3 Estirpe

El tacto de la cálida arena resultaba agradable en las almohadillas de las garras de la criatura que avanzaba por el desierto hacia el noroeste, en una trayectoria oblicua que la alejaba del sol naciente.

Horas antes, la criatura se había sentido impulsada por un propósito apremiante, una búsqueda que la había internado en este interminable desierto. Tenía que localizar a los aliados de su señora, los Dragones Azules que se guarecían en esta abrasadora desolación, y las criaturas inferiores, como ella misma, que pululaban por la zona. Una vez reunidos, serían transportados a la batalla que se estaba fraguando en el Abismo.

Pero la criatura había recibido esas instrucciones hacía horas —de hecho, la noche anterior—, y ahora había perdido el contacto con su señora, la Reina de la Oscuridad, Takhisis. Ya no percibía su poderosa presencia. No sabiendo qué hacer, continuó su monótona andadura y disfrutó con el tacto de la arena.

La criatura caminaba erguida como un hombre, pero era más semejante a un dragón. Sus escamas de color cobrizo, así como su piel, ponían de manifiesto que era un kapak, una de las subespecies más lerdas de la raza draconiana de Krynn. Tenía un hocico semejante al de un lagarto, ojos de reptil, y manojos de pelo áspero y greñudo de un tono pardusco que colgaban de su mandíbula moteada. Las alas, que agitaba de vez en cuando para refrescarse, eran correosas, y en la base del macizo cráneo nacía una erizada cresta que terminaba en la punta de la corta cola, la cual sacudía con nerviosa incertidumbre.

Se preguntaba qué hacer. A despecho de sus cortos alcances, el kapak notaba que algo iba mal. Quizá la batalla había empezado antes de lo que se esperaba, y su Oscura Majestad estaba ocupada.

No sabía si seguir buscando a los dragones, pues ya había encontrado vacías dos guaridas. Tal vez otros draconianos, esbirros de la reina, habían salido con la misma misión y habían encontrado a todos los dragones que vivían en los Eriales y habían sido transportados por su soberana. O quizá la batalla se había suspendido, y la Reina Oscura había olvidado informar a su fiel servidor kapak.

«Quizá se han olvidado de mí, me han abandonado», pensó. El kapak hizo un alto y escudriñó la árida extensión, la monotonía del paisaje rota de vez en cuando por parches de hierba raquítica, chaparros y rocas amontonadas. Se rascó la escamosa cabeza y después reanudó la caminata, decidido a atenerse a las órdenes recibidas hasta que volviera a percibir en su mente la presencia de Takhisis.


Khellendros siguió gozando con la tormenta de verano mientras viraba hacia el noroeste y dejaba Foscaterra atrás. La lluvia era cálida y le cantaba, tamborileando una suave melodía contra su espalda. Su canto le decía que se alegraba de tenerlo de vuelta.

Era una sensación agradable estar de nuevo en casa, pensó el gran Dragón Azul, que alzó la vista al cielo y dejó que la lluvia le mojara los dorados ojos. Y aún se sentiría mejor al poner fin a la soledad, cuando se reuniera con Kitiara de nuevo.

—Una vez te hice una promesa —siseó en voz alta a la par que los kilómetros discurrían bajo sus enormes alas—. Juré que te mantendría fuera de peligro, pero te fallé. Tu cuerpo murió y tu espíritu desapareció de Ansalon, aunque sé que está vivo y me recuerda.

También el dragón recordaba. Recordaba lo que era estar unido con el único ser humano que, a su entender, poseía el corazón de un dragón. Ambiciosa y astuta, Kitiara lo había dirigido en asaltos victoriosos, conduciéndolo de una batalla gloriosa a otra. Juntos no había nada que no se atrevieran a hacer ni fuerza alguna que se les resistiera.

Khellendros se había sentido realizado en aquellos años de antaño, siempre decidido y siempre satisfecho en compañía de su calculadora y fiel compañera. Recordaba con nostalgia la desbordante alegría que compartían en plena batalla, y la embriagadora sensación de la victoria que venía a continuación.

Y recordaba la frustración de ser incapaz de salvar a Kitiara en uno de los pocos días en que se encontraba sola, lejos de él. Incluso a pesar de la distancia sintió la muerte de su cuerpo, experimentó el instante de su muerte como si le hubieran propinado un golpe increíble en la boca del estómago. Había volado hacia ella entonces, y había visto desplomado el frágil cadáver, el débil cuerpo humano que había albergado su extraordinaria mente. Y, a través de un velo de ira y lágrimas, había presenciado cómo su espíritu se liberaba y se elevaba sobre los inútiles restos. ¡Su espíritu seguía vivo!

