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— Mi tarea aquí está casi terminada — dijo la voz de Karellen por un millón de aparatos de radio —. Al fin, después de un siglo, puedo deciros en qué consistía.

«Tuvimos que ocultaros muchas cosas, como nosotros mismos nos ocultamos durante la mitad de nuestra estancia en la Tierra. Algunos de vosotros, lo sé, pensasteis que ese ocultamiento era inútil. Estáis acostumbrados a nuestra presencia; ya no podéis imaginar cómo hubiesen reaccionado vuestros antecesores. Pero al menos podéis entender por qué nos ocultamos.

«Pero nuestro mayor secreto fue el propósito que nos trajo a la Tierra… ese propósito sobre el que habéis especulado interminablemente. Tuvimos que callar hasta ahora, pues no nos concernía a nosotros deciros la verdad.

«Hace un siglo vinimos a vuestro mundo y os salvamos de la autodestrucción. No creo que nadie pueda negarlo. Pero nunca sospechasteis en qué consistía esa autodestrucción.

«Cuando prohibimos las armas nucleares y todos los peligrosos juguetes que amontonabais en vuestros armarios, desapareció el peligro de la destrucción física. Creíais que ése era el único peligro. Hicimos todo lo posible para que lo creyeseis así, pero no era cierto. El mayor peligro con que os habéis enfrentado es de un carácter muy diferente. Y no concierne sólo a vuestra raza.

«Muchos mundos llegaron a la encrucijada de la fuerza nuclear, evitaron el desastre, lograron levantar una civilización pacifica y feliz… y fueron luego destruidos por fuerzas de las que no tenían noticia.

En el siglo veinte comenzasteis a investigar seriamente esas fuerzas. Fue necesario entonces tomar una determinación.

«A lo largo de ese siglo la raza humana estuvo acercándose lentamente al abismo… sin sospechar siquiera su existencia. Sobre ese abismo sólo hay un puente. Pocas razas lo han encontrado sin ayuda. Algunas se echaron atrás, evitando así a la vez el desastre y el triunfo. Sus mundos se convirtieron en islas elíseas, cómodamente satisfechas, que ya no desempeñaban ningún papel en la historia del universo. Ese nunca hubiera sido vuestro destino, o vuestra suerte. Vuestra raza tenía demasiada vitalidad. Se hubiese precipitado en la ruina, arrastrando a otros, pues nunca hubieseis encontrado ese puente.

«Lamento tener que hablaros por medio de analogías. No tenéis palabras, ni conceptos, para lo que deseo deciros, y nosotros mismos no sabemos mucho.

«Para entenderme tendríais que retroceder y resucitar muchas cosas que vuestros antecesores conocían, pero que vosotros habéis olvidado… que, en realidad, os hemos ayudado a olvidar. Pues nuestra estancia en la Tierra ha estado basada en una vasta decepción, un ocultamiento de verdades con las que no podríais enfrentaros.

«En los siglos anteriores a nuestra llegada vuestros hombres de ciencia descubrieron los secretos del mundo físico y os llevaron rápidamente de la energía del vapor a la energía del átomo. Dejasteis atrás la superstición. La ciencia fue la única religión de la humanidad, el regalo (de una minoría al resto de los hombres) — que destruyó todas las creencias. Aquellas que aún existían cuando llegamos nosotros, ya estaban agonizando. La ciencia, se decía, podía explicarlo todo. No había fuerzas que no comprendiese, no había acontecimientos de los que en última instancia no pudiese dar cuenta. El origen del universo podía seguir siendo un hecho desconocido, pero todo lo que había ocurrido desde entonces obedecía a las leyes de la física.

«Sin embargo, vuestros místicos, aunque extraviados en sus propios errores, vislumbraron parte de la verdad. Hay poderes mentales (y también otros, más allá de la mente) que la ciencia no hubiese podido encerrar. Esos poderes hubiesen roto los límites de la ciencia. En todas las edades se recogieron innumerables informes sobre fenómenos extraños, — telekinesis, telepatía, precognición — que vosotros bautizasteis, pero que nunca pudisteis explicar. Al principio la ciencia los ignoró, hasta negó su existencia, a pesar del testimonio de quinientos años. Pero existen, y una teoría total del universo tiene que contar con ellos.

Durante la primera mitad del siglo veinte algunos de vuestros hombres de ciencia comenzaron a estudiar estos fenómenos. No lo sabían, pero estaban jugando con la cerradura de la caja de Pandora. Las fuerzas que podían haber liberado eran mayores que todos los peligros atómicos. Pues los físicos sólo hubieran destruido la Tierra; los parafísicos hubiesen extendido el desastre al universo.

«Había que impedirlo. No puedo explicar la verdadera naturaleza de esa amenaza. No hubiese sido una amenaza para nosotros, y por esa misma razón no alcanzamos a comprenderla. Digamos que os hubieseis convertido en un cáncer telepático, una mentalidad — maligna — que en su inevitable disolución hubiese envenenado otras mentes más poderosas.

«Y así vinimos — fuimos enviados — a la Tierra. Interrumpimos vuestro desenvolvimiento en todos los niveles culturales, pero vigilamos muy particularmente la investigación de los fenómenos parafísicos. Estoy convencido de que evitamos también, al ponernos en contacto, todo trabajo creador. Pero ése fue un efecto secundario, y no tiene ninguna importancia.

