15

El diseño se extendía allá abajo, misterioso como siempre, sin flechas que señalaran nadó, sin indicaciones, sin carteles.

— ¿Alguna idea? ¿Por dónde comenzamos? — pregunté.

— ¿Seguimos la intuición, como siempre? — sugirió Leslie.

— La intuición es demasiado amplia; está demasiado llena de sorpresas — dije —. Nosotros no buscábamos a Tink; a Mashara… ni a Atila. ¿Podrá la intuición llevarnos al lugar exacto del esquema en que estábamos cuando desapareció Los Angeles?

Era como uno de esos perversos tests de inteligencia: cuando se conoce la respuesta parecen fáciles, pero para cuando la descubrimos ya nos hemos vuelto locos.

Leslie me tocó el brazo.

— Cuando aterrizamos por primera vez en el esquema, Richard — dijo —, no encontramos a Atila, a Tink ni a Mashara. Al principio pudimos reconocernos:

en Carmel, donde nos conocimos, éramos tú y yo jóvenes. Pero cuanto más volábamos…

— ¡Correcto! Cuanto más volábamos, más cambiábamos. ¿Propones que volvamos hacia atrás para ver si encontramos algo conocido? ¡Por supuesto!

Ella asintió.

— Podríamos intentarlo. ¿Hacia adónde es atrás?

Miramos en todas direcciones. Había un diseño brillante por todas partes, pero ni sol ni detalles geográficos: nada que nos sirviera de pista.

Ascendimos en espiral, observando el esquema en busca de cualquier señal que nos indicara un sitio donde hubiéramos descendido anteriormente. Por fin, muy abajo y a nuestra izquierda, me pareció ver el borde del rosado intenso y dorado donde habíamos encontrado a Pye.

— Mira, Leslie… — Incliné el ala de Gruñón para que ella pudiera ver. — ¿No te parece…

— Rosado. Rizo. ¡Rosado intenso y oro! — exclamó ella.

Nos miramos mutuamente, con cautelosa esperanza, y ascendimos un poco más, siempre en espiral.

— Sí, es eso — dijo Leslie —. Y más allá… más allá del rosado, ¿no hay verde? ¿Como donde encontramos a Mashara?

Nos inclinamos pronunciadamente a la izquierda, dirigiéndonos hacia los primeros panoramas familiares que veíamos en el diseño.

El hidroavión zumbaba sobre la matriz de las vidas, diminuta mota en ese vasto cielo; dejó atrás los verdes y los dorados de Mashara, los corales que escondían aquella dolorosa noche de Moscú, la oscuridad borravino de Atila. Era como si lleváramos horas volando desde el despegue.

— Cuando desapareció Los Angeles, el agua era azul con senderos de oro y plata, ¿recuerdas? — dijo Leslie, señalando el horizonte lejano — ¿No es aquello? ¡Sí! — exclamó, con los ojos chisporroteando de alivio — No es tan difícil. ¿Es tan difícil?

Sí que lo es, pensé.

Cuando cruzamos el borde de los azules y dorados, esos colores se extendieron ante nosotros hasta el límite de la vista. En algún sitio, allí, existía una pequeña porción de agua donde necesitábamos descender: el portal de nuestro propio tiempo. ¿Dónde?

Seguimos volando, girando hacia aquí y hacia allá, alertas a la aparición de los dos caminos brillantes que nos habían llevado a nuestro primer encuentro, en Carmel. Había allá abajo millones de senderos, millones de paralelas e intersecciones.

— Oh, Richie — dijo mi esposa, por fin, con voz tan apagada como había sido brillante un rato atrás —, ¡no podremos hallarlo!

— Claro que sí —le aseguré. Pero mi yo interior temía que ella estuviera en lo cierto. — ¿Será hora de probar otra vez con la intuición? No tenemos mucho que elegir. Aquí todo parece igual.

— Bueno — dijo — ¿Tú o yo?

— Tú —respondí.

Se relajó en el asiento, con los ojos cerrados, y guardamos silencio por algunos segundos.

— Gira a la izquierda. — ¿Percibiría el dolor de su propia voz? — Desciende girando a la izquierda…


La taberna estaba casi desierta. Había un hombre solo en un extremo del mostrador y una pareja de pelo blanco en una cabina, al costado.