Khellendros había jurado atrapar su esencia y encontrar otro cuerpo —uno al que protegería con mucho más empeño— para su compañera. El dragón fue en pos del espíritu de Kitiara volando sobre llanuras y valles de Ansalon; de vez en cuando lo perdía de vista, para después volver a sentirlo cerca, pero fuera de su alcance. Había pasado años siguiéndolo, buscándolo. En ocasiones había habido meses rebosantes de frustración, cuando ni el más leve vestigio del espíritu de la mujer se había cruzado en su camino. Con todo, el gran dragón rehusó darse por vencido, y por fin había vuelto a encontrar su esencia, a sentir su mente, y la había llamado.

¡Skie!, había oído dentro de su cabeza. Era la voz de Kitiara, y su corazón había palpitado jubiloso. El dragón buscó en lo más hondo de su ser, invocando las energías mágicas que discurrían por todo su cuerpo. Trató de canalizarlas para atraer a la mujer hacia sí. ¡Skie!, oyó la voz otra vez, algo más fuerte que un susurro en esta ocasión.

Entonces su espíritu se había desvanecido de nuevo, y Khellendros supo en el fondo de su corazón que la esencia de la mujer ya no estaba en Krynn. Entonces se había dirigido a los Portales de piedra con la esperanza de que el espíritu de Kitiara hubiera entrado en otra dimensión a la que él pudiera llegar utilizando estos accesos. Viajó a través de los antiguos y místicos Portales, maniobrando entre nebulosas dimensiones donde habitaban duendes y vagaban sombras de seres humanos.

Estuvo buscando durante lo que le parecieron siglos. En ese tiempo creció y se convirtió en un vetusto reptil de grandes proporciones y sobrecogedores poderes. Aprendió de memoria los neblinosos pasajes y las turbulencias entre reinos y planos; descubrió razas desconocidas en Krynn; topó con hechizos olvidados por los mortales desde hacía mucho tiempo. Cuando creía que ya no le quedaba ningún sitio donde buscar, ninguna borrosa dimensión sin explorar, fue a parar por casualidad a El Gríseo.

Era una tierra sin tierra, un limbo de arremolinadas volutas grises en el que bullían las almas. No parecía haber allí criaturas con materia, a excepción de él mismo. El gran Dragón Azul no planeaba quedarse mucho tiempo, pero percibía la presencia de algo familiar y preciado para él, un vestigio de Kitiara. En consecuencia, siguió buscando, quizá durante un siglo más. El tiempo transcurría de manera diferente a este lado del Portal, discurriendo con tanta velocidad como lo hacía con lentitud en Krynn, y el único detalle por el que el dragón sabía que esto ocurría así era por el ritmo constante de su crecimiento. Pero para Khellendros el tiempo era algo que no contaba; sólo importaban Kitiara y la reparación de su promesa incumplida.

Por fin la había encontrado y había tocado fugazmente su espíritu, como si su mente fuera una mano que acariciara la mejilla de la persona amada. Ella había reconocido su presencia, le había pedido que se quedara a su lado en El Gríseo, su hogar actual. «Pronto estaremos juntos, para siempre», había musitado él, y después se había marchado para regresar a Krynn a través del Portal.

—Volveremos a ser compañeros —dijo Khellendros mientras dirigía sus pensamientos de nuevo al presente y contemplaba su sombra que se deslizaba sobre el serpenteante río Vingaard—. Encontraré un cuerpo adecuado para tu espíritu.

Las grandes praderas de Trasterra se extendían bajo él, y el viento levantado por sus alas hacía ondear la hierba. Un gran rebaño de venados dejó de pacer y miró hacia arriba. Aterrados por la presencia del dragón, los animales corrieron espantados en distintas direcciones. Khellendros tenía hambre, y el rebaño resultaba tentador, pero llenar el estómago tendría que esperar. Ante todo debía ocuparse del nuevo cuerpo de Kitiara.

Durante el viaje a través de los Portales había aprendido un poderoso hechizo que le permitiría desalojar el espíritu de un cuerpo e introducir otro en él. Elegiría el de un guerrero, joven y sano, atlético y de buena presencia, cosa que complacería a Kitiara.

Un guerrero elfo, decidió Khellendros. Los elfos vivían muchos más años que los humanos y que las otras razas de Krynn, y el dragón, que casi podía considerarse inmortal, deseaba para Kitiara un cuerpo en el que el paso de las décadas no dejara huella. Y, cuando ese cuerpo elfo empezara finalmente a debilitarse y a envejecer, conseguiría otro. No volvería a dejar que muriera.

Quedaron atrás la mañana y Trasterra sin haber visto la menor señal de elfos en ninguna parte. Las desoladas extensiones de los Eriales del Septentrión aparecieron ante su vista. Oleadas de bendito calor vespertino se alzaban del suelo y acariciaban la parte inferior de sus alas. Le encantaba el vibrante bochorno del desierto de los Eriales, y habría disfrutado tumbándose en la arena y dejando que el sol le acariciara las escamas, pero no podía perder tiempo en placeres personales, y sabía que en los Eriales no había elfos.

