Metafase Noviembre

20

Brooklvn Heights

—¿Mamá? ¿Howard?

Suzy McKenzie se envolvió en el albornoz de franela azul celeste que le había regalado su novio el mes anterior en la celebración de su dieciocho cumpleaños, y salió descalza hacia el vestíbulo. Tenía los ojos turbios de sueño.

—¿Ken?

Normalmente era la última en despertarse. Se llamaba a sí misma «la lenta Suzy», con una secreta sonrisa de autodisculpa.

No tenía relojes en su habitación, pero a juzgar pe la altura del sol que entraba por la ventana del dormitorio debían ser más de las diez.

—¿Mamá? —Llama a la puerta del cuarto de su madre. Sin respuesta.

Seguramente alguno de sus hermanos estaría ya levantado.

—¿Kenneth? ¿Howard?

Se dio la vuelta en mitad del vestíbulo, haciendo crujír el suelo de madera.

Luego se dirigió a la puerta de la habitación de su madre y la abrió.

—¿Mamá?

La cama no estaba hecha; las mantas se habían caído al suelo. Debían estar todos abajo. Se lavó la cara en el cuarto de baño, se miró la piel de las mejillas para ver si 1lehabían salido más pecas, se alegró al no encontrar ninguna, y bajó las escaleras hacia el salón. No se oía nada.

—¡En! —exclamó desde la puerta del cuarto de estar confusa y molesta—.

Nadie me ha despertado. Voy a llega tarde al trabajo.

Estaba de camarera desde hacía tres semanas en un delicatessen del barrio.

Le gustaba el trabajo —era mucho más interesante y real que trabajar en el economato del Ejército de Salvación— y, además, así ayudaba a su madre con los gastos. Su madre había perdido el trabajo tres meses antes, y vivía de los irregulares cheques de la pensión que le enviaba el padre de Suzy y de sus ahorros, que ya estaban disminuyendo a ojos vistas. Miró el reloj Benrus que había sobre la mesa y sacudió la cabeza. Las diez y media; iba a llegar muy tarde.

Pero eso no le preocupaba, en tanto ninguno de los demás hubiese salido aún.

Discutían frecuentemente, claro, pero eran una familia muy unida —salvo con su padre, a quien ella pocas veces echaba de menos ahora, y poco, de cualquier modo—, y los demás no se habrían ido sin decírselo, sin siquiera despertarla.

Empujó la puerta batiente de la cocina y entró. Al principio no entendió lo que veía: tres formas descolocadas, tres cuerpos, una con un vestido en el suelo, apoyada contra el fregadero, otra en téjanos y sin camisa, sentada en una silla frente a la mesa de la cocina, la tercera con medio cuerpo dentro de la abierta despensa. Eso era todo, sólo tres cuerpos que no podía reconocer.

Al principio estaba muy tranquila. Deseaba no haber abierto la puerta en aquel preciso momento; quizá un poco antes o un poco después todo habría sido normal. De alguna manera, habría sido una puerta diferente —la puerta a su mundo— y la vida hubiera proseguido con el único error de que nadie la había despertado. En vez de eso, nadie la había avisado, y eso no estaba bien, de verdad. Había abierto la puerta en un momento equivocado, y ahora era demasiado tarde para cerrarla.

El cuerpo que yacía contra el fregadero llevaba un vestido de su madre. La cara, brazos, piernas y manos estaban cubiertos de líneas blancas abultadas.

Suzy avanzó dos cortos pasos, con la respiración alterada y desigual. La puerta se escurrió de sus dedos y se cerró. Dio un paso hacia atrás, luego uno hacia un lado, como en una pequeña danza de terror e indecisión. Tendría que llamar a la policía, por supuesto. Quizá a una ambulancia. Pero primero tenía que descubrir lo que había pasado, y todos sus instintos la impulsaban a salir de la cocina y de la casa.

Howard, de veinte años, solía ir en téjanos y sin camisa por la casa. Le gustaba ir con el pecho desnudo para mostrar su musculatura. Ahora su pecho tenía un color rojizo, como el de un indio, y estaba arrugado como una patata frita o como una tabla de lavar anticuada. Tenía la cara tranquila, los ojos y la boca cerrados.

Todavía respiraba.

Kenneth —tenía que ser Kenneth— se parecía más a un montón de pasta para amasar vestido que a su hermano mayor.

Fuera lo que fuera lo que hubiese ocurrido, era completamente incomprensible.

Se preguntó si quizá se trataría de algo que todo el mundo sabía pero que habían olvidado decirle.

No, eso no tenía sentido. La gente casi nunca era cruel con ella, y su madre y hermanos jamás. Lo mejor que se podía hacer era volver a pasar la puerta y llamar a la policía, o a alguien; alguien que supiera lo que hacer.

Se puso a mirar la lista de números que había enganchada sobre el viejo teléfono negro del salón e intentó marcar el número de emergencias. Se puso a temblar, con un dedo intentando alcanzar un agujero de la esfera numerada. Tenía lágrimas en los ojos cuando finalmente consiguió completar los tres dígitos.

El teléfono sonó durante varios minutos sin respuesta. Finalmente se oyó una grabación: «Nuestras líneas están ocupadas. Por favor, no cuelgue o perderá su turno.» Luego más pitidos. Después de otros cinco minutos, colgó, sollozando, y marcó el número de la operadora. Tampoco contestó nadie. Luego se acordó de la conversación que habían mantenido la noche antes, algo acerca de un microbio en California. Lo habían dicho por la radio. Todo el mundo se estaba poniendo enfermo y habían llamado a las tropas. Sólo entonces, al acordarse de esto, fue Suzy Mc-Kenzie a la puerta de la casa para pedir ayuda gritando desde las escaleras.

La calle estaba desierta. Había coches aparcados a ambos lados — inexplicablemente, porque estaba prohibido aparcar entre las ocho de la mañana y las seis de la tarde todos los días menos los jueves y viernes, y era martes, y la ley era muy estricta. No circulaba ningún coche. No veía nada de tráfico ni transeúntes ni nadie sentado a la ventana. Corrió hacia un extremo de la calle, llorando y gritando primero en son de súplica, luego encolerizada, luego muerta de miedo y después otra vez suplicando ayuda. Dejó de gritar al ver al cartero tendido en la acera entre dos vallas paralelas de hierro. Estaba tumbado sobre su espalda, con los ojos cerrados, y tenía el mismo aspecto que mamá y Howard. Para Suzy, los carteros eran personajes sagrados, siempre se podía confiar en ellos. Se pasó los dedos por la cara como para sacudirse el terror, y se dedicó a intentar concentrarse con los ojos semicerrados.

—Ese microbio está por todos lados —se dijo—. Alguien debe saber lo que hay que hacer.

Volvió a la casa y cogió de nuevo el teléfono. Empezó a llamar a todos los números que recordaba. Algunos sonaron; otros produjeron sólo silencio o extraños ruidos de computador. Nadie contestó a ninguno de los teléfonos que sonaron. Volvió a marcar el número de su novio, Cary Smyslov, y lo oyó sonar ocho, nueve, diez veces antes de colgar. Se paró a pensar un momento y marcó el número de su tía de Vermont.

Al tercer ring, le contestaron.

—¿Hola? —la voz era débil y trémula, pero definitivamente era la de su tía.

—Tía Dawn, soy Suzy, desde Brooklyn. Hay un gran problema aquí…

—Suzy… —parecía que le costaba trabajo recordar el nombre.

—Sí, ya sabes, Suzy. Suzy McKenzie.

—Cariño, no te oigo muy bien. —La tía Dawn tenía treinta y cinco años, no se trataba de una vieja decrépita, pero no parecía encontrarse muy bien.

—Mamá está enferma, quizá se haya muerto. No lo sé, y Kenneth y Howard, y no hay nadie por aquí, o todo el mundo está enfermo, no lo sé…

—Yo no estoy bien tampoco —dijo la tía Dawn—. Me he contagiado de esos microbios. Tu tío se ha ido, o quizá esté ahí afuera en el garage. Bueno, no ha estado aquí desde… —hizo una pausa— desde anoche. Se fue hablando solo.

Todavía no ha vuelto. Cariño…

—¿Qué está ocurriendo? —preguntó Suzy con voz temblorosa.

—Cariño, no lo sé, pero no puedo hablar más, creo que me estoy volviendo loca. Adiós, Suzy.

Dicho esto, increíblemente, colgó. Suzy intentó llamar otra vez, pero no hubo respuesta, y, finalmente, al tercer intento, ni siquiera sonó el teléfono.

Estaba a punto de abrir el listín para empezar a llamar al azar, pero lo pensó mejor y volvió a la cocina, quizá pudiera hacer algo, ponerlos frescos, o abrigarles y llevarles alguna medicina que hubiera en la casa.

Su madre parecía más delgada. Las extrañas arrugas parecían haber desaparecido de su cara y brazos. Suzy se inclinó para tocar a su madre, vaciló, y luego se forzo a hacerlo. La piel estaba caliente y seca, no parecía tener fiebre, parecía bastante normal a pesar de su aspecto, De repente los ojos de su madre se abrieron.

—Oh, mamá —sollozó Suzy—. ¿Qué pasa?

—Bien —dijo la madre pasándose la lengua por los labios—, en realidad es muy bonito. Tú estás bien, ¿verdad? Oh, Suzy…

Y luego cerró los ojos y no dijo nada más. Suzy se volvio hacia Howard que seguía sentado en la silla. Le tiro un brazo y se fue hacia atrás al ver que la piel parecia desinflarse. Entonces reparó en la red de tubos como raices que se extendían por debajo de todo su pantalón, para desaparecer en el ángulo del suelo con la pared.

Había más raíces entre el pulido brazo de Kennett y la despensa. Y detrás de su madre, pasando por su falda hacia dentro del armario de debajo del fregadero, vio como un grueso tubo de carne lívida. Suzy pensó por un momentó en las películas de terror y en los efectos especiales quizá estaban rodando una película y no le habían dicho nada. Se inclinó más para mirar detrás de su madre, no era experta, pero el tubo de carne no era un efecto de maquillaje. Se notaban las pulsaciones de la sangre dentro.

Suzy subió lentamente las escaleras hacia su hábitación. Se sentó sobre la cama, trenzando y destrenzando su largo cabello rubio, luego se tendió y se quedó mirando el viejo linóleo plateado del techo.

—Jesús, por favor, ven en mi ayuda, porque te necesito —dijo—. Jesús, por favor, ven en mi ayuda, porque te necesito ahora.

Siguió así hasta la tarde, hasta que la sed la impulsó a ir al cuarto de baño para beber. Continuó repitiendo su oración entre sorbo y sorbo de agua, hasta que la monotonía y la futilidad de su súplica la silenciaron. Todavía vestida de azul celeste, se quedó junto a la barandilla y empezó a hacer planes. No estaba enferma —al menos por ahora— y por supuesto no estaba muerta.

Así que debía haber algo que pudiera hacer, algún sitio a donde ir.

Y sin embargo, en lo profundo de su mente, esperaba que tal vez al intentar abrir una puerta, o en algún camino que pudiera seguir entre las calles, podría encontrar la manera de regiesar a su viejo mundo. No creía que eso fuese probable, pero tal vez mereciera la pena probar.

Había que tomar algunas decisiones, por difíciles que resultasen. ¿De qué le hubiera servido toda su educación y entrenamiento especial si no podía pensar por sí misma y arrostrar decisiones difíciles? No quería ir a la cocina más de lo preciso, pero allí estaba la comida. Podía tratar de entrar en otras casas, o incluso en el colmado de la esquina, pero sospechaba que encontraría otros cuerpos allí.

Al menos aquellos cuerpos —vivos o muertos— eran de sus familiares.

Entró en la cocina con la cabeza alta. Poco a poco, mientras iba de armario en armario y luego hacia la nevera, fue bajando la mirada. Los cuerpos se habían hundido todavía más; Kenneth parecía poca cosa más que un montón blanco cubierto de filamentos envuelto en ropas arrugadas. Las raíces carnosas que llegaban a la pared iban directamente hacia las tuberías, habían subido al pequeño fregadero y se habían metido por el grifo, así como por el desagüe.

Pensaba que en cualquier momento podía salir algo y atacarla —o que Howard o su madre se convertirían en vacilantes zombies—, y apretó los dientes hasta que le dolieron las mandíbulas, pero ninguno de ellos se movió. Parecía de hecho que ya no podrían moverse en absoluto.

Salió de allí con una caja llena de conservas que pensó que le harían falta para los próximos días —y con el abrelatas, que casi había olvidado.

Al anochecer, se le ocurrió encender la radio. No tenía aparato de televisión desde que el último se rompió despues de ser reparado por enésima vez; el cacharro estaba en la sala debajo de las escaleras, acumulando polvo entre cajas de revistas viejas. Cogió el transistor que guardaba su madre para emergencias y fue buscando metódicame de de emisora en emisora. Aunque había tenido alguna experiencia como operadora de radio aficionada, no conseguía sintonizar con emisión alguna.

Ni una sola emisora en AM o FM. Encontró señales en la banda de onda corta — lgunas muy claras—, pero ninguna en inglés.

La habitación estaba cada vez más oscura. Le angustiaba el pensar en tener que encender las luces. Si todo el mundo estaba enfermo, ¿habría todavía electricidad?

Cuando el cuarto de estar estuvo totalmente oscuro y no hubo otro modo de evitar el problema —o quedarse sentada en la oscuridad o descubrir si no tenía otro remedio—, levantó la mano hacia la gran lámpara de pie que, había junto al sofá y accionó rápidamente el interruptor.

La luz se encendió, fuerte y firme.

Esto la emocionó de algún modo, y empezó a llorar quedamente. Se balanceaba adelante y atrás sobre sus piernas cruzadas sobre el sofá, como en un pequeño ataque de locura, con la cara húmeda, retorciéndose el cabello con los dedos y usándolo para secarse la cara hasta que le quedo totalmente mojado sobre los hombros. Con la luz de la lámpara cayéndole como un creciente dorado sobre la cara, lloró hasta que le dolió la garganta y no pudo mantener los ojos bien abiertos.

En ayunas, subió las escaleras, encendió todas las luces —cada una era como un milagro— y se metió acurrucada en la cama, donde no pudo dormir, imaginándose que oía a alguien subir por las escaleras o caminar por el vestíbulo hacia la puerta.

La noche duró una eternidad, y durante ese tiempo Suzy se hizo un poco más madura, o un poco más loca, no podía decirlo exactamente. Algunas cosas ya eran bastante indiferentes. Todavía quería, por ejemplo, renunciar a su vida pasada y encontrar una nueva manera de vivir. Tomó esta decisión en la esperanza de que quien estuviera a cargo de las luces iba a seguir haciéndolas funcionar.

Al amanecer era una ruina física —exhausta, hambrienta pero sin querer comer, con todo su cuerpo en tensión y como retorcido por el terror y la espera—. Bebió agua del grifo del cuarto de baño otra vez… y súbitamente se acordó de las raíces que había visto entrar por las tuberías. Desesperada, Suzy se sentó el retrete y vio caer del grifo el agua limpia y clara. La sed la impulsó finalmente a arriesgarse a beber más, pero se hizo la promesa de beber en adelante sólo agua embotellada.

Se preparó una comida fría de judías verdes y un picadillo de carne en conserva en el cuarto de estar, y luego comió una lata entera de ciruelas en almíbar. Había puesto las latas en fila sobre la mesa de café. Se tragó la última ciruela; nunca había probado nada tan bueno.

Volvió al dormitorio y se estiró en la cama, y esta vez durmió durante cinco horas, hasta que un ruido la despertó. Era la caída de algo pesado en el interior de la casa. Con cautela, bajó las escaleras y miró alrededor de la sala y del cuarto de estar.

—La cocina no —dijo, pero inmediatamente adivinó que el ruido había salido de allí. Abrió la puerta batiente poco a poco. Las ropas de su madre yacían en un montón junto al fregadero. Suzy entró y miró hacia donde estaba Kenneth al lado de la despensa. Ropas, pero nada más. Se dio la vuelta.

Los téjanos de Howard colgaban de la silla, que se había volcado hacia un lado.

La pared estaba cubierta de una lámina marrón pálido reluciente, que se abría paso claramente hacia las cornisas y sobresalía ligeramente al recubrir los cuadritos enmarcados.

Cogió la fregona que estaba en el rincón opuesto, detrás de la nevera, y dio un paso hacia adelante con el mango apuntando hacia la lámina. Me estoy comportando de un modo increíblemente valiente, pensó. Golpeó la lámina suavemente al principio, luego se puso a escobarla con la fregona hasta el zócalo y el yeso de debajo. La lámina tembló, pero esa fue su única reacción.

—¡Tú! —gritó. Pasó el mango de la fregona de un lado a otro de la lámina, rasgándola de esquina a esquina—. ¡Tú!

Al ver caer al suelo los jirones y la pared cubrirse de agujeros, dejó caer la fregona y se fue corriendo de la cocina.

Era la una del mediodía, según el reloj de la mesa. Recobró el aliento y dio una vuelta a la casa para apagar las luces. La maravillosa energía podía no durar mucho si la gastaba toda de golpe.

Suzy cogió entonces una agenda de debajo del teléfono de la sala e hizo una lista de lo que tenía y de lo que iba a hacerle falta. Todavía quedaban por lo menos cinco horas más de luz natural. Se puso el abrigo y dejó la puerta del porche abierta tras ella.

Se puso a caminar calle abajo, al lado de los mismos coches aparcados, hacia la esquina, hacia el colmado, sin bolso ni dinero, con el abrigo sobre el pijama y la bata azul celeste; en medio del mundo exterior, para ver lo que hubiera que ver.

Incluso se sentía vagamente animada. Soplaba un viento fresco de otoño, y las hojas de los árboles que había entre las casas caían sobre el pavimento.

Pequeñas parras se retorcían sobre las vallas metálicas, y había macetas con flores en los repechos de las ventanas de los pisos bajos.

El colmado de Mitrídates estaba cerrado, con barras de hierro sobre la puerta principal. Echó un vistazo por entre las barras de las ventanas, preguntándose si habría manera de entrar, y se acordó de la puerta de servicio del lado opuesto. La puerta estaba entreabierta, pero tenía una pesada barra de metal negro sobre ella que tuvo que apartar para poderla abrir bien. Le pareció que aguantaría así y la soltó, pero se quedó mirándola un momento para asegurarse de que no se cerraría. En el pasillo de servicio, se tropezó con otro montón de ropas que cubría un delantal de tendero, pero lo dejó atrás y empujó la doble puerta batiente de acceso a la tienda desierta.

Metódicamente, Suzy fue hacia la entrada y cogió un carrito para meter las cosas. En el fondo del carrito había un comprobante de caja y una hoja de lechuga muy vieja. Pasó con el carrito por entre las estanterías, cogiendo lo que pensaba era un apropiado cargamento de alimentos. Sus hábitos alimenticios normales no eran de los mejores. Sin embargo, tenía mejor figura que la mayoría de los fanáticos de la comida sana y de las dietas que ella conocía —esto era algo de lo que estaba realmente oullosa.

Jamón enlatado, buey estofado, latas de pollo, vegetales y fruta frescos (que pronto escasearían, se imaginó), fruta en conserva, tantas botellas de agua mineral como pudo meter en una caja de licor que introdujo en el estante de debajo del carrito, pan y varios rollos de primavera de aspecto algo rancio, dos botellas de leche de la nevera aún frías. También una caja de aspirinas y un frasco de champú, aunque se pregunlaba cuánto tiempo seguiría saliendo agua del grifo.

Un bote grande de vitaminas. Intentó encontrar algo en los estantes de medicamentos que pudiera luchar contra lo que había contagiado a su familia, al cartero y al tendero, y quizá a todo el resto de la gente. Cuidadosamente, leyó y releyó las etiquetas de las botellas y las instrucciones de los prospectos, pero nada parecía apropiado al caso.

Luego empujó el carrito hacia la caja registradora, echó una mirada al pasillo y a la puerta de más allá, y se dirigió hacia allí con su carga. No había nadie a quien pagarle. De todas formas, no había traído dinero. A mitad de camino hacia la puerta, se acordó de algo y volvió hacia la caja.

Sobre un estante que había encima de la caja de caudales encontró una pesada pistola negra con un largo cañón. La cogió, apuntándola con cuidado hacia otro lado, hasta que encontró la manera de abrir el cilindro. Estaba cargada con seis grandes balas.

A Suzy no le gustaba la idea de tener que manejar una pistola. Su padre poseía varias armas de fuego, y unas cuantas veces que le había visitado, él siempre le aconsejaba que no se acercase a ellas, y que no las tocara siquiera. Pero las armas eran para protegerse, y ella no quería aquella para jugar, seguro. De cualquier modo, dudaba que supiera utilizarla.

Pero nunca se sabe, se dijo. La metió en una bolsa marrón que colocó en la cesta de la parte superior del carrito, luego empujó éste a lo largo del pasillo de servicio, por encima de las vacías ropas del tendero y hacia la acera.

Dejó la comida en la sala de su casa y se quedó de pie con una botella de leche en cada mano, intentando decidir si quería meterlos en la nevera.

—No durarán mucho si no lo hago —pensó, asumiendo un tono muy práctico—.

Oh, Dios mío —dijo, temblando violentamente.

Dejó los cartones sobre la mesa y se rodeó con los brazos. Cerró los ojos y se imaginó todas las cocinas de todos los hogares de Brooklyn llenas de ropas vacías y de cuerpos que se disolvían. Se inclinó sobre el pasamanos de la escalera y dejó caer la cabeza entre los brazos.

—Suzy, Suzy —susurró. Respiró hondo, se enderezó, y recogió las botellas—.

Ahí voy —dijo con forzada viveza.

La lámina marrón había desaparecido, dejando sólo los agujeros de la pared.

Abrió la nevera y dispuso los cartones de leche sobre el estante de abajo, luego miró a ver qué comida podía preparase para cenar.

Las ropas no estaban bien allí tiradas. Cogió la escoba y estiró el vestido de su madre para ver si había algo escondido bajo los pliegues; no había nada. Levantó el vestido con el pulgar y el índice. Cayeron el sostén y las bragas, y por el borde de las bragas asomó un tampón, blanco y limpio. Algo brillaba a la altura del cuello y se agachó para mirar. Pequeños trocitos de metal gris y dorado, de formas irregulares.

Empastes. Empastes dentarios y dientes de oro.

Recogió la ropa y la metió en el cubo grande de basura de la parte de atrás de la casa. Ya estaba bien, pensó. Adiós a mamá, a Kenneth y a Howard.

Luego barrió el suelo, apartando los empastes y el polvo (no había cucarachas muertas, lo cual era inhabitual) hacia un recogedor y tirándolo todo en el cubo de detrás de la nevera.

—Soy la única —dijo cuando terminó—. Soy la única persona que queda en Brooklyn. No me he puesto enferma —estaba al lado de la mesa mordiendo, pensativa, una manzana—. ¿Por qué? —se preguntó.

—Porque —se contestó, dando vueltas por la cocina y mirando de soslayo hacia los amenazadores rincones—, porque soy muy bella, y el demonio me quiere por esposa.

21

—Durante los últimos cuatro días —dijo Paulsen-Fuchs— han sido interrumpidos los contactos con la mayor parte de Norteamérica. La etiología de la enfermedad no se conoce con precisión, pero, al parecer la están estudiando exhaustivamente los epidemiólogos y otros científicos. Los materiales del señor Bernard indican que los causantes de la enfermedad son inteligentes, y capaces de emprender acciones directas.

Los visitantes que estaban en la cámara de observación —ejecutivos de Pharmek y representantes de cuatro países europeos—, sentados en las sillas plegables, ostentaban rostros impasibles. Paulsen-Fuchs estaba en pie, dando la espalda a la ventana de tres paneles, frente a los funcionarios de Francia y Dinamarca. Se dio la vuelta y señaló a Bernard, quien estaba sentado a su escritorio, dando ligeros golpes al tablero con una mano totalmente cubierta de cordoncillos blancos.

—Con gran riesgo y bastante temeridad, el señor Bernard ha venido a Alemania Federal con el ánimo de servir como sujeto para nuestros experimentos. Como pueden ver, nuestras instalaciones están convenientemente equipadas para mantener al señor Bernard en total aislamiento, y no hay necesidad de llevarle a otro laboratorio u hospital. De hecho, tal traslado resultaría altamente peligroso.

Sin embargo, estamos deseosos de escuchar sugerencias sobre el enfoque científico a seguir.

—Francamente no sabemos todavía qué tipo de experimentos emprender. Las muestras de tejidos del señor Bernard indican que la enfermedad —si en realidad debemos llamarla así— está extendiéndose rápidamente por su cuerpo, aunque en modo alguno deteriora sus funciones. De hecho, él afirma que, con la excepción de ciertos síntomas peculiares, que serán discutidos más tarde, nunca en su vida se ha sentido mejor. Y es notorio que su anatomía está siendo alterada substancialmente.

—¿Por qué no ha sido el señor Bernard transformado por completo —preguntó el representante de Dinamarca, un hombre regordete de aspecto juvenil con el pelo muy corto y espeso que llevaba un traje negro—. Nuestras escasas comunicaciones con los Estados Unidos indican que la transformación y disolución ocurren en la primera semana de infección.

—No lo sé —dijo Bernard—. Mis circunstancias no son las mismas que las de las víctimas en ambiente natural. Quizá los organismos de mi cuerpo se dan cuenta de que no les resultaría beneficioso operar una transformación completa.

El desmayo de sus caras mostró que todavía no estaban acostumbrados al concepto de noocitos. Oh, simplemente, era que no podían creerlo.

Paulsen-Fuchs prosiguió, pero Bernard cerró los ojos e intentó olvidarse de los visitantes. Era peor de lo que había imaginado; en sólo cuatro días, había tenido que soportar catorce reuniones como esa —bastante educadas, y con gran interés y preocupación— y una batería de tests llevados a cabo a través del panel corredizo, y preguntas sobre cada uno de los aspectos de su vida, pasada, privada o pública. El constituía el centro de una ola secundaria de conmoción que se extendía por el mundo, la ola de la reacción a lo que había sucedido en Norteamérica.

Se había marchado de allí justo a tiempo. La etiología de la plaga se había alterado drásticamente y seguía ahora distintas modalidades, o quizá ninguna modalidad en concreto; entraba en lo posible que los organismos hubieran reaccionado a sus ambientes y hubieran alterado sus métodos en consecuencia.

Así, grandes ciudades tendían a ser silenciadas inmediatamente, siendo la mayoría de sus ciudadanos o todos ellos infectados y transformados en cuarenta y ocho horas. Los pueblos circundantes y las áreas rurales, quizá por la falta de alcantarillas y servicios de agua comunes, resultaban afectados con menor rapidez. La extensión de la plaga a esas zonas parecía deberse a animales e insectos así como también al contacto humano directo.

Las películas infrarrojas tomadas desde Landsats y satélites espía, procesadas e interpretadas por países como Japón y Gran Bretaña, mostraban cambios incipientes incluso en los bosques y en las corrientes de agua de Norteamérica.

Ahora ya sentía que Michael Bernard había dejado de existir. Había sido tragado por algo más grande y mucho más impresionante, y estaba siendo exhibido en una especie de museo, etiquetado y, curiosamente, capacitado para contestar preguntas. Ex neurocirujano, varonil, anteriormente célebre y rico, no muy activo recientemente, atrapado en el torbellino social y con montones de dinero para gastar que ganaba mediante ciclos de conferencias, derechos de autor de sus libros, apariciones en películas cinematográficas…

Parecía muy probable que Michael Bernard no hubia existido durante seis años, habiéndose esfumado algún tiempo después de la última vez que aplicó el escalpelo a la carne o el taladro al cráneo.

Abrió los ojos para ver a los hombres y a la mujer que se encontraban en las cámaras.

—Doctor Bernard —la mujer estaba intentando atraer su atención, aparentemente por tercera o cuarta vez.

—¿Sí?

—¿Es cierto que usted es parcialmente culpable de este desastre?

—No, al menos no directamente.

—¿ Indirectamente?

—No había modo de que yo pudiera prever las consecuencias de las acciones de otras personas. No soy médium.

La mujer se sonrojó visiblemente, lo cual notó Bernard incluso detrás de las tres capas del cristal aislante.

—Tengo —o tenía— una hija y una hermana en los Estados Unidos. Soy francesa, sí, pero nací en California. ¿Qué les habrá ocurrido? ¿Lo sabe usted?

—No, madame, no lo sé.

La mujer apartó las manos de Paulsen-Fuchs y gritó.

—¿Es que nunca va a acabar esto? Catástrofe y muerte, científicos…

responsables, ¡ustedes son los responsables! ¿Qué va a…?

Y se la llevaron de la cámara de observación. Paulsen-Fuchs alzó las manos y sacudió la cabeza. Las dos habitaciones se vaciaron rápidamente y quedó solo.

Y como él no era nada ni nadie, eso significaba que cuando él estaba solo, allí no quedaba nadie en absoluto.

Nada más que los microbios, los noocitos, con su increíble potencial, proclamando su nueva era… insospechada.

Esperando para convertirle en más de lo que nunca había sido.

22

Las luces se apagaron al cuarto día —por la mañana, justo después de que se despertara. Se puso sus téjanos de diseño (del economato del Ejército de Salvación) y su mejor sostén y un suéter, cogió su gabardina del armario de detrás de las escaleras y salió. Se acabó la bendición, pensó. Ya no resultaba deseable para el diablo o cualquiera que fuese.

—Se me acaba la suerte —dijo en voz alta.

Pero tenía comida, y todavía salía agua de los grifos. Consideró por un momento su situación y decidió que no era tan mala.

—Perdón, Dios mío —dijo echando una rápida mirada al cielo.

Al otro lado de la calle, las casas estaban completamente cubiertas de marrón veteado, y de blancas láminas que brillaban como si estuvieran hechas de piel o de cuero a la luz del sol. Las casas de su lado de la calle estaban empezando también a recubrirse de esa extraña pátina.

Había llegado el momento de irse de allí. De otro modo, pronto le tocaría a ella.

Metió la comida en unas cajas y éstas en un cesto. El gas todavía funcionaba; se preparó un buen desayuno con los últimos huevos y bacon que le quedaban, tostó pan al fuego como su madre le había enseñado, lo untó con la última porción de mantequilla y le puso encima una loncha de jamón. Se tomó cuatro rebanadas y subió las escaleras para hacer un pequeño maletín. Que pese poco, pensó. Una gruesa chaqueta de invierno, algo de ropa, la pistola y las botas. Calcetines de lana de los cajones de sus hermanos. Guantes. Tiempo fronterizo, tiempo de pioneros.

—Puede que sea la última mujer de la Tierra —musitó—. Tengo que ser práctica.

La última cosa que metió en el carrito, que la estaba esperando al pie de las escaleras sobre la acera, fue la radio. Sólo la conectaba unos cuantos minutos cada noche, y había cogido una caja entera de pilas en la tienda de Mitrídes. Sería de utilidad por algún tiempo.

Por la radio se había enterado de que la gente estaba muy preocupada, no sólo por Brooklyn, sino por todos los Estados Unidos, hasta las fronteras, y también en México y Canadá. Emisiones en onda corta provenientes de Inglaterra hablaban respecto al silencio, la «plaga», respecto a viajeros aéreos que habían sido puestos en cuarentena, y acerca de submarinos y aviones que patrullaban sin cesar por la costa. Ningún avión había todavía penetrado en el espacio aéreo interior de los Estados Unidos, dijo un comentarista británico, pero fotografías secretas de satélite, se rumoreaba, mostraban una nación paralizada, tal vez muerta.

Yo no lo estoy, pensó Suzy. Paralizada significa quieta.

Me moveré. Venid a verme con vuestros submarinos y aviones. Estaré moviéndome, y eso haré dondequiera que vaya.

A última hora de la tarde, Suzy empujaba su carrito por la avenida Adams. La niebla oscurecía las distantes torres de Manhattan, dejando ver sólo por entre su opacidad gris y blanca las pálidas siluetas del World Trade Center. Suzy nunca había visto una niebla tan densa sobre el río.

