¡QUID SUM, MISER! ¿TUNC DICTURUS?

PERSPECTIVA

AP/Home Info Service, 2 de septiembre de 1996:

WASHINGTON, DC.— Los científicos están congregándose en la conferencia de la AAAS, la Asociación Americana para el Avance de las Ciencias, para escuchar a los conferenciantes que presentarán sus informes sobre temas que van desde la «Falta de pruebas para las lentes gravitatorias supermasivas intergalácticas» hasta la «Distribución de la plaga de los roedores salvajes a través de las pulgas de la ardilla terrestre (Diamanus Montanus) en el sur de California». Ayer, uno de los informes más ardientemente debatidos fue el presentado por el doctor Frank Drinkwater, del Balliol College de la Universidad de Oxford. El doctor Drinkwater sostiene que no existen civilizaciones extraterrestres inteligentes. «Si existieran, seguro que a estas alturas ya hubiéramos visto sus efectos.» El doctor Drinkwater sostiene que una civilización, a través de la creación de astronaves autorreproductoras capaces de visitar otros planetas, habría permeado la galaxia en menos de un millón de años.

Los científicos asistentes a la conferencia no llegaron a ninguna conclusión con respecto a la reciente desaparición de la sexta luna de Júpiter, Europa. El profesor Eugenie Cook, de la Universidad de Washington, Seattle, sostiene que la luna ha sido desplazada de su órbita a causa de una colisión con un enorme y hasta ahora desconocido asteroide. El famoso astrónomo Fred Accord sostiene que una colisión así hubiera «hecho pedazos la luna, y todavía podríamos ver sus fragmentos en órbita». Nada de esto ha sido informado. Muchos científicos hicieron notar la apatía del público ante tal acontecimiento sin precedentes. Al cabo de un mes, la historia de Europa ha desaparecido prácticamente de los medios de comunicación. Accord comentó: «Evidentemente, algunas dificultades más provincianas, como las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, obtienen mayor eco.»

1

28-29 de septiembre

Acampado al lado de la montaña que no debería estar allí, envuelto en la fría oscuridad del desierto, Edward Shaw no podía dormir. Podía oír las rítmicas respiraciones de las formas inmóviles de sus dos compañeros, y se admiraba de su tranquilidad.

Había escrito en su bloc de notas:


El montículo tiene aproximadamente quinientos metros de largo y la mitad de ancho, y quizá un centenar de metros de alto, (aparentemente) el cono de escoria basáltica de un volcán extinguido, cubierto por trozos de escoria oscura y negra del tamaño de guijarros, rocas y peñascos, y rodeado por una fina arena blanca de cuarzo. No se halla en nuestros mapas ni en el directorio Geosat de 1991. Los flancos del cono son más empinados que el ángulo normal de reposo, algo así como cincuenta y sesenta grados. Las huellas de las inclemencias del tiempo son, en el mejor de los casos, aleatoriamente curiosas: algunas partes expuestas al sol y a la lluvia aparecen completamente negras, brillantes, mientras que otras áreas se muestran sólo ligeramente oxidadas. No hay insectos en el montículo: si levantas cualquier roca, no encontrarás un escorpión o un milpiés. Tampoco hay latas de cerveza.


Edward, Brad Minelli y Victor Reslaw habían viajado desde Austin, Texas, para combinar un poco de geología con mucha acampada y excursiones a pie a través del desierto de principios de otoño. Edward era el mayor de los tres, treinta y tres años; también era el más bajo, y en reñida competición con Reslaw para ver quién de los dos perdía antes todo el pelo. Medía poco más de metro setenta con sus botas de montaña, y su figura esbelta y sus rasgos inquisitivos y juveniles le hacían parecer mucho más joven, pese al cada vez más escaso pelo. Para ver los objetos que estaban más cerca de medio metro de su redondeada nariz llevaba unas gafas de cristales redondos y montura de hilo de oro, un estilo que había adoptado de adolescente a finales de los setenta.

Edward permanecía tendido de espaldas con las manos unidas detrás de la cabeza, contemplando la clara e inmóvil inmensidad del cielo. Tres días antes, oscuras y preñadas nubes habían conspirado en el llameante atardecer para derramar un auténtico aguacero sobre el Valle de la Muerte. Su campamento estaba en terreno alto, pero habían visto peñascos del tamaño de pelotas de baloncesto deslizarse y rodar por los recién excavados canales.

El desierto parecía de nuevo inocente de agua y cambio. A todo alrededor del campamento flotaba un silencio más precioso que cualquier cantidad de oro. Ni siquiera el viento susurraba.

Se sentía muy grande en la soledad, como si hubiera abierto sus dedos sobre la mitad de la tierra de horizonte a horizonte, y reunido entre ellos una capa de mica de las estrellas. A la inversa, se sentía también un poco asustado por su vastedad. Aquella henchida magnitud de su yo podía encogerse y arrugarse fácilmente hasta la nada, una ilusión de comodidad y calor y alta fiebre intelectual.

Ni una sola vez en sus seis años de carrera como profesor de geología había hallado un error importante en los mapas del Valle de la Muerte del Servicio Geológico de los Estados Unidos. El desierto de Mojave y el Valle de la Muerte eran la Meca y la Al Medina de los geólogos al oeste de los Estados Unidos; habían recorrido aquella región desde hacía mucho más de un siglo, atraídos por la desnudez y la desvergonzada variedad del suelo. Los mineros habían extraído de sus profundidades bórax y talco y yeso y otros minerales útiles y menos espectaculares. En algunos lugares, cuevas salitrosas se hundían varios cientos de metros en el suelo. Un espeleólogo aficionado sólo necesitaba descender veinte o treinta metros para sentir el calor; la creación aún estaba cerca debajo del Valle de la Muerte.

Había centenares de volcanes extinguidos, negros o de un rojo mate o del cobrizo y gris y rosa del desierto, entre el complejo de Furnace Creek y la pequeña ciudad de Shoshone; sin embargo, cada uno de ellos había sido cartografiado, y lo más probable era que estuviera detalladamente descrito en alguna tesis de doctorado.

Esta montaña era una anomalía.

Eso era imposible.

Reslaw y Minelli se habían encogido de hombros como si se tratara solamente de un interesante aunque único error en los mapas; un desplazamiento involuntario en su ubicación, como el descubrimiento de alguna nueva isla en un archipiélago, conocida por los nativos pero perdida entre las hojas de los mapas de los navegantes; una especie de Pictairn de los montículos volcánicos.

Pero el cono de escoria estaba demasiado cerca de las rutas recorridas al menos una o dos veces al año. Edward sabía que no se trataba de ningún error de ubicación. No podía engañarse a sí mismo como hacían sus amigos.

Ni tampoco podía hallar ninguna otra explicación.


Recorrieron de nuevo la base del montículo a media mañana. El sol ya estaba alto en el plano, azul e inmóvil cielo. Iba a ser un día caluroso. El robusto y pelirrojo Reslaw bebía café de un termo esmaltado en verde, una útil antigüedad adquirida en una tienda de piedra y adobe en Shoshone; Edward masticaba una barrita de chocolate y dibujaba detalles en un pequeño cuaderno con tapas de tela negras. Minelli avanzaba lentamente detrás de ellos, golpeando ociosamente los peñascos con su pico de geólogo, con su figura desgarbada, su negro pelo alborotado y su pálida piel dándole la apariencia de un vagabundo urbano completamente fuera de lugar allí.

Se detuvo a diez metros detrás de Edward.

—Hey —llamó—. ¿Habéis visto esto?

—¿Qué?

—Un agujero.

Edward retrocedió. Reslaw les miró, se encogió de hombros y siguió rodeando el montículo hacia el norte.

El agujero debía tener un metro de ancho y se inclinaba hacia arriba penetrando en la masa del montículo. Edward no lo había visto porque se hallaba en un lugar en sombras, protegido bajo un saliente iluminado por los cálidos rayos del sol.

—No es un conducto de lava —dijo Minelli—. Observa lo liso que es. Ningún derrumbamiento, nada de estrías.

—Una mala geología —comentó Edward. Si el montículo es falso, entonces éste es el primer error.

—¿Hum?

—No es natural. Parece como si algún prospector hubiera llegado aquí antes que nosotros.

—¿Para qué cavar un agujero en un cono de escoria?

—Quizá sea una cueva india —ofreció simplemente Edward. El agujero le inquietaba.

—¿Indios provistos de perforadoras con punta de diamante? No es probable —dijo Minelli, con un débil tono de burla. Edward ignoró su tono y se subió a un peñasco de lava para observar mejor la oscuridad. Sacó una linterna de su cinturón y la encendió para arrojar un rayo de luz a las profundidades. Unas paredes de lava completamente lisas absorbieron la luz más allá de los ocho o diez metros; hasta aquel punto, el túnel era completamente recto y sin rasgos distintivos, inclinado hacia arriba en un ángulo de unos treinta grados.

—¿No hueles algo? —preguntó Minelli.

Edward olisqueó.

—Sí. ¿Qué es?

—No estoy seguro…

El olor era débil y suave y dulce, ligeramente acre. No animaba a proseguir la investigación.

—Parece como el olor característico de un laboratorio —dijo Minelli.

—Eso es —admitió Edward—. Yodo. Yodo cristalizado.

—Correcto.

La frente de Minelli se frunció en un burlón gesto especulativo.

—Ya lo tengo —dijo—. Es una roca drogata. Un cono sometido a drogadicción.

Edward lo ignoró de nuevo. Minelli era célebre por un sentido del humor tan extraño que de su boca raras veces salía algo divertido.

—Y eso es la marca de la aguja —explicó Minelli con voz apagada, dándose cuenta de su fracaso—. ¿Todavía sigues pensando que no es un error del mapa?

—Si encontraras una calle en la ciudad de Nueva York que no está en ningún plano, ¿no lo encontrarías sospechoso?

—Llamaría a los que hicieron los planos.

—Sí, bueno, pero este lugar está tan frecuentado como la ciudad de Nueva York, en lo que a geólogos se refiere.

—De acuerdo —concedió Minelli—. Así que es nuevo. Simplemente, brotó de la nada.

—Eso suena más bien estúpido, ¿no crees? —dijo Edward.

—Fue idea tuya, no mía.

Edward se apartó del agujero y reprimió un estremecimiento. Algo que no debería estar aquí, y que no desaparece tampoco.

—¿Qué está haciendo Reslaw? —preguntó Minelli—. Vayamos a buscarle.

—Fue por ahí —indicó Edward, señalando al norte—. Todavía podemos alcanzarle.

Oyeron a Reslaw llamarles.

No había ido muy lejos. Lo hallaron en el punto más septentrional de la base del montículo, acuclillado sobre un peñasco de lava con forma de escarabajo.

—Decidme que no estoy viendo lo que estoy viendo —indicó, señalando la sombra debajo de la roca. Minelli hizo una mueca y se apresuró delante de Edward.

En la arena, a dos metros del peñasco, había tendido algo que a la primera mirada parecía un animal volador prehistórico, un ptera-nodon quizá, las alas dobladas, inclinado sobre un lado.

No era mineral, decidió inmediatamente Edward; y ciertamente no se parecía a ningún animal que él hubiera visto nunca. Podía tratarse de una planta distorsionada, una variedad peculiar de cactus u otra planta suculenta; al menos, ésa parecía la explicación más lógica.

Minelli rodeó el descubrimiento, dándole cautelosamente un margen de varios metros. Fuera lo que fuese, tenía más o menos el tamaño de un hombre, era bilateralmente simétrico y estaba inmóvil, y su color era gris verdoso, con toques de rosado pastel. Minelli detuvo su círculo y simplemente jadeó.

—No creo que esté vivo —dijo Reslaw.

—¿No lo has tocado? —preguntó Minelli.

—Infiernos, no.

Edward se arrodilló delante de la cosa. Había una lógica definida en ella; una especie de cabeza de algo más de medio metro de largo y con una forma parecida a la mitra de un obispo o un obús de artillería aplastado, apuntando hacia la arena; un nudoso par de omóplatos detrás de la cresta como un abanico de la mitra; un tronco corto y delgado, y dos retorcidas piernas dobladas a continuación. Recios pies o manos de seis dedos en los extremos de los miembros.

