21 Khellendros hace planes

El drac azul estaba de pie en una loma situada sobre el cubil subterráneo de Khellendros. Su regordeta cola se sacudió, unos rayos diminutos saltaron entre los dedos de sus garras, y su cabeza giró lentamente para contemplar el vasto y yermo paisaje.

La arena se extendía en todas direcciones. Era una arena blanca y fina, no los granos marrones y gruesos que cubrían el suelo unos cuantos meses atrás. La blancura de la arena contrastaba marcadamente con el color del drac y con el Dragón Azul: un profundo zafiro contra el reluciente blanco.

Un cielo pálido y despejado se extendía sobre sus cabezas, y el sol aparecía suspendido en lo más alto, descargando un calor cegador e implacable. «Bendito calor», pensó el drac. Como su creador, gozaba con la ardiente temperatura.

Khellendros había estado esculpiendo su territorio, igual que habían estado haciendo los otros dragones señores supremos. Pero él no había creado montañas o lagos ni había hecho crecer profusión de plantas. Y tampoco había ampliado mucho más el desierto de como era originalmente. Había dejado el territorio como era en su mayor parte, ya que no era partidario de realizar cambios significativos en las características de los Eriales del Septentrión. Al dragón le gustaba su hogar como era. Simplemente había cambiado el color y la textura de la arena, ya que pensaba que los finos granos blancos acumulaban mejor la temperatura.

Le encantaba sentir el intenso calor bajo las almohadillas de sus patas o bajo el vientre cuando se tumbaba estirado en pleno mediodía —las horas de más calor en el desierto— como lo estaba ahora mismo. El calor penetraba a través de las escamas, calaba sus gruesos músculos, y daba masajes a la cresta que corría a lo largo de su espalda.

La blanca arena retenía mejor el agua cuando el dragón desataba una tormenta para mojar su piel y empapar su territorio, ya que de vez en cuando necesitaba refrescarse, aunque sólo fuera porque, al evaporarse el agua y volver el calor, sabía apreciarlo más y disfrutaba de él otra vez.

¡Ah, este glorioso calor!

El dragón retumbó, como un gato ronroneando, y el drac se volvió a mirarlo. Khellendros contempló a su criatura y, como siempre, ratificó que estaba mirando una copia en miniatura de sí mismo.

—Amo, ¿quieres algo de mí?

—No —gruñó Khellendros sin dejar de observarlo fijamente. Ladeó la testa—. Me apetece dormir un poco. Despiértame si ves intrusos.

El drac azul volvió la cabeza, y Khellendros vio cambiar la escena de su propia imagen hacia el sur. Todavía se estaba acostumbrando a su habilidad de ver lo que cualquier drac escogido veía; y no sólo ver, sino también oír y sentir. Este drac, y los otros que se encontraban en la guarida subterránea, eran extensiones de sí mismo. Cerró los ojos y pensó en la cálida arena, y al hacerlo sus sentidos se desconectaron del drac azul.

—Intrusos bípedos —añadió el dragón suavemente.

En ocasiones anteriores, el drac lo había despertado sin necesidad ante la aparición de un camello salvaje en las cercanías. Para la joven criatura, con su mentalidad infantil, intrusos significaba cualquier cosa aparte de sí mismo o Khellendros. Pero el dragón sabía que el drac aprendería. Tenía la capacidad mental de un genio, y Khellendros sólo tenía que llenar esa mente y encarrilarla.

El drac azul continuó vigilando los dominios de su amo; escudriñó cada cacto y cada parche de chaparros, hizo caso omiso de los grandes escorpiones que se desplazaban veloces de aquí para allí, y apenas prestó atención a las finas serpientes marrones que se deslizaban por la arena dejando dibujos ondeantes tras de sí. El drac sabía que cuando su amo despertara borraría las huellas en forma de «S» y devolvería al desierto su aspecto incólume. Vio rielar el aire con las corrientes cálidas que se levantaban del blanco lecho del amo. Y vio aproximarse al diminuto intruso bípedo. El sueño de Khellendros no iba a ser muy largo.

—Amo...

El dragón retumbó; se incorporó sobre las patas traseras, irritado, y miró más allá del drac. ¿Otro camello? ¿Algún escorpión gigante? ¿Tal vez una pequeña tormenta de arena? Por un instante el dragón se preguntó si no habría cometido un error al designar a este drac azul como centinela antes de haber completado su educación. Le habían prometido otros centinelas, vigilantes adecuados para que sus dracs pudieran seguir siendo un secreto mientras los instruía. Pero la promesa del huldre no se había cumplido, y el dragón no conseguía disfrutar del necesario sueño sin que lo despertaran.

