TERCERA PARTE El camino al cielo

Oh, sí, ya sé que el camino al cielo era fácil.

Encontramos el pequeño reino de nuestra pasión

que pueden compartir todos los que siguen el camino de los amantes.

Con salvaje y secreta felicidad dimos;

y dioses y demonios clamaron en nuestros sentidos.

SIEGFRIED SASSOON, El amante imperfecto

16 Artículos de fe

Desde la noche en que llegó a casa y vio que su madre había desaparecido, Clary había imaginado volverla a ver, bien y en perfecto estado de salud. Lo imaginaba tan a menudo que había adquirido la cualidad de una fotografía que había ido perdiendo color de tanto sacarla y contemplarla. Aquellas imágenes se alzaron ante ella ahora, a la vez que abría enormemente los ojos con incredulidad: imágenes en las que su madre, con aspecto saludable y feliz, la abrazaba, le contaba lo mucho que la había echado de menos, y le aseguraba que todo iba a ir bien a partir de entonces.

La mujer de su imaginación se parecía muy poco a la mujer que tenía ante ella en aquel momento. Había recordado a Jocelyn en su faceta dulce y artística, un poco bohemia, con su mono salpicado de pintura, los cabellos rojos recogidos en coletas o sujetos en alto con un lápiz en un moño desmadejado. La Jocelyn que tenía delante aparecía tan radiante y aguda como un cuchillo, los cabellos recogidos atrás con severidad, ni un mechó fuera de lugar; el negro intenso de la vestimenta hacía que el rostro luciera pálido y duro. Tampoco mostraba la expresión que Clary había imaginado: en lugar de placer, había algo muy parecido al horror en el modo en que miró a Clary con aquellos ojos verdes tan abiertos.

—Clary —musitó—. Tu ropa.

Clary bajó los ojos para mirarse. Llevaba puesto el equipo de cazadora de sombras de Amatis, exactamente lo que su madre se había pasado toda la vida intentando evitar. Clary tragó saliva con fuerza y se levantó, aferrando el borde de la mesa con las manos. Podía ver lo blancos que estaban los nudillos, pero sus manos parecían desconectadas del cuerpo de algún modo, como si perteneciesen a otra persona.

Jocelyn avanzó hacia ella, alargando los brazos.

—Clary…

Y Clary se encontró retrocediendo tan precipitadamente que golpeó la encimera con la parte baja de la espalda. El dolor llameó a través de ella, pero apenas lo advirtió; miraba fijamente a su madre. Lo mismo hacía Simon, con la boca levemente abierta; también Amatis parecía acongojada.

Isabelle se puso en pie, colocándose entre Clary y su madre. Deslizó la mano bajo el delantal, y Clary tuvo la impresión de que cuando la sacara empuñaría el delgado látigo de electro.

—¿Qué pasa aquí? —inquirió Isabelle—. ¿Quién es usted?

Su voz recia titubeó ligeramente a medida que parecía advertir la expresión del rostro del Jocelyn; ésta la miraba fijamente, con la mano sobre el corazón.

—Maryse. —La voz de Jocelyn fue apenas un susurro.

Isabelle pareció sobresaltada.

—¿Cómo sabe el nombre de mi madre?

El rostro de Jocelyn se ruborizó de golpe.

—Desde luego. Eres la hija de Maryse. Es sólo… que te pareces tanto a ella. —Bajó la mano despacio—. Soy Jocelyn Fr… Fairchild. Soy la madre de Clary.

Isabelle sacó la mano de debajo del delantal y miró a Clary, confusa.

—Pero usted estaba en el hospital… en Nueva York…

—Sí —dijo Jocelyn con voz firme—. Pero, gracias a mi hija, estoy perfectamente ahora. Y me gustaría estar un momento a solas con ella.

—No estoy segura —dijo Amatis —de que ella quiera estar un momento a solas contigo. —Alargó el brazo para posar la mano sobre el hombro de Jocelyn—. Se ha llevado una buena impresión…

Jocelyn se desasió de Amatis y avanzó hacia Clary, alargando las manos.

—Clary…

Por fin Clary recuperó la voz. Era una voz fría, gélida, tan enojada que la sorprendió:

—¿Cómo has llegado aquí, Jocelyn?

Su madre se detuvo en seco y una expresión de incertidumbre asomó a su rostro.

—Viajé a través de un Portal hasta las afueras de la ciudad en compañía de Magnus Bane. Ayer vino a verle al hospital…, trajo el antídoto. Me contó todo lo que hiciste por mí. Lo único que deseaba desde que desperté era verte… —Su voz se apagó—. Clary, ¿sucede algo?

—¿Por qué no me contaste nunca que tenía un hermano? —dijo ella.

No era lo que había esperado decir, no era siquiera lo que había planeado que saliera de su boca. Pero ahí estaba.

Jocelyn bajó las manos.

—Pensaba que estaba muerto. Pensaba que saberlo sólo te haría daño.

—Deja que te diga algo, mamá —repuso Clary—. Saber es mejor que no saber. Siempre.

—Lo siento… —empezó Jocelyn.

—¿Qué lo sientes? —Fue como si algo dentro de Clary se hubiese desgarrado y todo se vertiera al exterior, toda su amargura, su cólera contenida—¿Quieres explicarme por qué jamás me contaste que era una cazadora de sombras? ¿O que mi padre seguía vivo? Ah, ¿y qué hay de la parte en la que pagaste a Magnus para que me robara los recuerdos?

—Intentaba protegerte…

—Bien, ¡pues lo hiciste fatal! —La voz de Clary se elevó—. ¿Qué esperabas que iba a pasar después de que desaparecieras? De no haber sido por Jace y los demás, estaría muerta. Jamás me mostraste cómo protegerme. Jamás me contaste los peligros que existían realmente. ¿Qué pensabas? ¿Qué si yo no podía ver los peligros, desaparecerían? —Los ojos le ardían—. Sabias que Valentine no estaba muerto. Le dijiste a Luke que creías que seguía vivo.

—Por eso tenía que ocultarte —dijo Jocelyn—. No podía arriesgarme a dejar que Valentine supiese dónde estabas. No podía permitir que te tocara…

—Porque convirtió a tu primer hijo en un monstruo —replicó Clary—, y no querías que me hiciese lo mismo a mí.

Muda del asombro, Jocelyn no podía hacer otra cosa que mirarla atónita.

—Sí —dijo por fin—. Sí, pero eso no es todo, Clary…l

—Me robaste los recuerdos —dijo Clary—. Me los quitaste. Me arrebataste quién era yo.

—¡Tú no eres eso! —exclamó Jocelyn—. Jamás quise que lo fueras…

—¡No importa lo que tú querías! —chilló Clary—. ¡Importa quién soy! ¡Me lo quitaste todo y no tenías derecho!

Jocelyn estaba lívida. A los ojos de Clary afloraron lágrimas —no podía soportar ver a su madre así, verla tan dolida, y sin embargo era ella quién la hería—y sabía que si volvía a abrir la boca, pronunciaría más palabras terribles, más frases odiosas y furibundas. Se tapó la boca con una mano y salió disparada hacia el pasillo, apartando a su madre, rechazando la mano extendida de Simon. Sólo quería huir. Empujó ciegamente la puerta principal y casi cayó a la calle. Detrás de ella, alguien gritó su nombre, pero no se volvió. Corría ya.


A Jace le sorprendió un tanto descubrir que Sebastian había dejado el caballo de los Verlac en los establos en lugar de partir al galope en él la noche que huyó. A lo mejor había temido que Caminante pudiese ser localizado de algún modo.

Le proporcionó una cierta satisfacción ensillar al semental y cabalgar en él fuera de la ciudad. Sin duda alguna, si Sebastian hubiese querido realmente a Caminante, no lo habría dejado atrás… Además, para empezar, el caballo no había pertenecido realmente a Sebastian. Pero el hecho era que s Jace le gustaban los caballos. Tenía diez años la última vez que había montando uno, pero los recuerdos, le complació advertir, regresaron rápidamente.

Clary y él habían necesitado seis horas para regresar andando desde la casa Wayland a Alacante. Cabalgando a todo galope, sólo necesitó unas dos horas. Para cuando frenó sobre la cresta de la que se divisaba la casa y los jardines, tanto él como el caballo estaban cubiertos de una leve pátina de sudor.

Las salvaguardas que impedían hallar el camino hasta allí y que habían ocultado el asa antes habían quedado destruidas junto con los cimientos de la construcción. Lo que quedaba del elegante edificio era un montón de piedra humeante. Los jardines, chamuscados en los bordes ahora, todavía le devolvieron recuerdos de la época en que había vivido allí de niño. Recordó los rosales, despojados de sus flores y entretejidos de verdes hierbajos; los bancos de piedra colocados junto a estanques vacíos; y la hondonada donde había yacido con Clary la noche en que la casa se había derrumbado. Podía ver el destello azul del lago entre los árboles.

Una oleada de amargura le embargó. Introdujo violentamente la mano en el bolsillo y extrajo primero una estela —la había «tomado prestada» de la habitación de Alec antes de partir, para reemplazar la que Clary había perdido; Alec siempre podía conseguir otra —y luego el hilo que había recogido de la manga del abrigo de Clary. Descansaba en su palma, manchando de un rojo amarronado en un extremo. Cerró el puño a su alrededor, con fuerza suficiente para hacer que los huesos sobresaliese bajo la piel, y con la estela trazó una runa sobre el dorso de la mano. El leve escozor fue más familiar que doloroso. Contempló cómo la runa se hundía en la piel como una piedra hundiéndose a través del agua, y cerró los ojos.

En lugar de la parte posterior de los párpados vio un valle. Se encontró de pie en una cresta contemplándolo a sus pies, y como si estuviese mirando un mapa que indicaba su ubicación, supo exactamente donde estaba. Recordó el modo en que la Inquisidora había sabido dónde estaba exactamente el barco de Valentine en mitad del East River y comprendió: «Así es como lo hizo». Cada detalle era nítido —cada brizna de hierba, el puñado de hojas cada vez más secas a sus pies—, pero no había ningún sonido. La escena estaba fantasmagóricamente silenciosa.

El valle tenía forma de herradura con un extremo más estrecho que el otro. Una cinta de brillante agua plateada —un riachuelo o un arroyo—discurría por el centro y desaparecía entre rocas en el extremo estrecho. Junto al arroyo se alzaba una casa de piedra gris, con humo blanco surgiendo de la chimenea cuadrada. Era una curiosa escena bucólica, tranquila bajo la mirada azul del cielo. Mientras observaba, una figura esbelta hizo su aparición: Sebastian. Ahora que no se molestaba en fingir, su arrogancia era patente en el modo de andar, en la proyección de los hombros, en la leve sonrisita burlona del rostro. Sebastian se arrodilló junto al arroyo y hundió las manos en él, echándose agua sobre el rostro y los cabellos.

Jace abrió los ojos. Detrás de él, Caminante pacía muy satisfecho. Jace volvió a introducir estela e hilo en el bolsillo, y tras una última mirada a las ruinas de la casa en la que había crecido, recogió las riendas y hundió los tacones en los ijares del caballo.


Clary yacía en la hierba cerca del borde de la Colina del Gard y contemplaba fijamente, con aire taciturno, Alacante. La vista desde allí era de lo más espectacular, tuvo que admitirlo. Podía contemplar los tejados de la ciudad, con sus elegantes esculturas y veletas con runas dibujadas, ver más allá de las agujas del Salón de los Acuerdos y dirigir la mirada hacia algo que relucía muy a lo lejos como el borde de una moneda de plata… ¿el lago Lyn? Las ruinas negras del Gard se alzaban voluminosas tras la ciudad, y las torres de los demonios brillaban como el cristal. A Clary casi le pareció que podía ver las salvaguardas, rielando igual que una red invisible tejida alrededor de los bordes de la ciudad.

Se miró las manos. Había arrancado varios puñados de hierba en los últimos espasmos de su cólera, y los dedos estaban pegajosos de tierra y sangre donde se había partido una uña. Una vez que hubo pasado la furia, una sensación de total vacío la había reemplazado. No se había dado cuenta de lo enfadada que había estado con su madre, no hasta que ésta había cruzado la puerta y Clary había dejado a un lado su pánico por la vida de Jocelyn y había reparado en lo que había por debajo. Ahora que se encontraba mucho más tranquila, se preguntó si una parte de ella había querido castigar a su madre por lo que le había sucedido a Jace. Si a él no le hubiese mentido —si a los dos no les hubiesen mentido—entonces tal vez el impacto de descubrir lo que Valentine le había hecho cuando no era más que un bebé no le habría empujado a un gesto tan próximo al suicidio.

—¿Te importa si te hago compañía?

Dio un brinco de sorpresa y rodó sobre el costado para mirar arriba. Simon estaba de pie observándola, con las manos en los bolsillos. Alguien —Isabelle, probablemente—le había dado una cazadora oscura del resistente material negro que los cazadores de sombras usaban para su equipo. Un vampiro equipado, se dijo Clary, pensando si sería la primera vez que sucedía.

—Te has acercado sin que me diera cuenta —dijo—. Imagino que no soy gran cosa como cazadora de sombras, ¿eh?

Simon se encogió de hombros.

—Bueno, en tu defensa diré que lo cierto es que me muevo con una silenciosa elegancia de pantera.

Muy a su pesar, Clary sonrió. Se sentó en el suelo, sacudiéndose la tierra de las manos.

—Adelante, únete a mí. Esta fiesta deprimente está abierta a todo el mundo.

Sentándose junto a ella, Simon contempló la ciudad y silbó.

—Bonitas vistas.

—Sí —Clary le miró de soslayo—. ¿Cómo me has encontrado?

—Bueno, necesité unas cuantas horas. —Sonrió, un poco picarón—. Luego recordé que cuando discutíamos, en primero, tú subías a enfurruñarte a mi tejado y mi madre tenía que hacerte bajar.

—¿Y?

—Te conozco —dijo—. Cuando te disgustas, huyes a zonas elevadas.

Le tendió algo: su abrigo verde, pulcramente doblando. Ella lo tomó y se lo puso; la pobre prenda mostraba ya claras señales de uso. Incluso había un pequeño agujero en el codo lo bastante grande como para meter un dedo por él.

—Gracias, Simon.

Entrelazó las manos alrededor de las rodillas y contempló con fijeza la ciudad. El sol estaba bajo, y las torres habían empezado a resplandecer con un tenue rosa rojizo.

—¿Te ha enviado mi madre aquí arriba a buscarme?

Simon meneó la cabeza.

—Luke, en realidad. Y simplemente me ha pedido que te dijera que tal vez querías regresar antes del crepúsculo. Algo bastante importante va a ocurrir.

—¿El qué?

—Luke dio de plazo a la Clave hasta el crepúsculo para decidir si estaban de acuerdo en ceder escaños a los subterráneos en el Consejo. Todos los subterráneos van a venir a la Puerta Norte cuando se ponga el sol. Si la Clave acepta, entrarán en Alacante. Si no…

—Se los echará —finalizó Clary—. Y la Clave se rendirá a Valentine.

—Sí.

—Todos estarán de acuerdo —repuso ella—. Tienen que hacerlo. —Se abrazó las rodillas—. Jamás elegirían a Valentine. Nadie lo haría.

—Me alegro de ver que tu idealismo no ha sufrido daños —dijo Simon, y aunque su voz sonó frívola, Clary oyó otra voz a través de ella: la de Jace diciéndole que él no era un idealista; se estremeció a pesar del abrigo.

—Simon —dijo—, tengo una pregunta estúpida.

—¿Cuál?

—¿Has dormido con Isabelle?

Simon emitió un sonido estrangulado. Clary se volvió lentamente para mirarle.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Eso creo —dijo él, recuperando el aplomo con aparente esfuerzo—. ¿Hablas en serio?

—Bueno, has estado fuera toda la noche.

Simon permaneció en silencio un largo rato. Por fin dijo:

—No estoy seguro de que sea asunto tuyo, pero no.

—Bueno —repuso ella, tras una juiciosa pausa—. Imagino que no te habrías aprovechado de ella cuando está tan desconsolada y todo eso.

Simon lanzó un bufido.

—Si alguna vez conoces a un hombre que haya podido aprovecharse de Isabelle, dímelo. Me gustaría estrecharle la mano. O salir huyendo de él a toda velocidad, no estoy seguro.

—De modo que no estás saliendo con Isabelle.

—Clary —dijo Simon—, ¿por qué me preguntas sobre Isabelle? ¿No prefieres hablar de tu madre? ¿O de Jace? Izzy me ha contado que se ha marchado. Sé cómo te debes de sentir.,

—No —dijo Clary—. No, no creo que lo sepas.

—No eres la única persona que se ha sentido abandonada alguna vez. —Había un tinte de impaciencia en la voz de Simon—. Imagino que simplemente pensaba… Quiero decir, jamás te había visto tan enojada. Y contra tu madre. Pensaba que la echabas de menos.

—¡Desde luego que la echaba de menos! —respondió ella, comprendiendo mientras lo decía lo que debía de haber parecido la escena de la cocina, y en especial a su madre; apartó la idea de su mente—. Es sólo que había estado tan concentrada en rescatarla… salvándola de Valentine, buscando un modo de curarla… que jamás me detuve siquiera a pensar en lo enfadada que estaba porque me había mentido todos estos años, porque me haya ocultado la verdad. Nunca me ha dejado saber quién era yo en realidad.

—Pero eso no es lo que dijiste cuando entró en la habitación —explicó Simon en voz queda—. Dijiste: «¿Por qué no me contaste nunca que tenía un hermano?»

—Lo sé. —Clary arrancó una brizna de hierba en la tierra, retorciéndola entre sus dedos—. Supongo que no puedo evitar pensar que si hubiese sabido la verdad, no habría conocido a Jace del modo en que lo hice. No me habría enamorado de él.

Simon permaneció en silencio un momento.

—No creo haberte oído decir eso antes.

—¿Qué le amo? —Clary rió, pero sonó deprimente incluso a sus oídos—. Parece inútil fingir que no a estas alturas. A lo mejor no importa. Probablemente no volveré a verle jamás, de todos modos.

—Regresará.

—Quizá.

—Regresará —repitió Simon—. Por ti.

—No lo sé.

Clary negó con la cabeza. La temperatura descendía a medida que el sol se hundía para tocar la línea del horizonte. Entornó los ojos, inclinándose al frente y mirándolo con fijeza.

—Simon. Mira.

Él siguió su mirada. Más allá de las salvaguardas, en la Puerta Norte de la ciudad, cientos de figuras oscuras se congregaban, algunas apelotonadas, otras manteniéndose aparte: los subterráneos a los que Luke había convocado en auxilio de la ciudad aguardaban pacientemente la noticia de que la Clave los dejaba entrar. Un escalofrío chisporroteó por la columna vertebral de Clary. No se hallaba tan sólo en la cresta de aquella colina, contemplando en una inclinada pendiente la ciudad a sus pies, sino en el filo de una crisis, un acontecimiento que cambiaría el funcionamiento de todo el mundo de los cazadores de sombras.

—Están aquí —dijo Simon, medio para sí—. Me pregunto si eso significa que la Clave se ha decidido.

—Eso espero. —La brizna de hierba con la que Clary había estado jugueteando era una destrozada masa verde; la arrojó a un lado y arrancó otra—. No sé qué haré si deciden rendirse a Valentine. A lo mejor puedo crear un Portal que nos lleve a todos lejos a algún lugar donde él no nos encuentre nunca. Una isla desierta o algo así.

—Vale, ahora soy yo quien tiene una pregunta estúpida —dijo Simon—. Puedes crear runas nuevas, ¿verdad? ¿Por qué no puedes crear una que destruya a todos los demonios del mundo? ¿O que mate a Valentine?

—No funciona así —respondió ella—. Sólo puedo crear runas que soy capaz de visualizar. La imagen tiene que aparecer en mi cabeza, como un cuadro. Cuando intento visualizar «mata a Valentine» o «gobierna el mundo» o algo así, no obtengo ninguna imagen. Sólo veo blanco.

—Pero, ¿de dónde crees que provienen las imágenes de las runas?

—No lo sé —dijo Clary—. Todas las runas de los cazadores de sombras proceden del Libro Gris. Es por eso que sólo se pueden colocar sobre nefilim; es su finalidad. Pero existen otras runas más antiguas. Magnus me lo contó. Como la Marca de Caín. Era una marca de protección, pero no procede del Libro Gris. Así que cuando pienso en estas runas, como la runa para no tener miedo, no sé si es algo que estoy viendo, o algo que recuerdo; runas más antiguas que los cazadores de sombras. Runas tan antiguas como los ángeles mismos.

Pensó en la runa que Ithuriel le había mostrado, la que era tan sencilla como un nudo. ¿Había surgido de su mente o de la del ángel? ¿O era algo que siempre había existido, como el mar o el cielo? Ese pensamiento la hizo tiritar.

—¿Tienes frío? —preguntó Simon.

—Sí… ¿tú no?

—Yo ya no siento frío.

La rodeó con los brazos, frotándole la espalda con la mano en lentos círculos. Lanzó una risita pesarosa.

—Imagino que esto probablemente no sirve de mucho; como no poseo calor corporal ni todo eso…

—No —dijo Clary—. Quiero decir… sí, claro que sirve. Quédate así.

Le dirigió una ojeada. Tenía la vista fija en la Puerta Norte, alrededor de la cual las figuras de los subterráneos todavía se amontonaban, casi inmóviles. La luz roja de las torres de los demonios se reflejaba en sus ojos; parecía alguien en una fotografía tomada con un flash. Pudo ver las tenues venas azules extendiéndose como una telaraña justo por debajo de la superficie de la piel allí donde era más fina: en las sienes, en la base de la clavícula. Ella conocía lo suficiente sobre los vampiros para saber que significaba que había transcurrido un cierto tiempo desde la última vez que se había alimentado.

—¿Tienes hambre?

Ahora fue él quien la miró.

—¿Temes que vaya a morderte?

—Ya sabes que puedes tomar mi sangre siempre que lo desees.

Un escalofrío, que no era de frío, le recorrió, y la apretó más contra su costado.

—Jamás haría eso —dijo, y luego, en tono más ligero—: Además, ya he bebido la sangre de Jace… Ya me he cansado de vivir a costa de mis amigos.

Clary pensó en la cicatriz plateada que tenía Jace en un lado de la garganta. Lentamente, con la mente todavía ocupada por la imagen de Jace, dijo:

—¿Crees que es por eso que…?

—¿Por eso qué?

—Que el sol no te daña. Quiero decir, antes de aquello sí te dañaba, ¿verdad? ¿Antes de aquella noche en el barco?

Él asintió de mala gana.

—¿Cambió alguna otra cosa? ¿O es simplemente porque bebiste su sangre?

—¿Te refieres a que es debido a que él es un nefilim? No. Hay algo más. Tú y Jace… vosotros no sois del todo normales, ¿verdad? Me refiero a que no sois cazadores de sombras normales. Hay algo especial en vosotros dos. Como la reina seelie dijo, sois experimentos. —Sonrió ante su expresión sobresaltada—. No soy estúpido. Puedo sumar dos más dos. Tú con poderes para crear runas, y Jace, bueno… nadie podría ser tan irritante sin alguna clase de ayuda sobrenatural.

—¿Realmente te desagrada tanto?

—Jace no me desagrada —protestó Simon—. Quiero decir, le odiaba al principio, claro. Parecía tan arrogante y seguro de sí mismo, y tú actuabas como si él fuese la cosa más maravillosa del mundo…

—No es verdad.

—Déjame terminar, Clary.

Había un trasfondo entrecortado en la voz de Simon. Daba la impresión de correr hacia algo.

—Me daba cuenta de lo mucho que te gustaba, y pensaba que te estaba utilizando, que no eras más que una estúpida chica mundana a la que podía impresionar con sus trucos de cazador de sombras. Primero me dije que nunca te lo tragarías, y luego que, incluso aunque lo hicieses, él se acabaría cansando de ti y tu regresarías a mi lado. No estoy orgulloso de eso, pero cuando estás desesperado creerías cualquier cosa, supongo. Y luego, cuando resultó que era tu hermano, me pareció como un indulto de última hora… y me alegré. Incluso me alegré al ver lo mucho que parecía sufrir, hasta esa noche en la corte seelie cuando le besaste. Pude ver…

—¿Ver qué? —preguntó Clary, incapaz de soportar la pausa.

—El modo en que te miraba. Lo comprendí entonces. Nunca te estuvo utilizando. Te amaba, y eso le estaba matando.

—¿Por eso fuiste al Dumort? —susurró ella.

Era algo que siempre había querido saber pero que nunca había sido capaz de preguntar.

—¿Por vosotros? No, en realidad no. Desde aquella noche en el hotel, había deseado regresar. Soñaba con ello. Y me despertaba fuera de la cama, vistiéndome, o ya en la calle, y sabía que quería regresar al hotel. De noche, era siempre peor, y mucho peor cuanto más cerca me encontraba del hotel. NO se me ocurrió siquiera que fuese algo sobrenatural; pensaba que era estrés postraumático o algo así. Esa noche estaba tan agotado y furioso, y estábamos tan cerca del hotel, y era de noche… Apenas recuerdo siquiera lo sucedido. Sólo recuerdo que me marché del parque, y luego… nada.

—Pero si no hubieras estado enojado conmigo…si no te hubiésemos disgustado…

—NO podías evitar lo que sentías —dijo Simon—. Y yo, de hecho, lo sabía. Sólo puedes reprimir la verdad durante un tiempo limitado, y luego vuelve a borbotear a la superficie. El error que cometí fue no decirte lo que me estaba pasando, no hablarte de mis sueños. Pero no lamento haber salido contigo. Me alegro de que lo intentásemos. Y te quiero por probarlo, incluso aunque no fuese a funcionar jamás.

—Yo deseaba mucho que saliera bien —repuso ella con voz queda—. Jamás quise herirte.

—Yo no lo cambiaría por nada —dijo Simon—. No renunciaría a amarte. Por nada. ¿Sabes lo que me dijo Raphael? Que no sabía cómo ser un vampiro, que los vampiros aceptan que están muertos. Mientras recuerde lo que sentí al amarte, siempre me sentiré como si estuviera vivo.

—Simon…

—Mira. —La interrumpió con un ademán, abriendo más sus ojos oscuros—. Ahí abajo.

El sol era una esquirla roja en el horizonte; mientras ella miraba, titiló y se desvaneció, desapareciendo tras el oscuro borde del mundo. Las torres de los demonios de Alacante llamearon adquiriendo una repentina vida incandescente. A su luz Clary pudo ver que la oscura multitud se arremolinaba inquieta alrededor de la Puerta Norte.

—¿Qué sucede? —susurró—. El sol se ha puesto; ¿por qué no se abren las puertas?

Simon estaba totalmente inmóvil.

—La Clave —dijo—. Deben de haber rechazado el tratado de Luke.

—¡Pero no pueden hacerlo! —La voz de Clary se alzó aguda—. Eso significaría…

—Van a rendirse a Valentine.

—¡No pueden! —volvió a gritar Clary, pero vio cómo los grupos de oscuras figuras que rodeaban las salvaguardas se daban la vuelta y se alejaban de la ciudad, marchando en tropel igual que las hormigas de un hormiguero destruido.

El rostro de Simon aparecía amarillento bajo la luz que se desvanecía.

—Supongo —dijo—que realmente nos odian hasta ese punto. Prefieren elegir a Valentine.

—No es odio —replicó Clary—. Sienten miedo. Incluso Valentine sentía miedo. —Lo dijo sin pensar, y comprendió mientras lo decía que era cierto—. Siente miedo y celos.

Simon la miró sorprendido.

—¿Celos?

Pero Clary había regresado al suelo que Ithuriel le había mostrado, y la voz de Valentine resonaba en sus oído. «Quería preguntarle por qué. Por qué nos creó a su raza de cazadores de sombras, pero sin embargo no nos dio los poderes que tienen los subterráneos; la velocidad de los lobos, la inmortalidad de los seres mágicos, la magia de los brujos, ni siquiera la resistencia física de los vampiros. Nos dejó desnudos ante las huestes de infierno salvo por estas líneas pintadas en nuestra piel. ¿Por qué deberían ser sus poderes mayores que los nuestros? ¿Por qué no podemos participar de lo que ellos tienen?»

Sus labios se entreabrieron y contempló fijamente, sin verla, la ciudad a sus pies. Era vagamente consciente de que Simon estaba pronunciando su nombre, pero las ideas se agolpaban en su cabeza. El ángel podría haberle mostrado cualquier cosa, se dijo, pero había elegido mostrarle aquellas escenas, aquellos recuerdos, por un motivo. Pensó en Valentine chillando: «¡Qué nos veamos ligados a los subterráneos, atados a esas criaturas!».

Y la runa. La runa que había soñado. La runa que era tan sencilla como un nudo.

«¿Por qué no podemos participar de lo que ellos tienen?»

—Ligazón —dijo en voz alta—. Es una runa de conexión. Une lo parecido y lo distinto.

—¿Qué? —Simon alzó los ojos para mirarla perplejo.

Ella se puso en pie precipitadamente, sacudiéndose la tierra.

—Tengo que bajar ahí. ¿Dónde están?

—¿Dónde están quiénes? Clary…

—La Clave. ¿Dónde se reúnen? ¿Dónde está Luke?

Simon se levantó.

—En el Salón de los Acuerdos. Clary…

Pero ella corría ya en dirección al sinuoso sendero que conducía a la ciudad. Maldiciendo por lo bajo, Simon la siguió.


«Dicen que todas las calzadas conducen al Salón.» Las palabras de Sebastian martilleaban una y otra vez en la cabeza de Clary mientras corría a toda velocidad por las angostas calles de Alacante. Esperaba que fuese verdad, porque de lo contrario iba a perderse con toda seguridad. Las calles serpenteaban en extraños ángulos, no como las encantadoras calles en cuadrícula de Manhattan. En Manhattan uno siempre sabía dónde estaba. Todo estaba claramente numerado y dispuesto. Esto era un laberinto.

Cruzó como una exhalación un patio diminuto y siguió por uno de los estrechos senderos de los canales, sabiendo que si seguía el agua, acabaría por salir a la plaza del Ángel. Con cierta sorpresa por su parte, el sendero la condujo frente a la casa de Amatis, y a continuación ya pudo correr, jadeante, por una calle más amplia y familiar que describía una curva. Por ella, fue a dar a la plaza; el Salón de los Acuerdos se alzaba amplio y blanco ante ella y la estatua del ángel brillaba en el centro de la plaza. De pie junto a la estatua estaba Simon, con los brazos cruzados, contemplándola sombrío.

—Podrías haberme esperado —dijo.

Ella se dobló hacia delante con las manos sobre las rodillas, para recuperar el aliento.

—No… no puedes decirlo en serio… si de todos modos has llegado aquí antes que yo.

—Velocidad de vampiro —repuso él con cierta satisfacción—. Cuando volvamos a casa, debería dedicarme al atletismo.

—Eso sería… hacer trampas. —Con una última profunda bocanada, Clary se irguió y se apartó los sudados cabellos de los ojos—. Ven. Entremos.

El Salón estaba lleno de cazadores de sombras, más de los que Clary había visto nunca juntos, incluso la noche del ataque de Valentine. Sus voces formaban un rugido que recordaba un violento alud; la mayoría de ellos se habían reunido en grupos que discutían a gritos… El estrado estaba desierto, y el mapa de Idris colgaba solitario detrás de él.

Clary miró a su alrededor buscando a Luke. Tardó un momento en localizarlo, apoyado contra un pilar con los ojos entrecerrados. Tenía un aspecto espantoso… hecho polvo, con los hombros hundidos. Amatis estaba de pie detrás de él, dándole palmadas en el hombro con aire de preocupación. Clary paseó la mirada por la estancia, pero no vio a Jocelyn por ninguna parte.

Vaciló tan sólo un momento. Luego pensó en Jace yendo tras Valentine, solo, sabiendo perfectamente que podía morir. Él sabía que formaba parte de todo aquello, igual que ella; desde siempre. La adrenalina todavía corría por ella, agudizando su percepción, consiguiendo que todo pareciera claro. Demasiado claro. Oprimió la mano de Simon.

—Deséame suerte —dijo, y entonces los pies empezaron a conducirla hacia los peldaños del estrado, casi sin pretenderlo, y a continuación se encontró sobre éste y encarando a todos.

No estaba segura de lo que esperaba. ¿Exclamaciones de sorpresa? ¿Una multitud de rostros callados y expectantes? Ellos apenas se percataron de su presencia; únicamente Luke alzó los ojos, como si la percibiera allí, y se quedó paralizado con una expresión estupefacta en el rostro. Además, alguien se dirigía hacia ella por entre el gentío: un hombre alto con huesos tan prominentes como la proa de un velero. El Cónsul Malachi. Le hacía gestos para que bajara del estrado, sacudiendo la cabeza a la vez que gritaba algo que ella no oía. Otros cazadores de sombras empezaron a volverse hacia ella mientras tanto.

Clary tenía ya lo que quería: que todos le prestaran atención. Oyó los susurros que corrían entre la gente: «Es ella. La hija de Valentine».

—Tenéis razón —dijo, proyectando la voz tan lejos y con tanta potencia como pudo—. Soy la hija de Valentine. Ni siquiera sabía que era mi padre hasta hace unas pocas semanas. Sé que muchos de vosotros no vais a creerme, pero no pasa nada. Creed lo que queráis. Siempre y cuando creáis también que sé cosas sobre Valentine que vosotros desconocéis, cosas que podrían ayudarnos a ganar esta batalla contra él… si me dejáis que os cuente cuáles son.

