C.J. Cherryh El orgullo de Chanur

1

Algo había estado merodeando durante toda la mañana por el muelle de la estación, escondiéndose entre las cintas de transporte y los recipientes que esperaban a ser cargados, acechando protegido por las sombras que cubrían las rampas de acceso a la multitud de navíos que llenaban el muelle en Punto de Encuentro. Por lo poco que del intruso que habían podido ver las tripulantes del Orgullo de Chanur, iba desnudo, era de piel pálida y parecía medio muerto de hambre. Evidentemente, nadie había informado a las autoridades de la estación y, aún menos, nadie de la Orgullo. Entrometerse en los asuntos de los demás no resultaba demasiado aconsejable en la Estación Punto de Encuentro, lugar en el que varias especies comerciaban y se aprovisionaban… al menos, no hasta que a uno le molestaran personalmente. Fuera lo que fuere, el intruso era un bípedo vertebrado capaz de esfumarse con gran rapidez. Lo más seguro era que se le hubiera escapado a alguien y muy probablemente ese alguien sería un kif, cuyos ágiles dedos de ladrones andaban metiéndose en todo y no consideraban el secuestro como algo indigno de ellos. O quizá se tratara de algún animal exótico de gran tamaño: los mahendo’sat tenían tendencia a mantener extrañas mascotas, así como a comerciar con ellas, y la estación había tenido disgustos con ellos sobre tal asunto en más de una ocasión. De momento no había hecho nada ni cometido robo alguno y nadie deseaba meterse en el complejo juego de las preguntas y respuestas que surgiría entre sus propietarios originales y las autoridades de la estación. Por el momento las autoridades no habían hecho ninguna declaración oficial y ningún navío había denunciado su pérdida, lo que ya era un buen argumento para disuadir a toda persona inteligente de que fuera haciendo preguntas al respecto. La tripulación informó del asunto solamente a la capitana y expulsó por dos veces al intruso del área de embarque de la Orgullo, volviendo luego a sus tareas y considerando que se habían ocupado debidamente del estorbo.

Mientras, la distinguida y noble capitana Pyanfar Chanur se disponía a bajar por la rampa de su nave hacia los muelles y el intruso ocupaba el último lugar por orden de importancia en sus pensamientos. La capitana era hani y poseía una espléndida melena rojo dorada que se prolongaba en una barba de sedosos rizos hasta la mitad de su pecho, cubierto de un suave pelaje. Su atuendo era el conveniente a una hani de su rango: pantalones anchos de color escarlata recogidos por un cinturón dorado al que guarnecía una generosa cantidad de cordones de seda cuyas tonalidades recorrían toda la gama del rojo y del naranja. De cada cordón colgaba una joya y los pantalones terminaban a la altura de las rodillas en una banda de oro. Llevaba un brazalete de oro delicadamente labrado y la velluda curva de su oreja izquierda iba adornada con una hilera de finos anillos de oro y un gran pendiente con una perla. Bajó por la rampa con el paso seguro de la propietaria, aún algo encendida la sangre a causa de una disputa anterior con su sobrina… y se detuvo, lanzando un chillido y sacando las garras, al toparse con el intruso.

Su primer golpe, fruto de la sorpresa, habría dejado algo aturdido a un hani, pero la piel sin vello del intruso se desgarró como si fuera de papel y éste, más alto que ella, la rebasó tambaleándose. Dio la vuelta en el final de la rampa curvada y, patinando a causa del impulso de su carrera, se coló de un salto en la nave, dejando sangre a su paso y marcando con la huella de una mano ensangrentada la blanca pared de plástico.

Pyanfar, boquiabierta y más que enfadada, se lanzó tras él arañando con las garras las placas del suelo para no patinar.

—¡Hilfy! —gritó a plena potencia. Hilfy, su sobrina, estaba antes en el pasillo inferior. Pyanfar llegó hasta la esclusa y, con un golpe brusco en el panel de comunicaciones, se puso en contacto con todos los puestos de la nave—. ¡Alerta! ¡Hilfy! ¡Llamada a toda la tripulación! Algo se ha metido en la nave. Enciérrate en el compartimiento más cercano y llama a la tripulación.

