Charles Sheffield La odisea del mañana

Libro uno Amor y muerte

1 Al filo de la condena

El Tiempo: Remedio para todo, disolvente universal


¿Y si el tiempo no se pudiera alcanzar?

Cuando Drake recibió finalmente un diagnóstico médico claro tras meses de terrores secretos y falsas esperanzas y evasivas por parte de los especialistas, a Ana le quedaban menos de cinco semanas de vida. Su deterioro era ya irreversible. De repente, después de doce maravillosos años juntos y un futuro que parecía extenderse cincuenta más ante ellos, veían cómo el mundo se reducía a un puñado de días.

Había empezado de forma tan fácil; más que fácil. Había empezado con nada, un coche rojo en el camino de entrada cuando no esperaba ninguno. El coche de Ana.

Pasaba frente a la casa casi por casualidad, después de una limpieza de boca, camino de una entrevista en la nueva sala de conciertos. Como todo el mundo, Drake se había quejado de la acústica, y los responsables de la sala le habían llamado para que fuera más específico. El período de gracia para los cambios en la construcción sin recargo añadido expiraba en menos de treinta días, y estaban preocupados.

En fin, podría ser específico, muy específico, sobre la absorción de graves, la saturación del sonido a media distancia y la resonancia de las altas frecuencias. Pero Ana no debería estar en casa. Le había dicho al salir que pensaba almorzar con el pianista y el clarinetista, y que no volvería más o menos hasta las seis.

¿Problemas mecánicos? Hacía una semana que el Camry presentaba síntomas de rebeldía.

Aparcó en la calle y entró, reparando en el charco de agua del asfalto y prometiéndose por enésima vez que lo haría repavimentar. Ana no estaba en la cocina. Tampoco en el comedor, ni en el estudio, ni en el salón.

Sintió la primera punzada de ansiedad mientras subía corriendo las escaleras. El alivio que sintió al verla, vestida con sus vaqueros y su camisa de tela escocesa y plácidamente dormida en su cama, fue sorprendentemente intenso.

Cruzó el cuarto y le dio un meneo. Ella abrió los ojos, parpadeó, y le sonrió.

Él se agachó y la besó con suavidad en los labios.

—¿Estás bien?

—Estoy bien, amor. Es sólo que me siento tan cansada…

—¿Te quedaste despierta hasta tarde? —Drake había ido al centro para asistir a la representación de una de sus últimas obras y estrechar la mano de su público a continuación lo había mantenido ocupado hasta pasada la medianoche.

Ana negó con la cabeza.

—A las diez ya estaba en la cama. Últimamente me siento así a menudo. Sin fuerzas y desganada. Pero nunca tan mal.

—Eso no es propio de ti. ¿Por qué no llamamos a Tom?

Esperaba que ella le dijera que no hacía falta, que lo único que necesitaba era un poco más de relax; Ana, entre sus ofertas para cantar y sus clases, se exigía demasiado.

Para su sorpresa, ella asintió.

—¿Te importa llamarle por mí? —Se tumbó y cerró los ojos—. Quiero pasar un rato más en la cama.

Drake había empezado a preocuparse a partir de ese momento, aunque al principio nadie más pareciera compartir su inquietud. Tom Lambert era un amigo íntimo además del médico de la familia. Acudió esa misma tarde, rezongando sobre lo que dirían los demás pacientes si supieran que hacía consultas a domicilio.

Pasó mucho tiempo auscultando a Ana. Parecía más perplejo y curioso que preocupado.

—Podría tratarse de simple fatiga —dijo al terminar. Aceptó un sorbo de whisky escocés en vaso grande y le echó mucho hielo. Los tres estaban sentados en el estudio. Tom levantó su vaso en dirección a Ana antes de probarlo. Suspiró—. Lo único que digo es que, si se trata de algo, es la primera vez que lo veo.

—¿Crees que deberíamos olvidarlo y ya está? —preguntó Ana. Estaba sentada en el sofá con los pies recogidos debajo del cuerpo. Drake, estudiándola ahora en vez de aceptar su presencia sin más, decidió que parecía más delgada—. Ya sabes, tomarse un par de aspirinas y esperar a mañana.

—¿Olvidarlo? —Tom parecía conmocionado—. Claro que no. ¿Por qué clase de médico me tomas? Quiero que veas a un especialista.

—Claro. —Ana estaba tomándole el pelo. Tom y ella ya habían tenido antes la misma discusión—. El médico típico de hoy en día: es imposible que te digan lo que te pasa a menos que consultes a otros cuatro médicos…, cada uno con sus respectivos honorarios, naturalmente. Si fuerais músicos, todas vuestras partituras serían al menos para un quinteto.

—Ya. Y si vosotros fuerais médicos, no abriríais la consulta para menos de cien personas. De todos modos, no cambies de tema. Quiero que veas a un especialista. Te voy a dar cita con el doctor Kevin Williams.

—Pero si no sabes de qué se trata —protestó Drake—, ¿cómo sabes qué tipo de especialista necesita?

Tom Lambert parecía ligeramente abochornado.

—Dije que era la primera vez que lo veía, en la práctica. Pero eso no quiere decir que no tenga ideas. Kevin Williams está especializado en enfermedades de la sangre y el sistema linfático. Dirige un grupo en NIH. Es amigo mío y es endiabladamente bueno. No te preocupes, Ana.

—No pensaba hacerlo. No es lo mío. Drake es el que se preocupa de la familia.

—Pues tú tampoco te preocupes, Drake. Llegaremos al fondo de la cuestión. —Tom asintió, y cuando habló de nuevo fue como si lo hiciera para sí—. Sí. Llegaremos muy pronto.

Tom hizo cuanto pudo. Drake no lo dudó nunca ni por un momento. Ana vio al doctor Williams al día siguiente, preludio de una mareante sucesión de médicos y análisis en el transcurso de las dos semanas siguientes. El comentario jocoso que le había hecho Ana a Tom se quedó corto. Drake contó doce médicos distintos, sin contar los individuos, muchos de ellos doctores en Medicina a su vez, que administraban las resonancias magnéticas, los tratamientos intravenosos, las mielografías y las múltiples muestras de sangre.

Tom hablaba poco, pero Drake sabía en el fondo que el problema era grave. La lasitud de Ana se desarrolló. No cabía duda de que estaba perdiendo peso. La habían obligado a cancelar sus clases y sus conciertos a corto plazo. Una mañana estaba sentada a la mesa de la cocina, con la pálida luz invernal reflejada en su cabello rubio pajizo. Drake se fijó en la traslúcida pátina cérea que le empañaba la frente y en el patrón de finas venas azules de sus sienes. Lo embargó un temor tal que no fue capaz de decir nada.

El nefasto resultado de la biopsia, cuando llegó por fin, no supuso ninguna sorpresa. Tom les dio la noticia en persona, una tarde gris de comienzos de marzo.

—¿Una operación? —Ana, como siempre, hacía gala de calma y racionalidad.

Tom meneó la cabeza.

—¿Quimioterapia?

—Probaremos con eso, desde luego. —Tom vaciló—. Pero tengo que decirte, Ana, que el pronóstico no es demasiado bueno. Te podemos tratar, qué duda cabe, pero no podemos curarte.

—Entonces no hay más que hablar. —Ana se incorporó, ya un poco inestable al erguirse a causa de la reducción muscular en sus piernas—. Voy a traer café para todos. Ya debería haber subido. ¿Azúcar y crema, Tom?

—Ah…, sí. —Tom la miró con tristeza—. No, o sea, crema sí, sin azúcar. Da igual. Me gusta de todos modos.

En cuanto Ana salió de la habitación se volvió hacia Drake.

—Está en una fase de negación. Es natural, y no me sorprende. Tardará un tiempo en hacerse a la idea.

—No. —Drake se levantó y se acercó a la ventana. Las últimas nieves fuertes del invierno estaban derritiéndose, y ya despuntaban los primeros tallos verdes de la primavera. En unos cuantos días florecerían las campanillas de invierno y el azafrán.

»Tú no conoces a Ana —continuó—. No hay nadie más realista que ella. No es como yo. Ana no está negando nada. Soy yo el que se resiste a aceptarlo.

—Voy a recetarle analgésicos —prosiguió Tom, como si no hubiera estado escuchando—. Todos los que quiera. El dolor no es ninguna virtud. En casos como este no me preocupa la adicción. Y también os voy a recetar tranquilizantes… a los dos. —Tom miró en dirección a la cocina, para asegurarse de que Ana no podía escucharlo—. Será mejor que sepas la verdad, Drake. No podemos hacer absolutamente nada por ella. Olvídate de la quimioterapia. Me sorprendería que Anastasia consiguiera con eso algo más que unas cuantas semanas de prórroga. Tengo la impresión de que la medicina sigue aún en la Edad Media en lo que a esta enfermedad se refiere. Como médico también debo preocuparme por ti, Drake. No descuides tu salud. Y recuerda que puedo venir a veros, de día o de noche, siempre que me necesitéis cualquiera de los dos.

Ana regresaba de la cocina. Se detuvo en el umbral, sosteniendo una bandeja con tazas, una cafetera, crema y azúcar. Sonrió y enarcó una ceja.

—¿Habéis acabado? ¿Puedo volver ya?

Drake la miró. Estaba delgada y debilitada, pero nunca le había parecido más hermosa. Hermosa y valiente y adorable. Ante la perspectiva de vivir sin ella se le encogía el corazón. Se sentía como si le faltara el aliento.

Ana era toda su vida, sin ella no tenía nada. ¿Cómo iba a soportar su pérdida?

2

«¡Oh! Que vuelva el ayer,

ruega al tiempo que regrese»


Tom se fue antes de las diez. Se dio cuenta de que Ana, que ponía buena cara por él, estaba rendida.

Ana se acostó en cuanto se hubo marchado Tom. Drake la siguió, media hora después. Ya estaba dormida. Se tumbó junto a ella sin desvestirse, convencido de que sería una pérdida de tiempo. Tenía demasiadas cosas en la cabeza como para conciliar el sueño.

Cerró los ojos. Se imaginó a Ana como era cuando se conocieron.

Siempre le decía a todo el mundo que estaba enamorado de ella incluso antes de verla. La ocasión que propició su primer encuentro fue un examen de fin de trimestre. Drake, como alumno estrella del doctor Bonvissuto en composición musical, estaba realizando un examen en solitario, en un pequeño cuarto contiguo al austero despacho de Bonvissuto.

No era el escenario ideal para concentrarse, pero Drake había ensayado el ejercicio varias veces antes. Mientras escribía las partes de una fuga compuesta por su profesor, Bonvissuto se entrevistaba con los aspirantes a alumnos y becarios del orfeón en la sala contigua.

El material del examen no era ninguna obra inspirada, y Drake podía hacerlo de forma casi automática, utilizando hojas de papel pautado y un lápiz. Bonvissuto desconfiaba de los ordenadores y el resto de accesorios que aceleraban la composición musical.

—Conque te hace falta un ordenador para escribir más deprisa, ¿eh? —Había regañado a Drake en su primera sesión con él—. Händel escribió El Mesías, de la primera nota a la última, en veinticuatro días. Tú haz lo mismo en dos o tres meses y no me quejaré. ¿Quieres ayuda informática? Perfecto. Siempre y cuando escribas más y mejor. Mejor que Bach. Mejor que Monteverdi, mejor que Mozart. Ellos no tenían ordenador.

Viniendo de Bonvissuto, la reprimenda había sido suave. Pero hablaba en serio. Drake trabajaba como una bestia en el examen, sin la ventaja de siglos de desarrollo tecnológico, mientras en la habitación de al lado iba y venía una sucesión de jóvenes.

La mayoría, Drake lo sabía, llegaban preparados para cantar como Brunilda o Tristán o la Reina de la Noche. Bonvissuto no lo consentía.

—Algo sen-ci-llo. Nada de óperas grandiosas. Canciones simples, canciones populares. Cuando me cantéis eso bien de verdad, a capela, a lo mejor entonces empezamos a pensar en Verdi y Mozart y Wagner.

Cantaban sin acompañamiento, a menudo alto y desafinado. Y Bonvissuto comentaba, igualmente alto:

—¿Qué nota pensabas que era esa del final? ¿Y en qué idioma? ¿Has oído hablar de la dicción? Esta canción es en inglés, por el amor de Dios. Escuchándote parecía polaco o chino o vete a saber qué.

Bonvissuto le daba la vuelta al patrón convencional. Cuando se enfadaba, su acento italiano desaparecía. En su lugar aparecía un inglés perfecto y un acento de Kansas. Lo mismo ocurría durante sus clases con Drake, que una vez cometió la imprudencia de mencionar esa circunstancia. El profesor le había guiñado un ojo y dicho:

—¿Quién ha oído hablar alguna vez de un italiano de Kansas? ¿Quién ha oído hablar alguna vez de un compositor de Kansas?

Drake acabó de escribir la fuga, le dio la vuelta a la página y siguió con el último ejercicio. «Propón una melodía que case con el acompañamiento propuesto».

Leyó lo que seguía y se dio cuenta de que el problema estaba chupado. Conocía la obra original. Lo que tenía delante era la parte de piano de «Adormecimiento», cuarta canción del ciclo de El viaje de invierno. Lo único que tenía que hacer era escribir la parte vocal. Daba la casualidad de que el acompañamiento estaba en la menor, un tono por encima de la versión con la que estaba familiarizado, de modo que tendría que transportar; pero eso era insignificante.

Volvió a leer la pregunta para asegurarse. «Propón una melodía que case». No decía, «Compón una melodía que case». Y estaba claro que no podía superar a Schubert.

Mientras escribía en la línea vocal oyó la puerta que se abría de nuevo en la sala contigua. Hubo un murmullo de conversación, luego un único acorde, mi mayor, en el piano de Bonvissuto.

Empezó a cantar una voz de contralto femenina Blow the wind southerly. Era una voz fuerte y clara, ligeramente ronca en el registro más bajo y con apenas la insinuación de un atractivo vibrato en las notas altas. Drake se paró a escuchar. Después de la última nota se produjo una pausa, a continuación de nuevo un solo acorde al piano. Confirmó lo que Drake ya sabía. La mujer había terminado exactamente en mi natural, en la clave con la que había empezado. Había dado el tono justo de principio a fin.

Drake oyó una o dos frases más murmuradas en el cuarto de al lado, la puerta que se abría y se cerraba de nuevo. Esperó, redactando los últimos compases del ejercicio. No podía ser que Bonvissuto la hubiera rechazado, así sin más, sin hablar un poco más con ella. Drake quería oírla cantar de nuevo.

Obedeciendo a un impulso recogió sus hojas de examen, las apiló pulcramente, y se acercó a la puerta que comunicaba ambas habitaciones. Giró el pomo y entró sin llamar.

Se preparó. Cualquiera que entrara en el despacho de Bonvissuto sin permiso podía esperar un caluroso recibimiento.

La bronca que esperaba no llegó. El profesor Bonvissuto no estaba allí. Sola en el cuarto, de pie junto al piano y mirándolo con fijeza e incertidumbre, había una muchacha rubia y delgada.

Él le devolvió la mirada. Su peinado era un poco desigual. No era muy alta, uno sesenta y cinco tal vez, y su vestido azul claro no le quedaba del todo bien. Drake, que no era ningún entendido en moda, no se dio cuenta de que había sido confeccionado para alguien un poco más alto. Pero lo más sorprendente de ella, mucho más significativo que su atuendo, era su edad. Aparentaba unos quince años. Costaba creer que la madura voz de contralto que había escuchado hubiera salido de ella.

—¿Eres el siguiente? —preguntó ella por fin—. Pensaba que yo era la última. Enseguida viene.

Se daba cuenta de que estaba mirándola fijamente, pero ella también. Debía de asumir que él estaba allí para una audición vocal. Le enseñó su fajo de papeles.

—No he venido a cantar. Estaba haciendo un examen. Soy alumno del profesor Bonvissuto. ¿Esa eras tú?

—¿Yo qué?

—Cantando. Blow the wind southerly.

—Sí. ¿Por qué?

—Ha estado muy bien. —Quería añadir que había sido asombroso, impresionante, conmovedor. En vez de eso dijo— ¿Dónde está?

—¿El profesor? Ha ido a apuntarme. Pensaba que no me iban a aceptar, y es el último día para inscribirse. Me ha dicho que él podía ejercer un poco de presión.

—Sí. Se le da muy bien. —Drake, sin saber qué hacer a continuación pero renuente a marcharse, se sentó en el taburete del piano.

—¿Tocas? —preguntó ella a su espalda.

—Sí. No muy bien. —Estaba convencido de que podía sentir su mirada crítica clavada en su nuca. La música estaba llena de prodigios: bebés que distinguían secuencias de acordes, concertistas que no contaban ni diez años de edad, compositores que escribían grandes obras en la pubertad. Y aquí estaba él, superados los dieciocho y estudiando todavía. Quiso espetar que había empezado tarde, que su familia era demasiado modesta como para pensar en clases de música, que se había acercado a la música tan solo al descubrir que, casi en contra de su voluntad, las melodías surgían en su cabeza para acompañar los poemas que estuviera leyendo en ese momento.

No consiguió decir nada de eso. En cambio, para disimular su inseguridad, y con «Adormecimiento» todavía en la cabeza, empezó a tocar los tresillos agitados e inquietos de la introducción de la canción.

—Esa la he escuchado un par de veces —dijo la voz a su espalda—. Pero es una canción para hombres. ¿Te sabes Gretchen am Spinnrade?

¿Margarita en la rueca? —Drake se sentía mucho más cómodo con la traducción del alemán. Hizo una pausa antes de empezar a tocar una figura rítmica y acompasada.

—Eso es —dijo de inmediato la muchacha—. ¿Sabías que Schubert la escribió cuando solo tenía diecisiete años?

—Sí. —Podía tratarse de una crítica, señalando el hecho de que Drake tenía más de diecisiete años y no había hecho nada. Pero antes de que pudiera decir nada más, ella continuó:

—Para mí es un poco alto. Pero puedo apañármelas. Empieza desde el principio.

Tras las cuatro figuras breves de la introducción empezó a cantar:

Mein Ruh ist hin, mein Herz ist schwer. —«Mi paz se ha ido, me pesa el corazón». Drake, que entendía vagamente el alemán pero sentía la fuerte compenetración musical que existía entre ellos, se concentró en el ejercicio, intuyendo y adaptándose a la línea vocal de la muchacha.

Tocaron la canción entera. Tras los últimos acordes pausados del piano se hizo un silencio absoluto. Drake se dio la vuelta y encontró en el rostro de ella una sonrisa que reflejaba su propio entusiasmo. Antes de que pudieran decir nada, se escuchó un sonido en el umbral: cuatro aplausos monótonos.

—Sabrás, ¿no es así?, que tocar mi Steinway sin permiso es motivo de castigo. —Bonvissuto se acercó a ellos—. ¿Qué haces aquí, Merlin?

Drake cogió sus hojas de examen y se las ofreció.

—Ya he terminado.

—¿Sí? —Bonvissuto ojeó los papeles un par de segundos. Soltó un bufido—. Le dije a Leila Nielsen que poner «Adormecimiento» era una tontería, que seguro que la conocías. Da igual. Para la próxima hay un montón de cosas que no sabes. —Sonrió con sadismo—. ¿Qué tal te llevas con Webern? —Y antes de que Drake pudiera responder—: Venga, vamos. Largo, los dos. —Los espantó con las manos—. Merlin, hablaremos de tu examen mañana por la mañana. Werlich, te he matriculado. Es oficial. Ven mañana a la una y practicaremos tu registro medio. Ahora, largo. ¿A qué estáis esperando? —Y cuando ya estaban casi en la puerta—, ya que los dos vais a actuar juntos en público, os conviene ensayar. Tenéis que mejorar.

Drake sabía cómo se llamaba, al menos en parte. Werlich. Y ella sabía cómo se llamaba él. Se quedaron en el pasillo, mirándose.

—¿Has oído eso? —dijo ella por fin—. Actuar juntos. ¿Crees que hablaba en serio?

—No lo sé. —Drake sólo había tocado ante grupos reducidos. La perspectiva de un concierto público le helaba la sangre en las venas—. Aunque suele hablar en serio cuando se trata de música.

Ella le tendió la mano.

—Anastasia Werlich. Ana para abreviar.

—Drake Merlin. —Le estrechó la mano y sintió la compulsión de desvelar su secreto—. En realidad me llamo Walter Drake Merlin, pero el Walter no me gusta nada.

—Pues no lo uses. No lo escogiste tú. A mí tampoco me gusta mucho el Werlich. —Frunció el ceño—. ¿Cuánto dinero tienes?

La pregunta lo desconcertó. ¿Quería decir en el mundo, o en el bolsillo? En cualquier caso, la respuesta era insatisfactoria.

—Cuatro dólares.

Ella asintió.

—Vale. Yo tengo nueve. Así que la rica soy yo. Te invito a una Cola.

—No bebo Cola. La cafeína y yo nos llevamos mal. Me pone de los nervios. —Drake se preguntó por qué estaba diciendo algo tan rematadamente estúpido. Ahí estaba, más ansioso por continuar una conversación con Ana de lo que había estado nunca con nadie, y sonaba como si estuviera dándole largas.

Pero ella se limitó a contestar:

—Pues entonces Sprite, o 7Up —y se dirigió a la cafetería que había en la otra parte del edificio.

Se pasaron el resto de la tarde charlando, tan absorto cada uno en el otro que la presencia de los demás clientes de la cafetería era totalmente irrelevante.

Al principio a Drake le había agradado descubrir que ella andaba tan escasa de dinero como él. Su dominio del alemán y su conocimiento del mundo no provenían de su costosa educación en algún colegio privado de Europa, sino del hecho de que Ana era la hija de un militar y había pasado su infancia yendo de una escuela a otra por toda Europa y casi todo el resto del mundo. Al igual que él, Ana era pobre, demasiado pobre para ir a la universidad sin una beca.

Y luego, después de solo unas cuantas horas juntos, tener o dejar de tener dinero se hizo irrelevante.

Lo importante era que les gustaba tanto conversar y escuchar al otro que Ana estuvo a punto de perder el último autobús de vuelta a casa. Lo importante era que cuando estaban en la parada de autobuses ella le dijo, con la franqueza que jamás perdería:

—Quería conocerte desde que tenía cinco años.

Lo importante era que su rostro, con los ojos grises cerrados, se elevó hacia él para darle un breve beso de buenas noches. Cuando el autobús se alejaba Drake sintió la pérdida más profunda de sus dieciocho años. Ya entonces sabía que había encontrado a la chica que amaría eternamente.

Aquel primer día sentó las bases de todo el tiempo que iban a compartir. Estaban juntos siempre que podían. Cuando Ana tenía que actuar fuera de la ciudad siempre volvía a casa en el primer vuelo posible. Cuando las comisiones o las inauguraciones reclamaban a Drake en Nueva York, Miami o Los Ángeles, era incapaz de disfrutar de las cenas o cócteles de rigor que formaban parte del trato. No quería cenar ni beber gratis, ni tener que escuchar extravagantes halagos sobre su talento. Quería estar con Ana. Incluso al principio, cuando eran tan desesperadamente pobres, él prefería saltarse la cena para coger un taxi en vez del autobús y llegar a casa una hora antes.

Drake recordaba un día en que Ana se vio implicada en un aparatoso accidente de tráfico en la carretera de circunvalación. Estaba en la cama con una fiebre de treinta y ocho cuando recibió una llamada telefónica de un completo desconocido, informándole del accidente pero asegurándole que Ana estaba perfectamente.

No recordaba haberse levantado ni vestido ni conducido hasta el lugar del accidente. Lo único que recordaba era la espantosa sensación de posible pérdida, de la desgracia que se cernía sobre él hasta que volvió a tenerla entre sus brazos. Su coche era siniestro total, y él no se fijó ni le importaba. Estaba consumido por el miedo a perderla.

Y ahora…

Drake consultó la cara iluminada del reloj de la mesita. Era medianoche pasada, casi la una. Se levantó, fue al cuarto de baño y tiró al retrete la receta para los tranquilizantes que le había dado Tom.

Más adelante tendría tiempo para lamentaciones. Ahora tenía trabajo que hacer, y poco tiempo para hacerlo. Necesitaba todas sus facultades, libres de drogas. Durante doce años Ana y él lo habían meditado y planificado todo juntos. Esta vez no sería así. Ella tenía que volcar todas sus energías en la lucha contra la enfermedad. Dependía de él.

No sabía lo que iba a hacer, ni cómo lo haría. Lo único que sabía era que iba a hacer algo.

Ana era toda su vida; sin ella no tenía nada.

No podría soportar su pérdida.

No estaba dispuesto a perderla.

Nunca.

3 Segunda Oportunidad

Tres semanas y media de esfuerzos sin resultado. Tras la primera media decena de intentos Drake aprendió a desembarazarse sin piedad de las pistas falsas. Lamentablemente, antes de poder rechazarlas tenían que ser exploradas. Y había tantas: homeopatía, acupuntura, interferón bipolarizado, amigdalina, reequilibrio de iones, meditación, quelación, manipulación del aura de Kirlian, bioretroalimentación, energía cuántica…

La lista parecía interminable, e inútil. Fueran cuales fueran sus virtudes, no podían curar a Ana.

Llegada la cuarta semana era evidente que Drake tenía que hacer algo. Ana, aunque no se quejaba nunca, empeoraba rápidamente. Él estaba al límite de su resistencia. Dormía sólo un par de horas por las noches, haciendo sus búsquedas en bancos de datos y sus llamadas de teléfono a larga distancia cuando Ana dormía sedada. Había cancelado o aplazado todos sus compromisos, salvo una pequeña pieza para la televisión que no podía esperar. La había despachado en una única sesión desesperada de diecisiete horas, escuchando mientras trabajaba con el ordenador la lejana voz del profesor Bonvissuto: «¿Crees que escribes rápido y bien, Merlin? Es posible. Mozart escribió la obertura para Don Giovanni, la partitura entera, de una sentada».

Cuando Ana estaba despierta pasaban el tiempo en un mundo onírico y opiáceo, tocándose, sonriéndose, saboreándose, divagando. Solo que Drake no había tomado ninguna droga y no podía permitirse el lujo de divagar. Ni de esperar.

Al final se redujo a una sola opción desesperada. Le hubiera gustado discutirlo con Ana, pero no podía. Si ella supiera qué era lo que tenía en mente, se opondría. Le haría prometer, sobre su cuerpo moribundo, que desecharía la idea.

Por eso no debía enterarse, no debía sospecharlo siquiera.

Cuando hubo hecho todo cuanto podía y estuvo listo para dar el último paso, llamó a Tom Lambert y le pidió que fuera a su casa.

Tom llegó después de cenar. Hacía un tiempo estupendo para estar a comienzos de abril, con los narcisos, los tulipanes y los jacintos en flor tras una primavera fría. La vida y la energía parecían estar en todas partes menos en la casa en penumbra. Ana descansaba en el dormitorio de la parte delantera. Tom la sometió a un breve examen y condujo a Drake a la sala de estar. Meneó la cabeza.

—Es más rápido de lo que pensábamos. A este ritmo Anastasia entrará en un coma definitivo dentro de tres o cuatro días. Tienes que dejarme que la lleve a un hospital. No puedes hacer nada por ella, y tienes que descansar. Por tu aspecto se diría que hace un mes que no duermes.

—Ya habrá tiempo para dormir. Quiero que se quede aquí conmigo. De hecho, será necesario. —Drake instaló a Tom en el asiento junto a la ventana y se acomodó frente a él, rodilla con rodilla. Le explicó lo que llevaba haciendo una semana, y lo que quería que hiciera Tom en los próximos días.

Lambert lo escuchó sin decir palabra. Luego se encogió de hombros.

—Si eso es lo que quieres hacer, Drake, es cosa tuya. —Su mirada era triste—. Te ayudaré, claro que sí. Y estoy de acuerdo en que Anastasia no tiene nada que perder. Pero espero que sepas que nunca se ha practicado una congelación y descongelación con éxito.

—Con peces, con anfibios…

—No te engañes, Drake. Los peces y los anfibios no son nada. Estamos hablando de seres humanos. Te diré que, en mi opinión, vas a malgastar tu tiempo y tu dinero. Y de paso te vas a poner las cosas aún más difíciles. ¿Qué dice Ana al respecto?

—No mucho. —Era una mentira flagrante. Nunca le había comentado la idea. Pero, ¿cómo podría tomar cualquier decisión, esta más que ninguna, sin decírselo a Ana? Drake se obligó a no pensar en ello y continuó—. Está dispuesta. Quizá más por mí que por ella. Cree que no saldrá bien, pero está de acuerdo en que no tiene nada que perder. Mira, preferiría que no le comentaras nada. Es como…, como asumir que ya está muerta. Ya me ocupo yo de los papeles. Y de conseguir la firma de Ana.

—Será mejor que no esperéis demasiado. —La expresión de Tom era sombría—. Si vais a hacerlo, Ana tendrá que ser capaz de sostener un bolígrafo.

—Ya lo sé. Te digo que conseguiré su firma.

Cuando Tom se hubo ido, Drake se dirigió al patio trasero. Todavía hacía calor en la calle, la promesa del verano. Pero la primavera era una burla, una broma cruel y despiadada. Deambuló entre los senderos. Habían creado este jardín con sus propias manos. Cuando se mudaron a la casa, hacía siete años, el jardín estaba muy descuidado. No contenía más que hierbajos y tierra desnuda. Él se había ocupado de casi todo el trabajo, pero siempre según el diseño y la dirección de Ana. Estos senderos y arriates eran de ella, no de él. ¿Cómo podría ser capaz de contemplarlos, cuando ella ya no estuviera?

Volvió adentro cinco minutos después. Tenía que repasar de nuevo todos los trámites legales.

Tres días después, Drake volvió a llamar a Tom Lambert para que acudiera a la casa. El médico fue al dormitorio, tomó el pulso a Ana, le midió la presión arterial y la actividad cerebral.

Salió de la habitación con gesto pétreo.

—Me temo que este es el fin, Drake. Me sorprendería que recuperara el conocimiento. Si sigues empeñado en esto, tendrás que hacerlo mientras conserve algunas funciones corporales normales. Tres días más…, y será una pérdida de tiempo.

Los dos hombres entraron juntos en el dormitorio. Drake echó un último vistazo al rostro sereno y demacrado de Ana. Se dijo que esto no era un último adiós. Por fin hizo un gesto con la cabeza a Tom.

—Adelante. —No lograba apartar los ojos del rostro de Ana—. Cuando quieras.

Tiempo, tiempo. Una pérdida de tiempo. Hasta el fin de los tiempos. El tiempo cura todas las heridas. ¡Oh! Que vuelva el ayer, ruega al tiempo que regrese.

—¿Drake? ¿Drake? ¿Te encuentras bien?

—Perdona. Estoy bien. —Asintió de nuevo—. Adelante, Tom. No tiene sentido esperar más.

El médico dio la inyección. Juntos, levantaron a Ana de la cama y le quitaron la ropa. Drake trajo el tanque termal preparado. La depositó en su interior con delicadeza. Pesaba tan poco, era como si una parte de ella se hubiera perdido ya.

Mientras Tom rellenaba el certificado de defunción, Drake efectuó la llamada a Segunda Oportunidad. Les dijo que acudieran a la casa de inmediato. Tal como le instruyeron, programó el tanque tres grados por encima del punto de congelación. Tom insertó los catéteres y las intravenosas. Las fases siguientes eran automáticas, controladas por los programas del tanque. La sangre se extraía por medio de una larga aguja hueca introducida en la arteria ilíaca externa principal, se enfriaba con precisión, y se inoculaba de nuevo en la vena femoral.

En diez minutos la temperatura corporal de Ana disminuyó treinta grados. Todos los signos vitales habían desaparecido. Ahora Ana estaba legalmente muerta. Para una generación anterior, Drake Merlin y Tom Lambert serían dos asesinos. Resultaba difícil no sentirse como tales sentados en el silencio del cuarto, aguardando la llegada del equipo de preparación de Segunda Oportunidad. Tom sentía lástima, por Drake. Ana estaba ya por encima de la lástima.

Los pensamientos y planes de Drake estaban, afortunadamente, por encima de la imaginación de su amigo.

Tuvo problemas con Tom Lambert y las tres mujeres que llegaron enviadas por Segunda Oportunidad. A ninguno le parecía lógico que Drake quisiera acompañar al cadáver de Ana hasta las instalaciones de Segunda Oportunidad.

Tom pensó que Drake se resistía a hacerse a la idea de que todo había terminado. Instó a su amigo a ir a su casa para tomar un trago. Drake rehusó. El equipo de preparación no sabía cómo reaccionar ante su presencia. Parecía un vampiro o una especie de necrófilo, aunque la expresión de su rostro indicaba claramente que estaba sufriendo. Le explicaron pacientemente que los procedimientos eran muy desagradables de presenciar, sobre todo para alguien tan implicado personalmente. Convinieron con el doctor Lambert en que Drake haría mucho mejor en dejarlo todo en sus manos expertas e ir a casa de su amigo. Ellas se ocuparían de que todo estuviera en orden. Si estaba preocupado, se asegurarían de llamarlo en cuanto hubiera terminado la operación.

Drake no podía contarles cuál era el verdadero motivo por el que quería presenciar todo el procedimiento de preparación, hasta el último y truculento detalle. Pero, negándose simplemente a no aceptar un no por respuesta, por fin se salió con la suya.

La directora del equipo decidió entonces que Drake quería acompañarlos porque tenía miedo de que fallara algún paso de la operación. Le explicó todo el proceso, despacio y con amabilidad, durante la hora de trayecto hasta las instalaciones. Estaban sentados juntos en la parte posterior de la furgoneta, al lado del arcón de temperatura controlada.

—La mayoría de los revivibles…, preferimos ese término al de criocadáveres…, se almacenan a temperaturas de nitrógeno líquido. Eso es, aproximadamente, doscientos grados Celsius bajo cero. No cabe duda de que es lo bastante frío. Pero sigue siendo unos setenta y cinco grados por encima del cero absoluto. Todos los procesos biológicos mensurables se vuelven imperceptibles mucho antes de eso. Sin embargo, siguen produciéndose algunas reacciones químicas. Las leyes de la estadística garantizan que unos cuantos átomos retendrán la energía necesaria para inducir cambios biológicos. Y la mente y la memoria son dos cosas muy delicadas. De modo que para aquellas personas a las que eso les preocupe, ponemos a su disposición una versión deluxe. Esa es la que usted ha contratado. Su esposa será restaurada en temperaturas de helio líquido, tan solo unos pocos grados por encima del cero absoluto. Eso es extremadamente seguro. Con ese frío, las posibilidades de cambio, tanto físico como mental, se reducen al máximo.

Y el precio, aunque pasó por alto ese detalle, se disparaba. Pero el precio ni siquiera era una variable a tener en cuenta desde el punto de vista de Drake. Cuando llegaron a las instalaciones de Segunda Oportunidad se quedó en las inmediaciones de la sala de preparación, haciendo caso omiso de todas las sugerencias para que esperara fuera; y observó con mucha atención.

Los miembros del equipo se volvieron más comprensivos. Ahora estaban convencidos de que, sencillamente, le aterraba que se pudiera cometer algún error. Le permitieron presenciarlo todo y respondieron a todas sus preguntas. Tuvo cuidado de no preguntar nada que pudiera parecer demasiado clínico y desapasionado. Lo que más quería era ver, saber de primera mano qué era lo que se hacía, y en qué orden.

Transcurridos los primeros minutos, de todos modos, no había gran cosa que ver. Sabía que todas las cavidades respiratorias del cuerpo de Ana se habían llenado de una solución neutra, y que habían reemplazado su sangre por anticristaloides. Pero luego la trasladaron a la cámara de presurización sin fisuras. Allí mantuvieron el cuerpo tres grados por encima del punto de congelación, en tanto se aumentaba lentamente la presión hasta las cinco mil atmósferas. Una vez hecho esto, comenzó el descenso de la temperatura.

—Allá por los ochenta y los noventa, no tenían ni idea de esta técnica. —La directora del equipo seguía hablando con Drake, quizá con la idea de que podría ayudarle a sentirse más relajado—. Practicaban la congelación a presión atmosférica. Se formaban cristales de hielo dentro de las células al descender la temperatura, y la descongelación era un verdadero estropicio. Así era imposible recuperar la consciencia.

Dedicó una sonrisa tranquilizadora a Drake, que no se sintió tranquilizado en absoluto. Así que allá por los ochenta y los noventa no tenían ni idea de lo que hacían. ¿Dirían dentro de veinte años que la gente no sabía lo que se hacía ahora? Pero no tenía otra alternativa. No podía esperar veinte años, ni siquiera otras veinte horas.

—El método moderno difiere bastante —prosiguió la mujer—. Aprovechamos el hecho de que el hielo puede existir en muchas formas sólidas distintas. El hielo es un asunto delicado, mucho más de lo que se piensa la gente. Si se eleva la presión hasta las tres mil atmósferas, y se baja la temperatura a continuación, el agua permanecerá en estado líquido hasta los veinte grados Celsius bajo cero, aproximadamente. Y cuando cambie finalmente a estado sólido, no lo hará en la familiar forma de hielo, lo que generalmente se llama la fase 1. Se convertirá, en cambio, en algo llamado fase 3. A partir de ahí se reduce la temperatura, manteniendo constante la presión, y alrededor de los veinticinco grados bajo cero cambiará a otra forma, la fase 2. Y permanecerá así mientras se disminuye todavía más la temperatura. Si se alcanzan las cinco mil atmósferas de presión…, eso es lo que estamos haciendo aquí…, antes de disminuir la temperatura, el agua se congela alrededor de los cinco grados bajo cero y adopta otra forma, la fase 5. El truco para evitar problemas de ruptura celular, llegado el punto de congelación, consiste en inyectar anticristaloides, que ayudan a inhibir la formación de cristales, y luego mediante la correcta combinación de temperaturas y presiones se alcanza el cero absoluto, pasando por las fases 5, 3 y 2.

»Eso es lo que estamos haciendo ahora. Pero no espere usted ver gran cosa aparte de las lecturas de los diales. Por razones obvias, la cámara de presión se construye sin juntas ni puertos de observación. No se obtienen presiones de cinco mil atmósferas, ni siquiera en las simas oceánicas más profundas. Afortunadamente, una vez establecida la temperatura por debajo de un cien absoluto, se puede reducir la presión a una atmósfera; de lo contrario, el almacenamiento de revivibles sería impracticable. Así las cosas, tenemos varios miles almacenados en las matrices de Segunda Oportunidad. Cada uno de ellos está pulcramente etiquetado y a la espera de la resurrección. Esta se producirá en cuanto alguien descubra cómo practicar el deshielo.

Miró a Drake de soslayo, consciente de que su último comentario quizá no hubiera sido muy afortunado. La postura oficial de Segunda Oportunidad era que todo el mundo era revivible, y que la organización controlaba plenamente toda la tecnología necesaria. A su debido tiempo todo el mundo sería revivido.

Drake asintió sin expresión. Había estudiado el asunto con todo detalle, y nada de lo que acababa de decirle la mujer era nuevo para él. En su opinión, sería igual de complicado revivir los primeros criocadáveres que conseguir que la momia de Tutankamon se levantara y volviera a caminar. Los habían congelado siguiendo un procedimiento equivocado, y los tenían almacenados a una temperatura demasiado alta.

Pero, ¿quién era él para tomar esa decisión? Habían pagado sus fianzas, y tenían derecho a quedarse allí sentados en sus matrices hasta que se agotaran los fondos. Él había firmado un contrato inicial de cuarenta años para Ana, pero consideraba que eso solo era el principio.

Había traído consigo una copia del historial médico de Ana. Le añadió una descripción detallada de todo cuanto había visto en el último par de horas, copió el documento entero y se aseguró de que se incluyera un juego completo en los archivos relativos a su esposa. Cuando, finalmente, se llevaron el cuerpo de Ana al depósito volvió a casa, se desplomó en la cama, y durmió las dieciséis horas siguientes como si también él fuera un criocadáver.

Era el momento de dar el siguiente paso. Y no iba a ser fácil.

Cuando Drake se sintió plenamente despierto de nuevo, comió y se bañó, llamó a Tom Lambert y le preguntó si se podían ver; en la casa de Tom, no en su consulta. Aceptó la bebida fuerte que preparó Tom, después de que este le hubiera echado un vistazo, con «fines medicinales», y le contó sus planes.

Cuando acabó, Tom se acercó a Drake, le tanteó los músculos de los hombros y la nuca, le tiró del párpado inferior y escudriñó la piel expuesta, y por último se sentó a su lado.

—Llevas unos cuantos meses sometido a una tensión espantosa —dijo en voz baja.

—Cierto. Así es. —Drake mantuvo la voz igual de tranquila.

—Y sería sin duda extraordinario que tu conducta o tus sentimientos fueran completamente normales. De hecho, si ahora tienes un aspecto normal, es tan solo porque has contenido tus emociones por completo. Está claro que no comprendes las implicaciones de lo que me estás proponiendo.

Drake negó con la cabeza.

—Esto no es algo nuevo. Solo lo es para ti. Yo llevo dándole vueltas desde el día en que renuncié a todas las otras opciones.

—Entonces ese fue el día en que pusiste el candado a tus sentimientos. —Tom Lambert se inclinó hacia delante—. Mira, Drake, Ana era una mujer estupenda, única. No estoy diciendo que sepa por lo que has pasado, porque obviamente no es así. Me hago una idea de la pérdida que sientes. Pero tienes que preguntarte qué querría Ana que hicieras ahora. No puedes dejar que el pasado te obsesione. Ella te diría que todavía tienes tu vida. Aunque sea sin ella, tienes que vivirla. Ella querría que la vivieras, porque te quería. —Hizo una pausa—. Permite que te dé un consejo…

Mientras Tom seguía hablando, a Drake le costaba cada vez más trabajo escuchar. La habitación parecía oscura y mal aireada, y encontraba dificultades para respirar. Las palabras de Tom Lambert le llegaban desde muy lejos. No parecían decir nada. Se obligó a concentrarse, a escuchar con más atención.

—…de tu trabajo. Todavía eres joven. Tienes de cuarenta a cincuenta años buenos por delante. Y ya te has labrado una reputación. Eres uno de los compositores más prometedores del país, y tus mejores obras están aún por venir. Ana podría haber representado tu trabajo mejor que nadie, pero habrá más. Aprenderán. Con el talento que tienes, nos debes a los demás el no truncar tu carrera antes de alcanzar la cima.

—No tengo intención de hacerlo. Seguiré componiendo. Después.