Echando una mirada por encima de su hombro, vio una especie de cometas marrones volando al compás del viento sobre la plaza Cadman. El Williamburgh Savings Bank estaba ahora recubierto en sus ciento cincuenta metros por la pátina marrón, sin vetas blancas esta vez, como si fuera un rascacielos preparado para ser enviado por correo. Atravesó Tillary, dirigiéndose hacia el puente, y entonces pensó en cómo se parecía a una mendiga arrastrando su bolsa.

Siempre le había dado miedo convertirse en una de ellas. Sabía que había gente con problemas como los suyos que no podían encontrar un lugar para vivir, de modo que vivían en las calles.

Ahora eso ya no le daba miedo. Todo era distinto. Y ese pensamiento le despertó el sentido del humor. Una mendiga con bolsa en una ciudad cubierta con bolsas marrones de papel. Era muy divertido, pero estaba demasiado cansada para reírse.

Cualquier compañía habría sido bien recibida —mendiga con bolsa, gato, pájaro. Pero nada se movía excepto las láminas marrones.

Siguió con el carrito por Flatbush arriba, deteniéndose para descansar en un banco en la parada de un autobús, pero pronto se levantó y continuó su camino.

Cogió del carro la gruesa chaqueta de Kenneth y se la puso sobre los hombros; el atardecer caía y el aire era cada vez más frío.

Voy a ponerme a cantar, se dijo. Tenía la cabeza llena de ritmos de rock, pero no podía acordarse de ninguna melodía. Tirando del carrito por las escaleras del puente, de escalón en escalón, entre las sacudidas del carrito y las raspaduras de las ruedas, le vino por fin a la cabeza una canción, y empezó a tararear Michelle de los Beatles, grabada antes de que ella naciera. Michelle, ma belle era la única parte de la letra que recordaba, y la estuvo cantando entre tirones y sofocos.

La niebla cubría el East River y se extendía sobre la vía del expreso. El puente se alzaba sobre la niebla, una autopista sobre las nubes. Sola, Suzy empujaba su carrito a lo largo del camino central mientras escuchaba el viento y un bajo zumbido que reconoció como la vibración de los cables del puente.

Al no haber tráfico sobre el puente, oía toda clase de ruidos que antes nunca pudiera sentir; grandes gemidos metálicos, bajos y soterrados pero muy impresionantes; la lenta canción del río; el profundo silencio ulterior. Sin bocinas, ni coches, ni el retumbar del metro. Ni voces de la gente, ni empujones. Era corno estar en el medio de un desierto.

Una pionera, se recordó. La oscuridad había caído en todas partes menos en New Jersey, donde el sol rendía su último testimonio en una cinta de luz verdeamarilla.

La acera del puente estaba negra como boca de lobo. Dejó de empujar el carrito y se acurrucó al lado, envolviéndose mejor en el abrigo, y luego se levantó para ponerse los calcetines de lana y las botas. Durante varias horas se quedó sentada con mucho miedo junto al carrito, con un pie apoyado contra la rueda para impedirle rodar.

Bajo el puente, el rumor del río cambió. Se le erizó el vello del cuello, aunque no encontró ninguna razón para asustarse. Sin embargo, notaba que algo estaba ocurriendo, algo diferente. Sobre su cabeza, brillaron las estrellas tranquilas y claras, y la Vía Láctea resplandecía sin luces urbanas ni aire sucio.

Se levantó y se estiró, bostezando, sintiéndose asustada y sola, y exaltada a la vez. Saltó sobre la barandilla del puente hacia los carriles del lado sur, y se encaminó hacia el borde. Agarrada a la barandilla con los dedos enguantados pero entumecidos de frío, miró sobre el East River hacia South Street y luego paseó su mirada sobre las terminales de los ferrys, que ya se veían algo.

Todavía faltaba mucho para el amanecer, pero había luz por todo el cauce del río, una especie de brillo verdiazul. El agua estaba llena de ojos y de molinillos y de ruédas de los ferrys y de lentes e imponentes explosiones que parecían fuegos artificiales, todo ello salpicado de un resplandor azul cobalto. Podía haber estado mirando un millón de ciudades nocturnas, revueltas y ligadas unas con otras.

El río estaba vivo, de orilla a orilla y más allá de la isla Governors, donde la bahía Upper se convertía en una Vía Láctea invertida. El río resplandecía y evolucionaba, y cada parte de él tenía un propósito; Suzy lo sabía.

Sabía que ella era como una hormiga en la calle de una gran ciudad. Y que no comprendía, limitada, frágil y efímera. El río era mucho más complejo y bello que el horizonte de Manhattan a la luz del atardecer.

—Nunca podré entender esto —dijo. Sacudió la cabeza y miró hacia arriba a los altos rascacielos.

Uno de ellos no estaba completamente a oscuras. En una de las plantas superiores de la torre sur del World Trade Center parpadeaba una luz verdosa.

—Hey —dijo, maravillándose más ante esa luz que de todo lo demás.

Se alejó de la barandilla y volvió hacia donde estaba el carrito sobre la acera del puente. Todo muy bonito, se dijo, pero lo importante es no quedarse helada, y luego reanudar la marcha tan pronto como amanezca. Se acurrucó de nuevo junto al carro.

—Iré a ver lo que hay en ese edificio —dijo—. Quizá haya alguien como yo, quizá alguien más espabilado que sabe de electricidad. Mañana por la mañana iré a ver.

Despierta o dormida, temblando o tranquila, se imaginaba que podía oír algo más allá: el sonido del cambio, la plaga y el río y las láminas impulsadas por el aire, como un gran coro de iglesia cuyos miembros, con sus bocas muy abiertas, cantaran el silencio.

23

Paulsen-Fuchs arrastró una silla en la cámara de observación, produciendo un distante sonido metálico, y se sentó. Bernard le miraba adormecido desde su cama.

—Así que hoy viene por la mañana temprano —dijo.

—Es más de mediodía. Su sentido del tiempo está fallando.

—Estoy en una cueva o algo por el estilo. ¿No hay visitantes hoy?

Paulsen-Fuchs dijo que no con la cabeza, pero no ofreció una explicación.

—¿Noticias?

—Los rusos han salido del edificio de las Naciones Unidas de Ginebra.

Obviamente, no ven ninguna ventaja en estar allí cuando son la única superpotencia nuclear que queda en la Tierra. Pero antes de irse, han intentado que el consejo de seguridad declare a los Estados Unidos nación sin gobierno y peligrosa para el resto del mundo.

—¿Qué es lo que pretenden?

—Creo que persiguen algún consenso de cara a un ataque nuclear.

—Dios mío —dijo Bernard. Se sentó al borde del camastro y se cubrió los ojos con las, manos. Los cordoncillos habían disminuido ligeramente; los tratamientos con lámparas de cuarzo resultaban al menos en mejoras cosméticas—. ¿Hablaron de México o Canadá?

—Sólo de los Estados Unidos. Quieren darle una patada al cadáver.

—¿Y qué hace o dice el resto del mundo?

—Las fuerzas de los Estados Unidos en Europa están organizando un gobierno provisional. Han declarado presidente a un senador por California que estaba de viaje en el extranjero. Los oficiales de su Fuerza Aérea destinados en esta base de Weisbaden están oponiendo alguna resistencia. Creen que el gobierno de los Estados Unidos tendría que ser militar debido a las circunstancias. Las oficinas diplomáticas están siendo reorganizadas en centros gubernamentales. Los rusos han pedido a los barcos y submarinos que se queden en estaciones especiales de cuarentena en Cuba y a lo largo de la costa rusa del Pacífico Norte y del Mar del Japón.

—¿Y lo están haciendo?

—No hay respuesta. No lo creo, sin embargo —sonrió.

—¿Hay algo más acerca de las matanzas de pájaros y peces?

—Sí. En Inglaterra están matando a todos los pájaros migratorios, tanto si llegan de Estados Unidos como si no. Algunos grupos quieren matar a todos los pájaros. Hay mucho salvajismo, y no sólo contra los animales, Michael. Los americanos están siendo objeto de grandes indignidades en todas partes, incluso si habían estado viviendo en Europa durante decenios. Algunos grupos religiosos creen que Cristo ha establecido una base en América y está a punto de venir a Europa para traer el Milenio. Pero tendrá sus noticias por la terminal por la mañana, como de costumbre. Ahí podrá leerlo todo.

—Es mejor si me lo dice un amigo.

—Sí —dijo Paulsen-Fuchs—. Pero ni las palabras de un amigo pueden suavizar las noticias de hoy.

—¿Resolvería el problema un ataque nuclear? No soy experto en epidemiología, ¿podría ser América realmente esterilizada?

—Es muy poco probable, y los rusos lo saben bien. Ya sabemos bastante respecto a la precisión de sus misiles, media de errores, y todo lo demás. Todo lo que conseguirían sería como máximo quemar quizá la mitad de Norteamérica, lo suficiente para destruir todas las formas de vida. Pero eso resultaría inútil. Y las radiaciones, para no hablar de los cambios meteorológicos y los azares biológicos de las nubes de polvo, serían enormes. Pero… —se encogió de hombros—. Son rusos. Usted no se acuerda de ellos en Berlín. Yo sí. Era sólo un muchacho, pero me acuerdo de ellos, fuertes, sentimentales, crueles, hábiles y estúpidos a la vez.

Bernard se abstuvo de comentar el comportamiento alemán en Rusia.

—¿Entonces qué les detiene?

—La OTAN. Francia, sorprendentemente. Las fuertes objeciones de la mayoría de los países no alineados, especialmente los de América Central y del Sur. Ya hemos hablado bastante de esto. Necesito un informe.

—A la orden —dijo Bernard, haciendo el saludo militar—. Me encuentro bien, aunque un poco abotargado. Estoy considerando el volverme loco y armar un montón de ruido. Me siento como en una cárcel.

—Comprensible.

—¿Se han presentado ya voluntarias?

—No —dijo Paulsen-Fuchs, moviendo la cabeza. Con toda seriedad, añadió—.

No lo entiendo. Siempre se ha dicho que la fama es el mejor afrodisíaco.

—Da lo mismo, supongo. Si es de algún consuelo, no he notado el menor cambio en mi anatomía desde anteayer.

Había sido entonces cuando las líneas de su piel habían empezado a remitir.

—¿Se ha decidido usted a continuar los tratamientos de lámpara?

Bernard asintió.

—Por lo menos me ocupan en algo.

—Todavía estamos considerando antimetabolitos e inhibidores de polimerasa de ADN. Los animales infectados no muestran ningún síntoma; aparentemente a sus noocitos no les gustan los animales. Por lo menos aquí. Hay todo tipo de teorías. ¿Nota usted dolores de cabeza, musculares o cosas de ese tipo, incluso si antes eran normales en usted?

—Nunca me he sentido mejor en mi vida. Duermo como un bebé, saboreo la comidas, y no me duele nada. Sólo algún picor ocasional en la piel. Oh… y a veces una especie de picor interno, en el abdomen, pero no estoy seguro de dónde exactamente. No es muy molesto.

—Un cuadro de la salud —dijo Paulsen-Fuchs, acabando de escribir su informe—. ¿Le importa si controlo su honestidad?

—No queda otra elección, ¿verdad?

Le hacían un reconocimiento médico completo dos veces al día, con la regularidad que permitían sus impredecles períodos de sueño. Se sometía a ellos con una leve mueca paciente; la novedad de un examen llevado a cabo por medio de robots Waldo había pasado hacía tiempo.

El ancho panel se abrió y una bandeja que contenía tarros de cristal e instrumental médico se deslizó hacia adelante. Los cuatro largos brazos de plástico y metal se desplegaron, mientras sus partes flexibles se estiraban a modo de prueba. Una mujer de pie en la cabina de detrás de los brazos miraba a Bernard a través de la ventana de doble cristal. Mientras, la cámara de televisión montada en el codo de uno de los brazos giraba, con la luz roja encendida.

—Buenas tardes, doctor Bernard —dijo la mujer amablemente. Era joven, austeramente atractiva, y llevaba su rojo cabello recogido hacia atrás en un elegante moño.

—La quiero, doctora Schatz —dijo él, mientras se estiraba sobre la mesa baja, que rodaba bajo los robots y la bandeja.

—Sólo para usted, y sólo por hoy, Frieda. También nosotros le queremos, doctor —dijo Schatz—. Y si yo fuera usted, no me querría en absoluto.

—Está empezando a gustarme esto, Frieda.

—Hmf… —Schatz estaba sirviéndose del Waldo de maniobra fina para levantar una ampolla de la bandeja. Con misteriosa precisión, guió la aguja hacia adentro de una vena y retiró diez centímetros cúbicos de sangre. Observó con algún interés que la sangre tenía un color rosa purpúreo.

—Tenga cuidado de que no se venguen mordiéndole a usted —la avisó.

—Tenemos mucho cuidado, doctor —contestó.

Bernard notó que había tensión tras de su chanza. Podía haber muchas cosas que no estuvieran diciéndole respecto a su estado. ¿Pero por qué esconderlas? El ya se consideraba un hombre desahuciado.

—No me está hablando claramente, Frieda —le dijo mientras ella aplicaba una cinta de cultivo de piel en su espalda. El robot retiró la cinta de un tirón y la dejó caer en uno de los tarros. Otro de los brazos tapó rápidamente el tarro y lo selló dándole un pequeño baño de cera derretida.

—Oh, yo creo que sí estamos haciéndolo —contestó ella dulcemente, concentrándose distante—. ¿Qué preguntas tiene usted?

—¿Quedan células en mi cuerpo que no hayan sido convertidas?

—No todas son noocitos, doctor Bernard, pero la mayoría han sido alteradas de algún modo, sí.

—¿Qué hacen con ellas después de estudiarlas?

—Para entonces, están todas muertas, doctor. No se preocupe. Tenemos mucho cuidado.

—No me preocupo, Frieda.

—Eso está bien. Ahora dése la vuelta, por favor.

—La uretra otra vez no.

—Me han dicho que esta fue una vez un muy caro lujo entre los jóvenes caballeros adinerados de la República de Weimar. Una rara experiencia en los burdeles de Berlín.

—Frieda, voy de asombro en asombro.

—Sí. Ahora, por favor, dése la vuelta, doctor. Se tendió boca arriba y cerró los ojos.

24

Las velas estaban alineadas en la ventana del entresuelo del largo vestíbulo que da a la plaza. Suzy se fue hacia atrás para observar el efecto que producían.

El día antes, se había abierto paso por entre una porción de pátina marrón que el viento había levantado y había encontrado una tienda de cirios. Con la ayuda de otro carrito robado de un colmado armenio de South Street, había transportado un cargamento de velas votivas hacia el World Trade Center, donde se había establecido en el piso bajo de la torre norte. Era en la parte alta de este edificio donde había visto la luz verde.

Quizá los submarinos o aviones pudieran encontrarla gracias a las velas. Y la movía otro impulso, también uno tan tonto que le hacía reír el pensarlo. Estaba decidida a contestar al río. Ordenó las velas sobre el alféizar de la ventana, las encendió una por una, y miraba sus cálidas llamas envueltas en la gran oscuridad del entorno.

Se puso a disponerlas en espirales a lo largo del suelo, pero tuvo que retroceder para irlas espaciando al ver el montón que se había traído consigo disminuía. Encendió las velas y anduvo de llama en llama sobre la ancha alfombra, sonriendo a las luces, sintiéndose vagamente culpable al ver que la cera goteaba.

Se comió un paquete entero de M amp;Ms y se sentó a leer una copia de la revista Ladies Home Journal a la luz de cinco cirios agrupados, y que había cogido en un puesto de periódicos. Era buena para la lectura —lenta, pero sabía gran cantidad de palabras—. Las páginas de la revista, con su abundancia de anuncios y las delgadas columnas de párrafos sobre ropa constituyeron para ella una agradable dosis de tranquilizante.

Tendida de espaldas sobre la alfombra, cerca del carrito de la comida y del carrito vacio de las velas, se preguntaba si se casaría algún día —si quedaría alguien con quien casarse— y si llegaría a tener una casa donde poder aplicar algunas de las cosas que ahora estaba meditando.

«Probablemente no», se dijo. «Seguro que tendré que acabar solterona.» Nunca había salido con nadie durante mucho tiempo, ni siquiera con Cary, y se había graduado en las clases especiales del instituto con la reputación de ser simpática… pero sosa. Algunos parecidos a ella eran como más salvajes, e intentaban disimular el no ser demasiado brillantes haciendo montones de cosas atrevidas.

—Bueno, aquí estoy yo todavía —dijo hacia el alto techo oscuro—, y sigo siendo sosa.

Bajó las escaleras para devolver la revista al puesto, con una vela en la mano, y cogió un ejemplar de Cosmopolitan para leerlo a continuación. De vuelta en el vestíbulo, se durmió un rato, se despertó de pronto con la revista sobre su estómago y se puso a caminar por entre las velas, apagándolas por si se le ocurría volverlas a encender la noche siguiente. Luego se tumbó de lado sobre la alfombra, con la chaqueta de Kenneth por almohada y a la luz de una sola vela se puso a pensar en la enormidad del edificio en que se encontraba. No podía recordar si las torres gemelas eran todavía las más altas del mundo. Pensó que no. Cada una de ellas era como un gran transbordador oceánico enhiesto y proyectado hacia el cielo —más largo que cualquier transbordador ocánico, en realidad; eso decía el folleto turístico.

Sería divertido explorar todas las tiendas del bulevar, pero aunque aún estaba medio dormida, Susy sabía lo que tendría que hacer al final. Tendría que subir todas las escaleras hasta arriba, descubrir qué era lo que había producido la luz y mirar sobre toda la ciudad de Nueva York —podía verse toda la urbe y gran parte del estado desde la cima—. Así sabría lo que había pasado, y lo que estaba pasando. La radio podría captar más estaciones desde aquella altura. Además, arriba había un restaurante, y eso significaba más comida. Y un bar. De pronto le apeteció ponerse muy borracha, algo que sólo había intentado dos veces en su vida.

Pero no resultaría fácil. Subir las escaleras le llevaría un día o dos, lo sabía.

Después de un ligero sueño, se puso en camino. Había oído un ruido por allí cerca, como una raspadura o chirrido de algo que se deslizaba. Fuera, el amanecer era gris y apagado. Había movimiento en la plaza, cosas que rodaban, como papeleras, como matojos. Parpadeó y se frotó los ojos, arrodillándose para ver mejor.

Ruedas de carro emplumadas rodaban empujadas por el viento, cayendo a veces, o cruzando los cinco acres de la plaza con sus radios batiendo en los extremos. Eran grises, blancos y marrones. Las que se habían caído quedaron diseminadas sobre el asfalto, adheridas al pavimento con sus frondas de un pie de altura en alto. Cada vez afluían más hacia la plaza, a medida que el día se hacía más claro, chocando contra el cristal y manchándolo, y luego rebotando hacia otro lado.

—Ya no pienso salir más —se dijo—. Eso es.

Se comió una barra de cereales y conectó la radio, con la esperanza de poder recibir todavía la estación británica que había escuchado el día antes. Al cabo de un momento, consiguió sintonizar la débil voz del locutor, amortiguada por las interferencias como si el hombre hablase a través de un trozo de fieltro.

—…decir que la economía mundial se va a resentir es ciertamente un pálido reflejo de la realidad. ¿Quién sabe cuántos de los recursos mundiales —tanto en materias primas como en bienes manufacturados, para no hablar de los registros financieros y del capital— yacen inaccesibles en Norteamérica en estos momentos? Me doy cuenta de que la mayoría de la gente se preocupa más acerca de su supervivencia inmediata, y se pregunta cuándo va a cruzar la plaga el océano, o si ya está entre nosotros, dispuesta a estallar…

La electricidad estática inundó la señal durante algunos minutos. Suzy se sentó frente a la radio con las piernas cruzadas, esperando pacientemente. No es que entendiese mucho, pero la voz sonaba reconfortante.

—Sin embargo, lo que me importa, como economista, es qué ocurrirá después de la crisis. Bien, soy optimista. Dios en Su sabiduría debe tener razones para esto. Sí. No ha habido comunicaciones con Norteamérica, a excepción de la famosa estación meteorológica de la isla Afoak. Así pues, los financieros han muerto. Los Estados Unidos eran el bastión del capital privado. Rusia es ahora la nación dominante en el globo, militarmente y quizá también financieramente. ¿Qué podemos esperar?

Suzy apagó la radio. Parloteos inútiles. Lo que ella necesitaba saber era qué había pasado en su casa.

—¿Por qué? —preguntó en voz alta. Observó a las ruedas dar vueltas por la plaza, y sus restos que empezaban a oscurecer el asfalto—. ¿Por qué no me mato y acabo con esto?

Levantó los brazos en un gesto de melodrama autoconciente y empezó a reír.

Estuvo riendo hasta no poder más, y se asustó al darse cuenta de que no podía pararse. Cubriéndose la boca con las manos, corrió hacia una fuente y bebió del claro y firme chorro.

Lo que realmente la asustaba, reconoció Suzy, era la idea de tener que subir a lo alto de la torre. ¿Le harían falta llaves? ¿Se iba a encontrar, a mitad de camino, con que no podía continuar ascendiendo?

—Seré valiente —dijo dándole un mordisco a la barra de cereal—. No me queda más remedio.

25

Livermore, California

Había sido una vida normal y tranquila, vendiendo piezas sueltas y quincalla de su patio trasero, yendo a las subastas a traerse chatarra y de todo, viendo crecer a su hijo y estando orgulloso de su mujer, que era maestra en la escuela. Le había ido bien con sus mayores adquisiciones: un cargamento de baldosas, de distintas clases, para arreglar el cuarto de baño y la cocina de su enorme y vieja casa; un antiguo Jeep inglés; quince coches y camiones diferentes, todos azules; una tonelada y media de viejos muebles de oficina, incluyendo un antiguo gabinete de madera que resultó valer más que todo lo que había pagado por el cargamento entero.

La mayor torpeza que había cometido en su vida (desde que se casó) fue afeitarse el pelo ralo de la coronilla para facilitar el quedarse calvo. Ño le gustaba el aspecto del estado intermedio. Ruth despotricó cuando le vio así. Pero de eso hacía dos meses y el pelo ralo había crecido de nuevo, tan desordenado y desagradable como siempre.

John Olafsen había vivido bien antes, cuando la vida era normal. Había tenido bien comidos y bien vestidos a Ruth y a Loren, su hijo de siete años. La casa había sido de su familia durante noventa años, desde que fue construida. No les hacía falta más.

Se apartó de los ojos los negros binoculares de esmalte arañado y se secó el sudor de la cara con un pañuelo rojo. Luego siguió observando. Estaba vigilando las instalaciones de los Laboratorios Nacionales Lawrence Livermore, y los Laboratorios Sandia del otro lado de la calzada. El olor a hierba seca y el polvo le provocaron ganas de sonarse la nariz, irse, liar el petate… y largarse a ninguna parte, porque ese era precisamente el lugar que le quedaba. Eran las cinco y media y se estaba haciendo oscuro.

—Haz ondear la bandera, Jerry —murmuró—, cabrón.

Jerry era su hermano gemelo, cinco minutos más joven que él y el doble de atolondrado. Jerry había volcado contenedores de cosechas en el valle Salinas.

Cómo se había librado John, ninguno de los dos lo sabía, pero era obvio que Jerry estaba lleno de DDT y de EDB y demás insecticidas. Pero sólo se quejaba de que la comida no le sabía tan bien desde entonces.

Y Ruth y Loren.

Jerry estaba allá abajo entre los modernos edificios cuadrados y los viejos bungalows y barracones, explorando los montículos de treinta pies de alto que ahora crecían en todos los sitios libres de los terrenos de los Laboratorios Nacionales Lawrence Livermore. Llevaba otro pañuelo rojo atado a un palo.

Ninguno de los dos hermanos daba nunca un paso sin su pañuelo rojo. Cada Navidad se regalaban uno nuevo mutuamente, y lo llevaban al cuello con un gran nudo.

—Hazla ondear —gruñó John. Enfocó los binoculares y vio el pañuelo rojo haciendo rápidos círculos al extremo del palo: una vez en el sentido de las agujas del reloj, una vez al revés y de nuevo tres hacia la izquierda. Eso significaba que John podía bajar a ver. No había nada peligroso… según le parecía a Jerry.

Levantó sus ciento veinte kilos y se sacudió el polvo de las rodillas de su Levis negro. Con su rizado pelo rojo y su barba brillando a la luz gris del este, saltó la zanja de drenaje y se abrió paso por la verja de alambre de púas, luego por la alambrada y después por la valla del perímetro interior que ya no estaba electrificada.

Luego corrió para deslizarse bajo la grada de siete metros y saltó otra alcantarilla antes de llegar a un pequeño sendero. Encendió un cigarrillo y rompió la cerilla antes de tirarla al suelo. Había quince o veinte coches todavía aparcados junto a los viejos edificios del proyecto de fusión Yin-Yang. Un montículo especialmente impresionante, de unos veinte metros de diámetro, se elevaba de la tierra frente al aparcamiento. Jerry estaba en la cima del montículo. Se había encontrado un pico en alguna parte y estaba balanceándolo por el mango con una expresiva mueca en su cara lampiña.

—Se acabaron los trotadores —dijo mientras John subía al montículo para unirse a él. Llamaban trotadores a algunas de las extrañas cosas que habían visto en Livermore. El nombre parecía apropiado, porque las cosas en cuestión casi siempre corrían; nunca habían visto quieta a una de ellas.

—Me alegro mucho —dijo John—. ¿Cuál es tu plan?

—Cavarme un túnel hasta la China —dijo Jerry, golpeando el montículo—.

¿Sabes lo que quiero decir?

—Lo sé y no lo sé —dijo John—. ¿Qué pasa si estos cerros son algo que los del laboratorio pusieron aquí… ya sabes, Defensa, o quizá un experimento que se les fue de las manos?

—Yo diría que hay un experimento que ya se ha ido de las manos.

—Puede que esto no saliera de aquí.

—Mierda —Jerry hundió el pico en el montículo, hendiendo la ya agrietada tierra y la hierba seca—. ¿Por qué no, y de dónde demonios pudo venir en caso contrario?

—Hay laboratorios en otros sitios.

—Sí, o quizá sean los marcianos.

John se encogió de hombros. Probablemente nunca lo sabrían.

—Cava, entonces.

Jerry levantó el pico y lo hundió en la tierra con habilidad. La punta se adentró en la tierra como un alfiler en una cáscara de huevo, y el mango casi se le escapó de las manos.

—Hueco —gruñó dejándolo ir con algún esfuerzo. Se arrodilló para mirar por el agujero que había hecho el pico—. No veo nada. —Volvió a levantarse y blandió de nuevo la herramienta.

—Golpéalos —dijo John lamiéndose los labios—. Déjame que les golpee.

—No sabemos que haya nada ahí debajo —dijo Jerry apartando el mango de la ancha y gruesa mano de su hermano.

John asintió a su pesar y se metió la mano en el bolsillo. Echó una mirada al sol poniente y sacudió la cabeza.

—No podemos hacerles nada —dijo—. Estamos nosotros solos.

Jerry dio tres golpes en rápida sucesión y abrió un agujero de un metro de ancho. Los hermanos retrocedieron de un salto, luego se alejaron unos cuantos pasos más por si acaso el hueco cedía más. Pero el montículo aguantó. Jerry se agachó sobre las manos y las rodillas y fue gateando hasta el agujero.

—Sigo sin ver nada —dijo—. Vete a por la linterna.

Oscurecía cuando John volvió con una pesada linterna impermeable que había sacado de su camión. Jerry estaba sentado junto al agujero y tiraba dentro la ceniza del cigarrillo que estaba fumando.

—He traído una cuerda también —dijo John dejando caer el rollo junto a la rodilla de su hermano.

—¿Cómo está el pueblo? —preguntó Jerry.

—Por lo que he visto, lo mismo que antes, sólo que un poco peor.

—¿Quedará algo mañana? John se encogió de hombros.

—Lo que resulte de esto, supongo.

—Vale. Aquí abajo está oscuro, así que da igual que sea de noche. Tú aguanta la cuerda y yo bajaré con la linterna.

—Ni hablar —dijo John—. Yo no me quedo aquí arriba sin luz.

—Entonces baja tú.

John lo pensó un momento.

—Como, no. Ataremos la cuerda a un coche y bajaremos los dos.

—Bien —dijo Jerry. Corrió con la cuerda hasta el coche más cercano, la ató a un parachoques y volvió con el cabo en la mano hasta el agujero. Todavía quedaban unos diez metros de cuerda a partir de allí.

—Yo primero —dijo.

—Valor y al toro, como dicen las vacas. Jerry se puso a bajar por el agujero.

—Luz.

John le pasó la linterna. La cabeza de Jerry desapareció por el borde.

—Esto refleja —dijo. El haz de luz rebotó en el húmedo aire del atardecer y dio a John en la cara, que tenía inclinada para mirar hacia adentro. Cuando tuvo suficiente trozo de cuerda libre, la agarró y siguió a su gemelo.

Su madre les había contado historias pasadas traduciendo de voz los relatos de una abuela que casi sólo hablaba danés, respecto a montículos parecidos llenos de oro, cadáveres, un extraño fuego azul y «murmullos y cantos».

Nunca lo hubiera admitido, pero lo que de verdad esperaba encontrar allá abajo eran duendes.

Los dos hermanos llegaron sudorosos al suelo del montículo. El aire era mucho más cálido y húmedo que en el exterior. El haz de la linterna se abría paso a través de una niebla espesa que tenía un curioso sabor dulce. Sus botas se hundían en una superficie de color púrpura oscuro que resbalaba a cada uno de sus movimientos.

—Mal-di-ciiónn —dijeron al unísono.

—¿Y qué coño vamos a hacer, ahora que estamos aquí? —preguntó John lamentándose.

—Vamos a encontrar a Ruth y a Loren y quizá a Tricia —Tricia había sido la novia de Jerry durante los últimos seis años. No la había visto disolverse, pero era fácil suponer que eso era lo que le había sucedido.

—Se han ido —dijo John en voz baja desde lo profundo de su garganta.

—Y un huevo. Lo único es que los han disuelto y los han traído aquí.

—¿De dónde demonios te sacas esa idea? Jerry sacudió la cabeza.

—Pues o es eso o, como tú dices, se han ido. ¿Te da la impresión a ti de que se hayan ido? John pensó un momento.

—No —admitió. Ambos habían experimentado alguna vez la sensación de que alguien cercano a ellos emocionlmente se había muerto antes de que se lo dijeran—. Pero quizá me estoy engañando.

—Tonterías —dijo Jerry—. Sé que no están muertos. Y si ellos no están muertos, nadie lo está tampoco. Porque tú viste…

—Lo vi —atajó John. El había visto la ropa llena de carne que se disolvía. No había sabido qué hacer. Ya era bien entrada la mañana, y Ruth y Loren habían llegado la víspera afectados ya por lo que parecía ser alguna especie de microbio.

Tenían líneas blancas en sus caras y manos. El les había dicho que por la mañana irían juntos a ver al médico.

El tiempo que había transcurrido entre ver las ropas vacías y la llegada de Jerry estaba todavía en blanco. Había gritado, o había hecho algo para herirse el cuello porque todavía no podía hablar bien.

Jerry se tocó la barriga, tan prominente como la de John.

—Demasiado volumen —dijo. Intentó apartar la niebla con la mano. El haz de luz sólo alcanzaba a iluminar uno o dos metros en cualquiera de las direcciones—.

Jesús, tengo miedo —dijo.

—Me alegro —dijo John.

—Bueno, tú fuiste quien sugirió que bajáramos aquí —contestó Jerry. John lo negó con un gesto—. De modo que di ahora por qué camino hay que ir.

—Todo recto —dijo John—. Y cuidado con los duendes.

—Sí. Jesús. Duendes.

Caminaban lentamente sobre el esponjoso suelo purpúreo. Todavía atravesaron por mucha humedad y tristes minutos hasta que el haz de luz les mostró una superficie frente a ellos. Era una pared que latía rítmicamente, cubierta de tubos irregulares y brillantes moteados de gris y marrón, y de aspecto viscoso.