Abrió con un golpe seco el panel que había junto a la unidad de comunicaciones, agarró una pistola y partió a la caza del intruso. El seguirlo no era ningún problema, dado el rastro de manchas rojas que había dejado en el blanco suelo. El rastro torcía a la izquierda en la primera encrucijada de corredores, y no se veía a nadie: el intruso debía de haberse desviado nuevamente a la izquierda, siguiendo la forma del cuadrado de pasillos que circundaba las cubiertas de los ascensores. Pyanfar siguió corriendo y oyó un grito procedente de esa intersección de corredores. Apretó el paso; ¡Hilfy! Rebasó la esquina a toda velocidad y frenó de golpe para encontrarse con la imagen, como congelada, del intruso con su espalda lampiña por la que corrían riachuelos rojizos y de Hilfy Chanur, defendiendo el corredor vacío sin más armas que sus garras y su osadía de adolescente.

—¡Idiota! —le dijo Pyanfar a Hilfy con un bufido y el intruso se volvió como un rayo hacia ella. Ahora lo tenía mucho más cerca que antes: su cuerpo se quedó encogido, como a punto de saltar, al ver el arma que Pyanfar sostenía con las dos manos apuntándole. Quizá fuera lo bastante inteligente como para no arremeter contra un arma; quizá… pero eso le haría revolverse contra Hilfy, que seguía inmóvil y desarmada detrás del intruso. Pyanfar se dispuso a hacer fuego al menor movimiento de éste.

El intruso seguía agazapado, el cuerpo tenso, jadeando a causa de la carrera y sus heridas.

—Sal de ahí —le dijo Pyanfar a Hilfy—, retrocede.

El intruso había trabado ya conocimiento con las garras hani y ahora acababa de conocer sus armas, pero sus acciones seguían siendo imprevisibles. Hilfy, un manchón confuso en el límite de su campo visual, centrado por completo en el intruso, permanecía tozudamente inmóvil.

—¡Muévete! —gritó Pyanfar.

Y el intruso gritó igualmente, con un rugido que a punto estuvo de ganarle un disparo. Con el cuerpo ya erguido, se llevó la mano por dos veces al pecho en un gesto desafiante. ¡Venga, dispara!, parecía invitarle.

Eso intrigó a Pyanfar. El intruso no era nada atractivo: una revuelta melena dorada, barba del mismo color y un poco de vello en el pecho, tan escaso que casi resultaba invisible, bajando en una línea decreciente hasta su vientre que subía y bajaba velozmente impulsado por sus jadeos y desvaneciéndose por fin en lo que indudablemente era tela, aunque reducida a tal estado de harapo como para ser casi inexistente y tan ennegrecida por la suciedad que apenas se la distinguía de su piel lampiña. El olor del intruso era agrio pero…

Ese modo de comportarse, la invitación al enemigo hecha por sus ojos llameantes… sí, eso merecía ser meditado. Conocía las armas; llevaba encima un pedazo de tela; sabía trazar su territorio y estaba decidido a defenderlo. Quizá fuera un macho: en sus ojos había esa expresión tozuda y atolondrada típica de ellos.

—¿Quién eres? —le preguntó Pyanfar, pronunciando lentamente las palabras y usando varios lenguajes en sucesión, incluyendo el kif. El intruso no dio señales de entender ninguno de ellos—. ¿Quién? —le repitió.

De pronto el intruso se agachó con una mueca huraña hasta tocar el suelo y con un dedo, provisto de una gruesa uña, empezó a escribir con su propia sangre, profusamente esparcida alrededor de sus pies descalzos. Trazó una hilera de símbolos, diez en total, y luego otra que empezaba con el primer símbolo precedido por el segundo, luego el segundo con el segundo, el segundo con el tercero… escribía con gestos pacientes y cada vez más absortos en su tarea pese a los crecientes temblores de su mano, mojando el dedo en la sangre y escribiendo, como un loco incapaz de abandonar algo que ha empezado.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Hilfy, que no podía verlo dada su posición.

—Es un sistema de escritura, probablemente algún tipo de notación por cifras. No se trata de un animal, sobrina.

