel. Alisé rápidamente el sobre y metí la mano en el interior. El objeto que saqué me era tan familiar como la palma de la mano sobre la que descansaba. Era un anillo, antiguo, pero de escaso valor para quien no fuese su dueño, quien, en todos los años de nuestra relación, nunca permitió que abandonara su dedo. Era el anillo de Diana, y, aunque ella nunca me contó su historia, sabía que le era más precioso que todo el oro y las joyas de la ciudadela de Harry Winston.

Paseé, desconcertado, la mirada del anillo a la revista que había en el suelo y al sobre que tenía en mi regazo. ¿Qué hacían los tres juntos? ¿Qué sentido tenía este mensaje, que ahora percibía como tal? Me deslicé el anillo en mi dedo meñique para no perderlo (y, a decir verdad, para captar las vibraciones espirituales que pudiera tener de su anterior poseedor) y rompí el sobre por la mitad. Pero, ay, no había nada dentro, y lo dejé a un lado. Cogí entonces la revista, con dedos tan temblorosos como reticentes. La examiné, página a página, obligándome al más minucioso escrutinio de cada una de las lotos, examinando cada una de sus líneas de texto en busca de alguna alteración microscópica que pudiera revelarse como un mensaje de Diana. Incluso me proveí del cristal de aumento que ella había usado con tan asombrosos resultados en La Aventura del Sueño de la Solterona, pero el tiempo que pasé ocupado en ello resultó inútil. No había ningún mensaje que yo pudiera discernir.

Cuando cerré la revista, más desconcertado aún que la primera vez que estuvo en mi mano, el anillo de mi dedo meñique se enganchó en la etiqueta de envío pegada a la cubierta y estuvo a punto de arrancarla. El nombre de la etiqueta me era desconocido, la dirección pertenecía a algún lugar de las entrañas de Brooklyn. ¿Quién era Alfred J. O'Brien de Union Street, y cómo es que tenía el anillo de Diana?

Me di cuenta enseguida de que debía ir allí cuanto antes. Cogí la guía de calles Hagstrom de la estantería y localicé la calle en cuestión, que atravesaba todo Brooklyn, desde los muelles hasta la Grand Army Plaza, en la entrada de Prospect Park. Mi mente me ofreció un vago recuerdo de un arco monumental, entrevisto brevemente varios años atrás, cuando Diana y yo nos dirigíamos al Museo de Brooklyn para colaboraren la búsqueda de un fabuloso artículo, que no estoy autorizado a mentar y que había desaparecido de su colección egipcia. Sólo puedo decir que Diana encontró el artículo desaparecido a los quince minutos de entrar en el museo, ahorrando a su director una indecible vergüenza.

La dirección en cuestión no estaba ni cerca del parque ni cerca del museo, siendo adyacente a una angosta corriente de agua identificada en el mapa como canal Growanus. Es muy cierto eso de que en esta ciudad, favorecida entre las ciudades, uno descubre continuamente nuevos atractivos. No tenía ni idea de que la ciudad de New York albergase algo semejante a un canal, y mientras me vestía para el viaje, mi mente se llenó de góndolas o, al menos, de pequeñas barcas de placer pilotadas por sonrientes barqueros. Quizá Diana había vuelto de sus aventuras y esta era su manera de atraerme a una cita romántica en un lugar idílico, poco conocido por la élite elegante que recorre Manhattan en busca de novedades.

Pensé que el tiempo difícilmente incitaba a un viaje de placer en barca, pero Diana es notablemente impermeable a ese tipo de consideraciones una vez que se ha decidido por un curso de acción. En consecuencia, me envolví en varias capas de ropa de abrigo rematadas por una gabardina muy utilizada en mis tiempos pasados, cuando vagaba solo y sin hogar por las vastas extensiones del continente norteamericano. Completé mi atuendo con unas botas del ejército, muy de moda entre jóvenes y rebeldes. Así vestido, mi resfriado y yo podríamos capear cualquier tempestad que pudiera depararnos el día. Telefoneé al fiel Carlos para que me llamara un taxi.