Hacia la izquierda, los tubos se doblaban alrededor de una curva y desaparecían dentro de un oscuro túnel.

—No puedo creer lo que veo —dijo Jerry.

—¿Y bien? —John señaló hacia el túnel. Jerry asintió.

—Ya sabemos de que va lo peor —dijo.

—Esa es tu opinón —gruñó John.

—Tú primero —le instó Jerry.

—Te amo mucho, yo también.

—¡Venga!

Se metieron por el túnel.

26

Paulsen-Fuchs le dijo a Uwe que se detuviera en la cima de la colina. En el espacio de una semana, el número de manifestantes acampados alrededor de Pharmek se había duplicado. Eran ya alrededor de los cien mil, una mar de tiendas, banderas y estandartes, la mayoría agrupados al lado este, junto a las puertas principales. No parecían formar parte de ninguna organización en particular, lo cual le preocupaba todavía más. No les movían razones políticas, eran sólo una sección transversal del pueblo alemán, y estaban exasperados por un desastre que no podían comprender. Habían venido a Pharmek a causa de Bernard, sin saber muy bien todavía qué hacer. Pero eso cambiaría. Alguien tomaría el mando y les daría directrices.

Algunos de entre los más ignorantes pedían la destrucción de Bernard y la esterilización de la cámara, pero en vano. La mayoría de los gobiernos reconocían que la investigación sobre Bernard era el único medio de estudiar la plaga y descubrir la manera de controlarla.

Europa estaba presa del pánico. Muchos viajeros —turistas, hombres de negocios, incluso personal militar— habían vuelto a Europa desde Norteamérica antes de la cuarentena. Al principio no se les pudo localizar a todos. Algunos fueron encontrados en plena transformación en hoteles, apartamentos y casas.

Casi invariablemente las víctimas eran exterminadas por las autoridades locales, los edificios cuidadosamente incinerados y los sistemas de agua y alcantarillado esterilizados profusamente.

Nadie podía decir a ciencia cierta que esas medidas fueran realmente efectivas.

Mucha gente, en todo el mundo, estaba convencida de que no era más que una cuestión de tiempo.

Después de escuchar las noticias que había recibido esa mañana, él casi esperaba que tuviesen razón. La plaga podía ser preferible al suicidio.

—A la puerta norte —dijo Paulsen-Fuchs, volviendo al coche.

El equipo había llegado finalmente, y ahora casi llenaba la mitad de la cámara de aislamiento. Bernard había reordenado el camastro y el escritorio y estaba al fondo, mirando el compacto laboratorio con satisfacción. Ahora por fin iba a tener algo que hacer. Podría hurgarse y pincharse él mismo.

Habían pasado semanas, y todavía no había sufrido la transformación final.

Nadie de los de ahí fuera podía decirle el por qué; tampoco lograba él explicarse cómo no se comunicaba con los noocitos del modo en que Vergil lo hacía.

Quizá Vergil se hubiese vuelto loco. Tal comunicación podría no ser posible.

Necesitaba mucho más equipo del que cabía en la habitación, pero la mayoría de los análisis químicos que estaba planeando podrían ser efectuados fuera, y la información le sería suministrada a través de la terminal.

Volvía a sentirse un poco como antes, como el viejo Michael Bernard. Tenía trabajo. Descubriría o ayudaría a los otros a descubrir cómo se comunicaban las células, qué leguaje químico utilizaban. Y si no le hablaban a él directamente, él encontraría el modo de hablar con ellas.

Quizá consiguiera controlarlas. Pharmek disponía de toda la experiencia y equipo necesarios, todo lo que Ulam había utilizando y más, y si fuera preciso, podrían repetir los experimentos y empezar desde el principio.

Pero Bernard dudaba de que eso se hiciera. A partir de las varias conversaciones con Paulsen-Fuchs y otros empleados de Pharmek, tenía la impresión de que él se había convertido en el centro de un gran torbellino.

Después de realizar un breve inventario del equipo, se puso a refrescar su memoria sobre los procedimientos a seguir mediante la lectura de los manuales.

Se cansó de esto al cabo de unas horas e hizo una entrada en su «cuaderno de apuntes» de la computadora, sabiendo que no iba a ser privado y que sería leído ahora o más tarde por los de Pharmek o por el personal del Gobierno —quizá por psicólogos, y por los doctores, por supuesto. Todo lo concerniente a él era ahora de la máxima importancia.

No sé de ninguna razón biológica que explique el por qué la Tierra no ha sucumbido todavía. La plaga es versátil, puede transformar todas las formas de vida. Pero Europa sigue libre —salvo por lo que toca a incidentes dispersos— y dudo que sea debido a las medidas extremas que se han adoptado. Quizá la respuesta a por qué soy atípico entre las víctimas recientes —es decir, por qué los cambios que sufro son más parecidos a los de Vergil Ulam— explicaría también este otro misterio. Mañana haré que los expertos cojan muestras de mi sangre y de mis tejidos, pero no todas las muestras serán sacadas de esta cámara. Yo mismo trabajaré con algunas de ellas, particularmente las de sangre y linfa.

Vaciló, con los dedos sobre el teclado, y se disponía a continuar cuando oyó a Paulsen-Fuchs que, en la cámara de observación, tocaba el timbre reclamando su atención.

—Buenas tardes —dijo Bernard, haciendo girar su silla. Según su costumbre de los últimos días, estaba desnudo. Desde el rincón superior derecho de la ventana de triple cristal, una cámara enviaba continuamente los contornos y características de su cuerpo hacia las computadoras para su análisis.

—No son buenas, Michael —contestó Paulscn-Fuchs. Tenía aspecto deprimido, y estaba más ojeroso que nunca—. Como si no tuviéramos bastantes problemas, ahora encaramos la posibilidad de una guerra.

Bernard se acercó a la ventana y echó una rápida mirada al periódico británico que el ejecutivo blandía. Al leer los titulares sintió un fuerte escalofrío.

ATAQUE NUCLEAR RUSO SOBRE PANAMÁ —¿Cuándo? —preguntó.

—Ayer por la tarde. Los cubanos informaron de que una nube radiactiva avanzaba sobre el Atlántico. Los satélites militares de la OTAN precisaron el área.

Supongo que los militares se enteraron antes —deben tener sismógrafos o lo que sea—, pero la prensa no lo ha dicho hasta esta mañana. Los rusos emplearon bombas de nueve o diez megatones, probablemente lanzadas desde submarinos.

Toda la zona del canal está… —sacudió la cabeza—. Los rusos no han dicho nada. Aquí, en Alemania, la mitad de la gente está esperando una invasión para esta misma semana. La otra mitad anda borracha.

—¿Dice algo sobre el continente? —Así era como se referían a Norteamérica los últimos dos días: el continente, el centro real de la acción.

—Nada —dijo Paulsen-Fuchs, dejando caer el periódico sobre la mesa de la cámara de observación.

—¿Piensan ustedes, los europeos, que los rusos invadirán Norteamérica?

—Sí. Ahora ya, en cualquier momento. Dominio eminente, o comoquiera que ustedes los anglohablantes lo denominen. Derecho de salvamento —empezó a reír ahogadamente—. No soy su abogado, pero ya no urdirán la fraseología correcta y se autojustificarán en Ginebra, si es que no bombardean Ginebra también —estaba en pie junto a la mesa con las manos separadas a ambos lados del periódico—. Nadie está en condiciones de discutir qué les ocurrirá a ellos si realmente se lanzan a la invasión. El gobierno de los Estados Unidos en el exilio ha tomado posiciones y ha amenazado con actuar por medio de sus tropas con base en Europa y con la Marina, pero Rusia no se lo ha tomado en serio. Antes de que usted llamara el mes pasado, yo estaba planeando mis primeras vacaciones desde hace siete años. Obviamente, no me las voy a tomar —dijo—. Michael, usted ha traído algo a mi vida que puede matarme. Perdone esta expresión de egocentrismo.

—Entendido —dijo Bernard con calma.

—Un viejo dicho alemán —dijo Paulsen-Fuchs mirándole fijamente—. «Es la bala que no oyes la que acaba contigo.» ¿Tiene esto sentido para usted?

Bernard asintió.

—Entonces al trabajo, Michael. Trabaje muy duro, antes de que estemos todos muertos por nuestra propia mano.

27

En el escritorio de uno de los vigilantes Suzy encontro una larga y potente linterna —muy moderna, negra como unos prismáticos y con un haz que podía ser enfocado o ampliado por medio de un botón—, y se dispuso a explorar la galería de tiendas y el pasillo de la planta baja que comunicaba las dos torres. Estuvo un rato probándose ropa en una de las boutiques, pero no podía verse muv bien a la luz de la linterna y se cansó pronto. Además, aquello tenía un aire un poco siniestro. Hizo un esfuerzo por animarse a ver si otros como ella habían entrado en el edificio, e incluso se aventuró brevemente por la estación de metro adyacente de la calle Cortlandt. Cuando comprobó que los pisos bajos estaban vacíos —excepción hecha de los ubicuos montones de ropa—, volvió a su «habitación de las velas», como ella la llamaba, y se puso a planear su ascensión.

Había encontrado un plano de la torre norte, y seguía con el dedo el perímetro del vestíbulo y de los pisos bajos. Al hojear todas las páginas del grueso manual, se dio cuenta de que el edificio no tenía largos segmentos de escalera, sino tramos situados en diferentes lugares de cada planta.

Eso dificultaría todavía más la subida. Encontró en el mapa la puerta de acceso al primer tramo y se encaminó hacia allá. Estaba cerrada. Volvió al escritorio del vigilante, tropezó ligeramente con un uniforme que yacía al lado y, al hacerlo descubrió un gran anillo con llaves sujeto a una cadena extensible. Desabrochó el cinturón, reparando en un sostén entre las ropas, y sacó las llaves.

—Perdóneme —musitó, volviendo a poner las ropas como estaban—. Me las llevo sólo un rato. Volveré pronto.

Se quedó quieta un momento, mordiéndose el pulgar hasta que dejó marcas visibles sobre él. Aquí no hay nadie, se dijo. No hay nadie en ninguna parte. Ahora estoy yo.

Se puso a leer lentamente las etiquetas de las llaves y al cabo de varios minutos encontró la que correspondía a la puerta en cuestión. La escalera era de hormigón y acero. En el piso siguiente desembocaba en un corredor. Se acercó a la esquina y echó un vistazo a un blanco pasillo que llevaba a las puertas de varios despachos, alguna de las cuales ostentaban una placa con nombres y otras estaban simplemente numeradas. Miró dentro de algunas de las oficinas, pero sacó poco en claro.

—Bueno —pensó—. Se trata de hacer una excursión, una larga excursión.

Necesitaré comida y agua.

Miró sus zapatilas deportivas y suspiró. Tendrían que resistir, a menos que decidiera tomarle prestados los zapatos a…

Esa idea no le gustaba. Bajó al vestíbulo y cogió una bolsa de plástico de detrás del puesto de periódicos y la llenó con comida ligera de la que tenía en el carrito.

Con el agua iba a resultar más difícil; las botellas de plástico abultaban mucho para que las pudiera colgar cómodamente de su cinturón, pero decidió que no había otra alternativa. Y si encontraba agua en el piso superior —seguro que había fuentes—, podría abandonar las botellas.

Empezó el ascenso a las ocho y media de la mañana. Era mejor, pensó, subir diez pisos seguidos y luego descansar, o explorar y ver lo que se vería desde cada nivel. De ese modo, podría llegar a la cima al final del mismo día.

Iba de tramo en tramo tarareando Michelle, agarrándose al pasamanos de acero y atravesando puerta tras puerta. Intentó establecer un ritmo. Kenneth y Howard se la habían llevado una vez de excursión por Maine, y había aprendido que los excursionistas han de llevar un cierto ritmo. Seguir un ritmo hacía mucho más fácil el camino; si rompías el ritmo para seguir a algún otro, te cansabas mucho antes.

—No hay nadie a quien seguir —pensó al llegar al cuarto nivel. Intentó de nuevo cantar Michelle, pero la tonadilla no se ajustaba a sus pasos, de modo que se puso a silbar una marcha de John Williams. En el noveno nivel empezó a sentirse mareada. —Uno más—. Y al llegar al décimo, se derrumbó de espaldas contra la pared de los ascensores, mirando hacia las puertas. —Quizá esta idea no fuera buena—. Pero era terca —su madre siempre lo decía, con algo de orgullo en la voz—, e iba a continuar. «No hay otra cosa que hacer»: sus palabras resonaron en el vacío rellano.

Cuando recuperó el aliento, se levantó y puso en orden la botella de agua y la bolsa de comida. Luego cruzó hacia la puerta siguiente y la abrió. Otro tramo de escalera. Luego otro vestíbulo, más pasillos, más oficinas. Se decidió a investigar una de las salas de descanso.

—A ver si hay agua —dijo. Miró las puertas de los lavabos de caballeros y señoras, sonrió y eligió el de caballeros. Enfocó la linterna hacia los espejos y los mingitorios, le picó la curiosidad y entró a ver el servicio. Nunca había visto hasta entonces mingitorios de porcelana adheridos a la pared. Incluso había olvidado cómo se llamaban. Luego miró por debajo de las puertas de los retretes y se estremeció, con miedo teñido de una perversa irrisión interior.

Vio un montón de ropas sobre el suelo en uno de los rertretes. «A este se lo tragó el retrete», murmuró, enderezándose mientras se le saltaban las lágrimas—.

Pobre hombre, maldita sea.

Se frotó los ojos con el revés de la manga y abrió el grifo de agua caliente de uno de los lavabos. Salió un poco de agua, y más al darle al grifo del agua fría, pero tenía buen aspecto.

Salió de los lavabos y se puso a recorrer el pasillo. Tras una gran puerta doble de madera con placas en las que había nombres en japonés, encontró una sala de espera, con sofás de terciopelo y mesas de cristal frente a un gran escritorio que había junto a una pared de color negro. No había ningún recepcionista detrás del escritorio, y tampoco un montón de ropas. Allí no había nada de interés.

Desde la ventana, miró a la plaza. El pavimento estaba ahora totalmente cubierto por la pátina marrón. «Sube», se dijo. «Escalera hacia el cielo. Si te mueres arriba, estarás más cerca. Pero sube.»

28

—Esto es como arrastrarse por una garganta —dijo John.

—Jesús, qué trágico eres.

—Pero es así, ¿no?

—Sí —contestó Jerry. Dio un gruñido y se inclinó más—. Estamos haciendo el tonto. ¿Por qué este montículo, y por qué ahora?

—Tú lo elegiste.

—Y no sé por qué. Quizá no haya ninguna razón.

—Da igual éste que otro, supongo.

Las paredes del túnel cambiaban progresivamente a medida que se adentraban más y más. Los grandes tubos carnosos habían dejado paso a una especie de tripas más delgadas, brillantes, y como pintadas con atomizador. John acercó la cara y la luz a esas superficies y vio los pequeños hoyuelos de la red de tubos totalmente llenos de diminutos discos, tubos y bolas, amontonados unos sobre otros El camino era cada vez más estrecho, y la púrpura esponjosa se abultaba en cordoncillos, y los cordoncillos corrían paralelos al túnel.

—Drenaje —señaló John.

Se pasaban la linterna de uno a otro para tranquilizarse, y a veces la enfocaban a la cara del otro o a su ropa y piel para ver si llevaban algo adherido.

El túnel se cnsanchó de pronto y una densa niebla dulzona les envolvió.

—Ya hemos andado lo bastante como para estar debajo de otro montículo — dijo Jerry. Se detuvo y apartó su bota de algo pegajoso—. Hay cosa de esta por todo el suelo.

John enfocó la linterna sobre la bota de Jerry. La suela estaba cubierta de una sustancia marrón rojizo muy pegajosa.

—No parece muy profundo —dijo.

—Todavía no, en cualquier caso. —La niebla olía un poco como a fertilizante, o como a mar. Estaba viva. Circulaba en altos y delgados jirones, como si estuviera presa entre cortinas de aire.

—¿Por dónde seguimos? Tenemos que evitar andar en círculos —dijo Jerry.

—Tú eres el guía. No me pidas iniciativas.

—Huele como si alguien hubiera dejado algas en una confitería —comentó Jerry— Parece una ironía.

—Hongos —dijo John, bajando la luz. Alrededor de sus pies, el suelo estaba sembrado de unos objetos blancos, de unas dos pulgadas de ancho y cubiertos por una especie de tapón, que estallaban bajo sus pasos. Apuntó la luz más arriba y vio líneas verticales y horizontales que atravesaban la niebla frente a ellos.

—Estantes —dijo Jerry—. Estantes llenos de cosas que crecen.

Los estantes tenían más o menos medio centímetro de grosor, y estaban sostenidos por corchetes irregularmente espaciados; todo ello estaba compuesto de una substancia blanca y dura que relucía a la luz de la linterna. Sobre los estantes había pilas de lo que parecía ser papel quemado, papel quemado húmedo.

—Diantre —exclamó Jerry tocando uno de los montones con el dedo.

—Yo en tu lugar no tocaría nada —dijo John.

—Demonios, estás en mi lugar, hermano. Sólo hay diferencias menores.

—Pero yo no toco nada.

—Sí. Probablemente sea una buena idea.

Siguieron andando a todo lo largo de los estantes y llegaron a una pared completamente cubierta de tubos. Los tubos crecían por entre los estantes, y divergían en racimos más pequeños, que llevaban hacia los brillantes montones de la sustancia marrón.

—¿Qué es esto, plástico o qué? —dijo Jerry palpando uno de los tubos.

—No parece plástico. Más bien parece hueso limpio y blanco.

Se miraron el uno al otro.

—Espero que no lo sea —contestó Jerry, dándose la vuelta.

Caminando entre la niebla y el aire arremolinado hacia el otro extremo de los estantes, encontraron una especie de matriz blanca, como de espuma, que parecía un panal elástico, hollado de abiertas burbujas llenas hasta el borde de un jarabe púrpura. Algunas de las burbujas derramaban púrpura sobre el suelo, y cada gota producía un siseo al caer y se evaporaba.

John se aguntó una náusea y murmuró algo sobre que había que salir.

—Seguro —dijo Jerry inclinándose para mirar las gotas—. Pero primero mira esto.

John se agachó a desgana, con las manos sobre las rodillas, y observó la burbuja que su hermano le indicaba.

—Mira todos esos pequeños cables —siguió Jerry—. Parecen cuentas que viajan por alambres, sobre la púrpura. Cuentas rojas. Parece sangre, ¿verdad?

John asintió. Se metió la mano en el bolsillo de los téjanos y sacó un cuchillo del ejército suizo que había encontrado bajo los desgarrados asientos del Jeep británico. Con las uñas, retiró una pequeña lupa del mango del cuchillo.

—Enfócame aquí la luz.

A la luz de la linterna, miró la burbuja a través de la lupa y se puso a observar detenidamente el líquido púrpura y los diminutos cables con las gotas rojas.

Al mirar más de cerca se apreciaban más detalles. Nada que él pudiera identificar, pero la superficie del fluido púrpura estaba compuesta de millares de pirámides. El material blanco parecía plástico espumoso o corcho.

Rechinó los dientes.

—Muy bonito —dijo. Agarró el extremo de una de las burbujas y la desgarró. El líquido salpicó a sus pies y la niebla se hizo más densa—. Aquí no están.

—¿Por qué has hecho eso? —preguntó Jerry. John golpeó el blando panal y apartó la mano enrojecida y brillante.

—Porque no están aquí.

—¿Quiénes?

—Ruth y Loren. Se han ido.

—Aguanta un poco… advirtió Jerry, pero John golpeó ahora con ambas manos y desgarró la celosía de burbujas.

Casi no se veían el uno al otro a causa de la niebla, dulce y empalagosa. Jerry agarró el hombro de sus hermano e intentó apartarle de allí.

—¡Déjalo, dejado ya, John, maldita sea!

—¡Se los han llevado! —gritó John. Su garganta se contrajo y se llevó una mano a ella, mientras con la otra seguía desgarrando y golpeando.

—¡No están aquí, Jerry!

Rodaron por la superficie pegajosa hasta que Jerry alcanzó a sujetarle por ambos brazos. La linterna cayó a su espalda y enfocó hacia arriba. Johri sacudió la cabeza, sudoroso, e inició un largo y silencioso sollozo con los ojos apretados y la boca muy abierta. Jerry estrechó a su hermano fuertemente entre sus brazos mientras miraba sobre su hombro la arremolinada niebla, a la luz de la linterna.

«Shh…», se seguía oyendo. La olorosa mugre marrón los recubría. «Shh…» —Me lo estaba aguantando —dijo John después de hacer un hondo suspiro—.

Jerry, déjame ir. Me lo he estado aguantando mucho rato. Salgamos de aquí. Aquí no hay nadie. Aquí abajo no hay nadie.

—Sí —contestó Jerry—. Aquí no. Quizá en otra parte, pero aquí no.

—Puedo sentirlos, Jerry.

—Ya lo sé. Pero aquí no.

—Entonces, dónde demonios…

—Shhhh…

Se tendieron en la mugre para escuchar el suave siseo de la niebla y de las cortinas de aire. Jerry notaba que se le dilataban las pupilas en la oscuridad, como si tuviera los ojos de un gato.

—Shh. Aquí hay algo…

—Oh, Dios mío —dijo John intentando soltarse del brazo de su hermano. Se levantaron, goteando pringue, de cara al área iluminada por la linterna. La niebla se enturbiaba e hinchaba en un punto.

—Es un trotador —dijo Jerry a medida que la silueta tomaba forma.

—Es demasiado grande.

El objeto estaba al menos a unos tres metros, plano y con una especie de colgajo a un lado. Parecía parduzco a la débil luz que lo iluminaba.

—No tiene piernas —dijo Jerry aterrorizado—. Está flotando ahí.

John dio un paso hacia adelante.

—Malditos marcianos —dijo tranquilamente—. Os voy a romper…

Y a partir de ahí hubo un momento de olvido.

La luz de la mañana teñía el este de color aguamarina. El pueblo, cubierto de láminas marrón y blanco, parecía más bien pertenecer a un mundo subacuático, a una profunda área del lecho oceánico.

Estaban en la zanja de drenaje de más allá de las verjas, mirando en dirección al pueblo.

—Casi no me puedo mover —dijo Jerry.

—Yo tampoco.

—Creo que eso nos ha picado.

—Yo no sentí nada.

John movió su brazo a modo de prueba.

—Creo que les he visto.

—¿A quién?

—Estoy muy confuso, Jerry.

—Yo también.

El sol estaba ya muy alto en el cielo cuando se sintieron capaces de ponerse a caminar. Sobre el pueblo, una especie de hemisferios transparentes discurrían por entre las fachadas de los edificios, disparando hacia abajo de vez en cuando delgados haces de luz.

—Parece una medusa —comentó Jerry mientras iban tambaleándose hacia la carretera y el camión.

—Creo que he visto a Ruth y a Loren. No estoy seguro —dijo John.

Se acercaron lentamente al camión y, sofocados, se sentaron en los asientos delanteros, cerrando las puertas a continuación.

—Vamonos.

—¿A dónde?

—Los he visto allá abajo, donde estábamos. Pero no estaban allí. Esto no tiene sentido.

—No, quiero decir, ¿a dónde vamos ahora?

—Fuera del pueblo. A otro sitio.

—Están en todas partes, John. Las radios lo dicen.

—Malditos marcianos. Jerry suspiró.

—Si fueran marcianos, se nos habrían merendado, John.

—Que les den morcilla. Vamonos de aquí.

—Sean lo que sean —repuso Jerry—, estoy seguro de que son de por aquí — apuntó enfáticamente hacia la tierra—. De dentro de la verja.

—Conduce —dijo John. Jerry puso en marcha el motor, puso una marcha y metió el camión por la carretera polvorienta. Doblaron por la avenida Esle, casi chocaron con un coche abandonado en el siguiente cruce y enfilaron por la carretera de South Vasco, en dirección a la autopista.

—¿Cuánta gasolina llevamos?

—Llené el tanque ayer en el pueblo. Antes de que las láminas llegaran a las bombas.

—Sabes —dijo John inclinándose a recoger del suelo un trapo grasiento para limpiarse las manos—. No creo que podamos entender nada de esto.

Simplemente, no tenemos ni idea de lo que pasa.

—Ninguna idea buena, quizá.

—De pronto, Jerry aguzó la vista. Había alguien junto a la carretera como a medio kilómetro, alguien que hacía señas vigorosamente. John siguió la dirección de la asombrosa mirada de su hermano.

—No estamos solos —dijo.

Jerry redujo la velocidad del camión.

—Es una mujer. —Se detuvieron a treinta y cinco o cuarenta metros de donde estaba, en un recodo de la carretera. Jerry se inclinó por la ventana del lado del conductor para verla más claramente.

—No es joven —dijo molesto.

Tenía unos cincuenta años, con el pelo negro y ondulado, y llevaba un vestido de seda color melocotón que ondeaba tras ella mientras corría. Los dos hermanos se miraron y sacudieron la cabeza, sin saber muy bien qué hacer o decir.

Se acercó por el lado del pasajero, sin aliento y riendo.

—Gracias a Dios —dijo—. O a quien sea. Pensé que era la única que quedaba en todo el pueblo.

—Ya ve que no —dijo Jerry—. John abrió la puerta y la mujer subió al camión.

Se movió para hacerle sitio, y ella se sentó respirando hondo y riendo otra vez.

Volvió la cabeza y le miró con vehemencia.

—Vosotros dos sois maleantes, ¿no?

—No lo crea —dijo Jerry, sin apartar la vista de la carretera—. ¿De dónde es usted?

—Del pueblo. Mi casa ha desaparecido, y todo el vecindario está envuelto como si fuera un paquete de Navidad. Pensé que era la única que quedaba viva en el mundo.

—Entonces es que no ha oído la radio —dijo John.

—No. No me hacen gracia los cacharros electrónicos. Pero, de todos modos, sé lo que está sucediendo.

—¿Sí? —preguntó Jerry enderezando el camión sobre la carretera.

—Sí, y tanto. Mi hijo. El es el responsable de esto. Yo no sabía qué forma iba a tomar, pero no tengo ninguna duda sobre el caso. Y además le avisé.

Los hermanos se miraron otra vez. La mujer se tocó el cabello y se puso una diadema flexible sobre él.

—Sí, ya sé —dijo, ahogando la risa—. Loca como una chiva. Más loca que todo lo que ha pasado en este pueblo. Pero puedo deciros a dónde hay que ir.

—¿A dónde? —pregunt Jerry.

—Hacia el sur —dijo ella con firmeza—. Hacia dónde mi hijo trabajaba —se alisó el vestido sobre las rodillas—. Me llamo, dicho sea de paso, Ulam, April Ulam.

—John —dijo éste estrechándole torpemente la mano—. Este es mi hermano Jerry.

—Ah, sí —dijo April—. Gemelos. Eso tiene sentido, supongo.

Jerry empezó a reír. Se le saltaron las lágrimas y se las secó con la mano, manchada de mugre.

—¿Hacia el sur, señora? —preguntó.

—Definitivamente.

29

Diario cibernético de Micliael Dernard Enero, 15. Hoy han empezado a hablar conmigo. Con interrupciones al principio, con más confianza a medida que avanzaba el día.

¿Cómo describir la experiencia de sus «voces»? Tras haber cruzado por fin la barrera hematoencefálica y explorado la (para ellos) enorme frontera de mi cerebro, y tras haber descubierto un esquema normativo de las actividades de este nuevo mundo —el esquema es el mío— y haberse dado cuenta de que la información que habían adquirido en su remoto pasado, hace meses, era exacta, y que existe un macromundo.

Habiendo aprendido todas esas cosas, ahora tenían que aprender lo que significa ser humano. Porque sólo así podrían comunicarse con este Deus in Machina. Habiendo destinado a decenas de millones de «eruditos» al trabajo en este proyecto, quizá sólo durante los últimos tres días han conseguido, por cierto, abrir la caja, y ahora hablan conmigo de una manera no más extraña que si fueran (por ejemplo) aborígenes australianos.

Me siento a mi escritorio, y cuando llega el momento señalado, iniciamos la conversación. Parte de ésta es en inglés (creo que la conversación puede darse desde las áreas profundas que no están todavía lingüísticamente formuladas, para ser luego traducida por mi propia mente al inglés), y otra parte es puramente visual, o bien a partir de otros sistemas —mayoritariamente el del gusto, un sentido que parece resultarles atractivo en particular.

No consigo hacerme idea clara de la envergadura de la población que llevo en mi interior. Son de diferentes clases: los noocitos originales y sus derivados, es decir, los que aquéllos convirtieron inmediatamente después de la invasión; las categorías de células móviles, muchas de las cuales aparentemente son una novedad en el organismo, con diseño nuevo y con nuevas funciones; las células fijas, que quizá no son individuos en un sentido «mental» por carecer de movimiento y por haber sido asignadas a funciones fijas, aunque complejas; las células hasta ahora inalteradas (casi todas las de mi cerebro y sistema nervioso entran en esta categoría); y otras sobre las que todavía no estoy seguro.

Juntas, se cuentan por decenas de trillones.

Conjeturo que las totalmente desarrolladas alcancen ya los dos trillones, individuos inteligentes que existen dentro de mí.

Si multiplico estos números aproximados por la población de Norteamérica — medio billón—, entonces me resulta un trillón de billones, es decir en el orden de EQ20. Este es el número de seres inteligentes que viven sobre la superficie de la Tierra en estos momentos —dejando de lado, por supuesto, la totalmente despreciable población humana.

Bernard apartó su silla del escritorio después de aguardar la entrada del texto en la memoria de la computadora. Había demasiadas cosas que consignar, demasiados detalles; desesperaba de su eventual capacidad para explicar a los investigadores las sensaciones que sentía. Tras atravesar semanas de frustración, de claustrofobia, y después intentando entender el lenguaje químico de su sangre, hubo súbitamente una fiesta de información tan enorme que no pudo asimilarla al principio. Lo único que tenía que hacer era preguntar, y mil millones de seres inteligentes se organizaban para analizar su pregunta y devolverle respuestas rápidas y detalladas. A la pregunta: «¿Qué soy yo para vosotros?», le contestaron:

Padre/Madre/Universo Mundo/Desafio Fuente de todo Antigua, lenta Montaña/Galaxia Podía pasarse horas deleitándose en los complejos sentimientos que acompañaban a las palabras: el sabor del suero de su propia sangre, los tejidos de su cuerpo, la alegría del alimento al ser asimilado, la necesidad cubierta de la depuración, de la protección.

En la calma de la noche, tendido en el camastro con los sensores de rayos infrarrojos sobre él, se deslizaba hacia afuera y hacia adentro de sus propios sueños y de las cautas, casi reverentes preguntas y respuestas de los noocitos.

De vez en cuando se despertaba como si le alertara una especie de guardián mental respecto a que un nuevo territorio estaba siendo explorado.

Su sentido del tiempo resultaba distorsionado incluso durante las horas del día.

Los minutos que pasaba en conversación con las células le parecían horas, y volvía al mundo de la cámara de aislamiento con una desconcertante falta de convicción a propósito de su realidad.

Las visitas de Paulsen-Fuchs y de otros parecían sucederse a largos intervalos, aunque de hecho se realizaban a las mismas horas establecidas diariamente.

A las tres de la tarde, Paulsen-Fuchs llegaba con las reflexiones sobre las noticias que Bernard había leído o visto por la mañana. Las noticias eran invariablemente malas, y además iban a peor. La Unión Soviética, como un caballo desbocado, había aterrorizado a Europa y la había sumido en una colérica desesperación. Luego se había retraído en un taciturno silencio, que, sin embargo, no tranquilizaba a nadie. Bernard pensó brevemente en todos estos problemas y luego le preguntó a Paulsen-Fuchs qué progresos había en cuanto al control de las células inteligentes.

—Ninguno. Obviamente, ellas son las que controlan a todo el sistema inmunológico; y aunque han acrecentado su acción sobre el metabolismo, están completamente camufladas. Creemos que se encuentran en disposición de neutralizar cualquier antimetabolito antes de que éste pueda ponerse al trabajo; ya están alerta respecto a inhibidores como la actinomicina. Para decirlo en pocas palabras, no podemos atacarlas sin dañarle a usted.

