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-¡Ay Dios mío! -exclamó de pronto Urmila, tirando de la cortina de plástico del reservado.

-¿Qué? -preguntó Murugan.

-Sonali-di -repuso Urmila-. Tengo que encontrar un teléfono.

Cruzó apresuradamente la sala hasta el escritorio del gerente, al fondo del restaurante, y cogió el teléfono. Murugan esperó para pagar la cuenta y luego fue a reunirse con ella.

Cuando llegó a su lado, ella miraba fijamente el teléfono, conmocionada.

-Sonali-di ha desaparecido -anunció-. No se ha presentado en su despacho y no está en su casa. Esta mañana no ha asistido a una reunión de redactores y están tratando de localizarla. Nadie la ha visto desde anoche. En su piso no contestan al teléfono. Al parecer, yo fui la última persona que habló con ella.

-¿A qué hora fue eso?

-Sobre las diez y media, me parece. Fuimos juntas a su casa y me marché sobre esa hora.

-Tengo noticias para ti, Calcuta -le dijo Murugan-. Yo la vi después que tú.

-¿Cómo? -exclamó Urmila-. Pero si ni siquiera la conoces.

-Pero la vi a pesar de todo -afirmó Murugan-. Anoche salí al balcón a eso de la una, y la vi apearse de un taxi: entró en el número tres de la calle Robinson…

Con un gemido de desesperación, Urmila le apartó a un lado.

-¿Por qué no me lo has dicho?

Salió corriendo y paró un taxi.

-Vamos -le gritó, volviendo la cabeza-. Tenemos que darnos prisa.

Murugan subió tras ella y cerró de un portazo.

-A la calle Robinson. Entre Loudon y Rawdon -ordenó Urmila al taxista. Luego se volvió a Murugan para decirle-: Debemos encontrar a Sonali. Tenemos que intentar prevenirla.

-¿Por qué a ella?

-¿No lo entiendes? Porque ella también está metida en esto: ella fue quien me contó esa historia.

Acababa de empezar la hora punta de la tarde y, cuando el taxi llegó a Chowringhee, el tráfico ya era denso. Urmila se inclinó hacia el asiento delantero, instando al taxista a que avanzara.

Cuando Murugan volvió a dirigirse a Urmila, su voz era extrañamente tranquila.

-Escucha, Calcuta -le dijo-. Llevas sin parar desde esta mañana; quizá debas tomarte un pequeño descanso, sólo para pensar bien las cosas.

-¿Qué tengo que pensar bien? -repuso Urmila en tono distraído.

Ya estaban en la calle del Teatro, junto al Hotel Kennilworth, y en el aire se respiraba el aroma de los kebabs.

-Si quieres seguir adelante con esto -dijo Murugan.

-¿Y qué otra cosa podría hacer? -exclamó ella, sorprendida.

-Podemos parar el taxi aquí mismo y tú podrías bajarte y volver a casa -sugirió Murugan-. A seguir con lo que estuvieras haciendo.

Una sombra cayó sobre el rostro de Urmila.

-¿Volver a casa? -dijo para sí, en un murmullo, posando la mirada en los pulcros y relucientes edificios del Instituto Británico. Si volvía a casa tendría que comprar pescado por el camino. Su madre no le creería si le dijese que Romen Haldar no iría a su casa por la noche a ofrecer a su hermano un contrato para primera división. Ya la estaba oyendo: «Bueno, lo que pasa es que no te importamos nada: tu familia no significa nada para ti; sólo te preocupas de ti y de tu carrera. Por eso no hay nadie que quiera casarse contigo; por eso decía el otro día la señora Gangopadhya que…»

Urmila se volvió a Murugan y, sacudiendo enérgicamente la cabeza, le contestó:

-No. No quiero volver a casa.

-Es tu vida, Calcuta. Tú sabrás -comentó filosóficamente Murugan.

En el cruce de Loudon creció el tráfico y el taxi se detuvo traqueteando. Urmila apartó la vista de la tienda de Pierre Cardin de la esquina. Al volverse a Murugan, sus ojos chispeaban de curiosidad.

-Y tú, ¿qué? -le dijo-. ¿Por qué vas a seguir? ¿Por qué llevas tanto tiempo con esto?

-¿No lo adivinas?

Urmila sacudió la cabeza.

-No.

Murugan la miró con una desconsolada sonrisa.

-No soy yo -dijo-. Sino lo que tengo dentro.

-¿Malaria, quieres decir?

-Eso también.

-¿Qué más?

Hubo una breve pausa y luego, en voz baja, Murugan dijo:

-Sífilis.

Urmila dio un respingo, encogiéndose involuntariamente. Murugan se volvió hacia ella, con los ojos entornados.

-No tienes por qué preocuparte. No es contagioso: hace mucho que estoy oficialmente curado.

-Lo siento…

Urmila no fue capaz de decir nada más.

Murugan mantuvo los ojos en las tiendas, puestos de comida y agencias de viajes que flanqueaban la calle. Sin volver la cabeza, dijo:

-Creo que todo empezó por ahí. -Hizo un gesto vago hacia la línea donde los edificios se juntaban con el horizonte-. En la calle Free School. Tenía quince años: acababa de ver una película en el Globe, después del colegio. Camino de casa, pasaba por delante del Mercado Nuevo cuando un individuo se me acercó y me musitó algo al oído. Supuse que era un chapero: estaba leyendo muchas novelas policíacas americanas. Yo llevaba los pantalones manchados de tinta del colegio y una camisa sudada de todo el día, con mis libros de texto y mis cuadernos de notas colgados al hombro. Él iba con un lungi verde a cuadros y tenía un bigotito fino y los ojos inyectados en sangre. Antes de murmurarme al oído, me guiñó un ojo y me sonrió enseñando los dientes. El aliento le oía a betel y alcohol rancio. Fue irresistible. Yo sólo tenía cinco rupias, pero bastaron. Me llevó por uno de esos pequeños callejones que rodean la calle Free School, justo a la vuelta de la esquina del colegio armenio, donde nació William Thackeray. Subimos por una oscura y maloliente escalera que parecía conducir al ano del mundo. Pero cuando llegamos arriba hubo un gran estallido de luz y ruido y voces y música: fue como entrar en una verbena, una estancia enorme, flanqueada de pequeños cubículos con cortinas, y vendedores de té y betel, y todas aquellas mujeres sentadas en sillas alineadas contra la pared, con guirnaldas de flores en las muñecas. No me eché atrás; estaba enganchado. Me fascinaban; me encantaba todo lo de ellas, incluso la forma en que se reían a mi espalda cuando bajé corriendo la escalera, después, con los pantalones a medio abrochar.

Guardó silencio, sonriendo para sí.

-Y luego empezaron a aparecer las lesiones -prosiguió-: llagas y costras y dientes que se caían. Cambié de forma de vestir; llevaba mucha ropa, cada vez más, incluso en esos días de junio en que el calor es como una taladradora al acecho para sacudirte en la cara. Logré ocultar las pústulas durante, bueno, no sé, meses en cualquier caso, aunque para entonces me dolían, Dios, cómo me dolían. Y finalmente llegó un momento en que no hubo manera de ocultarlo. Por eso fue por lo que mi familia tuvo que marcharse de la ciudad: por vergüenza.

-Pero la sífilis ya tiene cura, ¿no? -le preguntó Urmila-. Con antibióticos, ¿verdad?

-Pues claro. Yo me he curado. Ahora se puede curar…, menos los estragos que te causa en la cabeza.


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