El taxista, un lascar de piel caoba con el improbable nombre de Rameshwar Das blasonando su permiso de alquiler, gruñó coléricamente al saber nuestro destino, pero cambió rápidamente de tono al ver aparecer un billete de diez dólares reflejado en su retrovisor, del que colgaba una chillona imagen de Kali, la Destructora.

Nos internamos en la mezquina aguanieve y, tras cosa de una hora de vagar por las resbaladizas calles, no parecíamos estar más cerca de nuestro destino que cuando dejamos el familiar vecindario al sur de Central Park. No obstante, el arisco conductor aparcó momentos después ante un edificio abandonado, desprovisto de ventanas, y cuya siniestra fachada color amarillo ocre había sido profusamente decorada con esa peculiar forma artística urbana conocida como grafiti. El edificio parecía ser un almacén, y quizá en otro tiempo fuese el hogar de alguna que otra alegre industria, pero aquel mísero día parecía estar abandonado, con un cierre de metal corrugado bloqueando la entrada a su doble puerta de garaje.

– ¿Es aquí? -inquirí.

El conductor se limitó a encogerse de hombros y señalar significativamente al taxímetro, que marcaba 22,50 dólares. Un pequeño precio si el viaje me traía noticias de Diana, reflexioné.

– ¿Y dónde está el canal? -pregunté, mirando por la ventanilla lateral a un paisaje de rotas calzadas, cubos de basura volcados y automóviles canibalizados. Mi sueño de secretos placeres venecianos se evaporaba en una incómoda sensación de peligros que acechaban detrás de cada una de las puertas que me miraban en esta olvidada calle.

El conductor señaló vagamente en la dirección a la que miraba el taxi. Miré por entre el manchado parabrisas y vi, emergiendo de la penumbra que teníamos ante nosotros, la tracería de hierro de un pequeño puente. El bajo edificio gris, que al parecer era mi destino, se extendía al norte hacia las orillas del canal, si es que había un canal.

Pagué al conductor, añadiendo a la tarifa los prometidos diez dólares, y gateé fuera del taxi hasta quedar expuesto a la helada aguanieve, que, en este desierto vecindario, iba acompañada por un fuerte viento que amenazó con derribarme. Apenas cerré la puerta, el conductor pisó a fondo el acelerador y el taxi se alejó a toda prisa, cruzando el puente y desapareciendo de mi vista. Estaba solo, sin noción alguna sobre la forma de entrar en el edificio o de lo que podría encontrar al otro lado de esas insalubres paredes.

Un examen más atento de la entrada me reveló dos cosas. El cierre de acero estaba asegurado con un pesado candado, y en el muro contiguo había empotrado un timbre corriente. Estaba a punto de llevar mi dedo a él cuando tuve un repentino pensamiento de prevención. De haber alguien en el edificio, él o ella (¿me atrevería a pensar que Diana estaba en el interior, quizá prisionera y esperando a que la rescatara?) no podría abrir el cierre desde dentro, estando además al tanto de mi presencia y pudiendo, mediante alguna otra salida, abandonar el edificio e incluso atacarme por la espalda desbaratando así mi misión.

Miré a uno y otro lado de la desolada calle. A lo lejos, un autobús se arrastraba hacia mí. A pocos metros, un gato muy sucio cruzó bruscamente la calle para refugiarse bajo los restos de un automóvil, del que quedaba poco más que un chasis retorcido. No vi ningún ser humano en la calle, cosa poco sorprendente en vista del tiempo reinante, pero un escalofrío me advirtió que estaba siendo observado. Quizá fuera mi imaginación, pero he aprendido a confiar en esas sensaciones de alarma. Puede que no fuese mas que un ama de casa ociosa, mirando por la ventana de uno de los edificios cercanos, pero quizá fuese algo más hostil. ¿Qué haría Diana en mi lugar?, me pregunté.

