—¿Qué pasa? —Feril vio a Dhamon cerca de la proa, contemplando las pequeñas crestas espumosas de las olas con semblante ceñudo.
—Nada. —El guerrero sacudió la cabeza—. Sólo estaba pensando en... cosas. —De hecho estaba pensando en Feril, que últimamente ocupaba sus pensamientos la mayoría de las veces.
—¿Pensabas en los dragones?
Él asintió en silencio.
—Algunos dicen que sólo quedan unas cuantas docenas —manifestó la elfa—. Al menos, eso era lo que se comentaba en el puerto de Caergoth. Hace unas pocas décadas los había a cientos. Estuve hablando con un viejo marinero que decía que los dragones grandes habían matado a los más pequeños. Los grandes que quedan poseen territorios, como la gran hembra Roja que domina el este, o la Negra del sur, junto al Nuevo Mar. —Hizo una pausa y se quedó mirando el mar—. Y también está el Blanco.
»Los dragones parecen tan fuertes como eran antes, tal vez incluso más. El Blanco alteró Ergoth del Sur mediante la magia. Son los que poseen la mayor parte de la magia existente.
—Jamás he confiado demasiado en ella —manifestó Dhamon—. Prefiero poner mi fe en algo sustancial, como mi espada. La magia ha desaparecido casi en su totalidad.
—Lástima que pienses así —dijo Feril suavemente, con el entrecejo fruncido—. La magia sigue siendo muy importante para algunos.
Dhamon sintió que la sangre se le agolpaba en las mejillas. No había querido molestarla. Nada más lejos de su intención. Abrió la boca para disculparse, pero ella se le adelantó:
—¿Cuánto tardaremos en llegar a Palanthas?
—Unas cuantas semanas. Ayer estuvimos en Puerto Estrella.
Rig había bajado a tierra para ocuparse de algunos asuntos. No quería que se repitiera un altercado como el de Caergoth, y ordenó a todos que permanecieran a bordo del barco. Varias horas después regresó con dos nuevos marineros, algunas provisiones y varias camisas de vivos colores para Dhamon.
—El rojo te sienta bien —dijo Feril, que con el índice acarició la camisa del guerrero y se echó a reír, para luego darse media vuelta y marcharse.
Se reunió con Rig en la rueda del timón.
—Escuché vuestra conversación sobre magia —le dijo el marinero. Su profunda voz sonó a través de la cubierta—. La magia me fascina.
«Apuesto a que sí», se dijo Dhamon para sus adentros al tiempo que echaba una ojeada por encima del hombro a Feril, que estaba de pie junto al corpulento marinero.
—La magia que prefiero utilizar me permite adoptar la forma de un animal —explicó la elfa—. Pero es agotador, y después me siento como si hubiera estado corriendo kilómetros y kilómetros. También puedo limitarme a mirar a través de sus ojos.
—¿Cómo adoptas la forma de un animal? —El interés del marinero parecía sincero.
Feril sonrió y bajó la mano hacia una pequeña bolsa de cuero que llevaba colgada a un costado. Tiró de la cinta que la cerraba, metió los esbeltos dedos dentro, y sacó un trozo de arcilla.
—Así —respondió y empezó a trabajar la arcilla con los pulgares.
En lo alto chilló una gaviota, y la elfa trabajo más deprisa la arcilla, formando la tosca figura de un pájaro con una fina cola y un pico algo romo. Utilizó la uña del pulgar para hacer una semblanza de ojos y alas pegadas al cuerpo. No era una obra artística, pero pareció satisfacerla.
—Una gaviota —dijo.
La kalanesti sostuvo la imagen de arcilla en la palma de la mano derecha, y cerró los ojos. Empezó a hacer un sonido, una especie de melodía que el ave en lo alto repitió con sus gritos. La distancia entre Feril y la gaviota se disipó, y la mente de la mujer se elevó hacia el ave, sintiendo el silbido del aire a su alrededor. De repente, se puso rígida, y una sonrisa asomó a su semblante. Estaba contemplándose a sí misma y al marinero desde arriba.