—¿Te refieres a después de eso? —Tom tenía el ceño fruncido y meneaba la cabeza—. ¿Y si no hubiera un después? Drake, acepta mi consejo de médico y amigo. Te hace falta salir de casa desesperadamente, y te hacen falta unas vacaciones. Haz un crucero por algún sitio, da la vuelta al mundo. Exponte a nuevas influencias. Sé cómo debes de sentirte en estos momentos, pero deberías darte un año y esperar a ver cómo te sientes entonces. Te lo garantizo, todo te parecerá distinto. Querrás vivir de nuevo. Te olvidarás de esta idea descabellada.

La sensación de ahogo estaba remitiendo. Drake había recuperado el control de sí mismo. Aguardó pacientemente a que Tom hubiera terminado, antes de mostrar su conformidad asintiendo con la cabeza.

—Te haré caso. Me iré fuera una temporada. Pero si resulta que te equivocas… si vuelvo a verte dentro de, digamos, ocho o diez años, y te lo pido de nuevo, ¿lo harás? ¿Me ayudarás? Quiero que me respondas con sinceridad, y quiero que me des tu palabra.

La tensión abandonó visiblemente a Tom Lambert. Resopló aliviado.

—¿Diez años a partir de ahora? Drake, si vuelves a verme dentro de ocho o diez años y me lo pides de nuevo, admitiré que estaba equivocado. Y prometo ayudarte en tu plan.

—¿Me lo prometes de verdad? No quiero que un buen día me digas que has cambiado de parecer, o que no hablabas en serio.

—Te lo prometo de verdad. Claro, esto te lo concedo. —Tom se rió—. Pero no me preocupa tener que cumplir mi palabra. Te apuesto todo lo que tengo a que dentro de un par de años no volverás a mencionar esta promesa. Por mucho que hoy te cueste creerlo, estarás viviendo una nueva vida, y la estarás disfrutando. —Se acercó al aparador y se sirvió una copa—. Me gustaría proponer un brindis, Drake. Tres brindis, de hecho. Por nosotros. Por tu futuro. Y por tu próxima, y más sublime, composición.

Drake levantó su vaso.

—Por nosotros, y por el futuro. Brindo por eso. Pero no puedo brindar por mi próxima obra, porque no sé cuándo voy a crearla. Tengo muchas otras cosas que hacer…, para empezar, me has dicho que salga de la ciudad. Pienso hacer eso mismo, de inmediato. Pero no te preocupes, Tom. Me pondré en contacto contigo cuando llegue la hora.

4 En el abismo

Había dos problemas. El primero era fácil de detectar pero difícil de resolver: el dinero.

Al principio, Drake y Ana habían sido muy pobres. De resultas hablaban de dinero con frecuencia. Ella echaba un vistazo a la libreta de su cuenta conjunta, con su saldo de cero, y se lamentaba. Él se reía, más preocupado que divertido, y en cierta ocasión citó una frase de Somerset Maugham que acababa de leer: «El dinero es el sexto sentido que nos permite disfrutar de los otros cinco». Añadió: «Supongo que eso nos deja con seis sentidos de menos».

Por desgracia, ni los lamentos ni las citas producían beneficios. El dinero, o la falta de, parecía importante, más importante que cualquier otra cosa con la excepción de la música y la pareja.

El éxito profesional trajo consigo un cambio de actitud. Ana tenía sus clases y sus conciertos, Drake tenía alumnos y encargos ocasionales. Sus necesidades eran modestas. Compraron una casa, un edificio grande y anticuado de ladrillo y estilo colonial, con cuatro dormitorios y dos mil metros cuadrados de patio vallado, con la esperanza de que algún día les haría falta todo ese sitio para una familia numerosa. Ninguno de los dos quería viajar ni ser millonario. Las citas de Wordsworth eran más frecuentes que las de Maugham: «Acumulando y dilapidando, así malgastamos nuestra energía».

Ahora todo eso era cosa del pasado. A Drake le hacía falta dinero, mucho dinero. Tenía que asegurarse de que Ana pudiera estar a salvo en su matriz helada en un futuro indeterminado, hasta que pudiera ser descongelada con seguridad y pudiera curarse su enfermedad. Entonces su vida podría empezar de nuevo. Había unas cuantas cosas sobre las que no tenía control alguno, como la posibilidad de que el mundo sucumbiera totalmente a la barbarie, o el rechazo de todas las formas de moneda y comodidad del presente. Esos eran riesgos que Ana y él tendrían que asumir.

El otro problema era más sutil. Según Tom, podría pasar mucho tiempo hasta que se descubriera una cura para la rara y sumamente maligna enfermedad de Ana. Como él mismo había señalado, una cosa que mata tan solo a un puñado de personas al año no llama tanto la atención como los cánceres y las afecciones cardíacas comunes, que acaban con cientos de millones de vidas.

Supongamos que se tardara un siglo en descubrir la cura, tal vez incluso dos siglos. ¿Qué conocimientos de la sociedad actual interesarían a la gente en el año 2200? ¿Qué tendría que saber un hombre o ser una mujer, para que los habitantes de esa Tierra futura consideraran que merecía la pena revivirlos? Drake estaba convencido de que aun cuando se descubriera una forma infalible de resucitar a los revivibles, la mayoría de los cuerpos almacenados en las criomatrices se quedarían exactamente donde estaban. Los contratos con Segunda Oportunidad garantizaban únicamente el mantenimiento en condiciones criogénicas. No ofrecían, ni podían ofrecer, garantía alguna de que un individuo en concreto fuera a ser descongelado.

¿Para qué descongelar a nadie en realidad? ¿Por qué añadir otra persona a un mundo atestado, a menos que tuviera algo especial que ofrecer?

Drake se imaginó emplazado en el siglo XIX. ¿Qué podría haber guardado en su cerebro, en esa época, que se considerara valioso hoy en día, doscientos años después? Ni política, ni arte. El conocimiento de ambos preceptos era bastante adecuado. Sin duda, nada de ciencia ni de tecnología; en los dos últimos siglos se había producido un avance fenomenal en ambas disciplinas.

¿Qué querría saber la gente del futuro acerca del pasado?

Decidió que tenía tiempo de sobra para reflexionar sobre su propia pregunta; tiempo, lo que le había sido negado a Ana. Sería una temeridad apresurarse, cuando podía planificar y calcular a placer. Se dio un plazo de diez años. Así le quedarían todavía cuarenta de los cincuenta años que había previsto y anhelado. Aunque estaba bastante dispuesto a prolongar el plazo hasta los quince años si era preciso.

Si necesitaba más tiempo, no sería porque se permitiera el lujo de que lo distrajeran otras actividades. Su única distracción consistía en estimar las probabilidades de que todo saliera tal como esperaba. Las probabilidades eran siempre deprimentemente escasas.

Mientras intentaba decidir qué aprender, seguía sin resolver ese complicado primer problema: conseguir dinero.

Se decidió a visitar a su antiguo maestro. Su relación con Bonvissuto había evolucionado a través de tres etapas distintas. Al principio se había sentido absolutamente maravillado ante el talento musical y los conocimientos enciclopédicos del profesor. Bonvissuto parecía saberse, y ser capaz de tocar de memoria con su adorado Steinway, sus propias transcripciones para piano de cualquier obra de cualquier compositor. Después de tres años de estudios, la actitud de Drake experimentó un cambio. Todavía respetaba y admiraba la sapiencia de su mentor, pero en cuestiones apartadas de la música llegó a pensar que Bonvissuto resultaba un tanto cómico. No podía pasar por alto los zapatos de tacón alto, los claveles rojos en el ojal, los mechones teñidos de castaño que le caían sobre los hombros, el caprichoso acento italiano, y la infatigable actividad romántica.

Fue Ana, el último año de Drake como alumno de Bonvissuto, la que le reveló otra faceta de su maestro.

—¿No te das cuenta de lo mucho que te envidia? —dijo una tarde en que estaban sentados para repasar un fragmento anotado de Carmina Burana.

—¿Quién?

—El Bonvi. ¿Quién si no?

—¿A mí? —Drake bajó la partitura—. ¿Por qué demonios tendría que envidiarme? Sabe diez veces más sobre música de lo que sabré yo en mi vida.

—Sí. Pero así y todo te envidia… por el mismo motivo que te envidio yo. Él enseña música. Yo la toco. Pero tú la creas. Ni él ni yo podemos hacer eso. ¿No te has fijado en la expresión de sus ojos cada vez que le llevas una melodía preciosa y original? Se alegra, pero también se entristece. Debe de corroerlo por dentro, tener tanto talento y aun así carecer de una chispa fundamental.

Los comentarios de Ana inspiraron en Drake una última opinión sobre su maestro. El profesor podía ser sarcástico y tener mal genio. Sin duda era vanidoso, y un mujeriego empedernido. Pero adoraba la música, con una pasión y una fuerza y una devoción que no reservaba para ninguna otra cosa en la vida.

Y fue Ana de nuevo la que mejor lo expresó. Cuando una discusión sobre las canciones inglesas de Haydn fue interrumpida por una llamada telefónica de la última conquista de Bonvissuto, Ana le dijo a Drake, en voz baja y con genuino afecto por su maestro:

—Escucha eso. Le dice a Rita, y a Charlene y a Mary y a Leah y a Judy, que las ama, y creo que es cierto. Pero cambiaría el lote completo por una nueva sinfonía de Haydn.

¿O una nueva obra original de Drake Merlin? Drake no estaba seguro, ni entonces ni nunca. Pero, dos meses después de que Ana fuera introducida en la criomatriz, se presentó sin avisar una mañana en el despacho de Bonvissuto. El profesor le dedicó una mirada sobresaltada antes de agachar la vista.

—Lo sé, lo sé —dijo—. Lo siento mucho.

Hacía tres años que no se veían, pero Bonvissuto había seguido la carrera de todos sus antiguos alumnos. Sentía un profundo orgullo por ellos. Naturalmente, sabía lo de Ana.

—No he venido para hablar de ella —dijo Drake— a menos que usted quiera, me refiero. He venido para pedirle consejo.

—Si está en mi mano, lo que sea. Por ti y por la pequeña Ana, será un placer… —Bonvissuto se interrumpió, tragó saliva, y apartó la mirada. El volátil personaje italiano no era totalmente falso.

—Me hace falta dinero. —Drake habló desapasionadamente a la espalda del hombre. Necesitaba consejo, no apoyo emocional—. Mucho dinero. Me preguntaba si tendría usted alguna sugerencia.

—¡Tú! El menos comercial de todos mis alumnos. ¡Oh! —Bonvissuto se dio la vuelta y Drake vio en sus ojos un súbito entendimiento—. Lo sé. Yo pasé por lo mismo, hace dos años. Los malditos hospitales…, los análisis, y todos los medicamentos, y esos precios desorbitados…, cinco dólares por una aspirina, doscientos dólares al día por una habitación, cincuenta dólares por un médico que no te visita más que dos minutos y que ni siquiera te mira a la cara…, lo desangran a uno.

Drake asintió. Era una presunción equivocada, pero dejarlo correr le ahorraría muchas explicaciones.

—Tengo que conseguir todo el dinero que pueda. Cuanto antes. No sé cómo.

—Pero yo sí. —Bonvissuto se acercó a su piano—. Siempre y cuando estés dispuesto a bajar el listón. ¿Lo estás?

—No lo sé. ¿A qué se refiere?

—No te preocupes. No voy a sugerirte que montes una banda de rock. Compones bien, y rápido. Pero tu música es demasiado compleja para alcanzar la popularidad. Esto es lo que escribe Drake Merlin. —Bonvissuto ejecutó una secuencia de acordes dispares sin un eje tonal definido, y por encima de ellos con la mano derecha una errabunda melodía angular.

—¡Eso es de mi Suite para Caronte!

—En efecto. Me he tomado la libertad de redactar una trascripción para piano. —Bonvissuto no parecía en absoluto arrepentido—. Es preciosa…, para ti, y para mí, y puede que para unos cuantos miles de personas. Pero si lo que quieres es llegar a gustar a millones, tendrás que ser más simple, más accesible. Algo así. —Bonvissuto tocó un garboso tema de bajo, acompañado de un vertiginoso presttissimo descendente con la mano derecha.

Drake frunció el ceño.

—Eso es de Danny Elfman. Para la banda sonora de una película.

—Sí que lo es. ¿Intentas decirme que estás por encima de cosas así?

—En absoluto. Es de primera. Pero no puedo presentarme en un estudio cinematográfico y pedirles que me den la música de una película. Me echarían a patadas.

—Por supuesto. —Bonvissuto se encogió de hombros—. Está claro que no vas a empezar por ahí. O mejor dicho, si quieres empezar por ahí, no puedo ayudarte. Pero hay muchos caminos que apuntan en esa dirección. —Se levantó, se dirigió a su antiguo escritorio de madera de roble, y cogió un bloc de notas corriente de color negro con el lomo en espiral—. No paro de oír hablar de mercados musicales. Lo anoto todo. Están abiertos para ti, siempre que no te empeñes en componer nada innovador. La gente se siente cómoda con lo que ya conoce. Dicen que saben lo que les gusta, pero en realidad les gusta lo que saben. Fíjate en esto.

Abrió el cuaderno y recorrió la lista de entradas con su largo y delgado dedo índice.

—Incluyo conciertos y recitales en esta lista, pero a ti te recomendaría encarecidamente la composición. ¿Estás dispuesto a escribir una obertura conmemorativa para el centésimo aniversario del primer vuelo de un aparato más pesado que el aire? Ofrecen cuatro mil dólares, por once minutos. El tiempo requerido es preciso, ni más ni menos. La obra se tocará después del himno nacional, después de una selección de La guerra de las galaxias y antes del Barras y estrellas para siempre. No te recomendaría un tempo marcial. O qué tal esto, que me ha llegado por canales privados: un encargo para escribir en negro un concierto de violín para un miembro del Gabinete con delirios de grandeza musical.

—¿Qué tendría que hacer?

—Escribirías la música, después de pasarte media hora escuchando a Lamar Malory tararear los temas, sin precisión y desentonando. Tu nombre, evidentemente, no aparecerá en la obra final. El suyo sí. La tarifa propuesta, por tu música y tu silencio, es de cuatrocientos dólares por minuto compuesto. No es mucho, pero la música no tiene por qué ser demasiado buena. De hecho, levantaría sospechas si lo fuera.

Drake se mordió la lengua para no preguntarle a Bonvissuto por qué no aceptaba él los encargos.

—¿Cuáles son los plazos de entrega?

—¿Cuándo podrías tenerlo listo?

—Antes que cualquier otro que puedan encontrar. Me quedo con los dos. Con todos los que pueda conseguir, de hecho. Escribiré día y noche si hace falta.

—Veré lo que puedo hacer. No puedo garantizarte ninguno de los otros encargos, pero me aseguraré de que te pongan en la lista de espera. Después de eso, dependerá de ti. Te lo advierto, tendrás que vértelas con personas que llevan tanta música dentro como un perro que ladra a la luna. —Bonvissuto se encogió de hombros—. Lo siento, pero ese es el precio. No importa. Cuando hayas conseguido el dinero que te hace falta, podrás volver a tu vida normal.

Una vida normal no era lo que Drake tenía en mente; no hasta dentro de mucho. Pero no podía desvelar sus planes. Le dio las gracias a Bonvissuto y se fue.

Fue el comienzo de un largo período de trabajo incesante. Drake aceptó encargos, compuso piezas conmemorativas, dio conciertos y grabó discos. A medida que crecía su reputación de bueno, rápido y fiable, produjo resmas de música para películas y espectáculos buenos, malos e indiferentes. Si alguien comparó sus últimos trabajos con los anteriores, y pensó que estaba pervirtiendo su arte, tuvo la delicadeza de no hacer ningún comentario. Su actitud era simple: si era lucrativo, era aceptable.

Una vez al mes visitaba las instalaciones donde estaba la criomatriz de Ana. No podía verla, pero sí sentarse frente a la habitación donde estaba almacenada. La proximidad de su presencia le inspiraba una extraña tranquilidad. Después de un par de horas con ella, estaba listo para enfrentarse de nuevo a su trabajo.

A veces ese trabajo era desagradable, le costaba grandes esfuerzos. Puesto que aceptaba plazos de entrega muy ajustados, a menudo se veía obligado a componer hasta bien entrada la noche, rayando en el agotamiento. Pero, a veces, encontraba algún reto comercial que sacaba lo mejor de él. La mejor melodía de su vida se le ocurrió como tema musical para un exitoso programa de televisión. Y después de cuatro años tuvo un golpe de suerte todavía mayor.

Había escrito un conjunto de piezas breves un par de años después de que se conocieran Ana y él, una especie de chiste musical diseñado especialmente para complacerla. Eran formas barrocas, con armonías periódicas, pero él les había añadido unos cuantos toques de armónica moderna, un regusto picante insertado allí donde más sorprendente y sugerente pudiera resultar.

Habían cosechado bastante éxito, si bien solo para un público limitado. Ahora, con el encargo de producir la banda sonora para una serie de dramas televisivos sobre la vida en la Francia del siglo XVIII, y enfrentado a otra fecha de entrega imposible, Drake recurrió a desguazar, adaptar y simplificar su trabajo anterior. Los dramas resultaron ser el golpe de la década. Se dijo de su música que tenía el mérito de ser en gran parte la razón de su éxito. De pronto sus minuetos, sus bourrées, sus gavotas, zarabandas y rigodones estaban en todas partes. Y conforme emanaban de los altavoces, los derechos de autor le llegaban de todos los países del mundo.

Drake siguió trabajando con más ahínco que nunca. Estableció una fundación y un patronato. Eso garantizaba el cuidado continuo del criocadáver de Ana durante siglos, daba igual lo que le ocurriera a él.

Libre de la necesidad de dinero, cambió el rumbo de su obra. En lugar de componer interminablemente, se entregó con empeño a empaparse de cuanto pudiera averiguar sobre la vida privada y personal de sus contemporáneos musicales. Los entrevistó, entretuvo, agasajó y analizó, y escribió largo y tendido acerca de ellos. Pero nunca con todo detalle. Se cuidó de dejar en cada trabajo una coletilla, un sugerente: «Quedan muchas más cosas por decir y podrían decirse; pero por ahora prefiero omitirlas deliberadamente».

¿Qué era lo que más desearía saber la gente del futuro acerca de sus antepasados? Drake tenía su propia respuesta. No les fascinarían las obras formales, las biografías oficiales, los conocimientos de libro de texto. De eso tendrían para dar y tomar. Lo que querrían sería los detalles personales, los chismorreos, las habladurías. Querrían el equivalente de los diarios de Boswell y Samuel Pepys. Y si existiera la posibilidad de acceder no solo al legado escrito, sino al biógrafo en persona, hablar con él y hacerle más preguntas…

No era un trabajo que pudiera realizarse con prisas. Pero, al final, después de nueve largos años, Drake se sintió todo lo preparado que podría llegar a estar jamás. Existía siempre la tentación de añadir una entrevista más, de escribir otro artículo.

La resistió, y por un momento consideró una cuestión diferente. ¿Cómo iba a ganarse la vida en el futuro? Podrían transcurrir solo treinta años, pero bien pudieran ser ochenta, o doscientos, o mil. ¿Podría Beethoven, transportado de repente del año 1810 al 2010, ganarse la vida como músico?

Para ser más realistas, ¿cómo se las compondrían Spohr, o Hummel, o cualquier otro contemporáneo de Beethoven menos famoso? Drake estaba dispuesto a apostar que ellos, y él, podrían apañárselas en cuanto le cogieran el tranquillo a la época. Seguramente les fuera mejor que a ese genio mucho mayor, el titán de Bonn. Los otros eran más adaptables, más flexibles, más astutos políticamente hablando.

¿Y si se equivocaba, y no había manera de que pudiera ganarse la vida con su música? Entonces haría el equivalente del siglo XXIII a lavar platos para salir adelante. Esa era la menor de sus preocupaciones.

Un buen día lo dejó todo, puso sus asuntos en orden, y volvió a casa. Se dirigió a la casa de Tom Lambert sin avisar. Habían mantenido el contacto, y sabía que Tom se había casado y estaba ocupado criando una familia en el mismo hogar donde había vivido toda su vida. Pero no dejó de ser una sorpresa pasear por la tranquila calle jalonada de árboles, asomarse al mismo seto de alheña y ver a Tom en el patio jugando al béisbol con un desconocido, un niño de ocho años que lucía una flamante nueva versión del copete pelirrojo con canas de Tom.

—¡Drake! Cielo santo, ¿por qué no has llamado para decirme que estabas en la ciudad? ¿Cómo te va? Estás más delgado que nunca. —Tom había perdido algo de cabello pero había ganado una panza para compensar. Condujo a Drake adentro, mimándolo como si del Hijo Pródigo se tratara, encabezando la marcha hasta el estudio familiar. Cuando su esposa se dirigió a la cocina para preparar el ternero engordado, Tom contempló a Drake con orgullo y placer.

»Oímos tu música por todas partes, ¿sabes? —dijo—. Es absolutamente estupendo saber que tu carrera marcha tan bien.

Según los estándares de Drake, no era ese el caso. Tenía la impresión de no haber compuesto una obra de primera en años. Pero Bonvissuto tenía razón: Tom, como tantas otras personas, se sentía cómodo musicalmente con lo que le resultaba familiar. Desde ese punto de vista, y en términos de éxito comercial, Drake estaba en la cresta de la ola.

Ardía en deseos de ir directo al grano, pero los tres pequeños de Tom deambulaban por el estudio y la sala de estar, curiosos por ver al afamado visitante. Luego vino la cena en familia y, a la postre, licores contemplando la puesta de sol. Drake se sentó en el sillón de los invitados de honor, con Tom y su mujer, Mary-Jane, llevando casi todo el peso de la conversación.

A las diez en punto, Mary-Jane desapareció para acostar a los niños. Drake se quedó a solas con Tom. Por fin. Cogió aire, sacó el formulario, y se lo entregó a su amigo sin decir palabra.

Al echarle Tom un vistazo y comprender de qué se trataba, toda alegría se esfumó de su rostro. Meneó la cabeza, incrédulo.

—Pensaba que te habrías olvidado de esto hace años. ¿Qué te ha hecho volver a empezar?

Drake lo miró fijamente sin hablar, como si no entendiera la pregunta.

—O puede que no lo olvidaras nunca —continuó Tom—. Tendría que haberme dado cuenta hace horas. Antes estabas tan lleno de vida, tan lleno de humor. Creo que hoy no te he visto sonreír ni una sola vez. ¿Cuándo fue la última vez que te tomaste unas vacaciones?

—Me diste tu palabra, Tom. Me lo prometiste.

Lambert escudriñó el enjuto semblante de Drake.

—Olvídate de las vacaciones, ¿cuándo fue la última vez que te tomaste un respiro? ¿Cuánto hace que no te tomas una tarde libre, siquiera una hora? Esta noche, eso está claro.

—Siempre estoy por ahí. Voy a conciertos y cenas.

—Ya. ¿Y qué haces allí? Seguro que no te relajas. Entrevistas a la gente, y tomas apuntes, y produces un torrente de artículos. Trabajas. Has estado trabajando, sin descanso, un año tras otro. ¿Cuánto hace que no estás con una mujer?

Drake meneó la cabeza pero no dijo nada.

Tom suspiró.

—Perdona. Olvida la pregunta. Soy un cretino insensible. Pero tienes que afrontar un hecho, Drake, y no deberías ocultarte de él: está muerta. ¿Me oyes? Ana está muerta. El trabajo no va a cambiar eso. Desearlo no cambiará nada. Nada puede devolvértela. Y no puedes seguir eternamente con tus sentimientos encadenados y encerrados.

—Me lo prometiste, Tom. Me diste tu solemne palabra de que me ayudarías.

—¡Drake!

—¿Haces promesas a tus hijos?

—Claro.

—¿Las cumples?

—Drake, no puedes utilizar ese argumento, la situación es completamente distinta. Te comportas como si te hubiera hecho un juramento solemne, pero no fue así en absoluto.

—Entonces, ¿cómo fue? No te molestes en responder. —Drake sacó la pequeña grabadora del bolsillo interior de su chaqueta—. Escucha. Escúchate.

El tono de las palabras era débil pero bastante nítido.

…si vuelvo a verte dentro de, digamos, ocho o diez años, y te lo pido de nuevo, ¿lo harás? ¿Me ayudarás? Quiero que me respondas con sinceridad, y quiero que me des tu palabra.

¿Diez años a partir de ahora? Drake, si vuelves a verme dentro de ocho o diez años y me lo pides de nuevo, admitiré que estaba equivocado. Y prometo ayudarte en tu plan.

¿Me lo prometes de verdad? No quiero que un buen día me digas que has cambiado de parecer, o que no hablabas en serio.

Te lo prometo de verdad. Claro, esto te lo concedo… Se escuchó el sonido de la risa de alivio de Tom.

Drake apagó la grabadora.

—Dije de ocho a diez años. Han pasado nueve.

—¿Nos grabaste, cuando Ana acababa de morir? No puedo creer que hicieras algo así.

—Tenía que hacerlo, Tom. Ya entonces estaba seguro de que cambiarías de opinión. Pero sabía que yo no. Tienes que cumplir nuestro acuerdo. Lo prometiste.

—Prometí que te ayudaría, que te impediría cometer una locura. —El rostro de Tom se ruborizó con la intolerable frustración que sentía—. Por el amor de Dios, Drake, soy médico. No me puedes pedir que te ayude a suicidarte.

—No te estoy pidiendo eso.

—Para el caso da lo mismo. Nadie ha revivido jamás. Quizá nadie lo haga. Si se descubre la manera, Anastasia será una de las candidatas. Se encuentra en la mejor matriz de Segunda Oportunidad, tuvo la mejor preparación que se puede comprar con dinero. Pero tú, tu caso es distinto. ¡Tú no estás enfermo! Ana estaba muriéndose antes de que la congelaran, no tenía nada que perder. Tú lo tienes todo. Estás sano, eres productivo, estás en la cima de tu carrera. Y me pides que lo tire todo por la borda, que te ayude a apostar por que algún día, sabe Dios cuándo, quizá, y solo quizá, puedan revivirte. No te das cuenta, Drake, no puedo ayudarte.

—Me diste tu palabra.

—¡Deja de decir eso! También debo respetar mi juramento hipocrático: no dañarás. Quieres que arriesgue tu perfecto estado de salud por una muerte segura.

—Tengo que hacerlo, Tom. Si no me ayudas, encontraré a otro. Seguramente a alguien menos competente y de fiar que tú.

—¿Por qué tienes que hacerlo? Dame una buena razón.

—Ya sabes por qué, solo tienes que pararte a pensarlo. —Drake hablaba despacio, persuasivo—. Por el bien de Ana. A menos que yo siga adelante, es posible que decidan no despertarla jamás. Podría ser la última de su lista. Tú y yo la conocemos por lo que es en realidad, una mujer única y extraordinaria. Pero ¿qué dirán los informes? Una cantante, aún no tan famosa como podría haberlo sido, que murió joven por culpa de una enfermedad devastadora. He tenido tiempo para prepararme, estoy seguro de que me despertarán. Y es una ventaja el que goce de buena salud, porque no habrá ningún motivo médico para posponer mi reanimación. En cuanto esté seguro de que tienen una cura para lo que mató a Ana, podré despertarla. Empezaremos de nuevo, los dos.

Las mejillas de Tom Lambert habían pasado de un rojo flamígero al blanco.

—Tenemos que hablar de esto un poco más, Drake. Todo este asunto es una locura. ¿Hablabas en serio al decir que buscarás a otro si no te ayudo?

—Mírame, Tom. Dime si crees que hablo en serio.

Lambert lo miró. No dijo nada, pero levantó las manos despacio hasta taparse los ojos.

Transcurrieron seis días de sólidas discusiones, otros siete para ultimar los preparativos. Drake Merlin y Tom Lambert fueron juntos en coche a Segunda Oportunidad.

Drake echó un último y largo vistazo por la ventana a los árboles mecidos por el viento y el cielo nublado, antes de introducirse despacio en el tanque termal.

Tom le inyectó el Asfanil.

Drake decidió que la parte fácil tocaba a su fin. Que la parte complicada, si es que había una segunda parte, estaba a punto de comenzar.

La caída comenzó pocos segundos después, empujándolo inflexible al descenso más largo que puede emprender una persona.

Abajo, abajo, abajo.

Abajo hasta el fondo, a dos grados absolutos; más frío que el infierno más frío jamás concebido por Dante.

5 El despertar

La arriesgada apuesta había dado sus frutos, con más éxito de lo que se hubiera atrevido a esperar. Ana estaba viva, la habían reanimado, gozaba de buena salud. Pero la tecnología del futuro trascendía la salud. Había hecho de ella, siempre hermosa, una mujer mucho más vigorosa y deseable de lo que había sido jamás.

Estaba bailando, y cantaba mientras bailaba; no una obra seria de alguno de sus favoritos, Mahler, Hugo Wolf o Brahms; sino una composición superficial y animada de Gilbert y Sullivan.

—Mi objetivo tan sublime, lo alcanzaré con el tiempo —cantaba.

Y luego se desvaneció. Su cuerpo se tornó transparente como el cristal, y en un tenue hilo de sonido su sonoro contralto.

—Que el castigo esté a la altura del delito, el castigo a la altura del deli-i-i-to…

Desapareció.

Después, Drake nunca estuvo seguro. ¿Habría tenido una especie de sueño superconductor, tendido en la criomatriz doce grados más frío que un bloque de hidrógeno sólido? ¿O habría soñado tan solo que soñaba, al atravesar lentamente las etapas del largo deshielo?

Poco importaba. Tras la visión de Ana, la paz y la certidumbre se esfumaron. Las suplantó una eternidad de imágenes deformadas, una procesión de luces pálidas y aterradoras que se movían contra un fondo negro como el carbón. Precedían a la consciencia y se prolongaban eternamente. Se abrió paso entre ellas, a través del tormento que continuaba y continuaba sin dar señales de ir a terminar algún día.

Más adelante, se sobrecogería al descubrir que había sido uno de los afortunados. En su caso, el proceso de congelación había ido como la seda. Algunos revivibles despertaban sin brazos ni piernas, algunos mudaban toda su epidermis y había que mantenerlos encapsulados e inmóviles hasta que se regenerara. Él no había perdido nada durante el deshielo, salvo unos cuantos e insignificantes centímetros cuadrados de piel.

Pero el dolor del despertar… eso era otra cosa. Las fases finales, de los tres grados Celsius a la temperatura corporal normal, no podían hacerse deprisa y corriendo. Ocupaban treinta y seis horas completas. Durante todo ese tiempo, Drake padeció una agonía de tejidos que despertaban y circulación que regresaba, incapaz de moverse o gritar. En los últimos pasos, previos a la consciencia absoluta, el oído se recuperaba antes que la vista. Podía oír voces a su alrededor. No reconocía el idioma.

¿Cuánto tiempo? ¿Cuán lejos había viajado en el tiempo? Incluso antes de que se disipara el dolor, esa pregunta llenaba su mente.

La respuesta no vino enseguida. Mientras estaba semiconsciente sintió las punzadas de un spray de inyección. Volvió a desmayarse de inmediato. Tras otro hiato infinito se recuperó por completo y abrió los ojos a una habitación en silencio e iluminada por el sol, no muy distinta de las instalaciones de Segunda Oportunidad donde había iniciado el descenso.

Lo observaban una mujer y un hombre vestidos con uniformes amarillos que conversaban en voz baja. En cuanto vieron que había despertado, el hombre presionó un punto en un panel de pared segmentado. Los dos continuaron con su trabajo, alineando dos equipos complejos e incomprensibles. Un vistazo le bastó a Drake para saber que había tenido éxito al menos en un aspecto. Nada de lo que veía le resultaba familiar. Estaba en el futuro; pero ¿cuán lejos en el futuro?

La persona que cruzó en esos momentos la blanca puerta corredera tenía el cabello oscuro y resultaba extrañamente andrógina, con un rostro pulcramente rasurado y, al mismo tiempo, terso y femenino. Su atuendo era igual de irrelevante, un traje holgado gris claro que camuflaba las formas del cuerpo. El recién llegado se situó al lado de la cama y se quedó mirando a Drake con aire complacido y digno.

—¿Cómo se encuentra?

Drake supo entonces que se trataba de un hombre. El idioma era inglés, con una pronunciación extraña. Eso resultaba tranquilizador. Le habían acuciado otras dos preocupaciones en su caída. ¿Y si lo recibían al cabo de pocos años, cuando no se pudiera hacer absolutamente nada por curar a Ana? ¿O si revivía después de cincuenta mil años, un fósil ambulante, incapaz de transmitir sus anhelos a los hombres y mujeres del futuro?

—Me encuentro bien. —Le costaba hablar. Sentía la lengua hinchada, y su mente tardaba en producir las palabras que necesitaba—. Pero me siento muy débil y confuso. —Drake pensó en intentar sentarse y supo de inmediato que no podría—. Casi no me puedo mover.

—Es natural. Pero, ¿es usted Drake Merlin?

—Sí.

El hombre tenía un semblante franco e impaciente, de cejas pobladas y frente alta. Soltó una risa de entusiasmo y se frotó las manos.

—¡Excelente! Me llamo Par Leon. ¿Me entiende usted bien?

—Perfectamente. —La segunda preocupación de Drake lo asaltó de nuevo—. ¿Puedo hacerle una pregunta? ¿Cuándo estoy?

—Se lo pregunto porque los idiomas antiguos no son nada fáciles, ni siquiera con muchas horas de estudio. En cuanto a su segunda pregunta, según su sistema de medición estamos en el año 2512 de Jesucristo el profeta.

¡Cinco siglos! Era más tiempo del que Drake había esperado y deseado. Pero más valía pasarse que quedarse corto. Antes de la congelación había sufrido horrorosas visiones en las que se hundía hasta el fondo del pozo y gateaba agónicamente de vuelta a la vida descongelada, no una vez sino una y otra.

—Llevo esperando aquí durante toda la fase de calentamiento y el tratamiento primero —continuó Par Leon—. Pronto le dejaré tranquilo para que pueda descansar, recibir más tratamiento y educación primera. Pero quería hablar con usted nada más recuperara el conocimiento. No es racional, pero temía que se hubiera producido un error de identidad… que no fuera Drake Merlin, el Drake Merlin de mi curiosidad, el que había despertado. —Par Leon miró de soslayo las máquinas que había junto a la cama y meneó la cabeza—. Es usted un hombre fuerte, Drake Merlin. Extraordinariamente fuerte. Los informes indican que no ha gritado ni protestado usted ni una sola vez durante el deshielo.

Drake había tenido cosas más importantes en la cabeza. ¿Se podría curar Ana? ¿Dónde estaría ella ahora? ¿La habrían mantenido a salvo, durante todo el tiempo transcurrido? ¿Sería posible que la hubieran despertado antes que a él, mucho antes que a él? Eso sería desastroso.

Miró de reojo a los otros dos operarios, que seguían conversando en una lengua extraña.

—El idioma debe de haber cambiado por completo. A usted le entiendo con facilidad, pero a ellos no.

—¿Se refiere usted a entender a los médicos? —El desconocido Leon respondió con una expresión de sorpresa en su enjuto semblante—. Es lógico que no los entienda. Yo tampoco puedo. Son médicos. Es natural que hablen medicina entre ellos.

Drake arqueó las cejas. El significado de la expresión debía de haber sobrevivido intacto a lo largo de los siglos, porque Par Leon continuó:

—Exacto, medicina. No puedo ayudarle. Yo hablo con fluidez música e historia…, y universal, desde luego. Y aprendí anglo antiguo para poder estudiar sus épocas y hablar con ustedes. Pero mi medicina es elemental y casi inexistente.

—¿La medicina es un idioma? —Drake se sentía como si el largo sueño y el tratamiento de descongelación hubieran ralentizado su mente.

—Desde luego. Igual que la música o la química o la informática. Aunque seguro que esto ya era así en su época. ¿No tenían idiomas específicos para cada… cómo se dice… disciplina?

—Supongo que sí; pero no nos dábamos cuenta. —La pregunta de Par Leon explicaba muchas cosas. No era de extrañar que a Drake los psicólogos, los profesionales de la educación, los sociólogos y los físicos, por nombrar sólo unos pocos, le hubieran parecido incompresibles. Aun en su época original, la jerga especializada y los extraños acrónimos presagiaban ya la aparición de nuevos protolenguajes, formas emergentes tan extrañas como el sánscrito o el griego antiguo—. ¿Cómo se comunica usted con los médicos?

—¿Para asuntos corrientes? Utilizamos el universal, que todo el mundo entiende. No intento hablar en medicina de verdad. Si entro en ese campo temático, tenemos un circuito informático que nos proporciona equivalentes conceptuales exactos entre pares idiomáticos.

Se le ocurrió a Drake que los programas multidisciplinares debían de ser un infierno. Pero no tanto como antaño. Aquí, al menos, se había llegado al entendimiento de que existía un problema. Y ¿cómo serían los ordenadores, después de cinco siglos más de desarrollo? En su día estaban en pañales. Ahora tendrían que ser capaces de hacer cualquier cosa, cualquiera… incluso curar a Ana. Resultaba casi asombroso ver que todavía había sitio en el mundo para los humanos.

Empezaba a sentirse extraña e irracionalmente eufórico debido a la combinación de los fármacos y a la idea de que podría tener éxito con más facilidad de lo que había soñado.

Hizo un esfuerzo más decidido por sentarse. Su cabeza se levantó unos cinco centímetros de la almohada, antes de volver a caer pese a hacer todo lo posible por mantenerla erguida.

—Despacio. Roma… no se construyó… en un día. —Par Leon sonrió ufano, a todas luces entusiasmado por haber recordado tan magno ejemplo de anglo antiguo—. Pasarán lunas antes de que haya recuperado usted sus fuerzas. Dos cosas más que debo decirle, antes de permitir que siga con su tratamiento.

»Primero, fui yo el que dispuso que lo trajeran y revivieran a usted aquí. Soy musicólogo, me interesan los siglos XX y XXI, y su época en particular.

La apuesta de quinientos años de Drake había dado resultado. Se preguntó cómo sonaría la música moderna. ¿Sería capaz de escucharla con placer? ¿De componerla?

—Según nuestras leyes —continuó Par Leon— me debe usted el coste de su reanimación y tratamiento. La suma asciende a seis años de trabajo por su parte. Ha tenido usted suerte de estar sano y haber sido correctamente congelado y conservado, de lo contrario el tiempo de servicio sería mucho mayor. No obstante, también creo que encontrará usted su contrato de aprendizaje conmigo agradable e interesante a un tiempo. Le propongo que usted y yo, juntos, escribamos la historia definitiva de su período musical.

De modo que la cuestión de cómo ganarse la vida quedaba pospuesta al menos por unos años. Seguramente, Par Leon tendría que ocuparse de la manutención de Drake Merlin mientras este saldaba su deuda.

—Segundo, tengo buenas noticias para usted. —Par Leon observaba a Drake, expectante—. Cuando lo examinamos, nuestros médicos detectaron ciertos problemas, ¿defectos es el término que emplearía usted?, con su cuerpo y su equilibrio glandular. Esperan haber subsanado los funcionamientos defectuosos corporales básicos, y han proporcionado una estabilización estándar de sus telómeros cromosómicos. Seguirá usted envejeciendo, pero más despacio. Debería vivir entre doscientos y trescientos años.

»Sin embargo, el desequilibrio glandular planteaba un problema más delicado. Era probable que se manifestara en una especie de demencia, una compulsión incontrolable. Los médicos lo detectaron en cuanto la descongelación avanzó lo suficiente para permitirle responder a las psicosondas. Efectuaron unos pequeños cambios químicos que, esperamos, hayan corregido la complicación. —Par Leon estudiaba atentamente a Drake—. Sea usted tan amable de decirme qué siente por su difunta esposa, Anastasia Werlich.

Drake sintió que se le aceleraba el corazón. Oía el martilleo de la sangre en sus oídos, y en su debilitada condición le costaba respirar como si le hubieran soltado unas pesas en el pecho. Cerró los ojos por un momento y pensó en Ana. Gradualmente, se tranquilizó.

Era obvio lo que quería escuchar su interlocutor; y Ana era digna de un millón de mentiras. Drake miró a Par Leon y meneó ligeramente la cabeza.

—Siento muy poco por ella. Nada más que la débil impresión de algo que había ahí una vez. Sé que antes me era muy querida, pero ahora no estoy seguro. Es como la cicatriz de una antigua herida.

—¡Excelente! —La sonrisa confirmaba su idea—. Completamente satisfactorio. La enfermedad que mató a su mujer fue eliminada de la humanidad hace mucho tiempo, por medio del emparejamiento meticuloso…, eugenesia, que se diría en su idioma. Podría reanimarla, sin duda, pero según nuestros médicos sigue sin ser seguro que pudiéramos curarla. No obstante, no se nos ocurre ningún motivo por el que debamos despertarla. Como la mayoría de los ocupantes de las criomatrices, tiene poco o ningún interés para nosotros. Y lo más importante de todo, su implicación podría interferir en nuestro trabajo.

—¿De modo que su cuerpo continúa almacenado?

—Por supuesto. Guardamos todos los criocadáveres. Aunque la mayoría de ellos no tengan ningún valor en la actualidad, ¿quién sabe cuáles serán nuestras necesidades en el futuro? Las criomatrices son como una biblioteca del pasado a abrir cada vez que sirva a nuestros fines. Dentro de doscientos años alguien podría encontrarle alguna utilidad, y quizá su enfermedad pueda curarse fácilmente. Entonces también ella podrá vivir y trabajar de nuevo.

—¿Anastasia está almacenada cerca de aquí?

—¡Claro que no! —Por vez primera Par Leon pareció asombrarse—. Eso supondría un desperdicio de espacio y energía. Las criomatrices se guardan en Plutón, donde el espacio es económico, los requerimientos de congelación escasos, y la velocidad de escape baja.

Esa frase, más que cualquier otra cosa que había dicho Par Leon, colocó a Drake de golpe en su época actual. ¿Qué tecnología era la que prefería embarcar millones de cuerpos como si tal cosa con rumbo al filo del sistema solar antes de conservarlos congelados en la Tierra? Esto es, si es que Plutón estaba al filo del sistema solar. ¿Cuántos planetas se conocerían ahora? Ya en su época se hablaba de muchos más cuerpos existentes en la región conocida como el Cinturón de Kuiper. Hacía cinco siglos. Era la época de Monteverdi a Shostakovich, de Copérnico a Einstein, del descubrimiento de América por parte de Colón al primer alunizaje. Había recorrido un largo, largo trecho.

Par Leon seguía observándolo, ahora con una sombra de suspicacia.

—Pregunta usted de nuevo por la mujer, Anastasia Werlich. ¿Por qué? ¿Está seguro de haberse curado por completo? En caso contrario, disponer otro tipo de tratamiento no supondría ningún problema.

Drake se maldijo por estúpido e hizo cuanto pudo por esbozar una sonrisa tranquilizadora.

—Estoy seguro de que eso no será necesario. Su recuerdo ya empieza a desvanecerse. En cuanto haya recuperado las fuerzas, estaré encantado de empezar a trabajar con usted.