Al oír el intercambio de palabras el intruso alzó los ojos… y se levantó con una brusquedad que resultó excesiva después de su pérdida de sangre, Sus ojos se vidriaron y con una expresión desesperada el intruso se derrumbó sobre el charco de sangre y los signos que había trazado, resbalando sobre ellos cada vez que intentaba levantarse de nuevo.

—Llama a la tripulación —dijo Pyanfar con voz calmada, y esta vez Hilfy se apresuró a obedecerla. Pyanfar se quedó donde estaba, pistola en mano, hasta que Hilfy hubo desaparecido por el corredor y luego, asegurándose bien de que nadie la veía faltar de tal modo a su dignidad, se inclinó sobre el intruso dejando descansar el arma, aún agarrada con las dos manos, entre sus rodillas. El intruso seguía debatiéndose y finalmente logró apoyar su espalda ensangrentada en la pared, apretándose con el codo la herida del flanco de la que brotaba mayor cantidad de sangre. Aunque algo extraviados, sus ojos, de un azul claro, no parecían haber perdido el sentido de lo real y la observaban, cautelosos, con lo que en su situación parecía un cinismo irracional.

—¿Hablas kif? —le preguntó de nuevo Pyanfar. Un fugaz centelleo en sus ojos, lo cual podía significar cualquier cosa, pero ni una palabra. Su cuerpo empezó a temblar violentamente con los primeros efectos de un shock por hemorragia. Su piel carente de vello se estaba cubriendo de sudor, Pero el intruso no apartaba los ojos de ella.

Ruido de pasos en los corredores. Pyanfar se incorporó rápidamente, no deseando que nadie le viera en tal posición junto al intruso. Hilfy apareció por un pasillo a toda velocidad y en dirección opuesta, al mismo tiempo, llegó la tripulación. Pyanfar se apartó unos pasos al verlas y el intruso intentó moverse sin demasiado éxito. Varias manos se apoderaron de él rápidamente y lo arrastraron sobre el charco de sangre. Lanzó un grito, intentando luchar, pero no tardaron en darle la vuelta y aturdirle de un golpe.

—¡Con suavidad! —gritó Pyanfar, pero ya no era necesario, Le ataron los brazos a la espalda con un cinturón y luego otro le rodeó los tobillos, apartándose luego de él con el pelaje tan ensangrentado como el cuerpo del intruso, que seguía removiéndose lentamente—. No le hagáis más daño —dijo Pyanfar—. Lo quiero limpio, naturalmente. Dadle agua y comida y curadle, pero que esté bien encerrado. Id preparando alguna explicación de cómo logró darse de bruces conmigo en la rampa y si alguien habla de esto fuera de la nave, aunque sólo sea una palabra, me encargaré de venderla a los kif.

—Capitana… —murmuraron, agachando las orejas en deferencia. Eran sus primas en segundo y tercer grado: dos parejas de hermanas, una grande y una pequeña, y las cuatro estaban igualmente apenadas.

—¡Fuera! —les dijo. Cogieron al intruso por el cinturón que le ataba los brazos y se dispusieron a llevárselo a rastras—. ¡Con cuidado! —siseó Pyanfar, y su transporte fue algo menos brusco—. Y tú… —le dijo después Pyanfar a Hilfy, la hija de su hermana, mientras que ésta agachaba las orejas y apartaba el rostro de corta melena en el que ya empezaba a despuntar la barba de una adolescente, con cierta expresión de mártir—. Si desobedeces otra orden mía te enviaré de vuelta a casa con la melena afeitada. ¿Me has entendido?

Hilfy le hizo una reverencia con el debido aire de contrición.

—Tía —le dijo, irguiendo de nuevo el cuerpo y logrando que el gesto fuera a la vez grácil y reposado en tanto que sus ojos se clavaban en los de ella con ofendida adoración.

—Bah… —dijo Pyanfar, Hilfy le hizo una segunda reverencia y se marchó caminando lo más silenciosamente posible. Sus pantalones azules eran iguales a los del resto de tripulantes pero su paso, orgulloso y grácil, era típico de Chanur y no resultaba todo lo ridículo que habría podido esperarse en una joven de su edad. Pyanfar resopló mientras se alisaba los sedosos rizos de la barba y luego sus ojos, más pensativos, se posaron en la mancha de sangre que el Extraño había dejado al caer, borrando así todo lo que había escrito a los ojos de la tripulación.