«Aunque sí van y vienen de Palanthas», reflexionó. «Lo único que tengo que hacer es esperar en las afueras de la ciudad hasta que vea a uno que sea aceptable. Puede que incluso atrape varios para realizar pruebas.»

Hizo virar su corpachón hacia el oeste. El territorio de Palanthas se encontraba detrás del desierto, y la ciudad se alzaba en la lejana costa, resguardada entre un abra del océano Turbulento y una cordillera. No le llevaría mucho tiempo volar hasta allí, probablemente unos tres días si mantenía un buen ritmo. O tal vez encontrara otro Portal por el que llegar antes.

Comería y descansaría después de haber capturado unos cuantos elfos. Entonces se...

Los pensamientos de Khellendros fueron interrumpidos por algo que el dragón atisbo en la arena, a lo lejos. La figura brincaba y planeaba, batiendo sus pequeñas alas y agitando los brazos para llamar la atención del dragón.

Khellendros enfocó su penetrante vista en la criatura. Era un obtuso kapak. ¿Qué querría? El Dragón Azul dejó atrás a la criatura que seguía haciéndole señas, pero en su mente irrumpieron interrogantes sobre los draconianos. «¿Por qué se atreve a molestarme? ¿Será algo importante? Quizá debería...»

Finalmente, la curiosidad pudo más que él; plegó las alas contra los costados, cambió el rumbo, y descendió en picado hacia el suelo del desierto. Una breve interrupción no tenía importancia; además, así podría sentir el agradable tacto de la arena caliente, aunque sólo fuera durante unos instantes.

El kapak no temía al dragón, aunque todos los draconianos respetaban a los grandes reptiles por sus maravillosas habilidades, pero estaba muy impresionado por el tamaño de Khellendros. En el momento en que el dragón aterrizó, el draconiano corrió hacia él con los brazos alzados ante sí para resguardarse de la lluvia de arena que levantaban las inmensas alas, y empezó a parlotear.

—Habla más despacio —ordenó Khellendros.

—La Reina Oscura —graznó el kapak, cuya voz estaba enronquecida ya que tenía la boca y la garganta secas por estar en los Eriales tanto tiempo—. Mi señora, nuestra señora, Takhisis, quiere que los dragones se agrupen.

Khellendros arqueó el enorme entrecejo en un gesto interrogante.

El kapak frunció los agrietados labios y se esforzó por recordar las órdenes recibidas.

—Aquí —dijo finalmente—, Takhisis quiere que los Dragones Azules se reúnan aquí, en el desierto. También los draconianos, si encuentro alguno. Agruparse todos en el desierto, dijo la Reina Oscura. En el desierto...

—¿Por qué? —lo interrumpió Khellendros, sin dejar que el kapak acabara de hablar.

—Una batalla en el Abismo —replicó, enojado—. Takhisis quiere que los Dragones Azules se agrupen en el desierto. Otros se reúnen en otra parte. Nos llamará al Abismo. Allí habrá una gloriosa batalla.

Khellendros rugió, y el kapak retrocedió unos pasos.

—No tengo tiempo para batallas —espetó el dragón, que hizo una mueca y dejó a la vista los dientes relucientes.

—Pero Takhisis...

Khellendros cerró los ojos, se concentró, y abrió su mente en un esfuerzo por entrar en contacto con la Reina de la Oscuridad a fin de verificar lo que este estúpido draconiano decía. El gran Azul visualizó mentalmente el dragón de cinco cabezas, imagen de la diosa, con tanta claridad como si lo tuviera ante sí, pero no logró establecer contacto con ella. Dedujo que su señora estaba ocupada con asuntos divinos, y que el necio kapak no sabía lo que se decía. ¿Una batalla en el Abismo? Imposible. Si hubiera una contienda, la todopoderosa deidad no precisaría ayuda. Seguramente el calor había hecho enloquecer al simple kapak. Sin embargo, su cuerpo estaba en buenas condiciones. El Dragón Azul observó escrutadoramente al draconiano.

—Takhisis quiere que los Dragones Azules se agrupen en el desierto —repitió la criatura.

El cuerpo del kapak emitía un cierto halo mágico, así como la esencia de dragón. Muy apropiado para una mujer con un corazón de dragón, reflexionó Khellendros. Más apropiado incluso que el cuerpo de un elfo.

—Habrá una batalla en el Abismo —reiteró con un tono monótono el draconiano, sin darse cuenta de que el dragón apenas le prestaba atención—. Takhisis dice que los irdas rompieron la Gema Gris y dejaron libre a Caos. El Padre de Todo está furioso, quiere destruir Krynn. Todo el mundo tiene que luchar contra Caos en el Abismo, dice Takhisis.