—Ridículo —Malachi estaba parado al pie de los escalones que conducían al estrado—. Esto es ridículo. Tan sólo eres una niñita…

—Es la hija de Jocelyn Fairchild.

Era Patrick Penhallow. Se había abierto paso entre la multitud y alzó una mano.

—Deja que la chica diga lo que tenga que decir, Malachi.

La gente no dejaba de cuchichear.

—Tú —le dijo Clary al Cónsul—. Tú y el Inquisidor encerrasteis a mi amigo Simon.

—¿Tu amigo el vampiro? —inquirió Malachi con una mueca despectiva.

—Me contó que le preguntasteis qué le pasó al barco de Valentine aquella noche en el East River. Creéis que Valentine debió de hacer algo, alguna especie de magia negra. Bien, no lo hizo. Si queréis saber qué destruyó ese barco, la respuesta soy yo. Yo lo hice.

Las carcajadas incrédulas de Malachi encontraron eco entre la multitud. Luke la miraba, sacudiendo la cabeza, pero Clary prosiguió:

—Lo hice gracias a una runa —dijo—. Era una runa tan potente que hizo que el barco se hiciera pedazos. Puedo crear runas nuevas. No tan sólo las que hay en el Libro Gris. Runas que nadie ha visto más… Runas poderosas…

—Es suficiente —rugió Malachi—. Esto es ridículo. Nadie puede crear runas nuevas. Es totalmente imposible. —Se volvió hacia el gentío—. Esta niña no es más que una mentirosa, como su padre.

—No está mintiendo.

La voz surgió de la parte de atrás de la multitud. Era clara, fuerte y resuelta. La gente se volvió y Clary pudo ver quién había hablado; era Alec. Estaba de pie con Isabelle a un lado y Magnus al otro. Simon estaba con ellos, y también Maryse Lightwood. Formaban un grupo pequeño y de aspecto decidido junto a las puertas de la calle.

—Yo la he visto crear una runa. Incluso la usó en mí. Funcionó.

—Mientes —dijo el Cónsul, pero la duda se había deslizado ya hasta sus ojos—. Para proteger a tu amiga…

—Dice la verdad, Malachi —intervino Maryse en tono resuelto—. ¿Por qué tendría mi hijo que mentir sobre algo tan importante, cuando la verdad se puede descubrir tan fácilmente? Proporciónale una estela a la chica y deja que cree una runa.

Un murmullo de asentimiento recorrió el Salón. Patrick Penhallow se adelantó y alzó una estela en dirección a Clary. Ésta la tomó agradecida y se volvió de nuevo hacia todos.

La boca se le secó. La adrenalina seguía allí, pero no era suficiente para sofocar por completo su miedo escénico. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Qué clase de runa podía crear para convencer a aquella muchedumbre de que decía la verdad? ¿Qué les mostraría la verdad?

Miró entonces más allá, por entre la gente, y vio a Simon con los Lightwood, mirándola a través del espacio vacío que los separaba. Era el mismo modo en que Jace le había mirado en la casa solariega. Era el hilo que vinculaba a los dos muchachos que tanto quería, se dijo, lo único que tenían en común: ambos creían en ella incluso cuando ella misma no lo hacía.

Mirando a Simon y pensando en Jace, bajó la estela y dirigió la afilada punta al interior del su propia muñeca, donde latía el pulso. No miró abajo mientras lo hacía sino que dibujó ciegamente, confiando en sí misma y en la estela para crear la runa que necesitaba. La dibujó tenuemente, sin apretar —la necesitaría sólo un momento—pero sin ninguna vacilación. Cuando terminó, alzó la cabeza y abrió los ojos.

Lo primero que vio fue a Malachi. Su rostro había palidecido, retrocedía ante ella con una expresión de horror. Dijo algo —una palabra en un idioma que ella no reconoció—. Detrás de él vio a Luke, mirándola fijamente, con la boca levemente abierta.

—¿Jocelyn? —dijo Luke.

Clary sacudió la cabeza hacia él, muy levemente, y contempló a la multitud. Era una masa borrosa de rostros, que aparecían y desaparecían mientras los miraba fijamente. Algunos sonreían, otros paseaban la mirada por los ahí reunidos con expresión sorprendida, algunos se volvían hacia la persona que tenía al lado. Unos pocos mostraban expresiones de horror o asombro, con las manos apretadas sobre sus bocas. Vio que Alec le echaba un vistazo a Magnus, y luego a ella, con incredulidad, y vio a Simon contemplándola con perplejidad. Luego Amatis se adelantó, apartando de un empujón el corpachón de Patrick Penhallow, y corrió hasta el borde del estrado.

—¡Stephen! —dijo, alzando los ojos hacia Clary con una especie de aturdido asombro—. ¡Stephen!

—¡Ah! —dijo Clary—. ¡Ah, Amatis, no!

Y entonces sintió como la magia de la runa se deslizaba fuera de ella, como si se hubiese despojado de una fina prenda invisible. El rostro ansioso de Amatis se quedó boquiabierto, y la mujer se apartó del estrado, con una expresión entre alicaída y atónita.

Clary contempló a todos. Estaban en absoluto silencio, mirándola.

—Sé lo que acabáis de ver —dijo—. Y sé que sabéis que esa clase de magia está más allá de cualquier glamour o ilusión. Y lo he hecho con una runa, una única runa, una runa que he creado. Existen razones que explican por qué tengo esta habilidad, y sé que podrían no gustaros o que incluso podríais no creerlas, pero no importa. Lo que importa es que puedo ayudaros a ganar esta batalla contra Valentine, si me dejáis.

—No habrá batalla contra Valentine —dijo Malachi, sin mirarla a los ojos al hablar—. La Clave ha decidido. Aceptaremos los términos de Valentine y depondremos las armas mañana por la mañana.

—No podéis hacerlo —replicó ella, con un dejo de desesperación en la voz—. ¿Pensáis que todo irá bien por el mero hecho de ceder? ¿Creéis que Valentine os permitirá seguir viviendo como lo habéis estado haciendo hasta ahora? ¿Creéis que limitará sus matanzas a demonios y subterráneos? —Barrió la habitación con la mirada—. La mayoría de vosotros no ha visto a Valentine en quince años. Tal vez habéis olvidado cómo es en realidad. Pero yo lo sé. Le he oído hablar sobre sus planes. Pensáis que podréis seguir viviendo vuestras vidas bajo el gobierno de Valentine, pero no podréis. Os controlará completamente, porque siempre podrá amenazaros con destruiros mediante los Instrumentos Mortales. Empezará con los subterráneos, desde luego. Pero luego irá a por la Clave. Los matará a ellos primero porque cree que son débiles y corruptos. Luego empezará con cualquiera que tenga un subterráneo en la familia. Tal vez un hermano hombre lobo… —sus ojos se movieron hasta Amatis—, o una rebelde hija adolescente que sale de vez en cuando con un caballero hada… —y entonces miró a los Lightwood—, o cualquiera que haya tenido una simple amistad con un subterráneo. Y luego irá tras cualquiera que haya contratado jamás los servicios de un brujo. ¿A cuántos de vosotros incluye eso?

—Eso es una estupidez —dijo Malachi en tono seco—. Valentine no está interesado en destruir a los nefilim.

—Pero cree que nadie que se relacione con subterráneos es digno de ser llamado nefilim —insistió Clary—. Mirad, vuestra guerra no es contra Valentine. Es contra los demonios. Mantener a los demonios fuera de este mundo es vuestro mandato, un mandato divino. Y no podéis ignorar un mandato divino así sin más. Los subterráneos también odian a los demonios. También los destruyen. Si Valentine se sale con la suya, pasará tanto tiempo intentando asesinar a cualquier subterráneo, y a todo cazador de sombras que se haya asociado alguna vez con ellos, que se olvidará de los demonios, y lo mismo haréis vosotros, porque estaréis muy ocupados sintiendo miedo de Valentine. Y ellos invadirán el mundo, y así se acabará todo.

—Veo adónde quiere ir a parar —dijo Malachi entre dientes—. No pelearemos junto a los subterráneos en una batalla que no podemos ganar…

—Pero podéis ganarla —dijo Clary—. Claro que podéis.

Tenía la garganta seca, le dolía la cabeza, y los rostros de la multitud parecían fusionarse en una masa borrosa sin rasgos característicos, puntuada aquí y allí por suaves estallidos luminosos. «Pero no puedes detenerte ahora. Tienes que seguir adelante. Tienes que intentarlo.»

—Mi padre odia a los subterráneos porque les tiene celos —prosiguió; las palabras tropezaban unas con otras—. Está celoso y tiene miedo de todas las cosas que ellos pueden hacer y él no. Aborrece que en ciertos aspectos sean más poderosos que los nefilim, y apuesto a que a muchos os pasa igual. Es fácil sentir miedo de aquello que uno no comparte. —Tomó aire—. Pero ¿y si pudierais compartirlo? ¿Y si yo fuera capaz de crear una runa que os conectara a cada uno de vosotros, a cada cazador de sombras, con un subterráneos que estuviese luchando a vuestro lado, y pudierais compartir vuestros poderes: si vosotros sanarais tan de prisa como un vampiro, fuerais tan resistentes como un hombre lobo o tan veloces como un caballero hada, y ellos, por su parte, pudiesen compartir vuestro adiestramiento, vuestras habilidades para el combate? Seríais una fuerza invencible… si dejáis que os ponga la Marca y peleáis junto a los subterráneos. Porque si no peleáis a su lado, las runas no funcionarán. —Hizo una pausa—. Por favor —dijo, pero la palabra surgió casi inaudible de su garganta reseca—. Por favor, dejad que os haga la Marca.

Sus palabras cayeron sobre un silencio resonante. El mundo se movió en un cambiante remolino borroso, y reparó en que había pronunciado la última mitad del discurso con la vista clavada en el techo del Salón y que los suaves estallidos blancos que había visto habían sido las estrellas que iban apareciendo en el cielo nocturno una a una. El silencio se prolongó mientras sus manos, a los costados, se cerraban lentamente en puños. Y luego, lentamente, muy lentamente, bajó la mirada y la cruzó con los ojos de la multitud que la miraba con fijeza.

17 El relato de la Cazadora de Sombras

Clary estaba sentada en el peldaño superior del Salón de los Acuerdos, contemplando la plaza del Ángel. La luna había salido un poco antes y resultaba apenas visible por encima de los tejados de las casas. Las torres de los demonios reflejaban sobre el suelo su luz de un blanco plateado. La oscuridad ocultaba tan bien las cicatrices y magulladuras de la ciudad, que tenía un aspecto apacible bajo el cielo nocturno… si uno no miraba arriba hacia la Colina del Gard y el contorno en ruinas de la ciudadela. Algunos guardas patrullaban la plaza a sus pies, y aparecían y desaparecían a medida que entraban y salían de la zona iluminada por las farolas de luz mágica, ignorando deliberadamente la presencia de Clary.

Unos pocos escalones por debajo de ella, Simon paseaba de un lado a otro; sus pisadas resultaban totalmente silenciosas. Tenía las manos en los bolsillos, y cuando daba la vuelta al final de la escalinata para volver a iniciar la marcha hacia el extremo donde estaba ella, la luz de la luna brillaba en su tez pálida como si fuese una superficie reflectante.

—Deja de dar vueltas —le dijo ella—. Me pones nerviosa.

—Lo siento.

—Es como si llevásemos aquí fuera desde hace una eternidad. —Clary aguzó el oído, pero no pudo oír más que el amortiguado murmullo de voces que llegaban de las cerradas puertas dobles del Salón—. ¿Oyes lo que dicen dentro?

Simon entrecerró los ojos; pareció concentrarse profundamente.

—Un poco —dijo tras una pausa.

—Ojalá estuviésemos ahí dentro —dijo Clary, golpeando los tacones con irritación contra los peldaños.

Luke le había pedido que aguardara al otro lado de las puertas mientras la Clave deliberaba; había querido enviar a Amatis fuera con ella, pero Simon había insistido en ir en su lugar, argumentando que sería mejor tener a Amatis dentro para apoyar a Clary.

—Ojalá pudiese participar en la reunión.

—No —dijo Simon—. Mejor no.

La joven sabía por qué Luke le había pedido que aguardase fuera. Podía imaginar lo que estaban diciendo sobre ella allí dentro. «Mentirosa. Bicho raro. Idiota. Loca. Estúpida. Monstruo. La hija de Valentine.» Tal vez estaba mejor fuera del Salón, pero la tensión de anticipar la decisión de la Clave resultaba casi dolorosa.

—A lo mejor puedo escalar uno de ésos —dijo Simon, observando los gruesos pilares blancos que sostenían el tejado inclinado del Salón.

Había runas talladas en ellos en dibujos que se solapaban, pero aparte de eso no había asideros visibles.

—Así estarían menos nervioso.

—Vamos, Simon —dijo Clary—. Eres un vampiro, no Spiderman.

La única respuesta de Simon fue trotar suavemente escalones arriba hasta la base de un pilar. Lo contempló pensativamente por un momento antes de colocar las manos en él y empezar a trepar. Clary le contempló boquiabierta, mientas las yemas de sus dedos y los pies encontraban asideros imposibles en la piedra llena de aristas.

—¡Eres Spiderman! —exclamó.

Simon echó una ojeada abajo desde su posición a medio camino de la parte superior del pilar.

—Eso te convierte en Mary Jace. Es pelirroja —dijo; echó una ojeada sobre la ciudad y entrecerró los ojos—. Creí que podría ver la Puerta Norte desde aquí, pero no estoy lo bastante alto.

Clary sabía por qué quería ver la puerta. Habían despachado mensajeros hacia allí para pedir a los subterráneos que aguardaran mientras la Clave deliberaba, y Clary sólo podía esperar que estuviesen dispuestos a hacerlo. Y si era así, ¿cómo estaban las cosas allí fuera? Clary se imaginó a la multitud esperando, dando vueltas, haciéndose preguntas…

Las puertas dobles del Salón se abrieron ligeramente. Una figura delgada se deslizó por la abertura, cerró la puerta, y se acercó a Clary. Estaba en sombras, y hasta que no avanzó y estuvo más cerca de la luz mágica que iluminaba los escalones, Clary no distinguió la brillante llamarada de su melena roja y reconoció a su madre.

Jocelyn alzó la mirada con expresión desconcertada.

—Bueno, hola, Simon. Me alegro de ver que te estás… adaptando.

Simon soltó el pilar y se dejó caer, aterrizando suavemente a los pies de la columna. Parecía un tanto avergonzado.

—Hola, señora Fray.

—No sé si sirve de gran cosa que me llames así ahora —dijo la madre de Clary—. Quizá deberías llamarme Jocelyn a secas. —Vaciló—. Sabes, extraña con es… esta… situación, me reconforta verte aquí con Clary. Ni siquiera recuerdo la última vez que estuvisteis separados.

Simon se mostró sumamente turbado.

—Me alegro de verla, también.

—Gracias, Simon. —Jocelyn dirigió una rápida mirada a su hija—. Bien, Clary, ¿habría algún inconveniente en que conversáramos un momento? ¿A solas?

Clary permaneció sentada totalmente inmóvil durante un momento, con la mirada fija en su madre. Le resultaba difícil no sentirse como si estuviese mirando a una desconocida. Notaba un nudo en la garganta, un nudo que casi le impedía hablar. Le echó un vistazo a Simon, que aguardaba inequívocamente una señal suya que le indicara si debía quedarse o marchar. La muchacha suspiró.

—De acuerdo.

Simon dedicó a Clary un alentador gesto con los pulgares hacia arriba antes de desaparecer de vuelta al interior del Salón. Clary volvió la cabeza y miró fijamente abajo hacia la plaza, contemplado a los guardas que hacían ronda, mientras Jocelyn se acercaba y se sentaba a su lado. Una parte de Clary quería inclinarse hacia el costado y descansar su cabeza sobre el hombro de su madre. Podría incluso cerrar los ojos y fingir que todo iba bien. Pero otra parte de ella sabía que no serviría de nada; no podía mantener los ojos cerrados eternamente.

—Clary —dijo Jocelyn por fin, en voz muy baja—, lo siento mucho.

Clary se contempló las manos. Reparó en que todavía sujetaban la estela de Patrick Penhallow. Esperó que él no pensara que tenía intención de robársela.

—Jamás pensé que volvería a ver este lugar —siguió Jocelyn.

Clary dedicó una furtiva mirada de soslayo a su madre y vio que miraba hacia la ciudad, hacia las torres de los demonios, que proyectaban su pálida luz blanquecina sobre la línea del horizonte.

—Soñaba con él a veces. Incluso quería pintarlo, pintar mis recuerdos de él, pero no podía hacerlo. Pensaba que si alguna vez veías las pinturas, podrías hacer preguntas, podrías preguntarte cómo habían aparecido aquellas imágenes en mi cabeza. Me asustaba tanto que descubrieras de dónde procedía yo realmente… Quién era en realidad.

—Y ahora lo he descubierto.

—Así es —dijo Jocelyn con un dejo de nostalgia en la voz—. Y tienes motivos para odiarme.

—No te odio, mamá —dijo Clary—. Pero…

—No confías en mí —replicó ella—. No puedo culparte. Debería haberte contado la verdad. —Tocó el hombro de Clary levemente y pareció sentirse animada cuando su hija no se apartó—. Podría decirte que lo hice para protegerte, pero sé cómo debe de sonar. Estaba ahí, en el Salón, observándote, hace un rato…

—¿Estabas allí? —Clary se sobresaltó—. No te he visto.

—Estaba justo al fondo del Salón. Luke me había pedido que no fuera a la reunión, que mi presencia no haría más que alterar a todo el mundo y confundirlo todo, y probablemente tenía razón, pero deseaba tanto estar allí. Me he escabullido dentro una vez iniciada la reunión y me he ocultado entre las sombras. Pero estaba allí. Y quería decirte…

—¿Qué hice un ridículo espantoso? —preguntó Clary con amargura—. Eso ya lo sé.

—No. Quería decirte que me he sentido orgullosa de ti.

Clary se dio la vuelta para mirar a su madre.

—¿De verdad?

—Desde luego que sí. —Jocelyn asintió—El modo en que te has plantado ante la Clave. El modo en que les has mostrado lo que podías hacer. Has hecho que te miraran y vieran a la persona que mas amaban en el mundo, ¿verdad?

—Sí —dijo Clary—. ¿Cómo lo has sabido?

—Porque los he oído a todos pronunciar nombres diferentes —respondió Jocelyn con suavidad—. Pero yo seguía viéndote a ti.

—Ah. —Clary bajó la vista hacia sus pies—. Bueno, sigo sin estar segura de si me creen sobre lo de las runas. Quiero decir, espero que sí, pero…

—¿Puedo verla? —preguntó Jocelyn.

—¿Ver qué?

—La runa. La que has creado para conectar a los cazadores de sombras y subterráneos. —Vaciló—. Si no me la puedes mostrar…

—No, no pasa nada.

Con la estela, Clary trazó sobre el mármol del escalón del Salón de los Acuerdos las líneas de lar una que el ángel le había mostrado, y éstas llamearon con ardientes líneas doradas mientras dibujaba. Era una runa poderosa, un mapa de líneas curvas que se sobreponían a una matriz de líneas rectas. Simple y compleja al mismo tiempo. Clary comprendió entonces por qué le había parecido de algún modo incompleta cuando la había visualizado antes: necesitaba una runa equivalente para hacerla funcionar. Una gemela. Una compañera.

—Alianza —dijo, retirando la estela—. Así es como la llamo.

Jocelyn observó en silencio mientras la runa llameaba y se desvanecía, dejando tenues líneas negras sobre la piedra.

—Cuando era joven —dijo por fin—, luché con tanta energía para unir a subterráneos y cazadores de sombras, para proteger los Acuerdos. Pensaba que perseguía una especie de sueño… algo que la mayoría de los cazadores de sombras apenas podían imaginar. Y ahora tú lo has hecho posible. —Pestañeó con energía—. Me he dado cuenta de algo observándote en el Salón. ¿Sabes?, todos estos años he intentado protegerte ocultándote. Por eso odiaba que fueses a esa discoteca, al Pandemónium. Sabía que era un lugar donde los subterráneos y los mundanos se mezclaban… y que eso significaba que habría cazadores de sombras allí. Imaginaba que era algo que llevabas en la sangre lo que te arrastraba a aquel lugar, algo que reconocía en mundo de las sombras incluso sin tu Visión. Pensaba que estarías a salvo si conseguía ocultarte ese mundo. Jamás se me ocurrió intentar protegerte ayudándote a ser fuerte y pelear. —Parecía triste—. Pero de algún modo conseguiste ser fuerte igualmente. Lo bastante fuerte para que te cuente la verdad, si todavía quieres escucharla.

—No lo sé. —Clary pensó en las imágenes que el ángel le había mostrado, en lo terribles que habían sido—. Sé que estaba enfadada contigo por mentirme. Pero no estoy segura de querer averiguar más cosas horribles.

—Hablé con Luke. Él pensó que deberías saber lo que tengo que contarte. Toda la historia. Al completo. Cosas que jamás he contando a nadie, que nunca le he contado ni siquiera a él. No puedo prometerte que la verdad sea agradable. Pero es la verdad.

«La Ley es dura, pero es la Ley.» Le debía a Jace averiguar la verdad tanto como se lo debía a sí misma. Clary cerró con más fuerza la mano sobre la estela y sus nudillos se tornaron blancos.

—Quiero saberlo todo.

—Todo… —Jocelyn inspiró profundamente—Ni siquiera sé por dónde empezar.

—¿Qué tal comenzar por cómo pudiste casarte con Valentine? Cómo pudiste casarte con un hombre así, convertirlo en mi padre… Es un monstruo.

—No; es un hombre. No es un buen hombre. Pero si quieres saber por qué me casé con él, fue porque le amaba.

—No puedes haberle amado —dijo Clary—. Nadie podría.

—Tenía tu edad cuando me enamoré de él —respondió Jocelyn—. Pensé que era perfecto: brillante, listo, maravilloso, divertido, encantador. Ya sé que me miras como si hubiese perdido el juicio. Tú sólo conoces a Valentine tal y como es ahora. No puedes imaginar cómo era entonces. Cuando íbamos juntos a la escuela, todo el mundo le quería. Parecía desprender luz, en cierto modo, como si hubiese alguna parte especial y brillante iluminada del universo a la que sólo él tuviese acceso y que, si teníamos suerte, podría compartir con nosotros, aunque sólo fuese un poco. Todas las chicas le querían, y yo pensaba que no tenía la menor posibilidad. No había nada de especial en mí. Yo no siquiera era demasiado popular; Luke era uno de mis mejores amigos, y yo pasaba la mayor parte del tiempo con él. Pero con todo, de algún modo, Valentine me eligió.

«Asqueroso», quiso decir Clary. Pero se contuvo. Quizá era la nostalgia en la voz de su madre, mezclada con el pesar. Quizás era lo que había dicho sobre que Valentine desprendía luz. Clary había pensando lo mismo de Jace en una ocasión, y luego se había sentido estúpida por hacerlo. Pero a lo mejor todo el que se enamora siente lo mismo.

—De acuerdo —dijo—, lo entiendo. Pero tú tenías dieciséis años entonces. Eso no significa que tuvieses que casarte con él más tarde.

—Yo tenía dieciocho años cuando nos casamos. Él, diecinueve —repuso Jocelyn con total naturalidad.

—Ah, Dios mío —exclamó Clary, horrorizada—. Tú me matarías si yo quisiera casarme a los dieciocho.

—No lo dudes —convino ella—. Pero los cazadores de sombras tienden a casarse antes que los mundanos. Su…, nuestra… vida tiene una duración más corta; muchos fallecen de muerte violenta. Tendemos a hacerlo todo más pronto debido a eso. Aún así, es cierto, yo era joven para casarme. Pero, con todo, mi familia se sintió feliz por mí… Incluso Luke se sintió feliz por mí. Todo el mundo pensaba que Valentine era un chico maravilloso. Y lo era, ¿sabes?, sólo era un chico, entonces. La única persona que me dijo alguna vez que no debía casarme con él fue Madeleine. Habíamos sido amigas en la escuela, pero cuando le conté que estaba prometida, dijo que Valentine era egoísta y odioso, que su encanto ocultaba una terrible amoralidad. Yo me dije que estaba celosa.

—¿Lo estaba?

—No —dijo Jocelyn—; me decía la verdad. Pero no quise escucharla. —Bajó los ojos hacia sus manos.

—Te arrepentiste, ¿no? —repuso Clary—. Después de casarte con él, te arrepentiste de haberlo hecho, ¿verdad?

—Clary —dijo Jocelyn, y parecía cansada—. Éramos felices. Al menos durante los primeros años. Fuimos a vivir a la casa solariega de mis padres, donde yo había crecido; Valentine no quería permanecer en la ciudad, y quería además que el resto del Círculo evitara Alacante y los ojos fisgones de la Clave. Los Wayland vivían en la casa que estaba situada a menos de dos kilómetros de las nuestra, y había otros en las proximidades: Los Lightwood, los Penhallow. Era como estar en el centro del mundo, con toda esa actividad girando a nuestro alrededor, toda esa pasión; y yo estaba en medio de todo ello, junto a Valentine. Jamás me hizo sentir rechazada o sin importancia. No, yo era una parte clave del Círculo. Yo era uno de los pocos en cuyas opiniones confiaba. Me decía una y otra vez que sin mí no podría hacer nada de todo ello. Que sin mí, él no sería nada.

—¿En serio? —Clary no podía imaginar a Valentine diciendo nada como eso, nada que le hiciera sonar… vulnerable.

—Sí, lo decía, pero no era cierto. Valentine jamás habría podido ser un cero a la izquierda. Había nacido para ser un líder, para ser el centro de una revolución. Más y más conversos acudían a él. Eran atraídos por su pasión y la brillantez de sus ideas. Raras veces mencionaba siquiera a los subterráneos en aquellos primeros tiempos. Todo giraba en torno a la Clave, a cambiar leyes que eran antiguas y rígidas y erróneas. Valentine decía que debería haber más cazadores de sombras, para combatir a los demonios, más Institutos, que debíamos preocuparnos menos de ocultarnos y más de proteger al mundo de la raza demoníaca. Que deberíamos andar con la cabeza bien alta por el mundo. Su visión era seductora: un mundo lleno de cazadores de sombras, en el que los demonios huían asustados y los mundanos, en lugar de creer que no existíamos, nos daban las gracias por lo que hacíamos por ellos. Éramos jóvenes; pensábamos que era importante que nos dieran las gracias. No sabíamos nada. —Jocelyn inspiró profundamente, como si estuviera a punto de sumergirse bajo las aguas—. Entonces me quedé embarazada.

Clary sintió una helada picazón en el cogote y de improviso —no podría describir el motivo—ya no estuvo segura de querer que su madre le contara la verdad, ya no estuvo segura de querer oír, otra vez, como Valentine había convertido a Jace en un monstruo.

—Mamá…

Jocelyn sacudió la cabeza ciegamente.

—Me preguntaste por qué nunca te conté que tenías un hermano. Éste es el motivo —Tomó aire entrecortadamente—. ¡Me sentí tan feliz cuando lo descubrí! Y Valentine; él siempre había querido ser padre, dijo. Adiestrar a su hijo para que fuese un guerrero tal y como su padre lo había adiestrado a él. «O a tu hija», le decía yo, y él sonreía y decía que una hija podía ser una guerrera igual que un chicho, y que se sentiría feliz con cualquiera de las dos cosas. Yo pensaba que todo era perfecto.

»Y entonces a Luke le mordió un hombre lobo. Te contarán que existe una posibilidad entre dos de que un mordisco te transmita la licantropía. Yo creo que lo más probable es que sean tres de cada cuatro. Raras veces he visto a nadie escapar de la enfermedad, y Luke no fue una excepción. En la siguiente luna llena efectuó el Cambio. Estaba allí, en nuestra puerta, por la mañana, cubierto de sangre, con las ropas hechas jirones. Quise reconfortarle, pero Valentine me apartó a un lado. «Jocelyn —dijo—, el bebé.» Como si Luke estuviese a punto de caer sobre mí y arrancarme al bebé del vientre. Era Luke, pero Valentine me apartó y lo arrastró escalera abajo hacia el interior del bosque. Cuando regresó, mucho más tarde, venía solo. Corrí hasta él, pero me dijo que Luke se había matado en un acto de desesperación por haber contraído la licantropía. Que estaba… muerto.

El dolor en la voz de Jocelyn era crudo y áspero, pensó Clary, incluso ahora, que sabía que Luke no había muerto entonces. Pero Clary recordó su desesperación cuando había sostenido a Simon en sus brazos mientras éste se moría sobre los escalones del Instituto. Hay algunos sentimientos que uno jamás olvida.

—Pero Valentine le dio un cuchillo a Luke —dijo Clary con un hilo de voz—, le pidió que se matase e hizo que el esposo de Amatis se divorciase de ella sólo porque su hermano se había convertido en un hombre lobo.

—Yo no lo sabía —dijo Jocelyn—. Después de lo de Luke, fue como si hubiese caído en un pozo negro. Pasé meses en mi dormitorio, durmiendo todo el tiempo, comiendo sólo por el bebé. Los mundanos dirían que tuve una depresión, pero los cazadores de sombras carecemos de esa clase de término. Valentine creyó que tenía un embarazo complicado. Le dijo a todo el mundo que estaba enferma. Sí, estaba enferma; no podía dormir. No dejaba de pensar que oía ruidos extraños, gritos durante la noche. Valentine me daba pociones para dormir, pero sólo me provocaban pesadillas Terribles sueños en los que Valentine me inmovilizaba e intentaba clavarme un cuchillo, o en los que yo me ahogaba con veneno. Por la mañana estaba agotada, y dormía durante todo el día No tenía ni idea de qué sucedía en el exterior, ni idea de qué había obligado a Stephen a divorciarse de Amatis y a casarse con Céline. Yo estaba aturdida. Y entonces… —Jocelyn entrelazó las manos sobre el regazo; le temblaban violentamente—Y entonces tuve al bebé.

Se quedó callada durante tanto tiempo que Clary se preguntó si volvería a hablar. Jocelyn miraba sin ver en dirección a las torres de los demonios, tamborileando nerviosamente con los dedos sobre las rodillas. Por fin dijo:

—Mi madre estaba conmigo cuando nació el bebé. Tú jamás conociste a tu abuela. Era una mujer muy buena. Te habría gustado, creo. Me entregó a mi hijo, y al principio sólo supe que encajaba a la perfección en mis brazos, que la manta que lo envolvía era suave, y que era muy pequeño y delicado, con tan sólo un mechón de pelo rubio en lo alto de la cabeza… Y entonces abrió los ojos.

La voz de Jocelyn carecía de inflexión, era casi monótona; con todo, Clary descubrió que tiritaba, temiendo lo que su madre pudiera decir a continuación. «No —quería pedirle—. No me lo digas.» Pero Jocelyn siguió hablando, las palabras brotaban de ella igual que un veneno helado.

—El horror me inundó. Fue como verse bañado en ácido; mi piel pareció consumirse y desprenderse de los huesos, y tuve que hacer un gran esfuerzo para no dejar caer al bebé y empezar a chillar. Dicen que toda madre conoce a su hijo instintivamente. Supongo que lo opuesto también es verdad. Cada nervio de mi cuerpo chillaba que aquel no era mi bebé, que era algo horrible y antinatural, tan inhumano como un parásito. ¿Cómo podía no darse cuenta mi madre? Ella me sonreía como si nada malo sucediera.

»”Se llama Jonathan”, dijo una voz desde la puerta. Alcé los ojos y vi a Valentine contemplando la escena con una expresión complacida. El bebé volvió a abrir los ojos, como si reconociera el sonido de su nombre. Tenía los ojos negros, negros como la noche, insondables como túneles excavados en su cráneo. No había nada de humano en ellos.

Hubo un largo silencio. Clary permanecía paralizada, mirando fijamente a su madre, horrorizada. «Está hablando de Jace —pensó—. De Jace cuando era un bebé. ¿Cómo puede uno sentir eso hacia un bebé?»

—Mamá —susurró—. A lo mejor… a lo mejor estabas en estado de shock o algo. O a lo mejor estabas enferma…

—Eso fue lo que Valentine me dijo —repuso Jocelyn sin la menor emoción—. Que estaba enferma. Valentine adoraba a Jonathan. No podía comprender qué era lo que me sucedía. Y yo sabía que él tenía razón. Yo era un monstruo, una madre que no soportaba a su propio hijo. Pensé en matarme. Podría haberlo hecho también…, pero entonces recibí un mensaje, entregado mediante una carta de fuego, de Ragnor Fell. Era un brujo que siempre había sido amigo de mi familia; era a quién recurríamos cuando necesitábamos un hechizo curativo, esa clase de cosas. Había averiguado que Luke se había convertido en líder de una manada de seres lobo en el bosque de Brocelind, junto a la frontera oriental. Quemé la nota en cuanto la recibí. Sabía que Valentine no podía saberlo jamás. Pero hasta que no fui al campamento de seres lobo y vi a Luke no supe con seguridad que Valentine me había mentido sobre el suicidio de Luke. Fue entonces cuando empecé a odiarle verdaderamente.

—Pero Luke dijo que tú sabías que había algo en Valentine que no era como debía ser…, que tú sabías que estaba haciendo algo terrible. Dijo que tú lo sabías incluso antes de que él sufriera el Cambio.