Vaya, vaya, vaya…

Pyanfar dejó para más tarde su viaje a las oficinas de la estación y volvió al centro de operaciones de la cubierta inferior. Una vez allí tomó asiento ante el tablero del ordenador, rodeada por la miríada de luces que indicaban el estado de la mercancía y las operaciones rutinarias de carga y mantenimiento que la Orgullo desempeñaba automática mente. Primero examinó los mensajes que estaban llegando y al no encontrar nada en ellos buscó en el registro que la, Orgullo mantenía con todos los mensajes recibidos desde el atraque, junto con todos los que habían pasado por el sistema de comunicaciones de la estación para otros destinatarios. En primer lugar examinó todo lo enviado o recibido por los kif y una rápida sucesión de líneas destelló en el monitor, con una trascripción de todo el parloteo implicado en las operaciones normales… en cantidades ingentes. Luego buscó algún aviso sobre un animal perdido y después el anuncio de que se hubiera escapado alguno.

¿Mahendo’sat?, preguntó luego, limitándose siempre a los registros que la nave mantenía con todos los mensajes recibidos, en los que entraba la amplia gama que fluye a cada momento en una estación atareada, y sin mandar nunca una pregunta directa al sistema de ordenadores de la estación. Recicló el último registro y lo hizo pasar a cegadora velocidad por el monitor, buscando alguna palabra clave sobre huidas o avisos de que hubiera algún extraño no identificado en Punto de Encuentro.

Bien… Así que todos mantenían la boca cerrada sobre el asunto.

Los propietarios no querían todavía reconocer públicamente la pérdida de su artículo y una Chanur no era tan imbécil como para anunciar públicamente que lo había encontrado, como tampoco para confiar en que los kif, o quienes lo hubieran perdido, fueran quienes fueren, no estuvieran en ese mismo instante revolviendo la estación de arriba abajo en una discreta búsqueda.

Pyanfar desconectó la máquina y movió las orejas, haciendo tintinear así los anillos de su lóbulo izquierdo, un ruido que siempre lograba relajarla. Se puso en pie y empezó a recorrer el centro de un extremo a otro, con las manos metidas en el cinturón y pensando en las alternativas y las ganancias posibles. Funesto sería el día, ciertamente, en que una Chanur acudiera a los kif para entregarles algo que había adquirido. Quizá pudiera reclamarlo justificando su acción mediante las responsabilidades legales que acarreaba la entrada sin autorización en una nave hani: riesgo público, eso sonaría bien. Pero no tenía ningún testigo de tal entrada que no perteneciera a la nave y los kif, que estaba casi segura eran los responsables de todo, no cederían sin plantear un litigio… lo cual significaba acudir a los tribunales y una prolongada proximidad con los kif, unos seres de piel grisácea y cubierta de pliegues que ella encontraba aborrecibles al igual que le resultaba insoportable su expresión acostumbrada de pena dolorida y las interminables jeremiadas sobre miserias e injusticias cometidas con ellos… no, insoportable. Una Chanur metida en la sala de un tribunal con una multitud de kif chillando a plena potencia… y quizá todo llegara a tales extremos si acudía un kif reclamando al intruso. El asunto resultaba indigerible en todas sus implicaciones.

Fuera lo que fuera y viniera de donde viniera, estaba claro que el intruso poseía una educación y eso a su vez sugería otras cosas, tales como imaginar la razón de que los kif no desearan darle ninguna publicidad a su búsqueda dado lo preocupados que estaban al haber perdido una de sus propiedades.

Pyanfar conectó uno de los comunicadores internos.

—Hilfy.

—¿Tía? —le contestó Hilfy un instante después.

—Averigua cómo se encuentra el intruso.

—Ahora mismo estoy viendo cómo le cuidan. Tía, creo que se trata de un macho, si es que existe alguna analogía entre su forma y…

—Olvida la zoología. ¿Está grave?

—Se encuentra algo conmocionado, pero yo diría que se encuentra mejor que hace un rato. La criatura… bueno, él… se tranquilizó bastante cuando logramos ponerle un poco de anestésico en las heridas. Creo que comprendió nuestra intención de ayudarle y entonces dejó de resistirse. Pensamos que la droga le había dejado inconsciente por completo y nos preocupó algo, pero ya respira mejor.