La mente de Khellendros era un hervidero de ideas. Los draconianos eran inmunes a las enfermedades humanas. Vivían un millar de años. Kitiara estaría de acuerdo. El gran Dragón Azul sabía que el kapak, como todos los demás draconianos, había sido creado por la Reina de la Oscuridad para que fuera su esbirro y la sirviera como mensajero, espía, asesino o soldado.

De los huevos de los Dragones del Bien había formado los cuerpos estériles de los draconianos y los había insuflado con la esencia de los tanar'ris, unos espíritus perversos del Abismo. Este kapak procedía de un huevo de los Dragones de Bronce y, por ende, su cuerpo era de superior calidad.

Khellendros se fue acercando hasta que el inmenso hocico estuvo a pocos centímetros del kapak. Alargó una de las patas delanteras y su garra se cerró cautelosamente en torno al sorprendido draconiano.

—¿Qué pasa? —exclamó la criatura.

—Te vienes conmigo —contestó Khellendros.

—¿Al Abismo?

—A mi cubil.

—¡Pero... Takhisis, y Caos! ¡No! —Con la última palabra, el kapak escupió en la garra del dragón y empezó a forcejear.

Venenosa y cáustica, la secreción siseó y estalló en burbujas sobre la piel del dragón. Con un bramido, Khellendros soltó al kapak y metió la garra en la arena para aliviar la molesta sensación.

El kapak retrocedió un paso y lo miró fijamente. Cayendo finalmente en la cuenta de que el dragón no iba a seguir sus valiosas instrucciones, giró sobre sí mismo y echó a correr; cuando entrara en contacto con Takhisis mentalmente, le informaría que este insolente Dragón Azul la había desobedecido. Batió las alas atropelladamente y, saltando en el aire, planeó unos cuatro metros antes de aterrizar de nuevo en la arena y volver a saltar sin dejar de aletear furiosamente.

Un retumbo desdeñoso surgió en lo más hondo de Khellendros al ver que el draconiano trataba de volar. Sabía que sólo un tipo de draconianos podía volar realmente: el creado de huevos de Dragones de Plata. Los intentos del kapak resultaban ridículos, lastimosos.

«Pero tú sí podrás volar, Kitiara» pensó el Dragón Azul mientras el retumbo ascendía por su garganta y sus alas se desplegaban. Khellendros se elevó sobre la arena y abrió las fauces, de manera que escupió un rayo que se descargó en el suelo, delante del kapak que huía.

El sobresaltado draconiano giró a la derecha y se impulsó sobre las piernas con más fuerza, lanzando una lluvia de arena tras su regordeta cola.

Otro rayo cayó a pocos metros delante de él, y la arena saltó en todas direcciones al tiempo que el cielo del desierto retumbaba con un trueno. El kapak se estremeció cuando un tercer rayo se descargó justo detrás de él. La criatura se encogió y volvió a virar hacia la derecha, pero al instante lo cubrió la sombra de Khellendros; se frenó en seco, levantó la cabeza, y se encontró mirando el vientre del Dragón Azul.

Khellendros agarró al kapak por una de las correosas alas, se remontó en el cielo, y voló velozmente hacia el norte con su forcejeante presa, que no dejaba de escupir. Sin prestar atención a su cháchara acerca del Abismo, se concentró en el sonido del viento que silbaba alegremente en torno a sus azules alas.

Cuando la noche trajo su refrescante caricia al desierto y las parpadeantes estrellas empezaron a hacerse visibles, Khellendros descendió al pie de una loma algo rocosa. Sólo había una luna en el cielo, una gran esfera pálida. No se parecía a ninguna de las tres lunas que habían girado en torno a Krynn desde la creación del mundo: la roja Lunitari, la blanca Solinari y la negra Nuitari. Pero el dragón sólo pensaba en Kitiara y en el draconiano que llevaba atrapado en sus garras, por lo que no reparó en el pálido astro.

El kapak apenas ofrecía ya resistencia, así que el Dragón Azul lo arrojó sobre la arena y se puso a excavar cerca de una depresión de la loma. Sus largas garras se clavaban en el suelo del desierto y tiraban hacia arriba, arrastrando consigo tierra, arena y piedras. El kapak se acobardó, creyendo que el dragón pensaba enterrarlo vivo. Pero, a medida que la noche avanzaba, el agujero se fue haciendo más y más grande. La luna ascendió en el firmamento, y su luz dejó al descubierto una inmensa caverna.

Poco después, el alba llegaba a los Eriales del Septentrión, pero la sombra arrojada por la loma ocultaba de manera efectiva la entrada del cubil recuperado por el dragón. Khellendros se apresuró a empujar al kapak hacia la boca de la cueva, y lo siguió al interior.