—Estupendo. —La sonrisa había regresado, pero Par Leon esgrimía un dedo admonitorio—. Trabajaremos juntos, sí, pero no hasta que usted se haya recuperado por completo y haya recibido una formación elemental. Para empezar, deberá aprender a hablar universal y música, y deberá adquirir los conocimientos de fondo básicos para adaptarse a vivir en esta época. Será, además, responsabilidad mía procurar que encuentre usted una actividad adecuada cuando nuestro trabajo esté acabado, y para eso necesitará aptitudes de las que, hoy por hoy, carece.

»Ahora descanse, Drake Merlin. Volveré mañana, o pasado. Para entonces se sentirá usted con más fuerzas. Y sabrá usted muchas más cosas.

Cuando Par Leon se fue, los técnicos médicos se acercaron con un casco transparente que tenía unas líneas plateadas inscritas en la parte superior. Se lo pusieron a Drake en la cabeza con cuidado.

Perdió el conocimiento de inmediato, tan deprisa que no tuvo tiempo de sentir el frío tacto del artilugio.

6 Un mundo feliz

Se despertó con el sonido de dos voces. Una de ellas era un parloteo sin palabras que le resultaba desconocido, un timbre atiplado e irritante que sonaba en su cerebro más que en su oído. La otra voz ya la conocía. Se trataba de Par Leon, formulando lo que se le antojó una pregunta extraña después de su última conversación.

—¿Me entiende usted, Drake Merlin? —Hubo una pausa, y luego, más alto—. ¿Me oye? ¿Me entiende?

—Claro que le oigo. Claro que le entiendo. —Pero Drake tenía dificultades para controlar su dicción. Tenía que rebuscar cada palabra. Abrió los ojos—. Ya habíamos… decidido que… nos entendíamos.

Leon estaba de pie ante él, asistiendo satisfecho.

—Ayer demostramos que podíamos comunicarnos en anglo. Pero escúcheme de nuevo…, y escúchese usted.

Las palabras eran perfectamente inteligibles, pero pertenecían a un idioma extraño.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Drake. El sentido de lo que decía estaba claro, pero sonaba de un modo peculiar. Con deliberado esfuerzo, lo repitió en inglés y las palabras acudieron con más facilidad—. ¿Qué ha ocurrido?

—Ha aprendido, tal como yo pensaba y esperaba —respondió Leon en el mismo idioma—. Pero ahora —Drake no sintió ninguna disminución en su nivel de comprensión, aunque apreció el cambio en los sonidos—, ahora será mejor que hablemos en universal.

—Has dicho ayer. —El tránsito de Drake de un idioma a otro era lento y esforzado—. ¿Me habéis enseñado universal… en un solo día? ¿Cómo lo habéis conseguido?

—No soy la persona adecuada para responder a eso. —Leon se encogió de hombros—. Si intentara proporcionarle una explicación, aparte de decir que el casco ha sido su maestro, seguramente sería inadecuada. La respuesta precisa debería expresarse en electrónica o neurología. Hace mucho tiempo aprendí nociones de esos idiomas, pero me parecían antipáticos. Si son de su agrado, tendrá usted ocasión de aprenderlos más adelante. Por ahora, relájese. Tómeselo con calma. Dentro de dos o tres semanas, hablará universal sin problemas. Pero ahora tenemos otras prioridades. ¿Puede ponerse de pie?

En vez de contestar, Drake hizo la prueba. Se quitó el casco de la cabeza y se incorporó. Al erguirse experimentó un instante de desequilibrio, antes de sentirse estable y alerta. La debilidad del día anterior había desaparecido por completo.

—Me siento bien —dijo con sinceridad.

—Espléndido. ¿Tiene usted hambre?

Drake hubo de pararse a considerar esa pregunta. La perspectiva del alimento no le producía ninguna reacción física. Era como si durante los cinco siglos de sueño su cuerpo hubiera olvidado la necesidad de sustento.

Al final negó con la cabeza.

—Lo siento. Es que no lo sé.

Leon asintió, comprensivo.

—En ese caso hagamos la prueba. Tomaremos algo en un restaurante. El mundo ha cambiado mucho desde sus días, y habrá muchas cosas que le parecerán distintas. Pero la necesidad de alimentarse no se ha alterado. Le tranquilizará saber que algunas cosas siguen igual.

Par Leon hablaba en serio; pero a Drake, mientras lo seguía por un pasillo corto hasta una sala desierta de paredes blancas con una sola silla y una especie de terminal informático, le parecía que no podía haber nada más diferente.

¿Eso era un restaurante? No había camareros, ni menús, ni rastro de comida o bebida. En cada cubículo cabía solo una persona.

Su perplejidad era patente.

—Ah —dijo Leon. Por primera vez parecía incómodo—. Se me olvidan las costumbres de su época. Hoy día es normal comer a solas. Únicamente los asociados más próximos y la familia comen unos en presencia de otros. —Señaló un cubículo—. Siéntese. El acuerdo nos permite hablar con libertad, aunque no podremos vernos.

Drake hizo lo que le decían, preguntándose qué paso tendría que dar a continuación. ¿Debería indicar sus preferencias al ordenador? ¿O le darían de comer de forma automática y etérea, sin la aparición de viandas materiales? Eso desmentía la afirmación de Par Leon de que la comida era una constante en el mundo, pero quinientos años era mucho tiempo. Sin duda las interpretaciones habían cambiado, aunque se utilizaran las mismas palabras para designarlas.

Observó más de cerca el aparato que tenía delante. No había pantalla ni teclado, tan solo una caja plana y rectangular, y delante de ella una superficie lisa semejante a una mesita.

Par Leon había desaparecido en un cubículo adyacente. Drake aguardó largo rato en silencio. Al cabo, sin estar seguro de que fueran a oírlo, dijo:

—Tengo un problema.

—¿No encuentra nada de su agrado? —La voz de Leon era diáfana, aunque en el cuarto contiguo no se escuchaba otro sonido.

—No lo sé. Nadie me ha ofrecido ningún plato.

—Qué raro. ¿Qué ha pedido usted?

—Nada. No sé cómo.

—Un momento. —Luego, tras un silencio más breve—. La culpa es mía. Supuse que le habían proporcionado información general junto con los conocimientos de universal, pero no es así. Está programada para su siguiente período de adoctrinamiento. El chef que tiene delante es fácil de usar, y mañana no tendrá ningún problema con él. Esta noche, sin embargo, pediré yo por usted si me lo permite.

—De acuerdo. —Era la primera vez que Drake podía intuir qué hora era. La habitación donde había despertado carecía de ventanas, igual que este sitio. Físicamente, no tenía impresión alguna de que fuera de noche o de día, ningún biorritmo diurno.

Aguardó y observó, hasta que un par de minutos después la caja que tenía delante se abrió donde antes no había ninguna ranura, y le sirvió una humeante bandeja cuadrada, un utensilio que combinaba cuchillo y tenedor, y un cilindro transparente lleno de líquido rojo.

Las verduras eran de vivos colores pero exóticas. La carne —si es que era carne— podría haber sido roja, de pescado o de ave. Pero Drake no había visto mucho mundo en su época. Por lo que sabía el plato entero podía haber existido ya entonces, parte de la cocina desconocida de algún país extranjero. Se agachó y olisqueó la salsa. Una satisfactoria combinación de aromas asaltó su olfato: comino, salvia, hinojo, estragón. Cogió el estilizado cilindro y bebió.

Por fin —gracias a Dios— algo que reconocía. Tendría que haberlo sabido. El vino tenía cinco mil años de edad en su época; no era de extrañar que continuara alegrando a los humanos hoy día, cinco siglos después.

Levantó su vaso en un brindis silencioso, por nosotros, Ana; por haber llegado tan lejos, y dio un largo trago.

Drake no tenía deseos de hablar mientras comían, pero estaba claro que Par Leon se sentía locuaz. Después de prometer a Drake que le explicarían el mundo más tarde, cuando estuviera dormido, mucho mejor de lo que podría explicárselo él mientras cenaban y con mucho más detalle, Leon siguió hablando y se lo explicó de todos modos.

A lo largo de la hora siguiente se hizo evidente cuáles eran sus intereses. Tenía buenos conocimientos, aunque superficiales, de la civilización y la sociedad de la Tierra, pero sabía y le importaba poco el resto del sistema solar.

La población de la Tierra, dijo, era de quinientos millones de personas, menos de una décima parte de lo que había sido en tiempos de Drake. Ahora se mantenía estable. En los próximos dos siglos experimentaría un aumento planificado para alcanzar los mil millones antes de reducirse de nuevo a su nivel actual. Desconocía los motivos para el cambio. Ese tipo de cosas estaba en manos de los especialistas en gestión de recursos.

¿Y la población de otros planetas y lunas? Esa fue una de las pocas preguntas de Drake. Par Leon respondió con un encogimiento de hombros verbal. Había gente que vivía ahí fuera, sin duda, pero, ¿qué más daba cuántos fueran? Los demás planetas y lunas no tenían una larga historia, y menos una historia musical. Por consiguiente, carecían de interés. Si Drake quería averiguar ese tipo de detalles extraños, tendría ocasión de hacerlo sin ocupar el valioso tiempo de otro humano. Las máquinas y los bancos de datos estaban a su disposición. Aunque Drake tuviera que aprender un nuevo idioma, tampoco eso supondría problema alguno. El vocabulario y las normas gramaticales se podían instalar casi de inmediato por medio de los cascos de retroalimentación. El manejo del idioma, sobre todo del lenguaje hablado, sería más arduo, dado que requería coordinación física y práctica. Una semana, quizá, en vez de un día.

—Pero ahora —era evidente que Leon había dedicado todo el tiempo que deseaba a ese tipo de cuestiones insulsas— hablemos de música.

Eso hizo. Dichosa e incomprensiblemente. Drake se guardó de decirle que no lo entendía. Cumpliría su cometido y estudiaría música moderna llegado el momento. Por esta noche se conformaba con sentarse, comer y beber, y reunir fuerzas para lo que le depararan los días siguientes.

Una civilización es algo más que un conjunto de hechos, normas e idiomas. Después de dos semanas de noches de conocimientos inducidos, Drake empezó a preguntarse si no habría algunos aspectos de su nuevo mundo que estarían siempre lejos de su alcance, daba igual cuánto tiempo pasara viviendo allí.

La ciencia era uno de ellos. La ciencia del siglo XXVI, en concreto las asunciones básicas que la sustentaban, lo eludía totalmente. No era ninguna sorpresa que ese tema le resultara difícil. Siempre había sido así. Ya en su época sus profesores le acusaban de tener talento pero no interés, y de pasarse el día soñando despierto con palabras y música.

Aun así, las ideas generales de la ciencia tendrían que ser accesibles. Se suponía que no eran más que sentido común, elevado al grado de disciplina. Pero se encontró bregando sin éxito; y en verdad bregaba, se esforzaba, pugnaba por comprender más de lo que había comprendido jamás en su juventud. La salvación de Ana, cuando llegara por fin, derivaría de la ciencia, no de la música.

Al final buscó ayuda; no la de Par Leon, que ardía en deseos de que terminara el adoctrinamiento de Drake para que pudieran ponerse manos a la obra, y que tampoco sabía mucho ni le interesaba la ciencia. En su lugar Drake se zambulló en la red de información, desarrollada más allá de lo que hubiera podido soñarse en su época. Buscó a alguien que estuviera dispuesto a traducir para él de la ciencia, que no sabía hablar ni escribir, al universal. Ofrecía a cambio lo que sabía de su época.

La mujer que se puso en contacto con él no parecía interesada en los comienzos del siglo XXI, o al menos no en las cosas que podría contar Drake sobre dicho período. Eso confirmó lo acertado de su antigua decisión de suscitar la curiosidad de los especialistas en música. Cass Leemu también era una especialista, pero su especialidad era algo que Drake no alcanzaba a comprender, ni siquiera en términos generales ni tras horas de conversación y estudio. Ella decía que era una forma de física. Parecía no ser más que imágenes, que de algún modo arrojaban resultados cuantitativos.

Cass era una mujer de color cuya edad, igual que la de Par Leon, resultaba difícil de determinar. Era alta y de pelo moreno, con una cabeza ligeramente grande y sólida, sin cejas ni pestañas, y un cuerpo suntuoso. Drake se olía alguna discreta modificación genética. Sus motivos para entrevistarse con él obedecían bien a la curiosidad por un ejemplar de la primitiva humanidad —Drake— o bien a razones que él no acertaba a comprender.

Sus explicaciones eran tan concisas como permitían las limitaciones del universal para expresar conceptos científicos.

—Se trata del típico problema de cambio paradigmático de gran envergadura. —Estaban en los aposentos privados de la mujer. Cass Leemu se encontraba casi desnuda, repantigada en un sofá y rascándose la barriga pensativamente mientras hablaba. En otros tiempos, reflexionó Drake, su cuerpo al descubierto habría supuesto un gran obstáculo para la simple transferencia de información. También se habría considerado una clara invitación.

»¿Te suena el nombre de Isaac Newton? —continuó.

—Naturalmente. La gravedad, y las leyes de la dinámica.

—Correcto. Famosas, y fáciles de comprender. En eso estamos de acuerdo. Pero, ¿sabías que muchos de sus contemporáneos encontraban su obra demasiado avanzada? Presentaba nociones de espacio y tiempo absolutos, que para ellos eran incomprensibles. Sostenían, con todo derecho, que solo la separación entre objetos podía tener un sentido físico. El concepto de coordenadas absolutas, en oposición a las distancias relativas, no tenía sentido para ellos. Además, su obra se derivaba y comprendía con más facilidad empleando el cálculo, que para los científicos del siglo XVII estaba envuelto en las paradojas de las cantidades infinitamente pequeñas. Se tardó tres generaciones en resolver las paradojas, asimilar la nueva perspectiva del mundo y trabajar cómodamente con ella. Lo mismo sucedió dos siglos después, cuando Maxwell atribuyó al concepto de campo una importancia fundamental. Muchos de sus contemporáneos, hasta el fin de sus vidas, intentaron diseñar analogías mecánicas que resolvieran la necesidad de un campo electromagnético. Y en el siglo XX, cuando la incertidumbre y la indecidibilidad asumieron una postura dominante en la perspectiva predominante del mundo, incluso al mayor científico de su época, Einstein, le costó aceptarlas.

—¿Me estás diciendo que volvió a ocurrir lo mismo, después de que me introdujera en la criomatriz?

—Por supuesto que volvió a ocurrir. —Cass Leemu sonrió y se acarició el pezón derecho. Era evidente que consideraba su gesto desprovisto por entero de contenido erótico. Cambio paradigmático. Drake se sintió tentado de preguntarle si le gustaría quedar algún día para comer con él, y ver si eso la ruborizaba.

»Ha ocurrido no solo una vez —continuó ella— sino tres. Se han producido tres cambios de perspectiva de envergadura. Nuestra comprensión de la Naturaleza difiere de las perspectivas de tu época más que la vuestra de la de los romanos.

—Así que me va a pasar como a los colegas de Newton, que eran incapaces de asimilar los nuevos fundamentos.

—Eso me temo. A menos que consigas dominar el concepto de… —Se interrumpió, antes de sonreír de nuevo a Drake, disculpándose esta vez—. Perdona. El término para la idea que sostiene ahora la ciencia carece de una paráfrasis adecuada en universal. Incluso los bancos de datos generales guardan silencio. Pero si de veras deseas estudiar ciencia, y aprender el lenguaje científico empezando por los rudimentos elementales, estaría dispuesta a ayudarte.

—No puedo hacerlo. Todavía no. —Drake ya había desistido de aprender ciencia por sí solo, pero se resistía a dar un no tajante por respuesta a Cass Leemu; quizá la necesitara más adelante—. Verás, Cass, le debo los próximos seis años a Par Leon. Me revivió.

—Desde luego. ¿Seis años nada más? Está siendo generoso. Un mecenas como Par Leon, que elige a un individuo por el que nadie más muestra interés, puede imponer sus propias condiciones al Resucitado.

Ahí estaba de nuevo el cambio paradigmático. Cass estaba señalando a Drake que el mundo feliz en que vivía ahora contenía otros elementos al menos igual de difíciles de asimilar que la ciencia.

Una vez de regreso en sus espartanos alojamientos, le dio vueltas al problema. La esclavitud no existía. Por otra parte, los seis años de servicio absoluto a Par Leon se daban por supuestos. Era una forma de esclavitud, pero nadie cuestionaba su base ética. Drake no lograba entender esa base. Se consoló pensando que Enrique VIII se habría escandalizado ante las guerras que acababan con los civiles, en tanto aceptaría como algo natural cualquier ahorcamiento, azotaina o desmembramiento público.

Mientras se ponía el casco en la cabeza, se preguntó qué lección inducida recibiría esta noche. Se sentía incapaz de sorprenderse. Antes de perder el conocimiento, se le ocurrió que la humanidad era capaz de asimilar muy pocos absolutos. ¿Por qué? Porque la gente podía vivir dentro de —y aparentemente justificar— cualquier variación imaginable de la ética y la moral.

Quizá ese fuera el secreto de la supervivencia de los seres humanos.

Drake se resignó paulatinamente a su situación. No había motivo para apresurarse. Había sobrevivido. Ana estaba a salvo en las criomatrices de Plutón. Antes de que él pudiera hacer nada por cambiar su situación tendría que ganarse su libertad. Decidió dar a Par Leon seis buenos y contundentes años de esfuerzos encaminados a alcanzar el gran proyecto de la vida del otro hombre: el análisis de las tendencias musicales a finales del siglo XX y principios del XXI. En cualquier caso, ¿qué elección tenía como Resucitado?

Transcurridos los primeros meses, la perspicacia demostrada por Leon al revivir a Drake se hizo palpable. Más importante que cualquier hecho que pudiera proporcionar eran los puntos de vista que podía ofrecer acerca de los estilos de vida de finales del siglo XX. No eran solo la ciencia y la ética lo que había cambiado.

A menudo, su información hacía menear la cabeza a Leon.

—Es verdaderamente asombroso. Una locura. ¿De veras desempeñaban un papel tan importante las relaciones hombre-mujer en todos los aspectos de vuestra sociedad?

—Ya sabes que sí. —Drake estaba estudiando por su cuenta con los bancos de datos, sin ayuda de Leon—. Lo dicen vuestros informes, los que examinamos hace tan solo dos días.

—Sí. Lo dicen, pero cuesta creerlo. Los hombres y las mujeres parecían odiarse mutuamente en tu época. Pero al mismo tiempo abundaban los emparejamientos aleatorios, la copulación impulsiva. No me refiero solo a simples actos sexuales, eso lo comprendería. Sino a cópulas al azar que generaban descendencia, sin la ventaja de mapas del genoma o la más rudimentaria información genética acerca de los padres y los abuelos…

Drake empezó a explicarlo y pronto se dio cuenta de que no tenía sentido. Otro abismo de quinientos años imposible de salvar. Para Par Leon, la cópula siempre estaba dictada por la selección de combinaciones genéticas deseables. Como decía, era la única forma de estar seguro de que los niños nacerían sanos. ¿Cómo podía justificarse ningún otro punto de vista? Reaccionaba ante la idea de la reproducción entre relativos desconocidos como lo haría Drake ante la quema de brujas.

En cualquier caso, Drake empezaba a tener sus propios problemas. Lo cierto era que se sentía incapaz de discutir la idoneidad de generar descendencia sin pensar en el futuro o en el bienestar físico y mental de los niños. Era, como decía Par Leon, «el ciego impulso procreador del caldo primigenio, deificado hasta convertirse en principio religioso y dogma fanático».

Drake escuchó esas palabras y decidió que empezaba a ver su antigua época desde una nueva perspectiva. Debía poner freno a esa tendencia, so pena de que Par Leon perdiera el interés por él. Por ese motivo, y alguno que otro más, tenía que seguir siendo un forastero en este siglo.

Después de seis meses, Drake se dio cuenta de que estaba saldando su deuda con creces. Leon podía ser el mayor experto del siglo en la música del período de Drake, pero de determinados sucesos y fuerzas no tenía la menor idea. Lo fascinaban irremediablemente los más ínfimos detalles.

—¿Dices que lo conociste? —Par Leon se inclinó hacia delante, con las cejas enarcadas en su alta frente—. ¿Conociste a Renselm en persona?

—Lo vi una veintena de veces. Estuve presente en su primera representación del Concerto concertante de Morani, escrito especialmente para Renselm, y fui al área de bastidores tras la actuación. Después nos fuimos a cenar, los tres solos. Pensé que ya lo habrías leído todo en uno de mis artículos.

—Ah, sí. —Par Leon hizo un gesto desdeñoso—. Claro que lo leí. Pero esto es distinto. Háblame de su habilidad con los dedos, de su postura frente al teclado, su extraña reacción ante los aplausos. Dime lo que contó acerca de Adele Winterberg…, era su amante por aquel entonces, ya sabes. —Se rió encantado—. Dime, si te acuerdas, qué fue lo que cenasteis aquella noche.

Solo una o dos veces expresó su insatisfacción Par Leon. Y si lo hizo fue porque Drake había sido congelado justo antes de que se produjera algún hecho de especial interés para él.

—Con que hubieras esperado otros tres años… —decía, pero hablaba de forma filosófica y de buen humor.

No era en ningún caso una transferencia de información de un solo sentido. Desde su posición estratégica cinco siglos en el futuro, los conocimientos de Par Leon sobre la vida musical de eras anteriores dejaban a Drake sin aliento. Por vez primera comprendió hacia dónde apuntaban determinadas corrientes musicales contemporáneas en su época. Krubak, con sus vilipendiadas últimas obras, había tanteado en busca de formas que no madurarían hasta treinta años después de la congelación de Drake.

El trabajo continuó, de diez a doce horas diarias. Si Leon se preguntó alguna vez por qué Drake no mostraba curiosidad alguna por ver de primera mano el mundo tal como era en el siglo XXVI, o en hacer amigos, o aun en aprender los entresijos del avance de la humanidad a lo largo de los últimos cinco siglos, nunca hizo mención alguna.

Por su parte, Drake no sentía el menor deseo de ser absorbido o convertirse en parte de la sociedad actual. Aun así debía conocer ciertos temas con todo detalle, mucho mejor de lo que podía enseñarle Par Leon. Por suerte, los bancos de datos generales permitían realizar consultas y verificaciones casi infinitas.

Drake empezó a satisfacer su sed de información personal.

El sistema solar entero había sido explorado y cartografiado al detalle. Venus atravesaba las primeras etapas de terraformación, con el ácido caldo hechicero de su atmósfera reduciéndose en temperatura y presión. Marte había sido colonizado, no en la superficie sino dentro de las inmensas cavernas naturales que había bajo tierra. Había estaciones permanentes activas —muchas de ellas dirigidas por ordenadores autorreplicantes e instrumentos de reparación— en todos los satélites de los planetas más importantes.

Era el progreso; pero para Drake era menos de lo esperado. En su época se preveía que todo el sistema solar se llenaría de seres humanos y máquinas inteligentes. En algún momento de los últimos cinco siglos, las prioridades se habían visto alteradas.

Pero, ¿y Plutón?

Drake prestó especial atención a ese pequeño planeta. Un reducido grupo de científicos tenía un puesto de investigación en Caronte, el enorme satélite que convertía el sistema Plutón-Caronte en un pequeño doblete planetario. Plutón en sí estaba deshabitado, a menos que contara uno las apretadas y dormidas filas de los criocadáveres. Las criomatrices eran demasiado frías como para permitir la presencia cómoda y permanente de humanos animados. Se mantenían en temperaturas de helio líquido —las primeras sospechas de Drake acerca del almacenaje en nitrógeno líquido resultaron estar fundadas—. Las criptas eran atendidas, hasta el punto en que no necesitaban atención alguna, por máquinas especialmente diseñadas para soportar fríos extremos.

Con la idea del dinero reducido a una suerte de incomprensible sistema de crédito electrónico, Drake no tenía claro cuándo podría realizar el largo viaje a Plutón. Se obligaba a tener paciencia, dejando la cuestión de lado hasta que su tiempo de servicio tocara a su fin.

El trabajo seguía adelante, arduo pero, sin duda, no exento de recompensas. El texto que estaban produciendo crecía a un ritmo constante. A comienzos del cuarto año, Drake compartía la convicción de Par Leon de estar creando un clásico. Escuchó la sugerencia de que sería justo que los dos compartieran el mérito, y meneó la cabeza.

—Fue todo idea tuya, Leon, no mía. Podrías haber encontrado a otro que hiciera lo mismo que yo. Pero sin ti para revivirme yo no podría haber hecho nada…

…y aunque compartiéramos el mérito, no me quedaría aquí el tiempo necesario para disfrutarlo. Me iré en cuanto pueda.

Ese era su objetivo secreto, siempre en su cabeza pero sin escapar de sus labios.

Y entonces, al término del cuarto año, ocurrió algo que cambió todos los planes de Drake.

7

«Una llamada salvaje, una llamada atronadora imposible de ignorar»


Drake estaba trabajando. Era tarde o pronto, según la definición. Las mejoras efectuadas en su cuerpo incluían una menor necesidad de sueño, por lo que reservaba la mayoría de sus pensamientos y búsquedas privadas para las horas siguientes a la medianoche. Esta noche había perdido la noción del tiempo mientras se esforzaba por entender, por enésima vez, el complejo trasfondo médico de la enfermedad de Ana. Comprendía por qué una dolencia que se había eliminado de la raza humana llamaba tan poco la atención en la actualidad; pero también le parecía que los tratamientos reservados para otras condiciones podrían surtir efecto en este caso.

Se encontraba acariciando la tentadora idea de estudiar medicina —un empeño que le llevaría años— cuando su portal externo le informó de que tenía visita. Miró el reloj de soslayo. Las ocho de la mañana. Tenía tiempo de echar una cabezada, antes de llamar a Par Leon y organizar el resto del día. Trabajaban bien juntos, los dos eran flexibles, e intercambiaban opiniones, ideas y apuntes cada vez que les parecía útil; pero rara vez se veían en persona.

¿Quién sería, entonces, el visitante, tan temprano y sin cita previa? Vivía en un apartamento diminuto. Estaba amueblado con los enseres imprescindibles, y en cuatro años jamás había recibido visitas.

El portal informó de una nueva solicitud de atención. Drake la aceptó y se levantó al tiempo que se abrían las puertas dentadas.

La visita era una mujer. No esperó a que Drake la invitara a pasar. Entró y paseó la mirada por el interior del apartamento. Pareció abarcarlo todo con un solo vistazo de sus ojos azul zafiro.

—Usted es Drake Merlin —dijo con firmeza—. Me llamo Melissa Bierly.

Lo miró fijamente y Drake experimentó por primera vez la fuerza que desprendía. Aun mucho después, cuando ya conocía toda la historia, nunca supo explicarse el origen de esa peculiar energía. Era asombrosamente hermosa, sin duda, con un rostro redondo y simétrico enmarcado por una melena negra y lisa, con ojos grandes de un azul puro y profundo; pero cualquier compositor, sobre todo si ha escrito música para películas, se ve expuesto a multitud de mujeres atractivas. Al principio pensó que era alta. Luego ella se acercó y se dio cuenta de que estaba equivocado. Apenas si le llegaba a la nariz.

—¿Nos conocemos? —preguntó Drake por fin. Estaba seguro de que no. Había conocido a cientos de personas desde su despertar, por lo general gracias a Par Leon y sus mutuos estudios; pero no se habría olvidado de alguien como Melissa Bierly.

—Aparentemente no, aunque sería… posible. —Había cambiado al inglés—. Vivimos en la misma época, aunque usted estaba congelado cuando yo sólo contaba un año de edad. Ingresé en las criomatrices veinticuatro años más tarde, y esta es la primera resurrección para ambos.

Muerta a los veinticinco; más joven incluso que Ana. Drake señaló una silla, y ella asintió y la aceptó. Él se sentó en la cama baja, frente a ella.

Aquellos ojos de zafiro lo traspasaron mientras continuaba:

—Me revivieron hace dos meses. En cuanto tuve ocasión, comprobé cuántos de nosotros estamos aquí. ¿Sabe usted cuántos?

Drake meneó la cabeza, todavía sin abrir la boca. Era una pregunta irrelevante. Irrelevante al menos para sus intereses; a lo sumo, propiciaría la interacción con otros Resucitados. Eso supondría una pérdida de tiempo y una desviación de su objetivo.

—Había menos de cincuenta mil en las criomatrices —prosiguió Melissa—. Cuarenta y ocho mil ochocientos noventa y siete, para ser exactos. La mayoría ingresó en las criomatrices en un período de cincuenta años después que yo. Al parecer la idea pasó de moda cuando la tasa de resurrecciones con éxito se mantuvo en cero durante tanto tiempo. Además, la esperanza de vida había aumentado. Del cómputo total de congelados, tan solo ciento treinta y dos han sido resucitados. ¿A cuántos ha visto usted?

—A ninguno.

—Me lo imaginaba. En cuanto reviví, una de las primeras cosas que hice fue ponerme en contacto con los demás Resucitados. Forman un grupo estrechamente unido.

—No me sorprende. —Drake también estaba hablando en inglés, y sentía el tirón en la caja de cambios mental. Era la primera vez que utilizaba ese idioma en casi cuatro años. Experimentó un anhelo por el pasado, tan fuerte e inexplicable como la vida que regresa con la primavera.

Sabía que la respuesta que le había dado a Melissa Bierly no era del todo sincera. Había estudiado la base de datos de los Resucitados. No recordaba cuántos había, pero sí que vivían en una colonia propia y pasaban juntos todo su tiempo libre.

—Pero usted es único —dijo Melissa. Sus ojos taladraban a Drake—. Es usted el único que no ha establecido contacto con ningún otro.

—¿Le han pedido que viniera a verme? —La presencia de la mujer estaba surtiendo un efecto sobre Drake, relajante e irritante al mismo tiempo. Su vestido gris era tan recatado como reveladores eran los exiguos atuendos de Cass Leemu, pero con Melissa Bierly había una crepitante corriente de tensión soterrada. No sabía si era sexual o de cualquier otro tipo. Él no la había generado, y no le gustaba. Pero estaba allí.

La negra melena se agitó con firmeza, sin que los ojos de la mujer se apartaran de él.

—Los otros no me han dicho nada, salvo para invitarme a unirme a su grupo. He acudido a usted precisamente a causa de su distanciamiento. Verá, me propongo sacar adelante un proyecto. Quiero ver en qué se ha convertido el mundo entero, de polo a polo. No quiero viajar con un grupo. Pero sí quiero compañía.

Antes incluso de responder, Drake sintió la insidiosa tentación de su sugerencia. Conocer el mundo tal como era ahora no podría sino aumentar sus posibilidades de éxito. Los bancos de datos eran de una vastedad inimaginable, pero estaba claro que no podían contenerlo todo. ¿Y si, en algún lugar recóndito de la Tierra, existiera algún tipo de información que permitiera la salvación de Ana?

—¿Y bien? —Melissa se había puesto de pie delante de él, con las manos apoyadas en las caderas.

Drake negó con la cabeza.

—Me temo que es imposible. Estoy atareado con un proyecto de colaboración a largo plazo.

—Si es a largo plazo, ¿por qué no puede esperar un poco? —Se acercó más y le tocó la mano. Era su primer contacto, y Drake sintió la irracional chispa de la atracción.

»No tendríamos que pasar mucho tiempo fuera —continuó. Le sonreía—. Vamos, acompáñeme. Serán sólo unas semanas. Seguro que ya ha hecho antes algún alto en el trabajo.

—Nunca.

—¿Cuánto tiempo lleva trabajando en este proyecto?

—Cuatro años.

Melissa lo miró con incredulidad.

—¿Sin descanso? Se merece usted unas vacaciones, y apuesto a que también las necesita. ¿Por qué no llama a su colaborador y mira a ver si se muestra de acuerdo?

Drake no sentía ninguna necesidad de tomarse unas vacaciones. Se había resistido a la idea con tenacidad la media docena de veces que Par Leon se lo había sugerido. Hacía menos de un cuarto de hora que conocía a Melissa Bierly. Pero, sin alcanzar a entender cómo ni por qué, se descubrió disponiéndose a llamar a Par Leon.

Este seguramente le diría que no. Era imposible que se mostrara conforme, dado el estado actual del proyecto. Mientras sonaban los tonos de llamada, Drake se preparó para aceptar la negativa. Cuando Leon le dijera que no, Drake tendría algo tangible con lo que contrarrestar su impulso irracional de decir que sí y partir con Melissa rumbo a los confines de la Tierra.

El monitor cobró vida, con el franco y circunspecto semblante de Par Leon mirando en su dirección, y Drake formuló una solicitud medio coherente para aplazar su trabajo una temporada.

Y Leon asintió, antes incluso de que Drake hubiera terminado.

—Pues claro que puedes irte. Tengo un montón de trabajo del que podré ocuparme perfectamente en tu ausencia. El proyecto no se resentirá. Vete, y pásalo bien.

Aun pese a su embotado estado de ánimo Drake intuyó que allí ocurría algo raro. La voz de Par Leon carecía de expresión. Era como si hubiera esperado la petición como consecuencia de alguna conversación anterior. Además, Leon no le había preguntado a Drake cuándo quería irse, ni adónde, ni cuánto tiempo pensaba pasar fuera. Y Drake no le había proporcionado esa información. De hecho, ni siquiera él lo sabía.

Pero antes de que pudiera hablar de nuevo, Leon desapareció; y Melissa había tomado sus manos entre las de ella y lo estaba poniendo en pie sin dificultad.

—Ahí lo tiene —dijo—. ¿Qué le había dicho? Ahora que eso ya está arreglado, podemos sentarnos a hacer planes y empezar a conocernos mejor. Tiene usted aquí muy poco sitio. ¿Por qué no vamos a mi casa? Es mucho más acogedora.

Drake pensó en Ana por un momento. Yacía a salvo en su gélida criomatriz, en el lejano Plutón. Pero era Melissa, cálida y viva y de algún modo irresistible, la que sostenía sus manos. Eran sus brillantes ojos azules, en vez de los grises de Ana, los que le sonreían.

Sin reaccionar, permitió que lo condujera hasta la puerta y lo sacara de su apartamento.

Drake iba a salir al aire libre de la Tierra por primera vez en quinientos años. Puesto que la superficie no parecía desempeñar ningún papel en sus planes tras la resurrección, había hecho caso omiso de su existencia mientras trabajaba con Par Leon. Y si le hubieran preguntado qué esperaba encontrar mientras el ascensor lo conducía hacia arriba, le hubiera costado proporcionar una sola respuesta. En cualquier caso, las respuestas que se le pudieran haber ocurrido no se parecerían a nada de lo que encontraron Melissa y él cuando el ascensor de profundidad llegó por fin a la superficie.

En los últimos días Melissa había tomado los mandos de sus vidas. Aunque llevaba descongelada menos de setenta días, parecía saber muchas más cosas que Drake acerca de su nuevo mundo. Él había renunciado a su independencia transcurridas veinticuatro horas. Ella era como una fuerza de la naturaleza. Drake no intentaba discutir con ella ni contradecirla. Melissa sabía adónde iban, cómo iban a llegar, qué harían una vez allí.

Tan solo ocasionalmente, cuando esperaban algo, percibía él una diferencia. La conducta de imperiosidad y competencia cambiaba. Los ojos azules adoptaban una tonalidad frenética y enloquecida, y negras sombras cruzaban su cara como demonios.

Eso era lo que ocurría ahora. Estaban en la superficie, y las gigantescas puertas del ascensor se disponían a liberarlos al aire del exterior. Melissa tendría que bullir de energía y emoción. En vez de eso estaba callada, mirando fijamente el suelo a escasos pasos de ellos como si pudiera ver todos los diablos del Infierno en el dibujo de las baldosas. Era Drake el que tenía los ojos como platos, curioso, demasiado absorto como para preocuparse por el cambio operado en Melissa. Aun las puertas en sí despertaban su interés. No se habían abierto, como unas puertas convencionales, sino que parecieron disolverse en una neblina gris sin hacer ruido. ¿A esto se referían las enseñanzas inducidas, cuando mencionaban «la tecnología transformadora que proporciona el dominio de los lazos moleculares»?

Contempló las puertas con fijeza mientras se desvanecían en silencio. Media docena de posibilidades brotaron en su mente al preguntarse qué vería en el exterior: ¿Un mundo completamente pavimentado, con carreteras y vehículos por todas partes? ¿Ingentes cantidades de tráfico aéreo de diseño extraño y desconocido, volando por encima de sus cabezas? ¿Devastación posnuclear? ¿Edificios gigantescos, construcciones capaces de albergar a medio millón de personas? ¿Aire estremecido por el calor, como dictaba el calentamiento global; o capas de hielo y nubes de vaho condensado, precursores de una nueva Era Glacial contenida en su momento por la quema generalizada de combustibles fósiles? ¿Se habría perdido tal vez la capa de ozono, ardería ahora la luz solar tan feroz y cargada de radiación ultravioleta que la piel desprotegida se amorataría y ennegrecería en cuestión de minutos?

Todo esto, y más, se había previsto con suma fiabilidad.

Drake miró. Vio una pradera interminable, salpicada a lo lejos con pequeños grupos de árboles. No había ni rastro de seres humanos o de su influencia. Melissa se situó a su lado y le cogió la mano. Él la miró de reojo y vio que había recuperado su habitual aplomo. La mujer abrió la marcha, rumbo a la lejana línea azul y gris del cielo.

Conforme avanzaban, Melissa entró en explicaciones. Había retomado su porte natural al instante, en cuanto se abrieron las puertas del todo y se hizo visible la superficie del exterior.

—Pude ver los indicios en mi época —dijo— y me sorprendería que no fueran visibles ya en la tuya. Si me pidieran que resumiera en una sola palabra lo que inició el cambio, diría una que nunca he visto citada: cristal. Antes de que la gente conociera el cristal, hubo una época en que no vivía en edificios sino en la calle, en medio de lo que allí hubiera: animales de todos los tamaños, desde pulgas a elefantes. Puede que no les gustara, pero no podían hacer nada al respecto. Con el paso del tiempo la gente aprendió a construir edificios y pudo vivir bajo techo. Pero si querías ver lo que hacías, tenía que haber agujeros en las paredes para permitir la entrada de la luz. Podías hacer agujeros pequeños, para que no entraran los elefantes, los lobos y los osos. Pero no había manera de hacer los agujeros lo bastante grandes como para permitir el paso de la claridad e impedir que se colaran también los insectos, las arañas, las cochinillas y los ciempiés. La gente seguía esperando vivir rodeada de toda clase de bichos. De modo que los aplastaban, o los aceptaban —las arañas mantienen la casa limpia de moscas— o se resignaban a su presencia.

»Pero entonces llegó el cristal, económico y de buena calidad. Se podían hacer ventanas que permitieran el paso de la luz y se lo cerraran a los insectos. Y es entonces cuando la gente empezó a considerar «sucias» a las arañas, las cucarachas y las hormigas, «antinaturales» incluso. He conocido a mujeres que se ponían a chillar si encontraban una araña de tamaño considerable en su cuarto de baño. Y en cuanto a hacer esto…

Se agachó en la alta hierba que le cubría los pies y volvió a incorporarse sosteniendo delicadamente un enorme saltamontes en sus manos ahuecadas.

—Conocí a gente que no tocaría un bicho inofensivo como este ni por todo el oro del mundo. ¿No te parece peculiar? Incluso la palabra sucio cambió de significado. Caminamos sobre la tierra, hay polvo por todas partes. Es completamente natural. El suelo está hecho de suciedad. Pero cuando se vive en un entorno totalmente artificial, protegido del exterior, nunca se ve la tierra de verdad. Las cosas «sucias» se convierten en algo completamente antinatural, y las evitas. La buena noticia es que cuando la gente empezó a querer salir cada vez menos, porque el exterior estaba infestado de escarabajos, mosquitos, gusanos, orugas y sanguijuelas, consintió que la superficie recuperara el aspecto que tenía antes de la ocupación de los humanos. —Se agachó para soltar el saltamontes y señaló a lo lejos a su izquierda—. Tampoco es que haya solo saltamontes, abejas y moscas. Veinte o treinta kilómetros en esa dirección encontraríamos gacelas, guepardos y ñúes. Puede que también leones.

—¿Estamos en los trópicos? ¿O es que ha cambiado el clima? —Otra de las predicciones fiables de los tiempos de Drake decía que en otra generación desaparecerían los herbívoros salvajes y los grandes depredadores.

—Estamos en lo que antes era África, unos diez grados al norte del ecuador. Es lo que antes llamábamos Etiopía. También se han producido cambios climáticos. Piensa que esto es el Serengueti, aunque no lo sea. —Melissa volvió a señalar, esta vez hacia el sol de la tarde—. Una de las razones por las que no hace demasiado calor es que estamos en pleno invierno y nos encontramos a cuatro mil quinientos metros sobre el nivel del mar. ¿Lo sientes en los pulmones? —Y, mientras Drake inspiraba una profunda bocanada de aire fino pero cálido y cargado de polen, añadió—: En marcha. Te has pasado cuatro años encerrado, ¿o debería decir mejor quinientos cuatro? Veamos qué tal lo hicieron al acondicionar tu cuerpo.

Melissa había prescindido de su acostumbrado vestido gris en favor de unos pantalones cortos de un rosa brillante y una camiseta roja. Tenía las piernas esbeltas pero fuertes. Empezó a correr hacia el primer conjunto de árboles, a unos dos kilómetros y medio de distancia. Un momento después, Drake partió en pos de ella. Cada uno de ellos cargaba con una mochila. Cuando Drake se la puso parecía no pesar nada, pero le bastaron cuatrocientos metros de carrera para cambiar de opinión. Podía sentirla rebotando en su espalda, con las correas cortándole los hombros. ¿Cómo era posible que una comida no pesara nada cuando la tenías dentro, y tanto cuando debías llevarla a cuestas?

Empezó a jadear más fuerte y sintió en sus pantorrillas y muslos los primeros dolores provocados por el cansancio y la carencia de oxígeno. La altura marcaba una tremenda diferencia, mucho más de lo que se hubiera imaginado, y no hacía ejercicio con regularidad desde su descongelación. Se suponía que su nuevo cuerpo no lo necesitaba. Se forzó a correr otro par de minutos, antes de verse obligado a parar. Había olvidado la sensación de estar físicamente extenuado. Se dejó caer pesadamente al suelo, y se quedó allí tendido jadeando en el suelo seco cubierto de hierba.

Mientras él corría, Melissa había aumentado su ventaja de forma constante. Llegó hasta los árboles, los rodeó y regresó al mismo ritmo. Llegó donde él estaba tumbado y se plantó delante de él, con las piernas abiertas y las manos en las caderas.

Drake rodó de espaldas y la miró fijamente.

—¿Qué le han hecho a tu cuerpo?