—Probablemente estará esperando una oportunidad de actuar. Cuando lo tengas a buen recaudo quiero que trabajes un turno en el muelle de carga, ya que tan ansiosa estabas de echarle una mirada al exterior. Las demás te enseñarán lo que debes hacer. Que Haral venga a la sala de operaciones de la cubierta inferior… ahora mismo.

—Sí, tía. —En la voz de Hilfy no había el menor rastro de mal humor ante sus órdenes. Los efectos de la última reprimenda aún no se habrían desvanecido. Pyanfar desconectó el comunicador y mató la espera escuchando el incesante parloteo de la estación, deseando en vano que algo de lo transmitido le aclarara el asunto.

Haral apareció sin tardanza, sudando a chorros, manchada de sangre y sin aliento. Hizo una leve reverencia en el umbral y luego volvió a erguirse. Era la más vieja de la tripulación y destacaba por su talla, además de por una cicatriz oscura que le cruzaba su ancha nariz y otra el vientre, recuerdos de una juventud más impetuosa.

—Límpiate —le dijo Pyanfar—. Luego coge algo de dinero y ve de compras, prima. Dedícate a los mercados de según da mano como si fueras por tu cuenta, Lo que deseo encontrar puede resultar difícil de adquirir, pero no creo que eso resulte imposible en un lugar como Punto de Encuentro: unos cuantos libros, entre ellos un vocabulario mahendo’sat y una versión de sus textos sagrados, el filósofo Kohbo-ranua o cualquier otro de su clase, eso me resulta completamente igual. Y también un traductor simbólico mahendo’sat, con módulos y manuales de elemental para arriba, todos los niveles que puedas encontrar. Eso lo quiero por encima de todo, el resto es una tapadera. Si alguien te pregunta al respecto, di que un cliente se interesa súbitamente en la religión.

Haral hizo otra reverencia aceptando las órdenes y no hizo ninguna pregunta. Pyanfar rebuscó en su bolsillo y acabó sacando una variopinta colección de monedas de valor medio tirando a alto.

—Y cuatro anillos de oro —añadió Pyanfar.

—¿Capitana?

—Para recordaros a todas que la Orgullo se ocupa en silencio de sus propios asuntos. Di exactamente eso cuando se los des: espero que os consuele un poco si nos vemos obligadas a prescindir de la juerga en la estación, cosa que bien puede ocurrir. Pero si hablas demasiado y despiertas alguna sospecha sobre esos artículos, Haral Araun, no tendrás oreja en que llevar el anillo.

Haral sonrió, haciendo una tercera reverencia.

—Vete —le dijo Pyanfar y Haral partió como una flecha, dispuesta a cumplir concienzudamente sus encargos.

Bueno. Era un riesgo, pero un riesgo menor. Pyanfar consideró las circunstancias durante un segundo y luego abandonó la sala de operaciones para seguir por el corredor donde estaba el ascensor al nivel central, el de sus aposentos. Una vez allí se lavaría, dejando atrás el pestilente olor a desinfectante que reinaba en la cubierta inferior.

Cerró la puerta detrás de ella con un suspiro, fue al baño y se lavó las manos, vigilando que no hubiera quedado ningún pedazo de carne en el interior de sus garras y comprobando luego sus magníficos pantalones de seda por si alguna gota de sangre los había manchado. Finalmente se aplicó un poco de colonia para eliminar el recuerdo de ese feo olor.