—La Reina Oscura... —empezó a decir el draconiano. Su voz era apenas un susurro y se quebraba con cada palabra, que salían de entre sus labios hinchados por la falta de líquido.

—Te creó —lo interrumpió Khellendros mientras echaba un vistazo en derredor a su hogar. Lo complació comprobar que no se había tocado nada desde su partida, que ningún otro dragón había descubierto la inmensa cueva subterránea ni se había apoderado de ella junto con todas las grandes riquezas que guardaba. Montones de monedas y piedras preciosas emitían débiles destellos con la tenue luz que penetraba por la entrada. Su tesoro, cubierto con una fina capa de arena y polvo, permanecía intacto, y pronto lo compartiría con Kitiara.

—Takhisis...

—Te dio un intelecto poco brillante —volvió a interrumpirlo el dragón—. Pero te otorgó un cuerpo fuerte y saludable, y haré buen uso de él.

El kapak se echó a temblar. A sus labios acudieron palabras de súplica, pero de ellos no salió sonido alguno, y el corazón empezó a palpitarle en el pecho frenéticamente. ¿Un dragón amenazando a un servidor de Takhisis? La mente del kapak gritaba que tal cosa no estaba bien. El draconiano contempló con horror cómo Khellendros se aproximaba a él. Utilizando una de sus afiladas garras, el Dragón Azul empezó a cincelar un dibujo en la piedra del suelo en tanto que su mirada iba de manera alternativa del trabajo que estaba realizando a su prisionero kapak.

Los minutos se prolongaron hasta que, finalmente, Khellendros terminó el dibujo; el dragón llamó con un gesto de su garra al draconiano. Como un sonámbulo, el kapak obedeció y se adelantó arrastrando los pies hasta situarse justo en el centro del dibujo.

—Aprendí ciertos conjuros —siseó Khellendros, hablando más para sí mismo que para el draconiano—, unos conjuros antiguos que los patéticos hechiceros humanos de Krynn darían cuanto poseen por conocer. —El dragón extendió una garra y tocó con ella el esternón del kapak. El draconiano se encogió y dio un respingo cuando la garra bajó por su tórax. La sangre y algunas escamas cobrizas cayeron al suelo de piedra—. Aprendí cómo desplazar mentes y reemplazarlas por otras.

Cuando Khellendros apartó la garra, el draconiano se llevó las manos a la herida del pecho, obligándose a no gritar para no hacer patentes su dolor y su debilidad. El dragón empezó a mascullar palabras extrañas, complejas y profundas que llenaron la cueva subterránea y aumentaron el miedo del kapak. La voz del dragón aceleró su ritmo, y el gran reptil miró directamente a los ojos del draconiano en el momento en que terminaba de pronunciar el hechizo.

La determinación del kapak se esfumó en un suspiro y dio paso a un único y penetrante aullido. Cayó de rodillas al suelo y se llevó las manos a las sienes para calmar los dolorosos latidos de su cabeza. Su cola se agitó frenéticamente de lado a lado, y los músculos de sus brazos y sus piernas temblaron y se sacudieron por los espasmos. Una fina película de sudor le cubrió la escamosa piel.

Khellendros esperó, indiferente a la agonía de su cautivo, y vio cómo el kapak caía de bruces, boqueaba, se retorcía y sufría arcadas. Tras unos segundos interminables, sus movimientos espasmódicos perdieron fuerza y finalmente cesaron. El pecho subió y bajó al ritmo de una respiración normal, y la criatura se incorporó lentamente del suelo; miró, temerosa, al dragón.

—Takhisis...

—¡No! —bramó Khellendros. Propinó un golpe al kapak que lo lanzó dando tumbos contra la pared de la cueva. La mente de la criatura tendría que haber desaparecido, su espíritu desplazado. No debería haber sido capaz de pensar ni de hablar, no tendría que haber sido más que un cascarón vacío, inmóvil, pero con vida, preparado para recibir la esencia de Kitiara—. ¡La magia de Takhisis es demasiado poderosa!

El dragón se arrastró hacia adelante al tiempo que le brotaba una lágrima de frustración. La lágrima se deslizó sobre su azul mejilla y cayó en el dibujo, donde se mezcló con la sangre y las escamas del kapak. Khellendros contempló fijamente los trazos cincelados que empezaban a relucir y a brillar con tonos azules y dorados.

—Pero también mi magia es muy poderosa —dijo el dragón—. Quizás un conjuro clónico podría funcionar.

De nuevo empezó a mascullar palabras arcaicas de otro hechizo aprendido mientras cruzaba el Portal. A medida que la intensidad de su voz crecía, también lo hacía la del resplandor. El fulgor se expandió, y formó una columna de chispeantes luces azules y cobrizas. Chisporroteó y centelleó, y entonces un haz de luz azul se desprendió de la columna y se descargó sobre el kapak. El draconiano volvió a chillar.