Bernard asintió. Por extraño que pareciera, todo esto ya no le importaba.

—Y usted está, ahora, comunicándose con ellas —dijo Paulsen-Fuchs.

—Sí.

Paulsen-Fuchs suspiró y se puso de espaldas a la ventana de triple cristal.

—¿Es usted humano todavía, Michael?

—Por supuesto que lo soy —dijo. Pero luego le vino la idea de que ya no lo era, de que no había sido sólo humano durante más de un mes—. Todavía soy yo, Paul.

—¿Por qué hemos tenido que indagar tanto para descubrir esto?

—Yo no llamaría indagar a lo que habéis hecho. Daba por sentado que mis entradas en el computador eran interceptadas y leídas por los noocitos.

—Michael, ¿por qué no me lo dijo a mí? Me siento decepcionado. Creía que era una persona importante en su mundo.

Bernard sacudió la cabeza y sonrió.

—Por supuesto que lo es, Paul. Es usted mi anfitrión. Y tan pronto sepa lo que tengo que decir, con palabras, se lo haré saber. Yo se lo diré. Mi diálogo con los noocitos acaba de empezar. No puedo saber con certeza si todavía hay entre ellos y yo malentendidos fundamentales.

Paulsen-Fuchs se acercó a la escotilla de la cámara de observación.

—Dígamelo cuando pueda. Podría ser de la máxima importancia —dijo con semblante de desánimo.

—Naturalmente.

Paulsen-Fuchs salió.

«Resultó bastante frío», pensó Bernard. «Me comporté como si estuviera al margen de la sociedad. Y Paul es un amigo.» ¿Pero qué podía hacer?

Quizá su humanidad estaba llegando al final.

30

Al llegar al piso dieciséis, Suzy se dio cuenta de que ya no podría seguir subiendo ese día. Se sentó en un sillón de ejecutivo tras una gran mesa (había apartado el traje gris, la fina camisa de seda y los zapatos de cocodrilo del ejecutivo hacia un rincón) y se puso a mirar por la ventana la ciudad que se extendía doscientos metros más abajo. Las paredes estaban recubiertas de madera, y había varios cuadros firmados por Norman Rockwell enmarcados en bronce pulido. Se comió una galleta salada con jamón y mantequilla de cacahuete, que sacó de su bolsa, y bebió de una botella de agua mineral Calistoga que encontró en el bien surtido bar del ejecutivo.

Un telescopio de bronce montado en la ventana le proporcionó estupendas vistas del barrio donde vivía, ahora densamente cubierto por el extraño material marrón, así como de las áreas hacia el sur y el oeste. Alrededor de la isla Governors, el agua del río ya no parecía tal. El río estaba como enlodado y helado, y levantaba unas peculiares olas que se extendían en círculos para unirse a otras procedentes de las islas Ellis y Liberty. El aspecto era más de arena rastrillada que de agua, pero ella sabía que el líquido no se había convertido en tierra.

—Seguro que eras muy rico, debiste hacer un montón de dinero —dijo mirando hacia el traje gris, la camisa de seda y los zapatos—. Quiero decir, todo esto es muy bonito y elegante. Te daría las gracias si pudiera.

Se acabó la botella y la tiró en una papelera de madera que había bajo la mesa.

La silla era lo bastante confortable como para dormirse en ella, pero abrigaba la esperanza de encontrar una cama. En el viejo televisor de su casa, había visto que los ejecutivos adinerados contaban con dormitorios privados en sus oficinas.

Ese despacho, desde luego, parecía muy elegante. Sin embargo, se sentía demasiado cansada para ponerse a buscar la habitación en ese momento.

El sol descendía sobre Nueva Jersey mientras se daba masaje en sus doloridas piernas.

La mayor parte de la ciudad, lo que ella podía ver de la urbe, estaba recubierta de mantas marrones y negras. No había una mejor descripción del fenómeno. Era como si alguien hubiera venido a envolver con mantas del ejército sobrantes todos los edificios de Manhattan hasta los pisos diez o veinte. Antes había visto ocasionalmente amplias láminas de ese material elevarse en el aire y alejarse, como en Brooklyn, pero ahora esa actividad se había reducido.

—Adiós, sol —dijo. El pequeño disco rojo descendió y desapareció, y por primera vez en su vida ella vio, en el último segundo de luz, un breve resplandor verde. Le habían hablado de ello en la escuela, y el profesor decía que se trataba de un raro fenómeno (sin que se hubiera molestado en explicar qué era lo que lo causaba), y ahora le acababa de proporcionar un gran placer. Por fin lo había visto.

—Soy una privilegiada, eso es lo que pasa —dijo. Empezó a formársele una idea. No estaba segura de si se trataba de una de sus tontas corazonadas o si era algún tipo de sueño en vela. Estaba siendo observada. Aquella cosa marrón la vigilaba, y el río también. Los montones de ropa, fuera lo que fuera en lo que la gente se había convertido, la estaban mirando. Era molesto, porque ella sabía que les gustaba. No sería cambiada mientras siguiese haciendo lo que estaba haciendo.

—Bueno, voy a buscarme una cama —dijo, levantándose de la silla—. Bonito despacho —le comentó al traje gris.

Detrás de la mesa de la secretaria había una pequeña puerta sin rótulo. La abrió y encontró un armario lleno de formularios y papeles ordenados en estanterías, y más abajo efectos de oficina y una extraña cajita con una luz roja.

Eso significaba que la caja tenía todavía electricidad. Quizá fuera una alarma contra los ladrones, pensó, y debía funcionar a base de pilas. Tal vez fuese un detector de humos. Cerró la puerta y se fue en dirección contraria. Al doblar la esquina de la gran oficina se veía otra puerta, marcada con una placa de bronce en que se leía PRIVADO. Asintió y trató de abrirla. Estaba cerrada, pero para entonces era ya una experta con las llaves. Escogió una probable candidata de un cajón de escritorio y la insertó en la cerradura. A la segunda prueba funcionó. Hizo girar el pomo y la puerta se abrió.

La habitación estaba a oscuras. Pulsó el interruptor. El ancho haz de luz cayó sobre una cama de aspecto muy confortable, mesa de noche, un escritorio con un pequeño computador en un rincón, y…

Suzv dio un grito. Acababa de oír un ruido y por el rabillo del ojo vio una cosa pequeña moverse bajo el escritorio y otras parecidas bajo la cama. Levantó la luz.

Un tubo se elevó al lado de la cama. En su parte superior había un objeto redondo con muchos lados planos triangulares y filamentos colgantes a cada lado. Se balanceaba e intentaba evitar la luz. Algo pequeño y oscuro pasó corriendo junto a sus pies al retroceder ella enfocando la luz hacia sus zapatos.

Podía ser una rata, pero era demasiado grande y, por la forma, no lo parecía; por otra parte, era demasiado pequeño para ser un gato. Tenía muchos ojos grandes o partes brillantes sobre su redonda cabeza, pero sólo tenía tres patas, y estaba cubierto de pelo rojo. Corría hacia la oficina grande. Suzy cerró la puerta del dormitorio rápidamente y retrocedió, cubriéndose la boca con la mano.

Al diablo el último piso. Ahora le importaba un comino.

El pasillo de frente a la oficina del secretario estaba despejado. Cogió la radio que había dejado sobre el escritorio, la botella de agua y su bolsa de comida, y rápidamente se las colgó, la botella en la anilla que llevaba en el cinturón y la bolsa a la espalda.

—Jesús, Jesús —murmuraba. Corrió por el corredor, con la botella golpeándole en la cadera, y abrió la puerta del hueco de la escalera.

—Abajo —musitó—. ¡Abajo, abajo, abajo!

Tenía que intentar salir del edificio. Si había cosas de esas en el piso de arriba, no tenía otro remedio. Sus zapatillas golpeaban rápidamente los peldaños. La bolsa de comida daba saltos y de pronto se rompió, dejando caer galletas y pequeños botes y trozos rotos por las escaleras. Los frascos se rompieron y una lata de ciruelas sin abrir bajaba de peldaño en peldaño, rodando y chocando, rodando y chocando.

Vaciló, pero se decidió a inclinarse para coger la lata de ciruelas, y entonces miró a la pared. Lentamente, con los ojos muy abiertos, miró por el hueco del pasamanos. Los filamentos blancos cubrían la puerta y una lámina marrón oscuro se arrastraba tortuosamente por la pared lateral hacia arriba.

—¡No! —gritó—. ¡Maldita sea, no! ¡Hijos de puta, dejadme en paz, dejadme bajar! —Se sujetó la cabeza con las manos y luego golpeó el pasamanos hasta que sus puños quedaron magullados—. ¡Dejadme en paz!

Pero las láminas seguían avanzando.

Hacia arriba otra vez. Tenía que subir, fuera lo que fuera lo que había visto allá arriba. Podría sacudirle con una escoba, pero no podría atravesar lo que estaba subiendo por las escaleras, sería demasiado, y se volvería loca.

Recogió la comida que pudo y se la metió en los bolsillos. Tenía que haber comida en el restaurante.

—No voy a pensarlo —se iba repitiendo sin cesar, no con respecto a la comida, que le importaba poco ahora. Lo que no iba a pensar era lo que haría una vez que hubiera llegado a la cima del edificio.

El mar del material marrón parecido al cuero se proponía obviamente recubrir por entero la ciudad, incluso hasta los pisos superiores del World Trade Center.

Y entonces iba a quedar muy poco espacio libre para Suzy McKenzie.

31

April Ulam se cubrió los ojos para mirar la salida del sol. Los molinos de viento de Tracy recortaban sus siluetas contra el cielo amarillo, con sus aspas todavía girando, y enviaban electricidad a la desierta estación de servicio donde los gemelos habían repostado combustible para el camión. Echó una mirada hacia John y movió la cabeza en un gesto de asentimiento; sí, era cierto, un día más.

Luego volvió al pequeño colmado para supervisar la búsqueda de provisiones de Jerry.

Era mucho más dura de lo que parecía, decidió John. Loca o no, manejaba a los dos hermanos como le venía en gana. Habían pasado la noche en esa estación, agotados, después de viajar menos de quince kilómetros desde Livermore.

Finalmente se habían decidido a coger la carretera central del valle. Esto había sido sugerido por April; era mejor, pensaba ella, evitar las antes populosas áreas.

—A juzgar por lo que ha pasado en Livermore —había dicho—, no nos interesa quedarnos atascados en San José o en cualquier otro lugar.

Aquel camino que habían tomado les haría pasar inevitablemente por Los Angeles o encontrar alguna ruta para bordeaarlo, pero John no había mencionado esa posibilidad.

Por lo menos, ella les había dado una dirección. No tenía sentido criticarla por el hecho de que sin ella estarían todavía en Livermore, volviéndose locos de un modo u otro —probablemente con violencia—. John dio la vuelta al camión, con las manos en los bolsillos y la mirada baja.

Todos iban a morir.

No le importaba. Se habían cansado mucho, mucho, la otra noche —y de una forma que el sueño no podía subsanar—. Estaba seguro de que Jerry sentía lo mismo. «Deja que esta tía loca nos lleve de la nariz, ¿qué más da?» Los Angeles debía resultar interesante. Pero dudaba de que llegasen hasta La Jolla.

Jerry y April salieron de la tienda cargando bolsas de comida en ambos brazos.

Las pusieron en la parte de atrás del camión y Jerry sacó un gastado mapa de la guantera del vehículo.

—La 580 hacia el sur hasta coger la cinco —dijo. April asintió John cogió el volante y entraron en la autopista.

La autopista estaba en su mayor parte desierta de coches. Pero a largos intervalos pasaron cerca de vehículos abandonados (o al menos vacíos) — camiones, coches, incluso un autobús de las Fuerzas Aéreas— a lo largo del arcén. No se detuvieron para investigar.

Conducían deprisa sobre el limpio asfalto. Las colinas de alrededor de los embalses de San Luis y Los Baños deberían estar verdes por las lluvias de invierno, pero su color era gris mate, como si se les hubiera dado una mano de pintura protectora antes de la aplicación de un nuevo color. Los embalses mismos tenían un color verde brillante, y estaban quietos como cristal. No se veían pájaros ni insectos. April miraba todo esto con cierto orgullo; mi hijo ha hecho esto, parecía pensar, y aunque frunció el ceño levemente al pasar por los estanques, en conjunto no parecía desaprobar.

Jerry parecía a la vez intrigado y totalmente seducido por ella, pero no decía nada. Sin embargo, podía notar que John se sentía incómodo.

Los campos a ambos lados de la cinco estaban cubiertos de láminas marrones musgosas que brillaban al sol como si fueran de plástico.

—Todos esos árboles y plantas —dijo April meneando la cabeza—. ¿Qué crees tú que le pasa a la cosecha?

—No lo sé, señora —dijo Jerry—. Yo sólo las vaporizo. No las juzgo.

—No sólo la gente. Atrapa de todo. —Sonrió y meneó la cabeza—. Pobre Vergil. No tenía ni idea.

Hicieron un alto para orinar en un Carl’s Júnior al lado de la autopista. Las puertas del local estaban abiertas, y encontraron un montón de ropas detrás del mostrador de servicio, pero el edificio estaba tranquilo e inalterado. En la sala de descanso, mientras orinaban el uno junto al otro, John dijo a Jerry. —Yo la creo.

—¿Por qué?

—Porque está muy segura.

—Vaya una razón.

—Y no está mintiendo.

—Claro que no. Lo que pasa es que está ida.

—No lo creo. Jerry se subió la. cremallera y dijo.

—Es una bruja, John.

John estaba de acuerdo.

Las monótonas granjas cubiertas de marrón cambiaron gradualmente de color y carácter a medida que se acercaban al desvío de Lost Hills. Apareció más tierra desnuda, polvorienta y de aspecto mortecino. Unas pequeñas corrientes de aire barrían la tierra en la distancia, como criadas limpiando después de una fiesta salvaje.

—¿Qué habrá sido de las cosechas?

Jerry meneó la cabeza. No lo sabía. No quería saberlo.

John fijó la vista en la niebla polvorienta que tenían delante y pisó el freno, reduciendo hábilmente. Luego pisó a fondo el pedal y el camión se paró en seco, con un fuerte chirrido de las ruedas. Jerry blasfemó y April se dio un golpe contra el borde de la venlanilla.

El camión había llegado a una zona de giro de la autopista. John dio la vuelta y puso el coche en punto muerto, mental, conciencia colectiva.

Se quedaron mirando asombrados. Las palabras no eran necesarias, ni siquiera posibles.

Una colina estaba atravesando la calzada. Lenta, pesada, quizá de un centenar de pies de altura, la masa marrón y gris se movía a través del polvo que el viento levantaba a escasamente un cuarto de milla.

—¿Cuántas habrá como esa? —preguntó April animadamente, rompiendo el silencio.

—No puedo decirlo —vaciló John.

—Quizá sea una de las colinas perdidas que anunciaban —dijo Jerry sin sarcasmo.

—Quizá estén ahí las cosechas —especuló April. Los hermanos no se molestaron en discutir este punto. John esperó hasta que la colina terminó de pasar, y media hora después, mientras iban en dirección al oeste sobre los campos, puso en marcha de nuevo el camión. Cruzaron el lacerado asfalto lentamente. El aire olía a plantas aplastadas y a polvo.

—Marcianos —dijo John. Esa fue su última protesta a la aseveración de April sobre que ella sabía la verdad de lo sucedido. Habló muy poco después, hasta que empezaron la subida al Grapevine, una vez pasados los árboles inalterados, los edificios de Fort Tejón y los vagos perfiles del pequeño pueblo de Gorman. Al acercarse a la pequeña cordillera, miró a Jerry con los ojos muy abiertos y las pupilas dilatadas y dijo.

—Llegando a la ciudad de Los Angeles.

Eran las cinco en punto de la tarde, y ya se estaba poniendo oscuro.

El aire por encima de Los Angeles era tan rojo como la carne cruda.

32

Al mediodía, a Bernard le sirvieron la comida a través de la pequeña escotilla — un bol de fruta y un sandwich de roast beef con un vaso de agua con gas—.

Comió lentamente, reflexionando, y, de vez en cuando, echaba una mirada hacia el VDT. El aparato mostraba los recientes resultados de laboratorio en el análisis de las proteínas de su suero.

Los números de la pantalla eran de color menta. Bajo las cifras surgían líneas rojas que iban separando las nuevas series.

Bernard, ¿qué es esto?

—No hay que preocuparse —contestó a la interna pregunta—. Si no investigo, funciono mal.

Su nivel de comunicación había mejorado enormemente en el espacio de sólo dos días.

Estás analizando algo en relación con nuestra comunicación. No hay necesidad. Ya te comunicas a través de nosotros.

—Sí, por supuesto. ¿Pero me diréis todo lo que necesito saber?

Te decimos lo que nos es asignado.

—Me habéis acribillado a preguntas, pues ahora dejadme hacerlas a mí. Tengo que sentir que no soy inútil, que estoy haciendo algo con sentido.

Con gran dificultad, hemos intentado comprender codificar tu situación.

VISUALIZAR. Estás en un ESPACIO cerrado. Este ESPACIO es de concentración que tú juzgas pequeña.

—Pero adecuada, ahora que os tengo a vosotros para charlar.

Estás restringido. No puedes difundir más allá de los límites del ESPACIO cerrado. ¿Es esta restricción por tu gusto?

—No estoy siendo castigado, si es eso lo que os preocupa.

No codificamos, comprendemos CASTIGADO. Tú estás bien. Tus funciones orgánicas están en orden. Tu EMOCIÓN no es extrema.

—¿Por qué tenía que sentirme perturbado? He perdido. Todo ha terminado menos la, ejem, codificación.

DESEAMOS que sepas más acerca de la fisiología de tu cerebro. Podríamos decirte más sobre tu estado. De este modo, tenemos gran dificultad para encontrar PALABRAS que describan la localización de nuestros equipos. Pero volvamos a la cuestión principal. ¿Por qué DESEAS procesar otras formas de comunicación.

—No estoy bloqueando mis pensamientos, ¿verdad? (¿Verdad?) Tendríais que ser capaces de saber lo que estoy haciendo vosotros mismos. (¿Cómo podría ocultaros a vosotros mis pensamientos?)

Te das cuenta de nuestra insuficiencia. Eres tan nuevo para nosotros. Te consideramos con…

—¿Sí?

Los que han sido asignados para replicar este estado… Esto no es claro.

—Diríamos.

Te consideramos capaz de reprobación-disociación suave para mínima actuación de procesamiento asignado.

—¿Me consideráis que?

Te consideramos grupo de mando supremo.

—¿Qué es eso? Y esto trae a colación un montón de preguntas que me gustaría haceros.

Hemos sido autorizados para responder a tales preguntas.

(¡Jesús! Conocían las preguntas antes de que se hubieran formado en la mente de Bernard!)

—Me gustaría hablar con un individuo. ¿INDIVIDUO?

—No sólo con el equipo o grupo de investigación. Con uno de vosotros, que actúe solo.

Hemos estudiado INDIVIDUO según tu concepto. Su significado no nos cuadra.

—¿No hay individuos?

No precisamente. La información es compartida entre grupos de…

—No está claro.

Quizá es eso lo que tú quieres decir con la palabra INDIVIDUO. No lo mismo que una sola mentalidad. Tú sabes que las células se agrupan para estructuración básica; cada grupo es el menor INDIVIDUO. Esos grupos raramente se disgregan en células durante mucho tiempo. La información se distribuye a los grupos que comparten tareas asignadas, incluyendo la instrucción y la memoria. La mentalidad es así dividida entre los grupos que realizan una función. La memoria importante puede ser difundida a todos los grupos. Lo que tú consideras INDIVIDUO puede ser extendido a la totalidad.

—Pero no tenéis todos una sola mentalidad, un grupo mental, consciencia colectiva.

No, en tanto somos capaces de analizar esos conceptos.

—Podéis discutir los unos con los otros. Pueden haber diferencias de enfoque, sí.

—¿Entonces qué es un grupo de mando?

Un grupo clave situado a lo largo de nudo de viaje, vasos de linfa y sangre, para controlar la actuación de los grupos que viajan, células sirvientes, células confeccionadas. Tú eres como el más poderoso de los grupos de mando de células, pero estás ENCERRADO y todavía no has elegido ejercer tu poder de lisis. ¿Por qué no ejerces el control?

Con los ojos cerrados, reflexionó esa pregunta durante largo rato —quizá un segundo o más— y contestó.

—Os estáis familiarizando con el misterio.

¿Estás intentando desafiar con esas investigaciones nuestra comunicación?

—No.

Aquí una desconexión.

—Estoy cansado. Por favor, dejadme solo un rato.

Comprendido.

Se frotó los ojos y cogió una fruta. De pronto, se sentía exhausto.

—¿Michael?

Paulsen-Fuchs estaba en el área de recepción.

—Hola, Paul —dijo Bernard—. Acabo de tener una conversación de lo más absurdo.

—¿Sí?

—Creo que me tratan como a una especie de dios menor.

—Vaya —dijo Paulsen-Fuchs.

—Y probablemente sólo me quedan un par de semanas.

—Eso dijo cuando llegó, sólo que entonces dijo una semana.

—Pero ahora percibo los cambios. Es lento, pero va a llegar.

Se miraron el uno al otro a través de la ventana de cristal triple. Paulsen-Fuchs intentó hablar varias veces, pero no le salía nada. Levantó las manos en un gesto de resignación.

—Sí —dijo Bernard con un suspiro.

33

Norteamérica, transmisión vía satélite durante el reconocimiento a gran altura, RB— H; voz de Hoya Upton, corresponsal EBN

Sí, todo en su sitio —las guías separadas y en orden— estamos todos un poco nerviosos aquí, no preocuparos por el castañeteo de dientes. ¿Grabando? Y el enchufe directo… sí, ¿Arnold? 1, 2, 3. Aquí Lloyd Upchuck, sí, así es como me siento… Vale. Colin, esa botella. ¿El traje naranja no molesta para la imagen? Me molesta a mí. Empecemos.

Hola, soy Lloyd Upton, del servicio británico de la Red de Emisiones Europeas.

Me encuentro ahora a veinte mil metros sobre el corazón de los Estados Unidos de América, en el compartimento de atrás de un bombardero americano B-l modificado para reconocimento desde gran altura, un RB-1H. Están conmigo corresponsales de cuatro redes continentales principales, de ramas europeas de dos organismos de noticias de los Estados Unidos, y de la BBC. Somos los primeros periodistas civiles que vuelan sobre los Estados Unidos desde el comienzo de la más horrible plaga de la historia de la humanidad. Nos acompañan dos científicos civiles a los que entrevistaremos en nuestro viaje de vuelta, que doblará la velocidad del sonido, es decir, Mach 2.

En sólo ocho semanas, dos meses cortos, la totalidad del continente, Norteamérica, ha sufrido una transformación virtualmente indescriptible. Todos los lugares conocidos —ciudades enteras— han desaparecido bajo —o quizá eso es en lo que se han transformado— un paisaje de pesadilla biológica. Nuestro aparato ha seguido una ruta en zig zag desde Nueva York a Atlantic City, luego sobre Washington D. C., por Virginia, Kentucky y Ohio, y pronto bajaremos a mil metros para pasar por encima de Chicago, Illinois, y los Grandes Lagos. Entonces daremos la vuelta para volar sobre la costa este hasta Florida, y sobre el Golfo de México repostaremos combustible de un avión con base en Guantánamo, Cuba, base que, milagrosamente, ha escapado a los efectos de la plaga.

Podemos imaginarnos la consternación de los americanos que están en Inglaterra, Europa y Asia, y en otras partes del globo. Me temo mucho que no podamos proporcionarles consuelo por medio de este sobrevuelo histórico. Lo que hemos visto no puede consolar a ningún ser humano. Sin embargo no hemos sido testigos de la desolación, sino de un extraño y —si puede perdonárseme un singular juicio estético— maravilloso paisaje de formas de vida radicalmente nuevas, cuyo origen está rodeado de misterio, aunque quizá ni siquiera las autoridades sepan de qué se trata realmente. Las especulaciones a propósito de que la plaga surgió de un laboratorio biológico de San Diego, California, no han sido corroboradas ni denegadas por las autoridades gubernamentales, y EBN no ha podido entrevistar al partícipe potencialmente clave en el… uh… drama, al famoso neurocirujano, el doctor Michael Bernard, que actualmente está en confinamiento esterilizado cerca de Wiesbaden, Alemania Occidental.

Transmitimos ahora imágenes de video en directo y fotografías de nuestras cámaras y de las cámaras especiales de reconocimiento en tiempo real que lleva el aparato. Algunas serán en directo; otras están siendo procesadas y seguirán a esta histórica emisión en vivo.

¿Cómo puedo iniciar la descripción del paisaje que se extiende a nuestros pies?

Se necesitaría un nuevo vocabulario, un nuevo lenguaje. Texturas y formas hasta ahora desconocidas para los biólogos y geólogos cubren las ciudades y las afueras, incluso los territorios salvajes de América del Norte. Bosques enteros se han convertido en masas de color verde grisáceo… uh… bosques de puntas, de espigones, de agujas. A través de los teleobjetivos, hemos visto movimiento en esos objetos enormes y complejos que se desplazan por medios ignorados.

Hemos visto ríos siguiendo una especie de curso controlado, pero diferente al de las corirentes de agua normales. Sobre la Costa Atlántica, más específicamente cerca de Nueva York y de Atlantic City, hasta una distancia de diez a veinte kilómetros, el mismo océano ha sido recubierto de una manta, aparentemente viva, de un color verde brillante, parecido al del vidrio.

En cuanto a las ciudades, no hay señal de seres vivos, no hay rastro de seres humanos. La ciudad de Nueva York es una extraña jungla de formas geométricas, una ciudad aparentemente desmantelada y reordenada para servir a los propósitos de la plaga, si es que una plaga puede tener propósitos. De hecho, lo que hemos visto apoya los rumores populares respecto a que Norteamérica ha sido invadida por alguna forma de vida inteligente, es decir, por microorganismos inteligentes, organismos que cooperan, mudan, adaptan y alteran su medio ambiente. Nueva Jersey y Connectticut muestran formaciones biológicas similares, lo que los periodistas de este vuelo han dado en llamar megaplexos, en espera de otra palabra mejor. Dejamos a los científicos el refinamiento posterior de la nomenclatura.

Ahora estamos descendiendo. La ciudad de Chicago se halla en el estado de Illinois, situada en el extremo sur del lago Michigan, una enorme masa de agua fresca dentro del continente. Nos encontramos ahora a alrededor de cien kilómetros de distancia de Chicago, moviéndonos hacia el suroeste sobre el lago Michigan. Movamos la cámara para mostrar lo que los corresponsales y científicos y equipo de a bordo están observando directamente. Esta pantalla especial de alta resolución muestra ahora la superficie del lago Michigan, absolutamente lisa, muy parecida a la superficie del océano en las zonas limítrofes con las áreas metropolitanas. La rejilla es debida, supongo, al proceso de realización de los mapas. Perdón por mi dedo, pero así puedo señalar estas formaciones tan peculiares, vistas anteriormente sobre las aguas del río Hudson, estos singulares círculos verde-amarillos de apariencia viva, o atolones, con las extremadamente complejas líneas que parten del centro a modo de radios de una rueda. No hay explicación conocida para estas formaciones, aunque las imágenes del satélite han mostrado ocasionalmente extensiones de los radios yendo hacia la costa para conectar con los cambios topográficos que tienen lugar en tierra.

¿Perdón? Sí, ya me muevo. Hemos, uh, sido informados de que algunos de estos despliegues han quedado reservados, sólo para nuestros ojos, por así decirlo.

Ahora hemos cambiado de dirección y bajamos en arco sobre Waukegan, Illinois. Illinois es famoso por su llanitud, y también por sus automóviles, siendo Detroit… no, Detroit está en Michigan. Sí. Illinois es conocido por su llana topografía, y Chicago ha sido llamada la Ciudad del Viento, debido a los que soplan desde el lago Michigan. Como podemos ver, la topografía es ahora como una red terrosa muy parecida a los terrenos de labor, aunque en vez de rejas y cuadrados, las divisiones son ovoideas —quiero decir elípticas— o circulares, con círculos más pequeños dentro de otros mayores. En el centro de cada círculo se halla un montículo, una especie de punto que recuerda al cono central de los cráteres lunares. Estos conos —sí, ya veo, son en realidad pirámides en forma de cono, con peldaños concéntricos o hileras a los lados—. Las cimas de esos conos son de color naranja, parecido al traje de vuelo que llevo puesto. Naranja o butano, muy chillón.

Hemos disminuido la velocidad considerablemente. Las alas oscilantes han sido desplegadas y ahora sobrevolamos Evanston, al norte de Chicago. No se ve rastro de humanidad por ninguna parte. Estamos todos… euh… muy nerviosos ahora, creo que incluso los oficiales de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos y la tripulación, porque si algo fallara, caeríamos directamente en medio de… Sí, bien, no pensemos en eso. Más abajo y más despacio.

Hemos decidido sobrevolar Chicago debido a que fotografías de satélite y del avión de reconocimiento muestran una concentración de actividad biológica alrededor de lo que antes fue una gran ciudad. Como Chicago era la capital del centro de América, ahora está sirviendo al parecer como de algún tipo de foco, una especie de nudo de comunicaciones quizá entre Canadá y Méjico. Grandes estructuras semejantes a oleoductos llegan a Chicago desde todas direcciones.

En alguna área, los oleoductos se abren en anchos canales y podemos ver el rápido fluir del viscoso líquido verde…Sí. Ahí. ¿Podemos…? Bien, más tarde. Los canales pueden tener medio kilómetro de anchura. Asombroso, imponente.

Unos rumores provenientes de los centros de inteligencia militar en Londres, Wiesbaden y Escocia señalan otro y muy distinto centro de actividad en la costa oeste de Estados Unidos. Los detalles no son públicos, pero, según todos los indicios, Chicago comparte con California suroccidental la distinción de ser primeros puntos de interés para los investigadores. Sin embargo, no volaremos sobre la costa oeste; nuestro aparato no llegaría allí sin repostar de nuevo, y no hay donde hacerlo tan al interior del continente.

Estamos realizando varios giros pronunciados y notamos los efectos de la aceleración. Al pasar sobre las afueras de Oak Park, donde según un mapa desplegado frente a nosotros, no puede ser identificada ni una sola calle o calzada. Y ahora, sobre el mismo Chicago, si puedo juzgar por las proporciones tal vez justamente sobre la avenida Cicero, ahora de nuevo hacia el lago, sí, eso es el puerto Montrose y la carretera de la orilla, y el parque Lincoln, identificable sólo por el perfil contra el lago. Más aceleración, un amplio círculo, sobre la zona del Museo de la Ciencia y la Industria tal vez, todos estamos tratando de averiguarlo.

Y ahora distingo canales, quizá las ramas originales del Ship Canal, y ahora descendemos aproximadamente a mil metros, una altura muy peligrosa, porque no tenemos ni idea de hasta dónde pueden extenderse esos organismos. Dios mío, estoy asustado. Todos lo estamos. Ahora pasamos sobre… sí…

Jesús. Perdonen. Debían ser los corrales de ganado, los Union Stockyards.

Seguramente eso era. Casi no podemos distinguirlos, pero el piloto ha subido de golpe y ahora nos dirigimos hacia el sur. Lo que hemos visto…

Perdón.