Estupidez. Se estaba volviendo más idiota que un stsho por no haber logrado reducir al intruso a la primera oportunidad; vieja era una palabra en la que prefería no pensar. Lentitud de reflejos, distracción: eso explicaba el que su golpe hubiera sido más propio de una adolescente en su primera salida que de ella. Pereza… sí, mejor aún. Se golpeó levemente su plano estómago y decidió que ya iba siendo hora de apretar otra vez el cinturón que lo sostenía, aflojado cómodamente a lo largo de todo un año. Estaba perdiendo la forma. Su hermano Kohan seguía conservándose muy bien a pesar de no abandonar el planeta y no poder disfrutar del tiempo suplementario que acarreaban los saltos. Las disputas entre machos y un par de hijos que echar de casa habían mantenido su sangre circulando y, normalmente, en la casa siempre había algún trío de compañeras con retoños a los que controlar. Ya iba siendo hora de que hiciera atracar la Orgullo en el muelle de Anuurn para una buena revisión a fondo y para dormir un poco junto a su compañero, Khym, en su residencia de las colinas Kahin, en las tierras de Mahn. Sí, oler el viento de su mundo natal durante unos meses, cazar un poco, hacer que el cinturón pudiera recuperar ese agujero suplementario que había cedido en los últimos tiempos. Vería a su hija Tahy y se enteraría de si ese hijo suyo todavía andaba a la ventura o si alguien se había encargado ya de romperle el cuello. Seguramente el chico habría tenido la cortesía normal de enviar un mensaje vía Khym o Kohan caso de haberse establecido en algún sitio y, aunque no se lo hubiera enviado a ella, por ningún motivo podía haber pasado por alto el mandárselo a su hija la cual, bien lo sabían los dioses, estaba haciéndose mayor y se ablandaba viviendo aún junto a su padre entre otras doce hijas, la mayor parte sin hermanos. Su hijo Kara tendría que establecerse, buscarse una esposa sin propiedades y darle a su hermana algún buen empleo que proporcionara grandes ganancias… sí, por encima de todo debía establecerse de una vez, dejando en paz a su padre y a su tío. Kara era ambicioso, desde luego, pero si el joven rufián intentaba hacerle alguna jugada a su tío Kohan esa jugada sería la última. Pyanfar flexionó las garras al pensarlo y recordó una vez más la razón de que todas sus estancias en el hogar fueran tan cortas.

Pero este asunto actual con el intruso que había entrado a bordo como polizón, quién sabe si de propiedad kif. El honorable señor Kohan Chanur, su hermano, tendría bastante que decir sobre el descuido con que se manejaba una nave permitiendo que un intruso tal alcanzara la cubierta. Y si Hilfy sufría algún daño entonces habría una auténtica revolución en la casa: Hilfy, que no tenía hermanos, que se había vuelto demasiado Chanur como para seguir a un hermano caso de que su madre llegara a darle uno; Hilfy Chanur par Faha, que deseaba las estrellas por encima de cualquier otra cosa y que se aferraba a su padre porque él era capaz de dárselas. Este viaje como aprendiz a bordo de la Orgullo representaba para ella la oportunidad que había esperado durante toda su vida. El pobre Kohan se había sentido muy dolorido al separarse de su favorita, y eso quedaba muy claro en la carta que había llegado con Hilfy.

Pyanfar meneó la cabeza, cada vez más inquieta. El que su tripulación de orejas peladas se quedara sin bajar a la estación por el asunto del intruso era una cosa, pero el llevar a Hilfy a su casa de Anuurn mientras se embarcaba en un pleito de importancia con los kif era otra, y muy distinta. El cambiar el trayecto de vuelta resultaba caro y, aún peor, el orgullo de Hilfy quedaría herido de muerte si ella fuera la causante de tal cambio. Si tenía que enfrentarse a sus hermanas después de haber vuelto tan repentinamente al hogar… Además, Pyanfar se vio obligada a confesarse que sentía afecto por la chiquilla pues ella deseaba lo mismo que Pyanfar a su edad y, después de todo, era muy probable que acabara mandando una nave Chanur algún día; quizás incluso (y que los dioses hicieran llegar bien tarde tal hora) la mismísima Orgullo. Pyanfar pensó en el legado que ello supondría… algún día, el día en que Kohan y ella llegaran a viejos. Había otros en la casa de Chanur que envidiaban a Hilfy y que aguardaban la menor ocasión para dar satisfacción a su envidia. Pero Hilfy era la mejor y la más brillante, igual que ella y que Kohan, y de momento nadie había logrado demostrar lo contrario. Fuera quien fuera el macho joven que lograra arrebatarle el cetro de los Chanur a Kohan en su vejez sería mejor que andará con cuidado y no hiciera enfadar a Hilfy, o quizás ella acabara encontrando un compañero capaz de arrancarle las orejas al entrometido. Así era Hilfy, leal a su padre y a su casa.

