INTRODUCCIÓN — LAS CRÓNICAS DE McANDREW

Los escritores, lectores y críticos de ciencia ficción solemos fracasar a la hora de definir correctamente el género. No obstante, todos coincidimos en que existe una particular rama que se suele denominar «ciencia ficción hará». Los adeptos a esta variante opinan que es la única subdivisión que justifica la palabra «ciencia» en la ciencia ficción, y que todo lo demás es mera fantasía. Y para describir esta especialidad emplean adjetivos como «auténtica», «científicamente correcta», «extrapolativa» o «ingeniosa». A quienes no les gusta, les parece pesada y aburrida, y la describen como «desprovista de personajes», «mecánica», «puros artefactos», o «cohetes y pistolas de rayos». Hay quienes no soportan la ciencia ficción hard… y hay quienes no saben leer otra cosa.

La ciencia ficción hard puede definirse de modos muy diversos. Mi definición favorita es de corte operativo: si uno puede suprimir de un relato la ciencia y la especulación científica sin perjudicarlo mucho, no es ciencia ficción hard. Otra definición popular que no me gusta tanto es ésta: en un relato de ciencia ficción hard, las técnicas científicas de observación, análisis, teoría lógica y ensayos experimentales deben emplearse indistintamente de dónde o cuándo transcurra la escena. El problema que encuentro a esta definición es que, de aceptarla, muchos relatos de misterio se incluirían en el género de la ciencia ficción hard.

Sea cual sea la definición correcta, no suele haber dificultad a la hora de decidir si un libro es o no de ciencia ficción hard. Y si bien un escritor nunca sabe bien qué ha escrito en un libro, y los lectores a menudo extraen cosas que nunca fueron incluidas conscientemente, creo sin lugar a dudas que el libro que tienen entre las manos es de ciencia ficción hard. Espero que, sobre todo, sea leído como tal. Siendo así, asumo una especial responsabilidad para con el lector, que deriva de mis primeras experiencias con la ciencia ficción.

Descubrí el género por mí mismo siendo adolescente (como casi todo el mundo que conozco: en la escuela nos torturaban con Wordsworth y Bunyan, mientras Clarke y Heinlein eran placeres privados para después de clase). Lo que sabía de ciencia auténtica era muy poco; así, devoraba todo lo que caía en mis manos y luego regurgitaba a mis amigos todo aquello que las revistas de ciencia ficción etiquetaban de «científico». Eso no tardó en forjarme una reputación de persona avezada en teorías y datos, muchos de ellos erróneos, y otros decididamente insólitos. Los escritores no se molestaban en distinguir las teorías científicas, que tomaban prestadas, de las originales especulaciones nada sistemáticas que inventaban en sus relatos. Yo tampoco.

Lo sabía todo sobre los canales de Marte, los estanques de polvo de la Luna, las ciénagas de Venus, la propulsión de Dean, la dianética, y la máquina de Hieronymus. Creía que el hombre estaba más emparentado con el cerdo que con el mono; que los átomos eran sistemas solares en miniatura; que uno podía lanzar un hombre a la Luna con un cañón (creencia que no subsistió a mi primer semestre de Dinámica); que la glándula pineal era sin duda un rudimentario tercer eje y probablemente el asiento de las facultades paranormales; que los experimentos de Rhine en la Universidad Duke habían hecho de la telepatía una rama incuestionable de la ciencia moderna; que con un poco de ingenio y algunas piezas electrónicas uno podía construir en el jardín trasero de su casa una nave espacial para llegar a la Luna; y que, por muchas razas extrañas que hubiese dispersas por toda la galaxia, los humanos siempre serían la especie más inteligente, maravillosa y mejor dotada del universo.

Esto último tal vez sea verdad. Como había señalado Pogo tiempo atrás, verdadero o falso, en ambos sentidos es un juicio sumamente sensato.

Lo que necesitaba era un resumen sintetizado, una «chuleta» oficial. En el colegio las había sobre las obras de Shakespeare. Eran pequeños resúmenes sorprendentemente buenos que perfilaban el argumento, decían quién hacía qué y por qué, y hasta nos informaban exactamente en qué pensaba Shakespeare cuando escribió la obra. Si no decían qué había almorzado ese día era sólo porque esa pregunta nunca aparecía en los exámenes.

En aquel entonces no lo sabía, pero lo que me faltaba eran las «chuletas». De haber tenido la información equivalente respecto a la ciencia ficción, no habría asegurado a mis amigos (como hice) que los cerebros de los robots industriales funcionaban con positrones, que los libros de Dirac y Blackett nos conducirían a una propulsión más rápida que la luz, o que en los cuadernos de Leonardo da Vinci estaban todos los detalles necesarios para construir un cohete capaz de volar hasta la Luna.

Como ya dijo Mark Twain, lo que produce problemas no es lo que no sabemos, sino lo que sabemos que no es así( ). Por eso este libro viene con «chuleta» incluida. El Apéndice elucida la ciencia real, que se basa en las teorías de hoy y es coherente con ellas (aunque tal vez no con las de mañana), y la separa de la «ciencia» que he inventado en estos relatos. He intentado trazar una clara línea divisoria, en el umbral donde los hechos se detienen para dejar paso a la ficción. Pero incluso el material inventado pretende ser coherente con lo que hoy se conoce, y partir de la ciencia actual. No contradice las teorías vigentes, si bien no encontrarán ningún trabajo sobre él en el Physical Review ni en el Astrophysical Journal.

Es decir, aún no. Pero dentro de unos años… ¿quién sabe?


CHARLES SHEFFIELD,

noviembre de 1982.

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