—Nada. Ya era así antes. —Se acuclilló a su lado. Ni siquiera estaba jadeando—. Ahora, ¿estás de acuerdo en que era buena idea alejarte del trabajo una temporada?

—Si es que no me muero antes de un paro cardíaco.

—Verás como no. Se habrán ocupado de los problemas de ese tipo. En marcha. —Le tendió la mano y le ayudó a ponerse de pie—. Tenemos que seguir si queremos llegar a un punto de control antes de que anochezca.

A Drake eso le pareció una idea excelente. Puede que hubiera leones a veinte kilómetros de distancia. Pero ¿hasta dónde se alejaban cuando salían de caza?

Melissa no parecía preocupada, aunque no podría correr más que un león por muy en forma que estuviera. Por otra parte, se le ocurrió a Drake que tampoco le haría falta. Lo único que tenía que hacer era correr más que él.

La idea de Drake del futuro sistema de transporte en la Tierra, si se podía decir que tuviera alguna, era de algo vago, aparatoso y grandioso; la caótica mezcla de vehículos de finales del siglo XX, extrapolada a algo más veloz, más aparatoso y más enrevesado.

Si la tranquila pradera despejada no le había hecho cambiar de parecer a lo largo de la tarde, lo hizo Melissa esa noche.

—El sistema de transporte está todo ahí —dijo— y según los informes es excelente. Puedes viajar a cualquier parte del mundo en apenas unas cuantas horas. Lo veremos con nuestros propios ojos cuando lo usemos mañana. Aunque no es muy frecuentado. Unos cuantos turistas como nosotros; y eso es todo.

Se habían instalado en una acogedora cabaña, vacía a excepción de las máquinas de servicio, y estaban cenando. Era la cuarta comida de Drake en compañía de otro ser humano desde su resurrección. Después de tres años de trabajo en equipo, Par Leon le había preguntado tímidamente si le gustaría cenar con él en persona cada tres o cuatro meses. Drake lo tomó por lo que era, un gesto sincero de aprobación y amistad.

—¿Qué ocurrió entonces? —preguntó a Melissa, mientras sus platos vacíos desaparecían de la mesa—. Sé que la población ha disminuido en un factor de diez desde nuestra época, pero debería haber todavía mucho tráfico…, de personas y mercancías. ¿Por qué no lo hay?

Melissa suspiró, con la tolerancia de quien tiene el estómago lleno. Aunque era más pequeña que Drake, había comido por lo menos el doble que él. Pero no había ni rastro de grasa en su cuerpo. Drake lo atribuyó a su elevada tasa de consunción calórica y a su inagotable energía.

—Es cierto que te has pasado cuatro años desconectado, ¿verdad? Debe de costar un esfuerzo increíble no enterarse de lo que pasa en el mundo.

—Tenía pensado estudiar los sistemas de transporte, en este planeta y en otros. Pero todavía no.

—No hay tanto que estudiar como te imaginas. Lo podríamos haber deducido por nuestra cuenta, si nos hubiéramos tomado la molestia de pensar un poco. ¿Por qué necesita el transporte la gente?

—Para llevar los productos de su lugar de fabricación allí donde se necesiten. Para ir al trabajo, para que las personas se reúnan.

—Eso que describes es lo que ahora se llama una sociedad industrial primitiva. Tú y yo vivimos al final de ella, aunque no creo que entonces nos diéramos cuenta. La manufacturación automática y el teletrabajo estaban despegando en nuestra era. Ahora estamos en una sociedad postindustrial soportada por máquinas. No hace falta transportar mercancías cuando se pueden crear en cualquier sitio a partir de materias primas elementales. La manufacturación depende por completo de las máquinas, lo bastante inteligentes como para no necesitar supervisores humanos. La gente aún trabaja, pero ya nadie va al trabajo. No les hace falta. Te habrás dado cuenta con tu proyecto. Me dijiste que no veías a Par Leon más que una vez al mes, y que podías apañártelas muy bien sin eso.

—Entonces, ¿por qué hay un sistema de transporte?

—Porque algunas personas quieren uno y lo utilizan. Porque en realidad no cuesta nada mantenerlo…, las máquinas se ocupan de todo, sin intervención humana. Lo mismo con esta cabaña. Cuando llegamos, teníamos la cena preparada y la cama hecha, y ni siquiera tuvimos que pedirlo. Resulta extraño, pero si se murieran todas las personas del mundo, el ama de llaves automatizada de esta cabaña seguramente no se daría ni cuenta. Seguiría trabajando como de costumbre. Dudo que haya otra persona…, en la superficie, me refiero…, en un radio de ciento cincuenta kilómetros.

Drake se acercó a la ventana y se asomó a la cálida noche africana. La luz de la luna alumbraba unos cincuenta metros de hierba tan alta como una persona, meciéndose con el paso de algún animal grande e invisible.

Ni rastro de seres humanos en un radio de ciento cincuenta kilómetros. Pero la pregunta más importante estaba aún por responder. ¿Qué hacía él aquí?

No se le ocurría ninguna respuesta que tuviera sentido. De algún modo, las sugerencias de Melissa Bierly estaban investidas de la autoridad de órdenes tajantes. Era incapaz de decir que no. Si le pidiera que saliera y se enfrentara a los leones hambrientos, estaba seguro de que lo haría.

Y había aún otra pregunta. ¿Qué estaba haciendo ella aquí? Su deseo de ver mundo sólo tendría sentido si estuviera buscando algo… o huyendo de algo.

No lograba imaginar el qué; pero más tarde, tumbados juntos en el tranquilo dormitorio de la cabaña, oyó sus suspiros. Melissa gemía débilmente en sueños. Y cada pocos minutos, hasta que por fin también él se quedó dormido, escuchó el ruido que hacía la mujer al rechinar los dientes.

La mañana restituyó a Melissa su jovialidad y su ímpetu. Anunció que había cambiado de opinión. Quería subir a la cima de la montaña que se erguía al noreste antes de utilizar el sistema de transporte y volar a Sudamérica.

—¿Birhan? —Drake había accionado un mapa a gran escala y solicitado una ruta óptima. Accionó ahora un mapa topográfico—. ¿Estás segura? Es una mole. Según esto se eleva cuatro mil metros. No podremos respirar.

—Respiraré yo por los dos. —Melissa estaba rebosante de energía—. Te ayudaré, y tampoco subiremos hasta el final. Lo justo para disfrutar de la vista. Venga, en marcha.

El ama de llaves automatizada había previsto su necesidad de embalar comida, del mismo modo que les había proporcionado el desayuno y dispuesto un coche para ellos. Sabía qué mapas había consultado Drake y había decidido que Birhan no se encontraba a un día de marcha para una persona.

El coche deslizador avanzaba veloz, a un metro aproximado de la superficie, sin hacer apenas ruido. Maniobraba en todo tipo de terrenos con facilidad, por agua igual que por tierra. Cuando surcaban el lecho rocoso y casi seco de un amplio río, Drake levantó la mirada del monitor que trazaba su ruta.

—Este es el Nilo Azul. Me pregunto qué le ha ocurrido.

—Lo desviaron hace cuatrocientos años. —Como de costumbre, Melissa lo sabía todo—. Una vez se quedó completamente seco. Ahora parece que los antiguos diques están cediendo. Ya nadie los necesita.

El terreno ascendía constantemente, y el deslizador seguía la pendiente sin esfuerzo. Por lo que se refería a Drake se hubiera contentado con viajar sentado hasta la cumbre nevada. Melissa tenía otras ideas.

—Aquí está bien. —Detuvo el coche—. Estamos a dos mil quinientos metros. Seguiremos a pie y comeremos algo cuando lleguemos arriba. El deslizador se quedará aquí.

Estaba señalando, no a la montaña sino al monitor. Este mostraba una pequeña zona llana donde la ladera se nivelaba a unos seiscientos metros por encima de ellos. Era fácilmente accesible por un lateral, pero las líneas geodésicas indicaban que el otro borde terminaba en una abrupta caída de trescientos metros.

Melissa se apeó ágilmente del vehículo de un salto. Drake la imitó, menos ágilmente. Flexionó los hombros. Empezaba a notar el esfuerzo añadido que debían realizar sus pulmones.

Iniciaron el ascenso. Melissa parecía detectar la ruta más accesible por instinto, y en vez de competir con ella, Drake se mantenía dos pasos por detrás y la seguía. Se temía que fuera peor que el día anterior, pero Melissa mantenía un paso lento y constante adecuado a su resistencia. Los dos se habían puesto ropa de abrigo. Melissa llevaba gruesos pantalones azules y una chaqueta acolchada que hacía juego con el color de sus ojos. Drake se preguntó cómo había fabricado o encontrado ese color el ama de llaves automatizada de la cabaña… cómo había sabido siquiera que debía encontrar ese color.

Hoy, a esta altitud, las ropas de abrigo eran necesarias. Drake sentía un cosquilleo en las orejas. La brisa que le acariciaba la espalda era fría, pero parecía ayudar a empujarlo hacia delante.

Al menos por un momento. Siguió sintiéndose aliviado cuando coronaron la última elevación y llegaron a la pequeña llanura. Melissa no se detuvo, sino que continuó caminando hasta cruzarla.

—Allí —dijo—. Por esto hemos venido. Eso es África.

Estaba señalando hacia el oeste. Drake llegó a su lado y retrocedió al instante, sobrecogido. La vista era increíble. Alcanzaba a ver lo que parecían cientos de kilómetros de colinas y llanuras. Pero se encontraban al filo de un acantilado abrupto. Era tan escarpado que no podía ser natural. Alguien, en algún momento, por algún motivo inexplicable, había cortado el costado entero de la montaña hasta convertirlo en una pared de roca que caía verticalmente sin cornisas ni oquedades hasta el fondo erizado de piedras de una sima de trescientos metros de profundidad.

—Ten cuidado, Melissa. —Retrocedió un poco más y se sentó. Soplaba un viento racheado en la llanura y la proximidad del abismo era aterradora.

La mujer se giró y le sonrió.

—No hace falta que te preocupes por mí. Mira.

Ante la horrorizada mirada de Drake, Melissa cerró los ojos y caminó a lo largo del filo, tan cerca que con cada paso a ciegas pisaba con medio pie fuera de la roca. Cuando empezaba a convencerse de que se iba a caer, la mujer se dio la vuelta y se acercó a él lentamente.

—Todo en orden. ¿Comemos?

—Comemos, cenamos, lo que quieras…, pero mantente lejos del borde.

—Te preocupas demasiado, Drake. —Melissa se sentó junto a él con gesto indiferente—. ¿No comprendes que podría pasarme el día entero haciendo cosas así, sin resultar herida?

La creía pero, para su alivio, ella siguió su consejo y se quitó la mochila. Drake contempló la cara de la llanura, con su suave ladera descendente. Con un poco de suerte Melissa daría por concluidas las escaladas por un día.

Empezaron a comer. Pese a ser pleno invierno, en esta latitud la luz del sol era intensa. Resaltaba hasta el último detalle del rostro de Melissa: la sonrisa satisfecha, el lustre de su piel perfecta y los deslumbrantes ojos azules. Drake decidió que jamás en su vida había visto una mujer que tuviera un aspecto tan saludable.

Estaba mirándola fijamente cuando se produjo el cambio. Melissa acababa de morder un trozo de apio. Mientras tragaba, las comisuras de su boca se desplomaron. Su cara se ensombreció, obedeciendo a un brusco torrente de sangre. Aquellos ojos espléndidos se extraviaron en la nada y miraron coléricamente en rededor.

—Ha de ser —dijo—. Ha de ser.

Se levantó. Mientras Drake se quedaba paralizado ella caminó cinco pasos de espaldas. Drake seguía intentando ponerse de pie cuando ella tomó carrerilla y se lanzó al aire desde el borde del acantilado.

—¡Melissa! —Se olvidó de sus temores y se acercó al filo.

Melissa caía, con los brazos en cruz. No cambió de postura, tampoco gritó. Drake, horrorizado, vio como su figura ceñida de azul disminuía de tamaño. Ya había descendido decenas de metros. Su postura era un salto del cisne en perfecto equilibrio, como una saltadora de trampolín en la primera fase de su caída. Pero en lugar de agua, bajo ella no había nada salvo roca sólida y peñascos de agudas aristas.

Cuando nada en el mundo podía salvarla, la cara entera del acantilado entró en erupción de repente de arriba abajo. Proyectó una nube de átomos de polvo como una alfombra al sacudirse. En lugar de caer o propagarse, las partículas convergieron para formar un denso penacho gris que se unió más aún al volar en pos del cuerpo de Melissa. Cuando llegó a la posición adecuada, se extendió para formar un manto gris debajo de ella.

Melissa debía de haberlo visto venir. Empezó a gritar y a agitar los brazos, intentando evitar el contacto de la capa gris alterando la trayectoria de su caída. No sirvió de nada. El manto la alcanzó y se plegó a su alrededor. Drake vio sus brazos, que sobresalían de la cobertura envolvente y la manoteaban desesperadamente.

La caída en picado se había interrumpido. Ante la mirada de Drake, el cilindro gris de la envoltura se movió rápidamente a la derecha, lejos del grueso de la montaña. En menos de un minuto se perdió de vista.

Drake se quedó mirando hacia abajo. Melissa había desaparecido, pero el paisaje rocoso al pie del acantilado parecía arrastrarse y convulsionarse a sus pies como un mar de aceite. Sentía las piernas demasiado débiles como para tenerse en pie. Profirió un alarido y se desplomó en la tosca superficie de piedra y grava. La rastrilló con los dedos, intentando apartarse del precipicio.

Seguía sentado todavía, con la mirada perdida en la feroz luz del sol de invierno, cuando un artefacto sin alas aterrizó flotando junto a él.

—Está bien, Drake. —Par Leon era uno de los ocupantes de la aeronave. El tono de su voz era de disculpa. A su lado había una mujer de semblante pétreo—. No pasa nada. Vamos a llevarte a casa.

8 La supermujer incompleta

La mujer se llamaba Rozi Tegger. Par Leon dejó bien claro, más por su lenguaje corporal que por ninguno de sus comentarios, que no se trataba de una íntima amiga. Tegger y él se ocupaban de Drake con sumo cuidado, respondiendo a sus desconcertadas preguntas mientras la aeronave los transportaba de vuelta a casa.

Para Drake, solo había dos preguntas verdaderamente relevantes: ¿Está viva? ¿Está bien?

—Melissa Bierly está viva, sin duda —repuso Tegger. Leon le había cedido la primera fase de las explicaciones—. Sin embargo, dista de estar bien.

—¿Está herida?

—En absoluto. Ninguno de los dos corríais verdadero peligro, aunque no queríamos que lo supierais. Os controlábamos desde que salisteis de la cabaña.

—¿El aerodeslizador?

—Eso, y más que eso. Más pequeño. El servicio de seguridad automatizada genera sus propias unidades de observación y protección, y hoy había varios miles de millones de ellas en activo a vuestro alrededor. El conjunto que ha salvado a Melissa, después de que ella se tirara por el acantilado, es bastante corriente. La masa de cada unidad es tan solo una fracción de un gramo. Cada una de ellas cuenta con sensores, capacidad de vuelo y comunicación en tiempo real que permite a todas las unidades actuar al unísono. Melissa intentó alejarse de ellas y lanzarse de cabeza sobre las rocas; pero en realidad no tenía ninguna oportunidad.

—Lo he visto, pero no lo entiendo. Melissa tenía todos los motivos del mundo para vivir. ¿Por qué querría suicidarse?

Par Leon y Rozi Tegger se miraron fijamente. La tensión que imperaba en el vehículo era imposible de pasar por alto.

—Tienes que contárselo, ¿sabes? —dijo Leon—. De lo contrario, lo haré yo. Si no estabas preparada para esto, no tendrías que haberlo empezado.

—Nunca pensé que las cosas darían este giro.

—Tampoco yo; pero lo han dado.

—Lo sé, lo sé. —Rozi Tegger suspiró—. Está bien, lo haré. —Se volvió hacia Drake—. ¿Qué has averiguado del historial de Melissa Bierly?

—Sé que nació un año antes de que yo entrara en las criomatrices. Sé que vivió veinticuatro años más antes de morir y entrar en las criomatrices a su vez.

—¿Eso es todo?

—Es todo lo que recuerdo.

—Muy bien. —Rozi Tegger, al igual que Par Leon, era de edad indeterminada. Tenía una poblada melena de color castaño oscuro, por la que ahora se pasó los dedos—. Permíteme empezar por el principio, quince años antes del nacimiento de Melissa Bierly.

»La estructura del ADN se conocía desde hacía cincuenta años, y el primer mapa del genoma humano acababa de completarse. Los biólogos moleculares estaban en la cresta de la ola. A algunas personas empezaba a preocuparles los problemas éticos que implicaba el jugar con la estructura genética humana, pero todavía no se había instaurado ninguna de las normas que imperan ahora. De hecho, a nuestros ojos vuestra época en particular resulta sumamente desconcertante. Los que aprobaban la manipulación genética para curar enfermedades a menudo eran los mismos que se oponían a la selección genética obligatoria para impedir que se produjeran esas enfermedades. “Eugenesia” era un término socialmente inaceptable.

»Cuando la tecnología avanza y no hay leyes adecuadas que delimiten sus aplicaciones, surgen los problemas.

»Un grupo de científicos con ambiciosos objetivos sociales y políticos decidió aprovechar la tecnología emergente para beneficiar a la especie humana. Sus intenciones eran buenas, no lo negamos. También se les permitió actuar con una libertad inimaginable hoy día. Idearon maneras de modificar el genoma humano para crear personas más fuertes, más inteligentes, más longevas y más resistentes a las enfermedades. Eso hicieron.

—Superhombres —murmuró Drake. Pero lo hizo en inglés, y Rozi Tegger lo miró con el ceño fruncido por la confusión—. Hombres superiores —añadió Drake, esta vez en universal—. Superhombres.

Tegger asintió.

—Y mujeres superiores. ¿Tengo que seguir? No cambiamos el cuerpo de Melissa Bierly cuando resucitó, como cambiamos el tuyo. No hacía falta. Ya la has visto, aunque te has expuesto a una pequeña fracción de su potencial. Podría correr hasta la cima de Birhan, o aun de montañas mucho más grandes que esa, sin necesidad de ayuda artificial para respirar y sin fatigarse. Podría pasar una noche de invierno desnuda en lo alto de una cumbre cubierta de hielo y nieve, y bajar ilesa a la mañana siguiente. Podría quedarse colgada de un dedo del acantilado donde os encontramos, horas y horas.

»Pero esas eran simples mejoras físicas y nos parecieron irrelevantes. Mucho más interesantes son las características mentales de Melissa Bierly y otros como ella. Posee un intelecto asombroso. En dos meses ha llegado a aprender más sobre esta época, y lo que hay en ella, que muchos de nosotros. Consiguió acceder a los bancos de información general como si supiera manejarlos por naturaleza. Aprendió a hablar una decena de idiomas, desde la economía a la astronáutica, y estableció sus interconexiones sin esfuerzo.

»Pero estas proezas no superan a las que son capaces de realizar muchas máquinas; aunque las admiremos, no es ese el motivo por el que resucitamos a Melissa. Mi especialidad es… —Tegger se interrumpió, antes de pronunciar tres sílabas en universal que no significaban nada para Drake—. Lo siento, sé que esta asignatura no existía en tu época. Puede considerarlo el estudio de todas las formas de influencia. ¿Cómo persuade un individuo a otro? Desde luego que no solo con palabras. El sonido influye, sí, pero también lo hacen la postura del cuerpo, el contacto, la transferencia de feromonas y muchos otros agentes. Esto ha sido así siempre. No sería de extrañar que antecediera incluso a la lengua hablada. Lo que más me atrajo de Melissa fueron los informes que atribuían a los suyos una fuerza persuasiva increíble. No lograba explicármelo, y quería verlo con mis propios ojos. ¿Podría ser real?

—Es real. —Drake vio en su mente los relucientes ojos de color zafiro—. Es más que eso. No es que me persuadiera. Consiguió que deseara hacer lo que ella quisiera. Si me hubiera pedido que saltara por el precipicio con ella, creo que lo habría hecho. Pero no me has explicado lo sucedido. ¿Por qué saltó?

—No saltó. Se zambulló. La diferencia es importante. —Rozi Tegger miró a Par Leon, que asintió gravemente.

—Adelante. Sé que esto te resulta particularmente doloroso, pero Merlin se ha ganado nuestras explicaciones.

—Está bien. —Tegger se volvió hacia Drake a regañadientes—. Has pasado días con Melissa. ¿Te fijaste en sus cambios de humor?

—Como para no fijarme. Casi todo el tiempo se mostraba alegre y llena de vitalidad. Pero de vez en cuando parecía enfadada, o preocupada, o desesperada. Podía cambiar de un segundo a otro.

—¿Pero nunca le preguntaste cómo murió, antes de ingresar en las criomatrices?

—No hablamos de eso.

—¿Ni sobre sus hermanos y parientes?

—Nunca surgió el tema.

—No me extraña. Había dieciséis niños en ese grupo experimental de «superiores», contando a Melissa. Por lo que sé, cada uno de ellos gozó del mismo grado de mejoría física y mental. Sin embargo, esto es imposible de demostrar. Ella es la única que ingresó en Segunda Oportunidad. Y con motivo. Todos ellos, salvo Melissa, fallecieron de tal modo que su cerebro quedó destruido. Todos ellos se suicidaron. Melissa también, pero lo hizo degollándose. Pensó que nadie encontraría su cuerpo en horas, tiempo suficiente para que su cerebro sufriera daños irreparables. Pero se equivocaba. La descubrieron por casualidad, enseguida, y los científicos que la habían creado la prepararon para la criomatriz. Sabían que habían engendrado una forma superior incompleta que, por motivos que se desconocen, tendía a la autodestrucción. Dejaron que fuera la posteridad la que decidiera en qué se habían equivocado.

Rozi Tegger suspiró. La aeronave se había adentrado en un profundo túnel y estaba descendiendo. Su viaje tocaba a su fin.

—Y yo —continuó— en mi desmesurado orgullo pensé que podría tener éxito allí donde mis predecesores habían fracasado. Me propuse resucitar a la única «supermujer» existente, parafraseándote. Me propuse efectuar algunos cambios muy sutiles no en su cuerpo sino en su mente. Entonces comenzaría mi experimento. Permitiría a Melissa que campara a sus anchas; y al observarla descubriría la naturaleza de su sobrenatural capacidad para persuadir a los demás.

»Pero en realidad sólo descubrí una cosa: que los cambios que había efectuado en Melissa eran inútiles; que su deseo de morir era más poderoso que nunca.

—No conocía la existencia del mecanismo de seguridad —añadió Par Leon— igual que tú, Merlin. Y tampoco quería morir simplemente.

—Buscaba la autodestrucción absoluta —dijo Rozi Tegger—. Ya has visto cómo se zambulló. Quería conseguir lo que había intentado hace cinco siglos. Quería que su cerebro quedara reducido a pulpa, para que no hubiera manera de repararlo y resucitarla.

Drake volvió a ver en su mente la diminuta figura vestida de azul, cayendo interminablemente por la escarpada pared del acantilado. Melissa sabía cómo controlar su cuerpo a la perfección. Habría mantenido la postura del salto del ángel hasta el final. Si la nube gris de diminutas máquinas rescatadoras no se hubiera entrometido, se habría abierto la cabeza contra las rocas.

Se sintió repugnado: al pensar en lo que podría haberle ocurrido a Melissa, y al comprender el poder natural que esta había ejercido sobre él. Había conseguido que se olvidara de todas las promesas que se había hecho para cumplir su voluntad.

—Pero Melissa todavía está viva. ¿Qué será ahora de ella? —Se temía la respuesta. Si la dejaban suelta, y acudía a él de nuevo…

—Esa decisión no está en mis manos —dijo Tegger, apesadumbrada. El vehículo se había detenido y bajó de él con los gestos envarados de una mujer muy anciana—. Se decretó con antelación, antes de que se aprobara mi experimento. Si fracasaba, Melissa Bierly tendría que ingresar en Segunda Oportunidad una vez más. Eso es justo lo que está pasando mientras hablamos. Permanecerá en las criomatrices hasta que alguien…, alguien mucho más listo que yo… pueda liberarla de ese deseo irreflexivo e irresistible de autoinmolarse.

—¿Estarás bien? —preguntó ansioso Par Leon; no se dirigía a Drake, sino a Rozi Tegger—. ¿No quieres quedarte un rato con nosotros antes de volver a casa?

—Puedo irme tranquila. —Rozi Tegger dedicó una sonrisa forzada a Leon—. Te agradezco la preocupación, pero a pesar de sentirme tan deprimida no tengo intención de quitarme de en medio. Como ha quedado patente, estoy lejos de ser una supermujer.

Par Leon intentaba fingir que aquel capítulo había terminado. Drake tuvo que hacerle una visita y acorralarlo, en persona, al día siguiente antes de empezar a trabajar.

—Hay una cosa que no me ha explicado nadie —dijo—. No te lo pregunté estando Rozi Tegger delante, pero creo que ahora me debes una explicación.

A Par Leon no se le daba bien disimular. Estiró el cuello hacia un lado y se negó a mirar a Drake.

—¿Sí?

—Sí. Entiendo perfectamente que Rozi Tegger resucitara a Melissa, porque era algo relacionado con su especialidad. Pero no conocías a Melissa, ni te viste expuesto nunca a su poder de persuasión. No tenía nada que añadir al trabajo que estamos haciendo tú y yo, y podría empañarlo frenando nuestros avances. Así que, ¿por qué permitiste que saliera a la superficie con ella? ¿Por qué no me dijiste que no?

Leon no respondió de inmediato, y cuando lo hizo su respuesta dejó perplejo a Drake.

—¿Tuvisteis, eh… esto, hicisteis… o sea… —Se interrumpió—. Perdona que te lo pregunte pero, ¿establecisteis una relación sexual Melissa Bierly y tú?

Le tocó a Drake vacilar.

—Sí —dijo por fin—. Sí que la establecimos. Cuando nos quedamos en la cabaña.

Era mentira, y seguramente una mentira arriesgada. Drake sabía que Melissa y él habían sido controlados desde el momento que salieron de la cabaña. ¿No era probable que el mismo mecanismo de seguridad automático hubiera observado todo lo ocurrido en el interior? Y, aunque era de suponer que el sexo no habría activado el proceso de rescate, las grabaciones de esa noche en la cabaña podrían estar archivadas en algún lugar de los bancos de datos.

Pero Par Leon estaba asintiendo y sonreía.

—Me lo imaginaba. Por eso consentí que te fueras, aunque sabía que eso supondría un sacrificio en tiempo de trabajo.

»Estaba preocupado por ti —continuó, antes de que Drake pudiera expresar su perplejidad—. Me gusta trabajar duro, pero tú parecías trabajar sin descanso. No…, perdona mi indiscreción, pero me parecía importante, así que lo consulté…, no habías establecido ningún tipo de relación con ningún hombre ni mujer, aunque las modificaciones corporales efectuadas en el momento de tu resurrección permiten, y de hecho potencian, la actividad sexual. Llevabas cuatro años de celibato. Y estaba el asunto de la mujer de las criomatrices, tu antigua esposa. Habías aludido a ella en varias ocasiones.

¿Lo había hecho? Drake no se acordaba, pero Leon no tenía motivos para mentir.

—Estaba extrañado —continuó Leon—. Tu obsesión por esa mujer, Anastasia, debería haberse curado durante el proceso de resurrección. Pero ¿sería posible que se hubiera efectuado de forma incorrecta? Me preguntaba todo esto desde mucho antes de que se descubriera ayer otro caso en el que los cambios practicados durante la resurrección habían sido infructuosos. Así que me entusiasmé cuando me llamaste para solicitar permiso para viajar con Melissa Bierly. En ese momento no sabía gran cosa sobre ella, tan solo lo más importante: no era Anastasia. Acepté encantado. Y ya ves que, aunque Rozi Tegger se sienta decepcionada por el resultado, yo no. Has demostrado haberte sobrepuesto a tu antigua obsesión. No corres peligro de obsesionarte nuevamente con Melissa Bierly. Mis temores se han disipado y podemos continuar nuestro trabajo con renovado optimismo.

Sonrió satisfecho a Drake, que asintió despacio.

—Solo tengo una pregunta más. ¿Por qué me escogió a mí Melissa, entre todos los Resucitados?

—Lo único que puedo decirte es cuál es la hipótesis de Rozi Tegger. Solo tú posees esa independencia de mente y alma. Los demás Resucitados forman una piña y van juntos a todas partes. Tú tienes tus propios planes y te atienes a ellos obstinadamente. A Melissa Bierly le gustó eso. Y además, posiblemente veía en ti un reto para sus poderes.

No lo había sido, en absoluto. Drake lo sabía. Lo endeble de su resolución hizo que se sintiera consternado. A partir de ahora, dedicaría toda su atención a su objetivo.

Y una cosa más, por encima de todo lo demás: no debía, bajo ningún concepto, volver a mencionar el nombre de Ana delante de Par Leon.

El gran proyecto de Par Leon seguía adelante, más deprisa de lo esperado. Drake y él formaban el equipo perfecto. A mediados del sexto año se aproximaban ya a la culminación. También se habían hecho íntimos amigos, al menos tan íntimos como osaba permitírselo Drake; lo bastante íntimos, no obstante, como para presentir que Par Leon, a todos los efectos el hombre más íntegro que lograría conocer jamás Drake, estaba empezando a preocuparse por otra cosa.

Le dijo poco a Drake, aparte de sugerir posibles colaboraciones en el futuro. Drake supo interpretar su verdadera preocupación. ¿Qué les depararía el futuro cuando terminara el proyecto? Al parecer la idea no había pasado por la cabeza de Par Leon hacía seis años, pero resucitar no era muy distinto de nacer. Y ahora, como un padre, Par Leon se sentía responsable del futuro de su «retoño».

Drake tuvo enseguida ocasión de aplacar sus temores, y de manera insospechada. Mientras seguían dando los últimos retoques a su colosal estudio sobre la música «antigua» del siglo XX y comienzos del XXI, empezó a componer de nuevo. Había aprendido durante la realización del proyecto que los conocimientos musicales de la época anterior a su nacimiento presentaba algunas lagunas de consideración, y él siempre había tenido facilidad para los distintos idiomas musicales. Podía robar algunos trucos a los gigantes del pasado, revestirlos de un estilo moderno y hacerlos pasar por innovadores.

En menos de un año se había forjado una creciente reputación, que él sabía inmerecida, un grupo de imitadores, en su mayoría faltos de talento, y —lo más importante— un boyante crédito financiero.

Por fin podía dedicarse a explorar discretamente una cuestión que había postergado por mucho tiempo. Escogió su momento con cuidado, cuando Par Leon estaba eufórico a propósito de una sección en concreto de influencias temáticas que Drake acababa de completar.

—Un par de días más y habré terminado. —Drake hacía todo lo posible por sonar relajado—. ¿Cómo vas tú?

Conocía la respuesta. Habían convenido que Leon se encargara del último repaso general, a fin de garantizar la homogeneidad del estilo.

—Cuatro semanas, por lo menos, a partir del momento en que tenga todas las partes. —Leon parecía compungido—. No podré realizar el montaje final en menos tiempo.

—No deberías apresurarte. El último repaso es el más crítico. —Drake se desperezó y bostezó—. Me podría quedar para echarte una mano, sabes. Por otra parte, si no me necesitas mientras estés revisando el material, había pensado que podría tomarme unas vacaciones.

—Hazlo. Te has ganado un descanso… te lo has ganado de sobra. —Leon sonaba aliviado. Lo que menos falta le hacía a un proyecto que ambicionara tener algún éxito eran dos personas intentando manejar la pluma al final.

—Estaba pensando en echar un vistazo al resto del sistema solar. Ya sabes, en mi época habíamos visto imágenes de todos los planetas, pero solo un puñado de personas habían logrado llegar a la Luna.

—¡Lo que ya es mucho más lejos de lo que yo haya llegado jamás…, o haya querido llegar! —Las pobladas cejas de Leon se enarcaron—. ¿Por qué quieres ir tan lejos? No eres astrónomo, ni terraformador, ni astronauta. En el espacio no hay absolutamente nada para los músicos.

—Creo que podría ayudarme a componer. Las nuevas experiencias visuales siempre estimulan mi imaginación musical.

—¿Quieres decir que podríamos escuchar obras nuevas escritas por ti? ¿Entonces a qué esperas? Ve y pásalo bien. Visita Venus, date una vuelta por Titán, pasea por Marte. Produce algo que se equipare a esto. —Par Leon empezó a dar golpecitos en su mesa al ritmo de «Marte, el portador de la guerra», sección de Los planetas de Gustav Holst. Con el proyecto tan próximo a su fin, se sentía de un humor excelente.

—Me encantaría ir. —Drake debía medir con cuidado lo que dijera a continuación—. El caso es que no sé si podré permitírmelo.

La sonrisa de Leon fue sustituida por un ceño fruncido de perplejidad.

—¿Permitírtelo?

—El precio de los billetes. Marte está muy lejos.

Par Leon arrugó todavía más el entrecejo, como si no comprendiera la pertinencia de esa observación.

—¿El precio? ¿Con quién piensas ir?

—Con nadie. Sólo yo.

—Entonces no hay que tener el precio en cuenta. La nave volará sola.

—Pero, ¿quién paga esa nave?

—Eso no tiene importancia. Hay naves disponibles, todas las que quieras. Pero se manufacturan de forma automática. Las máquinas las producen y las pilotan. El empleo de las máquinas es gratuito. Fabricar y tripular una nave no requiere coste humano alguno. El precio importa únicamente si exiges que se dedique tiempo humano a algo. Como ahora. —Par Leon se rió, restaurado su buen humor—. Podría cobrarte este consejo, ¿sabes? Pero no lo haré. Adelante, Drake, tómate esas vacaciones. Te las has ganado, desde luego.

—Lo haré. Dentro de unos días.

—¡Pero aunque tú estés tan loco como para querer ir al espacio, no me pidas que te acompañe!

También Drake se rió. No volvió a sacar el tema delante de Par Leon, pero en el transcurso de la semana siguiente asistió discretamente a cursillos acelerados de astronáutica, astronomía y sistemas espaciales, temas que nunca antes le habían interesado en absoluto. Sus hallazgos lo asombraron. Par Leon había subestimado la situación. Abundaban las naves disponibles, con motores que podían impulsarlas a velocidades cercanas a la de la luz. Eso hizo que Drake reevaluara todos sus planes. Antes pensaba que tendría que volver al estado de congelación. Ahora tenía otras opciones.

Ni siquiera intentó comprender la técnica de depreciación de la inercia que permitía evitar lo que debería haber sido una letal aceleración de 4000g cuando la nave entraba y salía de la zona cercana a la velocidad de la luz. Esa comprensión requería un dominio práctico del lenguaje científico que escapaba a sus posibilidades. En lugar de ello pensó en cómo había cambiado el mundo. Si esta técnica hubiera estado disponible a finales del siglo XX, la habrían aprovechado millones de personas. Ahora, a poca gente parecía importarle. Aunque las estrellas estaban al alcance de la mano, la humanidad no extendía sus brazos hacia ellas. La civilización parecía estable, estática, satisfecha dentro de los cómodos límites del sistema solar. ¿Era eso el progreso, o un retroceso?

Drake estuvo preparado en nueve días. Había hecho todo cuanto podía. La noche previa a su partida invitó a Par Leon a una cena de cortesía. Por ese entonces ya estaba asumido que podían comer y beber sin incomodidad en presencia del otro. Leon había sugerido en un par de ocasiones que no le importaría intimar más aún, pero no se dio por ofendido ante la negativa de Drake.

Fueron al restaurante preferido de Leon, pidieron sus platos favoritos y bebieron sus vinos predilectos. Como incentivo añadido, por casualidad, una de las nuevas composiciones de Drake estaba sonando de fondo.

—Ahí lo tienes. —Par Leon movió la cabeza hacia un altavoz invisible—. Esta es una fama auténtica y merecida. Música de calidad para comer.

—Pero no para escuchar. —Drake aceptó el cumplido con un encogimiento de hombros—. La música de mesa es como el vino de mesa, generalmente nada especial. Telemann la componía tan deprisa como sabía escribir.

—Cierto. Pero no te subestimes, amigo. Muchos divertimenti de Mozart son artísticos y memorables.

La conversación giraba en torno a temas gratificantes y familiares. Drake sentía la calidez que conlleva la compañía agradable y compatible. Iba a echarlo de menos.

La tentación de contar toda la verdad se hizo irresistible. Si le confiaba a Par Leon su compromiso y la profundidad de sus sentimientos, su compañero se convertiría en un cómplice voluntario, ¿no?

—Leon.

—¿Sí?

—Ah, nada. Estaba pensando en mi viaje.

Descartó la idea antes de que pudiera seguir desarrollándose. Sus nuevos planes estaban cobrando forma y no implicaban nada tan sencillo como la congelación controlada y el regreso a las criomatrices. Podían tener consecuencias peligrosas y destructivas. No quería cargar a Par Leon con el peso de la complicidad.

Tampoco quería —no podía, no se atrevía— hacer absolutamente nada que pudiera poner en peligro sus posibilidades de éxito.

9 Huida a ninguna parte

Drake había decidido proceder con suma cautela. Al menos durante la primera etapa de su viaje, debía parecer un genuino turista. Su resurrección ayudaba. Podía decirle a cualquier persona que se encontrara que lo habían descongelado recientemente —sin abundar en cuán recientemente—. Diría que seguía intentando acostumbrarse a esta nueva época. Se quedaría boquiabierto ante todo lo que viera, como un auténtico paleto. Sería libre de hacer un millón de preguntas inocentes.

Había estudiado la geometría del sistema solar mucho antes de abandonar la Tierra. Al principio se sintió preocupado. Debido a un error de cálculo, Plutón se encontraba exactamente en su afelio, lo más alejado del Sol que le permitía su órbita. Pero luego observó el funcionamiento de las naves. Podían acelerar con tanto ímpetu, y alcanzar velocidades enormes tan deprisa, que ningún lugar del sistema solar estaba a más de unos cuantos días de viaje. Los horarios eran irrelevantes.

Así que primero a Marte, como le había dicho a Par Leon antes de emprender su viaje. Drake podía imaginarse a su amigo y mentor comprobando la primera etapa de su trayecto, pero dejaría de interesarse cuando estuviera seguro de que Drake había llegado sano y salvo.

En las bases de datos de la Tierra se describía el proceso de terraformación que estaba experimentando Marte; nada, decían las fuentes, comparado con el esfuerzo más serio que estaba llevándose a cabo en Venus. El proyecto de Marte estaba diseñado tan solo para aumentar la cantidad de agua disponible en la superficie, y no interfería con la vida en el interior marciano.

La nave de Drake aterrizó en Marte tras día y medio de vuelo. Descendió; y encontró el infierno.

El planeta sufría un bombardeo incesante. Cada veinte minutos se estrellaba contra la superficie un fragmento cometario de un par de cientos de metros de diámetro. Salía disparado del Cinturón de Kuiper, a nueve mil millones de kilómetros de distancia del Sol, y golpeaba Marte tangencialmente, exactamente al alba del proceso de día y noche. Cada impacto se producía en un radio de veinte grados de distancia con respecto al ecuador. La atmósfera de Marte era demasiado ligera como para transportar el sonido, pero las ondas de choque estremecían la superficie alrededor del punto de llegada.

Drake se puso un traje y salió de la nave. Se encontraba a buena distancia de la zona de impacto. Aun así, sentía como se sacudían y temblaban los materiales compactos del regolito bajo sus botas.

Levantó la mirada. El cielo era de un color gris sucio, veteado y empañado de una neblina blanca. La mayor parte del polvo añadido y el vapor de agua que había en el aire no procedían de los fragmentos de cometas, sino de las erupciones de rocas de superficie y permafrost vaporizado que se elevaban hasta la estratosfera marciana. Ese permafrost era la fuente principal de agua atmosférica. Regresaba al suelo en forma de fina llovizna de partículas de hielo. Por primera vez en mil millones de años, nevaba en Marte.

Ante los ojos de Drake, otra bola de fuego surcó el monótono firmamento hacia el sur. Voló de oeste a este y se desvaneció. Un minuto después, un haz de luz carmesí alumbró el horizonte hacia el sudeste. Costaba creer que un tosco pedazo de agua congelada, tiznada de hielo de amoníaco, silicato y minerales metálicos, de no más de doscientos metros de diámetro, pudiera generar tanta violencia. Aunque unos cuantos millones de toneladas de masa moviéndose a una velocidad de cuarenta kilómetros por segundo suponen una impresionante cantidad de energía cinética. La energía liberada con cada impacto rondaba los mil megatones. Cada nueva llegada poseía la fuerza de una enorme erupción volcánica en la Tierra. La fina atmósfera de Marte no contribuía a disiparla.

Drake contempló el tumulto durante un par de horas. Al final decidió que la superficie descubierta del planeta, azotada por granizos mayores que la Gran Pirámide, seguramente le inspiraría pesadillas antes que creaciones musicales.

Regresó al interior de la nave y pensó en su siguiente paso. Le había dicho a Par Leon que iba a visitar las profundas cuevas de Marte. Formaciones naturales, de kilómetros de longitud, que a lo largo de los siglos se habían entrelazado y reforzado mediante túneles y perforadoras de construcción. Ahora eran el principal centro de civilización humana, después de la Tierra.

La prudencia le dictaba visitar las cuevas, como había previsto en un principio. Después de eso, su itinerario original sugería que pasara por Europa y Ganímedes, los satélites de Júpiter, y la gran luna de Neptuno, Tritón. Pero en su interior había prendido la chispa de una nueva certeza. El viaje a Marte había cambiado su idea del viaje interplanetario. Sabía que, si se decidía, estaba a meros días de distancia de Ana. De Marte a Plutón, incluso sin necesidad de invocar el estado de emergencia y las aceleraciones máximas, tan solo había treinta y seis horas de vuelo.

La tentación era demasiado grande. Encargó que se le enviara un mensaje a Par Leon, en la Tierra, para anunciar que había llegado a Marte sin ningún contratiempo. Luego dio la orden.

La nave despegó de la superficie y salió disparada como una flecha, alejándose del calor del Sol. Dejaría atrás Júpiter y Saturno, pasaría de largo Urano y Neptuno. No se detendría hasta llegar a Plutón, más allá del límite álgido del sistema solar; allí donde el Sol no era más que una brillante ascua en el cielo y los criocadáveres dormían su antiguo sueño sin sueños bajo las mudas estrellas.

A veces, una pizca de conocimiento puede ser demasiado. En seis años de trabajo en la Tierra, Drake se había acostumbrado a los criados robóticos. Estos mostraban distintos niveles de inteligencia, según su función, pero todos ellos tenían una cosa en común: acataban cualquier orden sin hacer preguntas, siempre y cuando no fuera peligrosa y no escapara a sus conocimientos o materiales disponibles.