Khellendros se concentró en la columna, que había empezado a tomar una forma diferente. A través del resplandor de las luces, el dragón podía ver cómo cobraban forma unos miembros musculosos, un ancho tórax y una cabeza semejante a la de un dragón. Cuando las luces se apagaron, unas alas brotaron de la espalda de la criatura al tiempo que una larga cola crecía hasta el suelo. El ser tenía una vaga semejanza con el kapak, pero era más refinado, con unas escamas azul oscuro, del color del mar al anochecer. Sus ojos eran dorados, como los del Dragón Azul, y una cresta de púas le corría desde la coronilla hasta la punta de la cola. Unos rayos diminutos chisporroteaban entre las garras de la criatura, y su respiración sonaba como una suave llovizna.

—Mi lágrima —musitó Khellendros en tono quedo—. Alteró el conjuro, creó algo diferente.

—Amo —graznó la criatura azul.

Los ojos del dragón se abrieron de par en par, y su mirada fue del acobardado kapak a la nueva criatura. El kapak, acurrucado como un niño asustado, miró de soslayo al dragón y luego agachó los ojos.

—¡Estirpe de Khellendros! —exclamó el dragón. Decidió llamar a la criatura un khelldrac. Se sentía extremadamente complacido consigo mismo.

Pero entonces su complacencia se hizo añicos al caer en la cuenta de que bautizar a la criatura con parte de su nombre era revelar su secreto prematuramente.

—Por ahora, te llamaré simplemente... drac. —La exigua palabra lo hizo encogerse, y miró a su creación, que se asemejaba a él tanto en hermosura como en porte. Se sintió arrebatado ante su propia magnificencia, y las palabras acudieron a su boca y salieron en tropel de sus inmensas mandíbulas:— Quizá debería llamarte drac azul. —Era lo menos que se merecía, pensó para sus adentros.

—Amo —repitió la criatura. La palabra sonó más fuerte en esta ocasión. El ser apretó los puños, giró la cabeza de reptil, y flexionó las piernas para probar los fuertes músculos. Después batió levemente las alas, removiendo la fina capa de arena y polvo que alfombraba la caverna, y se elevó unos cuantos palmos sobre el suelo de piedra.

«No pude desplazar la mente del kapak porque la magia de Takhisis es demasiado poderosa —reflexionó Khellendros—. Pero quizá sí podría desplazar la mente del drac. Entonces el espíritu de Kitiara dispondría de un cuerpo exquisito.»

—¡Amo! —Una expresión de dolor asomó fugaz a los rasgos del drac. Los ojos de la criatura se apagaron, y su forma empezó a perder consistencia y a volverse transparente. Su cuerpo tembló y rieló como ondas de calor sobre la ardiente arena del desierto. Después desapareció, dejando tras de sí un débil fulgor azul que se enroscó sobre sí mismo y se extinguió.

El rugido colérico de Khellendros sacudió la caverna.

—¡No fracasaré! —bramó el gran dragón. Se levantó sobre sus patas traseras hasta rozar el techo con la cabeza.

El kapak se pegó contra las sombras y se alejó a hurtadillas de Khellendros, dirigiéndose hacia la salida del cubil.

—¡Triunfaré! —rugió el Dragón Azul al tiempo que una de sus garras se disparaba y atrapaba al draconiano—. ¡Experimentaré contigo otra vez y las veces que sean necesarias!


Muchos meses después, Khellendros se encontraba descansado, ahito y satisfecho. Cuatro dracs azules se encontraban al fondo de su cubil, y él había pasado las ultimas horas admirándolos.

El kapak que había ayudado a materializar su creación yacía sobre el suelo de la caverna, exhausto y magullado. Su sed había sido apagada, y también había comido recientemente. El Dragón Azul se ocupaba de mantenerlo razonablemente saludable para así poder hacer uso de él otra vez.

Khellendros sabía que sus dracs azules, sus vástagos, eran más fuertes que el kapak, posiblemente más fuertes que los auraks, los draconianos más grandes de la Reina Oscura. Había sido necesario combinar el arcaico hechizo con la sangre y las escamas del kapak, sus propias lágrimas, y cuatro humanos recogidos de una tribu de bárbaros nómadas que había al norte de su cubil. Los cuerpos habían dado materia a los dracs, impidiendo que sus formas se disiparan. Las mentes humanas se habían fundido con la del kapak para crear un nuevo ser, uno que era entera y mágicamente fiel a Khellendros.

—Uno de vosotros tendrá el honor de albergar a Kitiara —susurró el Dragón Azul. Salió del cubil, extendió las alas, y se dirigió hacia Foscaterra.