No es una planta.

—¿Es un cadáver, quizá? —preguntó Minelli—. Llevando algo, como un perro, ya sabes, cubierto con alguna ropa…

—No —dijo Edward. No podía apartar los ojos de la cosa. Adelantó una mano para tocarla, luego reconsideró su gesto y la retiró lentamente.

Reslaw bajó del peñasco.

—Me asustó tanto que trepé ahí —explicó.

—Jesucristo —dijo Minelli—. ¿Qué hacemos?

Entonces el vértice de la mitra se alzó ligeramente de la arena, y tres velados ojos del color de un viejo jerez fino emergieron en ella. La impresión fue tan grande que ninguno de los tres hombres se movió. Finalmente Edward retrocedió un paso, casi reluctante. Los ojos de la cabeza-mitra le siguieron, luego volvieron a hundirse en la masa de la mitra, y la cabeza volvió a descansar sobre la arena. La cosa emitió un sonido, ahogado e indistinto.

—Creo que deberíamos irnos —dijo Reslaw.

—Es horrible —admitió Minelli.

Edward buscó señales de huellas, cuerdas ocultas, indicios de algún truco. Ya estaba convencido de que no se trataba de ningún truco, pero era mejor asegurarse antes de lanzarse a hipótesis ridículas.

Otro sonido ahogado.

—Está diciendo algo —señaló Reslaw.

—O intentándolo —añadió Edward.

—En realidad no es feo, ¿no creéis? —indicó Minelli—. Incluso es atractivo.

Edward se agachó y se acercó de nuevo a la cosa, avanzando primero un paso, luego otro.

La cosa alzó la cabeza y dijo, muy claramente:

—Lo siento, pero hay malas noticias.

—¿Qué? —Edward dio un respingo y su voz se quebró.

—Dios de los cielos —exclamó Reslaw.

—Lo siento, pero hay malas noticias.

—¿Se encuentra enfermo? —preguntó Edward.

—Hay malas noticias —repitió la cosa.

—¿Podemos ayudarle?

—Noche. Traigan noche. —La voz poseía la cualidad susurrante de las hojas agitadas por el viento, no desagradable en sí, pero estremecedora en su contexto. Una vaharada de olor a yodo hizo retroceder a Edward, con los labios fruncidos.

—Todavía no ha transcurrido la mañana —dijo Edward—. No será de noche hasta…

—Sombra —dijo Minelli, expresando en su rostro una intensa preocupación—. Quiere estar a la sombra.

—Traeré la tienda —indicó Reslaw. Se apartó del peñasco y corrió de vuelta al campamento. Minelli y Edward se miraron el uno al otro, luego a la cosa tendida en la arena.

—Tendríamos que salir disparados de aquí —murmuró Minelli.

—Nos quedaremos —dijo firmemente Edward.

—Está bien. —La expresión de Minelli cambió de preocupación a asombrada curiosidad. Era como si estuviera contemplando a un espécimen de museo en una botella—. De veras, todo esto es ridículo.

—Traigan noche —suplicó la cosa.


Shoshone parecía poco más que una parada para camioneros en la carretera: un café y la tienda de minerales, una oficina postal y una tienda de alimentación. Fuera de la carretera, sin embargo, un camino de grava serpenteaba hasta más allá de un cierto número de bungalows a la sombra de los árboles y una gran casa moderna de una sola planta, luego avanzaba recto como una flecha entre venerables tamariscos y junto a un pantano de cuatro acres hasta un manantial de aguas calientes y un negocio de venta y aparcamiento de caravanas. La pequeña ciudad albergaba a unos trescientos residentes permanentes, y en el punto álgido de la estación turística —desde finales de septiembre hasta principios de mayo— albergaba a unas trescientas aves de paso adicionales, además de los ocasionales grupos de geólogos. Shoshone se llamaba a sí misma la puerta del Valle de la Muerte, entre Baker al sur y Furnace Creek al norte. Al este, cruzando el Mojave, las cordilleras de Resting Spring, Nopah y Spring, y la frontera del estado de Nevada, estaba Las Vegas, la ciudad importante más cercana.

Reslaw, Minelli y Edward llevaron a la criatura con cabeza de mitra a Shoshone, después de llegar a la estatal 127 de California a unos veinticinco kilómetros al norte de la ciudad. La mantenían tendida bajo toallas húmedas en la parte de atrás de su Land Cruiser, sobre la tela extendida de la tienda de campaña, donde parecía estar de nuevo muerta.

—Deberíamos ir a Las Vegas —indicó Minelli. Compartía el asiento de delante con Reslaw. Edward conducía.

—No creo que resistiera hasta allí —señaló Edward.

—¿Cómo podemos encontrar ayuda en Shoshone?

—Bien, si está realmente muerta, hay un gran frigorífico en aquella tienda de alimentación.

—No parece más muerta que antes de que se pusiera a hablar —murmuró Reslaw, mirando por encima del respaldo del asiento a la forma inmóvil. Tenía cuatro miembros, dos a cada lado, pero no sabían si andaba sobre los dos inferiores o a cuatro patas.

—La hemos tocado —dijo Minelli lúgubremente.

—Cállate —murmuró Edward.

—Ese cono de escoria es una nave espacial, o hay una nave espacial enterrada dentro, esto resulta claro —estalló Minelli.

—Nada resulta claro —dijo calmadamente Reslaw.

—Lo vi en Llegaron del espacio exterior.

—¿Tiene eso la apariencia de un gran ojo flotando en un tentáculo? —preguntó Edward. Él también había visto la película. Su recuerdo no le tranquilizó.

—El frigorífico —respondió Minelli, con manos temblorosas.

—Hay teléfono. Podemos pedir una ambulancia a Las Vegas, o un helicóptero. Quizá podamos llamar a Edwards o a Goldstone y conseguir que vengan las autoridades —dijo Edward, defendiendo sus acciones.

—¿Y qué les diremos? —preguntó Reslaw—. No nos creerán.

—Estoy pensando —murmuró Edward.

—Quizá vimos estrellarse un avión a reacción —sugirió Reslaw.

Edward le miró dubitativamente de reojo.

—Habla inglés —comentó Minelli, asintiendo.

Ninguno de ellos había mencionado ese punto en la hora y media desde que habían arrastrado a la criatura lejos de la base del cono de escoria.

—Infiernos —exclamó Edward—, nos han estado escuchando desde ahí fuera en el espacio. Las reposiciones del Show de Lucy.

—Entonces, ¿por qué no dijo, «¡Hey, Ricky!»? —preguntó Minelli, cubriendo su miedo con una sonrisa maníaca.

Malas noticias. Algo así no tendría que estar aquí.

Edward metió la camioneta en la estación de servicio, y los gruesos neumáticos hicieron sonar el timbre de aviso. Un quinceañero muy bronceado, con unos tejanos casi blancos de tantas lavadas y una descolorida camiseta gris claro de Def Leppard, salió del taller anexo a un lado de la tienda de alimentación y se acerco al Land Cruiser. Edward le advirtió con las mano que no se acercara.

—Necesitamos usar el teléfono —dijo.

—Pago por anticipado —señaló el muchacho, suspicaz.

—¿Alguno de vosotros tiene monedas de a cuarto? —preguntó Edward. Nadie las tenía—. Necesitamos usar el teléfono de la tienda. Es una emergencia.

El muchacho vio la forma envuelta en las toallas a través de las ventanillas del Land Cruiser.

—¿Hay alguien herido? —preguntó, curioso.

—Manténte lejos —le advirtió Minelli.

—Cállate, Minelli —chirrió Reslaw entre dientes apretados.

—Sí.

—¿Muerto? —preguntó el muchacho, con un tic nervioso en una mejilla.

Edward se encogió de hombros y entró en la tienda. Dentro, una mujer bajita y muy ancha con un traje hawaiano suelto de tela estampada se negó rotundamente a dejarles usar el teléfono.

—Mire —explicó Edward—, le pagaré con mi tarjeta de crédito. Mi tarjeta de crédito telefónica.

—Enseñe tarjeta.

Una mujer alta, esbelta, atractiva, de pelo negro, entró en la tienda, vestida con unos tejanos no descoloridos y una blusa de seda blanca.

—¿Qué ocurre, Esther? —preguntó.

—Hombre quiere pagar con tarjeta —dijo Esther—. Quiere usar teléfono aquí, pero dice que paga con tarjeta de crédito.

—Jesús, gracias, tiene usted razón —dijo Edward, mirando a las dos mujeres—. Usaré mi tarjeta para pagar la llamada.

—¿Es una emergencia? —quiso saber la mujer del pelo negro.

—Sí.

—Bien, adelante, utilice el teléfono de la tienda.

Esther la miró resentida. Edward se deslizó detrás del mostrador, mientras la mujer gruesa se apartaba diestramente fuera de su camino, y apretó el botón para obtener línea. Luego hizo una pausa.

—¿El hospital? —preguntó la mujer del cabello negro.

Edward agitó la cabeza, dubitativo.

—No sé —dijo—. Quizá también las Fuerzas Aéreas.

—¿Han visto estrellarse un avión? —preguntó la mujer.

—Sí —dijo Edward, en bien de la simplicidad.

La mujer le dio el número de un hospital de urgencias, y le sugirió que llamara a la centralita para conseguir el de las Fuerzas Aéreas. Pero Edward no marcó primero el número del hospital. Dudó, mirando nerviosamente la tienda, preguntándose por qué no había planeado por anticipado un curso claro de acción.

¿Goldstone, o Edwards, o quizá incluso Fort Irwin?

Pidió a la centralita el número del comandante de la base en Edwards. Mientras oía sonar el aparato al otro lado, pensó en alguna excusa. Reslaw tenía razón: decir la verdad no les llevaría a ninguna parte.

—Oficina del general Frohlich, teniente Blunt al habla.

—Teniente, mi nombre es Edward Shaw. —Intentó que su voz sonara tan tranquila como la de un locutor de televisión—. Yo y dos amigos míos…, dos colegas, hemos visto estrellarse un reactor a unos treinta kilómetros al norte de Shoshone; por eso le llamo desde…

El teniente se mostró de inmediato muy interesado; pidió detalles.

—No sé qué tipo de reactor —prosiguió Edward, incapaz de impedir que un ligero temblor aflorara a su voz—. No me pareció familiar, excepto quizá… Bien, uno de nosotros piensa que se parecía a un MiG que vimos en AvWeek.

—¿Un MIG? —el tono del teniente se hizo más escéptico. La sensación de culpabilidad de Edward se intensificó—. ¿Vieron ustedes realmente caer el aparato?

—Sí, señor, y los restos. No leo ruso…, pero creo que eran caracteres cirílicos.

—¿Está usted seguro de eso? Por favor, déme su nombre y los datos de sus documentos de identidad.

Edward le dio al teniente su nombre y los números de su seguridad social, permiso de conducir y, para mayor seguridad, su MasterCard.

—Creemos saber dónde está el piloto, pero no lo encontramos.

—¿El piloto está vivo?

—Colgaba de las cuerdas de un paracaídas, teniente. Parecía vivo, pero cayó entre unas rocas.

—¿Desde dónde llama usted?

—Desde Shoshone. De… No sé el nombre de la tienda.

—Supermercado Charles Morgan —dijo la mujer del pelo negro.

Edward repitió el nombre.

—La tienda de alimentación del pueblo.

—¿Puede conducirnos hasta donde vio el aparato? —preguntó el teniente.

—Sí, señor.

—¿Y se da cuenta de las consecuencias que puede tener para usted el proporcionar falsa información respecto a una emergencia de este tipo?

—Sí, señor; lo sé.

Las dos mujeres le miraron con los ojos muy abiertos.

—¿Un MiG? —murmuró la mujer delgada y de pelo negro después de que Edward colgara el aparato. Sonaba incrédula.

—Escuchen —dijo Edward—. Le mentí a ese hombre. Pero no voy a mentirles a ustedes. Puede que necesitemos su cámara frigorífica.