Y destruir ese espíritu o poner en peligro su vida a causa de ese Extraño harapiento no valía la pena. Pyanfar pensó que quizá debiera tragarse su orgullo y entregar al intruso, como si fuera un desperdicio, en la nave kif más próxima. Lo estuvo pensando seriamente, dado que escoger la nave equivocada podía acabar proporcionando una diversión de lo más animada. Los kif se subirían por las paredes y en la estación reinaría el caos. Pero entregar al intruso seguía resultándole, en el fondo, de lo más desagradable.

¡Dioses! De ese modo se proponía enseñarle a la joven Hilfy cómo manejar las dificultades, ¡ése era el ejemplo que le daba…! entregar lo que tenía porque creía peligroso conservarlo en su poder.

Estaba ablandándose. Se golpeó nuevamente el estómago y decidió que cuando acabara el viaje no habría permiso y menos aún romance y otra carnada nacida en Mahn para complicar las cosas. No habría retirada. Aspiró una honda bocanada de aire y sonrió, no de muy buena gana. La vejez se aproximaba y los jóvenes se hacían también viejos pero no lo suficiente, de eso cuidaban los dioses. Durante este viaje la joven Hilfy Chanur aprendería a justificar ese contoneo insolente con que recorría los pasillos de la nave… sí, realmente lo aprendería.

Imposible dejar la nave con tantas cosas por hacer. Pyanfar fue a la pequeña galería central ascendiendo por la curvatura de estribor y el puente, deteniéndose para tomar una taza de café del proveedor automático y sentándose en el mostrador que había junto al horno para saborearlo sin prisas, concediéndole a su tripulación el tiempo suficiente para vérselas con el Extraño. Una vez pasado ese tiempo les concedió aún algo más y finalmente arrojó la taza vacía en el esterilizador, se puso en pie y bajó nuevamente a cubierta, donde los corredores olían fuertemente a desinfectante. Allí encontró a Tirun, apoyada en la pared junto al lavabo de la cubierta inferior.

—¿Y bien? —le preguntó Pyanfar.

—Le hemos metido aquí, capitana. Es más fácil de limpiar, si le parece bien… Haral se fue. Chur, Geran y ker Hilfy están fuera encargándose de la mercancía. Pensé que alguna debería quedarse aquí junto a la puerta para asegurarse de que el intruso se encuentra bien.

Pyanfar puso la mano en el cerrojo y se detuvo para mirar a Tirun: la hermana de Haral, tan ancha y sólida como ella, con las bien ganadas cicatrices de la juventud y el oro de los viajes saldados con éxito brillando en su oreja izquierda. Las dos juntas serían capaces de manejar al Extraño fuera cual fuera su estado, pensó.

—¿Ha dado señales de salir de la conmoción?

—De momento está quieto: respiración agitada y no fija demasiado bien la vista… pero se da cuenta de lo que sucede a su alrededor. En los primeros momentos nos asustamos pensando en una reacción alérgica al medicamento, pero luego se fue calmando al ver que el dolor cesaba. Cuando lo llevábamos tuvimos mucho cuidado e intentamos hacerle entender que no deseábamos causarte daño. Quizá lo haya entendido. Lo metimos aquí, se quedó quieto y no hizo nada más… se movía cuando se lo indicábamos pero su pasividad no era resistencia, sino más bien como si hubiera dejado de pensar o de hacer lo que debía. Yo diría que está… desgastado o muy cansado, no sé.

—Ya —Pyanfar corrió el cerrojo. El oscuro interior del lavabo olía también a desinfectante, el más fuerte del que disponían a bordo. Las luces estaban muy bajas y la atmósfera, casi asfixiante, contenía un extraño olor enmascarado por la omnipresente pestilencia del desinfectante. En el primer vistazo no distinguió al intruso y sus ojos recorrieron ansiosamente la estancia para acabar localizándolo en un rincón, un confuso montón de mantas junto a la ducha… dormido o despierto, eso no podía decirlo, con la cabeza escondida bajo los brazos. Un gran recipiente de agua y un plato de plástico con algunos restos de carne y migajas se encontraban junto a él, sobre las baldosas del suelo. Bien, oirá vez. Después de todo, era carnívoro y no tan delicado si aún le quedaba apetito para comer algo, lo que parecía reducir su pretendida conmoción a un mero disimulo—. ¿Está atado?

