SEGUNDA PARTE: Una misión

IX

Si pasas la noche durmiendo junto a una cabeza llena de imágenes se produce una especie de osmosis y acabas compartiendo alguna de sus imágenes, o eso pensaba él. Por aquel entonces pensaba mucho; quizá más de lo que lo había hecho en ningún otro momento de su vida, o quizá fuese que era más consciente del proceso y de la identidad básica que existe entre el pensamiento y el tiempo que transcurre. A veces tenía la sensación de que cada instante que pasaba junto a ella era una cápsula de sensaciones carentes de precio que debía ser envuelta con mucha ternura para guardarla cuidadosamente en un lugar inviolable alejado de cuanto pudiera hacerle daño.

Pero sólo llegó a ser plenamente consciente de eso más tarde, y por aquel entonces aún no lo sabía. Cuando se hallaba a su lado creía que sólo había una cosa de la que estuviera lleno, y esa cosa era su presencia.

Solía contemplar su rostro dormido bañado por los primeros rayos de sol que atravesaban los ventanales de aquella casa que no era la suya, y observaba su piel, sus cabellos y su boca entreabierta fascinado por aquella inmovilidad tan llena de vida, tan aturdido por el mero hecho físico de su existencia como si ella fuese una especie de estrella viviente que dormía sin tener ni idea del poder incandescente que encerraba. La facilidad con que conciliaba el sueño y la despreocupación con que se entregaba a él nunca dejaban de asombrarle. No podía creer que una belleza semejante fuera capaz de sobrevivir sin algún esfuerzo consciente de una intensidad casi sobrehumana.

Cada mañana pasaba un buen rato inmóvil en la cama observándola y escuchando los sonidos de la brisa y los crujidos casi imperceptibles con que la casa respondía a las ráfagas de viento. La casa le gustaba cada vez más. Le parecía cómoda, y… No, era algo más que mera comodidad. La casa y él parecían encajar de una forma misteriosa, aunque sabía que en circunstancias normales la habría odiado y no habría podido vivir en ella.

Pero su situación actual le permitía apreciar todo lo que tenía de bueno y verla como una especie de símbolo. Abierta y cerrada, débil y fuerte, exterior e interior… Cuando la vio por primera vez pensó que cualquier tormenta un poco fuerte bastaría para acabar con ella, pero al parecer aquellas casas rara vez se derrumbaban. Las tormentas no eran muy frecuentes y cuando llegaban la gente se refugiaba en el centro de la estructura y se acurrucaba alrededor del fuego dejando que las capas de distinto grosor que les servían de protección temblaran y oscilaran sobre sus postes erosionando gradualmente la fuerza del viento para proporcionarles un núcleo de calma en el que se estaba a salvo.

Aun así —y se lo había dicho cuando vio la casa por primera vez desde el camino desierto que llevaba al océano—, podía arder con mucha facilidad y su situación aislada en pleno centro de la nada podía atraer a los ladrones. (Ella le miró como si pensara que se había vuelto loco, pero acabó besándole.)

Esa vulnerabilidad le intrigaba y le preocupaba. Era un aspecto en el que la casa y ella se parecían mucho, y en el caso de ella influía tanto sobre su realidad de mujer como sobre su poesía. Sospechaba que era muy similar a sus imágenes favoritas, a los símbolos y metáforas que utilizaba en los poemas que tanto le gustaba oírle leer en voz alta pero que nunca lograba entender del todo (había demasiadas alusiones culturales, y también estaba ese lenguaje sorprendente que aún no había logrado dominar del todo. Seguía usando las palabras que no debía, y sus errores siempre la hacían reír). Su relación física le parecía más completa y, al mismo tiempo, más desafiantemente compleja que cualquiera de las relaciones similares que había conocido. La paradoja de que la encarnación más física del amor y el ataque personal fueran una y la misma cosa seguía molestándole, y había momentos en los que casi llegaba a producirle un auténtico malestar físico, como cuando luchaba por comprender las afirmaciones y promesas que podían hallarse implícitas en el seno de la alegría y el placer físico de que estaba disfrutando.

El sexo era una infracción, un ataque y una invasión, y no lograba verlo de otra forma. Por muy mágico e intensamente disfrutado o voluntariamente llevado a cabo que pudiera parecer, cada acto llevaba dentro de él un acorde oculto de codicia y rapacidad. La poseía, y aunque ella pudiera salir beneficiada en términos de placer provocado y en el amor cada vez más grande que él le profesaba, seguía siendo la que sufría aquel acto que se había desarrollado dentro de ella y con ella como objeto. Era consciente de lo absurdo que resultaría el llevar demasiado lejos la comparación entre el amor y la guerra; y había tenido que soportar la risa y bastantes momentos incómodos por haber intentado explicarla («Zakalwe —decía ella cuando intentaba hablarle de esos temas—, veo que tienes serios problemas personales…» Después sonreía, le contemplaba envuelta en la negra nube de su cabellera y deslizaba sus frescos y esbeltos dedos alrededor de su cuello), pero los sentimientos, los actos y la estructura de una y otra actividad le parecían tan próximas y tan evidentemente emparentadas que una reacción semejante sólo servía para aumentar todavía más la confusión que llevaba dentro.

Pero intentaba que eso no le molestara demasiado, y después de todo siempre le quedaba la posibilidad de mirarla y envolverse en la adoración que sentía hacia ella —una sensación que resultaba tan intensa y tangible como la de ponerse un abrigo cuando hacía frío—, y podía ver su vida y su cuerpo, sus estados de ánimo, expresiones, palabras y movimientos igual que si formaran un campo de una cohesión perfecta en el que podía sumergirse como si fuese un erudito que acaba de encontrar el tema de estudio que le mantendrá ocupado durante el resto de su existencia.

(Una vocecita perdida en las profundidades de su cabeza solía decirle que eso se acercaba más a la verdad. «Sí, se supone que debe de ser así porque te permite olvidarte de todo lo demás. La culpabilidad, los secretos y las mentiras; el navío, la silla y el otro hombre… Ahora puedes olvidarte de todo eso, ¿verdad?» Pero él siempre intentaba no escuchar esa vocecita.)


* * *

Se conocieron en un bar del puerto. El acababa de entrar y pensó que sería mejor asegurarse de que sus licores eran tan buenos como le habían dicho. Ella estaba sentada en la oscuridad del reservado contiguo, e intentaba librarse de un hombre.

—Me estás diciendo que nada dura eternamente —oyó que protestaba el hombre con voz quejumbrosa.

«Bueno —pensó—, eso no es ninguna novedad…»

—No —oyó que replicaba ella—. Te estoy diciendo que salvo poquísimas excepciones nada dura eternamente, y no hay ninguna obra o pensamiento del hombre que se encuentre entre esas excepciones.

La mujer siguió hablando, pero él no la escuchó. «Eso está mucho mejor —pensó—. Me gusta… Parece interesante. Me pregunto qué aspecto tendrá…»

Sacó la cabeza del reservado y les echó un vistazo. El hombre estaba llorando, y la mujer… Bueno, tenía una cabellera muy abundante y un rostro de los que no se olvidan con facilidad, con unos rasgos tan marcados que casi resultaban agresivos. Su cuerpo no estaba nada mal, y era bastante joven.

—Lo siento —dijo—, pero… Sólo quería hacer una pequeña observación, y es que la frase «Nada dura eternamente» puede ser una afirmación…, bueno, por lo menos hay algunos idiomas en que lo es…

Apenas hubo pronunciado esas palabras le pasó por la cabeza que en su idioma no lo era. Aquella gente tenía varios términos para referirse a las distintas clases de nada. Sonrió, se refugió en la penumbra de su reservado sintiéndose repentinamente incómodo y lanzó una mirada de acusación a la copa de licor que tenía delante. Después se encogió de hombros y pulsó el timbre para llamar al camarero.

Oyó gritos en el reservado contiguo, el ruido de algo que caía al suelo y un chillido ahogado. Alzó la cabeza y vio al hombre yendo rápidamente hacia la puerta del bar y saliendo por ella. Parecía muy enfadado.

La chica se materializó junto a él. Estaba empapada.

Alzó los ojos hacia su rostro y vio que estaba mojado. La chica empezó a secárselo con un pañuelo.

—Gracias por su contribución —dijo con voz gélida—. Estaba logrando llevar el asunto a una conclusión más o menos tranquila y educada hasta que usted se entrometió.

—Lo lamento muchísimo —dijo él, pero no lo lamentaba en lo más mínimo.

La chica hizo una bola con el pañuelo y lo estrujó sobre su copa. El líquido goteó de la tela y se mezcló con el licor.

—Hmmm —dijo él—, qué detalle por su parte… —Movió la cabeza señalando las manchas oscuras esparcidas sobre su chaqueta gris—. ¿Son de su bebida o de la de él?

—De ambas —dijo ella.

Dobló cuidadosamente el pañuelo y se dispuso a darle la espalda.

—Le ruego que me permita invitarla a beber algo.

La chica vaciló, y el camarero escogió ese preciso instante para venir hacia su mesa. «Es un buen presagio», pensó él.

—Ah —dijo volviendo la cabeza hacia el camarero—. Tomaré otro…, lo que sea que he estado bebiendo, y para esta señora…

Ella bajó la vista hacia su copa.

—Tomaré lo mismo —dijo, y se sentó delante de él.

—Considérelo como una…, una indemnización —dijo él buscando la palabra en el vocabulario que le habían implantado antes de su llegada.

La chica puso cara de perplejidad.

—«Indemnización»… Ya no me acordaba de esa palabra. Tiene algo que ver con la guerra o con hacer daño a otra persona, ¿verdad?

—Sí —dijo él, y ahogó un eructo llevándose una mano a los labios—. Es algo así como… ¿una compensación por los daños causados?

La chica meneó la cabeza.

—Su vocabulario me parece maravillosamente enigmático, pero su gramática resulta de lo más extraño.

—No soy de aquí —dijo él como sin darle importancia.

Era cierto. El resto de su vida había transcurrido a una distancia mínima de cien años luz de aquel lugar.

—Shias Engin —dijo ella asintiendo con la cabeza—. Escribo poemas.

—¿Se dedica a la poesía? —preguntó él, muy complacido—. La gente que escribe poesía siempre me ha fascinado. Hace tiempo intenté escribir poemas.

—Sí —dijo ella, y le lanzó una mirada algo recelosa—. A veces sospecho que todo el mundo lo ha intentado. Y usted es…

—Cheradenine Zakalwe. Me gano la vida luchando en las guerras.

La chica sonrió.

—Hace trescientos años que no hay ninguna guerra… ¿Aún se acuerda del oficio?

—Sí… Aburrido, ¿verdad?

La chica se reclinó en el asiento y se quitó la chaqueta.

—¿Viene de muy lejos, señor Zakalwe?

—Oh, vaya… Lo ha adivinado. —Puso cara de abatimiento—. Sí, soy un alienígena. Ah, gracias.

El camarero acababa de traerles lo que habían pedido. Cogió las copas y le pasó una a la joven.

—Tiene un aspecto extraño —dijo ella después de observarle en silencio durante unos momentos.

—«¿Extraño?» —dijo él en un tono de voz algo indignado.

La joven se encogió de hombros.

—Distinto. —Tomó un sorbo de su copa—. Pero no mucho… —Se inclinó hacia adelante y apoyó los codos sobre la mesa—. ¿Por qué es tan similar a nosotros? Sé que no todos los alienígenas son humanoides, pero hay muchos que sí lo son. ¿Por qué?

—Bueno —dijo él, y volvió a llevarse una mano a la boca—. Intentaré explicárselo… —Eructó—. Las nubes de polvo y la sustancia libre de la galaxia son…, son lo que la alimenta, y su alimento es considerablemente difícil de digerir. Ésa es la razón de que haya tantas especies humanoides. La última cena de las nebulosas no les sentó demasiado bien, y aún no han conseguido librarse del regusto que les dejó en la boca.

La chica sonrió.

—La verdad siempre resulta sencilla y fácil de entender, ¿no le parece?

La miró fijamente y meneó la cabeza.

—No, la verdad nunca resulta sencilla… Todo es muy complicado. Pero… —Alzó un dedo—. Creo que conozco la auténtica razón y voy a revelársela.

—¿Cuál es?

—El alcohol que hay en las nubes de polvo. Esa maldita sustancia está por todas partes… En cuanto una especie inteligente inventa el telescopio y el espectroscopio y empieza a examinar lo que hay entre las estrellas, ¿qué cree que encuentra? —Alzó la copa y golpeó la mesa con ella—. Montones de sustancias distintas, de acuerdo, pero… La sustancia que más abunda es el alcohol. —Tomó un sorbo de licor—. La galaxia creó a las especies humanoides para que la libraran de todo ese alcohol.

—Vaya… —dijo ella. Se puso muy seria y asintió con la cabeza—. Todo empieza a cobrar sentido. —Le observó con atención—. Bueno, ¿y por qué está aquí? Espero que no habrá venido a iniciar alguna guerra.

—No, estoy de permiso. He venido aquí porque quiero alejarme una temporada de las guerras, y por eso escogí este lugar.

—¿Cuánto tiempo piensa quedarse?

—Hasta que empiece a aburrirme.

La chica le sonrió.

—¿Y cuánto tiempo cree que tardará en ocurrir eso?

—Bueno… —Le devolvió la sonrisa—. No lo sé.

Dejó su copa sobre la mesa mientras la chica apuraba la suya. Alargó la mano hacia el timbre para llamar al camarero, pero la chica ya había puesto un dedo sobre él.

—Ahora me toca a mí —dijo—. ¿Lo mismo?

—No —dijo él—. Creo que esta vez me apetece algo totalmente distinto.


* * *

Cuando intentó tabular su amor y hacer una lista con todo lo que le atraía de ella descubrió que tendía a empezar por los hechos más visibles —su belleza, su actitud ante la vida, su creatividad—, pero si pensaba en el día que acababa de transcurrir o si se limitaba a observarla se daba cuenta de que un pequeño gesto, una palabra, un paso o un movimiento de sus ojos o de su mano exigían la misma atención. Al final siempre acababa rindiéndose y se consolaba recordando unas palabras que ella había murmurado poco después de que se conocieran. Si entiendes algo del todo nunca podrás amarlo, eso era lo que había dicho… Siempre que hablaban del tema ella afirmaba que el amor era un proceso, no un estado. Si lo atrapabas y lo inmovilizabas acababa marchitándose. Él no estaba tan seguro, aunque parecía haber logrado encontrar una serenidad límpida e insondable oculta en lo más profundo de su ser cuya existencia nunca había imaginado…, y todo gracias a ella.

La realidad de su talento —no, de su genio— también jugaba un papel importante en todo aquello. Esa capacidad de ser más que el objeto de su amor y de ofrecer un aspecto totalmente distinto al mundo exterior hacía que su ya considerable incredulidad se volviera aún más grande. Era lo que él sabía que era aquí y ahora —completa, rica e inconmensurable—, y pese a ello, cuando los dos estuvieran muertos (y descubrió que ahora podía pensar de nuevo en su muerte sin sentir miedo), habría como mínimo un mundo y quizá muchas culturas que la conocerían en una faceta totalmente distinta. Para el futuro sería una poetisa, una creadora de conjuntos de significados que para él sólo eran palabras sobre una página o títulos de los que le hablaba algunas veces.

Le había dicho que un día escribiría un poema sobre él, pero que ese momento aún tardaría un poco en llegar. Pensó que quería oírle contar la historia de su vida, pero ya le había explicado que jamás podría hacerlo. No necesitaba confesarse ante ella. El acto de la confesión había dejado de ser necesario porque su mera presencia ya le había liberado del peso que soportaba, aunque no lograba entender cómo lo había conseguido. Ella insistía en que los recuerdos eran interpretaciones, no la verdad, y afirmaba que el pensamiento racional no era más que otro poder instintivo.

Podía sentir el lento proceso de polarización de su mente y cómo iba pareciéndose cada vez más a la suya. Todos sus prejuicios y todas las cosas que ocultaba iban moviéndose poco a poco, y acabarían alineándose en el campo magnético de la imagen que ella representaba para él.

Le había ayudado, y ni tan siquiera era consciente de ello. Había logrado acceder a algo tan enterrado que ya se había acostumbrado a considerarlo inaccesible para siempre, y le había devuelto la salud y la integridad. Quizá fuera eso lo que más le confundía. El efecto que aquella persona estaba teniendo sobre unos recuerdos tan terribles que se había resignado hacía ya mucho tiempo a que fueran volviéndose más y más potentes con la edad le resultaba incomprensible, pero ella parecía capaz de irlos acorralando y eliminando, desintegrándolos en fragmentos manejables que arrojaba a la basura, y ni tan siquiera se daba cuenta de lo que estaba haciendo. No tenía ni idea de hasta dónde llegaba su influencia.

La abrazó.


* * *

—¿Cuántos años tienes? —le preguntó casi al final de la primera noche que pasaron juntos.

—Soy más viejo y más joven que tú.

—Eso no son más que paparruchas enigmáticas. Responde a mi pregunta.

Él torció el gesto en la oscuridad.

—Bueno… ¿Cuántos años vivís?

—No lo sé. Ochenta, puede que noventa…

Tuvo que recordar cuánto duraba el año en aquel planeta. Sí, no había mucha diferencia.

—Entonces tengo…, unos doscientos veinte años, ciento diez y treinta.

Ella dejó escapar un silbido y apoyó la cabeza en su hombro.

—Puedes escoger, ¿eh?

—Más o menos. Nací hace doscientos veinte años, he vivido ciento diez y físicamente tengo unos treinta.

La risa vibró en su garganta. Sintió el roce de sus pechos sobre su torso cuando se le puso encima.

—¿Estoy jodiendo con un anciano de ciento diez años?

Parecía divertida.

Él puso las manos sobre el liso frescor de su espalda. —Sí. Increíble, ¿verdad? Todas las ventajas de la experiencia sin ninguno de sus in…

Ella le besó antes de que pudiera acabar la frase.


* * *

Apoyó la cabeza sobre su hombro y la atrajo hacia él. Sintió como se removía en sueños y sus brazos le rodearon atrayéndole hacia ella. Acercó la nariz a su hombro y aspiró el olor de su piel respirando el aire que había estado sobre su carne y que olía a ella, el aire que había sido convertido en perfume aunque ella nunca se ponía perfumes y se conformaba con su propio olor. Cerró los ojos para concentrarse mejor en aquellas sensaciones. Los abrió para volver a contemplarla mientras dormía, acercó su cabeza a la de ella y le puso la lengua debajo de la nariz para sentir el chorro del aliento. Quería estar en contacto con la hebra de su vida. La punta de su lengua y el huequecito que había entre sus labios y su nariz encajaban con tanta perfección como si hubieran sido creados con el único fin de complementarse.

Vio como sus labios se entreabrían y volvían a cerrarse. Arrugó la nariz y movió los labios, primero hacia arriba y luego hacia los lados. Observó todo aquello sintiendo un placer inefable y secreto, tan fascinado como el niño que juega al escondite con un adulto que desaparece una y otra vez debajo de la cama.

No se había despertado. Volvió a apoyar la cabeza en su hombro.


* * *

La primera mañana permaneció muy quieto en la cama mientras ella inspeccionaba minuciosamente su cuerpo a la claridad grisácea del alba.

—Tantas cicatrices, Zakalwe… —murmuró meneando la cabeza mientras sus dedos iban trazando líneas invisibles sobre su pecho.

—Siempre estoy metiéndome en líos —admitió él—. Podría librarme de ellas, pero… me ayudan a… recordar.

La miró y vio como apoyaba el mentón en su pecho.

—Vamos… Admite que te encanta enseñárselas a las chicas.

—También hay algo de eso.

—Ésa debió de ser bastante peligrosa, suponiendo que tengas el corazón en el mismo sitio que nosotros…, y todo lo demás parece estar en el mismo sitio. —Deslizó la yema de un dedo alrededor de una cicatriz bastante pequeña que tenía cerca de un pezón. Sintió que se envaraba, alzó los ojos hacia él y pensó que de repente parecía tener todos los años que afirmaba y unos cuantos más. Se incorporó y le pasó una mano por el pelo—. Aún no se ha curado del todo, ¿verdad?

—Ésa… —Intentó sonreír, y deslizó un dedo sobre la minúscula depresión que había en su carne—. Por extraño que te parezca es una de las más antiguas.

Sus rasgos recuperaron la expresión habitual y el brillo que le había encendido los ojos se fue esfumando.

—¿Y ésta? —preguntó ella en tono jovial poniéndole la mano en una sien.

—Una bala.

—¿En una gran batalla?

—Bueno…, más o menos. En un coche, para ser exactos. Iba con una mujer.

—¡Oh, no! —exclamó ella.

Se llevó una mano a la boca fingiendo estar horrorizada.

—Fue muy embarazoso.

—Bueno, no hablemos de ella… ¿Y ésta?

—Láser…, un haz de luz muy concentrada —le explicó al ver que ponía cara de no entenderle—. Ya hace mucho tiempo.

—¿Y ésta?

—Eh… Una combinación de varias cosas, con insectos al final.

—¿Insectos?

Se estremeció.

(Y de repente volvía a estar allí, en el volcán inundado. Ya había pasado mucho tiempo de eso, pero todo seguía estando dentro de él…, y pensar en lo ocurrido seguía siendo menos peligroso que pensar en aquel otro cráter que había encima de su corazón y que servía de morada a otro recuerdo aún más antiguo. Se acordaba muy bien de la caldera del volcán, y volvió a ver aquella laguna de aguas estancadas con la piedra en el centro y los muros que rodeaban el estanque envenenado. Volvió a sentir el lento descenso de su cuerpo y la cercanía de los insectos… Pero aquella implacable concentricidad había dejado de tener importancia. El aquí era el aquí, y el ahora el ahora.)

—Será mejor que no te lo cuente —dijo sonriendo—. Me temo que no te gustaría.

—Creo que aceptaré tu palabra al respecto —murmuró ella. Asintió lentamente con la cabeza y su larga cabellera negra subió y bajó acompañando al gesto—. Ya sé lo que voy a hacer… Le daré un beso a cada una para que se cure del todo.

—Puede ser un trabajo muy largo —dijo él viendo como se apartaba y se levantaba de la cama.

—¿Tienes mucha prisa? —preguntó ella antes de besarle un dedo del pie.

—No tengo ninguna prisa. —Sonrió y se recostó en las almohadas—. Tómate todo el tiempo que quieras. Puedes tomarte toda la eternidad…


* * *

Notó que se movía y miró hacia abajo. Se frotó los ojos con los nudillos, se dio unos golpecitos en las mejillas y en la nariz y le sonrió mientras sus cabellos se desparramaban sobre la almohada. Ella le miró y sonrió. Había visto unas cuantas sonrisas por las que habría sido capaz de matar, pero nunca se había encontrado con una sonrisa por la que estuviera dispuesto a morir. ¿Qué podía hacer salvo devolvérsela?

—¿Por qué siempre te despiertas antes que yo?

—No lo sé. —Suspiró. La brisa movió las engañosamente frágiles paredes de la casa y pareció imitar el suspiro que había salido de sus labios—. Me gusta mirarte mientras duermes.

—¿Por qué?

Rodó sobre sí misma hasta ponerse de espaldas, volvió la cabeza hacia él y su negra melena se deslizó hasta rozarle. Apoyó la cabeza sobre aquel campo oscuro y perfumado, se acordó del olor de su hombro y se preguntó si su cuerpo olería de una forma distinta cuando estaba dormido a cuando estaba despierto.

Le rozó el hombro con la cara y la oyó reír mientras encogía el hombro y acercaba la cabeza a la suya. Le dio un beso en el cuello y respondió antes de que se le olvidara la pregunta.

—Cuando estás despierta te mueves, y eso hace que se me escapen algunas cosas.

—¿Qué cosas?

Sintió la caricia de sus labios sobre su coronilla.

—Todo lo que haces. Cuando estás dormida apenas te mueves, y puedo darme cuenta de todo. Entonces tengo tiempo suficiente para observarte.

—Qué extraño… —dijo ella muy despacio.

—¿Sabías que hueles igual cuando estás dormida que cuando estás despierta?

Apoyó la cabeza en la palma de una mano y le sonrió.

—Tú… —empezó a decir ella, pero acabó bajando la mirada. Cuando volvió a alzar la cabeza su sonrisa estaba impregnada de tristeza—. Me encanta oír esa clase de tonterías —dijo por fin.

Pero él también oyó las palabras que no había llegado a pronunciar en voz alta.

—Quieres decir que te encanta oír esa clase de tonterías ahora, pero que habrá un momento aún no determinado del futuro en el que no podrás soportarlas.

(La afirmación le pareció espantosamente banal apenas hubo salido de sus labios, pero ella también tenía sus cicatrices.)

—Supongo que sí —dijo ella, y le cogió una mano.

—Piensas demasiado en el futuro.

—Bueno, entonces puede que el estar juntos sirva para que cada uno libere al otro de sus obsesiones.

Se rió.

—Supongo que te he puesto la réplica en bandeja, ¿no?

Ella le acarició la cara y le miró a los ojos.

—No debería enamorarme de ti, Zakalwe… Hablo en serio.

—¿Por qué no?

—Hay muchas razones. Todo el pasado y todo el futuro; porque eres quien eres y porque yo soy quien soy… Todo.

—Detalles —dijo él, y movió una mano como indicando que no tenían ninguna importancia.

Ella rió, meneó la cabeza y la inclinó. Su cabellera le ocultó el rostro y cuando emergió de ella le miró fijamente.

—Me preocupa que no dure mucho.

—Nada dura eternamente, ¿recuerdas?

—Lo recuerdo —dijo ella asintiendo lentamente con la cabeza.

—¿Crees que esto no durará?

—En estos momentos… Me parece… No lo sé. Pero si alguna vez queremos hacernos daño el uno al otro…

—Basta con que no nos lo hagamos —dijo él.

Vio como sus párpados bajaban lentamente y su cabeza se fue inclinando hasta que él alargó una mano y la puso debajo de su mentón.

—Quizá sea así de sencillo —dijo ella—. Puede que el pensar en el futuro sea una forma de evitarse las sorpresas desagradables. —Alzó la cabeza y le miró—. ¿Te preocupa? —preguntó.

Vio que le temblaba la cabeza, y la expresión que había en sus ojos era casi de dolor.

—¿El qué?

Sonrió y se inclinó hacia ella para besarla, pero ella ladeó la cabeza para indicar que no quería que la besara y él se echó hacia atrás.

—El que…, el que no pueda creer con la fuerza suficiente para dejar de tener dudas —dijo ella.

—No. No me preocupa.

La besó.

—Qué extraño… Esa lengua con la que captamos todos los sabores no sabe a nada —murmuró ella con los labios pegados a su cuello, y los dos se echaron a reír.

Había noches en las que creía ver al auténtico fantasma de Cheradenine Zakalwe. Estaba inmóvil en la oscuridad mientras ella dormía o no decía nada, y el fantasma entraba atravesando los muros, una silueta oscura y terriblemente material cuyas manos sostenían una inmensa arma mortífera cargada y lista para hacer fuego. La silueta le miraba y el aire que la rodeaba parecía rezumar…, no, era algo peor que el odio. Era una mezcla de burla y desprecio. En esos momentos siempre era muy consciente de que estaba inmóvil junto a ella tan ridículamente apresado en la telaraña del amor como si fuera un adolescente romántico, y se daba cuenta de que estaba acostado con los brazos rodeando a una joven hermosa y que tenía mucho talento por la que estaría dispuesto a hacer cualquier cosa, y sabía sin la más mínima sombra de duda que para lo que había sido —para aquello en lo que se había convertido o lo que siempre fue—, esa clase de amor y devoción tan inequívoca, completa y altruista era un acto vergonzoso, algo que debía ser destruido y eliminado del mundo, y sabía que el auténtico Zakalwe alzaría su arma, le miraría a la cara a través de la mira telescópica y dispararía sin vacilar y sin que le temblara la mano.

Pero después de esas fantasías siempre acababa dejando escapar una risita y se volvía hacia ella para besar o ser besado, y entonces no había ninguna amenaza o peligro bajo este sol o bajo cualquier otro que pudiera separarle de ella.

—No olvides que hoy tenemos que ir a ver ese krih. Esta mañana, de hecho…

—Oh, sí —dijo él.

Rodó sobre sí mismo hasta quedar de espaldas y contempló como ella se incorporaba y estiraba los brazos bostezando y abriendo los ojos con un gran esfuerzo de voluntad para obligarles a que vieran el techo. Los músculos de sus párpados se fueron relajando poco a poco, cerró la boca y le miró apoyando un codo en la cabecera de la cama.

—Pero puede que no esté atrapado —dijo ella mientras empezaba a peinarle los mechones con los dedos.

—Mmm…, puede que no —murmuró él.

—Puede que cuando miremos ya no esté allí.

—Cierto.

—Pero si continúa estando allí subiremos.

Él asintió con la cabeza, le cogió una mano y le apretó suavemente los dedos.

Ella sonrió, le dio un beso muy rápido, saltó de la cama y fue hacia el otro extremo del dormitorio. Apartó las cortinas traslúcidas que aleteaban impulsadas por la brisa y cogió los binoculares colgados del gancho que había clavado en un poste. Él siguió observándola desde la cama y vio como se llevaba los binoculares a los ojos para examinar la ladera que dominaba la casa.

—Sigue ahí —dijo.

Su voz sonaba muy lejana. Cerró los ojos.

—Entonces subiremos. Puede que esta tarde…

—Deberíamos hacerlo.

Su voz sonaba tan lejana…

—Iremos.

Lo más probable era que el animal no estuviera atrapado. Su especie podía llegar a tales extremos de estupidez que debía de haberse ido adormilando hasta el punto de entrar en una especie de hibernación. Había oído comentar que les ocurría con una relativa frecuencia. De vez en cuando los krihs dejaban de comer y clavaban sus inmensos ojos llenos de imbecilidad en algo que les había llamado la atención hasta el extremo de fascinarles, los iban cerrando lentamente a medida que el sueño se adueñaba de ellos y acababan entrando en coma por puro accidente. La primera lluvia o un pájaro que se le posara encima bastarían para despertarle, pero siempre cabía la posibilidad de que estuviera realmente atrapado. El cuerpo de un krih estaba cubierto por un pelaje muy espeso, y a veces se enredaba en los arbustos o en la rama de un árbol y el animal quedaba inmovilizado. Subirían hasta donde estaba. El paisaje era muy hermoso, y pensó que un poco de ejercicio que no se realizara en posición horizontal no le sentaría nada mal. Se tumbarían sobre la hierba y hablarían, contemplarían el mar que cabrilleaba envuelto en las ondulaciones de la calina y quizá tuvieran que liberar al animal o despertarlo, y ella lo miraría con esa expresión que él ya había aprendido a interpretar —«No me distraigas», decían sus rasgos en esos momentos—, y después se encerraría a escribir otro poema.

Él ya había aparecido en muchas de sus últimas obras como un amante sin nombre, aunque el conocerle no había alterado sus costumbres de escritora y no había conservado ninguna. Decía que algún día escribiría un poema sobre él, quizá cuando le hubiera contado más cosas sobre su vida.

La casa murmuraba y se movía en un casi imperceptible flujo continuo difundiendo la luz y atenuándola. Los distintos grosores y texturas de las cortinas y telas que formaban los muros y divisiones de la casa se rozaban continuamente unos con otros creando murmullos ahogados, como murmullos o conversaciones secretas que nunca podrían ser entendidos del todo.

Ella seguía estando muy lejos. Se llevó una mano a la cabeza y tiró distraídamente de un mechón de cabellos mientras removía los papeles que había esparcidos sobre el escritorio con la punta de un dedo. Él seguía observándola. Su dedo vagó sobre lo que había escrito ayer y jugueteó con los pergaminos trazando lentos círculos alrededor de ellos, flexionándolos y creando curvas fugaces, observado por ella y por él.

Los binoculares olvidados colgaban de su otra mano con la correa hacia abajo, y los ojos que la observaban desde la cama recorrieron lentamente su cuerpo recortado contra la luz del exterior. Pies, piernas, nalgas, vientre, torso, pechos, hombros, cuello; cara, cabeza y cabellos… Sus ojos no olvidaron ni una sola parte de ella.

El dedo siguió moviéndose a lo largo de la superficie de madera sobre la que esa misma tarde escribiría un poema muy corto sobre él, uno que él copiaría sin decírselo por si no quedaba satisfecha de los versos y acababa decidiendo no conservarlo, y el deseo de él continuó creciendo, y la calma que se fue adueñando del rostro de ella hizo que dejara de ver como se movía el dedo, y uno de los dos sólo era una imagen fugaz que pronto dejaría de estar allí, apenas una hoja atrapada entre las páginas del diario del otro, y lo que habían creado convenciéndose el uno al otro con palabras, empezó a desvanecerse lentamente en el silencio.

—Hoy tendré que trabajar un rato —dijo ella como si hablara consigo misma.

Hubo un silencio.

—¿Eh? —exclamó él.

—¿Hmmmm?

Su voz parecía venir de muy lejos.

—¿Qué te parece si desperdiciamos un poco de tiempo?

—Hermoso eufemismo, señor —dijo ella con voz pensativa, como si hablara desde una gran distancia.

Alzó la mirada hacia ella y sonrió.

—Ven y ayúdame a dar con otro mejor.

Ella sonrió, y sus ojos se encontraron con los de él.

Y el silencio duró mucho rato.

6

Se rascó la cabeza y apoyó la culata del arma en el suelo de la minibodega. Cogió el arma por el cañón y pegó un ojo al agujero para observar su interior mientras se balanceaba ligeramente de un lado a otro.

—Zakalwe —dijo Diziet Sma—, hemos desviado de su curso dos meses a veintiocho millones de personas y un trillón de toneladas de nave espacial para que llegues a tiempo a Voerenhutz. Te agradecería que esperaras a terminar el trabajo antes de volarte la cabeza.

Sus palabras le hicieron girar rápidamente sobre sí mismo. Sma y la unidad acababan de entrar en la minibodega. Una cápsula de viajes se estaba alejando velozmente por el tubo que tenían detrás.

—¿Eh? —exclamó, y les saludó con la mano—. Oh… Hola.

Se había puesto una camisa blanca con las mangas subidas y unos pantalones negros, y llevaba los pies descalzos. Cogió el rifle de plasma, lo sacudió, le dio unos golpecitos en uno de los lados con la mano libre y lo alzó apuntando el cañón hacia el otro extremo de la minibodega. Tomó puntería y tiró del gatillo.

Hubo un estallido luminoso que se desvaneció casi enseguida, el arma saltó hacia atrás chocando contra su hombro y una especie de chasquido creó ecos que bailotearon por el espacio de la minibodega. Clavó los ojos en la pared situada a unos doscientos metros de distancia que marcaba el final del recinto y en el reluciente cubo negro de unos quince metros de arista inmóvil bajo las luces del techo. Examinó atentamente el distante objeto negro, volvió a alzar el arma y contempló la imagen aumentada que aparecía en una de las pantallas del rifle de plasma.

—Qué extraño… —murmuró, y se rascó la cabeza.

Una bandejita que sostenía una jarra metálica y un vaso de cristal tallado flotaba junto a él. Se volvió hacia ella, cogió el vaso y tomó un sorbo sin apartar los ojos del arma.

—Zakalwe… —dijo Sma—. ¿Se puede saber qué estás haciendo?

—Prácticas de tiro —replicó él, y volvió a tomar un sorbo del vaso—. ¿Quieres beber algo, Sma? Pediré otro…

—No, gracias. —Sma se volvió hacia el otro extremo de la minibodega y contempló el cubo negro con cara de perplejidad—. ¿Qué es eso?

—Hielo —dijo Skaffen-Amtiskaw.

—Exacto. —Asintió con la cabeza y dejó el vaso en el suelo para manipular los controles del arma—. Hielo.

—Hielo coloreado de negro —dijo la unidad.

—Hielo —dijo Sma asintiendo con la cabeza sin entender nada—. Y.. ¿Por qué hielo?

—Porque —dijo él con un cierto tono de irritación—, esta…, esta nave de nombre tan increíblemente estúpido y los veintiocho trillones de personas que van a bordo de ella y su hipermontillón de tonelaje no han podido proporcionarme ni un miserable gramo de basura decente, solamente por eso. —Alteró la posición de dos indicadores incrustados en un lado del arma y volvió a tomar puntería—. Un jodido trillón de toneladas y no hay ni un átomo de basura…, aparte de su cerebro, supongo. —Volvió a tirar del gatillo. Su hombro y su brazo fueron impulsados hacia atrás, y el destello luminoso brotó del cañón del arma acompañado por el mismo chasquido de antes—. ¡Esto es ridículo! —exclamó.

—Pero ¿por qué disparas contra ese cubo de hielo? —insistió Sma.

—Sma, ¿estás sorda o qué? —casi gritó él—. Porque este parsimonioso montón de sistemas inservibles afirma no disponer de ningún objeto inútil o desperdicio mínimamente decente con el que pueda hacer prácticas de tiro.

Meneó la cabeza y abrió un panel de inspección disimulado en la culata del arma.

—¿Y por qué no utilizas hologramas como hace todo el mundo? —preguntó Sma.

—Los hologramas están muy bien, Diziet, pero… —Giró sobre sí mismo y le alargó el rifle de plasma—. Toma, sostenlo un momento, ¿quieres? Gracias. —Hizo algo en los mecanismos revelados por el panel de inspección que acababa de abrir mientras Sma sostenía el arma con las dos manos. El rifle de plasma medía un metro y veinticinco centímetros de longitud, y pesaba mucho—. Los hologramas van muy bien para la calibración y todas esas tonterías, pero si quieres…, si quieres familiarizarte con un arma tienes que…, tienes que destruir algo, ¿comprendes? —La miró—. Tienes que sentir el retroceso y necesitas ver los restos de aquello contra lo que has disparado, y esos restos tienen que ser auténticos… Esa mierda holográfica no sirve de nada. Tienes que disparar contra algo real.

Sma y la unidad intercambiaron una rápida mirada de soslayo.

—Sostén este…, este cañón —dijo Sma volviéndose hacia la máquina.

Los campos de Skaffen-Amtiskaw brillaban con el suave resplandor rosado que indicaba diversión. La unidad la liberó del peso del arma y el hombre siguió hurgando en sus entrañas.

—Zakalwe, creo que un Vehículo General de Sistemas no piensa en términos de basura —dijo Sma. Olisqueó el contenido de la jarrita metálica, puso cara de duda y acabó arrugando la nariz—. Para su forma de pensar sólo existe la materia que está siendo utilizada y la materia susceptible de ser reciclada y convertida en otra clase de materia que podrá volver a ser utilizada. La basura sencillamente no existe, ¿comprendes?

—Claro —murmuró él—. Acabas de repetir el mismo sermón idiota que me soltó hace un rato.

—Y lo que hizo fue proporcionarte un poco de hielo para que jugaras con él, ¿eh? —dijo la unidad.

—No me quedó más remedio que conformarme con ese maldito cubo de hielo. —Asintió con expresión distraída, cerró el panel de inspección haciéndolo encajar en su sitio con un chasquido metálico y cogió el arma que la unidad había estado sosteniendo mediante sus campos—. Todo parece estar en orden, pero no consigo que este maldito trasto funcione.

—Zakalwe… —dijo la unidad emitiendo una especie de suspiro—. No me sorprende que no funcione. Esa arma debería estar en un museo. Tiene ciento diez años de antigüedad, ¿sabes? Ahora fabricamos pistolas mucho más potentes que ese rifle.

Tomó puntería sin hacer caso de lo que había dicho la unidad, tragó aire, chasqueó los labios y dejó el arma en el suelo para tomar otro trago del vaso de cristal tallado. Después se volvió hacia la unidad.

—Pero este rifle es una auténtica preciosidad —replicó alzando el arma y dándole vueltas entre los dedos. Dio unos golpecitos sobre los controles y diales que cubrían la oscura masa de la culata—. Quiero decir que… Anda, échale un vistazo. ¡Tiene un aspecto de lo más mortífero!

Lanzó un gruñido de admiración, volvió a colocarse en posición de disparo y tiró del gatillo.

El disparo salió tan desviado como los anteriores. El hombre suspiró, meneó la cabeza y clavó los ojos en el arma.

—No funciona —dijo con voz quejumbrosa—. Se niega a funcionar y eso es todo… Siento el retroceso, pero no funciona.

—¿Me permites? —preguntó Skaffen-Amtiskaw.

Fue hacia el arma. El hombre le lanzó una mirada teñida de suspicacia y acabó ofreciéndole el arma.

Todas las pantallas del rifle de plasma se activaron de golpe con un ruidoso acompañamiento de chasquidos y zumbidos mientras los paneles de inspección se abrían y volvían a cerrarse en una fracción de segundo. La unidad le devolvió el arma.

—No le ocurre nada —dijo Skaffen-Amtiskaw.

—Ya —murmuró él aceptando el rifle que le ofrecía.

Sostuvo el arma con una mano delante de su cabeza, dio una palmada en la culata con la otra mano e hizo girar el rifle tan deprisa que se movió como la hélice de un avión delante de su rostro y su pecho sin apartar los ojos ni un segundo de la unidad mientras hacía todo aquello. Tensó la muñeca haciendo que el arma se quedara inmóvil con el cañón apuntando hacia el lejano cubo de hielo negro y tiró del gatillo, todo eso en un solo gesto lleno de fluidez sin que sus ojos hubieran dejado de observar a la unidad ni un instante. El arma pareció volver a disparar, pero el cubo de hielo siguió intacto.

—Así que funciona, ¿eh? Y una mierda… —dijo.

—¿Cuáles fueron los términos exactos de tu conversación con la nave cuando pediste tu «basura» para hacer prácticas? —preguntó la unidad.

—No me acuerdo —replicó él en un tono de voz bastante alto e irritado—. Le dije que sólo una perfecta cretina podía carecer de algo de basura contra la que disparar, y la nave me dijo que cuando la gente quería disparar contra un poquito de mierda auténticamente inútil utilizaba hielo y yo dije: «De acuerdo, cohete gilipollas, pues proporcióname un poco de hielo», o algo parecido. —Extendió las manos hacia la unidad—. Creo que eso fue todo.

Abrió los dedos y dejó que el rifle cayera de su mano.

La unidad lo cogió al vuelo con un campo antes de que hubiera chocado contra el suelo.

—¿Por qué no pruebas a pedirle que despeje la bodega para hacer prácticas de tiro? —le sugirió—. No, mejor aún… Sé más preciso y pídele que despeje un espacio en su zona de protección de la trampilla.

Volvió a ofrecerle el arma y el hombre la cogió.

—De acuerdo —dijo muy despacio con una mueca desdeñosa.

Miró a su alrededor como si se dispusiera a entablar conversación con el aire y puso cara de vacilación. Se rascó la cabeza, miró a la unidad, dio la impresión de que iba a decirle algo y acabó desviando la mirada mientras señalaba a Skaffen-Amtiskaw con un dedo.

—Tú… Será mejor que se lo pidas tú. Ese montón de estupideces sonará un poco menos ridículo si lo dice otra máquina.

—Muy bien. Ya está —replicó la unidad—. Bastaba con pedírselo, ¿entiendes?

—Hmmmm —murmuró él.

Su mirada de suspicacia fue de la unidad al cubo de hielo negro colocado en el otro extremo de la bodega. Alzó el arma y apuntó hacia la masa de agua en estado sólido.

Disparó.