Esther parecía como a punto de desmayarse.

—¿Qué ocurre, eh? —preguntó—. ¿Stella? ¿Qué es todo esto? —Sus balbuceos se habían hecho más incomprensibles, y su rostro parecía blando y sudoroso.

—Sólo a usted —dijo Edward a Stella.

Ella le examinó críticamente; señaló su cinturón y su martillo de geólogo, aún colgado de su funda de cuero.

—¿Es usted un buscapiedras?

—Geólogo —rectificó él.

—¿De dónde?

—Universidad de Texas.

—¿Conoce usted a Harvey Bridge, de…?

—De la U.C. Davis. Seguro.

—Viene aquí durante el invierno… —Pareció notablemente menos escéptica—. Esther, ve a buscar al sheriff. Está en el café, hablando con Ed.

—No creo que debamos mezclar a mucha gente en esto —sugirió Edward. Malos sentimientos.

—¿Ni siquiera al sheriff?

Él miró al techo.

—No sé…

—De acuerdo entonces; Esther, vete a casa. Si no sabes nada de mí en media hora, ve a buscar al sheriff y dale la descripción de este hombre —señaló con la cabeza a Edward.

—¿Estará bien, sí? —preguntó ansiosamente Esther, rascando delicadamente con sus cortos y gruesos dedos el mostrador.

—Estaré bien. Vete a casa.

La tienda tenía sólo un cliente, un chico que estaba curioseando entre las estanterías de libros de bolsillo y revistas en un rincón. Bajo la mirada conjunta de Stella y Edward, no tardó en salir por la puerta, encogiéndose de hombros y frotándose el cuello.

—Bien, ¿y ahora me explicará lo que ocurre? —preguntó Stella.

Edward dio instrucciones a Minelli de que trajera el Land Cruiser hasta la parte de atrás de la tienda. Hizo un gesto a Stella para que le siguiera al exterior por la puerta trasera.

—Necesitaremos un lugar frío y oscuro —le dijo mientras aguardaban.

—Me gustaría saber qué está pasando —repitió ella, la mandíbula firme, la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado. La forma en que estaba de pie, con los pies sólidamente plantados en el suelo y las manos en las caderas, le dijo a Edward tan claramente como las palabras que no podía seguir con más evasivas.

—Hay un nuevo cono de escorias ahí fuera —dijo. Minelli estacionó el vehículo cerca de la puerta. Hablando rápidamente para impedir que su historia se le deshiciera en fragmentos, Edward abrió la puerta de atrás del Land Cruiser, echando a un lado la tienda y las toallas mojadas—. Quiero decir, no reciente… Sólo nuevo. No está en ningún mapa. No debería estar allí. Encontramos esto a su lado.

La cabeza-mitra se alzó ligeramente, y los tres ojos color jerez emergieron para mirar a las tres figuras que tenía delante. Reslaw estaba en la esquina más alejada de la tienda, vigilando que no se asomara ningún curioso.

Hay que decir en su haber que Stella no gritó. Ni siquiera se puso pálida. En realidad, se acercó más.

—No es un fraude —dijo, convencida tan rápidamente como él.

—No, señora.

—Pobre cosa… ¿Qué es?

Edward sugirió entrarlo. Lo liberaron de sus coberturas y lo pasaron a través de la puerta de mercancías hasta el gran refrigerador para la carne.

PERSPECTIVA

Entrevista de la Red de Noticias de la Costa Este a Terence Jacobi, cantante líder de los HardWires, 30 de septiembre de 1996:

RNCE: Señor Jacobi, la música de su grupo ha predicado de forma consistente, por decirlo así, la llegada del Apocalipsis, desde una perspectiva cristiana más bien radical. Con dos canciones en los 40 Principales y tres discos que totalizan diez millones de ventas, han pulsado ustedes sin lugar a dudas un nervio de la joven generación. ¿Cómo explica la popularidad de su música?

Jacobi (Riendo, luego bufando y sonándose la nariz): Todo el mundo sabe que, entre la edad de catorce y veintidós años, sólo tienes dos auténticos amigos: tu mano izquierda y Cristo. El mundo entero está ahí fuera para atraparte. Quizá si el mundo desapareciera, si Dios borrara un poco la pizarra, podríamos empezar a ser nosotros mismos. Dios es un Dios justo. Enviará sus ángeles a la Tierra para advertirnos. Nosotros creemos en eso, y lo reflejamos en nuestra música.

2

3 de octubre

Harry Feinman estaba de pie en la parte de atrás del bote, desenredando el sedal del huso de su carrete. Arthur dejó que el bote derivara en las tranquilas aguas. Echó el ancla a una docena de metros al sur del gran pino inclinado que señalaba el lugar de aguas profundas donde, se rumoreaba, muchos pescadores habían sacado varios peces grandes en los últimos años. Marty jugueteaba con los peces pequeños del cubo del cebo y abría las cajas de cartón llenas de tierra y gusanos. El sol era un resplandor silueteado por delgadas nubes altas; el aire olía a río, a fresco y pungente verdor, y a la frialdad de principios de otoño. En las calmadas aguas remansadas de la parte más profunda se habían ido acumulando las amarronadas hojas, formando una ondulante alfombra.

—¿Tengo que ponerle el cebo a mi anzuelo? —preguntó Marty.

—Eso es parte del juego —dijo Harry. Harry Feinman era un hombre robusto y musculoso, quince centímetros más bajo que Arthur, con canas prematuras en un pelo que retrocedía desde todos los frentes excepto en su nuca, donde se aventuraba en un rígido mechón por debajo del cuello de su chaqueta de piel negra. Su rostro era carnoso, amigable, con unos pequeños ojos penetrantes y unas intensas y oscuras cejas. Enrolló vigorosamente el suelto nilón y colocó la caña entre la lata del cebo y una caja de aparejos—. No te ganarás tu pesca si no lo haces tú todo.

Arthur parpadeó ante la dubitativa mirada del niño.

—Puedo hacerles daño a los gusanos —dijo Marty.

—Honestamente, no sé si sienten dolor o no —dijo Harry—. Es probable. Pero así es como son las cosas.

—¿Así es como son las cosas, papá? —preguntó Marty a Arthur.

—Supongo que sí. —En todo el tiempo que habían pasado viviendo junto al río, Arthur nunca había llevado a Marty a pescar.

—Tu padre está aquí para hacerte las cosas más fáciles, Marty. Yo no. Pescar es un asunto serio. Es un ritual.

Marty había oído hablar de los rituales.

—Eso significa que se supone que debemos hacer algo de una cierta manera para así no sentirnos culpables —dijo.

—Lo has acertado —felicitó Harry.

Marty adoptó una mirada vacía que significaba que estaba atrapando una idea.

—El hecho de que Peggy se case…, ¿es eso un ritual, porque van a practicar el sexo? ¿Y podrían sentirse culpables si no lo hicieran?

Por la mañana, Francine y Martin irían en coche a Eugene para asistir a la boda de su sobrina. Arthur hubiera debido acompañarles, pero ahora había asuntos mucho más importantes.

Arthur alzó las cejas en dirección a Harry.

—Creo que has llevado esto demasiado lejos —dijo.

—Es tu hijo, colega.

—Casarse es una celebración. Es un ritual, pero es alegre. No como ponerle un cebo a un anzuelo.

Harry sonrió.

—Y nadie se siente ya culpable por practicar el sexo.

Marty asintió, satisfecho, y tomó el anzuelo de una caña de Arthur. Arthur extrajo un gusano de la caja de cartón y se lo tendió a su hijo.

—Retuércelo en torno al anzuelo y ensártalo varias veces.

—Eeeggg —dijo Martin, haciendo lo que le decía su padre—. La sangre del gusano es amarilla —añadió—. Y pegajosa.

Pescaron en la parte profunda del río durante una hora, sin suerte. A las nueve y media, Martin estaba dispuesto a dejar la caña y tomar un bocadillo.

—De acuerdo —le dijo Arthur—. Lávate las manos en el río. La sangre del gusano, recuerda.

—Eeeggg. —Marty se inclinó sobre la borda para sumergir sus manos en el agua.

Harry se reclinó hacia atrás, dejando que sus rodillas sujetaran la caña, y entrelazó las manos tras la nuca, sonriendo ampliamente.

—Hacía años que no nos dedicábamos a esto.

—No echo mucho en falta la pesca —dijo Arthur.

—Cobarde.

—Papá no es un cobarde —protestó Marty.

—Explícaselo —animó Arthur.

—Pescar es asqueroso —dijo Marty.

—De tal padre, tal hijo —se lamentó Harry.

La blanda gorra de pescador de Harry arrojaba una sombra sobre sus ojos. Arthur recordó repentinamente el sueño, con la cabeza de Harry convertida en una luna llena, y se estremeció. El viento se alzó frío y húmedo por entre las sombras de los árboles, con un hermoso suspirar que era casi una endecha.

Marty comió su bocadillo, sin darse cuenta de nada de aquello.


4 de octubre

Más allá de las amplias puertas cristaleras y una cortina de altos pinos, el río discurría tranquilo y verde en una amplia curva. Al oeste, una serie de blancas nubes rodaban tierra adentro, su parte inferior pesada y gris.

En la cocina, entre potes de cobre y sartenes colgadas, Arthur cascó unos huevos en una sartén de hierro sobre el ancho fuego de gas.

—Nos conocemos desde hace treinta años —dijo, llevando dos platos de huevos revueltos y salchichas y depositando uno sobre la recia mesa de roble frente a su amigo—. Sin embargo, no nos vemos lo bastante a menudo.

—Por eso hemos sido amigos durante tanto tiempo. —Harry golpeó ligeramente la mesa con el mango de su tenedor—. Este aire —dijo—. Me hace sentir treinta años más joven, cuando comí esto por última vez. Vaya refugio tienes aquí.

—Te estás dejando llevar por el sentimentalismo —dijo Arthur, volviendo a la cocina en busca de una jarra de zumo de naranja.

—¿Las salchichas…?

—Hebrew National.

—Dios te bendiga. —Harry removió el blando montón amarillo en el redondo plato de gres. Arthur se sentó frente a él.

—¿Cómo consigues trabajar aquí? Yo prefiero celdas de cemento. Ayudan a la concentración.

—Tú duermes bien.

—Ronco, Arthur, duerma bien o no.

Arthur sonrió.

—Y te llamas a ti mismo un hombre de puertas afuera, un pescador. —Cortó la punta de una salchicha y la alzó a su boca—. Entre consultas e intentos de reeducarme a mí mismo, he intentado escribir un libro sobre la administración Hampton. Ni siquiera he empezado en serio con el primer capítulo. No estoy seguro de cómo describir lo que ocurrió. Qué maravillosa comedia trágica fue todo aquello.

—Hampton dio a la ciencia más credibilidad que ningún otro presidente desde… Bien —dijo Harry—, desde hace mucho. —Alzó una mano y extendió los dedos.

—Espero que Crockerman…

—Vaya nombre para un presidente.

—Puede que no sea tan malo. Ésa es parte de la razón de que te haya invitado aquí.

Harry alzó una poblada ceja. Los dos formaban un contraste tan acusado como cualquier pareja clásica de comedia: Arthur alto y ligeramente encorvado, su pelo castaño rizado natural; Harry de mediana estatura y recio hasta el límite de ser casi grueso en su madurez, con una frente amplia y una expresión amistosa en sus grandes ojos que le hacían parecer más viejo de lo que era.

—Le dije a Ithaca… —Ithaca, su encantadora y clásicamente proporcionada esposa, a la que Arthur no había visto en seis años, era diez años más joven que Harry.

—¿Qué le dijiste?

—Le dije que habías usado ese tono de voz que quería dar a entender que tenías algún trabajo para mí.

Arthur asintió.

—Lo tengo. La oficina está siendo resucitada. En cierto sentido.

—¿Crockerman está reviviendo a Betsy?