Sin embargo no tardó en desechar sus recelos.

—Estoy contento contigo, drac azul —dijo—. Me sirves bien.

El diminuto hombre de piel gris, que un momento antes sólo era una mota en el horizonte, siguió avanzando hacia ellos sin que, al parecer, le molestara el calor.

—Fisura —siseó Khellendros. Abrió las fauces justo lo suficiente para poder sacar la lengua.

Lejos de las sombras de su cubil y del negro cielo de Foscaterra, los oscuros rasgos del huldre quedaban expuestos en toda su ambigüedad. Aunque no tenía orejas, Khellendros vio pequeños agujeros a los lados de su suave y lampiña cabeza. En sus encuentros anteriores, el dragón había creído que los ojos del huldre no tenían pupilas, pero ahora la luz del sol ponía de manifiesto unas pequeñas y negras pupilas en el centro de los ojos, de un color violeta profundo. Aquellos extraños ojos sostuvieron la mirada de Khellendros.

—¿Puedes dar a la arena el color que quieras? —preguntó Fisura.

El dragón arqueó el escamoso entrecejo, gruñó, y se pasó la lengua por el labio inferior. El huldre sería poco mas que una motita insignificante en el inmenso estómago del dragón, pero la idea de tragarse al descarado duende le proporcionó cierta satisfacción.

—¿Podrías hacerla verde o azul o púrpura? Después de todo, yo puedo adoptar cualquier color que desee.

—¿Has venido para molestarme a costa de la arena? —El dragón se deslizó hacia adelante, sin hacer ruido.

—De hecho, estoy aquí para molestarte a costa de colores.

Khellendros rugió y el cielo respondió retumbando. Fisura alzó la vista y advirtió que había aparecido una nube en lo alto, donde un momento antes no había nada.

—De un color en particular —añadió el huldre.

El retumbo se hizo más intenso, y de repente el luminoso cielo azul se oscureció, encapotándose en un visto y no visto. Fisura creyó ver el destello de un relámpago en el centro de la negra masa de nubes. Desde luego, donde sí vio el chisporroteo de un rayo fue alrededor de los colmillos del dragón.

—El color gris —continuó imperturbable, sin mostrar la menor preocupación—. De El Gríseo, para ser preciso.

El retumbo perdió intensidad, bien que el cielo siguió mostrándose amenazador.

—¿Qué, te interesa? —preguntó el huldre mientras se llevaba un dedo, delgado como un sarmiento, a la mejilla.

El retumbo cesó, y Fisura adelantó unos pasos y pasó junto al drac, que enseñó los afilados dientes al hombrecillo. El huldre se paró una docena de pasos delante de Khellendros.

—He estado haciendo ciertas investigaciones... sobre la magia. Parece ser que la magia imbuida en objetos puede incrementar la que posea cualquier dragón o humano.

—Eso ya lo sabía —siseó Khellendros, que había estrechado los ojos hasta hacerlos meras rendijas—. Por eso busqué la que había almacenada en la torre de Palanthas.

—Ah, pero los humanos no saben lo que sé yo: que ciertos objetos antiguos, como espadas, cetros o lo que sea, ya que su naturaleza poco importa, pueden liberar más poder que otros.

—Continúa —instó el dragón.

—Objetos de la Era de los Sueños —dijo Fisura.

—Eso fue en tiempos remotos —gruñó Khellendros—. Antes de que los dioses empezaran a entremeterse en los asuntos de Krynn.

—Sí, antes de la Era de la Luz, antes de que alguien embaucara a Reorx para que forjara una gema que dejó en Lunitari. Luego los dioses de la magia, que habían sido expulsados de Krynn, la impregnaron con su propia esencia y engatusaron a un elegido de Reorx para que robara la joya. El elegido, quizá de manera accidental, la dejó caer en Krynn. Y, con ese acto, la magia resurgió en el mundo.

—Conozco la historia, duende —gruñó Khellendros, irritado—. Pero la magia de la Era de los Sueños...

—Los objetos mágicos de esa época no son ni por asomo tan abundantes como las baratijas que se crearon a partir de entonces, elaboradas después de que los dioses de la magia empezaran a interferir y a repartir sus bagatelas por todas partes. Esos objetos antiguos son más poderosos que todas las chucherías creadas posteriormente.