Me estoy enjugando los ojos, por el terror, el asombro, porque no he visto nada igual en todas las horas que llevamos sobrevolando esta tierra de pesadilla. Las cámaras con teleobjetivos nos han mostrado detalles de lo que en otro tiempo debieron ser los famosos corrales de concentración de ganado de Chicago, los Union Stockyards. Si nos paramos a considerar la enorme masa de criaturas vivientes —cerdos, reses— concentradas en esas áreas, quizá no deberíamos sorprendernos o impresionarnos tanto. Pero las mayores criaturas vivas que he visto han sido las ballenas, y esto excede en tamaño a la mayor ballena por no sé cuánto exactamente. Enormes huevos marrones y blancos, ¿pueden estar empollando? Quizá sobre la tierra. Mayores que los dinosaurios, aunque sin piernas discernibles, ni cabeza, ni cola. No informes, sin embargo, con extensiones y prolongaciones, lisas o rodeadas de poliedros, es decir, icosaedros o dodecaedros, con patas como las de los insectos, patas que pueden tener dos o tres metros de grosor. Las criaturas ovoideas o lo que quiera que sean pueden llenar fácilmente un campo de rugby cada una.

Sí, sí, nos acaban de decir… acaban de informarnos de que hay criaturas aéreas, formas de vida con las que por poco chocamos hace unos segundos, parecidas a rayas gigantescas desplegadas, o a murciélagos, también marrón y blanco. Iban hacia el sur, y parecían formar un escuadrón o bandada. Dispensen.

Dispensen.

Corta el sonido. Corta el sonido, maldita sea. Y aparta de mí el objetivo.

(Pausa de cinco minutos).

Aquí estamos de nuevo, y disculpen por la demora. Soy humano y… bueno, a veces sujeto a algún momento de pánico. Espero que esto sea comprendido. Y yo mismo estoy maravillado ante la calma y pericia de los… uh… los oficíales y la tripulación de este avión, profesionales todos, y muy buenos. Acabamos de pasar sobre Danville, Illinois, y en breve… dentro de unos segundos estaremos sobre Indianápolis. Hemos observado cambios en el carácter del paisaje, o podríamos decir biopanorama, que sobrevolamos, cambios de color y de forma, pero no podemos interpretar nada de lo que vemos. Es como si hubiéramos sobrevolado un planeta totalmente desconocido, y aunque nuestros dos científicos han estado analizando datos y escribiendo notas sin parar, siguen demasiado ocupados como para darnos cualquier teoría o hipótesis que puedan tener.

Indianápolis se extiende a nuestros pies, y tan indescifrable, misteriosa y…

hermosa y ajena como los otros megaplexos. Algunas de las estructuras aparecen aquí tan altas como los edificios que han reemplazado, algunos de quizá entre cien y doscientos metros de altura, proyectando ahora sombras a la luz de la tarde. Pronto el tiempo se invertirá para nosotros, como si dijéramos, al dirigirnos hacia el este-sureste, y el sol se ocultará. Las sombras se alargan sobre el biopanorama, la atmósfera es muy clara —no hay industria, ni automóviles-; sin embargo, ¿quién puede decir el tipo de polución que un paisaje vivo puede causar? Sea cual sea, no está pasando a la atmósfera.

Sí.

Sí, acaba de sernos confirmado por nuestros científicos. Cuando pasamos rascando Chicago, los detectores indicaban aire virtualmente puro, libre de polución y de humos, y que se refleja en los puros colores del horizonte. El aire es también húmedo y, para la estación del año en que nos encontramos, demasiado templado. El invierno puede no llegar a Norteamérica este año, porque en estos momentos Chicago y las ciudades sobre las que hemos pasado deberían estar cubiertas de nieve, aunque fuera ligeramente. Pero no hay nieves. Cae lluvia, cálida y en grandes gotas —hemos sobrevolado áreas muy nubladas; pero no hay nieve, ni hielo.

Sí. Sí. Yo también lo he visto. Lo que parecía una bola de fuego, una especie de meteoro, quizá, notable. —Y varios más, aparentemente.

(Voces al fondo, muy altas, ruido de alarma.)

Dios mío. Eso era al parecer un vehículo o vehículos de re-entrada en la alta atmósfera, a docenas de kilómetros de nosotros. Los detectores de a bordo señalan una fuerte radiación. Los pilotos y oficiales han activado todos los sistemas de emergencia y nos estamos alejando del área a gran velocidad, con…

sí, con sí… no, bajamos en picado, presentando, creo, un perfil posterior al objeto.

Se dice aquí que la bola de fuego era similar al perfil de un vehículo de reentrada, un misil nuclear, un ICBM quizá, y no ha vuelto a repetirse, por supuesto, no. ¿Cómo podría estar aquí? No se ha marchado y ahora…

(Más voces confusas; más alarmas.)

Creo que ya no podemos remontar. Hemos perdido la mayor parte del instrumental. Las máquinas se han parado y no tenemos energía. Todavía podemos transmitir por radio pero…

(Fin de la transmisión del RB-1H. Final del hilo directo Lloyd Upton EBN. Final de la telemetría científica.)

34

Bernard estaba tendido sobre el camastro, con una pierna colgando sobre el borde y la otra flexionada, con el pie apoyado en el colchón. No se había afeitado ni bañado en una semana. Tenía la piel profundamente marcada por filamentos blancos, y en las piernas prominencias desde la espinilla hasta la base de los dedos de los pies. Incluso parecía llevar pantalones acampanados.

No le importaba. Descontando sus sesiones diarias de una hora con Paulsen— Fuchs y sus diez minutos de ejercicio físico, se pasaba la mayor parte del tiempo tumbado, con los ojos cerrados, en comunicación con los noocitos. El resto del tiempo trataba de descifrar el lenguaje químico. Había recibido poca ayuda de los noocitos. La última conversación sobre el tema había tenido lugar tres días antes.

Tu concepción no es completa, no es correcta.

—No ha terminado todavía.

¿Por qué no dejas a tus compañeros proceder con el trabajo? Puede lograrse más si dedicas tu atención a tu interior.

—Sería más sencillo si simplemente nos dijerais cómo os comunicasteis…

QUISIÉRAMOS poder ser más puros contigo, pero los grupos de mando creen que la discreción es mejor ahora.

—Sí, por supuesto.

Los noocitos, así pues, le ocultaban cosas, como a los investigadores del exterior de la cámara. Pharmek, a cambio, ocultaba cosas a Bernard también.

Bernard sólo podía tratar de adivinar sus razonamientos; no los relacionaba con la paulatina reducción de noticias y de descubrimientos en la investigación que Paulsen-Fuchs le hacía. De todas maneras, no importaba mucho; Bernard ya tenía bastante trabajo ajustándose a las interacciones de los noocitos.

La terminal estaba todavía en marcha, vomitando datos que habían sido suministrados al computador hacía tres días. Las líneas rojas habían reemplazado ya totalmente a los números. De vez en cuando, se les unían unas líneas azules.

La curva determinada por sus longitudes se suavizaba a medida que, byte a byte, la química era convertida en un lenguaje matemático intermedio, que en la fase siguiente se traducía a una especie de anotación en lógica formal y en inglés. Pero faltaban semanas y meses para el advenimiento de esa última fase.

Al fijar su atención en la memoria del ordenador, desencadenó una interrupción atípica por parte de los noocitos.

Bernard. Todavía trabajas sobre nuestra música en la sangre.

¿No había Ulam empleado una vez esa expresión?

¿Es que DESEAS unirte a nosotros en ese nivel? No habíamos considerado esa posibilidad.

—No entiendo bien lo que sugerís.

La parte de ti que se mantiene al margen de toda comunicación puede ser codificada, activada, devuelta. Sería como un SUEÑO, sí entendemos bien lo que eso significa. (ANOTACIÓN: Sueñas todo el tiempo. ¿Lo sabías?)

—¿Puedo convertirme en uno de vosotros?

Creemos que eso es correcto. Tú ya eres uno de nosotros. Hemos codificado partes de ti en muchos equipos de proceso. Podemos codificar tu PERSONALIDAD y completar el círculo. Serás uno de nosotros —temporalmente, si así lo eliges—. Podemos hacerlo ahora mismo.

—Tengo miedo. Tengo miedo de que me robéis el alma de dentro…

Tu ALMA está ya codificada, Bernard. No comenzaremos a menos que recibamos permiso de todos tus fragmentos mentales.

—¿Michael? —La voz de Paulsen-Fuchs interrumpió la conversación. Bernard sacudió la cabeza y miró hacia la ventana de la cámara de observación—.

¿Michael? ¿Estás despierto?

—He sido… despertado. ¿Qué pasa?

—Hace unos días nos diste permiso para que Sean Gogarty pudiera visitarte.

Está aquí ahora.

—Sí, sí —Michael se puso en pie—. ¿Está ahí contigo? Veo borroso.

—No. Está ahi fuera. Me imagino que querrás vestirte y asearte antes.

—¿Por qué? —replicó Bernard algo enojado—. Por más que me afeite no voy a resultar una visión agradable.

—¿Quieres verle tal como estás?

—Sí. Hazle entrar. Has interrumpido algo muy interesante, Paul.

Sean Gogarty, profesor de Física Teórica en el Kings College de la Universidad de Londres, pasó a la cámara de observación y se llevó la mano hacia los ojos para mirar hacia el laboratorio de aislamiento. Su rostro era abierto, amistoso, nariz larga y afilada, dientes prominentes. Era alto y se notaba que se cuidaba, y sus brazos parecían bien musculados bajo su chaqueta de lana irlandesa. Su sonrisa se desvaneció y sus ojos se entornaron tras unas modernas gafas estilo aviador al mirar hacia Bernard.

—Doctor Bernard —dijo en agradable acento irlandés con un toque de Oxford.

—Doctor Gogarty.

—Profesor, es decir, sólo Sean, por favor. Me gusta evitar los títulos.

—Entonces llámeme Michael. ¿Lo soy, de verdad?

—Sí, bien, en su caso… eh… será un poco difícil dirigirse a usted así. Yo sé de usted, y estoy seguro de que en cambio usted no ha oído nunca hablar de mí, eh, Michael —otra vez una sonrisa, pero insegura, incómoda. Como sí, pensó Bernard, hubiera esperado encontrarse con un ser humano y viera…

—Paul me ha informado de una parte de su trabajo. Usted me sobrepasa un poco, Sean.

—Mi área de estudio es otra. Este asunto, este incidente de su país también me sobrepasa a mí, estoy seguro. Hay unas cuantas cosas de las que me gustaría hablar con usted, Michael, y con alguien más.

Paulsen-Funchs miraba a Gogarty con alguna aprensión. Sin lugar a dudas, esta reunión sería sancionada por varios gobiernos, pensó Bernard, o no hubiera llegado a tener lugar, pero Paul estaba todavía inseguro.

—Mis colegas, entonces —Bernard hizo un gesto hacia Paulsen-Fuchs.

—No se trata de sus colegas humanos —dijo Gogarty.

—Mis noocitos.

—¿Noocitos? —Sí, sí, entiendo. Sus noocitos. Teilhard de Chardin hubiera aprobado esa denominación, creo.

—Últimamente no he pensado mucho en Teilhard de Chardin —dijo Bernard—, pero podría no resultar un mal guía.

—Sí, bien, estoy aquí casi de incógnito, y mi tiempo ha sido limitado. Tengo una hipótesis que quisiera proponerle, y quisiera que usted y sus pequeños colegas me dieran su opinión.

—¿Cómo consiguió información detallada sobre mí y sobre los noocitos? — preguntó Bernard.

—Los expertos de toda Europa han sido informados. Alguien vino a mí siguiendo una corazonada. Espero que esto no afecte a su carrera. No soy muy respetado por todos mis colegas, doctor Bernard… Michael. Mis ideas son un poco demasiado avanzadas, según ellos.

—Vamos a escucharlas —dijo Bernard, impacientándose.

—Sí. ¿Me imagino que no ha oído mucho acerca de la mecánica de la información?

—Ni palabra —dijo Bernard.

—Estoy trabajando en un campo muy especializado de esa rama de la física — un área que todavía no está reconocida—, los efectos del proceso de la información sobre el espacio-tiempo. Se lo expongo brevemente porque los noocitos pueden saber ya más que yo, y les será más fácil explicárselo a usted…

—No cuente con ello. Les gusta lo complejo, y a mí no.

Gogarty hizo una pausa y se sentó, completamente callado durante varios segundos. Paulsen-Fuchs le miró con un transitorio toque de ansiedad.

—Michael, he reunido una gran cantidad de estructura teórica que apoya el siguiente aserto —respiró hondo—. El proceso de la información, más exactamente, de la observación, tiene un efecto sobre los acontecimientos que tienen lugar en el espacio-tiempo. Los seres conscientes juegan un papel integral en el universo; fijamos sus límites, determinamos en gran medida su naturaleza, tanto como determinamos nuestra propia naturaleza. Tengo razones para creer — aunque de momento sólo sea una hipótesis— que lo que hacemos no es tanto descubrir leyes físicas como colaborar en ellas. Nuestras teorías son examinadas a la luz de nuestras pasadas observaciones tanto por nosotros como por el universo. Si el universo está conforme en que los pasados acontecimientos no son contradecidos por una teoría, la teoría se convierte en un modelo. El universo prosigue con el. Cuanto mejor se adapte la teoría a los hechos, mayor será su duración, si es que llega a durar. Luego deslindamos el universo en territorios, siendo núestro territorio particular, en tanto que seres humanos, el más inequívoco. No hay contacto extraterrestre, sabe… Si existen otros seres en otro lugar que la Tierra, ellos ocuparían sin embargo, otros territorios de teoría. No caben mayores diferencias entre las teorías de los diferentes territorios, el universo, después de todo, juega el papel principal, pero sí pueden esperarse diferencias menores.

»Las teorías no pueden ser efectivas por siempre. El universo cambia sin cesar; podemos imaginarnos regiones de la realidad en evolución hasta que nuevas teorías sean necesarias. Hasta aquí, la raza humana no ha generado ni de cerca la densidad o cantidad de proceso de información —computación, pensamiento, etcétera— para manifestar ningunos efectos verdaderamente obvios sobre el espacio-tiempo. No hemos creado teorías lo suficientemente completas para que recojan la realidad de la evolución. Pero todo esto ha cambiado, y muy recientemente.

Escucha cuidadosamente a GOGARTY.

Bernard se animó y empezó a prestar más atensión.

—Si tuviera tiempo para presentar mis matemáticas, mis correlaciones con la mecánica formal de la información y la electrodinámica cuántica… ¡y si usted pudiera entenderme!

—Le estoy escuchando. Le estamos escuchando —Sean Gogarty abrió más los ojos.

—Los… ¿noocitos? ¿Han respondido?

—No les ha dado usted mucho a lo que puedan responder. Continuúe, Profesor.

—Hasta ahora, la unidad más densa de proceso de información en este planeta era el cerebro humano… ligera inclinación de cabeza ante los cetáceos, tal vez, pero sin tanto estímulo y proceso, mucho más insular, diría yo. Cuatro, cinco billones de personas pensando cada día. Pequeños efectos. El tiempo se cierne, pequeños estremecimientos en su seno, ni siquiera mensurables. Nuestros poderes de observación —nuestro poder para formular teorías efectivas— no es lo suficientemente intenso como para desencadenar los efectos que he descubierto por medio de mi trabajo. ¡Nada en el sistema solar, ni tal vez tampoco en la galaxia!

—Está usted divagando, profesor Gogarty —dijo Paul-sen-Fuchs. Gogarty le dirigió un irritado gesto de asentimiento y fijó sus ojos en Bernard, como buscando su apoyo.

Lo que dice es de interés.

—Está llegando a la cuestión, Paul, no le des prisa.

—Gracias. Muchas gracias, Michael. Lo que digo es que ahora tenemos condiciones suficientes para causar los efectos que he descrito en mis informes.

No sólo cuatro o cinco billones de individuos conscientes, Michael, sino trillones…

quizá billones de trillones. La mayoría de ellos en Norteamérica. Diminutos, muy densos, y enfocando su atención sobre todos los aspectos de lo que les rodea, de lo más pequeño a lo más grande. Observando todo lo que hay a su alrededor y teorizando sobre lo que no observan. Los observadores y los teorizadores pueden fijar la forma de los acontecimientos, de la realidad, en formas muy significativas.

No hay nada, Michael, sino información. Todas las partículas, toda la energía, e incluso el mismo tiempo y el espacio, no son en última instancia sino información.

La verdadera naturaleza, el tono del universo puede ser alterado, Michael, ahora mismo. Por los noocitos.

—Sí —dijo Bernard—. Sigo escuchándole. Algo no manifiesto… la evidencia.

—Hace dos días —dijo Gogarty, más animado, con su cara enrojeciendo por la excitación—, la Unión Soviética lanzó un ataque nuclear a gran escala sobre Norteamérica. Al contrario que sobre Panamá, ni uno solo de los misiles estalló.

Bernard miró a Paulsen-Fuchs, primero con cierto resentimiento, y luego divertido. No le habían dicho nada sobre esto.

—La Unión Soviética no es tan torpe construyendo misiles, Michael. Podía haber sido un holocausto. No lo fue. Ahora he recopilado varios gráficos impresionantes sobre las observaciones y la información. Una fuente muy importante la ha constituido un avión de reconocimiento americano, que transportaba a científicos y reporteros sobre Norteamérica, con una emisión en directo que se escuchaba en Europa vía satélite. El avión estaba en mitad de Estados Unidos cuando el ataque. El avión, al parecer, cayó, pero no por el ataque en sí. Nadie está seguro de por qué se estrelló, pero la manera en que la telemetría y comunicaciones se cortaron… Todo el suceso encaja perfectamente en mi teoría. No sólo esto, sino que en diferentes lugares alrededor del globo fueron sentidos efectos muy peculiares. Silencios en comunicaciones radiofónicas, interrupciones de la energía, fenómenos meteorológicos. Incluso, en la órbita geosincrónica, dos satélites separados entre sí por doce mil kilómetros tuvieron fallos de funcionamiento. Al introducir los efectos y coordenadas de los incidentes en nuestro computador, éste produjo el siguiente perfil del campo de cuatro espacios. —Sacó de su cartera una foto de una imagen de computador.

Bernard intentó forzar la vista para ver mejor. Su visión se aguzó súbitamente.

Podía distinguir el grano del papel fotográfico.

—Como la pesadilla de un levantador de pesas —dijo.

—Sí, un poco retorcido —reconoció Gogarty—. Esta es la única imagen que tiene sentido a la luz de la información. Y nadie puede encontrarle el sentido a esta imagen sino yo. Me temo que esto ha hecho que mis hipótesis suban de precio en el mercado científico. Si estoy en lo cierto, y así lo creo, estamos en dificultades mucho mayores de lo que creíamos, Michael… o mucho menores, según el tipo de dificultad de que se hable.

Bernard notaba cómo el diagrama era intensamente absorbido. Los noocitos habían abandonado el constante bombardeo sobre su mente durante unos segundos.

—Le está dando a mis pequeños colegas mucho en qué pensar. Sean.

—Sí, ¿y sus reacciones?

Bernard cerró los ojos. Después de unos segundos, los abrió de nuevo y sacudió la cabeza.

—Ni una palabra —dijo—. Lo siento, Sean.

—Bueno, no esperaba gran cosa. Paulsen-Fuchs miró su reloj.

—¿Es todo, doctor Gogarty?

—No. Aún no. Michael, la plaga no puede extenderse más allá de Norteamérica. O más bien, más allá de un círculo de siete mil kilómetros de diámetro, si los noocitos han cubierto ese área del globo.

—¿Por qué no?

—Por lo que le he estado diciendo. Ya son demasiados. Si se extienden más allá de ese radio, crearían algo muy peculiar, una porción de espacio-tiempo observada de demasiado cerca. El territorio no podría evolucionar. Demasiados teóricos brillantes, ¿no lo ve usted? Habría una especie de estado de congelación, una ruptura a nivel cuántico. Una singularidad. Un agujero negro de pensamiento.

El tiempo resultaría gravemente distorsionado y los efectos destruirían la Tierra.

Sospecho que ya han limitado su crecimiento, dándose cuenta de esto. —Gogarty se secó la frente con un pañuelo y suspiró otra vez.

—¿Cómo consiguieron que los misiles no detonaran? —preguntó Bernard.

—Yo diría que han aprendido cómo crear bolsas de observación aisladas, muy poderosas. Engañan a trillones de observadores que establecen una bolsa temporal, pequeña, de espacio-tiempo alterado. Una bolsa donde los procesos físicos son lo bastante distintos como para evitar que los misiles explosionen. La bolsa no dura mucho, por supuesto —el universo está en violento desacuerdo con ella—, pero lo bastante como para evitar el holocausto.

—Hay una pregunta crucial —continuó—. ¿Están sus noocitos en comunicación con Norteamérica?

Bernard escuchó internamente y no recibió respuesta.

—No lo sé —dijo.

—Pueden estar en comunicación, sabe, sin usar la radio ni ningún otro medio conocido. Si pueden controlar los efectos que tienen localmente, pueden crear olas de tiempo sutilmente interrumpidas. Me temo que nuestros instrumentos no son lo bastante sensibles como para detectar tales señales.

Paulsen-Fuchs se puso en pie y señaló su reloj.

—Paul —dijo Bernard—, ¿es ésa la razón, por la que se me proporcionan menos noticias? ¿Por qué no se me dijo nada del ataque soviético?

Paulsen-Fuchs no contestó.

—¿Hay algo que pueda hacer usted por el señor Gogarty? —preguntó.

—No inmediatamente. Yo…

—Entonces le dejaremos que reflexione.

—Espere un momento, Paul. ¿Qué demonios sucede? Al señor Gogarty le gustaría obviamente pasar mucho más tiempo conmigo, y a mí con él. ¿Por qué todas estas limitaciones?

Gogarty les miró a ambos, visiblemente desconcertado.

—Seguridad, Michael —dijo Paulsen-Fuchs—. Los pequeños lanzadores comprenden.

La reacción de Bernard fue una súbita y ruidosa carcajada.

—Me ha gustado conocerle, profesor Gogarty —dijo.

—Y a mí a usted. —Contestó Gogarty. El sonido de la cámara de observación fue desconectado y los dos hombres salieron. Bernard se metió tras la cortina del lavabo para orinar. Su orina tenía un color purpúreo.

¿No estás a. cargo de ellos? ¿Ellos mandan sobre ti?

—Por si todavía no os habéis dado cuenta, soy mortal. ¿Qué le pasa a mis orines? Están rojos.

Feniles y ketones siendo descargados. Hemos de PASAR MAS TIEMPO estudiando tu nivel jerárquico.

—Tengo para rato —dijo en voz alta—. Ahora tengo para mucho rato.

35

El fuego crepitaba alegremente y proyectaba anchas y confusas sombras de árbol sobre los viejos edificios de Fort Tejón. April Ulam, en pie, miraba hacia el otro lado rodeándose con los brazos, mientras su desgarrado vestido ondeaba levemente a la fría brisa del atardecer. Jerry meneó el fuego con un palo y miró a su gemelo.

—¿Entonces, qué es lo que vimos?

—El infierno —dijo John con firmeza.

—Hemos visto Los Angeles, caballeros —dijo April desde la oscuridad.

—Yo no reconocí nada —dijo John—. Ni siquiera Livermore, ni los campos de labranza. Quiero decir…

—Allí no había nada real —concluyó Jerry por él—. Todo daba… vueltas.

April avanzó y se recogió el vestido para sentarse sobre un leño.

—Creo que deberíamos decirnos lo que vimos, describiéndolo lo mejor que podamos. Empezaré yo, si queréis.

Jerry se encogió de hombros. John siguió mirando hacia el fuego.

—Creo que reconocí los perfiles del valle de San Fernando. Hace diez años que visité Los Angeles por última vez, pero recuerdo que subí a las colinas, y allí estaba Burbank, y Glendale… No me acuerdo de cómo eran entonces. Había bruma. Hacía calor, no como ahora.

—La bruma está allí todavía —dijo Jerry—. Pero ya no es la misma.

—Bruma púrpura —dijo John, meneando la cabeza y riendo.

—Ahora, si estáis de acuerdo en que vimos el valle…

—Sí —dijo Jerry—. Debía ser eso.

—Entonces había algo en el valle, diseminado por allí.

—Pero no era sólido. No estaba hecho de material sólido —dijo John lentamente.

—Conforme —contestó April—. ¿Energía, entonces?

—Parecía una pintura de Jackson Pollock flotante —dijo Jerry.

—O un Picasso —agregó John.

—Caballeros, estoy de acuerdo, pero discerniría un poquito. A mí me pareció mucho más un Max Ernst.

—A ese no le conozco —dijo Jerry—. Había algo girando dentro. Un tornado.

April asintió.

—Sí, ¿Pero qué clase de tornado? John aguzó la vista y se frotó los ojos.

—Más ancho por abajo, y con todo tipo de puntas saliendo hacia afuera como rayos, pero no brillaban. Como sombras de rayos.

—Exacto —dijo John—. Luego desaparecerían.

—Un tornado bailando, quizá —sugirió April.

—Sí —dijeron los gemelos.

—Vi trenes y discos que entraban y salían, bajo el tornado —continuó ella—. ¿Y vosotros?

Los hermanos movieron la cabeza al unísono.

—Y sobre las colinas, luces que se movían, como si fueran luciérnagas que volaban hacia el cielo. —Tenía otra vez aspecto exaltado, y miraba hacia el fuego soñadora. John apoyó la cabeza en las manos y continuó meneándola.

—No era real —dijo.

—No, claro. No era real en absoluto. Pero debe haber alguna relación con lo que hizo mi hijo.

—Mierda —dijo John.

—No —dijo Jerry—. Yo la creo.

—Si empezó en La Jolla y se ha extendido por todo el país, entonces ¿dónde es más antiguo y está más establecido?

—En La Jolla —dijo Jerry, mirándola expectante—. ¡Quizá empezó en la Universidad de California del Sur! April dijo que no con la cabeza.

—No, en La Jolla, donde mi hijo vivía y trabajaba. Pero se extendió rápidamente por encima y por debajo de la costa. De modo que está uniforme quizá hasta San Diego, y ese lugar constituye el centro.

—Qué gilipollez —dijo John. April continuó.

—No podemos llegarnos hasta La Jolla, con todo eso por en medio. Y yo he venido aquí para estar con mi hijo.

—Está más loca que una cabra —dijo John.

—No sé por qué ustedes, caballeros, se salvaron —dijo April—. Pero es obvio por qué me he salvado yo.

—Por que usted es su madre —dijo Jerry, riendo y moviendo la cabeza como si hubiera logrado una importante deducción.

—Exactamente —dijo April—. Así que, caballeros, mañana volveremos sobre la colina, y si lo desean, pueden unirse a mí, pero iré yo sola si se da el caso, para reunirme con mi hijo. Jerry se calmó.

—April, eso es una locura. ¿Qué pasa si resulta ser extremadamente peligroso, como una gran tormenta eléctrica o una planta nuclear descompuesta?

—No hay grandes plantas nucleares en Los Angeles —dijo John—. Pero Jerry tiene razón. Es una locura estúpida el pretender meterse en aquel infierno.

—Si mi hijo está allí, no sufriré daño —dijo April. Jerry atizó el fuego vigorosamente.

—Yo la llevaré —dijo—. Pero no me meteré ahí con usted.

John lanzó a su hermano una mirada dura y grave.

—Estáis pirados los dos.

—Si no, puedo ir andando —dijo April, decidida.

Jerry estaba de pie con los brazos en jarras, mirando a su hermano con resentimiento y a April Ulam, mientras caminaban hacia el camión. Una dulce niebla rosada salía de la hondonada de Los Angeles y se elevaba hasta la altura de los árboles sobre Fort Tejón, filtrando la luz de la mañana y eliminando las sombras, fantasmagóricamente.

—¡Eh! —dijo John—. Maldita sea, qué pasa! No me dejéis. —Se puso a correr tras ellos.

El camión recorría las alturas de las colinas sobre la desierta autopista, y ellos miraban hacia el remolino de allí abajo. Tenía un aspecto muy distinto a la luz del día.

—Es como lo que siempre soñasteis, todo liado y a la vez —dijo Jerry mientras conducía resueltamente.

—No es una mala descripción —asintió April—. Un tornado de sueños. Quizá sean los sueños de todo el mundo que han sido asimilados por el cambio.

John puso ambas manos sobre el parabrisas y miró fijamente hacia abajo de la carretera.

—Queda como una milla —dijo—. Luego tenemos que parar.

Jerry asintió con un rápido movimiento de cabeza. El camión disminuyó su velocidad.

A menos de siete kilómetros por hora, se acercaron a una cortina de vapores verticales de niebla movediza. La cortina se alargaba a varias docenas de pies por encima de la carretera y hacia cada lado, ondulándose alrededor de vagas formas anaranjadas que pudieron ser anteriormente edificios.

—Jesús, Jesús —decía John.

—Alto —dijo April. Jerry detuvo el camión. April miró firmemente a John hasta que éste abrió la puerta y bajó para que ella pudiera salir. Jerry puso el punto muerto y echó el freno de mano, luego salió por el otro lado.

—Ustedes, caballeros, están echando de menos a seres queridos, ¿no es así?

—preguntó April alisándose su andrajoso vestido. El remolino rugía a lo lejos como un huracán, rugía y silbaba, y desprendía una especie de lluvia enlodada.

John y Jerry asintieron.

—Sí, mi Vergil está ahí, sé que está, ellos deben estar ahí también. O podemos llegar hasta donde están desde allí.

—Eso es una locura absurda —dijo John—. Mi mujer y mi chaval no pueden estar ahí.

—¿Por qué no? ¿Están muertos? John la miró fijamente.

—Usted sabe que no. Yo sé que mi hijo no ha muerto.

—Usted es bruja —dijo Jerry, en tono menos acusador que admirativo.

—Algunos han dicho eso de rní. El padre de Vergil lo dijo antes de abandonarme. Pero vosotros lo sabéis, ¿verdad?

John se puso a temblar. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Jerry miraba hacia la cortina con una mueca indefinida.

—¿Están ahí, John? —preguntó a su hermano.

—No lo sé —dijo John, sorbiendo y secándose la cara con el brazo.

April se dirigió hacia la cortina.

—Gracias por su ayuda, caballeros —dijo. Al entrar, se puso borrosa como una mala imagen televisiva, y luego se desvaneció.

—¡Mira eso! —dijo John, tembloroso.

—Tiene razón —dijo Jerry—. ¿No lo sientes?

—¡No lo sé! —gimió John—. Cristo, hermano, no lo sé.

—Vamos a buscarles —dijo Jerry, cogiendo a su hermano de la mano. Tiró de él levemente. John se resistía. Jerry volvió a tirar con más fuerza.

—De acuerdo —dijo John, más tranquilo—. Juntos. El uno al lado del otro, bajaron unos cuantos metros de autopista y se adentraron a través de la cortina.

36

Sintió un calambre en la pierna al llegar a la planta ochenta y dos. Se retorció y gritó, cayendo por las escaleras y dándose un golpe en la cabeza con la barandilla. Se hizo daño con el borde de un peldaño justo bajo la rótula. Se le cayeron la linterna y la radio sobre el descansillo de cemento. La botella de agua golpeó contra dos escalones y se reventó, empapándola y derramándose toda mientras la miraba, paralizada por el pánico. Parecieron pasar horas —aunque probablemente sólo fueron unos minutos— antes de que pudiera levantarse de allí. Se tumbó de espaldas, con los ojos borrosos por las ganas de llorar y el no quedarle más lágrimas.

Con un chichón en la frente, una pierna que casi no podía mover, poca comida y sin agua; asustada, dolorida, y con treinta pisos todavía por subir. La linterna parpadeó y se apagó, dejándola en completa oscuridad. «Mierda», gritó. Su madre deploraba esa palabra todavía más que tomar el nombre de Dios en vano. Como no eran una familia particularmente religiosa, esa era una infracción menor, sólo odiosa si se profería frente a personas que podían ofenderse. Pero decir «mierda» era lo último, una muestra de malas maneras, mala educación o simplemente una recapitulación ante los más bajos instintos.

Suzy intentó levantarse y volvió a caer, con un horrible dolor de nuevo en la orilla. «Mierda, mierda, MIERDA!», gritó de nuevo. «Ponte mejor, por favor, ponte mejor». —Trató de frotarse la rodilla, pero sólo logró que le doliera más.

Tanteó alrededor buscando la linterna y la encontró. La sacudió y consiguió que se encendiera de nuevo, y para tranquilizarse dirigió el haz hacia las láminas marrones y blancas y hacia los filamentos que todavía no la habían alcanzado.