Por un momento, Jocelyn no respondió.

—¿Sabes?, a Luke no deberían haberle mordido. No debería haber sucedido. Era una patrulla rutinaria por los bosques, había salido con Valentine…, no debería haber sucedido.

—Mamá…

—Luke dice que yo le conté que tenía miedo de Valentine incluso antes de su Cambio. Dice que le conté que podía oír gritos a través de las paredes de la casa, que yo sospechaba algo, que temía algo. Y Luke…, el confiado Luke…, le preguntó a Valentine sobre ello justo al día siguiente. Esa noche Valentine se llevó a Luke de caza, y le mordieron. Creo…, creo que Valentine me hizo olvidar lo que había visto, lo que fuese que me asustaba. Me hizo creer que se trataba de pesadillas. Y creo que se aseguró de que a Luke le mordieran esa noche. Creo que quería deshacerse de Luke de modo que nadie pudiese recordarme que sentía miedo de mi esposo. Pero no me di cuenta de eso, no inmediatamente. Luke y yo nos vimos por un espacio de tiempo tan breve aquel día, y yo deseaba con tanto ahínco contarle lo de Jonathan… Pero no podía, no podía. Jonathan era mi hijo. Con todo, ver a Luke, tan sólo el hecho de verle, me hizo más fuerte. Fue a casa diciéndome que haría un nuevo esfuerzo con Jonathan, que aprendería a amarle. Me obligaría a amarle.

»Aquella noche me despertó el sonido de un bebé que lloraba. Me senté muy tiesa en la cama, sola en el dormitorio. Valentine estaba fuera en una reunión del Círculo, así que no tenía a nadie con quien compartir mi asombro. Jonathan, sabes, jamás lloraba… Nunca hacía el menor ruido. Su silencio era una de las cosas que más me alteraba de él. Corrí por el pasillo hasta su habitación, pero dormía silenciosamente. A pesar de todo, podía oír llorar a un bebé, estaba segura de ello. Corrí escalera abajo, siguiendo el sonido del llanto. Parecía provenir del interior de la bodega, pero la puerta estaba cerrada con llave porque la bodega no se usaba nunca. Sin embargo, yo había crecido en la casa. Sabía dónde ocultaba mi padre una llave…

Jocelyn no miraba a Clary mientras hablaba; parecía inmersa en la historia, en sus recuerdos.

—¿Nunca te conté la historia de la esposa de Barba Azul, verdad, cuando eras pequeña? El esposo dijo a su esposa que nunca mirase en la habitación cerrada, y ella miró, y encontró los restos de todas las esposas que él había asesinado antes de casarse con ella, exhibidas como mariposas en una vitrina de cristal. Yo no tenía ni idea cuando giré la llave en la cerradura de lo que encontraría dentro. Si tuviese que hacerlo otra vez, ¿sería capaz de obligarme a abrir la puerta, de usar mi luz mágica para que me guiara en la oscuridad? No lo sé, Clary. No lo sé.

«El olor… ah, el olor allí abajo, como a sangre y muerte y putrefacción. Valentine había excavado un lugar bajo el suelo, en lo que en una ocasión había sido una bodega. No era un niño a quien había oído llorar, después de todo. Había celdas allí abajo, con cosas encerradas en ellas. Criaturas demoníacas, atadas con cadenas de electro, se retorcían, aleteaban y gorgoteaban en sus celdas, pero había más, mucho más; cuerpos de subterráneos, en diferentes estados de muerte y agonía. Había hombres lobo cuyos cuerpos estaban medio disueltos en polvo de plata; vampiros sumergidos cabeza abajo en agua bendita hasta que la carne se les desprendía de los huesos; hadas a las que habían perforado la piel con hierro frío.

»Incluso ahora no pienso en él como un torturador. En realidad, no. Parecía perseguir un fin casi científico. Había libros de notas junto a la puerta de cada celda, anotaciones minuciosas de sus experimentos, de cuánto tiempo había tardado cada criatura en morir. Había un vampiro al que había quemado la piel una y otra vez para ver si existía un pudo más allá del cual la pobre criatura ya no pudiera regenerarse. Era duro leer sus anotaciones sin desmayarse o vomitar. No sé cómo lo conseguí, pero no hice ninguna de las dos cosas.

«Había una página consagrada a experimentos que había realizado consigo mismo. Había leído en alguna parte que la sangre de los demonios podía actuar como amplificador de los poderes de los que nacen de forma innata los cazadores de sombras. Lo había probado inyectándose la sangre, sin conseguir nada. Nada había sucedido aparte de náuseas. Al final llegó a la conclusión de que era demasiado mayor para que la sangre le afectara, que se le tenía que administrar a un niño para que tuviera todo su efecto… preferiblemente a uno que no hubiese nacido aún.

»En la página contigua a aquella en la que constaban tales conclusiones había escrito una serie de notas con un encabezamiento que reconocí. Mi nombre. Jocelyn Morgenstern.

»Recuerdo el modo en que me temblaban los dedos mientras pasaba las páginas y las palabras se grababan a fuego en mi cerebro. “Jocelyn ha vuelto a beber la mezcla esta noche. No hay cambios visibles en ella, pero una vez más es el niño lo que me interesa… Con infusiones regulares de icor demoníacos como las que le he estado suministrando, el niño puede ser capaz de cualquier proeza… Anoche oí latir el corazón del niño, con más fuerza que cualquier corazón humano, con un sonido como el de una campana poderosa, anunciando el principio de una nueva generación de cazadores de sombras, la sangre de ángeles y demonios mezclada para producir poderes más allá de ninguno que se haya podido imaginar anteriormente… El poder de los subterráneos y a no será el más grande en esta tierra…”

»Había más, mucho más. Arañé las páginas, los dedos me temblaban, la mente rememoraba a toda velocidad, recordando los preparados que Valentine me había dado para beber cada noche, las pesadillas sobre ser apuñalada, asfixiada, envenenada. Pero no era a mí a quién había estado envenenando. Era a Jonathan. Era a Jonathan a quien había convertido en una especie de criatura medio demonio. Y entonces, Clary…, entonces fue cuando comprendí lo que Valentine era en realidad.

Clary soltó un aliento que no era consciente de haber estado conteniendo. Era horrible —¡tan horrible!—y sin embargo todo encajaba con la visión que Ithuriel le había mostrado. NO estaba segura de a quién compadecía más, a su madre o a Jonathan. Jonathan —no podía pensar en él como Jace, no con su madre allí, no con la historia tan fresca en la mente—condenado a no ser del todo humano por un padre a quién le había importado más asesinar subterráneos de lo que le había importado su propia familia.

—Pero… no huiste entonces, ¿verdad? —preguntó Clary, con una voz débil a sus propios oídos—. Te quedaste…

—Por dos motivos —dijo Jocelyn—. Uno fue el Levantamiento. Lo que encontré en la bodega aquella noche fue como una bofetada. Me despertó de mi sufrimiento y me hizo ver lo que sucedía a mí alrededor. Una vez que comprendí lo que Valentine planeaba —la matanza sistemática de subterráneos—, supe que no podía dejar que sucediera. Empecé a reunirme en secreto con Luke. No podía contarle lo que Valentine nos había hecho a mí y a nuestro hijo. Sabía que eso no haría más que enfurecerlo, que sería incapaz de no intentar ir tras Valentine y darle muerte, y que sólo conseguiría morir en el intento. Y tampoco podía permitir que nadie más supiese lo que se le había hecho a Jonathan. A pesar de todo, seguía siendo mi hijo. Pero sí le conté a Luke los horrores que había visto en la bodega, mi convicción de que Valentine estaba perdiendo el juicio, que enloquecía paulatinamente. Juntos planeamos frustrar el Levantamiento. Me sentía compelida a hacerlo, Clary. Era una especie de expiación, el único modo de que podía hacerme sentir como si hubiese pagado por el pecado de haberme unido al Círculo, de haber confiado en Valentine. De haberle amado.

—¿Y él no lo supo? Valentine, quiero decir. ¿No se figuró lo que estabas haciendo?

Jocelyn negó con la cabeza,

—Cuando la gente te quiere, confía en ti. Además, en casa intentaba fingir que todo era normal. Me comportaba como si mi repugnancia inicial por Jonathan hubiese desaparecido. Lo llevaba a casa de Maryse Lightwood, le dejaba jugar con su hijo pequeño, Alec. A veces Céline Herondale se unía a nosotros; ella estaba embarazada por entonces. «Tu esposo es tan amable», me decía. «Está tan preocupado por Stephen y por mí. Me da pociones y preparados para la salud de mi bebé; son fabulosos.»

—¡Ah! —dijo Clary—. ¡Ah, Dios mío!

—Eso fue lo que yo pensé —repuso Jocelyn en tono sombrío—. Quería decirle que no confiase en Valentine ni aceptara nada de lo que le diese, pero no podía. Su esposo era el amigo más íntimo de Valentine, y ella me habría delatado a él inmediatamente. Mantuve la boca cerrada. Y entonces…

—Ella se mató —dijo Clary, recordando la historia—. Pero… ¿se debió a lo que Valentine le hizo?

Jocelyn negó con la cabeza.

—Sinceramente, no lo creo. A Stephen lo mataron en una incursión, y ella se cortó las muñecas cuando se enteró de la noticia. Estaba embarazada de ocho meses. Se desangró… —Hizo una pausa—. Fue Hodge quien encontró el cuerpo. Y lo cierto es que Valentine sí pareció consternado por sus muertes. Desapareció durante casi todo un día después de eso, y regresó a casa con cara de sueño y tambaleante. Y sin embargo, en cierto modo, yo me sentía casi agradecida por su desconsuelo. Al menos significaba que no prestaba atención a lo que yo hacía. Cada día temía más y más que Valentine descubriera la conspiración e intentase sacarme la verdad a base de tortura: ¿quién estaba en nuestra alianza secreta?, ¿cuánto había traicionado yo de sus planes? Me preguntaba cómo soportaría yo la tortura, si podría resistirla. Temía terriblemente que no podría. Finalmente decidí tomar medidas para asegurarme de que esto no sucedería jamás. Fui a ver as Fell con mis temores y él creó una poción para mí…

—La poción procedente del Libro de lo Blanco —indicó Clary, comprendiendo—. Así que la querías para eso. Y el antídoto… ¿cómo fue a parar a la biblioteca de los Wayland?

—Lo oculté allí una noche durante una fiesta —respondió Jocelyn con un asomo de sonrisa—. No se lo quería decir a Luke; sabía que no le gustaría la idea de la poción, pero todas las demás personas que conocían estaban en el Círculo. Envié un mensaje a Ragnor, pero se marchaba de Idris y no quería decir cuándo regresaría. Dijo que siempre se le podía contactar con un mensaje…, pero ¿quién lo enviaría? Finalmente, comprendí que existía una persona a quién sí podía decírselo, una persona que odiaba a Valentine lo bastante para no delatarme jamás a él. Envié una carta a Madeleine explicándole lo que planeaba hacer y que el único modo de revivirme era encontrar a Ragnor Fell. Jamás recibí una respuesta de ella, pero tenía que creer que lo había leído y que lo comprendía. Era todo a cuanto podía aferrarme.

—Dos razones —dijo Clary—. Has dicho que había dos razones por las que te quedaste. Una era el Levantamiento. ¿Cuál era la otra?

Los ojos de Jocelyn estaban cansado, pero luminosos y muy abiertos.

—Clary —respondió—, ¿no lo adivinas? La segunda razón es que volvía a estar embarazada. Embarazada de ti.

—Ah —dijo la chica con un hilo de voz.

Recordó a Luke diciendo: «Volvía a estar embarazada, y hacía semanas que lo sabía».

—Pero ¿eso no hizo que quisieras huir aún más?

—Sí —dijo Jocelyn—. Pero sabía que no podía. De haber huido de Valentine, él habría movido cielo e infierno para conseguir recuperarme. Me habría seguido al fin del mundo porque yo le pertenecía y jamás me dejaría marchar. Y a lo mejor le habría permitido ir tras de mí, y arriesgarme, pero jamás le habría dejado ir tras de ti. —Se apartó los cabellos del rostro cansado—. Existía sólo un modo de que pudiera asegurarme de que jamás lo hiciera. Y era que muriese.

Clary miró a su madre sorprendida. Jocelyn seguía pareciendo cansada, pero su rostro brillaba con una luz ardiente.

—Pensaba que lo matarían durante el Levantamiento —dijo—. Por alguna razón, yo jamás habría podido matarle. No habría podido obligarme a hacerlo. Pero nunca pensé que sobreviviría a la batalla. Y más tarde, cuando la casa ardió, quise creer que estaba muerto. Me dije una y otra vez que él y Jonathan habían muerto quemados en el incendio. Pero sabía… —Su voz se apagó—. Por eso hice lo que hice. Pensé que era el único modo de protegerte: quitarte tus recuerdos, convertirte en tan mundana como pude. Ocultarte en el mundo de los mundanos. Fue estúpido, me doy cuenta ahora, estúpido y equivocado. Y lo siento, Clary. Sólo espero que puedas perdonarme…, si no ahora, en el futuro.

—Mamá.

Clary se aclaró la garganta. Se había sentido como si estuviese a punto de llorar durante la mayor parte de los últimos diez minutos.

—Está bien. Es sólo… hay una cosa que no entiendo. —Enredó los dedos en el tejido del abrigo—. Quiero decir, conocía ya algo de lo que Valentine le hizo a Jace… quiero decir, a Jonathan. Pero por el modo en que describes a Jonathan es como si fuese un monstruo. Y mamá, Jace no es así. No se parece en nada a eso. Si le conocieses…. Si pudieras simplemente verle…

—Clary. —Jocelyn alargó la mano y tomó la de Clary en la suya—. Hay más cosas que tengo que contarte. No te he ocultado nada más ni hay más mentiras. Pero hay cosas que nunca supe, cosas que acabo de descubrir. Y pueden ser muy duras de oír.

«¿Peores que las que ya me has contado», pensó la muchacha, y se mordió el labio y asintió.

—Sigue adelante y cuéntamelas. Prefiero saberlas.

—Cuando Dorothea me dijo que se había visto a Valentine en la ciudad, supe que estaba allí por mí… por la Copa. Quise huir, pero no conseguía tener el valor para decirte el motivo. No te culpo en absoluto por huir de mí aquella noche espantosa, Clary. Me alegré de que no estuvieses allí cuando tu padre…, cuando Valentine y sus demonios irrumpieron en nuestro apartamento. Sólo tuve tiempo para tragarme la poción; pude oírlos derribando la puerta… —Dejó de hablar, tensa—. Esperé que Valentine me dejara allí creyéndome muerta, pero no lo hizo. Me llevó a Renwick con él. Intentó varios métodos para despertarme, pero nada funcionó. Yo estaba en una especie de estado de sueño; era medio consciente de su presencia allí, pero no podía moverme ni responderle. Dudo que pensara que podía oírle o comprenderle. Y con todo se sentaba junto a mi cama mientras yo dormía y me hablaba.

—¿Te hablaba? ¿Sobre qué?

—Sobre nuestro pasado. Nuestro matrimonio. Cómo me había amado y yo le había traicionado. Cómo no había amado a nadie desde entonces. Creo que lo decía en serio, además. Yo siempre había sido una persona con la que había hablado sobre las dudas que tenía, la culpa que sentía, y en los años desde que lo había abandonado no creo que hubiese habido nunca nadie más. Creo que era incapaz de no hablarme, incluso aunque sabía que no debía. Creo que simplemente quería hablar con alguien. Uno habría pensando que lo que le preocupaba sería lo que les había hecho a aquellas pobres personas, convirtiéndolas en repudiados, y lo que planeaba hacer a la Clave. Pero no era así. De lo que quería hablar era sobre Jonathan.

—¿Qué tenía que decir sobre él?

Jocelyn apretó los labios.

—Quería decirme que lamentaba lo que le había hecho a Jonathan antes de que naciera, porque sabía que casi me había destruido a mí. Había sabido que yo había estado a punto de suicidarme por ello, aunque no sabía que yo también estaba desconsolada por lo que había descubierto de él. De algún modo, había conseguido sangre de ángel. Es una sustancia casi legendaria para los cazadores de sombras. Se supone que beberla te proporciona una fuerza increíble. Valentine la había probado en sí mismo y había descubierto que le daba no tan sólo una energía mayor sino una sensación de euforia y felicidad cada vez que se la inyectaba en la sangre. Así que tomó un poco, la deshidrató convirtiéndola en polvo, y la mezcló con mi comida, esperando que me ayudaría en mi desesperación.

«Yo sé de dónde sacó la sangre de ángel», se dijo Clary, pensando en Ithuriel con intensa tristeza.

—¿Crees que funcionó?

—Me pregunto si ése fue el motivo de que repentinamente encontrase el norte y la capacidad para seguir adelante y ayudar a Luke a frustrar el Levantamiento. Resultaría irónico si fuese así, teniendo en cuenta por qué lo hizo Valentine, para empezar. Pero lo que él no sabía era que mientras lo hacía, yo estaba embarazada de ti. Así que si a mí podía haberme afectado ligeramente, a ti te afectó sin duda mucho más. Creo que es el motivo de que puedas hacer lo que haces con las runas.

—Y tal vez —dijo Clary—, el motivo de que tú puedas hacer cosas como atrapar la imagen de la Copa Mortal en una carta del tarot. Y el motivo de que Valentine pueda hacer cosas como liberar de la maldición a Hodge…

—Valentine ha pasado años experimentando sobre sí mismo de muchas maneras —repuso Jocelyn—. Ahora es lo más parecido que un ser humano, que un cazador de sombras, puede llegar a ser a un brujo. Pero nada de lo que pueda hacerse así mismo tendría la clase de efecto profundo en él que pudo tener en ti o en Jonathan, porque vosotros erais pequeños. No estoy segura de que nadie haya hecho nunca lo que Valentine hizo; al menos, a un bebé antes de que naciese.

—Así que Jace… Jonathan… y yo en realidad fuimos experimentos los dos.

—Tú lo fuiste involuntariamente. Con Jonathan, Valentine quería crear alguna especie de súper guerrero, más fuerte, veloz y mejor que otros cazadores de sombras. En Renwick, Valentine me contó que Jonathan era realmente todas esas cosas. Pero que también era cruel y amoral y extrañamente vacío. Jonathan era leal a Valentine, pero supongo que éste se dio cuenta en algún momento durante el proceso de que al intentar crear a un niño que era superior a otros, había creado a un hijo que jamás podría amarle.

Clary pensó en Jace, en la expresión que había tenido en Renwick, en el modo en que había aferrado aquel pedazo de Portal roto con tanta fuerza que los dedos le habían sangrando.

—No —dijo—. No y no. Jace no es así. Él sí quiere a Valentine. No debería, pero lo hace. U no está vacío. Es todo lo contrario a lo que dices.

Las manos de Jocelyn se retorcieron en su regazo. Estaban recubiertas de finas cicatrices blancas, las delicadas cicatrices blancas que todos los cazadores de sombras lucían, el recuero de las Marcas que había desaparecido. Pero, en realidad, Clary nunca antes había visto las cicatrices de su madre. La magia de Magnus siempre se las había hecho olvidar. Había una, en el interior de la muñeca, que tenía una forma muy parecida a una estrella…

Su madre habló entonces, y cualquier otro pensamiento huyó de su mente.,

—No estoy hablando de Jace.

—Pero… —empezó Clary.

Todo se ralentizó, como si soñara. «A lo mejor estoy soñando —pensó—. A lo mejor mi madre no ha despertado y todo esto es un sueño.»

—Jace —continuó Clary—es el hijo de Valentine. Quiero decir, ¿qué otra persona podría ser?

Jocelyn miró a su hija directamente a los ojos.

—La noche que Céline Herondale murió estaba embarazada de ocho meses. Valentine le había estado dando pociones, polvos; probaba en ella lo que había estado probando en sí mismo, con la sangre de ángel, con la esperanza de que el hijo de Stephen sería tan fuerte y poderoso como sospechaba que sería Jonathan, pero sin las peores cualidades de éste. No podía soportar que su experimento se desperdiciase, así que con la ayuda de Hodge le abrió el vientre a Céline y sacó al bebé. Ella llevaba muerta muy poco tiempo…

Clary emitió un sonido como si fuese a vomitar.

—Eso no es posible.

Jocelyn siguió adelante como si su hija no hubiese hablado.

—Valentine cogió a la criatura e hizo que Hodge la llevara a su propio hogar de infancia, en un valle no lejos del lago Lyn. Por eso estuvo ausente toda la noche. Hodge se ocupó del bebé hasta el Levantamiento. Tras eso, puesto que Valentine fingía ser Michael Wayland, se trasladó a la casa de los Wayland y lo crió como si fuese el hijo de Michael Wayland.

—Entonces —susurró Clary—, ¿Jace no es mi hermano?

Sintió como su madre le oprimía la mano… un apretón compasivo.

—No, Clary. No lo es.

La visión de la muchacha se oscureció. Podía sentir el corazón latiendo violentamente en golpes separados y nítidos. «Mi madre me compadece —pensó vagamente—. Cree que para mí es una mala noticia.» Las manos le temblaban.

—Entonces ¿de quién eran los huesos del incendio? Luke dijo que eran los huesos de un niño…

Jocelyn meneó la cabeza.

—Ésos eran los huesos de Michael Wayland, y los huesos de su hijo. Valentine los mató a los dos y quemó los cuerpos. Quería que la Clave creyese que tanto él como si hijo estaban muertos.

—Entonces Jonathan….

—Está vivo —dijo Jocelyn, mientras el dolor pasaba como un relámpago por su cara—. Eso me contó Valentine en Renwick. Valentine crió a Jace en la casa solariega de los Wayland, y a Jonathan en la casa cerca del lago. Se las apañó para dividir su tiempo entre los dos viajando de una casa a la otra, en ocasiones dejando solo a uno de los dos durante largos periodos de tiempo. Parece ser que Jace jamás conoció la existencia de Jonathan, aunque Jonathan puede que sí supiera de Jace. Jamás se vieron, a pesar de que probablemente vivieran sólo a unos kilómetros uno del otro.

—¿Y Jace no lleva sangre de demonio en su interior? ¿No está maldito?

—¿Maldito? —Jocelyn parecía sorprendida—. No, no tiene sangre de demonio. Clary, Valentine experimento en Jace cuando era un bebé con la misma sangre que usó en mí y en ti. Sangre de ángel. Jace no está maldito. Más bien todo lo contrario. Todos los cazadores de sombras tienen algo de la sangre del Ángel en ellos, pero vosotros dos tenéis un poco más.

La mente de Clary estaba llena de confusión. Intentó imaginarse a Valentine criando a dos hijos al mismo tiempo, uno en parte demonio, el otro en parte ángel. Un chico que era oscuridad, y uno que era luz. Amando a ambos, quizás, tanto como era capaz de amar nada. Jace no había sabido nunca de la existencia de Jonathan, pero ¿qué había sabido el otro muchacho sobre él? Su parte complementaria, su opuesto. ¿Habría odiado pensar que existía? ¿Habría ansiado conocerlo? ¿Habría sentido indiferencia? Ambos habían estado tan solo. Y uno de ellos era su hermano… su auténtico hermano de sangre.

—¿Crees que él sigue siendo igual? Jonathan, quiero decir, ¿crees que podría haberse vuelto… mejor?

—No lo creo —respondió Jocelyn con suavidad.

—Pero, ¿qué hace que estés tan segura? —Clary se volvió para mirar a su madre, repentinamente ansiosa—. Me refiero a que a lo mejor ha cambiado. Han pasado años. Quizás…

—Valentine me contó que había pasado años enseñando a Jonathan cómo resultar agradable, incluso encantador. Quería utilizarlo como espía, no puedes ser un espía si aterras a todo el que se cruza en tu camino. Jonathan incluso aprendió una cierta facultad para proyectar glamoures sutiles, para convencer a la gente de que era simpático y digno de confianza. —Jocelyn suspiró—. Te cuento esto para que no te sientas mal por haberte dejado engañar. Clary, tú has conocido a Jonathan. Sólo que él no te dijo nunca su nombre autentico porque se hacía pasar por otra persona: Sebastian Verlac.

Clary se quedó mirando a su madre con asombro. «Pero él es el primo de los Penhallow», insistió parte de su mente, aunque desde luego Sebastian no había sido nunca quien afirmaba ser; todo lo que había dicho había sido una mentira. Pensó en el modo en que se había sentido ella la primera vez que le había visto, como si reconociera a alguien que había conocido de toda su vida, alguien tan íntimamente familiar para ella como su propio ser. Jamás se había sentido así con respecto a Jace.

—¿Sebastian es mi hermano?

El rostro de huesos menudos de Jocelyn estaba contraído, las manos apretadas una con otra. Las puntas de los dedos estaban blancas, como si las estuviera presionando con demasiada fuerza entre sí.

—Hoy hablé con Luke durante mucho rato sobre todo lo que ha sucedido en Alacante desde que llegasteis. Me contó lo de las torres de los demonios, y sus sospecha de que Sebastian había destruído las salvaguardas aunque no tenía ni idea de cómo. Me di cuenta entonces de quién era realmente Sebastian.

—¿Por qué mintió sobre ser Sebastian Verlac y porque es un espía de Valentine?

—Por esas dos cosas, sí —dijo Jocelyn—, pero en realidad no lo supe hasta que Luke me dijo que le habías contado que Sebastian se teñía el cabello. Y podría equivocarme, pero un muchacho sólo un poco mayor que tú, de cabellos rubios y ojos oscuros, sin padres aparentes, totalmente leal a Valentine…, no pude evitar pensar que debía de ser Jonathan. Además, Valentine siempre estaba intentando encontrar un modo de derribar las salvaguardas, siempre convencido de que existía una manera de hacerlo. Experimentar en Jonathan con sangre de demonio…, dijo que era un modo de hacerlo más fuerte, un guerrero mejor, pero hay algo más…

—¿A qué te refieres? —Clary la miró atónita.

—Fue cómo eliminó las salvaguardas —dijo su madre—. No puedes traer a un demonio a Alacante, pero necesitas sangre de demonio para derribar las salvaguardas. Jonathan tiene sangre de demonio; está en sus venas. Y ser un cazador de sombras le garantiza la entrada a la ciudad siempre que quiera entrar, pase lo que pase. Usó su propia sangre para suprimir las salvaguardas, estoy segura de ellos.

Clary pensó en Sebastian de pie frente a ella en la hierba cerca de las ruinas de la casa de los Fairchild. El modo en que el viento le había azotado los oscuros cabellos sobre el rostro. El modo en que le había sujetado las muñecas, clavándole las uñas en la carne. El modo en que había dicho que era imposible que Valentine hubiese querido nunca a Jace. Ella había pensado que se debía a que odiaba a Valentine. Pero no era así. Sebastian había estado… celoso.

Pensó en el sombrío príncipe de sus dibujos, el que se había parecido tanto a Sebastian. Había desechado el parecido como una coincidencia, una broma de su imaginación, pero ahora se preguntó si era el vínculo de la sangre que compartían lo que la había impulsado a dar al desdichado héroes de su historia el rostro de su hermano. Intentó visualizar otra vez al príncipe, pero la imagen pareció hacerse añicos y disolverse ante sus ojos, igual que cenizas arrastradas por el viento. Únicamente podía ver al Sebastian presente, con la luz roja de la ciudad en llamas reflejada en los ojos.

—Jace —dijo—. Alguien tiene que decírselo. Debe saber la verdad.

Sus pensamientos dieron tumbos sobre sí mismos, atropelladamente; si Jace hubiese sabido que no tenía sangre de demonio, a lo mejor no habría ido tras Valentine. Si hubiese sabido que no era el hermano de Clary…

—Pero pensaba que nadie sabía dónde estaba… —repuso Jocelyn, con una mezcla de lástima y perplejidad.

Antes de que Clary pudiese responder, las puertas dobles del Salón se abrieron de par en par, derramando luz sobre la arcada sostenida con pilares y los escalones situados debajo de ésta. El sordo rugido de voces, que ya no quedaba amortiguado, se elevó a la vez que Luke cruzaba las puertas. Parecía exhausto, pero había una ligereza en él que no había estado allí antes. Parecía casi aliviado.

Jocelyn se puso en pie.

—Luke. ¿Qué sucede?

Él dio unos pocos pasos hacia ellas, luego se detuvo entre a entrada y la escalinata.

—Jocelyn —dijo—, lamento interrumpiros.

—No pasa nada, Luke.

Incluso sumida en su aturdimiento, Clary pensó: «¿Por qué no dejan de llamarse por su sus nombres de ese modo?». Había una especie de embarazo entre ellos, una turbación que no estaba ahí antes.

—¿Ocurre algo?

Él negó con la cabeza.

—No. Para variar, algo marcha bien. —Sonrió a Clary, y no había ni rastro de embarazo en su sonrisa: parecía complacido con la muchacha, e incluso orgulloso—. Lo hiciste, Clary —dijo—. La Clave ha accedido a permitir que les pongas la Marca. No va a haber rendición.

18 Salve y adiós

El valle era más hermoso en la realidad de lo que había sido en la visión de Jace. Quizás era la brillante luz de la luna dando un color plateado al río que atravesaba el verde suelo. Abedules blancos y álamos salpicaban los costados del valle, estremeciendo las hojas bajo la fresca brisa; hacía frío arriba en el cerro, sin ninguna protección del viento.

Se trataba sin duda del valle donde había visto por última vez a Sebastian. Finalmente, empezaba a alcanzarlo. Tras amarrar a Caminante a un árbol, Jace sacó el hilo ensangrentado del bolsillo y repitió el ritual de localización, simplemente para estar seguro.

Cerró los ojos, esperando ver a Sebastian; confiaba en que en algún lugar muy cercano, tal vez incluso todavía en el valle…

En su lugar vio únicamente oscuridad.

El corazón le empezó a latir con violencia.

Volvió a intentarlo, pasando el hilo al puño izquierdo y grabando torpemente la runa localizadora sobre el dorso de su mano menos ágil, la derecha. Inspiró profundamente antes de cerrar los ojos esa vez.

De nuevo, nada. Únicamente negrura oscilante llena de sombras. Permaneció allí durante un minuto, apretando los dientes; el viento traspasaba su cazadora y había que se le pusiera la carne de gallina. Finalmente, entre maldiciones, abrió los ojos… y luego, en un arranque de desesperada cólera, el puño; el viento tomó el hilo y se lo llevó, tan de prisa que incluso aunque lo hubiera lamentado inmediatamente no podría haberlo atrapado otra vez.

Empezó a pensar a toda prisa. Estaba claro que la runa localizadora ya no funcionaba. A lo mejor Sebastian había advertido que lo seguían y había hecho algo para romper el encantamiento… Pero ¿qué podía hacer uno para detener una localización? A lo mejor había encontrado una gran masa de agua. El agua afectaba a la magia.

No es que eso ayudase demasiado a Jace. No era como si pudiese ir a cada lago del país y comprobar si Sebastian flotaba en su centro. Había estado tan cerca, además…, tan cerca. Había visto aquel valle y a Sebastian en él. Y allí estaba la casa, apenas visible, al abrigo de un bosquecillo. Al menos no estaría de más bajar a echar un vistazo alrededor de la casa para ver si había algo que pudiese indicar la ubicación de Sebastian, o la de Valentine.

Con un sentimiento de resignación, Jace usó la estela para marcarse con una serie de Marcas de combate de actuación veloz y desaparición rápida: una para proporcionarles silencio, otra para darle velocidad, y una última para andar con paso firme. Cuando hubo terminado —y sentía el familiar escozor ardiéndole en la piel—deslizó la estela al interior del bolsillo, dio a Caminante una palmada enérgica en el cuello y descendió en dirección al valle.

Las laderas eran engañosamente empinadas y estaban cubiertas de traicioneros guijarros sueltos. Jace alternó entre avanzar cautelosamente y resbalar por el pedregal, lo que era veloz pero peligroso. Cuando por fin llegó al fondo del valle, tenía las manos ensangrentadas allí donde habían caído sobre la gravilla suelta en más de una ocasión. Se las lavó en las limpias y veloces aguas del arroyo; el agua estaba espantosamente helada.

Cuando se irguió y miró a su alrededor, advirtió que contemplaba el valle desde un ángulo distinto al que había tenido en la visión localizadora. Vio un retorcido bosquecillo con ramas entrelazándose y las paredes del valle alzándose por todos los lados, y vio la casita. Las ventanas permanecían oscuras y no surgía humo en la chimenea. Sintió una punzada mezcla de alivio y decepción. Sería más fácil registrar la casa si no había nadie en ella. Y así era, no había nadie en ella.

A medida que se aproximaba se preguntó qué había habido en la casa de la visión que le había parecido tan fantasmagórico. De cerca, no era más que una granja corriente de Idris, construida con bloques de piedra blanca y gris. Los postigos habían estado pintados en una ocasión de azul intenso, pero parecía como si hubiesen transcurrido años desde que alguien los hubiera repintado. Estaban descoloridos y los años habían desconchado la pintura.