La culata del arma volvió a estrellarse contra su hombro y el cegador destello luminoso proyectó la sombra de su cuerpo detrás de él. El sonido que acompañó al disparo fue tan estrepitoso como el de una granada al detonar. Un haz de claridad blanca tan delgado como un lápiz atravesó toda la longitud de la minibodega y unió el arma al cubo de quince metros de arista convirtiéndolo en un millón de fragmentos que se esparcieron entre un estallido de luz y vapor creando una nube de vapor negro que se fue hinchando rápidamente y empezó a subir hacia el techo del recinto.

Sma siguió inmóvil con las manos a la espalda mientras observaba el chorro de fragmentos de cincuenta metros de altura que chocó con el techo de la minibodega rebotando en todas direcciones. La metralla negra recorrió la misma distancia y se estrelló contra las paredes laterales del recinto, y una marea de relucientes proyectiles negros se deslizó por el suelo yendo hacia donde estaban. La mayoría de ellos acabaron quedando atrapados en alguno de los obstáculos que cubrían el suelo de la mini-bodega, aunque unos cuantos recorrieron una considerable distancia por el aire antes de caer al suelo y lograron dejar atrás a los dos humanos y la unidad para repiquetear contra la pared del fondo. Skaffen-Amtiskaw extendió un campo hacia el suelo y cogió un trozo de hielo que tendría el tamaño de un puño y que había caído junto a los pies de Sma. Los ecos de la explosión resonaron unas cuantas veces en las paredes y acabaron desvaneciéndose.

Sma sintió la lenta relajación de los músculos de sus oídos.

—¿Contento, Zakalwe? —preguntó.

El hombre parpadeó, desactivó el arma y se volvió hacia la unidad.

—Parece que ahora ya funciona —gritó.

Sma asintió con la cabeza.

—Sí.

—Tomemos un trago —dijo él mientras le hacía una seña con la cabeza.

Cogió el vaso de cristal tallado y se lo llevó a los labios mientras iba hacia la escotilla del tubo.

—¿Un trago? —repitió Sma poniéndose junto a él y señalando con la cabeza el vaso del que estaba bebiendo—. ¿Y qué estás haciendo ahora?

—Apurar la última gota, eso es lo que estoy haciendo —replicó él casi gritando.

Cogió la jarrita metálica y echó los restos de su contenido en el vaso de cristal tallado.

—¿Hielo? —preguntó la unidad sosteniendo ante ella el goteante trozo de materia negra.

—No, gracias.

Algo se movió increíblemente deprisa dentro del tubo y una cápsula pareció materializarse de la nada abriendo la puerta para que subieran a ella.

—¿Qué es eso de la…, la zona de protección de la que hablabas antes? —preguntó el hombre volviéndose hacia Skaffen-Amtiskaw.

—La protección contra explosiones internas del Vehículo General de Sistemas —explicó la unidad apartándose para permitir que los humanos subieran primero a la cápsula—. Elimina los efectos de cualquier detonación más potente que la de un pedo trasladándola al hiperespacio. La onda expansiva, la radiación…, todo va a parar allí.

—Mierda —dijo él poniendo cara de disgusto—. ¿Quieres decir que puedes hacer estallar una bomba atómica dentro de estas cabronas y que ni se enterarían?

La unidad osciló de un lado a otro.

—Oh, te aseguro que la Mente del VGS se enteraría, pero lo más probable es que nadie más se diera cuenta de lo ocurrido.

El hombre se había quedado inmóvil después de entrar en la cápsula con los ojos clavados en la puerta que ya estaba empezando a cerrarse. La unidad y Sma se dieron cuenta de que le costaba un poco mantener el equilibrio.

—Vosotros… La Cultura no tiene ni la más mínima idea de lo que es el juego limpio, ¿verdad? —preguntó meneando la cabeza con expresión apenada.


* * *

Su última estancia a bordo de un VGS había tenido lugar diez años antes, poco después de que estuviera a punto de morir en Fohls.

—¿Cheradenine…? ¿Cheradenine?

Oyó la voz, pero no estaba muy seguro de si la mujer hablaba con él. Tenía una voz muy hermosa. Quería contestarle, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo. Todo estaba muy oscuro.

—¿Cheradenine?

La voz estaba impregnada de paciencia. También había un poco de preocupación, pero estaba acompañada por una considerable esperanza. El tono de voz era afable, incluso cariñoso. Intentó acordarse de su madre.

—¿Cheradenine? —repitió la voz.

Estaba intentando despertarle, pero ya estaba despierto. Trató de mover los labios.

—Cheradenine…, ¿puedes oírme?

Consiguió mover los labios y dejó escapar el aire. Le pareció que había logrado producir un sonido. Intentó abrir los ojos. La oscuridad bailoteó delante de él.

—¿Cheradenine…? Sintió el contacto de una mano sobre su rostro. Unos dedos muy suaves le acariciaron la mejilla. «¡Shias!», pensó, pero expulsó rápidamente ese recuerdo encerrándolo en el lugar de su mente donde guardaba todos los demás.

—E… —logró decir.

No era más que el inicio de un sonido.

—Cheradenine… —dijo la voz. Ahora sonaba mucho más cerca de su oído—. Soy Diziet…, Diziet Sma. ¿Te acuerdas de mí?

—Diz… —logró decir después de un par de fracasos.

—¿Cheradenine?

—Sí… —se oyó jadear.

—Intenta abrir los ojos, ¿quieres?

—Intenta… —dijo.

La luz llegó de la nada, como si el percibirla no tuviese nada que ver con el haber abierto los ojos. Las cosas necesitaron algún tiempo para irse definiendo, pero acabó viendo un techo pintado de un color verde claro iluminado desde los lados mediante el resplandor en forma de abanico creado por las luces ocultas, y el rostro de Diziet Sma inclinado sobre él.

—Bien hecho, Cheradenine. —Sma le sonrió—. ¿Qué tal te encuentras ahora?

Tuvo que pensar unos momentos en lo que acababa de preguntarle antes de poder responder.

—Muy raro —dijo por fin.

Empezó a devanarse los sesos intentando recordar cómo había llegado hasta aquel lugar. ¿Estaba en alguna especie de hospital? ¿Cómo había llegado ahí?

—¿Dónde estoy? —preguntó.

El enfoque directo quizá fuese el mejor. Intentó mover las manos, pero no lo consiguió. Sma se dio cuenta del esfuerzo que estaba haciendo y alzó la mirada para contemplar algo que se hallaba por encima de su cabeza.

—Estás en el VGS Optimista congénito. Todo va bien…, te pondrás bien.

Y de repente volvía a estar en el marco de madera y la chica estaba inmóvil delante de él. Abrió los ojos y la vio. Era Sma. Todo estaba envuelto en una especie de neblina luminosa. Luchó con sus ligaduras, pero no cedieron ni un milímetro. No había esperanza. Sintió el tirón en sus cabellos y el impacto de la hoja, y vio a la chica de la túnica roja contemplándole desde algún lugar por encima de su cuerpo decapitado.

Todo empezó a girar velozmente. Cerró los ojos.

El momento pasó tan deprisa como había llegado. Tragó saliva. Aspiró un poco de aire y volvió a abrir los ojos. Por lo menos parecía capaz de hacer aquellas dos cosas sin muchas dificultades… Sma estaba contemplándole con cara de alivio.

—¿Lo has recordado?

—Sí. Acabo de recordarlo.

—¿Y te pondrás bien?

Empleó un tono de voz bastante serio que, aun así, seguía siendo tranquilizador.

—Me pondré bien —dijo él, y añadió—: Sólo ha sido un arañazo.

Sma se rió, apartó la mirada de su rostro durante unos momentos y cuando volvió a mirarle él pudo ver que se estaba mordiendo el labio inferior.

—Eh —dijo—. Esta vez he escapado por muy poco, ¿no?

Sonrió.

Sma asintió.

—Ya puedes decirlo. Unos segundos más y tu cerebro habría empezado a sufrir daños muy serios, unos minutos más y habrías muerto. Si hubieras aceptado que te implantaran un sensor habríamos podido localizarte días antes de que…

—Oh, Sma, vamos… —dijo él en voz baja—. Ya sabes que odio esos artefactos.

—Sí, ya lo sé —dijo ella—. Bueno, tanto da… Tendrás que hacer reposo durante un tiempo. —Sma le alisó el cabello apartándole los mechones que le habían caído sobre la frente—. El nuevo cuerpo tardará unos doscientos días en estar totalmente desarrollado. Quieren que te pregunte si prefieres dormir durante todo el proceso o si deseas mantener el ciclo vigilia/sueño normal…, o cualquier opción intermedia, claro. Es cosa tuya, ¿comprendes? Hagas lo que hagas no tendrá ninguna interferencia en el proceso.

—Hmmmm. —Pensó en lo que acababa de decirle—. Supongo que podré disponer de unas cuantas diversiones, ¿no? Escuchar música, ver películas o lo que sea, leer…

—Si te apetece… —dijo Sma encogiéndose de hombros—. Si quieres incluso puedes atracarte con un montón de fantasías mentales grabadas en cinta.

—¿Y bebida?

—¿Bebida?

—Sí. ¿Puedo emborracharme?

—No lo sé —dijo Sma alzando la cabeza y desviando la mirada a un lado.

Una voz que parecía estar más lejos murmuró algo que no logró entender.

—¿Quién es ése? —preguntó.

—Stod Perice.

La cabeza de un joven entró en el campo visual de Zakalwe. Estaba invertida, pero logró captar su asentimiento.

—Soy médico. Hola, señor Zakalwe. Cuidaré de usted sea cual sea la decisión que tome en lo que respecta al tiempo de espera.

—Si opto por que me duerman…, ¿soñaré? —preguntó él mirando fijamente al médico.

—Depende del grado de profundidad que escoja. Podemos sumirle en un sopor tan profundo que esos doscientos días le parecerán un segundo, y también puede pasar cada segundo de esos doscientos días teniendo sueños lúcidos. Lo que usted quiera.

—¿Qué hace la mayoría de la gente?

—Prefieren la desconexión y despertar con un cuerpo nuevo sin haberse dado cuenta del tiempo transcurrido.

—Ya me lo imaginaba. ¿Puedo emborracharme mientras esté conectado con el maldito como-se-llame al que estoy conectado?

Stod Perice sonrió.

—Estoy seguro de que podemos arreglarlo. Si quiere incluso podemos administrarle drogas glandulares. Es la ocasión ideal para…

—No, gracias. —Cerró los ojos durante un momento e intentó menear la cabeza—. Me conformaré con pillar alguna borrachera de vez en cuando.

Stod Perice asintió.

—Bueno, creo que podremos proporcionárselas.

—Estupendo. ¿Sma? —La miró fijamente y Sma enarcó las cejas—. Quiero seguir despierto —dijo.

Los labios de Sma se fueron curvando en una lenta sonrisa.

—Lo presentía.

—¿Estarás por aquí?

—Podría hacerlo —dijo la mujer—. ¿Te gustaría que viniera a verte de vez en cuando?

—Sería un gran detalle por tu parte.

—Creo que me gustará. —Asintió y puso cara pensativa—. De acuerdo. Iré viniendo para ver cómo aumentas de peso.

—Gracias. Y gracias por no haber traído contigo a esa maldita unidad… Ya me imagino la clase de pésimos chistes de mal gusto que habría hecho.

—Sí… —replicó Sma con voz algo vacilante.

Su tono de voz hizo que volviera a alzar los ojos hacia ella.

—Sma…, ¿qué ocurre?-le preguntó.

—Bueno…

Sma parecía sentirse bastante incómoda.

—Cuéntamelo.

—Skaffen-Amtiskaw… —dijo con voz entrecortada—. Te ha enviado un regalo. —Metió la mano en un bolsillo y sacó de él un paquetito que sostuvo ante sus ojos con expresión algo avergonzada—. Yo… No sé qué es, pero…

—Bueno, no tengo manos para abrirlo, ¿verdad? Adelante, Sma.

Sma desenvolvió el paquetito y examinó el regalo. Stod Perice se inclinó sobre su hombro para echarle un vistazo y se apresuró a girar sobre sí mismo mientras se llevaba una mano a la boca y emitía una tosecilla ahogada.

Sma frunció los labios.

—Puede que decida solicitar otra unidad de escolta.

Había cerrado los ojos cuando Sma empezó a desenvolver el paquetito y aún no los había abierto.

—¿Qué es? —preguntó.

—Un sombrero.

Se echó a reír. Sma necesitó un poco más de tiempo, pero también acabó riendo (aunque cuando volvió a casa la unidad tuvo que esquivar unos cuantos objetos). Stod Perice dijo que con el tiempo sería un regalo muy útil.

Y horas después, cuando Sma bailaba lentamente en los brazos de una nueva conquista y Stod Perice se hallaba cenando con unos amigos y les contaba la anécdota del sombrero y la vida continuaba como de costumbre en todos los recintos de la gran nave, él seguía despierto y contemplaba la tenue claridad rojiza que iluminaba el techo de aquella parte del hospital, recordando que unos cuantos años antes y a muchísima distancia de allí Shias Engin había acariciado las heridas de su cuerpo y pensar en ello hizo que volviera a sentir el frescor de aquellos dedos esbeltos y ágiles moviéndose sobre la carne nueva y las cicatrices, y pudo captar el olor de su piel y el cosquilleo de su cabellera deslizándose sobre él.

Y dentro de doscientos días tendría un cuerpo nuevo. Y («¿Y ésta? Lo siento… Aún te duele, ¿verdad?») la cicatriz que tenía encima del corazón habría desaparecido para siempre, y el corazón que latiría debajo del pecho ya no sería el mismo de antes.

Y entonces comprendió que la había perdido.

No había perdido a Shias Engin, a quien había amado o había creído amar y a la que no cabía duda perdió años antes, sino a ella, a la otra, a la mujer real, la que había vivido dentro de él durante un siglo de sueño helado.

Siempre había estado convencido de que no la perdería hasta el momento de su muerte.

Ahora sabía que no era así, y el conocimiento y el peso de aquella pérdida hicieron que sintiera una tristeza abrumadora.

Movió los labios y murmuró su nombre en el silencio de la noche rojiza.

La unidad de vigilancia médica que observaba continuamente todas sus reacciones vio las gotitas de fluido que brotaban de los conductos lacrimales truncados del hombre y se preguntó sin demasiado interés qué le estaría ocurriendo.


* * *

—Bueno, ¿y cuántos años tiene ahora el viejo Tsoldrin?

—Ochenta años relativos —dijo la unidad.

—¿Y crees que estará dispuesto a volver a la vida activa sólo porque yo se lo pido? —preguntó él contemplando a Skaffen-Amtiskaw con cierto escepticismo.

—Eres la única solución que se nos ha ocurrido —dijo Sma.

—Oye, ¿no podíais permitir que el pobre viejo siguiera envejeciendo en paz?

—Hay muchas cosas en juego, Zakalwe, y tienen mucha más importancia que la tranquilidad espiritual de un político de edad avanzada.

—¿A qué cosas te refieres? ¿El universo? ¿La vida tal y como la conocemos?

—Sí. Decenas, puede que centenares de millones de veces…

—Muy filosófica.

—Tú tampoco permitiste que el Etnarca Kerian envejeciera en paz, ¿verdad?

—Tienes toda la razón —dijo él, y reanudó sus paseos por la armería—. Ese viejo cabrón se merecía haber muerto un millón de veces.

El recinto de la minibodega reconvertida alojaba un asombroso despliegue de armamento procedente de la Cultura y de otras muchas sociedades. Sma pensó que Zakalwe parecía un niño en una juguetería. Estaba seleccionando equipo y lo iba cargando en una plataforma que Skaffen-Amtiskaw se encargaba de guiar con sus campos siguiéndole mientras él iba y venía por los pasillos examinando el contenido de los estantes y cajones repletos de armas que disparaban proyectiles, rifles láser, proyectores de plasma, granadas de todos los tamaños posibles, efectores, cargadores de plano, armaduras pasivas y activas, artefactos de vigilancia y detección, trajes de combate, proyectiles más o menos autónomos y por lo menos una docena de clases de ingenios ofensivos o defensivos más que no había logrado identificar.

—Zakalwe, nunca podrás cargar con tantos trastos…

—Oh, esto no es más que la lista inicial —dijo él. Alargó la mano hacia un estante y cogió un arma bastante rechoncha que parecía no tener cañón—. ¿Qué es esto?

—Un arma capaz de emitir radiación coherente…, un rifle de asalto, para ser más exactos —dijo Skaffen-Amtiskaw—. Cuenta con siete baterías de potencia equivalente a catorce toneladas de almacenamiento convencional y siete posibilidades de disparo distintas, desde el disparo individual hasta un máximo de cuarenta y cuatro coma ocho kiloproyectiles por segundo en posición de ráfaga. Ah…, el tiempo mínimo de duración de la ráfaga es de ocho coma setenta y cinco segundos, y el peso del arma varía en función de las baterías que utilice, yendo desde un mínimo de dos kilos y medio hasta un máximo de siete veces esa cifra. La frecuencia de radiación que emite va desde la luz semivisible hasta los rayos X.

—No está muy bien equilibrada —dijo él mientras la sopesaba en sus manos.

—El arma se encuentra en la configuración usada para el almacenamiento. Echa toda la parte superior hacia atrás.

—Hmmm. —Siguió las instrucciones de la unidad y fingió que tomaba puntería con el arma—. Veamos, ¿qué te impide poner la mano con que sostienes el arma en el punto de donde sale el haz?

—¿El sentido común, quizá? —sugirió la unidad.

—Ya. Creo que seguiré fiel a mi anticuado rifle de plasma… —Dejó el arma sobre el estante del que la había cogido—. Bueno, Sma, el que los ancianos estén dispuestos a abandonar su apacible retiro por ti debería complacerte mucho, ¿no? Maldición, a veces pienso que debería estar consagrando mis horas libres a la jardinería o cualquier ocupación parecida en vez de viajar hasta los confines de la galaxia metiéndome en montones de líos para hacer vuestros trabajitos sucios…

—Oh, claro —dijo Sma—. Aún recuerdo lo mucho que me costó convencerte de que renunciaras a cuidar de tu «jardín» para venir con nosotros. Mierda, Zakalwe, pero si ya tenías hecho el equipaje…

—Debí de captar lo apremiante de la situación gracias a mi asombroso sentido telepático. —Cogió una gigantesca arma negra de un estante y la alzó con las dos manos gruñendo a causa del esfuerzo que se vio obligado a hacer—. Mierda santa… ¿Hay que dispararla o basta con utilizarla como ariete?

—Es un cañón manual idirano. —Skaffen-Amtiskaw suspiró—. No lo menees tanto. Es una antigüedad de muchísimo valor.

—No me extraña. —Logró volver a dejar el arma sobre el estante sin que se le cayera y siguió caminando por el pasillo—. Sma, ahora que lo pienso… Soy tan viejo que el tiempo que me queda debería valer el triple que el de un hombre joven. Creo que esta ridícula excursión en la que me habéis embarcado debería saliros mucho más cara.

—Bueno, si quieres ver las cosas bajo el prisma económico, creo que nosotros deberíamos cobrarte por… ¿Qué te parece si te imponemos una multa por infringir la legislación sobre patentes? Devolviste la juventud a esos vejestorios utilizando nuestra tecnología.

—Olvídalo. No tienes ni idea de lo que se siente cuando llegas a ser tan viejo tan pronto.

—Oh, claro, pero supongo que eso se aplica a todo el mundo, ¿no? Tú sólo hiciste tratos con los bastardos más peligrosos y hambrientos de poder del planeta.

—¡Estamos hablando de sociedades terriblemente jerarquizadas! ¿Qué esperabas? Además, si hubiera permitido que el tratamiento fuese accesible a toda la población… ¡Piensa en la explosión demográfica que se habría producido!

—Zakalwe, ya pensé en todo eso cuando tenía quince años. Los habitantes de la Cultura aprendemos ese tipo de cosas en la escuela. Es una parte de nuestra historia y del entorno en el que crecemos, ¿comprendes? Todas las cosas de las que me estás hablando son agua pasada… Ésa es la razón de que hasta un colegial se encuentre en condiciones de comprender que cometiste una estupidez. Para nosotros tú eres un colegial. Ni tan siquiera quieres envejecer… No existe ninguna actitud más inmadura.

—¡Vaya! —exclamó él deteniéndose de repente y cogiendo algo de un estante—. ¿Qué es esto?

—No lo entenderías —dijo Skaffen-Amtiskaw.

—¡Menuda preciosidad! —murmuró mientras sostenía aquel arma asombrosamente complicada en sus manos y le daba vueltas—. ¿Qué es? —jadeó.

—Sistema de Micro Armamentos, Rifle —le explicó la unidad—. Es… Oh, mira, Zakalwe, posee diez sistemas de armamento distintos, por no hablar del sistema de vigilancia semiconsciente, los componentes del campo reactivo, la unidad antigravitatoria o los acumuladores de energía controlables mediante frecuencias intermedias, y antes de que me lo preguntes te diré que todos los controles están en el lado equivocado porque se trata de una versión para zurdos, y el equilibrio es adaptable, al igual que ocurre con el peso y la inercia independiente variable. Se necesita medio año de adiestramiento para aprender a utilizarlo sin correr peligro, y no hablemos del tiempo que hace falta para aprender a utilizarlo de forma mínimamente competente, así que… No, no puedes llevarte uno.

—No quiero uno —dijo él acariciando el arma—. Pero… ¡Qué artefacto! —Volvió a dejarlo en el estante y miró a Sma—. Dizita, ya sé lo que piensa tu gente y supongo que respeto vuestras ideas, pero… Vuestra existencia no es la mía. Yo vivo en lugares peligrosos donde siempre hay algún tipo u otro de amenaza al acecho. Siempre lo he hecho y siempre lo haré. No tardaré mucho en morir, así que… ¿Por qué he de cargar con el peso adicional de ir envejeciendo, aunque sea muy despacio?

—No intentes ocultarte detrás de la necesidad, Zakalwe. Podrías haber cambiado de vida. No tienes por qué llevar ese tipo de existencia. Podrías haberte unido a la Cultura convirtiéndote en uno de nosotros. Podrías haber intentado vivir como nosotros, pero…

—¡Sma! —exclamó, y se volvió hacia ella—. Esa vida es para gente como tú, no para alguien como yo. Crees que obré mal al pediros que estabilizarais mi edad y consideras que la inmortalidad…, no, incluso el mero hecho de pensar en la inmortalidad es algo reprobable. De acuerdo, puedo entenderlo. En vuestra sociedad y teniendo en cuenta la existencia que lleváis me parece lógico. Vivís vuestros trescientos cincuenta o cuatrocientos años y sabéis que no habrá nada que os impida llegar al final de vuestra existencia. Morís sin llevar las botas puestas, pero yo… No funcionaría. Yo no poseo esa certidumbre. Yo disfruto contemplando el paisaje desde el borde del precipicio, Sma. Me gusta sentir la caricia del vendaval en mi rostro, y sé que moriré más pronto o más tarde, y lo más probable es que muera de una forma violenta. Puede que incluso de una forma estúpida, porque así es como suele ocurrir. Logras escapar a las bombas atómicas y a los asesinos más temibles…, y de repente te atragantas con una espina de pescado y mueres asfixiado, pero… ¿a quién le importa eso? Vuestra sociedad se basa en la ausencia de cambios y la mía…, la mía se basa en la edad. Pero los dos podemos estar seguros de una cosa, y es que ambos moriremos.

Sma clavó los ojos en el suelo y juntó las manos detrás de la espalda.

—De acuerdo —dijo—. Pero no olvides quién te ha proporcionado ese paisaje visto desde el borde del precipicio.

Él la miró y sonrió con cierta tristeza.

—Sí, no olvido que me habéis salvado la vida. Pero también me habéis mentido. Me enviasteis…, no, escucha y no me interrumpas…, me enviasteis a misiones condenadamente estúpidas en las que acabé descubriendo que me hallaba en el lado opuesto a aquel en que creía estar, me obligasteis a luchar por aristócratas incompetentes a los que me habría encantado estrangular en guerras donde no sabía que estabais apoyando a los dos bandos, me llenasteis las pelotas con semen alienígena que se suponía debía meter en el útero de una pobre hembra…, faltó muy poco para que me mataran…, hubo una docena de ocasiones o más en que escapé a la muerte por los pelos y…

—Nunca me has perdonado el que te regalara ese sombrero, ¿verdad? —preguntó Skaffen-Amtiskaw con un tono de amargura muy poco convincente.

—Oh, Cheradenine… —dijo Sma—. No intentes fingir que no te lo has pasado bien.

—Sma, no todo ha sido «diversión», créeme. —Se apoyó en un armario de cristal que contenía viejas armas de proyectiles y la miró—. Y lo peor de todo llega cuando se os ocurre dar la vuelta a los malditos mapas…

—¿Qué? —preguntó Sma, perpleja.

—Cuando dais la vuelta a los mapas —repitió él—. ¿Tienes idea de lo increíblemente molesto e irritante que resulta llegar a un sitio y descubrir que su sistema cartográfico no se rige por los principios que han sido utilizados al confeccionar los mapas de que dispones? Oh, la razón puede ser cualquier estupidez, como por ejemplo el que alguien crea que la aguja de una brújula apunta al cielo cuando otras personas creen que es más pesada y siempre apunta hacia abajo, o porque el mapa se ha hecho guiándose por el ángulo de inclinación respecto al plano galáctico, o… Comprendo que esto quizá te parezca trivial, pero te aseguro que puede ponerte muy nervioso.

—Zakalwe, no tenía ni idea de que… Permite que te ofrezca mis más sinceras disculpas y las de toda la Sección de Circunstancias Especiales…, no, las de todo Contacto y…, no, te pido disculpas en nombre de toda la Cultura y…, no, será mejor que te pida disculpas en nombre de todas las especies inteligentes y…

—Sma, zorra implacable, estoy intentando hablar en serio.

—No, no creo que estés intentando hablar en serio. Eso de los mapas…

—¡Pero te aseguro que es verdad! ¡Los mapas están del revés!

—Entonces debe de existir alguna razón para ello —dijo Diziet Sma.

—¿Cuál? —preguntó él.

—La psicología —dijeron Sma y la unidad al mismo tiempo.


* * *

—¿Dos trajes? —preguntó Sma un rato después.

Estaba observándole mientras terminaba de escoger el equipo que necesitaría. Seguían en la minibodega utilizada como armería, pero Skaffen-Amtiskaw les había abandonado diciendo que se le ocurrían formas de pasar el tiempo más interesantes que ver a un niño escogiendo juguetes.

Había hablado con un tonillo tan claramente acusatorio que el «niño» se quedó quieto y alzó los ojos hacia su rostro.

—Sí, dos trajes. ¿Qué pasa?

—Zakalwe, sé que ese tipo de trajes pueden utilizarse para mantener prisionero a alguien. No son una mera protección.

—Sma… Si tengo que sacar a ese tipo de un ambiente hostil sin contar con ayuda directa de vosotros porque tenéis que manteneros lo más lejos posible dando la impresión de pureza y nobles motivos habituales en la Cultura, por muy falsos que sean, me apresuro a añadir, necesitaré ciertas herramientas, y un par de auténticos trajes JTT son dos de las herramientas que necesitaré.

—Un traje —dijo Sma.

—Sma, ¿es que no confías en mí?

—Un traje —repitió Sma.

—¡De acuerdo, maldita sea!

Se inclinó sobre el montón de equipo que había ido escogiendo, cogió un traje y lo apartó de un manotazo.

—Cheradenine… —dijo Sma adoptando un tono de voz súbitamente conciliador—. Recuerda que necesitamos la…, la aquiescencia y el compromiso de Beychae, no su mera presencia física. Esa es la razón por la que no podíamos limitarnos a suplantarle o a manipular su mente y…

—Sma, creo que me estás enviando allí precisamente para que manipule su mente, ¿no?

—De acuerdo, tienes razón —dijo Sma en un tono de voz repentinamente nervioso. Hizo entrechocar sus manos dando una palmada casi inaudible y puso cara de sentirse incómoda—. Por cierto, Cheradenine… Eh… ¿Cuáles son tus planes? Sé que no debo pedirte un perfil de misión ni nada tan remotamente formal como eso, pero… ¿cómo piensas arreglártelas para llegar hasta Beychae?

—Haré que sea Beychae quien quiera llegar hasta mí —dijo él, y suspiró.

—¿Cómo?

—Me bastará con una palabra.

—¿Una palabra?

—Un nombre.

—¿Qué nombre? ¿El tuyo?

—No. Cuando trabajé como consejero de Beychae se suponía que mi nombre debía ser mantenido en secreto, pero a estas alturas supongo que ya se habrán producido muchas filtraciones. Resultaría demasiado peligroso, así que utilizaré otro nombre.

—Aja.

Sma le contempló con expresión francamente expectante, pero él no dijo nada más y volvió a concentrar su atención en la tarea de escoger el equipo que se llevaría consigo.

—Beychae se encuentra en esa universidad de la que me has hablado, ¿verdad? —preguntó sin mirarla.

—Sí. Se pasa la vida en los archivos, pero hay muchos archivos. Beychae se desplaza continuamente, y siempre hay centinelas a su alrededor.

—Muy bien —dijo él—. Si quieres hacer algo útil, intenta averiguar todo lo que puedas sobre cuáles son las necesidades y deseos de esa universidad.

Sma se encogió de hombros.

—Beychae vive en una sociedad capitalista. ¿Qué opinarías del dinero?

—Oh, te aseguro que de eso ya me encarga… —empezó a decir él, pero no terminó la frase callado. Alzó la cabeza y le lanzó una mirada impregnada de suspicacia—. Supongo que dispongo de la máxima capacidad de maniobra posible en cuanto respecta a gastar dinero, ¿verdad?

—Gastos ilimitados —dijo Sma asintiendo con la cabeza.

—Estupendo… —dijo él. Sonrió y la contempló en silencio durante unos momentos—. ¿Cuál será la fuente del dinero que voy a utilizar? ¿Una tonelada de platino? ¿Sacos de diamantes? ¿Mi propio banco particular?

—Bueno…, más o menos algo así como tu banco particular, sí —dijo Sma—. Después de la última guerra hemos estado construyendo algo llamado la Fundación Vanguardia. Es un imperio comercial comparativamente ético que se ha ido expandiendo con rapidez, pero de una forma bastante discreta. Tus gastos ilimitados serán financiados por esa entidad.

—Perfecto. Teniendo en cuenta que puedo gastar sin ninguna clase de limitaciones supongo que optaré por ponerme en contacto con esa universidad y le ofreceré montones de dinero, pero sería mejor disponer de alguna cosa más concreta con la que pudiéramos tentarles.

—De acuerdo —dijo Sma asintiendo con la cabeza. Frunció el ceño y movió una mano señalando el traje de combate—. Oye, ¿cómo llamaste antes a ese trasto?

—Oh —dijo por fin después de haberla contemplado durante unos momentos como si no supiera de qué le estaba hablando—. Es un traje JTT.

—Sí, un «auténtico traje JTT», eso es lo que dijiste…, pero creía conocer toda la nomenclatura y nunca había oído utilizar ese acrónimo. ¿Qué quiere decir?

—Quiere decir traje jódete-tú-también.

Zakalwe sonrió.

Sma chasqueó la lengua.

—No me lo digas… Tendría que habérmelo imaginado, ¿verdad?


* * *

Dos días después estaban en el hangar del Xenófobo. El piquete ultrarrápido había salido de la bodega del VGS el día anterior para poner rumbo hacia el sistema de Voerenhutz. Las velocidades que alcanzó habían sido muy considerables, por lo que la operación de frenado sería bastante drástica. Sabía que no le quedaba mucho tiempo, y ya había empezado a colocar todo el equipo que necesitaría dentro de la cápsula que le llevaría hasta la superficie del planeta donde se encontraba Tsoldrin Beychae. La primera etapa de su viaje por el interior del sistema se realizaría en un módulo rápido con capacidad para acoger a tres personas, que se estacionaría en la atmósfera de un gigante gaseoso cercano. El Xenófobo aguardaría en el espacio interestelar y estaría preparado para prestarle su ayuda si ésta llegaba a ser necesaria.

—¿Estás seguro de que no quieres que Skaffen-Amtiskaw vaya contigo? —le preguntó Sma.

—Estoy totalmente seguro. Puedes quedarte con ese gilipollas aerotransportado, y espero que disfrutes de su compañía.

—¿Quieres alguna otra unidad?

—No.

—¿Un proyectil cuchillo?

—¡Diziet, no! No quiero a Skaffen-Amtiskaw ni a ningún otro trasto que se crea capaz de pensar por sí mismo.

—Eh, tranquilo, puedes hablar de mí con toda libertad —murmuró Skaffen-Amtiskaw—. Como si no estuviera aquí…

—Ojalá no estuvieras aquí, unidad.

—Te aseguro que yo también adoro la soledad, y en cuanto a eso de que ojalá no estuvieras aquí lo suscribo con todo mi entusiasmo —dijo la máquina.

—Si yo fuera tu fábrica ya habría desguazado a todos los modelos de tu serie por defectuosos —replicó él mirando fijamente a la unidad.

—Francamente —dijo Skaffen-Amtiskaw con voz altiva—, nunca he entendido qué puede haber de tan maravilloso en algo con un ochenta por cien de agua.

—Bueno, bueno… —dijo Sma—. Ya conoces todos los datos relevantes para la misión, ¿verdad?

—Sí —dijo él poniendo cara de cansancio.

Se inclinó para colocar el rifle de plasma dentro de la cápsula y el gesto hizo ondular la esbelta musculatura de su cuerpo bronceado. Sólo llevaba puestos unos pantalones cortos. Sma vestía una túnica con capucha, y su cabellera aún estaba algo revuelta a causa de la almohada. Según el horario de la nave, era casi de madrugada.

—¿Sabes con qué personas has de ponerte en contacto? —preguntó Sma—. ¿Y recuerdas quién está a cargo de qué, y en qué bando…?

—¿Y lo que he de hacer si mi línea de crédito se corta de repente? Sí, lo sé todo y me acuerdo de todo.

—Si…, cuando entres en contacto con Beychae dirígete a…

—El encantador y soleado sistema de Impren —canturreó él—, donde hay montones de nativos amistosos que viven en una amplia gama de habitáculos ecológicamente irreprochables y que son de lo más neutral.

—Zakalwe… —dijo Sma. Le cogió el rostro entre las manos y le besó—. Espero que todo salga bien.

—Yo también, por extraño que pueda parecerte —dijo él.

Le devolvió el beso y fue Sma la que acabó apartándose. Meneó la cabeza, sonrió y fue recorriendo el cuerpo de la mujer con la mirada.

—Ah… Algún día, Diziet.

Sma meneó la cabeza e intentó sonreír, pero la sonrisa no le salió demasiado sincera.

—No a menos que esté inconsciente o muerta, Cheradenine.

—Oh. Entonces…, ¿puedo seguir albergando esperanzas?

Sma le dio una fuerte palmada en el trasero.

—En marcha, Zakalwe.

Se metió dentro del traje de combate blindado y los servomecanismos fueron cerrando los sellos a su alrededor. Alzó una mano y activó el casco.

Cuando miró a Sma su expresión se había vuelto muy seria.

—Asegúrate de que sabéis dónde…

—Sabemos dónde está —se apresuró a decir Sma.

Contempló el suelo del hangar durante unos momentos como si no la hubiera oído, alzó la cabeza y sonrió.

—Estupendo —dijo mirándola a los ojos mientras hacía entrechocar sus manos enguantadas—. Bien, tengo que partir. Nos veremos luego…, si hay suerte.

Entró en la cápsula.

—Cuídate, Cheradenine —dijo Sma.

—Sí, cuida de ese repugnante trasero hendido tuyo —dijo Skaffen-Amtiskaw.

—Puedes estar seguro de que lo cuidaré —dijo él, y se despidió de los dos enviándoles un beso con la punta de los dedos.


* * *

Del Vehículo General de Sistemas al piquete ultrarrápido al módulo a la cápsula al traje inmóvil sobre el frío polvo del desierto con un hombre dentro de él.

El hombre subió el visor y contempló lo que le rodeaba mientras se limpiaba las gotitas de sudor de la frente. Estaba anocheciendo. La luz de las dos lunas y los últimos rayos del sol que caían sobre la meseta le permitían ver la roca cubierta de escarcha blanquecina del final de la meseta sobre la que se encontraba. Más allá estaba el inmenso tajo a través del desierto que acogía la vieja ciudad semiabandonada en la que vivía Tsoldrin Beychae.

Las nubes flotaban a la deriva por el cielo, y el polvo iba cubriéndolo todo.

—Bueno… —suspiró el hombre sin dirigirse a nadie en particular, y alzó los ojos para contemplar otro cielo que tampoco le resultaba familiar—. Aquí estamos de nuevo.

VIII

El hombre se encontraba sobre un pequeño promontorio de arcilla y contemplaba las raíces del árbol que iban siendo reveladas por el gorgoteo del torrente de agua amarronada. La lluvia caía sobre él, y el cada vez más caudaloso riachuelo de aguas marrones embestía las raíces del árbol envolviéndolas en chorros de espuma. La lluvia había reducido la visibilidad a unos doscientos metros y había empapado hacía ya mucho rato el uniforme del hombre pegándoselo a la piel. La tela del uniforme era de color gris, pero la lluvia y el barro la habían vuelto de un marrón oscuro. Había sido un precioso uniforme que le sentaba estupendamente, pero la lluvia y el barro lo habían reducido a la categoría de unos harapos.

El árbol se fue inclinando lentamente y cayó sobre el torrente marrón proyectando un surtidor de fango que cayó sobre el hombre, quien retrocedió un par de pasos y alzó el rostro hacia la bóveda grisácea del cielo para dejar que la lluvia fuese lavando la capa de fango de su piel. El gran árbol caído bloqueaba el turbulento torrente de agua marrón y no tardó en desviar una parte del caudal hacia el promontorio de arcilla. El hombre tuvo que retroceder un poco más siguiendo una tosca pared de roca hasta llegar a una explanada de cemento lleno de grietas y baches que se extendía por delante de él hasta terminar en una casita feísima que parecía encogerse sobre la cima de la colina de cemento. El hombre se quedó inmóvil observando el lento hincharse del río marrón. Las aguas fueron royendo el pequeño istmo de arcilla y el promontorio acabó derrumbándose. El árbol perdió su punto de apoyo en aquel lado del río, giró sobre sí mismo impulsado por el torrente y dio comienzo al viaje que le llevaría hasta el valle y las colinas que había más allá. El hombre contempló la precaria orilla que se extendía al otro lado del torrente y las raíces del gran árbol que asomaban de la tierra como cables rotos, acabó dándose la vuelta y subió lentamente la cuesta que llevaba a la casita.

Caminó a su alrededor. El cuadrado de cemento sobre el que se hallaba tenía casi medio kilómetro de lado y seguía estando rodeado por el agua. Las olas marrones acariciaban sus contornos en todas direcciones. Las torres de las viejas estructuras metálicas que llevaban muchísimo tiempo sin ser reparadas se alzaban por entre los velos de lluvia como gigantes acuclillados sobre la resquebrajada superficie de cemento, y hacían pensar en las piezas olvidadas de un juego colosal. La inmensidad de cemento que la rodeaba hacía que la casita resultara ridícula, y el mero hecho de su proximidad a las máquinas abandonadas hacía que pareciese aún más grotesca.

El hombre caminó alrededor del edificio volviendo la cabeza en todas direcciones, pero no descubrió nada que deseara ver y acabó entrando en él.

La asesina se encogió sobre sí misma en cuanto abrió la puerta. La sillita de madera a la que estaba atada se encontraba apoyada en una cómoda. El equilibrio era bastante precario y el brusco movimiento de su cuerpo hizo que las patas se deslizaran con un chirrido sobre el suelo de piedra. La sillita y la chica cayeron al suelo con un estrépito considerable. La cabeza de la chica se estrelló contra las losas de piedra y el dolor la hizo gritar.

El hombre dejó escapar un suspiro. Fue hacia ella —las suelas de sus botas gemían a cada paso que daba— y tiró de la silla hasta apoyar las patas en el suelo mientras apartaba de una patada un trozo de cristal desprendido de un espejo roto. La chica colgaba fláccidamente de sus ataduras, pero el hombre sabía que su desmayo era fingido. Maniobró la silla hasta dejarla en el centro de la habitación observando atentamente a la chica todo el rato y manteniéndose lo más lejos posible de su cabeza. Cuando la estaba atando la chica se las había arreglado para darle un cabezazo en la cara, y faltó muy poco para que el impacto le rompiera la nariz.

Examinó sus ataduras. La cuerda que le inmovilizaba las manos por detrás de la silla estaba algo deshilachada. La chica debía de haber estado intentando cortarla con el trozo de espejo roto que había encontrado sobre la cómoda.

El hombre la dejó en el centro de la habitación colgando como un fardo inerte pensando que podría observarla mejor en esa posición, fue hacia la cavidad tallada en uno de los gruesos muros de la casita que contenía la cama y se dejó caer sobre ella. Las sábanas estaban sucias, pero el cansancio y el haber quedado calado hasta los huesos hicieron que no le importase demasiado.

Escuchó el repiqueteo de la lluvia sobre el tejado, el susurro del viento que entraba gimiendo por el marco de la puerta y las grietas de los postigos y el lento golpeteo de las gotas que lograban deslizarse a través de las hendiduras del techo para acabar cayendo sobre las losas del suelo. Aguzó el oído intentando captar el sonido inconfundible de los helicópteros, pero no había ninguno cerca. Carecía de radio y, de todas formas, no estaba muy seguro de que supieran dónde debían buscarle. La búsqueda sería todo lo intensa que permitía el mal tiempo, pero los observadores estarían concentrando sus esfuerzos en localizar su vehículo, y el vehículo había desaparecido arrastrado por la avalancha marrón del torrente. Lo más probable era que necesitaran días para encontrarle.

Cerró los ojos y empezó a quedarse dormido casi enseguida, pero era como si la consciencia de haber sido derrotado no estuviera dispuesta a permitirle ni tan siquiera esa vía de escape, y logró encontrarle incluso allí llenando su mente con imágenes de inundación y derrota acosándole con tal persistencia que acabó expulsándole del único sitio en el que podía reposar para devolverle al dolor continuado de la vigilia. Se frotó los ojos, pero el agua sucia que se había deslizado sobre sus manos hizo que se los llenara de granitos de arena y motas de tierra. Limpió un dedo lo mejor que pudo frotándolo con las mugrientas sábanas y se lavó los ojos con un poco de saliva, porque temía que si permitía que las lágrimas fluyeran de ellos quizá pasaría el resto de su vida llorando.

Volvió la cabeza hacia la chica. Estaba fingiendo que empezaba a recuperar el conocimiento. Pensó que ojalá hubiera tenido las energías y el tipo de temperamento necesarios para ir hacia ella y golpearla, pero estaba demasiado cansado y era excesivamente consciente de que un acto semejante sería más bien patético. Usarla para desahogar la frustración de ver a todo un ejército derrotado no serviría de nada. Golpear a un individuo —especialmente a una mujer indefensa y bizca—, sería un intento tan lamentablemente ridículo y mezquino de hallar una compensación a un desastre de tales magnitudes que aun suponiendo que lograra salir de aquella situación con vida siempre lamentaría haber hecho algo semejante.

La joven dejó escapar un gemido bastante melodramático. Un hilillo de mucosidad se desprendió de su nariz y cayó sobre la tela de su chaquetón.

El hombre puso cara de asco y apartó la mirada.