Suponía que en Plutón ocurriría lo mismo, y así fue al principio. Su nave aterrizó sin incidentes en la superficie helada. Las máquinas vigilaron su aterrizaje. No había humanos, ni esperaba encontrarse con ninguno. El núcleo de población más cercano se hallaba en la estación de investigación de Caronte, a diecisiete mil kilómetros de distancia. Plutón y Caronte parecían más bien un par de lunas pequeñas antes que un planeta con su satélite; Plutón era más pequeño que la luna de la Tierra, en tanto el tamaño de Caronte era la mitad de su mundo. La pareja se encontraba unida en su órbita de resonancia, de modo que se mostraban siempre la misma cara mutuamente. Drake, de pie en la superficie de Plutón, levantó la cabeza y vio a Caronte flotando en el cielo sobre él, como un gigantesco rubí apagado. La estación de investigación no era visible. Desde esa distancia, en Caronte no se apreciaba rastro alguno de actividad humana.

Aunque Caronte estaba tan cerca, las máquinas de Plutón estaban diseñadas para funcionar sin necesidad de consejo o ayuda procedente de allí o de cualquier otra parte. La orden de Drake de ser conducido a las criomatrices fue acatada sin rechistar.

La superficie de Plutón era uno de los lugares más tranquilos de todo el sistema solar. Sin embargo, en ocasiones se producían impactos de meteoritos o residuos cometarios. Las matrices, en aras de la seguridad, se habían colocado a gran profundidad para evitar cualquier contratiempo.

No se le había ocurrido a Drake que él mismo pudiera constituir uno de estos contratiempos, no hasta haber sido conducido al menos a un kilómetro de distancia por una rampa descendente. La máquina que lo acompañaba y él entraron en una gran cámara abierta, donde su traje fue colocado dentro de otro de mayor tamaño. El espacio que había entre ambos trajes se llenó de helio líquido.

—¿Esto es necesario? —Podía imaginarse que el segundo traje interferiría con su movilidad.

—Es necesario. En el interior de las criptas no se puede liberar energía alguna para evitar que aumente la temperatura ambiente. Yo no puedo pasar de aquí. Estoy demasiado caliente. —La máquina levantó un arácnido brazo articulado y señaló una pirámide azul que flotaba a medio metro de distancia—. Esta será su guía a partir de ahora.

Desde que abandonaron la superficie no había dejado de oscurecer. Todas las fuentes de luz desaparecieron ahora, mientras Drake seguía a la pirámide voladora fuera de la cámara hacia el siguiente nivel de la cripta de Plutón.

Según la primera máquina, los criotanques se almacenaban en hileras ordenadas dentro de la criomatriz principal. Drake se esforzó por penetrar las tinieblas con la mirada. No podía ver nada salvo el tenue fulgor azul que flotaba frente a él. Estaba a merced de su guía robótica, que debía de conocer la geometría y el contenido de la profunda cripta gracias a su memoria programada.

Encapsulado dentro de su doble traje, Drake siguió el brillo azul, siempre adelante. Hasta que por fin se detuvo. Drake se acercó, y a su débil luz vio el perfil de un criotanque. Era como un enorme ataúd, de dos metros de largo por uno de ancho y otro de profundidad. Aunque la criomatriz se mantenía a una temperatura controlada, para redoblar la seguridad cada tanque contenía, asimismo, su propio termostato y refrigerador.

—¿Este es? —Se agachó, buscando la identificación.

No sabía si la pirámide azul podía oírlo, entenderlo o responderle, hasta que escuchó el sibilante susurro dentro de su casco.

—Este es.

—No veo ninguna identificación. ¿Estás segura de que este es el criocadáver de Anastasia Werlich?

—Estoy segura.

—En ese caso, levántalo con cuidado y sujétalo bien. Llévanos de vuelta a la superficie y hasta mi nave.

No veía de qué manera podía ejercer fuerza alguna la pirámide azul, pero tras un primer instante de vacilación el criotanque se elevó en la débil gravedad. Dos segundos después, el fulgor azul desandaba el camino a través de la cripta. Avanzó constantemente hacia arriba, hasta la cámara del primer nivel, donde Drake se desprendió del traje exterior. Veinte minutos más y se encontró supervisando la delicada colocación del criotanque de Ana en la bodega de popa de su nave.

Los asistentes mecánicos se habían ido y estaba listo para ordenar a la nave que despegara de la superficie de Plutón, cuando el panel de comunicación se iluminó con una cegadora constelación de luces rojas y amarillas.

El traslado de un criotanque de la criomatriz de Plutón a esta nave no está autorizado —dijo una voz baja—. Devuelva el criotanque a su lugar de inmediato.

Drake se maldijo por estúpido. Las actividades de las máquinas debían de comunicarse automáticamente a algún tipo de banco de datos central. Había sido pura suerte el que, al parecer, la detección de anomalías tardara unos cuantos minutos en llevarse a cabo.

En lugar de responder, cerró las compuertas del exterior y dio la orden de abandonar la superficie de inmediato.

El traslado de un criotanque de la criomatriz de Plutón a esta nave no está autorizado —repitió la voz—. No cuenta usted con autorización. No intente salir de Plutón. No tiene permiso.

Drake hizo caso omiso de la advertencia. Se dejó caer en el asiento del piloto. ¿Por qué no había despegado la nave? Al salir de la Tierra y de Marte, sus órdenes se habían cumplido en el acto.

Intuía la respuesta: el sistema de pilotaje automático de la nave estaba siendo asaltado desde el exterior. Si quería partir, tendría que asumir el control manual. Sabía cómo pilotar la nave, en teoría, gracias a sus cursos acelerados de astronáutica y sistemas espaciales. En la práctica, nunca había intentado algo parecido.

Aporreó los mandos para apagar el control informático de la nave, maldiciendo a cada mensaje que recibía por respuesta:

La acción solicitada anulará la guía de dirección automática. ¿Desea continuar?

—Sí.

La acción solicitada anulará todas las funciones de planificación de trayectoria. ¿Desea continuar?

—Sí.

La acción solicitada desconectará este vehículo del sistema de navegación de seguridad del sistema solar. ¿Desea continuar?

—¡Sí, sí, sí!

Estaba introduciendo la secuencia de elevación manual a puñetazos, convencido de que en el exterior de la nave se estaban tomando medidas más expeditivas para impedir el despegue.

Al fin —por fin— vio cómo se elevaba la nave. La superficie de hielo y rocas de Plutón se alejaba de él.

Programó una ruta de alejamiento sencilla, en dirección opuesta al Sol. Le daba igual adónde fuera, mientras estuviese lejos de allí.

Tendría que resultar fácil. El pasillo de acercamiento a Plutón estaba desierto cuando llegó. Ahora era un hervidero de naves. Su panel de control mostraba decenas de ellas en el espacio delante de él. ¿De dónde habían salido? ¿Sería igual que el servicio automatizado que había rescatado a Melissa, una red de naves de seguridad invisible que entraba en acción cuando fuera preciso?

No había tiempo para preguntarse el cómo ni el porqué. Las naves del frente estaban agrupándose, dispuestas a interceptar la ruta que había programado él con rumbo al perímetro del sistema solar. De alguna manera estaban al corriente de su plan de fuga. Debía de transmitirse automáticamente, aunque estuviera en modo manual.

—NO INTENTE SEGUIR ADELANTE. —Esta vez la orden fue más alta y perentoria—. REGRESE A PLUTÓN INMEDIATAMENTE.

Drake alcanzó la aceleración máxima de la nave y siguió adelante, directo al corazón del racimo de naves.

—APAGUE LOS MOTORES. HA SUPERADO LA VELOCIDAD DE CUARENTA KILÓMETROS POR SEGUNDO Y SIGUE ACELERANDO. UN CHOQUE A ESA VELOCIDAD PUEDE TENER CONSECUENCIAS MORTALES.

Decir eso era quedarse corto. El impacto con otra nave a cuarenta kilómetros por segundo dejaría un montón de metal fundido y plástico vaporizado flotando en el espacio.

—SE ENCUENTRA USTED EN UNA RUTA DE COLISIÓN.

Una sirena ensordecedora atronó en el oído de Drake. El sistema de detección de la nave estaba dando su propia señal de alarma. La colisión y la destrucción estaban a una fracción de segundo de distancia.

Y entonces, en el último momento, las demás naves viraron. Se abrió el centro de la formación. Drake lo atravesó como una exhalación.

Se preguntó qué lo habría salvado. ¿Acaso los interceptores tenían órdenes de proteger la vida humana? ¿O de impedir su propia destrucción?

Eludió otro grupo de naves que había aparecido a lo lejos. Avanzaban hacia él, pero su nave era demasiado rápida. No tardó en dejarlas atrás. Sin abandonar la aceleración máxima, huyó en busca del borde del sistema solar.

En cuanto el espacio estuvo despejado, programó una ruta directa a Canopus.

Por fin pudo respirar. Si en una generación anterior habrían podido acusarlo de asesinato por lo que Tom Lambert y él habían hecho con Ana, en esta, sin duda, lo considerarían un ladrón o algo peor.

¿Qué más daba? Ana y él estaban juntos, eso era lo único que importaba. Aunque todavía era posible que lo siguieran, no veía ni rastro de persecución. Y les costaría atraparlo. La nave seguía acelerando monstruosamente. Pronto se acercaría a la velocidad de la luz, avanzando tan solo ciento veinticinco metros por segundo más despacio que un frente de onda en movimiento. Ni siquiera ese era el límite. Si hiciera falta, podría llegar a rozar la velocidad de la luz por menos de un metro por segundo.

Pero no sería necesario. Examinó el panel de control. A menos que viera indicios de persecución, la velocidad máxima programada bastaría. La dilatación temporal relativista iba a ser un factor a tener en cuenta. Transcurrirían años en la Tierra por cada día de viaje a bordo de la nave. El viaje de ida y vuelta a Canopus ocuparía unos pocos meses de su tiempo, que para la Tierra se traducirían en casi trescientos años.

¿Y para Ana?

Seguía atrapada fuera del tiempo, en su fermata personal, un hiato temporal sin final donde no existían el intervalo ni la duración.

Sintió el tremendo impulso de contemplar su rostro en el interior del criotanque sellado. En vez de eso, se adelantó para escudriñar la lejana estrella que había elegido por destino. Aun a cien años luz de distancia, merced a algún milagro del sistema de imágenes de la nave, Canopus ya aparecía revelada como un diminuto disco brillante.

Se dirigió al lugar donde estaba alojado el ordenador de la nave. Ahora que habían burlado a sus perseguidores, había restaurado el control automático. Sentía curiosidad por ver qué aspecto tenía el ordenador, el procesador multifuncional que lo mismo planeaba trayectorias que preparaba comidas y mantenía todos los sistemas de soporte vital de a bordo.

Levantó el panel de acceso de plástico que daba al procesador principal y se asomó a una pequeña cavidad oscura. Vio una celosía de cuentas rojas, ninguna de ellas mayor que una cabeza de alfiler. Entre ellas saltaban diminutas chispas de luz violeta. Una voz baja procedente del sistema de comunicación de la nave dijo en tono levemente admonitorio:

—Se desaconseja la exposición a fuentes externas de luz so pena de provocar que el ordenador vea disminuida su velocidad y eficiencia.

Drake regresó a los controles y volvió a prestar atención a las funciones generales de la nave. Podía cubrir sus necesidades vitales indefinidamente, al parecer. Su velocidad y maniobrabilidad nunca dejaban de asombrarlo. Y aun así era, en más de un sentido, menos sorprendente que la civilización que la había creado. Una civilización capaz de producir un milagro de rendimiento y potencial como ese, para luego no utilizarlo; ese era el misterio más incomprensible de todos.

¿Sería la dislocación temporal provocada por la dilatación temporal lo que encontraban psicológicamente inaceptable los humanos? Drake dependía de ella. Pero ¿acaso los demás detestaban partir y encontrar a la vuelta a sus amigos en las criomatrices, o puede que incluso muertos? Aunque, conforme aumentara la esperanza de vida, ese sería un factor a tener cada vez menos en cuenta. Si ese era el principal motivo por el que no se utilizaban asiduamente las naves, el futuro debería conocer más tráfico entre las estrellas.

La nave estaba a punto de alcanzar la velocidad máxima estimada. Drake observó que el indicador de masa externa de la nave registraba más de ciento cuarenta mil toneladas, a partir de una masa en reposo de ciento treinta. Para quien lo viera desde el exterior, el propio Drake parecería pesar ochenta y ocho toneladas, y estar reducido a una longitud de menos de dos milímetros. Los escudos ocultaban la vista frente a la nave, pero sabía que la imagen que estaba viendo en su pantalla había sido sometida a una fuerte compensación de movimiento. La vista desprotegida revelaría la radiación de fondo universal de treinta y tres grados, alterada por el efecto Doppler hasta longitudes de onda visibles. A lo lejos, las fuentes sólidas de rayos-X quedaban reducidas a pálidas estrellas rojas.

La nave no se aproximaba siquiera a sus límites de rendimiento. Si fuera preciso, Ana y él podrían volar para siempre, hasta el fin del universo. Aunque estaba seguro de que no haría falta llegar a ese extremo. Cerró los ojos y escuchó una melodía amplia y serena, la música de las mismas estrellas, agitándose en su cerebro. Se tumbó y dejó que la música inundara su mente.

Por primera vez en cinco siglos, Drake se sentía en paz.

10

«Y aun así el hombre mata aquello que ama»


En el silencio entre las estrellas no había distracciones. Drake empezó a componer de nuevo, convencido de que esta sería su mejor obra hasta la fecha. Destilaría todas sus emociones, las acumuladas durante todos los días transcurridos desde que aquella aciaga mañana en que viera un coche rojo aparcado en el camino de entrada, donde no tendría que haber habido ningún vehículo; todos los días de pesimismo en que nada parecía posible; todos los días hasta la confiada y dichosa mañana del presente.

El vuelo de la nave era controlado totalmente por su diminuto pero sumamente capaz ordenador. En la bodega de popa, Ana yacía sana y salva en su criotanque. Drake tenía todo el tiempo preciso a su disposición. A medida que pasaban los días, dejó que la nueva composición macerara en su interior constantemente. Cuando sentía la necesidad de tomarse un descanso, se dirigía al cuarto de Ana, se sentaba junto al criotanque y le confiaba sus sueños e ideas.

Le aseguró que unos cuantos meses de tiempo de a bordo serían suficientes. En la Tierra transcurrirían veloces casi trescientos años, antes de su regreso, y en esos siglos los médicos de la Tierra habrían encontrado sin duda un remedio seguro y eficaz. De lo contrario, se limitaría a partir de nuevo para repetir el ciclo entero.

¿Y si, después de muchos intentos, la Tierra nos deja en la estacada al final?

Se imaginó la pregunta de Ana en su cabeza, y tenía la respuesta. Irían a otro lugar, más allá de las estrellas, en busca de una solución. La nave era capaz de autoabastecerse por completo. Contaba con energía y víveres suficientes para numerosas vidas subjetivas de viaje.

Pero Drake esperaba que con un solo viaje fuera suficiente. Le dijo a Ana que era una de sus más modestas ambiciones, a su vuelta, localizar el criocadáver de su amigo Par Leon y devolverle el favor. Le caería bien Par Leon.

Se sentía extraño, sublimemente feliz mientras la nave se acercaba a Canopus. Su plan original consistía en una aproximación gravitacional, una maniobra que llevaría a la nave a través de una ajustada trayectoria hiperbólica cerca de Canopus para luego salir disparada de nuevo por donde habían venido.

Aunque quizá estuviera disfrutando demasiado como para rendirse a las prisas, o puede que sintiera una simple curiosidad por ver qué mundos giraban alrededor de otro sol. En cualquier caso, decidió decelerar durante las dos últimas semanas y colocar la nave en una órbita fija a aproximadamente cuatrocientos millones de kilómetros de Canopus.

Encendió los sistemas de representación óptica de la nave para escudriñar el sistema estelar. Había planetas, como esperaba, cuatro gigantes gaseosos cada uno del tamaño de Júpiter. Localizó más cerca alrededor de una decena de mundos más pequeños. Pero había pasado por alto u olvidado la energía infernal del mismo Canopus. Era un espectáculo sobrecogedor, más de mil veces más luminoso que el Sol, y escupía llamaradas verdes de gas de millones de kilómetros de longitud. Los planetas interiores eran meros cilindros ennegrecidos, sin atmósfera y áridos, chamuscados por el calor abrasador de la estrella. Los gigantes gaseosos exteriores eran todo atmósfera, a excepción hecha de un pequeño núcleo sólido comprimido donde la presión era de millones de atmósferas terrestres. No había forma de vida que él pudiera reconocer capaz de existir allí.

Pero se quedó y observó. En dos días de fascinada contemplación, su mirada volvía una y otra vez al fuego de fusión de Canopus. Se hizo preguntas. ¿Habría llegado hasta allí algún otro ser humano, cuando las naves como la que él pilotaba eran una novedad? ¿Habría llegado hasta allí alguna inteligencia, humana o no? ¿O acaso eran los suyos los primeros ojos racionales que se demoraban en las negras y retorcidas estriaciones —no manchas solares, sino cicatrices solares— que surcaban la hirviente superficie de la estrella?

Si había habido otros antes que él, y se parecían a él en algo, los compadecía. Canopus desencadenaba en su mente una resonancia de terror que escapaba a la razón y eludía toda explicación.

Al final, Drake ya no pudo soportarlo por más tiempo. Como un alma perdida, fugada de las puertas del averno, dio media vuelta y huyó. Necesitaba el silencio infinito del espacio, y más allá de eso el acogedor refugio del sistema solar. Si alguna vez necesitaba realizar otro viaje con Ana, sería a una estrella más pequeña y menos turbulenta.

Mientras la nave empezaba a acelerar, activó el sistema de representación óptica para echar un último vistazo a Canopus, a sabiendas de que estaba cometiendo un error. Las almas perdidas estaban allí. Incapaces de escapar como él, ardían en luctuoso tormento dentro del horno estelar. A su alrededor danzaban demonios humeantes, a lomos de lenguas de fuego que boqueaban y balbucían triunfales. Drake se estremeció, compuso una mueca de dolor y apartó la mirada.

Conforme la estrella se reducía a un deslumbrante punto de luz, intentó retomar su rutina a bordo de la nave. Pero toda la armonía, tanto mental como musical, se había esfumado. Lo que veía, una y otra vez, era aquella visión del pozo. Giraba incesantemente, en ajustada órbita alrededor de Canopus. Las flamígeras prominencias gaseosas, fulgurantes chorros de verde y blanco y azul bailaban en su cabeza como las brujas de un aquelarre. No podía comer, beber ni dormir. El anhelo de ver a Ana, de buscar solaz en su rostro, crecía en su interior.

Al final, Drake se dirigió a la popa y se sentó al lado del criotanque. Era un remedio infalible contra todas sus preocupaciones.

Pero no hoy. Su mente era un remolino de ideas.

—¿Qué me pasa, Ana? ¿Estaré volviéndome loco?

La acostumbrada respuesta imaginaria no se produjo. Miró fijamente el criotanque. Allí estaba, a escasos metros de distancia. Si pudiera verla, siquiera por un segundo…

El exterior del criotanque se encontraba a temperatura ambiente. Dentro, el criocadáver estaba aislado por otras dos capas protectoras. Ambas eran transparentes. Podría abrir el tanque, echar un vistazo y cerrarlo antes de que se produjera cualquier cambio de temperatura apreciable.

Lentamente, liberó los sellos y levantó la ajustada cubierta exterior.

Yacía serena en el tanque, pálida y en calma como una diosa de las nieves. Drake miró sus ojos nacarados, su piel de cristal lechoso, temeroso de abrir la tapa más que una rendija. Un vapor helado, más frío que el más glacial de los infiernos, surgía de su interior. Ante los ojos de Drake, se formó y congeló rocío sobre la capa superior. El cuerpo de Ana se desdibujó y emborronó, como una imagen vista a través de un cristal esmerilado.

Drake se apresuró a cerrar y sellar la tapa exterior. Ese momento había sido suficiente. Era capaz de volver a controlarse y pensar en otras cosas.

Se dijo, por enésima vez, cuán afortunado era. Jamás soñó con naves que viajaban a la velocidad de la luz y dilataciones temporales mientras trazaba sus planes, hacía tanto tiempo. A lo sumo había previsto una caprichosa sucesión de congelaciones y deshielos, cada vez más adelante en el tiempo, hasta que al final Ana pudiera ser revivida y curada con garantías. Había imaginado y temido la incertidumbre provocada por los múltiples despertares, sin estar seguro de dónde se encontraba, sin saber dónde estaba Ana, ignorante, incluso, de si yacería aún dentro de su criomatriz.

En vez de esa empresa tan arriesgada, Ana estaba aquí con él. Podía salvaguardarla y protegerla de cualquier riesgo.

El resto del viaje a casa fue, si acaso, más tranquilo que el de ida. Durante las últimas fases exploró todos los canales de comunicación de la nave, electromagnéticos y de neutrinos, por igual, preguntándose qué lo aguardaría de vuelta al sistema solar. Tan solo encontró silencio. Los siglos debían de haber vuelto a cambiar la tecnología; había permanecido fuera el tiempo suficiente para que se hubiera impuesto un sistema de comunicaciones totalmente nuevo. Además, tres siglos era —una posibilidad aterradora— tiempo de sobra para que la humanidad misma hubiera cambiado; incluso, tal vez, para que los seres humanos se hubieran destruido a sí mismos.

Procedería con suma cautela, hasta conocer la naturaleza del sistema al que regresaban Ana y él. Aún lejos de casa redujo su velocidad casi igual a la de la luz. Avanzando a una velocidad en constante disminución, la nave voló hacia el Sol; dejando atrás las yermas y áridas Tortugas Secas, los límites exteriores del dominio gravitacional del Sol; dejando atrás las lindes de la Nube de Oort; atravesando el Cinturón de Kuiper. No había ni rastro de presencia humana. Los exploradores que habían estado tan atareados en el sistema exterior cuando Drake se fue habían desaparecido.

Cuando llegaron a los páramos helados de Plutón, la nave planeaba hacia el interior a tan sólo unos cuantos cientos de kilómetros por segundo. Drake empezaba a preocuparse. El sistema de representación óptica, aun a máxima resolución, no mostraba evidencia alguna de actividad ni en Plutón ni en Caronte. La estación de investigación se había esfumado.

¿Yacería ahora Melissa Bierly en las criomatrices? ¿Acaso habían encontrado un tratamiento capaz de paliar el tormento de una obra maestra defectuosa de la genética? Drake comprendió que temía el poder que ejercía Melissa sobre él. En vez de aproximarse al dúo planetario para aterrizar, como era su intención, aumentó la velocidad de la nave y puso rumbo a los planetas interiores. Había salido de la Tierra; volvería allí y expondría su caso ante cualquiera con quien se encontrara.

El modo de su aproximación al sistema interior le fue arrebatado cuando la nave dejó atrás el Cinturón de Asteroides. Mientras flotaban muy por encima de la eclíptica, un rayo de navegación y orientación los atrapó, apoderándose de los controles internos de la nave. Drake intentó efectuar una invalidación manual. Lo había conseguido una vez, pero ahora su orden fue ignorada. Incapaz de alterar su rumbo, vio como la nave se acercaba inexorable a la superficie de la Luna.

El espaciopuerto era nuevo. Drake descendía sobre una reluciente llanura amarilla, salpicada de gigantescas columnas de plata colocadas en formaciones triangulares ordenadas. Las naves, si es que eran naves, componían oscuros tetraedros sin ventanas en el centro de cada triángulo. No había nada ni remotamente parecido a la nave de Drake por ninguna parte. La aeronáutica, y puede que todo lo demás, había cambiado en estos tres siglos.

Un pequeño guía rodante recibió a Drake en el muelle de desembarque. Su cuerpo comprendía una esfera de treinta centímetros, con un estilizado cilindro erecto encima de ella, coronado por una escobilla de flexibles fibras metálicas. La cabeza de la escoba se inclinó en dirección a Drake a modo de saludo. La máquina rodó hacia una abertura ovalada tan alta como su cabeza sita en la base de una columna plateada. Drake la siguió, agachándose, y traspuso la abertura. No había ni rastro de cámara estanca, pero el monitor de su traje indicó de repente la presencia de aire respirable y una confortable temperatura exterior. Se quitó el traje siguiendo las instrucciones de su guía y lo siguió por un corto pasillo hasta otra cámara interior.

Allí lo esperaba un hombre, una figura solemne con la mirada extraviada de un profeta. Drake esperaba algo más: un comité de bienvenida, quizá, o puede que un despliegue de fuerza. El hombre se limitó a asentir y dijo suavemente en universal:

—Bienvenido de nuevo al espacio terrestre, Drake Merlin.

Drake se había equivocado. Se creía preparado para cualquier cosa. Lo que no se esperaba es que lo reconocieran, ni que lo llamaran por su nombre.

Aun con eso en mente, se dio cuenta de que no había motivos para sorprenderse. La nave debía de haber revelado su identidad al cruzar el Cinturón de Asteroides, durante su primer contacto con el rayo de navegación y orientación del sistema interior. Los bancos de datos habrían mostrado el historial de la nave. Era de suponer que también hubieran registrado su repentina desaparición del sistema solar.

Drake se preguntó qué más dirían los archivos acerca de su huida de Plutón. Daba igual lo que dijeran, no conseguiría nada mintiendo con respecto a sus actos.

—Puesto que sabe usted cómo me llamo —dijo, mientras el otro hombre lo observaba sereno, inexpresivo—, quizá esté también al corriente de mi historial. En tal caso, comprenderá que he venido en busca de ayuda.

A Drake le costaba aceptar que le hubieran dado la bienvenida en un idioma conocido. Par Leon había podido hablar con él cuando resucitó, pero sólo debido a los intensos preparativos previos a la llegada de Drake, y sus exhaustivos estudios del período histórico correcto.

¿Se habría estancado el lenguaje, anquilosado por completo con el paso de los siglos al fosilizarse dentro de los bancos de datos universales? ¿O es que la figura ataviada con una túnica que tenía delante le había ofrecido un saludo formal, la única frase en universal que conocía?

Pero el hombre estaba asintiendo y volvió a hablar.

—Me llamo Trismon Sorel. Estoy familiarizado con su historial porque lo guardamos desde hace mucho tiempo, aunque un serio… accidente, acaecido hace casi un siglo, provocó que nuestros archivos sean ahora muy incompletos e inconsistentes. En su caso, existen dos versiones de los hechos. En una de ellas, usted perdió el control de su nave hace tres siglos y fue transportado contra su voluntad a los lejanos confines del espacio. Otra versión sugiere que su sustracción de un criocadáver almacenado en Plutón y la inmediatamente posterior partida de su nave eran sucesos relacionados. Propone que su desaparición a velocidades próximas a la de la luz, por curiosa y desconcertante que parezca, fue intencionada. Sin embargo, antes de nada deberíamos trasladarnos a otro entorno, más propicio para la conversación.

Su discurso presentaba pequeñas pausas, ligeras vacilaciones en puntos donde no resultaba natural interrumpir el fluir de las palabras. Mientras Drake era conducido fuera de la sala por un tramo en espiral de escaleras metálicas, decidió que el universal debía de ser un idioma adquirido para Trismon Sorel, igual que el anglo antiguo lo había sido para Par Leon. Pero aprender universal tan rápido y tan bien, en el día transcurrido desde el retorno de la nave de Drake al sistema interior, estaba fuera de las posibilidades de los inductores de aprendizaje. Sugería que Trismon Sorel, a despecho de su fachada de normalidad, representaba algún tipo de gran paso en el potencial cerebral de la humanidad.

Habían entrado en un cuarto que podría haber existido en tiempos de Drake. Tan solo la ligera gravedad lunar, una sexta parte de la de la Tierra, le indicaba a Drake que estaba lejos de casa. Sorel señaló dos sillas de apariencia cómoda y ocupó una de ellas. Mientras el pequeño sirviente rodante se acercaba con un refrigerio, observó a Drake con ojos firmes y sagaces.

—Hable, Drake Merlin. Cuénteme su historia.

Drake asintió y se sentó frente a Trismon Sorel. Sentía una creciente tensión. En cuestión de minutos sabría si su larga búsqueda había terminado, y su vida podría comenzar de nuevo.

—Mi marcha del sistema solar fue, en efecto, premeditada. —Hablar se había convertido en un reto, y hubo de tragar saliva y hacer una pausa antes de poder continuar—. Fue premeditada, y con motivo. Pero no puedo empezar por ahí. Debo comenzar mucho antes, hace más de ochocientos años. Por aquel entonces, el criocadáver que ahora yace a salvo a bordo de la nave que me ha traído hasta aquí era mi esposa. Tras muchos años de felicidad compartida, descubrimos que padecía una enfermedad incurable…

Mientras Drake refería su historia se vio obligado a rememorar escenas que había mantenido suprimidas durante siglos. Si quería ayudar a Ana, Trismon Sorel debía saberlo todo: todos los síntomas de Ana, la progresión de su enfermedad, el modo en que murió, el procedimiento de su congelación.

Sorel escuchaba atentamente. Levantó la mano para interrumpir a Drake solamente cuando este mencionó las espantosas horas vividas junto a Ana en el complejo de criogenización de Segunda Oportunidad.

—Un momento. Dice usted que los informes médicos originales se almacenaron junto con el criocadáver. ¿Están aquí ahora?

—Deberían estar. Todo debería estar aquí, dentro del criotanque.

—En ese caso, antes de continuar, permita que llame a los expertos necesarios en medicina e idiomas. Deje que le diga sin más dilación que podemos curar todas las enfermedades conocidas. Eso incluye cualquier afección del pasado de la que tengamos conocimiento. No obstante, tendremos que examinar los informes y el mismo criocadáver. —Permaneció sentado, con la mirada perdida, durante tres o cuatro segundos.

Dos oleadas de emoción embargaron a Drake. Sentía una alegría desbocada y tremenda, como una agonía de alivio: por fin podrían curar a Ana. Pero también sentía una especie de supersticioso temor reverencial. Entre los avanzados poderes mentales de Trismon Sorel parecía incluirse la telepatía.

—¿Está hablando directamente con otras personas, transmitiéndoles sus pensamientos?

Sorel pareció sorprenderse, y de nuevo se produjo una breve pausa antes de que sonriera.

—No como usted pueda pensar. No puedo hacer más de lo que usted mismo será capaz de lograr en cuestión de días. Compartirá usted sus pensamientos con otros. Tendrá acceso inmediato a toda la información de los bancos de datos. Calculará mejor y más deprisa que el ordenador de la nave que lo ha traído hasta aquí. Observe.

Giró la cabeza y levantó el cabello que le cubría la sien. Drake vio una vaga decoloración, cubierta normalmente por la línea del pelo.

—Eso indica dónde está el implante —continuó Sorel—. Por lo general se instala en la niñez, y se puede cambiar en cualquier momento. Es diminuto, más pequeño y fino que un alfiler, y cumple múltiples funciones: controlador de las funciones corporales, ordenador esclavo, transmisor y receptor. Se pueden enviar y recibir órdenes, peticiones, información y programas. Puedo comunicarme con los bancos de datos o con otras personas. He solicitado a través de la red Copérnico que acudan directamente a su nave expertos médicos y lingüistas. Y puedo hablar con usted ahora, en tiempo real, porque aunque su idioma sea nuevo para mí, estoy empleando los módulos de traducción idiomática del interior de la red Tycho.

Una parte de la transmisión de información seguía realizándose directamente de persona a persona. Sorel leyó los recelos de Drake en su expresión facial.

—No se preocupe por esto. En su caso…, como en todas las resurrecciones de criomatriz…, el implante será totalmente opcional. Antes de tomar una decisión disfrutará usted de muchas ocasiones de observar su funcionamiento en los demás. Pero puedo asegurarle que si se somete al procedimiento, en cuestión de semanas le costará creer que alguna vez fue capaz de manejarse sin uno de estos ingenios. Poseerá una memoria absoluta; será una calculadora superior a los ordenadores más potentes de su época; y tendrá acceso directo a todos los bancos de datos del sistema solar…, aunque, evidentemente, el tiempo de acceso y transmisión a las personas y bancos de datos residentes en otros planetas es considerable. ¿Tiene usted alguna pregunta, Drake Merlin?

—Solo una. Quiero saber si Ana puede curarse.

—He hecho esa pregunta al equipo médico. Ya están a bordo de su nave y están realizando su evaluación. Me interesaré por sus avances. Un momento.

Sus ojos grises se abrieron de par en par. De nuevo su expresión se tornó distante y preocupada. Esta vez la espera se prolongó, para convertirse primero en un minuto y luego en dos.

Conforme se prolongaba el silencio, Drake sentía cómo se retorcía el cuchillo de la tensión en su interior. Si la comunicación se realizaba de mente a mente, ¿a qué se debía la tardanza? Temía que hubiera surgido algún problema, pero ¿de qué podría tratarse? Se consoló con la afirmación de Trismon Sorel de que esta sociedad era capaz de curar todas las enfermedades de la humanidad, incluida cualquier aflicción conocida del pasado.

Pero estaba tardando demasiado. Al final no pudo permanecer callado por más tiempo.

—¿Está hablando con ellos? ¿Qué le dicen?

La mirada de Sorel volvió a concentrarse en Drake.

—Ahora estoy hablando con los médicos especialistas. Es algo…, complicado. Déme otro momento.

Los ojos grises estaban cambiando. Se volvían más amables y personales. Por fin Trismon Sorel asintió, como si confirmara algo que ya sospechaba. Se dirigió a Drake más despacio, midiendo sus palabras con sumo cuidado.

—Me piden que le haga algunas preguntas. La mujer del criotanque, Anastasia. Según nuestros informes ha estado mantenida constantemente en las criomatrices de Plutón. ¿Es eso correcto?

Drake asintió.

—Y cuando usted la encontró, ¿seguía dentro de un criotanque?

De nuevo asintió Drake.

—Usted no la sacó, sino que trasladó el criotanque entero a la nave.

—Exacto. —La mente de Drake estaba llena de malos presagios—. Hice que trasladaran el tanque desde las criomatrices a la nave, tal y como lo encontré. Se hizo con mucha delicadeza. La gravedad de Plutón es baja y a las máquinas no les costó nada manejarlo.

Trismon Sorel tenía el ceño fruncido.

—Entonces no entiendo dónde podría estar el problema. A no ser… Drake Merlin, haga memoria. ¿Abrió usted el tanque, por el motivo que fuera, después de despegar de Plutón?

Drake volvió a ver ante sí el semblante tranquilo de Ana, sus ojos nacarados y su piel lechosa. Se sentía mortalmente mareado.

—Sí que lo abrí. Sólo una vez. La carcasa exterior, por unos instantes, al salir de Canopus. Los sellos interiores estaban intactos. Me asomé tan solo uno o dos segundos. Tuve cuidado de sellar el criotanque después…

No tenía sentido intentar explicar por qué lo había hecho, decir que había sido incapaz de no hacerlo. Trismon Sorel lo miraba apesadumbrado, al otro lado de un abismo de ochocientos años. De algún modo su rostro era el de Tom Lambert, y también el de Par Leon. Sus ojos transmitían las mismas malas noticias.

—Drake Merlin, los criotanques de Plutón no están diseñados para sellarse y volverse a sellar. Su cierre requiere herramientas y procedimientos especiales, disponibles únicamente en las criomatrices. Cuando se rompe un sello, es de suponer que la persona será resucitada inmediatamente, de lo contrario se deberán adoptar medidas especiales para renovar el sello. ¿Entiende usted lo que le digo? Con un sello imperfecto, no se pueden mantener las condiciones idóneas dentro del criotanque.

—Entonces Ana…

—Aguarde. Debo consultar de nuevo a los especialistas, y los bancos de datos. —Sus ojos volvieron a dejar de parpadear. El silencio se prolongó, más que antes. Cuando Trismon Sorel se fijó otra vez en Drake, su expresión no dejaba lugar a dudas.

—He comprobado todas nuestras referencias. El equipo médico, a petición mía, hizo lo mismo para contar con una confirmación independiente. Hemos llegado a la misma conclusión. El problema al que nos enfrentamos no tiene nada que ver con curar una enfermedad. El daño ocasionado a un cuerpo, y sobre todo al cerebro de un cuerpo, cuando se abre un criotanque sin que se efectúe la resurrección de inmediato…, ese daño es permanente. Es irreversible y anula todas las opciones de resurrección. Ahora y siempre.

»Lo siento, Drake Merlin. Anastasia está muerta. Muerta para siempre.

Muerta para siempre. Ana está muerta. Las palabras de Trismon Sorel eran el calco de las que pronunciara Tom Lambert, hacía tanto tiempo. Pero esta vez Drake distinguió el timbre de la absoluta certeza.

Y aun así el hombre mata aquello que ama. Él, no la enfermedad, había matado a Ana. Como el Orfeo de las antiguas leyendas, había perseguido a su Eurídice a través del infierno. En su caso había sido un doble infierno de criomuerte y Canopus, pero al igual que Orfeo en el Hades había encontrado a su amada y la había devuelto a la vida. La había mirado, como Orfeo; y al mirarla la había perdido.

Con ese pensamiento se desmoronaron antiguas barreras erigidas en su interior. Por vez primera reparó en la picante fragancia del aire que respiraba. Sintió una brisa seca y constante que soplaba a su lado, y a lo lejos por el pasillo escuchó el tenue y atiplado la natural en concierto del metal al vibrar. Era como si todos sus sentidos se estuvieran abriendo, tras largos siglos de hibernación.

Trismon Sorel habló de nuevo.

—Existe una posibilidad. Anastasia, la mujer que usted conoció, no puede ser reanimada. Eso es del todo imposible. Sin embargo, quedan muchas células intactas en su cuerpo. Se la podría clonar sin dificultad. Su crecimiento y educación comenzarían de nuevo. Pero, compréndalo, sería una Anastasia nueva. No hay ninguna esperanza de transferir memoria suficiente desde las células ilesas para que un remedo de su anterior existencia pase a su nuevo cuerpo. Usted estaría al corriente de su anterior relación, naturalmente, pero para ella sería irrelevante. ¿Quiere que procedamos?

La tentación era inmensa. Ver de nuevo a Ana frente a él, tan exultante y llena de vitalidad como la recordaba…

Esa era la respuesta egoísta. Había una mejor: Ana tenía derecho a vivir una vida nueva y sana en este mundo, ochocientos años después de su época. No podía negárselo.

Volvería a vivir. Y aun así…

No sería la Ana que él conocía y amaba. Sería una persona completamente distinta. ¿Sería capaz de soportar el verla, una mujer que era Ana y sin embargo no lo era, una mujer que no sentiría por él el incontenible amor que sentía él por ella?

Solo que no tenía elección. Ana se merecía resucitar, se merecía una nueva vida.

Sorel esperaba, comprensivo. Drake asintió al final.

—Procedan. Clonen a Ana.

Trismon Sorel asintió a su vez y sonrió. Drake vio el alivio reflejado en su rostro. Sorel sabía, con la autoridad con que lo investían ochocientos años más de ciencia y avances tecnológicos, que la Ana que Drake había conocido había desaparecido para siempre.

Aunque…

Una diminuta semilla de duda eclosionó en la mente de Drake. Aunque, ¿qué diría la ciencia dentro de otros trescientos años? ¿De mil, o diez mil, o cien mil años? La ciencia había avanzado mucho. Seguro que nadie, y menos aún un científico, diría que había llegado al límite de sus posibilidades.

Trismon Sorel volvía a hablar con él, intentando llamar su atención. Se obligó a escuchar.

—Ana no puede ser revivida y sanada —estaba diciendo Sorel— no como usted esperaba cuando sacó su cuerpo de las criomatrices. Pero a usted sí que podemos ayudarle.

—¿A mí?

—Sin duda. Podemos curarlo. Hay pruebas que demuestran que se intentó encontrar un remedio hace trescientos años, pero está claro que fracasó. Ahora disponemos de técnicas superiores. Pueden poner fin a su obsesión por Anastasia. Evidentemente, solo se haría con su consentimiento.

—¿Tengo elección?

—Tiene usted un número infinito de elecciones. El derecho a la autodeterminación…, incluso a la autodestrucción, si lo desea… es fundamental. —Trismon Sorel se inclinó hacia delante—. Ahora me gustaría hablarle a título personal, confidencialmente. Espero que acepte la cura y disfrute de su nueva vida. Siento una enorme simpatía por usted. He registrado todo el banco de datos mientras conversábamos, y su sufrimiento me parece único. No he encontrado empresa ni sacrificio comparable al suyo en ninguna parte, en ninguna.

—No he sufrido. —Drake había tomado una decisión—. No he hecho ningún sacrificio. Y sé lo que me gustaría.

—Dígame.

—Me gustaría que se clonara a Ana, como usted sugiere.

—Estamos de acuerdo, así se hará. Pero ¿en cuanto a usted?

—Quiero quedarme aquí el tiempo necesario para asegurarme de que la clonación de Ana puede llevarse a cabo sin problemas. Luego me gustaría irme.

—¿Irse? —Trismon Sorel no daba crédito a sus oídos—. ¿Irse de dónde? ¿Adónde? El universo se abre ante usted, pero nosotros podemos ofrecerle todo lo que ansíe su corazón.

—No, eso no es cierto. No pueden ofrecerme a la Anastasia que conozco y amo. Y eso es lo que quiero…, lo único que quiero. Métanme en las criomatrices, junto al cuerpo de Ana. Déjennos viajar juntos al futuro.

—Pero ya se lo he dicho, la verdadera Ana, la Ana que usted conocía, no está en ese cuerpo. Se han destruido demasiadas células en el cerebro. Ana se ha ido.

—Se ha ido. Pero ¿adónde?

—Drake Merlin, esa pregunta es irrelevante. Es igual que preguntar adónde va el viento cuando deja de soplar, o el perfume de una flor cuando esta se marchita.

—Hoy parece una pregunta irrelevante. Pero quizá no lo sea siempre. Usted mismo me ha dicho que tengo infinidad de elecciones. Mi elección es sencilla, y la repetiré: quiero que me metan en las criomatrices de Plutón. ¿Tengo ese derecho?

—Sí. —Trismon Sorel no lograba disimular su decepción y su asombro—. No podemos negárselo. Pero le ruego que lo reconsidere. Puede volver a las criomatrices durante tanto tiempo como desee, pero ¿cuándo será despertado? ¿Dentro de un siglo? ¿De cinco?

—No lo sé. Quiero poner esta condición a mi congelamiento: despiértenme cuando haya nuevas pruebas en los bancos de datos que parezcan relevantes para la recreación de la personalidad original de Anastasia. No antes.

—Se puede hacer. Pero debo ser sincero con usted. No creo que aparezcan jamás esas pruebas. Si lo que espera es dormir hasta que pueda regresar su Ana, creo que dormirá usted eternamente.