—No tanto. —El BETC, el Bureau of Extraterrestrial Communication, la Oficina de Comunicaciones Extraterrestres a la que todos llamaban familiarmente «Betsy» para abreviar, había sido la última actuación pública de Arthur en Washington. Había servido como secretario del BETC durante tres años bajo el mandato de Hampton, que le había contratado tras el Incidente de Arecibo de 1992. Aquello había resultado ser una falsa alarma, pero Hampton había conservado a Arthur hasta su asesinato en la ciudad de México en agosto de 1994. El vicepresidente William Crockerman había prestado juramento en un tren en Nuevo México, e inmediatamente se había apresurado a poner su sello en la Casa Blanca, reemplazando a la mayor parte del Gabinete con personas elegidas por él. Tres meses después de jurar su cargo, el nuevo jefe de personal, Irwin Schwartz, le había dicho a Arthur:

—No hay hombrecillos verdes, no hay naves perdidas en las Bermudas… Será mejor que vuelva a casa, señor Gordon.

—¿Va a convertirte en su asesor científico? —preguntó Harry—. ¿Va a echar a patadas a ese idiota de Rotterjack?

Arthur agitó negativamente la cabeza, sonriendo.

—Está formando un equipo operativo presidencial de tipo especial.

—Australia —dijo Harry, asintiendo juiciosamente con la cabeza. Dejó su vaso de zumo de naranja sin haber bebido nada y se preparó como para un asalto, con los ojos fijos en los especieros para la sal y la pimienta en el centro de la mesa—. El Gran Desierto Victoria.

Arthur no se mostró sorprendido.

—¿Cuánto sabes de eso? —preguntó.

—Sé que fue descubierto por unos prospectores de ópalos y que no se suponía que debiera estar allí. Sé que puede ser un virtual duplicado de Ayers Rock.

—Esa última parte no es completamente cierta. Difiere sustancialmente. Pero tienes razón. Es reciente, y no debería estar allí. —Arthur se sintió aliviado al saber que Harry no había oído hablar del otro incidente mucho más cerca de casa.

—¿Qué tenemos que hacer con eso?

—Al final Australia ha pedido consejo. El Primer Ministro aparecerá ante las cámaras para hacer público un informe dentro de tres días o menos. Se halla sometido a algunas presiones.

—¿Hombrecillos verdes?

—Ni siquiera puedo comentarte esto hasta que te haya hecho las preguntas de rigor, Harry.

—Entonces hazlas —dijo Harry, preparado aún para un asalto.

—El presidente me ha puesto a cargo del equipo civil de investigación científica. Trabajamos con los militares y con el Estado. Tú eres mi primera elección.

—Soy bioquímico. Eso significa…

Arthur agitó lentamente la cabeza.

—Escúchame, Harry. Te necesito en tu calidad de bioquímico y como mi segundo al mando. Estoy también detrás de Warren, de la Estatal de Kent, en geología, y de Abante, de Malibú, en física. Los dos han aceptado, pero primero tienen que pasar el examen político.

—¿Crees que yo pasaré los interrogatorios políticos de Crockerman? —preguntó Harry.

—Lo harás si yo insisto, y lo haré.

—¿Necesitas un bioquímico… de veras?

—Ese es el rumor —dijo Arthur, y su sonrisa se hizo más amplia.

—Sería encantador. —Harry echó hacia atrás su silla, con sólo la mitad de sus huevos y salchichas comidos—. Viejos amigos, trabajando juntos de nuevo. Ithaca estaría de acuerdo. Infiernos, incluso aunque no lo estuviera… Pero…

—Nunca habrá otra oportunidad como ésta —dijo Arthur, remarcando cada palabra como si estuviera metiendo a martillazos una idea difícil en la cabeza de un estudiante torpe.

Harry frunció el ceño y alzó la vista hacia Arthur.

—¿Dupres, del King's College?

—Lo he pedido. Todavía no ha respondido. Puede que no consigamos extranjeros en el equipo.

—No te rechazaría a la ligera —dijo Harry. Arthur vio que los ojos de su amigo estaban enrojecidos. Parecía próximo a las lágrimas—. Necesitas a alguien de confianza.

—¿Qué significa esto?

Harry miró por la ventana, la mano tensa sobre el mango de un tenedor, relajándose.

—Se lo dije a Ithaca hace tres semanas.

El rostro de Arthur se volvió plácido, limpio de toda la excitación que había exhibido hacía unos momentos.

—¿El qué?

—Leucemia crónica. La tengo. Ella me tiene a mí.

Arthur parpadeó dos veces. Harry no le miró directamente.

—No es buena. Cuestión de meses. Me pasaré la mayor parte del tiempo luchando contra ella. No puedo ver cómo podría ser algo más que un estorbo.

—¿Terminal? —preguntó Arthur.

—Los médicos dicen que quizá no. Pero he estado leyendo. —Se encogió de hombros.

—Esos nuevos tratamientos…

—Muy prometedores. Tengo esperanzas. Pero tienes que darte cuenta… —Harry volvió su brillante mirada hacia Arthur—. Esa cosa, ¿es tan grande como Ayers Rock, y cuánto tiempo lleva allí?

—No más de seis meses. Los satélites de vigilancia cartografiaron aquella zona hace poco más de seis meses, y no estaba.

Harry sonrió ampliamente.

—Eso es maravilloso. Es realmente maravilloso. ¿Qué demonios es, Arthur?

—¿Quizás un fragmento de Europa? —La voz de Arthur sonó muy lejana. La mirada de su amigo aún no se había cruzado con la suya.

Harry rió fuertemente y echó la servilleta sobre la mesa.

—No me mostraré triste ni lloraré. No con esto.

Arthur sintió un nudo insoportable en la garganta. Prácticamente había crecido con Harry. Se habían conocido a lo largo de más de treinta años. No era posible que se estuviera muriendo. Tosió.

—Nos haremos adultos con ello, Harry. Toda la raza humana. Te necesito mucho…

—¿Puedes utilizar a un previsible inválido? —Ahora sus ojos se cruzaron, y esta vez fue Arthur quien apartó la vista, con los hombros rígidos. Con un esfuerzo, se obligó a mirar de nuevo.

—Lo conseguirás, Harry.

—Señor, y hablas de voluntad de vivir.

—Únete al equipo.

Harry se secó los ojos con el índice de su mano derecha.

—¿Viajes? Quiero decir, ¿cuántos…?

—Al principio, pero puedes quedarte en Los Angeles si lo deseas, luego.

—Lo necesitaré. El tratamiento es en la UCLA.

Arthur alargó una mano.

—Lo conseguirás.

—Después de eso, quizá no sea tan malo —dijo Harry. Tomó la mano ofrecida y la estrechó firmemente.

—¿El qué?

—Morir. Vaya cosa de ver… ¿Hombrecillos verdes, Arthur?

—¿Estás con nosotros?

—Sabes que sí.

—Entonces te daré el cuadro general. No es sólo Australia. Hay algo también en el desierto de Mojave, en el Valle de la Muerte, entre un complejo turístico llamado Furnace Creek y un pueblecito llamado Shoshone. Parece un cono de escoria. Es nuevo. No pertenece aquí.

Harry sonrió como un niño pequeño.

—Maravilloso.

—Ah, sí, y hay un «hombrecillo verde».

—¿Dónde?

—Por el momento, en la base de las Fuerzas Aéreas de Van-denberg.

Harry contempló el techo y alzó los dos brazos, dejando finalmente que las lágrimas brotaran libremente de sus ojos.

—Gracias, señor.

PERSPECTIVA

El pulso de la Tierra, WorldNet USA, 5 de octubre de 1996:

Casi todo va bien hoy en el mundo. No hay terremotos, ni tifones, ni huracanes acercándose a tierra firme. Francamente, diríamos que hoy fue un día brillante y glorioso, excepto las nevadas de primera hora en la parte nororiental de los Estados Unidos, las lluvias de esta noche en el noroeste del Pacífico, y la confirmación la semana pasada de que la siempre popular corriente de El Niño ha regresado al Pacífico sur. Los australianos se preparan para otra larga sequía frente al azote de esta cálida agua oceánica.

3

Cuando Trevor Hicks le dijo a Shelly Terhune, su publicista, que la entrevista matutina con la KGB estaba en marcha, ella hizo una pausa, rió disimuladamente y dijo:

—A Vicky no le gustará que se vuelva usted un traidor. —Vicky Jackson era su editora en Knopf.

—Dígale que es en la FM, Shelly. Voy a verme apretujado entre el informe del surf y las noticias de la mañana.

—¿La KGB emite un informe del surf?

—Compruébelo, está en su lista de estaciones —dijo él, burlonamente exasperado—. Yo no soy responsable.

—De acuerdo, déjeme ver —indicó Shelly—. KGB-FM. Tiene razón. ¿Ha confirmado el espacio?

—El director de programas dice que entre diez y quince minutos, pero estoy seguro de que cortará bruscamente a los treinta segundos.

—Al menos llegará a los surfistas. Quizá no hayan oído hablar de usted.

—Si no han oído hablar de mí, no habrá sido porque usted no lo haya intentado. —Quiso adoptar un tono petulante. De hecho, se sentía completamente agotado; después de todo tenía sesenta y ocho años, y aunque se notaba comparativamente sano y fuerte, Hicks no estaba acostumbrado ya a ese ritmo. Hacía diez años, lo hubiera hecho cabeza abajo.

—Vamos, vamos. Mañana tenemos prevista esa charla en televisión por la mañana.

—Confirmado, mañana por la mañana. En directo, para que no puedan montar nada.

—No diga nada fuerte —le advirtió Shelly. No era necesario que lo hiciera. Trevor Hicks efectuaba algunas de las más educadas y eruditas entrevistas imaginables. Su imagen pública era brillante y con un atractivo estilo descuidado; se parecía a la vez a Albert Einstein y a un Bertrand Russell de edad madura; lo que tenía que decir era tecnocráticamente consensuado, difícilmente controvertido y siempre bueno para un programa corto de noticias. Había fundado el capítulo británico de la Sociedad Troyana, dedicado a la exploración del espacio y a la construcción de enormes hábitats espaciales en órbita; era miembro desde hacía cuarenta y siete años de la Sociedad Interplanetaria Británica; había escrito veintitrés libros, el más reciente Hogar estelar, una novela acerca de un primer contacto; y finalmente pero no lo último, era el portavoz más público del denominado «sector civil» que defendía la exploración tripulada del espacio. El suyo no era un nombre muy pronunciado, pero era uno de los más respetados periodistas científicos del mundo. Pese a llevar doce años en los Estados Unidos, no había perdido su acento inglés. En pocas palabras, tanto en radio como en televisión era natural. Shelly se había aprovechado de aquello contratando para él una «gira» genérica por diecisiete ciudades en cuatro semanas.

Esta semana era en San Diego. No había estado en San Diego desde 1954, cuando había cubierto los ensayos de vuelo del primer caza hidroplano a reacción, el Delta Dart, en la bahía de San Diego. La ciudad había cambiado enormemente desde entonces; ya no era una soñolienta ciudad de la Marina. Había sido alojado en el nuevo y de moda Hotel Inter-Continental, junto al muelle, y desde la ventana de su décimo piso podía ver toda la bahía.

Durante aquellos años había sido uno de los periodistas destacados de la agencia Reuters, concentrándose siempre que le era posible en historias científicas. El mundo, sin embargo, había parecido caer en un profundo e intranquilo sueño en los años cincuenta. Pocas de sus historias científicas habían obtenido mucha atención. La ciencia era equiparada a las bombas H; la política era el tema más sexy y más fácilmente aceptado de la época. Luego había volado a Moscú para cubrir una conferencia agrícola, como parte del libro que preparaba sobre el biólogo ruso Lisenko y el culto estalinista al lisenkoismo. Aquello había sido a finales de septiembre.

La conferencia se había arrastrado a lo largo de cinco aburridos y agotadores días, sin carne para su libro, y peor aún, sin historias que convencieran a la Reuters de que tenía siquiera un indicio de por qué estaba allí. El último día de la conferencia, la noticia del lanzamiento del primer satélite artificial de la Tierra, una bola de metal de 84 kilos llamada Sputnik, llegó justo a tiempo para salvar su carrera. El Sputnik devolvió la ciencia a primera línea del periodismo mundial. Trevor Hicks había hallado de pronto su enfoque: el espacio. Enterró su libro sobre el lisenkoismo y lo olvidó todo sin siquiera una mirada atrás.