—Quizá podrían utilizarse para volver a abrir los Portales —razonó Khellendros, pensativo.

—A eso iba. Creo que merece la pena intentarlo a todo trance. Lo único que hace falta es encontrar uno o más de esos objetos arcaicos —prosiguió Fisura—, cosa que imagino llevará mucho tiempo. Meses o tal vez años.

—El tiempo no me importa —repuso Khellendros. «Sólo importa Kitiara», añadió para sus adentros, y el espíritu de la mujer era inmortal mientras flotara en El Gríseo—. Tú buscarás esa magia. —Era una orden, no una súplica.

—Desde luego —contestó el huldre—. Quiero acceder a El Gríseo tanto como tú. Pero, antes, tengo un regalo para ti.

—¿Los centinelas que me prometiste?

Fisura asintió e hizo un gesto hacia el cielo. Abrió la boca, dejando a la vista una hilera de pequeños y puntiagudos dientes, y lanzó un penetrante silbido.

Al principio Khellendros no vio nada, sólo las negras nubes que había hecho aparecer hacía unos minutos. Entonces sus agudos ojos divisaron unos sombras gemelas en medio de los tormentosos nubarrones, unas sombras en forma de dragones, pero más pequeñas. Las figuras se dejaron caer a través del oscuro manto y, plegando las alas contra el cuerpo, se lanzaron en picado hacia el suelo del desierto.

Las criaturas eran de un color marrón oscuro y sólo estaban cubiertas parcialmente con escamas; la envergadura de sus alas era de casi quince metros. Las cabezas parecían haber sido arrancadas de dos lagartos gigantes gemelos, pero estaban equipadas con tres hileras de largos dientes y colmillos curvos que asomaban por encima del labio inferior. Sus correosas alas eran semejantes a las de los murciélagos, pero ni mucho menos tan enormes como las de un dragón. También se diferenciaban de los dragones en que carecían de patas delanteras. Las posteriores, rematadas en zarpas con tres garras, se extendieron al aterrizar, y sus largas colas restallaron con tal violencia que levantaron montones de arena. El dragón se fijó en el protuberante cartílago que tenían casi en la punta de la cola, del que salían unas púas aguzadas como agujas que brillaban por estar impregnadas con veneno.

La mayor de las dos criaturas abrió las fauces y emitió un penetrante siseo, un ruido que sonó como una espada recién forjada al ser sumergida en agua para enfriarla. La otra inclinó la testa y soltó un sordo y profundo gruñido que más parecía el bufido de un gran cocodrilo.

—Wyverns —comentó el dragón.

—De Foscaterra —añadió Fisura, enorgullecido, mientras sacaba pecho—. Prefieren los bosques, donde hay sombra en abundancia, pero por fin conseguí persuadirlos para que vinieran aquí. Y... los perfeccioné.

—Explícate —pidió Khellendros, ladeando la cabeza.

—Los wyverns no hablan —manifestó el huldre—, pero éstos sí pueden. Cortesía de la casa. Aunque no me resultó fácil, te lo aseguro. Tuve que emplear mucho tiempo y energía; pero, siendo para ti, sólo vale lo mejor. Podrán alertarte si hay intrusos, avisarte de lo que pase en el desierto o viajar a donde quieras enviarlos. Y, cuando vuelvan, te informarán de lo que vieron. Te los entrego como un gesto de buena fe, un regalo, una muestra de amistad. Seguirán tus instrucciones al pie de la letra.

Khellendros estrechó los ojos. Dudaba que Fisura tuviera ni buena fe ni buena voluntad, pero aceptó a los wyverns. Los nuevos centinelas le permitirían mantener a la mayoría de sus dracs bajo tierra y usar como exploradores sólo a unos pocos cuidadosamente elegidos. Podría dedicar más tiempo a la enseñanza de su prole.

—¿No estás impresionado? —preguntó Fisura.

—Estoy satisfecho —retumbó el dragón.

—¿Hacemos ahora qué? —preguntó el wyvern más grande. Sus grandes ojos negros parpadearon y las aletas de su nariz se estremecieron. No paraba de moverse, apoyando el peso del cuerpo de manera alternativa en una y otra pata, sin dejar una zarpa sobre la ardiente arena demasiado tiempo.

—No sé hacemos ahora qué —contestó el otro, que se movía como su hermano. Se sopló las zarpas en un fútil intento de refrescarlas—. Preguntamos hacemos ahora qué.

La pareja miró a Khellendros sin interrumpir su extraño bailoteo.