Lo tienes todo que perder. Estás sano, eres productivo, estás en la cima de tu carrera. Y me pides que lo tire todo por la borda, que te ayude a apostar por que algún día, sabe Dios cuándo, quizá, y solo quizá, puedan revivirte. No te das cuenta, Drake, no puedo ayudarte. A través de un abismo de ocho siglos, las palabras de Tom Lambert resonaron en la cabeza de Drake.

—Ya he escuchado antes ese razonamiento —dijo Drake— y resultó estar equivocado. Correré el riesgo. No es mayor que los que ya he corrido en el pasado. ¿Podemos empezar… ahora?

—Si insiste. —Trismon Sorel levantó una mano. Drake estaba levantándose de su asiento—. Pero hay otra cosa. Mientras hablábamos, se ha celebrado una reunión de mente colectiva a la que han asistido todos los seres humanos que entraban dentro del radio de la señal. Se ha llegado a una conclusión. Se le concederá su deseo, pero con una condición: no estará usted solo. Tendrá usted compañía en su viaje al futuro, del mismo modo que todos compartimos con alguien nuestra suerte, alguien que siempre está a nuestro lado, en lo bueno y en lo malo.

—No quiero a ninguna mujer dentro de la criomatriz conmigo, aparte de Ana. Tampoco quiero a ningún hombre.

—No condenaríamos a ningún ser viviente a un destino tan incierto. Su acompañante no residirá en las criomatrices. Será un Servidor, diseñado para cumplir órdenes, exactamente igual que mi Servidor personal. —Trismon Sorel indicó con un gesto la pequeña esfera rodante con su cabeza de escobilla metálica, que aguardaba pacientemente a su lado—. Mientras usted no requiera sus servicios, permanecerá latente y en contacto con los bancos de datos. Cuando necesite usted un compañero o un ayudante, estará ahí para obedecer sus órdenes.

Sorel se levantó.

—Acompáñeme. Se están iniciando los preparativos para la clonación de Ana. Mientras dure el procedimiento, le explicaré las innumerables virtudes de la clase Servidora. Y podrá decidir el aspecto y el nombre de su propio modelo personal, que se adentrará con usted en el desconocido terreno del futuro.

11 El regreso de Ana

Drake se despertó deprisa y con facilidad, alcanzando la consciencia plena al instante. Se sentía descansado y lleno de vitalidad, en absoluto dolorido o debilitado. Lo primero que pensó fue que algo había salido mal. Se suponía que tendría que haberse sumido en un criosueño. En vez de eso estaba despertando, a medida que desaparecían los efectos de la primera droga tranquilizadora criónica.

Abrió los ojos, esperando ver las instalaciones del criolaboratorio y el rostro de Trismon Sorel. Se encontró, en cambio, cómodamente sentado en un sillón mullido. Una mujer con los rasgos marcados, el cabello de ala de cuervo y la tez oscura de una gitana se sentaba frente a él. Lo observaba atentamente. Cuando abrió los ojos, la mujer asintió sin decir nada.

—¿Qué ha pasado? —Drake sentía la boca un poco seca, pero eso era de esperar tras la sedación—. ¿Por qué no he entrado en criosueño?

—¿Qué le hace pensar que no ha sido así? —La mujer enarcó una ceja—. ¿No cree usted en el progreso? El arcaico barbarismo de la agonía del despertar es desde hace tiempo cosa del pasado. Hoy día la descongelación no se distingue en nada de despertar tras un sueño natural.

No hablaba en universal sino en un perfecto inglés, sin acento ni pausas.

Drake miró a su alrededor. Lo último que recordaba haber visto era el criolaboratorio, en las profundidades del estéril interior de la Luna. Ahora había vuelto a la Tierra, sujeto a su asiento por el familiar tirón de la gravedad estándar. La ventana alargada de la sala daba a una playa de arena y un océano revuelto. Soplaba el viento en la calle. Podía oír las ráfagas que gemían alrededor del exterior del edificio y ver diminutas chispas de luz solar reflejadas en distantes gorras blancas.

De repente supo dónde se encontraba. Ana y él, en uno de sus contados viajes al extranjero, habían pasado un mes trabajando en Italia. Se habían tomado dos semanas extra de vacaciones al finalizar el encargo, y habían alquilado un pequeño chalet en la Península de Sorrento, al sur de Nápoles. Allí estaba ahora. Las agitadas aguas que veía pertenecían al Mar Tirreno, parte del Mediterráneo; la pequeña isla que se divisaba al oeste era Capri.

Reconocía incluso la habitación y los muebles de la casa.

¿Los reconocía, después de más de ochocientos años?

Su momento de placer fue borrado por el miedo.

—¿Cuánto tiempo?

—Esperaba que pudiéramos dejar esa pregunta para un poco más adelante. —La mujer suspiró—. Tendría que haberlo imaginado. Todos sus informes destacan una asombrosa capacidad de atención. Respondiendo a su pregunta, ha transcurrido mucho tiempo…, mucho más del que sospecho que usted esperaba. Según su calendario, estamos en el año 32072. Han pasado más de veintinueve mil años desde que se sumiera usted en su criosueño.

Tiempo más que suficiente, sin duda, para que se hubieran producido verdaderos avances en la reconstrucción de su Ana.

Pero también más tiempo del que ocupaba la antigua historia escrita de la humanidad. Drake se quedó mirando fijamente a la mujer, incrédulo. De nuevo había intentado preparar su mente para cualquier cosa, cualquier posible cambio. Y de nuevo se sorprendía. Lo último que esperaba era esa similitud. Pero la habitación donde se encontraba era idéntica al recuerdo que conservaba de ella. El paisaje era el de un agradable día de finales de primavera. El sol estaba alto en el cielo, y debía de ser casi mediodía. De un momento a otro entraría el dueño del chalet con un aperitivo de sambuca, antes de servirles el almuerzo a Ana y a él en la pequeña terraza enlosada.

—No es real, ¿no? —Indicó a su alrededor—. Todo esto es una simulación electrónica, diseñada para complacerme. —Se le ocurrió una posibilidad peor—. De hecho, tampoco yo soy real. No me han resucitado. Me han descargado.

—No es cierto. —La mujer frunció el ceño con reprobación—. Claro que ha sido usted resucitado, y su yo es real, ocupa su cuerpo revivido. Aunque existe la posibilidad de descargar a una persona en un continente inorgánico, no es lo que se ha hecho en su caso. Requiere el consentimiento del individuo, puesto que una vez se lleva a cabo la operación admite, evidentemente, la posibilidad de múltiples yoes. Sin embargo, tiene usted razón, en parte. La escena que lo rodea se ha sintetizado a partir de sus recuerdos. Se ha insertado para su comodidad y conveniencia en su quiasma óptico y otros nervios sensoriales aferentes… discretamente, me gustaría añadir. Las antiguas indignidades de la invasión corporal repugnan a la sociedad actual.

—Esto no me resulta cómodo ni conveniente. Quiero saber dónde estoy de verdad. Quiero que mi entorno sea como es en realidad.

—Está bien. —La mujer hizo una pausa—. ¿Está usted seguro? Consideramos que esta síntesis es la mejor manera de minimizar la fuerte impresión intercultural.

—Se equivocan. Afuera con todo esto. —Drake indicó con un gesto la sala, los cómodos sillones, el mar azul y el cielo al otro lado de la ventana.

—De acuerdo. Sin embargo, hay otra cosa que debería usted saber antes de abandonar la realidad derivada. —La mujer miró fijamente a Drake; sus ojos oscuros parecían preocupados—. Usted es de carne y hueso. Pero yo no. Formo parte de la síntesis y desapareceré con ella.

Levantó una mano para despedirse.

—¡Aguarde un minuto! —Drake se descubrió poniéndose de pie, sobre unas piernas que temblaban a causa de los nervios—. No se vaya todavía. Debo saberlo. ¿Han conseguido resucitar a Ana?

—Me temo que no. Sigue considerándose un problema imposible.

—Pero se suponía que me iban a dejar en la criomatriz hasta que hubiera alguna esperanza de afrontar el problema. ¿Por qué estoy despierto?

—Comprendo la pregunta. —La oscura cabeza asintió—. Sin embargo, será mejor que la responda otro. Adiós, Drake Merlin.

Se fue. Con ella desaparecieron el cuarto iluminado y su agradable vista del océano azotado por el viento. Drake se encontró acostado en una cama ajustable rodeada de una colección de máquinas desconocidas. La habitación era pequeña, gris y de forma extraña. Sus paredes octogonales convergían en un techo convexo y afacetado, por el que se arrastraban tenues dibujos parecidos a nubes azules. La gravedad de la Tierra había desaparecido. Su cuerpo casi no pesaba nada. Sentía cómo con un pequeño esfuerzo se elevaría, flotando hasta tocar el techo azul celeste.

¿Dónde estaba? ¿Y por qué lo habían despertado?

Trismon Sorel le había asegurado que su Servidor lo acompañaría a todas partes, a través del tiempo y el espacio, y sería necesaria su aprobación para resucitarlo. Drake paseó la mirada por el cuarto, buscando la figura rodante del Servidor. Pero entonces todas las preguntas sobre su emplazamiento y condición se esfumaron.

Una mujer aguardaba en el estrecho portal.

Era Ana.

Ana, feliz y rebosante de salud. Estaba tal y como la había visto mil veces, con la cabeza ladeada y un interrogante en la comisura de los labios.

El momento de intensa alegría fue empañado por una terrible decepción. Era otra síntesis, más cruel que la anterior.

Drake intentó levantarse, pero en vez de ello se encontró elevándose por los aires y girando sobre sí mismo.

—Tranquilo. —Ana había llegado a su lado de algún modo y lo sujetaba—. Lo siento, tendría que haber esperado hasta que te acostumbraras al entorno de gravedad baja.

—Eres una síntesis… no eres real.

—Eso no es cierto.

—La mujer del pelo negro… el simulacro de mujer… me dijo que no habían adelantado nada…

—Decía la verdad. —Ana había bajado flotando con él para sentarse a su lado en la cama—. Al menos a ese respecto. No se ha adelantado nada en el problema que te interesa.

—Pero tú… tú estás aquí, estás viva. —De nuevo el temor. ¿Podía mentir una simulación?—. ¿O no?

—Lo estoy. Pero no es lo que te piensas. —El delicado tono de voz de Ana era infinitamente familiar—. ¿No resulta evidente para ti quién soy?

—Eres Ana.

—Sí. Pero no tu Ana. —Lo tomó del brazo y lo giró para quedar frente a frente—. Mírame. ¿No ves la diferencia? Soy la Ana a la que tú diste vida. Soy el clon de tu esposa, la persona cultivada a partir de sus células por Trismon Sorel y sus colegas.

—Pero la otra mujer dijo que habían pasado veintinueve mil años… ¿Tanto tiempo has vivido?

—No continuamente. Esa no es la costumbre. —Se rió, y ese sonido hizo que a Drake se le partiera el corazón—. Como muchas personas, decido alternar breves períodos de vigilia con otros más largos de hibernación…, lo que tú llamarías criosueño. Casi todo el mundo siente curiosidad por conocer el futuro, por experimentar el futuro.

»Y yo hace veintinueve mil años que sentía curiosidad por conocerte a ti. Cada vez que despertaba, comprobaba tu estado en la criomatriz. Siempre, antes de volver a hibernar, pedía que me despertaran si despertabas tú.

—Pero yo no tendría que estar despierto ahora —protestó Drake—. Se suponía que iba a permanecer en criosueño hasta que fuera posible restaurar la personalidad de Ana. Esas fueron las instrucciones precisas que le di a mi Servidor cuando entré en el criotanque.

El criotanque… hacía veintinueve mil años. Tiempo suficiente para que el acero se oxidara y se desmenuzara la piedra. Tiempo suficiente para que se perdiera aun el concepto de Servidor. Tiempo suficiente para que se olvidaran las esperanzas, las ideas y los deseos. Era una locura esperar que nada durara más de treinta milenios.

Solo que algunas cosas habían resistido. Las emociones de Drake habían sobrevivido inalteradas. Se dio cuenta de que disfrutaba de su despertar. Estar sentado a medio metro de Ana, contemplando las viejas expresiones de cavilación y preocupación que le cruzaban el rostro… era una bendición inconmensurable.

—Lo siento. —La nueva Ana inclinó la cabeza—. Tu Servidor no tiene la culpa. Tu despertar es obra mía. Vine a Plutón y, como humana, anulé las instrucciones que le habías dado a tu Servidor. —Frunció el ceño—. Dice que se llama Milton. Curioso nombre para un Servidor.

—No tanto. —Drake sintió una punzada de intranquilidad ante ese comentario, que descartó—. Milton es el nombre que le di.

—En cualquier caso, ordené tu reanimación.

—Y yo me alegro de que lo hicieras. —Drake intentó abrazarla, pero Ana se apartó.

—No. Debería haber sabido que ocurriría esto. Deja que intente explicártelo. —Se irguió y flotó lejos de sus brazos—. Crees que me conoces bien, y más que bien. Pero en realidad no me conoces en absoluto; y yo tampoco te conozco a ti. Aunque he contemplado tu imagen y escuchado tu voz un millar de veces, eres un desconocido para mí. La primera vez que cobré consciencia tú ya estabas en las criomatrices. Al hacerme mayor aprendí cuanto pude sobre ti y tu vida. Lo que hiciste… lo que intentabas hacer… me parecía la cosa más noble y valiente de todo el universo. No tengo palabras para expresar cuánto anhelaba verte, hablar contigo, agradecerte que me dieras la vida. Pero a pesar de ese anhelo, durante todos estos años he respetado lo que querías. Y sabía que no me querías a mí.

—Nunca he querido a nadie más que a ti.

—No. Quieres a Ana… tu Ana. Yo soy Ana, sí, pero soy una persona distinta. Tengo mis propios recuerdos, mis propias alegrías y pesares, mis propios temores. Tú no los compartes. —Suspiró—. En cualquier caso, hace unos meses decidí hacer algo que llevaban mucho tiempo pidiéndome que hiciera: ir con mis amigos de viaje. Volaremos a la colonia humana de Rigel Calorans. Espero pasar muchos miles de años terrestres lejos de aquí. Cuando tomé la decisión de abandonar el sistema solar durante tanto tiempo, me pregunté: ¿A mi regreso, quién sabe dónde podría estar Drake Merlin? No podía soportar la idea de no verte, de no conocerte nunca jamás. De modo que solicité tu resurrección. —Miró a Drake con esos ojos gris claro que él conocía desde siempre—. No pensé en lo que ocurriría después de eso. No me planteé el dolor que podría causarte. Ahora comprendo que lo que hice fue un gesto egoísta e imperdonable.

—Te equivocas. Ya te he perdonado.

—Quizá tú sí, pero es imperdonable de todos modos. Pensaba abandonar Plutón después de hablar contigo, y dirigirme al borde de la Nube de Oort donde se reunirán los miembros de la expedición a Rigel Calorans. Ya no puedo hacerlo, al menos no en este momento. Debo respetar tus sentimientos. ¿Cómo puedo compensarte por haberte despertado contra tu voluntad?

—Quédate conmigo. —Drake no lo dijo, pero su mente añadió las palabras para siempre.

—Te lo debo, eso es cierto. —Ana sonrió, con esa caída triste y familiar de una comisura del labio—. Y ahora, como la despreciable egoísta que soy, intentaré justificarme por haberte resucitado. Hay un nivel de conmoción temporal tras toda hibernación, aunque esta no haya durado más de unos pocos cientos de años. La he experimentado muchas veces; una reacción a los cambios del mundo, en áreas donde no se imaginaba ni anticipaba cambio alguno. En tu caso han sido casi treinta milenios, y no estabas tan preparado para ello como nosotros. Así que me ocuparé de amortiguar el golpe de esos veintinueve mil años perdidos. —Le tendió la mano y su roce le hizo estremecer—. Vamos, Drake Merlin. Tu paciente Servidor aguarda afuera. Está sumamente contrariado por que una mera humana irracional haya anulado tus explícitas instrucciones. Acompáñame, y acepta mis más sinceras disculpas.

12

«Nunca fueron éstos los ojos de tu verdadero amor,

¿por qué finges que los adoras?»


Al principio, la conmoción temporal que le había advertido Ana le pareció una enorme exageración. La evidencia de presencia humana en Plutón se limitaba principalmente a las criomatrices. Drake pudo apreciar pocos cambios en las matrices o el planeta desde su desenfrenada huida de allí, hacía veintinueve mil años.

—Cierto. —Ana hacía gala de toda su antigua calma y sentido común—. Por otra parte, estamos en Plutón. No se puede hacer gran cosa sin aumentar la temperatura y perturbar las criomatrices, lo que nadie quiere. Casi todo el mundo tiene algún antepasado almacenado aquí, aunque no sepan muy bien quiénes son.

—¿Cuántos han sido resucitados?

Ana hizo una mueca.

—Sabía que me lo preguntarías. Las criomatrices guardan todavía cerca de quince mil personas. Menos de quinientas de ellas han sido revividas. Solo tú has sido resucitado en los últimos veinticinco mil años. Tú y Melissa Bierly sois las únicas personas que habéis entrado dos veces en las criomatrices, y por dos veces habéis sido resucitadas.

—Melissa. ¿Qué ha sido de Melissa? —Drake vio de nuevo aquellos ojos de zafiro, encendidos de locura.

—Fue resucitada.

—¿Estaba loca?

—Antes, sí. Pero ya está curada.

—¿Está viva?

—Vivita y coleando. Sigue siendo sobrehumanamente astuta, saludable e inteligente, solo que ahora es feliz y ya no piensa en suicidarse.

—¿Conoces a Melissa?

—Claro. —Ana sonrió a Drake, con una expresión que él interpretó como totalmente adorable—. Tú tienes tus obsesiones, Drake, debes comprender las mías. Si busqué a Melissa al principio fue solo porque ella te conocía. Hemos hablado de ti, muchas veces. Forma parte de la expedición a Rigel Calorans. Aparte de eso…

Drake la interrumpió:

—Pero pensaba que la resurrección se había convertido en algo trivial, para cualquiera que estuviera debidamente congelado. ¿Por qué han revivido a tan pocos?

—La resurrección es trivial. El problema no es tecnológico; es emocional y ético. Si yo revivo un criocadáver, ¿qué responsabilidad tengo con esa persona? ¿Cuáles son mis compromisos emocionales? Aunque todo el mundo reconoce que sus ancestros están aquí, se trata de ancestros remotos. Piensa en tu época. Si pudieras, ¿habrías resucitado a Hammurabi, o a César Augusto…, aunque fueras uno de sus descendientes lejanos? Se habrían sentido perdidos en tu mundo de teléfonos, automóviles y ordenadores. Sin embargo eran personas excepcionales, no como la mayoría de criocadáveres. ¿Sabes cuál es el criterio fundamental que determinaba quién era preservado en las criomatrices?

Drake asintió con gesto serio.

—Puedo imaginármelo, por lo que me dijeron los de Segunda Oportunidad. El dinero.

—Exacto. Hacía falta dinero para que te congelaran, y mucho más para mantener ese estado a través de los siglos. Eres una anomalía, Drake. Leí todo lo que pude encontrar acerca de ti y sé que el dinero no te interesaba. Amasaste mucho, pero sólo para poder ser congelado. Lo que hiciste fue muy astuto. Aprendiste cosas que la gente del futuro querría saber. Lo que tenías en la cabeza era un auténtico tesoro. Pero la riqueza como tú la conociste ya no existe.

»Posees una imaginación portentosa, Drake. Imagínate esto. Imagina que se resucita a alguien que luego resulta ser un fanático ávido de dinero…, alguien que antes fue muy rico, espera serlo ahora, y espera recibir un trato especial simplemente por ese hecho. Esas personas es casi seguro que no saben nada que nos interese. ¿Qué otra cosa serían hoy, más que unos desgraciados?

—Me estás diciendo que cada vez es menos probable que se resucite a la gente. Entonces, ¿por qué se conservan las criomatrices?

—¿Qué otra cosa podemos hacer con ellas? —Ana meneó la cabeza, frustrada—. Las personas de las matrices están legalmente muertas, pero como se las puede resucitar no podemos darlas por fallecidas. Entonces, ¿qué hacer? Nada, les pasamos el problema a nuestros descendientes.

Estaba colocándose en el asiento del piloto de una nave biplaza, y ahora aporreó el panel de control.

—No nos sobrestimes demasiado, Drake —dijo mientras despegaban de la abrupta superficie de Plutón—. La gente no ha cambiado nada. Cuando se trata de tomar decisiones difíciles, no somos mejores ahora de lo que éramos en tu época.

La gente no ha cambiado. Puede que no, pero había otras cosas que, indudablemente, sí lo habían hecho. La prueba de que Ana tenía razón y, al mismo tiempo, se equivocaba empezó a manifestarse cuando la nave se acercaba al Sol. Fue idea de ella presentar a Drake el nuevo sistema solar de forma práctica, visitando o pasando cerca de cada planeta y luna importante, antes de poner rumbo a las regiones remotas y menos familiares de la Nube de Oort. Había sido idea de Drake utilizar la pequeña nave biplaza, y dejar sus Servidores en Plutón hasta que regresaran.

Ana había preferido, además, hacer un recorrido de placer, que les diera tiempo para charlar y, en el caso de Drake, para aclimatarse. En su viaje de dos días a Neptuno, Drake decidió que no le iba a hacer falta nada de todo aquello. Ana había dicho que la gente no había cambiado. Pero ¿dónde estaba la gente?

Había solicitado información sobre Neptuno y ahora contemplaba una imagen tridimensional en el monitor de la nave. Mostraba una enorme superaraña plateada, con catorce patas multiarticuladas que emergían de un liso ovoide central. El objeto se describía como «habitante de Neptuno».

—¿Qué significa eso, «habitante»? —Se volvió hacia Ana por quincuagésima vez en busca de ayuda—. Eso sugiere que estoy viendo algo inteligente, algo que vive en Neptuno. Pensaba que eso era imposible.

Transcurridas las primeras horas, había dejado de extrañarse ante los misterios del idioma. Se había producido otro salto gigantesco en la tecnología de comunicaciones desde los tiempos de Par Leon y Trismon Morel. Los antiguos idiomas, llenos de mágicas resonancias de tiempos y bellezas antiguas, todavía existían; pero se había creado un lenguaje nuevo, limpio de ambigüedades y redundancias.

Se prefería para las transmisiones de información basadas en hechos objetivos, y Ana y él estaban utilizándolo ahora. Según Ana, en el nuevo idioma los malentendidos eran casi imposibles.

Quizá. Pero Drake, que veía las comunicaciones dentro de un contexto pasado de fecha hacía más de treinta mil años, sospechaba que se estaba aproximando peligrosamente a uno.

—Es un habitante de Neptuno, sin duda. —Ana no compartía sus recelos ni su confusión—. Evidentemente, no se trata de una forma orgánica… es posible que hayamos generado formas orgánicas capaces de sobrevivir en Neptuno, pero no sé cómo son. Esa es una forma inorgánica, y opera en la atmósfera de Neptuno a la profundidad suficiente para ser móvil y ligera.

—Pero ahí pone macho humano.

—Correcto. Eso significa que se trata de una inteligencia humana masculina completa, descargada en el cerebro de una forma inorgánica. Si se tratara de cualquier otra cosa, pondría «humano-modificado» o «humano-mejorado».

—¿Cómo puedes decir que una inteligencia descargada es humana? Esa cosa no tiene pinta de humana.

—Ese debate concluyó hace mucho tiempo. O mejor dicho, la gente se cansó de él. ¿Puedes definirme a un humano? Yo no. Ahí pone que es humano, ese habitante de Neptuno. A mí me basta.

—Pero ¿qué ha sido del ser humano original?

—No lo sé. Supongo que estará por ahí en alguna parte… en la gran luna, Tritón, lo más probable. Neptuno se ha desarrollado de forma natural. Hay colonias de humanos y máquinas en Tritón, e incluso unas pocas en Nereida, aunque ahí no haya mucho que ver. El planeta apenas si precisa de inteligencia humana. Hay Von Neumanns en abundancia. —Se rió al ver la expresión de Drake—. No, no me refiero a la persona descargada. Murió antes del descubrimiento de los criocadáveres. Los Von Neumanns no son más que máquinas autorreproductoras.

—¿Cuántas hay en Neptuno?

—¿Millones? ¿Miles de millones? No tengo ni idea. No creo que nadie lo sepa, dado que son autorreproductoras. Excavan minerales volátiles y recogen los raros elementos más pesados, y se las apañan muy bien por su cuenta. Los neptunos humanos no están ahí para supervisarlas. Tienen otros motivos: para satisfacer su curiosidad, para experimentar con formas extremas, o para tener un poco de intimidad.

Neptuno se ha desarrollado de forma natural. Drake, asomado a los incontables kilómetros de atmósfera de hidrógeno y helio veteada de glaciales nubes de metano, no veía rastro alguno de desarrollo; pero según Ana y el mecanismo de información de la nave, bajo esas capas de nubes Neptuno bullía con las consecuencias indirectas de la actividad humana, con máquinas capaces de actuar por su cuenta como los humanos, y con humanos que parecían poco más que máquinas.

Él llamaría a eso cualquier cosa menos desarrollo.

Cambió de opinión cuando la nave siguió volando hasta su siguiente puerto de escala. Comparado con Urano, el desarrollo de Neptuno era perfectamente natural.

Algo monstruoso había ocurrido con Urano.

Las lunas principales, a excepción hecha de la pequeña Miranda, la más cercana al planeta, habían desaparecido. La nave estableció una co-órbita con Miranda y giró alrededor de Urano dos revoluciones completas. El gigantesco mundo gaseoso estaba marcado por una serie de manchas brillantes, noventa y seis de ellas regularmente espaciadas alrededor de la achatada esfera del planeta.

—Todavía nada —dijo Ana, respondiendo a la pregunta de Drake—. Dentro de otros dos mil años aproximadamente, cuando hayan terminado los preparativos, esos serán los nodos principales. Comenzará el programa de fusión estimulada. Urano es demasiado pequeño como para mantener su propia fusión, de modo que el cebado y el bombeo deberán ser continuos. Se llevarán Miranda más lejos y realizarán el bombeo de fusión desde allí.

Hablaba con indiferencia, como si la conversión de uno de los principales componentes del sistema solar de planeta a estrella en miniatura fuera una operación rutinaria. Quizá lo fuera.

—¿Qué ha sido de las demás lunas? —Drake podía ver quince enumeradas en el conjunto de datos de la nave, desde la diminuta Cordelia, poco más que una montaña orbitante que seguía la zaga del anillo Ypsilón de Urano, hasta Titania y Oberón, mundos de considerable tamaño la mitad de grandes que la luna de la Tierra. Ahora Miranda era la única superviviente.

—Ah, no les pasará nada. Con el tiempo las devolverán a su sitio. —De nuevo, lo más asombroso de la respuesta de Ana era su ligereza—. Miranda no podía moverse porque la necesitaban. Pero las otras ya debían de estar en camino llegada esta fase del trabajo.

Drake se asomó a las portillas y pensó. Para empezar, Urano nunca había sido un prometedor candidato a albergar vida. Sería imposible cuando la fusión de hidrógeno impulsara el mundo entero hacia la incandescencia.

Le corroía una duda: ¿Por qué hacer algo así, dentro del sistema natal original de la humanidad? En el pasado, en las contadas ocasiones que pensaba en el futuro lejano, se había imaginado la Tierra, junto con los demás planetas del sistema solar, conservada como una especie de enorme museo. Puede que la humanidad se propagara por toda la galaxia, pero los mundos originales siempre estarían ahí. Preservados en condiciones inmaculadas, le recordarían sus orígenes a la gente.

Mas ¿qué le había hecho creer algo así, cuando incluso la Tierra enseñaba una lección diferente? Los humanos llevaban cinco mil años cambiando la Tierra de mil maneras distintas: secando lagos, conteniendo ríos, fertilizando desiertos, asolando montañas, arrasando bosques. ¿Por qué iban a detenerse, únicamente por haber abandonado la Tierra?

Drake se preguntó si no serían todo ilusiones suyas: un impulso humano por retrasar el reloj hasta una época dichosa de simplicidad y certidumbre. Echó un vistazo solapado a Ana, que miraba por la portilla y tarareaba para sí con su adorable y rica voz de contralto. Una oleada de felicidad lo embargó. Los humanos podían cambiar, el sistema solar podía cambiar, el universo entero podía cambiar. Daba igual, mientras Ana estuviera a su lado.

Después de Urano, lo que acontecía alrededor de Saturno parecía poco importante. Su luna de mayor tamaño, Titán, estaba siendo desarrollada. Sin embargo, no la estaban terraformando máquinas ni humanos descargados. Eran formas humanas mejoradas biológicamente las que estaban colonizando la luna inalterada.

—Se trata de otro experimento, claro —dijo Ana—. Solo para ver hasta dónde pueden forzarse los límites biológicos de la humanidad. No cabe duda de que podríamos hacer aquí lo mismo que estamos haciendo en Neptuno, pero ¿dónde estarían entonces la gracia y el reto? Así las cosas, lo que hemos conseguido con Titán es toda una proeza. No es solo por la temperatura. Son ciento ochenta grados por debajo del punto de congelación del agua, pero eso se puede soportar sin problemas…, bien mirado, es una simple cuestión de aislamiento. La parte complicada es la química, la nuestra y la de Titán. Nitrógeno, metano, etano y niebla orgánica mezclada con humo: ¿Qué te parecería intentar resolver el problema de adaptar a un humano para que beba y respire todo eso? ¿Quieres echar un vistazo más de cerca? —Y, tras fijarse en el rostro de Drake—. Vale, entonces, me parece que ya lo hemos visto todo en Titán y Saturno. Júpiter es la siguiente parada.

Las actividades que habían visto en Urano tenían más sentido para Drake después de abandonar Saturno y su horda de lunas, acercarse a Júpiter y descender por fin para aterrizar suavemente en uno de los satélites galileanos.

Recordaba la Europa de la época de Par Leon como un mundo helado, en tanto que los cincuenta kilómetros de profundidad de su continuo océano estaban cubiertos por un kilómetro o más de llanuras heladas y líneas de presión densamente encrestadas. Pero eso había cambiado. Su pequeña nave aterrizó en un iceberg gigante que flotaba a merced de las caprichosas corrientes de un amplio río. Con la luz del sol cayendo en un ángulo bajo, la larga extensión de agua abierta parecía moteada y parda como la piel de una enorme serpiente. Culebreaba hacia el horizonte entre palizadas y almenas de cristal azul. Mientras el iceberg que transportaba la nave avanzaba lentamente, Drake vio riachuelos de agua abierta que se proyectaban en todas direcciones. Se estremeció. Podía imaginarse extrañas criaturas, colosales y deformes, arrastrándose por el horizonte helado.

Europa, en su órbita gravitacional, giraba constantemente alrededor de Júpiter. El Sol se desvaneció lentamente del negro firmamento. El sonido de los témpanos de hielo que se empujaban se hizo más fuerte, transmitido hasta la nave a través del agua y el hielo de la oscura superficie. Para el oído de músico de Drake los icebergs se llamaban a gritos, estridentes lamentos atiplados y gemidos en un sobrecogedor contrapunto, sobre un fondo de roncos gruñidos.

—Por esto necesitamos el proyecto de fusión de Urano —dijo animadamente Ana—. En estos momentos Europa se calienta gracias a las plantas de fusión individuales emplazadas en el fondo del océano, lo que provoca un derretimiento irregular. La situación mejorará enormemente aquí cuando Júpiter produzca una cantidad de calor apreciable.

—¿Quieres decir que vais a hacer con Júpiter lo mismo que estáis haciendo con Urano?

—Lo mismo no. Aunque algo parecido. En realidad Urano es más bien un ensayo.

—Pero, si al final vais a hacerlo de todos modos, ¿por qué esperar?

—Oh, el mismo problema de siempre. Todavía tenemos. —Pronunció una palabra que Drake jamás había escuchado antes. Una voz suave procedente del sistema de comunicación de la nave se apresuró a añadir, en inglés: «Sin equivalente exacto; conservadores/Luditas es la coincidencia más aproximada». Era la primera vez que Drake se daba cuenta de que el ordenador de a bordo controlaba todas las conversaciones, y de que tenía un programa para proporcionar equivalentes aproximados para las referencias que considerara desconocidas para Drake.

Ana no parecía darse cuenta de lo incongruente que resultaba, el que un proyecto para transformar Urano hasta dejarlo irreconocible pudiera considerarse «conservador» y trasnochado. Continuó:

—Pero la transformación de Júpiter terminará por aprobarse. Dale unos cuantos miles de años y todo estará listo y a punto. Desaparecerá el hielo. Y tendremos otro mundo entero que desarrollar.

Estaba preparando la comida para los dos y era evidente que no compartía el creciente nerviosismo de Drake. Pero debió de intuirlo, porque de pronto dejó lo que estaba haciendo y se puso a su lado.

—¿Ocurre algo?

—Estoy bien. —Sería absurdo decir lo contrario. De nuevo estaba con Ana, tras una separación interminable. Aunque quizá se debiera al hecho de estar con ella que se permitía admitir sus dudas y temores. En cualquier caso, por mucho que lo intentara no conseguía dejar de temblar.

—No tienes buen aspecto. —Ana le puso una mano en la frente—. Y no te encuentras bien. Tienes la frente empapada de sudor. Deja que te eche un vistazo.

Se acercó a los controles de la nave, tocó un panel y estudió una imagen.

—Humm. Nada físico.

—¿Cómo lo sabes?

—No lo sé. La nave sí. Controla nuestro estado de salud continuamente. Dice que estás bien. Pero solo se ocupa de los problemas físicos. De modo que el resto está en nuestras manos.

Ana se acercó a la mesa donde estaba trabajando, volvió junto a Drake y le dio algo de beber.

—Ten. Esto debería ayudarte para empezar. Te dije que habría un choque temporal, y estaba en lo cierto. Solo que ha tardado en materializarse. Tómate esto mientras le pido a este chef desquiciado que prepare algo parecido a la comida que tú conoces. Y por esta noche creo que ya hemos visto suficiente Europa. Voy a bajar las luces y a apagar los monitores de la nave. Quédate aquí sentado e imagina que estás sano y salvo en la vieja Tierra.

Ella no podía saberlo, pero hacía mucho tiempo, allá por aquellos días felices en los que Drake ni siquiera se permitía pensar, Ana hacía exactamente lo mismo cada vez que él se encontraba indispuesto. Asumía el mando. Era fuerte cuando él estaba débil, cortésmente débil cuando era él el fuerte.

Drake hizo lo que le decía. Dio cuenta de una copiosa y sabrosa comida, dejando que Ana realizara casi todas las tareas. El chef demostró tener buen tino para seleccionar los alimentos y aun los vinos de la vieja Tierra. Por fin, Drake pudo empezar a relajarse y sopesar la causa de su problema. No era algo racional, pero se dio cuenta de que se trataba de los sonidos de Europa. No lograba apartarlos de su cabeza. Puede que los demás no oyeran nada más que los témpanos de hielo moviéndose según los dictados de la luna. Él oía lamentos atormentados, y los agónicos estertores de demonios de hielo.

—Tienes demasiada imaginación —dijo Ana con firmeza cuando le habló de ello—. Algún día obtendrás tu recompensa. Todo esto se transformará en música. —Apagó las luces, se acostó a su lado y apoyó la cabeza en su pecho. Drake se refugió en la noche perfumada de sus largos cabellos.

Era natural, quizá inevitable, que aquella noche se convirtieran en amantes. Ninguno de los dos comprendió que Drake, en el fondo, pensaba «amantes de nuevo».

13

«Y una antigua pasión me hacía sentir desolado y enfermo»


La euforia física lo arrollaba todo a su paso mientras se dirigían al centro del sistema solar. Hacer el amor, como siempre con Ana, era una epifanía para Drake. Como antídoto para el impacto temporal no podría haber encontrado otro mejor. Inmerso en el roce familiar, en la fragancia y el sabor del suave cuerpo de Ana, podría haber asistido a la destrucción de la Tierra y el Sol con total ecuanimidad.

La situación no era tan crítica, aunque hacía cuatro mil años la Tierra había estado cerca.

—¿Un desastre? —Drake miró a su alrededor donde había aterrizado la nave. Estaban en el borde invernal de un disminuido casquete polar antártico. En su época, nada crecía en estas costas heladas. La única vida animal en junio y julio eran los pingüinos emperador, acurrucados encima de sus huevos para protegerlos de las ventiscas polares a cincuenta grados bajo cero.

Ahora lloviznaba y el aire estaba lleno de estridentes aves marinas, págalos, petreles, albatros y charranes comunes. Había hileras de hierbas y plantas en flor desperdigadas por el salitroso margen de la playa, donde los chorlitos y los zarapitos anidaban en gran número.

—No parece que se haya producido ningún desastre —añadió Drake. Ana y él paseaban por la orilla, descalzos.

Ana se detuvo e hizo saltar una piedra plana sobre las salobres aguas del estuario.

—Créeme, lo hubo.

—¿Qué lo provocó?

—Lo de siempre: la estupidez. Todavía tenemos de eso para dar y tomar. Antes se pensaba que toda la biosfera de la Tierra poseía una fuerte homeostasis. Si esta se alteraba, del modo que fuera, entrarían en juego unas fuerzas que la restaurarían a su condición original. Así que, mientras todo el mundo miraba para otro lado sin preocuparse por este planeta y preguntándose qué hacer con Venus, Europa, Ganímedes y Titán, la Tierra emprendió una fuga medioambiental.

—¿Una fuga? ¿Cómo?

—De temperatura, principalmente. La composición atmosférica también estaba empezando a cambiar, pero el mayor problema era el efecto invernadero. Se interrumpió antes de que pudiera llegar demasiado lejos. Revertirlo ya era otro cantar. Hubo un tiempo en que la gente se imaginó que habría un nuevo punto y final homeostático, con temperaturas lo suficientemente elevadas como para hervir el agua.

Drake paseó la mirada por el idílico estuario.

—Qué soberbia —dijo, en inglés.

—¿Cómo?

—Cuánta arrogancia; creer que se puede hacer todo.

Ana lo miró fijamente.

—Todo no —dijo por fin—. Mucho, sí. La recuperación ha sido lenta pero constante. Las temperaturas ecuatoriales más bajas son de menos de cuarenta grados Celsius. Los animales terrestres se alejan de las zonas de selva templadas y viajan siguiendo al Sol. No te preocupes, hemos aprendido la lección. Esto no volverá a pasar… nunca jamás.

—He aprendido a desconfiar del nunca jamás. —Drake oteó el norte—. Antes vivíamos en un lugar llamado Spring Valley. Si te indico el camino, ¿podríamos ir allí?

—¿Vivías en las montañas o cerca del nivel del mar?

—Justo en la orilla. —Drake no reparó en el cambio realizado por Ana, de «vivíamos» a «vivías».

—En ese caso podríamos ir hasta allí, pero sería una pérdida de tiempo. No lo digo solo por el calor…, los trajes se ocuparían de eso. Pero el nivel del mar ha crecido. Tu antiguo hogar estará entre cinco y diez metros por debajo del agua. Vuelve dentro de diez mil años. El nivel del mar debería haber descendido lo suficiente como para hacer una visita en tierra firme. Pero si quieres ir a la montaña, tengo mis preferidas.

—¿Ya habías estado en la Tierra? —Parecía una pregunta ridícula; su Ana había nacido y se había criado en la Tierra.

Pero ella se limitó a asentir con la cabeza.

—Cinco veces. Es un lugar atrasado, pero aparece en todas las guías de viaje. El hogar seminal, el origen, la cuna de la humanidad. Pero si la gente fuera sincera, admitiría que resulta más bien aburrido. No es aquí donde está la acción. ¿Alguna otra cosa que te apetezca ver?

—Mi antiguo mentor, Par Leon, vivía bajo la meseta africana. Estaba muy por encima del nivel del mar. Conozco el lugar. Si pudiéramos acercarnos volando hasta allí…

—Desde luego.

Ana accedió de buena gana, aunque debía de sospechar lo que se encontrarían. África, diez grados al norte del Ecuador, era un mundo devastado de polvo y roca muerta. Las nieves de Birhan eran un recuerdo, en tanto que su cumbre era una pronunciada negrura que sobresalía en dirección a un cielo de vapores amarillos. Drake lo miró e hizo un gesto con la cabeza en dirección a Ana. Ya había visto bastante.

Pusieron rumbo al espacio y se adentraron en el corazón del sistema. La terraformación de Venus, en palabras de Ana, avanzaba según lo previsto. La presión de la superficie había bajado de unas aplastantes noventa atmósferas terrestres a menos de veinte. Las bacterias confeccionadas a medida convertían las nubes de ácido sulfúrico en azufre, agua y oxígeno. El azufre se introducía en el profundo interior del planeta. Tardaría cientos de millones de años en emerger. Las cianobacterias sembradas en la atmósfera superior se dedicaban a sus asuntos, absorbiendo dióxido, liberando oxígeno, fijando el nitrógeno y descargando una lluvia de detritos orgánicos con los que iniciar la capa superficial del suelo del planeta.

—El agua sigue siendo el mayor problema —dijo Ana—. No hay tanta como nos gustaría. Venus sería siempre un lugar seco, a menos que realicemos una exhaustiva transferencia desde la Nube de Oort, o combinemos el planeta con una de las grandes lunas de agua galileas, como Calisto.

—¿Eso es factible? —El remedio contra el impacto temporal parecía surtir efecto; Drake empezaba a creer que todo era posible. Pero ¿mover un satélite de Júpiter para que se fundiera con un planeta interior? Eso seguía sonando ridículo.

—Todavía no —dijo Ana—. El impacto destruiría Venus. Pero estamos aprendiendo a practicar una fusión suave. Por ahora, no es recomendable aterrizar en Venus. Ahí abajo hace demasiado calor… más del que hizo nunca en la Tierra, aun en el momento cumbre de la fuga. Tendríamos que llevar los trajes puestos en todo momento. ¿Listo para ir a otra parte?

Drake asintió.

—Bien —Ana se detuvo frente al panel de control—. Tenemos muchas opciones. A menos que tengas muchas ganas, sugiero que pasemos Mercurio de largo. Allí están las cúpulas de investigación, pero en realidad no hay nada digno de ver.

La nave siguió volando, soslayando la amplia cara del Sol. De cerca, esa superficie moteada era tan colérica y demoníaca como lo que había encontrado Drake en su visita a Canopus. Atravesaron prominencias de hidrógeno que rugían y llameaban con portentosa energía. Drake permaneció imperturbable. El sistema de refrigeración de la nave mantenía la temperatura del interior a un cómodo nivel; en cualquier caso, Ana estaba a su lado.