Alcanzó una de las ventanas, se encaramó al alféizar y atisbó por el empañado cristal. Vio una habitación grande y ligeramente polvorienta con una especie de banco de trabajo que ocupaba el largo de una pared. Las herramientas que había sobre él no era de las que uno usaría para trabajos artesanales; eran las herramientas de un brujo: montones de pergaminos tiznados, velas de cera negra; gruesos cuencos de cobre con un líquido oscuro seco pegado a los bordes; una variedad de cuchillos, algunos tan finos como punzones, algunos con amplias hojas cuadradas. Había un pentagrama dibujado con una tiza en el suelo, con los contornos borrosos, cada una de las cinco puntas decorada con una runa diferente. A Jace se le hizo un nudo en el estómago… Las runas se parecían a las que habían estado grabadas alrededor de los pies de Ithuriel. ¿Podía Valentine haber hecho esto…? ¿Podían ser éstas sus cosas? ¿Era éste su escondite… un escondite que Jace no había visitado nunca y del cual no había conocido la existencia?

Se deslizó fuera del alféizar, aterrizando en un pedazo de hierba seca… justo cuando una sombra pasaba sobre la faz de la luna. Pero allí no había pájaros, se dijo, y alzó la vista justo a tiempo de ver un cuervo que describía círculos en lo alto. Se quedó paralizado, luego se sumergió a toda prisa en las sombras de un árbol y atisbó arriba por entre las ramas. A medida que el cuervo descendía en picado más cerca del suelo, Jace supo que su primer instinto había sido correcto. No se trataba de un cuervo cualquiera: se trataba de Hugo, el cuervo que en una ocasión había pertenecido a Hodge; Hodge lo había usado de vez en cuando para transportar mensajes fuera del Instituto. Desde entonces, Jace había averiguado que Hugo había pertenecido originalmente a su padre.

Jace se apretó más contra el tronco del árbol. El corazón volvía a latirle con fuerza, esta vez con entusiasmo. Si Hugo estaba allí, sólo podía significar que transportaba un mensaje, y en esta ocasión el mensaje no sería para Hodge. Sería para Valentine. Tenía que serlo. Si Jace pudiese apañárselas para seguirlo…

Posándose en un alféizar, Hugo atisbó a través de una de las ventanas de la casa. Aparentemente, advirtió que la casa estaba vacía, él remontó el vuelo con un graznido y aleteó en dirección al arroyo.

Jace salió de las sombras e inició la persecución del cuervo.


—Así que técnicamente —dijo Simon—, incluso aunque Jace no está emparentado contigo, sí que has besado a tu hermano.

—¡Simon! —Clary estaba consternada—. ¡CÁLLATE!

Giró sobre su asiento para ver si alguien escuchaba, pero, por suerte, nadie parecía hacerlo. Estaba sentada en una silla de respaldo alto sobre el estrado del Salón de los Acuerdos, con Simon a su lado. Su madre estaba de pie en el borde del estrado, inclinada hacia abajo para hablar con Amatis.

A su alrededor, el Salón era un caos mientras los subterráneos que habían llegado procedentes de la Puerta Norte entraban en tropel, franqueando las puertas y apelotonándose contra las paredes. Clary reconoció a varios miembros de la manada de Luke, incluida Maia, que le sonrió ampliamente desde el otro extremo de la habitación. Había hadas pálidas, frías y bellas como carámbanos, y brujos con alas de murciélago y pies de macho cabrío, e incluso uno con astas, con fuego azul chisporroteando en las puntas de los dedos mientras se movían por la habitación. Los cazadores de sombras daban vueltas de un lado a otro entre ellos, con aspecto nervioso.

Aferrando su estela con ambas manos, Clary paseó la mirada ansiosamente. ¿Dónde estaba Luke? Había desaparecido entre la multitud. Lo divisó al cabo de un instante, hablando con Malachi, que sacudía la cabeza violentamente. Amatis permanecía a poca distancia, lanzando al Cónsul miradas asesinas.

—No me hagas lamentar jamás haberte contado nada de esto, Simon —dijo Clary, mirándole furiosa.

Había hecho todo lo posible por proporcionarle una versión reducida del relato de Jocelyn, en su mayor parte siseada por lo bajo mientras él la ayudaba a abrirse paso penosamente por entre el gentío hasta el estrado y tomaba asiento allí. Resultaba fantástico estar allí arriba, contemplado la sala como si fuese la reina de todo lo que veía. Pero una reina no sería presa del pánico hasta ese punto.

—Además, besaba fatal.

—O quizás simplemente fue asqueroso, porque él era, ya sabes, tu hermano. —Simon parecía más divertido por todo el asunto de lo que Clary consideraba que tenía derecho a estar.

—No digas eso donde mi madre pueda oírte o te mataré —dijo ella con una segunda mirada iracunda—Ya me siendo como si estuviera a punto de vomitar o desmayarme. No lo empeores.

Jocelyn regresó del borde del estrado a tiempo de oír las últimas palabras de Clary —aunque, por suerte, no lo que ella y Simon habían estado hablado—y le asestó una palmada tranquilizadora en el hombro a su hija.

—No estés nerviosa, pequeña. Estuviste tan magnífica antes. ¿Necesitas algo? Una manta, un poco de agua caliente…

—No tengo frío —respondió ella en tono paciente—, y no necesito un baño, tampoco. Estoy perfectamente. Sólo quiero que Luke suba aquí y me diga qué está pasando.

Jocelyn hizo señas en dirección a Luke para atraer su atención, articulando en silencio algo que Clary no consiguió descifrar del todo.

—Mamá —soltó—, no.

Pero ya era demasiado tarde. Luke alzó la mirada… y lo mismo hicieron otros cazadores de sombras. La mayoría de ellos desviaron la mirada igual de rápido, pero Clary percibió la fascinación en sus miradas fijas. Resultaba inverosímil pensar que su madre era algo parecido a una figura legendaria en aquel sitio. Podía decirse que casi todo el mundo presente en la sala había oído su nombre y tenía alguna clase de opinión sobre ella, buena o mala. Clary se preguntó cómo evitaba su madre que eso la molestara. No parecía molesta… parecía impasible, serena y peligrosa.

Al cabo de un momento, Luke se había reunido con ellos sobre el estrado, con Amatis a su lado. Todavía tenía aspecto cansado, pero también alerta e incluso un poco agitado. Dijo:

—Sólo aguardad un segundo. Todo el mundo viene hacia aquí.

—Malachi —dijo Jocelyn, sin mirar del todo directamente a Luke mientras hablaba—. ¿te estaba causando problemas?

Luke efectuó un gesto displicente.

—Piensa que deberíamos enviar un mensaje a Valentine, rechazando sus condiciones. Yo digo que no deberíamos ponerlo sobre aviso. Que Valentine aparezca con su ejército en la llanura Brocelind esperando una rendición. Malachi parecía pensar que eso no sería deportivo, y cuando le dije que la guerra no era un partido de criquet escolar, respondió que si alguno de los subterráneos que hay aquí se desmandaba, intervendría y pondría fin a todo el asunto; como si los subterráneos no pudiesen dejar de pelear aunque sea durante cinco minutos.

—Eso es exactamente lo que piensa —dijo Amatis—. Es Malachi. Probablemente le preocupa que empecéis a comeros unos a otros.

—Amatis —dijo Luke—; alguien podría oírte.

Se dio la vuelta entonces, cuando dos hombres ascendieron los peldaños detrás de él: uno era un alto y esbelto caballero hada con largos cabellos oscuros que caían en capas a ambos lados del estrecho rostro. Llevaba una túnica de blanco blindaje: pálido metal resistente compuesto por diminutos círculos que se superponían, como las escamas de un pez. Sus ojos eran de color verde hoja.

El otro hombre era Magnus Bane. Se colocó junto a Luke. Llevaba un abrigo largo y oscuro abotonado hasta el cuello, y sus cabellos negros estaban echados hacia atrás, fuera de la cara.

—Tienes un aspecto tan corriente —dijo Clary, mirándole boquiabierta.

Magnus sonrió débilmente.

—He oído que tenías una runa que mostrarnos —fue todo lo que dijo.

Clary miró a Luke, quien asintió.

—Ah, sí —dijo—. Simplemente necesito algo sobre lo que escribir… un trozo de papel.

—Te he preguntado si necesitabas algo —dijo Jocelyn entre dientes, sonando muy parecida a la madre que Clary recordaba.

—Yo tengo papel —indicó Simon, sacando algo del bolsillo de los vaqueros.

Se lo entregó a su amiga. Era un folleto arrugado de la actuación de su grupo en la Knitting Factory en julio. Ella se encogió de hombros y le dio la vuelta, alzando la estela que le habían prestado. Centelleó levemente cuando tocó el papel con la punta, y a la muchacha le inquietó por un momento que el folleto se quemase, pero la diminuta llama se apagó. Empezó a dibujar, haciendo todo lo posible por dejar fuera todo lo demás: el ruido de la multitud y la sensación de que todo el mundo la miraba con atención.

La runa surgió tal y como había hecho antes: un diseño de líneas que se curvaban con energía unas al interior de las otras y luego se extendían sobre la página como esperando una finalización que no estaba allí. Quitó el polvo de la página con la mano y la sostuvo en alto, sintiendo absurdamente como si estuviese en la escuela y mostrase alguna especie de presentación a la clase.

—Ésta es la runa —dijo—. Requiere una segunda runa para completarla, para que funcione adecuadamente. Una… runa gemela.

—Un subterráneos, un cazador de sombras. Cada mitad de la asociación tiene que llevar la Marca —dijo Luke. Garabateó una copia de la runa al final de la página, partió el papel por la mitad y entregó uno de los dibujo a Amatis—. Empieza a hacer circular la runa —dijo—. Enseña a los nefilim cómo funciona.

Con un asentimiento de cabeza, Amatis desapareció escalera abajo y entre la multitud. El caballero hada, dirigiendo una rápida mirada tras ella, sacudió la cabeza.

—Siempre se me ha dicho que únicamente los nefilim pueden llevar las Marcas del Ángel —dijo, con una cierta desconfianza—. Que el resto de nosotros nos volveríamos locos, o moriríamos, si las llevásemos.

—Ésta no es una de las Marcas del Ángel —respondió Clary—. No pertenece al Libro Gris. Es segura, lo prometo.

El caballero hada no pareció convencido.

Con un suspiro, Magnus se echó la manga hacia atrás y alargó una mano a Clary.

—Adelante.

—No puedo —dijo—. El cazador de sombras que te ponga la Marca será tu compañero, y yo no voy a combatir en la batalla.

—Menos mal —dijo Magnus.

Miró en dirección a Luke y a Jocelyn, que se encontraban de pie juntos.

—Vosotros dos —dijo—. Adelante, entonces. Mostrad al hada cómo funciona.

Jocelyn parpadeó sorprendida.

—¿Qué?

—Suponía que vosotros dos seríais compañeros —dijo Magnus—puesto que estáis prácticamente casados de todos modos.

El rostro de Jocelyn enrojeció violentamente, y ésta evitó mirar a Luke.

—No tengo una estela…

—Toma la mía —Clary se la entregó—. Adelante, mostrádselo.

Jocelyn se volvió hacia Luke, que pareció totalmente desconcertado. Alargó la mano antes de que ella pudiera pedirla, y ella le hizo la Marca en la palma con una apresurada precisión. La mano de él temblaba mientras ella dibujaba, y Jocelyn le sujetó la muñeca para mantenerla inmóvil; Luke bajó la mirada para contemplarla trabajar, y Clary pensó en la conversación que habían tenido sobre su madre y lo que él le había dicho sobre sus sentimientos por Jocelyn, y sintió una punzada de tristeza. Se preguntó si su madre sabía siquiera que Luke la amaba, y si lo sabía, qué diría.

—Ya está. —Jocelyn retiró la estela—. Hecho.

Luke alzó la mano, con la palma hacia fuera, y mostró la arremolinada marca negra de su centro al caballero hada.

—¿Estás satisfecho, Meliorn?

—¿Meliorn? —dijo Clary—. Yo te he visto antes, ¿verdad? Tú salías con Isabelle Lightwood.

Meliorn se mostró casi inexpresivo, pero Clary podría haber jurado que parecía ligerísimamente incómodo. Luke sacudió la cabeza.

—Clary, Meliorn es un caballero de la corte seelie. Es muy poco probable que…

—Salía con Isabelle, sin duda —dijo Simon—, y ella lo dejó, además. Al menos dijo que iba a hacerlo. Una ruptura dura, amigo.

Meliorn le miró con un pestañeo.

—¿Tú —dijo con desagrado—, tú eres el representante elegido por los Hijo de la Noche?

Simon negó con la cabeza.

—No. Sólo estoy aquí por ella. —Señaló a Clary.

—Los Hijos de la Noche no están aquí, Meliorn —dijo Luke, tras una breve vacilación—. Lo cierto es que transmití la información a tu esposa. Ellos han elegido… seguir su propio camino.

Las delicadas facciones de Meliorn se fruncieron en una mueca de desagrado.

—Ojalá lo hubiese sabido —repuso—. Los Hijo de la Noche son un pueblo sabio y prudente. Cualquier plan que suscita su ira suscita mi desconfianza.

—No he dicho nada respecto a ira —empezó a decir Luke, con una mezcla de calma deliberada y leve exasperación; Clary dudó que nadie que no lo conociera bien se diese cuenta de que estaba irritado.

La muchacha pudo percibir cómo varió su atención: Luke miraba abajo en dirección a la multitud. Siguiendo su mirada, Clary vio una figura familiar que se abría paso por la habitación… Isabelle, con su larga melena balanceándose y el látigo enroscado a la cintura como una serie de brazaletes dorados.

Clary agarró la muñeca de Simon.

—Los Lightwood. Acabo de ver a Isabelle.

Él echó un vistazo hacia la multitud, frunciendo el ceño.

—No me había dado cuenta de que los buscases.

—Por favor, ve a hablar con ella por mí —susurró Clary, echando una ojeada para ver si alguien les prestaba atención; nadie lo hacía.

Luke hacía señas en dirección a alguien que había entre el gentío; entretanto, Jocelyn le decía algo a Meliorn, que la contemplaba casi alarmado.

—Yo tengo que permanecer aquí —siguió Clary—, pero… por favor, necesito contarle a ella y a Alec lo que mi madre me ha contado. Sobre Jace y sobre quién es realmente, y sobre Sebastian. Tienen que saberlo. Diles que vengan a hablar conmigo en cuanto puedan. Por favor, Simon.

—De acuerdo. —A todas luces preocupado por la intensidad de su tono de voz, Simon desasió la muñeca de su mano y le acarició la mejilla con un gesto tranquilizador—. Regresaré.

Descendió los peldaños y desapareció entre la muchedumbre; cuando ella volvió la cabeza, vio que Magnus la miraba, con la boca crispada en una mueca.

—No hay problema —dijo, evidentemente respondiendo a cualquiera que fuese la pregunta que Luke acababa de hacerle—. Estoy familiarizado con la llanura Brocelind. Colocaré un Portal en la plaza. Uno tan grande no durará mucho tiempo, no obstante, así que será mejor que los hagas cruzar a todos muy deprisa en cuanto tengan la Marca.

Mientras Luke asentía y se volvía para decirle algo a Jocelyn, Clary se inclinó para susurrar al brujo:

—Gracias por todo lo que hiciste por mi madre.

La sonrisa irregular de Magnus se ensanchó.

—No creías que fuese a hacerlo, ¿verdad?

—Me lo pregunté —admitió Clary—. En especial teniendo en cuenta que cuando te vi en la casita no consideraste conveniente contarme que Jace trajo a Simon con él a través del Portal cuando vino a Alacante. No tuve la oportunidad de enfadarme por eso antes, pero ¿en qué estabas pensando? ¿Qué no me interesaría?

—Que te interesaría demasiado —respondió él—. Que lo dejarías todo y subirías corriendo al Gard. Y necesitaba que buscases el Libro de lo Blanco.

—Eso es despiadado —dijo Clary enojada—. Y te equivocas. Habría…

—… hecho lo que cualquiera hubiera hecho. Lo que yo habría hecho si se tratase de alguien que me importase. No te culpo, Clary, y no lo hice porque pensase que eras débil. Lo hice porque eres humana, y sé cómo funciona la humanidad. Llevo vivo mucho tiempo.

—Como si tú nunca cometieses estupideces porque tienes sentimientos —dijo Clary—. ¿Dónde está Alec, por cierto? ¿Por qué no estás por ahí eligiéndolo como compañero en este instante?

Magnus pareció estremecerse.

—No me acercaría a él con sus padres ahí. Ya lo sabes.

Clary apoyó la barbilla en la mano.

—Hacer lo correcto porque quieres a alguien es un fastidio a veces.

—Ya lo creo —respondió Magnus.


El cuervo voló en lentos círculos perezosos, avanzando por encima de las copas de los árboles en dirección a la pared occidental del valle. La luna estaba alta, lo que eliminaba la necesidad de una luz mágica mientras Jace lo seguía, manteniéndose en el linde de los árboles.

La pared del valle se alzaba hacia el cielo en forma de escarpada pared de roca gris. La senda del cuervo parecía seguir la curva del arroyo a medida que serpenteaba hacia el oeste para desaparecer finalmente en el interior de una fisura estrecha de la pared. Jace casi se torció el tobillo varias veces sobre rocas húmedas y deseó poder maldecir en voz alta, pero Hugo le oiría sin duda. Doblado en una incómoda posición medio acuclillada, en su lugar se concentró en no romperse una pierna.

Tenía la camiseta empapada de sudor cuando por fin alcanzó el borde del valle. Por un momento creyó haber perdido de vista a Hugo, y se le cayó el alma a los pies, luego vio la negra figura descendente cuando el cuervo inició un picado muy bajo y desapareció en el interior de la oscura fisura abierta en la pared de la roca del valle. Jace corrió hacia el frente, saboreando el alivio de poder corren en lugar de gatear. A medida que se acercaba a la grieta, pudo ver una abertura más grande y oscura al otro lado: una ensenada. Rebuscando en el bolsillo para sacar su piedra de luz mágica, Jace se lanzó adentro en pos del cuervo.

Únicamente se filtraba por la entrada de la cueva un poco de luz, que fue engullida por la opresiva oscuridad tras unos pocos pasos. Jace alzó su luz mágica y dejó que los rayos surgieran por entre los dedos.

Al principio pensó que las estrellas habían hallado el modo de aparecer de nuevo, y eran visibles en lo alto en toda su resplandeciente gloria. Las estrellas no brillaban en ninguna otra parte como lo hacían en Idris… Y no brillaban en aquel momento. La luz mágica revelaba docenas de centelleantes depósitos de mica en la roca a su alrededor, y las paredes se habían iluminado con brillantes puntos luminosos.

Éstos le mostraban que estaba en un espacio estrecho excavado en la roca misma, con la entrada de la cueva a su espalda y dos túneles oscuros que se bifurcaban delante. Jace pensó en las historias que su padre le había contando sobre héroes perdidos en laberintos que usaron cuerda o cordel para encontrar el camino de vuelta. Sin embargo, él no llevaba encima nada que pudiera servirle para ese fin. Se acercó más a los túneles y permaneció en silencio un largo rato, escuchando. Oyó el gotear del agua, tenue, desde algún lugar lejano; el fluir del arroyo, un susurro como de alas, y… voces.

Retrocedió violentamente. Las voces venían del túnel de la izquierda, estaba seguro. Pasó el pulgar sobre la luz mágica para atenuarla, hasta que ésta emitió un tenue resplandor, justo el suficiente para iluminar el camino. Luego se lanzó al interior de la oscuridad.


—¿Lo dices en serio, Simon? ¿Es verdad? ¡Eso es fantástico! ¡Es maravilloso! —Isabelle alargó el brazo para coger la mano de su hermano—. Alec, ¿has oído lo que ha dicho Simon? Jace no es el hijo de Valentine. ¡Nunca lo ha sido!

—Entonces ¿de quién es hijo? —respondió Alec, aunque Simon tuvo la impresión de que sólo prestaba atención en parte.

El muchacho parecía estar recorriendo la estancia con la mirada en busca de algo. Sus padres permanecían cerca, mirando con cara de pocos amigos en dirección a ellos; a Simon le había preocupado que tal vez tendría que explicarles todo el asunto también, pero ellos le habían permitido amablemente disponer de unos pocos minutos a solas con Isabelle y Alec.

—¡A quién le importa! —Jubilosa, Isabelle alzó las manos al cielo y luego torció el gesto—. A decir verdad, ésa es una buena pregunta. ¿Quién era su padre? ¿Michael Wayland, después de todo?

Simon negó con la cabeza.

—Stephen Herondale.

—Así que era el nieto de la Inquisidora —dijo Alec—. Ése debe de ser el motivo por el que ella… —Se interrumpió, mirando a lo lejos.

—¿El motivo por el que qué? —exigió Isabelle—. Alec, presta atención. O al menos dinos qué estás buscando.

—No «qué» —respondió Alec—: a quién. A Magnus. Quería preguntarle si querría ser mi compañero en la batalla. Pero no tengo ni idea de dónde está. ¿Le has visto, por casualidad? —preguntó, dirigiéndose a Simon.

Éste meneó la cabeza afirmativamente.

—Estaba arriba en el estrado con Clary, pero… —estiró el cuello para mirar—ahora no está allí. Probablemente está entre la multitud.

—¿De veras? ¿Vas a pedirle que sea tu compañero? —preguntó Isabelle—. Este asunto de los compañeros es como un cotillón, excepto que incluye matar.

—Así es, exactamente como un cotillón —afirmó el vampiro.

—A lo mejor te pediré que seas mi compañero, Simon —dijo Isabelle, enarcando una ceja con delicadeza.

Al oírla, Alec se puso serio. Iba, como el resto de cazadores de sombras de la estancia, totalmente equipado: todo de negro, con un cinto del que colgaban múltiples armas. Sujeto a la espalda llevaba un arco; a Simon le alegró ver que había encontrado un sustituto para el arco que Sebastian había hecho pedazos.

—Isabelle, tú no necesitas un compañero, pero no vas a pelear. Eres demasiado joven. Y si se te ocurre siquiera pensarlo, te mataré. —Alzó la cabeza violentamente—. Aguardad… ¿Es ése Magnus?

Isabelle, siguiendo su mirada, resopló:

—Alec, es una mujer lobo. Una chica lobo. De hecho, la conozco, es… May.

—Maia —corrigió Simon.

La muchacha estaba un poco alejada, ataviada con pantalones de cuero marrón y una ajustada camiseta negra en la que ponía «LO QUE NO ME MATE… SERÁ MEJOR QUE ECHE A CORRER». Un cordón le sujetaba los trenzados cabellos atrás. Se dio la vuelta, como si percibiera que tenían los ojos puestos en ella, y sonrió. Simon le devolvió la sonrisa. Isabelle puso mala cara. Simon dejó de sonreír a toda prisa… ¿En qué momento exacto se había vuelto tan complicada la vida?

El rostro de Alec se iluminó.

—Ahí está Magnus —dijo, y se largó sin siquiera mirar atrás, abriéndose paso por entre la muchedumbre hasta la zona donde el alto brujo estaba parado.

La sorpresa de Magnus a medida que Alec se acercaba era patente, incluso desde aquella distancia.

—Es más bien dulce —dijo Isabelle, mirándolos—, ya sabes, de un modo un tanto lamentable.

—¿Por qué lamentable?

—Porque Alec está intentando conseguir que Magnus lo tome en serio —explicó Isabelle—, pero jamás les ha hablado a nuestros padres sobre Magnus, ni siquiera les ha dicho que le gustan, ya sabes…

—¿Los magos? —inquirió él.

—Qué gracioso —Isabelle le dirigió una mirada iracunda—. Ya sabes a lo que me refiero. Lo que ocurre así es que…

—¿Qué es lo que ocurre, exactamente? —preguntó Maia, acercándose a grandes zancadas de modo que la oyeran—. Quiero decir que no acabo de entender este asunto de los compañeros. ¿Cómo se supone que funciona?

—De ese modo.

Simon señaló en dirección a Alec y Magnus, que se mantenían un poco aparte de la multitud, en su propio pequeño espacio privado. Alec dibujaba en la mano de Magnus, con el rostro concentrado y los cabellos oscuros cayéndole sobre los ojos.

—¿Así es que todos tenemos que hacer eso? —dijo Maia—Conseguir que nos hagan un dibujo, quiero decir.

—Únicamente si vas a pelear —respondió Isabelle, mirando a la otra muchacha con frialdad—. No parece que tengas los dieciocho aún.

Maia le mostró una sonrisa tirante.

—No soy una cazadora de sombras. A los licántropos se los considera adultos a los dieciséis.

—Bien, pues tienen que hacerte el dibujo, entonces —dijo Isabelle—. Lo tiene que hacer un cazador de sombras. Así que será mejor que te busques uno.

—Pero…

Maia, mirando aún en dirección a Alec y a Magnus, se interrumpió y enarcó las cejas. Simon volvió la cabeza para ver qué era lo que miraba… y abrió los ojos como platos.

Alec rodeaba con sus brazos a Magnus y le estaba besando, en la boca. Magnus, que parecía estar en estado de shock, permanecía paralizado. Varios grupos de gente —cazadores de sombras y subterráneos por igual—los miraban atónitos y cuchicheaban. Echando una ojeada a ambos lados, Simon vio a los Lightwood, que, con los ojos desorbitados, contemplaban boquiabiertos la exhibición. Maryse se cubrió la boca con la mano.

Maia pareció perpleja.

—Aguardad un segundo —dijo—. ¿Todos tenemos que hacer eso, también?


Por sexta vez, Clary escudriñó la multitud, buscando a Simon. No pudo encontrarlo. La estancia era una masa arremolinada de cazadores de sombras y subterráneos; la multitud se dispersaba a través de las puertas abiertas y sobre la escalinata del exterior. Por todas partes centelleaban las estelas mientras subterráneos y cazadores de sombras se unían por parejas y se marcaban unos a otros. Clary vio a Maryse Lightwood tendiendo su mano a una hada alta y de piel verde que era exactamente igual de pálida y regia que ella. Patrick Penhallow intercambiaba solemnemente Marcas con un brujo cuyos cabellos brillaban con chispas azules. A través de las puertas del Salón, Clary podía ver el brillante resplandor del Portal en la plaza. La luz de la luna que penetraba por la claraboya de cristal proporcionaba un aire surrealista al conjunto.

—Asombroso, ¿no es cierto? —dijo Luke, que estaba de pie en el borde del estrado, contemplando la habitación—. Cazadores de sombras y subterráneos mezclándose en la misma habitación. Trabajando juntos.

Parecía sobrecogido, pero Clary no podía pensar en otra cosa que no fuera desear que Jace estuviese allí para ver lo que sucedía. No podía dejar de temer por él. La idea de que podía enfrentarse a Valentine, que podía arriesgar su vida porque pensaba que estaba maldito… que podía morir sin saber jamás que no era cierto.

—Clary —dijo Jocelyn, con un dejo divertido—, ¿has oído lo que he dicho?

—Sí —respondió ella—, y es asombroso, lo sé.

Jocelyn puso la mano sobre la de Clary.

—Eso no es lo que te estaba diciendo. Luke y yo combatiremos juntos. Tú te quedarás aquí con Isabelle y los otros niños.

—No soy una niña.

—Ya no, pero eres demasiado joven para combatir. E, incluso, aunque no lo fueses, jamás has sido adiestrada.

—No quiero limitarme a permanecer aquí sentada sin hacer nada.

—¿Nada? —dijo Jocelyn asombrada—. Clary, nada de esto estaría sucediendo de no ser por ti. Estoy muy orgullosa. Sólo quería decirte que Luke y yo regresaremos. Todo va a ir bien.

Clary alzó los ojos hacia su madre, al interior de aquellos ojos verdes tan parecidos a los suyos.

—Mamá —dijo—. No mientas.

Jocelyn inspiró con fuerza y se puso en pie, retirando la mano. Antes de que pudiese decir nada, algo atrajo la mirada de Clary: un rostro familiar entre la multitud. Una figura esbelta y oscura, que avanzaba con decisión hacia ellos, deslizándose a través del atestado Salón con una facilidad pausada y sorprendente…, como si pudiese flotar a través de la multitud, como humo a través de las aberturas de una valla.

Y en efecto lo hacía, comprendió Clary, a medida que él se acercaba al estrado. Era Raphael, vestido con la misma camisa blanca y pantalones negros con los que le había visto la primera vez. Había olvidado lo menudo que era. Apenas parecía tener catorce años mientras ascendía la escalera, el rostro delgado tranquilo y angelical, como un niño de coro subiendo los peldaños del presbiterio.

—Raphael. —La voz de Luke contenía una mezcla de asombro y alivio—. No creía que fueses a venir. ¿Han reconsiderado los Hijos de la Noche unirse a nosotros en la lucha contra Valentine? Todavía hay un escaño del Consejo a vuestra disposición, si queréis aceptarlo. —Le tendió una mano al vampiro.

Los ojos claros y hermosos de Raphael le contemplaron inexpresivos.

—No puedo estrecharte la mano, hombre lobo. —Cuando Luke pareció ofendido, él sonrió, justo lo suficiente para mostrar las blancas puntas de sus colmillo—. Soy una proyección —dijo, alzando la mano para que todos pudiesen ver cómo la luz brillaba a través de ella—. No puedo tocar nada.

—Pero… —Luke echó una ojeada arriba a la luz de la luna que penetraba a raudales a través del techo—¿Por qué…? —Bajó la mano—. Bueno, me satisface que estés aquí. Sea cual sea el modo en que hayas elegido aparecer.

Raphael sacudió la cabeza. Por un momento sus ojos se entretuvieron en Clary —una mirada que a ella no le gustó nada—y luego volvió la mirada hacia Jocelyn, y su sonrisa se ensanchó.

—Tú —dijo—, la esposa de Valentine. Otros de mi especie, que pelearon contigo durante el Levantamiento, me hablaron de ti. Admito que jamás pensé que te vería con mis propios ojos.

Jocelyn inclinó la cabeza.

—Muchos de los Hijos de la Noche combatieron muy valientemente entonces. ¿Indica tu presencia aquí que podríamos pelear codo con codo de nuevo?

Resultaba curioso, pensó Clary, oír a su madre hablar de aquel modo frío y formal, y sin embargo parecía natural en Jocelyn. Tan natural como cuando, en casa, su madre se sentaba en el suelo con un mono viejo, sosteniendo un pincel salpicado de pintura.

—Eso espero —dijo Raphael, y su mirada volvió a acariciar a Clary; como el contacto de una mano fría—. Sólo tenemos una demanda, una simple… y sencilla… petición. Si la aceptáis, los Hijos de la Noche de muchas tierras acudirán con mucho gusto a la batalla para luchar a vuestro lado.

—El escaño en el Consejo —replicó Luke—Desde luego… se puede formalizar, los documentos pueden estar listos en una hora…

—No —dijo Raphael—, no se trata del escaño en el Consejo. Es otra cosa.

—¿Otra… cosa? —repitió Luke sin comprender.—¿De qué se trata? Te aseguro que si está en nuestro poder…

—Ah, lo está. —La sonrisa de Raphael era deslumbrante—. De hecho, es algo que se encuentra entre los muros de este Salón mientras hablamos. —Se dio la vuelta e indicó con un elegante gesto a la multitud—. Queremos al chico llamado Simon —indicó—. Al vampiro diurno.


El túnel era largo y sinuoso, y discurría en zigzag sin parar como si Jace se arrastrara por las entrañas de un monstruo enorme. Olía a roca mojada y a cenizas y a algo más, algo frío y húmero y extraño que a Jace le recordaba muy levemente la Ciudad de Hueso.

Por fin el túnel terminó en una estancia circular. Estalactitas enormes, con las superficies tan bruñidas como gemas, colgaban de un elevado techo acanalado de piedra. El suelo estaba tan liso como si lo hubiesen pulido, y aquí y allá alternaba con dibujos arcanos de centelleante piedra con incrustaciones. Una serie de toscas estalagmitas trazaban un círculo alrededor de la estancia. Justo en el centro se alzaba una única estalagmita enorme de cuarzo, que se elevaba desde el suelo como un colmillo gigantesco, decorada aquí y allá con un dibujo rojizo. Escudriñándola más de cerca, Jace vio que los lados de la estalagmita eran transparentes, y que el dibujo rojizo era el resultado de algo que se arremolinaba y se movía en su interior, como un tubo de ensayo de cristal lleno de humo de color.

Muy en lo alto, se filtraba luz hacia abajo procedente en un agujero circular en la piedra, una claraboya natura. La estancia, desde luego, había sido planeada, y no fruto de la casualidad —los intrincados dibujos que recorrían en el suelo lo dejaban claro—, pero ¿quién podría haber excavado una cámara subterránea tan enorme y por qué?

Un graznido agudo resonó en la sala, provocando un sobresalto a los nervios de Jace. Se escabulló tras una voluminosa estalagmita y apagó la luz mágica justo cuando dos figuras surgían de las sombras del extremo opuesto de la estancia y avanzaban hacia él, conversando con las cabezas muy juntas. No los reconoció hasta que llegaron al centro de la habitación y la luz les dio de lleno.

Sebastian.

Y Valentine.

Esperando esquivar la multitud, Simon tomó el camino largo para regresar al estrado, escabulléndose por detrás de las hileras de pilares que bordeaban los lados del Salón. Mantuvo la cabeza gacha mientras caminaba, absorto en sus pensamientos. Parecía extraño que Alec, sólo un año o dos mayor que Isabelle, fuese a pelear en una guerra mientras el resto de ellos se quedaba atrás. Isabelle parecía tomárselo con tranquilidad. No había gritos, ni histerias. Era como si lo hubiese esperado. A lo mejor era así. A lo mejor todos lo aceptaban.