—¿Hacemos ahora qué? —inquirieron prácticamente al unísono.

—No son muy listos, ¿verdad?

Fisura hundió el suave pie en la arena.

—Tienen cierto grado de inteligencia... aunque no demasiada.

El cielo gris se oscureció más y se descargó un rayo en el suelo, detrás de la guarida del dragón. La arena saltó sobre Khellendros, los sorprendidos wyverns y el nervioso huldre.

—Pero apuesto a que se despabilarán. Y prepararé unos cuantos centinelas más por si acaso no ocurre así —se apresuró a ofrecer Fisura.

—Ponte a ello —replicó Khellendros—. Y que sean más avispados.

—Me ocuparé ahora mismo.

—No.

—¿No?

—Todavía no. —El Azul avanzó hacia él deslizándose sobre la arena como una serpiente. Cuando estuvo a unos palmos del huldre, añadió:— Necesito crear más dracs azules.

—¿Más? ¿Por qué? Creí que tenías docenas de ellos.

—He de crear un ejército, como protección y también como demostración de fuerza. Y, para llevarlo a cabo, me hará falta gente, cuerpos que corromper y modelar.

—Ah. —El huldre tragó saliva.

—Preferentemente, humanos.

Fisura se tranquilizó, aunque sólo un poco.

—¿Cualquier clase de humanos? ¿Bajos, altos, gordos, hombres, mujeres?

—Primero, viajarás a las colinas que hay al norte de las Llanuras de Solamnia —ordenó el dragón, que hizo caso omiso a las preguntas del huldre—. Allí hay ogros, mis aliados. Generalmente son cafres que se ocupan de las adquisiciones actuales, pero ha llegado el momento de sacar provecho de otros seguidores que están en deuda conmigo. Encuentra a los ogros y transmíteles mis instrucciones de que reúnan algunas personas.

—Así que no tengo que ocuparme personalmente de ello. —El duende se relajó—. Eso está bien. En fin, ¿de dónde les digo a los ogros que consigan a esas..., eh, gentes?

—Hay una gran urbe en las proximidades. Los humanos la llaman Palanthas. Los ogros pueden coger gente que entre y salga de esa ciudad, gente que esté de paso, la que vaya cargada con bultos y que tenga aspecto de ser forastera o de estar de viaje.

—No lo entiendo.

—Los residentes de Palanthas no se preocuparán mucho por la suerte de unos forasteros. Así habrá pocas probabilidades de que organicen persecuciones o busquen a los desaparecidos, y yo no correré el riesgo de ser descubierto. Prefiero que no haya dedos apuntando en mi dirección todavía. Entra en contacto con los Caballeros de Takhisis en Palanthas. Han sido muy eficaces en la administración de mi feudo. Podrán ayudar a los ogros en su misión discretamente, y los cafres recibirán a los humanos capturados. Si algo sale mal, la culpa recaerá en los ogros. Son prescindibles.

»Mis cafres han estado haciendo incursiones a pueblos de bárbaros al noreste de la ciudad, pero no me han traído suficientes humanos. Y ya no quedan muchos pueblos sin saquear.

—De acuerdo —respondió Fisura—. Se lo comunicaré a los ogros. Y me pondré en contacto con los caballeros negros. Puedes confiar en mí.

—Una vez llevada a cabo esa misión, te ocuparas de crear mejores centinelas.

—Desde luego. Otros mucho más listos.

—Sí —asintió el dragón—. Y te encargarás de estos asuntos rápidamente. Después empezarás la búsqueda de esa antigua magia que mencionaste.

—De la Era de los Sueños.

—Eso es.

El huldre apretó los labios formando una fina línea, inclinó la cabeza, y se fundió con el suelo del desierto. En el punto donde acababa de estar, se formó un pequeño montón de arena; el montoncillo se agitó y a continuación se alejó del dragón como un topo abriendo madrigueras a través de un jardín. Se dirigió hacia el suroeste, en dirección a las colinas.

—¿Hacemos ahora qué? —volvió a inquirir el wyvern más grande.

—¿Hacemos nada? —planteó el otro una pregunta afín.

—Seguidme —retumbó Khellendros.

—Bien. Aquí calor.

—Calor mucho —añadió el más pequeño—. ¿Seguimos ti más frío?

El dragón no dejó de gruñir mientras conducía a los wyverns al interior de su cubil subterráneo. El drac echó una última ojeada al horizonte y a la cada vez más amenazadora tormenta, y después desapareció también dentro de la caverna.

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