Oyó que tragaba aire ruidosamente por la nariz. Cuando volvió a mirarla tenía los ojos abiertos y estaba observándole con una considerable malevolencia. Su bizquera no era demasiado pronunciada, pero le irritaba bastante más de lo que habría resultado lógico esperar de un defecto tan pequeño. Pensó que si hubiera podido darse un baño y ponerse algo decente casi la habría encontrado bonita, pero en las circunstancias actuales… Su cuerpo estaba enterrado dentro de un grueso chaquetón manchado de barro y su rostro quedaba casi totalmente oculto por el cuello del chaquetón y por su larga y sucia cabellera. Pellas de barro casi iridiscente unían las puntas de algunos mechones a la tela del chaquetón. La chica se removió de una forma bastante extraña, como si estuviera rascándose la espalda contra la silla. El hombre no logró decidir si estaba comprobando la resistencia de las cuerdas que la inmovilizaban o si tenía problemas con las pulgas.

Dudaba que la hubieran enviado para matarle, y estaba casi seguro de que su uniforme de auxiliar correspondía a lo que era en realidad. Lo más probable era que la hubiesen dejado atrás durante una retirada y se hubiera dedicado a vagabundear de un lado a otro porque estaba demasiado asustada o era demasiado estúpida u orgullosa para rendirse, hasta que vio su vehículo justo cuando estaba teniendo dificultades en la hondonada invadida por las aguas del torrente. Su intento de matarle había sido valeroso, pero bastante risible. El disparo que acabó con su chófer dio en el blanco por pura casualidad; el segundo proyectil se deslizó a lo largo de su sien dejándole aturdido mientras ella arrojaba el arma vacía a un lado y saltaba dentro del compartimento blandiendo su cuchillo. El vehículo sin conductor había empezado a resbalar por una pendiente cubierta de hierba y terminó cayendo al torrente de aguas marrones.

Qué acto tan increíblemente estúpido… Había momentos en que las heroicidades le revolvían el estómago porque le parecían un insulto al soldado que sopesaba los riesgos de la situación y tomaba decisiones tranquilas y astutas basadas en la experiencia y la imaginación practicando el tipo de ciencia militar discreta y nada amante del exhibicionismo que no ganaba medallas, pero sí guerras.

El impacto del proyectil hizo que cayera al asiento posterior del compartimento mientras el vehículo bailaba y se agitaba de un lado a otro atrapado en las garras del torrente que había adquirido una fuerza tan inesperada gracias a la lluvia. La mujer casi consiguió enterrarle bajo el grosor de su voluminoso chaquetón. Estar atrapado en una posición tan incómoda con la cabeza aún vibrando a causa del disparo que le había arañado el cráneo, hizo que no pudiera quitársela de encima con un buen puñetazo. Durante aquellos minutos de absurdo y frustrante confinamiento la lucha con la chica le pareció un microcosmos de la llanura enfangada en la que había quedado atascado su ejército. Poseía la fuerza necesaria para dejarla sin sentido de un solo golpe, pero lo reducido del campo de batalla y el peso del chaquetón que la protegía le habían estorbado y habían logrado mantenerle aprisionado hasta que fue demasiado tarde.

El vehículo chocó con la isla de cemento y volcó arrojándoles sobre la corroída superficie grisácea. La chica dejó escapar un grito y alzó el cuchillo que había permanecido todo aquel tiempo envuelto en los pliegues del chaquetón verde, pero el gesto le proporcionó la largamente esperada ocasión de asestar el puñetazo y sentir el satisfactorio impacto de sus dedos contra su mentón.

La chica se derrumbó sobre el cemento. El hombre se volvió con el tiempo justo de ver la superficie metálica de la capota deslizándose a lo largo del filo de cemento. El vehículo seguía estando de lado y la marea marrón hizo que se hundiera casi inmediatamente.

Se volvió hacia ella y sintió la tentación de patear aquel cuerpo inconsciente, pero se conformó con patear el cuchillo y enviarlo dando vueltas por los aires en dirección al río para que siguiera al vehículo que había desaparecido bajo las aguas.


* * *

—Perderéis —dijo la joven casi escupiendo las palabras—. No podréis vencernos.

Estaba tan irritada que se removió haciendo vibrar la sillita.

—¿Qué? —exclamó el hombre volviendo a la realidad.

—Venceremos —dijo ella.

Se agitó con tal violencia que las patas arañaron el suelo de piedra.

«Maldición —pensó él—, ¿por qué se me habrá ocurrido atarla a una silla?»

—Puede que tengas razón —dijo con voz cansada—. De momento las cosas tienen un aspecto bastante…, bastante húmedo, lo admito. ¿Te sientes mejor ahora?

—Vas a morir —dijo la chica mirándole fijamente.

—Oh, sí —dijo él—. No hay cosa más segura que la muerte.

Alzó los ojos para contemplar las goteras del techo.

—Somos invencibles. Nunca nos rendiremos.

—Bueno, creo recordar ocasiones anteriores en que habéis demostrado ser francamente fáciles de vencer.

Repasó mentalmente la historia de aquel planeta y suspiró.

—¡Fuimos traicionados! —gritó la chica—. Nuestros ejércitos jamás han sido derrotados. Fuimos…

—Lo sé, lo sé… Os apuñalaron por la espalda.

—¡Sí! Pero nuestro espíritu jamás morirá. Nosotros…

—¡Oh, vamos! ¡Cállate de una vez! —Sacó las piernas de la cama y se encaró con ella—. Ya he oído esas gilipolleces antes. «Nos robaron la victoria, los de la retaguardia nos dejaron abandonados a nuestra suerte, los medios de comunicación estaban contra nosotros…» Mierda. —Se pasó una mano por entre los empapados mechones de su cabellera—. Sólo quienes son muy jóvenes o muy estúpidos creen que las guerras son algo reservado a los militares. Basta con que las noticias puedan viajar más deprisa que un jinete o un ave entrenada para transportar mensajes y toda la maldita nación se encuentra luchando. Ése es vuestro espíritu y vuestra voluntad, no el recluta pegado al terreno. Si perdéis perdéis, y deja de gimotear. Si no hubiera sido por esta jodida lluvia ya habríais sido derrotados. —Alzó una mano al ver que la chica tragaba aire disponiéndose a replicarle—. Y no, no creo que Dios esté de vuestro lado.

—¡Hereje!

—Gracias.

—¡Espero que tus hijos mueran! ¡Y lo más lentamente posible!

—Hmmm —dijo él—. No estoy demasiado seguro de reunir las cualificaciones adecuadas, pero si las poseo me temo que deberás esperar mucho tiempo para verles morir. —Se dejó caer sobre la cama, puso cara de perplejidad y volvió a incorporarse apoyándose en un codo—. Mierda… Deben empezar a lavaros el cerebro de muy jovencitos, ¿no? Lo que acabas de decir es algo terrible, pero teniendo en cuenta que eres una mujer aún me lo parece más.

—Nuestras mujeres son más hombres que vuestros hombres —se burló la mujer.

—Y aun así os las arregláis para reproduciros… Supongo que no debe de haber mucho donde escoger, ¿eh?

—¡Espero que tus hijos sufran y tengan una muerte horrible! —aulló la chica.

—Bueno, si es lo que sientes… —Suspiró y volvió a tumbarse en la cama—. En tal caso, me temo que no puedo desearte ningún destino peor que ser la gilipollas que está claro eres.

—¡Bárbaro! ¡Infiel!

—A este paso pronto te quedarás sin insultos, y te aconsejaría que dejaras unos cuantos en reserva para más tarde. Aunque me parece que mantener fuerzas en reserva nunca es algo que se os haya dado muy bien, ¿verdad?

—¡Os aplastaremos!

—Eh, tranquila. No puedo estar más aplastado… —Agitó lánguidamente una mano—. Y ahora, haz el favor de callarte, ¿quieres?

La chica volvió a aullar y se debatió haciendo temblar la sillita.

«Quizá debería agradecer esta ocasión de olvidar las responsabilidades del mando —pensó—. Los cambios minuto a minuto que se producen en todo aquello que esos imbéciles no saben resolver por sí solos y que te atrapan de una forma tan implacable y segura como el barro; el continuo chorrear de informes sobre unidades inmovilizadas, arrastradas por las aguas, atrapadas, diezmadas por las deserciones o retirándose de posiciones vitales, los gritos pidiendo ayuda, relevos, refuerzos, más camiones, más tanques, más balsas, más comida, más radios…» Cuando las cosas llegaban más allá de cierto punto ya no podía hacer nada. Lo único que podía hacer era acusar recibo de los informes, replicar, rechazar, ganar tiempo, ordenar que siguieran resistiendo…, nada, nada. Los informes seguían llegando y se acumulaban como si fuesen un mosaico de papel compuesto por un millón de piezas del mismo color revelándole la imagen de un ejército que se iba desintegrando poco a poco después de que la lluvia lo hubiera reblandecido igual que a una hoja de papel volviéndolo frágil, desgarrable y más insustancial a cada momento que pasaba.

Quedar atrapado aquí le había permitido escapar a todo aquello, pero en lo más profundo de su ser no lo agradecía y no se alegraba de ello. Estaba furioso y no soportaba el encontrarse alejado de las decisiones, el tener que dejarlo todo en las manos de los demás, el quedar distanciado del centro y de saber lo que estaba ocurriendo. Su nerviosismo y su preocupación eran curiosamente parecidos a los de la madre cuyo hijo acaba de partir hacia la guerra, y la inercia imparable de aquel proceso y su impotencia para detenerlo hacían que sintiera deseos de llorar o ponerse a dar gritos aun sabiendo que no servirían de nada. (Entonces se le pasó por la mente que en realidad aquel proceso no requería la existencia de ninguna clase de fuerzas enemigas. La batalla era él y el ejército que estaba bajo su mando enfrentándose a los elementos. El tercer bando en discordia resultaba superfluo.)

Primero las lluvias, después el que hubieran alcanzado una intensidad sin precedentes, después el corrimiento de tierras que le había separado del resto del convoy de mando, después esta condenada idiota aspirante a asesina…

Volvió a erguirse y apoyó la cabeza en las manos.

Quizá había intentado estar en todas partes a la vez. La semana pasada sólo había dormido diez horas, y eso podía haber nublado su mente haciéndole tomar decisiones equivocadas. O… Quizá había dormido demasiado. Se preguntó si una hora o dos más despierto habrían podido cambiar significativamente la situación actual.

—¡Espero que te mueras! —graznó la voz de su prisionera.

Frunció el ceño y la miró preguntándose por qué había interrumpido el curso de sus pensamientos, y deseó que se callara de una vez. Quizá debiera amordazarla.

—Te estás retirando —observó—. Hace un minuto me aseguraste que moriría.

Volvió a dejarse caer sobre la cama.

—¡Bastardo! —la oyó gritar.

La miró, y pensó que tan prisionero era él tumbado en la cama como ella atada en la sillita. Los mocos estaban volviendo a acumularse debajo de su nariz. Se apresuró a apartar la mirada.

Oyó un resoplido seguido por un escupitajo. Si hubiera tenido fuerzas para ello habría sonreído. La chica acababa de mostrarle su desprecio escupiendo. ¿Qué era su hilillo de saliva comparado con el diluvio que estaba ahogando a una máquina de guerra en cuya creación y adiestramiento había invertido dos años enteros de su vida?

Y ¿por qué, oh, por qué de entre todos los objetos posibles había tenido que atarla nada menos que a una silla? Quizá fuera un intento de obrar contra sí mismo y conseguir que el destino y el azar parecieran redundantes. Una silla; una chica atada a una silla…, más o menos la misma edad, quizá un poco mayor…, pero la misma delgadez, con un chaquetón engañoso que se esforzaba por crear la impresión de que era más corpulenta y no lo conseguía. Más o menos la misma edad, más o menos la misma silueta…

Meneó la cabeza mientras intentaba que sus pensamientos se alejaran de aquella batalla y aquel fracaso.

Se dio cuenta de que la chica le estaba mirando y volvió a menear la cabeza.

—Cállate, cállate —dijo con voz cansada.

Sabía que el tono empleado no resultaba nada convincente, pero se sentía incapaz de hablar con más autoridad.

Y la chica se calló. Increíble…

Las lluvias y ella… A veces deseaba que le fuera posible creer en el Destino. Quizá hubiese momentos en que la fe en los dioses ayudara un poco. A veces —como ahora, cuando todas las cosas se volvían contra él y cada curva del camino que seguía le hacía enfrentarse con otro salvaje retorcimiento del cuchillo clavado en su herida, otro golpe de martillo sobre los morados que ya tenía— quizá le reconfortaría pensar que todo estaba predestinado y decidido de antemano, que todo estaba escrito y que bastaba con que te limitaras a ir pasando las páginas de un gran libro inviolable e imposible de alterar… Quizá nunca llegaras a tener la oportunidad de escribir tu propia historia (con lo cual incluso su nombre, ese pobre intento de fijar condiciones, se estaría burlando de él).

No quería saber qué debía pensar. ¿Sería un destino tan ridículo y asfixiante como parecían creer ciertas personas?

No quería estar aquí. Quería estar allí donde el ajetreado ir y venir de los informes y las decisiones bastaba para ahogar cualquier otro tráfico de ideas que pudiera tener lugar dentro de su mente.

—Estáis siendo derrotados. Habéis perdido esta batalla, ¿verdad?

Pensó en no responder, pero se dio cuenta de que la chica interpretaría su silencio como una señal de debilidad y seguiría hablando.

—Qué observación tan aguda e inteligente —suspiró—. Me recuerdas a algunas de las personas que planearon esta guerra. Ellas también son bizcas, estúpidas e incapaces de moverse…

—¡No soy bizca! —gritó la chica.

Se echó a llorar. El peso de los sollozos que hicieron temblar su cuerpo y crearon más pliegues en su chaquetón la obligó a inclinar la cabeza hacia adelante y la sillita crujió ruidosamente.

Su larga y sucia cabellera le ocultaba la cara y caía desde su cabeza hasta las enormes solapas de su chaquetón. El llanto la había encorvado hacia adelante de tal forma que sus brazos quedaban casi al nivel del suelo. Deseó tener la energía necesaria para ir hacia ella y consolarla o destrozarle la cabeza…, cualquier cosa que pudiera acabar con todo aquel estrépito innecesario.

—De acuerdo, de acuerdo, no eres bizca… Lo siento.

Se echó hacia atrás con un brazo encima de los ojos albergando la esperanza de que su tono de voz hubiera sonado convincente, pero con la seguridad de que había resultado tan poco sincero como realmente era.

—¡No quiero tu simpatía!

—Lo siento de nuevo. Retiro lo que había retirado antes.

—Bueno… Yo no… No es más que… un pequeño defecto, y no impidió que la junta de reclutamiento me aceptara.

(Recordó que también estaban reclutando niños y jubilados, pero no se lo dijo.) La chica intentó limpiarse la cara con las solapas del chaquetón.

Tragó aire por la nariz haciendo mucho ruido y cuando alzó la cabeza echando el cabello hacia atrás él vio una enorme gota de mocos suspendida en la punta de la nariz de la chica. Se puso en pie sin pensarlo —el cansancio que se había adueñado de su cuerpo lanzó un alarido de muda indignación—, y arrancó un trozo de la cortinilla que colgaba sobre el nicho de la cama mientras iba hacia ella.

La chica le vio venir sosteniendo el trozo de tela entre los dedos de una mano y gritó con toda la fuerza de sus pulmones. El esfuerzo de anunciar al mundo regido por la lluvia que había fuera del edificio que estaba a punto de ser asesinada la dejó sin aire. Sus convulsiones hacían bailar la silla, y el hombre tuvo que saltar hacia adelante y poner un pie sobre una de las varillas que había entre las patas para impedir que cayera al suelo.

Le puso el trozo de tela sobre la cara.

La chica dejó de luchar. Su cuerpo se quedó totalmente fláccido. No intentó oponer resistencia o debatirse, pues sabía que sus esfuerzos serían totalmente inútiles.

—Estupendo —dijo él sintiendo un gran alivio—. Y ahora, sopla por la nariz.

La chica le obedeció.

El hombre apartó el trozo de tela, lo dobló, volvió a colocarlo sobre su cara y le dijo que volviera a soplar por la nariz. La chica lo hizo. El hombre volvió a doblar el trozo de tela y se lo pasó por la nariz frotándosela con bastante fuerza. La chica chilló, y el hombre pensó que debía de tener la piel de esa zona algo irritada. Volvió a suspirar y arrojó el trozo de tela al suelo.

No fue a la cama porque acostarse sólo parecía servir para adormilarle y hacerle pensar, y no quería dormir porque tenía la sensación de que quizá no volviera a despertar y no quería pensar porque eso no le llevaría a ninguna parte.

Giró sobre sí mismo y fue hacia la puerta, que estaba tan cerca de él como cualquier otro punto del edificio y seguía entreabierta. Las gotas de lluvia repiqueteaban en el umbral.

Pensó en los otros comandantes. Maldición… El único en el que confiaba era Rogtam-Bar, y todavía le faltaban unos cuantos años para que pudiera asumir el mando. Odiaba que le colocaran en situaciones de aquel tipo. Aterrizar en una estructura de mando ya establecida —y normalmente corrupta y dominada por el nepotismo—, y verse obligado a asumir tal cantidad de obligaciones y deberes que cualquier ausencia o vacilación, e incluso cualquier descanso, permitían que los imbéciles de los que estaba rodeado tuvieran la ocasión de estropearlo todo siempre, había sido su peor pesadilla. «Pero, naturalmente —se dijo a sí mismo—, ¿acaso ha existido algún general que aceptara con alegría la perspectiva de asumir el mando y se sintiera feliz por poder ejercerlo?»

Bueno, tampoco les había dejado gran cosa, ¿verdad? Unos cuantos planes tan enloquecidos que estaba casi totalmente seguro no podrían salir bien, sus intentos de utilizar armas no demasiado obvias… Una parte demasiado grande de todo lo que había intentado hacer seguía estando dentro de su cabeza. El interior de su cabeza era el único lugar donde podía disfrutar de la soledad, ese pequeño recinto de intimidad en el que ni tan siquiera la Cultura podía penetrar, aunque se daba cuenta de que si no lo hacían era por sus molestos y puntillosos prejuicios, no porque no estuviesen en condiciones de asaltarlo…

Se había olvidado de su prisionera. Era como si dejara de existir en cuanto apartaba los ojos de ella, como si su voz y sus intentos de liberarse fueran los resultados de una absurda manifestación sobrenatural.

Abrió la puerta de par en par. Si observabas la lluvia con la atención suficiente podías acabar viendo cualquier cosa. La lentitud de los ojos hacía que las gotas se transformaran en rayitas que se confundían unas con otras y volvían a emerger convertidas en claves de las formas que llevabas dentro de tu cabeza. Las siluetas entrevistas duraban apenas un latido del corazón y se iban sucediendo en un desfile interminable.

Vio una silla, y un barco que nunca podría navegar; vio a un hombre con dos sombras y vio lo que no podía ser visto; un concepto; el impulso infinitamente adaptable de sobrevivir, de alterar todo lo que estaba a su alcance para facilitar ese objetivo y de eliminar, añadir, destrozar y crear para que un conjunto de células determinado pudiera seguir adelante y tomar decisiones, y seguir moviéndose, y seguir tomando decisiones sabiendo que por lo menos estaba vivo, aunque eso fuera lo único de lo que podía estar mínimamente seguro.

Y tenía dos sombras y era dos cosas al mismo tiempo. Era la necesidad y era el método. La necesidad resultaba obvia. Derrotar todo lo que se oponía a su vida, ésa era la necesidad, y el método…, el método era acumular y alterar los materiales y las personas adaptándolos a ese objetivo guiándose por el credo de que todo podía ser utilizado, de que nada podía ser excluido del combate, de que todo era un arma y no había que olvidar nunca la capacidad de manejar esas armas, de encontrarlas y escoger la más adecuada para apuntar y hacer fuego en un momento concreto; ese talento, esa capacidad, ese uso de las armas…

Una silla, y un barco que nunca podría navegar, un hombre con dos sombras y…

—¿Qué vas a hacer conmigo?

La chica habló en un hilo de voz bastante tembloroso. El hombre se volvió hacia ella y la miró.

—No lo sé. ¿Qué crees que voy a hacer contigo?

La chica le miró. Tenía las pupilas dilatadas por el horror. Parecía estar haciendo acopio de aliento para lanzar otro grito. El hombre no lo entendía. Acababa de hacerle una pregunta de lo más normal y pertinente, y ella actuaba como si hubiera dicho que iba a matarla.

—Por favor, no… Oh, por favor, no, oh, por favor, por favor, no… —volvió a sollozar, ahora casi sin lágrimas.

Se dobló sobre sí misma como si se le hubiera roto la espalda, y su rostro implorante se inclinó casi hasta las rodillas.

—Por favor no… ¿Qué?

Estaba perplejo.

La chica no pareció oírle. Su fláccido cuerpo sacudido por los sollozos siguió en la misma posición.

El hombre se había dado cuenta de que era en momentos como éste cuando dejaba de comprender a las personas. No podía entender lo que estaba ocurriendo dentro de sus mentes y debía conformarse con ver cómo se convertían en objetos insondables a los que no podía llegar. Meneó la cabeza y empezó a dar vueltas por la habitación. El recinto olía mal y había mucha humedad, y bastaba con observarlo un poco para darse cuenta de que esa atmósfera tan desagradable no era ninguna novedad. Aquel lugar siempre había sido un agujero infecto. El hombre pensó que debió de ser la morada de algún analfabeto que había decidido convertirse en guardián de las máquinas inservibles construidas durante una era fabulosa mucho más avanzada, que había sido hecha pedazos hacía ya mucho tiempo por el conspicuo amor a la guerra del que se complacía en dar muestras esta especie. La casita era horrible, y la vida allí debió de ser igualmente horrible…

¿Cuándo vendrían? ¿Cuánto tiempo necesitarían para encontrarle? ¿Creerían que había muerto? ¿Habían captado el mensaje que envió por radio después de que el corrimiento de tierras le separara del resto del convoy de mando?

¿Había obrado de la forma correcta?

Quizá no lo había hecho. Quizá estuviera abandonado a sus propios recursos; quizá creían que una búsqueda no serviría de nada… No le importaba demasiado. Ser capturado no haría que se sintiera peor de lo que ya se sentía en aquellos momentos. Su mente ya se había ahogado en el dolor, y si acababa tomando esa decisión…, bueno, casi lo agradecería. Sí, sabía que podía hacerlo. Lo único que necesitaba era la decisión de tomarse esa molestia.

—Si vas a matarme… ¿Querrás hacerlo deprisa?

Las constantes interrupciones de la chica estaban empezando a irritarle.

—Bueno, la verdad es que había decidido dejarte vivir, pero sigue lloriqueando y quejándote y puede que cambie de parecer.

—Te odio.

Parecía incapaz de pensar en otra cosa.

—Yo también.

La chica se echó a llorar. Sus sollozos eran más ruidosos que los de la última vez.

Volvió a contemplar la lluvia y vio la mole del Staberinde.

«La derrota, la derrota…», murmuraba la lluvia. Los tanques hundiéndose en el barro, los hombres rindiéndose bajo aquella lluvia torrencial mientras todo se iba desintegrando poco a poco…

Y una joven estúpida, y una nariz que no paraba de moquear… Era risible. Lo excelso y lo mezquino habían decidido compartir el mismo lugar y el mismo instante, lo soberbiamente vasto y lo miserablemente absurdo se rozaban como un noble horrorizado al ver que debería compartir un carruaje con campesinos borrachos y sucios que vomitaban continuamente y no paraban de copular…, la seda y las pulgas.

La risa era la única respuesta posible, la única réplica que no podía ser superada con otra o humillada mediante las carcajadas. La risa era el más bajo de todos los denominadores comunes imaginables.

—¿Sabes quién soy? —preguntó de repente volviéndose hacia la chica.

La idea acababa de pasarle por la cabeza. Quizá no supiese quién era, y no le habría sorprendido en lo más mínimo descubrir que había intentado matarle por la sencilla razón de que viajaba en un vehículo muy grande y no porque hubiera reconocido al Comandante en Jefe de todo el ejército. Oh, sí, no le sorprendería nada descubrirlo, y de hecho casi lo esperaba.

La chica alzó la mirada.

—¿Qué?

—¿Sabes quién soy? ¿Sabes cómo me llamo o cuál es mi rango?

—No. —La chica escupió en el suelo—. ¿Debería saberlo?

—No, no…

Se rió y volvió a darle la espalda.

Contempló el muro gris de la lluvia durante unos momentos observándolo en silencio como si fuera un viejo amigo, acabó girando sobre sí mismo, fue hacia la cama y se dejó caer en ella.

El gobierno se enfadaría muchísimo. Oh, las cosas que les había prometido… Las riquezas, las tierras, el aumento de recursos, prestigio y poder se les escaparían de entre los dedos. Si la Cultura no le sacaba pronto de aquí le fusilarían. Le harían pagar la derrota con la muerte. La victoria habría sido suya, pero la derrota sería exclusivamente de él. Era la reclamación habitual en esa clase de situaciones.

Intentó convencerse de que casi lo había conseguido. Sabía que estaba muy cerca de la victoria, pero los únicos momentos en que era realmente capaz de pensar y podía hacer el intento de reunir todos los hilos dispersos de su vida para que formaran un dibujo coherente siempre coincidían con la derrota y la parálisis. Sus pensamientos volvieron al navío de combate Staberinde y a lo que representaba; y volvió a pensar en el Constructor de Sillas, y en los ecos de la culpabilidad que seguían sonando detrás de esa descripción tan banal…

Esta vez la derrota resultaba más soportable porque pertenecía a una variedad distinta y más impersonal. Era el comandante del ejército, la persona responsable ante el gobierno y podían destituirle, así que en última instancia la responsabilidad de lo que ocurriese recaería sobre ellos y no sobre él. Además, en aquel conflicto no había nada personal. No había tenido ningún contacto con los líderes del enemigo. Sus oponentes eran unos extraños de los que sólo conocía sus costumbres militares, sus sistemas de acumulación de fuerzas y sus pautas favoritas de movimiento de tropas. La perfecta limpieza de ese cisma interpuesto entre los dos bandos parecía suavizar la lluvia de golpes que caía sobre él…, un poco.

Envidiaba a las personas que podían nacer, crecer y madurar junto a quienes les rodeaban, hacer amistades y aposentarse en un lugar con un conjunto de gente conocida para llevar existencias corrientes y nada espectaculares en las que no había riesgos, envejeciendo y siendo sustituidos poco a poco mientras sus hijos venían a verles…, y morir chocheando a una edad avanzada sintiéndose satisfechos de todo lo que había ocurrido antes.

Jamás habría creído que podría sentir esas emociones y que llegaría a anhelar con tanta desesperación una existencia semejante, unas desesperaciones tan poco profundas y unas alegrías tan limitadas; que desearía no tensar en ningún momento la textura de la vida o el destino y conformarse con la pequeñez, el carecer de influencia y el ser poco importante.

Ahora le parecía que aquella situación debía de ser muy dulce e infinitamente deseable, porque una vez te hallabas metido en ella, cuando estabas allí… ¿Habría algún momento en el que sintieras la horrible necesidad de alcanzar esas alturas, el impulso de hacer lo que él había hecho? Lo dudaba. Se volvió hacia la chica atada a la silla.

Pero todo aquello era una estupidez. No tenía sentido. Estaba pensando puras y simples tonterías. Si fuera un ave marina…, pero, naturalmente, tú eres tú y nunca podrás ser un ave marina. Si fueses un ave marina tendrías un cerebro minúsculo y estúpido, y las tripas de pescado medio podridas serían tu plato favorito y te encantaría arrancar a picotazos los ojos de los animalitos que comen hierba; no sabrías lo que es la poesía y jamás podrías apreciar el acto de volar de una forma tan completa como el humano que te observa desde el suelo deseando ser tú.

Quien siente el deseo de ser un ave marina merece convertirse en una.

—¡Ah! El jefe del campamento y la fiel seguidora. Pero me temo que no lo ha entendido bien, señor. Se supone que debería haberla atado a la cama…

El hombre dio un salto, giró sobre sí mismo y su mano fue velozmente hacia la pistolera que colgaba de su cintura.

Kirive Socroft Rogtam-Bar cerró la puerta de una patada, se quedó inmóvil delante del umbral y se sacudió para quitarse las gotas de lluvia que hacían relucir su larga capa mientras sonreía irónicamente. El que pareciera tan fresco y ofreciera un aspecto tan pulcro y atildado resultaba especialmente irritante teniendo en cuenta que llevaba varios días sin dormir.

—¡Bar!

Casi echó a correr hacia él. Los dos hombres se abrazaron y se echaron a reír.

—El mismo que viste y calza, general Zakalwe. Ah, señorita… Hola. General, me estaba preguntando si querría viajar conmigo aunque sea en un vehículo robado. Tengo un Anf ahí fuera y…

—¿Qué?

Abrió la puerta de un manotazo e intentó ver algo a través de la cortina de agua que caía del cielo. Un gigantesco y algo maltrecho camión anfibio estaba aparcado a unos cincuenta metros de distancia junto a una de las imponentes estructuras metálicas.

—Es uno de sus camiones —dijo riendo.

Rogtam-Bar asintió poniendo cara de disgusto.

—Sí, eso me temo. Y parece que quieren recuperarlo.

—¿De veras?

Volvió a reír.

—Sí. Por cierto, me temo que el gobierno ha caído. Les han obligado a abandonar el poder.

—¿Qué? ¿Debido a lo que está ocurriendo?

—Es la impresión que tengo. Creo que estaban tan ocupados echándote la culpa por perder su estúpida guerra que no comprendieron que la gente también les consideraba culpables a ellos. En resumen, que actuaron con su estupidez habitual… —Rogtam-Bar sonrió—. Oh, y esa loca idea tuya… ¿Te acuerdas del comando que enviamos para que colocara cargas explosivas en el depósito de Maclin? Bueno, pues funcionó. El agua del depósito fue hacia la presa y el embalse no pudo vérselas con un incremento de líquido tan repentino. Los informes del departamento de inteligencia dicen que la presa no ha llegado a romperse, pero… ¿cuál es la frase que utilizaron? Ah, sí… El embalse «se llenó hasta rebosar». Bien, el caso es que una considerable cantidad de agua acabó en el valle y la inundación arrastró a la mayor parte del Alto Mando del Quinto Ejército…, y a un gran número de sus efectivos, a juzgar por los cuerpos y las tiendas que hemos visto pasar flotando junto a nuestras líneas durante las últimas horas. Y pensar que todos estábamos convencidos de que ese hidrólogo al que nos hiciste llevar de un lado a otro toda la semana pasada era otra de tus locuras… —Rogtam-Bar hizo entrechocar sus manos enguantadas—. Bien… Su situación debe de ser bastante desesperada. Me temo que hay rumores de que han solicitado una conferencia de paz. —Sus ojos recorrieron al general de arriba abajo—. Pero sospecho que si quieres empezar a discutir los términos de la paz con nuestros amigos del otro bando tendrás que ofrecer una imagen algo más cuidada… ¿Qué has estado haciendo, general? ¿Estuviste luchando en el barro?

—Sí, pero sólo con mi conciencia.

—¿De veras? ¿Y quién ganó?

—Bueno, fue una de esas raras ocasiones en que la violencia no consigue resolver nada.

—Conozco muy bien ese escenario táctico. Suele presentarse cuando uno está intentando decidir si descorcha otra botella o se va a la cama. —Bar movió la cabeza señalando hacia la puerta—. Después de usted… —Sacó un paraguas de grandes dimensiones de debajo de la capa, lo abrió y lo sostuvo sobre sus cabezas—. ¡General, permítame! —Después volvió los ojos hacia el centro de la habitación—. ¿Y tu amiga?

—Oh. —Se volvió hacia la chica, que llevaba un buen rato contemplándoles con expresión horrorizada—. Sí, mi público cautivo… —Se encogió de hombros—. He visto mascotas más extrañas. Llevémosla con nosotros.

—Nunca pongas en duda las decisiones de tus superiores —dijo Bar, y le entregó el paraguas—. Ocúpate de este trasto y yo me ocuparé de ella. —Le lanzó una mirada tranquilizadora a la chica y se llevó una mano a la visera de la gorra—. Le aseguro que utilizo la palabra en su sentido más literal, señora.

La chica dejó escapar un alarido ensordecedor.

Rogtam-Bar torció el gesto.

—¿Hace eso con mucha frecuencia? —preguntó.

—Sí, y ten cuidado con tu cabeza cuando la levantes. Faltó poco para que me rompiera la nariz.

—Habría sido una pena, teniendo en cuenta lo atractiva que es su forma actual… Le veré en el Anf, señor.

—De acuerdo.

Logró hacer pasar el paraguas por el umbral y empezó a bajar por la pendiente de cemento silbando suavemente.

—¡Bastardo infiel! —gritó la chica de la silla.

Rogtam-Bar fue hacia ella moviéndose con mucha cautela y se colocó detrás de la silla.

—Tienes suerte —dijo—. Normalmente no me paro a recoger autoestopistas, ¿sabes?

Alzó la silla con la chica atada a ella y las llevó hasta el vehículo dejándolas caer en la parte de atrás.

La chica no paró de gritar durante todo el trayecto.

—¿Estuvo así de ruidosa todo el rato? —preguntó Rogtam-Bar mientras ponía la marcha atrás y hacía retroceder el vehículo anfibio hacia las aguas.

—Casi todo.

—Me sorprende que pudieras pensar.

Se volvió hacia Rogtam-Bar, pero no dijo nada. Después alzó los ojos hacia los torrentes de lluvia que caían del cielo y sonrió con cierta melancolía.


* * *

Después del acuerdo de paz fue degradado y despojado de varias medallas. Se marchó a finales de aquel año, y la Cultura no dio ni la más mínima señal de que le hubiera disgustado su forma de manejar el asunto.

7

La ciudad estaba construida dentro de un desfiladero que medía dos kilómetros de altura y diez de anchura. El desfiladero serpenteaba a lo largo del desierto durante ochocientos kilómetros creando una herida irregular en la corteza del planeta. La ciudad sólo ocupaba treinta de esos kilómetros.

Estaba inmóvil en el borde del desfiladero contemplando lo que había dentro de él y enfrentándose a la asombrosa confusión de edificios, casas, calles, escaleras, desagües para las lluvias y líneas de ferrocarril que formaban un todo grisáceo envuelto en delgadas capas de niebla que flotaban bajo el nebuloso círculo rojizo del sol poniente.

Las nubes iban rodando por el interior del desfiladero como las aguas que escapan perezosamente de una presa agrietada.. Las masas algodonosas se encallaban tozudamente en los recovecos y hendiduras de la arquitectura y se iban filtrando poco a poco por ellas para seguir adelante con la lentitud de los pensamientos cansados.

Había algunos sitios en los que los edificios de mayor altura llegaban al borde rocoso y se desparramaban sobre el desierto, pero el resto de la ciudad daba la impresión de no poseer la energía o la inercia que habrían podido llevarla tan lejos y se había conformado con permanecer dentro del desfiladero, protegida de los vientos y mantenida a una temperatura bastante agradable por el microclima natural de la hendidura que la acogía.

La ciudad tachonada de lucecitas parecía extrañamente callada y carente de movimiento. Aguzó el oído y acabó logrando captar un sonido procedente de un suburbio envuelto en la niebla que le recordó el aullido de algún animal salvaje. Alzó los ojos hacia el cielo y pudo ver los puntitos lejanos de las aves que trazaban círculos sobre la ciudad girando lentamente en aquella atmósfera inmóvil y fría. Las aves planeaban sobre las terrazas, las calles que hacían pendiente y los caminos zigzagueantes, y eran la fuente de aquel distante y ronco griterío.

Bajó la mirada y vio trenes que se movían en silencio, delgadas líneas de luz que entraban y salían lentamente de los túneles. El agua aparecía bajo la forma de trazos negros en los acueductos y los canales. Había caminos y carreteras por todas partes, y los vehículos reptaban sobre ellos iluminando la noche con faros tan diminutos como chispas mientras correteaban de un lado a otro igual que si fueran las minúsculas presas naturales de aquellas aves que giraban en las alturas.

El anochecer de otoño era bastante fresco, y podía sentir la mordedura del aire que le acariciaba. Se había quitado el traje de combate y lo había dejado dentro de la cápsula antes de que ésta se enterrara en una hondonada arenosa. Ahora llevaba las ropas holgadas que volvían a ser populares en la ciudad. Aquel estilo de indumentaria había estado de moda durante su último trabajo allí, y el haber estado lejos de la ciudad el tiempo suficiente para que el ciclo de la moda diese una vuelta completa hizo que se sintiera extrañamente complacido. No era supersticioso, pero la coincidencia le divertía.

Se acuclilló y deslizó una mano sobre el borde del desfiladero. Cogió un puñado de guijarros y hierbajos y dejó que fueran cayendo por entre sus dedos. Suspiró, se fue incorporando lentamente y se puso los guantes y el sombrero.

El nombre de la ciudad era Solotol, y Tsoldrin Beychae vivía en ella.

Se quitó unos granos de arena del viejo impermeable —una prenda fabricada en un planeta muy lejano y cuyo valor se limitaba a lo puramente sentimental—, colocó unas gafas de cristales casi negros sobre el puente de su nariz, cogió la algo maltrecha maleta que había dejado en el suelo y empezó el descenso hacia la ciudad.


* * *

—Buenas noches, señor. ¿En qué puedo ayudarle?

—Me gustaría ocupar sus dos últimos pisos, si es tan amable.

El recepcionista puso cara de perplejidad y acabó inclinándose hacia adelante.

—Disculpe, señor. ¿Qué…?

—Me gustaría ocupar los dos últimos pisos del hotel. —Sonrió—. Me temo que no he hecho ninguna reserva. Lo siento.

—Aaaah… —exclamó el recepcionista mientras contemplaba su reflejo en los cristales oscuros de las gafas que tenía delante con cierta preocupación—. ¿Los dos…?

—No quiero una habitación, una suite o un piso, sino dos, y no quiero dos pisos cualquiera. Quiero los dos últimos pisos. Si tiene clientes que estén ocupando alguna habitación de los dos últimos pisos, le sugiero que hable con ellos, sea lo más cortés posible y les pida que acepten una habitación en otro piso. Yo pagaré sus facturas hasta el momento actual.

—Comprendo… —dijo el recepcionista del hotel. No parecía estar muy seguro de si debía tomarse todo aquello en serio o no—. Y… ¿Cuánto tiempo tiene pensado quedarse el señor?

—Indefinidamente. Puedo pagarle un mes por adelantado. Mis abogados le enviarán el dinero mañana a la hora de almorzar como muy tarde. —Abrió la maleta y sacó de ella un fajo de billetes que puso sobre el mostrador de la recepción—. Si lo prefiere pagaré en efectivo el alojamiento de esta noche.

—Comprendo —dijo el recepcionista sin apartar los ojos del dinero—. Bien, si el señor tiene la amabilidad de rellenar este impreso…

—Gracias. Ah, también deseo un ascensor reservado para mi uso personal y acceso al tejado. Supongo que una llave sería la mejor solución a ese problema, ¿no le parece?

—Aaah… Desde luego. Comprendo. Discúlpeme un momento, señor.

El recepcionista fue a hablar con el gerente del hotel.

Consiguió que le hicieran un descuento por utilizar dos pisos enteros y accedió a pagar lo que le pedían por el uso del ascensor y el tejado, con lo que la suma de dinero que le costaría alojarse allí volvió a ser la misma que al comienzo de las negociaciones, pero siempre le había gustado regatear.

—Y… ¿El nombre del señor?

—Me llamo Staberinde.


* * *

Escogió una suite en una esquina del último piso desde la que se dominaba toda la profundidad del cañón que albergaba a la ciudad. Abrió todos los armarios, gabinetes y puertas, los postigos de las ventanas, los balcones y armaritos de drogas y medicinas y lo dejó todo abierto. Entró en el cuarto de baño de la suite y se aseguró de que hubiera agua caliente. Sacó un par de sillas del dormitorio y cuatro más del vestíbulo y las llevó a la suite contigua. Encendió todas las luces y recorrió la suite inspeccionándolo todo.

Contempló los dibujos de los tapices, cortinas, alfombras y ropas de cama, los murales y las pinturas que había en las paredes y las tallas y adornos de los muebles. Llamó al servicio de habitaciones para que le trajeran algo de comer y cuando lo que había pedido llegó en un carrito con ruedas fue de una habitación a otra empujando el carrito delante de él, y comió vagabundeando por los silenciosos recintos del hotel contemplando cuanto le rodeaba y, de vez en cuando, echando un vistazo a un sensor minúsculo que se suponía debía avisarle de si había algún sistema de vigilancia cerca. No había ninguno.

Se detuvo delante de una ventana para contemplar el exterior y se pasó la mano distraídamente por el pecho para frotarse una pequeña cicatriz que ya no estaba allí.

—¿Zakalwe? —preguntó una vocecita desde su pecho.

Bajó la mirada y sacó un objeto parecido a una cuenta de collar de un bolsillo de su camisa. Se lo puso en una oreja, se quitó las gafas oscuras y las guardó en el bolsillo del que había sacado el objeto.

—Hola.

—Soy yo, Diziet. ¿Estás bien?

—Sí. He encontrado alojamiento.

—Estupendo. Escucha, hemos descubierto una cosa… ¡Algo que nos irá de maravilla!

—¿De qué se trata? —preguntó.

El nerviosismo que impregnaba la voz de Sma le hizo sonreír. Apretó un botón para correr las cortinas.

—Hace tres mil años hubo un tipo que se convirtió en un poeta muy famoso. Escribía sus versos sobre tablillas de cera incrustadas en marcos de madera, y escribió un grupo de cien poemas cortos que siempre afirmó eran lo mejor que había escrito en toda su existencia. Pero no consiguió publicarlos, y decidió convertirse en escultor. Derritió la cera de noventa y ocho de las tablillas conservando la número uno y la cien para hacer un modelo de cera con el que fabricó un molde de arena, y acabó obteniendo una figura de bronce que aún existe.

—Sma, toda esa historia que me estás contando… ¿lleva a alguna parte? —preguntó él.

Pulsó otro botón para descorrer las cortinas porque le gustaba ver la ondulación de los pliegues.

—¡Espera! Cuando descubrimos Voerenhutz e hicimos el examen total rutinario de cada planeta también obtuvimos un holograma de la estatua de bronce, naturalmente, y encontramos restos del molde original y de la cera en un escondite.

»¡Y la composición de la cera no encajaba!

»¡Era distinta a la de las dos tablillas que aún se conservaban! La UGC esperó hasta haber terminado el examen total e hizo un poco de trabajo detectivesco. El tipo que escribió los poemas y modeló la estatua de bronce acabó convirtiéndose en monje y llegó a ser abad de un monasterio. Mientras estaba al mando de la comunidad añadieron un edificio al recinto, y la leyenda afirma que el abad solía ir allí para contemplar los noventa y ocho poemas teóricamente perdidos. Uno de los muros del edificio es doble. —Sma fue subiendo la voz hasta alcanzar un tono casi triunfal—. ¡Y adivina lo que hay en el hueco!

—¿Los restos de los monjes desobedientes que fueron emparedados?

—¡Los poemas! ¡Las tablillas de cera! —chilló Sma. Cuando volvió a hablar usó un tono de voz algo más bajo—. Bueno, la mayoría… El monasterio fue abandonado hace unos doscientos años, y parece que un pastor encendió una hoguera cerca de la pared en algún momento del tiempo transcurrido desde entonces. Tres o cuatro tablillas fueron derretidas por el calor, ¡pero el resto sigue allí!