Mientras titubeaba, deseando no haberme apresurado tanto en despachar a Rameshwar Das y su taxi, una moto apareció por una esquina cercana, deteniéndose en el bordillo. Su conductor desmontó y aseguró rápidamente la máquina, con un aparato en forma de U, a una farola donde un cartel advertía a los motoristas: «Ni se os ocurra aparcar aquí».

– ¿Por qué has lardado tanto, pavo?-me ladró el motociclista.

Aunque su atuendo se asemejaba al del mensajero que me había entregado el sobre en mi puerta, y su cara se veía tapada por un pasamontañas similar al que añadía unas gafas protectoras de plexiglás, me di cuenta de que no era el mismo individuo. Esta persona era pequeña y ágil, y su voz aguda, casi afeminada en su entonación. Empecé a temer que había caído en alguna clase de trampa o en una conspiración de gamberros motoristas.

Me cogió la mano y empezó a arrastrarme hacia la orilla del canal. Yo me detuve, exigiendo una explicación.

– No hay tiempo -repuso, con voz aflautada-. Tenemos que entrar antes de que sea demasiado tarde.

– ¿Demasiado tarde para qué? -inquirí.

Pero estaba destinado a continuar ignorante. Con fuerza sorprendente para alguien de su tamaño, me obligó a seguirle cuando dobló la esquina del edificio amarillo, y luego por la embarrada orilla del canal. Aunque nos movimos con rapidez, no pude evitar darme cuenta de que las aguas que lamían los muros contenedores de cemento del canal eran de un repugnante tinte verdoso y de que un olor peculiar llenaba el aire helado. Una capa de hielo bajo nuestros pies transformó nuestro rápido avance en extremo peligroso, y a mi mente acudió la imagen fugaz de un chapuzón en las venenosas aguas. Eso a cuenta de lo de las góndolas.

Mi guía me soltó la mano cuando recorrimos todo el lateral del edificio y llegábamos a su trasera y, de alguna parte de su persona, sacó una llave formidable de la clase conocida como Fichet, y la insertó prestamente en una cerradura igualmente formidable de una puerta metálica, enclavada en un nicho de la lisa pared. La puerta se abrió con un crujido, y yo miré por encima de su hombro a la completa oscuridad.

– ¡Adentro! -siseó el motorista, mientras extraía de la bolsa de su espalda una potente linterna con la que procedió a iluminar el interior.

Le seguí intrigado, mirando al sendero de luz en un intento de descubrir los motivos de mi presencia allí. El anillo de mi dedo meñique pareció irradiar cierta cantidad de calor dentro de mi guante, lo cual, para un alma supersticiosa, quizá significase un mensaje de su propietario. Pero me precio de ser una persona práctica, aunque soy muy consciente de que hay fuerzas en el universo de las que nada sabemos, pese a toda nuestra sorprendente tecnología, y me acordé de que ésta era la mano que el joven aferró tan vigorosamente en nuestra travesía por la embarrada orilla del canal. Probablemente el calor que notaba no fuera más que una magulladura dejada por ese apretón. Me lo quité de la cabeza y me concentré en lo que nos rodeaba.

Mi pequeño compañero iba delante, caminando de puntillas, iluminando esto y aquello con su linterna A su luz, capté retazos de un mobiliario lujoso: aquí un vislumbre de una barra de bar con espejo donde filas de botellas, vasos y narguiles esperaban un momento de celebración, allí el brillo apagado de un tapizado de terciopelo rojo alegrado por cojines de intrincado dibujo oriental. Aunque yo también caminaba de puntillas en una imitación inconsciente de mi guía, no había necesidad de tal precaución. Una gruesa alfombra acolchaba cualquier ruido que pudiéramos hacer en nuestro avance.

– ¿Qué es este lugar? -me aventuré a preguntar.

– Guarda silencio-fue la susurrada respuesta-. Pueden haber dejado a alguien de guardia.