Se echó una esposa —realmente, no hay otra palabra más amable para describirlo— en 1965, y vivió con y rompió con otras tres mujeres desde entonces. En general era un soltero empedernido, aunque se había sentido inclinado hacia la reportera del National Geographic a la que conoció en la celebración del vuelo de inspección del Galileo en Pasadena, el año pasado. Pero ella no se había sentido inclinada hacia él.

Trevor Hicks no estaba simplemente acumulando un gran archivo de recuerdos históricos; se estaba haciendo viejo. Su pelo era decididamente canoso. Se mantenía en forma de la mejor manera que podía, pero…

Cerró las cortinas sobre la bahía y el resplandeciente conglomerado de la Disneylandia de tiendas y restaurantes llamado Seaport Village.

Su ordenador portátil aguardaba silencioso en el escritorio negro de arce de la habitación, su pantalla abierta llena de caracteres en negro sobre un fondo cremoso. La pantalla se parecía notablemente a una hoja enmarcada de papel escrito a máquina. Hicks se sentó en la silla y se mordisqueó un callo en el primer nudillo de su dedo medio. Había conseguido aquel callo, pensó ociosamente, a través de miles de horas con el lápiz en la mano, tomando notas que ahora podía simplemente escribir con más facilidad en el ordenador apoyado sobre sus rodillas. Muchos periodistas más jóvenes no tenían esos callos en sus dedos medios.

—Eso es —dijo, desconectando la máquina y echando hacia atrás la silla—. No hay nada que hacer. Olvídalo. —Cerró la pantalla y se puso los zapatos. La tarde antes había visitado un antiguo velero y un museo marítimo en el muelle, sólo un corto paseo.

Silbando, cerró la puerta de la habitación tras él, y caminó con sus cortas y recias piernas pasillo abajo.


—¿Qué espera usted que encuentre la humanidad en el espacio, señor Hicks? —preguntó el director del noticiario, un joven de denso pelo que rozaba la treintena. El micrófono que sostenía en la mano se metió debajo de la nariz de Hicks, obligándole a alzar ligeramente la barbilla para hablar. Hicks no se atrevió a ajustar su movimiento; era en directo. La entrevista estaba siendo grabada además en un antiguo magnetoscopio negro y gris en una consola detrás del director del noticiario.

—La guerra por la obtención de recursos se está caldeando —dijo Hicks. Un poco más de romanticismo, quizá—: El cielo está lleno de metales, hierro y níquel e incluso platino y oro… Montañas volantes llamadas asteroides. Podemos traer esas montañas a la Tierra y explotar sus minerales en órbita. Algunas de ellas son casi metal puro.

—¿Pero qué convencerá, digamos, a un muchacho o muchacha quinceañero a estudiar una carrera abocada al espacio?

—El tener una oportunidad —dijo Hicks, aún frío al micrófono y al entrevistador, con la mente en otra parte. Llámalo instinto de periodista, pero llevaba varios días sintiéndose intranquilo—. Pueden elegir quedarse en la Tierra y vivir una existencia, una vida, muy poco distinta de las vidas que llevaron sus padres, o pueden intentar abrir sus alas hacia las altas fronteras. No necesito convencer a los jóvenes que el futuro, dentro de diez o veinte años, está realmente en el espacio. Ellos ya lo saben.

—¿Predicando para el coro? —preguntó amablemente el director del noticiario.

—Más bien sí —dijo Hicks. El espacio ya no era controvertido. No era el tipo de tema que ocupara mucho tiempo de antena en las emisoras de rock y surf.

—¿Tal vez el temor de estar «predicando para el coro» le impulsó a escribir su novela, quizá con la esperanza de encontrar una audiencia más amplia?

—¿Perdón?

—Una audiencia más allá de los libros científicos. Una incursión en la ciencia ficción.

—Nada de incursión. Leo ciencia ficción desde que era un chico en Somerset. Arthur Clarke nació en Somerset, ¿sabe? Pero respondiendo a su pregunta: no. Mi novela no está escrita para las masas, ésa es la lástima. Cualquiera a quien le guste la literatura sólida le ha de gustar mi novela, pero debo advertirle —oh, Dios, pensó Hicks; no sólo frío; malditamente helado— que es técnica. No se admiten ignorantes. La sobrecubierta se estremece ante su aproximación.

El director rió educadamente.

—A mí me gustó —dijo—, y supongo que eso significa que no soy un ignorante.

—Por supuesto que no —concedió Hicks.

—Naturalmente, ha oído hablar usted de los informes australianos…

—No. Lo siento.

—Han estado llegando durante todo el día.

—Sí, bueno, sólo son las diez de la mañana, y he dormido hasta tarde. —Se dio cuenta de que sentía un ligero hormigueo en la nuca. Miró firmemente al director del noticiario, con ojos ligeramente saltones.

—Esperaba poder conseguir algún comentario de usted, un experto en fenómenos extraterrestres.

—Cuéntemelo, y yo lo comentaré.

—Los detalles todavía son embrionarios, pero al parecer el gobierno australiano está solicitando asesoramiento para enfrentarse a la presencia de una nave espacial alienígena en su suelo.

—Ahora una de indios —dijo Hicks reflexivamente.

—Eso es lo que han informado.

—Suena estúpido.

El rostro del director enrojeció.

—Yo sólo transmito las noticias, no las fabrico.

—Toda mi vida he aguardado la posibilidad de informar de un auténtico encuentro con extraterrestres. Llámeme romántico si quiere, pero siempre he mantenido la esperanza de la posibilidad de un encuentro así. Y siempre me he sentido decepcionado.

—¿Cree que el informe es un fraude?

—No creo nada.

—Pero, si hubiera visitantes alienígenas, ¿se apuntaría usted entre los primeros a hablar con ellos?

—Les invitaría a casa a que conocieran a mami. A mi madre.

—¿Les daría la bienvenida a su casa?

—Por supuesto —dijo Hicks, sintiendo un calorcillo interior. Ahora podía mostrar su auténtico ingenio y estilo.

—Gracias, señor Hicks. —El director acercó de nuevo el micrófono a su boca, dejando a Hicks fuera—. Trevor Hicks es un científico y un periodista científico cuyo más reciente libro es una novela, Hogar estelar, que trata del siempre fascinante tema de la colonización del espacio y el primer contacto con seres extraterrestres. Y a continuación podrán escuchar, en las Noticias de las Nueve: otro intento de capturar la arena arrebatada por el mar en Pacific Beach, y el nacimiento de una ballena gris en Sea World.

—¿Puedo ver esos informes australianos? —preguntó Hicks cuando el director del noticiario hubo terminado. Revisó los télex del pequeño montón del servicio de agencias. Lo mejor que se podía decir de ellos era que eran lacónicos. Un nuevo Ayers Rock en medio del Gran Desierto Victoria. Geólogos investigando. Formación anómala.

—Notable —dijo, devolviendo las hojas al director del noticiario—. Gracias.

—A su disposición —dijo el director, abriendo la puerta.

Un brillante taxi amarillo le aguardaba en el aparcamiento de la emisora. Hicks subió al asiento de atrás, sintiendo todavía el hormigueo en la nuca.

—¿Puede encontrar un puesto de periódicos? —preguntó al taxista.

—¿Un puesto de periódicos? No en Clairemont Mesa.

—Necesito un periódico. Un buen periódico. Edición de la mañana.

—Sé un lugar en la avenida Adams que vende el New York Times, pero será el de ayer.

Hicks parpadeó y negó con la cabeza. Sus reflejos tecnológicos eran lentos.

—Al Inter-Continental, entonces —dijo. Grandes partes de su cerebro vivían todavía veinte años en el pasado. Sobre la mesa, en su habitación del hotel, tenía un dispositivo que podría proporcionarle todas las noticias que necesitaba: su ordenador. Con su modem incorporado, podía conseguir el acceso a una docena de las principales redes de datos dentro del plazo de una hora. También podía echar un vistazo a unos cuantos esotéricos boletines sobre temas del espacio en busca de la información que los periódicos no consideraban suficientemente de confianza como para publicar. Y siempre estaba el enigmático Regulus. Hicks no había accedido al Regulus durante sus periódicos vagabundeos a través de las redes y boletines, pero había conseguido su número y su código de identificación a través de un amigo, Chris Riley, en el Cal Tech.

Regulus, le había dicho Riley, conocía todas las cosas profanas acerca del espacio y la tecnología.

Al infierno con promocionar el libro. Hicks no se había sentido tan enérgico desde 1969, cuando había cubierto el alunizaje para el New Scientist.

4

Arthur permanecía tendido en la cama, con los brazos doblados tras su cabeza. Francine estaba sentada sobre un montón de almohadones a su lado. Ella y Martin habían regresado el día antes, para hallarle preocupado con profundos secretos. Un bloc con su proyecto de planear y reunir un equipo operativo estaba abierto sobre sus rodillas, sin leer.

Estaba pensando en cómo enfrentarse a una vida sin Harry. Parecía triste, aunque estuviera cargada de misterios y acontecimientos de la mayor relevancia histórica.

Francine, con su negro pelo suelto sobre sus hombros, miraba a su esposo cada pocos minutos, pero no interrumpió sus meditaciones. Arthur interceptó aquellas miradas sin reaccionar. Casi deseó que preguntara algo.

Había pasado casi toda su vida adulta sabiendo que Harry se hallaba disponible para discutir con él, por teléfono o carta; disponible para ser visitado de un día para otro, estuvieran o no ambos agobiados de trabajo. Habían madurado juntos, habían salido juntos con sus respectivas parejas; Harry había aprobado de corazón la elección de Francine cuando un mucho más joven Arthur se la había presentado. «Me casaré con ella si tú no lo haces», le había dicho, sólo medio en broma. Juntos, durante diez años, Francine y Arthur habían arreglado cita tras cita entre diversas mujeres sensibles y elegibles y Harry, pero Harry siempre se había desviado educadamente fuera de aquellos planes casamenteros. Había sorprendido a todo el mundo cuando conoció y se casó con Ithaca Springer en Nueva York, en 1983. El matrimonio, contra todas las predicciones, había prosperado. Joven hija de un banquero de la alta sociedad y científico; no parecía una historia abocada al éxito, pero Ithaca demostró estar lo bastante preparada como para mantenerse al menos a la altura de los rudimentos del trabajo de su esposo, y le había entregado a Harry una dote mucho más útil: un amoroso y persistente entrenamiento en las gracias sociales.

Ambos habían mantenido una testaruda independencia, pero Arthur se había dado cuenta muy pronto de que Harry era ya incapaz de vivir sin Ithaca. ¿Cómo se las arreglaría Ithaca sin Harry?

Arthur no se lo había dicho todavía a Francine. De alguna forma, la noticia parecía propiedad exclusiva de Harry, susceptible de ser transmitida sólo con su permiso, pero esa prohibición era estúpida, y el muro de resistencia de Arthur se iba haciendo cada vez más delgado.

El día siguiente por la mañana volaría a Vandenberg y trabaría conocimiento con la «prueba». Aquél iba a ser el momento más grande de su vida, sin excepción, y sin embargo estaba al borde de las lágrimas.

Su mejor amigo podía estar muerto antes de un año.

—Mierda —dijo suavemente.

—De acuerdo —respondió Francine, dejando su libro y dándose la vuelta para apoyar su cabeza en el hombro de él. Él cerró el bloc de notas y acarició la frente de Francine. Ella entrelazó sus dedos en el denso vello de su pecho—. ¿Vas a contármelo? ¿O se trata también de un asunto de seguridad?

—No es nada de seguridad —dijo él. Le dolía hablarle de aquello. Quizás en unas semanas pudiera. Las noticias se filtraban rápidamente; sospechaba que pronto incluso el descubrimiento del Valle de la Muerte sería del dominio público. Todo el mundo estaba demasiado excitado.

—¿Qué, entonces?

—Harry.