—¿Y eso es bueno?

—¡Zakalwe, esas tablillas son uno de los mayores tesoros literarios perdidos de toda la historia del planeta! Tu amigo Beychae reside en la universidad de Jarnsaromol, y esa universidad posee la mayor parte de los pergaminos manuscritos del poeta, las dos tablillas restantes y la famosa estatua de bronce. ¡Darían cualquier cosa por echar mano a las otras tablillas! ¿No lo entiendes? ¡Es la solución perfecta!

—Sí, supongo que no suena nada mal.

—¡Maldito seas, Zakalwe! ¿Es lo único que se te ocurre?

—Dizita, una racha de suerte tan buena como ésta nunca dura mucho tiempo. La ley de los promedios pronto nos traerá desgracias.

—No seas tan pesimista, Zakalwe.

—De acuerdo, no lo seré.

Suspiró y volvió a correr las cortinas.

Diziet Sma lanzó un bufido de exasperación.

—Bueno, pensé que te gustaría saberlo… Falta poco para la partida. Que duermas bien.

El canal emitió un zumbido indicando el final de la comunicación. Curvó los labios en una sonrisa melancólica, y dejó la diminuta terminal colgando de su oreja como si fuera un pendiente.

Dio órdenes de que no le molestaran, puso la calefacción al máximo y abrió todas las ventanas. Pasó algún tiempo examinando los balcones y las cañerías de las paredes; bajó por una de ellas hasta casi llegar al suelo y recorrió toda la fachada fijándose en las cornisas, los tubos metálicos, los alféizares y hendiduras y comprobando su solidez. Vio luces en una docena escasa de habitaciones. Volvió a su piso cuando consideró que ya conocía lo suficientemente bien el exterior del hotel.

Se apoyó en la barandilla del balcón sosteniendo un cuenco humeante en una mano. De vez en cuando se llevaba el cuenco a la cara e inhalaba los vapores que brotaban de él; el resto del tiempo se dedicaba a contemplar el panorama de luces de la ciudad silbando suavemente entre dientes.

La contemplación de aquel tapiz luminoso le hizo pensar que la mayoría de ciudades parecían lienzos, pero Solotol era como un libro a medio abrir, una V ondulante cubierta de tallas y desniveles que se hundía en las profundidades del pasado geológico del planeta. Las nubes que flotaban sobre el desfiladero y el desierto reflejaban la acumulación de luces de la ciudad y brillaban con un resplandor rojoanaranjado.

Supuso que visto desde el otro extremo de la ciudad el último piso totalmente iluminado y los demás prácticamente a oscuras debían de hacer que el hotel tuviera un aspecto bastante extraño.

Había olvidado que la estructura del desfiladero hacía que Solotol resultara muy distinta a las demás ciudades. «Aun así, también tiene muchas cosas en común con ellas —pensó—. Todo se parece un poco…»

Había estado en tantos lugares distintos y había visto tal variedad de lo similar y lo totalmente distinto que ambos fenómenos le asombraban…, pero el hecho seguía siendo cierto. Esta ciudad no era tan distinta a las muchas que había conocido a lo largo de su existencia.

Se encontraran donde se encontrasen la galaxia hervía de vida y sus alimentos básicos seguían replicándole y atormentándola con su sabor, tal y como le había dicho a Shias Engin (y pensar en ella hizo que volviera a sentir el roce de su piel y oyera el sonido de su voz), pero sospechaba que si la Cultura realmente lo desease habría podido encontrar sitios mucho más exóticos y espectacularmente distintos a los que enviarle. La excusa que le daban era que estaba adaptado a ciertos tipos de planeta, sociedad y guerra. Era una criatura limitada a lo que en una ocasión Sma había definido como «un nicho marcial».

Sonrió y aspiró otra bocanada de vapores del cuenco de drogas.


* * *

El hombre dejó atrás arcadas vacías y tramos de peldaños desiertos. Se cubría con un viejo impermeable de un estilo desconocido que, aun así, conseguía resultar vagamente anticuado, y llevaba unas gafas de cristales muy oscuros. Su caminar era rápido y fluido, y quien le hubiera observado un rato habría acabado pensando que no tenía ningún tic o gesto peculiar que le hiciera fácil de identificar.

Entró en el patio de un gran hotel que lograba producir una impresión simultánea de opulencia y ligero abandono. Los jardineros vestidos de colores oscuros que estaban rastrillando las hojas caídas en una piscina que parecía bastante antigua le miraron como si no tuviese ningún derecho a estar allí.

Unos hombres estaban pintando el interior del porche y el comienzo del vestíbulo, y el recién llegado tuvo que dar un rodeo para entrar en el hotel. Los pintores usaban una pintura especial de poca calidad mezclada según fórmulas muy antiguas, cuyo fabricante garantizaba que se agrietaría, perdería el color y empezaría a descascarillarse de la forma más irreprochable un año o dos después de haber sido aplicada.

El vestíbulo estaba muy adornado. El hombre tiró de un grueso cordoncillo color púrpura que colgaba sobre una esquina del mostrador de recepción. El recepcionista no tardó en materializarse ante él.

—Buenos días, señor Staberinde —le saludó sonriendo—. ¿Ha tenido un paseo agradable?

—Sí, gracias. Haga el favor de ordenar que me suban el desayuno.

—Inmediatamente, señor.


«Solotol es una ciudad de arcos y puentes donde las escaleras y los pavimentos se deslizan al lado de edificios altísimos y saltan sobre cañadas y torrentes de caudal impetuoso mediante esbeltos puentes colgantes y frágiles arcadas de piedra. Los caminos fluyen junto a las orillas de los cursos de agua serpenteando y pasando por encima y por debajo de ellos; las líneas ferroviarias se despliegan en una confusión de raíles y niveles girando por una red de túneles y cavernas donde convergen las carreteras y los depósitos subterráneos, y los pasajeros que viajen en uno de los trenes podrán contemplar las galaxias de luces que se reflejan sobre las oscuras aguas cruzadas por la trayectoria inclinada de los funiculares subterráneos, los muelles y los caminos que permiten acceder a esas profundidades.»


Estaba sentado en la cama con las gafas oscuras sobre una almohada, desayunando y viendo la cinta de presentación del hotel en la pantalla de la suite. Oyó el zumbido del teléfono de estilo antiguo y alargó una mano para quitar el sonido de la pantalla.

—¿Diga?

—¿Zakalwe?

Era la voz de Sma.

—Cielo santo. ¿Sigues ahí?

—Estamos a punto de abandonar la órbita.

—Bueno, no os entretengáis por mí. —Hurgó en un bolsillo de su camisa y cogió la terminal en forma de cuenta—. ¿Por qué estás usando el teléfono? ¿Hay problemas de saturación en el transceptor o qué?

—No, pero quería asegurarme de que en un caso de necesidad podríamos interferir su sistema telefónico.

—Estupendo. ¿Nada más?

—No mucho. Hemos logrado obtener nuevos datos sobre la situación de Beychae. Sigue en la universidad de Jarnsaromol, pero se ha desplazado al anexo número cuatro de la biblioteca. Está considerado como el depósito más seguro de la universidad, y se encuentra a cien metros por debajo de la ciudad. Su nivel de seguridad siempre es muy bueno, y cuentan con guardias propios, aunque no llegan a la categoría de un servicio de vigilancia militar.

—Ya, pero… ¿dónde vive? ¿Dónde duerme?

—En los apartamentos del conservador de las colecciones y fondos universitarios. Están en un edificio contiguo a la biblioteca.

—¿Va a la superficie alguna vez?

—No que sepamos.

Alzó la cabeza hacia la ventana y lanzó un silbido.

—Bueno, eso puede ser un problema y puede no serlo.

—¿Qué tal van las cosas por ahí?

—Estupendamente —murmuró dando un mordisco a un pastelillo—. Estoy esperando a que abran las oficinas. Dejé un mensaje en la centralita de los abogados para que me telefonearan. Cuando lo hayan hecho empezaré a armar jaleo.

—De acuerdo. No creo que tengas problemas. Ya hemos enviado las instrucciones necesarias y deberías conseguir todo lo que te haga falta sin ninguna clase de dificultades. Si tienes algún problema ponte en contacto con nosotros y les enviaremos un cablegrama saturado de indignación.

—Bien… Sma, he estado pensando en eso y… ¿Qué dimensiones exactas tiene ese imperio comercial de la Cultura? Se llama Corporación Vanguardia, ¿no?

—Fundación Vanguardia. Oh, es lo bastante grande.

—Sí, pero… ¿cómo de grande? ¿Hasta dónde puedo llegar?

—Bueno, no compres nada más grande que un país. Oye, Cheradenine, sé todo lo extravagante que creas necesario para armar ese jaleo del que hablabas. Lo único que queremos es que entres en contacto con Beychae y le convenzas…, y deprisa.

—Sí, sí, de acuerdo.

—Vamos a abandonar la órbita, pero nos mantendremos en contacto. Recuerda que si necesitas ayuda estaremos aquí.

—Sí. Adiós.

Dejó el auricular sobre su soporte y volvió a activar el sonido de la pantalla.


«Las cavernas naturales y artificiales están esparcidas por las paredes rocosas del desfiladero en una profusión casi tan abundante como la de los edificios que cubren los distintos niveles de la superficie. Muchas de las primeras fuentes de energía hidroeléctrica de la ciudad se encuentran allí y siguen zumbando en sus cavidades de roca, y aún sobreviven algunos talleres y pequeñas fábricas que se ocultan bajo los riscos y las estribaciones pizarrosas. Las rechonchas chimeneas que asoman en la superficie del desierto son lo único que delata su posición. Este río ascendente de vapores y humos calientes forma una especie de contrapunto a la red de conductos del alcantarillado y tubos usados para el drenaje que también aparece ocasionalmente en la superficie, y que crea un complicado dibujo esparcido por toda la textura de la ciudad…»


El teléfono volvió a zumbar.

Se inclinó sobre los mandos y quitó el sonido de la pantalla.

—¿Diga?

—¿Señor… Staberinde?

—Sí.

—Ah, sí, buenos días. Me llamo Kiaplor, de…

—Ah, los abogados.

—Sí. Gracias por su mensaje. Acabo de recibir un cablegrama que le otorga pleno acceso a los ingresos y recursos de la Fundación Vanguardia.

—Lo sé. ¿Qué opina del contenido del cablegrama, señor Kiaplor? ¿Le parece claro o tiene alguna duda?

—Hmmm… Yo… sí, el cablegrama lo deja todo muy claro…, aunque el grado de discrecionalidad individual que permite no tiene precedentes, sobre todo teniendo en cuenta las sumas de dinero a su disposición, pero… Bueno, el comportamiento de la Fundación Vanguardia nunca ha sido demasiado convencional.

—Bien. Mi primera orden es que transfieran inmediatamente los fondos suficientes para cubrir una estancia de un mes en los dos últimos pisos del Excelsior a la cuenta del hotel. Después querré comprar unas cuantas cosas.

—Ah…, sí. ¿Como cuáles?

Puso cara pensativa y se limpió los labios con una servilleta.

—Bueno… Para empezar, una calle.

—¿Una calle?

—Sí. No quiero una calle muy ostentosa, y no hace falta que sea muy larga, pero quiero una calle entera que se encuentre no muy lejos del centro de la ciudad. ¿Cree que podrá empezar a buscar una que responda a esas especificaciones inmediatamente?

—Ah… Sí, bueno, naturalmente podemos empezar a buscarla, pero…

—Perfecto. Iré a verle a su despacho dentro de dos horas y me gustaría poder tomar una decisión respecto al asunto de la calle en ese momento.

—¿Dos…? Hmmm… Bueno… Ah…

—La celeridad es absolutamente esencial, señor Kiaplor. Ponga a trabajar en ello a sus mejores empleados.

—Sí. Muy bien.

—Sí. De acuerdo. Adiós.

Volvió a activar el sonido de la pantalla.


«Desde hace centenares de años apenas si se han construido edificios nuevos. Solotol es un monumento, una institución, un museo. Las fábricas y la mayor parte de la población la han abandonado. Tres universidades hacen que algunas zonas de la ciudad cobren un poco de vida durante parte del año, pero son muchos quienes opinan que la atmósfera general de Solotol es arcaica e incluso mortecina, aunque también hay quienes disfrutan con la sensación de estar viviendo en lo que realmente es un trozo del pasado. Solotol carece de rascacielos; los trenes siguen desplazándose sobre raíles metálicos y los vehículos de superficie deben permanecer en ella porque está prohibido sobrevolar la ciudad o volar dentro de ella. En muchos aspectos Solotol es una ciudad triste y envejecida, y hay grandes zonas de la ciudad que se hallan deshabitadas o sólo son ocupadas durante una parte del año. La ciudad sigue siendo una capital, pero no representa la cultura a la que pertenece; es una gigantesca exhibición y aunque son muchos los que acuden a visitarla son muy pocos los que deciden quedarse a vivir en ella.»


Meneó la cabeza, volvió a ponerse las gafas oscuras y desactivó la pantalla.


* * *

Cuando el viento soplaba en la dirección adecuada, disparaba enormes bolas hechas con billetes mediante un viejo cañón concebido para lanzar cohetes de fuegos artificiales que había descubierto en uno de los jardines del tejado. Los billetes caían tan lentamente como si fueran copos de nieve que se hubiesen adelantado a la llegada del invierno. Hizo adornar la calle con guirnaldas, cintas y globos, y llenó las mesas, las sillas y los bares ordenando que sirvieran bebida gratis. Pasarelas cubiertas aumentaron la longitud de la calle y la música alegró su atmósfera; había toldos de colores chillones que protegían las zonas más importantes —como los bares y los estrados de las bandas que tocaban música—, pero se habría podido prescindir de ellos pues hacía un día muy soleado y bastante más caluroso de lo que era habitual en esa estación. Se asomó a una ventana del último piso de uno de los edificios más altos que había en la calle, contempló al gentío que iba y venía por ella y sonrió.

La vida de la ciudad durante la temporada baja era bastante monótona y aburrida, y el carnaval había atraído una gran atención. Contrató a camareros para que se encargaran de servir las drogas, viandas y bebidas que había ordenado traer; prohibió el tráfico de vehículos, y las caras malhumoradas y las personas que intentaban acceder a la calle sin una sonrisa en los labios eran obligadas a llevar máscaras de payaso hasta que se hubieran animado un poco. Apoyó los codos en el alféizar de la ventana, tragó una honda bocanada de aire y sus pulmones aspiraron la embriagadora fragancia de un bar muy concurrido que se encontraba justo debajo de donde estaba. Los vapores de las drogas lograban llegar hasta la ventana y se inmovilizaban a esa altura formando una nube. Sonrió y pensó que aquel espectáculo era capaz de animar a cualquiera. Todo iba estupendamente.

La gente paseaba por la calle y las parejas o los grupos conversaban intercambiando sus cuencos humeantes entre risas y sonrisas. Escuchaban a las bandas de música y contemplaban a la gente que bailaba o acogían con ruidosos vítores cada disparo del cañón. Muchos de ellos se reían de las hojitas repletas de chistes políticos que se repartían con cada cuenco de drogas o comida y cada máscara o artículo festivo; y también reían de las gigantescas banderolas de colores chillones que ocultaban las fachadas de los viejos edificios y colgaban sobre la calle. Las leyendas de las banderolas también eran absurdas o humorísticas. ¡pacifistas contra paredes! y ¿Los expertos? ¿qué saben ellos?, eran dos de los ejemplos más fáciles de traducir.

Había juegos y competiciones de ingenio y fuerza, había flores gratis, sombreros de fiesta y un puesto callejero de Halagos muy concurrido en el que bastaba con entregar unas monedas, un sombrero de papel o lo que fuese para que te dijeran lo encantador, agradable, bueno, modesto, tranquilo, seguro de ti mismo, sincero, respetuoso, guapo, jovial y altruista que eras.

Contempló el abigarrado espectáculo que se extendía por debajo de él. Se había subido las gafas hasta la frente y la montura rozaba el nacimiento de su negra cabellera sujeta con una coleta. Sabía que si se mezclaba con el gentío que había invadido la calle tendría la sensación de estar un poco distanciado de todo lo que ocurría, pero aquel punto de observación le permitía mirar hacia abajo y pensar en la multitud como si fuese una entidad única con muchos rostros distintos. Los visitantes se encontraban lo bastante lejos como para presentar un solo tema, y estaban lo bastante cerca para introducir sus variaciones armoniosas en él. Disfrutaban, reían, eran animados a comportarse de forma ridícula o a tomar drogas, se dejaban cautivar por la música y acababan ligeramente trastornados por aquella atmósfera de bullicio y jovialidad.

Su atención acabó centrándose en dos personas.

Las dos personas eran un hombre y una mujer que caminaban lentamente por la calle contemplando todo lo que les rodeaba. El hombre era alto y tenía los cabellos oscuros. Llevaba el pelo bastante corto, y apenas se fijó en él comprendió que alguien había pasado muchas horas para conseguir aquel desorden aparentemente casual de mechones no muy cuidados. Iba vestido con mucha elegancia y sostenía una boina negra en una mano. Una máscara colgaba de la otra.

La mujer era casi tan alta como él, y un poco más delgada. Su traje entre gris y negro era muy parecido al del hombre, aunque lucía un mándala de pliegues blancos alrededor del cuello. Tenía una lustrosa melena negra que le llegaba hasta los hombros y se movía como si hubiera montones de admiradores observándola.

El hombre y la mujer caminaban el uno al lado del otro sin tocarse e intercambiaban algún que otro comentario limitándose a inclinar la cabeza hacia su acompañante mientras miraban en dirección opuesta, quizá para contemplar aquello de lo que estaban hablando.

Siguió observándoles durante unos segundos hasta quedar convencido de que sus rostros aparecían en la selección de fotos que había inspeccionado cuando se estaba preparando para la misión a bordo del VGS.

Desplazó la cabeza unos centímetros a un lado para asegurarse de que la terminal que parecía un pendiente podía enfocarles desde el mejor ángulo posible y le ordenó que tomara una instantánea de la pareja.

El hombre y la mujer desaparecieron unos segundos después debajo de las pancartas y banderolas colocadas al otro extremo de la calle. Habían atravesado todo el carnaval sin tomar parte en él.

La celebración callejera no daba señales de terminar. Un chaparrón hizo que la multitud buscara refugio bajo los toldos y lonas y en los portales de los edificios de un solo piso que flanqueaban la calle, pero el aguacero duró poco y los visitantes seguían llegando a cada momento. Los niños corrían de un lado a otro agitando cintas de colores que enroscaban alrededor de los postes, las personas, los puestos callejeros y las mesas. Las bombas de humo explotaban creando bolas de incienso y vapores coloreados y los que habían sido atrapados por la detonación se alejaban con paso tambaleante riendo y tosiendo mientras se golpeaban las espaldas los unos a los otros y gritaban joviales reprimendas a los niños risueños que huían corriendo para arrojar más bombas.

El espectáculo estaba dejando de resultarle interesante y no tardó en apartarse de la ventana. Fue hasta una vieja cómoda cubierta de polvo y se sentó encima de ella. Clavó los ojos en el suelo con expresión pensativa y se frotó lentamente el mentón con la mano, alzando la mirada cada vez que un racimo de globos se deslizaba junto a la fachada para acabar perdiéndose en el cielo. Vistos desde dentro de la habitación los globos tenían el mismo aspecto que cuando los observaba desde la ventana.

Se puso en pie, fue hacia la escalera y bajó el angosto tramo de peldaños. Los tacones de sus botas hacían crujir la vieja madera. Llegó al final de la escalera, cogió el impermeable que había dejado encima de la barandilla y salió por la puerta trasera que daba acceso a otra calle.

Se deslizó en el asiento trasero del vehículo que le esperaba. El chófer puso en marcha el motor y empezaron a dejar atrás las hileras de viejos edificios. Llegaron al final de la calle y torcieron por un camino bastante empinado perpendicular a la calle que acababan de abandonar y aquella en que se celebraba el carnaval. Pasaron junto a un vehículo negro. El hombre y la mujer iban dentro de él.

Volvió la cabeza y vio que el vehículo negro se había puesto en marcha y les estaba siguiendo.

Le ordenó al chófer que no hiciera caso del límite de velocidad. El vehículo aceleró, pero sus perseguidores mantuvieron la distancia. Se agarró al asa que había encima de la ventanilla y contempló la ciudad que desfilaba al otro lado del cristal. Estaban atravesando una de las antiguas zonas gubernamentales. Los edificios eran enormes masas de color gris cuyas paredes estaban aparatosamente adornadas con fuentes y canalillos. Los chorros y cortinas de agua resbalaban sobre sus fachadas creando un tapiz de olas verticales que caían al suelo imitando el deslizarse del telón de un teatro. Había un poco de maleza, pero no tanta como esperaba. No podía recordar si habían dejado que el agua de las paredes se helara, si habían cerrado las válvulas o si habían utilizado algún fluido anticongelante. La mayoría de los edificios que dejaban atrás estaban rodeados de andamios. Los obreros que rascaban y limpiaban las piedras desgastadas por el tiempo volvieron la cabeza para observar a los dos vehículos que atravesaban velozmente las plazas y las avenidas.

Se agarró con más fuerza al asa y empezó a examinar un montón de llaves.

El chófer detuvo el vehículo en una calleja muy antigua que estaba cerca de las orillas del gran río. Abrió la puerta, bajó de un salto y corrió hacia una puertecita incrustada en la fachada de un edificio muy alto. El vehículo que les seguía entró rugiendo en la calleja justo cuando cerraba la puerta, pero no echó el pestillo. Bajó un tramo de peldaños y abrió varias puertas cuyas bisagras oxidadas chirriaron. Cuando llegó al nivel más bajo del edificio vio que el funicular ya le estaba aguardando en la plataforma. Abrió la puerta, entró y tiró de la palanca.

El mecanismo se puso en marcha y la cabina sufrió unas cuantas sacudidas, pero éstas cesaron apenas empezó a subir por la pendiente. Volvió la mirada hacia las ventanillas de atrás. El hombre y la mujer acababan de llegar a la plataforma. Sonrió y vio que alzaban la cabeza un segundo antes de que el funicular desapareciera en el interior del túnel. La pequeña cabina siguió moviéndose por la pendiente que acabaría llevándola hasta el final del túnel.

Salió a la plataforma exterior del funicular en el punto donde la cabina que subía se cruzaba con la que bajaba y saltó a la otra cabina. La cabina a la que acababa de saltar siguió bajando impulsada por el peso del agua tomada del arroyo cercano a la terminal de la vieja línea de funicular con que había llenado sus tanques de lastre. Se quedó inmóvil durante unos momentos, saltó de la cabina cuando ésta había recorrido una cuarta parte del trayecto de bajada aterrizando sobre el tramo de peldaños que había junto a la vía y subió rápidamente por una escalera de metal muy larga que terminaba en otro edificio.

Cuando llegó al final de la escalera sudaba un poco. Se quitó el viejo impermeable y volvió al hotel llevándolo encima del brazo.


* * *

La habitación era muy blanca y de apariencia muy moderna, con unos ventanales de gran tamaño. El mobiliario estaba incrustado en las paredes plastificadas y la luz procedía de unos abultamientos que se confundían con el techo. Un hombre estaba inmóvil delante de una ventana contemplando la primera nevada invernal que caía sobre el paisaje grisáceo de la ciudad. Faltaba poco para que anocheciera, y la última claridad de la tarde ya se iba desvaneciendo. Una mujer yacía de bruces sobre un sofá blanco con los codos hacia fuera y las manos juntas debajo de la cara. Tenía los ojos cerrados y un hombre muy robusto de cabellera canosa y rostro lleno de cicatrices estaba dando masaje al cuerpo de piel pálida y untado de aceite que reposaba sobre el sofá. Las manos del masajista amasaban y pellizcaban con una aparente falta de contemplaciones.

El hombre inmóvil delante de la ventana observaba los copos de nieve que caían de dos formas distintas. La primera consistía en considerarlos como una sola entidad y requería mantener los ojos clavados siempre en el mismo punto, con lo que los copos de nieve se convertían en un torbellino borroso y las corrientes de aire y ráfagas de viento que los hacían moverse de un lado a otro se ponían de manifiesto en las pautas de círculos, espirales y descenso continuo que creaban. La segunda exigía contemplar la nevada considerando que los copos eran entidades independientes. El hombre escogía un copo que se encontrara a una altura considerable en la confusa galaxia de tonos grises sobre grises que era la nevada y eso le permitía ver un sendero, un descenso individualizado que se iba abriendo paso por entre la silenciosa premura de la nevada.

Los copos se iban depositando sobre la negrura del alféizar acumulándose sin cesar pero de forma casi imperceptible hasta formar una blanda cornisa blanca. Algunos copos chocaban con el cristal de la ventana, se quedaban pegados a él durante unos momentos y acababan siendo desprendidos por el viento, que se los llevaba.

La mujer parecía dormida. Sus labios estaban curvados en una leve sonrisa, y la geografía de su rostro se iba alterando continuamente con cada cambio de la presión que el hombre de la cabellera canosa ejercía sobre su espalda, sus hombros y sus flancos. Su carne untada de aceite se movía primero en una dirección y luego en otra, y los dedos que se deslizaban sobre ella parecían capaces de ejercer una fuerza terrible sin causar la más mínima fricción. Los dedos alisaban la piel y volvían a llenarla de arrugas como si quisieran imitar el movimiento que el mar producía en las algas que cubren su fondo. Las nalgas de la mujer quedaban ocultas por una toalla negra. Su cabellera estaba suelta y se desparramada sobre una parte de su rostro, y sus pálidos senos eran dos óvalos alargados aplastados bajo la esbeltez de su cuerpo.

—Entonces, ¿qué debemos hacer?

—Necesitamos más datos.

—Como siempre. De vuelta al problema…

—Es un extranjero. Nos queda el recurso de la deportación.

—¿Con qué excusa?

—No hace falta que demos ninguna razón, aunque no nos costaría demasiado inventar alguna.

—Eso podría hacer estallar la guerra antes de que estemos preparados para utilizarla en nuestro provecho.

—Shhh… No debemos hablar de la guerra, ¿recuerdas? Oficialmente estamos en los mejores términos imaginables con todos los miembros de nuestra Federación, así que no hay ningún motivo de preocupación. Todo se encuentra bajo control.

—Dijo un portavoz oficial… ¿Crees que deberíamos librarnos de él?

—Quizá sería lo más prudente. Puede que nos sintiéramos más tranquilos si no estuviera aquí… Tengo la horrible sensación de que ha venido con una misión que cumplir. Se le ha dado pleno acceso a los recursos financieros de la Fundación Vanguardia, y esa organización tan decidida a envolverse en el misterio se ha opuesto a cada uno de nuestros pasos durante los últimos treinta años. La identidad y localización de quienes la controlan y de sus ejecutivos ha sido uno de los secretos mejor guardados del sistema, y los extremos de reserva a los que han llegado carecen de precedentes. Y ahora este hombre surge de la nada gastando dinero a manos llenas y de la forma más vulgar posible, y manteniendo un perfil público bastante visible aunque coquetamente tímido…, justo cuando más incomodidades y problemas puede provocarnos.

—Puede que ese hombre sea la Fundación Vanguardia.

—Tonterías… Supongamos que se trata de alguna entidad palpable, ¿de acuerdo? En tal caso nos enfrentamos a una interferencia alienígena o a una máquina filantrópica que se rige por el testamento que algún magnate ya fallecido dictó obedeciendo a los remordimientos de su conciencia…, incluso es posible que se trate de una máquina controlada por la transcripción de una personalidad humana, o un sistema inteligente que ha adquirido la autoconsciencia por una serie de casualidades sin que haya nadie que pueda controlarlo. Creo que el resto de posibilidades han ido quedando descartadas a lo largo de los años. Staberinde es un títere. Gasta dinero con la desesperación de un niño mimado al que le preocupa que esa generosidad no vaya a durar mucho. Se comporta como un campesino que acabara de ganar la lotería. Es repugnante… Pero te repito que obra impulsado por un propósito y que tiene una misión.

—Si le matamos y resulta que era alguien importante podríamos provocar la guerra demasiado pronto.

—Quizá, pero tengo la sensación de que debemos hacer justo lo que no se espera de nosotros. Aun suponiendo que no haya ninguna otra razón, debemos obrar así para demostrar nuestra humanidad y explotar al máximo nuestra ventaja intrínseca sobre las máquinas…

—Desde luego, pero… ¿no hay ninguna posibilidad de que pueda sernos útil?

—Sí.

El hombre inmóvil delante de la ventana contempló su reflejo en el cristal y sonrió. Sus dedos repiquetearon sobre la parte interior del alféizar.

La mujer del sofá seguía con los ojos cerrados y su cuerpo se movía obedeciendo el lento desplazarse de las manos que le masajeaban la cintura y los flancos.

—Espera un momento. Había ciertas conexiones entre Beychae y la Fundación Vanguardia, así que…

—Así que utilizar a ese tal Staberinde quizá nos permita persuadir a Beychae de que debe ponerse de nuestra parte.

El hombre alzó una mano y deslizó un dedo sobre el cristal siguiendo la trayectoria de un copo de nieve que se movía al otro lado. Observó el descenso del copo con tanta atención que acabó bizqueando.

—Podríamos…

—¿Qué?

—Adoptar el sistema Dehewwoff.

—¿El…? Necesitamos más datos.

—El sistema Dehewwoff de castigo mediante la enfermedad. Es una especie de pena capital escalonada, ¿comprendes? Cuanto más serio es el crimen más grave es la enfermedad que se inocula al culpable. Los delitos menores se castigan con una simple fiebre, la pérdida de los medios de subsistencia y el pago de los gastos médicos; las contravenciones más serias se castigan con una enfermedad que puede durar meses y que va acompañada de dolor y una larga convalecencia, facturas y ninguna simpatía hacia el enfermo, y que a veces deja secuelas y marcas que aparecerán después. Los crímenes realmente horrendos se castigan inoculando enfermedades a las que es muy difícil sobrevivir. La muerte es casi segura salvo que haya una intervención divina y una recuperación milagrosa. Naturalmente, cuanto más baja es la clase social del culpable más virulento ha de ser el castigo, pues no debemos olvidar que los obreros y los trabajadores manuales tienen constituciones más robustas que las clases altas. Las combinaciones y la posibilidad de provocar recaídas proporcionan una considerable sofisticación a la idea básica.

—De vuelta al problema..

—Y odio esas gafas oscuras, recuérdalo.

—Repito lo que he dicho. De vuelta al problema…

—… necesitamos más datos.

—La respuesta de siempre.

—Y creo que deberíamos hablar con él.

—Sí. Y después… Le mataremos.

—Calma. Hablaremos con él. Prepararemos un nuevo encuentro y le preguntaremos qué quiere y, quizá, quién es. Seremos lo más discretos posible, obraremos con cautela y no le mataremos a menos que sea imprescindible.


—Estuvimos a punto de hablar con él.

—Nada de rabietas, ¿eh? Fue ridículo. No estamos aquí para perder el tiempo persiguiendo vehículos y corriendo detrás de reclusos idiotas. Hacemos planes. Pensamos. Enviaremos una nota al hotel del caballero…

—El Excelsior. Francamente, pensaba que un establecimiento tan respetado no se habría dejado seducir con tanta facilidad por el dinero.

—Cierto. Después iremos a él o haremos que él venga hasta nosotros.

—Bueno, creo que no deberíamos ir a él. Y en cuanto a lo de que él venga hasta nosotros, quizá no quiera. Siento mucho que… Debido a un imprevisto… Un compromiso previo me impide… Me temo que dadas las circunstancias actuales no sería productivo, quizá en otra ocasión… ¿Puedes imaginarte lo humillante que resultaría eso?

—Oh, de acuerdo. Le mataremos.

—De acuerdo en que intentaremos matarle. Si sobrevive hablaremos con él. Si sobrevive él querrá hablar con nosotros. Plan muy recomendable. Debemos estar de acuerdo. No cabe duda y no nos queda otra opción; mera formalidad.

La mujer se quedó callada. El hombre de la cabellera canosa siguió amasándole las caderas con sus manazas y las zonas libres de cicatrices de su rostro quedaron cubiertas por extraños dibujos hechos con sudor. Las manos empezaron a girar y desplazarse sobre el trasero de la mujer y ésta se mordió el labio inferior de forma casi imperceptible mientras su cuerpo se movía en una lánguida imitación de la naturaleza, una sinfonía de murmullos y golpes ahogados de manos que se precipitaban sobre una llanura blanca.

Los copos de nieve seguían cayendo del cielo.

VII

—¿Sabes una cosa? —dijo mirando a la roca—. Tengo la sensación realmente desagradable de que me estoy muriendo…, pero ahora que pienso en ello la verdad es que en este momento todos mis pensamientos y sensaciones son muy desagradables. ¿Qué opinas de ello?

La roca no dijo nada.

Había llegado a la conclusión de que la roca era el centro del universo y podía probarlo, pero la roca se negaba a aceptar su obviamente importantísimo papel dentro del esquema global de las cosas —o, por lo menos, no quería aceptarlo de momento—, lo cual le dejaba reducido a hablar consigo mismo o con los pájaros y los insectos.

Todo volvió a ondular. Cosas que parecían olas o nubes de aves carroñeras cayeron sobre él girando lentamente a su alrededor y atraparon su mente haciéndola pedazos y dejándola tan maltrecha como si fuese una fruta madura que estalla bajo la ráfaga de proyectiles surgida de una ametralladora.

Intentó alejarse a rastras lo más disimuladamente posible. Era consciente de lo que vendría a continuación. Su vida desfilaría a toda velocidad ante él. Qué idea tan increíble…

Tuvo suerte y el desfile se limitó a fragmentos de su vida, como si las imágenes fueran un reflejo de su cuerpo destrozado, y recordó cosas como el estar sentado en un bar de un pequeño planeta mientras sus gafas oscuras creaban extraños dibujos de luces y sombras en el cristal de la ventana; se acordó de un sitio donde el viento era tan terrible que acabaron adquiriendo la costumbre de juzgar su severidad por el número de camiones que se llevaba cada noche; recordó una batalla de tanques librada en los inmensos campos dedicados al monocultivo que parecían mares de hierba, un amasijo de locura, desesperación sumergida y comandantes de pie sobre los tanques y las zonas de cosecha incendiada con las llamas que se iban extendiendo poco a poco ardiendo en la noche, una masa de oscuridad en continuo crecimiento anillada por el fuego —las tierras de cultivo eran la razón y el trofeo por el que se libraba la guerra, y fueron destruidas por ella—; recordó una manguera que se desplegaba bajo el agua iluminada por los haces luminosos de los reflectores y el silencioso retorcerse de sus anillos; recordó la blancura que no terminaba nunca y la lenta guerra tectónica de represalias y desgaste de los icebergs en forma de meseta que chocaban unos con otros, el amargo final de un sueño apacible y silencioso que había durado un siglo.

Y un jardín. Se acordó del jardín. Y de una silla.

—¡Grita! —gritó.

Empezó a mover frenéticamente los brazos arriba y abajo intentando conseguir el impulso suficiente para remontar el vuelo y alejarse de…, de…, apenas sabía de qué, y lo único que consiguió fue tambalearse de un lado a otro. Sus brazos aletearon unas cuantas veces y proyectaron a lo lejos unas cuantas bolitas de guano más, pero el paciente anillo de aves se cerró un poco más a su alrededor esperando a que muriera mientras se limitaba a contemplarle con ojos llenos de paciencia sin dejarse engañar por aquella penosa imitación de la conducta de un congénere.

—Oh, está bien… —murmuró.

Se dejó caer hacia atrás llevándose una mano al pecho y clavó los ojos en la bóveda azul claro del cielo. Y, de todas formas, ¿qué podía haber de tan terrible en algo como una silla? Decidió seguir arrastrándose.

Fue reptando alrededor de la charca de agua abriéndose paso por entre las bolitas oscuras de excremento que las aves habían ido acumulando allí y consiguió llegar hasta un sitio desde el que podía divisar las aguas del lago. No podía seguir adelante, así que se quedó inmóvil, volvió por donde había venido y rodeó la charca en sentido contrario al de antes apartando las bolitas negras de mierda de ave mientras pedía disculpas a los insectos cuya paz perturbaba con sus movimientos. Cuando llegó al punto en el que había estado antes se detuvo y evaluó la situación.

La brisa cálida le traía el olor a azufre que emanaba de las aguas del lago.

… y un instante después volvía a estar en el jardín recordando el aroma de las flores.


* * *

Hubo un tiempo en el que existía una gran casa que se alzaba en el centro de una propiedad limitada en tres de sus lados por un río muy ancho que se encontraba a medio camino entre las montañas y el mar. La propiedad tenía bosques muy antiguos y pastizales de una hierba magnífica; colinas de poca altura repletas de animales tímidos que se asustaban con mucha facilidad, caminos serpenteantes y arroyuelos cruzados por puentecitos; había templetes, pérgolas, lagos ornamentales, paisajes y perspectivas falsas y casitas de verano tan apacibles como rústicas.

El paso de los años y las generaciones hizo que muchos niños nacieran y se criaran en la gran casa y que jugaran en los maravillosos jardines que la rodeaban, pero hubo cuatro en particular cuya historia acabó siendo importante para personas que nunca habían visto la casa y que ignoraban el apellido de la familia. De los cuatro dos eran hermanas y se llamaban Darckense y Livueta; uno de los dos niños restantes era su hermano mayor y se llamaba Cheradenine y los tres compartían el apellido familiar, Zakalwe. El cuarto niño no era pariente suyo, pero había nacido en el seno de una familia que llevaba mucho tiempo siendo aliada de la suya y se llamaba Elethiomel.

Cheradenine era el mayor de los cuatro, y tenía vagos recuerdos de la agitación que se produjo cuando la madre de Elethiomel llegó a la gran casa en visible estado de embarazo hecha un mar de lágrimas y rodeada por sirvientes que intentaban consolarla, guardias gigantescos y doncellas llorosas. Durante los días siguientes la atención de la casa entera pareció centrarse en la mujer que llevaba al bebé dentro de su útero, y aunque sus hermanas siguieron con sus juegos alegrándose de que las niñeras y el cortejo de guardianes que les rodeaban hubieran relajado un poco su vigilancia Cheradenine empezó a sentir celos de aquel niño que aún no había nacido.

El destacamento de la caballería real llegó a la casa una semana después, y aún recordaba a su padre de pie al final del espacioso tramo de escalones que llevaba hasta el patio hablando con voz tranquila mientras sus hombres se movían con silenciosa rapidez por la casa apostándose detrás de cada ventana. Cheradenine se apresuró a ir en busca de su madre y corrió por los pasillos con una mano extendida delante de él como si sostuviera unas riendas invisibles dándose golpes en la cadera con la otra mano para imitar el ruido de los cascos de un caballo y fingir que era un jinete. Un, dos, tres, un, dos, tres… Cuando encontró a su madre vio que estaba con la mujer que llevaba al bebé dentro de ella. La mujer lloraba, y su madre le ordenó que se marchara.

El bebé llegó esa misma noche después de que todos hubieran oído los gritos de la madre.

Cheradenine se dio cuenta de que la atmósfera de la gran casa sufrió un cambio considerable después de aquello, y también se dio cuenta de que todos parecían mucho más atareados que antes pero, también, menos preocupados.

Durante unos cuantos años pudo atormentarle, pero Elethiomel empezó a crecer más deprisa que él y fue tomando represalias hasta que los dos niños acabaron llegando a una tregua no muy sólida. Tenían los mismos maestros e instructores, y Cheradenine fue dándose cuenta poco a poco de que Elethiomel era su favorito. Siempre aprendía las cosas más deprisa que él, siempre era elogiado por el rápido desarrollo de sus capacidades y todos pregonaban lo avispado, inteligente y precoz que era. Cheradenine hizo cuanto pudo para ponerse a su altura y el mero hecho de no rendirse le granjeó unos cuantos elogios, pero sus esfuerzos nunca parecieron ser apreciados en su justo valor. Los instructores que les enseñaban las artes de la guerra fueron más imparciales y supieron reconocer los méritos de cada uno. Cheradenine era el mejor con los puños y en la lucha libre; Elethiomel era más diestro con las armas blancas y las armas de fuego (siempre que estuviera bajo la supervisión adecuada, pues había momentos en que podía dejarse llevar por el entusiasmo), aunque Cheradenine utilizaba el cuchillo casi tan bien como él.

Las dos hermanas no se habían dejado influir por las opiniones de los maestros y querían a ambos por un igual, y los cuatro pasaban los largos veranos y los cortos y duros inviernos jugando juntos, y —aparte del primer año después de que Elethiomel naciera— también pasaban unos cuantos días de cada primavera y cada otoño en la gran ciudad que había río abajo donde los padres de Darckense, Livueta y Cheradenine poseían una gran mansión. Pero ninguno de los cuatro disfrutaba demasiado con aquellas estancias en la ciudad. El jardín era muy pequeño y los parques públicos siempre estaban atestados. Cuando iban a la ciudad la madre de Elethiomel siempre se mostraba más callada y sus ataques de llanto se hacían más frecuentes, y de vez en cuando se ausentaba durante unos días. Antes de partir siempre parecía muy excitada, y siempre volvía de aquellas misteriosas desapariciones con los ojos llenos de lágrimas.

Era otoño y estaban en la ciudad. Los cuatro niños intentaban mantenerse lo más alejados posible del mal humor de los adultos cuando un mensajero llegó a la casa.

No pudieron evitar oír los gritos, por lo que abandonaron la guerra infantil que estaban librando y salieron corriendo del cuarto de juegos para meter la cabeza entre los barrotes de la barandilla y bajar la vista hacia el gran salón. El mensajero estaba inmóvil con la cabeza gacha y la madre de Elethiomel lloraba y gritaba. El padre y la madre de Cheradenine, Livueta y Darckense la abrazaban y le hablaban en un tono firme y tranquilo. Su padre acabó despidiendo al mensajero con un gesto de la mano y la mujer histérica cayó al suelo sin hacer ningún ruido con una hoja de papel arrugada entre los dedos de una mano.

Su padre alzó la mirada y les vio, pero sus ojos se posaron en Elethiomel, no en Cheradenine. Poco después les ordenaron que se fueran a dormir.

Regresaron a la casa rodeada de jardines unos cuantos días después de la aparición del mensajero. La madre de Elethiomel no paraba de llorar y no bajaba al comedor.


* * *

—Tu padre era un asesino. Le ejecutaron porque mató a mucha gente.

Cheradenine estaba sentado sobre el parapeto de piedra con las piernas colgando en el vacío. Hacía un día precioso y el viento susurraba entre las ramas de los árboles. Las hermanas reían y chillaban cerca del parapeto mientras recogían flores de los arriates que había en el centro de la estructura. El barco de piedra se encontraba en el lago del oeste, y quedaba unido al jardín por una calzada de losas. Estuvieron jugando a piratas un rato y cuando se cansaron decidieron investigar los arriates de flores que había en la cubierta superior de las dos con que contaba el barco. Cheradenine tenía junto a él una colección de guijarros y los iba arrojando uno por uno a la inmóvil superficie de las aguas produciendo ondulaciones que hacían pensar en un blanco de arquería porque intentaba que cada nuevo proyectil diera en el mismo sitio que el anterior.

—No hizo ninguna de las cosas que dicen —replicó Elethiomel. Bajó la vista y golpeó el baluarte de piedra con el pie—. Mi padre era un buen hombre.