¿Qué hacemos en un bar? me extrañé. Los detesto desde siempre. Cruzo las calles para evitarlos.

— Salgamos de aquí.

Leslie me puso una mano en el brazo y me impidió partir.

— Muchos lugares nos parecieron errores cuando descendimos — recordó —. ¿Puedes decir que Tink haya sido un error? ¿O lo ocurrido en el lago Healey? Tarde o temprano le encontraremos sentido.

Caminó hacia el bar y se volvió a mirar a la pareja de ancianos sentados en la cabina. Sus ojos se ensancharon.

Fui a reunirme con ella.

— ¡Asombroso! — susurré — Somos nosotros, sí, pero…

Meneé la cabeza.

Pero cambiados. La cara de la mujer estaba tan arrugada como la de él; su boca era igualmente dura. El hombre estaba demacrado y ceniciento. No parecía viejo, sino derrotado. En la mesa había dos botellas de cerveza, hamburguesas y patatas fritas en los platos. Entre ambos, con la cubierta hacia abajo, una edición barata de nuestro último libro. Ambos estaban enfrascados en su conversación.

— ¿Qué te parece? — preguntó Leslie, también en susurros.

— ¿Nosotros alternativos, en nuestro propio tiempo, leyendo nuestro libro en un bar?

— ¿Por qué no nos ven? — preguntó ella.

— Probablemente están ebrios — dije —. Vámonos. Ella no prestó atención.

— Deberíamos hablar con ellos, pero detesto la idea de intervenir. Parecen tan sombríos… Sentémonos en la cabina contigua por un minuto. Así podremos escuchar.

— ¿Escuchar? ¿Quieres escuchar subrepticiamente conversaciones ajenas, Leslie?

— ¿No? Bueno, intervén tú. Yo me reuniré con vosotros en cuanto compruebe que no les molesta tener compañía.

Estudié a la pareja.

— Quizá tengas razón — reconocí.

Nos deslizamos en la cabina contigua, en el asiento más alejado, para poder observar sus rostros.

El hombre tosió y dio una palmadita al libro que estaba frente a su esposa.

— ¡Yo podría haber hecho esto! — dijo, entre mordiscos a su hamburguesa —. ¡Podría haber hecho todo lo que dice este libro!

Ella suspiró.

— Tal vez sí, Dave.

— ¡Pero te digo que sí! —El hombre volvió a toser. — Mira, Lorraine: ese tipo pilotea un biplano antiguo. ¿Y qué? Yo empecé a volar como sabes. Llegué casi a volar solo. ¿Qué tiene de difícil pilotear un avión viejo?

Yo no escribí que fuera difícil, pensé. Escribí que, mientras trabajaba como piloto ambulante, me di cuenta de que mi vida estaba estancada.

— El libro habla de otras cosas, además de aviones viejos — observó ella.

— Bueno, pero es muy mentiroso, el tipo. Nadie se gana la vida de ese modo, llevando pasajeros de paseo y aterrizando en henares. Eso es un invento. Y esa esposa fantástica también ha de ser un invento. Eso es todo mentira, ¿no te das cuenta?

¿Por qué era tan cínico? Si yo hubiera leído un libro escrito por un yo alternativo, ¿no me habría visto en las páginas? Y si él es un aspecto de quien soy ahora, pensé, ¿por qué no tenemos los mismos valores? ¿Qué hace en un bar, bebiendo cerveza, por el amor de Dios, y comiendo el cadáver picado y quemado de una pobre vaca?

Aquel día era un alma desdichada, y al parecer no había sido otra cosa en mucho tiempo. Su cara era la que yo veía en el espejo todos los días, pero con arrugas tan marcadas, tan profundas, que era como si hubiera estado tratando de cruzársela con un cuchillo. Había algo patético en él, cierta tensión en el aire; sentí deseos de alejarme, de salir de allí.

Leslie vio mi aflicción y me tomó la mano, pidiéndome paciencia.

— Y si los dos son un invento, Davey, ¿qué importa? — preguntó la mujer —. Es sólo un libro. ¿Por qué te enojas tanto?

El terminó la hamburguesa y tomó una patata frita del plato de su esposa.