Algo había cambiado en su voz. Todavía era aguda e impaciente, y aún conservaba ese irritante tono de mando, pero la elección de palabras ya no era la de un golfillo callejero.

– ¿Quién eres? -exigí-. No daré un paso más hasta que lo sepa.

Mi guía apagó la linterna y nos inundó una completa oscuridad. Pero incluso en esta negrura estigia, yo tenía los sentidos completamente alertas. Oí un chasquido inconfundible y noté contra mi garganta el frío y delgado filo de una navaja.

– Lo sabrás cuando debas -susurró mi compañero-. Esperaba no tener que emplear la fuerza. Va contra mis principios, pero no me dejas otra alternativa. Que me sigas voluntariamente o a punta de navaja es algo que me trae sin cuidado, pero, sígueme o no volverás a ver a tu amiga.

– ¡Diana! -gruñí-. ¡Maldito! ¿Qué es lo que le has hecho? -El dedo que llevaba su anillo me latía dolorosamente, como haciéndose eco de su apuro.

– Cálmate. No está muy lejos. ¿Acaso no fue su mensaje lo que te trajo aquí?

– Sí. El anillo. Pero, ¿cómo sé que me lo envió ella? -Y entonces tuve el temido pensamiento-. Por lo que yo sé, han podido quitárselo de su mano muerta.

– No fue así-me aseguró, añadiendo a modo de explicación-: Soy un Irregular.

– Eso no me dice nada.

– El Servicio de Mensajería de los Irregulares. Uno de los nuestros te entregó el sobre.

– Sí. Pero, ¿qué tiene eso que ver con Diana?

– Nos ayudó una vez, en El Caso de la Bicicleta Explosiva. Siempre estaremos en deuda con ella. ¿No te lo ha contado?

– No -murmuré, algo ofendido por el hecho de que este joven tuviese acceso a una parte de la historia de Diana que me había sido negada-. Pero, ¿dónde está, y por qué estamos en este sitio abandonado de Dios?

– Estamos perdiendo el tiempo. ¿Estás conmigo o no? Quizá se necesiten tus conocimientos médicos.

– Pero no soy médico -protesté-. Nunca terminé mis estudios.

– Sabes lo bastante para ser útil. ¿Me sigues?

Lancé un suspiro. Me pareció que no tenía elección. Era seguir adelante o ser empujado a punta de navaja. Quizá algo peor. Y, como Diana estaba metida de alguna forma en esta aventura, no pensaba avergonzarme ante sus ojos.

– Te seguiré -otorgué.

Un chasquido me dijo que había cerrado la navaja automática. La linterna volvió a emitir su potente rayo de luz y procedimos a recorrer varias habitaciones del achatado edificio, cada una de ellas amueblada de forma más ostentosa que la anterior. Por fin llegamos hasta una puerta de madera, más allá de la cual había una estrecha escalera que se hundía en una negrura aún más densa que la encontrada hasta entonces. Esta escalera estaba desprovista de alfombra, y los escalones crujieron sonoramente al bajarlos. Al final de la misma una puerta de hierro nos bloqueó el paso, pero, una vez más, mi compañero sacó una llave y enseguida la atravesamos, entrando en los sótanos del edificio.

Allí todo era distinto al piso superior. Habían desaparecido todo el lujo y las comodidades, El suelo, de cemento a juzgar por su aspecto y tacto, estaba sucio por décadas de arenisca y grasa. Las paredes rezumaban humedad, y el olor del pútrido canal llenaba el aire de forma penetrante. Allí donde se enfocaba el haz de luz, legiones de cucarachas corrían para escapar de su brillo. Unas telarañas rozaron mi rostro y se pegaron, sofocantes, a mi boca y mi nariz. ¡Que Dios ayudase a Diana si estaba prisionera en esta polvorienta catacumba!