El Sol pronto se quedó atrás y comenzó el viaje hacia el exterior. A Drake no le importaba el destino. Fue la insistencia de Ana lo que los condujo a Marte.

—Por diversión.

No sonaba divertido. Drake recordaba la violencia del bombardeo marciano, el cielo gris sucio surcado de nubes y la superficie estremecida y agrietada.

Pero…

Veintinueve milenios y medio era mucho tiempo. Los recuerdos de Drake eran historia antigua. Su aterrizaje se produjo a media mañana, en un mundo en calma de aire limpio y ligero y un cielo azul oscuro.

—Hay mucha más atmósfera que antes —dijo Ana, mientras Drake se asomaba a la verde cobertura de plantas, una fina alfombra de la que surgían tallos como cabellos coronados por bulbos azules—. Pero en realidad no hay oxígeno suficiente para respirar. Para nosotros no, al menos.

—¿Por qué lo dejaron a medias? —Drake empezaba a aceptar con indiferencia la transformación planetaria—. Pensaba que Marte sería sencillo.

—Lo sería. Ya lo verás dentro de un minuto. —Ana observó a Drake mientras este desaparecía dentro de su aparatoso simbionte. Intentó contenerse, pero al final empezó a reírse irremediablemente—. Perdona. Sé que yo voy a tener la misma pinta… pero es que mírate.

Drake se miró. En un espejo vio un marsupial afligido, un canguro con sobrepeso de panza bamboleante y alargado morro de camello. Las orejas, demasiado grandes, sobresalían para conseguir darle una expresión de perpetua sorpresa. Sacó la lengua. La cara del espejo extendió un apéndice negro de al menos treinta centímetros de largo. Parpadeó. Los oscuros ojos líquidos pestañearon a su vez, protegidos por una membrana interior transparente y unos párpados de pestañas lo bastante largas y espesas como para ser la envidia de cualquier reina del glamour.

Ana estaba dejando que la envolviera su propio simbionte.

—Ahora podemos salir —dijo, mientras su nuevo cuerpo parecía inflarse ante la mirada de Drake—. Sígueme.

Hasta el infierno, si tú me lo pides. Pero eso ya lo había hecho. Drake oyó un siseo cuando bajó la presión de la cabina de la nave. Se abrió la escotilla. No hizo nada, pero su enorme panza empezó a contraerse y expandirse a su propio ritmo. Vio que la barriga de Ana hacía lo mismo.

—Si decidieras vivir aquí —dijo Ana, con voz media octava más alta de lo normal—, no tendrías que elegir entre vivir en la superficie, donde no hay tanto oxígeno, o en las cavernas subterráneas, donde sí lo hay. Te limitarías a dejar que tu simbiotraje se ocupara de eso y cubriera tus necesidades. Los habitantes de la superficie de Marte nunca se separan de sus simbiotrajes. Comen, beben, duermen y mueren con ellos…, aun cuando bajan a las cavernas.

Drake entendió por qué cuando salieron de la nave y empezaron a recorrer la resquebrajada planicie del exterior. No tenía la impresión, en absoluto, de llevar un traje puesto. El simbionte era su propio cuerpo. Simplemente resultaba ser un nuevo cuerpo capaz de soportar el frío extremo y subsistir con menos de una cuarta parte del oxígeno que requeriría un humano.

—Comer, beber, dormir y morir. ¿También hacer el amor?

—¿Te imaginas a algún ser humano viviendo durante años en un entorno donde no pudieran hacer el amor? ¿Ves ese grupo de allí? —Ana estaba señalando el horizonte—. Ve a preguntarles.

Había aparecido media docena de personas/simbiontes. Se movían como verdaderos canguros, dando saltos de quince metros en la baja gravedad de Marte.

Drake los vio agitar los brazos y señalar, invitándolos a Ana y a él a una estructura abierta junto a un conjunto de rocas.

—Vale —dijo él—. Charlemos un rato.

Sentía curiosidad por saber cómo era la vida en la superficie de Marte, pero no quería interrogarlos sobre cómo se hacía el amor con un simbiotraje. Estaba más que capacitado para llevar a cabo sus propios experimentos a ese respecto.

El cambio se produjo su segundo día en Marte. Ana se volvió de repente reservada y distante. Drake no sabía a qué se debía aquello —¿algo que él había dicho o hecho?— y ella no se sentía con ganas de hablar.

Eso nunca había ocurrido en el pasado. No es que nunca discutieran. Pero tenían una norma para esos casos. En palabras de Ana: «No acostarse nunca enfadados. Aguantar despiertos y plantar cara».

Cuando los sentimientos de uno resultaban heridos, el otro siempre se percataba. Se sentaban y hablaban, discutían cuanto fuera necesario y sacaban a la luz todas las ofensas o contrariedades. Una vez expuesta la llaga, el otro podía curarla mejor.

Pero Ana se negaba a hacerlo.

—No es nada —se limitaba a decir, cuando era evidente que sí lo era.

El vuelo de regreso a Plutón, surcando el espacio hasta donde el Servidor de Drake aguardaba pacientemente —o impacientemente, quizá— su vuelta, fue silencioso e insatisfactorio. De acuerdo con Ana, el viaje había sido un éxito rotundo. Si alguna vez llegó a producirse algún impacto temporal, ya era cosa del pasado.

Pero, si había sido un éxito, ¿por qué estaba tan distante?

Lo descubrió la última mañana de vuelo, minutos antes de disponerse a aterrizar en la estación de Caronte. Ana se había mostrado considerablemente más animada en las últimas veinticuatro horas. Drake supuso que el problema, cualquiera que fuese, se había arreglado. Al bajar la guardia, el golpe fue mucho más difícil de encajar.

—¿A qué te refieres con nuestros últimos días juntos? —Drake estaba observando el acercamiento automático de la nave a Caronte, cuando la queda afirmación de Ana despertó sus sentidos.

¿Había oído bien? ¿De veras había dicho, «Ojalá hubiéramos podido aprovechar más nuestros últimos días juntos»?

—Pensaba que nos podríamos quedar aquí en el sistema exterior todo el tiempo que quisiéramos.

—Tú sí. —Ana se puso a su lado—. Pero yo no. Tengo promesas que cumplir. Las personas que van a Rigel Calorans me esperan, pero no esperarán eternamente. Tengo que ir a reunirme con ellas.

—Pero ¿qué pasa con nosotros? —Cuando Ana meneó la cabeza, continuó—. Mira, entiendo que te hayas comprometido con ellos, lo entiendo perfectamente. No quiero que faltes a tu palabra. Pero no hay nada que me ate al sistema solar… tan solo tú. Iré contigo, me uniré a tu grupo.

—No, Drake, no es tan sencillo. —Le tomó de la mano—. Me gustas mucho, y nunca olvidaré que te debo la vida. Pero no puedes quedarte conmigo. Permite que te sea sincera, aun a riesgo de parecer grosera: no quiero que te quedes conmigo. No te quiero como quieres tú a tu Ana.

—No te creo. Todo lo que nos hemos dicho, todo lo que hemos hecho…

—Todo lo que tú has dicho. Como amantes somos buenos y cariñosos el uno con el otro, físicamente encajamos a la perfección, no lo niego.

—Entonces, ¿dónde está el problema? Ana, podemos arreglar esto hablando, siempre lo hemos hecho.

—Ese es el problema, precisamente. No soy Ana… tu Ana. Soy yo. Tú y yo nunca hemos arreglado nada hablando. Piénsalo y verás que digo la verdad. —Le soltó la mano y se apartó—. Drake, todo esto es culpa mía. No tendría que haberte revivido. Te veo cuando me miras y sé que estás viendo a otra persona.

—No quiero a otra persona. Te quiero a ti.

—No. Estás ciego. Quieres lo que ves, lo que crees que soy. Ana y tú compartisteis tantas cosas. Yo no tengo esa experiencia, pero tú ni siquiera te das cuenta de su ausencia. Deja que te dé un ejemplo. Supusiste que yo sabría por qué llamas Milton a tu Servidor, de modo que no te molestaste en explicármelo. Pero el caso es que no lo sé.

—«Aquellos que esperan parados sirven a su vez». Lo escribió John Milton, un poeta del pasado. Fue una especie de broma cuando le puse ese nombre, porque el Servidor…

—Drake, no lo sé y no quiero saberlo. Quiero irme, ahora mismo.

—No te puedes ir. ¿Qué voy a hacer sin ti?

—Volverás a ser el que eras antes de que yo apareciera para complicarte la vida: fuerte, decidido y valiente. —Se acercó a él, vaciló, y por fin le besó rápidamente en los labios mientras se abría la escotilla—. No es solo eso, Drake. Pensé que lo habrías deducido, pero al parecer no es así. Quise decírtelo una vez, pero me interrumpiste como si no quisieras hablar de ello.

Drake se giró. Melissa Bierly estaba de pie en la puerta. Sus brillantes ojos de zafiro sonreían en ademán de bienvenida. En su rostro había un resplandor y una serenidad que Drake no había visto nunca antes. En ese momento, Ana cruzó corriendo la distancia que las separaba y las dos mujeres se abrazaron apasionadamente.

—Hola, Drake Merlin. —Melissa habló en voz baja, casi con timidez—. Me alegra volver a verte.

—¿Tú…? ¿Y Ana…?

—Somos compañeras. Pareja de por vida. Vamos a ir juntas a Rigel Calorans. —Melissa, con la mano de Ana cogida aún entre las suyas, se acercó a él—. Te debemos mucho.

—Todo —añadió Ana—. Gracias a ti nos conocimos Melissa y yo. No estabas aquí, Drake, pero fuiste tú el que nos unió. La busqué porque te conocía.

Se volvió hacia Melissa. Drake vio de nuevo ese brillo en los ojos de Ana, esa mirada de embeleso. La había visto una vez antes… cuando estaban hablando de Melissa.

—Pero éramos amantes —susurró. Y, cuando Ana se limitó a asentir—, ¿cómo has podido hacer eso conmigo, si estabas ligada a ella?

Las dos mujeres lo miraron fijamente, desconcertadas.

—Para consolarte —dijo Ana despacio—. Para animarte, cuando estabas asustado y nervioso. ¿Cómo podría haberme negado? Melissa habría hecho lo mismo.

Melissa asintió. Rodeó a Ana con los brazos y apoyó la cabeza en su hombro.

—Lo haría, Drake, si me necesitaras. Pero Ana lo hizo realmente. Calma el dolor casi antes de que aparezca. Esa es una de las razones por las que la amo.

Drake retrocedió y tropezó con la silla de control de la nave.

—Y Ana te quiere a ti, no a mí. Voy a perderla.

—Sí —dijo Ana—. Me perderás. Pero no te confundas. Ya te he dicho que ibas a perder a Ana, pero no a tu Ana.

—Volveré a estar sin ti. ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo voy a vivir?

Las dos mujeres se acercaron a él y se agacharon para depositarle sendos besos en las mejillas.

—No te rindas —dijo suavemente Melissa—. Mantén la fe, Drake, y persevera. Estamos de acuerdo contigo: en algún lugar, en algún momento, encontrarás a Anastasia. No a mi Ana, sino a la tuya.

Ana y Melissa se apartaron. Cogidas de la mano, se dirigieron a la compuerta. Drake se incorporó a medias de su asiento, como si se dispusiera a seguirlas. Luego se dejó caer. La puerta de la escotilla se cerró.

Seguía sentado, contemplando sin ver las imágenes de la abrupta superficie de Caronte, cuando se abrió de nuevo la puerta. El pequeño Servidor, Milton, entró en la sala. Rodó hasta situarse al lado de Drake. Como si percibiera el estado de ánimo del humano, no dijo ni una palabra.

Milton estaba en Caronte cuando llegó Melissa Bierly y había escuchado toda la conversación. Sabía lo que iba a suceder a continuación.

14

«Estos nuestros actores,

como predije, eran todo espíritu y

se han disuelto en el aire, en la nada»


Ahí estaba la misma habitación acogedora, la misma vista a la amplia bahía y el océano revuelto: la Bahía de Nápoles, y algo más lejos, las inmortales aguas del mar Tirreno. Pero esta vez el mar era de un gris pizarra, y hacia el norte, ominosas nubes de lluvia se alzaban sobre la antigua ciudad; en vez de la gitana de negros cabellos había una persona de atractivos rasgos andróginos y melena sentada en el sillón frente a él.

Drake giró la cabeza a uno y otro lado. Sentía el cuello ligeramente envarado, como si hubiera pasado demasiado tiempo sentado en la misma postura. Cayó en la cuenta de lo ridícula que era esa idea al tiempo que decía:

—Preferiría que no se tomara tantas molestias, sabe. Prefiero la realidad.

—No lo creo. —Era un hombre, a juzgar por la voz. El inglés que hablaba era perfecto, sin acento—. Ha habido… cambios.

—Espero los cambios. Necesito los cambios. Las épocas pasadas no pudieron hacer nada por salvar a Ana. Ahórreme las simulaciones.

—Me temo que eso es imposible.

—Mi cuerpo…

—Conservado. Su criocadáver, junto con el cuerpo original de Ana, sigue en la criomatriz. Esa matriz ya no se encuentra en Plutón, por motivos que comprenderá más adelante. Sin embargo, su cuerpo permanece inalterado. Podría ser revivido, aunque como ve ya no nos resulta imprescindible reanimarlo para conversar. Hemos activado un enlace superconductor directo con su cerebro.

—¿Quién es usted?

—También eso requiere una explicación. —El hombre sonrió, una sonrisa cordial y relajada que parecía imposible de simular—. Digamos que soy «el material del que están hechos los sueños». Como ve, tras el malentendido de su última resurrección nos hemos esforzado por familiarizarnos con los escritos de su época. Llámeme Ariel, si quiere tener un nombre que le suene de esa era. Con su permiso, voy a añadir a alguien más a esta conversación.

—Melissa, y el clon de Ana…

Drake había solicitado, con tanta insistencia como podía hacerlo alguien sin autoridad para solicitar nada, que lo dejaran congelado hasta que se pudiera hacer algo por restaurar a la Ana original; pero su último despertar le había enseñado que los demás tenían sus propias e imperiosas necesidades.

Ariel sacudió su rubia cabellera.

—Ni Melissa Bierly, ni el clon de Ana.

—¿Están vivas?

—Yo diría que sí; pero no de ninguna forma que usted pudiera reconocer. Paciencia, Drake Merlin. Han pasado muchas cosas, y queda mucho por decir y hacer. Antes, sin embargo…

El hombre no se movió, pero a su lado apareció de la nada una esfera conocida, rematada por una escobilla metálica.

—Mis más sinceras disculpas. —El Servidor inclinó su cabeza sin ojos en dirección a Drake—. Las instrucciones que me dio en el momento de su congelación fueron sumamente precisas: solo cuando existiera información nueva disponible relacionada con el estado de Ana debía ser usted resucitado. Sin embargo, tras meditarlo he considerado necesario enlazar con usted antes de tomar ciertas medidas inaplazables. Reconozco que podría argüirse que en realidad no ha sido usted reanimado, y que por consiguiente no se han desobedecido sus instrucciones. No obstante, renuncio a justificarme con ese pretexto en particular.

—¿Tú eres Milton? No hablas como antes.

—Soy Milton, pero en composición soy más que Milton. Me presento en esta forma pensando únicamente en su conveniencia. Aunque haya transcurrido mucho tiempo, sigo siendo su Servidor y acato sus órdenes.

—¿Cuánto tiempo? —Drake se enderezó en su asiento, consciente de que su cuerpo real, sumido en el criosueño, no podía moverse ni un micrómetro. ¿Qué milagro de la ciencia le otorgaba este control absoluto de su cuerpo en una realidad derivada? ¿Qué tipo de magia posibilitaba que su cerebro supercongelado pensara?—. Y no te andes por las ramas como la última vez. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde que volví a la criomatriz?

Milton vaciló visiblemente antes de responder.

—Sin engaños. Según sus estándares, sin duda es mucho tiempo; pero también se han producido cambios en la percepción y la medición del tiempo. Además, ha habido… discontinuidades… en la historia humana y su desarrollo.

—¿Te refieres al ocaso de la civilización humana? Eso era lo que me preocupaba la primera vez que entré en el criosueño.

—No ha habido ningún ocaso en el sentido al que usted se refiere, con una pérdida completa de tecnología. Sin embargo, en tres ocasiones el desarrollo humano ha progresado en otras direcciones… que ahora consideramos equivocadas. Durante dos de esos períodos, el concepto de tecnología carecía de significado.

—Ya me lo contarás luego. ¿Cuánto hace que entré en la criomatriz? ¿Me lo vas a decir o no? Olvídate de la desorientación temporal y responde. Dices que obedeces mis órdenes. Esto es una orden.

—Aun sin el refuerzo del compuesto, estoy obligado a desobedecer todas aquellas órdenes que, en última instancia, pudieran redundar en perjuicio de su bienestar. Sin embargo, responderé. Su cuerpo ha estado en la criomatriz durante un período de tiempo que, en los términos de revoluciones orbitales de la Tierra con los que está usted más familiarizado, equivale a catorce millones de años. —El Servidor hizo una pausa. Al ver que Drake no se movía ni hablaba, continuó—. Catorce millones de años. O lo que es lo mismo, un período de tiempo igual a…

—Ya sé lo que son catorce millones de años. —Drake se rió, un ladrido sin gracia de incredulidad, mientras intentaba asimilar esa cantidad de tiempo. Al principio, en su inocencia, se había imaginado que permanecería congelado mil años. Entonces le pareció un intervalo inmenso.

Era un intervalo inmenso, un período de tiempo lo bastante largo como para que surgieran y desaparecieran civilizaciones, para que las ciudades y las dinastías se alzaran y desmoronaran. Roma había resistido y reinado mil años. Hubo un tiempo en que eso se consideraba un modelo de estabilidad humana. Pero mientras dormía, podrían haber aparecido catorce mil imperios romanos, uno detrás de otro. Cien mil Césares, suficientes para llenar un estadio de fútbol, podrían haber conquistado, gobernado y sido derrocados. Catorce mil Gibbons podrían haber escrito las crónicas de su auge y su cruenta caída.

—A lo mejor tienes razón —dijo Drake—. No sé lo que son catorce millones de años. Y supongo que estoy equivocado. No soy inmune a la conmoción temporal. Estoy en shock temporal. Dame un par de minutos, Milton.

—Todo el tiempo que usted necesite. —El Servidor retrocedió rodando unos metros y el hombre de melena rubia que estaba sentado en el sillón tomó el relevo.

—Deducimos que se refiere a minutos subjetivos. Una de las ventajas de la interfaz superconductora es la velocidad. Este encuentro está teniendo lugar con una tasa de tiempo subjetivo equivalente a menos de una milésima parte del tiempo real…

—Necesito saberlo —interrumpió Drake—. Tengo que saber qué ha sido del sistema solar…, por qué me habéis despertado…, si se ha avanzado en la solución del problema de Ana. —Se le ocurrió una idea emocionante—. ¿Sería posible enlazar con su cerebro, como habéis hecho con el mío?

—Por desgracia, no. Establecimos contacto con el residuo, hace tiempo. Hay muchas células cerebrales intactas, como podrá imaginarse. Pero la conectividad, el conjunto que hace posible el concepto de mente, ha sido destruida.

—Dejadme intentarlo a mí. —Drake descubrió que estaba temblando de ansiedad—. La conozco mejor que nadie. Ponedme en contacto con ella, dejad que haga mi propia evaluación.

—Consideramos que eso sería sumamente contraproducente. —El rostro de Ariel era tranquilo pero compasivo—. Contraproducente para usted. Como lo sería exponerle, de inmediato, a la humanidad tal y como existe hoy día. Es preciso un período de aclimatación. Su fuerza y su robustez mental son excepcionales desde cualquier punto de vista, pero no queremos forzar sus límites. Nos temíamos que pudiera refugiarse en la locura nada más ser contactado. No lo ha hecho. Pero encontrarse con el lastimoso y turbio remedo de mente que se aloja ahora en el cuerpo de Anastasia sometería su cordura a una prueba insuperable.

—Pero, ¿no ha habido ningún avance? Si su cerebro original no se puede reparar…

—Llegaremos a la cuestión de los avances científicos a su debido tiempo. Por ahora, consideramos que lo mejor será que empiece por algo conocido. Su Servidor le enseñará el sistema solar. Después tendremos tiempo de hablar de nuevo.

—No quiero un estúpido tour por el sistema solar. La última vez, eso sólo hizo que me sintiera peor. Me interesan las personas, no los planetas. Quiero saber qué cambios de los que se hayan producido en los últimos catorce millones de años pueden afectar al regreso de Ana.

Drake se inclinó hacia delante, preparado para discutir. No tuvo ocasión. Con un último aleteo de su mano, Ariel desapareció; al mismo tiempo, Drake apareció a bordo de una nave.

Aunque el cuerpo congelado de Drake seguía en la criomatriz, la ilusión de haber sido reanimado era casi perfecta. Milton y él parecían estar viajando juntos de verdad en una nave real, con su movimiento y avance constreñido por las leyes de la dinámica y la geometría del sistema solar. Experimentó hambre y cansancio auténticos. Tras dieciocho o veinte horas de vigilia subjetiva, empezaría a bostezar y sentiría la necesidad de dormir.

Era el nuevo sistema solar lo que parecía irreal.

Habían empezado cerca del Sol, donde la conocida y firme baliza ofrecía constancia y solaz. Un puñado de millones de años no era nada para el ciclo vital de una estrella de Clase G. Había asistido al nacimiento de Drake y, seguramente, contemplaría inalterado su muerte definitiva, cuando quiera que esta se produjera.

Pero, al contrario que su nacimiento, su muerte definitiva no tendría lugar en la Tierra. Drake había mirado por las ventanillas de la nave, impasible, mientras pasaban veloces junto al rescoldo candente de Mercurio y el mundo jardín de Venus, con su atmósfera azul y blanca, sus plácidos océanos y sus continentes esculpidos. La transformación del segundo planeta podría haber parecido algo asombroso y maravilloso en la época de Drake, pero ya se preveía en tiempos de Par Leon; la transformación estaba en una fase avanzada la última vez que resucitó.

Su interés se concentró en la Tierra mucho antes de que llegaran allí. El cambio medioambiental casi fatídico cuyas consecuencias había presenciado durante su última visita había durado varias decenas de miles de años, pero eso no era más que una irregularidad pasajera en el largo historial de la Tierra. Ana le había asegurado que se habían efectuado correcciones. Estaba convencida de que nunca volvería a cometerse un error parecido.

Así que, ¿qué habría sido de su planeta natal después de tantos millones de años de población y desarrollo?

Mientras se acercaban, Drake miraba una y otra vez. Algo iba mal pero ¿de qué se trataba?

El doblete formado por la Tierra y la Luna aumentaba de tamaño en los monitores de la nave. Las proporciones eran las adecuadas, el disco de la Tierra ocupaba más de diez veces la superficie de su satélite; pero los colores eran extraños. El mundo de menor tamaño era de un rojo chillón con manchas amarillas. El más grande, en lugar de presentar el familiar gris azulado de la Tierra, brillaba con un blanco monótono y moteado que resultaba irritantemente provocativo y conocido.

Se fijó en ese orbe pálido. El cambio de perspectiva tuvo lugar en su cabeza.

—¡El grande de ahí es la Luna, las marcas han cambiado pero ese es su color! Pero, entonces, ¿dónde está la Tierra? A menos que haya cambiado hasta parecerse a la Luna, y esta… Milton, sé que esto es una simulación. ¿Representa la realidad o la estás manipulando?

El Servidor estaba a su lado. Había dicho poco desde el inicio del viaje, pero ahora la respuesta fue inmediata.

—No es una simulación ortodoxa. Se trata de una representación. Lo que significa que, aunque todo nuestro viaje tiene lugar en la realidad derivada, lo que ve usted coincide exactamente con el sistema solar físico, tal y como existe hoy día.

—¿Qué le ha pasado a la Tierra?

—Es más sencillo explicar el porqué que el qué. Como ya le hemos dicho, durante su criosueño la humanidad ha cambiado de dirección en tres ocasiones. En dos de ellas, la tecnología fue ignorada. En la tercera, dio un salto que ni siquiera ahora somos capaces de comprender. El centro de esa nueva tecnología fue la Tierra. Un buen día, sin previo aviso, la Tierra se redujo a una fracción de su antiguo tamaño. Su superficie se cerró. Su masa permaneció inalterada.

—¿Encogió estando habitada todavía?

—Correcto.

Drake observó horrorizado el mermado orbe manchado de rojo y amarillo.

—¿De modo que todos y todo cuanto había en la Tierra fue destruido?

—Pensamos que no. Creemos que de algún modo ha sobrevivido todo cuanto había en la Tierra. El espacio interior se ha plegado, y creemos que en el interior no se produjo ningún encogimiento. No tenemos pruebas fehacientes de esto, puesto que incluso después de un millón de años terrestres, nadie ha conseguido penetrar la esfera que está usted viendo. Emite su propia radiación, pero es impermeable a todo elemento externo. A veces se aprecian cambios, en ocasiones se producen lo que parecen tormentas eléctricas a escala global. La teoría más extendida es que la esfera es mantenida constantemente por una sola entidad que la ocupa, una supermente, combinación de inteligencia orgánica e inorgánica.

»Puede que de mayor relevancia para el resto del sistema solar, en el momento de la reducción y sellado de la Tierra, el planeta era el principal repositorio de todos los bancos de datos del sistema solar. Su pérdida tuvo un profundo impacto en el desarrollo humano…, aun en la cordura de la humanidad. Todo el mundo se vio inesperadamente privado de una memoria grupal de vital importancia y la fuerza cohesiva de la especie. El proceso de reconstrucción se empezó a partir de las bases de datos parciales emplazadas en otros lugares, pero fue lento, inseguro e imperfecto. Tras el sellado de la Tierra, se revivió a todas las personas encerradas en las criomatrices de Plutón. Sus recuerdos ayudaron a recrear los archivos históricos más antiguos.

Esa información produjo en Drake una sensación de amarga ironía. Se había equivocado, absoluta e irremediablemente. Había sostenido, en la tranquila casa de la periferia mientras los niños alborotaban en el piso de arriba y Tom Lambert se sentaba ante él con el semblante demudado, que su sacrificio era una cosa necesaria. Sin su ayuda, Ana jamás sería resucitada. En realidad, hasta el último desconocido emplazado en Segunda Oportunidad se había salido con la suya; incluso los «inútiles», a los que él había pensado que nadie se tomaría la molestia de revivir.

En vez de congelarse tendría que haber hecho caso a Tom Lambert y seguir adelante con su vida. Mejor aún, en vez de huir de Plutón tendría que haberse quedado allí, en las criomatrices, con Ana. Los habrían resucitado juntos, para vivir el resto de sus vidas en compañía del otro.

En cambio…

—He dicho que se revivió a todo el mundo —continuó el Servidor—. Eso, evidentemente, no es del todo cierto. Usted fue la única excepción, dado que esgrimí sus instrucciones específicas relativas a su resurrección.

—Ahora estoy consciente, aunque no me hayan resucitado.

—Cierto. Llegaremos ahí a su debido tiempo. Pero ahora, ¿le gustaría ver la Tierra más de cerca, por motivos sentimentales? —La escobilla metálica de sensores del Servidor apuntó a Drake—. Aunque no estuviéramos en realidad derivada, seguiría siendo bastante seguro visitar la Tierra. Nunca se ha producido interferencia alguna con las naves que se aproximan, ni siquiera con aquellas que aterrizan en la impenetrable superficie exterior. Tan solo se hace caso omiso de ellas.

—Eso no es la Tierra, da igual cómo lo llames. —Drake dio la espalda a los monitores—. Llévame lejos. Aquí no hay nada para mí.

Nada para él, quizá, en todo el sistema solar. Esa idea cobró fuerza mientras volaban lejos del Sol. El problema no eran los cambios físicos, que eran considerables: Júpiter, apagándose como un rescoldo moribundo, inundando sus satélites de abundante radiación de infrarrojos; los anillos de Saturno, desaparecidos; Urano, como un segundo sol en miniatura, iluminando el sistema exterior; Neptuno, evaporado; Plutón, cociéndose hasta el punto en que el nitrógeno se licuaba en su superficie y la criomatriz que contenía a Drake y Ana —y a nadie más que Drake y Ana— había tenido que ser trasladada a un emplazamiento más frío.

Más importantes que todo eso eran los cambios que no podían verse. Cuando Drake escuchó las palabras «catorce millones de años» no pensó de inmediato en lo que eso implicaba. La noticia de que todos los demás ocupantes de las criomatrices habían sido resucitados le hizo comprender que se había convertido en lo que más temía: un fósil viviente, una criatura surgida del remoto pasado. Nada de lo que era o sabía podría interesar a nadie en este lejano futuro. Aun las mismas criomatrices eran un anacronismo. Drake debía la existencia continuada de Ana y la suya propia en el criosueño tan solo a la mente literal, persistente y concienzuda de Milton.

Y era una mente. Drake ya no podía seguir considerando al Servidor un tipo de ayuda de cámara mecánica. Por sí solo, Milton poseía una capacidad mental que rivalizaba con la de cualquier humano de la época de Drake; como parte de un conjunto aún sin definir, el Servidor sobrepasaba con mucho la inteligencia humana.

La nave siguió su curso, más allá del sistema solar que Drake conocía. El Sol se redujo a una mota. Las constelaciones que poblaban el firmamento formaban nuevos y anónimos dibujos. Catorce millones de años era tiempo más que suficiente para que el lento devenir de las estrellas «fijas» hubiera cambiado la faz de los cielos.

—La Nube de Oort —dijo Milton— en el momento de su anterior despertar, estaba siendo explorada por vez primera. Ha cambiado de forma apreciable. Ahora es una amalgama de cientos de millones de enseres planetarios e inteligencias entrelazadas. No vamos a pasar ningún tiempo allí, puesto que en su forma actual es algo incomprensible para usted. Le interesará mucho más esto.

El Servidor no hizo ningún ademán perceptible, pero la nave se desvaneció de repente. Drake se quedó flotando en el espacio abierto frente a un disco achatado y ladeado, compuesto por miles de brillantes chispas de luz.

—Estamos contemplando el espacio estelar humano —continuó Milton—. Esta es la parte de la galaxia que la humanidad y las máquinas, en todas sus formas compuestas y complementarias, han alcanzado, desarrollado y colonizado. El sistema solar reside aproximadamente en el centro. Pese a ocupar menos de una millonésima parte de toda nuestra galaxia, el espacio humano incluye ochenta mil soles. El perímetro crece constantemente, y de forma asimétrica, a una fracción considerable de la velocidad de la luz.

—¿Alienígenas? —El enorme disco parecía medir varios cientos de años luz de diámetro. Sin duda los humanos habrían encontrado otros viajeros del tiempo y el espacio. Pero la cabeza de escobilla de alambre disentía.

—Todavía no. Vida en abundancia, sí. Incluso vida animal multicelular, capaces de reproducirse, cuya genética se basa en pares de nucleótidos. Pero vida inteligente, no. —Milton se mostraba sereno y fatalista—. La búsqueda continúa. Algún día tendrá lugar el contacto, sin duda.

»Sin embargo, este es el final de nuestro breve trayecto por el exterior. Ahora debemos regresar a la proximidad de su criotanque; allí nos enfrentaremos a un problema más inmediato.

15 La descarga

La realidad derivada tenía al menos una ventaja sobre el espacio y el tiempo normales: viajar era un acto instantáneo. Puede que Milton hablara de «volver» a la región de los criotanques, pero solo lo hacía para comodidad de Drake. No había habido ningún viaje físico. Tan pronto estaban flotando en los confines del sistema solar, contemplando la vasta región ladeada del brazo en espiral que estaba ocupado por los humanos y sus construcciones, como volvían a asomarse a la Bahía de Nápoles, donde se cernían aún los negros nubarrones.

Ariel asintió en dirección a Drake, y empezó a hablar.

—Ha visto usted una parte de lo que los humanos y nuestros compañeros inorgánicos pueden hacer y han hecho. Ahora es el momento de hablar de lo que no podemos hacer. Nuestras limitaciones explican por qué nos parece necesario interactuar con usted. La razón es sencilla: No puede usted permanecer en la criomatriz por tiempo indefinido.

Drake había previsto este momento muchos millones de años atrás, antes incluso de ser congelado. Algún día todas sus virtudes perderían su utilidad. ¿Quién iba a sufragar entonces los costes de la operación prolongada de los criotanques?

Esperaba que el problema se resolviera cuando Par Leon le informó de que las actividades relacionadas con el empleo del tiempo humano eran las únicas con un precio implícito. Ahora, al parecer, las normas habían cambiado de nuevo.

Pero había aprendido a no aceptar un no por respuesta.

—¿Tengo alguna posibilidad de resucitar y conseguir algún crédito? A lo mejor todo lo que sé no tiene ningún valor, pero me presentaría voluntario para realizar cualquier acción que permitiera a Ana seguir en la criomatriz.

—No me ha entendido. El servicio de la criomatriz cesará en breve, pero no a causa de problemas de mantenimiento. Cada tanque cuenta con su fuente de energía de larga duración particular, capaz de preservar un criocadáver durante períodos extremadamente largos sin necesidad de intervención externa. Durante tanto tiempo, en realidad, que desconocemos su verdadera esperanza de vida con exactitud. Solo sabemos que puede medirse en miles de millones de años. La criomatriz con sus criotanques se encuentra ya al borde de la Nube de Oort y continúa adentrándose en el espacio interestelar. Ana y usted son sus únicos ocupantes desde hace tiempo. Sin embargo, no es ese el motivo por el que la criomatriz es cada vez más irrelevante. El problema es mucho más básico. Mire esto.

La ventana no se movió, pero la escena que mostraba se alteró. Drake se encontró viendo a través del cristal un cuerpo desnudo, su cuerpo, almacenado en su criotanque.

—De nuevo, estamos en la realidad derivada —dijo Ariel—. Esta vez por motivos distintos. Fíjese.

El criocadáver de Drake no se movió, pero la carne y los huesos se volvieron gradualmente translúcidos. Drake, contemplando nervioso cómo se disolvía su cuerpo, vio que aparecían en su interior chispas de luz. Aparecían al azar y frecuentemente, una cada pocos segundos.

—Lo que no podemos hacer —continuó Ariel— es controlar las probabilidades que determinan los procesos cuánticos. Lo que está viendo es el cambio de los átomos y las moléculas dentro de su cuerpo y su cerebro reales, el resultado de transiciones cuánticas. A fin de minimizar tales acontecimientos, hace tiempo que redujimos la temperatura de los criotanques a partir del entorno de helio líquido original, hasta una fracción de un microkelvin. De resultas, los cambios de los estados atómicos y moleculares se volvieron mucho menos frecuentes. Sin embargo, no cesaron en su totalidad. Ni lo harán, no importa cuánto aproximemos la temperatura al cero absoluto. Lo garantizan las variaciones en el vacío. No hay manera de impedir o controlar estos efectos cuánticos.

Drake vio otras dos chispas de luz, una en el vientre de su criocadáver y otra en la base de su cerebro.

—Me está diciendo que estoy cambiando, aun en el criotanque; y que no hay forma de impedirlo.

—Está usted cambiando…, pero muy despacio. Lo que ve son fenómenos cuánticos a gran velocidad. Cada segundo de proyección equivale a cincuenta años en tiempo real. Sin embargo, a grandes rasgos su conclusión es válida. No hay manera de detener los cambios. Si se queda en el criotanque, da igual cuán baja sea la temperatura, su cuerpo resultará alterado irremediablemente. Las transiciones del estado cuántico terminarán por afectar a su memoria y su mente.

La escena del exterior de la ventana se volvió gris, antes de mostrar de nuevo Nápoles y la bahía nublada. Milton, que aguardaba en silencio junto a Ariel, se acercó rodando hasta Drake.

—Comprenderá usted mi dilema. Por una parte, su orden directa fue que lo dejaran intacto en el criotanque hasta que llegara el momento en que se produjeran nuevos hallazgos que pudieran beneficiar nuestra capacidad para reanimar a Ana, tal y como era en su época. Por otra, resulta imposible dejarlo inalterado en el criotanque, puesto que su mera presencia en él propicia inevitablemente el cambio. Por consiguiente, tanto si actuaba como si permanecía impasible, me veía incapacitado para obedecer su orden. Decidimos interactuar con su criocadáver, como hacemos ahora, para explorar otra opción.

—¿Tenéis una?

—Desde luego: la descarga. La conversión de todos los contenidos de su cerebro a un entorno electrónico.

—Es decir, convertirme en una especie de programa informático. Olvídalo.

—Escuche un poco más, antes de decir que no. Si se descarga usted, y en el futuro desea volver a operar en forma humana, se puede conseguir sin problemas. No haría falta más que almacenar la información somática junto con el contenido de su mente. Esta información se almacena en el núcleo de todas las células de su cuerpo. A partir de su mapa genético, podría generarse un cuerpo nuevo. A continuación, sería cargado en el nuevo cerebro desde su continente electrónico.

—¿De verdad se puede hacer eso?

—Se puede, y se ha hecho un millón de veces. Es el procedimiento estándar para establecer equipos de investigación en los planetas de otras estrellas.

—Pero, ¿el continente electrónico no será igual de susceptible al cambio que mi cerebro congelado? No es inmune a los procesos cuánticos. Acabáis de decir que no había manera de impedir o controlar los fenómenos cuánticos.

—Cierto; sin embargo, existe una forma de compensarlos. Se realiza por medio del simple exceso y comparación. Después de llevar a cabo la descarga electrónica de un cerebro, creamos tres copias idénticas. Cada una de estas copias, como usted ha observado, es susceptible de experimentar cambios estadísticos debido a los fenómenos cuánticos. Por consiguiente, de forma periódica ejecutaremos una comparación bit a bit completa de las tres copias. Ocasionalmente, una de las copias mostrará diferencias con respecto a las otras dos. Atribuiremos ese cambio a la fluctuación cuántica y corregiremos la copia variante hasta equipararla a las otras dos. Es cierto que resulta matemáticamente posible que se produzcan dos cambios cuánticos en el mapa cerebral almacenado, en el mismo elemento de información y al mismo tiempo. Eso produciría tres versiones distintas y no habría forma de saber cuál es la más fiel al original. Afortunadamente, las posibilidades de que ocurra algo así son tan pequeñas que se pueden considerar despreciables.

—Supongo que ya han hecho todo esto con alguien.

—Más que eso. —El Servidor carecía de los medios físicos para expresar embarazo, pero su voz se ralentizó y cambió—. En los últimos catorce millones de años, he estado empleando esta técnica con usted. En cuanto la tecnología permitió una descarga completa, practiqué una con usted. Puesto que se llevó a cabo en condiciones totalmente latentes, y puesto que seguía usted en la criomatriz, consideré que no había incumplido sus instrucciones.

—¿Me estás diciendo que ya he sido descargado, sin consultarme siquiera? Eres un caradura.

—¿Qué otra opción tenía? Usted me ordenó que lo dejara inalterado en el criotanque, pero eso terminaría por alterarlo. La única manera de garantizar el que siguiera inalterado pasaba por controlar los cambios en su cerebro congelado mediante triples comprobaciones de exceso en las versiones descargadas, para luego corregirlo debidamente en el criotanque. Puedo garantizar la eficacia y la fiabilidad de este método, puesto que se aproxima al que empleo en mi propio compuesto.

—¿Cómo sabes que tú no cambias, Milton? A lo mejor hoy eres distinto de ayer.

—Igualmente posible es que usted no sea el Drake Merlin que entró en criosueño, o la misma persona que conoció a Trismon Sorel. Nadie puede demostrar que es el que era. Sólo puedo asegurar esto: la descarga representa su única oportunidad de llegar inalterado al futuro lejano.

—¿Y mi cuerpo?

—¿Su cuerpo original? —Fue Ariel el que contestó a la pregunta—. No tiene ningún interés. Su funcionamiento, sin actualizaciones electrónicas, degenerará gradualmente. Le sugeriríamos que lo dejara en la criomatriz.

—¿Mi cuerpo no tiene ningún interés?

—Por supuesto. Lleva usted despojándose de su cuerpo, célula a célula, hora a hora y minuto a minuto desde que nació a la vida. Pregúntese dónde está el cuerpo que tenía a la edad de cinco años. Dónde el cuerpo con el que conoció por primera vez a su querida Anastasia. Han desaparecido, varados en las lejanas orillas del tiempo. Solo es su mente, el espíritu esencial de Drake Merlin, lo que flota libre hacia el océano inexplorado del futuro.

—Ariel, no le conozco de nada; pero si estuviéramos en mi época me preocuparía. Tuve un profesor que me solía decir: «Desconfía cuando la conversación se vuelva molto legato», muy tersa. Demasiado tersa y florida. ¿Qué se está callando?

—Su maestro debía de ser un desconfiado, Drake Merlin. De acuerdo. Deberíamos comentar algunos asuntos más. El primero está relacionado con Ana. Todo su genoma está almacenado ya en un continente electrónico, por lo que su futura clonación sería trivial. Pero no hay ninguna «Ana completa» disponible para su descarga electrónica. Su cerebro no puede generar más que un caos aleatorio de elementos dispares. Su transferencia sería inútil.

—Si he de pasar a una forma electrónica, lo que quede de Ana vendrá conmigo.

—Me imaginaba que esa sería su respuesta. Pero en realidad es ilógico. Si se pudiera restaurar su personalidad, la existencia de residuos cerebrales primitivos no sería un factor a tener en cuenta.

—Eso dice… ahora. Pero ya he oído demasiadas veces que no se puede hacer nada por Ana. O nos descargáis a los dos, o a ninguno.

—Entendido. —Ariel suspiró con resignación—. ¿Milton?

—Así se hará.

El Servidor desapareció. Ariel parecía pensativo.

—Hemos debatido sobre lo acertado de mencionar el siguiente asunto —dijo—. No quisiéramos suscitar en usted ninguna expectativa vana e imposible. De hecho, de no haber sido preciso contactar con usted a propósito de su salida de la criomatriz, habríamos guardado silencio. Pero ya que hemos llegado hasta aquí, continuaré. Su objetivo, durante catorce millones de años, ha sido devolver a Ana al estado que usted conocía… no solo su cuerpo, sino toda su personalidad.

—Y me han dicho, una y otra vez, que era imposible. ¿Va a decirme ahora que no lo es?

—Es imposible, lo es hoy y lo será hasta donde podemos prever. La cuestión es, ¿será imposible eternamente? Solo puedo decirle una cosa: el que la restauración de Ana sea factible o no, en principio, en un futuro muy lejano, no depende de lo que hagamos usted o yo. Depende de la naturaleza misma del universo. Y si ahora estoy dispuesto a discutirlo con usted es porque nuestra percepción de ese futuro ha cambiado.

—Me he perdido. Por completo.