— Sólo te digo que me fastidiaste a muerte para que lo leyera, y lo leí. Lo leí y no tiene nada extraordinario, caramba. Yo habría podido hacer todo lo que este tipo hizo. No sé por qué te parece tan… Lo que te parezca.

— A mí no me parece nada. Me parece que es como acabas de decir: que los de ese libro podríamos haber sido nosotros.

Como él la mirara, sobresaltado, ella levantó la mano en ademán de déjame-hablar.

— Si hubieras seguido piloteando, ¿quién sabe? Y también escribías, ¿recuerdas? Trabajabas en el Courier y escribías cuentos por las noches. Igual que él.

— ¡Uf! — protestó el hombre —. Cuentos por las noches. ¿Y qué gané con ellos? Notas de rechazo. Una caja llena de billetitos impresos con notas de rechazo; ni siquiera cartas enteras. ¿Para qué?

La voz de la mujer era casi dulce.

— Quizá abandonaste demasiado pronto.

— Quizá. ¡Te digo que yo perfectamente hubiera podido escribir esa tontería de la gaviota! Cuando era niño solía ir al muelle, a ver cómo volaban los pájaros. Quería tener alas como ellos.

Lo sé, me dije. Te acurrucabas entre las rocas grandes, donde no se te viera, y las gaviotas pasaban tan cerca que hasta podías oír el viento en sus alas, espadas plumíferas que pasaban veloces. De pronto, un giro y un destello y se iban con el viento, como murciélagos, libres en el cielo. Y tú quedabas allí, anclado a la roca sólida.

De pronto me invadió la compasión por ese hombre. Me escocían los ojos al contemplar aquella cara gastada.

— Yo podría haber escrito ese libro, palabra por palabra. — Volvió a toser. — Hoy en día sería rico.

— Sí — coincidió ella.

Terminó su hamburguesa en silencio. El pidió otra cerveza, encendió un cigarrillo y desapareció por un rato en humo azul.

— ¿Por qué dejaste de volar, Dave, si tanto te gustaba?

— ¿Nunca te lo dije? Simple. Tenías que pagar una fortuna para aprender; eran como veinte dólares la hora, en los tiempos en que con veinte dólares a la semana se podía vivir. Si no, tenías que trabajar como un esclavo lustrando los aviones y atendiendo la bomba de combustible de la mañana a la noche. Todo para hacer un solo vuelo. ¡Yo nunca he sido un esclavo de nadie!

Ella no respondió.

— ¿Tú harías algo así?. — preguntó el hombre — Volver a casa apestando a cera y gasolina, todas las noches de tu vida, sólo por una hora de vuelo a la semana. A ese paso me habría llevado todo un año conseguir mi licencia. — Exhaló un largo suspiro. — «Muchacho, limpia ese aceite.» «Muchacho, barre el hangar.» «Muchacho, saca la basura.» ¡No, eso no es para mí!

Chupó el cigarrillo como si fuera el recuerdo mismo lo que ardía en la punta.

— El ejército no era mucho mejor — dijo, en su nube —, pero al menos pagaba en efectivo. — Miró sin ver al otro lado de la habitación, perdida la mente en otro tiempo. — Salíamos de maniobras y, a veces, las aviones de combate pasaban por sobre nosotros como lanzas, ¿sabes? Bajaban y volvían a ascender enseguida, hasta perderse de vista. Y yo lamentaba no haberme enrolado en la Fuerza Aérea, así habría sido piloto de combate.

No, pensé. Lo del ejército fue una buena elección, Dave. Al menos en el ejército se suele matar a una persona por vez.

Volvió a exhalar el humo y tosió.

— No sé. A lo mejor tienes razón con respecto al libro. Ese podría haber sido yo. Y ella podrías haber sido tú, eso sí. Bonita como eras, podrías haber sido actriz de cine. — Se encogió de hombros. — En ese libro pasan por malos momentos. Es culpa de él, por supuesto. — Hizo una pausa y aspiró otra bocanada de humo, con cara triste. — No les envidio esa parte, pero sí, un poco, los resultados que obtuvieron.