Seguimos caminando por la vasta caverna subterránea, buscando no sabía el qué. De pronto, mi guía lanzó una exclamación apagada y echó a correr. Le seguí todo lo rápidamente que pude, manteniendo los ojos clavados en la enloquecida oscilación del haz de luz. Eso resultó ser un error. Perdí pie y tropecé con algún objeto que había en mi camino. Caí al suelo, dándome de cara con la suciedad. De mi nariz brotó sangre de forma violenta, pero más violenta aún era mi humillación. Me puse de rodillas y busqué en mi bolsillo un pañuelo para restañar la sangre. Fue entonces cuando oí el tono claro y musical de la voz que tanto había añorado los últimos dos años.

– ¡Watson! ¡Ven deprisa! ¡Te necesito!

– ¡Diana! -grité-. ¿Dónde estás?

En ese momento, un sonido semejante a un trueno amortiguado reverberó en todo el edificio.

– ¡Por aquí!-dijo la amada voz-. ¡Aprisa!

Y el haz de la linterna trazó un agitado arco contra el techo en el extremo más alejado del inmenso sótano.

Me puse en pie con cierta inseguridad y me tambaleé hacia la luz, esperando encontrar a mi muy querida amiga necesitada de urgente atención médica, lo cual, quizá, estaba más allá de mis escasas habilidades. Sólo tenía escasos conocimientos de medicina, nebulosamente recordados, y ni siquiera llevaba encima el más elemental botiquín de primeros auxilios. Si le fallaba ahora, nunca podría perdonármelo.

Pero la figura postrada en el hediondo suelo no era la de Diana. Era la de un niño, un muchacho que no contaba más de diez o doce años, que yacía inmóvil como un muerto. Me arrodillé junto a él y le toqué la frente. Estaba caliente y febril al tacto. Miré a mi guía con perplejidad, buscando respuesta a todas las preguntas que se agolpaban en mi cerebro. La sorpresa barrió todas las preguntas. El motorista se había quitado el casco y el pasamontañas y sostenía la linterna de modo que pudiera iluminar completamente sus hasta entonces ocultos rasgos: el cabello dorado, los inteligentes y separados ojos grises, la delicada pero aquilina nariz, la boca decidida que ahora me sonreía con ternura.

– Siento habértela jugado así, viejo amigo. Fue necesario, pero no puedo explicártelo ahora. No hay tiempo. Tenemos que sacar a este niño de aquí antes de que descubran nuestra presencia.

¡Diana! -dije boquiabierto-. Pero, está muy enfermo y parece que se acerca una tormenta. Acabo de oír un trueno.

– Eso no era un trueno. Acaban de alzar el cierre de acero que hay en la entrada de este cubil de secuestradores. Son hombres desesperados. El chico está perdido como nos encuentren. ¿Puedes liberarlo, mientras compruebo nuestro camino de huida?

Diciendo esto, me entregó navaja y linterna y desapareció en la oscuridad.

Cuando dejaron de oírse sus pisadas, me puse a examinar las gruesas cuerdas que sujetaban las manos y los pies del infortunado muchacho, aseguradas a una argolla de hierro firmemente clavada en la pared. Puse la linterna sobre el cuerpo febril del muchacho y corté la cuerda. Diana volvía junto a mí cuando acababa con la última hebra.

– Buen trabajo, Watson -me dijo en un susurro-. Ahora cógelo y vámonos de aquí.

– Me gustaría que no me llamases Watson -me quejé, aunque hice lo que me pedía-. Ya sabes cuánto me molesta.

La verdad es que me llamo Watson, John Conan Watson, para ser exactos. Mis padres eran fervientes seguidores del legendario detective y su fiel cronista. Pero, cansado de las continuas bromas tipo «elemental, mi querido Watson», me cambié legalmente el nombre por el de Moriarty.