Miró a la puerta del piso ochenta y dos y supo que no podría seguir subiendo en bastante rato, quizá en tado el resto del día. Se arrastró hacia la puerta y echó un vistazo hacia la radio mientras intentaba alcanzar el pomo. La radio se había quedado sobre el rellano; se había caído allí con gran estrépito al desplomarse ella. Por un momento pensó que podía dejarla allí, pero aquel transistor significaba algo muy especial para ella. Era la única cosa humana que le quedaba, la única cosa que todavía le hablaba. Quizá pudiera encontrar otra en el edificio, pero no podía arriesgarse al silencio. Intentando mantener recta su herida rodilla, se arrastró hacia ella.

El atravesar la pesada puerta de incendios resultó en más miseria y más magulladuras, porque le batió en pleno brazo, pero finalmente pudo tumbarse otra vez sobre la alfombra del rellano de los ascensores, mirando hacia el techo acústico que tenía sobre su cabeza. Se dio la vuelta hasta quedar tumbada sobre el estómago, alerta por si algo se movía.

Tranquilidad, silencio.

Lentamente, intentando conservar sus fuerzas, se arrastró por el rellano hacia la esquina.

Pasado un tabique de cristal, todo el piso estaba cubierto de mesas para dibujar, con patas blancas esmaltadas sobre la moqueta beige, y lámparas negras dispuestas como otros tantos pájaros de cuello ajustable. Cojeando por entre las mesas y los sofás, se apoyó en el escritorio más cercano, con los ojos brillantes de agotamiento y dolor. Había cianotipias sobre la mesa. Se encontraba en el estudio de un arquitecto. Miró uno de los dibujos desde más cerca. Eran planos para un barco. De modo que estaba en la oficina de unas personas que diseñaban embarcaciones. «¿Y a mí qué me importa?», se dijo.

Se sentó sobre un taburete alto con las ruedecillas fijas. Con un pie, intentó desbloquearlas durante medio minuto, lo consiguió y se deslizó por entre las mesas, sirviéndose de los bordes de éstas para darse impulso.

Otra larga pared de cristal separaba el área de dibujo de los pequeños departamentos de oficinas. Se detuvo para observar. Ya no tenía ningún miedo.

Lo había ahogado al marcharse de allí. Ya habría más terror preparado para la mañana siguiente, pensó, pero por ahora no lo echaba de menos. Simplemente, observaba.

Los cubículos de oficinas estaban llenos de cosas que se movían. Eran tan extrañas que durante un buen rato no supo cómo interpretarlas. Discos con pies de caracol que se arrastraban sobre el cristal, con los bordes literalmente encendidos. Una cosa fluida y sin forma, como una burbuja de cera o de lava, se agitaba en otro cubículo, alargándose en negras cuerdas o cables que se estiraban y echaban chispas; la burbuja era verde fluorescente en los lugares en que rozaba el cristal o los muebles. En el último cubículo, un bosque de palos escalados, sugiriendo la forma de patas de pollo, se inclinaba y oscilaba en una imposible brisa.

—Es de locos —dijo—. No significa nada. No pasa nada porque todo esto no tiene sentido.

Se fue rodando más allá de los cubículos hacia las lejanas ventanas. El resto del piso parecía despejado, no había ni ropas esparcidas. Vistos desde el otro extremo, los cubículos parecían acuarios llenos de exóticas criaturas marinas.

Tal vez estaba a salvo. Normalmente, las cosas que están en los acuarios no salen. Intentó autoconvencerse de que estaba a salvo, pero en realidad no importaba mucho. Por el momento, no había ningún otro sitio a dónde pudiera ir.

Se le había hinchado la rodilla, y los téjanos le oprimían. Pensó cortarlos, y luego decidió que era más sencillo quitárselos. Con un ligero gruñido, bajó del taburete y se apoyó contra un armario. Levantando las caderas, balanceándose sobre una sola pierna, se esforzó por quitarse los téjanos sin tocarse la hinchazón.

La rodilla no estaba todavía muy fea, sólo entumecida y enrojecida bajo la rótula. Se la tocó y se sintió desvanecer, no por el dolor, sino simplemente porque estaba exhausta. Ya no quedaba nada de Suzy McKenzie. El viejo mundo se había marchado primero, hasta que no quedó nada más que los edificios, que, sin gente, eran como esqueletos sin carne. Ahora una nueva carne se estaba moviendo para recubrir los esqueletos. Pronto la vieja Suzy McKenzie desaparecería también, sin dejar nada tras de sí más que una sombra cómica.

Volvió la cara hacia el norte, por el lado del armario y sobre un archivador bajo.

Allí estaba el nuevo Manhattan, una ciudad de tiendas de campaña con rascacielos por mástiles de sostén; una ciudad hecha de bloque de juguete y reordenada bajo unas mantas. A la puesta del sol, color marrón y amarillo, dulzón y brillante. Novísima York, rellena de ropas vacías.

La vieja Suzy volvió a caer sobre la alfombra, apoyó la cabeza sobre sus brazos y empujó sus vacíos téjanos bajo su rodilla para mantenerla un poco en alto.

«Cuando me despierte —se dijo—, seré una supermujer, brillante y resplandeciente. Y sabré lo que ha pasado.» En su interior, sin embargo, comprendía que se iba a despertar de una manera normal, y que el mundo sería el mismo.

—No es un buen trato —murmuró.

En la oscuridad, los filamentos crecían silenciosamente sobre la moqueta, entrando en los cubículos de cristal con su ascendente vitalidad.

37

—Yo no pertenezco a nadie. No soy lo que fui. No tengo pasado. Han cortado mis amarras, y no me queda otro sitio a dónde ir más que a donde ellos quieran llevarme.

—Estoy separado del mundo exterior físicamente, y ahora también mentalmente.

—Mi tarea aquí ha terminado.

—Estoy esperando.

Verdaderamente, ¿DESEAS emprender el viaje entre nosotros, ser uno de nosotros?

—Lo deseo.

Se queda mirando los trazos rojos, verdes y azules del VDT. Los números pierden todo sentido, los mira como si fuera un niño recién nacido. Después, la pantalla, la mesa sobre la que se apoya, la cortina del lavabo y las paredes de la cámara de aislamiento son reemplazadas por una nulidad plateada.

Michael Bernard está atravesando una interfase.

Esta siendo codificado.

Ya no es consciente de todas las sensaciones que implica el estar dentro de un cuerpo. No más escuchas automáticas ni respuestas al deslizarse de los músculos, el burbujear de los fluidos en el abdomen, el empuje y el ronco sonido de la sangre, y los latidos del corazón. Ya no oscila, ni se tensa ni relaja. Es como mudarse de pronto de la ciudad a las profundidades de una silenciosa gruta.

Al principio, el mismo pensamiento es veteado, discontinuo. Si tal cosa es posible, se visualiza a sí mismo en la base del universo, donde todos los átomos y moléculas se combinan y se separan, produciendo silenciosos ruidos como las conchas en el fondo del mar. Se halla suspendido en medio de una actividad silenciosa pero arrebatadora, imposibilitado para analizar su situación o incluso para estar seguro de lo que se trata. Parte de sus facultades son interrumpidas — temporalmente. Luego, ¡tirón! Ya puede criticar, evaluar. El pensamiento discurre como una disociación de hojas sobre césped al empuje de la brisa. ¡Tirón!, ahora como un insistente fluir de gelatina que da vueltas y se aquieta en una fría copa.

El viaje de Bernard no ha empezado todavía. Sigue atrapado en la interfase, ni grande ni pequeño. Una parte de él sigue confiando todavía en su cerebro, tamaño del universo, y continúa empujando el pensamiento a lo largo de las células y no dentro de ellas.

La suspensión se convierte en total inconsciencia, y su pensamiento es estirado como si fuera un hilo que ha de entrar por el diminuto ojo de una aguja ____________________


Lo pequeño explota en él, y su mundo se llena súbitamente de acción y simplicidad. No hay luz, pero hay sonido. Le colma en grandes olas, que no oye sino que siente a través de sus centenares de células. Las células laten, se separan, se contraen conforme a las acometidas del fluido. El está en su propia sangre. Percibe el sabor de la presencia de las células que hacen de él un nuevo ser, y también el de las células que no son directamente suyas. Percibe las raspaduras de los microtúbulos que impulsan su citoplasma. Y, lo que es más notable, percibe —claro está, es la base de toda sensación— el citoplasma en sí.

Esta es ahora la base de su ser, el fluir de las sensaciones eléctricas de la vida en toda su pureza. Distingue el equilibrio sutil que hay entre lo animado y la materia inerte, con sus raíces en orden, jerarquía, interacción. Cooperación. Es un individuo, y a la vez es cada uno de los elementos del equipo, los otros grupos de cien células que discurren en todas direcciones. Los compañeros de la corriente que desciende son distantes, tan aislados químicamente como si estuvieran en el fondo de un pozo; la corriente ascendente es, en cambio, intensa, rica.

No puede confundir los mecanismos de su pensamiento más de lo que podía en su cerebro tamaño de universo. El pensamiento se eleva sobre la química, sobre los intercambios que se dan en su grupo y los procesos que tienen lugar en las células. El pensamiento es la combinación, el lenguaje de toda interacción.

La sensación es intensa en las membranas de sus células. Es ahí donde recibe, siente el aura y la presión de los enormes mensajes moleculares del exterior. Se agarra a un nudo de datos, como un plásmido lo asimila y vierte información desde él, metabolizándola dentro de su ser, duplicando aquellas partes que otros requerirán, otros compañeros. Ahora los nudos vienen deprisa, y a medida que los abre y vierte cada uno de ellos —cada secuencia de moléculas es como una biblioteca—, encuentra migajas y partes de Michael Bernard que vuelven hacia él.

El enorme Bernard es abarcado en un grupo diminuto de cien células. Ahora siente que realmente hay un ser humano en el nivel de los noocitos —él mismo.

Bienvenido.

—Gracias.

La sensación que le produce cualquier miembro del equipo es una diversidad de sabores, todas las variedades posibles de dulzura y riqueza. La camaradería es abrumadora. El ama a su equipo (¿cómo podría amar otra cosa?). El es parte íntegra a cambio amada y necesitada.

De pronto, percibe el sabor de la pared de un capilar. El es parte del equipo de investigación, y traspasa la información por medio de la producción de masas de ácido nucleico. Absorber, rehacer, traspasar, absorber…

Álzate. Atraviesa.

Esas son sus instrucciones. Abandonará el capilar y entrará en el tejido.

Deja una porción de ti en la corriente de datos.

Empuja por entre las células del capilar —células de soporte, no noocitos— y se aloja en la pared. Ahora espera datos en forma de proteínas estructuradas, hormonas y feromonas, secuencias de ácidos nucleicos o quizá en la forma de células modeladas, virus o bacterias domesticadas. No sólo necesita nutrientes básicos, fácilmente disponibles en el suero sanguíneo, sino suministros de las enzimas que le permitan absorber y procesar los datos, pensar. Esos enzimas son proveídos por bacterias modeladas que cumplen la doble función de producir y transportar.

La sangre es una autopista, una sinfonía de información, de instrucción. Es una delicia procesar y modificar el rico brebaje. La información posee su propia variedad de sabores, y está como viva, puede cambiar en la sangre a menos que sea cuidadosamente controlada, ajustada, pulida. Las palabras no pueden significar lo que él está haciendo. Todo su ser vive en medio de la comunicación que comporta el interpretar y el procesar.

Percibe la vertiginosa espiral de eterno retorno, pensando en la insignificancia de sus propios procesos de pensamiento —moléculas que piensan sobre las moléculas, guardando los registros de sí mismas—, que aplican palabras que hasta ahora no tenían sitio en su mente. Como llevar la palabra de Dios para un árbol, hasta el árbol, y al pronunciarla, asistir al florecimiento vegetal sobrecogido de rubor y confusión.

Tú eres el poder, el dulce poder, el más rico sabor de todo… el mensaje esencial que va contra la corriente.

Sus iguales se le aproximan, se agrupan alrededor de su proyección en la sangre, se arremolinan en torno a él. El es como un iniciado inspirado súbitamente por el aliento de Dios en un monasterio. Los monjes se reúnen, sedientos de la señal, de un signo de redención y propósito. Es una sensación embriagadora. El los ama porque son su tronco; ellos le aman más, porque él es su fuente.

Los grupos de mando saben que él es, en sí mismo, parte de una jerarquía más alta, pero esta información no se ha hecho descender al nivel que él ocupa ahora.

Los grupos comunes todavía le profesan un temor reverencial.

Tú eres el fluir de toda la vida. Tienes la llave que abre y que cierra, la clave del latido y del silencio.

—Más lejos —dijo él—. Llevadme más allá y mostradme vuestras vidas.

38

—Suzy. Despierta.

Suzy abrió los ojos, aturdida. Frente a ella, de pie, estaban Kenneth y Howard.

Parpadeó y miró alrededor, a las paredes azul pastel de su dormitorio, cubierta con las sábanas hasta el cuello.

—¿Kenny?

—Mamá está esperando.

—¿Howard?

—Vamos, nenita. —Así era como solía llamarla Kenneth. Apartó las mantas, pero inmediatamente volvió a cubrirse con ellas; todavía llevaba puestas la blusa y las bragas, no el pijama.

—Me tengo que vestir —dijo. Howard le pasó los téjanos.

—Date prisa.

Salieron del dormitorio cerrando la puerta tras ellos. Levantó las piernas sobre el borde de la cama y las metió por las perneras del pantalón, luego se puso en pie para ajustárselos y subir la cremallera. La rodilla no le dolía. La hinchazón había desaparecido y todo parecía en su sitio. Notaba un curioso sabor en la boca.

Miró alrededor buscando la linterna y la radio. Estaban en el suelo, junto a la cama. Las recogió, abrió la puerta y salió al pasillo.

—¿Kenny?

Howard la cogió del brazo y la llevó suavemente hacia el dormitorio de la madre. La puerta estaba cerrada. Kenneth la abrió y entraron en el ascensor.

Howard apretó el botón para el restaurante y salón.

—Lo sabía —dijo Suzy, dejando caer los hombros—. Estoy soñando. —Sus hermanos la miraron y sonrieron, meneando la cabeza.

—No, no lo estás —dijo Kenneth—. Hemos vuelto. El ascensor los subió suavemente los veintidós pisos.

—Burradas —dijo ella, sintiendo las lágrimas deslizarse por sus mejillas—. Es cruel.

—Vale, la parte del dormitorio y de la casa es un sueño. Es que ahí abajo hay cosas que probablemente no te gustaría ver. Pero nosotros estamos aquí.

Estamos contigo otra vez.

—Estáis muertos —dijo Suzy—. Y mamá también.

—Estamos… distintos —contestó Howard—. No muertos.

—Sí, ¿qué sois, entonces, zombis? Maldita sea.

—No nos han matado —dijo Kenneth—. Sólo nos han… desmantelado. Como a todo el mundo.

—Bueno, como a casi todo el mundo —puntualizó Howard señalando hacia ella.

—Te salvaste o te lo perdiste —insistió Kenneth.

Ahora Suzy tenía miedo. La puerta del ascensor se abrió y salieron a un elegante vestíbulo de espejos. Las luces se reflejaban hasta el infinito a cada lado.

Las luces estaban encendidas. El ascensor funcionaba. Tenía que estar soñando, o era que finalmente se había vuelto loca del todo.

—Algunos también murieron —dijo Kenneth con gravedad, cogiéndola de la mano—. Accidentes, errores.

—Eso es sólo una pequeña parle de lo que sabemos ahora —dijo Howard.

Siguieron caminando por entre los espejos, y pasaron junto a un enorme geodo abierto por la mitad que exhibía cristales de amatista y junto a un monumental terrón de cuarzo rosa y un nodulo alargado de malaquita. Nadie salió a recibirlos a la entrada del restaurante.

—Mamá está dentro —dijo Howard—. Si tienes hambre, aquí hay cantidad de comida, eso seguro.

—Las luces están encendidas —dijo Suzy.

—Es el generador de emergencia del sótano. Siguió funcionando un tiempo después de que las luces de la ciudad se apagaran, pero no queda combustible, ¿sabes? De modo que tuvimos que ir a buscarlo. Nos dijeron cómo teníamos que hacerlo y lo pusimos en marcha antes de montarte a ti —dijo Howard.

—Sí. Para ellos es difícil reconstruir a montones de gente, así que sólo nos han hecho a mamá y a nosotros. No al supervisor de mantenimiento del edificio para los demás. Nosotros hemos hecho todo el trabajo. Has estado dormida un buen rato, ¿sabes?

—Dos semanas.

—Por eso tu rodilla está mejor.

—Por eso, y por…

—Shh! —dijo Kenneth levantando la mano para hacer callar a su hermano—.

Todo de golpe no.

Suzy los miró a ambos mientras la guiaban por el restaurante.

Era a última hora de la tarde. La ciudad, claramente visible desde las ventanas panorámicas del comedor, no estaba ya cubierta por las láminas marrones y blancas.

No podía reconocer ningún lugar. Antes, podía por lo menos descifrar las escondidas formas de los edificios, los valles de las calles y los perfiles de los barrios.

No era el mismo lugar.

Gris, negro, blanco de mármol deslumbrante, ordenados en pirámides y en poliedros multifacéticos, algunos tan traslúcidos como el cristal escarchado. Losas de centenares de pies de altura marchaban como dóminos a lo largo de lo que una vez fue West Street, desde el parque Battery al Riverside. Todas las formas y volúmenes de los edificios de Manhattan habían sido como metidas en un mismo saco, y sacudidas, reordenadas y repintadas.

Pero las estructuras ya no eran de acero y cemento. Suzy no sabía lo que eran.

Vivas.

Su madre estaba sentada a una mesa bien colmada de alimentos. Diferentes fuentes de ensaladas, un grueso jamón parcialmente tajado, bandejas con aceitunas y pepinillos a los lados, pasteles y postres. Su madre sonrió y se levantó, abriéndole los brazos. Llevaba un costoso vestido de Rabarda, con largas mangas con orlas y cuentas bordadas, y tenía un aspecto absolutamente magnífico.

—Suzy —dijo la madre—. No pongas esa cara tan seria. Hemos vuelto para verte.

Abrazó a su madre, sintiendo carne sólida, y abandonó el pensamiento de que aquello era un sueño. Era real. Sus hermanos no la habían recogido en casa — eso no podía ser real, ¿no?—, pero sí que la habían subido en el ascensor, y allí estaba ella con su madre, cálida y llena de amor, esperando para dar de comer a su hija.

Y sobre el hombro de su madre, afuera de la ventana, la ciudad cambiada. Eso no hubiera podido imaginárselo ella, ¿verdad?

—¿Qué pasa, madre? —preguntó, frotándose los ojos y echándose hacia atrás, mientras miraba a Kenneth y Howard de soslayo.

—La última vez que te vimos, estábamos en la cocina —dijo su madre, como para iniciar la narración—. En aquel momento yo no tenía muchas ganas de hablar. Estaban ocurriendo montones de cosas.

—Estabais enfermos —dijo Suzy.

—Sí… y no. Ven y siéntate. Debes de tener hambre.

—Si he estado durmiendo dos semanas, tendría que haberme muerto de hambre —dijo.

—Todavía no se lo cree —dijo Howard, haciendo una mueca.

—Shh! —dijo su madre, apartándole—. Vosotros tampoco os lo creeríais, ¿no?

Ninguno de vosotros. Admitieron que probablemente no.

—Tengo hambre, de todos modos —reconoció Suzy. Kenneth acercó una silla y Suzy se sentó frente a un inmaculado servicio de mesa de porcelana fina y plata.

—Quizá nos hemos pasado de elegantes —dijo Howard—. Todo es demasiado, como en un sueño.

—Sí —dijo Suzy. Se sentía como un poco bebida, contenta, y ya no le importaba si aquello era real o no—. Payasos, os habéis pasado de rosca.

Su madre le llenó el plato de jamón y ensaladas, y Suzy señaló hacia las patatas en salsa.

—Eso engorda —dijo Kenneth.

—Cállate —replicó Suzy. Pinchó con el tenedor un trozo de jamón, se lo llevó a la boca y empezó a masticarlo. Real. El mordisco en el tenedor, real—. ¿Sabéis qué es lo que ha pasado?

—No todo —dijo la madre, sentada a su lado.

—Ahora podemos ser mucho más listos si queremos —dijo Howard.

Suzy se sintió dolida por un momento; ¿se refería a ella? Howard siempre se había avergonzado de sus notas, era un trabajador duro pero nada brillante. Sin embargo, era más espabilado que su lenta hermana.

—Ni siquiera necesitamos nuestros cuerpos —dijo Kenneth.

—Más despacio, más despacio —les amonestó la madre—. Es muy complicado, cielo.

—Ahora somos dinosaurios —dijo Howard, pinchando un trozo de jamón sin sentarse. Hizo una mueca y soltó la tajada que había levantado.

—Cuando estábamos enfermos —empezó la madre. Suzy dejó caer el tenedor y se puso a masticar pensativa, escuchando no a su madre, sino a otra cosa.

Os curaron Os aman Necesitan —Oh, Dios mío —dijo tranquila masticando su bocado de jamón. Se lo tragó y les miró. Levantó la mano. Líneas blancas por el dorso, extendiéndose hasta más allá de la muñeca para formar débiles redes bajo la piel de su brazo.

—No te asustes, Suzy —dijo su madre—. Por favor, no te asustes. Te dejaron estar porque no podían entrar en tu cuerpo sin matarte. Tienes una química inhabitual, cariño. A otros también les pasa. Pero eso ya no es problema. De todos modos, es a tu elección, cielo. Escúchanos… y escúchales a ellos. Ahora están mucho más sofisticados, cariño, saben mucho más lo que se hacen que cuando entraron en nosotros.

—Estoy enferma también, ¿verdad? —preguntó Suzy.

—Son tantos —dijo Howard abriendo sus brazos hacia la ventana— que podrías contar cada grano de arena sobre la Tierra, y cada estrella del cielo, y todavía no llegarías a su número.

—Ahora escucha —dijo Kenneth, acercándose a su hermana—. Tú siempre me escuchas, ¿verdad?

Ella asintió con un gesto infantil, lento y deliberado.

—No quieren hacer daño, ni matar. Nos necesitan. Somos una pequeña parte de ellos, pero nos necesitan.

—¿Sí? —preguntó Suzy con voz débil.

—Nos aman —dijo su madre—. Dicen que proceden de nosotros, y nos aman como… como tu a tu cuna, la que está en el sótano.

—Como nosotros queremos a mamá —dijo Kenneth. Howard asintió con un gesto serio.

—Y ahora lo someten a tu elección.

—¿Qué elección? —preguntó Suzy—. Están dentro de mí.

—La elección entre que sigas como estás o que te unas a nosotros.

—Pero vosotros estáis como yo, ahora. Kenneth se arrodilló a su lado.

—Nos gustaría mostrarte cómo es, cómo son.

—Os han lavado el cerebro —dijo Suzy—. Yo quiero estar viva.

—Con ellos estamos incluso más vivos —dijo su madre—. Cielo, no nos han lavado el cerebro, nos han convencido. Al principio nos lo pasamos mal, pero eso ya no es necesario ahora. No destruyen nada. Pueden guardarlo todo en su interior, en memoria, pero es mejor que la memoria…

—Porque tú puedes pensarte dentro, y estar allí, como eras…

—O serás —añadió Howard.

—Todavía no entiendo lo que queréis decir. ¿Quieren que pase de mi cuerpo?

¿Van a cambiarme, como a vosotros, como a la ciudad?

—Cuando se está con ellos, ya no hace falta el cuerpo —dijo su madre. Suzy la miró con horror—. Suzy, cariño, hemos estado allí. Sabemos lo que estamos diciendo.

—Parecéis de una secta —dijo Suzy suavemente—. Siempre me habéis dicho que los de las sectas y la gente así se aprovechan de los demás. Ahora estáis intentando lavarme el cerebro. Me dais de comer y me hacéis sentirme bien, y ni siquiera sé si sois mi madre y mis hermanos.

—Puedes seguir como estás, si eso es lo que quieres —dijo Kenneth—. Ellos sólo pensaron que a ti te gustaría estar al tanto. Pero es una alternativa a estar solo y asustado.

—¿Saldrán de mi cuerpo? —preguntó Suzy, levantando la mano.

—Si eso es lo que tú quieres —dijo su madre.

—Quiero estar viva, no ser un fatnasma.

—¿Es esa tu decisión? —preguntó Kenneth.

—Sí —dijo ella con firmeza.

—¿Quieres que nosotros nos vayamos también? Sintió de nuevo las lágrimas y buscó la mano de su madre.

—Estoy confundida —dijo—. ¿Vosotros no me mentiríais, verdad? ¿Sois de verdad mi madre y Kenny y Howard?

Asintieron.

—Sólo que mejores —añadió Howard—. Escucha, nena, yo no era el tipo más listo de la ciudad, ¿verdad? Con buen ánimo, puede, pero a veces más duro de mollera que un adoquín. Pero cuando ellos llegaron a mí…

—¿Quienes son ellos?

—Vinieron de nosotros —dijo Kenneth—. Son como nuestras propias células, no como una enfermedad.

—¿Son células? —Suzy pensó en aquellas cosas como burbujas —había olvidado sus nombres— que había visto en el microscopio de la escuela. Eso le dio todavía más miedo.

Howard asintió.

—Y muy listas. Cuando entraron en mí, me sentí mentalmente tan fuerte. Podía pensar y recordar toda clase de cosas, y me acordaba de cosas que ni siquiera había vivido. Era como estar hablando por teléfono con montones de personas inteligentísimas, y todos amigos, todos cooperando…

—En su mayoría —dijo Kenneth.

—Bueno, sí, a veces discuten, y nosotros discutimos también. No va a ser todo el monte orégano. Pero nadie odia a nadie porque estamos todos duplicados cientos de miles de veces, quizá de millones de veces. Ya sabes, como estar fotocopiado. A todo lo largo del país. Así que, si me muero aquí, ahora, hay cientos de otros en comunicación conmigo, preparados para convertirse en mí, y en realidad no me muero. Simplemente, pierdo este yo en particular. De modo que puedo sintonizarme con cualquier otro, y puedo estar en cualquier otro sitio, y morirse resulta imposible.

Suzv había parado de comer. Dejó de picar comida con el tenedor y lo dejó junto al plato.

—Esto es muy pesado para mí ahora —dijo—. Quiero saber por qué no me puse enferma también.

—Deja que sean ellos quienes contesten esta vez —dijo su madre—.

Escúchales.

Cerró los ojos.

Persona diferente Algunos como tú Murieron /desastre/final Dejada de lado, conservada Como parques esta gente/tú Para aprender.

Las palabras no se formaron solas en su mente. Iban acompañadas de una clara y vivida serie de etapas sensuales y visuales, a través de grandes distancias, mentales y físicas. Se dio cuenta de la diferencia entre la inteligencia de las células y la suya propia, siendo en ese momento integradas las diferentes experiencias; podía tocar las formas y pensamientos de las personas absorbidas en la memoria de las células; incluso podía sentir las memorias parcialmente salvadas de aquellos que murieron antes de ser absorbidos. Nunca había sentido/visto/saboreado nada tan rico.

Suzy abrió los ojos. Ya no era la misma. Algo dentro de ella había sido sobrepasado —la parte que la hacía lenta—. Ahora ya no era lenta del todo, o por lo menos no en todo.

—¿Ves cómo es? —preguntó Howard.

—Me lo voy a pensar —dijo Suzy. Corrió la silla un poco hacia atrás—. Decidles que me dejen y que no me pongan enferma.

—Ya se lo has dicho tú —dijo su madre.

—Necesito tiempo —dijo Suzy.

—Cariño, si quieres, puedes tener todo el tiempo del mundo.

39

Bernard flota en su propia sangre, sin saber bien con quién está comunicándose. La comunicación es llevada corriente de sangre arriba por flagelos, protozoos adaptados capaces de alcanzar altas velocidades en el plasma. Las contestaciones de Bernard vuelven por el mismo método, o son simplemente proyectadas en la sangre.

Todo es información, o falta de información.

—¿Cuántos yoes hay?

Ese número cambiará siempre. Quizá un millón, en este momento.

—¿Voy a encontrarme con ellos? ¿A integrarme con ellos?

Ningún grupo tiene la capacidad de absorber las experiencias de todos los grupos iguales. Eso debe reservarse para los grupos de mando. No toda la información es igualmente útil en un momento dado.

—¿Pero no se pierde ninguna información?

La información siempre se pierde. Esa es la lucha. Ninguna estructura de grupo se pierde. Siempre hay duplicados.

—¿A dónde voy?

Finalmente, sobre la música de la sangre. Eres el grupo elegido para reintegrarse con Bernard.

—Yo soy Bernard.

Hay muchos Bernard.

Quizá un millón más, pensando como él pensaba ahora, extendiéndose por la sangre y el tejido, siendo absorbidos gradualmente por la jerarquía de los noocitos. Un millón de versiones cambiantes, que nunca serían reintegradas.

Te encontrarás con los grupos de mando. Experimentarás el UNIVERSO PENSAMIENTO.

—Es demasiado. Tengo miedo otra vez.

MIEDO es imposible sin respueta hormonal de BERNARD a macroescala.

¿Tienes de verdad MIEDO?

Intenta notar los efectos del miedo, pero no los encuentra.

—No, pero debería tenerlo.

Has expresado interés por la jerarquía. Ajusta tu procesamiento a…

El mensaje es incomprensible para su mente humana, asimilada en el metabolismo del grupo de noocitos, pero el grupo en sí entiende y se prepara para la entrada de nudos específicos de datos.

Al entrar los datos —delgados segmentos de ARN y proteínas—, siente cómo sus células absorben e incorporan. No hay manera de saber cuánto tiempo dura esto, pero parece comprender casi inmediatamente la experiencia de las células que pasan deprisa por el capilar. Suelta las recientemente adquiridas experiencias— emorias.

El mayor número no es, con mucho, de noocitos maduros, sino de células somáticas normales o bien ligeramente alteradas para prevenir interferencias con la actividad de los noocitos, o células sirvientes con funciones limitadas que especifica la simple biología. Algunas de estas células cumplen las órdenes de los grupos de mando, otras pasan experiencia-memoria en nudos híbridos o polimerizados de un lugar a otro. Otras, en fin, realizan nuevas funciones del cuerpo que aún no son asumibles por las células somáticas no modificadas.

Todavía bajas en la escala, se encuentran las bacterias domesticadas, cuidadosamente modificadas para realizar una o dos funciones. Algunas de estas bacterias (no hay modo de conectar su tipología con ninguna que él conozca por nombres humanos) son pequeñas factorías, que se dedican a suministrar por la sangre las moléculas necesarias a los noocitos.

Y al final de la escala, pero en absoluto de despreciable importancia, se encuentran los viruos fagocitarios modificados. Algunas de las partículas de los virus actúan como transporte de alta velocidad de información crucial, remolcados por las bacterias flageladas o por linfocitos venidos a menos; otros se pasean libremente por la sangre, rodeando a las células mayores como nubes de polvo. Si las células somáticas sirvientes o incluso los noocitos maduros han abandonado la jerarquía —por rebeldía o por drástica disfunción—, las partículas de los virus aparecen e inyectan su ARN disruptivo. Las células molestas rápidamente explosionan, liberando una nube de más virus modificados, y los restos son limpiados por distintos noocitos y células sirvientes basureras.

Cada una de las células que se encontraban originariamente en su cuerpo —útil o nociva— ha sido estudiada y puesta en uso por los noocitos.

Desaloja y sigue el rastro del grupo de mando. Vas a ser entrevistado.

Bernard siente que su grupo vuelve al capilar. Las paredes de éste se estrechan hasta que es ensartado en un larga línea; sus comunicaciones intercelulares se reduce hasta que nota el equivalente noocítico de la sofocación.

Luego pasa a través de la pared del capilar y es bañado de fluido intersticial. El rastro es fácilmente distinguible. Puede notar el «sabor» de la presencia de los noocitos maduros, y se da cuenta de que hay una gran cantidad de ellos.