Estaba cerca de los peldaños del estrado cuando echó un vistazo arriba y vio, ante su sorpresa, a Raphael, de pie al otro lado de Luke, con su acostumbrado semblante casi inexpresivo. Luke, por otra parte, parecía nervioso: negaba con la cabeza, con las manos alzadas en actitud de protesta; Jocelyn, junto a él, parecía indignada. Simon no podía ver el rostro de Clary —estaba de espaldas a él—, pero la conocía lo bastante bien como para reconocer su tensión simplemente por la posición de los hombros.

Puesto que no quería que Raphael le viese, Simon se escabulló tras un pilar para escucharlos. Incluso por encima del murmullo de voces, pudo oír la voz de Luke cada vez más elevada.

—Ni hablar —decía Luke—. No puedo creer siquiera que lo pidas.

—Y yo no puedo creer que rehúses —La voz de Raphael era fría y nítida; la voz cortante y todavía atiplada de un muchacho joven—. Es tan poca cosa.

—No es una cosa. —Clary sonó enojada—. Es Simon. Es una persona.

—Es un vampiro —dijo Raphael—. Algo que pareces olvidar continuamente.

—¿No eres tú un vampiro también? —preguntó Jocelyn, con el tono de voz tan gélido como lo había sido cada vez que Clary y Simon se habían metido en líos por cometer alguna estupidez—. ¿Estás diciendo que tu vida carece de valor?

Simon se apretó contra el pilar. ¿Qué sucedía?

—Mi vida tiene gran valor —replicó Raphael—, ya que es, a diferencia de la vuestra, eterna. Es infinito lo que yo podría llevar a cabo, mientras que existe un claro final en lo que respecta a vosotros. Pero ésa no es la cuestión. Es un vampiro, uno de los míos, y estoy pidiendo su vuelta.

—No puedes recuperarlo —le espetó Clary—. Jamás lo tuviste para empezar. Nunca siquiera estuviste interesado en él, tampoco, hasta que descubriste que podía andar por ahí a la luz del día…

—Posiblemente —repuso Raphael—, pero no por la razón que crees. —Ladeó la cabeza; sus oscuros ojos brillantes y dulces se movían veloces de un lado a otro como los de una ave—. Ningún vampiro debería poseer el poder que él tiene —dijo—, igual que ningún cazador de sombras debería poseer el poder que tú y tu hermano poseéis. Durante años se nos ha dicho que no deberíamos existir y que somos anormales. Pero eso… eso sí que es anormal.

—Raphael —el tono de Luke era de advertencia—, no sé qué esperas obtener. Pero no existe la menor posibilidad de que consintamos que le hagas daño a Simon.

—En cambio dejaréis que Valentine y su ejército de demonios haga daño a toda esta gente, a vuestros aliados. —Raphael efectuó un amplio gesto que abarcó toda la habitación—. ¿Les permitiréis que arriesguen sus vidas según su propio criterio pero no le daréis a Simon la misma elección? A lo mejor él elegiría de un modo distinto al vuestro. —Bajó el brazo—. Sabes que no pelearemos a vuestro lado de lo contrario. Los Hijos de la Noche no tomarán parte en aquello que suceda hoy.

—Entonces no lo hagáis —dijo Luke—. No compraré vuestra cooperación con una vida inocente. No soy Valentine.

Raphael se volvió hacia Jocelyn.

—¿Qué hay de ti, cazadora de sombras? ¿Vas a dejar que este hombre lobo decida lo que es mejor para tu gente?

Jocelyn contemplaba a Raphael como si fuese un escarabajo que había encontrado arrastrándose por el limpio suelo de la cocina. Muy despacio, contestó:

—Si le pones una mano encima a Simon, vampiro, te cortaré en pedacitos y se los daré a mi gato. ¿Entendido?

La boca de Raphael se crispó.

—Muy bien —dijo—. Cuando estés agonizando en la llanura Brocelind, puedes preguntarte si una vida realmente valía tantas otras.

Desapareció. Luke se volvió rápidamente hacia Clary, pero Simon ya no los observaba: tenía la vista clavada en sus manos. Había pensado que estarían temblando, pero estaban tan inmóviles como las de un cadáver. Muy despacio, las cerró convirtiéndolas en puños.


Valentine tenía el mismo aspecto de siempre: el de un hombre fuerte con un equipo de cazador de sombras modificado, con las amplias y fornidas espaldas en desacuerdo con el rostro de planos agudos y facciones delicadas. Tenía la Espada Mortal sujeta a la espalda junto con una voluminosa cartera, y llevaba un cinturón amplio con numerosas armas metidas en él: gruesas dagas de caza, fino puñales, y cuchillos de despellejar. Contemplando fijamente a Valentine desde detrás de la roca, Jace sintió lo que siempre sentía ahora cuando pensaba en su padre: un persistente afecto filial corroído por desolación, desilusión y desconfianza.

Resultaba extraño ver a su padre con Sebastian, que parecía… diferente. Éste también llevaba puesto el equipo de combate, y una larga espada con empuñadura de plata sujeta a la cintura, pero no era lo que llevaba puesto lo que le resultó extraño a Jace. Era su cabello, que ya no era un casco de rizos oscuros, sino rubio, un rubio brillante, una especie de dorado blanco. Lo cierto era que le sentaba bien, mejor de lo que le había sentado el cabello oscuro; su tez ya no parecía tan sorprendentemente pálida. Sin duda se había teñido el cabello para parecerse al auténtico Sebastian Verlac, y el de ahora era su auténtico aspecto. Una agria y enfurecida oleada de odio recorrió a Jace, y tuvo que hacer un supremo esfuerzo para permanecer oculto tras la roca y no abalanzarse al frente para cerrar las manos sobre la garganta de Sebastian.

Hugo volvió a graznar y descendió en picado para posarse en el hombro de Valentine. Una curiosa punzada recorrió a Jacer al ver al cuervo en la misma posición que adoptaba con Hodge cuando éste aún dirigía el Instituto. Hugo prácticamente vivía en el hombro de su tutor, y verle sobre el de Valentine resultaba curiosamente extraño, incluso incorrecto, a pesar de todo lo que Hodge había hecho.

Valentine alzó la mano y acarició las lustrosas plumas del pájaro, asintiendo como si ambos estuviesen en plena conversación. Sebastian observaba con las pálidas cejas enarcadas.

—¿Alguna noticia de Alacante? —preguntó mientras Hugo saltaba del hombro de Valentine y volvía a emprender el vuelo: sus alas rozaron las puntas parecidas a gemas de las estalactitas.

—Nada tan comprensible como me gustaría —respondió Valentine.

El sonido de la voz de su padre, fría y serena como siempre, atravesó a Jace como una flecha. Las manos se le crisparon involuntariamente y las apretó con fuerza contra los costados, agradecido de que la masa de roca lo ocultara.

—Una cosa es cierta. La Clave se está aliando con la fuerza de subterráneos de Lucian.

Sebastian frunció el ceño.

—Pero Malachi dijo…

—Malachi ha fracasado. —Valentine tenía la mandíbula muy erguida.

Ante la sorpresa de Jace, Sebastian se adelantó y posó una mano en el brazo de Valentine. Hubo algo en aquel contacto —algo íntimo y seguro de sí mismo—que hizo que Jace sintiera como si su estómago hubiese sido invadido por un nido de gusanos. Nadie tocaba a Valentine de aquel modo. Ni siquiera él habría tocado a su padre así.

—¿Estás disgustado? —preguntó Sebastian, y el mismo tono apareció en su voz, la misma grotesca y peculiar asunción de cercanía.

—La Clave está mucho peor de lo que había pensado. Sabía que los Lightwood estaban corrompidos sin remedio, y esa clase de corrupción es contagiosa. Es por lo que intenté impedir que entraran en Idris. Pero que el resto se haya dejado llenar la mente con tanta facilidad por el veneno de Lucian, cuando él ni siquiera es nefilim… —El asco de Valentine era evidente, pero no se apartó de Sebastian, advirtió Jace con creciente incredulidad, no hizo ningún movimiento para apartar la mano del muchacho de su hombro—. Estoy decepcionado. Pensaba que entrarían en razón. Habría preferido no poner fin a las cosas de este modo.

Sebastian pareció divertido.

—Yo no estoy de acuerdo —dijo—. Piensa en ellos, listos para combatir, cabalgando a la gloria, sólo para descubrir que nada de ello importa. Que su gesto es inútil. Piensa en la expresión de sus caras. —Tensó la boca en una mueca burlona.

—Jonathan —suspiró Valentine—. Eso es una desagradable necesidad, nada con lo que gozar.

«¿Jonathan?» Jace se aferró a la roca, las manos repentinamente resbaladizas. ¿Por qué tendría que llamar Valentine a Sebastian con su nombre? ¿Era un error? Pero Sebastian no parecía sorprendido.

—¿No es mejor si disfruto con lo que hago? —preguntó Sebastian—. Ciertamente me divertí en Alacante. Los Lightwood fueron mejor compañía de lo que me hiciste creer, en especial esa Isabelle. Desde luego nos separamos a lo grande. Y en cuanto a Clary…

Sólo oír a Sebastian pronunciar el nombre de Clary hizo que a Jace el corazón le diese un repentino y doloroso vuelco.

—No se parecía en nada a lo que pensé que sería —prosiguió Sebastian con petulancia—. No se parecía en nada a mí.

—No hay nadie más en el mundo como tú, Jonathan. Clary siempre ha sido exactamente igual a su madre.

—No quiere admitir lo que realmente desea —dijo Sebastian—. Aún no. Pero acabará aceptándolo.

Valentine enarcó una ceja.

—¿Qué quieres decir con eso?

Sebastian sonrió burlón: fue una mueca que inundó a Jace de una ira casi incontrolable. Se mordió con fuerza el labio, notando el sabor a sangre.

—Bueno, ya sabes —dijo Sebastian—. Estar de nuestro lado. No puedo esperar. Engañarla me proporcionó la mayor diversión que he tenido desde que una eternidad.

—No tenías que divertirte. Debías averiguar qué era lo que buscaba. Y cuando lo encontró… sin ti, debería añadir, permitiste que se lo entregara a un brujo. Y luego no conseguiste traerla contigo cuando te fuiste, pese a la amenaza que representa para nosotros. No es exactamente un éxito glorioso, Jonathan.

—Intenté traerla. Pero ellos no la perdían de vista, y no podía secuestrarla precisamente en mitad del Salón de los Acuerdos. —Sebastian parecía enfadado—. Además, ya te lo dije, no tiene ni idea de cómo usar ese poder suyo con las runas. Es demasiado ingenua para representar ningún peligro…

—Sea lo que sea que la Clave esté planeando ahora, ella está en el centro de ello. —dijo Valentine—. Hugo dice eso al menos. La vio allí sobre el estrado en el Salón de los Acuerdos. Se puede demostrarle a la Clave su poder…

Jace sintió un ramalazo de temor por Clary, mezclado con una curiosa especie de orgullo; por supuesto que ella estaba en el centro de lo que sucedía. Aquélla era su Clary.

—Entonces pelearán —repuso Sebastian—. Que es lo que queremos, ¿verdad? Clary no importa. Es la batalla lo que importa.

—La subestimas, creo —dijo Valentine en voz baja.

—La estuve vigilando —replicó Sebastian—. Si su poder fuese tan ilimitado como pareces creer, podría haberlo usado para sacar a su amiguito vampiro de la prisión…, o para salvar a aquel estúpido de Hodge mientras se moría…

—El poder no tiene que ser ilimitado para ser letal —indicó Valentine—. Y en cuanto a Hodge, quizás podrías mostrarte un poco más respetuoso a su muerte, puesto que fuiste tú quien lo mató.

—Estaba a punto de contarles lo del Ángel. Tenía que hacerlo.

—Querías hacerlo. Siempre es así. —Valentine sacó un par de gruesos guantes de cuero del bolsillo y se los puso despacio—. A lo mejor se lo habría contado. A lo mejor, no. Todos estos años cuidó de Jace en el Instituto y debía de haber preguntado a quién estaba educando. Hodge era uno de los pocos que sabía que existía más de un niño. Yo sabía que no me traicionaría… Era demasiado cobarde para eso. —Flexionó los dedos para introducirlos dentro de los guantes.

«¿Más de un niño?» ¿De qué hablaba Valentine?

Sebastian desechó a Hodge con un ademán.

—¿A quién le importa lo que pensase? Está muerto y en buena hora. —Sus ojos centellearon muy negros—. ¿Vas al lago?

—Sí. ¿Tienes claro lo que debes hacer? —Valentine hizo un veloz movimiento con la barbilla para indicar la espada del cinto de Sebastian—. Usa ésa. No es la Espada Mortal, pero su alianza es lo bastante demoníaca para este propósito.

—¿No puedo ir al lago contigo? —Su voz había adoptado un claro tono quejumbroso—. ¿No podemos liberar al ejército ya?

—No es medianoche aún. Dije que les daría hasta medianoche. Aún pueden cambiar de idea.

—No lo harán…

—Di mi palabra. La mantendré. —El tono de Valentine era tajante—. Si no recibes ninguna noticia de Malachi a medianoche, abre la puerta. —Al ver la vacilación de Sebastian, Valentine se mostró impaciente—. Necesito que lo hagas tú, Jonathan. No puedo aguardar aquí a que llegue la medianoche, necesitaré casi una hora para llegar al lago a través de los túneles, y no tengo intención de permitir que la batalla se alargue mucho tiempo. Las generaciones futuras tienen que saber que la Clave perdió, y lo decisiva que fue nuestra victoria.

—Es sólo que lamentaré perderme la invocación. Me gustaría estar allí cuando lo hagas.

La expresión de Sebastian era nostálgica, pero había algo calculado por debajo de ella, algo despectivo, codicioso, planificado y extrañamente, deliberadamente… frío. Aunque no es que Valentine pareciese preocuparle.

Ante el desconcierto de Jace, Valentine acarició la mejilla de Sebastian, en un gesto veloz y manifiestamente afectuoso, antes de apartarse y marcharse hacia el otro extremo de la caverna, donde se congregaban espesas sombras.

—Jonathan —dijo, volviendo la cabeza, y Jace alzó la mirada, incapaz de contenerse—, contemplarás la cara del Ángel algún día. Al fin y al cabo, heredarás los Instrumentos Mortales una vez que yo ya no esté. A lo mejor un día también tú invocarás a Raziel.

—Me gustaría —dijo Sebastian, y se quedó muy quieto mientras Valentine, con un último movimiento de cabeza, desaparecía en la oscuridad.

La voz de Sebastian descendió hasta un medio susurro.

—Me gustaría muchísimo —gruñó—. Me gustaría escupirle en su cara de bastardo. —Giró en redondo; su rostro era una máscara blanca bajo la tenue luz—. Será mejor que salgas, Jace. —dijo—. Sé que estás aquí.

Jace se quedó paralizado… pero sólo por un segundo. Su cuerpo se movió antes de que la mente tuviera tiempo de reaccionar, catapultándolo de pie. Corrió hacia la entrada del túnel, pensando sólo en conseguir salir al exterior, en hacerle llegar un mensaje, de algún modo, a Luke.

Pero la entrada estaba bloqueada. Sebastian estaba allí, con su expresión fría y llena de regocijo, los brazos extendidos, los dedos tocando casi las paredes del túnel.

—Vaya —dijo—, no pensarías realmente que eras más rápido que yo, ¿verdad?

Jace se detuvo bruscamente. El corazón le latía irregularmente en el pecho, como un metrónomo roto, pero su voz era firme.

—Puesto que soy mejor que tú en cualquier otra cosa imaginable, era lógico.

Sebastian se limitó a sonreír.

—Puedo oír el latido de tu corazón —dijo con suavidad—. Cuando me observabas con Valentine. ¿Te molestó?

—¿Qué parezca que estás saliendo con mi papi? —Jace se encogió de hombros—. Eres un poco joven para él, si he de serte sincero.

—¿Qué?

Por primera vez desde que Jace lo había conocido, Sebastian pareció estupefacto. Aunque Jace sólo pudo disfrutar de ello por un momento, antes de que el otro recuperara la compostura. Pero había un oscuro destello en sus ojos que indicaba que no había perdonado a Jace por hacerle perder la calma.

—A veces me preguntaba cosas por ti —siguió Sebastian, con la misma voz suave—. Parecía haber algo en ti, algo tras esos ojos amarillos tuyos. Un destello de inteligencia, a diferencia del resto de tu lerda familia adoptiva. Pero supongo que no era más que afectación, una actitud. Eres tan idiota como el resto, pese a tu década de buena educación.

—¿Qué sabes tú de mi educación?

—Más de lo que podrías pensar. —Sebastian bajó las manos—. El mismo hombre que te educó a ti me educó a mí. Sólo que él no se cansó de mí después de los primeros diez años.

—¿A qué te refieres?

La voz de Jace surgió en un susurro, y luego, mientras miraba fijamente el rostro inmóvil y adusto de Sebastian, pareció ver al otro muchacho como si lo hiciera por primera vez —el cabello blanco, los ojos de un negro antracita, las duras líneas del rostro, como algo cincelado en piedra—y descubrió en su mente el rostro de su padre tal y como el ángel se lo había mostrado; joven, perspicaz, alerta y ávido, y lo supo.

—Tú —dijo—. Valentine es tu padre. Eres mi hermano.

Pero Sebastian ya no estaba de pie delante de él; de pronto estaba detrás, y sus brazos rodeaban los hombros de Jace como si quisieran abrazarlo, pero las manos estaban apretadas en forma de puños.

—Salve y adiós, hermano mío —escupió, y entonces los brazos dieron un fuerte tirón hacia arriba y se apretaron más, cortándole la respiración a Jace.


Clary estaba exhausta. Un dolor de cabeza sordo, la secuela de dibujar la runa Alianza, se había instalado en su lóbulo frontal. Parecía como si alguien intentase derribar una puerta a patadas desde el lado equivocado.

—¿Estás bien? —Jocelyn pasó una mano en el hombro de Clary—. Da la impresión de que te encuentras mal.

Clary bajó los ojos… y vio la larga y fina runa negra que cruzaba el dorso de la mano de su madre, la gemela de la que tenía Luke en la palma. Se le hizo un nudo en el estómago. Se las iba apañando para lidiar con el hecho de que dentro de unas pocas horas su madre podría estar «combatiendo realmente contra un ejército de demonios»… pero sólo porque reprimía testarudamente el pensamiento cada vez que afloraba.

—Me pregunto dónde está Simon. —Clary se puso en pie—. Voy a ir a buscarlo.

—¿Ahí abajo?

Jocelyn dirigió una mirada preocupada a la multitud. Ésta empezaba a disminuir, advirtió Clary, a medida que los que habían recibido la Marca salían en tropel por las puertas principales a la plaza situada fuera. Malachi permanecía de pie junto a la entrada, con su rostro broncíneo impasible, mientras indicaba a subterráneos y a cazadores de sombras adónde ir.

—Estaré perfectamente. —Clary se abrió paso por delante de su madre y de Luke en dirección a los peldaños del estrado—. Regresaré en seguida.

La gente se volvió para mirarla con fijeza mientras descendía los peldaños y se escurría entre la multitud. Podía sentir sus ojos puestos en ella, el peso de las miradas fijas. Escudriñó la muchedumbre, buscando a los Lightwood o a Simon, pero no vio a nadie que conociera… y ya era bastante difícil ver nada por encima del gentío, teniendo en cuenta lo bajita que era. Con un suspiro, se escabulló hacia el lado oeste del Salón, donde el gentío era menor.

En cuanto se aproximó a la alta hilera de pilares de mármol, una mano salió disparada de entre dos de ellos y tiró de la chica hacia un lateral. Clary tuvo tiempo para lanzar un grito ahogado de sorpresa, y luego se encontró de pie en la oscuridad detrás del más grande de los pilares, con la espalda contra la fría pared de mármol y las manos de Simon sujetándole los brazos.

—No grites, ¿de acuerdo? Soy yo —dijo él.

—Pues claro que no voy a gritar. No seas ridículo. —Clary echó una ojeada a un lado y a otro, preguntándose qué estaba sucediendo, pues sólo podía ver los retazos de la zona más grande del Salón, por entre los pilares—. Pero ¿qué significa esta escena de espionaje a lo James Bond? Venía a buscarte de todos modos.

—Lo sé. He estado esperando a que bajases del estrado. Quería hablar contigo donde nadie más nos pudiera oír. —Se lamió los labios nerviosamente—. He oído lo que dijo Raphael. Lo que quería.

—Ah, Simon. —Los hombros de Clary se encorvaron—. Mira, no ha sucedido nada. Luke le ha echado…

—Quizá no debería haberlo hecho —dijo Simon—. Quizás debería haberle dado a Raphael lo que quería.

Clary le miró pestañeando.

—¿Te refieres a ti? No seas idiota. De ningún modo…

—Existe un modo. —La presión que ejercía sobre sus brazos se incrementó—. Quiero hacerlo. Quiero que Luke le diga a Raphael que hay trato. O se lo diré yo mismo.

—Sé por qué lo haces —protestó Clary—. Y lo respeto y te admiro por ello, pero no tienes que hacerlo, Simon, no tienes por qué. Lo que Raphael pide está mal, y nadie te juzgará por no sacrificarte por una guerra en la que no tienes por qué pelear…

—Precisamente por eso —dijo Simon—. Lo que Raphael ha dicho es cierto. Soy un vampiro, y no haces más que olvidarlo. O quizás simplemente quieras olvidarlo. Pero soy un subterráneo y tú eres una cazadora de sombras, y esta lucha nos incumbe a los dos.

—Pero tú no eres como ellos…

—Soy uno de ellos. —Hablaba despacio deliberadamente, como para asegurarse por completo de que ella comprendía cada una de las palabras que pronunciaba—. Y siempre lo seré. Si los subterráneos libran esta guerra junto a los cazadores de sombras sin la participación de la gente de Raphael, entonces no habrá escaño en el Consejo para los Hijos de la Noche. No formarán parte del mundo que Luke intenta crear, un mundo donde cazadores de sombras y subterráneos trabajen juntos y estén unidos. Los vampiros quedarán al marguen de eso. Serán enemigos de los cazadores de sombras. Yo seré tu enemigo.

—Yo jamás podría ser tu enemiga.

—Eso me mataría —se limitó a decir Simon—. Pero no puedo evitar nada manteniéndome aparte y fingiendo que estoy al margen de todo esto. No estoy pidiendo tu permiso. Me gustaría recibir tu ayuda. Pero si no quieres dármela, conseguiré que Maia me lleve al campamento de los vampiros de todos modos y me entregaré a Raphael. ¿Lo entiendes?

Le miró boquiabierta. Simon le sujetaba los brazos con tanta fuerza que podía sentir la sangre palpitando en la piel bajo sus manos. Se pasó la lengua sobre los labios resecos; su boca tenía un sabor amargo.

—¿Qué puedo hacer para ayudarte? —susurró.

Clary le contempló con incredulidad mientras se lo contaba, y negaba ya con la cabeza antes de que él finalizara; sus cabellos se balanceaban de un lado a otro, cubriéndole casi los ojos.

—No —dijo—, es una idea demencia, Simon. No es un don; es un castigo…

—Tal vez no para mí —replicó él.

El muchacho echó una ojeada a la multitud, y Clary vio a Maia allí de pie, observándolos, con una expresión abiertamente curiosa. Estaba claro que esperaba a Simon. «Demasiado rápido —pensó Clary—. Todo esto está sucediendo demasiado de prisa.»

—Es mejor que tu alternativa, Clary.

—No…

—Podría no perjudicarme en absoluto. Quiero decir… ya me han castigado, ¿verdad? Ya no puedo entrar en una iglesia, en una sinagoga, no puedo decir… no puedo decir nombres sagrados, no puedo envejecer, ya estoy apartado de la vida normal. A lo mejor esto no cambiará nada.

—Pero a lo mejor sí.

Él le soltó los brazos, deslizó la mano al costado de su amiga y le sacó la estela de Patrick del cinturón. Se la tendió.

—Clary —dijo—. Haz esto por mí. Por favor.

Ella tomó la estela con dedos entumecidos y la alzó, posando el extremo sobre la piel de Simon, justo por encima de los ojos. «La primera Marca», había dicho Magnus. La primera de todas. Pensó en ella, y la estela empezó a moverse tal y como una danzarina empieza a moverse cuando se inicia la música. Líneas negras se trazaron sobre la frente como una flor que se abriera en una película proyectada a gran velocidad. Cuando terminó, la mano derecha le dolía y le escocía, pero mientras la retiraba y miraba con atención, supo que había dibujado algo perfecto, extraño y antiguo, algo del principio mismo de la historia. Resplandeció como una estrella sobre los ojos de Simon cuando éste se acarició la frente con los dedos, con expresión aturdida y confusa.

—Puedo sentirla —dijo—. Como una quemadura.

—No sé qué sucederá —murmuró ella—. No sé qué efectos secundarios tendrá a largo plazo.

Con una media sonrisa, él alzó la mano para acariciarle la mejilla.

—Esperemos que tengamos la oportunidad de descubrirlo.

19 Peniel

Maia permaneció callada la mayor parte del camino hasta el bosque, manteniendo la cabeza gacha y echando ojeadas a un lado y a otro de vez en cuando con la nariz arrugada por la concentración. Simon se preguntó si olfateaba el camino que debía seguir, y decidió que aunque eso podría parecer un poco raro, desde luego resultaba un talento útil. También descubrió que no tenía que apresurar el paso para mantenerse a su altura, sin importar lo deprisa que ella se moviera. Incluso cuando alcanzaron el especialmente frecuentado sendero que conducía al interior del bosque y Maia empezó a correr —veloz, en silencio y manteniéndose muy agachada sobre el suelo—, él no tuvo problemas para igualarla su paso. Era una consecuencia de ser vampiro que podía admitir honestamente que le gustaba.

El sendero finalizó demasiado pronto; el bosque se espesó y se hallaron corriendo entre los árboles, sobre el terreno removido y repleto de raíces cubierto por una espesa capa de hojas muertas. Las ramas de lo alto creaban dibujos que recordaban encajes al recortarse en el firmamento iluminado por las estrellas. Salieron de los árboles a un claro salpicado de enormes peñascos que relucían como blancos dientes cuadrados. Había montones de hojas apiladas aquí y allí, como si alguien hubiese pasado por el lugar con un rastrillo gigante.

—¡Raphael! —Maia hizo bocina con las manos y gritó con una voz lo bastante potente para espantar a las aves de las copas de los árboles sobre sus cabezas—. ¡Raphael, muéstrate!

Silencio. Entonces las sombras susurraron; sonó un suave tamborileo, igual que lluvia golpeando un tejado de zinc. Las hojas amontonadas en el suelo salieron volando por los aires como ciclones diminutos. Simon oyó toser a Maia; ésta tenía las manos alzadas, como para apartar las hojas de su rostro y de sus ojos.

Tan repentinamente como se había alzado, el viento amainó. Raphael estaba allí de pie, apenas a unos pocos metros de Simon. A su alrededor había un grupo de vampiros, pálidos e inmóviles como árboles a la luz de la luna. Sus expresiones eran frías, desprovistas de todo lo que no fuera una total hostilidad. Reconoció a alguno de ellos del hotel Dumort: la menuda Lily y el rubio Jacob, con la mirada tan afilada como cuchillos. Pero a otros muchos de ellos no los había visto nunca antes.

Raphael se adelantó. Tenía la piel cetrina y los ojos rodeados por una negra sombra, pero sonrió al ver a Simon.

—Vampiro diurno —musitó—. Has venido.

—He venido —dijo Simon—. Estoy aquí, así que… se acabó.

—Nada ha acabado, vampiro diurno. —Raphael miró en dirección a Maia—. Licántropa —dijo—, regresa junto al líder de tu manada y dale las gracias por cambiar de idea. Dile que los Hijos de la Noche pelearán junto a su gente en la llanura Brocelind.

El rostro de Maia estaba tenso.

—Luke no cambió…

Simon la interrumpió a toda prisa.

—Todo va bien, Maia. Vete.

Los ojos de la muchacha se veían luminosos y entristecidos.

—Simon, piensa —dijo—. No tienes que hacerlo.

—Sí, tengo que hacerlo. —Su tono era firme—. Maia, muchísimas gracias por traerme aquí. Ahora vete.

—Simon…

Él bajó la voz.

—Si no te vas, nos matarán a ambos, y todo esto habrá sido por nada. Vete. Por favor.

Ella sintió y dio media vuelta, cambiando mientras se volvía, de modo que un momento antes era una menuda joven humana, con las trenzas sujetas con cuentas rebotando sobre los hombros, y al siguiente ya golpeaba el suelo corriendo a cuatro patas como una loba veloz y silenciosa. Abandonó como una exhalación el claro y desapareció en las sombras.

Simon se volvió de nuevo hacia los vampiros… y casi suelta un grito; Raphael estaba de pie justo frente a él, a centímetros de distancia. Vista de cerca, su piel mostraba los relevadores trazos del hambre. Simon recordó aquella noche en el hotel Dumort —rostros surgiendo de las sombras, carcajadas fugaces, el olor de la sangre—y se estremeció.

Raphael alargó los brazos hacia Simon y lo agarró por los hombros; sus manos engañosamente menudas lo sujetaban como tenazas de hierro.

—Gira la cabeza —dijo—y mira las estrellas; será más fácil así.

—Así que vas a matarme —dijo Simon.

Ante su sorpresa, no se sentía asustado, ni siquiera particularmente nervioso; todo parecía haberse ralentizado hasta adquirir una claridad perfecta. Era consciente de cada hoja en las ramas sobre su cabeza, de cada guijarro diminuto del suelo, de cada par de ojos puestos en él.

—¿Qué creías? —dijo Raphael; con cierta tristeza, pensó Simon—. No es nada personal, te lo aseguro. Como dije antes…, eres demasiado peligroso para que se te permita seguir tal y como eres. De haber sabido en lo que te convertirías…

—Jamás me habrías dejado arrastrarme fuera de aquella sepultura, lo sé —repuso Simon.

Raphael cruzó la mirada con él.

—Todo el mundo hace lo que debe para sobrevivir. Es ese aspecto incluso nosotros somos iguales a los humano. —Los dientes afilados como agujas resbalaron fuera de sus fundas como delicadas cuchillas—. Quédate quieto —dijo—. Esto será rápido. —Se inclinó hacia el muchacho.

—Espera —dijo Simon, y cuando Raphael se echó atrás con una mueca de desagrado, volvió a decirlo, con más energía—: Espera. Hay algo que tengo que mostrarte.

Raphael emitió un quedo siseo.

—Será mejor que pretendas algo más que intentar demorarme, vampiro diurno.

—Lo hago. Hay algo que pensé que deberías ver.

Simon alzó la mano y se apartó los cabellos de la frente. Pareció un gesto estúpido, teatral incluso, pero al hacerlo, vio el blanco rostro desesperado de Clary mientras alzaba la vista hacia él, con la estela en la mano, y pensó: «Bueno, por ella, al menos lo he intentado».

El efecto sobre Raphael fue a la vez sorprendente e instantáneo. Retrocedió violentamente como si Simon hubiese blandido un crucifijo ante él, abriendo los ojos de hito en hito.

—Vampiro diurno —escupió—. ¿Quién te hizo eso?

Simon se limitó a mirarle con asombro. No estaba seguro de qué reacción había esperado, pero no era aquélla.

—Clary —dijo Raphael, respondiendo a su propia pregunta—, por supuesto. Únicamente un poder como el suyo permitiría esto… Un vampiro con una Marca, y una Marca como ésta…

—¿Una Marca como qué? —quiso saber Jacob, el delgado muchacho rubio situado justo detrás de Raphael.

El resto de vampiros también miraba atentamente, con expresiones que mezclaban confusión y un temor creciente. Cualquier cosa que asustaste a Raphael, se dijo Simon, era seguro que los asustaría también a ellos.

—Esta Marca —dijo Raphael, todavía mirando únicamente a Simon—no pertenece al Libro Gris. Es una Marca aún más vieja que eso. Es una de las antiguas, dibujada por la propia mano del Creador. —Hizo intención de tocar la frente de Simon pero no pareció capaz de obligarse a hacerlo; su mano flotó en el aire un momento, pero luego cayó sobre su costado—. Tales Marcas se mencionan, pero yo jamás había visto una. Y ésta…

Simon recitó:

—«Ciertamente cualquiera que matare a Caín siete veces será castigado. Entonces Jehová puso una Marca en Caín, para que no lo matase cualquiera que le hallara.» Puedes intentar matarme, Raphael. Pero yo no te lo aconsejaría.

—¿La Marca de Caín? —inquirió Jacob con incredulidad—. ¿Esa Marca que llevas es la Marca de Caín?

—Mátalo —dijo una vampira pelirroja que estaba muy cerca de Jacob y que hablaba con un fuerte acento: ruso, se dijo Simon, aunque no estaba seguro—. Mátalo de todos modos.

La expresión de Raphael era una mezcla de furia y recelo.

—No lo haré —replicó—. Cualquier daño que se le cause repercutirá sobre el que lo haga siete veces. Ésa es la naturaleza de la Marca. Desde luego, si alguno de vosotros quiere ser quien corra tan riesgo, yo no tengo ningún inconveniente.

Nadie habló ni se movió.

—Ya sabía yo que no —repuso Raphael, y sus ojos escudriñaron a Simon—. Como la reina malvada del cuento, Lucia Graymark me ha enviado una manzana envenenada. Supongo que esperaba que te hiciera daño, y cosecharía el consiguiente castigo.