Tras él, y olvidado, el kapak se esforzó por ponerse de pie. Durante largos instantes observó fijamente a los dracs de escamas azules. Ellos le sostuvieron la mirada, pero no dijeron ni hicieron nada. Khellendros no les había dado ninguna orden, no les había dicho que podían hablar. Unos rayos diminutos crepitaban entre sus afiladas y negras garras, y sus ojos brillaban como ascuas ardientes.

El kapak pensó que eran hermosos. Lo enfureció y lo sorprendió el hecho de que una parte de su mente y algunas de sus escamas hubieran alimentado la magia que les había dado vida. Vida. La palabra remoloneó en su simple cerebro.

—Los auraks deberían saber esto —dijo, refiriéndose a sus hermanos draconianos que habían sido creados de los huevos corruptos de Dragones Dorados—. Tendrían que saberlo. Y también los sivaks. —El kapak sabía que los auraks y los sivaks eran los draconianos más listos y astutos de todos. Quizá podían usar esta magia para conseguir que su raza procreara, para que dejara de ser estéril. Quizá lo recompensaran por esta información.

El intrigante kapak salió del cubil de Khellendros andando a trompicones; la misión impuesta por él mismo prestó fuerza a sus pasos inseguros.


Los kilómetros pasaron veloces bajo las alas de Khellendros. Era de noche cuando llegó a Foscaterra, y la pálida luna que flotaba en el cielo despejado iluminaba el paisaje que era igual —y sin embargo distinto— que cuando lo había visto muchos meses atrás. El gran Dragón Azul planeó sobre las copas de los añosos árboles y descendió en picado hacia el suelo. Aterrizó cerca de un pequeño collado y miró fijamente el círculo de piedras que se alzaba allí. La niebla había desaparecido, y las vetustas piedras eran visibles para todos.

Khellendros estaba desconcertado, pero echó a andar hacia el círculo; sus pisadas sonaban como truenos apagados. Su cuerpo era demasiado grande para pasar entre las piedras, así que se impulsó con las patas y aterrizó en el centro del círculo. Enroscó la cola en torno a sus patas, como un gato.

Cerró los ojos y se concentró, imaginando el nebuloso reino de El Gríseo, pensando en Kitiara. Khellendros se vio a sí mismo flotando a través de la niebla, acercándose más y más a su antigua compañera, llamándola, contándole lo de sus dracs azules y su nuevo cuerpo. Pero cuando abrió los ojos todavía seguía dentro del círculo.

—¡No! —El grito del Dragón Azul se propagó por los campos de Foscaterra. Un ruido profundo subió por su garganta y formó un rayo que salió disparado de su boca y se perdió en el cielo, muy, muy arriba.

Khellendros cerró de nuevo los ojos y se volvió a concentrar. Repitió el conjuro en su mente una y otra vez, imaginándose a sí mismo pasando de Krynn a otras dimensiones. Pero tampoco ocurrió nada en esta ocasión.

Llevado por la cólera, sacudió la cola y derribó del golpe una de las piedras.

—¡La magia! —siseó—. ¡La magia no acude a mí! ¡El Portal no se abre!

Soltó otro rayo ardiente que alcanzó una piedra y la reventó en miles de fragmentos que rebotaron contra su dura piel sin ocasionarle daño alguno. Entonces invocó a las nubes, y un denso y negro manto cubrió rápidamente el cielo, del que se descargó una terrible tormenta muy acorde con su iracundo estado de ánimo. El viento se levantó y pronto empezó a aullar. La lluvia caía sobre la tierra con fuerza, los relámpagos rasgaban el cielo, y los truenos hacían temblar el entorno.

—Otro Portal —siseó sobre el aullido de la tormenta—. Volaré hasta otro Portal. —Sus piernas se tensaron, listas para impulsarlo hacia el cielo.

—Ningún otro Portal funcionará.

La voz sonó hueca, poco más que un susurro, pero dejó paralizado al gran dragón. Khellendros giró la enorme cabeza hacia uno y otro lado, buscando al que había hablado, osando inmiscuirse en sus asuntos.

—La magia ha desaparecido de este Portal y de todos los restantes.

—¿Quién eres? —bramó el dragón en una voz que se oyó por encima del retumbar de los truenos.

—Nadie de importancia —contestó la voz.

—¿Cómo sabes todo esto?

—Sé que queda poca magia en Krynn.

—¡Muéstrate! —exigió Khellendros al tiempo que volvía a sacudir la cola y volcaba otras dos piedras.

—¡Cuidado! —advirtió el que hablaba, quien por fin se mostró.