Se le ocurre de pronto que está, de hecho, muy cerca de su propio cerebro, posiblemente todavía en su cerebro, que de un momento a otro va a reunirse con los investigadores responsables de la abertura del paso hacia el macromundo.

Pasa por entre multitudes de células sirvientes, flagelados que acarrean información y de noocitos que esperan instrucciones.

«Dentro de poco voy a ser presentado al Gran Lunar», dice. Ese pensamiento y la irrisión mental que lo acómpaña son pasados casi inmediatamente a sus datos de experiencia, extraído y anulado por una célula sirviente, y llevado hacia el grupo de mando. Más rápidamente aún le llega una respuesta.

BERNARD nos compara con un MONSTRUO.

—En absoluto. Soy el único monstruo que hay aquí. O eso, o la situación en sí misma es monstruosa.

No estarnos cerca de entender las sutilezas de tu pensamiento. ¿Has encontrado informativo el transporte hacia abajo?

—Hasta ahora, muy informativo. Y admito que aquí me siento modesto.

¿No como un grupo de mando supremo?

—No. No soy un dios.

No entendemos DIOS.

El grupo de mando era mucho mayor que un grupo de noocitos normal. Bernard estimó que al menos contenía diez mil células, con la correspondiente capacidad mayor de pensamiento. Se sentía como un enano mental, incluso a pesar de la dificultad de realizar juicios en el reino de los noocitos.

—Tenéis acceso a mis conocimientos de H. G. Wells?

Pausa. Después. Sí. Son muy vividos para no ser memorias de experiencia pura.

—Sí, bueno, provienen de un libro, una codificación de una experiencia no real.

Conocemos ficción.

—Me siento como Cavour en Los primeros hombres sobre la Luna. Hablando con el Gran Lunar.

La comparación puede ser apropiada, pero no la comprendemos. Somos muy diferentes, BERNARD, mucho más diversos de lo que sugiere tu comparación con la experiencia no real.

—Sí, pero, como Cavour, tengo miles de preguntas. Tal vez no queráis contestarlas todas.

Para evitar que tus compañeros HUMANOS del macromundo sepan todo lo que podríamos hacer e intenten detenernos.

El mensaje era lo bastante oscuro como para que Bernard entendiera que el grupo de mando todavía no podía abarcar la realidad del macromundo.

—¿Estáis en contacto con los noocitos de Norteamérica?

Sabemos que hay otras concentraciones mucho más poderosas, en mucho mejores circunstancias.

—¿Y…? Sin respuesta.

Luego ¿sabes que tu espacio-recinto está en peligro?

—No. ¿Qué clase de peligro? ¿Queréis decir el laboratorio?

El laboratorio está rodeado por tus compañeros en relación de jerarquía incierta.

—No comprendo.

Quieren destruir el laboratorio, y presumiblemente a todos nosotros.

—¿Cómo lo sabéis?

Podemos recibir TRANSMISIONES EN RADIO FRECUENCIA en varias codificaciones de LENGUAJES. ¿Puedes detener ese intento? ¿Estás en una posición de INFLUENCIA jerárquica?

La petición confunde a Bernard.

Tenemos las TRANSMISIONES en memoria.

—Dejadme escucharlas, entonces.

Nota el sabor del paso de un flageo que intercepta e mensajero del grupo de mando y vuelve con un nodulo de datos.

Bernard escucha ahora las transmisiones en memoria No son de la mejor calidad, y la mayoría están en alemán que él no entiende apenas. Pero capta lo bastante cormo para darse cuenta de que Paulsen-Fuchs ha ido atravesando dificultades cada vez mayores.

Las instalaciones de Pharmek están rodeadas de manífestantes acampados.

Todo el campo, hasta el aeropuerto está atestado; los manifestantes alcanzan casi el medio millón, y cada día llegan más en autobús, automóvil o a pie. El ejército y la policía no se atreven a intervenir; el estado de pánico en Alemania del Este y en la mayor parte de Europa está muy exacerbado.

—No tengo poder para detenerles.

¿PERSUASIÓN?

Otra irrisión interna.

—No; soy lo que quieren destruir. Y vosotros.

Eres mucho menos influyente en tu reino de lo que somos aquí.

—Oh, claro, por supuesto.

Durante un largo período, ningún mensaje sale del grupo de mando.

Queda poco tiempo. Vamos a transferirte ahora.

Nota un ligero cambio en la voz mientras es llevado lejos del grupo de mando por los flagelos. Sigue. Se da cuenta de que varios grupos se han soltado del grupo de mando. Están comunicándose con él, y su voz le resulta extrañamente familiar, más directa y accesible.

—¿Quién me guía?

La respuesta es química. Un flagelo le trae un segmento de identificación, y de pronto sabe que está siendo guiado por cuatro grupos de linfocitos-B primarios, la primitiva versión de los noocitos. Los linfocitos-B primarios tienen un sitio acordado en casi cada grupo de mando, y son tratados con gran respeto; son los precursores, aunque sus actividades sean limitadas. Son los primitivos en ambos sentidos de la palabra; menos sofisticados en diseño y funcionamiento que los recientemente creados noocitos, pero los ancestros de todos.

Puedes entrar en el UNIVERSO DE PENSAMIENTO.

La voz va y viene como en una mala conexión telefónica. Entrecortada, incompleta.


La sensación de estar en un grupo de noocitos terminó abruptamente. Bernard ya no estaba ni asimilado ni reducido a la escala de los noocitos. Era simplemente sus pensamientos, y el lugar donde estaba era terriblemente bello.

Si había extensión en el espacio, era ilusoria. Las dimensiones parecían bien definidas por el sujeto; la información relevante para su pensamiento normal estaba a su alcance, otros temas se encontraban más lejos. La impresión general era la de una vasta y bien provista biblioteca, ordenada en esfera alrededor de él.

Compartía ese centro con otra presencia.

Humanos, forma humana, dijo la presencia. Un remolino de información rodeó a Bernard, dándole brazos, piernas, un cuerpo y un rostro. A su lado, sentado aparentemente en una silla reclinable, se encontraba una imagen desvaída de Vergil Ulam. Ulam sonrió, sin pasión ni convicción.

—Soy tu Vergil celular. Bienvenido al círculo interior de los grupos de mando.

—Estás muerto —dijo Bernard con voz imperfectamente imitada.

—Eso entiendo.

—¿Dónde estamos?

—Traduciendo burdamente la secuencia descriptiva de los noocitos, estamos en un Universo de Pensamiento. Yo lo llamo una nooesfera. Aquí, todo lo que experimentamos es generado por el pensamiento. Podemos ser lo que queramos, o pensar sobre cualquier cosa. No seremos limitados por falta de conocimiento ni experiencia; todo puede ser traído hasta nosotros. Cuando no soy utilizado por los grupos de mando, paso la mayor parte de mi tiempo aquí.

Un dodecaedro de granito con sus bordes ornados de barras de oro se formó entre ellos. Rodó a ambos lados por un momento, luego se dirigió a la pálida y traslúcida forma de Vergil. Bernard no comprendió la comunicación. El dodecaedro se desvaneció.

—Todos adoptamos aquí formas características, y la mayoría de nosotros añade texturas, detalles. Los noocitos no tienen nombres, señor Bernard; tienen secuencias de aminoácidos identificables escogidas por los codones de los intrones del ARN del ribosoma. Suena complicado, pero en realidad es mucho más sencillo que una huella dactilar. En la noosfera, todos los investigadores activos deben tener símbolos identificables definidos.

Bernard intentó encontrar rasgos del Vergil Ulam que había conocido y a quien había estrechado la mano. Pero no parecían quedar muchos. Incluso la voz carecía del acento y ligero matiz de desaliento que él recordaba.

—No hay mucho de ti aquí, ¿verdad?

El fantasma de Vergil movió la cabeza.

—No, todo mi ser fue traducido al nivel de los noocitos antes de que mis células te infectaran. Espero que haya un registro mejor en algún sitio. Este es muy inadecuado. Sólo estoy en alrededor de un tercio. Lo que está aquí, sin embargo, es querido y protegido. La forma del honrado ancestro, la vaga memoria del creador. —La voz se desvanecía a intervalos, omitiendo o resbalando sobre ciertas sílabas. La imagen se movió ligeramente—. La esperanza está en que puedan conectar con los noocitos en mi casa, para que puedan encontrar más de mí. No sólo los fragmentos de un jarrón roto.

La imagen se hizo más transparente.

—Tengo que irme ahora. Vienen suplementos. Siempre una parte de mí; tú y yo somos modelos. Sospecho que ahora tienes primacía. Ya nos veremos.

Bernard se quedó solo en la noossfera, rodeado de opciones que no sabía cómo aprovechar. Levantó la mano hacia la información circundante. Se onduló a su alredeor, en olas de luz que se extendían del cénit al nadir. Hileras de información intercambiaban prioridades, y las memorias de Bernard se apilaron a su alrededor como torres de naipes, y a cada una la representaba una línea de luz.

Las líneas caían en cascada.

Bernard estaba pensando.


—Simplemente, un día de tantos para ti, ¿verdad? —Nadia se dio la vuelta y entró grácilmente en el ascensor del juzgado.

—No es de los más agradables —contestó él. Bajaron.

—Sí, bueno, uno de tantos. —Exhala un perfume a flores de té y a alguna otra cosa, tranquila y limpia. Siempre había sido preciosa a sus ojos, y sin duda también a los ojos de otros; pequeña, delgada, de cabello negro, no atraía inmediatamente las miradas, pero tras unos cuantos minutos a solas con ella en una habitación, no había duda: la mayoría de los hombres sentirían deseos de pasar con ella muchas horas, días, meses.

Pero no años. Nadia se aburría pronto, incluso con Michael Bernard.

—Otra vez al trabajo, entonces —dijo mientras bajaban—. Más entrevistas.

Michael no contestó. Nadia, fastidiada, volvió a la carga.

—Bueno, ya te has librado de mí —dijo al llegar abajo—. Y yo de ti.

—Nunca me libraré de ti —dijo Bernard—. Siempre representaste algo muy especial para mí —Ella giró sobre sobre sus altos tacones y mostró la parte de la espalda de un inmaculado traje de sastre azul. Bernard la agarró por el brazo sin demasiados miramientos y la obligó a mirarle a la cara—. Tú representabas mi última oportunidad de ser normal. Nunca amaré a otra mujer del modo en que te amé a ti. Me inflamabas. Podrán gustarme otras, pero nunca me entregaré a ellas; no voy a ser candido nunca más.

—Estás diciendo tonterías, Michael —dijo Nadia, apretando los labios al pronunciar su nombre—. Déjame ir.

—Ni hablar —contestó Bernard—. Tienes un millón y medio de dólares. Dame algo a cambio.

—Vete al infierno —dijo ella.

—No te gustan las escenas, ¿verdad?

—Suéltame ya.

—Fría, digna. Puedo tomar algo ahora, si quieres. Tomarlo como parte del pago.

—Asqueroso.

Michael se estremeció y la abofeteó.

—Por mi última dosis de candidez. Por tres años, el primero maravilloso. Por el tercero, que fue una miserable calamidad.

—Te mataré —dijo ella—. Nadie…

Bernard le hizo una zancadilla y la hizo caer sobre el trasero; el daño la hizo chillar. Con las piernas separadas, las manos a cada lado apoyándose en su estirados brazos. Nadia le miraba con los labios temblorosos.

—Eres un…

—Bruto —terció él—. Brutalidad tranquila, fría y racional. No muy distinta de la que tú me has hecho sufrir. Pero tú no empleas la fuerza física. Simplemente la provocas.

—¡Cállate! —Nadia levantó una mano y él la ayudó a ponerse en pie.

—Lo siento —dijo. Ni una sola vez, en los tres años que habían pasado juntos, la había maltratado. Ahora se sentía mal.

—Pamplinas. Eres todo lo que te dije que eras, bastardo. Miserable hombrecillo.

—Lo siento —repitió él. La gente que pasaba por el vestíbulo les miraba de reojo, y se oían murmullos de desaprobación. Gracias a Dios que no había periodistas.

—Vete a entretenerte con tus juguetes —dijo Nadia—. Tus bisturíes, tus enfermeras, tus pacientes. Ve a destrozar sus vidas y no vuelvas a acercarte a mí.


Un recuerdo anterior.

—Padre. —Estaba en pie junto a la cama, incómodo por el cambio de papeles; ya no era el doctor sino la visita. El cuarto olía a desinfectante y a algo que intentaba disfrazar ese olor, agua de rosas o algo dulce; el efecto era el de una cámara mortuoria. Parpadeó y cogió la mano de su padre.

El anciano (era un anciano y lo aparentaba, parecía totalmente desgastado por la vida) abrió los ojos. Los tenía amarillos y húmedos, y su piel tenía el color de la mostaza francesa. Sufría cáncer de hígado y estaba desmoronándose poco a poco. No había solicitado medidas extraordinarias y Bernard se había traído consigo a sus propios abogados para consultar con la dirección del hospital, quería asegurarse de que los deseos de su padre no fuesen ignorados. (¿Quieres que tu padre muera? ¿Quieres asegurarte de que morirá pronto? Claro que no.

¿Quieres que viva para siempre? Sí. Oh, sí. Entonces yo no moriré tampoco.)

Cada par de horas le administraban un poderoso sedante, una variedad del cóctel Brompton, que había estado de moda cuando Bernard empezó su carrera.

—Padre. Soy Michael.

—Sí. Tengo la mente clara. Te reconozco.

—Úrsula y Gerald te mandan recuerdos.

—Recuerdos a Gerald. Recuerdos a Úrsula.

—¿Cómo te encuentras? (Como para morirse, idiota.)

—En las últimas, Mike.

—Sí, bueno.

—Tenemos que hablar ahora.

—¿De qué, padre?

—Tu madre. ¿Por qué no está aquí?

—Mamá murió, padre.

—Sí. Ya lo sabía. Tengo clara la cabeza. Sólo que… y no me estoy quejando, hazte cargo… sólo que duele. —Apretó la mano de Bernard tanto como pudo; un lastimoso apretón—. ¿Qué es la prognosis, hijo?

—Ya lo sabes, padre.

—¿No me puedes cambiar el cerebro? Bernard sonrió.

—Todavía no. Estamos trabajando sobre ello.

—No da tiempo ya, me temo.

—Probablemente ya no da tiempo.

—Tú y Úrsula, ¿vais bien?

—Estamos a la espera del juicio, padre.

—¿Cómo se lo toma Gerald?

—Mal. Enfurruñado.

—Una vez quise divorciarme de tu madre. Bernard miró a los ojos de su padre, frunciendo el entrecejo.

—¿Ah, sí?

—Tenía un lío. Me enfurecí. Aprendí mucho también. No me divorcié de ella.

Bernard nunca había oído hablar de esto.

—Sabes, tú con Úrsula…

—Hemos terminado, padre. Los dos hemos tenido líos, y el mío está resultando bastante en serio.

—No se puede poseer a una mujer, Mike. Maravillosas compañeras no se pueden poseer.

—Lo sé.

—¿Sí? Quizá sí. Yo pensé, cuando me enteré de que tu madre tenía un amante, pensé que me moriría. Duele casi tanto como esto. Creía que la poseía.

Bernard deseaba que la conversación cambiara de rumbo.

—A Gerald no le importa estar interno en un colegio durante un año.

—Pero no era así. Yo sólo la compartía. Incluso si una mujer sólo te tiene a ti por amante, la compartes. Ella te comparte a ti. Toda esa preocupación por la fidelidad es una farsa, una máscara. Mike. Lo que importa es la continuidad, la historia personal, la marca. Lo que haces, como lo haces, lo que quieres o tienes con esa relación.

—Sí, padre.

—Óyeme —los ojos de su padre se abrieron más.

—¿Qué? —preguntó Bernard, volviendo a cogerle la mano.

—Seguimos juntos durante treinta años después de aquello.

—No me enteré.

—No te hacía falta saberlo. Era yo quien tenía que saberlo y aceptarlo. Eso no es todo lo que quería decirte. Mike, ¿te acuerdas de la cabaña? Hay un montón de papeles en el desván, debajo de la tarima.

La cabana de Maine había sido vendida diez años antes.

—Estuve escribiendo algo —continuó su padre después de tragar saliva trabajosamente. Su cara se congestionó aún más en un gesto amargo—.

Respecto a cuando era médico.

Bernard sabía dónde estaban los papeles. Los había rescatado y leído mientras fue médico interno. Ahora estaban en un archivo de su oficina de Atlanta.

—Los tengo, padre.

—Me alegro. ¿Los has leído?

—Sí. Y fueron muy importantes para mí, padre. Me ayudaron a decidir lo que quería hacer en neurología, la dirección a seguir. (¡Díselo! ¡Díselo!)

—Bien. Yo siempre he sabido de ti, Mike.

—¿Qué?

—Lo que nos querías. No eres muy efusivo, ¿verdad? Nunca lo has sido.

—Te quiero. Quería a mamá.

—Ella también lo sabía. No estaba descontenta cuando murió. Bueno —hizo un gesto de profundo cansancio otra vez—. Tengo que dormir ahora. ¿Estás seguro de que no puedes encontrar un buen cuerpo nuevo para mí?

Bernard dijo que no con la cabeza. (Díselo.)

—Los papeles fueron muy importantes para mí, padre. Papá.

No le había llamado papá desde que cumplió trece años. Pero el anciano (viejo)

no le oía. Estaba dormido. Bernard cogió su abrigo y su cartera y salió, dirigiéndose hacia la sala de enfermeras para preguntar —contra su costumbre— cuando sería la hora de la próxima medicación.

Su padre murió a las tres en punto de la mañana siguiente, dormido y solo.

Y más allá…


Olivia Ferguson, con sus dieciocho maravillosos años, igual que él, y de tez aceitunada, como un eco de su nombre, y el pelo negro en melena sobre los hombros, volvió sus grandes ojos verdes hacia él y sonrió. El la miró y le devolvió la sonrisa, y era la más maravillosa noche del mundo, era estupendo; era la tercera vez que había quedado para salir con una chica. Michael todavía era, maravilla de maravillas, virgen, pero esa noche ello no parecía importar. Cuando le pidió que saliera con él estaban junto a la torre del reloj en el campus de la Universidad de Berkeley, y ella estaba al lado de uno de los dos osos de bronce, y le miraba con verdadera simpatía.

—Estoy comprometida —le dijo—. Quiero decir que sólo podemos salir como amigos…

Contrariado y, sin embargo, siempre galante, él le había dicho:

—Bien, entonces sólo saldremos esta noche. Dos personas en la ciudad.

Amigos.

Casi no la conocía; estaban juntos en una clase de inglés. Era la chica más encantadora de la clase, alta y sosegada, tranquila y segura aunque no de aire distante. Le sonrió y le dijo.

—De acuerdo.

Y ahora él se sentía liberado, libre de la obligación de la conquista; la primera vez que se sentía de igual a igual con una mujer. Su novio, explicó ella, estaba en la Marina, en la base naval de Brooklyn. Su familia vivía en la isla Staten, en una casa donde Hermán Melville había pasado un verano.

El viento hizo ondear sus cabellos sin alborotarlos —maravilloso, magnífico cabello que sería delicioso (en teoría) acariciar, hundir en él los dedos. Había estado hablando sin parar desde que la recogió en su casa, un apartamento que compartía con dos mujeres cerca del viejo hotel Clairemont. Había cruzado en coche el Golden Gate hacia Marín, para cenar en un pequeño restaurante, el Klamshak, y allí siguieron hablando sobre clases, planes, sobre lo que significaba casarse (él no lo sabía y ni siquiera se molestaba en simularlo). Ambos estuvieron de acuerdo en que la comida era buena pero la decoración nada original — flotadores de corcho y redes en las paredes, llenas de langostas de plástico y con un pez luna disecado, así como un viejo pez gallo agujereado sobre un decorado de arena y conchas—. Ni por un momento se sintió torpe o joven o inexperto.

En otras circunstancias, pensaba mientras volvían de nuevo sobre el Golden Gate, estoy seguro de que nos enamoraríamos. No hay duda de que nos casaríamos dentro de unos años. Es estupenda, y no voy a poder hacer nada. La sensación que sentía era a la vez triste y romántica pero, en conjunto, maravillosa.

Sabía que si insistía, ella probablemente le dejaría subir a su apartamento y harían el amor.

Aunque le molestaba y se despreciaba por ser todavía virgen, no iba a presionarla. Ni siquiera pensaba sugerirlo. Todo era demasiado perfecto.

Se sentaron en el porche de la vieja mansión donde ella se alojaba y discutieron sobre Kennedy, se rieron de sus miedos durante la crisis de los misiles y luego se cogieron de las manos y se quedaron mirándose a los ojos.

—Sabes —dijo él quedamente—, hay veces que… —se detuvo.

—Gracias —dijo Olivia—. Pensé que sería agradable salir contigo una noche.

La mayoría de los hombres, ya sabes…

—Sí. Bueno, yo soy así —hizo una mueca—. Inofensivo.

—Oh, no. Inofensivo no. De eso nada.

Ahora estaban en el momento crucial. La cosa podía decantarse de un lado o de otro. Miró de soslayo hacia su cuerpo moreno y supo que era suave, y con la perfección de la juventud. Sabía que a ella le apetecía subir con él al apartamento.

—Eres romántico, ¿verdad?

—Supongo que lo soy.

—Yo también. Los románticos son la gente más tonta del mundo.

Sintió que se ruborizaba.

—Me gustan las mujeres —dijo—. Me encanta cómo hablan y cómo se mueven.

Son maravillosas. —Iba a decidirse ahora para arrepentirse después, pero lo que sentía era demasiado verdadero e innegable, especialmente después de esa noche—. Creo que la mayoría de los hombres deben sentir que una mujer es como sagrada. No innaccesible, eso no. Pero sí demasiado hermosa para ser descrita con palabras. Ser amado por una mujer, y… Eso debe de ser increíble.

Olivia miró a través del cristal, sonriendo levemente. Luego miró hacia su bolso y se alisó su vestido azul con las manos.

—Ya llegará —dijo.

—Sí, claro —asintió él—. Pero no entre nosotros.

—Gracias —dijo ella de nuevo. Michael le cogió la mano, y luego le acarició la mejilla. Ella se frotó contra su mano como un gatito y empujó la manilla de la puerta—. Te veré en la clase.

Ni siquiera se habían dado un beso.

—¿Qué me ha pasado desde entonces? Tres esposas, la tercera porque se parecía a Olivia, y este distanciamiento, este aislamiento. He perdido demasiadas ilusiones.

Hay opciones.

—No comprendo.

¿Qué quieres revisar?

—Si os referís a volver hacia atrás, no veo cómo.

Aquí, en el Universo de Pensamiento. Simulaciones. Reconstrucciones a partir de tu memoria.

—¿Podría vivir otra vida?

Cuando llegue el momento.

—¿Con la verdadera Olivia? ¿Dónde estaba, dónde está?

Eso no se sabe.

—Entonces la olvidaré. No me interesan los sueños.

Hay más recuerdos dentro de ti.

—Sí.


¿Pero de dónde eran, de dónde venían?

Randall Bernard, de veinticuatro años, se había casado con Tiffany Marnier el diecisiete de noviembre de 1943 en una pequeña iglesia de Kansas City. Vestía un traje de seda bordado en plata con blonda blanca que su madre había llevado en su propia boda, sin verlo, y las flores eran rosas rojas. Habían…

Bebieron de la misma copa de vino y se intercambiaron los votos; partieron un trozo de pan, y el ministro, un teósofo que se hizo vedantista hacia el final de los años 40, los pronunció iguales a los ojos de Dios, y ahora unidos por el amor y por el respeto mutuo.

El recuerdo era borroso, como una vieja fotografía, y no muy profuso en detalles. Pero allí estaba, y él ni siquiera había nacido, pero estaba viéndolo, y luego contempló su noche de bodas, maravillándose con los rápidos atisbos de su propia creación y cómo tan poco había cambiado entre un hombre y una mujer, maravillándose de la pasión y el placer de su madre, y de la pericia precisa, sabia y doctoral de su padre, médico incluso en la cama…

Y su padre se fue a la guerra, sirviendo como soldado en Europa, y luego en el III Ejército, con Patton, en las Ardenas, y atravesando el Rhin, cerca de Coblenza — esenta y cinco millas en tres días—, y su hijo miraba lo que no podía de hecho mirar. Y luego veía lo que su padre probablemente no podía haber visto.

Un soldado en la oscuridad, húmedo zaguán de un burdel en París; no era su padre, ni nadie que él conociera…

En penumbra, pero clara silueta de una mujer meciendo a un niño a la luz anaranjada del sol, a través de una ventana…

Un hombre que pesca con cormoranes en un río gris por la mañana temprano…

Un niño que mira por la ventana de un granero a unos hombres que, en círculo en el patio de abajo, descuartizan un buey enorme, blanco y negro, de grandes ojos…

Hombres y mujeres despojándose de sus largos vestidos blancos y nadando en un río de aguas turbias rodeado de rojos peñascos…

Un hombre en pie junto a un acantilado, con un cuerno en la mano, mirando a una manada de antílopes que atraviesan una llanura de hierba brumosa…

Una mujer pariendo en un subterráneo oscuro, iluminado por antorchas de sebo, mientras es observada por pintarrajeados rostros ansiosos…

Dos hombres viejos peleándose por unas bolitas de arcilla con incisiones dentro de un círculo dibujado en la arena…

—No me acuerdo de estas cosas, no me corresponden, no las he experimentado…

Interrumpió el fluir de la información. Con ambas manos, intentó alcanzar los círculos rojos y brillantes que había sobre su cabeza, tan cálidos y atractivos.

—¿De dónde vienen? —Tocó los círculos y sintió la respuesta en su cuerpo de cien células.

Toda la memoria no procede de la vida de un sólo individuo.

—¿De dónde, entonces?

La memoria se almacena en neuronas —memoria interactiva—, transportada en carga y potencial, luego descargada para su almacenamiento químico en las células, luego descargada de nuevo a nivel molecular. Almacenada en los intrones de las células individuales.

La penetrante visión interior era imponente por su perfección e intensidad.

Las bacterias simbióticas y los virus de transferencia —que se dan de manera natural en todos los animales y que son específicos en cada especie— son implantados con la memoria molecular transcrita desde el intrón. Salen del individuo y pasan a otro individuo, «infectan», transfieren la memoria a las células somáticas. Algunos de los recuerdos son luego devueltos al estatus de almacenaje químico, y unos cuantos son retransferidos a la memoria activa.

—¿A lo largo de generaciones?

A lo largo de milenios.

—Los intrones no son secuencias sobrantes…

No. Son un almacenamiento de memoria altamente condensada.

Vergil Ulam no había creado biología en las células partiendo de la nada. Se había tropezado con una función natural —la transferencia de la memoria racial—.

Había alterado un sistema que ya existía.

—¡No me importa! No quiero más revelaciones. No quiero ver nada más. Ya he tenido suficiente. ¿Qué me ha pasado a mí? ¿En qué me he convertido? ¿De qué sirve la revelación, si se malgasta en un loco?

Estaba de nuevo en el marco del Universo de Pensamiento. Miraba las imágenes que surgían a su alrededor, las fuentes simbólicas de diferentes ámbitos de información, luego hacia los círculos que había sobre su cabeza. Ahora brillaban con luz verde.

Estás ANGUSTIADO. Tócalos.

Estiró los brazos y los tocó de nuevo.

Sintió un tirón y se retorció en la interfase, empezando la integración con el Bernard macroescalar; hacia arriba, por el túnel de la disociación, hacia la cálida oscuridad del laboratorio. Era de noche o, al menos, hora de dormir.

Se tendió en el camastro, sin poder casi moverse.

No podemos sostener tu forma corporal mucho más tiempo.

—¿Qué?

Volverás pronto a nuestro mundo, dentro de dos días. Todo tu trabajo en macroescala deberá haber sido completado para entonces.

—No…

No tenernos elección. Hemos aguantado demasiado tiempo. Hemos de transformar.

—¡No! ¡No esoy preparado! ¡Esto es demasiado para mí! —Se dio cuenta de que estaba gritando y se tapó la boca con las manos.

Se sentó al borde del camastro, con la cara, grotescamente arrugada, perlada de sudor.

40

—¿Os vais a ir otra vez? ¿Así como así? —Suzy agarró la mano de Kenneth. El se detuvo frente al ascensor. La puerta se abrió.

—Es duro volver a ser simplemente un humano, ¿sabes? —le contestó—. Da sensación de soledad. De modo que volvemos, sí.

—¿Soledad? ¿Y yo qué voy a sentir? Estaréis muertos otra vez.

—Muertos no, nenita. Ya lo sabes.

—Como si lo estuvierais.

—Puedes unirte a nosotros. Suzy se puso a temblar.

—Kenny, tengo miedo.

—Mira. Te han dejado en paz, como tú les pediste, y te van a dejar ir. Pero lo que puedas hacer ahí fuera, eso no lo sé. La ciudad ya no está hecha a medida de las personas. Te alimentarán y estarás bien, pero… Suzy, todo está cambiando. La ciudad va a cambiar aún más. Tú estarás ahí en medio… pero no te harán daño. Si tú lo escoges, te dejarán de lado como un parque nacional.

—Ven conmigo, Kenny. Tú y Howard y mamá. Podemos volver…

—Brooklyn ya no existe.

—Jesús, eres como un fantasma o algo así. No se puede hablar contigo de cosas con sentido común.

Kenny señaló hacia el ascensor.

—Nenita…

—¡Deja de llamarme así, caramba! ¡Soy tu hermana, so animal! Y me vais a dejar ahí tirada…

—Es a tu elección, Suzy —dijo Kenneth con calma.

—O a convertirme en un zombi.

—Sabes que no somos zombis, Suzy. Sentiste cómo eran y lo que pueden hacer por ti.

—¡Pero ya no seré yo!

—Deja de gimotear. Todos cambiamos.

—¡Pero no de esa manera! Kenneth pareció compadecerse.

—Ahora eres distinta de cuando eras una niña pequeña. ¿Te daba miedo entonces crecer? Suzy le miró fijamente.

—Todavía soy pequeña —dijo—. Soy lenta. Eso es lo que todo el mundo dice.

—¿Te daba miedo de no ser un bebé? Esa es la diferencia. Los demás están todavía bloqueados en el estadio bebé. Nosotros ya no. Tú puedes crecer también.

—No —dijo Suzy. Se dio la vuelta—. Voy a volver a hablar con mamá.

Kenny la asió por el brazo.

—Ya no están ahí —dijo—. Es muy molesto ser reconstruido de esta manera.

Suzy se le quedó mirando, luego se metió deprisa en el ascensor y se apoyó en la pared del fondo.

—¿Bajas conmigo? —le preguntó.

—No —dijo Kenneth—. Yo vuelvo. Todavía te queremos, nenita. Te cuidaremos. Tendrás más madres, hermanos y amigos de los que nunca podrás conocer. Quizá nos dejes estar contigo, alguna vez.

—¿Quieres decir dentro de mí, como ellos? Kenneth asintió.

—Siempre estaremos alrededor. Pero no vamos a reconstruir nuestros cuerpos por ti.

—Ahora quiero bajar —dijo Suzy.

—Pues bajando —dijo Kenenth. Las puertas del ascensor empezaron a cerrarse— Adiós, Suzy. Ten cuidado.

—¡KennnNETHHH! —Pero la puerta se cerró y el ascensor inició el descenso.

Se quedó quieta en el centro, manoseándose el pelo con dedos nerviosos.

La puerta se abrió.

El vestíbulo era una masa de arcos grises, de aspecto sólido, que soportaban la masa superior de la torre. Se imaginó —o quizá recordó lo que le habían mostrado— que el ascensor y el restaurante eran todo lo que quedaba de la torre original, y que lo habían dejado expresamente para ella.

¿A dónde iré?

Pisó el suelo gris moteado de rojo —no había alfombra ni cemento, sino algo levemente elástico, parecido al corcho—. Una lámina blanca y marrón —la última que vio de esa substancia en particular— se deslizó sobre la puerta del ascensor y lo selló con un ruido siseante.