—Si era bueno, ¿como es que el rey ordenó que le mataran?

—No lo sé. La gente debió de contar historias sobre él. Contaron mentiras.

—Pero el rey es muy listo —dijo Cheradenine con un tono triunfal, y arrojó otro guijarro hacia el círculo de ondulaciones que se iba haciendo cada vez más grande—. No hay nadie que sea tan listo como él. Por eso es el rey, ¿verdad? Si fueran mentiras él lo habría sabido.

—No me importa lo que dijeran —insistió Elethiomel—. Mi padre no era malo.

—Lo era, y tu madre también debió de hacer cosas muy malas porque si no jamás la habrían obligado a pasar tanto tiempo encerrada en su habitación.

—¡Mi madre no ha sido mala! —Elethiomel alzó los ojos hacia el otro niño y sintió una tensión inexplicable detrás de su nariz y sus ojos, como si tuviera un globo dentro de la cabeza y éste se fuera hinchando poco a poco—. Mi madre está muy enferma. ¡No puede salir de su habitación!

—Eso es lo que ella dice —replicó Cheradenine.

—¡Mirad! ¡Tenemos millones de flores! ¡Mirad! ¡Vamos a hacer perfumes! ¿Queréis ayudarnos? —Las dos hermanas acababan de aparecer detrás de ellos con los brazos llenos de flores—. Elly…

Darckense intentó coger a Elethiomel del brazo.

El niño la apartó de un manotazo.

—Oh, Elly… Sheri, no, por favor —dijo Livueta.

—¡No ha sido mala! —gritó Elethiomel clavando los ojos en la espalda del otro niño.

—Sí que lo ha sido —canturreó Cheradenine, y arrojó otro guijarro al lago.

—¡No lo ha sido! —aulló Elethiomel.

Echó a correr, extendió las manos hacia la espalda de Cheradenine y le empujó con mucha fuerza.

Cheradenine chilló y se cayó del parapeto. Su cabeza chocó con la pared de piedra mientras caía. Las dos niñas gritaron al mismo tiempo.

Elethiomel se inclinó sobre el parapeto y vio como Cheradenine caía en el centro del círculo de olitas que había creado arrojando guijarros. Su cuerpo desapareció durante unos momentos, emergió a la superficie y notó en el agua sin moverse con el rostro hacia abajo.

Darckense gritó.

—¡Oh, Elly, no!

Livueta dejó caer sus flores y corrió hacia los peldaños. Darckense seguía gritando y se acuclilló con la espalda pegada al parapeto de piedra aplastando las flores contra su pecho.

—¡Darkle! ¡Ve corriendo a la casa! —gritó Livueta desde la escalera.

Elethiomel seguía con los ojos clavados en el cuerpo que flotaba sobre las aguas y vio que se removía débilmente produciendo un reguero de burbujas. Podía oír los pasos de Livueta creando ecos en la cubierta inferior.

Elethiomel deslizó la mano por el parapeto y los guijarros cayeron al agua alrededor del niño unos segundos antes de que Livueta saltara al estanque para rescatar a su hermano mientras Darckense seguía gritando.


* * *

No, no era eso. Tenía que ser algo peor que eso, ¿verdad? Estaba seguro de que recordaba algo relacionado con una silla (también recordaba algo acerca de un bote, pero tampoco parecía tratarse de aquello). Intentó pensar en todas las cosas desagradables que pueden ocurrirte estando sentado en una silla y las fue descartando una por una al comprender que no le habían ocurrido a él o a nadie que conociera —al menos por lo que podía recordar—, y acabó llegando a la conclusión de que aquella extraña obsesión centrada en una silla no tenía ninguna razón particular de ser. Su mente había decidido construir toda una fijación basada en una silla como habría podido escoger cualquier otro objeto, y no había nada que hacer al respecto.

También estaban los nombres, por supuesto. Nombres que había utilizado, nombres falsos que nunca le habían pertenecido… ¡Utilizar el nombre de un navío de combate! Parecía increíble. Qué persona tan idiota, qué niño tan travieso… Sí, eso era lo que estaba intentando olvidar. No entendía cómo había podido ser tan estúpido. Ahora todo le parecía tan claro, tan obvio… Quería olvidar el navío de combate. Quería enterrarlo en lo más profundo de su ser, por lo que jamás habría debido utilizar su nombre.

Ahora se daba cuenta de que fue un error. Ahora lo comprendía. Ahora, cuando ya era demasiado tarde para hacer algo al respecto…

Las gigantescas magnitudes de su estupidez hicieron que sintiese deseos de vomitar.

Una silla, un navío, un…, otra cosa que había olvidado.


* * *

Los chicos aprendieron a trabajar el metal y las chicas aprendieron alfarería.

—Pero no somos campesinos, ni…, ni…

—Artesanos —dijo Elethiomel.

—No quiero oír ni una sola protesta más, y aprenderéis algo de lo que significa el trabajar con las manos —dijo el padre de Cheradenine mirando fijamente a los dos chicos.

—¡Pero esas cosas son para los que no han nacido en una familia noble!

—Lo mismo podría decirse del aprender a escribir y el manejar los números. Dominar esas habilidades no os convertirá en oficinistas, al igual que trabajar el hierro no os convertirá en herreros.

—Pero…

—Haréis lo que se os ordene hacer. Si os parece que eso encaja mejor con las ambiciones marciales que ambos afirmáis poseer, os doy permiso para que intentéis forjar espadas y armaduras durante vuestras lecciones.

Los chicos intercambiaron una rápida mirada.

—También podéis decirle a vuestro profesor de retórica que os he dado instrucciones de preguntarle si es aceptable que un par de jóvenes de buena cuna empiecen casi todas las frases con una palabra tan lamentable como «Pero». Eso es todo.

—Gracias, señor.

—Gracias, señor.

Cuando hubieron salido de la habitación los dos se confesaron que trabajar los metales quizá no fuera tan horrible como habían temido al principio.

—Pero tenemos que decirle a Narizotas lo de que siempre decimos «Pero». ¡Nos hará copiar algo!

—No, no lo hará. Tu viejo dijo que «podíamos» decírselo a Narizotas, y eso no es lo mismo que ordenarnos que se lo digamos.

—Ja. Sí.

Livueta también quería aprender a trabajar los metales, pero su padre se negó a permitirlo porque no consideraba que fuera adecuado para una dama. Livueta insistió. Su padre no quiso acceder. Livueta lloró y gritó, y acabaron llegando al compromiso de que podría estudiar carpintería.

Los chicos forjaron cuchillos y espadas, Darckense hizo cacharros de fango y Livueta los muebles para una casita de verano que se encontraba en uno de los bosques de la propiedad. Fue en esa casita de verano donde Cheradenine descubrió…


* * *

No, no, no, no quería pensar en eso, muchas gracias. Sabía lo que vendría a continuación.

Maldición, prefería pensar en ese otro momento horrible, el día en que cogieron el rifle de la armería…

No, la verdad es que no quería pensar en nada. Intentó dejar de pensar golpeándose la cabeza contra el suelo, alzando los ojos hacia el azul del cielo y golpeándose la cabeza una y otra vez contra aquellas pálidas rocas escamosas que se extendían debajo de él allí donde había apartado las bolitas de guano, pero el dolor resultaba excesivo, las rocas se limitaban a ceder hundiéndose en la blandura del suelo y de todas formas estaba tan débil que incluso una mosca mínimamente decidida habría podido con él, así que acabó dejándolo.

¿Dónde estaba?

Ah, sí, el cráter, el volcán inundado…, estamos en un cráter; un viejo cráter de un viejo volcán que lleva mucho tiempo apagado y lleno de agua, y en el centro del cráter había una islita y él estaba en esa islita, y contemplaba las paredes del cráter que se alzaban alrededor de la islita, y era un hombre, no un niño, y era un hombre afable y encantador y se estaba muriendo en la islita y…

—¿Gritar? —murmuró.

El cielo le contempló con expresión dubitativa.

Era azul.


* * *

Fue Elethiomel quien tuvo la idea de coger el rifle. La armería no estaba cerrada con llave, pero se encontraba vigilada. Los adultos siempre parecían preocupados y con muchas cosas que hacer, y habían hablado de enviar a los niños lejos de allí. El verano había terminado y aún no habían ido a la ciudad. Estaban empezando a aburrirse.

—Podríamos escaparnos.

Estaban caminando por un sendero cubierto de hojas caídas que serpenteaba a través de la propiedad. Elethiomel había hablado en voz muy baja. Ahora ni tan siquiera podían dar un paseo sin ir acompañados por algunos centinelas. Los hombres se mantenían a treinta pasos por delante de ellos y a veinte por detrás. ¿Cómo podías jugar con tantos centinelas alrededor? Si se quedaban cerca de la casa se les permitía ir sin centinelas, pero eso resultaba todavía más aburrido.

—No digas bobadas —replicó Livueta.

—No es ninguna bobada —dijo Darckense—. Podríamos ir a la ciudad. Sería divertido.

—Sí —dijo Cheradenine—. Tienes razón. Sería divertido.

—Y ¿por qué queréis ir a la ciudad? —preguntó Livueta—. Podría…, podría resultar peligroso.

—Porque esto es muy aburrido —dijo Darckense.

—Sí, lo es —dijo Cheradenine.

—Podríamos coger un bote y escapar en él —dijo Cheradenine.

—Ni tan siquiera haría falta que remáramos o nos preocupáramos del timón —dijo Elethiomel—. Basta con que nos dejemos llevar por la corriente y acabaremos llegando a la ciudad.

—Yo no iré a la ciudad —dijo Livueta mientras pateaba un montón de hojas.

—Oh, Livvy… —dijo Darckense—. No seas aguafiestas. Ven con nosotros. Tenemos que hacer las cosas juntos.

—Yo no iré a la ciudad —repitió Livueta.

Elethiomel apretó los labios y le atizó una terrible patada a un enorme montón de hojas haciéndolas saltar por los aires con un ruido tan fuerte como el de una explosión. Dos de los centinelas que les precedían giraron rápidamente sobre sí mismos, se relajaron y volvieron a apartar la mirada.

—Tenemos que hacer algo —dijo.

Clavó los ojos en los centinelas que caminaban delante de ellos admirando los enormes rifles automáticos que se les permitía utilizar. Nunca le habían dado permiso para tocar un arma de verdad. Tenía que conformarse con pistolitas de balines y carabinas ligeras.

Cogió al vuelo una hoja que pasaba junto a su rostro.

—Hojas… —Se la puso delante de los ojos y la hizo girar entre los dedos—. Los árboles son terriblemente estúpidos —dijo mirando a los demás.

—Pues claro —dijo Livueta—. No tienen nervios ni cerebro, ¿verdad?

—No me refería a eso —replicó él estrujando la hoja en su mano—. Lo que quiero decir es que… Bueno, que son una estupidez. Todo este desperdicio cada otoño… Un árbol que conservara sus hojas no tendría que perder el tiempo haciendo que volvieran a crecerle. Crecería hasta ser más alto que cualquier otro árbol, y acabaría convirtiéndose en el rey de todos los árboles.

—¡Pero las hojas son muy hermosas! —exclamó Darckense.

Elethiomel meneó la cabeza e intercambió una mirada algo despectiva con Cheradenine.

—¡Chicas! —dijo en tono burlón, y se rió.


* * *

Había olvidado cuál era la otra palabra cuyo significado era idéntico al de la palabra «cráter». Había otra palabra aparte de cráter o, más precisamente, había una palabra que se usaba para referirse a un cráter volcánico de gran tamaño; estaba totalmente seguro de que había otra palabra, la dejé aquí mismo hace un momento y algún bastardo me la ha robado, maldito bastardo…, si consiguiera encontrarla yo…, la dejé aquí mismo hace un momento y ahora…

¿Dónde estaba el volcán?

El volcán estaba en una gran isla de un mar interior en alguna parte.

Contempló las distantes cimas de las paredes del cráter que le rodeaban e intentó recordar dónde se encontraba esa «alguna parte». Mover la cabeza hizo que sintiera una punzada de dolor en el hombro allí donde uno de los ladrones le había clavado su cuchillo. Al principio trató de proteger la herida asustando a las nubes de moscas, pero estaba casi seguro de que ya habían depositado sus huevos en ella.

(No muy cerca del corazón; por lo menos seguía llevándola allí dentro, y la podredumbre necesitaría algún tiempo para extenderse tanto. La muerte llegaría antes de que la progenie de las moscas hubiera logrado abrirse paso llegando hasta ella y su corazón.)

Pero, ¿por qué no? Adelante, gusanitos, sed mis invitados. Comed hasta reventar. Lo más probable es que cuando aparezcáis ya lleve algún tiempo muerto, y eso os ahorrará el dolor y los tormentos que sufriríais cuando intentara librarme de vosotros rascándome con las uñas hasta sangrar… Gusanitos queridos, pobres y encantadores gusanitos. (Pobrecito yo, que soy el que acabará devorado…) Se quedó inmóvil y pensó en la pequeña charca alrededor de la que orbitaba tan inexorablemente como una roca capturada por la gravedad. La charca se hallaba en el fondo de una depresión de pequeño tamaño, y tenía la impresión de que llevaba una eternidad intentando alejarse de aquellas aguas pestilentes, el barro viscoso, las moscas que se apelotonaban a su alrededor y la mierda de ave sobre la que se veía obligado a deslizarse… Y no lo conseguía. Fuera por la razón que fuese siempre parecía acabar volviendo al punto de partida, pero no paraba de pensar en ello.

La charca tenía muy poca profundidad y el fondo rocoso. El agua contenía grandes cantidades de barro, y apestaba. El pequeño estanque era una visión horrible y repulsiva que se había ido hinchando hasta dejar atrás sus límites normales gracias a los vómitos y la sangre que había ido derramando dentro de él. Lo único que deseaba era marcharse de allí, interponer la máxima distancia posible entre él y la charca… Cuando estuviera lo bastante lejos ordenaría una incursión de bombarderos pesados para que acabara con ella.

Reanudó el lento arrastrarse alrededor de la charca desplazando las bolitas de guano y los insectos ocultos entre ellas y fue dirigiéndose hacia el lago para acabar regresando a su posición original. Se quedó inmóvil y clavó los ojos en la charca y la roca.

¿Qué había estado haciendo?

Había estado ayudando a los nativos, como de costumbre. Les había asesorado y dado los mejores consejos posibles, al principio manteniendo controlados a los lunáticos y calmando los ánimos y luego poniéndose al frente de un pequeño ejército; pero los nativos dieron por sentado que les traicionaría y que acabaría utilizando el ejército al que había entrenado como base sobre la que construir una estructura de poder personal. La víspera de su victoria, la mismísima hora en que asaltaron el Santuario… Ése fue el momento que escogieron para liquidarle.

Le llevaron a la sala de calderas y le desnudaron; logró escapar, pero los soldados ya habían empezado a bajar por la escalera y tuvo que echar a correr. Se vio obligado a ir hacia el río, y acabaron acorralándole. El impacto de la zambullida estuvo a punto de hacerle perder el conocimiento. Las comentes se apoderaron de él y su cuerpo giró lenta y perezosamente sobre sí mismo. Despertó por la mañana debajo de la armazón que cubría un cabestrante en una de las enormes barcazas usadas para desplazarse por el río. No tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí. Vio un cabo que colgaba junto a la popa, y supuso que habría trepado por él. Seguía teniendo un terrible dolor de cabeza.

Cogió la ropa colgada de una cuerda que se estaba secando detrás de la garita del timón, pero le vieron. Saltó por la borda con la ropa en la mano y nadó hasta la orilla. La persecución no había cesado, y no le quedó más remedio que seguir alejándose de la ciudad y el Santuario, los únicos lugares donde la Cultura podía buscarle. Pasó horas intentando dar con una forma de ponerse en contacto con ellos.

Los ladrones le atacaron cuando la montura que había robado estaba bordeando un cráter volcánico lleno de agua. Le golpearon, le violaron, le cortaron los tendones de las piernas y le arrojaron a las pestilentes aguas amarillentas del cráter. Intentó alejarse a nado usando sólo sus brazos —las piernas flotaban como dos apéndices inútiles detrás de él—, mientras se retorcía para esquivar las piedras que le arrojaban los ladrones.

Sabía que una de aquellas rocas acabaría aceitándole más tarde o más temprano, por lo que intentó utilizar una parte del maravilloso adiestramiento que le había proporcionado la Cultura. Hiperventiló sus pulmones lo más deprisa posible y se sumergió. Sólo tuvo que esperar un par de segundos. Una roca de gran tamaño cayó al agua chocando con la hilera de burbujas que había dejado al sumergirse. Se agarró a la roca como si fuera una amante en cuanto descendió hacia él y dejó que le hundiera en las oscuras profundidades del lago desconectando sus sentidos para sumirse en el trance que le habían enseñado. Su último pensamiento fue que el trance quizá no funcionara y que podía no volver a despertar nunca, pero no le importó demasiado.

Antes de sumergirse había grabado en su mente la cifra «diez» y la palabra «minutos». Despertó envuelto en una oscuridad impenetrable; recordó lo ocurrido y sacó los brazos de debajo de la roca. Movió las piernas intentando llegar a la luz, pero no sucedió nada. Utilizó los brazos y la superficie acabó acogiéndole después de un período de tiempo indeterminado. El aire jamás había tenido un sabor tan delicioso.

Las paredes del cráter eran muy lisas. La islita rocosa era el único sitio al que podía llegar nadando. Las aves emprendieron el vuelo lanzando chillidos estridentes cuando llegó a la orilla chapoteando ruidosamente.

«Bueno —pensó mientras reptaba sobre las rocas abriéndose paso por entre el guano—, al menos no han sido los sacerdotes… Si hubieran sido ellos ahora sí que me encontraría en una situación realmente apurada.»

Los calambres llegaron unos minutos después infiltrándose en cada articulación y quemándole por dentro como si estuviera lleno de ácido, y deseó haberse encontrado con los sacerdotes.

Tenía que hacer algo para que su mente olvidara el dolor, y siguió hablando consigo mismo. Se dijo que la Cultura vendría a buscarle con una nave maravillosa que descendería del cielo, y que en cuanto estuviera a bordo de ella todo iría bien.

Estaba seguro de que vendrían a buscarle. Le encontrarían, le curarían y estaría a salvo, oh, sí, no correría ningún peligro y cuidarían muy bien de él y quedaría libre del dolor, volvería a su paraíso y sería como…, como volver a la infancia; como volver a estar en el jardín. Pero la parte más maliciosa y suspicaz de su mente se empeñaba en recordarle que a veces hasta los jardines eran peligrosos, y que en ellos también podían ocurrir cosas malas.


* * *

Darckense convenció al centinela de la armería para que fuera con ella por el pasillo hasta doblar la esquina y la ayudara a abrir una puerta atascada. Cheradenine entró sigilosamente en la habitación y cogió el rifle automático guiándose por la descripción que le había dado Elethiomel. Salió de la armería con el rifle oculto debajo de una capa y oyó a Darckense dándole las gracias efusivamente al centinela. Se encontraron en el guardarropa del salón posterior para murmurar con voces emocionadas envueltos en el reconfortante olor de la ropa mojada y la cera para suelos, y se pasaron el arma del uno al otro para sostenerla y acariciarla. El rifle automático pesaba mucho.

—¡Sólo has traído un cargador!

—No vi ninguno más.

—Dios, Zak, debes de estar ciego… Bueno, supongo que tendremos que conformarnos con eso.

—Aj… Está pringosa —dijo Darckense.

—Es aceite —le explicó Cheradenine—. Sirve para impedir que se oxide.

—¿Dónde se supone que vamos a esconderla? —preguntó Livueta.

—La dejaremos aquí y volveremos después de cenar —dijo Elethiomel quitándole el arma a Darckense—. Hoy tenemos que estudiar con Narizotas, y siempre se queda dormido enseguida. Mamá y papá estarán muy ocupados atendiendo a ese coronel. Podemos salir de la casa, llegar al bosque sin que nos vean y disparar el arma allí.

—Claro, y probablemente nos matarán —dijo Livueta—. Los centinelas pensarán que somos un grupo de terroristas.

Elethiomel meneó la cabeza pacientemente.

—Livvy, eres tonta. —Alzó el arma y la apuntó con ella—. Tiene un silenciador. Qué creías que era esa cosa, ¿eh?

—Ah —dijo Livueta mientras apartaba a un lado el cañón del arma—. ¿Y tiene seguro?

Elethiomel puso cara de duda, aunque la mueca sólo duró una fracción de segundo.

—Claro —dijo en voz alta. Se encogió sobre sí mismo y volvió la cabeza hacia la puerta cerrada que daba al salón—. Clareo —murmuró—. Vamos. La dejaremos aquí y volveremos por ella cuando hayamos logrado librarnos de Narizotas.

—No puedes dejarla aquí —dijo Livueta.

—Te apuesto lo que quieras a que sí puedo.

—Esa cosa apesta —dijo Livueta—. El aceite huele mucho. Se darán cuenta de que está aquí en cuanto entren. ¿Y si papá decide ir a dar un paseo?

Elethiomel pareció preocupado. Livueta pasó junto a él y abrió una ventanita.

—¿Y si la escondemos en el barco de piedra? —sugirió Cheradenine—. Nadie va allí durante esta época del año.

Elethiomel pensó en lo que acababa de decir. Después cogió la capa que Cheradenine había utilizado para esconder el rifle y lo envolvió en ella.

—De acuerdo. Toma, escóndelo.


* * *

Seguía sin haber retrocedido lo suficiente, o quizá no había logrado avanzar todo lo que quería, no estaba seguro. El lugar correcto…, eso era lo que estaba buscando. El lugar correcto… La situación era muy importante, y en aquel tipo de situaciones el lugar lo era todo. Por ejemplo, esta roca…

—Por ejemplo tú, roca —dijo.

Entrecerró los ojos y la contempló en silencio.

Ah, sí, aquí tenemos esta fea roca más o menos plana que se conforma con permanecer inmóvil y no hacer nada limitándose a ser amoral y aburrida, y la roca se alza como una isla en el centro de esta charca de aguas contaminadas. La charca es un laguito minúsculo en una pequeña isla y la isla se encuentra dentro de un cráter inundado. El cráter es un cráter volcánico, y el volcán forma parte de una isla que se halla en un gran mar interior. El mar interior es como un lago gigante en un continente y el continente es como una isla perdida en los mares del planeta. El planeta es como una isla en el mar de espacio que contiene el sistema, y el sistema flota dentro del grupo de sistemas, que es como una isla en el mar de la galaxia, que es como una isla en el archipiélago de su macizo local, que es una isla dentro del universo, y el universo es una isla que flota en el mar de espacio formado por los Continuos, y éstos flotan como islas en la Realidad, y…

Pero había un factor común presente en toda la cadena de los Continuos, el Universo, el Macizo Local, la Galaxia, el Grupo de Sistemas, el Sistema, el Planeta, el Continente, la Isla, el Lago, la Isla…, y ese factor común era que la roca siempre estaba allí. ¡Y eso quería decir que la ROCA, ESA JODIDA Y HORRENDA ROCA QUE TENÍA DELANTE, ERA EL CENTRO DEL UNIVERSO Y DE LOS CONTINUOS Y DE TODA LA REALIDAD!

La palabra era caldera. El lago estaba dentro de una caldera volcánica inundada. Alzó la cabeza, contempló las inmóviles aguas amarillentas que se alejaban hacia los riscos del cráter y creyó ver un barco de piedra.

—Grita —dijo.

—Vete a la mierda —oyó que replicaba el cielo, no muy convencido.


* * *

El cielo estaba lleno de nubes y el anochecer había llegado más pronto de lo acostumbrado. Narizotas había necesitado más tiempo del habitual para quedarse dormido detrás de su escritorio, y casi decidieron dejarlo todo para mañana, pero pensaron que no podrían esperar tanto tiempo. Salieron sigilosamente de la habitación, procuraron adoptar expresiones lo más normales posible conteniendo el deseo de correr y caminaron hasta el salón de la parte de atrás para coger sus botas y las chaquetas.

—¿Ves? —murmuró Livueta—. Incluso con la ventana abierta huele un poco a aceite.

—Yo no huelo nada —mintió Elethiomel.

Las salas para banquetes donde el coronel y su séquito estaban siendo agasajados aquella noche daban a los parques que había junto a la fachada principal de la casa, y el lago con el barco de piedra quedaba detrás de ellos.

—Vamos a dar un paseo por el lago, sargento —le explicó Cheradenine al centinela que les dio el alto en el sendero de gravilla que llevaba hasta el barco de piedra.

El sargento asintió y les dijo que se dieran prisa porque no tardaría en anochecer.

Llegaron al barco y encontraron el rifle allí donde Cheradenine lo había escondido, debajo de un banco de piedra que había en la cubierta superior.

Elethiomel levantó el rifle de las losas que formaban la cubierta y el arma chocó con un canto del banco.

Hubo un chasquido metálico y el cargador se desprendió del rifle. Después oyeron el ruido de un alambre soltándose, y las balas repiquetearon sobre las losas.

—¡Idiota! —dijo Cheradenine.

—¡Cállate!

—Oh, no… —dijo Livueta.

Se inclinó y empezó a recoger las balas.

—Volvamos —murmuró Darckense—. Estoy asustada.

—No te preocupes —dijo Cheradenine dándole unas palmaditas en la mano—. Ven, ayúdanos a buscar las balas.

Parecieron necesitar una eternidad para encontrar las balas, limpiarlas y volver a meterlas dentro del cargador, y aun así todos pensaron que probablemente faltaban algunas. Cuando hubieron conseguido colocar el cargador en su sitio ya casi había anochecido del todo.

—Está demasiado oscuro —dijo Livueta.

Se hallaban agazapados junto a la balaustrada contemplando las aguas del lago y la casa que se alzaba al otro lado. Elethiomel sostenía el rifle en sus manos.

—¡No! —dijo—. Aún podemos ver.

—No, no se ve lo suficientemente bien para disparar —replicó Cheradenine.

—Dejémoslo para mañana —sugirió Livueta.

—No tardarán en darse cuenta de que no hemos vuelto —murmuró Cheradenine—. ¡No tenemos tiempo!

—¡No! —dijo Elethiomel.

Sus ojos no se apartaban del centinela que caminaba lentamente por el sendero. Livueta volvió la cabeza en esa dirección. El centinela era el sargento que les había dado el alto.

—¡Te estás comportando como un idiota! —dijo Cheradenine.

Alargó una mano para coger el arma. Elethiomel la apartó.

—Es mía. ¡No la toques!

—¡No es tuya! —siseó Cheradenine—. Es nuestra. ¡Pertenece a nuestra familia, no a la tuya!

Puso las dos manos sobre el arma. Elethiomel tiró de ella.

—¡Basta! —dijo Darckense con un hilo de voz.

—No seáis tan… —empezó a decir Livueta.

Volvió la cabeza hacia el final del parapeto. Le parecía haber oído un ruido que venía de allí.

—¡Dámela!

—¡Suelta!

—Por favor, estaros quietos, por favor, por favor. Volvamos a la casa, por favor…

Livueta no les oyó. Estaba muy quieta, tenía la boca seca y no apartaba los ojos de lo que había al otro lado del parapeto de piedra. Un hombre vestido de negro acababa de coger el rifle que el sargento había dejado caer al suelo. El sargento yacía sobre la gravilla. Algo metálico brilló en la mano del hombre vestido de negro reflejando las luces de la casa. El hombre sacó el fláccido cuerpo del sargento del sendero de gravilla y lo echó al lago.

Livueta apenas podía respirar. Se escondió detrás del parapeto y movió las manos frenéticamente intentando llamar la atención de los dos chicos.

—Ba… —dijo.

Los chicos seguían luchando por el rifle.

—Ba…

—¡Es mío!

—¡Suelta!

—¡Basta! —siseó, y les golpeó en la cabeza. Los dos alzaron los ojos hacia ella—. Alguien acaba de matar al sargento.

—¿Qué?

Los dos chicos miraron por encima del parapeto. Elethiomel seguía sosteniendo el arma.

Darckense se hizo un ovillo y empezó a llorar.

—¿Dónde?

—Allí. ¡Eso que hay en el agua es su cuerpo!

—Oh, claro —murmuró Elethiomel—. Y ¿quién…?

Los tres vieron la silueta negra que avanzaba hacia la casa manteniéndose entre las sombras de los arbustos que bordeaban el sendero. Un instante después una docena de hombres empezaron a moverse a lo largo del lago caminando sin hacer ningún ruido sobre la angosta tira de césped. Sus cuerpos eran manchones de oscuridad apenas visibles sobre la gravilla.

—¡Terroristas! —exclamó Elethiomel.

Los tres volvieron a ocultarse detrás del parapeto. Darckense seguía llorando.

—Avisa a la casa —dijo Livueta—. Dispara el rifle.

—Quita el silenciador —dijo Cheradenine.

Elethiomel luchó con el grueso tubo metálico en que terminaba el cañón.

—¡Se ha atascado!

—¡Déjame probar!

Los tres lo intentaron.

—Bueno, es igual —dijo Cheradenine—. Dispara.

—¡Sí! —murmuró Elethiomel. Alzó el arma y la sopesó—. ¡Sí! —dijo.

Se arrodilló, apoyó el arma sobre el parapeto de piedra y tomó puntería.

—Ten cuidado —dijo Livueta.

Elethiomel apuntó a los hombres vestidos de negro que se movían por el sendero en dirección a la casa y tiró del gatillo.

El arma pareció estallar. Toda la cubierta del barco de piedra quedó iluminada. El ruido fue tremendo. Elethiomel fue arrojado hacia atrás mientras el arma seguía disparando balas trazadoras que se perdían en el cielo nocturno. Su espalda chocó con el banco. Darckense chilló con toda la fuerza de sus pulmones y se levantó de un salto un segundo antes de que se empezaran a oír disparos cerca de la casa.

—¡Darkle, agáchate! —gritó Livueta.

Finos haces luminosos chisporrotearon y bailaron sobre el barco de piedra.

Darckense siguió gritando sin moverse durante unos momentos y echó a correr hacia la escalera. Elethiomel meneó la cabeza y alzó los ojos cuando pasó corriendo junto a él. Livueta trató de agarrarla por una pierna, pero no lo consiguió. Cheradenine intentó hacerla caer al suelo.

Los haces luminosos descendieron un poco e hicieron saltar trocitos de roca envueltos en nubéculas de polvo de las superficies de piedra que les rodeaban. Darckense llegó a las escaleras sin dejar de gritar ni un solo instante.

La bala le entró por la cadera. El tiroteo y los gritos de Darckense no impidieron que los tres oyeran con toda claridad el sonido del impacto.

Él también resultó herido, aunque por aquel entonces no tenía ni idea de cuál había sido el arma responsable de su herida.

El ataque a la casa fue rechazado y Darckense sobrevivió. Estuvo a punto de morir a causa de la conmoción y la pérdida de sangre, pero sobrevivió. Los mejores cirujanos del país lucharon por reconstruir su pelvis. El proyectil la había destrozado convirtiéndola en una docena de fragmentos principales y un centenar de astillas diminutas.

Los trocitos de hueso se esparcieron por todo su cuerpo. Encontraron fragmentos en sus piernas, en un brazo y en sus órganos internos, e incluso encontraron uno en su mentón. Los cirujanos del ejército estaban acostumbrados a tratar ese tipo de heridas, y disponían del tiempo (la guerra aún no había empezado) y los incentivos (el padre de Darckense era un hombre muy importante) necesarios para hacer una labor lo más concienzuda posible con ella, pero aun así y suponiendo que todo fuese bien en el futuro Darckense tendría considerables dificultades para caminar hasta que hubiese terminado de crecer.

Uno de los trocitos de hueso no se conformó con viajar por el cuerpo de Darckense y entró en el suyo alojándose justo encima del corazón.

Los cirujanos del ejército dijeron que la operación sería demasiado peligrosa y afirmaron que su cuerpo acabaría rechazando el trocito de hueso por sí solo.

Pero su cuerpo decidió no rechazarlo.


* * *

Volvió a arrastrarse alrededor de las aguas pestilentes.

¡Caldera! Sí, ésa era la palabra.

(Ese tipo de señales eran muy importantes, y había logrado encontrar la que estaba buscando.)

«Victoria», se dijo mientras se incorporaba apartando unas cuantas bolitas de guano y pedía disculpas a los insectos. Había llegado a la conclusión de que todo se arreglaría. Lo sabía, y también sabía que al final siempre acabas ganando y que incluso cuando pierdes no llegas a enterarte de que has sido derrotado porque la vida no era más que un combate interminable, y de todas formas estaba en el centro exacto de aquel ridículo volcán, y la palabra era Caldera, y la palabra era Zakalwe, y la palabra era Staberinde, y…


* * *

Fueron a buscarle. Bajaron del cielo en su maravillosa nave y se lo llevaron de allí y le curaron…

—Nunca aprenderán —oyó que decía el cielo, y el suspiro llegó con toda claridad a sus oídos.

—Jódete —dijo él.


* * *

Años después Cheradenine volvió a la casa después de haber terminado sus estudios en la academia militar. Preguntó por Darckense a un jardinero que hablaba en monosílabos y fue enviado en una dirección determinada. Atravesó el bosque y caminó sobre la blanda alfombra de hojas que llevaba hasta la puerta de la casita de verano.

Oyó un grito en el interior y reconoció la voz de Darckense.

Subió corriendo los peldaños, desenfundó su pistola y abrió la puerta de un puntapié.

El rostro perplejo y algo asustado de Darckense giró hacia él para contemplarle por encima del hombro. Sus manos estaban alrededor del cuello de Elethiomel. Elethiomel siguió inmóvil con los pantalones a la altura de los tobillos y las manos sobre las caderas desnudas de Darckense —los pliegues de su vestido se hinchaban sobre ellas—, y le miró sin perder la calma.

Elethiomel estaba sentado en la sillita que Livueta había construido hacía ya muchos años durante sus clases de carpintería.

—Hola, viejo amigo —dijo mirando fijamente al joven que parecía haberse olvidado de la pistola que sostenía entre los dedos.

Cheradenine clavó la mirada en los ojos de Elethiomel durante un momento, giró sobre sí mismo, guardó la pistola en la funda y la cerró. Salió de la casita de verano cerrando la puerta detrás de él sin hacer ningún ruido.

Antes de alejarse oyó el llanto de Darckense y la risa de Elethiomel.


* * *

La isla en el centro de la caldera había recuperado su silencio habitual. Unas cuantas aves alzaron el vuelo y se posaron encima de ella.

La presencia del hombre había alterado a la isla. Ahora parecía tener impreso un sencillo pictograma en blanco sobre negro que ocupaba toda la depresión central, un círculo dibujado por el sendero de excrementos negros amontonados para dejar al descubierto la blancura de la roca, con un rabillo de una longitud cuidadosamente calculada inclinándose hacia un lado (el otro extremo apuntaba hacia la roca, que servía como punto central).

Era el signo convencional para pedir socorro utilizado en aquel planeta, y sólo se podía ver desde una aeronave o desde el espacio.


* * *

Ya habían pasado algunos años desde la escena en la casita de verano. Una noche en que los bosques ardían y el mundo vibraba con el lejano retumbar de la artillería un joven mayor del ejército subió de un salto a uno de los tanques que se encontraban bajo su mando y ordenó al conductor que atravesara el bosque siguiendo el camino que serpenteaba entre aquellos troncos venerables.

Dejaron atrás el cascarón semidestrozado de la mansión reconquistada y el rojo de los incendios que iluminaba aquel interior que había sido tan espléndido en el pasado (las llamas se reflejaban sobre las aguas del lago ornamental y bailaban junto a los restos de un barco de piedra).

El tanque se abrió paso a través del bosque aplastando arbolillos y destruyendo los puentecitos que cruzaban los arroyos.

Vio el claro con la casita a través de los árboles. La parpadeante claridad blanca que la iluminaba parecía casi ultraterrena, como si procediera del mismísimo Dios.

Llegaron al claro. Un obús-estrella había caído del cielo y el paracaídas había quedado atrapado en las ramas de los árboles. El proyectil silbaba y chisporroteaba emitiendo una luz blanca y pura de gran potencia que revelaba el claro y todo lo que había en él.

La luz permitía ver la sillita de madera dentro de la casa de verano. El cañón del tanque apuntaba al pequeño edificio.

—¿Señor? —preguntó el comandante del tanque contemplándole con cierta preocupación desde la escotilla que tenía debajo.

El mayor Zakalwe bajó los ojos hacia él.

—Fuego —ordenó.

8

La primera nevada del año iba cubriendo las pendientes más altas de la ciudad. Los copos de nieve bajaban flotando del cielo entre gris y marrón y se acumulaban sobre las calles y los edificios haciendo pensar en una sábana arrojada encima de un cadáver.

Estaba cenando solo en una mesa muy grande. La pantalla que había colocado en el centro de la habitación mostraba las imágenes de unos prisioneros liberados en otro planeta. Las puertas del balcón estaban abiertas y dejaban entrar versiones en miniatura de la nevada que caía sobre la ciudad. La elegante alfombra de la habitación estaba cubierta de una escarcha blanquecina allí donde la nieve había logrado sedimentarse, y de manchas oscuras en los lugares donde el calor de la estancia había logrado fundirla volviendo a convertirla en agua. La ciudad era una masa de sombras y contornos grises entrevistos en la oscuridad. Las luces trazaban líneas y remolinos debilitados por la distancia y los torbellinos de nieve.

La oscuridad llegó como una gigantesca bandera negra agitada sobre el desfiladero, atrajo hacia sí los tonos grises de los límites de la ciudad y cuando los hubo incorporado a su masa realzó las manchitas de las luces que ardían en las calles y los edificios como si quisiera recompensarlas por su persistencia.

El silencio de la pantalla se unió al silencio con que caían los copos. La luz proyectó un sendero sobre el caos silencioso de la nevada que caía en el exterior. El hombre se levantó. Cerró las puertas y los postigos y después corrió las cortinas.


* * *

El día siguiente amaneció muy soleado y la ciudad se podía divisar con toda la nitidez que permitía la gran curva del desfiladero. Los edificios y las líneas de las carreteras y los acueductos resaltaban con tanta claridad como si acabaran de ser dibujadas, y los rayos de sol daban un nuevo brillo incluso a la piedra gris más descolorida. La nieve cubría la mitad superior de la ciudad; por debajo de ella la temperatura siempre alcanzaba niveles superiores y la nieve había caído en forma de lluvia. La claridad y limpidez del nuevo día también quedaban puestas de relieve allí. El hombre volvió la cabeza hacia la ventanilla y contempló el panorama. Cada detalle era un placer para la vista. Fue contando los arcos y los vehículos, y siguió los contornos del agua, los caminos y las vías a través de todas sus circunvoluciones y escondites. Inspeccionó cada reflejo del sol, entrecerró los ojos ante cada ave convertida en un puntito que giraba por los cielos y ni los cristales oscuros de sus gafas impidieron que se fijara en cada ventana rota.

El vehículo era el más largo y esbelto de todos los que había adquirido o alquilado hasta la fecha. Tenía capacidad para ocho pasajeros y poseía un motor rotatorio tan enorme como poco eficiente conectado a ambos ejes. El chófer había recibido orden de bajar la capota. El hombre se relajó en el asiento de atrás y se dedicó a disfrutar la caricia del aire fresco en su rostro.

El pendiente-terminal emitió un zumbido.

—¿Zakalwe?

—¿Sí, Diziet? —respondió.

Pensó que si hablaba en un tono de voz lo bastante bajo el rugido del viento impediría que el chófer oyera su conversación, pero aun así decidió subir el cristal que podía interponerse entre la cabina y el compartimento de los pasajeros.

—Hola. Bien… Hay un ligero retraso en la transmisión, pero casi no se nota. ¿Qué tal va todo?

—Aún no hay nada nuevo. Me hago llamar Staberinde y estoy causando sensación. Soy propietario de las Líneas Aéreas Staberinde, hay una calle Staberinde, unos Grandes Almacenes Staberinde, unos Ferrocarriles Staberinde, una emisora Staberinde…, incluso hay un crucero de lujo llamado Staberinde. He gastado el dinero como si fuese hidrógeno y me ha bastado una semana para edificar un imperio comercial que muchas personas no conseguirían crear en toda una vida. Soy una de las personas de las que más se habla en todo el planeta, puede que incluso en todo el sistema…

—Sí. Pero, Cher…

—Esta mañana he tenido que salir del hotel por un túnel de servicio que lleva a un anexo. El patio estaba atestado de periodistas. —Lanzó una rápida mirada por encima de su hombro—. Es increíble, pero parece que he conseguido despistar a los sabuesos…

—Sí, Che…

—Maldición, hasta es probable que todas estas locuras estén retrasando el estallido de la guerra. La gente prefiere esperar a ver en qué nueva extravagancia se me ocurrirá gastar el dinero a pelear.

—Zakalwe, Zakalwe… —dijo Sma—. Estupendo, soberbio, pero… ¿qué esperas conseguir con todo eso?

Suspiró y volvió la cabeza hacia los edificios medio en ruinas que desfilaban velozmente junto al vehículo. El extremo superior de los riscos no estaba muy lejos.

—Se supone que servirá para que el nombre de Staberinde aparezca con tal frecuencia en todos los medios de comunicación que hasta un recluso dedicado al estudio de viejos documentos polvorientos acabará oyéndolo.

—¿Y?

—Y Beychae y yo usamos una estratagema en la guerra. La bautizamos «estrategia Staberinde», pero era un secreto entre nosotros dos, ¿comprendes? Estrictamente entre nosotros dos… Ese nombre significa algo para Beychae porque yo le expliqué su…, su origen. Si oye esa palabra tendrá que preguntarse qué está ocurriendo.

—Parece una teoría magnífica, Cheradenine, pero de momento no ha funcionado, ¿verdad?

—No. —Suspiró y frunció el ceño—. Oye, ese sitio en el que se encuentra… Tienen acceso a las noticias, ¿verdad? ¿Estás segura de que no es un prisionero?

—Hay un acceso a los medios de comunicación, pero no es directo. Lo tienen muy bien protegido, y ni tan siquiera nosotros podemos averiguar lo que está ocurriendo ahí dentro. Ah, y estamos seguros de que no se encuentra prisionero.

Pensó en silencio durante unos momentos antes de seguir hablando con Sma.

—¿Qué tal anda la situación prebélica?

—Bueno, el conflicto a gran escala sigue pareciendo inevitable, pero el tiempo probable para que estalle se ha incrementado en un par de días y ahora está calculado en de ocho a diez días después de que se produzca un acontecimiento-gatillo lo bastante viable. Así que… Parece que de momento podemos seguir siendo moderadamente optimistas.

—Hmmm. —Se frotó el mentón y contempló las aguas heladas de un acueducto situado a cincuenta metros por debajo del nudo viario—. Bueno —dijo—, voy a la universidad y desayunaré con el decano. Estoy preparando la Beca Staberinde, la Sociedad Académica Staberinde y la Cátedra Staberinde, y puede que acabe decidiendo crear el Colegio Mayor Staberinde. Quizá debería hablarle de esas importantísimas tablillas de cera…

—Sí, me parece buena idea —dijo Sma después de un breve silencio.

—De acuerdo. Supongo que no tienen ninguna relación con esos viejos documentos en los que Beychae ha decidido enterrar su nariz, ¿verdad?

—No —dijo Sma—, pero las tablillas deben encontrarse en el mismo sitio donde está trabajando. Supongo que podrías pedir que te dejaran echar un vistazo a su sistema de seguridad, o decir que quieres ver dónde las guardan sin que sospechen nada.