— No te me pongas melancólico — pidió ella —. ¡Yo me alegro de que no seamos ellos! En su vida tienen algunas cosas gratas, pero todo pende de un hilo. Es demasiado extraño para mí. Si estuviera en el lugar de ella, no podría dormir. Tú y yo hemos vivido bien; tuvimos buenos empleos, nunca nos quedamos sin trabajo ni fuimos a la quiebra y eso nunca nos pasará. Tenemos una casa confortable y algún dinero ahorrado. No seremos la gente más loca del mundo, no seremos los más felices, pero te amo, Dave…

El le palmoteó la mano, muy sonriente.

— Yoteamomásquetúamí.

— ¡Oh, David! — protestó ella, meneando la cabeza.

Guardaron silencio por largo rato. ¡Cuánto habían cambiado, para mí, en esos pocos minutos pasados cerca de su mesa! Lamentaba que Dave hubiera aprendido a fumar, pero el hombre me caía bien. De la aversión había pasado a la simpatía por ese aspecto de mí que nunca conociera. El odio. es el amor sin los datos necesarios, había dicho Pye. Cuando alguien nos desagrada, ¿existen datos que, si los supiéramos, nos harían cambiar de opinión?

— ¿Sabes qué voy a regalarte para nuestro aniversario? — preguntó ella.

— ¿Conque regalos de aniversario, ahora? — se extrañó él.

— ¡Lecciones de vuelo! — dijo la mujer.

El la miró como si la creyera loca.

— Todavía puedes, Davey. Sé que puedes. Por un momento reinó el silencio.

— Maldición — protestó el hombre —. No es justo.

— Nada es justo — dijo su esposa —, pero ya sabes… A veces te dicen seis meses y después se va ¡y uno vive años enteros!

— Fue tan rápido, Lorraine… Ayer me enrolé en el ejército. ¡Y fue hace treinta años! ¿Por qué nadie te dice que todo pasa tan rápido?

— Te lo dicen — murmuró ella.

El suspiró.

— ¿Y por qué no prestamos atención? — ¿Habríamos cambiado algo?

— Ahora sí — aseguró él — Si tuviera que vivir otra vez, sabiendo…

— ¿Qué dirías ahora a nuestros hijos, si los tuviéramos? — preguntó la mujer.

— Les diría que piensen siempre: ¿De veras quiero hacer esto? ¡No importa lo que se haga, sino que uno lo haga porque quiere!

Ella lo miró, sorprendida. Sin duda no suele hablar de ese modo, adiviné.

— Les diría que no es divertido — continuó el hombre —, cuando te quedan seis meses de vida, preguntarte qué pasó con lo mejor que pudiste haber sido, qué pasó con lo que importaba. — Tosió, con el ceño fruncido, y apagó. el cigarrillo en el cenicero. — Les diría que nadie quiere dejarse llevar por la… mediocridad, pero así ocurre, muchachos; ocurre, a menos que uno piense en todo lo que quiere hacer, a menos que uno decida siempre lo mejor que pueda.

— Deberías haberte dedicado a escribir, Davey. El hizo un gesto negativo con la mano.

— Es como si, al final, te encontraras con un examen sorpresivo: ¿Estoy orgulloso de mí mismo? ¡Entregué mi vida para convertirme en la persona que soy ahora! ¿Valía el precio que pagué?

De pronto se lo oía terriblemente cansado.

Lorraine sacó un pañuelo de papel de su bolso, apoyó la cabeza en el hombro de Dave y se enjugó las lágrimas. El marido la abrazó, le dio palmaditas, se enjugó también los ojos y ambos guardaron silencio, sin contar aquella tos empecinada.

Tal vez fuera demasiado tarde para dar el mensaje a sus hijos, pensé, pero lo había dado a alguien. Lo había dado a su esposa y a nosotros, que estábamos a una mesa y un universo de distancia. Oh, Dave…

¿Cuántas veces había imaginado a ese hombre, cuántas veces había probado ciertas decisiones con él? Si me negara a esta prueba, si optara por lo más seguro, ¿cómo me sentiré cuando mire hacia atrás? Algunas elecciones eran fáciles noes: no, no quiero asaltar bancos; no, no quiero ser drogadicto; no, no quiero arriesgar la vida por una emoción barata. Pero la decisión de seguir cualquier aventura verdadera se medía por el punto de vista de sus ojos: cuando recuerdo esto, ¿me alegraré de haber tenido coraje o me alegraré de no haberlo tenido? Y allí lo tenía, en persona, explicándolo.