Una de las vetustas piedras se apartó del círculo, emitió un brillo apagado, a continuación se encogió y, como arcilla trabajada por un experto alfarero, adquirió la forma de un ser pequeño, semejante a un humano. Medía poco más de treinta centímetros, era gris y estaba desnudo. No tenía orejas, sólo unos pequeños agujeros a los lados de la cabeza, y sus ojos eran grandes y negros, sin pupilas. Sus dedos eran delgados como juncos y puntiagudos, al igual que sus pequeños dientes.

El dragón se acercó, levantó una pata delantera, y la bajó con intención de aplastar al hombrecillo. Pero éste era rápido. Corrió veloz hacia un lado, se agarró a una de las piedras y chasqueó la lengua.

—Matándome no conseguirás que los Portales funcionen.

—¿Qué eres? —bramó Khellendros.

—Un huldre —contestó el hombrecillo.

—Un duende —siseó el Dragón Azul mientras estrechaba los ojos.

—¿Nos conoces?

Khellendros inclinó la cabeza hasta que tuvo la nariz a menos de un palmo del huldre.

—Una de las razas perdidas de Krynn —entonó el dragón con voz monótona—. Un polimorfista, un maestro de los elementos. ¿De la tierra? —El hombrecillo gris asintió con su calva cabeza—. Vives en El Gríseo.

—O dondequiera que me plazca. Que me placía —se apresuró a corregirse.

—Quiero acceder a El Gríseo —gruñó Khellendros.

—Igual que yo —dijo el huldre—. Lo prefiero a los otros reinos. Pero la magia ha desaparecido de este mundo. La batalla en el Abismo se ocupó de ello.

—¿El Abismo? —Los dorados ojos de Khellendros se abrieron de par en par. El kapak había mencionado una batalla en el Abismo, pero él no había prestado atención a sus balbuceantes palabras.

—¿No estuviste allí? —empezó el huldre—. Creía que todos los dragones estaban en el Abismo, convocados por Takhisis.

—Me encontraba... en otra parte. —Las palabras del Dragón Azul rebosaban una gélida amenaza—. ¿Qué ocurrió para provocar esa contienda?

—Alguien rompió la Gema Gris, la piedra que contenía la esencia de Caos, el Padre de Todo. Quedó libre, y estaba furioso por haber permanecido prisionero en ella durante tantos siglos. Amenazó con destruir Krynn como castigo a sus hijos, que lo habían encerrado en la gema. Así que sus hijos, los dioses menores, se unieron para luchar contra él. Los dragones ayudaron, al igual que muchos humanos, además de elfos, kenders y ese tipo de gente.

—¿Y Takhisis?

—Se ha marchado —respondió el hombrecillo.

—¿Cómo pudo abandonar a sus criaturas, sobre todo si estaban luchando en su nombre?

—Al final todos los dioses abandonaron a sus criaturas. Caos no fue realmente derrotado, aunque, de algún modo, su esencia volvió a ser capturada dentro de la Gema Gris. Los dioses menores juraron abandonar Krynn si Caos prometía no destruirlo. Cuando aceptó, se marcharon, llevándose consigo las tres lunas y la magia. Ahora sólo hay un satélite.

Khellendros alzó los ojos al cielo y contempló el gran orbe, tan distinto de las otras lunas.

—¿Toda la magia ha desaparecido?

El duende se encogió de hombros.

—La magia que alimentaba los Portales... ésa ha desaparecido. La que los hechiceros invocaban para ejecutar sus conjuros, también ha desaparecido. Queda algo de magia aquí y allí en el mundo, en armas antiguas y en chucherías, y en criaturas como tú y yo —continuó—. Pero eso es todo. Llaman a esta época la Era de los Mortales, pero yo la denomino la Era de la Desesperación.

Khellendros miró más allá del duende a través de la cortina de lluvia que seguía cayendo sobre la tierra.

—¿Los objetos mágicos todavía tienen poder? —preguntó. El huldre asintió con la cabeza—. En la torre de Palanthas hay almacenados montones de objetos mágicos. Kitiara me habló de ellos en una ocasión, y del Portal al Abismo que hay en lo alto de la torre.

—La lucha en el Abismo ha terminado —lo interrumpió el duende—. Te la perdiste, ¿recuerdas? Y quizás haya sido mejor para ti, ya que podrías haber muerto. Los hombres que combatieron allí están muertos o han desaparecido, y ya no puedes hacer nada salvo, tal vez, recoger los huesos.

—Utilizaré los objetos mágicos para abrir el Portal, y desde el Abismo podré acceder a El Gríseo —musitó Khellendros, que parecía no estar escuchándolo—. Todavía existe la posibilidad de salvar a Kitiara.

—¿Es que no me has oído? —insistió el hombrecillo gris—. Los dioses se han marchado. El mundo es distinto. ¿Es que nada de eso te importa?

«Sólo me importa Kitiara», pensó el dragón, que tensó las patas, se dio impulso, y voló hacia la terrible tormenta.

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