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La raza humana continuaba calentándose al sol en el largo y claro mediodía estival de la paz y la prosperidad. ¿Habría otra vez un invierno? Era inconcebible. La edad de la razón, saludada prematuramente por los jefes de la revolución francesa dos siglos y medio antes, había llegado al fin. Esta vez era cierto.

Había algunos inconvenientes, es claro, aunque se los aceptaba de buena gana. Uno tenía que ser muy viejo, realmente, para advertir que los periódicos que los teletipos imprimían en todos los hogares eran bastante aburridos. Las crisis que alguna vez habían originado los grandes titulares ya no eran posibles. No existían ya asesinatos misteriosos para confundir a la policía y hacer nacer en todos los pechos una indignación moral que a menudo sólo era envidia reprimida. Cuando había algún asesinato, no era nunca misterioso; bastaba con mover una perilla… y el crimen volvía a representarse. La existencia de instrumentos capaces de estas hazañas había causado en un principio considerable pánico entre gentes que vivían en un todo de acuerdo con las leyes. Esto era algo que los superseñores, que conocían la mayor parte, pero no todos los recovecos de la psicología humana, no habían previsto. Tuvo que ponerse perfectamente en claro que ningún curioso podía espiar a sus semejantes, y que los pocos aparatos manejados por los hombres serían estrictamente controlados. El proyector de Rupert Boyce, por ejemplo, no podía operar más allá de las fronteras de la reserva, de modo que Rupert y Maia eran las únicas personas que entraban en su dominio.

Aun los pocos crímenes de importancia que ocurrían a veces no recibían gran atención de los periódicos. Pues la gente educada no tiene interés, al fin y al cabo, en enterarse de las gaffes sociales del prójimo.

La semana laborable tenía ahora veinte horas, pero esas veinte horas no eran una prebenda. Había muy poco trabajo de naturaleza rutinaria y mecánica. Las mentes de los hombres eran demasiado valiosas para gastarlas en tareas que podían ser realizadas por unos pocos miles de transmisores, algunas células fotoeléctricas, y un metro cúbico de circuitos. Había algunas fábricas capaces de funcionar durante semanas enteras sin ser visitadas por ningún ser humano. Los hombres sólo eran necesarios para eliminar dificultades, tomar decisiones o trazar nuevos planes. Los robots hacían el resto.

La existencia de tanto ocio hubiese creado tremendos problemas un siglo antes. La educación había eliminado la mayoría de esos problemas, ya que una mente bien equipada no cae en el aburrimiento. El nivel general de la cultura hubiese parecido fantástico en otra época. No había pruebas de que la inteligencia de la raza humana hubiese mejorado, pero por primera vez todos tenían la oportunidad de emplear el cerebro.

La mayor parte de la gente tenía dos casas, en dos Puntos muy apartados del globo terráqueo. Ahora que habían sido habilitadas las zonas polares, una considerable fracción de la raza humana oscilaba del Ártico al Antártico en busca de un verano largo y sin noches. Otros vivían en los desiertos, en lo alto de las montañas, o aun debajo del mar. No había sitio alguno en el planeta donde la ciencia y la tecnología no pudiesen instalar, si alguien lo deseaba, una cómoda morada.

Las noticias más excitantes provenían de las casas que se alzaban en los lugares más raros. Aun en una sociedad perfectamente ordenada, siempre habrá accidentes. Quizá era un buen signo que la gente diera cierto valor a arriesgar el pescuezo, y a veces a quebrárselo, en beneficio de una cómoda villa colgada de la cima del Everest o en medio de la espuma del salto de la Victoria. Como resultados, siempre rescataban a alguien, en alguna parte. Se trataba de una especie de juego, casi un deporte planetario.

La gente podía permitirse tales caprichos, pues le sobraba por igual tiempo y dinero. La abolición de los ejércitos había doblado casi el bienestar efectivo del mundo, y la mayor producción había hecho lo demás. Era difícil comparar el nivel de vida del hombre del siglo veintiuno con el de sus predecesores. Todo era tan barato que las necesidades vitales se satisfacían gratuitamente, como había ocurrido en otro tiempo con los servicios públicos: caminos, agua, iluminación de las calles y sanidad. Un hombre podía viajar a cualquier parte, comer cualquier cosa… sin ningún gasto. El ser miembro productor de la sociedad le daba esos derechos.

Había, naturalmente, algunos zánganos; pero el número de personas de voluntad suficiente como para entregarse a una vida de ocio total es mucho más pequeño de lo que comúnmente se supone. Soportar a tales parásitos era una carga muchísimo menos pesada que sostener todo un ejército de recolectores de formularios, contadores, empleados de banco, corredores de bolsa, y otros similares cuya función principal, cuando se lo considera globalmente, consiste en pasar los asientos de un libro a otro.

Se había calculado que un cuarto casi de la actividad humana se empleaba en deportes de toda especie, desde ocupaciones tan sedentarias como el ajedrez, hasta otras mortales como la de esquiar por valles montañosos. Como inesperada consecuencia los deportistas profesionales se habían extinguido. Había muchos brillantes aficionados y el cambio de las condiciones económicas había hecho totalmente anticuado el viejo sistema.

Junto con los deportes, el entretenimiento, en todas sus formas, era la mayor de las industrias. Durante más de un siglo mucha gente había podido creer que la capital del mundo era Hollywood. Tenían ahora más razones aún para esta creencia; pero es bueno declarar que la mayor parte de las producciones del año 2050 hubiesen parecido incomprensiblemente complejas en 1950. Había habido algunos progresos: las ganancias ya no eran lo más importante.

Sin embargo, en medio de todas las distracciones y diversiones de un planeta a punto de convertirse en un inmenso campo de juegos, había algunos que todavía encontraban tiempo para repetir una vieja y nunca contestada pregunta:

— ¿A dónde vamos por este camino?

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