«Ahora tengo que deciros algo que os parecerá muy sorprendente, quizá casi increíble. Todas esas Potencialidades, todos esos poderes latentes… nosotros no los poseemos, no los entendemos. Nuestras inteligencias son mucho más poderosas que las vuestras — pero hay en vuestras mentes algo que siempre se nos ha escapado. Os hemos estudiado desde que llegamos a la Tierra; hemos aprendido mucho, y aprenderemos más aún. Dudo sin embargo que podamos conocer toda la verdad..

«Nuestras razas tienen mucho en común; por eso nos eligieron para esta tarea. Pero, en otro sentido, somos los extremos de dos evoluciones distintas. Nuestras mentes han cumplido su desarrollo. Lo mismo que las vuestras, en su forma actual. Sin embargo, vosotros podéis dar otro paso, y esto es lo que nos distingue. Nuestras potencialidades están exhaustas; en cambio las vuestras no se han revelado todavía. Están unidas, de un modo que no podemos entender, a los poderes que he mencionado, los poderes que ahora están despertando en el mundo.

«Detuvimos vuestros relojes, interrumpimos el curso del tiempo mientras esos poderes se desenvolvían y comenzaban a fluir por sus verdaderos canales. Mejoramos vuestros planetas, elevamos vuestros niveles de vida, os trajimos paz y justicia, hicimos lo que nos pareció necesario, cuando nos vimos obligados a intervenir. Pero toda esta vasta transformación os apartó de la verdad, y sirvió así para que pudiésemos cumplir nuestros propósitos.

«Somos vuestros guardianes, nada más. Muy a menudo os habéis preguntado qué lugar ocuparía vuestra raza en la jerarquía del universo. Hay algo que está por encima de nosotros, y que nos utiliza para sus propios fines. Nunca hemos descubierto su naturaleza, aunque hemos sido sus instrumentos durante siglos. No nos atrevemos a desobedecerle. Una y otra vez hemos recibido sus órdenes, hemos ido a algún mundo que se encontraba en la primera fase de su cultura, y le hemos enseñado el camino que nosotros nunca podremos seguir, el camino que vais a emprender ahora.

«Hemos estudiado muchas veces el proceso que se nos ordenó vigilar, esperando poder huir un día de nuestras propias limitaciones. Pero sólo hemos percibido lineamientos de la verdad. Nos llamasteis los superseñores ignorando la ironía del título. Digamos que sobre nosotros hay una supermente que nos utiliza como el alfarero utiliza su rueda.

«Y vuestra raza es, la arcilla modelada por esa rueda.

«Creemos — aunque es sólo una teoría — que la supermente trata de crecer, de extender sus poderes y su conciencia a todo el universo. Es hoy la suma de muchas razas, y ya ha dejado atrás la tiranía de la materia. Advierte en seguida la presencia de seres inteligentes. Cuando supo que estabais casi preparados, nos envió a ejecutar esta orden, a disponeros para las transformaciones cercanas.

La raza humana cambió al principio con lentitud, durante siglos y siglos. Pero esta es una transformación de la mente, no del cuerpo. Si se la compara con la evolución orgánica, es un cataclismo, algo instantáneo. Ha comenzado ya. La vuestra es la última generación del Homo sapiens.

«En cuanto a la naturaleza del cambio, es muy poco lo que podemos deciros. No sabemos cómo se produce, qué impulso emplea la supermente cuando cree que ha llegado el momento. Sólo hemos descubierto que comienza con un simple individuo — un niño siempre — y luego se extiende de un modo instantáneo, como se forman los cristales alrededor del núcleo en una solución saturada. Los adultos no son afectados; el molde de sus mentes es inalterable.

«Dentro de unos pocos años habrá pasado todo, y la raza humana se habrá dividido en dos. Este mundo que conocéis ya no puede volver atrás, y ya no tiene tampoco futuro. Han terminado los sueños y las esperanzas de vuestra raza. Habéis dado origen a vuestros sucesores, y vuestra tragedia consiste en que nunca podréis entenderlos, que nunca podréis comunicaros con sus mentes. En realidad no tendrán mentes. Serán, todos, una simple entidad, como vosotros sois las sumas de miríadas de células. Pensaréis que no son seres humanos, y tendréis razón.

«Dentro de una pocas horas se habrá producido la crisis. Mi tarea y mi deber es cuidar a aquellos por los que he venido. A pesar de sus nacientes poderes podrían ser destruidos por las multitudes… sí, y aun por los padres cuando estos comprendan la verdad. Debo llevármelos y aislarlos, para su protección, y la vuestra. Mañana nuestras naves comenzarán la evacuación. No os acusaré si tratáis de intervenir, pero todo será inútil. Esos poderes que ahora están despertando son mayores que los míos; yo sólo soy su instrumento.

«Y luego, ¿qué haré con vosotros, los sobrevivientes, cuando haya concluido nuestra tarea? Sería lo más simple, y quizá también lo más misericordioso, destruiros, como vosotros mismos destruiríais un cachorro al que queréis mucho y que ha sufrido una herida mortal. Pero no haré eso. Podréis elegir vuestro futuro en los pocos años que os quedan. Tengo la esperanza de que la humanidad se encaminará a la paz, hacia su descanso, con la idea de que no ha vivido. inútilmente. Lo que habéis traído al mundo es algo terriblemente extraño que no comparte vuestros deseos y esperanzas, que puede juzgar vuestras más grandes hazañas como juguetes infantiles. Sin embargo es algo maravilloso, y es obra vuestra.

«Cuando vuestra raza esté totalmente olvidada, una parte de vosotros seguirá existiendo. No nos condenéis, entonces, por lo que estamos obligados a hacer. Y recordad: siempre os envidiaremos.

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