—No —se apresuró a decir Simon—. No…, Luke no sabía esto. Su gesto fue de buena fe. Tienes que cumplir la palabra dada.

—¿Y, así pues, lo elegiste tú? —Por primera vez había algo distinto al desprecio, se dijo Simon, en el modo en que Raphael le miraba—. Esto no es un simple hechizo de protección, vampiro diurno. ¿Sabes cuál fue el castigo de Caín? —Habló en voz baja, como si compartiera un secreto con Simon—: «Y ahora maldito seas tú de la tierra. Y errante y extranjero serás en la Tierra».

—Entonces —dijo Simon—, andaré errante, si es necesario. Haré lo que tenga que hacer.

—Todo esto —repuso Raphael—, todo esto por los nefelim.

—No tan sólo por los nefilim —respondió Simon—. Hago esto también por ti. Incluso aunque no lo desees. —Alzó la voz de modo que los silenciosos vampiros que lo rodeaban pudiesen oírle—. Os preocupa que si otros vampiros se enteraban de lo que me había sucedido, fueran a pensar que la sangre de los cazadores de sombras podía permitirles también pasear a la luz del día. Pero no debo este poder a eso. Fue algo que Valentine hizo. Un experimento. Él lo causó, no Jace. Y no se puede reproducir. No volverá a suceder jamás.

—Imagino que dice la verdad —dijo Jacob, ante la sorpresa de Simon—. Ciertamente he conocido a uno o dos Hijos de la Noche que han probado la sangre de un cazador de sombras en el pasado. Ninguno de ellos ha tolerado nunca la luz del sol.

—Una cosa era no ayudar a los cazadores de sombras antes —siguió Simon, volviendo la cabeza de nuevo hacia Raphael—, pero ahora, ahora que me han enviado a vosotros… —Dejó que el resto de la frase flotara en el aire, sin terminar.

—No intentes hacerme chantaje, vampiro diurno —dijo Raphael—. Cuando los Hijos de la Noche hacen un trato, lo mantienen, sin importar lo mal que se les haya tratado. —Sonrió levemente; sus afilados dientes brillaron en la oscuridad—. Sólo hay una cosa —continuó—. Un último acto que requiero de ti para que demuestres que realmente has actuado de buena fe. —El énfasis que puso en las últimas dos palabras llevaba un gélido lastre.

—¿Qué es? —preguntó Simon.

—Nosotros no seremos los únicos vampiros que luchen en la batalla de Lucian Graymark —respondió él—. Tú también lo harás.


Jace abrió los ojos en medio de un remolino plateado. Tenía la boca llena de un líquido amargo. Tosió, preguntándose por un momento si se estaba ahogando; pero, si era así, lo hacía en tierra firme. Estaba sentado con la espalda muy recta apoyada en una estalagmita y tenía las manos atadas. Volvió a toser y la boca se le llenó de un sabor salado. No se estaba ahogando, comprendió, simplemente se atragantaba con sangre.

—¿Despierto, hermanito? —Sebastian estaba arrodillado frente a él, con un trozo de soga en las manos y la sonrisa similar a un cuchillo desenvainado—. Bien. Temí por un momento haberte matado demasiado pronto.

Jace giró la cara a un lado y escupió una bocanada de sangre al suelo. Sentía la cabeza como si le estuviesen hinchando un globo dentro de ella y éste presionase con fuerza contra el interior del cráneo. El plateado remolino sobre su cabeza aminoró y se detuvo, convirtiéndose en un brillante dibujo de estrellas visibles a través del agujero del techo de la cueva.

—¿Aguardando una ocasión especial para matarme? Se acerca la Navidad.

Sebastian dedicó a Jace una mirada pensativa.

—Eres muy insolente. Eso no lo aprendiste de Valentine. ¿Qué aprendiste realmente de él? Tampoco me parece que te adiestrase demasiado en la lucha. —Se inclinó más cerca—. ¿Sabes lo que me dio el día de mi noveno aniversario? Una lección. Me enseñó que hay un lugar en la espalda de un hombre donde, si hundes un cuchillo, puedes perforarle el corazón y seccionarle la espina dorsal, todo a la vez. ¿Qué recibiste tú en día de tu noveno aniversario, angelito? ¿Una galletita?

« ¿Noveno aniversario?» Jace tragó saliva con fuerza antes de soltar:

—Dime entonces, ¿en qué agujero te tenía escondido mientras yo crecía? Porque no recuerdo haberte visto por la casa de campo.

—Crecí en este valle. —Sebastian indicó con la barbilla la salida de la cueva—. No recuerdo haberte visto tampoco a ti por aquí, ahora que lo pienso. Aunque yo conocía de tu existencia. Apuesto a que tú no sabías nada de la mía.

Jace negó con la cabeza.

—Valentine no era muy dado a alardear de ti. No puedo imaginar el motivo.

Los ojos de Sebastian centellearon. Era fácil contrastar, ahora, el parecido de Valentine: la misma insólita combinación de cabello de un blanco plateado y los ojos negros, los mismos huesos finos que en otro rostro moldeado con menos energía habrían parecido delicados.

—Yo lo sabía todo sobre ti. —dijo—. Pero tú no sabes nada ¿verdad? —Sebastian se puso en pie—. Te quería vivo para que contemplases esto, hermanito —siguió—. Así que observa, y observa con atención.

Con un movimiento tan veloz que fue casi invisible, sacó la espada de la vaina que llevaba a la cintura. Tenía una empuñadura de plata, y como la Espada Mortal, brillaba con una mortecina luz oscura. Había un dibujo de estrellas grabado en la superficie de la negra hoja; la espada atrapó la auténtica luz estelar cuando Sebastian hizo girar la hoja, y ardió como el fuego.

Jace contuvo el aliento. Se preguntó si Sebastian simplemente tenía intención de matarlo, pero no, lo habría matado ya, mientras estaba inconsciente, si ésa hubiera sido su intención. Jace observó mientras el otro muchacho se alejaba hacia el centro de la estancia, con la espada sujeta levemente en la mano, a pesar de que parecía bastante pesada. Su mente trabajaba frenéticamente. ¿Cómo podía Valentine tener otro hijo? ¿Quién era su madre? ¿Alguna otra persona del Círculo? ¿Era él mayor o más joven que Jace?

Sebastian había llegado hasta la enorme estalagmita de tinte rojizo del centro de la habitación. Ésta pareció latir a medida que él se aproximaba, y el humo de su interior empezó a girar más de prisa. Sebastian entrecerró los ojos y alzó la hoja. Dijo algo —una palabra en un discordante idioma demoníaco—y descargó la espada transversalmente, con violencia y a toda velocidad, en un arco cortante.

La parte superior de la estalagmita se rompió. Dentro estaba hueca como un tubo de ensayo, llena de una masa de humo negro y rojo, que ascendió en un torbellino como gas escapando de un globo pinchado. Hubo un rugido, una especie de presión explosiva. Jace sintió un estallido en los oídos. De improviso resultó difícil respirar. Quiso tirar del cuello de su camiseta, pero no podía mover las manos. Estaban atadas con demasiada fuerza tras él.

Sebastian estaba medio oculto tras la columna de la que manaba aquella sustancia roja y negra que se enroscaba sobre sí misma, ascendiendo en espiral… «¡Observa!», gritó con el rostro resplandeciente. Tenía los ojos iluminados; los cabellos blancos le azotaban el rostro por el creciente viento, y Jace se preguntó si su padre había tenido aquel aspecto cuando era joven: terrible y a la vez en cierto modo fascinante.

—¡Contempla el ejército de Valentine!

Su voz quedó ahogada entonces por el sonido. Era un sonido como la marea estrellándose contra la orilla, el romper de una ola enorme que arrastrara detritos inmensos con ella, los huesos hechos pedazos de ciudades enteras, el embate de un poder inmenso y diabólico. Una columna enorme de oscuridad que se retorcía, corría y aleteaba manó de la estalagmita hecha pedazos, ascendiendo a través del aire, fluyendo en dirección —y a través—de la abertura horada en el techo de la caverna. Demonios. Se elevaron entre alaridos, aullidos y gruñidos, una masa hirviente de garras, zarpas, dientes y ojos llameantes. Jace recordó estar caído sobre la cubierta del barco de Valentine mientras el cielo, la tierra y el mar se convertían en una pesadilla a su alrededor; lo que estaba viendo era aún peor. Era como si la tierra se hubiese desgarrado y el infierno se hubiese vertido al exterior de la abertura. Los demonios transportaban con ellos un hedor parecido a miles de cadáveres putrefactos. Las manos de Jace se retorcieron entre sí, hasta que la cuerda le segó las muñecas y le hizo sangrar. Un sabor amargo ascendió hasta su boca, y se atragantó impotente con sangre y bilis mientras el último de los demonios se alzaba y desaparecía en lo alto, en una oscura riada de horror, ocultando las estrellas.

Jace pensó que tal vez podría haberse desmayado durante un minuto o dos. Ciertamente hubo un período de negrura durante el cual los alaridos y aullidos en lo alto se apagaron y él pareció flotar en el espacio, inmovilizado entre la tierra y el cielo, sintiendo una especie de despreocupación que fue de algún modo… apacible.

Finalizó demasiado pronto. De repente se vio lanzado violentamente de vuelta al interior de su cuerpo, con las muñecas terriblemente doloridas, los hombros tensados hacia atrás y el hedor a demonio tan fuerte en el aire que giró la cabeza a un lado y vomitó sin remedio sobre el suelo. Oyó una risita seca y alzó los ojos, tragando con fuerza para eliminar el gusto ácido de la garganta. Sebastian se arrodilló sobre él, con las piernas a horcajadas sobre las de Jace y los ojos brillantes.

—Ya está, hermanito —dijo—. Se han ido.

A Jace le lloraban los ojos y tenía la garganta irritada. Su voz salió ronca.

—Ha dicho medianoche. Valentine ha dicho que abrieras la puerta a medianoche. No puede ser medianoche todavía.

—Siempre imagino que es mejor pedir perdón que permiso en esta clase de situaciones. —Sebastian echó una ojeada hacia el cielo, ahora vacío—. Deberían necesitar cinco minutos para llegar a la llanura Brocelind desde aquí, un poco menos de tiempo del que necesitará mi padre para llegar al lago. Quiero ver derramada un poco de sangre nefilim. Quiero que se retuerzan y mueran en el suelo. Merecen la deshonra antes de conseguir el olvido.

—¿Realmente crees que los nefilim tienen tan pocas posibilidades contra los demonios? ¿Crees que no están suficientemente preparados…?

Sebastian desechó lo que Jace decía con un violento gesto de muñeca.

—Pensaba que nos estabas escuchando. ¿No comprendiste el plan? ¿No sabes lo que va a hacer mi padre?

Jace no dijo nada.

—Fue una gran cosa por tu parte —comentó Sebastian—conducirme hasta Hodge esa noche. Si no hubiese revelado que el Espejo que buscábamos era el lago Lyn, no estoy seguro de que esta noche hubiese sido posible. Porque cualquiera que lleve con él los primeros dos Instrumentos Mortales y se coloque ante el Cristal Mortal puede invocar al Ángel Raziel para que salga de él, tal y como Jonathan Cazador de Sombras hizo hace mil años. Y una vez que has hecho aparecer al Ángel, puedes pedirle una cosa. Una tarea. Un… favor.

—¿Un favor? —Jace se quedó helado—. ¿Y Valentine va a exigir la derrota de los cazadoras de sombras en Brocelind?

Sebastian se puso en pie.

—Eso sería un desperdicio —repuso—. No. Va a exigir que todos los cazadores de sombras que no hayan bebido de la Copa Mortal… todos aquellos que no son sus seguidores… queden despojados de sus poderes. Ya no serán nefilim. Y, como tales, luciendo las Marcas que llevan… —Sonrió—. Se convertirán en repudiados, una presa fácil para los demonios, y aquellos subterráneos que no hayan huido serán erradicados rápidamente.

A Jace los oídos le zumbaban con un discordante sonido apenas audible. Se sintió mareado.

—Ni siquiera Valentine —dijo—, ni siquiera Valentine lo haría jamás…

—Por favor —replicó Sebastian—. ¿Realmente crees que mi padre no seguirá adelante con lo que ha planeado?

—Nuestro padre —dijo Jace.

Sebastian bajó los ojos hacia él. Su cabello era una aureola blanca; parecía la clase de ángel malvado que podría haber seguido a Lucifer fuera del cielo.

—Disculpa —dijo, con cierto dejo divertido—. ¿Estás rezando?

—No; dije nuestro padre. Me refería a Valentine. No es sólo tu padre. Es el nuestro.

Por un momento Sebastian permaneció impasible; luego la boca se curvó en las comisuras y sonrió burlón.

—Angelito —dijo—. Eres estúpido, ¿verdad?… Tal y como mi padre siempre dijo.

—¿Por qué no haces más que llamarme así? —exigió Jace—. ¿Por qué no haces más que parlotear sobre ángeles…?

—Dios —dijo el otro—, no sabes nada, ¿verdad? ¿Te dijo alguna vez mi padre algo que no fuese una mentira?

Jace sacudió la cabeza. Había estado tirando de las cuerdas que le ataban las muñecas, pero cada vez que les daba un tirón, parecían apretarse más. Sentía el latir de su pulso en cada uno de los dedos.

—¿Cómo sabes que no te mentía a ti?

—Porque soy de su sangre. Soy exactamente como él. Cuando él no esté, yo gobernaré a la Clave.

—Yo no me jactaría de ser exactamente como él si fuese tú.

—Es verdad. —La voz de Sebastian carecía de emoción—. Tampoco pretendo ser otra cosa que lo que soy. No me comporto como si me horrorizara que mi padre haga lo que necesita hacer para salvar a su gente, incluso aunque ellos no quieran… o, si me lo preguntas, merezcan… ser salvados. ¿A quién prefiere tener por hijo, a un muchacho que está orgulloso de que seas su padre o a uno que se encoge ante ti avergonzado y temeroso?

—Valentine no me da miedo —dijo Jace.

—No debería dártelo —respondió Sebastian—. Deberías temerme a mí.

Hubo algo en su voz que hizo que Jace abandonara el forcejeo con las ligaduras y alzara los ojos. Sebastian seguía empuñando aquella espada que resplandecía con un fulgor negruzco. Era un objeto siniestro y hermoso, pensó Jace, incluso cuando Sebastian bajó su punta hasta hacerla descansar por encima de la clavícula de Jace, efectuando justo una muesca en su nuez.

Jace se esforzó por mantener la voz firme.

—¿Ahora qué? ¿Vas a matarme mientras estoy atado? ¿Tanto te asusta la idea de pelear conmigo?

Nada, ni un atisbo de emoción, cruzó por el pálido rostro de Sebastian.

—Tú no supones una amenaza para mí —respondió—. Eres una plaga. Una molestia.

—Entonces, ¿por qué no me desatas las manos?

Sebastian, totalmente inmóvil, le miró fijamente. Parecía una estatua, se dijo Jace, como la estatua de algún príncipe muerto joven y malcriado. Y ésa era la diferencia entre Sebastian y Valentine; aunque compartían el mismo aspecto de frío mármol, Sebastian tenía un aire a su alrededor de algo en ruinas… algo carcomido desde dentro.

—No soy idiota —respondió Sebastian—, y no me harás picar. Te dejé con vida sólo el tiempo suficiente para que pudieses ver los demonios. Cuando mueras y regreses a tus antepasados ángeles, puedas decirles que ya no hay lugar para ellos en este mundo. Le fallaron a la Clave, y a la Clave ya no los necesita. Ahora tenemos a Valentine.

—¿Me matas porque quieres que le de un mensaje a Dios de tu parte? —Jace sacudió la cabeza mientras la punta de la espada le arañaba la garganta—. Estás más loco de lo que pensaba.

Sebastian se limitó a sonreír y empujó la hoja un poco más; cuando Jace tragó saliva, pudo sentir la punta del arma haciendo una muesca en su tráquea.

—Si tienes que rezar, hermanito, hazlo ya.

—No voy a rezar —respondió Jace—. Tengo un mensaje, no obstante. Para nuestro padre. ¿Se lo darás?

—Por supuesto —dijo Sebastian con soltura, pero hubo algo en el modo en que lo dijo, una chispa de vacilación antes de hablar, que confirmó lo que Jace ya pensaba.

—Mientes —dijo—. No le darás el mensaje, porque no vas a contarle lo que has hecho. Jamás te pidió que me mataras, y no le gustará cuando lo descubra.

—Tonterías. No significas nada para él.

—Piensas que jamás sabrá lo que sucedió si me matas ahora, aquí. Puedes decirle que morí en la batalla, o él simplemente supondrá que eso es lo que sucedió. Pero te equivocas si crees que no se enterará. Valentine siempre lo descubre todo.

—No sabes de lo que estás hablando —dijo Sebastian, pero su rostro se había crispado.

Jace siguió hablando, aprovechando su ventaja.

—No puedes ocultar lo que estás haciendo. Hay un testigo.

—¿Un testigo? —Sebastian casi se sorprendió, lo que para Jace representó algo parecido a una victoria—. ¿De qué hablas?

—El cuervo —respondió Jace—. Ha estado observando desde las sombras. Él se lo contará todo a Valentine.

—¿Hugo?

La mirada de Sebastian se alzó violentamente, y aunque al cuervo no se le veía por ninguna parte, el rostro del muchacho cuando volvió a bajar la vista hacia Jace estaba lleno de dudas.

—Si Valentine se entera de que me asesinaste mientras estaba atado e indefenso, se disgustará contigo —siguió Jace, y escuchó como su propia voz asumía las cadencias de la de su padre, el modo en que Valentine hablaba cuando quería algo: con voz queda y persuasiva—Te llamará cobarde. Jamás te perdonará.

Sebastian no dijo nada. Tenía la vista clavada en Jace; los labios le temblaban, y el odio hervía tras sus ojos igual que veneno.

—Desátame —le dijo Jace con una voz calmada—. Desátame y pelea conmigo. Es el único modo.

El labio de Sebastian volvió a crisparse, con fuerza, y en esta ocasión Jace pensó que había ido demasiado lejos. Sebastian retiró la espada y la alzó, y la luz de la luna estalló sobre ella en una milla de fragmentos plateados, plateados como las estrellas, plateados como el color de sus cabellos. Sonrió mostrando los dientes… y el aliento sibilante de la espada hendió la noche con un chillido mientras la hacía bajar dibujando un arco.


Clary estaba sentada en los peldaños del estrado del Salón de los Acuerdos, sujetando la estela en las manos. Jamás se había sentido tan sola. El Salón estaba totalmente vacío. Clary había buscado a Isabelle por todas partes una vez que los luchadores habían cruzado el Portal, pero no la había podido encontrar. Aline le había dicho que Isabelle probablemente había regresado a la casa de los Penhallow, donde Aline y unos pocos adolescentes más tenían que cuidar de al menos una docena de niños que no alcanzaban la edad de pelear. La joven había intentado conseguir que Clary fuese allí con ella, pero Clary había declinado el ofrecimiento. Si no podía encontrar a Isabelle, prefería estar sola. O eso había pensado. Pero, sentada allí, descubrió que el silencio y el vacío, se volvían cada vez más opresivos. Con todo, no se había movido. Ponía todo su empeño en no pensar en Jace, ni en Simon, en no pensar en su madre ni en Luke ni el Alec… y el único modo de no pensar, había descubierto, era permanecer inmóvil y clavar la vista en un único recuadro de mármol del suelo, contando las grietas que tenía, una y otra vez. Eran seis. «Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis.» Terminó la cuenta y empezó otra vez, desde el principio. «Una…»

El cielo estalló sobre su cabeza.

O al menos así fue como sonó. Clary echó la cabeza atrás y miró con atención hacia arriba, a través del techo transparente del Salón. El cielo había estado negro un momento antes; ahora era una masa arremolinada de llamas y oscuridad, recorrida por una desagradable luz naranja. Se movían cosas en aquella luz: cosas repugnantes que ella no quería ver, cosas que le habían estar agradecida a las tinieblas por oscurecerle la imagen. La aislada visión fugaz ya fue bastante desagradable.

La claraboya transparente de lo alto se onduló y se dobló al paso de la hueste de demonios, como si la pandeara un calor tremendo. Por fin se oyó un sonido como de un disparo, y una grieta enorme apareció en el cristal, que se convirtió en una telaraña de incontables fisuras. Clary corrió a esconderse, cubriéndose la cabeza con las manos, mientras una lluvia de cristales caía a su alrededor igual que lágrimas.


Casi había llegado al campo de batalla cuando los alcanzó el sonido que desgarró la noche por la mitad. En un momento el bosque estaba tan silencioso como oscuro y al siguiente el cielo se iluminó con un infernal resplandor naranja. Simon dio un traspié y estuvo a punto de caer; se agarró al tronco de un árbol para no perder el equilibrio y alzó los ojos, apenas capaz de creer lo que veía. A su alrededor los otros vampiros tenían la mirada fija en el cielo, los rostros blancos igual que flores nocturnas, alzándose para captar la luz de la luna mientras una pesadilla tras otra cruzaba el cielo como una exhalación.


—No haces más que desmayarte —dijo Sebastian—. Resulta sumamente fastidioso.

Jace abrió los ojos. Sintió una punzada de dolor en la cabeza. Alzó la mano para tocarse el costado de la cara… y advirtió que ya no tenía las manos atadas a la espalda. Un pedazo de soga colgaba de la muñeca. La mano se apartó de la cara negra: sangre, oscura a la luz de la luna.

Miró a su alrededor. Ya no estaban en la cueva. Yacía sobre blanda tierra y hierba en el suelo del valle, no lejos de la casa de piedra. Podía oír el sonido del agua en el arroyo, a todas luces muy cerca. Nudosas ramas de árboles sobre su cabeza impedían el paso a parte de la luz de la luna, pero de todos modos había bastante iluminación.

—Levanta —dijo Sebastian—. Tienes cinco segundos antes de que te mate donde estás.

Jace se levantó tan despacio como consideró que podía sin que pareciera deliberado. Todavía estaba un poco aturdido. Intentando recuperar el equilibrio, clavó los tacones de las botas en la blanda tierra, procurando darse un poco de estabilidad.

—¿Por qué me has traído aquí fuera?

—Por dos motivos —respondió el otro—. Uno, porque me ha divertido dejarte sin sentido. Dos, porque no sería bueno para ninguno de nosotros que cayera sangre en el suelo de esa caverna. Confía en mí. Y tengo intención de derramar gran cantidad de tu sangre.

Jace se palpó el cinturón, y se le cayó el alma a los pies. O bien se había caído gran parte de las armas mientras Sebastian lo arrastraba por los túneles, o, lo que era más probable, Sebastian las había tirado. Todo lo que le quedaba era una daga. Era un cuchillo corto…, demasiado corto, que no era rival para la espada.

—Eso no es gran cosa como arma. —Sebastian sonrió burlón, blanco bajo la oscuridad iluminada por la luna.

—No puedo pelear con esto —dijo Jace, intentando sonar tan trémulo y nervioso como pudo.

—Qué lástima. —Sebastian se acercó más a él, sonriendo.

Sostenía la espada sin apretar, con teatral indiferencia, mientras las puntas de los dedos tamborileaban un suave ritmo en la empuñadura. Si alguna vez iba a existir una oportunidad para él, se dijo Jace, probablemente era ésa. Echó el brazo atrás y golpeó a Sebastian con todas sus fuerzas en la cara.

Crujió un hueso bajo sus nudillos. El golpe derribó a Sebastian al suelo cuan largo era. Resbaló hacia atrás sobre la tierra y la espada escapó de su mano. Jace la atrapó a la vez que corría al frente, y al cabo de un segundo estaba de pie junto a Sebastian, contemplándolo, espada en mano.

La nariz de Sebastian sangraba; la sangre dibujaba un trazo escarlata sobre su rostro. Alzó la mano y apartó a un lado el cuello de la chaqueta para dejar al descubierto la garganta.

—Adelante —dijo—. Mátame ya.

Jace vaciló. No quería vacilar, pero ahí estaba: esa molesta renuncia a matar a nadie que yaciera indefenso en el suelo frente a él. Jace recordó a Valentine provocándolo, allá en Renwick, retando a su hijo a matarlo, y Jace no había podido hacerlo. Pero Sebastian era un asesino. Había matado a Max y a Hodge.

Alzó la espada.

Y Sebastian se levantó disparado del suelo más rápido que la vista. Pareció volar en el aire, efectuando un elegante salto mortal hacia atrás y aterrizando con gracia sobre la hierba apenas a treinta centímetros de distancia. Al hacerlo, lanzó una patada y golpeó la mano de Jace. La patada lanzó la espada por los aires, Sebastian la atrapó al vuelo, riendo, y lanzó un mandoble con ella, blandiéndola en dirección al corazón de Jace. Éste saltó atrás y la hoja hendió el aire justo en frente de él, haciendo un corte en la parte delantera de la camiseta. Jace sintió un dolor punzante y percibió como la sangre manaba de un tajo poco profundo sobre el pecho.

Sebastian rió por lo bajo mientras avanzaba hacia Jace, quien retrocedió, sacando a tientas la insuficiente daga del cinturón mientras lo hacía. Miró a su alrededor, confiando desesperadamente en que hubiese algo que pudiera usar como arma: un palo largo, cualquier cosa. No había nada a su alrededor salvo la hierba, el río que discurría a poca distancia, y los árboles en lo alto, extendiendo las gruesas ramas por encima de su cabeza como una red verde. De improviso recordó la Configuración Malachi en la que la Inquisidora lo había encerrado. Sebastian no era el único capaz de saltar.

Sebastian volvió a lanzar un mandoble hacia él, pero Jace ya había saltado… Se encontraba en el aire. La rama más baja estaba a unos seis metros de altura; la agarró, columpiándose hacia arriba y sobre ella. Arrodillándose sobre la rama, vio a Sebastian girar en redondo en el suelo y mirar hacia arriba. Jace arrojó la daga y oyó gritar a Sebastian. Jadeante, se irguió…

Y Sebastian estaba de improviso sobre la rama junto a él. Su pálido rostro estaba enrojecido por la ira; el brazo que usaba para empuñar la espada chorreaba sangre. Se le había caído la espada, evidentemente, sobre la hierba, aunque eso simplemente los ponía en igualdad de condiciones, se dijo Jace, ya que su daga también había desaparecido. Vio con cierta satisfacción que por ver primera Sebastian parecía enojado…, enojado y sorprendido, como si una mascota a la que había considerado mansa le hubiera mordido.

—Ha sido divertido —dijo Sebastian—. Pero ahora se ha acabado.

Se abalanzó sobre Jace, agarrándolo por la cintura y derribándolo fuera de la rama. Cayendo seis metros por los aires cogidos el uno al otro, arañándose… y se golpearon violentamente contra el suelo, con tal fuerza que Jace vio estrellas tras los ojos. Se lanzó a por el brazo herido de Sebastian y le clavó los dedos; Sebastian chilló y golpeó a Jace en la cara con el dorso de la mano. La boca del muchacho se llenó de sangre salada; se atragantó con ella mientras rodaban juntos por la tierra, asestándose puñetazos el uno al otro. Sintió el repentino shock de un frío gélido; había rodado por la suave pendiente al interior del río y yacían medio dentro, medio fuera del agua. Sebastian lanzó un grito ahogado y Jace aprovechó la oportunidad para agarrar la garganta de su adversario y cerrar las manos a su alrededor, apretando. Sebastian dio boqueadas, agarrando la muñeca derecha de Jace con su mano y tirando de ella hacia atrás, con fuerza suficiente para partirle los huesos. Jace se oyó chillar como si estuviera lejos, y Sebastian sacó partido de la ventaja, retorciendo la muñeca rota sin piedad hasta que Jace lo soltó y cayó hacia atrás en el frío y aguado lodo, con el brazo aullando de dolor.

Medio arrodillado sobre el pecho de Jace, con una rodilla clavándose con fuerza en sus costillas, Sebastian le sonrió burlón. Sus ojos centelleaban blancos y negros desde una máscara de tierra y sangre. Algo brillaba en su mano derecha. La daga de Jace. Debía de haberla recogido del suelo. La punta descansaba directamente sobre el corazón de Jace.

—Y nos encontramos exactamente donde estábamos hace cinco minutos —comentó Sebastian—. Has tenido tu oportunidad, Wayland. ¿Tus últimas palabras?

Jace le miró fijamente; le manaba sangre de la boca y el sudor le escocía en los ojos, y tuvo una sensación de agotamiento total y vacío. ¿Era realmente así como iba a morir?

—¿Wayland? —dijo—. Sabes que ése no es mi nombre.

—Tienes tanto derecho a él como lo tienes al nombre de Morgenstern —replicó Sebastian, que se inclinó hacia su enemigo apoyando su peso sobre la daga.

La punta perforó la piel de Jace, enviando una ardiente punzada de dolor a través de su cuerpo. El rostro de Sebastian estaba a centímetros de distancia; su voz era un susurro sibilante.

—¿Realmente creías que eras hijo de Valentine? ¿Realmente creías que una cosa lloriqueante y patética como tú era digna de ser un Morgenstern, de ser mi hermano? —Echó los blancos cabellos atrás: estaban lacios por el sudor y el agua del arroyo—. Eres un niño sustituto —dijo—. Mi padre abrió en canal un cadáver para sacarte y convertirte en uno de sus experimentos. Intentó criarte como a su propio hijo, pero eras demasiado débil para serle de utilidad. No podías ser un guerrero. No eres nada. Inútil. Así que se te quitó de encima entregándote a los Lightwood y esperó que pudieras serle de utilidad más tarde, como señuelo. O como cebo. Él jamás te quiso.

Los ardientes ojos de Jace pestañearon.

—Entonces tú…

—Yo soy el hijo de Valentine. Joanthan Christopher Morgenstern. Tú jamás tuviste ningún derecho a ese nombre. Eres un fantasma. Un aspirante.

Sus ojos eran negros y relucían, como dos caparazones de insectos muertos; de improviso Jace oyó la voz de su madre, como en un sueño —aunque ella no era un madre—diciendo: «Jonathan ya no es un bebé. No es ni siquiera humano; es un monstruo».

—Se trata de ti —dijo Jace con voz asfixiada—. Eres tu quien tiene la sangre de demonio. No yo.

—Exacto.

La daga resbaló otro milímetro al interior de la carne de Jace. Sebastian todavía sonreía, pero era un rictus, como el de una calavera.

—Tú eres el chico ángel. Tuve que oírlo todo respecto a ti. Tú con tu hermosa cara de ángel y tus bonitos modales y tus delicados, tus tan delicados sentimientos. Ni siquiera podías contemplar morir un pájaro sin llorar. NO es de extrañar que Valentine se sintiera avergonzado de ti.

—No —Jace olvidó la sangre de su boca, olvidó el dolor—. Es de ti de quien se avergüenza. ¿Crees que no quería llevarte con él al lago porque necesitaba que estuvieses aquí y abrieses la puerta a medianoche? Él sabía que serías incapaz de esperar. No te llevó con él porque le avergüenza presentarse ante el Ángel y mostrarle lo que ha hecho. Enseñarle la criatura que creó. Mostrarte a él. —Alzó la mirada hacia Sebastian; podía sentir una terrible y triunfal piedad llameando en sus propios ojos—. Sabe que no hay nada de humano en ti. Quizás te ama, pero te odia también…

—¡Cállate!

Sebastian presionó sobre la daga, retorciendo la empuñadura. Jace se arqueó hacia atrás con un grito, y un dolor insoportable le estalló como un relámpago tras los ojos. «Voy a morir —pensó—. Me estoy muriendo. Se acabó.» Se preguntó si ya le habría perforado el corazón. NO podía moverse, ni podía respirar. Supo entonces lo que debía de sentir una mariposa clavada sobre una cartulina. Intentó hablar, intentó decir su nombre, pero nada salió de su boca salvo más sangre.

Y sin embargo Sebastian pareció leer sus ojos.

—Clary. Casi lo había olvidado. Estas enamorado de ella, ¿verdad? La vergüenza de vuestros asquerosos impulsos incestuosos casi debe de haberte matado. Qué mala suerte que no supieses que no es realmente tu hermana. Podrías haber pasado el resto de tu vida con ella, si no fueses tan estúpido. —Se inclinó, empujando el cuchillo con más fuerza, arañando hueso con su filo, y le habló a Jace al oído, en una voz tan queda como un susurro—. Ella te amaba también —dijo—. Ten eso presente mientras mueres.

La oscuridad entró a raudales desde los bordes de la visión de Jace, igual que tinta derramándose sobre una fotografía y tapando la imagen. De pronto no hubo ningún dolor. No sintió nada, ni siquiera el peso de Sebastian sobre él, como si estuviese flotando. El rostro de Sebastian se diluyó sobre él, blanco contra la oscuridad, con la daga en la mano. Algo de un dorado brillante relució en la muñeca de Sebastian, como si llevara un brazalete. Pero no era un brazalete, porque se movía. Sebastian miró en dirección a la mano, sorprendido, a la vez que la daga caía en ella al aflojarse la presión y golpeaba contra el lodo con un sonido audible.

Luego la mano misma, separada de la muñeca, chocó contra el suelo junto al arma.