—Muy bien, le hablaré de las tablillas.

—Asegúrate de que no tiene problemas de corazón antes de sacar a relucir el tema.

—Lo haré, Diziet.

—Una cosa más… Esa pareja por la que preguntaste, la que fue a tu fiesta callejera…

—Sí.

—Pertenecen a la Gobernación. Es el término que utilizan para referirse a la clase de grandes accionistas locales que dan órdenes a los directivos de las corporaciones…

—Sí, Diziet, me acuerdo de ese término.

—Bueno, pues esos dos viven en Solotol y su palabra es ley. Tenemos la seguridad de que los directivos seguirán casi al pie de la letra todas sus sugerencias en lo que concierna a Beychae, y eso quiere decir que el gobierno hará lo mismo. Ah, naturalmente su posición hace que a efectos prácticos se encuentren por encima de la ley… No te metas con ellos, Cheradenine.

—¿Quién, yo? —preguntó él en su tono de voz más inocente.

Sonrió y sintió la fría y seca caricia del viento en su rostro.

—Sí, tú. Eso es todo desde aquí. Espero que tengas un desayuno agradable.

—Adiós —dijo él, y cortó la transmisión.

La ciudad seguía deslizándose al otro lado de las ventanillas. Los neumáticos del vehículo giraban sobre la oscura superficie de la calzada creando una mezcla de siseo y chirrido. Subió un poco la calefacción para no tener frío en los pies.

Aquella parte de la carretera que iba por debajo de los riscos estaba muy poco concurrida. El chófer redujo la velocidad al ver un cartel y unas luces que se encendían y apagaban delante de ellos y apenas consiguió obedecer a tiempo las instrucciones de los carteles indicando un desvío y una ruta de emergencia que había detrás. El vehículo patinó, se internó por una rampa y acabó en una calzada de cemento flanqueada por muros muy altos que la convertían en una especie de canal.

Llegaron a una explanada situada a considerable altura por encima de la cual sólo se veía cielo. Las líneas rojas que indicaban el desvío se perdían al final de la explanada. El chófer redujo la velocidad, se encogió de hombros y volvió a dar gas. La protuberancia de cemento hizo que el morro del vehículo saltara hacia arriba ocultando lo que había más allá.

Cuando el chófer vio lo que había al otro lado de la pequeña colina de cemento lanzó un grito de miedo e intentó frenar mientras hacía girar el volante. El vehículo se inclinó hacia adelante, las ruedas entraron en contacto con el hielo y empezaron a patinar.

La sacudida le había hecho oscilar en el asiento y la brusca desaparición del paisaje le había irritado un poco. Alzó la cabeza hacia el chófer y se preguntó qué estaba ocurriendo.

Alguien les había engañado para que salieran de la carretera y se metieran en uno de los conductos que evacuaban el agua de las tormentas. La carretera poseía sistemas de calefacción y no se helaba nunca, pero la superficie del conducto estaba cubierta por una lámina de hielo. Habían entrado en él por una de las varias docenas de orificios esparcidos que formaban un semicírculo cerca del borde. El conducto propiamente dicho llevaba a las profundidades de la ciudad, medía más de un kilómetro de longitud y estaba cruzado a intervalos irregulares por puentes y viaductos.

El vehículo se había desviado un poco cuando el chófer lo hizo avanzar por encima del promontorio de cemento que protegía el orificio y ahora estaba empezando a resbalar de lado con las ruedas girando a toda velocidad y el motor rugiendo, cayendo cada vez más deprisa por la pared del conducto que se extendía bajo ellos.

El chófer hizo un nuevo intento de frenar, trató de poner la marcha atrás y acabó intentando llevar el vehículo hacia los lados del conducto, pero la velocidad del descenso no paraba de aumentar y la capa de hielo apenas ofrecía asideros. Cada irregularidad de la superficie hacía que las ruedas y el chasis del vehículo vibraran ruidosamente. El aire silbaba junto a ellos y los neumáticos acusaban la velocidad del descenso lateral chirriando quejumbrosamente.

Clavó los ojos en las paredes del conducto que desfilaban junto a él a una velocidad casi ridícula. El vehículo seguía girando lentamente sobre sí mismo mientras bajaba. El chófer chilló al ver que se dirigían hacia el inmenso soporte de un puente. La parte trasera del vehículo chocó con el soporte y todo el chasis saltó unos centímetros por los aires al estrellarse con el pilar de cemento. Los fragmentos de metal saltaron a su alrededor o se incrustaron en el hielo y empezaron a deslizarse rápidamente detrás de ellos. El vehículo estaba girando más deprisa, pero ahora en dirección opuesta.

Puentes, desagües tributarios, viaductos, edificios, acueductos e inmensas cañerías… Había toda una gama de estructuras alzándose sobre el conducto, y todas pasaron como el rayo por encima del vehículo que seguía girando y dejándolas atrás envuelto en los rayos del sol. Unas cuantas caras les contemplaron con expresiones de asombro desde parapetos o ventanas abiertas.

Miró hacia adelante y vio que el chófer intentaba abrir la portezuela.

—¡Eh! —gritó mientras intentaba detenerle.

El vehículo siguió deslizándose sobre las irregularidades del hielo envuelto en un estrépito ensordecedor. El chófer saltó.

Se arrojó sobre el asiento delantero y sus dedos rozaron los tobillos del chófer, pero no consiguieron agarrarlos. Aterrizó encima de los pedales, puso las manos sobre las palancas y controles y se instaló en el asiento. Los giros del vehículo se iban haciendo más rápidos y el metal chimaba y gruñía cada vez que chocaba con las protuberancias y rejillas incrustadas en la pendiente. Tuvo un fugaz atisbo de una rueda y trocitos de adornos metálicos rebotando de un lado a otro detrás del vehículo. Otro impacto con un soporte de cemento que le hizo vibrar los dientes arrancó todo un eje que salió volando por los aires y estalló contra una de las patas de hierro que sostenían un edificio, creando un surtidor de ladrillos machacados, cristales y metal destrozado que se dispersó en todas direcciones como si fuera metralla.

Puso las manos sobre el volante y lo hizo girar de un lado a otro, pero el vehículo siguió precipitándose por el conducto. Había pensado mantener el morro apuntado hacia adelante hasta que el lento incremento de temperatura que se producía a medida que se bajaba por el desfiladero convirtiese la cuesta de hielo en una superficie fangosa, pero si el volante estaba inutilizado quizá fuera mejor saltar sin esperar ni un segundo más.

El volante giró a tal velocidad que le quemó las manos. Los neumáticos chirriaron y la brusca sacudida le arrojó hacia adelante. Su nariz chocó con el salpicadero. «Creo que eso era un trozo sin hielo», pensó. Miró hacia adelante y vio que se acercaba al punto en que la capa dejaba de ser una superficie más o menos uniforme e iba quedando confinada a las sombras de los edificios.

El vehículo casi se había enderezado. Volvió a coger el volante y pisó el freno con todas sus fuerzas, pero no pareció servir de nada. Intentó poner la marcha atrás. La caja de cambios emitió un chirrido ensordecedor que le hizo torcer el gesto, y las salvajes oscilaciones del pedal se transmitieron a su pie. El volante volvió a cobrar vida y la conservó unos segundos más que la otra vez. La sacudida volvió a arrojarle hacia adelante. Había conseguido no soltar el volante, e intentó no hacer caso de la sangre que brotaba de sus fosas nasales.

El mundo se había convertido en un rugido continuo. El viento, los neumáticos y el vehículo rugían. El rápido aumento de la presión atmosférica hizo que sintiera un sordo palpitar en los oídos. Miró hacia adelante y vio hierbajos verdes sobre el cemento.

—¡Mierda! —gritó.

Estaba acercándose a otro promontorio. Comprendió que aún no había llegado al fondo y que tenía por delante un nuevo tramo de conducto.

Recordó que el chófer había dicho algo sobre unas herramientas guardadas dentro del primer grupo de asientos para pasajeros. Lo echó hacia atrás y cogió la herramienta más grande que encontró, abrió la portezuela de un manotazo y saltó.

Chocó con el cemento y estuvo a punto de perder la herramienta. El vehículo empezó a patinar delante de él, se salió del último retazo de hielo y fue hacia la extensión de hierbajos y maleza. Las ruedas que le quedaban crearon surtidores de espuma. Rodó sobre sí mismo hasta quedar de espaldas y sintió el roce de la espuma en su rostro mientras seguía deslizándose por la pendiente cubierta de maleza. Agarró la herramienta con las dos manos, la deslizó entre su pecho y la parte superior de un brazo y la dirigió hacia el cemento que había debajo del agua y la maleza.

El metal vibró entre sus dedos.

El promontorio venía hacia él. Apretó con más fuerza. El extremo de la herramienta se hundió en la superficie llena de asperezas haciendo temblar todo su cuerpo y nublándole la vista. Una de sus axilas estaba empezando a acumular una bola de hierbajos arrancados que crecía a toda velocidad, y pensó que los hierbajos parecían un mechón de vello mutante.

El morro del vehículo chocó con el promontorio. Pudo ver como salía disparado por los aires y desaparecía dando vueltas sobre sí mismo. El impacto con el promontorio casi le hizo perder la herramienta. Se puso en pie y logró reducir un poco la velocidad de su descenso, pero no lo suficiente. El promontorio quedó atrás. Las gafas oscuras se desprendieron de su rostro, y tuvo que contener el impulso irracional de intentar agarrarlas al vuelo.

El conducto continuaba durante medio kilómetro más. El techo del vehículo chocó con la pendiente de cemento y los fragmentos metálicos desprendidos por el impacto siguieron bajando hacia el río que había en el fondo de la gran V del desfiladero. La caja de cambios y el eje restante se separaron del chasis y acabaron chocando con unas cañerías que cruzaban el conducto. Las cañerías se rompieron y dejaron escapar chorros de agua.

Siguió usando la herramienta como si fuera un piolet y consiguió ir reduciendo lentamente la velocidad de su descenso.

Pasó por debajo de las cañerías rotas. El agua que salía de ellas estaba caliente.

«Increíble —pensó—, es agua limpia…» Sus perspectivas para aquel día parecían estar empezando a mejorar.

Contempló con expresión de perplejidad la herramienta que seguía vibrando entre sus dedos y se preguntó qué era. Acabó decidiendo que debía de servir para poner en marcha el motor o para algo relacionado con los neumáticos y miró a su alrededor.

Pasó por encima de un último promontorio de cemento y fue resbalando lentamente hacia las primeras y aún muy poco profundas aguas del gran río Lotol. Algunos trocitos del vehículo se le habían adelantado.

Se puso en pie y fue chapoteando hacia la orilla. Comprobó que la pendiente estuviera libre de restos del coche que pudieran acabar chocando con él y se sentó. Estaba temblando. Alzó una mano y se acarició la nariz ensangrentada. El accidentado trayecto en el interior del vehículo le había dejado lleno de morados y contusiones. Vio algunos transeúntes que le contemplaban desde un paseo cercano y les saludó con la mano.

Se puso en pie y empezó a preguntarse cómo diablos se salía de aquel cañón de cemento. Alzó los ojos hacia la pendiente, pero sólo podía ver un tramo bastante corto. La última protuberancia de cemento le ocultaba el resto de su extensión.

Se preguntó qué habría sido del chófer.

El promontorio de cemento que estaba contemplando desarrolló un bulto oscuro que se recortó contra el cielo. El bulto pareció quedar suspendido en precario equilibrio durante unos segundos y acabó deslizándose sobre la delgada capa de agua que iba bajando por la pendiente manchándola de rojo. Los restos del chófer pasaron junto a él, cayeron al río y dejaron atrás el chasis del vehículo para empezar a flotar río abajo girando lentamente sobre sí mismos entre una confusión de hilillos rosados.

Meneó la cabeza. Se llevó la mano a la nariz, movió la punta de un lado a otro para comprobar qué tal estaba y dio un respingo de dolor. Era la decimoquinta fractura de nariz que sufría en su vida.


* * *

Se contempló en el espejo y torció el gesto. Inspiró y sintió el aire mezclado con agua caliente y sangre deslizándose hacia el interior de su nariz. La pileta de porcelana negra estaba llena de humeante agua jabonosa en la que flotaban manchitas rosadas.

—No he podido desayunar, he perdido a un chófer muy amable que parecía conocer su oficio, me he vuelto a romper la nariz, he tenido que contemplar cómo un impermeable que posee un inmenso valor sentimental se ensuciaba hasta extremos que jamás habría creído posibles… ¿Y lo único que se te ocurre decir es «Muy gracioso»?

—Lo siento, Cheradenine. No es que me ría de lo que te ha ocurrido, pero… Me parece tan raro que… No entiendo qué les puede haber impulsado a hacer algo semejante. ¿Estás seguro de que fue deliberado? Ooof…

—¿Qué ha sido eso?

—Nada. ¿Estás seguro de que no fue un accidente?

—Segurísimo. Pedí que me enviaran otro vehículo, hablé con la policía y volvimos al sitio en que empezó todo. No había luces, ni carteles ni nada… Todo había desaparecido, pero encontramos restos del disolvente industrial que habían utilizado para eliminar las señales de carretera falsas que llevaban al conducto.

—Ah. Ah, sí…

La voz de Sma cada vez sonaba más extraña.

Se quitó el transceptor de la oreja y clavó la mirada en él.

—Sma…

—Aaaaah. Sí, bueno, tal y como te dije… Si ha sido cosa de esa pareja de la Gobernación la policía no hará nada, pero no puedo entender por qué han obrado así.

Quitó el tapón de la pileta para que se vaciara y se limpió cautelosamente la nariz con una toalla del hotel. Después volvió a colocarse el pendiente-terminal en la oreja.

—Quizá porque no les gusta que esté utilizando el dinero de la Fundación Vanguardia. Quizá creen que soy el señor Vanguardia o… —Esperó una contestación—. ¿Sma? He dicho que quizá…

—Ay. Sí, perdona. Sí, te oigo. Quizá tengas razón.

—De todas formas, hay más.

—Dios. ¿Qué?

Cogió una tarjeta-pantalla de plástico muy adornada en la que se encendía y apagaba un mensaje recortado contra un telón de fondo que parecía representar una fiesta de lo más enloquecido.

—He recibido una invitación. Voy a leerte lo que pone: «Señor Staberinde: felicitaciones por haber conseguido salir vivo. Le rogamos que acuda a una fiesta de disfraces esta noche. Un coche le recogerá cuando anochezca sobre el borde. Se le proporcionará el disfraz». No hay ninguna dirección. —Dejó la tarjeta detrás de los grifos—. Según el recepcionista llegó más o menos cuando estaba llamando a la policía después de que mi vehículo recorriera esa especie de tobogán.

—Una fiesta de disfraces, ¿eh? —Sma se rió—. Será mejor que vigiles tu trasero, Zakalwe.

Oyó más risitas, no todas ellas de Sma.

—Sma —dijo con voz gélida—, si te he llamado en un momento inoportuno…

Sma carraspeó y cuando volvió a hablar usó un tono de voz lo más serio y formal posible.

—Oh, no, nada de eso. Tengo la impresión de que todo es cosa de esa pareja. ¿Vas a ir?

—Creo que sí, pero sea cual sea el disfraz que me ofrezcan no pienso ponérmelo.

—Muy bien. Estaremos al corriente de tus movimientos. ¿Estás totalmente seguro de que no quieres un proyectil cuchillo o…?

—Diziet, no quiero volver a discutir ese asunto —dijo mientras se frotaba la cara con la toalla. Resopló y volvió a inspeccionarse en el espejo—. Pero he estado pensando que si esas personas son capaces de reaccionar así sólo por que estoy utilizando los recursos de la Fundación Vanguardia, quizá podamos persuadirles de que eso les ofrece una oportunidad de salirse con la suya.

—¿Qué clase de oportunidad?

Fue al dormitorio, se dejó caer sobre la cama y alzó los ojos hacia los murales del techo.

—Al principio Beychae mantuvo una cierta relación con la Fundación, ¿no?

—Era Presidente-Director honorario. Sirvió para dar credibilidad a la Fundación durante sus comienzos, pero sólo ocupó el cargo un año y medio o dos.

—Pero la relación estuvo ahí. —Sacó las piernas de la cama, se incorporó y volvió la cabeza hacia la ventana para contemplar la ciudad cubierta de nieve—. Y una de las teorías por las que creo que se guían esos tipos es la de que Vanguardia está controlada por una máquina que ha llegado a ser consciente de sí misma y a la que preocupa mucho la moralidad…

—También podría estar controlada por un viejo recluso con aficiones filantrópicas —dijo Sma.

—Bien. Supongamos que esta máquina o persona mítica ha existido, pero que ya no está al mando. Otra persona desmanteló la máquina o mató al filántropo, y empezó a gastar ese dinero obtenido de una forma tan sucia.

—Hmmm —dijo Sma—. Mmmm. Mmmm. —Volvió a toser—. Sí…, ah. Bueno, supongo que esa persona hipotética habría actuado de una forma muy parecida a la tuya.

—Yo también lo supongo.

Saltó de la cama y fue hacia la ventana. Cogió unas gafas oscuras que había encima de una mesita y se las puso.

Algo zumbó cerca de la cama.

—Espera un momento.

Giró sobre sí mismo, fue hasta la cabecera de la cama y cogió el mismo aparatito con el que había examinado los dos pisos buscando sistemas de vigilancia cuando llegó al hotel. Echó un vistazo a la pantallita, sonrió y salió de la habitación.

—Lo siento —dijo mientras iba por el pasillo con la máquina en las manos—. Alguien que quiere averiguar lo que hago acaba de enfocar un láser hacia la ventana de la habitación en la que estaba.

Entró en una suite que daba a los riscos y tomó asiento sobre la cama.

—Bien… ¿Podrías crear la impresión de que ocurrió algo muy importante en la Fundación Vanguardia pocos días antes de que yo llegara aquí? Tendría que ser alguna especie de cambio cataclísmico cuyas señales sólo han empezado a hacerse visibles ahora… No sé qué puede ser, especialmente dado que se supone que ya ha ocurrido, pero debería tratarse de algo que los mercados no han averiguado hasta ahora; algo enterrado en las cotizaciones y los intercambios… ¿Crees que sería posible?

—Yo… —replicó Sma con voz dubitativa—. No lo sé. ¿Nave?

—¿Hola?

Era la voz del Xenófobo.

—¿Podemos hacer lo que nos acaba de pedir Zakalwe?

—Antes tengo que oír lo que ha pedido —dijo la nave, y unos momentos después añadió—: Sí, puede hacerse, aunque será mejor encargárselo a alguna UGC.

—Estupendo —dijo él reclinándose en la cama—. Ah, a partir de ahora, y en cuanto podamos interferir con los datos de los ordenadores de forma retroactiva, Vanguardia se ha convertido en una corporación muy poco ética. Vended los departamentos de investigación y desarrollo que se dedican a crear materiales ultrarresistentes para los habitáculos espaciales y todo ese tipo de cosas, y adquirid acciones en compañías terraformadoras. Cerrad unas cuantas fábricas; poned en marcha unas cuantas reducciones de empleo; acabad con todas las obras de caridad y actividades benéficas y reducid al mínimo los fondos de pensiones.

—¡Zakalwe! ¡Se supone que somos los buenos!

—Ya lo sé, pero si podemos convencer a nuestra pareja de que he tomado el control de Vanguardia y si piensan como yo creo que piensan… —Hizo una pausa—. Sma, ¿tengo que deletrearlo?

—Ah… Ay. ¿Qué? Oh…, no. Crees que quizá intenten ponerse en contacto contigo para que convenzas a Beychae de que Vanguardia sigue haciendo lo que nosotros queremos que haga para que se ponga de su lado, ¿verdad?

—Exactamente.

Colocó las manos detrás de la cabeza y se puso bien la coleta. El techo de este dormitorio no tenía murales, sino un gran espejo. Clavó los ojos en él y observó el lejano reflejo de su nariz.

—No estoy muy segura de…, en…, de que tu plan vaya a funcionar, Zakalwe.

—Creo que debemos intentarlo.

—Eso significará destrozar una reputación comercial que hemos tardado décadas en consolidar.

—Diziet, no creo que esa reputación sea más importante que impedir la guerra, ¿verdad?

—Claro que no, pero…, ah…, claro que no, pero no podemos tener la seguridad de que vaya a funcionar.

—Bueno, yo voto porque pongamos en práctica mi plan. Creo que tiene más posibilidades de éxito que el plan de ofrecer esas malditas tablillas de cera a la universidad.

—Nunca te ha gustado demasiado ese plan, ¿verdad, Zakalwe?

Sma parecía algo disgustada.

—Éste es mejor, Sma. Lo siento en mis huesos, créeme. Da las órdenes para que hayan empezado a recibir las noticias cuando llegue a la fiesta esta noche.

—De acuerdo, pero el plan de las tablillas…

—Sma, he concertado otra cita con el decano para pasado mañana, ¿de acuerdo? Puedo hablarle de tus condenadas tablillas cuando le vea, pero asegúrate de que el plan Vanguardia se pone en práctica sin perder ni un segundo.

—Yo… Oh… Ah… Sí, de acuerdo. Supongo que es…, es…, oh…, uuuuf. Oye, Zakalwe, acaba de surgir un imprevisto y… ¿hay algo más de lo que quieras hablar?

—No —dijo él en un tono de voz bastante alto y seco.

—Aaaah…, estupendo. Ummmm…, sí. Adiós, Zakalwe.

El transceptor emitió un zumbido. Se lo arrancó de la oreja y lo arrojó al otro extremo del dormitorio.

—Puta y reputa —jadeó.

Clavó los ojos en el techo.

Giró sobre sí mismo y cogió el auricular del teléfono que había junto a la cama.

—¿Oiga? ¿Puedo hablar con… Treyvo? Sí, por favor. —Esperó y se distrajo hurgándose entre dos muelas con la uña de un dedo—. Sí. ¿Hablo con Treyvo, el recepcionista del turno de noche? Mi estimadísimo amigo… Escuche, quiero un poco de compañía, ¿comprende? Sí, eso es…, bueno, habrá una propina muy generosa siempre que…, perfecto…, ah, Treyvo, y si descubro que lleva una credencial de la prensa escondida en algún sitio es usted hombre muerto.


* * *

El traje era vulnerable a una lista no demasiado larga de armamento pesado y a casi nada más. Contempló como la cápsula vibraba rápidamente hasta volver a quedar oculta bajo la superficie del desierto mientras aguardaba a que los sellos del traje se fueran activando. Subió al vehículo de superficie y volvió al hotel con el tiempo justo para ver llegar a la limusina enviada por sus anfitriones de la noche.

La multitud de representantes de los medios de comunicación que llenaba el patio del hotel había sido ahuyentada aquella tarde después de que diera instrucciones terminantes al respecto, por lo que no hubo necesidad de salir huyendo a toda velocidad abriéndose paso entre sus focos, micros y preguntas. Estaba inmóvil al comienzo de la escalera del hotel con las gafas puestas cuando el gran vehículo negro —le desilusionó un poco ver que su aspecto era bastante más impresionante que el de aquel en cuyo interior había estado a punto de morir esa misma mañana— se detuvo delante de él sin hacer ningún ruido. Un hombretón de cabellera canosa con el rostro lleno de cicatrices pareció irse desdoblando cautelosamente hasta que consiguió salir del compartimento del conductor y le abrió la portezuela de atrás mientras le hacía una lenta reverencia.

—Gracias —dijo él entrando en el vehículo.

El hombretón volvió a hacerle una reverencia y cerró la portezuela. Se reclinó en el asiento de atrás y dejó que su cuerpo se hundiera en una tapicería tan mullida y suave que no logró decidir si se encontraba encima de un asiento o en una cama. Las ventanillas del vehículo se oscurecieron en respuesta a los focos de los medios de comunicación unos momentos antes de que salieran del patio. Pensó que no debían poder verle, pero aun así alzó la mano en lo que esperaba fuese un saludo digno de un rey.


* * *

Las luces de la ciudad desfilaban junto a ellos; el vehículo avanzaba muy deprisa y apenas hacía ruido. Cogió el paquete que había sobre el asiento/cama y lo inspeccionó. El paquete estaba envuelto en un papel atado con cintas multicolores y en la nota escrita a mano que lo acompañaba se leía Sr. Staberinde. Bajó el visor del casco y tiró cautelosamente de una cinta abriendo el paquete. Estaba lleno de ropas que fue sacando y examinando.

Descubrió un interruptor incrustado en un apoyabrazos que le permitía hablar con el hombre de la cabellera canosa.

—Supongo que esto debe ser mi disfraz. ¿Qué es exactamente?

El chófer bajó la vista, sacó algo de un bolsillo de su chaqueta y le hizo unos ajustes.

—Hola —dijo una voz artificial—. Me llamo Mollen. No puedo hablar, por lo que he de utilizar esta máquina. —Alzó los ojos para observar la carretera y volvió a bajarlos hacia el artefacto que estaba utilizando—. ¿Qué desea preguntarme?

Que el hombretón apartara los ojos de la carretera cada vez que quería decir algo no le había hecho demasiada gracia, por lo que se limitó a responder con un seco «Olvídelo». Volvió a reclinarse sobre la tapicería, se quitó el casco y se entretuvo viendo desfilar las luces de la ciudad.

Acabaron llegando al patio de una casa muy grande situada cerca de un río en un cañón lateral. La casa estaba a oscuras.

—Tenga la bondad de seguirme, señor Staberinde —dijo Mollen mediante su máquina.

—Por supuesto.

Cogió el casco del traje y siguió al hombretón por la escalera y un vestíbulo de grandes dimensiones. También había cogido el traje que había encontrado dentro del paquete. Las cabezas de animales disecados que adornaban las paredes del vestíbulo daban la impresión de seguirles con la mirada. Mollen cerró las puertas y le precedió hasta un ascensor que subió un par de pisos entre zumbidos y traqueteos. Oyó el ruido y pudo captar el olor de las drogas de la fiesta incluso antes de que se abrieran las puertas.

Le entregó el montón de ropa a Mollen quedándose sólo con una capa.

—Gracias, no necesitaré el resto.

La fiesta era terriblemente ruidosa y había montones de invitados vestidos con disfraces de lo más extraño. Todos los hombres y las mujeres parecían sanos y bien alimentados. Aspiró el humo de las drogas que envolvía a las siluetas abigarradas que se movían a su alrededor mientras Mollen se encargaba de irle abriendo paso por entre el gentío. Los invitados se iban quedando callados al verles pasar y el murmullo de las conversaciones se hacía más rápido y un poco más agudo en cuanto se habían alejado un poco. Oyó pronunciar su nombre varias veces.

Cruzaron puertas vigiladas por hombres aún más altos y corpulentos que Mollen, bajaron un tramo de escalones cubiertos por una alfombra y llegaron a una habitación muy grande que tenía una pared de cristal. Las embarcaciones se mecían lentamente sobre la negrura de las aguas en el muelle subterráneo que había al otro lado del cristal, el cual reflejaba una fiesta no tan concurrida pero bastante más extraña. Se subió las gafas oscuras hasta la frente, pero no consiguió verla mejor.

Los invitados iban de un lado a otro sosteniendo cuencos llenos de drogas o, en el caso de los más osados, copas y vasos, igual que en el piso de arriba. La diferencia estribaba en que todos parecían estar heridos, y había varios casos de mutilaciones bastante aparatosas.

Los hombres y las mujeres se volvieron para observar al recién llegado apenas entró en la sala siguiendo a Mollen. Algunos tenían brazos rotos y retorcidos con la blancura de los huesos que se abrían paso a través de la piel claramente visible; otros tenían terribles heridas o zonas del cuerpo despellejadas o cubiertas de cicatrices; algunos habían sufrido la amputación de uno o los dos brazos o senos o de los ojos, y era frecuente que los miembros y órganos amputados colgaran de otras partes de sus cuerpos. La mujer a la que había visto en su carnaval callejero fue hacia él. Un palmo de piel del vientre colgaba hacia fuera ondulando sobre su falda de lame y los músculos se movían haciendo pensar en las rojas y húmedas cuerdas de un horrendo instrumento musical.

—Señor Staberinde —dijo—. Veo que ha venido disfrazado de hombre del espacio.

Poseía una voz meticulosa y casi excesivamente modulada que encontró desagradable nada más oírla.

—Bueno, ha sido una especie de compromiso —replicó mientras hacía girar la capa y se la colocaba sobre los hombros.

La mujer le ofreció una mano.

—Aun así… Bienvenido.

—Gracias —dijo él.

Cogió la mano que le ofrecía y la besó medio esperando que los campos sensoriales del traje captarían la vaharada de algún veneno letal esparcido sobre la delicada mano de la mujer y le advertirían del peligro, pero la alarma permaneció muda. Sonrió y la mujer apartó la mano de sus labios.

—¿Qué es lo que encuentra tan divertido, señor Staberinde?

—¡Esto! —dijo riendo mientras señalaba a las personas que le rodeaban.

—Me alegro —dijo ella, y dejó escapar una risita (su vientre se estremeció)—. Pensamos que nuestra pequeña fiesta podría ser de su agrado. Permita que le presente a nuestro buen amigo, el hombre que ha hecho posible todo lo que ve.

Le cogió del brazo y le guió a través de aquella espantosa multitud hasta detenerse delante de un hombre sentado en un taburete junto a una máquina de color gris oscuro. El hombre era bastante bajito, sonreía y no paraba de limpiarse la mano con un pañuelo enorme que luego guardaba en un bolsillo de su por lo demás inmaculado y elegantísimo traje.

—Doctor, éste es el hombre del que le he hablado… Le presento al señor Staberinde.

—Mi más sincera bienvenida y todo eso —dijo el hombrecillo, y la sonrisa húmeda y repleta de dientes con que le saludó hizo que su rostro pareciera desplomarse sobre sí mismo—. Bienvenido a nuestra Fiesta de los Lisiados. —Movió la mano en un gesto que abarcó a la multitud de heridos y mutilados que llenaban la sala y extendió los brazos como si no pudiera contener su entusiasmo—. ¿Desea que le prepare alguna herida o daño físico? El proceso es totalmente indoloro y no causa ninguna molestia. Las reparaciones son muy rápidas y no dejan ninguna clase de cicatrices. Veamos… ¿Con qué puedo tentarle? ¿Laceraciones? ¿Fractura múltiple? ¿Castración? ¿Qué opinaría de una trepanación multidireccional? Sería la única presente en la fiesta.

Miró al hombrecillo, cruzó los brazos delante del pecho y se rió.

—Es usted muy amable y le agradezco su oferta, pero… No, gracias.

—Oh, no, se lo ruego —dijo el hombrecillo poniendo cara de sentirse considerablemente herido—. No eche a perder la fiesta. Todo el mundo está tomando parte en ella… ¿De veras quiere sentirse tan excluido del ambiente festivo? Le aseguro que no existe ni el más mínimo riesgo de dolor o daño permanente de ninguna clase. He realizado esta clase de operaciones en todo el universo civilizado y jamás he recibido ninguna queja, salvo de personas que se acaban encariñando demasiado con sus heridas y no quieren dejarse reparar. Mi máquina y yo hemos creado heridas y lesiones físicas de lo más original en todos los centros de la civilización del Grupo de Sistemas, y le advierto de que si deja escapar esta oportunidad quizá no vuelva a presentarse. Nos marchamos mañana y ya estoy comprometido para los dos próximos años promedio. ¿Está completamente seguro de que no quiere participar?

—Más que completamente.

—Vamos, doctor, deje de importunar al señor Staberinde —dijo la mujer—. Si no quiere unirse a la fiesta debemos respetar sus deseos, ¿no le parece? ¿Verdad que sí, señor Staberinde?

La mujer le cogió un brazo con las dos manos. Aprovechó la proximidad para echar un vistazo más atento a su herida y se preguntó qué clase de escudo transparente lo mantenía todo intacto y en su sitio. Los pechos de la mujer estaban cubiertos por una profusión de joyas minúsculas en forma de lágrimas que creaban la ilusión de una capa de escarcha iridiscente, y unos proyectores de campo casi invisibles disimulados en sus axilas se encargaban de mantenerlos elegantemente erguidos.

—Cierto.

—Bien… ¿Tendría la bondad de esperar un momento? Comparta esto, por favor.

Le puso su copa entre los dedos, se inclinó hacia adelante y empezó a hablar con el doctor.

Les dio la espalda para observar a los invitados. Tiras de carne colgaban de rostros bellísimos, pechos injertados bailoteaban sobre espaldas bronceadas y racimos de brazos esbeltos y delicados cumplían la función de collares; los trozos de hueso astillado asomaban de la piel desgarrada y las venas, arterias, músculos y glándulas temblaban y relucían bajo las luces.

Alzó la copa que la mujer le había dado y dejó entrar unas hilachas de los vapores que desprendía en los campos que rodeaban el cuello del casco. Oyó sonar la alarma y una pantallita incrustada en una muñeca del traje le indicó qué veneno había dentro de la copa. Sonrió, introdujo la copa en el campo del cuello y apuró su contenido de un trago. El brebaje semialcohólico bajó por su garganta y le obligó a toser. Chasqueó los labios.

—Oh, se la ha terminado…

La mujer se había vuelto hacia él. Estaba dándose palmaditas en su liso vientre, nuevamente intacto, y le hizo una seña para que la siguiera hasta otra parte de la sala. Avanzaron por entre la multitud de heridos y mutilados y la mujer se puso una chaquetilla que hacía juego con la falda.

—Sí —dijo él, y le entregó la copa.

Cruzaron una puerta que daba a un viejo taller. Los tornos, correas y taladros estaban inmóviles bajo capas de polvo y el metal asomaba allí donde la pintura se había descascarillado. Una bombilla desnuda colgaba del techo, y debajo de ella había tres sillones y un armarito. La mujer cerró la puerta y le indicó que tomara asiento en uno de los sillones. Se sentó y dejó el casco en el suelo al lado del sillón.

—¿Por qué no se ha puesto el disfraz que le enviamos?

La mujer hizo algo en la cerradura de la puerta, se volvió hacia él y le sonrió mientras se colocaba bien la chaquetilla.

—No me sentaba bien.

—¿Y cree que eso sí le sienta bien? —preguntó la mujer señalando el traje negro con una inclinación de la cabeza.

Tomó asiento en un sillón, cruzó las piernas y golpeó suavemente uno de los lados del armarito con la punta de los dedos. La puerta del armarito se abrió revelando un surtido de copas tintineantes y cuencos llenos de droga que ya humeaban.

—Me hace sentir seguro.

La mujer se inclinó hacia él para ofrecerle una copa llena de un líquido iridiscente. La aceptó y volvió a apoyar la espalda en su sillón.

La mujer le imitó. Acunó la copa en las dos manos, cerró los ojos y se inclinó sobre ella aspirando los vapores de la droga. Movió la copa haciendo que unas nubéculas de humo se deslizaran por debajo de las solapas de su chaquetilla, y cuando habló las hilachas de humo se removieron entre la tela y sus pechos y fueron subiendo lentamente hacia su rostro.

—Nos alegra mucho que haya podido venir, sea cual sea el atuendo que ha escogido. ¿Qué opina del Excelsior? ¿Está a la altura de sus exigencias?

—Servirá —replicó él sonriendo.

La puerta se abrió sin hacer ningún ruido. El hombre al que había visto caminando junto a la mujer en el carnaval callejero y cuando le habían perseguido en su coche estaba al otro lado del umbral y se apartó para dejar que Mollen entrara antes que él. Después fue hacia el sillón que quedaba por ocupar y se dejó caer en él. Mollen se colocó junto a la puerta.

—¿De qué habéis estado hablando? —preguntó el hombre.

La mujer le ofreció una copa, pero el hombre la rechazó con un gesto de la mano.

—Se disponía a decirnos quién es —replicó la mujer, y los dos le miraron—. ¿No es así, señor… Staberinde?

—No, no iba a hacerlo. Díganme quiénes son ustedes.

—Creo que ya sabe quiénes somos, señor Staberinde —dijo el hombre—. Y hasta hace pocas horas creíamos saber quién es usted, pero ahora ya no estamos tan seguros.

—No soy más que un turista.

Tomó un sorbo de su copa. Les contempló por encima del borde durante unos segundos y acabó bajando la vista para inspeccionar su bebida. Motilas doradas casi invisibles bailaban en las profundidades del líquido iridiscente.

—Si es cierto me temo que ha comprado demasiados recuerdos turísticos del tipo que jamás podrá llevarse a su casa —dijo la mujer—. Calles, ferrocarriles, puentes, canales, bloques de apartamentos, grandes almacenes, túneles… —Movió la mano como para indicar que la lista era bastante más larga—. Y me refiero únicamente a Solotol, claro está.

—Me dejé llevar por el entusiasmo.

—¿Estaba intentando llamar la atención?

—Sí, supongo que sí —dijo él, y sonrió.

—Nos hemos enterado de que esta mañana ha sufrido una experiencia muy desagradable, señor Staberinde —dijo la mujer. Se encogió en el sillón mientras alzaba las piernas—. Algo relacionado con un conducto del alcantarillado…

—Así es. Mi vehículo se precipitó por uno de esos conductos y cayó hasta el fondo.

—Espero que no se hiciera mucho daño —dijo la mujer con voz algo adormilada.

—Nada serio. Permanecí dentro del vehículo hasta que…

—No, por favor. —La mano se apartó del cuerpo encogido sobre sí mismo y casi invisible que ocupaba el sillón y osciló cansinamente de un lado a otro—. No soporto los detalles.

La contempló en silencio y acabó frunciendo los labios.

—Tengo entendido que su chófer no fue tan afortunado —dijo el hombre.

—Bueno, está muerto. —Se inclinó hacia adelante—. Verán, si he de ser sincero… Pensé que lo ocurrido quizá fuera cosa suya.

—Sí —dijo la mujer encogida en el sillón. Su voz flotó hacia el techo tan perezosamente como las hilachas de humo—. Si hemos de ser sinceros…, fuimos nosotros.

—Siempre he opinado que la franqueza es una gran virtud, ¿no le parece? —El hombre contempló con expresión admirativa las rodillas, los pechos y la cabeza de la mujer, las únicas partes de su cuerpo que seguían siendo visibles sobre los brazos peludos del sillón—. Mi compañera bromea, señor Staberinde. —Sonrió—. Nosotros jamás haríamos algo tan terrible, pero quizá podamos ayudarle a descubrir la identidad de los auténticos culpables.

—¿De veras?

El hombre asintió.

—Creemos que quizá podamos ayudarle. De hecho… Nos gustaría ayudarle, ¿comprende?

—Oh, claro.

El hombre se rió.

—Bien, señor Staberinde… ¿quién es usted?

—Ya se lo he dicho. Soy un turista. —Inhaló los vapores del cuenco—. Conseguí echar mano a una cierta suma de dinero hace poco y siempre había querido visitar Solotol con elegancia y estilo, no sé si me explico…, y eso es justamente lo que estoy haciendo.

—Vamos, señor Staberinde…, ¿cómo ha logrado hacerse con el control de la Fundación Vanguardia?

—Creía que ese tipo de preguntas tan directas son una falta de cortesía.

—Y lo son. —El hombre sonrió—. Le suplico que me disculpe. ¿Me permite que intente adivinar cuál es su profesión, señor Staberinde? Me refiero a su profesión antes de que se convirtiera en un caballero tan adinerado que no necesita trabajar, naturalmente…

—Si eso le distrae… —replicó él mientras se encogía de hombros.

—Trabajaba en algo relacionado con los ordenadores —dijo el hombre.

Ya había empezado a llevarse la copa a los labios con el único fin de poder interrumpir el gesto y dar la impresión de que vacilaba, cosa que hizo.

—Sin comentarios —replicó sin mirarle a los ojos.

—Ya —dijo el hombre—. Bien, parece que la Fundación Vanguardia ha pasado a nuevas manos, ¿no?

—Tiene toda la razón. Ha pasado a manos no sólo nuevas sino mejores…

El hombre asintió.

—Es lo que he sabido esta misma tarde. —Se inclinó hacia adelante y se frotó las manos—. Señor Staberinde, comprendo que no tiene por qué ponernos al corriente de sus operaciones comerciales y planes futuros, pero me pregunto si estaría dispuesto a darnos una vaga idea del rumbo que cree puede tomar la Fundación Vanguardia durante los próximos años. Es… pura curiosidad, ¿comprende?

—Es muy sencillo de explicar, —dijo, y sonrió—. Más beneficios. Si hubiera actuado de una forma más agresiva Vanguardia llevaría mucho tiempo siendo la mayor corporación del planeta, pero ha sido dirigida como si fuese una institución filantrópica. Cada vez que perdía posiciones en el mercado confiaba en que daría con alguna innovación o truco tecnológico que le permitiría recuperarse, pero a partir de ahora luchará igual que el resto de los chicos y apoyará a los ganadores. —El hombre asintió como si supiera muy bien de qué estaba hablando—. El comportamiento de la Fundación Vanguardia ha sido demasiado… ingenuo y poco agresivo. —Se encogió de hombros—. Eso quizá sea inevitable cuando permites que las máquinas se encarguen de todo, no lo sé, pero… Le aseguro que se ha terminado. A partir de ahora las máquinas harán lo que yo les ordene que hagan, y la Fundación Vanguardia participará en la competición como cualquier otra empresa. Quiero que sea una auténtica depredadora.

Sabía que en una actuación de ese tipo siempre se corría un cierto peligro de resultar exagerado, y dejó escapar una risita que esperaba no sonase demasiado áspera.

La sonrisa del hombre tardó unos segundos en aparecer, pero se fue ensanchando poco a poco.

—Usted… Cree que debemos mantener a las máquinas en el sitio que les corresponde, ¿verdad?

—Sí —replicó él asintiendo vigorosamente con la cabeza—. Sí, es justamente lo que creo.

—Hmmm… Señor Staberinde, ¿ha oído hablar de Tsoldrin Beychae?

—Claro. ¿Existe alguien que no haya oído hablar de él?

El hombre enarcó las cejas en un movimiento tan fluido como si fueran de goma.

—¿Y cree que…?

—Supongo que podría haber sido un gran político.

—La mayoría de personas afirman que fue un gran político —dijo la mujer escondida en las profundidades del sillón.

La miró, meneó la cabeza y acabó clavando los ojos en las profundidades de su cuenco de drogas.

—No supo escoger bien su bando. Fue una pena, pero… Si quieres ser grande tienes que estar del lado de los vencedores, y una parte de la grandeza consiste en saber identificar a ese bando. Beychae se equivocó, igual que mi viejo.

—Ah… —murmuró la mujer.

—¿Se refiere a su padre, señor Staberinde? —preguntó el hombre.

—Sí —admitió—. Él y Beychae… Bueno, me temo que es una historia bastante larga, pero… Se conocieron, aunque ya hace muchos años de eso.

—Tenemos tiempo más que suficiente y nos encantaría oír esa historia —dijo el hombre.

—No —replicó él. Se puso en pie, dejó la copa y el cuenco de drogas en el suelo y cogió el casco del traje—. Gracias por la invitación y todo lo demás, pero… Creo que será mejor que me marche. Estoy un poco cansado y la aventura de esta mañana me ha dejado un tanto maltrecho, ¿comprenden?

—Sí —dijo el hombre, y se puso en pie—. Lamentamos mucho lo ocurrido.

—Oh, gracias.

—Quizá podamos ofrecerle alguna cosa que le sirva de compensación…

—Ah, ¿sí? ¿Como cuál? —Jugueteó distraídamente con el casco del traje—. Tengo montones de dinero.