— ¡Pobrecitos! — dijo Leslie, con suavidad —. ¿Somos nosotros, Richie, lamentándonos de no haber vivido de otro modo?

— Trabajamos demasiado — murmuré, a mi vez —. Es una gran suerte estar juntos. Me gustaría que tuviéramos más tiempo para disfrutarlo, para gozar tranquilamente de la mutua compañía.

— ¡También a mí! Mira, podemos tomarnos las cosas con más calma, wookie — dijo Leslie —. No hace falta que asistamos a tantas conferencias, que filmemos películas, que iniciemos diez proyectos al mismo tiempo. Creo que ni siquiera es necesario luchar contra la Dirección Impositiva. Quizás deberíamos haber abandonado el país, ir a Nueva Zelandia y pasar el resto de nuestra vida de vacaciones, como tú querías.

— Me alegro de que no lo hayamos hecho así — dije —. Me alegro de que nos hayamos quedado. — La miré, la amé por los años que habíamos pasado juntos. Por muy trabajosos que hubieran sido, también me habían dado el mayor goce de mi vida.

Tiempos difíciles, tiempos felices dijo ella, con los ojos, yo tampoco los cambiaría por nada.

— Cuando volvamos a casa tomaremos unas largas vacaciones — propuse, recorrido interiormente por una nueva comprensión, una nueva perspectiva brindada por esa pareja ya desvaída.

Ella asintió.

— Replantearemos la vida.

— ¿Sabes qué estoy pensando, Davey, tesoro? — dijo Lorraine, componiéndoselas para sonreír. El carraspeó y le devolvió la sonrisa.

— Nunca sé en qué estás pensando.

— Creo que deberíamos tomar una servilleta, así — metió la mano en su bolso —, y un lápiz, y hacer una lista de lo que más deseamos, para que estos seis meses sean… los mejores de nuestra vida. ¿Qué haríamos si no existieran los médicos, con todos sus esto-sí y esto-no? Si reconocen que no pueden curarte, ¿qué derecho tienen a decirnos qué debemos hacer con el tiempo que nos queda para vivir juntos? Creo que deberíamos hacer esta lista y ¡adelante! vivir como deseamos.

— Eres una locuela — dijo él.

Lorraine escribió en la servilleta:

— Lecciones de vuelo, por fin.

— Oh, vamos — protestó Dave.

— Tú mismo dijiste que podías hacer lo que hizo ese tipo — recordó ella, tocando el libro —. Vamos, dime, sólo para entretenernos: ¿qué más?

— Bueno, siempre he querido viajar. Si vamos a soñar, me gustaría ir a Europa.

— ¿A qué lugar de Europa? ¿Algún país en especial?

— A Italia — dijo él, como si lo hubiera soñado toda su vida.

Ella arqueó las cejas y lo anotó.

— Y antes del viaje me gustaría estudiar un poco de italiano, para que podamos hablar con la gente de allá.

Ella levantó la vista, asombrada; el lápiz quedó varado en el aire por un momento.

— Conseguiremos algunos libros de italiano — dijo al fin, escribiendo — Sé que también hay cassettes. — Lo miró otra vez. — ¿Qué más? La lista debe incluir cualquier cosa que desees.

— Oh, no tenemos tiempo — le recordó él —. Deberíamos haberlo hecho…

— ¡Nada de «deberíamos esto» ni «deberíamos aquello»! No tiene sentido desear un pasado que ya no podemos solucionar. ¿Por qué no desear las cosas que aún podemos hacer?

El quedó pensativo. Su mirada melancólica desapareció, como si ella le hubiera infundido vida nueva.

— ¡Tienes razón, qué diablos! — exclamó — ¡Ya es hora! Anota esquí acuático.

— ¿Esquí acuático? — repitió ella, con los ojos dilatados.

— ¿Qué va a decir el doctor? — preguntó él, con una sonrisa demoníaca.

— Dirá que no es saludable — rió la mujer, mientras lo anotaba — ¿Qué más?

Leslie y yo sonreímos.

— Tal vez no nos hayan dicho cómo volver a casa — le dije —, pero sí nos han dicho qué hacer cuando volvamos.

Leslie asintió. Empujó el acelerador invisible y el bar se perdió a los tumbos.

Загрузка...