Jace contempló con asombro cómo la mano seccionada de Sebastian rebotaba e iba a detenerse contra un par de botas negras altas. Las botas iban unidas a un par de delicadas piernas, que se alzaban hasta un torso esbelto y un rostro familiar coronado por una cascada de cabellos negros. Jace alzó los ojos y vio a Isabelle, que tenía el látigo empapado en sangre y los ojos clavados en Sebastian, quien contemplaba fijamente el ensangrentado muñón de su muñeca con terrible sorpresa.

Isabelle le dedicó una sonrisa lúgubre.

—Eso ha sido por Max, bastardo.

—Zorra —siseó Sebastian… y se incorporó de un salto al mismo tiempo que el látigo de Isabelle descendía hacia él a una velocidad increíble.

El muchacho se arrojó a un lado y desapareció. Se escuchó un susurro de hojas; sin duda se había esfumado al interior del los árboles, pensó Jace, aunque sentía demasiado dolor para girar la cabeza y mirar.

—¡Jace!

Isabelle se arrodilló junto a él; su estela brillaba en la mano izquierda. Tenía los ojos llenos de lágrimas; debía de tener bastante mal aspecto, comprendió Jace, para que Isabelle mostrara aquella expresión.

«Isabelle», intentó decir. Quería decirle que se marchara, que huyera, que no importaba lo espectacular, valiente y llena de talento que fuera —y era todas esas cosas—, que no era rival para Sebastian. Y no había modo de que Sebastian fuese a dejar que algo sin importancia como que le hubiesen rebanado la mano fuera a detenerlo. Pero todo lo que surgió de la boca del muchacho fue una especie de borboteo.

—No hables. —Notó la punta de la estela arder sobre la piel del pecho—. Te pondrás bien. —Isabelle le sonrió temblorosamente—. Seguro que te preguntas qué diablos hago yo aquí —dijo—. No sé cuanto sabes… No sé lo que Sebastian te contó… pero tú no eres el hijo de Valentine.

El iratze estaba casi terminado; Jace podía sentir ya cómo el dolor se desvanecía. Asintió levemente, intentando decirle: «Lo sé».

—De todos modos, yo no iba a venir a buscarte después de que salieras pitando, porque decías en tu nota que no lo hiciésemos, y eso lo entendí. Pero por nada del mundo te iba a dejar morir creyendo que tenías sangre de demonio, o sin decirte que no hay nada malo en ti, aunque francamente, para empezar, cómo pudiste pensar una estupidez así… —La mano de Isabelle dio una sacudida, y ella se quedó inmóvil, sin querer estropear la runa—. Y era necesario que supieses que Clary no es tu hermana —siguió, con más dulzura—. Porque… porque tenías que saberlo. Así que conseguí que Magnus me ayudara a localizarte. Usé aquel pequeño soldado de madera que le diste a Max. No creo que Magnus me hubiera echado una mano en una situación normal, pero digamos simplemente que estaba en un «inusual» buen humor, y que le dije que Alec quería ir en tu busca… aunque eso no era «estrictamente» cierto, pero para cuando él lo descubra ya será demasiado tarde, puesto que una vez que supe dónde estabas, porque él ya había instalado aquel Portal, me escabullí…

Isabelle lanzó un grito. Jace intentó agarrarla, pero estaba fuera de su alcance; fue alzada y arrojada a un lado. El látigo se le escapó de la mano. Se puso de rodillas a toda prisa, pero Sebastian estaba ya delante de ella. Los ojos le llameaban furiosos y había una tela ensangrentada alrededor del muñón. Isabelle se lanzó a por el látigo, pero Sebastian se movió más de prisa. Giró en redondo y le asestó una patada, con fuerza. La bota que cubría su pie la alcanzó en la caja torácica. A Jace casi le pareció oír cómo las costillas de Isabelle se quebraban mientras ésta volaba hacia atrás y aterrizaba desmañadamente de costado. La oyó lanzar un grito —a Isabelle, que jamás gritaba de dolor—cuando Sebastian volvió a patearla y luego levantó su látigo del suelo, blandiéndolo en la mano.

Jace rodó sobre el costado. El iratze casi terminado había ayudado, pero el dolor del pecho todavía era fuerte y sabía, de algún extraño modo, que el hecho de escupir sangre probablemente significaba que tenía un pulmón perforado. No estaba seguro de cuánto tiempo le daba eso. Minutos, probablemente. Escarbó en el suelo para recoger la daga de donde Sebastian la había dejado caer, junto a los espantosos restos de su mano, y se puso en pie tambaleante. Olía a sangre por todas partes. Pensó en la visión de Magnus, el mundo convertido en sangre, y su resbaladiza mano se cerró con fuerza en el mango de la daga.

Dio un paso al frente. Luego otro. Cada paso era como si arrastrara los pies por cemento. Isabelle insultaba a gritos a Sebastian, que reía mientras la asestaba latigazos sobre el cuerpo. Los chillidos de la muchacha arrastraban a Jace como un pez en un anzuelo, pero se tornaron más débiles a medida que él avanzaba. El mundo gritaba a su alrededor como una atracción de feria.

«Un paso más», se dijo. Uno más. Sebastian le daba la espalda; estaba concentrado en Isabelle. Probablemente pensaba que Jace ya estaba muerto. Y casi lo estaba. «Un paso», se dijo, pero no podía hacerlo, no podía moverse, no podía obligarse a arrastrar los pies un paso más. Las tinieblas penetraban a raudales por los bordes de su visión…, una negrura más profunda que la oscuridad del sueño. Una negrura que borraría todo lo que había visto jamás y le proporcionaría un descanso que sería absoluto. Pacífico. Pensó, de improviso, en Clary; Clary tal y como la había visto la última vez, dormida, con el cabello extendido sobre la almohada y la mejilla sobre la mano. Había pensando entonces que no había visto nunca nada tan apacible en su vida, pero desde luego ella sólo había estado dormida, igual que cualquier otra persona dormiría. No había sido su paz lo que le había sorprendido, sino la suya propia. La paz que sentía al estar con ella no se parecía a nada que hubiese conocido antes.

El dolor le estremeció la columna vertebral, y advirtió con sorpresa que de algún modo, sin una volición propia, las piernas habían dado el último paso crucial. Sebastian tenía el brazo atrás, el látigo brillaba en su mano; Isabelle yacía sobre la hierba, hecha un guiñapo, y ya no gritaba… ya no se movía en absoluto.

—Pequeña zorra Lightwood —decía en aquellos momentos Sebastian—. Debería haberte aplastado la cara con aquel martillo cuando tuve la oportunidad…

Y Jace alzó la mano, con la daga en ella, y hundió la hoja en la espalda de Sebastian.

Sebastian se tambaleó y el látigo escapó de su mano. Se volvió despacio y miró a Jace, y éste pensó, con distante horror, que quizás Sebastian realmente no era humano, que no se lo podía matar después de todo. El rostro de Sebastian carecía de expresión, la hostilidad había desaparecido de él, y el oscuro fuego también se había marchado de sus ojos. Ya no se parecía a Valentine, en definitiva. Parecía… asustado.

Abrió la boca, como si tuviese intención de decirle algo a Jace, pero las rodillas se le doblaban ya. Se estrelló contra el suelo; la fuerza de la caída hizo que resbalara por la pendiente y cayera dentro del río. Acabó tumbado sobre la espalda, con sus ojos sin vida clavados en el cielo; el agua fluyó a su alrededor, arrastrando oscuros hilillos de sangre corriente abajo.

«Me enseñó que hay un lugar en la espalda de un hombre donde si hundes un cuchillo, puedes perforarle el corazón y seccionarle la espina dorsal, todo a la vez», había dicho Sebastian. «Imagino que tuvimos el mismo regalo de cumpleaños ese año —pensó Jace—, ¿verdad?»

—¡Jace! —Era Isabelle, con el rostro ensangrentado, que luchaba por sentarse en el suelo—. ¡Jace!

Intentó volverse hacia ella, intentó decir algo, pero las palabras habían desaparecido. Resbaló hasta quedar de rodillas. Un gran peso le presionaba los hombros, y la tierra lo llamaba: abajo, abajo, abajo. Apenas era consciente de que Isabelle chillaba su nombre mientras la oscuridad lo engullía.


Simon era un veterano de incontables batallas. Es decir, si uno contaba las batallas en que había tomado parte mientras jugaba a Dragones y Mazmorras, claro. Su amigo Eric era un entusiasta de la historia militar y era quien por lo general organizaba lo relacionado con las guerras en las partidas, que involucraban a docenas de diminutas figuras moviéndose en rectas filas por un paisaje plano dibujado sobre papel de estraza.

Así era como él había imaginado siempre las batallas… O del modo en que aparecen en las películas, con dos grupos de personas avanzando unos hacia los otros a través de una llana expansión de tierra. Filas rectas y una progresión ordenada.

Aquello no se le parecía en nada.

Era el caos, un tumulto de gritos y movimiento, y el paisaje no era llano sino una masa de barro y sangre revuelta hasta quedar convertida en una pasta inestable. Simon había imaginado que los Hijos de la Noche llegarían al campo de batalla y los recibiría alguien que estuviese al mando; imaginaba que vería la batalla desde lejos primero y podría observar mientras los dos bandos se enfrentaban. Pero no hubo recibimiento, y no había bandos. La batalla surgió de la oscuridad como si él hubiese salido por casualidad a una callejuela desierta y hubiese ido a parar en medio de un disturbio en pleno Tines Square; de repente había muchedumbre moviéndose en tropel a su alrededor, manos que lo agarraban, empujándolo fuera del paso, y los vampiros se desperdigaron, lanzándose al combate sin siquiera volver la vista hacia él.

Y había demonios…, demonios por todas partes, y jamás había imaginado los sonidos que podían emitir, los alaridos, ululaciones y gruñidos, y lo que era peor, los sonidos de carne desgarrada y triturada y de ávida satisfacción. Simon deseó poder desconectar su capacidad auditiva de vampiro, pero no podía, y los sonios eran como cuchillos perforándole los tímpanos.

Dio un traspié con un cuerpo que yacía medio sepultado en el lodo, se volvió para ver si podía ser de ayuda, y vio que al cazador de sombras que estaba a sus pies le faltaba la parte que iba de los hombros hacia arriba. El hueso blanco brillaba sobre la tierra oscura, y a pesar de la naturaleza vampírica del muchacho, sintió náuseas. «Debo de ser el único vampiro del mundo al que le enferma la visión de la sangre», pensó, y entonces algo lo golpeó con violencia por detrás y se vio lanzado al frente, resbalando por una pendiente de lodo al interior de un hoyo.

El de Simon no era el único cuerpo que había allí abajo. Rodó sobre la espalda justo al mismo tiempo que un demonio se alzaba ante él. Se parecía a la imagen de la Muerte en un grabado medieval: un esqueleto animado, con una hacha ensangrentada aferrada en una mano huesuda. Se arrojó a un lado mientras la hoja caída ruidosamente, a centímetros de su rostro. El esqueleto emitió un desilusionado siseo y volvió a alzar el hacha…

Y recibió un golpe en el costado de un garrote de madera cubierto de nudos. El esqueleto estalló en pedazos como una piñata repleta de huesos, que tintinearon haciéndose añicos antes de desaparecer en la oscuridad con un sonido parecido al de castañuelas.

Un cazador de sombras observaba a Simon desde arriba. No era nadie a quien hubiese visto jamás. Un hombre alto, barbudo y salpicado de sangre, que se pasó una mano mugrienta por la frente mientras bajaba la vista hacia Simon, dejando una oscura raya tras ella.

—¿Estás bien?

Anonadado, Simon asintió y empezó a ponerse en pie a toda prisa.

—Gracias.

El desconocido se inclinó hacia abajo y le ofreció una mano para ayudarlo a subir. Simon aceptó… y salió disparado hacia arriba fuera del hoyo. Aterrizó de pie en el borde, con los pies patinando sobre el lodo húmedo. El desconocido le dedicó una sonrisa avergonzada.

—Lo siento. Fuerza de subterráneo; mi compañero es un hombre lobo. No estoy acostumbrado a ella. —Miró con atención el rostro de Simon—. Eres un vampiro, ¿verdad?

—¿Cómo lo has sabido?

El otro sonrió. Era una especie de sonrisa cansada, pero no había nada poco amistoso en ella.

—Tus colmillos. Salen cuando peleáis. Lo sé porque…

Se interrumpió. Simon podía haber añadido lo que faltaba por él: «Lo sé porque he matado a una buena cantidad de vampiros».

—No importa. Gracias. Por pelear con nosotros.

—No…

Simon estaba a punto de decir que no había peleado exactamente aún. Que aún no había contribuido con nada, en realidad. Volvió la cabeza para decirlo, y consiguió hacer salir exactamente una palabra de la boca antes de que algo increíblemente enorme, con zarpas y con alas raídas, descendiera en picado del cielo y clavara las garras en la espalda del cazador de sombras.

El hombre ni siquiera lanzó un grito. Su cabeza se inclinó hacia atrás, como si mirara arriba sorprendido, preguntándose qué lo había agarrado… y luego desapareció y salió despedido al interior del vacío cielo negro en un remolino de dientes y alas. El garrote cayó ruidosamente al suelo a los pies de Simon.

Simon no se movió. Todo, desde el momento en que había caído al hoyo, había ocupado menos de un minuto. Se volvió como atontado y contempló fijamente a su alrededor las espaldas que se movían a toda velocidad en la oscuridad, las garras de los demonios que acuchillaban el aire, los puntos de luz que corrían aquí y allá a través de la oscuridad como libélulas moviéndose raudas entre el follaje… y entonces comprendió que eran restos. Eran las refulgentes luces de cuchillos serafín.

No veía ni a los Lightwood, ni a los Penhallow, ni a Luke, ni a nadie a quien pudiese reconocer. Él no era un cazador de sombras. Y sin embargo el hombre le había dado las gracias, le había dado las gracias por pelear. Lo que había dicho Clary era cierto…, también era su batalla y lo necesitaban allí. No al Simon humano, que era amable y pazguato y odiaba la visión de la sangre, sino al Simon vampiro, una criatura a la que apenas conocía siquiera.

«Los auténticos vampiros saben que están muertos», había dicho Raphael. Pero Simon no se sentía muerto. Jamás se había sentido más vivo. Se volvió mientras otro demonio se alzaba frente a él; era una criatura parecida a un lagarto, con escamas y dientes de roedor. Se abalanzó sobre Simon con las negras zarpas extendidas.

Simon saltó. Golpeó el inmenso costado de la criatura y se aferró allí mientras las uñas se hundían y las escamas cedían bajo su mano. La Marca que llevaba en la frente latió con fuerza mientras hundía los colmillos en el cuello del demonio.

Sabía fatal.


Cuando el cristal dejó de caer, quedó un agujero en el techo de varios metros de anchura, como si hubiese caído un meteorito por él. Penetró aire frío por la abertura. Tiritando, Clary se puso en pie y se sacudió el polvo de cristal de las ropas.

La luz mágica que había iluminado el Salón había quedado apagada: en aquellos momentos el interior resultaba lóbrego, lleno de sombras y polvo. La tenue iluminación del Portal que se desvanecía en la plaza era apenas visible, brillando a través de las puertas abiertas de la entrada.

Probablemente ya no era seguro para ella permanecer allí dentro, se dijo. Lo mejor sería ir a casa de los Penhallow y unirse a Aline. Había cruzado casi la mitad del Salón cuando sonaron pisadas en el suelo de mármol. Su corazón latía violentamente; volvió la cabeza y vio a Malachi, una sombra larga y delgada en la penumbra, que avanzaba a grandes zancadas hacia el estrado. Pero, ¿qué hacía él todavía allí? ¿No debería de estar con el resto de los cazadores de sombras en el campo de batalla?

A medida que el hombre se acercaba más al estrado, ella advirtió algo que hizo que se llevara una mano a la boca, sofocando un grito de sorpresa. Había una oscura figura encorvada posada en el hombro de Malachi. Un pájaro. Un cuerpo, para ser exactos.

Hugo.

Clary corrió a acurrucarse tras un pilar mientras Malachi subía los peldaños del estrado. Había algo inconfundiblemente furtivo en el modo en que éste echaba miradas fugaces a un lado y a otro. Aparentemente satisfecho de que no le observaran, extrajo algo pequeño y reluciente del bolsillo y se lo colocó en el dedo. ¿Un anillo? Alargó la otra mano para darle vueltas, y Clary recordó a Hodge en la biblioteca del Instituto, tomando el anillo de la mano de Jace…

El aire frente a Malachi rieló tenuemente, como con calor. Una voz habló desde él, una voz familiar, fría y culta, teñida ahora con apenas un levísimo tono de fastidio.

—¿Qué sucede, Malachi? No estoy de humor para charlas justo ahora.

—Mi señor Valentine —dijo Malachi; su acostumbrada hostilidad había sido reemplazada por un obsequioso servilismo—. Hugo me ha visitado hace un instante, trayendo noticias. He supuesto que ya habíais llegado hasta el Espejo, y que por lo tanto me ha buscado a mí en lugar de acudir a vos. He pensado que podríais querer conocerlas.

—Muy bien. —El tono de Valentine era seco—. ¿Qué noticias?

—Es vuestro hijo, señor. Vuestro otro hijo. Hugo le ha seguido la pista hasta el valle de la cueva. Incluso podría haberos seguido a través de los túneles que llevan al lago.

Clary se aferró al pilar con los dedos blancos por la tensión. Hablaban de Jace.

Valentine lanzó un gruñido.

—¿Se ha encontrado con Jonathan?

Hugo dice que los ha dejado a ambos peleando.

Clary sintió que el estómago le daba un vuelco. ¿Jace peleando con Sebastian? Pensó en el modo en que Sebastian había alzado a Jace en el Gard y lo había lanzado por los aires, como si no pesara nada. Una oleada de pánico la inundó, tan intensa que por un momento los oídos le zumbaron. Para cuando volvió a tener enfocada la habitación, ya se había perdido lo que fuese que Valentine le había dicho a Malachi en respuesta.

—Los que me preocupan son aquellos que son lo bastante mayores como para recibir las Marcas pero no lo suficiente como para pelear —decía Malachi en aquellos instantes—. Ellos no han votado en la decisión del Consejo. Parece injusto castigarles del mismo modo en que deben ser castigados aquellos que están peleando.

—Ya lo he considerado. —La voz de Valentine era un retumbo grave—. Debido a que a los adolescentes se les ponen Marcas más tenues, éstos tardan más en convertirse en repudiados. Varios días, al menos. Creo que podría ser perfectamente reversible.

—Mientras que aquellos de nosotros que hemos bebido de las Copa Mortal no nos veremos afectados en ningún modo, ¿verdad?

—Estoy ocupado, Malachi —dijo Valentine—. Te he dicho que estarás a salvo. Me va la vida en esto. Ten un poco de fe.

Malachi inclinó la cabeza.

—Tengo gran fe, mi señor. La he mantenido durante muchos años, en silencio, sirviéndoos siempre.

—Y serás recompensado —repuso Valentine.

Malachi alzó los ojos.

—Mi señor…

Pero el aire había dejado de rielar. Valentine se había ido. Malachi frunció el ceño, luego descendió, decidido, los peldaños del estrado y se marchó en dirección a las puertas principales. Clary se encogió tras el pilar, confiando desesperadamente en que no la viese. El corazón le latía con violencia. ¿Qué había sido todo aquello? ¿Qué significaban sus palabras sobre repudiados? La respuesta brilló trémula en un rincón de su mente, pero parecía demasiado horrible para considerarla. Ni siquiera Valentine haría…

Algo voló hacia su rostro, algo oscuro que giraba veloz. Apenas tuvo tiempo de alzar los brazos para cubrirse los ojos cuando algo le acuchilló el dorso de la mano. Oyó un feroz graznido, y el batir de alas sobre las muñecas alzadas.

—¡Hugo! ¡Es suficiente! —Era la aguda voz de Malachi—. ¡Hugo!

Hubo otro graznido y un golpe sordo, y luego silencio. Clary bajó los brazos y vio al cuervo que yacía inmóvil a los pies del Cónsul… aturdido o muerto, no lo sabía. Con un graznido furioso, Malachi pateó salvajemente al cuerpo para apartarlo de su camino y avanzó majestuoso hacia Clary, con mirada iracunda. La sujetó por una muñeca ensangrentada y la incorporó violentamente.

—Chica estúpida —dijo—. ¿Cuánto tiempo has estado ahí escuchando?

—El tiempo suficiente para saber que perteneces al Círculo —escupió ella, retorciendo la muñeca que él sujetaba con firmeza—. Estás del lado de Valentine.

—Sólo existe un lado. —La voz del hombre fue un siseo—. La Clave es estúpida, está mal aconsejada, les hace el juego a semihombres y monstruos. Todo lo que quiero es hacerla pura, devolverla a su antigua gloria. Un objetivo que uno podría pensar que contaría con la aprobación de todo cazador de sombras, pero no… escuchan a idiotas y a gente que ama a demonios, como tú y Lucian Graymark. Y ahora habéis enviado a la flor de los nefilim a morir en esta batalla ridícula… Un gesto vacío que no conseguirá nada. Valentine ha iniciado ya el ritual; pronto el Ángel se alzará, y los nefilim se convertirán en repudiados. Todos salvo los pocos que están bajo la protección de Valentine…

—¡Eso es asesinato! ¡Está asesinando a cazadores de sombras!

—No es asesinato —dijo el Cónsul, y su voz sonó llena de fanática pasión—. Es depuración. Valentine creará un mundo nuevo de cazadores de sombras, un mundo al que se habrá librado de la debilidad y la corrupción.

—La debilidad y la corrupción no forman parte del mundo —le replicó Clary con brusquedad—. Están en la gente. Y siempre lo estarán. El mundo necesita gente buena para mantener el equilibrio. Y estáis planeando matarlos.

Él la miró por un momento con franca sorpresa, como si le dejara estupefacto la fuerza de su tono.

—Hermosas palabras para una chica capaz de traicionar a su propio padre. —Malachi la atrajo violentamente hacia él, tirando con brutalidad de la sangrante muñeca—. Quizás deberíamos comprobar cuánto le importaría a Valentine si te enseñara…

Pero Clary jamás descubrió qué quería enseñarle. Una forma oscura se colocó como una exhalación entre ellos… con las alas desplegadas y las zarpas extendidas.

El cuervo alcanzó a Malachi con la punta de una garra, abriéndole un sangriento surco en la cara. Con un alarido, el Cónsul soltó a Clary, y alzó los brazos, pero Hugo había vuelto a girar y lo acuchillaba brutalmente con pico y garras. Malachi se tambaleó hacia atrás, agitando los brazos en el aire, hasta que se golpeó contra el borde de un banco con fuerza. Éste se volcó con un gran estrépito; perdió el equilibrio, el hombre cayó cuan largo era tras él con un grito estrangulado… que se interrumpió rápidamente.

Clary corrió hasta donde Malachi yacía hecho un ovillo sobre el suelo de mármol, con un círculo de sangre a su alrededor. Había aterrizado sobre un montón de cristales del techo roto, y uno de los irregulares pedazos le había atravesado la garganta. Hugo seguía revoloteando en el aire, describiendo círculos alrededor del cuerpo de Malachi. Emitió un graznido triunfal mientras Clary lo miraba fijamente; al parecer el ave no le habían gustado las patadas y golpes del Cónsul. Malachi debería haber sabido que no debía atacar a una de las criaturas de Valentine, pensó Clary con amargura. El ave era tan poco indulgente como su amo.

Pero no había tiempo para pensar en Malachi ahora. Alec había dicho que había salvaguardas alrededor del lago, y que si alguien se transportaba allí con un Portal, saltarían las alarmas. Valentine probablemente se encontraba ya en el espejo; no había tiempo que perder. Clary se apartó despacio del cuervo, se dio la vuelta y salió disparada hacia las puertas de entradas del Salón y el tenue resplandor del Portal que había al otro lado.

20 Pesado en la balanza

El agua la golpeó en la cara como un puñetazo. Clary se hundió, dando boqueadas, en una oscuridad helada; lo primero que pensó fue que el Portal se había desvanecido sin posibilidad de arreglo, y que ella estaba atrapada en el arremolinado lugar en tinieblas intermedio, donde se asfixiaría y moriría, tal y como Jace le había advertido que podría suceder la primera vez que ella había usado un Portal.

Lo segundo que pensó fue que ya estaba muerta.

Probablemente sólo estuvo inconsciente unos pocos segundos, aunque pareció como si fuese el fin de todo. Cuando despertó, sufrió un sobresalto que fue como el impacto de abrirse paso a través de una capa de hielo. Había estado inconsciente y ahora, de improviso, no lo estaba; yacía de espaldas sobre tierra fría y húmeda, contemplando un cielo tan repleto de estrellas que parecía como si hubiesen arrojado un puñado de monedas de plata sobre su oscura superficie. Tenía la boca llena de líquido salobre; volvió la cabeza a un lado, tosió y escupió y jadeó hasta que pudo volver a respirar.

Cuando finalizaron los espasmos de su estómago rodó sobre el costado. Tenía las muñecas atadas con una tenue tira de luz refulgente, y sentía las piernas pesadas y raras, como un hormigueo que las recorría de arriba abajo. Se preguntó si habría estado echada sobre ellas en una posición extraña, o quizá era un efecto secundario de haber estado a punto de ahogarse. Le ardía la nuca como si le hubiese picado una avispa. Con un jadeo se incorporó a una posición sentada, con las piernas estiradas incómodamente frene a ella, y miró a su alrededor.

Estaba en la orilla del lago Lyn, donde el agua dejaba paso a una arena pulverulenta. Una negra pared de roca se alzaba tras ella, los precipicios que recordaba de cuando estuvo allí con Luke. La arena misma era oscura, y centelleaba con mica de plata. Aquí y allá en la arena había antorchas de luz mágica, que llenaban el aire con su resplandor plateado, dejando una tracería de líneas refulgentes sobre la superficie del agua.

Junto a la orilla del lago, a unos pocos metros de donde estaba sentada, había una mesa baja hecha con piedras planas apiladas una sobre otra. Estaba claro que la habían montado a toda prisa; aunque las brechas entre las piedras estaban rellenas con arena húmeda, algunas de las rocas empezaban a resbalar y a torcerse. Depositado sobre la superficie de las piedras había algo que hizo que Clary contuviese el aliento: La Copa Mortal, y colocada atravesada sobre ella, la Espada Mortal, una lengua de llama negra bajo la luz mágica. Alrededor del altar observó las líneas de runas grabadas en la arena. Las contempló con atención, pero estaban embarulladas, sin sentido…

Una sombra pasó por la arena, moviéndose veloz: la larga sobra de un hombre, convertida en oscilante y vaga por la luz parpadeante de las antorchas. Cuando Clary alzó por fin la cabeza, él estaba de pie junto a ella, observándola.

Valentine.

El impacto de verle fue tan enorme que casi no le ocasionó ni siquiera impresión. No sintió nada mientras alzaba la vista hacia su padre, cuyo rostro flotaba recortado en el negro firmamento como la luna: blanco, austero, horadado por ojos negros que eran como cráteres de meteoritos.

Por encima de la camisa llevaba sujetas una cantidad de correas de cuero que sujetaban una docena o más de armas que se erizaban a su espalda como las espinas de un erizo. Presentaba un aspecto increíblemente fornido; aparentaba la aterradora estatua de algún dios guerrero dedicado a la destrucción.

—Clarissa —dijo—. Has corrido un buen riesgo llegando hasta aquí en un Portal. Tienes suerte de que te viera aparecer en el agua casi en cuanto has llegado. Estabas inconsciente; de no ser por mí, te habrías ahogado. —Un músculo junto a su boca se movió levemente—. Y yo no me preocuparía excesivamente por las salvaguardas de alarma que la Clave ha colocado alrededor del lago. Las he suprimido en cuanto he llegado. Nadie sabe que estás aquí.

«¡No te creo!» Clary abrió la boca para arrojarle las palabras al rostro. No salió ningún sonido. Era como en una de esas pesadillas en las que intentaba chillar y chillar y nada sucedía. Únicamente una seca bocanada de aire brotó de la boca, el jadeo de alguien que intentaba chillar con la garganta seccionada.

Valentine meneó la cabeza.

—No te molestes en intentar hablar. He usado una runa de silencio, una de esas que usaban los Hermanos Silenciosos, en tu nuca. Hay una runa de sujeción en tus muñecas, y otra que te inutiliza las piernas. Yo no intentaría ponerme en pie… Las piernas no te sostendrán, y sólo te provocará dolor.

Clary le contempló iracunda, intentando taladrarle con la mirada, herirle con su odio. Pero él no le prestó la menor atención,

—Podría haber sido peor, ¿sabes? Para cuanto te he arrastrado a la orilla, el veneno del lago ya había empezado a hacer su efecto. Te he curado de él, por cierto. Aunque no espero tu agradecimiento. —Sonrió fugazmente—. Tú y yo no hemos tenido nunca una conversación, ¿verdad? Al menos no una auténtica conservación. Debes de preguntarte por qué nunca parecí tener un interés paternal por ti. Lo siento si eso te lastimó.

Ahora la mirada fija de la muchacha pasó del odio a la incredulidad. ¿Cómo podían tener una conversación si ella ni siquiera podía hablar? Intentó obligar a las palabras a salir, pero nada surgió de la garganta salvo un débil jadeo.

Valentine se volvió de nuevo hacia su altar y posó la mano sobre la Espada Mortal. El arma despidió una luz negra, una especie de resplandor invertido, como si absorbiera la iluminación del aire que la rodeaba.

—No sabía que tu madre estaba embarazada de ti cuando me abandonó —dijo.

Clary se dijo que le hablaba como nunca lo había hecho antes. Su tono era sosegado, incluso coloquial, pero no se trataba de una conversación.

—Yo sabía que algo no iba bien. Ella pensaba que ocultaba su infelicidad. Tomé un poco de sangre de Ithuriel, la deshidraté hasta convertirla en polvo, y la mezclé con su comida, pensaba que podría curar su infelicidad. De haber sabido que estaba embarazada, no lo habría hecho. Ya había decidido no volver a experimentar con un hijo de mi propia sangre.

«Mientes», quiso chillarle Clary. Pero no estaba segura de que mintiese. Todavía le sonaba de un modo extraño. Diferente. Quizás se debía a que decía la verdad.

—Después de que huyera de Idris, la busqué durante años —siguió él—. Y no tan sólo porque tuviese la Copa Mortal. Sino porque la amaba. Pensé que si por lo menos podía hablar con ella, podría hacer que entrara en razón. Hice lo que hice aquella noche en Alacante en un arranque de cólera, deseando destruirla, destruir todo lo que tenía que ver con nuestra vida juntos. Pero después… —Sacudió la cabeza, dándose la vuelta para dirigir la mirada al lago—. Cuando por fin la localicé, había oído rumores de que había tenido otro bebé, una hija. Supuse que eras hija de Lucian. Él siempre la había amado, siempre quiso quitármela. Pensé que finalmente debía de haber cedido. Que había consentido tener un hijo con un repugnante subterráneo. —Su voz se tornó tensa—. Cuando la encontré en vuestro apartamento de Nueva York, apenas estaba consciente. Me escupió que había convertido en un monstruo a su primer hijo, y que me había abandonado antes de que pudiese hacer lo mismo con el segundo. Entonces se quedó inerte en mis brazos. Todos aquellos años la había estado buscando, y eso fue todo el tiempo de que dispuse con ella. Aquellos pocos segundos en los que me miró con el odio acumulado durante toda su vida. Entonces comprendí algo.

Alzó a Maellartach. Clary recordó lo pesada que había resultado la Espada incluso cuando estaba a medio convertir, y vio cómo, a medida que la hoja se alzaba, los músculos del brazo de Valentine sobresalían, duros y encordelados, como sogas serpenteando bajo la piel.

—Comprendí —siguió él—que el motivo de que me abandonase fue protegerte. A Jonathan lo odiaba, pero a ti… Habría hecho cualquier cosa para protegerte. Para protegerte de mí. Incluso había vivido entre mundanos, lo que sé que debía producirle una gran angustia. Debió de dolerte no poder educarte jamás en ninguna de nuestra tradiciones. Eres la mitad de lo que podrías haber sido. Posees talento con las runas, pero lo ha malbaratado tu educación mundana.

Bajó la Espada. La punta de ésta se cernía, ahora, justo junto a la cara de Clary; la muchacha podía verla con el rabillo del ojo, flotando en el límite de su visión como una polilla plateada.

—Supe entonces que Jocelyn jamás regresaría a mí debido a ti. Eres la única cosa en el mundo que ha llegado a amar más de lo que me amó a mí. Y debido a ti me aborrece. Y debido a eso, yo te aborrezco.

Clary desvió la cara. Si iba a matarla, no quería ver venir la muerte.

—Clarissa —dijo Valentine—, mírame.

«No.» Clavó la mirada en el lago. Más allá, al otro lado del agua podía ver un tenue resplandor rojo, como fuego sumergido en cenizas. Sabía que era luz de la batalla. Su madre estaba allí, y Luke. Quizás era apropiado que estuviesen juntos, incluso aunque ella no los acompañase.

«Mantendré los ojos fijo en esa luz —pensó—. Seguiré mirándola sin importar lo que pase. Será la última cosa que vea.»

—Clarissa —volvió a decir Valentine—, eres igual que ella, ¿lo sabías? Igual que Jocelyn.

Sintió un dolor agudo en la mejilla. Era la hoja de la Espada. Él presionaba el borde contra su carne, intentando obligarla a girar la cabeza hacia él.