—Estoy por encima del barco —susurró—. Veo un trozo de arcilla en mi mano. Y veo a Dhamon observándonos y acercándose a nosotros. Jaspe está detrás del cabrestante. Tiene el ceño fruncido y sacude la cabeza. Shaon lo está mirando. Veo la bandera ondeando encima de la vela. A la gaviota le gusta mirar las velas.
—¿Sabes lo que piensa la gaviota?
—Sí —asintió la elfa—. Es como si estuviera dentro de su cabeza. Siente curiosidad por nosotros, por los barcos. Le gusta seguir a los pesqueros, y se pregunta por qué no estamos pescando. Le gusta zambullirse en picado sobre la cubierta y arrebatar algo de comida. Lo considera una diversión, y no entiende por qué no le seguimos el juego.
—¿Puede ver lo que hay más adelante? ¿Hay otros barcos por las inmediaciones?
Feril empezó a hacer el extraño sonido otra vez, y Rig alzó los ojos a tiempo de ver a la gaviota virar y alejarse del barco.
—Lo envío hacia el norte —dijo la elfa.
—¿Controlas al ave?
«No lo volveré a hacer, no después de lo que pasó con el alce», pensó Feril.
—Se lo he pedido amablemente —respondió—. Y él es muy complaciente. Hay un barco a cierta distancia. Tres mástiles. Hay otro más. Se ven varios puntos blancos en la lejanía; quizá sean velas o quizá crestas de espuma. Hay un barco más pequeño. Todos están bastante alejados. La gaviota ve a gran distancia. Uno de ellos es un barco de pesca. Quiere acercarse. —La kalanesti abrió los ojos y sonrió.
»Supongo que ha encontrado a alguien que le sigue el juego —dijo con una sonrisa. Apretó el puño e hizo una bola informe con el trozo de arcilla, que volvió a guardar en la bolsita.
—Quizá podrías enseñarme a hacer eso —aventuró Rig.
—Tal vez mañana —respondió la elfa.
Transcurrieron varias semanas y el Yunque de Flint rodeó el cabo de Tanith. Las Puertas de Paladine, la boca de la ancha y profunda bahía de Branchala, estaban ante ellos. Detrás, al fondo de la bahía, todavía fuera de la vista, se extendían la ciudad de Palanthas y la campiña.
El litoral era espectacular, y Dhamon se encontró en compañía de Feril admirando el paisaje. La elfa señaló hacia el oeste.
—Arena —susurró—. Cuánta. Y es blanca como la nieve.
—No sabía que el desierto llegara hasta tan lejos —comentó el guerrero—. Claro que nunca había estado en esta región.
—Da la impresión de que lo único que separa al cielo de la tierra es esa fina franja de arena —dijo Feril—. Creo que me gustaría navegar tan lejos que no se viera tierra alguna. Llegar donde el cielo y el mar se unen y continuar navegando hacia un azul infinito...
El claro cielo matinal descendía hasta tocar la alba arena de Palanthas, haciéndola parecer una cinta blanca que ondeara lentamente con la brisa. El agua de color zafiro de la bahía se extendía hasta el horizonte, meciendo suavemente al barco.
—Es muy hermoso —manifestó Dhamon.
—Siempre hay belleza en la naturaleza —convino Feril—. Incluso en Ergoth del Sur. La nieve era hermosa, fría, infinita y silenciosa. Las capas de hielo reflejaban el cielo. No era natural, pero costaba trabajo no apreciar su belleza.
Dhamon contemplaba fijamente el horizonte. «Y tú también eres hermosa», pensó.
—Me gustaría saber más cosas sobre Ergoth del Sur —dijo. En realidad, sólo quería seguir oyéndola hablar.
—¡Feril! —resonó la potente voz de Rig—. Hay aves por todas partes. ¡Quizá podrías volver a intentar lo de esa magia!
La kalanesti sonrió y se dirigió presurosa hacia el marinero.
—Magia —refunfuñó el guerrero.
Al día siguiente, poco antes del alba, entraban lentamente en el profundo puerto de Palanthas.