—Tiene cadena suficiente como para ponerse en pie… si es que sabe hacerlo.

Pyanfar salió del lavabo y cerró nuevamente la puerta.

—Es muy probable que sepa hacerlo. Tirun, o es un ser inteligente o yo estoy ciega. No des por sentado que no sea capaz de operar los controles de la puerta. Nadie debe entrar ahí sin ir acompañada y no quiero que nadie lleve armas cerca de él. Transmite la orden a las demás personalmente. También a Hilfy. Especialmente a Hilfy.

—Sí, capitana. —El ancho rostro de Tirun parecía totalmente inocente y sin la menor opinión propia. Sólo los dioses sabían lo que podían hacer con el intruso si lo conservaban a bordo, pero Tirun no hizo ninguna pregunta al respecto. Pyanfar se marchó, meditando en la escena que había presenciado tras la puerta del lavabo, el engañoso montón de mantas, el alimento consumido aparentemente con tan saludable apetito, la conmoción fingida… No, el intruso que por dos veces había puesto a prueba la seguridad de la nave y había logrado entrar en ella a la tercera vez, no era ningún estúpido. ¿Por qué la Orgullo?, se preguntó, ¿por qué su nave entre todas las del muelle? ¿Porque eran los últimos en la sección, antes de que el gran mamparo de la esclusa exterior pudiera obligar al intruso a salir al descubierto, y de ese modo resultaban ser su única oportunidad a mano? ¿O había acaso alguna otra razón?

Recorrió el pasillo hasta la compuerta y luego tomó por la rampa, a lo largo de cuya curvatura soplaba el aire frío de los muelles de carga. Al salir miró a la izquierda y vio a Hilfy, cargando recipientes con Chur y Geran, haciendo rodar los grandes cilindros fuera de la plataforma del vehículo de la estación hasta la cinta transportadora que llevaría las mercancías a las bodegas de la Orgullo. Esas mercancías por las que cobraban, las que iban a Urtur, Kura y Touin, algunas incluso hasta Anuurn: mercancías stsho, artículos de lujo, telas, medicinas… nada fuera de lo corriente. Hilfy se detuvo un instante al verla, jadeando a causa del esfuerzo y pareciendo ya al borde del desmayo, pero irguiendo el cuerpo con las manos a los costados y las orejas gachas, el vientre agitándose con su respiración laboriosa. Mover los recipientes era un trabajo duro, especialmente para quien no estuviera acostumbrada a ello y careciera de la habilidad que, por ejemplo, tenían Chur y Geran. Ellas dos, de baja estatura y cuerpo nervudo, seguían trabajando sin parar, conociendo exactamente cuáles eran los puntos de equilibrio del recipiente. Pyanfar fingió no ver a su sobrina y se alejó a grandes zancadas, con aire despreocupado y sonriendo interiormente. Hilfy debía estar muy indignada al ver que no se le dejaba ir al mercado de la estación y que le era imposible vagar sin escolta por la Estación Punto de Encuentro, a la cual acudía por primera vez, un lugar al que llegaban especies nunca vistas en su mundo natal… También en Urtur y Kura se había perdido espectáculos similares, ya fuera por estar trabajando en la nave o porque no se le había permitido alejarse del punto de atraque. La chiquilla estaba demasiado llena de entusiasmo pero al menos ese día había conseguido echarle una mirada a los famosos muelles de Punto de Encuentro, algo que había pedido más de una vez, aunque no hubiera podido permitirse la excursión turística planeada por su joven imaginación.

La próxima vez, pensó Pyanfar… quizás entonces su sobrina habría aprendido lo suficiente como para dejarla vagar sin escolta, cuando ese salvaje entusiasmo se hubiera embotado un poco y hubiera sacado del incidente actual la lección de que el muelle era un lugar peligroso y que incluso en el puerto más amistoso un poco de cautela nunca estaba de más.

En cuanto a ella, Pyanfar escogió la ruta más directa, aunque vigilando siempre lo que la rodeaba.

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