—Bien, ¿qué pasa con él?

Las lágrimas empezaron a brotar.

—¿Qué va mal con Harry? —preguntó Francine.

—Tiene cáncer. Leucemia. Está trabajando conmigo en… este proyecto, pero puede que no llegue a ver su final.

—Jesús —dijo Francine, apoyando la palma de su mano, plana, en el pecho de él—. ¿Recibe tratamiento?

—Por supuesto. Pero no cree que eso le salve.

—Cinco años más. Sólo necesitamos cinco años más de investigación, y ya no será una enfermedad mortal.

—El no dispone de esos cinco años. Puede que no disponga ni de uno.

Francine se abrazó más a él, y permanecieron tendidos juntos, en silencio, por un momento.

—¿Cómo te sientes? —preguntó finalmente ella.

—¿Respecto a Harry? Me hace sentir… —Pensó por un momento, con el ceño fruncido—. No sé.

—¿Traicionado? —preguntó suavemente ella.

—No. Siempre hemos sido unos amigos muy independientes. Harry no me debe nada, y yo no le debo nada tampoco. Excepto la amistad y…

—El estar aquí.

—Sí. Ahora él no va a estar aquí.

—Eso no lo sabes.

—El lo sabe. Deberías haberle visto.

—¿Tan mal aspecto tiene?

—No. En realidad, tiene un aspecto estupendo. —Arthur intentó imaginar todo el cuerpo de uno como un campo de batalla, con el cáncer esparciéndose de lugar en lugar, o a través de la sangre, sin ningún control, una especie de locura biológica, un suicidio genético ayudado por masas insensibles y sin vida de proteínas y ácidos nucleicos. Odió todas aquellas cosas microscópicas errantes con una repentina pasión. ¿Por qué no podía haber diseñado Dios los cuerpos humanos con una eficiencia sin resquicios, de modo que pudieran enfrentarse al desafío de la vida cotidiana sintiéndose al menos internamente seguros?

—¿Cómo fue la visita? —preguntó Francine.

—Disfrutamos de un buen par de días. Nos volveremos a ver de nuevo mañana, y eso es todo lo que puedo decirte.

—¿Una semana, dos semanas?

—Te llamaré si es más de una semana.

—Parece como si se tratara de algo grande.

—Te diré sólo otra cosa —indicó él, deseando con gran intensidad revelárselo todo, compartir aquella increíble noticia con la persona a la que más amaba en la Tierra. (¿O quería a Francine menos que a Harry? Eran dos amores distintos. Dos nichos distintos.)

—No reveles más de lo que debes —le advirtió ella, sonriendo ligeramente.

—No te diré más de lo necesario. Sólo esto: de no ser por lo de Harry, en este momento yo sería el hombre más feliz sobre la Tierra.

—Jesús —dijo ella de nuevo—. Tiene que ser algo realmente grande.

Él se secó los ojos con la punta de la sábana de franela.

—Lo es.

5

Edward Shaw agitó la cucharilla en la taza de café y contempló la portilla de cristal montada a la altura de su cabeza en la sellada puerta de la habitación. Había dormido como un tronco durante toda la noche. La habitación estaba tan silenciosa como el desierto. Las limpias paredes blancas y los muebles estilo hotel la hacían razonablemente cómoda. Podía pedir libros y ver lo que quisiera en el aparato de televisión del rincón: doscientos canales, le había informado el supervisor.

Podía hablar por el intercom con Reslaw o Minelli o Stella Morgan, la mujer de pelo negro que les había dado permiso para llamar por teléfono desde la tienda de alimentación en Shoshone, hacía siete días. En otras habitaciones, le había dicho Minelli, estaban los cuatro hombres de las Fuerzas Aéreas que habían investigado su llamada y visto a la criatura. Todos ellos se hallaban sometidos a observación a largo plazo. Podían estar «en chirona» durante un año o más, según… Edward no estaba seguro de lo que significaba el según. Pero hubiera debido saber que la criatura iba a traer enormes problemas para todos ellos.

La amenaza de las enfermedades extraterrestres era algo lo bastante convincente como para someterse sin protestar, dos veces al día, a la rigurosa tanda de exigentes pruebas médicas. Hasta entonces sus días habían transcurrido en un comparativo aburrimiento. Al parecer, nadie estaba completamente seguro de cuál era su status, cómo debían ser tratados o qué había que decirles. Nadie había respondido a la más urgente pregunta de Edward: ¿qué le había ocurrido a la criatura?

Hacía cuatro días, mientras eran conducidos a las habitaciones selladas por unos hombres con trajes de aislamiento blancos, Stella Morgan se había vuelto a Edward y le había preguntado, con voz conspiradora:

—¿Conoce usted el código Morse? Podemos transmitirnos nuestros mensajes. Vamos a pasar largo tiempo aquí.

—No conozco ningún código —había respondido Edward.

—No se preocupen por eso —les había dicho uno de los ayudantes desde detrás de su visor transparente—. Dispondrán de medios estándar de comunicación.

—¿Puedo llamar a mi abogado? —había preguntado Stella.

Ninguna respuesta. Un encogimiento de los fuertemente protegidos hombros.

—Somos parias —había concluido Morgan.

El desayuno le fue servido a las nueve. La comida era selecta y blanda. Edward la comió toda, siguiendo la recomendación de la oficial de servicio, una mujer atractiva con uniforme azul oscuro y corto pelo rizado.

—¿No han puesto drogas en ella? —Había formulado la pregunta antes; estaba empezando a hacerse aburrida, incluso para él.

—Por favor, no sea paranoico —respondió ella.

—¿Se dan ustedes realmente cuenta de lo que están haciendo? —preguntó Edward—. ¿O de lo que va a ocurrirnos a nosotros?

Ella sonrió vagamente, miró hacia un lado, luego dijo que no con la cabeza.

—Pero nadie corre ningún peligro.

—¿Qué ocurrirá si empiezan a salirme hongos en un brazo?

—Vi esa película —dijo la oficial de servicio—. El astronauta se convierte en una masa informe. ¿Cuál era su título?

El experimento del doctor Quatermass, creo —dijo Edward.

—Sí, algo así.

—Maldita sea, ¿qué pasará si nos ponemos realmente enfermos? —preguntó Edward.

—Cuidaremos de ustedes. Por eso están aquí. —No sonó convencida. El panel del intercom de Edward zumbó, y pulsó el pequeño botón rojo debajo de la luz parpadeante. Había ocho luces y ocho botones en dos hileras gemelas en el panel, tres de ellas encendidas.

—¿Sí?

—Aquí Minelli. Nos debes otra disculpa. La comida aquí es horrible. ¿Por qué tuviste que llamar a las Fuerzas Aéreas?

—Pensé que ellos sabrían qué hacer.

—¿Lo saben?

—Al parecer sí.

—¿Van a meternos en un transbordador espacial y matarnos a tiros?

—Lo dudo —dijo Edward.

—Me gustaría haberme doctorado en biología o medicina o algo así. Entonces podría tener alguna idea de lo que están planeando.

Edward se preguntó en voz alta si habrían aislado todo Shoshone, bloqueando la carretera y el desierto en torno al cono de escoria.

—Quizás hayan puesto una valla en torno a toda California —sugirió Minelli—. Y quizás esto no sea suficiente. A toda la Costa Oeste. Están edificando un muro que cruce las llanuras, y no dejan que las frutas y las verduras lo atraviesen.

El sistema intercom estaba instalado de la tal forma que todos pudieran hablar entre sí privadamente. Aunque no podían excluir a los vigilantes o a las dependencias de los oficiales de guardia. Reslaw se unió a ellos.

—Sólo somos cuatro, más los cuatro investigadores…, no aislaron a esa empleada, no sé cómo se llamaba.

—Esther —dijo Edward—. O el chico de la estación de servicio.

—Eso quiere decir que están reteniendo solamente a las personas que pueden haber tocado a la criatura, o que se han acercado lo suficiente a ella como para respirar microbios en el aire.

Morgan se les unió.

—¿Qué vamos a hacer, pues? —preguntó.

Nadie respondió.

—Apuesto a que mi madre debe estar frenética.

No les habían permitido a ninguno de ellos efectuar llamadas al exterior.

—¿La tienda es de usted? —preguntó Edward—. He estado deseando darle las gracias…

—¿Por permitirles llamar? Fue muy listo por mi parte, ¿no creen? La tienda es de mi familia, así como el café, el negocio de caravanas, la distribución de propano, la distribución de cerveza. No va a resultar fácil mantenerlos callados. Espero que ella esté bien. Dios, espero que no haya sido arrestada. Probablemente ya debe haber llamado a nuestro abogado. Sueno como una niña rica malcriada, ¿verdad? «Esperen a que mi mamá se entere de esto». —Se echó a reír.

—Bien, ¿quién más aquí tiene conexiones? —preguntó Edward.

—Se supone que nosotros íbamos a estar fuera dos semanas más —dijo Reslaw—. Ninguno estamos casados. ¿Lo está usted…, Stella?

—No —dijo la mujer.

—Así están las cosas —concluyó desanimado Minelli—. Usted es nuestra única esperanza, Stella.

—No se pongan tan lúgubres —intervino el supervisor de la habitación. Era un teniente, cuarenta años o así; la mayor parte del personal de guardia eran mayores o comandantes.

—¿Estamos siendo monitorizados? —preguntó Edward, con voz más furiosa de lo que realmente se sentía.

—Por supuesto —respondió el supervisor—. Estoy escuchando. Todo está siendo registrado en audio y vídeo.

—¿Están efectuando controles de seguridad sobre nosotros? —preguntó Stella.

—Estoy seguro de que lo están haciendo.

—Maldita sea —murmuró la mujer—. Olvídenme, muchachos. Fui una estudiante radical.

Edward se sobrepuso a su rabia y su frustración y forzó una risa.

—Usted y yo. Ya somos dos. ¿Minelli?

—¿Radical? Infiernos, no. La primera vez que voté fue por Hampton.

—Traidor —dijo Reslaw.

—No se debe hablar mal de los muertos —advirtió Edward—. Maldita sea, fue bueno con la ciencia. Dio un fuerte impulso al programa espacial.

—Y dio un buen recorte a los gastos internos —añadió Morgan—. Crockerman no es mejor.

—Quizá conozcamos al presidente —dijo Minelli—. Y salgamos por televisión.

—Vamos a permanecer aquí el resto de nuestras vidas —predijo Reslaw, con la entonación de Vincent Price. Edward no pudo decir si estaba siendo serio o melodramático.

—¿Quién es el mayor de nosotros? —preguntó Edward, afirmando deliberadamente su liderazgo y arrastrándolos a temas menos candentes—. Yo tengo treinta y tres.

—Treinta —dijo Minelli.

—Veintinueve —dijo Reslaw.

—Entonces yo soy la mayor —afirmó Stella.

—¿Cuántos años tiene? —preguntó Edward.

—No es asunto suyo.

—Ellos lo saben —indicó Reslaw—. Preguntémoselo.

—No se atreverán —advirtió Morgan, riendo.

De acuerdo, pensó Edward, estamos de buen humor, o de tan buen humor como cabe esperar en estas circunstancias. No vamos a ser torturados, excepto unos cuantos pinchazos. No tiene ningún sentido saberlo todo de cada uno de nosotros en este preciso momento. Puede que permanezcamos aquí durante largo tiempo.

—Hey —chilló de pronto Minelli—. ¡Supervisor! ¡Supervisor! Mi rostro…, mi rostro. ¡Algo está creciendo en él!

Edward sintió que se le aceleraba el pulso. Nadie dijo nada.

—Oh, gracias a Dios —dijo Minelli unos momentos más tarde, suavizando algo la situación—. Sólo es la barba. ¡Hey! Necesito mi maquinilla eléctrica.

—Señor Minelli —dijo el supervisor—, olvide esas bromas, por favor.

—Hubiéramos debido advertirles acerca de él y su sentido del humor —señaló Reslaw.

—Soy conocido como un auténtico tonto del culo —explicó Minelli—. Se lo digo por si acaso se lo piensan mejor acerca de seguir manteniéndome aquí.