—¿Le gustaría hablar con Tsoldrin Beychae?

Alzó la mirada hacia el rostro del hombre y frunció el ceño.

—No lo sé. ¿Cree que debería hablar con él? ¿Se encuentra aquí?

Movió la mano señalando la sala llena de invitados que habían abandonado hacía un rato. La mujer dejó escapar una risita casi inaudible.

—No. —El hombre se rió—. No se encuentra aquí, pero está en la ciudad. ¿Le gustaría hablar con él? Es un hombre fascinante, y ahora ya no trabaja activamente a favor del bando equivocado como hacía en el pasado. Ha decidido consagrar el resto de su vida a los estudios, pero… Como ya le he dicho, sigue siendo fascinante.

Le miró y se encogió de hombros.

—Bueno…, quizá. Pensaré en ello. Debo confesar que lo ocurrido esta mañana en el conducto ha hecho que se me pasara por la cabeza la idea de marcharme.

—Oh, le ruego que lo reconsidere, señor Staberinde. Por favor… Consúltelo con la almohada. Si accede a hablar con Beychae podría hacernos mucho bien a todos. ¿Quién sabe? Incluso podría conseguir que el mismo Beychae acabara convirtiéndose en un gran hombre… —Extendió una mano hacia la puerta—. Pero ya veo que tiene muchas ganas de irse, ¿verdad? Permita que le acompañe hasta la salida. —Fueron hacia la puerta y Mollen se apartó para dejarles pasar—. Oh, por cierto… Éste es Mollen. Saluda, Mollen.

El hombre de la cabellera canosa acercó una cajita metálica a uno de sus flancos.

—Hola —dijo.

—Mollen no puede hablar, ¿sabe? En todo el tiempo que le conocemos no ha dicho ni una palabra.

—Sí —dijo la mujer. Su cuerpo estaba totalmente sumergido en las profundidades del sillón—. Decidimos que tenía problemas de espacio en la cavidad bucal, así que le dejamos sin lengua.

Volvió a soltar una risita ahogada, o quizá fuera un eructo.

—Ya nos conocíamos.

Saludó con la cabeza al hombretón y éste le devolvió el saludo. Los músculos de su rostro sufrieron una extraña contorsión por debajo de las cicatrices.

La fiesta en el sótano pegado al embarcadero seguía estando muy animada, y estuvo a punto de chocar con una mujer que tenía los ojos en la nuca. Algunos invitados habían empezado a intercambiar miembros. Había gente que tenía cuatro brazos, o ninguno (lo que les obligaba a ir de un lado a otro suplicando que les dieran de beber), o una pierna extra o brazos o piernas del sexo equivocado. Una mujer se pavoneaba seguida por un hombre que sonreía como si estuviera drogado o fuese retrasado mental. La mujer no paraba de subirse las faldas para exhibir un aparato genital masculino al que no le faltaba ni el más mínimo detalle.

«Bien —pensó—, espero que al final de la velada todos hayan olvidado a quién pertenecía cada miembro… Es lo mínimo que se merecen.»

Atravesaron la fiesta más presentable del exterior. Los fuegos artificiales hacían llover chorros de chispas que no quemaban sobre los invitados. Todo el mundo reía y parecía divertirse —no logró dar con ninguna frase más adecuada para definir su comportamiento—, exhibiéndose como monos en un zoológico.

Su anfitrión le deseó que pasara una buena noche. El mismo vehículo que le había llevado a la fiesta se encargó de devolverle al hotel, aunque con un chófer distinto. Contempló las luces y las blancas sábanas de nieve que cubrían la ciudad y pensó en el comportamiento de la gente durante las fiestas y durante las guerras. Su mente repasó las imágenes de la fiesta que acababa de abandonar; volvió a ver las trincheras de un gris verdoso con hombres cubiertos de barro que esperaban nerviosamente el momento de atacar o defenderse; vio a personas vestidas de cuero negro que se golpeaban las unas a las otras o eran atadas…, y vio a personas encadenadas a un somier metálico o a una silla que chillaban mientras hombres vestidos de uniforme las utilizaban para poner en práctica sus muy peculiares habilidades.

Y comprendió que a veces era preciso recordarle que seguía poseyendo la capacidad de sentir desprecio.

El vehículo avanzaba a gran velocidad por las calles silenciosas. Se quitó las gafas. La ciudad vacía desfilaba rápidamente a ambos lados.

VI

Ya hacía muchos años de eso —ocurrió entre el tiempo en que guió a los Elegidos a través de los páramos y cuando acabó con el cuerpo tan maltrecho como el de un insecto pisoteado en la caldera inundada arañando aquel signo sobre el suelo de la islita—, pero hubo una ocasión en que decidió tomarse una temporada de reposo y jugueteó con la idea de no seguir trabajando para la Cultura y dedicarse a hacer otras cosas. Siempre había tenido la impresión de que el hombre ideal debía ser soldado o poeta, y haber pasado la mayor parte de su existencia siendo uno de esos —para él— extremos opuestos, hizo que decidiese cambiar el rumbo de su vida y convertirse en el otro.

Se trasladó a una aldea de un pequeño país rural en un planeta pequeño y muy poco desarrollado donde aún era posible llevar una existencia tranquila y libre de tensiones. Se alojó con una pareja de ancianos en una casita oculta entre los árboles que se extendían debajo de los riscos. Se levantaba temprano y daba largos paseos.

El paisaje parecía tan verde y fresco como si acabara de ser creado. Era verano, y los campos, bosques, senderos y orillas de los ríos estaban llenos de flores cuyos nombres ignoraba y que poseían todos los colores imaginables. Los vientos cálidos del verano removían las copas de los árboles, las hojas verdes aleteaban como banderolas y el agua corría por las colinas y las llanuras cubiertas de hierba saltando sobre los lechos rocosos de arroyos centelleantes como si fuera un concentrado de aire aún más puro y límpido que éste. Sudaba a mares subiendo las pendientes de las colinas nudosas, trepaba por las estribaciones rocosas que había en sus cimas y corría gritando y riendo a través de las explanadas deslizándose bajo las sombras fugaces de las nubéculas perdidas en las alturas.

Las colinas y las llanuras estaban repletas de animales, desde las criaturas diminutas tan ágiles que podían esquivar sus pies escondiéndose entre los matorrales a tal velocidad que casi resultaban invisibles y las de mayor tamaño que saltaban y se quedaban quietas para devolverle la mirada y dar un nuevo salto que las hacía desaparecer en una hondonada o entre dos rocas, hasta las todavía más grandes que siempre iban en rebaños y parecían fluir sobre el terreno, observándole distraídamente y convirtiéndose en casi invisibles cuando se detenían a pastar. Los pájaros revoloteaban delante de su rostro cuando se acercaba demasiado a sus nidos, pero había otras especies de aves que chillaban y movían las alas en la espesura intentando distraerle cuando se acercaba demasiado a sus crías. Procuraba moverse con cuidado y fijarse en dónde ponía los pies porque no quería pisar ningún nido.

Siempre llevaba consigo un cuadernito de anotaciones y se había impuesto la obligación de consignar en él todo lo que le parecía interesante. Intentaba describir las sensaciones de sus dedos al tocar la hierba, los sonidos de los árboles, la diversidad visual de las flores, los movimientos y reacciones de los animales y los pájaros y el color de las rocas y el cielo. La habitación que ocupaba en la casita de la pareja de ancianos contenía un libro que le servía como diario propiamente dicho, y cada noche transcribía sus anotaciones a ese libro de forma tan concienzuda como si estuviera redactando un informe destinado a una autoridad lejana.

También tenía otro libro aún más grande que el primero en el que volvía a copiar sus notas añadiéndoles nuevas anotaciones en los márgenes. Cuando disponía de las notas completas iba tachando palabras hasta obtener algo que parecía un poema, porque siempre había estado convencido de que así era como se creaba la poesía.

Había traído consigo algunos libros de poesía y cuando llovía, cosa que no ocurría con mucha frecuencia, se quedaba en su habitación e intentaba leerlos, pero casi siempre acababa durmiéndose. Los libros sobre la poesía y los poetas que había traído consigo le resultaban todavía más ininteligibles, y tenía que releer un pasaje detrás de otro para que las palabras se le fueran grabando en la mente, y aunque consiguiera acordarse de ellas siempre tenía la impresión de no estar entendiendo su significado.

Iba a la taberna de la aldea cada cuatro o cinco días para participar en las partidas con guijarros y fichitas de madera que servían de entretenimiento a los habitantes del pueblo. Las mañanas que seguían a esas noches en la taberna estaban consagradas a la recuperación, y cuando salía a pasear dejaba su cuadernillo en la habitación.

El resto del tiempo lo pasaba agotándose y manteniéndose en forma. Trepaba a los árboles para averiguar hasta qué altura podía llegar antes de que las ramas se volvieran demasiado delgadas, escalaba los riscos y las canteras abandonadas, caminaba en precario equilibrio sobre los troncos caídos que servían de puentes improvisados en las cañadas, saltaba de una roca a otra cruzando ríos y a veces acechaba a los animales de las llanuras sabiendo que jamás podría alcanzarlos, pero riendo como un loco mientras corría detrás de ellos.

Las únicas personas con las que se encontraba durante sus paseos por las colinas eran granjeros y pastores. De vez en cuando veía esclavos trabajando en los campos, y era muy raro que se topara con alguien más. Cuando lo hacía procuraba no detenerse porque no le gustaba hablar con nadie.

La única persona a la que veía con regularidad era un hombre que iba a las colinas para hacer volar una cometa, pero nunca se acercaban el uno al otro. Al principio la casualidad se había encargado de que sus caminos no se cruzaran jamás, pero no tardó en decidir que haría cuanto pudiese para estar seguro de que nunca se encontrarían. Si veía la flaca silueta del hombre caminando hacia él cambiaba de dirección; y si veía la manchita roja de la cometa flotando sobre la cima hacia la que había encaminado sus pasos se apresuraba a escoger otra. Evitar al hombre de la cometa se había convertido en una especie de tradición, una pequeña e inofensiva manía privada.

Los días iban pasando. En una ocasión subió a una colina y vio a una esclava corriendo por los campos que se extendían debajo de él. La esclava se abría paso por entre los extraños dibujos que las corrientes del viento iban creando sobre la piel rojo y oro de la tierra, y su avance dejaba una estela parecida a la que crea un barco en el mar. Logró llegar al río antes de que el guardián a caballo que trabajaba para el propietario de aquellas tierras la alcanzara. Contempló cómo el guardián le daba una paliza —vio subir y bajar el largo palo que blandía, aunque estaba tan lejos que parecía una brizna de hierba—, pero no pudo oír nada porque el viento soplaba en dirección opuesta. El guardián siguió golpeándola hasta que el cuerpo de la mujer quedó inmóvil sobre la orilla del río. Después desmontó y se arrodilló junto a la cabeza de la esclava. Sus ojos captaron un destello metálico, pero la distancia le impidió ver con claridad lo que estaba ocurriendo. El guardián se alejó al galope, y un par de esclavos llegaron unos minutos después y se llevaron el cuerpo de la mujer.

Cuando se hubieron marchado anotó todo lo ocurrido en su cuadernillo.

Esperó a que hubieran cenado y a que la mujer se hubiera ido a la cama, y le contó al anciano lo que había visto. El anciano asintió lentamente con la cabeza, siguió masticando la raíz levemente narcótica que se había metido en la boca y escupió un poco de líquido en el fuego. El anciano le dijo que el guardián era un hombre muy severo, y que le cortaba la lengua a cualquier esclavo que intentara escapar. Las lenguas de los que no habían logrado huir acababan secándose en un cordel colocado sobre la entrada del recinto de los esclavos en la granja.

Bebieron unos cuantos vasitos de un aguardiente de cereales muy potente y el anciano le contó una leyenda de aquella comarca.

Un hombre que estaba cruzando el bosque vio unas flores muy hermosas que le hicieron apartarse del sendero, y en cuanto hubo salido de él vio a una hermosa joven durmiendo en un claro. Fue hacia la doncella y ésta se despertó. El hombre se sentó a su lado y mientras hablaban se dio cuenta de que olía a flores. Jamás había olido un perfume tan maravilloso, y la fragancia era tan intensa y embriagadora que la cabeza empezó a darle vueltas. Siguieron hablando durante un rato y el aura del perfume a flores y el encanto de su timidez y la voz suave y acariciadora de la doncella acabaron fascinando de tal manera al hombre que éste le pidió permiso para besarla, y acabó obteniéndolo, y los besos se fueron volviendo más y más apasionados, y el hombre y la joven hicieron el amor.

Pero desde el primer momento de intimidad cada vez que el hombre la miraba con el ojo izquierdo se daba cuenta de que la joven parecía cambiar. Si la miraba con el otro ojo la joven tenía el mismo aspecto que cuando la encontró, pero si la miraba sólo con el ojo izquierdo parecía mayor, y ya no era una jovencita recién salida de la infancia. Cada latido de su amor hizo que fuera envejeciendo (aunque sólo cuando la contemplaba con el ojo derecho), y la joven pasó velozmente por la madurez, el último esplendor de su belleza y la apariencia de matrona, y acabó llegando a la vejez y la fragilidad.

Y mientras ocurría todo eso el hombre podía seguir viéndola en todo el esplendor de su juventud con sólo cerrar el ojo izquierdo —y, naturalmente, no tenía la fuerza de voluntad suficiente para poner fin al acto en el que se habían embarcado—, pero siempre sentía la tentación de echar un vistazo con ese ojo, y la terrible transformación que se estaba produciendo debajo de él nunca dejaba de asombrarle e impresionarle.

Cerró los dos ojos durante los últimos movimientos del acto carnal en que estaba absorto y no los abrió hasta sentir muy próximo el momento del éxtasis final, y vio —ahora con los dos ojos—, que estaba abrazando un cadáver putrefacto que ya había conocido la intimidad con los gusanos y las larvas. El perfume de las flores se convirtió en la insoportable pestilencia de la corrupción, pero el cambio se produjo de una forma tan inexplicablemente gradual que el hombre comprendió que el cadáver o la joven siempre habían olido así, y la ofrenda de su semilla que hizo al cadáver coincidió con la violenta expulsión de los últimos alimentos que habían entrado en su estómago.

El hombre había permitido que el espíritu del bosque agarrara la hebra de su existencia por los dos extremos, y el espíritu se apoderó de él arrancándole a la urdimbre de la vida para llevárselo al mundo de las sombras.

Cuando llegó allí su alma se rompió en un millón de fragmentos y fue esparcida por el mundo para que sirviera de alma a todos los insectos que se alimentan de polen y que traen a las flores tanto la nueva vida como la vieja muerte.

Cuando el anciano hubo terminado de hablar le dio las gracias por haberle contado la leyenda, y correspondió con algunos de los cuentos que recordaba de su infancia.

Unos días después estaba corriendo detrás de un animalillo de las llanuras. Las patas del animalillo resbalaron sobre un retazo de hierba empapada de rocío y su cuerpo giró por los aires para acabar cayendo sobre unas piedras quedando sin aliento y aturdido a causa del impacto. Lanzó un grito de victoria y bajó corriendo por la pendiente yendo en línea recta hacia él mientras veía como se tambaleaba intentando levantarse. Recorrió los dos últimos metros de un salto y aterrizó clavando los dos pies en el suelo al lado de donde había caído el animalillo, con el tiempo justo de ver como se recuperaba y echaba a correr para esfumarse dentro de un agujero sin haber sufrido ningún daño. La risa y los jadeos se confundieron en su garganta. Estaba empapado de sudor. Se quedó inmóvil durante unos momentos con las manos sobre las rodillas y la cintura doblada intentando recuperar el aliento.

Algo se movió debajo de sus pies. Oyó el movimiento y, al mismo tiempo, lo sintió en forma de vibración.

Estaba encima de un nido. Había caído justo sobre él. Los cascarones moteados de los huevos se habían hecho pedazos y los fluidos que contenía estaban esparcidos sobre los tacones de sus botas, y ya empezaban a perderse entre el musgo y los tallos de hierba.

Movió lentamente un pie sintiendo la primera punzada de dolor y pena. Algo negro se agitó en el suelo y se removió bajo los rayos del sol. Miró hacia abajo y vio una cabeza y un cuello negros; un ojo también negro que parecía tan reluciente y duro como un trocito de azabache perdido en el fondo de un arroyo se alzó hacia él y le contempló. El pájaro se debatió y el movimiento le hizo retroceder de un salto como si llevara los pies descalzos y hubiera aterrizado encima de un objeto punzante. El pájaro aleteó frenéticamente sobre la hierba de la llanura y fue dando saltitos con una sola pata arrastrando detrás de él un ala fláccida. Acabó quedándose inmóvil a poca distancia de él y alzó la cabeza lanzándole lo que le pareció una mirada casi humana.

Retrocedió un poco y se limpió las botas en el musgo. Todos los huevos estaban destrozados. El pájaro emitió una especie de graznido quejumbroso. El hombre giró sobre sí mismo y dio unos cuantos pasos, se detuvo, lanzó una maldición, volvió atrás y corrió en pos del pájaro. Logró alcanzarlo sin demasiada dificultad y lo agarró entre una tempestad de plumas y graznidos.

Le retorció el cuello y dejó caer el fláccido cuerpecillo sobre la hierba.

Aquella noche no abrió su diario y jamás volvió a cogerlo. El clima se fue volviendo húmedo y asfixiante, pero no llovía. Un día se encontró con el hombre de la cometa, y éste le saludó con la mano y le gritó algo desde la cima de una colina, pero él huyó corriendo con la frente cubierta de sudor.

Unos diez días después del incidente con el pájaro admitió ante sí mismo que jamás llegaría a ser un poeta.

Se marchó un par de días después y las gentes de la comarca jamás volvieron a saber nada de él, aunque el alguacil del propietario de aquellas tierras envió un mensaje con su descripción a todos los pueblos cercanos porque sospechaba que el forastero había tenido algo que ver con lo que ocurrió la noche de su partida, aquella noche en que el guardián de la granja apareció atado a su cama con el rostro inmovilizado para siempre en una mueca del horror más intenso imaginable. Tenía la boca y la garganta llenas de trozos de papel en blanco y lenguas humanas resecas que le habían provocado la muerte por asfixia.

9

Durmió hasta después de que hubiera amanecido y salió a dar un paseo para pensar. Abandonó el edificio principal del hotel por el túnel de servicio que llevaba al anexo y dejó las gafas oscuras dentro del bolsillo en el que las había guardado. El servicio de lavandería del hotel se había encargado de limpiar el viejo impermeable. Se lo puso, cogió un par de guantes bastante gruesos y se envolvió el cuello en una bufanda.

Caminó cautelosamente por calles de aceras y calzadas cubiertas por la capa de agua en que los sistemas de calefacción habían convertido a la nieve y alzó la cabeza para contemplar el cielo. La nubécula de su aliento flotaba delante de él. Los débiles rayos del sol y una brisa no muy fuerte iban haciendo que la temperatura subiera lentamente, y los copos de nieve se desprendían de los edificios y los cables. Las alcantarillas se estaban llenando de agua limpia y minúsculos icebergs compuestos por una mezcla de nieve y barro; las cañerías de los edificios transportaban el caudal del deshielo o goteaban poco a poco, y cuando un vehículo pasaba por la calzada creaba un siseo húmedo. Cruzó la calle para ir por la otra acera y poder disfrutar de los rayos del sol.

Subió escaleras y cruzó puentes caminando con grandes precauciones sobre los retazos de hielo que subsistían allí donde no había calefacción o donde no funcionaba. Deseó haberse puesto un calzado más adecuado. Las botas que llevaba tenían un aspecto magnífico, pero las suelas no se agarraban muy bien al hielo. Si querías evitar las caídas tenías que caminar como un anciano, extendiendo las manos igual que si estuvieras intentando agarrar un bastón y doblándote por la cintura cuando lo que más deseabas era ir con la espalda erguida al máximo. Aquello le disgustaba, pero caminar sin admitir el cambio de condiciones producido y acabar con el trasero en el suelo aún le parecía menos atractivo.

Cuando resbaló lo hizo delante de un grupo de jóvenes. Había estado bajando cautelosamente un tramo de peldaños cubiertos de hielo que llevaban a un puente colgante que pasaba por encima de un enlace ferroviario. Los jóvenes venían hacia él riendo y bromeando entre ellos. Dividió su atención entre los traicioneros peldaños y el grupo que se aproximaba. Sus integrantes parecían muy jóvenes y sus acciones, gestos y voces estridentes hervían con una energía que le hizo ser repentinamente consciente de su edad. El grupo estaba formado por cuatro jóvenes, dos chicas y dos chicos que intentaban impresionarlas hablando casi a gritos. Una de las chicas era alta y muy morena, y poseía esa elegancia que aún no es consciente de sí misma típica de quienes han alcanzado la madurez sexual hace muy poco tiempo. Clavó los ojos en ella mientras erguía la espalda y sintió que su caminar recobraba el ligero contoneo habitual…, un segundo antes de que sus pies perdieran el contacto con el suelo.

Cayó sobre el último peldaño y se quedó inmóvil durante unos momentos medio sentado y medio acostado. Después sonrió débilmente y se levantó una fracción de segundo antes de que los cuatro jóvenes llegaran hasta él. (Uno de los chicos reía a carcajadas mientras intentaba ocultar su boca parcialmente protegida por la bufanda con una mano enguantada.)

Quitó un poco de nieve de los faldones del impermeable y arrojó algunas partículas hacia el chico que se reía. Los cuatro jóvenes le dejaron atrás y empezaron a subir la escalera riendo y hablando. Fue hasta la mitad del puente —el dolor que se iba extendiendo desde su trasero al resto del cuerpo le hizo torcer el gesto—, y oyó un grito. Giró sobre sí mismo y recibió el impacto de una bola de nieve en plena cara.

Tuvo un fugaz atisbo de los cuatro jóvenes riendo mientras echaban a correr alejándose del comienzo de la escalera, pero estaba demasiado ocupado quitándose la nieve de las fosas nasales y limpiándose los ojos que se le habían llenado de lágrimas, por lo que no pudo verles bien. Sintió que la nariz le empezaba a palpitar, pero la bola de nieve no se la había vuelto a romper. Siguió adelante y dejó atrás a una pareja de edad madura que iba cogida del brazo. El hombre y la mujer menearon la cabeza, chasquearon los labios poniendo cara de reprobación y dijeron algo sobre los dichosos estudiantes. Se limitó a saludarles con una inclinación de cabeza mientras se limpiaba la cara con un pañuelo.

Salió del puente y subió otra escalera que llevaba a una explanada sobre la que se alzaban viejos edificios de oficinas. Se dio cuenta de que estaba sonriendo. Sabía que unos cuantos años antes no habría podido evitar el sentirse incómodo y avergonzado por lo que acababa de ocurrir. El resbalón, el que le hubieran visto caer, el que le acertaran con una bola de nieve en plena cara después de haberle hecho volver la cabeza con un truco tan viejo, la pareja de edad madura que había presenciado cómo hacía el ridículo… Todo aquello le habría hecho sentir terriblemente incómodo, y en el pasado quizá hubiera echado a correr detrás de los jóvenes y no se habría conformado hasta darles un buen susto —como mínimo—, pero ahora ese tipo de cosas ya no le importaban demasiado.

Hizo una parada en un pequeño puesto de bebidas calientes que había en la explanada y pidió un tazón de sopa. Se apoyó en el mostrador, se quitó un guante con los dientes y rodeó el tazón humeante con los dedos sintiendo el calor del líquido que contenía. Después fue hacia la barandilla, tomó asiento en un banco y fue bebiendo la sopa muy despacio sorbiéndola cautelosamente. El encargado del puesto limpió el mostrador con un trapo y cuando hubo terminado se dedicó a escuchar la radio mientras fumaba un cigarrillo en una boquilla de cerámica que colgaba de la cadenita que llevaba alrededor del cuello.

Aún le dolía un poco el trasero de la caída. Contempló la ciudad por entre el velo de vapor que brotaba del tazón y sonrió. «Te está bien empleado», se dijo.

Cuando volvió al hotel descubrió que le habían dejado un mensaje. El mensaje decía que el señor Beychae quería verle y que enviarían un vehículo para recogerle después del almuerzo a menos que tuviera alguna objeción.


* * *

—Son unas noticias estupendas, Cheradenine.

—Bueno… Sí, supongo que sí.

—No seguirás siendo pesimista, ¿verdad?

—Lo único que digo es que no deberías hacerte demasiadas ilusiones. —Se tumbó en la cama y contempló las pinturas del techo. Estaba hablando con Sma mediante el pendiente-transceptor—. Puede que consiga verle, pero dudo que vaya a tener alguna posibilidad de sacarle de allí. Probablemente descubriré que se ha vuelto senil… Puede que su saludo sea: «Eh, Zakalwe, ¿aún sigues luchando contra esos cabezas gaseosas por cuenta de la Cultura?». Si ocurre algo por el estilo quiero que me saquéis de allí lo más deprisa posible, ¿entendido?

—No tienes que preocuparte por eso. Nos pondríamos en acción enseguida y te sacaríamos de allí.

—Sí, y cuando consiga llegar hasta él…, ¿sigues queriendo que vaya a los Habitáculos de Impren?

—Sí. No podemos correr el riesgo de traer al Xenófobo, así que tendrás que utilizar el módulo. Si consigues echar mano a Beychae se pondrán en estado de alerta máxima, y la nave no tendría ninguna posibilidad de entrar y salir sin que la detectaran. Eso podría hacer que todo el Grupo de Sistemas se pusiera contra nosotros por interferir en sus asuntos.

—¿A qué distancia queda Impren yendo en módulo?

—Dos días de viaje.

—Bueno, supongo que puede hacerse —dijo, y suspiró.

—¿Lo tienes todo preparado por si hay posibilidad de que puedas hacer algo hoy?

—Sí. La cápsula está enterrada en el desierto y lista para ponerse en movimiento; el módulo se ha escondido en el gigante gaseoso más cercano y está esperando la misma señal. ¿Cómo me pondré en contacto con vosotros si me quitan el transceptor?

—Bueno… —replicó Sma—. Confieso que me encantaría responder diciendo «Ya te lo advertí» y enviarte un proyectil cuchillo o de exploración, pero no podemos hacerlo. Su sistema de vigilancia quizá sea lo bastante bueno para detectarlo. Lo máximo que podemos hacer es lanzar un microsatélite y colocarlo en órbita para que se limite a la observación pasiva…, en otras palabras, para que no te quite ojo de encima. Si ve que estás en apuros enviaremos la señal, y la cápsula y el módulo irán a por ti. La alternativa, por increíble que te parezca, es utilizar el teléfono. No olvides que cuentas con una lista de los números telefónicos de la Fundación Vanguardia que no figuran en la guía. ¿Zakalwe…?

—¿Hmmm?

—Sigues teniendo esa lista, ¿verdad?

—Oh, claro.

—También podríamos establecer una conexión con los servicios de emergencia de Solotol. Bastaría con que marcaras tres unos y gritaras «¡Zakalwe!» en cuanto oyeras la voz de la operadora, y nosotros lo sabríamos.

—Tus palabras me han devuelto la confianza —murmuró él, y meneó la cabeza.

—No te preocupes, Cheradenine.

—¿Quién está preocupado?


* * *

Vio llegar el vehículo desde la ventana y bajó para encontrarse con Mollen. Le habría gustado poder contar con la protección del traje, pero supuso que no le permitirían entrar en su perímetro de alta seguridad llevándolo puesto. Cogió el viejo impermeable y las gafas de cristales oscuros.

—Hola.

—Hola, Mollen.

—Hace un día muy bonito.

—Sí.

—¿Adónde vamos?

—No lo sé.

—Pero tú vas a conducir, ¿no?

—Sí.

—Pues entonces tienes que saber adonde vamos.

—Por favor, ¿tendría la bondad de repetir eso?

—He dicho que si vas a conducir tienes que saber adonde vamos.

—Lo siento.

Se había quedado inmóvil junto al vehículo. Mollen seguía sosteniéndole la portezuela para que entrara.

—Bueno, por lo menos dime si está muy lejos. Quizá quiera avisar a ciertas personas de que tardaré un rato en volver.

El hombretón frunció el ceño y las cicatrices de su rostro se contorsionaron en varias direcciones creando nuevos y extraños dibujos. Su mano vaciló sobre la caja como si no supiera qué botón debía pulsar. Se concentró y se lamió los labios con la lengua. «Vaya —pensó él—, parece que eso de que le habían dejado sin lengua era una exageración…»

Supuso que debían de haberle hecho algo en las cuerdas vocales. El porqué sus superiores no le habían sometido a un proceso de regeneración o injertado unas cuerdas vocales artificiales era un enigma sobre el que sólo podía hacer conjeturas. Quizá preferían que sus subordinados estuvieran obligados a escoger entre un número limitado de réplicas, y sonrió. Acababa de pensar que eso debía ponerles muy difícil el hablar mal de quienes les daban órdenes.

—Sí.

—¿Ese sí quiere decir que está muy lejos?

—No.

—Decídete de una vez.

Seguía inmóvil con una mano sobre la portezuela del vehículo. Sabía que estaba haciendo pasar un mal rato al hombretón de la cabellera canosa, pero quería averiguar cuáles eran los límites de su vocabulario.

—Lo siento.

—Entonces, ¿queda cerca? ¿Está dentro de la ciudad?

Los rasgos cubiertos de cicatrices volvieron a fruncirse. Mollen hizo chasquear los labios y pulsó otra serie de botones mientras le pedía disculpas con la mirada.

—Sí.

—¿Está dentro de la ciudad?

—Quizá.

—Gracias.

—Sí.

Subió al vehículo y vio que era un modelo distinto al de la noche anterior. Mollen entró en el compartimento del conductor, se colocó el cinturón de seguridad y pisó un pedal. El vehículo se puso en marcha y se apartó de la acera sin hacer ningún ruido. Dos vehículos más se pusieron en marcha detrás de ellos y se detuvieron en la entrada de la primera calle por la que tomaron al salir del hotel, obstruyendo el paso a los vehículos de los medios de comunicación que habían empezado a perseguirles.

Estaba entretenido contemplando los puntitos distantes de los pájaros que giraban en las alturas cuando el paisaje empezó a desaparecer. Al principio pensó que las pantallas negras situadas junto a las ventanillas de que estaba provisto el vehículo debían de estar subiendo detrás y a cada lado de él, pero no tardó en ver las burbujas y comprendió que la negrura era un líquido que estaba invadiendo el espacio existente entre las dos capas de cristales del compartimento trasero. Pulsó el botón que le permitía hablar con Mollen.

—¡Eh! —gritó.

El líquido negro ya había llegado a la mitad de las ventanillas y seguía subiendo poco a poco interponiéndose entre él y Mollen, así como entre sus ojos y el paisaje visible por los otros tres lados.

—¿Sí? —replicó Mollen.

Tiró de la manija de la portezuela y la abrió. Una ráfaga de aire frío entró silbando en el compartimento trasero. El líquido negro continuaba subiendo por el espacio existente entre las dos capas de cristales.

—¿Qué es esto?

Antes de que el líquido hiciera desaparecer todo lo que tenía delante pudo ver que Mollen pulsaba uno de los botones que cubrían su sintetizador vocal.

—No se alarme, señor Staberinde. Es una precaución para asegurar que la intimidad del señor Beychae es respetada —replicó Mollen.

Estaba claro que se limitaba a transmitirle un mensaje preparado de antemano.

—Hmmm… De acuerdo.

Se encogió de hombros, cerró la portezuela y quedó envuelto en la oscuridad hasta que se encendió una lucecita. Se reclinó en el asiento y no hizo nada. La inesperada brusquedad de aquel ennegrecimiento quizá hubiera sido calculada para asustarle o para averiguar cuáles eran sus reacciones ante un imprevisto.

El vehículo siguió avanzando. La luz amarilla de la bombillita hizo que la atmósfera del compartimento trasero se volviese más cálida y asfixiante. El compartimento era bastante grande, pero la ausencia del paisaje pareció empequeñecerlo. Manipuló los controles del sistema de ventilación para que dejara entrar más aire y volvió a reclinarse. No se había quitado las gafas oscuras.

Doblaron esquinas, subieron cuestas y bajaron pendientes, cruzaron puentes y recorrieron túneles. Se había vuelto más consciente de los movimientos del vehículo, y supuso que sería debido a la falta de cualquier tipo de referencia exterior.

Llevaban bastante rato moviéndose por el interior de un túnel bajando en lo que parecía una línea recta pero que podría haber sido una espiral de gran anchura cuando el vehículo se detuvo de repente. Hubo un momento de silencio al que siguieron unos ruidos que no logró identificar —quizá incluyeran voces—, después de los cuales el vehículo volvió a ponerse en marcha y recorrió una distancia no muy larga. El transceptor le hizo sentir un pinchadlo en el lóbulo de su oreja y lo empujó con un dedo introduciéndolo un poquito más en su oído.

—Rayos X —murmuró el pendiente.

Sonrió. Pensó que de un momento a otro vería abrirse la puerta y que le pedirían que entregara el transceptor, pero no ocurrió nada salvo que avanzaron unos cuantos metros más.

El vehículo empezó a bajar. El motor no hacía ningún ruido, y supuso que debían de estar en un ascensor de gran tamaño. El descenso se detuvo y volvieron a moverse hacia adelante en una total ausencia de ruidos. El movimiento hacia adelante no tardó en combinarse con un descenso, y esta vez resultaba muy claro que iban bajando por una gran espiral. El motor del vehículo seguía sin hacer ruido, por lo que o estaban siendo remolcados o se movían por pura inercia.

El vehículo quedó inmóvil y el líquido negro fue descendiendo lentamente a lo largo de las ventanillas. Estaban en un túnel de gran anchura con tiras de iluminación blanca en el techo. El túnel se extendía una cierta distancia por detrás de ellos hasta que empezaba a curvarse, y seguía hacia adelante hasta terminar en unas enormes puertas metálicas.

Mollen había desaparecido.

Abrió la portezuela y bajó del vehículo.

Hacía bastante calor, aunque la atmósfera del túnel no tenía el típico olor de los lugares cerrados. Se quitó el viejo impermeable, volvió la cabeza hacia las puertas metálicas y vio que había una puerta bastante más pequeña incrustada en ellas. La puerta no tenía asa y cuando la empujó no ocurrió nada. Volvió al vehículo, examinó el salpicadero hasta encontrar el botón de las bocinas y lo pulsó.

El ruido se estrelló contra las paredes del túnel y vibró en sus oídos creando un sinfín de ecos. Decidió que estaría más cómodo si esperaba sentado dentro del vehículo.

La puertecita se abrió pasado un rato y la mujer apareció en el umbral. Fue hacia el vehículo y acercó la cabeza a la ventanilla.

—Hola.

—Buenas tardes. Aquí estoy.

—Sí. Y veo que sigue llevando sus gafas oscuras. —La mujer sonrió—. Venga conmigo, por favor.

La mujer echó a caminar hacia la puerta. Cogió su viejo impermeable y la siguió.


* * *

El tramo de túnel que había al otro lado de las puertas metálicas acabó conduciéndoles hasta una puerta incrustada en una pared, y un ascensor bastante pequeño les llevó hacia abajo. La mujer vestía un traje negro con rayas blancas muy delgadas y sin ninguna clase de adornos.

El ascensor se detuvo. Entraron en un vestíbulo no muy grande parecido al de una casa particular adornado con cuadros y maceteros. Las paredes y el suelo eran de una piedra muy lustrosa en la que había vetas de un color humo. Una gruesa alfombra ahogó el sonido de sus pasos mientras bajaban un corto tramo de peldaños y llegaban a un gran balcón situado en el centro de la pared de una gran sala. La estancia estaba repleta de libros o mesas, y después bajaron por una escalera de caracol con libros en la estructura de madera que había debajo de sus pies y más libros en la que se alzaba por encima de sus cabezas.

La mujer le guió por un laberinto de estantes repletos de libros y le precedió hasta una mesa rodeada de sillas. Encima de la mesa había una máquina con una pantallita y a su alrededor había esparcidos varios rollos de cinta.

—Espere aquí, por favor.

Beychae estaba descansando en su dormitorio. El anciano —estaba calvo, tenía el rostro surcado por las arrugas y vestía una túnica que ocultaba la no muy abultada barriga que había desarrollado desde que se consagró al estudio— parpadeó cuando la mujer llamó con los nudillos a la puerta y entró en el dormitorio. Su mirada aún conservaba el brillo y la vivacidad de antaño.

—Lamento molestarte, Tsoldrin. Ven y verás la visita que te he traído.

Beychae la siguió por el pasillo y se quedó inmóvil en el umbral mientras la mujer señalaba al hombre que estaba de pie junto a la mesa del lector de cintas.

—¿Le conoces?

Tsoldrin Beychae se puso las gafas —era lo bastante anticuado para sacar el máximo provecho posible a su edad en vez de intentar disfrazarla—, y contempló al hombre. Tenía las piernas largas, el cabello oscuro —recogido por una coleta en la nuca—, y sus rasgos bien definidos e incluso apuestos estaban algo oscurecidos por la clase de barba que jamás desaparece mediante un mero afeitado de superficie. Si se los observaba con independencia del resto de la cara los labios resultaban casi inquietantes. Parecían crueles y arrogantes, y esa impresión inicial sólo pasaba a ser demasiado severa cuando la mirada tomaba en consideración el resto de la cara, momento en el que quien la estuviese observando tenía que admitir —quizá no de muy buena gana— que las gafas oscuras no lograban ocultar del todo los ojos y las espesas cejas que una vez puestas al descubierto creaban una impresión global que no resultaba desagradable.

—Puede que nos conozcamos —dijo Beychae muy despacio—. No estoy seguro.

Tenía la impresión de que quizá le hubiera visto en el pasado. Incluso medio disimulados por las gafas oscuras aquellos rasgos le resultaban inquietantemente familiares.

—Deseaba conocerte —le explicó la mujer—, y me tomé la libertad de decirle que el deseo era mutuo. Cree que quizá conocieras a su padre.

—¿Su padre? —exclamó Beychae.

Eso podía explicar aquella sensación de familiaridad. Quizá se parecía a alguien que había conocido, y quizá fuera ésa la razón de las emociones extrañas y vagamente inquietantes que estaba experimentando.

—Bueno —dijo—. Oigamos lo que tiene que decir, ¿no te parece?

—¿Por qué no? —replicó la mujer.

Fueron hacia el centro de la biblioteca. Beychae irguió los hombros antes de acercarse al desconocido. Se había dado cuenta de que en los últimos tiempos tenía una creciente tendencia a encorvarse, pero aún era lo bastante vanidoso para querer recibir a sus visitas con la espalda lo más recta posible.

—Tsoldrin Beychae —dijo la mujer—. El señor Staberinde.

—Es un honor, señor —dijo el visitante.

Beychae se dio cuenta de que le estaba observando con una extraña fijeza y que sus facciones se hallaban un poco tensas, como si temiera algo. Beychae aceptó la mano que le ofrecía y la estrechó.

La mujer puso cara de perplejidad. La expresión del viejo rostro de Beychae resultaba totalmente indescifrable. Alzó la cabeza y clavó la mirada en los ojos del visitante mientras dejaba que su mano colgara fláccidamente entre sus dedos.

—Señor… Staberinde —dijo Beychae con voz átona.

El anciano se volvió hacia la mujer del traje negro.

—Gracias.

—Ha sido un placer —murmuró ella, y les dejó solos.

Le bastó con mirarle para darse cuenta de que Beychae le había reconocido. Giró sobre sí mismo y fue por un pasillo flanqueado de estantes mientras volvía la cabeza el tiempo suficiente para asegurarse de que Beychae le seguía, y captó la sorpresa y el asombro que había en sus ojos. Se quedó inmóvil entre los estantes repletos de libros después de haber dado unos cuantos pasos y se golpeó suavemente la oreja con la punta de los dedos antes de empezar a hablar intentando dar la impresión de que se trataba de un gesto casi inconsciente.

—Creo que quizá conociera a mi… antepasado. Utilizaba un apellido distinto.

Se quitó las gafas oscuras.

Beychae le contempló en silencio. Su expresión no cambió en lo más mínimo.

—Creo que le conocí —dijo por fin mirando a su alrededor. Alzó una mano señalando una mesa y unas sillas—. Sentémonos, ¿quiere?

Volvió a ponerse las gafas oscuras, fue hacia la silla más próxima y se sentó en ella.

—Bien, señor Staberinde, ¿qué le ha traído aquí?

—En cuanto a usted concierne, la curiosidad. Lo que me trajo a Solotol fue…, un mero impulso de ver la ciudad. Tengo ciertas…, ah…, relaciones con la Fundación Vanguardia. No sé si está enterado de los cambios que se han producido en la dirección de ese ente no hace mucho tiempo.

El anciano meneó la cabeza.

—No. Confieso que no me mantengo muy al corriente de la actualidad. Vivir aquí abajo…

—Comprendo. —Movió lentamente la cabeza contemplando lo que le rodeaba—. Supongo que… —Clavó la mirada en los ojos de Beychae—. Supongo que no es el sitio más adecuado para la comunicación, ¿verdad?

Beychae abrió la boca, puso cara de disgusto y miró por encima de su hombro.

—Quizá no lo sea —dijo por fin, y se puso en pie—. Discúlpeme.

Le observó alejarse y tuvo que hacer un considerable esfuerzo de voluntad para no levantarse de la silla.

Intentó distraerse contemplando la biblioteca. La cantidad de volúmenes antiguos que contenía era increíble, y su olor había acabado impregnando la atmósfera. Tantas palabras escritas sobre el papel, tantas vidas dedicadas a escribirlas, tantos ojos que habían enrojecido leyéndolas… Se preguntó qué razón podía haberles impulsado a perder el tiempo de esa manera.

—¿Ahora? —oyó que preguntaba la mujer.

—¿Por qué no?

Giró sobre sí mismo con el tiempo justo de ver a Beychae y a la mujer apareciendo entre dos hileras de estantes.

—Bien, señor Beychae —dijo la mujer—. Quizá haya ciertos problemas…

—¿Por qué? ¿Es que los ascensores han dejado de funcionar?

—No, pero…

—Entonces, ¿qué problema puede haber? Vamos. Llevo demasiado tiempo sin ver la superficie.

—Ah. Bien, de acuerdo… Haré los arreglos necesarios.

Sonrió con una visible falta de entusiasmo y se marchó.

—Bien, Z…, Staberinde. —Beychae volvió a sentarse, sonrió y le lanzó una mirada que parecía pedirle disculpas—. ¿Qué le parece si hacemos un viajecito a la superficie?

—¿Por qué no? —replicó él, procurando no utilizar un tono de voz excesivamente entusiástico—. ¿Qué tal se encuentra, señor Beychae? Oí comentar que se había retirado.

Hablaron de generalidades durante unos minutos hasta que vieron llegar a una joven rubia que sostenía un montón de libros en los brazos. La joven observó al visitante, parpadeó un par de veces y fue hacia Beychae, quien alzó la mirada y le sonrió.

—Ah, querida mía, te presento al señor… Staberinde. —Beychae se volvió hacia él y le sonrió—. Le presento a Ubrel Shiol, mi ayudante.

—Encantada —dijo él asintiendo con la cabeza.

«Mierda…», pensó.

Ubrel Shiol dejó los libros encima de la mesa y puso una mano sobre el hombro de Beychae. El anciano puso sus delgados y frágiles dedos encima de su mano.