– Moriarty es muy redicho -replicó ella- y Watson te sienta bien. Pero no hay tiempo para discusiones inútiles. En el piso de arriba hay media docena de fanáticos sin escrúpulos celebrando el rescate que han obtenido a cambio de devolver sano y salvo al niño. Pero no tienen ninguna intención de devolverlo. Lo han traído hasta aquí desde Nueva Delhi, y el destino que le tienen reservado no es otro que el fondo de ese repugnante canal. En cuanto se hayan envalentonado con la bebida y la droga, bajarán para llevar a cabo sus malvados propósitos.

Una vez más, ella fue delante por el cavernoso espacio subterráneo, conduciéndome hasta una pequeña ventana situada a bastante altura en la pared, y cuyos cristales estaban oscurecidos por generaciones de mugre. Mientras ella forcejeaba por abrir el oxidado cierre, oí cómo se abría con un crujido la puerta de arriba y unos pasos amortiguados empezaban a descender por la escalera. Di unos golpecitos en el hombro de Diana para alertarla del peligro. En ese momento cedió el cierre, y la ventana cuyas bisagras estaban en la parte inferior se abrió con un estallido.

Diana escaló la pared con la agilidad de una cabra montesa y desapareció por la apertura. A continuación alargó los brazos para que le entregara el niño inconsciente Los efluvios del canal llegaron a mi cara, haciéndome estornudar. Las pisadas ya no estaban amortiguadas, y habían echado a correr.

– ¡Esperad, por favor! ¡Voy con vosotros! -gritó de forma apagada una voz ronca. Miré por encima del hombro. En la oscuridad del sótano, iluminado por la escasa luz que entraba por la ventana abierta, vi aparecer la agitada cara de Rameshwar Das. Enseñó una bolsa de plástico.

– He recuperado los dólares -dijo sin aliento-. Me matarán si no huyo.

– Buen trabajo, Das -dijo Diana-. Empezabas a preocuparme. Échale una mano, Watson.

Mientras alzaba al muchacho hacia la ventana abierta, volví a oír el sonido atronador del cierre de acero en la fachada del edificio. Lo habían abierto antes y ahora estaban cerrándolo. No tenía ni idea de lo que podía significar eso, pero no perdí tiempo al cogerme al marco de la ventana y alzarme hasta ella, para salir al barro cubierto de hielo del lateral del edificio. Cuando me puse de rodillas, vi la forma alta y negra del mensajero que había iniciado esta aventura asomar por la esquina del edificio con los brazos levantados en un saludo victorioso.

– ¡La puerta está cerrada! -gritó-. No pueden salir por ahí.

Diana asintió aprobándolo y señaló hacia la puerta abierta. El mensajero buscó en su bolsa de lona y sacó un objeto que reconocí de mis ardientes días como pacifista: un bote de gas lacrimógeno.

– Espera a que todos bajen al sótano. Arrójalo entonces dentro -le instruyó Diana-. Después ve por tu moto y trae a la policía.

Le dejamos y fuimos hasta la trasera del edificio, donde un caballero bajo y rotundo, de encamada tez, terminaba de construir ante la puerta de atrás una barricada consistente en varios colchones viejos y un somier oxidado.

– No aguantará, O’Brien. Lo derribarán enseguida -gritó Diana cuando pasamos corriendo junto a él, con el muchacho inconsciente otra vez en mis brazos,

– Ah, no tema, señora -repuso O’Brien guiñándole un ojo-. Pienso traer mi viejo camión para asegurarlo. Ni se moverá.

– Hazlo rápido entonces -le advirtió Diana-. Los queremos atrapados dentro para cuando llegue la policía.

– Y yo quiero estar muy lejos de aquí para entonces -dijo O’Brien-. Los chicos de azul no sienten ningún aprecio por mí.

Corrió hacia un destartalado camión de remolque aparcado junto al bordillo, mientras nosotros seguíamos a Rameshwar Das hasta su taxi.

El muchacho había estado todo este tiempo inmóvil e inconsciente en mis brazos, pero cuando nos acomodamos en el asiento trasero y Das encendió el motor, sus ojos parpadearon y lanzó un débil gemido.