—Voy a hacer que el Ángel se alce ahora —dijo él—. Y quiero que contemples cómo sucede.

Clary sentía un sabor amargo en la boca. «Sé por qué estás tan obsesionado con mi madre. Porque ella ha sido lo único que pensabas que se controlabas totalmente que se revolvió contra ti y te mordió. Creías que te pertenecía y no era así. Por eso la quieres aquí, en este momento, para que presencie cómo vences. Por eso tendrás que conformarte conmigo.»

La Espada se clavó más en su mejilla. Valentine dijo:

—Mírame, Clary.

Ella miró. No quería hacerlo, pero el dolor era excesivo; su cabeza se volvió bruscamente casi contra su voluntad; la sangre discurría en gruesas gotas por el rostro y salpicaba la arena. Un dolor nauseabundo la dominó mientras alzaba la cabeza para mirar a su padre.

Éste tenía la vista bajada hacia la hoja de Maellartach. También ella estaba manchada con su sangre. Cuando Valentine volvió a mirarla, le brillaba una luz extraña en los ojos.

—Es necesaria sangre para completar esta ceremonia —dijo—. Tenía intención de usar la mía, pero cuando te he visto en el lago he sabido que era el modo que tenía Raziel de decirme que usara la de mi hija en su lugar. Es por eso que he limpiado tu sangre de la mácula del lago. Ahora estás purificada… purificada y lista. Así que gracias, Clarissa, por dejarme usar tu sangre.

Y de algún modo, Pensó Clary, lo decía en serio, su gratitud era auténtica. Hacía tiempo que Valentine había perdido la capacidad de distinguir entre fuerza y cooperación, entre miedo y buena disposición, entre amor y tortura. Y con esa comprensión llegó una avalancha de aturdimiento: ¿de qué servía odiar a Valentine por ser un monstruo cuando él ni siquiera sabía que lo era?

—Yo ahora —siguió Valentine—, simplemente necesito un poco más.

Y Clary pensó: « ¿Un poco más de qué?», justo mientras él balanceaba la Espada hacia atrás y la luz de las estrellas rebotaba en ella con un estallido, y se dijo «Por supuesto. No es sólo sangre lo que quiere, sino muerte». A aquellas alturas la Espada se había alimentado ya de sangre más que suficiente; probablemente le gustaba, igual que al mismo Valentine. Los ojos de la joven siguieron la negra luz de Maellartach mientras hendía el aire hacia ella…

Y salía volando por los aires. Arrancada de la mano de Valentine, el arma se precipitó al interior de la oscuridad. Los ojos del hombre se abrieron de par en par; su mirada descendió veloz, clavándose primero en la ensangrentada mano que había empuñado la espada… y luego se alzó y vio, en el mismo momento que lo hacía Clary, qué le había arrancado la Espada Mortal de la mano.

Jace, con una espada que le resultaba familiar sujeta en la mano izquierda, estaba parado en el borde de un montículo de arena, apenas a treinta centímetros de Valentine. Clary pudo ver por la expresión del hombre que, al igual que ella, tampoco había oído acercarse al muchacho.

A Clary le dio un vuelco el corazón al ver su aspecto. Tenía una costra de sangre seca en un lado de la cara, y lucía una lívida marca roja en la garganta. Los ojos le brillaban como espejos, y bajo la luz mágica parecían negros…, negros como los de Sebastian.

—Clary —dijo, sin apartar los ojos de su padre—. Clary, ¿estás bien?

«¡Jace!» Luchó por decir su nombre, pero nada podía atravesar el bloqueo de su garganta. Sintió como si se ahogara.

—No puede responderte —dijo Valentine—. No puede hablar.

Los ojos de Jace centellearon.

—¿Qué le has hecho?

Alargó la espada hacia Valentine quien dio un paso atrás. La mirada en el rostro de su padre era de cautela, pero no de miedo. Había una premeditación en la expresión que a Clary no le gustó. Sabía que debería sentirse triunfal, pero no se sentía así; si acaso, se sentía más aterrada que un momento antes. Había comprendido que Valentine iba a matarla —lo había aceptado—y ahora Jace estaba allí, y su miedo se había expandido para abarcarlo también a él. Y él parecía tan… destrozado. El traje estaba desgarrado y abierto a lo largo de la mitad de un brazo, y la piel de debajo entrecruzada de líneas blancas. La camiseta estaba rota en la parte delantera, y había un iratze sobre su corazón que empezaba a desvanecerse y que no había conseguido del todo borrar la inflamada cicatriz situada debajo. Las ropas estaban manchadas de tierra, como si hubiese estado rodando por el suelo. Pero era su expresión lo que más la asustaba. Era tan… desolada.

—Una runa de quietud. No la lastimará. —Los ojos de Valentine se clavaron en Jace… ávidamente, se dijo Clary, como si se empapara de su visión—. Supongo —dijo—que no has venido a unirte a mí. A ser bendecido por el Ángel junto a mí.

La expresión de Jace no varió. Tenía los ojos fijos en su padre adoptivo, y no había nada en ellos… no subsistía en ellos ni una brizna de afecto, amor o recuerdo. Ni siquiera había odio. Sólo… desdén, pensó Clary. Un frío desdén.

—Sé lo que planeas hacer —dijo Jace—. Sé por qué estás invocando al Ángel. Y no te dejaré hacerlo. He enviado a Isabelle a advertir al ejército…

—Las advertencias les servirán de poco. Ésta no es la clase de peligro de la que puedas huir. —La mirada de Valentine descendió veloz a la espada que sostenía Jace—. Baja eso —empezó—y hablaremos… —Se interrumpió entonces—. Ésa no es tu espada. Ésa es una espada Morgenstern.

Jace, sonrió, con una sonrisa dulce y siniestra.

—Era de Jonathan. Está muerto.

Valentine se mostró anonadado.

—Quieres decir que…

—La he cogido del suelo donde él la ha dejado caer —respondió Jace, sin emoción—, después de matarlo.

Valentine pareció atónito.

—¿Has matado a Jonathan? ¿Cómo has podido hacerlo?

—Me habría matado a mí —dijo Jace—. No he tenido elección.

—No me refería a eso. —Valentine meneó la cabeza; todavía parecía aturdido, como un boxeador al que han golpeado demasiado fuerte el momento antes de desplomarse sobre la colchoneta—.Crié a Jonathan… le adiestré yo mismo. No había un guerrero mejor.

—Al parecer —repuso Jace—, lo había.

—Pero… —Ya la voz de Valentine se quebró; era la primera vez que Clary escuchaba un fallo en la tranquila e inmutable fachada de aquella voz—. Pero era tu hermano.

—No. No lo era. —Jace dio un paso al frente, empujando la hoja un centímetro más cerca del corazón de Valentine—. ¿Qué le sucedió a mi auténtico padre? Isabelle me ha explicado que murió en una incursión, pero ¿lo hizo realmente? ¿Lo mataste igual que mataste a mi madre?

Valentine seguía pareciendo aturdido. Clary percibió que luchaba por mantener el control… ¿Luchaba contra la pena? ¿O simplemente temía morir?

—Yo no maté a tu madre. Ella se suicidó. Te saqué de su cuerpo sin vida. De no haberlo hecho, habrías muerto con ella.

—Pero ¿por qué? ¡No necesitabas un hijo, ya tenías uno!

Jace tenía un aspecto mortífero a la luz de la luna, se dijo Clary, mortífero y extraño, como si fuese alguien a quien conocía. La mano que sostenía la espada sobre la garganta de Valentine no temblaba.

—Dime la verdad —dijo Jace—. No más mentiras… como que somos de la misma sangre. Los padres mienten a sus hijos, pero tú… tú no eres mi padre. Y quiero la verdad.

—No era un hijo lo que necesitaba —respondió Valentine—. Era un soldado. Había pensando que Jonathan podría ser ese soldado, pero tenía demasiado de la naturaleza de los demonios en él. Era demasiado salvaje, demasiado brusco, no lo bastante sutil. Ya temía entonces, cuando él apenas había dejado la infancia, que jamás tendría la paciencia o la compasión para seguirme, para guiar a la Clave tras mis pasos. Así que volví a probar contigo. Y contigo tuve el problema opuesto. Eras demasiado dulce. Demasiado categórico. Sentías el dolor de los demás como si fuese el tuyo; ni siquiera podías soportar la muerte de tus mascotas. Tienes que comprender esto, hijo mío: te amaba por esas cosas. Pero las mismas cosas que amaba en ti hacían que no me fueses útil.

—Así que pensabas que era blando e inútil —dijo Jace—. Supongo que te resultará sorprendente, entonces, cuando tu «hijo» blando e inútil te rebane la garganta.

—Ya hemos pasado por esto. —La voz de Valentine era firme, pero Clary creyó poder ver el sudor brillándole en las sienes, en la base de la garganta—. Tú no lo harías. No quisiste hacerlo en Renwick, y no quieres hacerlo ahora.

—Te equivocas. —Jace hablaba en un tono comedido—. He lamentado no haberte matado cada día desde que te dejé marchar. Máx, al que sí considero mi hermano, está muerto porque yo no te maté ese día. Docenas de personas, tal vez cientos, están muertas porque contuve mi mano. Conozco tu plan. Sé que esperas masacrar a casi todos los cazadores de sombras de Idris. Y me pregunto: ¿cuántos más tiene que morir antes de que haga lo que debería haber hecho en la isla de Blackwell? No —dijo—. No quiero matarte. Pero lo haré.

—No lo hagas —dijo Valentine—. Por favor. No quiero…

—¿Morir? Nadie quiere morir, «padre».

La punta de la espada de Jace resbaló más abajo, y luego más hasta descansar sobre el corazón de Valentine. El rostro de Jace estaba tranquilo, parecía la cara de un ángel despachando justicia divina.

—¿Tu últimas palabras?

—Jonathan…

La sangre manaba la camisa de Valentine allí donde la punta de la hoja descansaba, y Clary vio, mentalmente, a Jace en Renwock, con la mano temblorosa, sin atreverse a hacerle daño a Valentine. Y a éste, provocándole. «Hunde la hoja. Siete centímetros… tal vez ocho.» No era así en aquel momento. La mano de Jace era firme. Y Valentine parecía asustado.

—Tus últimas palabras —siseó Jace—. ¿Cuáles son?

Valentine alzó la cabeza. Sus ojos negros al mirar al muchacho que tenía delante tenían una mirada grave.

—Lo siento —dijo—. Lo siento mucho.

Alargó una mano, como si tuviese intención de tendérsela a Jace, incluso de tocarle —la mano giró, con la palma hacia arriba, los dedos abriéndose—y entonces hubo un destello plateado y algo pasó volando junto a Clary en la oscuridad como una bala salida de una pistola. Sintió cómo el aire desplazado le acariciaba la mejilla al pasar, y a continuación Valentine lo había atrapado en el aire, una larga lengua de fuego planteado que centelleó una vez en su mano mientras la bajaba.

Era la Espada Mortal, que dejó una tracería de luz negra en el aire al hundir Valentine su hoja en el corazón de Jace.

Los ojos del muchacho se abrieron de par en par. Una mirada de incrédula confusión pasó por su rostro; echó una mirada fugaz al lugar donde Maellartach sobresalía grotescamente de su pecho: su aspecto era más estrafalario que horrible, como un elemento de una pesadilla carente de lógica. Valentine echó la mano hacia atrás entonces, extrayendo de un tirón la Espada del pecho de Jace tal y como podría haber sacado una daga de su funda; como si ello hubiese sido todo lo que lo mantenía en pie, Jace cayó de rodillas. La espada que empuñaba resbaló de su mano y golpeó la tierra húmeda. Bajó la mirada hacia ella con perplejidad, como si no tuviese ni idea de por qué la había estado sujetando, ni de por qué la había soltado. Abrió la boca como si fuera a hacer una pregunta, y la sangre se derramó por encima de su barbilla, impregnando lo que quedaba de la camiseta hecha jirones.

A Clary le pareció que después de eso todo sucedía muy despacio, como si el tiempo se alargase. Vio a Valentine caer al suelo y sujetar a Jace en su regazo como si Jace fuese todavía muy pequeño y se le pudiera coger con facilidad. Lo apretó contra él y lo acunó, y bajó el rostro y lo presionó contra el hombro del muchacho, y Clary pensó por un momento que incluso podría haber llorado, pero cuando alzó la cabeza, los ojos de Valentine estaban secos.

—Mi hijo —susurró—. Mi muchacho.

La terrible ralentización del tiempo se alargó alrededor de Clary como una soga asfixiante, mientras Valentine sostenía a Jace y le apartaba los cabellos ensangrentados de la frente. Sostuvo a Jace mientras moría y la luz se apagaba de sus ojos, y luego Valentine depositó con delicadeza el cuerpo de su hijo adoptivo sobre el suelo, cruzándole los brazos sobre el pecho como para ocultar la herida abierta y sangrante que había en él. «Ave…» empezó a decir, como si quisiera pronunciar las palabras sobre Jace, la despedida de los cazadores de sombras, pero su voz se quebró, se volvió bruscamente y se dirigió de vuelta al altar.

Clary no podía moverse. Apenas podía respirar. Podía oír los latidos de su propio corazón, el chirrido de su propia respiración en la garganta reseca. Con el rabillo del ojo pudo ver a Valentine de pie junto a la orilla del lago; la sangre resbalaba por la hoja de Maellartach y goteaba al interior de la cazoleta de la Copa Mortal. Salmodiaba palabras que ella no comprendía. Que no tenía ningún interés en comprender. Todo terminaría muy pronto, y casi se alegraba. Se preguntó si tenía energía suficiente para arrastrarse hasta donde yacía Jace, si podía tumbarse junto a él y aguardar a que aquello terminara. Le miró fijamente, allí, caído, inmóvil en la arena removida y ensangrentada. Tenía los ojos cerrados, el rostro quieto; de no ser por el corte del pecho, podría haberse dicho a sí misma que estaba dormido.

Pero no lo estaba. Era un cazador de sombras; había muerto en combate; merecía la última bendición. Ave atque vale. Formó las palabras con los labios, aunque surgieron de la boca en silenciosas bocanadas de aire. En mitad del enunciado se detuvo, conteniendo la respiración. ¿Qué debería decir? ¿Salve y adiós, Jace Wayland? El nombre no era realmente suyo. En realidad jamás le habían puesto un nombre, pensó llena de zozobra, sólo le habían dado el nombre de un niño muerto porque era lo que había convenido a los propósitos de Valentine en aquel momento. Y había tanto poder en un nombre…

Volvió de repente la cabeza, y miró fijamente el altar. Las runas que lo rodeaban habían empezado a resplandecer. Eran runas de invocación, runas de designación y runas de vinculación. No eran distintas de las runas que habían mantenido a Ithuriel prisionero en las bodegas de la casa Wayland. En aquel momento, muy en contra de su voluntad, pensó en el modo en que Jace la había mirado entonces, la llamarada de fe en sus ojos, su confianza en ella. Siempre la había considerado fuerte. Lo había mostrado en todo lo que hacía, en cada mirada y cada contacto. Simon también tenía fe en ella; sin embargo, cuando la había abrazado lo había hecho como si ella fuese algo frágil, realizado en delicado cristal. Pero Jace la había sostenido con todas sus fuerzas, sin preguntarse jamás si ella podía soportarlo; él había sabido que era tan fuerte como él mismo.

Valentine cerró los ojos. Recordó el modo en que Jace la había mirado la noche que había liberado a Ithuriel y no pudo evitar imaginar el modo en que la miraría a ella en aquellos momentos si la viese intentando tumbarse a morir en la arena junto a él. No se sentiría conmovido, no pensaría que era un hermoso gesto. Se enfurecería con ella por rendirse. Se sentiría tan… decepcionado.

Clary se agachó de modo que quedó tumbada en el suelo, tirando de las inertes piernas tras ella. Lentamente, se arrastró por la arena empujándose al frente con las rodillas y las manos atadas. La cinta refulgente que le rodeaba las muñecas ardía y escocía. La camisa se le desgarró al arrastrarse por el suelo y la arena le arañó la piel desnuda del estómago. Apenas lo notó. Era una tarea ardua arrastrarse hacia delante de aquel modo; el sudor le corría por la espalda entre los omoplatos. Cuando por fin alcanzó el círculo de runas, jadeaba tan fuerte que le aterró que Valentine fuese a oírla.

Pero él ni siquiera se dio la vuelta. Tenía la Copa Mortal en una mano y la espada en la otra. Mientras ella observaba, Valentine echó la mano derecha hacia atrás, pronunció varias palabras que parecían provenir del griego, y arrojó la Copa, que brilló como una estrella fugaz mientras salía despedida hacia el agua del lago y desaparecía bajo la superficie con un leve chapoteo.

El círculo de runas desprendía un leve calor, como un fuego a medio apagar. Clary tuvo que retorcerse y forcejear para conseguir hacer llegar la mano a la estela que llevaba en su cinturón. El dolor de las muñecas se tornó más punzante cuando los dedos se cerraron alrededor del mango; la liberó con una sofocada exclamación de alivio.

No podía separar las muñecas, así que agarró la estela torpemente entre las manos. Se irguió sobre los codos bajó la vista hacia las runas. Podía sentir el calor que desprendían en el rostro; habían empezado a titilar como luz mágica. Valentine tenía la Espada Mortal en posición, listo para lanzarla; salmodiaba las últimas palabras del hechizo de invocación. Con un último arranque de energía, Clary hundió la punta de la estela en la arena, pero no raspó las runas que Valentine había dibujado para eliminarlas, sino que trazó su propio dibujo sobre ellas, escribiendo una runa nueva sobre la que simbolizaba el nombre de Valentine. Era una runa tan pequeña, se dijo, un cambio tan pequeño…, en nada comparable a su inmensamente poderosa runa de alianza, nada comparable a la Marca de Caín.

Pero era todo lo que podía hacer. Agotada, Clary rodó sobre el costado justo cuando Valentine echaba el brazo atrás y hacía volar la Espada Mortal.

Maellartach voló girando sobre sí misma, una masa borrosa negra y plateada se fue a unirse sin hacer ruido con el lago negro y plateado. Una gran columna se alzó en el lugar adonde había ido a caer: una fluorescencia de agua color platino. La columna se alzó más y más alta, un géiser de plata fundida, como lluvia cayendo hacia arriba. Se oyó un gran estrépito, el sonido de líelo que se hacía añicos, de un glaciar al partirse… y a continuación el lago pareció estallar, agua plateada estallando hacia arriba como una granizada invertida.

Y alzándose con la granizada llegó el Ángel. Clary no estaba segura de lo que había esperado…, imaginaba algo como Ithuriel, pero a Ithuriel lo habían ido apagando años de cautividad y tormento. Éste era un ángel en la plenitud de su gloria. Mientras se alzaba del agua, los ojos de la joven empezaron a escocerle como si contemplara directamente al sol.

La manos de Valentine habían caído a sus costados. Miraba a lo algo con una expresión embelesada; era un hombre contemplando su mayor sueño convertido en realidad.

—Raziel —musitó.

El Ángel siguió elevándose, como si el lago se estuviese hundiendo, dejando al descubierto una gran columna de mármol en el centro. Primero fue la cabeza la que emergió del agua, con cabellos ondeando como cadenas de plata y oro. Luego los hombros, blancos como la piedra, y a continuación un torso desnudo; y Clary vio que el Ángel llevaba Marcas de runas por todo el cuerpo igual que los Nefilim, aunque las runas de Raziel era doradas y dotadas de vida, y se movían por la blanca piel como chispas que brillaban de un fuego. De algún modo, el Ángel era al mismo tiempo enorme y no más grande que un hombre: a Clary le dolían los ojos de intentar asimilarlo totalmente, y aún así, era todo lo que podía ver. Mientras se alzaba, brotaron alas de su espalda que se abrieron por completo sobre el lago; también eran de oro, y con plumas, e incrustado en cada pluma había un único ojo dorado muy abierto.

Resultaba hermoso, y también aterrador. Clary quiso apartar la mirada, pero se negó a hacerlo. Lo contemplaría todo. Lo contemplaría por Jace, porque él no podía.

«Es como en todos esos cuadros», pensó. El Ángel alzándose del lago, la Espada en una mano y la Copa en la otra. Ambas chorreaban agua, pero Raziel estaba seco como un hueso, y también sus alas. Los pies descansaron, blancos y descalzos, sobre la superficie del lago, removiendo las aguas en pequeñas ondulaciones de movimiento. Su rostro, hermoso e inhumano, contempló a Valentine desde lo alto.

Y entonces habló.

Su voz era un llanto, como un grito y como música, todo a la vez. No contenía palabras, pero sin embargo resultaba totalmente comprensible. La fuerza de su aliento casi hizo retroceder a Valentine; éste clavó los tacones de las botas en la arena y mantuvo la cabeza inclinada atrás como si anduviese haciendo frente a un vendaval. Clary sintió como el viento levantado por el aliento del Ángel pasaba sobre ella: era caliente como el aire que escapa de un horno, y olía a especias extrañas.

«Han transcurrido mil años desde la última vez que se me invocó a este lugar —dijo Raziel—. Jonathan Cazador de Sombras me llamó entonces, y me suplicó que mezclase mi sangre con la sangre de hombres mortales en una Copa y creara a una nueva raza de guerreros que liberaría a esta tierra de la raza de los demonios. Hice todo lo que me pidió y le aseguré que no haría nada más. ¿Por qué me invocas ahora, nefilim?

La voz de Valentine sonó ansiosa.

—Han transcurrido mil años, Criatura Gloriosa, pero la raza de los demonios sigue aquí.

«¿Qué es eso para mí? Mil años transcurren para un ángel como un abrir y cerrar de ojos.»

—Los Nefilim que creasteis eran una gran raza de hombres. Durante muchos años combatieron valientemente para liberar este plano de la mácula demoníaca. Pero han fracasado debido a la debilidad de la corrupción en sus filas. Tengo intención de devolverlos a su antigua gloria…

«¿Gloria?»

El Ángel sonó levemente curioso, como si la palabra le resultase extraña.

«La Gloria pertenece sólo a Dios.»

Valentine no titubeó.

—La Clave tal y como los primeros Nefilim la crearon ya no existe. Se han aliado con subterráneos, los no humanos que llevan la mácula de los demonios que infestan este mundo igual que moscas sobre el cadáver de una rata. Es mi intención depurar este mundo, destruir a todos los subterráneos y a todos los demonios…

«Los demonios no poseen alma. Pero en cuanto a las criaturas de las que hablas, los Hijos de la Luna, de la Noche, de Lilith y los seres mágicos, todos tienen alma. Parece que tu criterio sobre lo que constituye o no un ser humano es más estricto que el nuestro. —Clary habría jurado que la voz del Ángel había adoptado un tono seco—. ¿Tienes intención de desafiar al cielo como aquel otro Lucero del Alba cuyo nombre llevas, cazador de sombras?

—No, desafiar al cielo, no, lord Raziel. Aliarme con el cielo…

«¿En una guerra creada por ti? Nosotros somos el cielo, cazador de sombras. Nosotros no peleamos en vuestras batallas mundanas.»

Cuando volvió a hablar, Valentine parecía casi dolido.

—Lord Raziel. Sin duda no habríais permitido la existencia de un ritual por el que se os pudiera invocar si no tuvieseis intención de ser invocado. Nosotros los Nefilim somos vuestros hijos. Necesitamos vuestra guía.

«¿Guía? —Ahora el Ángel sonó divertido—. Ése no parece precisamente el motivo de que me hayas traído aquí. Buscas más bien tu propio renombre.»

—¿Renombre? —repitió Valentine con voz quebrada—. Lo he dado todo por esta causa. Mi esposa. Mis hijos. He dado todo lo que tengo por esto… todo.

El Ángel se limitó a flotar, contemplando a Valentine con sus ojos fantásticos e inhumanos. Sus alas se movían en lentos movimientos no deliberados, como el paso de nubes por el cielo. Por fin dijo:

«Dios le pidió a Abraham que sacrificase a su hijo en un altar muy parecido a éste, para ver a quién amaba más Abraham, a Isaac o a Dios. Pero nadie te pidió a ti que sacrificases a tu hijo, Valentine».

Valentine hecho un vistazo abajo al altar situado a sus pies, salpicado con la sangre de Jace, y luego miró de nuevo al Ángel.

—Si no tengo otro remedio, te obligaré a hacerlo —dijo—. Pero preferiría obtener tu cooperación voluntaria.

«Cuando Jonathan Cazador de Sombras me invocó —dijo el Ángel—, le presté mi ayuda porque pude ver que su sueño de un mundo libre de demonios era auténtico. Él imaginaba un cielo en esta tierra. Pero tú sueñas únicamente con tu propia gloria, y no amas al cielo. Mi hermano Ithuriel puede atestiguarlo.

Valentine palideció.

—Pero…

«¿Pensaste que no lo sabría?»

El Ángel sonrió. Fue la sonrisa más terrible que Clary había visto nunca.

«Es cierto que el amo del círculo que has dibujado puede obligarme a llevar a cabo un único acto. Pero tú no eres ese amo.»

Valentine le miró con asombro.

—Mi señor Raziel… No hay nadie más…

«Sí que lo hay —dijo el Ángel—. Tu hija.»

Valentine se volvió en redondo. Clary, caída semiinconsciente sobre la arena, con las muñecas y los brazos atenazados por un dolor atroz, le devolvió la mirada con expresión desafiante. Por un momento, los ojos de ambos se encontraron… y él la miró, realmente la miró, y ella comprendió que era la primera vez que su padre la había mirado jamás a la cara y la había visto. La primera y única vez.

—Clarissa —dijo—. ¿Qué has hecho?

Clary alargó la mano, y con el dedo escribió en la arena a los pies de Valentine. No dibujó runas. Dibujó palabras: las palabras que él le había dicho la primera vez que vio lo que ella era capaz de hacer, cuando había dibujado la runa que destruyó el barco.

MENE MENE TEKEL UPHARSIN

Los ojos de su padre se abrieron de par en par, igual que los ojos de Jace se habían abierto antes de morir. Valentine se había quedado totalmente blanco. Se volvió despacio de cara al Ángel, alzando las manos en gesto de súplica.

—Mi señor Raziel…

El Ángel abrió la boca y escupió. O al menos eso fue lo que le pareció a Clary: que el Ángel escupía, y que lo que salía disparado de su boca era una centella de fuego blanco, como una flecha llameante. La flecha voló directa y certera sobre el agua y enterró en el pecho de Valentine. Aunque quizá «enterrar» no fuese la palabra: se abrió paso a través de él, como una roca a través de fino papel, dejando un agujero humeante del tamaño de un puño. Por un momento, Clary, con la vista alzada, pudo mirar a través del pecho de su padre y ver el lago y el ardiente resplandor del Ángel al otro lado.

El momento pasó. Como un árbol talado, Valentine se estrelló contra el suelo y se quedó inmóvil, con la boca abierta en un grito mudo y una última mirada de incrédula traición fijada para siempre en sus ojos ciegos.

«Esa ha sido la justicia del cielo. Confío en que no te sientas consternada.»

Clary alzó los ojos. El Ángel flotaba sobre ella, como una torre de llama blanca, cubriendo el cuelo. Tenía las manos vacías, la Copa Mortal y la Espada descansaban ahora junto a la orilla del lago.

«Puedes obligarme a llevar a cabo una sola cosa, Clarissa Morgenstern. ¿Qué es lo que deseas?»

Clary abrió la boca. No brotó de ella ningún sonido.

«Ah, sí —dijo el Ángel, y había dulzura en la voz ahora—. La runa.

La multitud de ojos de sus alas pestañearon. Algo la rozó. Era suave, más suave que la seda o cualquier otra tela, más suave que un susurro o la caricia de una pluma. Era el tacto que ella imaginaba que podrían tener las nubes si tuviesen textura. Un leve aroma acompañó al contacto… un aroma agradable, embriagador y dulce.

El dolor desapareció de sus muñecas. Puesto que ya no estaban atadas, las manos le cayeron a los costados. El escozor en la parte posterior del cuello también había desaparecido, y la pesadez de las piernas. Se puso de rodillas con gran dificultad. Más que nada en el mundo, deseaba arrastrarse por la arena ensangrentada hacia el lugar donde yacía el cuerpo de Jace, arrastrarse hasta él y tumbarse a su lado y rodearlo con los brazos, incluso aunque el muchacho ya no estaba. Pero la voz del Ángel la constreñía; permaneció donde estaba, con la vista puesta en su brillante luz dorada.

«La batalla de la llanura de Brocelind está finalizando. El domino de Morgenstern sobre sus demonios ha desaparecido con su muerte. Muchos huyen ya; el resto no tardará en ser destruido. Hay nefelim que cabalgan hacia las orillas de este lago en estos momentos. Si tienes una petición, cazadora de sombras, habla ahora. —El Ángel hizo una pausa—. Y recuerda que no soy un genio. Elige tu deseo con sabiduría.»

Clary vaciló… sólo por un momento, pero el momento se prolongó como nunca se había prolongado un instante. Podía pedir cualquier cosa, pensó llena de aturdimiento, cualquier cosa: un final al dolor o al hambre o a la enfermedad en el mundo, o la paz en la tierra. Pero también era posible que los ángeles no tuviesen poder para conceder tales cosas, o ya habrían sido concedidas. Y a lo mejor se suponía que las personas tenían que encontrar esas cosas por sí mismas.

No importaba, de todos modos. Sólo había una cosa que podía pedir, una elección auténtica.

Alzó los ojos hacia el Ángel.

—Jace —dijo.

La expresión del Ángel no cambió. Ella no tenía ni idea de si Raziel consideraba su petición buena o mala, ni si —pensó con un repentino estallido de pánico—tenía intención de concederla.

«Cierra los ojos, Clarissa Morgenstern», dijo el Ángel.

Clary cerró los ojos. Uno no le dice que no a un ángel, sin importarlo que éste tenga en mente. Su corazón latía violentamente y ella permaneció sentada flotando en la oscuridad de detrás de sus párpados, intentando resueltamente no pensar en Jace. Pero su rostro apareció recortado, no sonriéndole sino mirándola de reojo, y pudo ver la cicatriz en la sien, la mueca de la comisura de los labios y la línea plateada sobre la garganta allí donde Simon le había mordido, todas las marcas y defectos e imperfecciones que conformaban a la persona que más amaba en el mundo. Jace. Una luz brillante iluminó su visión con un tono escarlata, y cayó hacia atrás contra la arena, preguntándose si iba a desmayarse; quizás estaba muriendo, pero no quería morir, no ahora que podía ver el rostro de Jace con tanta claridad ante ella. Casi podía oír su voz, también, pronunciando su nombre, tal y como lo había susurrado en Renwick, una y otra vez… Clary, Clary, Clary.

—Clary —dijo Jace—. Abre los ojos.

Lo hizo.

Estaba tumbada sobre la arena, con las ropas desgarradas, mojadas y ensangrentadas. Pero no importaba: el Ángel había desaparecido, y con él la cegadora luz blanca que había iluminado la oscuridad convirtiéndola en día. Clary miró al cielo nocturno sembrado de estrellas blancas como espejos brillando en la negrura. Inclinado sobre ella, la luz de sus ojos, más brillante que la de cualquier estrella, estaba Jace.

Sus ojos se empaparon de él, de cada parte de él, desde los cabellos enmarañados al rostro manchado de sangre y mugriento y los ojos que brillaban por entre las capas de suciedad; desde los moretones visibles a través de las mangas desgarradas al enorme roto empapado en sangre de la parte frontal de la camiseta, a través del cual se veía la piel desnuda; y no había marca ni corte que indicase por donde había entrado la Espada. Pudo ver el pulso latiéndole en la garganta, y casi le arrojó los brazos al cuello ante aquella visión porque significaba que el corazón latía y eso quería decir…

—Estas vivo —susurró—. Realmente vivo.

Con un lento gesto maravillado él alargó la mano para tocarle la cara.

—Estaba en la oscuridad —dijo en voz baja—. No había nada más que sombras, y yo era una sombra, y sabía que estaba muerto, y que todo había acabado, todo. Y entonces he oído tu voz. Te he oído decir mi nombre, y eso me trajo de vuelta.

—Yo no. —Clary sintió un nudo en la garganta—. El Ángel te ha traído de vuelta.

—Porque tú se lo has pedido. —En silencio trazó el contorno de su cara con los dedos, como para asegurarse de que era real—. Podías haber tenido cualquier cosa en el mundo, y me has pedido a mí.

Ella sonrió. Mugriento como estaba, cubierto de sangre y tierra, era lo más hermoso que había contemplado nunca.

—Pero yo no quiero ninguna otra cosa en el mundo.

Ante eso, la luz de sus ojos, ya brillante, adquirió tal intensidad que ella apenas pudo mirarle. Pensó en el Ángel, y la manera en que había ardido como un millar de antorchas, y que Jace tenía en su interior algo de aquella misma sangre incandescente, y en cómo aquella llama brillaba a través de él en aquel momento, a través de sus ojos, como luz por entre las rendijas de una puerta.

«Te amo», quiso decir Clary. Y «volvería a hacerlo. Siempre te pediría a ti». Pero no fueron esas las palabras que dijo.

—No eres mi hermano —le contó, un poco jadeante, como si, habiendo advertido que aún no las había dicho, no pudiese hacer salir las palabras de la boca con la suficiente rapidez—. Lo sabes, ¿verdad?

De un modo muy leve, por entre la mugre y la sangre, Jace sonrió.

—Sí —dijo—. Lo sé.

Загрузка...