Caminó por entre la telaraña de arcos, pisando prominencias cilindricas sobre la superficie roja y gris, abandonando la sombra de la transformada torre para salir a la seminublada luz del día.

Sólo quedaba la torre norte. La otra torre había sido ya desmantelada. Todo lo que quedaba del World Trade Center era una sola aguja redondeada, lisa y de un gris brillante en algunas áreas, rugosa y moteada de negro en otras, llena de una telaraña que la impulsaba poco a poco hacia la materia del exterior.

Desde la transformada plaza, cubierta de plumosos abanicos parecidos a árboles, hasta la orilla del río no había más de siete metros.

Caminó por entre los abanicos, que se ondulaban graciosamente sobre sus rojos troncos relucientes, y se dirigió a la orilla. El agua era sólida, de un color verdeagrisado, gelatinosa, sin olas, lisa como el cristal y tan brillante como si lo fuera. Podía ver las pirámidas y las esferas irregulares de Jersey como si fueran una colección particularmente bizarra de juguetes y construcciones infantiles; el reflejo en el sólido río era vivido y perfecto.

El viento silbaba dulcemente. Debería hacer frío o al menos fresco, pero el aire era cálido. Le dolía el pecho de aguantarse las ganas de llorar.

—Madre —dijo—, sólo quiero ser lo que soy. Nada más. Nada menos.

¿Nada más? Suzy, eso es mentira.

Se quedó en pie a la orilla durante largo rato, luego se dio la vuelta y empezó su peregrinación por la isla de Manhattan.

41

El ridículo medio en el que había vivido durante tantas semanas le parecía a Bernard la menor de dos realidades.

Ahora trabajaba poco. Se tendía en la cama con el teclado al lado y se ponía a pensar y a esperar. Sabía que, ahí afuera, la tensión crecía. Y él era el foco.

Paulsen-Fuchs no podía evitar que dos millones de personas llegaran hasta él, para destruirle con el laboratorio. (Aldeanos con antorchas: era a la vez Frankenstein y el monstruo. Ignorantes aldeanos asustados que hacían el trabajo de Dios.)

En su sangre, en su carne, llevaba una parte de Vergil I. Ulam, una parte de su padre y de su madre, partes de personas que nunca había conocido, personas muertas tal vez desde hacía miles de años. Dentro, había millones de duplicados de sí mismos, que se hundían más hondo en el mundo de los noocitos, para descubrir estratos y más estratos de universos biológicos: el viejo, el nuevo y el potencial.

Y sin embargo… ¿dónde estaba la póliza del seguro, la garantía de que no había sido engañado? ¿Y si estaban simplemente conjurando falsos sueños para dejarle sedado, para drogarle para la metamorfosis? ¿Y si sus explicaciones no eran más que pildoras azucaradas con el único objeto de mantenerle tranquilo?

No tenía pruebas de que los noocitos mintiesen —pero ¿cómo podía uno saber cuando mentía algo tan extraño, o incluso si «mentira» era un concepto accesible para ellos?

(Olivia. Había roto su compromiso, como supo él años después, pasados dos meses de su única cita. Se habían sonreído el uno al otro el último día de clase, y luego nunca más se habían visto. El había sido… ¿qué? ¿Tímido, inepto?

¿Demasiado romántico, demasiado enamorado en esa única noche encantadora y petrarquiana? ¿Dónde estaba ahora ella, en la biomasa de Norteamérica?)

Y aun en el caso de aceptar lo que le habían dicho, estaba seguro de que eso no era todo. Quedaban un millón de incógnitas, algunas ociosas, la mayoría cruciales. Todavía era, después de todo, un individuo (¿no?) que se encaraba a una experiencia virtualmente desconocida.

Los grupos de mando —los investigadores— no le contestaban ya.

En Norteamérica —¿qué fue de toda la mala gente cuyas memorias eran preservadas por los noocitos?— habían sido suspendidos, por así decirlo, del mundo en el cual habían sido malos como si estuvieran en una prisión. Pero ser malo significa pensar mal, ser malvado equivale a ser una célula cancerígena para la sociedad, un peligroso e inexplicable fallo, y no estaba pensando exclusivamente en los asesinos. Estaba pensando en los políticos demasiado codiciosos o ciegos como para saber lo que hacían, burócratas hábiles que estafaban los ahorros de una vida de millares de inversionistas, madres y padres demasiado estúpidos como para saber que estaban destrozando a sus hijos.

¿Qué había pasado con esta gente y con los millones de fallos, de fallos malvados de la sociedad humana?

¿Eran todos verdaderamente iguales, duplicados un millón de veces, o había ejercido los noocitos un pequeño juicio? ¿Borraron silenciosamente unas cuantas personalidades, las anularon… o las alteraron?

Y si los noocitos se habían tomado la libertad de alterar los fallos reales, tal vez fijándolos o inmovilizándolos de alguna manera, introduciéndose en sus procesos mentales y empleando una especie de gran consenso de pensamiento recto como base para las correcciones…

Entonces, quién podía decir que no estaban alterando a otros, a gente con problemas menores, gente con todos las complejidades de pequeños fallos y errores y desarreglos temporales… que tienen todos los humanos. Gajes del ser humano. De la vida en un universo duro, un universo distinto del que los noocitos habitaban. ¿Si realmente habían corregido y anulado y alterado, quien podía decir si lo habían hecho bien? ¿Si sabían lo que hacían, y habían retenido personalidades humanas operativas a posteriori?

¿Qué habían hecho los noocitos de la gente que no podía aguantar el cambio, que se había vuelto loca —o que, como habían insinuado, murió al ser incompletamente asimilada, dejando memorias parciales, como la memoria de Vergil en el propio cuerpo de Bernard? ¿Seguían aquí también?

¿Había política, interacción social, en la noosfera? ¿Se les daba a los humanos igual derecho de voto que a los noocitos? Los humanos se habían, por supuesto, convertido en noocitos, pero los noocitos genuinos, originales, ¿conservaban más o menos predicamento?

¿Surgirían conflictos, revoluciones?

¿O habría un silencio profundo, el silencio de la tumba, debido a la renuncia a la voluntad de resistir? El libre albedrío no es aconsejable en medio de una rígida jerarquía. ¿Era la noosfera una rígida jerarquía, libre de disensiones e incluso de crítica?

Bernard no lo creía así.

—¿Pero cómo podía saberlo a ciencia cierta?

¿Respetaban y amaban realmente a los humanos en tanto que dueños y creadores, o simplemente se los habían asimilado, procesado, digerido la información necesaria y enviado el resto a la entropía, olvidados, desorganizados, muertos?

Bernard, ¿sientes ahora el miedo por el gran cambio? Es completamente diferente —sublime o infernal— en tanto que opuesto al difícil, y a menudo infernal, status quo?

Dudaba de que Vergil hubiera siquiera pensado en esas cosas. Posiblemente no había tenido ni tiempo, pero aunque lo hubiera tenido, a Vergil no se le ocurriría reflexionar sobre esos temas. Era un brillante creador, pero un chapucero en la consideración de las consecuencias.

¿Pero no era ese el caso de todos los creadores?

Todos los que cambian las cosas, ¿no conducen en último término a algunos — quizá a muchos— a la muerte, a la catástrofe, al tormento?

Los pobres Prometeos humanos, que atraen el fuego sobre sus iguales.

Nobel.

Einstein. Pobre Einstein y su carta a Roosevelt. Paráfrasis. «He soltado los demonios del infierno y ahora usted debe firmar un pacto con el diablo, o algún otro lo hará. Alguien más peligroso incluso.» Curie, experimentando con el radio; ¿qué parte de responsabilidad tenía en el asunto Slotin, cuatro decenios más tarde?

¿El trabajo de Pasteur —o el de Salk, o el suyo propio— habían salvado la vida de un hombre o mujer que al final fueron al desastre, que realmente estaban sentenciados? Sin duda alguna.

¿Y las víctimas no pensaron alguna vez «¡Lleven a juicio a ese bastardo!»?

Sin duda.

Y si se tomaban en consideración esos pensamientos, si esas preguntas eran contestadas, no estrangularían los padres a sus hijos mientras dormían en la cuna?

El viejo cliché. La madre de Hitler produciéndose el aborto.

Todo tan confuso.

Bernard oscilaba entre el sueño y la pesadilla, decantándose más en ésta última, y luego elevándose hacia un estado de extraño éxtasis.

Nada volvería a ser como antes.

¡Bien! ¡Estupendo! ¿No había sido todo destrozado espantosamente de todos modos?

Oh, Dios, la plegaria brota en mí. Soy débil e incapaz de formular tales juicios.

No creo en ti, por lo menos en ninguna de las formas en que me has sido descrito, pero debo rezar, porque me posee un terror espantoso e impío.

¿Qué es lo que estamos dando a luz?

Bernard se miró las manos y los brazos, hinchados y cubiertos de pálidas venas.

Qué horrible, pensó.

42

La comida apareció sobre un cilindro esponjoso y grisáceo, a la altura de la cintura, al final de un callejón sin salida rodeado de altas paredes.

Suzy bajó la vista hacia la comida, fue a tocar el aparente pollo frito, y luego retiró lentamente los dedos. La comida estaba caliente, la taza de café humeaba, y todo parecía perfectamente normal. Ni una sola vez le habían servido algo que no le gustara, y nunca había sido excesivo o insuficiente.

La vigilaban de cerca, al tanto de sus mínimas necesidades. La atendían como a un animal en un zoológico, o al menos ella se sentía así.

Se arrodilló y empezó a comer. Cuando hubo terminado, se sentó con la espalda apoyada en el cilindro, sorbiendo las últimas gotas de café, y se subió el cuello de la chaqueta. El aire estaba refrescando. Había dejado el abrigo en el World Trade Center —o en lo que se había convertido la torre norte— y durante las dos últimas semanas no lo había echado en falta. El aire era muy agradable, incluso de noche.

Las cosas estaban cambiando, y eso era inquietante, o excitante. No estaba muy segura de cuál de las dos cosas.

A decir verdad, Suzy McKenzie se aburría la mayor parte del tiempo. Nunca había tenido mucha imaginación, y los solares del reconstruido Manhattan por donde se había paseado no le habían llamado mucho la atención. Los enormes tubos o canales que bombeaban líquido verde del río hacia el interior de la isla, los árboles-abanico que se movían lentamente y los árboles propulsores, las protuberancias plateadas brillantes, como conjuntos de reflectores de carretera, diseminados sobre centenares de acres de superficie irregular, ninguna de estas cosas había captado su atención durante más de unos cuantos minutos. No guardaban con ella la menor relación. No podía entender para qué estaban allí.

Sabía que todo podía resultar fascinante, pero no era humano, de modo que no le importaba mucho.

Le interesaban las personas; lo que pensaban y lo que hacían, cómo eran, lo que sentían respecto a ella y sus propios sentimientos.

—Os odio —le dijo al cilindro al devolver la bandeja y la taza sobre su superficie. El cilindro se los tragó y se encogió hasta desaparecer—. ¡A todos vosotros! — ritó hacia las paredes del callejón. Se rodeó con los brazos para darse calor y sacó la linterna y la radio. Pronto se iba a hacer de noche; tendría que buscar un lugar para dormir, y quizá pondría la radio un rato más. Las baterías aflojaban, aunque la había puesto muy poco en previsión. Salió del callejón y se puso a mirar un bosque de árbolesabanico que subía por las laderas de una loma rojiza y parduzca.

En lo alto de la loma había un poliedro negro multifacético, de cada una de cuyas caras salía una aguja plateada de alrededor de diez metros de largo. Había muchos otros iguales en la isla. Ahora casi no los veía. Le llevó unos diez minutos dar la vuelta a la loma. Entró por un valle poco profundo del tamaño de un campo de fútbol, cuyas vertientes estaban surcadas de tubos negros de aproximadamente la anchura de su cintura. El tubo desaparecía en un hoyo al otro extremo del valle. Ya antes había dormido en encrucijadas parecidas. Se encaminó hacia allí y se arrodilló cerca de la depresión. Pasó las manos sobre la superficie del hoyo; aquello estaba muy cálido. Podría quedarse allí tendida toda la noche, bajo los tubos, y estaría muy cómoda.

El cielo relucía de brillante púrpura hacia el oeste. Los ocasos eran habitualmente naranja y rojo, suaves; el horizonte nunca le había parecido tan eléctrico.

Puso en marcha la radio y se acercó al oído el altavoz. Había bajado el volumen para ahorrar pilas, aunque sospechaba que era una precaución inútil. La emisora de onda corta de Inglaterra, siempre fiel, se escuchó inmediatamente. Ajustó el mando y se arrebujó bien bajo los tubos.

«…disturbios en Alemania Occidental se han centrado alrededor de las instalaciones de Pharmek, que dan albergue al doctor Michael Bernard, presunto portador de la plaga nortemaericana. Aunque la plaga no se ha extendido por el mundo fuera de América del Norte, las tensiones aumentan. Rusia ha cerrado sus fronteras y…» La señal se perdió y tuvo que reajustar el dial.

«…hambre en Rumania y Hungría, desde hace tres semanas, y sin esperanzas a la vista…

»…la señora Thelma Rittenbaum, famosa médium de Battersea, informa de que ha tenido sueños en los que aparece Cristo en medio de Norteamérica, levantando a los muertos y preparando un ejército que marchará sobre el resto del mundo.» (Una voz trémula de mujer grabada sobre una cienta de mala calidad habló unas cuantas palabras ininteligibles.)

El resto de las noticias concernían a Inglaterra y Europa; a Suzy era esta parte la que más le gustaba, porque ocasionalmente la hacía sentir que el mundo seguía siendo normal, o al menos que se estaba recobrando. No abrigaba esperanzas respecto a su casa; hacía semanas que las había desechado. Pero otras personas, en otros lugares, podían seguir llevando una vida normal. Pensar en ello era reconfortante.

Pero no lo era el que nadie, en ninguna parte, supiera de ella.

Apagó la radio y se acurrucó más, escuchando el siseo del líquido que fluía en el interior de los tubos, y de los roncos y profundos quejidos de algo que se hallaba más abajo, en alguna sima ignorada.

Se durmió, rodeada de oscuridad moteada de estrellas cuya luz se filtraba por entre los contornos de los tubos. Y cuando, en medio de un cálido sueño en que se veía a sí misma comprando vestidos, se despertó…

Algo la envolvía. Lo palpó soñolienta, era blando, cálido, como de ante. Buscó la linterna y la encendió, enfocando la luz hacia sus cubiertas caderas y piernas.

La cubierta era flexible, de color azul claro con rayas verdes mal definidas —sus colores favoritos—. Sus brazos y cabeza, descubiertos, estaban fríos. Tenía demasiado sueño para hacerse preguntas; se subió el cobertor hasta el cuello y volvió a dormirse. Esta vez era una niñita, y jugaba en la calle con sus amigos de hace muchos años, amigos que habían crecido y que, en muchos casos, se habían ido a vivir a otro sitio.

Luego, uno por uno, los edificios caían. Todos miraban mientras unos hombres con enorme martillos se aproximaban y echaban abajo las ruinas. Se dio la vuelta para observar la reacción de sus amigos y vio que todos habían crecido, o se habían hecho viejos, y se alejaban de ella llamándola para que les siguiera.

Empezó a llorar. Sus zapatos se habían pegado al pavimento y no podía moverse.

Cuando todos los edificios habían desaparecido, el vecindario quedó convertido en un solar llano, con las tuberías alzándose en el aire y un retrete inclinado inverosímilmente sobre un tubo donde debió haber uno de los pisos superiores.

—Las cosas van a cambiar otra vez, Suzy. —Sus zapatos se despegaron y al darse la vuelta vio a Cary, embarazosamente desnudo.

—Jesús, ¿no tienes frío? —preguntó—. No, además daría igual. Sólo eres un fantasma.

—Bueno, supongo —dijo Cary, sonriendo—. Hemos querido todos darte calor.

¿Sabes? Todo esto va a cambiar otra vez, y queríamos que pudieras elegir.

—No estoy soñando, ¿verdad?

—No —sacudió la cabeza—. Estamos en la manta. También puedes hablar con nosotros cuando te despiertes, si quieres.

—La manta… ¿todos vosotros? ¿Mamá y Kenny y Howard?

—Y muchos otros, también. Tu padre, si quieres hablar con él. Es un regalo — dijo—. Es una especie de regalo que se va. Todos nos hemos prestado voluntarios, pero hay otros muchos, más de los que estrictamente necesitamos.

—Lo que dices no tiene sentido, Cary.

—Tú lo conseguirás. Eres una chica muy fuerte, Suzy.

El fondo del sueño se había puesto nebuloso. Ambos estaban envueltos por una penumbra marrón anaranjada, y el distante cielo destelleaba en naranja como si hubiera hogueras en el horizonte. Cary miró en torno y asintió.

—Son los artistas. Hay tantos artistas y científicos que casi me siento perdido.

Pero pronto voy a ser uno de ellos tal como he decidido. Nos dan tiempo. Nos honran, Suzy. Saben que nosotros los hicimos y nos tratan muy bien. Sabes, ahí atrás —rizo un gesto hacia la oscuridad—, podríamos vivir juntos. Hay un sitio donde piensan todos ellos. Es como la vida real, como en el mundo real. Puede ser como antes, o como va a ser en el futuro. De la manera que quieras.

—No me voy con vosotros, Cary.

—No. No pensé que fueras a hacerlo. Yo, en realidad, no tuve elección al unirme a ellos, pero ahora no lo lamento. Nunca hubiera sido en Brooklyn Heights tanto como soy ahora.

—También eres un zombi.

—Soy un fantasma —le sonrió—. De todos modos, una parte de mí se va a quedar contigo, por si quieres hablar. Y otra parte se marchará con ellos cuando llegue el cambio.

—¿Va a ser otra vez como antes? Cary denegó con la cabeza.

—Nunca será igual. Y… mira, yo no entiendo todo esto, pero no va a tardar mucho en producirse otro cambio. Nada volverá a ser igual que antes.

Suzy miró a Cary con firmeza.

—¿Crees que me vas a tentar por estar desnudo? Cary se miró.

—Ni se me había ocurrido —dijo—. Eso demuestra lo natural que me estoy volviendo. ¿No te vas a echar atrás? Suzy meneó la cabeza con firmeza.

—Soy la única que no se puso enferma —dijo.

—Bueno, la única no. Hay otros veinte o veinticinco. Los estamos cuidando lo mejor que podemos. Ella prefería ser la única.

—Muchas gracias —dijo con sarcasmo.

—De cualquier modo, utiliza la manta. Cuando llegue el cambio envuélvete bien en ella. Habrá un montón de comida alrededor.

—Bien.

—Creo que ahora te vas a despertar. Me voy de aquí. Cuando te despiertes podrás vernos también. Durante un rato.

Suzy asintió.

—No la tires —advirtió Cary—. Te protegerá.

—No la tiraré.

—Bueno.

Se acercó a ella y tocó sus brazos cruzados con la palma abierta.

Suzy abrió los ojos. El amanecer se alzaba con pálida luz anaranjada sobre los tubos. La superficie del hoyo y los tubos estaban fríos.

Se arropó más con la manta y esperó.

43

Paulsen-Fuchs se encontraba en la cámara de observación, inclinado hacia delante sobre la mesa, con los ojos entornados. Ya había tenido bastante de mirar hacia lo que estaba tendido en el camastro del laboratorio de aislamiento.

De madrugada, Bernard había perdido ya su forma humana. Las cámaras habían captado su transformación. Ahora, una masa gris y marrón oscuro yacía sobre la cama, con prolongaciones que caían hacia el suelo a ambos lados. La masa se movía espasmódicamente, y a veces prorrumpía en un breve y violento temblor.

Antes de haber sido confinado a una sola postura, Bernard había cogido el teclado portátil y se lo había llevado consigo al camastro. El cable telefónico del mismo salía por uno de los extremos de la masa. El teclado estaba debajo, en algún sitio, o en el interior de la masa.

Y Bernard seguía enviando mensajes, aunque ya no podía hablar. El monitor del laboratorio de control había archivado un firme párrafo, la explicación de Bernard de su propia transformación.

La mayoría de lo que salía del teclado era virtualmente ininteligible. Quizá Bernard era ya casi un noocito nada más.

La transformación no facilitaba en modo alguno la decisión de Paulsen-Fuchs.

Los manifestantes —y el gobierno, al no ejercer su autoridad sobre ellos— habían pedido la muerte de Bernard, y que el laboratorio de aislamiento fuera completamente esterilizado.

Eran alrededor de los dos millones, y si sus demandas no eran atendidas, se proponían derribar Pharmek piedra a piedra. El ejército había advertido que no protegería Pharmek; la policía había declinado también toda responsabilidad.

Paulsen-Fuchs no podía hacer nada para detenerles; solamente quedaban cincuenta empleados en el edificio, ya que los otros habían sido ya evacuados.

Muchas veces consideró simplemente la posibilidad de abandonar las instalaciones, marcharse a su casa de España y aislarse él mismo por completo.

Olvidar lo que había sucedido, lo que Michael Bernard le había traído.

Pero Heinz Paulsen-Fuchs había estado en los negocios durante demasiado tiempo como para retirarse sin más. De muy joven, había visto a los rusos entrar en Berlín. Había ocultado todos los indicios de su entusiasta pasado nazi, e intentó pasar lo más desapercibido posible, pero no se había retirado. Y durante los años de la ocupación, había trabajado en tres trabajos diferentes. Se quedó en Berlín hasta el 1955, cuando él y otros dos fundaron Pharmek. La compañía había estado al borde de la bancarrota por el caso de la talidomida; pero él no se retiró.

No: no derogaría responsabilidades. Accionaría la palabra que iba a enviar los gases esterilizantes al laboratorio de aislamiento. Luego daría instrucciones a los hombres, que entrarían con antorchas para acabar el trabajo. Esto significaba la derrota, pero al menos se quedaría, no tendría que ir a esconderse en España.

No tenía ni idea de qué harían los manifestantes una vez muerto Bernard. Salió de la cámara de observación y se dirigió al laboratorio de control, para leer en el monitor el mensaje de Bernard.

Hizo pasar por el monitor el texto del diario de Bernard desde el principio. Leía lo bastante deprisa como para no perderse ni una sola palabra. Quería revisar lo que Bernard ya había dicho, para ver si así podía encontrarle más sentido a la totalidad del mensaje.

Registro final del diario cibernético de Bernard; hora de inicio: 0835.

Gogaríy. Se habrán ido en unas semanas.

Sí, se comunican. Parientes menores. Estallidos de la «plaga» que ni siquiera sospechamos en Europa. Asia, Australia, personas sin síntomas. Ojos y oídos, se reúnen, aprenden asimilando la enorme cosecha de nuestras vidas e historia.

Espías maravillosos.

Paul-memoria racial. Mismo mecanismo que el biológico. Hay muchas vidas en cada uno de nosotros; en la sangre, en los tejidos.

Cargados en el espacio-tiempo local. Demasiados. Gogarty. Empujan… No lo pueden evitar. Hay que sacar provecho de eso. Nosotros —tú—, por supuesto, no podemos, tal vez no queremos detenerles.

Constituyen el gran logro.

Aman. Cooperan. Tienen disciplina, pero son libres; saben de la muerte, pero son inmortales.

Ahora me conocen a mí hasta el último detalle. Todos mis pensamientos y motivaciones. Soy un tema de su arte, sus maravillosas ficciones vivas. Me han duplicado más de un millón de veces. ¿Cuál de los yoes escribe esto? No lo sé.

Ya no queda un original.

Puedo prolongarme en un millón de direcciones, llevar un millón de vidas (y no sólo en la música de la sangre —en un Universo de Pensamiento, de imaginación, de fantasía!) y luego reunirme con mis yoes de nuevo, conferenciar y empezar de nuevo. El narcismo más allá del orgullo, ubicuidad, mucho más grande que una simple vida para siempre. (¡La han encontrado!)

Cada uno de ellos puede tener mil, diez mil, un millón de duplicados, según su calidad, sus funciones. Ninguno necesita morir, pero, en un momento dado, todos o casi todos cambiarán. Dentro del tiempo requerido, la mayoría del millón de yoes no guardará la menor similitud con el yo presente, porque somos infinitamente versátiles. Nuestras mentes trabajaban según la infinita variedad de ios fundamentos de la vida.

Paul, me gustaría que pudieras unirte a nosotros.

Sabemos las presiones que te rodean.

(El texto se interrumpe, desde 0847 a 1023.)

Las teclas no funcionan. Dentro del teclado, en la parte electrónica.

Saben que tenéis que destruir.

Esperad. Esperad hasta 1130. Dadle a un viejo amigo ese tiempo.

No me gusta mi viejo yo, Paul. Lo he abandonado, la mayor parte de él. Piezas diseminadas. Revividas y reformadas secciones enteras de mis cincuenta y dos años. Uno puede convertirse en un santo aquí o explorar multitud de pecados.

¿Qué santo puede ignorar el pecado?

(El texto se interrumpe, 1035-1105)

Gogarty.

CGATCATTAG (UCAGCUGCGAUCGAA) Nombre ahora.

Gogarty. ¡Sorprendente Gogarty! Muy denso, visión amplia y vasta teoría, mucho ser. Lo saben en NA. Hasta el más pequeño, se han enterado en NA. Nos lo dicen, se aprestan. Todos juntos. Pánico mortal maravilloso, pánico, el mejor miedo, Paul, no se siente en el ánimo sino que se pregunta en el pensamiento, nada como esto. Miedo a la libertad más allá de las restricciones actuales, y sintiéndose ya maravillosamente libre. Tanta libertad debernos cambiar para acomodar. Irreconocible.

Paul 1130 ese tiempo.

1130 1130 1130!

Tamaña avalancha de sentimiento hacia el viejo afecto, pollito por huevo, hombre por madre, alumno por escuela.

Divergente. Otro sigue escribiendo.

Reencuentro conmigo mismo. Grupos de mando coordinan. Celebración.

¡Tanto, tan rico! Tres de los míos se quedan a escribir, ya muy distintos. Amigos que vuelven de unas vacaciones. Ebrios de experiencias, libertad, conocimiento.

Olivia, esperando…

Y Paul esto es el sumidero de los noocitos, no como NA…

Breve. Ya. ¡Año Nuevo! NOVA (Final texto 1126.39)

Heinz Paulsen-Fuchs leyó las palabras finales en el VDT y arqueó las cejas.

Con las manos sobre ambos brazos de su sillón, miró el reloj de la pared.

1126.46

Miró hacia la doctora Schatz y se levantó.

—Abra la puerta —dijo. Ella se acercó al interruptor y abrió la puerta de la cámara de observación.

—No —dijo Paulsen-Fuchs—. La del laboratorio.

La doctora titubeó.

1126.52.

Se precipitó hacia la consola, la apartó sin ceremonias y accionó los tres interruptores en rápida sucesión, insistiendo sobre el último.

1127.56.

La escotilla de tres capas sucesivas inició su parsimonioso corrimiento.

—Herr Paulsen-Fuchs…

Se introdujo por la estrecha abertura, en el área de aislamiento exterior, todavía fría por el vacío inducido, hacia el área de alta presión —los oídos le zumbaban—, y finalmente estaba en la cámara interna.

1129.32.

La habitación se inundó de llamas. Paulsen-Fuchs pensó por un momento que la doctora Schatz había accionado algún misterioso sistema de emergencia, que había soltado a la muerte en la cámara.

Pero no era así.

1129.56.

El fuego se extinguió, dejando un olor a ozono y algo como una lente que se retorcía en el aire sobre el camastro.

El camastro estaba vacío.

1130.00.

44

Suzy sintió náuseas y dejó caer el plato.

—¿Ya? —preguntó al aire vacío. Se arrebujó más en la manta—. Kenny, Howard, ¿ha llegado el momento? ¿Cary?

Estaba en medio de un círculo de arena lisa, con el cilindro gris de la comida a su espalda. El sol se movía en círculos irregulares y el aire parecía brillar. Cary le había dicho la noche antes lo que iba a pasar, mientras dormía; le había dicho tanto como ella podía entender.

—¿Cary? ¿Madre? La manta se tensó.

—¡No os vayáis! —gritó. El aire se tornó cálido de nuevo y el cielo parecía cubierto de un viejo barniz. Las nubes se igualaron en untuosos hilachos y el viento se levantó, pasando entre el montículo cubierto de pilares a un lado de la arena y el poliedro anguloso del otro extremo. Las prolongaciones del poliedro tenían un brillo azul y se estremecían. El poliedro se seccionó en cuñas triangulares; la luz salía de la superficie de las cuñas, roja como lava ardiente.

—Es esto, ¿verdad? —preguntó, llorando. Había visto tantas cosas en sueños la pasada semana, había pasado tanto tiempo con ellos, que ahora no discernía bien la realidad de lo que no lo era.

—¡Respondedme!

La manta se estremeció y se elevó sobre su cabeza. Formando una especie de capucha, se cerró sobre su barbilla y cubrió su frente de una lámina, blanca y translúcida. Luego creció alrededor de sus dedos y formó guantes, bajó hasta sus piernas y pies, envolviéndola bien pero permitiéndole moverse con tanta libertad como antes.

El aire tenía un olor dulzón a barnices, frutas, flores. Luego a pan caliente y recién hecho. La manta se ciñó sobre su cara y ella intentó arañarla con los dedos.

Rodó por el suelo hasta que la voz que oía en sus oídos le dijo que se detuviera.

Se quedó tendida en medio de la arena mirando hacia lo alto a través de la transparencia.

—Estáte quieta… Estáte tranquila. —Era la voz de su madre, firme pero amable—. Te has portado como una chica muy voluntariosa —dijo la voz—, y has rehusado todo lo que te hemos ofrecido. Bien, yo quizá hubiera hecho lo mismo.

«Ahora pregunto una vez más, y responde de prisa. ¿Quieres venir con nosotros?

—¿Moriré si no lo hago? —preguntó Suzy, con la voz ahogada por la manta.

—No. Pero estarás sola. Ninguno de nosotros va a quedarse.

—¡Se os llevan!

—Lo que Cary dijo. ¿Le escuchaste, nenita? —ahora era Kenneth. Se esforzó por liberarse de la manta.

—No me abandonéis. Entonces, ven con nosotros.

—¡No! ¡No puedo!

—No queda tiempo, nenita. La última oportunidad.

El cielo era cálido, de un tono amarillo anaranjado, y las nubes se habían estrechado hasta convertirse en hilos enmarañados.

—Madre, ¿se está a salvo? ¿Tendré miedo?

—Se está a salvo. Ven con nosotros, Suzy. Su lengua estaba paralizada, pero su mente parecía ir a estallar.

—No —pensó.

Las voces cesaron. Durante un rato sólo vio líneas que pasaban veloces, de color rojo y verde, y le dolía la cabeza, y sentía ganas de vomitar.

El cielo brillaba allá arriba. La arena se contraía a sus pies, la superficie se alborotaba y cuarteaba.

Y, en un confuso momento, ella estaba en dos sitios a la vez. Estaba con ellos — e la habían llevado, e incluso ahora podía hablar con su madre y hermanos, y con Cary y sus amigos…

Y estaba sobre la movediza arena, rodeada de los temblorosos vestigios del montículo de los pilares y del picudo poliedro. Las estructuras se desmoronaban, como si estuvieran hechas de arena de la playa, que al secarse se desploman al sol.

Luego la sensación pasó. Ya no sentía náuseas. El cielo era azul, aunque algunas de sus partes hacían daño a la vista.

La manta cayó al suelo y se hizo indistinguible del polvo y de la arena.

Se puso en pie y se sacudió la tierra.

La isla de Manhattan estaba tan plana y vacía como una gran llanura. Hacia el sur, las nubes grises se espesaban y oscurecían. Se dio la vuelta. En el lugar donde había estado el cilindro yacían ahora docenas de cajas llenas de latas de conserva variadas. Sobre la caja más cercana, encontró un abrelatas.

—Piensan en todo —dijo Suzy McKenzie.

A los pocos minutos, la lluvia empezó a caer.

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