—Me he enterado de que quizá vayamos a la ciudad —dijo la mujer. Bajó la vista hacia el anciano y pasó su mano libre por el traje parecido a una bata como si intentara alisarlo—. Ha sido una decisión bastante repentina, ¿no?

—Sí —dijo Beychae. Alzó la mirada hacia ella y le sonrió—. ¿Sorprendida? Bueno, incluso un anciano como yo sigue siendo capaz de dar sorpresas ocasionalmente…

—Hará frío —dijo la mujer apartándose de él—. Te traeré ropa de abrigo.

Beychae la siguió con la mirada mientras se alejaba.

—Es una chica maravillosa —dijo—. No sé qué haría sin ella.

—Lo comprendo —replicó él.

«Quizá tengas que aprender a vivir sin esa chica maravillosa», pensó.


* * *

Los arreglos para el viaje a la superficie requirieron una hora. Beychae parecía bastante nervioso. Ubrel Shiol le hizo ponerse ropa de abrigo, cambió aquella especie de bata por un mono y se recogió los cabellos en la coronilla. Fueron en el mismo vehículo que le había traído hasta allí, y Mollen se encargó de conducir. Beychae y Ubrel Shiol se instalaron junto a él en el espacioso banco trasero del compartimento para viajeros; la mujer del vestido negro se sentó delante de ellos.

El vehículo salió del túnel y avanzó bajo los rayos del sol. Estaban en un patio cubierto de nieve. Fueron hacia unas verjas de alambre que se abrieron para dejarles pasar mientras los guardias de seguridad les seguían con la mirada. El vehículo se metió por un camino lateral que terminaba en la carretera general más próxima y se detuvo en el cruce.

—¿Hay alguna feria cerca? —preguntó Beychae volviendo la cabeza hacia él—. Siempre he tenido debilidad por el ruido y el ajetreo de las ferias.

Recordaba haber oído comentar que había una especie de circo ambulante acampado en una pradera cerca del río Lotol y sugirió que fueran allí. Mollen hizo avanzar el vehículo por la ancha calzada del bulevar. Apenas había tráfico.


* * *

—Flores —dijo de repente. Todos se volvieron hacia él.

Tenía el brazo apoyado en el asiento por detrás de Beychae y Ubrel Shiol, y su mano rozó la cabellera de Shiol haciendo caer el broche con que se la había recogido. Se echó a reír y cogió el broche que había caído sobre el estante situado bajo la ventanilla trasera del vehículo. La maniobra le había permitido mirar hacia atrás.

Un camión gigantesco estaba siguiéndoles.

—¿Flores, señor Staberinde? —preguntó la mujer del traje negro.

—Me gustaría comprar unas cuantas flores —dijo, sonriendo y volviendo la cabeza primero hacia ella y luego hacia Shiol—. ¿Por qué no? —Dio una palmada—. ¡Al Mercado de las Flores, Mollen! —Se reclinó en el asiento, sonrió beatíficamente durante unos segundos y se inclinó hacia adelante como pidiendo disculpas—. Suponiendo que no sea mucha molestia, claro… —dijo mirando a la mujer del traje negro.

La mujer sonrió.

—No, por supuesto. Mollen, ya le has oído.

El vehículo se metió por un desvío.

Recorrió casi todos los puestos callejeros del Mercado de las Flores y acabó comprando dos ramos que entregó a Ubrel Shiol y a la mujer del traje negro.

—¡Allí está la feria! —exclamó señalando hacia el río.

Las tiendas y hologramas de la feria brillaban y giraban al otro lado de las aguas.

Había supuesto que cogerían el Transbordador del Mercado de las Flores, y así fue. El transbordador consistía en una plataforma tan pequeña que sólo tenía capacidad para un vehículo. Volvió la cabeza y observó la mole del camión pensando que tardaría un poco en poder seguirles.

Llegaron a la otra orilla. Mollen puso en marcha el vehículo y fue hacia la feria. Beychae no paraba de hablar, y empezó a recordar las ferias que había visitado en su juventud.

—Gracias por las flores, señor Staberinde —dijo la mujer sentada delante de ellos.

Se llevó el ramo a la cara y aspiró su perfume.

—Ha sido un placer —dijo él.

Se inclinó sobre Shiol y puso la mano sobre el brazo de Beychae para atraer su atención hacia una atracción cuyas cabinas giraban velozmente por el cielo moviéndose sobre los tejados de los cobertizos. El vehículo se detuvo en un cruce controlado por sensores lumínicos.

Volvió a inclinarse sobre el regazo de Shiol, abrió la cremallera sobre la que había puesto la mano antes de que la mujer pudiera darse cuenta de lo que estaba ocurriendo y extrajo la pistola cuya presencia había detectado al inclinarse sobre ella por primera vez. La contempló, se echó a reír como si acabara de cometer un error estúpido, alzó la pistola y disparó contra la pantalla de cristal detrás de la que se encontraba la cabeza de Mollen.

Cuando el cristal se hizo pedazos él ya estaba saltando hacia adelante con una pierna extendida. Su pie atravesó la nube de fragmentos cristalinos y se estrelló contra la cabeza de Mollen.

El vehículo aceleró bruscamente y se detuvo en seco. Mollen se derrumbó sobre el volante.

—¡Cápsula, aquí! —gritó.

El instante de silencio perplejo que siguió a su acción duró lo suficiente para que su grito pareciera más potente de lo que había sido en realidad.

La mujer sentada delante de él se movió. La mano que sostenía el ramo lo dejó caer y fue velozmente hacia su cintura y un pliegue de la tela. Le atizó un puñetazo en la mandíbula. El impacto hizo que la cabeza de la mujer se estrellara contra la parte de la pantalla de cristal aún intacta que tenía detrás. Giró sobre sí mismo y se agazapó junto a la portezuela mientras la mujer inconsciente iba cayendo al suelo hasta quedar inmóvil junto a él y las flores se desparramaban sobre el apoyapiés. Volvió la cabeza hacia Beychae y Shiol, y vio que los dos tenían la boca abierta.

—Cambio de planes —dijo.

Se quitó las gafas y las arrojó al suelo. Les sacó del vehículo casi a rastras. Shiol había empezado a gritar, y le dio un empujón que la hizo chocar contra el flanco del vehículo.

Beychae se había recuperado lo suficiente para hablar.

—Zakalwe, ¿qué infiernos estás…?

—¡Tenía esto, Tsoldrin! —gritó él enseñándole la pistola.

Ubrel Shiol aprovechó el segundo en que el arma dejó de apuntarla para lanzar una patada hacia su cabeza. La esquivó, dejó que el impulso de la patada la hiciera moverse hacia adelante y la golpeó en el cuello con el canto de la mano. Shiol cayó al suelo. El ramo que le había regalado en el Mercado de las Flores rodó hasta desaparecer debajo del vehículo.

—¡Ubrel! —gritó Beychae mientras se arrodillaba junto a ella—. Zakalwe, ¿qué le has…?

—Tsoldrin… —empezó a decir él.

La portezuela del compartimento delantero se abrió de golpe y Mollen saltó sobre él. Sus cuerpos rodaron por encima de la calzada y acabaron en la cuneta. La pistola salió volando por los aires.

La embestida del hombretón le había dejado inmovilizado. Mollen le agarró por las solapas con una mano y alzó el otro brazo. El sintetizador vocal giró al extremo de su correa y el inmenso puño lleno de cicatrices empezó a bajar.

Hizo una finta y desplazó el cuerpo hacia el otro lado lo más deprisa posible. El puño de Mollen se estrelló en las piedras de la cuneta y eso le dio el tiempo suficiente para levantarse de un salto.

El sintetizador vocal de Mollen cayó sobre la calzada.

—Hola —dijo la caja.

Intentó lanzar una patada hacia la cabeza de Mollen, pero aún no había logrado recuperar el equilibrio del todo. Mollen le cogió el pie con la mano buena. Retorció la pierna y logró liberarse, pero la maniobra le exigió girar sobre sí mismo.

Mollen se puso en pie meneando la cabeza y uno de sus pies chocó con el sintetizador.

—Encantado de conocerle —dijo la caja.

Lanzó otra patada hacia la cabeza de Mollen.

—¿Qué desea? —preguntó la caja.

Mollen logró esquivar la patada y se lanzó hacia adelante. Su cuerpo se deslizó por encima de la superficie de cemento, rodó sobre sí mismo y acabó irguiéndose en un solo movimiento.

Mollen tenía el cuello ensangrentado. Dio un par de pasos hacia él, se tambaleó, pareció recordar algo y empezó a meterse la mano derecha dentro de la chaqueta.

—Estoy aquí para ayudarle —dijo la caja.

Saltó hacia adelante y su puño chocó con la cabeza de Mollen cuando el hombretón empezaba a sacar una pistolita de su chaqueta. Estaba demasiado lejos para poder cogerla, por lo que giró sobre sí mismo y alzó una pierna. Su pie entró en contacto con el puño que sostenía el arma y lo hizo subir. El hombre de la cabellera canosa retrocedió poniendo cara de dolor y se frotó la muñeca.

—Me llamo Mollen. No puedo hablar.

Había albergado la esperanza de que su patada resultaría lo bastante fuerte para que Mollen soltara el arma, pero vio que la pistolita seguía entre sus dedos. Sabía que Beychae y Shiol estaban detrás de él, y se quedó inmóvil durante una fracción de segundo que Mollen aprovechó para apuntarle con el arma. Movió rápidamente el cuerpo primero a un lado y luego a otro. Mollen meneó la cabeza y su mano no tuvo más remedio que desplazarse siguiendo sus movimientos.

—Encantado de conocerle.

Saltó hacia adelante. Su objetivo eran las piernas de Mollen, y logró dar en el blanco.

—No, gracias. —Volvieron a caer sobre la cuneta—. Disculpe…

Alzó un puño e intentó asestar un nuevo golpe en la cabeza de Mollen.

—¿Podría decirme dónde estoy?

Pero Mollen rodó sobre sí mismo y el puñetazo sólo encontró el aire. Mollen se retorció y casi logró golpearle con la cabeza. Tuvo que agacharse, y se golpeó una sien contra las piedras de la cuneta.

—Sí, por favor.

Sintió que el interior de su cabeza se llenaba de luz. Desplegó los dedos de una mano, la movió hacia adelante en la dirección donde creía que estaban los ojos de Mollen y sintió que las puntas de sus dedos chocaban con algo blando que cedió enseguida. Mellen gritó.

—No puedo replicar a eso.

Se irguió apoyándose en las manos y los pies y pateó a Mollen con todas sus fuerzas.

—Gracias. —Su pie había dado de lleno en la cabeza de Mollen—. ¿Tendría la bondad de repetir eso?

Mollen rodó lentamente sobre sí mismo hasta caer en la cuneta y se quedó inmóvil.

—¿Qué hora es? ¿Qué hora es? ¿Qué hora es?

Le observó durante unos momentos y fue con paso tambaleante hacia la acera.

—Me llamo Mollen. ¿Puedo ayudarle en algo? No puede entrar ahí. Esto es propiedad privada. ¿Adónde cree que va? Alto o dispararé. El dinero carece de importancia. Tenemos amigos muy poderosos. ¿Podría indicarme dónde está el teléfono más próximo? Está bien, puta, tú lo has querido. ¿Qué te parece esto?

Dejó caer el tacón de una bota sobre el sintetizador vocal de Mollen.

—¡Graaaaap! El interior de esta máquina no contiene partes de interés paraelusu…

Otro taconazo silenció definitivamente a la caja.

Alzó los ojos hacia Beychae y vio que estaba encogido junto al vehículo. El anciano sostenía la cabeza de Ubrel Shiol sobre su regazo.

—¡Zakalwe, maldito loco! —gritó Beychae.

Se pasó las manos por la ropa para quitarse el polvo y volvió la mirada hacia el hotel.

—Tsoldrin —dijo con voz tranquila y firme—, esto es una emergencia.

—¿Qué has hecho? —gritó Beychae.

Tenía las pupilas muy dilatadas y el rostro tenso por una mezcla de emociones. Sus ojos fueron del cuerpo inerte de Shiol al de Mollen y se desviaron hacia los pies de la mujer que yacía inconsciente dentro del vehículo, con las flores del ramo esparcidas a su alrededor, para acabar volviendo a Shiol y posarse en los morados que ya estaban empezando a formarse sobre su cuello.

Observó durante unos momentos al anciano, alzó los ojos hacia el cielo y vio un puntito. Lanzó un suspiro de alivio y bajó nuevamente la mirada hacia Beychae.

—Iban a matarte —le dijo—. Me enviaron aquí para impedirlo. Tenemos que…

Hubo un ruido muy fuerte al otro lado de los edificios que se extendían alrededor del río y el Mercado de las Flores; un estallido seguido por una especie de silbido estridente. Los dos alzaron los ojos hacia el cielo. El puntito que era la cápsula fue aumentando rápidamente de tamaño y quedo envuelto en una flor de luz. El haz que terminaba en la aureola luminosa y que se originaba en un punto invisible oculto detrás de los edificios cercanos al Mercado de las Flores creaba la ilusión de que la flor tenía un tallo. La cápsula se abrió paso a través de la nube de incandescencia, pareció vibrar ligeramente y emitió una lanza de luz que siguió el mismo trayecto del haz que la había envuelto en aquella aureola.

El cielo se iluminó por encima del Mercado de las Flores. La carretera tembló debajo de sus pies y una detonación terrible pasó a toda velocidad sobre sus cabezas y rebotó en los riscos que había por encima de las pendientes de la ciudad volviendo hacia ella convertida en ecos.

—Disponíamos de un minuto antes de que fuera preciso partir —dijo mirando a Beychae.

El cilindro de oscuridad de cuatro metros de longitud que era la cápsula bajó del cielo y se posó sobre la superficie de la carretera. Las escotillas se abrieron. Fue corriendo hacia una de ellas, cogió un arma de gran tamaño y manipuló un par de controles.

—Ahora ya no tenemos tiempo…

—¡Zakalwe! —exclamó Beychae. Parecía haber recobrado el control de su voz—, ¿Te has vuelto loco?

Un ruido terrible mezcla de alarido y chirriar metálico resonó por encima de la ciudad. Los dos alzaron los ojos para contemplar una silueta de contornos ahusados que venía hacia ellos descendiendo a toda velocidad.

Se puso delante de Beychae y escupió sobre la cuneta. Alzó el rifle de plasma, apuntó el cañón hacia el punto que se aproximaba y disparó.

El haz luminoso brotó del arma y voló hacia el cielo. La aeronave empezó a echar humo, se desvió del rumbo que la habría llevado hasta donde estaban y fue dejando detrás de ella una espiral de escombros para acabar estrellándose en algún lugar del desfiladero con un zumbido estridente que se convirtió en trueno. Los ecos del impacto pudieron oírse por toda la ciudad.

Volvió la cabeza hacia el anciano.

—¿Qué me habías preguntado?

V

La tela negra del techo de la tienda estaba a medio metro de su cabeza, pero no le impedía ver el cielo que se extendía al otro lado. El cielo tenía el azul intenso y límpido del día y hacía sol, pero él podía ver a través de aquel azul engañoso y sabía que el cielo también estaba negro, y que más allá de esa capa de color había una oscuridad mucho más profunda que la que reinaba dentro de la tienda, una oscuridad en la que ardían los soles dispersos, y los soles eran puntitos de claridad tan diminutos como luciérnagas perdidos en las frías tinieblas de las calles desiertas.

Una oscura cosecha de estrellas se inclinó sobre él y le cogió delicadamente entre sus dedos inmensos llevándoselo como si fuera una fruta exótica que por fin había madurado. Estar encerrado dentro de aquella prisión inmensa hizo que se sintiera delirantemente cuerdo, y se dio cuenta de que le bastaría con esperar unos momentos para comprenderlo todo —la comprensión podía llegar en cualquier instante, y sólo exigiría el más impalpable de los esfuerzos—, pero también era consciente de que no la deseaba. Tuvo la sensación de que una maquinaria impresionante eternamente oculta bajo la superficie del universo y cuyo poder era capaz de hacer vibrar toda la galaxia había logrado establecer una conexión con su pobre persona y que le había investido con su poder.

Estaba sentado dentro de la tienda. Tenía las piernas cruzadas y los ojos cerrados. Llevaba varios días inmóvil en esa postura. Vestía una de las túnicas muy holgadas que usaban los nómadas. Su uniforme estaba pulcramente doblado a un metro de su espalda. Llevaba el cabello muy corto; la piel de su rostro estaba empezando a quedar cubierta por la barba y la capa de sudor que lo recubría brillaba suavemente en la penumbra. Había momentos en los que creía estar fuera de sí mismo contemplando el cuerpo sentado sobre los almohadones bajo la lona oscura de la tienda. Los pelitos negros que se iban abriendo paso a través de su piel hacían que su rostro pareciera aún más moreno que de costumbre, pero los reflejos de las lámparas y los rayos de sol que entraban por el agujero para la salida de humos que había en el techo arrancaban destellos a la capa de sudor y casi compensaban ese oscurecimiento de la piel. Esa simbiosis de adversarios enzarzados en una competición que creaba una situación de tablas le divertía. Sabía que acabaría volviendo a su cuerpo o que se alejaría todavía más, y también sabía que ocurriera lo que ocurriese tendría la sensación de que el desenlace era el adecuado y que encajaba con el gran plan oculto en el núcleo de todas las cosas.

La tienda estaba muy oscura y la atmósfera del interior era al mismo tiempo rancia y aromática. Podía oler los vapores del incienso y la fragancia del perfume que la habían ido impregnando. Todo era agradable, blando y recargado. Los tapices que colgaban de las paredes eran muy gruesos y estaban repletos de colores y bordados hechos con hilos de metales preciosos, la alfombra que cubría el suelo se amontonaba sobre sí misma imitando a un campo de espigas doradas y los almohadones perfumados y las colchas que invitaban a la inmovilidad y la inacción creaban un paisaje fabuloso que se extendía bajo la oscura lámina del techo. Los incensarios dejaban escapar perezosas hilachas de vapor; los braserillos para combatir el frío de la noche estaban apagados y los cálices de cristal, recipientes para guardar las hojas de los sueños, cajitas enjoyadas y libros adornados con metales y piedras preciosas yacían dispersos sobre el ondulante paisaje de tela como si fuesen templos iridiscentes edificados sobre las llanuras.

Mentiras… La tienda estaba vacía y su trasero reposaba sobre un saco relleno de paja.

La chica le vio moverse y pensó que el movimiento resultaba casi hipnótico. Al principio apenas si era perceptible, pero bastaba con que lo hubieras captado para que se convirtiera en algo imposible de pasar por alto, y cuando los ojos se habían acostumbrado a él no tardaban en hallarlo fascinante. El movimiento se originaba en la cintura y se iba transmitiendo a la cabeza haciéndole trazar un círculo de diámetro no muy amplio. Los giros no eran ni rápidos ni lentos, y le recordaban las perezosas contorsiones del humo cuando se dirigía hacia el agujero que había en el techo de una tienda. El movimiento de los ojos del hombre casi parecía una especie de compensación a esa agitación tan sutil como incesante, y sus pupilas siempre estaban cambiando de posición detrás de la cortina entre marrón y rosada de los párpados.

La tienda era lo bastante alta para que la chica pudiera ponerse en pie dentro de ella y se alzaba en una encrucijada del desierto, allí donde se encontraban dos de los caminos que cruzaban el mar de arena. Hubo un tiempo muy lejano en el que aquella encrucijada debió de albergar un pueblo o quizá incluso una ciudad, pero ahora el agua más próxima se encontraba a tres días de distancia yendo a caballo. La tienda llevaba cuatro días allí y quizá siguiera en la encrucijada dos o tres más, pero eso dependería del tiempo que el hombre siguiera sumido en el sopor provocado por las hojas del sueño. La chica cogió una jarra de una bandejita y llenó una copa con el agua que contenía. Fue hacia el hombre y acercó la copa a su boca colocando una mano debajo de su mentón mientras inclinaba la copa junto a sus labios.

El hombre bebió sin interrumpir sus movimientos y apartó el rostro después de haber bebido la mitad del agua que había en la copa. La chica cogió un paño limpio y lo pasó por su rostro para secarle el sudor.

«Elegido —se dijo a sí mismo—. Elegido, Elegido, Elegido…» El camino había sido largo y había acabado llevándole hasta un lugar muy extraño. Había guiado al Elegido a través del polvo y las tribus locas de los páramos hasta las verdes praderas y los pináculos relucientes del Palacio Perfumado que se alzaba sobre los riscos. Ahora estaba disfrutando de su pequeña recompensa.

La tienda se encuentra en una encrucijada de dos rutas comerciales con la negrura del exterior vuelta hacia dentro para soportar mejor los rigores de la estación, y dentro de la tienda hay un hombre, un soldado que ha combatido en tantas guerras que ya ha olvidado la cifra exacta y que ha sufrido cicatrices y heridas y fracturas y se ha curado y ha sido herido y se ha curado y ha sido reparado hasta dejarle como nuevo…, y por una vez ese hombre ha decidido bajar la guardia y entregar su mente a una droga de salvajes y su cuerpo al cuidado y la protección de una joven.

La chica cuyo nombre ignoraba se encargaría de acercar el agua a sus labios y el paño mojado a su frente. El hombre recordaba unas fiebres sufridas hacía más de cien años a más de mil años de distancia y las manos frescas y amables de otra chica que le habían acariciado y consolado cuando su cuerpo ardía. Podía oír a las aves que se llamaban las unas a las otras en los jardines que rodeaban la gran casa que se encontraba en la propiedad acunada por la gran curva del río, y aquel lugar era un enclave de paz perdido en el lívido paisaje de sus recuerdos.

La droga fluía por el interior de su mente trenzando y desanudando los recuerdos y los pensamientos, creando una corriente de orden regido por el azar envuelta en la pesadez del cansancio y el sopor. (Recordaba un banco de piedra en una orilla del río donde el continuo deslizarse de la corriente había ido acumulando arena, tierra, gravilla, guijarros y rocas en una progresión lineal de tamaño y peso, ordenando la elementalidad de la piedra mediante su incansable peso líquido hasta formar una curva tan perfecta que hacía pensar en el trazado de un gráfico.)

La chica le observaba y esperaba. El desconocido había tomado la droga como si fuera uno de los hombres de su pueblo y parecía haberse entregado a su influencia sin alterarse en lo más mínimo, y eso hacía que la chica pudiera observarle con la misma calma impasible que se había adueñado de él. Albergaba la esperanza de que fuese un hombre tan excepcional como daba la impresión de serlo y no un hombre comente, pues eso significaría que el pueblo nómada en cuyo seno había nacido no era la estirpe de fortaleza incomparable que creía ser.

Al principio la chica había temido que no podría soportar el terrible poder de la droga y que se haría pedazos como una olla al rojo cuando se la sumerge en el agua, tal y como había oído contar que ocurrió con otros forasteros engañados por la vanidad y convencidos de que las hojas de los sueños no eran más que otro capricho que unir a la cadena de diversiones y vicios en que habían decidido convertir sus vidas, pero el desconocido no intentó luchar. Era un soldado y, como tal, estaba acostumbrado al combate, pero dio muestras de una rara sensibilidad y supo rendirse sin ofrecer ni la más mínima resistencia aceptando los dictados de la droga. La chica le admiraba por ello, y dudaba de que los conquistadores poseyeran una fuerza tan flexible y segura de sí misma. Incluso algunos de los jóvenes nómadas —precisamente aquellos que solían ser más atractivos e impresionantes en todos los demás aspectos—, eran incapaces de aceptar el peso aplastante de los dones que ofrecían las hojas de los sueños, y acababan chillando y balbuceando palabras ininteligibles mientras pasaban por una pesadilla abreviada. La chica les había oído gimotear pidiendo el pecho de su madre, y también era frecuente que se orinaran o se cagaran encima mientras lloraban y revelaban a los vientos del desierto los temores que más les avergonzaban. La droga administrada en las cantidades cuidadosamente medidas que se utilizaban para la ceremonia casi nunca resultaba fatal, pero los efectos posteriores de haberla ingerido podían serlo. Más de un joven valiente había preferido sentir el filo de su espada atravesándole el vientre que enfrentarse al deshonor de seguir vivo sabiendo que una simple hoja había sido más fuerte que él.

Era una lástima que aquel hombre fuese un forastero y no alguien de su pueblo. La chica estaba convencida de que habría sido un buen esposo y de que habría engendrado muchos hijos fuertes y muchas hijas astutas. La mayoría de los matrimonios se concertaban en las tiendas donde los hombres tomaban las hojas de los sueños, y al principio el que le pidieran que cuidase del forastero durante sus días de la hoja le pareció un insulto, pero acabaron convenciéndola de que era un honor. Le explicaron que aquel hombre había prestado un gran servicio a su pueblo, y le dijeron que como recompensa a cuidar de él podría escoger entre los jóvenes novicios de la tribu en cuanto hubiera llegado el momento de su prueba.

Y cuando tomó las hojas de los sueños el hombre insistió en que la ceremonia debía celebrarse de la forma normalmente reservada para sus soldados veteranos y matriarcas, y dejó bien claro que no quería tomar la dosis que se administraba a los niños. La chica contempló sus giros y el continuo flexionarse de su cintura y pensó que parecía estar intentando remover algo oculto en las más oscuras profundidades de su mente.

Por los caminos, por las señales cruzadas de esas líneas solitarias que han ido siendo erosionadas por el comercio, el intercambio y el conocimiento que pasa de unas manos a otras; huellas en el polvo, señales casi invisibles en la página marrón del desierto. La tienda se alzaba inmutable, tanto en Verano cuando el lado blanco quedaba hacia fuera y el negro hacia dentro como en Invierno cuando se le daba la vuelta.

Era como si pudiese sentir el lento girar de su cerebro dentro del cráneo.

En la tienda blanca que era negra y de ambos colores a la vez, junto a la encrucijada perdida en el desierto, una impermanencia blanca y negra como una hoja caída antes de que soplen los vientos temblando en la brisa que se hincha bajo la ola inmóvil de la pétrea circunferencia de montañas coronadas por la nieve y el hielo, espuma congelada en un aire tan tenue que apenas puede ser respirado.

Decidió alejarse y abandonó la tienda para que se desplomara detrás de él. Se convirtió en un puntúo que volaba junto a las huellas casi impalpables que surcaban el polvo, y las montañas quedaron atrás —blanco coronando el ocre—, y los senderos y la tienda desaparecieron, y las montañas se encogieron, y los glaciares y las nieves del verano debilitadas por el calor se convirtieron en garras blancas que se tensaban sobre las rocas, y la curvatura se fue acercando y fue comprimiendo el paisaje hasta que el globo en el que se hallaba quedó convertido en un peñasco multicolor, piedra, guijarro, gravilla, grano de arena, mota de polvo, y aquello en que se había convertido acabó perdiéndose en la inmensa lente giratoria que era el hogar de todos ellos, y la lente se convirtió en una manchita sobre una burbuja que rodeaba el vacío y que estaba unida a sus solitarias y altivas parientes por aquella textura invisible que era una articulación distinta y más viscosa de lo que todas conocían como la nada.

Más manchitas. Todas se desvanecieron. La oscuridad se adueñó de todo.

Seguía allí.

Le habían dicho que había algo más oculto debajo del todo. Sma le había explicado que bastaba con pensar en siete dimensiones y ver la totalidad del universo como una línea sobre la superficie de un toroide, y la línea empezaba en un punto y se convertía en un círculo cuando nacía y se expandía moviéndose hacia arriba por el interior del toroide hasta llegar a la parte de arriba, al exterior, y luego caía de nuevo hacia dentro e iba encogiéndose. Otras líneas la habían precedido y otras vendrían después (vistas en cuatro dimensiones eran las esferas más grandes/más pequeñas dentro/fuera de su propio universo). Las distintas escalas temporales vivían dentro y fuera del toroide; algunos universos se expandían eternamente y la existencia de otros duraba menos que un parpadeo.

Pero las escalas resultaban demasiado grandes. La inmensidad era imposible de abarcar con la mente. Tenía que concentrarse en aquello que conocía y en lo que era y aquello en lo que se había convertido…, al menos por el momento.

Se concentró en un sol y un planeta, los aisló de toda la existencia y se precipitó hacia aquella esfera sabiendo que era el origen de todos sus recuerdos y sus sueños.

Buscó significado y sólo encontró cenizas. ¿Dónde te duele? Bueno, la verdad es que…, sí, justo ahí. Los escombros calcinados de una casita de verano, y ni rastro de una silla.

A veces —como ahora—, la banalidad de todo cuanto le rodeaba era tan espantosa que le dejaba sin aliento. Se quedó inmóvil y lo comprobó, pues había drogas que hacían precisamente eso, dejarte sin aliento. No, seguía respirando. Pensó que había muchas probabilidades de que su cuerpo hubiera sido alterado para que siguiera respirando en cualquier circunstancia, pero la Cultura —que el Caos la bendijera doblemente—, diseñó otro programa de vigilancia y lo colocó dentro de él para estar totalmente segura de que no habría errores. Los nómadas habrían considerado que eso equivalía a hacer trampa (vio a la chica inmóvil delante de él y la observó durante unos momentos aunque sus párpados estaban casi totalmente cerrados, y acabó cerrándolos del todo en cuanto se cansó de contemplarla), pero después de todo eso era problema suyo, no de él. Había hecho algo por ellos —no era gran cosa, aunque los nómadas estuvieran convencidos de lo contrario—, y ahora ellos podían hacer algo por él.

Pero… Recordaba que en una ocasión Sma le había dicho que existían muchas culturas en las que el trono era el símbolo más respetado. Sentarse en el esplendor del trono es la máxima articulación posible del poder. Los demás se presentan ante el trono y quedan en una posición más baja, y es frecuente que se arrodillen o tengan que marcharse sin dar la espalda al trono y a quien lo ocupa, y a veces incluso se les obliga a prosternarse delante del trono (aunque las benditas estadísticas de la Cultura aseguraban que eso siempre era señal de que algo iba terriblemente mal en esa sociedad), y el poder sentarse y el que esa postura que no había sido prevista por el curso de la evolución te convirtiera en un ser algo menos animal significaba que poseías la capacidad de utilizar cuanto te rodeaba para tus propios fines.

Había algunas civilizaciones —Sma le había dicho que apenas llegaban a la categoría de tribus— en las que se dormía sentado. Sus habitantes dormían en sillas especiales porque creían que acostarse significaba morir (¿acaso los muertos no eran encontrados siempre en esa posición?)

«Zakalwe (¿realmente se llamaba así? Recordar aquel nombre hizo que le pareciera repentinamente extraño y carente de significado, como si no le perteneciera), Zakalwe —había dicho Sma—, he estado en un lugar (¿cómo habían llegado a esa situación? ¿Qué le había impulsado a hablar de ese tema? ¿Estaría borracho? ¿Habría vuelto a bajar la guardia? Probablemente habría estado intentando seducir a Sma, pero no sólo no lo había conseguido sino que había vuelto a caer redondo debajo de la mesa…), Zakalwe, en una ocasión visité un lugar en el que mataban a la gente haciéndola sentar en una silla. No se trataba de una tortura (oh, eso era relativamente corriente; cuando se trataba de inmovilizar a las personas y hacer que lo pasaran mal las camas y las sillas eran instrumentos de uso muy corriente, y había muchas formas distintas de causar dolor empleándolos), sino que la silla podía matar a su ocupante. Ellos…, no, escucha, ya sé que parece increíble, pero es cierto…, usaban una mezcla de gases o hacían que una corriente eléctrica de gran potencia pasara por la silla. Una pildorita caía en un recipiente colocado debajo de la silla —como una obscena de esos armaritos que sirven para guardar el orinal, ¿no?—, y producía un gas letal; o les colocaban una especie de gorra sobre la cabeza y les hacían meter la mano en un fluido conductor, y la corriente eléctrica les freía los sesos…

»¿Y quieres que te cuente lo más increíble de todo? (Claro, Sma, venga, cuéntanos lo más increíble de todo…) Ese mismo estado poseía una ley que prohibía, cita textual, ¡“los castigos crueles y desusados”! ¿Puedes creerlo?

Estaba moviéndose en círculos a una gran distancia del planeta.

Sintió que caía hacia él y cruzó la atmósfera hasta posarse en el suelo.

Encontró el cascarón vacío en que se había convertido la mansión y pensó que era como un cráneo olvidado; encontró los escombros de la casita de verano y pensó que eran como un cráneo hecho pedazos; encontró el barco de piedra y pensó que era como la imagen abandonada de un cráneo. Falso, todo falso… El barco de piedra nunca había flotado sobre las aguas.

Vio otra embarcación, un barco, un navío, algo; cien mil toneladas de destrucción inmóviles creando su versión particular de la inutilidad y el abandono, capas y más capas de armas que se erizaban apuntando hacia el exterior. Primaria, secundaria, terciaria, antiaérea, pequeñas…

Trazó varios círculos a su alrededor y decidió que intentaría aproximarse…

Pero el número de capas era excesivo, y acabaron derrotándole.

Volvió a ser rechazado y tuvo que seguir orbitando el planeta y mientras lo hacía vio la Silla y vio al Constructor de Sillas —no aquel en el que había estado pensando antes sino al otro Constructor de Sillas, a ése que era real y al que no le quedaba más remedio que volver una y otra vez abriéndose paso por toda la confusión de sus recuerdos—, y pudo contemplarle envuelto en todo el horror de su gloria.

Pero había cosas y visiones insoportables.

Sí, había cosas que no podía soportar.

Malditas sean las personas. Malditos sean los otros. Maldita sea la necesidad de que existan.

De vuelta a la chica. (¿Por qué, oh, por qué tenían que existir los otros?)

Sí, la chica aún tenía muy poca experiencia como guía de los pensamientos, pero le habían confiado al forastero porque creían que era la mejor de quienes aún no habían sido puestos a prueba. Ah, ya les enseñaría de lo que era capaz… Puede que esto fuera la primera prueba, y si salía con bien de ella quizá la consideraran digna de convertirse en Matriarca.

Tarde o temprano sería su líder. Lo sentía en lo más profundo de sus huesos, esos mismos huesos que le dolían cuando veía caer a un niño con el mismo dolor que había sentido en sus huesos infantiles cuando veía que alguien caía al suelo, y el dolor sería su guía a través de los manejos políticos y las penalidades y sufrimientos de su tribu. Acabaría imponiendo su voluntad tal y como la había impuesto este hombre que tenía delante, pero de una forma distinta. Ella también poseía esa misma clase de fuerza interior. Dirigiría a su pueblo, y la certeza de que todo ocurriría así era como un feto que iba creciendo lentamente dentro de ella. Uniría a su pueblo contra los conquistadores y les mostraría su breve período de hegemonía como lo que realmente era, un mero desvío de la ruta del desierto que representaba su destino. Los que vivían más allá de las llanuras caerían ante ellos, y el corrupto palacio perfumado que se alzaba sobre los riscos sería conquistado. La fuerza y el pensamiento de las mujeres y la fuerza y la bravura de sus hombres serían los espinos del desierto que aplastarían a los decadentes seres-pétalo que vivían sobre los riscos. Las arenas volverían a ser suyas, y su pueblo alzaría templos en cuyas paredes estaría inscrito su nombre.

Mentiras… La chica no era nadie y no tenía ni idea de cuáles eran los pensamientos o el destino de las tribus. Era un despojo que le habían arrojado para hacer un poco más llevadero el camino que terminaría en lo que estaban convencidos sería el sueño de su muerte. El destino de su pueblo antaño orgulloso y hoy dominado apenas le importaba. Los nómadas habían logrado sustituir esa vieja herencia con la obsesión por el prestigio y los juguetes multicolores.

Que siguiera soñando. Se relajó y volvió a dejarse llevar por el tranquilo frenesí de la droga.

Había una conexión. Se encontraba allí donde el punto final del recuerdo se confundía con el tiempo luz de otro lugar, y aún no estaba seguro de haberlo alcanzado.

Intentó volver a ver la gran casa, pero estaba envuelta en nubes de humo y obuses-estrella. Volvió la mirada hacia el inmenso navío de combate atrapada en su dique, pero el navío se negó a seguir creciendo. Era un navío de la clase Capital —oh, sí, nada más y nada menos—, y no podía tener acceso a las profundidades de significado que encerraba dentro de su casco.

Lo único que había hecho era llevar al Elegido a través de los páramos y las llanuras hasta el Palacio. ¿Por qué habían querido que el Elegido llegara a su corte? Parecía absurdo. La Cultura no creía en esas supersticiones y tonterías sobrenaturales, pero la Cultura le había pedido que se asegurara de que el Elegido llegaría a la corte por muchos y muy desagradables que fueran los obstáculos que se interpusieran en su camino.

Para perpetuar un linaje corrompido. Para que el reinado de la estupidez y los abusos siguiera en el futuro.

Bueno, debían de tener sus razones. En cuanto a él, se conformaba con coger el dinero y salir corriendo. Aunque, naturalmente, la recompensa no era en dinero… ¿Qué puede hacer un pobre chico atrapado en una situación semejante?

Creer en algo, aunque ellos se burlaran de la fe y del creer en algo. Haz. Actúa, aunque ellos siempre sentían un cierto recelo ante la acción. Comprendió que era su héroe —o, mejor dicho, su encargado de repartir las bofetadas—, pero el concepto que tenían de los héroes era tan poco elevado que darse cuenta de ello no reforzaba en mucho tu autoestima.

Ven con nosotros y haz todas estas cosas que tanto te gustaría hacer aunque no te animáramos a hacerlas, y te daremos lo que nunca podrías conseguir en ningún otro tiempo o lugar. Te daremos la prueba incontrovertible de que has obrado como debías, y de que no sólo te lo estás pasando en grande sino que cuanto haces es por el bien común. Teniendo en cuenta todo eso… Adelante y disfruta.

Y él hacía todas esas cosas, y se lo pasaba en grande aunque no siempre estaba seguro de que fuese por las razones adecuadas. Pero eso no les importaba.

Llevar el Elegido al Palacio…

Contempló su vida y no sintió vergüenza de ella. Lo que había hecho… Bueno, siempre había alguna razón que justificaba sus actos. Tenías que utilizar las armas que el destino ponía en tus manos, fueran cuales fuesen. Cuando tenías un objetivo o algo que se le parecía tenías que ir hacia él sin importar los obstáculos que se pudieran interponer en tu camino, y ésa era una verdad reconocida incluso por la Cultura. Ellos preferían expresarla en términos de lo que puede hacerse en un momento determinado disponiendo de un cierto nivel de recursos tecnológicos, pero reconocían que todo era relativo y que todo se hallaba en un estado de cambio continuo.

Intentó volver al lugar en que se alzaba la mansión destrozada por los obuses y la casita de verano calcinada y el barco de piedra que jamás había navegado…, pero la memoria se negó a soportar el peso que le exigía aquella incursión repentina y su esperanza de que la sorpresa le permitiera llegar hasta allí no se convirtió en realidad. Volvió a ser arrojado hacia el exterior y se hundió en la nada, ese reino de olvido y negrura en el que eran encerrados los pensamientos que la mente se niega a concebir.

La tienda se alzaba en la encrucijada de los senderos del desierto. La tienda era blanca por fuera y negra por dentro, y parecía una metáfora de las imágenes y pensamientos que le asaltaban en la encrucijada.

En, eh, eh. No es más que un sueño…

Salvo que no era un sueño y que podía controlarlo, y que si abría los ojos vería a la chica sentada delante de él contemplándole con expresión pensativa, y nunca había existido la más mínima duda de quién estaba dónde y qué era cuándo, y en cierta forma eso era lo peor de aquella droga. La droga te permitía viajar a cualquier tiempo y lugar —y eso no era tan extraño, pues había muchas drogas que también lo permitían—, pero no te impedía volver a entrar en contacto con la realidad siempre que lo desearas.

«Es una droga muy cruel», pensó.

Puede que la Cultura estuviera en lo cierto. De repente el que tu cuerpo fuese capaz de producir casi cualquier droga o combinación de drogas le pareció mucho menos decadente de lo que siempre había creído en el pasado.

La visión sólo duró un instante de horror, pero fue suficiente. Aquella chica haría grandes cosas. Sería famosa e importante, y la tribu en la que había nacido haría cosas grandes y terribles, y todo lo que hicieran no serviría de nada porque fuera cual fuese la espantosa cadena de acontecimientos que había creado llevando al Elegido hasta el Palacio esta tribu no sobreviviría. Ya estaban muertos. La señal que habían dejado sobre el desierto de la vida ya estaba empezando a desvanecerse y el viento soplaba sobre ella acumulando un grano de arena detrás de otro. Aún no lo habían comprendido, pero él ya había contribuido a que fuesen borrados de la existencia, y poco tiempo después de que se hubiera ido no quedaría ni el más mínimo rastro de ellos. La Cultura vendría a buscarle y le llevaría a algún otro sitio y esta aventura iría a reunirse con todas las aventuras anteriores que se habían esfumado en el reino de la nada y la falta de significado, y aunque volviera a hacer más o menos lo mismo en otro lugar las acciones que había realizado aquí apenas habrían existido.

La verdad es que le habría encantado matar al Elegido. Aquel chico era un auténtico imbécil, y nunca había tenido que soportar la compañía de alguien que fuera capaz de llegar a semejantes extremos de estupidez. Oh, sí, el jovencito era un cretino de primera categoría, y lo peor era que ni tan siquiera se daba cuenta de ello.

No se le ocurría ninguna combinación más desastrosa.

Volvió al planeta que había abandonado.

Y se vio rechazado después de haber recorrido una distancia inmensa. Volvió a intentarlo, pero sin mucho convencimiento.

Fue rechazado. Bueno, era justo lo que esperaba.

La lucidez llegó de la nada, y pensó que el Constructor de Sillas no era la persona que había dado forma y existencia a la silla. Era esa persona y, al mismo tiempo, no lo era. Nos han explicado que los dioses no existen, y eso no te deja más salida que buscar tu propia salvación.

Ya tenía los ojos cerrados, pero volvió a cerrarlos.

Su cuerpo osciló trazando un círculo sin que él se enterara.

Mentiras. Lloró y gritó, y cayó a los pies de la chica mientras ésta le contemplaba con expresión despectiva.

Mentiras. Siguió moviéndose en círculos.

Mentiras. Se derrumbó hacia la chica con las manos extendidas buscando a una madre que no estaba allí.

Mentiras.

Mentiras.

Mentiras. Siguió moviéndose en círculos trazando su propio símbolo privado en el vacío entre la coronilla de su cabeza y el círculo de luz que era el agujero para el humo abierto en el techo de la tienda.

Volvió a caer hacia el planeta, pero la chica de la tienda negra y blanca alargó la mano y le limpió la frente, y fue como si ese movimiento minúsculo bastara para borrar todo su ser…

(Mentiras.)


… Y muchos años después descubrió que había llevado al Elegido hasta su Palacio porque el mocoso estaba destinado a ser el último de su linaje. No sólo era imbécil, sino que también era impotente (cosa que la Cultura había sabido desde que empezó a trazar sus planes) y el Elegido no engendró hijos robustos e hijas astutas, y las tribus llegaron del desierto una década más tarde unidas bajo el mando de una Matriarca que había guiado a la mayor parte de guerreros que ahora obedecían sus órdenes durante el tiempo de las hojas de los sueños, y había visto como un hombre más fuerte y mucho más extraño que cualquiera de ellos sufría los efectos de la droga y salía de su ordalía intacto pero tan insatisfecho como antes de pasar por ella, y esa experiencia le reveló que la existencia en el desierto encerraba más secretos de los que conocían los mitos y los ancianos de su tribu nómada.

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