Estaba sobre nuestros regazos, con su cabeza reposando en el de Diana. Le acarició la frente y lo consoló con una delicadeza asombrosamente maternal.

– Vamos, vamos. Y a estás a salvo -canturreó-. Pronto volverás a estar en casa. Tu padre te espera en el Hotel Plaza.

El conductor del taxi se volvió para miramos.

– ¿Le contarás a Sri Purandar Krishnamurthi mi papel en este asombroso rescate? Quizá me dé una recompensa.

Sus ojos miraron nostálgicos a la bolsa de plástico, que ahora descansaba a salvo en el asiento, a mi lado.

– Todavía no estamos a salvo -le dijo Diana con severidad-, y no lo estaremos si no mantienes la vista en la carretera. -Su tono de voz se suavizó-. Sri Krishnamurthi es un hombre generoso. No dejará de recompensarte. Le contaré el gran peligro que has afrontado para ayudamos a liberar a su hijo.

– Y yo estaré rezando para que Kali aparte su oscuro rostro de tu camino y que Parvat te de muchos hijos.

Tras decir esto, Rameshwar Das dedicó toda su atención a buscar un modo de sacamos de Brooklyn, cantando todo el tiempo una aguda y repetitiva melodía, no desagradable al oído pero que, desde luego, no era el número uno en la lista de grandes éxitos.


Una hora después estábamos todos reunidos alrededor de una mesa de té en una elegante suite del Hotel Plaza. Nuestro anfitrión, un caballero de edad mediana, de aire ascético, con un único distinguido mechón gris hollando su brillante pelo negro, sonreía mientras su muy joven esposa, vestida con un precioso sari verde y oro, lloraba de alegría.

– Si ahora lloras, Anjali -dijo él, reprendiéndola gentilmente-, ¿qué habrías hecho si estas valientes almas no nos hubieran devuelto a nuestro hijo?

– Me habría muerto -dijo simplemente-. Es nuestro único hijo y no podremos tener otros. -Se volvió hacia Diana-. Han hecho un milagro. Por favor no me consideren una grosera si les dejo para ir con mi hijo. Sé que el doctor ha dicho que se recuperará, pero quisiera estar con él cuando abra los ojos, para que así pueda reconocer el rostro de su madre.

Y se fue al dormitorio donde yacía el niño, rodeado de todos los cuidados y comodidades que podía proporcionarle su padre.

– Aún no se ha dado cuenta, y espero que nunca lo haga, de que esta conspiración estaba dirigida contra ella -dijo Purandar Krishnamurthi-. No tenía como objetivo la mera ganancia del dinero del rescate, sino el distraerla de su cruzada contra los asesinos de esposas. En nuestro infortunado país, miles de jóvenes esposas son asesinadas cada año por sus maridos para conseguir sus despreciables dotes. Las dotes son pequeñas y la vida es dura. Si el marido o su familia son ambiciosos, arreglan un «accidente» en la cocina. La joven esposa muere entre llamas, y el marido es libre para casarse otra vez y conseguir otra dote. La policía confiesa estar impotente para impedirlo. Anjali ha denunciado públicamente esta práctica y es la dirigente de un movimiento para proteger a esas pobres mujeres. Su causa es tan justa que le cuesta creer que haya hecho tantos enemigos. Descubrieron que pensaba hacer una aparición en la televisión de aquí, en los Estados Unidos, y esperaban por este medio poner fin a sus planes.

– Creo que hay algo más que eso -dijo Diana-. Es usted un hombre influyente en la política de su país. He oído hablar de usted como de un hombre en alza. También tiene enemigos. Si hubieran tenido éxito en matar a su hijo, Anjali habría sido su siguiente víctima. Habrían preparado su muerte para que pareciera otro de esos asesinatos de esposas. Dirían que la mató porque no podía darle más hijos, El escándalo habría arruinado su carrera. En estos momentos la policía debe haber arrestado ya a los secuestradores, pero sólo son una fracción de las fuerzas que se han aliado en su contra Tenga mucho cuidado durante su visita aquí y cuando vuelva a casa.