PERSPECTIVA

AAP/NBS WorldNet, Woomera, Australia del Sur, 7 de octubre de 1966 (USA: 6 de octubre):

Pese a la decisión del primer ministro Stanley Miller de «aparecer ante el público» con la noticia de visitantes extraterrestres en Australia Meridional, los científicos del lugar han transmitido hasta el momento muy poca información. Todo lo que se sabe es esto: El objeto descubierto por los prospectores de ópalos en el Gran Desierto Victoria se halla a menos de ciento treinta kilómetros de Ayers Rock, justo encima de la frontera de Australia Meridional. Se halla a unos 340 kilómetros al sur de Alice Springs. Su apariencia ha sido camuflada para que se parezca a los tres grandes tolmos de la región, Ayers Rocks y los Olgas, aunque es aparentemente más pequeño que esas bien conocidas formaciones. El Departamento de Defensa ha rodeado el lugar con unos 150 kilómetros de alambre espinoso en tres círculos concéntricos. Las actuales investigaciones están siendo llevadas a cabo por los científicos del Ministerio de Ciencias y la Academia de Ciencias australiana. Ha sido ofrecida la ayuda de los oficiales del Centro de Investigación australiano en Woomera y las instalaciones de rastreo de la NASA en Island Lagoon, aunque la cooperación científica y militar con otras naciones no ha sido confirmada hasta el presente.

6

El autobús Mercedes gris oscuro recogió a Arthur Gordon y a Harry Feinman junto al pequeño reactor de pasajeros de las Fuerzas Aéreas y los llevó a través de una enormemente custodiada puerta al Centro de Operaciones Espaciales de Vandenberg. Por la ventanilla, sobre una colina de cemento aproximadamente a kilómetro y medio al norte, Arthur pudo ver la mitad superior de un transbordador espacial junto con su tanque externo color naranja óxido y sus cohetes impulsores blancos, apoyado al lado de una enorme torre de sustentación de acero.

—No sabía que estuvieran preparados para este tipo de cosas, quiero decir, traer especimenes aquí —dijo Arthur al oficial con uniforme azul que estaba sentado a su lado, el coronel Morton Hall. Hall tenía aproximadamente la misma edad que Arthur, era ligeramente más bajo, corpulento y presumido, con un fino bigote y un aire de tranquila paciencia.

—Hablando francamente, no lo estamos —dijo Hall.

Harry, sentado frente a ellos, al lado de un teniente de pelo negro llamado Sanborn, se volvió y miró por un lado del apoyacabezas. Cada miembro del grupo civil iba acompañado por un oficial.

—Entonces, ¿por qué está todo aquí? —preguntó Harry.

—Porque éramos los más cercanos y porque podemos improvisar —dijo Hall—. Disponemos aquí de algunos medios de aislamiento.

—¿Para qué son utilizados, en circunstancias normales? —preguntó Harry. Miró a Arthur con una expresión entre la picardía y el resentimiento.

—No estoy autorizado a discutir eso —dijo Hall, sonriendo ligeramente.

—Eso fue lo que creí —indicó Harry a Arthur—. Sí, por supuesto. —Asintió, y volvió a mirar hacia delante.

—¿Qué está pensando, señor Feinman? —preguntó el coronel Hall, aún sonriendo, aunque más tensamente ahora.

—Estamos trasladando la investigación sobre armamento biológico al espacio —dijo concisamente Harry—. Módulos automatizados controlados desde la Tierra. Si hemos de volver a traerlos aquí, deberán ser aislados. Los hijos de puta.

La sonrisa de Hall vaciló pero, un tanto a su favor, no desapareció del todo. Él había suscitado su propia trampa.

—Entiendo —dijo.

—Todos nosotros poseemos las más altas credenciales y la autorización presidencial —le recordó Arthur—. Dudo que haya nada aquí que pueda quedar fuera de nuestro conocimiento, si presionamos lo suficiente.

—Espero que se den cuenta ustedes de nuestra posición aquí, señor Gordon, señor Feinman —dijo Hall—. Todo este asunto nos fue echado encima hace apenas una semana. Todavía no hemos puesto a punto todos nuestros procedimientos de seguridad, y pasará algún tiempo antes de que decidamos quién necesita saber qué.

—Me inclinaría a pensar que esto tiene prioridad por encima de prácticamente cualquier otra cosa —dijo Arthur.

—Todavía no estamos seguros de lo que tenemos aquí —admitió el coronel Hall—. Quizás ustedes, caballeros, puedan ayudarnos a definir nuestras prioridades.

Arthur hizo una mueca.

—Ahora la pelota está en nuestro tejado —dijo—. Touché, coronel.

—Mejor en su tejado que en el nuestro —dijo Hall—. Todo este asunto ha sido una pesadilla administrativa. Tenemos a cuatro civiles y a cuatro de nuestros propios hombres en aislamiento. No tenemos orden de arresto ni ningún otro documento formal para ninguno de ellos, y no hay…, bien, ya pueden imaginarlo. Hasta ahora solamente podemos apelar a la seguridad nacional.

—¿Y el «hombrecillo verde»? —preguntó Harry, volviéndose de nuevo.

—Oh…, es nuestra atracción estrella. Primero verán a esa cosa, luego hablaremos con los hombres que la encontraron.

—«Esa cosa» —murmuró Arthur—. Tendremos que encontrarle un nombre menos ominoso, y pronto, antes de que «la cosa» se convierta en algo del dominio común.

—Nosotros lo hemos estado llamando el Huésped, con H mayúscula —dijo Hall—. No hace falta decir que hemos intentado evitar toda publicidad.

—No es probable que lo consigan durante mucho tiempo, con los australianos haciéndolo público —dijo Harry.

Hall asintió, enfrentándose a lo práctico.

—Todavía ignoramos qué saben ellos de lo que tenemos aquí.

—Probablemente los rusos sí saben ya lo que tenemos —señaló Harry.

—No seas cínico, Harry —advirtió Arthur.

—Lo siento. —Harry sonrió como un muchacho atrapado en falta al oficial que tenía al lado, el teniente Sanborn, luego a Hall—. ¿Pero estoy equivocado?

—Espero que lo esté, señor —dijo Sanborn.

En una explanada de cemento a dos kilómetros y medio de la pista de despegue del transbordador espacial se alzaba un implacable edificio de cemento con paredes que se inclinaban hacia dentro, y que cubría casi una hectárea de terreno. La parte superior de las paredes se elevaba tres pisos por encima de la llanura circundante de cemento y asfalto.

—Parece un bunker —dijo Harry cuando el autobús se acercó a una rampa que se inclinaba descendiendo hasta más abajo del nivel del suelo—. ¿Construido para resistir un ataque nuclear directo?

—Eso no constituye ninguna prioridad aquí, señor —dijo el teniente Sanborn—. Sería casi imposible reforzar los emplazamientos de despegue y aterrizaje.

—Éste es el Laboratorio Experimental de Recepción —explicó el coronel Hall—. LER para abreviar. El LER contiene a nuestros huéspedes civiles y al espécimen.

El autobús aparcó en un amplio garaje subterráneo junto a un muelle de carga de cemento con el borde protegido con una amplia banda de caucho. La puerta delantera de los pasajeros se abrió con un siseo, y sus escoltas condujeron a Harry y Arthur fuera del autobús, cruzando el muelle de carga, hasta un largo pasillo color verde pastel alineado con puertas azul cielo completamente lisas. Cada puerta estaba identificada con un número y unas siglas crípticas en una placa de plástico grabado montada en un pequeño marco de metal. En algún lugar, los acondicionadores de aire zumbaban suavemente. El aire olía un poco a antiséptico y a componentes electrónicos nuevos.

El pasillo se abría a una zona de recepción equipada con dos largos sofás tapizados en vinilo marrón y varias sillas de plástico dispersas en torno a una mesa cubierta con revistas: periódicos científicos, Time y Newsweek, y un solitario National Geographic. Un joven mayor de aspecto despierto estaba sentado detrás de un escritorio equipado con un terminal de ordenador y una caja de tarjetas de identificación. Uno a uno, el mayor registró a los cuatro hombres y luego tecleó un código en la cerradura de teclado de una amplia doble puerta tras su escritorio. La puerta se abrió con un siseo.

—El sanctasanctórum —dijo Hall.

—¿Dónde está la cosa? —preguntó Harry.

—A unos doce metros de donde nos hallamos en este momento —dijo Hall.

—¿Y los civiles?

—Aproximadamente a la misma distancia, al otro lado.

Entraron en una habitación semicircular equipada con más sillas de plástico, una pequeña zona de lavado y una mesa de laboratorio, y tres ventanas herméticamente cerradas montadas en la larga y curvada pared. Harry se detuvo junto a la desnuda mesa de laboratorio y pasó las manos por el brillante sobre de plástico negro, examinando brevemente las yemas de sus dedos en busca de polvo…, el mismo gesto que haría un profesor en una clase. La boca de Arthur se crispó en una breve sonrisa. Harry captó el movimiento y alzó las cejas. ¿Y?

—Nuestro Huésped está detrás de la ventana del centro —dijo Hall. Habló por un intercomunicador montado a la izquierda de la ventana central—. Nuestros inspectores están aquí. ¿Está preparado el coronel Phan?

—Estoy preparado —respondió una voz suave, casi femenina, por el altavoz.

—Entonces empecemos.

La protección exterior de la ventana, montada sobre guías a ambos lados, crujió y empezó a alzarse. La primera capa de cristal estaba cubierta por la parte interior por una cortina negra.

—No se trata de un espejo unidireccional ni nada parecido —dijo Hall—. No ocultamos nuestra apariencia al Huésped.

—Interesante —murmuró Harry.

—El Huésped pidió un entorno en particular, y hemos hecho todo lo posible por atender sus necesidades —dijo el teniente Sanborn—. Se siente más cómodo en condiciones de semioscuridad y a una temperatura de unos quince grados Celsius. Parece que su atmósfera preferida es un aire seco, con aproximadamente la misma mezcla de gases que podemos hallar aquí. Creemos que abandonó su entorno normal aproximadamente a las seis de la madrugada del veintinueve de septiembre para explorar…, bueno, en realidad no sabemos para qué lo abandonó, pero fue atrapado por la luz diurna y al parecer sucumbió al resplandor y al calor aproximadamente a las nueve y media.

—Eso no tiene sentido —dijo Harry—. ¿Por qué abandonaría su… entorno… sin protección? ¿Por qué no tomaría todas las precauciones necesarias y planearía cuidadosamente su primera excursión?

—No lo sabemos —dijo el coronel Hall—. No hemos interrogado al Huésped ni le hemos ocasionado ningún esfuerzo innecesario. Le proporcionamos todo lo que pide.

—¿Hace sus peticiones en inglés? —preguntó Arthur.

—Sí, en un inglés bastante aceptable.

Arthur agitó incrédulo la cabeza.

—¿Ha llamado alguien a Duncan Lunan?

—No hemos «llamado» a nadie excepto a la gente con una necesidad inmediata de saber lo que ocurre —dijo Hall—. ¿Quién es Duncan Lunan?

—Un astrónomo escocés —explicó Arthur—. Causó una enorme controversia hará unos veintitrés años cuando afirmó tener pruebas de la existencia de una sonda espacial alienígena que orbitaba cerca de la Tierra. Una sonda que creía podía proceder de Epsilon Bootis. Sus pruebas consistían en esquemas de regresos anómalos de ondas de radio que parecían haber sido reflejadas por un objeto en el espacio. Como gran número de pioneros, tuvo que enfrentarse al desencanto y en cierto modo a retractarse.

—No, señor —dijo Hall, de nuevo con su enigmática sonrisa—. No hemos hablado con el señor Lunan.

—Lástima. Puedo pensar en un centenar de científicos que deberían estar ahora aquí —dijo Arthur.

—Más adelante, quizás —admitió Hall—. Pero no ahora.

—No. Por supuesto que no. ¿Y bien? —Arthur hizo un gesto hacia la oscura ventana.

—El coronel Phan nos ofrecerá una visión directa dentro de pocos minutos.