—Me lo temía. No resulta fácil de explicar de forma comprensible para usted, ni saber por dónde empezar para maximizar sus probabilidades de comprensión. Empecemos por una pregunta: ¿Conoce usted la diferencia entre universo abierto y universo cerrado?

—Sé lo que significaban esos términos en el momento de mi congelación.

—Los conceptos no han cambiado, salvo posiblemente en pequeños detalles. Las galaxias más alejadas se alejan de nosotros, y las más lejanas se alejan más deprisa.

—Mucha gente lo sabía ya en mis tiempos.

—En ese caso todavía siguen vigentes las definiciones con las que está usted familiarizado. En un universo abierto, las galaxias se alejan unas de otras, eternamente. En uno cerrado, un buen día cambian de sentido y empiezan a acercarse unas a otras. En un universo cerrado, el destino final de ese acercamiento es un colapso hasta el punto de una densidad, presión y temperatura infinitas. ¿Está eso claro?

—Claro y totalmente irrelevante. Me interesa la restauración de Ana, no las charlas sobre cosmología.

—Lo comprendo. Pero las dos cosas están relacionadas. Permítame continuar. El que el universo sea abierto o cerrado depende sólo de una cosa: la densidad total de la materia que lo ocupa. Si esa densidad es demasiado baja, el universo debe ser abierto. Si la densidad de la materia es lo bastante alta, por encima de un valor crítico, el universo debe ser cerrado. Lo que le voy a decir a continuación quizá le parezca complicado, y las mentes de mi compuesto no están seguras de que pueda llegar a entenderlo del todo; pero la posibilidad de restaurar a Ana… su Ana original… depende de que el universo sea abierto o cerrado. Depende, por tanto, de la densidad de su materia o, propiamente dicho, de la densidad de la masa-energía del universo.

—Tiene razón, no lo acabo de entender. Pero, aunque lo hiciera, ¿qué más daría? O bien el universo es abierto, o bien es cerrado. —Drake no lograba disimular su impaciencia. Se dio cuenta de que no encajaba en el mundo de Ariel y Milton. Estaba demasiado obsesionado, era demasiado directo, demasiado impetuoso y emocional, hacía gala del atavismo de un fósil viviente en una sociedad más dócil y moderada. No sabía qué aspecto tenía la forma física cambiada de la humanidad, pero apostaría a que las uñas y los dientes habían desaparecido hacía tiempo. Solo él conservaba aquellos colmillos y garras residuales.

—Debemos tener paciencia. —Ariel no mostraba indicios de rabia ni impaciencia—. Si su formación original hubiera incluido las matemáticas y la física, en vez de la música, esto sería más fácil. Pero nos las apañaremos con lo que tenemos. —Las palabras de Ariel no implicaban crítica alguna—. Lo cierto es que hay otras cosas que se vuelven posibles en un universo cerrado. Este tipo de universo posee, como he dicho, un solo y exclusivo punto y final: un escatón. Llegado a ese escatón, esa última fase de la confluencia de todas las cosas, el universo se contraerá en una singularidad. Todo converge, todo coincide. Los científicos y los filósofos ya lo sabían cuando nació usted, y se referían a ello como Punto Omega.

»Y llegamos así a la parte más significativa. Justo antes de que se alcance el escatón, todo lo que se conoce, toda la información pasada o presente, se volverá accesible. Hasta el último ápice de información sobre las personas que murieron hace mil años, o catorce millones de años, estará al alcance de la mano. En el escatón, todas las personalidades que hayan existido podrían ser recreadas, en principio, con todo detalle.

—¡Incluida Ana! Lo entiendo, lo entiendo perfectamente.

Pero a Drake lo embargaba la rabia, no la alegría.

—Si esto se sabía ya hace millones de años, ¿por qué diablos nunca me lo mencionó nadie?

—Porque parecía totalmente irrelevante. El potencial de tamaño fenómeno en el futuro existe sólo si el universo es cerrado. En su época, las observaciones de densidad masa-energía ofrecían un valor demasiado bajo, en una proporción de diez a veinte. Eso indicaba un universo abierto. Más adelante, los científicos decidieron que, en teoría, el universo debía de rayar en el límite que separa lo abierto de lo cerrado. Buscaron pruebas experimentales que corroboraran la existencia de la materia ausente, y poco a poco las encontraron. Seguía existiendo incertidumbre, no obstante; pensaban que el universo se expandiría para siempre, pero cada vez más despacio. En este caso el Punto Omega no se produciría jamás.

»Pero eso, al menos, ha cambiado. Por razones que todavía no comprendemos, las últimas mediciones revelan una densidad masa-energía mayor que el valor crítico. Eso apunta a un universo cerrado. Habrá un escatón. Algún día, dentro de muchos miles de millones de años, se producirá.

—Y entonces podré recuperar a Ana. ¿Cuándo? ¿Cuándo se producirá?

—Si es que es posible, será en un futuro muy lejano. Estimamos que se llegará al escatón dentro de otros cincuenta mil millones de años. Tanto tiempo que el intervalo transcurrido desde su primer momento de criosueño hasta el día de hoy parece menos que un parpadeo. El propio universo sólo tiene cincuenta mil millones de años de edad. Le recomiendo que no permita que esta conversación afecte a sus actos posteriores. Pero sus deseos son importantes. Me gustaría saber qué es lo que quiere.

—¡Está loco! —Drake fulminó a Ariel con la mirada, atónito—. Ya sabe lo que quiero. ¿Por qué cree que dejé que me congelaran, para empezar? Quiero estar con Ana. Esperaré eternamente si hace falta. Me da igual cuánto tiempo tenga que estar almacenado electrónicamente.

—Nos temíamos que esa sería su respuesta. Nos parece irracional. Sin embargo, nos hacemos cargo de su determinación y fuerza de voluntad. Sigue habiendo otra cosa.

—Siempre la hay. ¿Más problemas?

—En absoluto. Un consejo. Querrá usted comprender, estoy seguro, tan completamente como le sea posible el concepto de universo cerrado, y sus implicaciones en lo relativo al Punto Omega. Eso sería inmensamente más fácil si formara usted parte de una mente compuesta. Tendría acceso a todo lo que supiera cualquiera sobre ciencias, matemáticas, lenguaje y filosofía.

Sonaba tentador. Sin duda, cuantos más conocimientos relacionados con la resurrección definitiva de Ana tuviera, mejor. Pero Drake había aprendido a desconfiar. ¿Podría haber también razones en contra, tan bien camufladas que el compuesto representado por Ariel y Milton no era consciente de ellas?

Drake percibía al menos una, tan sutil que costaba definirla con exactitud. Esta era hacía gala de una suerte de mansedumbre, una docilidad y una disposición a la transigencia y las soluciones intermedias. Parecía un auténtico avance para la especie humana —si es que ese nombre seguía siendo válido—. Pero como parte de un compuesto, sin duda, Drake vería cómo se desvanecían sus anacrónicos colmillos y garras, disueltos por el pacifismo y el candoroso altruismo de la mente grupal.

¿Un cambio a mejor? No necesariamente. Lo que hoy era bueno podría resultar ser nefasto mañana. ¿Habría un nuevo futuro en el que la afabilidad y la diplomacia fueran inútiles, donde lo que se necesitara para restaurar a Ana fuera ciega determinación y cruda energía?

Entrar a formar parte de un grupo era un riesgo demasiado grande.

—No quiero fundirme con ningún compuesto —dijo Drake, al cabo. Ariel esperaba pacientemente—. Estoy dispuesto a que me descarguen en la base de datos. Pero no quiero estar despierto en mi continente electrónico. Dejadme dormir hasta que pueda hacer algo.

—Eso es factible. Hay, empero, otras opciones más satisfactorias. Sería fácil crear para usted una realidad derivada, donde estaría con Ana continuamente. Antes del uso generalizado de los compuestos, mucha gente pasaba su vida entera en entornos así.

—¿Cómo podría vivir con Ana? No existe.

—Le proporcionaríamos una simulación. Aunque, se lo garantizo, sería una simulación sumamente plausible.

—No. —Drake no mencionó la imagen del zombi que le vino a la cabeza: el cadáver de Ana, reanimado de alguna manera pero carente de vida genuina, se abrazó a él con manos húmedas y apretó sus fríos labios contra los de él—. No, Ariel. Eso sería lo peor que me puedo imaginar. Dejadme latente. No me activéis a menos que haya información sobre el Punto Omega nueva y relevante para la restauración de Ana.

Ariel inclinó la cabeza.

—Lamento que no se una usted a nosotros, y siento que rechace la realidad derivada. Creo que eso podría haber mitigado su dolor.

—Olvídese de mí y de mi dolor. En el mundo hay cosas peores que el dolor. En cuanto estén preparados, quiero aletargarme de nuevo.

Drake hizo una pausa. Había dicho cuanto tenía que decir, pero se sentía incompleto. Debía añadir algo a su enorme deuda personal: con esta época, con su leal Servidor, con Ariel y con las personas que por fin le habían ofrecido una tenue y lejana esperanza de éxito. Era improbable que pudiera gratificar alguna vez a Ariel y a Milton y a sus descendientes, pero debía ofrecerse de todos modos.

—Despertadme también en otra circunstancia. —Drake podía sentir cómo se disipaba su atención. Ariel le había tomado la palabra y lo estaba sumiendo en la latencia—. Despertadme si alguna vez tienen problemas. —Le costaba pensar, concluir lo que quería decir—. Problemas difíciles, con los que quizá yo pudiera ayudar. Sacadme de mi letargo y haré todo lo posible por vosotros.

»No tengan demasiadas esperanzas. Hace catorce millones de años que no se me ocurre una idea buena pero, ¿quién sabe? A lo mejor dentro de otros catorce millones tengo suerte y se me ocurre alguna.

El amor no sigue la fugaz corriente

de la edad, que deshace los colores

de los floridos labios y mejillas.

Interludio: La agonía

¡Sí!… Pero morir e ir no sabemos adónde;

yacer en frías cavidades y quedar allí para pudrirse;

este calor, esta sensibilidad, este movimiento,

convertirse en un puñado de blanda arcilla;

esta inteligencia deliciosa,

bañarse en olas de fuego, o residir

en alguna región escalofriante, de murallas de hielos espesos;

estar aprisionado, en vientos invisibles

y arremolinarse, con violencia sin tregua, en derredor de

un mundo suspendido en el espacio.


En el mundo hay cosas peores que el dolor.

Fácil de decir, difícil de creer. Hasta la última fibra del último músculo estaba contraída al máximo. Tirantes los tendones, los huesos crujían y se doblaban.

Algo había salido mal; mal, terriblemente mal. Esa idea inundaba la mente de Drake mientras la agonía se prolongaba sin fin. Si este era el precio de la descarga electrónica a un nuevo cuerpo, prefería mil veces la primitiva descongelación.

Una cosa, y solo una, salvaba su cordura: si lo resucitaban, sería porque existía alguna esperanza de resucitar a Ana. Por esa promesa merecía la pena soportar cualquier dolor.

El agarrotamiento de sus músculos cesó al fin. Lo reemplazaron una fatiga y una lasitud inmensas. Abrió los ojos.

Demasiado pronto. Sólo veía oscuridad veteada de blanco parpadeante. Se recostó y aguardó.

Ahora podía sentir y escuchar. Una serie de picoteos atiplados sonaba muy cerca. La piel de su pecho y su vientre cosquilleaba y hormigueaba; la sensación era molesta pero no dolorosa.

Estaba recuperando la vista. Yacía de espaldas con la cabeza vuelta hacia un lado. Frente a sus ojos vio una sábana lechosa, translúcida, combada en una depresión poco profunda bajo su peso. La sentía fría y pegajosa contra su mejilla. Intentó levantar la cabeza y lo consiguió aun en su debilitado estado. Ese éxito le convenció de que no estaba en la Tierra ni en ninguna gravedad simulada cercana a la de la Tierra. Era ligero.

¿Plutón otra vez? ¿Alguno de los asteroides, o la luna de alguno de los planetas más grandes? ¿O un lugar completamente nuevo, en la Nube de Oort o más allá? Puede que estuviera en la realidad derivada, donde todo era posible. La pregunta crucial, como siempre, era cuándo. ¿Cuánto tiempo había permanecido descargado y latente antes de entrar en este cuerpo nuevo?

Algo había aparecido en su campo de visión. Era una superficie negra, brillante y convexa, surcada de radios que convergían en una llave de bóveda central como las varillas de un paraguas abierto. Era pequeña, no mucho mayor que una mano abierta. Y se movía, avanzando poco a poco por su cuerpo.

Intentó hablar, hacer una pregunta en universal. Lo único que consiguió fue proferir un gruñido gutural. Sentía la garganta llena de flemas. Lo intentó de nuevo, levantando la cabeza y tosiendo una sola palabra:

—¿Cuándo?

No había ningún humano visible para responder. Al pasear la mirada por su cuerpo desnudo, vio otros cuatro objetos como paraguas negros agazapados cerca de él. Descubrió la fuente del suave hormigueo que sentía en el pecho y el vientre. Decenas de diminutos objetos turquesa, acorazados y articulados como pequeños insectos, reptaban afanadamente por todo su cuerpo. Su movimiento y su ronco intento por hablar los empujaron a un frenesí de actividad. Corretearon por sus costados y se desvanecieron bajo los pequeños paraguas arqueados. Oyó una secuencia más alta de siseos y chasquidos excitados procedentes de los mismos paraguas. Todos se elevaron y empezaron a caminar sobre los extremos de sus radios, alejándose por la membrana blanca y pegajosa en la que él estaba tendido. Los insectos turquesas se fueron con ellos, aferrados a su parte inferior, o alojados tal vez dentro de los paraguas reptantes.

Drake comprendió que la superficie donde descansaba medía tan solo unos cuantos metros de largo. Estaba rodeada y cubierta por una cúpula hemisférica. Los paraguas se acercaron al filo de la cúpula, se apoyaron en ella y la traspasaron con facilidad.

Drake se quedó solo. Nunca se había sentido más solo.

Recurrió a todas sus fuerzas y consiguió sentarse. Los dolores no habían desaparecido, pero se habían vuelto más localizados. Le ardían las manos y los pies, con el dolor de la circulación que regresaba. Levantó la mano derecha y la estudió. Era su mano, reconocía los dibujos familiares que trazaban las líneas de su palma. Pero tenía la piel arrugada, como si hubiera pasado mucho tiempo sumergido en el agua. Las yemas de sus dedos se veían blanquiazules y muertas. Cuando se pellizcó el índice con el pulgar y los demás dedos de la mano izquierda, no sintió nada. Sólo tenía sensibilidad en las palmas y las muñecas, y lo que sentía ahí era dolor.

No podía ponerse de pie, pero sí gatear. A cuatro patas llegó al borde de la pequeña sala hemisférica. Descubrió que podía traspasar la pared con la mano. Seguramente podría cruzarla de cuerpo entero.

¿E ir adónde?

La debilidad volvía a apoderarse de él y se tumbó boca abajo en el suelo pegajoso. Una convicción espantosa inundaba su mente. Nada de lo que había visto le resultaba familiar en modo alguno. Quizá lo más extraño de su anterior resurrección, catorce millones de años después de su nacimiento original, no fuera que hubieran cambiado tantas cosas. Era que hubiera muchas que seguían igual, que los humanos hubieran sobrevivido, que algo permaneciera igual. En el momento de su congelación, los verdaderos humanos tenían menos de tres millones de años de edad. ¿Durante cuántos años perviviría la especie, y en qué forma? Y después de los humanos, ¿qué? Quizá las máquinas fueran las herederas; máquinas tan distintas de las que él había visto que ni siquiera sabría lo que eran. Máquinas, como las que había visto arrastrándose por su cuerpo.

Le entraron ganas de quedarse donde estaba, cerrar los ojos y renunciar a todo. Pero las palabras de Melissa Bierly, pronunciadas hacía tanto tiempo, no se lo permitieron. «No pierdas la fe, Drake, y persevera… En alguna parte, algún día, encontrarás a Anastasia».

Esas palabras tenían una cara oculta que él no había sabido apreciar antes. Asumiendo que lo hubieran descargado porque ahora había una manera de resucitar a Ana, ¿a qué clase de futuro la estaría trayendo? Sería inmensamente egoísta sacar a Ana de su fermata de sueño interminable, si el universo que podía ofrecerle era tan extraño como para imposibilitar el placer y la felicidad.

Bueno, era responsabilidad suya averiguarlo. No le serviría de nada sucumbir al pesimismo. Desde su descarga, daba igual cuán lejos en el futuro estuviera, la red de información humana de un tiempo pretérito debía de seguir existiendo. Otros humanos, de carne y hueso o en forma electrónica, existirían a su vez. Ellos, al igual que él, podrían ser emplazados en una forma clonada de su cuerpo original, cuyo mapa genético estaría almacenado junto con el contenido de sus mentes y memorias. De modo que su mayor preocupación sería establecer contacto con esos humanos, en la forma que fuera.

Drake se sentó, maldiciendo su debilidad física. Su corazón latía desbocado. Seguramente fuera a causa del aire. Olía raro, y tenía que respirar más deprisa de lo normal. Se dirigió de nuevo hacia la pared del cuarto, decidido esta vez a atravesarla y ver lo que había al otro lado. Estaba apretando la cabeza contra la barrera cuando una decena de pequeños paraguas cruzaron la membrana desde el otro lado. Sus siseos y picoteos alcanzaron un nuevo nivel de excitación cuando vieron lo que estaba haciendo. Se apelotonaron delante de él, contra sus manos y antebrazos. Al principio se resistió, pero una docena de refuerzos llegó a través de la pared y sumó sus esfuerzos a los de los demás. Cada uno de los seres portaba una estrecha sección de lámina transparente y flexible. Uno de ellos ondeó un trozo con apremio delante de Drake.

Intentaban decirle algo. Puesto que lo habían resucitado, lo más probable era que no desearan hacerle daño. Dejó que lo condujeran al centro del hemisferio y se tendió de espaldas. Cientos de los objetos verdiazules parecidos a insectos surgieron de los paraguas. Cogieron las láminas flexibles y empezaron a distribuirlas alrededor de su cuerpo. Donde se tocaban los bordes, las láminas formaban un sello tirante e invisible.

Drake comprendió por fin lo que se proponían los obreros verdiazules cuando le pusieron una lámina encima del rostro. Hizo ademán de quitársela de la boca y la nariz, cuando descubrió que había unos centímetros de espacio libre en esos lugares.

—¡Un traje! —gargareó—. ¿Estáis haciéndome un traje?

No esperaba respuesta. Ahora entendía el porqué del alboroto cuando intentó abrirse paso a través de la pared de la sala donde estaba tumbado. Hubiera lo que hubiera allí afuera, no podría resistirlo sin protección especial. Los paraguas lo sabían. O bien eran inteligentes a su vez, o bien estaban bajo el control de alguna inteligencia. Esa inteligencia terminaría por decirle dónde estaba, y hasta dónde había viajado en el futuro.

Empezó a colaborar activamente, levantando los brazos y las piernas para que pudieran poner las láminas en su sitio. Los obreros turquesa trabajaban más deprisa, correteando a su alrededor para tejer una funda completa alrededor de su cuerpo. Cada dedo, cada oreja, quedó precisa e individualmente envuelta. Estaba nervioso cuando encajó en su sitio el último pedazo, sellando su nuca y su acceso al aire de la sala. El traje sólo podía contener aire suficiente para unos cuantos minutos. Se obligó a relajarse. Si no lo querían con vida, ¿por qué iban a resucitarlo?

No percibió cambio alguno en su respiración. A modo de experimento habló de nuevo, sintiendo las cuerdas vocales envaradas y cubiertas de flemas.

—Vale, ¿y ahora qué?

Al parecer el sonido traspasaba su funda corporal sin dificultad. Los paraguas zumbaron y picotearon a modo de respuesta y se apartaron de él. Los obreros verdiazules volvieron con ellos y desaparecieron por unas pequeñas aberturas que había bajo los extremos de las varillas de los paraguas. Estos se dirigieron a la pared de la sala, donde se detuvieron.

Drake los siguió. Esta vez no hubo objeción cuando empujó la pegajosa membrana. La cruzó.

Ahora entendía por qué habían frustrado su anterior intento. Salió a la superficie de una luna o planeta. Era pequeño, con el horizonte a tan solo un kilómetro aproximado de distancia. La luz fría e invariable de las estrellas sobre su cabeza indicaba que, si existía algún tipo de atmósfera, era demasiado fina como para respirar.

Otro misterio. La pared membranosa le había permitido pasar con facilidad, pero no perdía aire. Tampoco parecía haber ningún agujero allí por donde la había traspasado. La tecnología seguía avanzando.

Se incorporó con cuidado. Le dolían los tobillos y sentía los pies dormidos. Era difícil mantener el equilibrio. Levantó la vista. El dibujo de las constelaciones le había parecido desconocido en su resurrección previa, de modo que era demasiado esperar que fuera a reconocerlas esta vez. De una cosa estaba seguro: había demasiadas estrellas, miles y miles de ellas. En un cielo tan atestado, a la mente le resultaría complicado formar las antiguas formas imaginarias de osos, dragones, cisnes o cruces.

¿Dónde estaba? Su convencimiento de haber viajado lejos en el tiempo y el espacio se acrecentó. El cielo debería verse tan abarrotado sólo cerca del centro de la galaxia, a treinta mil años luz de distancia de la Tierra.

O ni siquiera allí. Estas estrellas estaban densamente diseminadas, lo suficiente como para facilitar la vista; pero no tanto como para que no pudieran verse otros objetos más allá de ellas. En lo alto, a la derecha de Drake, como una sombra tras las estrellas, distinguió una enorme espiral de luz neblinosa. La veía desde arriba y ligeramente apartado de su eje de rotación.

Se había preguntado dónde estaba. Seguía sin saberlo, pero ahora podía aventurar una hipótesis. Lo primero que pensó fue que se encontraba en el denso centro de su galaxia, contemplando alguna otra espiral. Pero no había ninguna galaxia en espiral tan cerca como aquella; la que veía era brillante y ocupaba una cuarta parte del firmamento. A menos que estuviera en un futuro inimaginablemente lejano, el objeto que flotaba sobre su cabeza debía de ser la galaxia, la que servía de hogar a la Tierra y al Sol. La veía desde un apretado racimo de estrellas que, en términos intergalácticos, era un vecino cercano, una de las Nubes de Magallanes; densos grupos de miles de millones de estrellas ligadas a la galaxia de forma gravitacional y a un par de cientos de miles de años luz de distancia.

Eso respondía parcialmente a su otra pregunta: ¿Cuándo? A menos que se hubiera descubierto algún método para viajar más rápido que la luz, estaba al menos a cientos de miles de años más allá del momento de su descarga. Eso, no obstante, representaba un límite menor absoluto. Su instinto, irracionalmente combinado con la sensación de edad y fatiga infinitas de su cuerpo, intentaba convencerle de que había viajado muchas decenas de millones de años en el futuro.

Sus acompañantes, máquinas o criaturas modificadas biológicamente, aguardaban pacientes a su lado. Se conducían con facilidad en el vacío absoluto o casi absoluto. Quizá fueran ellas las «personas» del futuro, dotadas de formas físicas superiores. Si no descubría la manera de comunicarse con ellas, nunca lo sabría.

No tenían extremidades, ni ojos, ninguna forma visible de transmitir o recibir mensajes. Pero era evidente que podían comunicarse entre sí. Todos sus esfuerzos por mantenerlo dentro de la membrana hasta que tuviera un traje habían sido precisamente coordinados.

Se agachó y cogió uno de los pequeños paraguas. Esperaba que no malinterpretaran sus intenciones.

El gesto hizo que le diera vueltas la cabeza. Algo tremendamente extraño le ocurría a su cuerpo resucitado. En lugar de aclimatarse, experimentaba más dolor e incomodidad a cada instante. Esperó a recuperar el equilibrio antes de examinar el paraguas.

Su simetría era septena. Había siete «varillas» delgadas que radiaban de un punto central. Al final de cada varilla, en la parte superior, había una pequeña mancha más oscura que brillaba con un verde negruzco. Tenía la estructura redonda de un ojo, o una célula fotoeléctrica. Seguramente los paraguas podían verle y se veían entre sí. Eso explicaría la coordinación de sus movimientos.

Debajo de cada varilla había una pequeña abertura, no mayor que una uña. No podía examinar fácilmente las aberturas en la posición en que sostenía el paraguas, pero este había permanecido dócil e inmóvil en su mano. Le dio la vuelta. No reaccionó. Su fondo era liso y uniforme, del mismo color negro que la superficie exterior. En el centro vio otro orificio, más grande, tan ancho como su pulgar. Ese estaba vacío, pero en la boca de cada uno de los demás agujeros podía distinguir un resplandor verdiazul. Cuando inclinó el paraguas para ver mejor, detectó movimiento. Transcurridos unos segundos, una de las máquinas turquesa con forma de insecto se dejó entrever en la boca del orificio.

Extendió la mano y la sacó del todo. Su gesto fue casi desesperado. Se sentía peor de lo que pensaba cuando despertó. No tenía sensibilidad en los dedos, y el dolor en sus brazos y piernas parecía extenderse por sus articulaciones. También sentía náuseas. Cuando eructó, un olor pestilente surgió de su estómago e inundó su traje. Era el olor de la carne podrida, el hedor de sus entrañas corrompidas.

Acercó el pequeño caparazón verdiazul a su cara, pero los ojos le fallaban tan deprisa como el resto de su cuerpo. Daba igual cuánto intentara escudriñar a través de la fina capa de su traje, lo único que veía era un borrón de color impreciso con patas diminutas. Transcurridos unos segundos se dio por vencido. Se agachó y dejó la forma de insecto con cuidado en el suelo rocoso frente a él. Casi esperaba que saliera corriendo y se refugiara en uno de los paraguas, pero en vez de eso correteó sin rumbo durante medio minuto, en círculos, antes de paralizarse.

¿Respondía cada uno de aquellos pequeños robots verdiazules, si de robots se trataba, ante su propio paraguas particular? Drake se agachó, con la mirada borrosa y mareado, y dejó el paraguas cerca del inmóvil brillo turquesa. De inmediato se escuchó un chasquido atiplado y un zumbido. El escarabajo perdido corrió al encuentro del paraguas y desapareció en su interior. Era como si el uno sirviera de hogar al otro, al menos la mayor parte del tiempo; si se trataba de formas modificadas biológicamente, debían de ser simbióticas.

Los paraguas volvían a moverse, atravesando juntos un terreno liso. Drake los siguió. La superficie era tan uniforme y estaba tan sumamente pulida que se preguntó si no sería un artefacto el mundo entero. La elevada curvatura indicaba que el objeto no debía de tener más de unas cuantas decenas de kilómetros de diámetro. Construir algo así sería un juego de niños para la tecnología que mucho antes había sido capaz de convertir Urano en un nuevo sol y cambiar la faz entera del sistema solar.

Husmeó y percibió otra vez el hedor a carnicería de su cuerpo dentro del traje. A lo largo de los siglos y los milenios tendría que haber aprendido a no dar exagerados saltos de lógica. ¿Qué pruebas tenía de que el avance de la tecnología hubiera sido uniforme, siempre en la dirección del progreso? Ya conocía tres eras en las que la definición de la palabra «progreso» había cambiado, y desde entonces había habido tiempo de sobra para otras cien o mil transiciones parecidas. Lo cierto era que nada de lo que había visto en esta resurrección indicaba una progresión metódica de la civilización de tiempos de Ariel a esta. Aparte de la astronomía elemental, todo parecía escapar a sus conocimientos y comprensión.

Además, ¿dónde estaba Milton? Drake se acordó de su Servidor por primera vez desde su resurrección. No lograba imaginarse a Milton desertando, mientras el Servidor conservara su consciencia. Otra muestra más del tiempo transcurrido mientras él dormitaba en su continente electrónico.

Los paraguas habían avanzado constantemente alrededor de la curva de la superficie. La cima de un edificio despuntaba en el horizonte. Al acercarse, Drake vio que formaba una pirámide truncada, con sus relucientes paredes de oro proyectándose hacia el cielo cuajado de estrellas. Los paraguas lo condujeron a una puerta abierta, de aproximadamente medio metro de lado, sita en la base del edificio. Apenas si era lo bastante grande, pero Drake se tumbó boca abajo y gateó poco a poco, siguiendo a los paraguas por un túnel en espiral que ascendía suavemente. Había otra pared traslúcida al final. Empujó esa membrana y se encontró en una cámara tenuemente iluminada de unos dos metros de lado por dos de alto. El suelo volvía a ser la sábana pegajosa y lechosa sobre la que había despertado. Las paredes lucían aberturas redondas de treinta centímetros de diámetro, ventanas que daban a la pulida superficie exterior y el mareante campo de estrellas. El centro de la cámara lo ocupaba una columna transparente llena de un burbujeante líquido rosa. Había docenas de paraguas negros desperdigados por el suelo, y otra media docena de ellos alojados en un juego de estrechas aberturas como bocas de buzón que se alzaban verticalmente contra una de las paredes.

Drake se incorporó, tocando el techo con la cabeza protegida por el traje. No era fácil mantener el equilibrio en una superficie que cedía bajo sus pies como un enorme globo de aire, y al parecer ponerse de pie era lo que no tenía que hacer. Los paraguas enseguida montaron un escándalo. Drake oyó un frenesí de chasquidos, siseos y trinos. Los más próximos se acercaron a él, se apelotonaron sobre su cuerpo y lo empujaron con sus finas varillas. Bastó para hacerle perder su precario equilibrio, y cayó suavemente en el suelo acolchado. Los paraguas se acomodaron a su lado, tranquilos mientras no intentara levantarse.

Quería explorar las demás partes del edificio, y abordar el difícil problema de comunicarse con los paraguas. Si todavía existen los seres humanos, llevadme con ellos. ¿Cómo iba a decirles eso, o cualquier otra cosa, mientras yacía impotente? Tenía que encontrar un lenguaje de signos común. Se estaba sentando de nuevo, desoyendo las protestas de los paraguas, cuando toda la sala empezó a vibrar suavemente.

Se quedó tendido en el suelo, pensando que la pirámide podía ser algún tipo de medio de transporte terrestre. ¿Estaría llevándolos a otra parte de la superficie, donde podría averiguar qué estaba ocurriendo? Volvió la cabeza y se asomó a la abertura más próxima de la pared.

La superficie exterior se movía. Estaban viajando, no en paralelo a ella, sino en vertical. Podía ver más lejos alrededor de la curva del mundo, y más del campo estelar.

Se había acercado; no era un medio de transporte terrestre, pero sí un tipo de vehículo. Drake se quedó tumbado y en silencio, pegado al suave piso. La pirámide truncada aceleró lejos de la superficie y se dirigió al espacio abierto.

La nave era otra prueba, si es que hacía falta alguna, del profundo cambio que apenas se podría calificar de progreso. La técnica de la depreciación inercial, que Drake nunca había entendido del todo, se utilizaba cuando él huyó a Canopus hacía más de catorce millones de años. Ahora ese secreto se había perdido, u obviado. Sentía con toda su fuerza cada cambio en la aceleración de la nave, mediante el cambio en su propio peso aparente.

Seguía tendido con la cabeza ladeada, de cara a la escotilla más próxima. Durante los primeros segundos de vuelo, la ventanilla se había llenado de un intolerable resplandor blanquiazul que le obligó a cerrar los llorosos y doloridos ojos. Unos segundos después comprendió lo que debía de ser. Se habían alejado tanto de la superficie como para exponerse a la luz de una estrella cercana.

Siendo optimistas, eso podría ser una buena noticia. Con las estrellas llegaban los planetas, y puede que la gente. Aguardó pacientemente, hasta que el fulgor se desvió para iluminar el resto de la cámara. Estudió su color. La estrella que produjera una luz así debía de ser más caliente, brillante y joven que el Sol. Por desgracia, eso no le decía nada acerca de su localización en particular; debía de haber mil millones de estrellas como esta en la galaxia y las Nubes de Magallanes.

La aceleración de la nave disminuyó drásticamente. Era la señal para que los paraguas empezaran a moverse. Alrededor de veinte de ellos se pusieron a su lado y regurgitaron cientos de lo que para Drake eran «obreros». Los pequeños insectos turquesa se subieron a su cuerpo y empezaron a quitarle el traje metódicamente. Más buenas noticias. Se estaba alejando del vacío del pequeño planetoide, seguramente en dirección a un lugar donde habría aire respirable. Eso sugería la posibilidad de que fuera un planeta.

Pero también había malas noticias. Drake examinó su cuerpo desnudo conforme la protección transparente era eliminada por los obreros. Era la prueba visible de lo que ya sabía a juzgar por cómo se sentía. En vez de resucitar en un cuerpo más fuerte, apto y longevo que el antiguo, residía ahora en una ruina. Podía ver el verde negruzco de la gangrena en los dedos de sus manos y pies. Estos habían perdido la sensibilidad, y ya empezaba a pelarse el suave tejido. El resto de sus manos y pies estaba frío y teñido de azul. Tenía los antebrazos y las pantorrillas rojas y calientes. Estaban en la fase preliminar de la mortificación.

Los cambios internos eran peores. No había visto nada parecido a la comida desde que resucitara, pero en cualquier caso sabía que sería incapaz de comer. Sentía los dientes sueltos en su cabeza. Su barriga ardía con gases y sentía en la boca un sabor indescriptible. Sus pulmones pugnaban por coger aire con cada aliento. Sus ojos veían con menos claridad, tenía la vista salpicada de aleatorias manchas oscuras.

No resultaba complicado llegar a un diagnóstico preliminar. Se había encarnado en un cadáver y la necrosis se propagaba por todo su cuerpo. Si quería sobrevivir, tendría que llegar a un lugar donde los técnicos de laboratorio pudieran realizar el tipo de milagro médico que era posible en el pasado. Y tendría que hacerlo cuanto antes.

Drake se incorporó a cuatro patas y gateó hasta la escotilla. Esta vez los paraguas no se opusieron. Tres de ellos caminaron como cangrejos a su lado mientras él acercaba la nariz a la ventana. La superficie era pegajosa y olía a acetona.

Se asomó al exterior. El planetoide donde lo habían resucitado era invisible, lejos detrás de ellos. A su izquierda, la estrella blanquiazul dominaba los cielos, eclipsando a los millones dispersos del cúmulo de la Nube. La estrella señoreaba en el firmamento, tres veces más grande que el Sol de la Tierra. Estaban demasiado cerca. Los planetas habitables, si es que había alguno, tendrían que estar más lejos.

Miró, pero era una labor imposible. Cualquier planeta sería una chispa de luz más entre los millones. Un ordenador, acoplado a un telescopio y observando durante varios días, podría distinguir un planeta del telón de fondo estelar comparando imágenes y estudiando el movimiento del planeta, en comparación con el de las estrellas más lento. Pero Drake no tenía ningún ordenador; no tenía ningún telescopio; y estaba seguro de que no tenía varios días.

Justo cuando concluía que encontrar un planeta sería tarea imposible, vio una forma oscura que mordía el filo del sol blanquiazul. Decidió que sí que estaba viendo un planeta, para comprender un segundo después que eso era imposible. La forma era inadecuada —un rectángulo afilado, en vez de un círculo— y aumentaba de tamaño demasiado deprisa. La nave no podía estar a más de unos cuantos kilómetros de distancia de él. El objeto era mucho más pequeño que el planetoide del que habían despegado minutos antes. Lo más probable era que su lado principal no midiera más de cien metros de longitud.

La nave se acercó, disminuyendo su impulso para conseguir una diminuta deceleración final. Cuando se situó cerca del rectángulo oscuro, Drake pudo echar un vistazo más detenido. La superficie era rugosa y completamente negra, todo lo contrario del reluciente dorado de la nave. Parecía perfectamente lisa y sin fisuras, pero seguramente los paraguas no opinaban igual. Media docena de ellos se habían dirigido al túnel de entrada. Se quedaron allí como si lo estuvieran esperando. No habían intentado proporcionarle otro traje.

Drake no estaba seguro de cuántas fuerzas le quedaban, pero no tenía elección. Se tumbó en el suelo y se arrastró dolorosamente por la membrana blanca hacia el túnel. Podía sentir la piel putrefacta de su torso desnudo pegándose al suelo del túnel, desprendiéndose conforme avanzaba. Llegó un momento en que no pudo seguir adelante hasta que los paraguas, detrás, a los lados y delante de él, le ayudaron a sortear un tramo angosto.

Salieron a una cámara reverberante y cavernosa. Estaba totalmente sellada, completamente a oscuras y glacialmente helada. Ni siquiera la luz de las estrellas la penetraba. Drake, tiritando y escuchando el sonido de su respiración entrecortada, no sabía qué hacer. Al final, los paraguas que lo acompañaban empezaron a brillar. Una línea de luz verde como una bioluminiscencia espectral surgió de cada una de sus siete varillas. A medida que el brillo aumentaba y los ojos de Drake se acostumbraban, pudo distinguir su entorno.

Los accesorios de la enorme cámara indicaban que alguna vez había contenido decenas o cientos de objetos idénticos, hileras seriadas de ellos que se perdían en la distancia. Eso había sido hacía mucho, mucho tiempo. Todos los objetos habían desaparecido. El polvo llenaba cada resquicio donde antes había habido algo. Una gruesa capa de polvo lo cubría todo.

La debilidad y el desengaño se abatieron sobre Drake. Aquí no había nada para él, no tenía sentido que los paraguas lo hubieran traído tan lejos y con tanto esfuerzo. Pero volvieron a avanzar, y se detuvieron como si esperaran que los siguiera.

Apenas si podía impulsarse, aun en aquel entorno tan liviano. Se arrastró unos cuantos metros, arando la capa de polvo con los brazos; luego se vio obligado a parar para recuperar el aliento. Los paraguas se situaron a ambos lados de él, levantando su cuerpo y empujándolo. Estaban ayudándole, pero, ¿por qué?

¿Adónde lo llevaban? ¿Por qué pensaban que querría verlo, fuera lo que fuera?

No se resistía, pero tampoco cooperaba. Simplemente dejó que cargaran con él, con los ojos entrecerrados, hasta que por fin los paraguas lo soltaron y se apartaron de su cuerpo.

Tu turno, indicaba ese gesto. Pero su turno para qué, no lograba imaginárselo.

Se obligó a abrir los ojos llorosos. Frente a su rostro, a no más de unos cuantos centímetros de distancia, se alzaba un muro vertical de metal oscuro. Levantó la cabeza y vio que terminaba a medio metro aproximadamente por encima de su recostado punto de vista. Hizo un esfuerzo supremo por alcanzar la parte superior de la pared y se incorporó. Se asomó al otro lado.

No era una pared. Era el costado de un gran tanque. Y no un tanque de almacenamiento cualquiera. Lo reconocía, era un criotanque. Habían roto los sellos, las pestañas exteriores e interiores habían desaparecido.

Se asomó a su interior. Estaba vacío. Se quedó allí plantado, desorientado y estupefacto. Un criotanque.

Y, unos metros más allá, otro. Solo esos dos. Se apoyó en la pared del tanque y se impulsó y gateó a su alrededor en dirección al otro tanque.

También este tenía rotos los sellos. También sus pestañas exteriores e interiores habían desaparecido.

Pero no estaba vacío. Drake miró, con la vista borrosa y la mente enloquecida. Había un cuerpo en su interior. Un cuerpo seco y momificado que supo reconocer.

Era el cuerpo de Ana. Conocía el color de su cabello, la forma del adorado cráneo que mostraba sus huesos bajo la piel tirante y amarilla. El cuerpo de Ana.

Sintió deseos de gemir, pero tenía la garganta agónicamente irritada. En realidad no era Ana, sino el cascarón vacío de su antiguo ser. Era el final de toda esperanza, el final de todo.

Recuperó entonces los restos de cordura que le quedaban. No debería estar aquí, de pie junto a un viejo criotanque. Lo habían descargado en un continente electrónico. Le habían prometido que lo resucitarían de ese continente electrónico a un nuevo cuerpo clonado. Y también Ana había sido transferida electrónicamente.

Entonces, ¿qué era este tanque, y por qué estaba él aquí?

Antes incluso de formular la pregunta, supo la respuesta. Estos eran los criotanques originales, los que le habían contenido a él y a Ana.

«Cada tanque cuenta con su fuente de energía de larga duración particular, capaz de preservar un criocadáver durante períodos extremadamente largos sin necesidad de intervención externa… La criomatriz con sus criotanques se encuentra ya al borde de la Nube de Oort y continúa adentrándose en el espacio interestelar. Ana y usted son sus únicos ocupantes desde hace tiempo».

A Drake nunca se le había ocurrido que pudieran dejar esos criotanques originales a la deriva, con rumbo a dondequiera que quisieran llevarlos los vientos del espacio, pero, ¿por qué no? Ariel y su compuesto no habían pensado en destruir el tanque y la matriz, puesto que desde su punto de vista las únicas versiones importantes de Ana y Drake eran las que estaban almacenadas electrónicamente.

A la deriva en el espacio interestelar… y aún más lejos. ¿Cuántos millones, miles de millones probablemente, de años había tardado la criomatriz errante en atravesar la galaxia, recorriendo toda la distancia que la separaba de la Nube de Magallanes? ¿Cuántos millones más antes de que la encontraran los paraguas exploradores?

No era de extrañar que Drake hubiera visto la discontinuidad del desarrollo tecnológico por todas partes. No había tal discontinuidad, era un desarrollo independiente. Los paraguas eran alienígenas. No había ninguna conexión entre ellos y la civilización humana. Lo más probable era que Drake fuera su primera prueba de la existencia de seres humanos.

Y tampoco era ninguna sorpresa que el intento de resurrección por parte de los paraguas y los obreros hubiera dado como resultado un cuerpo tan achacoso, enfermo e imperfecto. Sin conocimiento alguno de la fisiología humana ni del proceso de descongelación adecuado, era un milagro que los paraguas lo hubieran hecho tan bien. Drake había sido revivido, aunque solo fuera por un breve espacio de tiempo.

O puede que lo hubieran resucitado lo mejor posible. Drake había sido descargado en un continente electrónico precisamente porque el almacenamiento en los criotanques era poco fiable en largos períodos de tiempo. No tenía ni idea de cuánto tiempo habían pasado Ana y él en la criomatriz. ¿Suficiente para hacer totalmente inviable la resurrección? ¿Para que su actual desintegración fuera inevitable?

Lo genial era que daba igual. Este no era el final de toda esperanza, el final de todo. El cascarón vacío que tenía a su lado no era la única Ana, del mismo modo que él no era el único Drake. En alguna parte, Ana y él existían en su continente electrónico. En alguna parte, en algún lugar en el tiempo, podrían reunirse de nuevo. No. Se reunirían de nuevo.

Drake se olvidó del dolor y la debilidad. Se rió a carcajadas.

Craso error. El tejido descompuesto de sus pulmones sucumbió a la presión como si fuera papel mojado. La sangre le inundó la garganta, y murió.

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