– No puedo agradecérselo lo suficiente, señorita Adler -dijo Krishnamurthi, adoptando un tono algo ceremonial-. Si no hubiera dado la casualidad de que aquel aciago día, hace sólo una semana, usted estuviera en la audiencia cuando Anjali recibió la nota de rescate, quizá no habríamos vuelto a ver a nuestro hijo. Quisiera recompensarla por su ingenio y su valor.

Su mano se posó en la bolsa de la compra llena de dinero.

Diana sonrió y agitó su dorada cabeza. Rameshwar Das, al otro lado de la mesa, bebía té y mordisqueaba unas pastas.

– Si debe recompensarse a alguien -dijo Diana-, debe ser a los valientes muchachos que tanto nos ayudaron en esta aventura. El motorista enmascarado del Servicio de Mensajeros Irregulares, Alfred J. O’Brien, vigilante del local donde tenían a su hijo, y Rameshwar Das, que se infiltró en la banda y recuperó el rescate.

– Así será -dijo Krishnamurthi.

– ¡Oh, que inmensa buena fortuna! gritó el conductor del taxi, tragándose una pasta de una sola vez-. Abriré inmediatamente un restaurante. Mi mujer cocinará. Mis hijos serán los camareros. Mis hijas lavarán los platos. Nos volveremos todos ricos.

El Hotel Plaza no estaba muy lejos de nuestro edificio de apartamentos del sur de Central Park y, aunque Rameshwar Das se ofreció a llevamos sin cobrar, preferimos ir caminando. El aguanieve había dejado de caer, dejando la tarde despejada pero todavía fría. Tenía tantas preguntas dando vueltas en mi cerebro que apenas sabía por donde empezar.

– ¿Qué diablos hacías en la India?

– He estado recorriendo el mundo -replicó Diana-. La India sólo fue mi última parada. Y a era hora de que volviese a casa, y habría venido de todas formas aunque no me hubiese encontrado esta aventura que me ha traído hasta aquí.

– ¿Y qué has descubierto? -pregunté a continuación.

– Ah, eso Watson, es tema para otro día. Un día en que el sol brille sobre nuestra terraza y que estemos de humor para contar historias. De momento, sólo puedo decir que lo que sospechaba desde hace tiempo es cierto. Como ya sabes, mi segundo nombre es Irene, y mi abuela era cantante de ópera. Murió joven, pero no sin antes tener un hijo. La identidad del padre de ese niño siempre ha sido un misterio familiar. Se sabe que no era el marido de Irene Adler, ni lo era el rey de Bohemia, como se ha llegado a rumorear. Creo que he resuelto el misterio.

– Pero, ¿quién…?

Habíamos llegado ya a nuestro edificio y el fiel Carlos abrió la puerta, dándonos la bienvenida efusivamente.

– ¡Señorita Adler! -exclamó-. Creía que no volvería a verla. Vino un policía a dejar un mensaje para usted; la espero desde entonces. ¡Bienvenida a casa!

Y tras decir esto, le entregó un sobre cerrado con su nombre escrito garrapateado en él.

– Gracias Carlos -dijo guardándose el sobre en un bolsillo-. Cuando llegue mi equipaje, tendré algo para usted. Un recuerdo de su país.

– ¿También has estado en Ecuador? -exclamé.

– En todo el mundo -repitió ella cansinamente-. Y ahora debo descansar.

Entramos en el ascensor y se dejó caer contra la pared.

– ¿Qué pasa con el mensaje de la policía? -pregunté.

– Puede esperar -murmuró-. Es para decirme lo que ya sé, que la banda de secuestradores ha sido capturada y puesta entre rejas, o para meterme en un caso que no pueden resolver. Lo leeré mañana. Pero esta noche, Watson, amor mío, esta noche tendremos que ponemos al corriente el uno con el otro.

Y, con esto, tuve que contentarme.

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