—¿Quién es el coronel Phan? —preguntó Harry.

—Es un experto en medicina espacial de Colorado Springs —dijo Hall—. No pudimos hallar a nadie mejor cualificado en tan poco tiempo, aunque dudo que hubiéramos podido conseguir a un hombre mejor para el trabajo aunque hubiéramos estado buscando durante todo el año.

—No nos preguntaron a nosotros —dijo Harry. Arthur le dio un ligero codazo.

Las luces en el lugar donde estaban disminuyeron de intensidad.

—Espero que alguien esté tomando videocintas de nuestro Huésped —susurró significativamente Harry a Arthur mientras acercaban sus sillas a la ventana.

—Tenemos una grabadora digital y tres cámaras de alta resolución trabajando las veinticuatro horas del día —explicó el teniente Sanborn.

—De acuerdo —dijo Harry.

Harry estaba evidentemente nervioso. Por su parte, Arthur se sentía a la vez alerta y vagamente anestesiado. No podía aceptar completamente que una cuestión tan antigua como el tiempo hubiera sido contestada afirmativamente, y que ellos estuvieran ahora a punto de ver la respuesta.

La cortina negra se corrió a un lado. Más allá de otro grueso panel de cristal enmarcado en acero inoxidable vieron una habitación cuadrada pequeña, débilmente iluminada, casi vacía, reflejando una tonalidad verde acuosa. En medio de la habitación había una plataforma baja envuelta en lo que parecían ser sábanas, con una jarra de plástico de agua en una esquina. En la esquina de la derecha más cercana a su ventana había un cilindro transparente de un metro de alto, abierto por la parte superior. Arthur captó todo aquello de una ojeada antes de enfocar su vista en lo que había debajo de las sábanas sobre la plataforma.

El Huésped se agitó, alzó un miembro delantero —a todas luces una especie de brazo, con una mano de tres dedos, cada uno de ellos dividido en dos a partir de la articulación media—, y luego se sentó lentamente, mientras la sábana caía suelta de su cabeza en forma de cuña. La larga «nariz» de su cabeza les apuntó, y los ojos marrón dorado emergieron del romo extremo, se ocultaron, emergieron de nuevo. Arthur, con la boca seca, intentó contemplar al ser como una totalidad, pero por un momento sólo pudo concentrarse en si los ojos tenían párpados o en si se hundían realmente en «pozos» de pálida carne gris verdosa.

—¿Podemos hablar con él? —preguntó Harry a Hall por encima del hombro.

—Hay un intercomunicador bidireccional en la habitación.

Harry se sentó en una silla cerca de la ventana.

—Hola. ¿Puede usted oírnos?

—Sí —dijo el Huésped. Su voz era sibilante y débil, pero claramente comprensible. Bajó con un esfuerzo al suelo y se quedó de pie, vacilante, al lado de la plataforma. Sus miembros inferiores —sus piernas— tenían las articulaciones al revés, pero no como las patas posteriores de un perro o un caballo, donde la «rodilla» es el análogo de la muñeca humana. La articulación del Huésped era completamente original, cada articulación realmente invertida, con la mitad inferior del miembro cayendo suavemente, graciosamente, para escindirse en tres gruesas extensiones, y la punta de cada extensión escindida a su vez en dos amplios «dedos». Las piernas ocupaban buena parte de su altura, mientras que el «tronco», recubierto por una piel como de rinoceronte, ocupaba tan sólo medio metro de su metro y medio total. El extremo de la larga cabeza, echada hacia delante sobre un grueso y corto cuello, caía hasta unos pocos centímetros debajo de la unión de piernas y tronco. Los brazos se alzaban a cada lado del tronco como los doblados manipuladores de una mantis.

Harry frunció el ceño y agitó la cabeza, incapaz temporalmente de hablar. Agitó una mano frente a su boca, mirando a Arthur, y tosió.

—No sabemos exactamente qué decirle —consiguió articular finalmente Arthur—. Hemos estado mucho tiempo aguardando a que alguien visitara la Tierra desde el espacio.

—Sí. —La cabeza del Huésped osciló hacia delante y hacia atrás, sus ojos color coñac, húmedos y brillantes como joyas, completamente al descubierto—. Desearía poder traer mejores noticias en ocasión tan importante.

—¿Qué…, cuáles son las noticias que trae? —preguntó Harry.

—¿Están ustedes relacionados?

—¿Perdón…, relacionados?

—¿Es eso una pregunta acerca de mi comunicación?

—No somos de la misma familia…, no somos hermanos, ni padre e hijo, ni… nada parecido —dijo Arthur.

—Pero tienen una relación social.

—Él es mi jefe —indicó Harry, señalando a Arthur—. Mi superior jerárquico. También somos amigos.

—¿Y no son los mismos individuos en diferentes formas que los individuos que tienen detrás?

—No —dijo Harry.

—Sus formas son firmes.

—Sí.

—Entonces… —El Huésped emitió un seco y agudo sonido sibilante, y la larga cresta sobre el nivel de los hombros pareció hincharse ligeramente. Arthur no pudo ver una boca o nariz cerca de los ojos, y supuso que tales aberturas debían hallarse en la cabeza debajo del cuello y mirando al pecho, en la zona correspondiente, si esa correspondencia servía realmente de algo, a una larga «barbilla»—. Entonces relataré mis malas noticias a ustedes también. ¿Están situados a un nivel alto en su grupo, en su sociedad?

—No los más altos, pero sí, estamos situados a un nivel alto —dijo Harry.

—Las noticias que traigo no son alegres. Puede que sean tristes para todos ustedes. Por eso no las he comunicado antes con detalle. —De nuevo el sonido sibilante. La cabeza se alzó y Arthur descubrió aberturas como rendijas en su parte inferior—. Si poseen ustedes la habilidad de marcharse, desearán hacerlo pronto. Una enfermedad ha penetrado en su sistema de planetas. A su mundo le queda poco tiempo.

Harry arrastró su silla unos centímetros hacia delante, y el Huésped, con un torpe movimiento deslizante, se acercó al grueso cristal. Luego se sentó en el suelo, dejando sólo visibles sus brazos superiores y su larga cabeza. Los tres ojos apuntaron firmemente a Harry, como si desearan establecer alguna inquebrantable y fácil comunicación, o como si se apenara…

—¿Nuestro mundo está condenado? —preguntó Harry, evitando de alguna forma todo melodrama, dando a la última palabra un énfasis perfectamente directo y tranquilo.

—A menos que yo haya interpretado muy mal sus habilidades, sí. Son malas noticias.

—Así me parece —admitió Harry—. ¿Cuál es la causa de la enfermedad? ¿Forma usted parte de un ejército conquistador?

—Conquistador…, significado incierto. ¿Ejército?

—Grupo organizado de soldados, luchadores, destructores y ocupadores. Invasores.

El Huésped guardó silencio durante algunos momentos más. Hubiera podido ser muy bien una estatua excepto por la casi invisible pulsación en su cresta superior.

—Soy un parásito, un viajero ocasional.

—Explique eso, por favor.

—Soy una pulga, no un soldado o un constructor. Mi mundo está muerto y devorado. Viajé hasta aquí dentro de un hijo de una máquina que devora mundos.

—¿Vino en una nave espacial?

—No mía. No nuestra. —El énfasis era abrumador.

—¿De quién, entonces? —presionó Harry.

—Sus antepasados fueron construidos por un pueblo muy distante. Se controla a sí misma. Devora y se reproduce.

Arthur tembló con confusión y miedo, y una profunda irritación que no pudo explicar.

—No comprendo —dijo, bloqueando las próximas palabras de Harry.

—Es un viajero que destruye y hace las estrellas seguras para sus constructores. Acumula información, aprende, y luego devora mundos y crea nuevas formas más jóvenes de sí misma. ¿Queda claro esto?

—Sí, pero, ¿por qué está usted aquí? —Arthur casi gritó.

—Chissst —dijo Harry, alzando una mano—. Acaba de decirlo. Se metió de polizón. Es una pulga.

—¿No construyó usted la roca, la nave espacial o lo que sea allá en el desierto? ¿Aquello no es su vehículo? —preguntó el coronel Hall. Evidentemente, ninguno de ellos había oído nada de aquello antes. El joven teniente Sanborn estaba visiblemente impresionado.

—No es nuestro vehículo —afirmó el Huésped—. Es lo bastante poderosa como para no temer nuestra presencia. No podemos hacerle daño. Nos sacrificamos… —Silbó de nuevo—. Sobrevivimos solamente para advertir de la muerte que los nuestros han hallado.

—¿Dónde están los pilotos, los soldados? —preguntó Harry.

—La máquina no vive como nosotros —dijo el Huésped.

—¿Es un robot, automático?

—Es una máquina.

Harry echó hacia atrás su silla y se frotó vigorosamente el rostro con ambas manos. El Huésped pareció darse cuenta de ello, pero aparte eso no cambió de posición.

—Tenemos un par de nombres para ese tipo de máquinas —dijo Arthur, mirando al coronel Hall—. Suena como si se tratara de un artilugio von Neumann, autorreproductor, sin instrucciones externas. Frank Drinkwater piensa que la ausencia de tales máquinas demuestra que no existe vida inteligente en la galaxia aparte la nuestra.

—Representando el papel de abogado del diablo, sin duda —dijo Harry, masajeándose aún el puente de la nariz—. ¿Qué científico desearía demostrar que la inteligencia era única?

El coronel Hall contempló al Huésped con una expresión de ligero dolor.

—¿Nos está diciendo que deberíamos decretar una alerta bélica?

—Nos está diciendo… —empezó Harry furioso, y luego controló su tono—, nos está diciendo que no tenemos más posibilidades que un cubito de hielo en medio del infierno. Art, tú lees más ciencia ficción que yo. ¿Quién era ese tipo…?

—Saberhagen. Fred Saberhagen. Los llamaba «Berserkers».

—No entiendo eso —dijo el Huésped—. ¿Son ustedes conscientes de los resultados de esta información?

—Creo que sí —respondió Arthur. No habían formulado la pregunta perfectamente obvia. Quizá no desearan saber. Estudió atentamente al Huésped en el silencio que siguió—. ¿Cuánto tiempo tenemos?

—No lo sé. Quizá menos de una órbita.

Harry parpadeó. El coronel Hall simplemente jadeó.

—¿Cuánto tiempo hace que… que aterrizó la nave? —prosiguió Arthur.

El Huésped emitió un pequeño sonido sibilante y se volvió hacia un lado.

—No lo sé —respondió—. No fuimos conscientes de ello.

Arthur no dudó en formular la siguiente pregunta:

—¿Se detuvo la nave en algún otro planeta de nuestro sistema solar? ¿Destruyó alguna luna?

—No lo sé.

Un hombre asiático, bajo y robusto, con el pelo muy corto, una piel oscura marcada por la viruela y anchas mandíbulas, entró en la habitación. Arthur se palmeó las rodillas con las manos y le miró con ojos llameantes.

—Les pido disculpas, caballeros —dijo el asiático.

Sanborn carraspeó.

—Este es el coronel Tuan Anh Phan. —Presentó a Arthur y Harry.

Phan les saludó por turno con una reservada inclinación de cabeza.

—Acabamos de ser informados de que los australianos están divulgando nuevas fotos y películas. Creo que esto es importante. Sus visitantes no son como el nuestro.

PERSPECTIVA

InfoNet Political News Forum, 6 de octubre de 1996, Frank Topp, comentarista:

Los índices de aceptación del presidente Crockerman en los sondeos de opinión pública World-News han subido firmemente de un 60 a un 65 por ciento desde junio, sin ningún signo de cambio a medida que se acerca el Dia de las Elecciones. Las altas esferas políticas de Washington dudan de que nada pueda impedir una victoria fácil del presidente en noviembre, ni siquiera el desequilibrio de cien mil millones de dólares de la balanza comercial entre las naciones del Pacífico oriental y el Tío Sam… o la enigmática situación de Australia. Y, por mi parte, ni siquiera pienso llevar botones de campaña. Éstas van a ser unas elecciones aburridas.

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