Galápagos

Kurt Vonnegut


Minotauro


Título original:

Galápagos

Traducción de Rubén Masera y F. Abelenda


Primera edición: abril de 1988


© Kurt Vonnegut, 1985

© Ediciones Minotauro, 1987

Avda. Diagonal, 519-521. 08029 Barcelona

Tel. 239 51 05'


ISBN: 84-450-7071-1

Depósito legal: B. 27-1988


Impreso por Romanyá/Valls

Verdaguer, 1. Capellades (Barcelona)


Impreso en España

Prínted In Spain

Scan: Abogada Soltera

OCR y Corrección: Jota

Febrero de 2004


En memoria de Hillis L. Howie


(1903-1982), naturalista aficionado.

Un buen hombre que


nos llevó a mi y a mi mejor amigo Ben Hitz


y a algunos otros muchachos


al Salvaje Oeste americano


desde Indianapolis, Indiana,


en el verano de 1938.

El señor Howie nos presentó a los verdaderos indios


y nos hacía dormir al aire libre cada noche


y enterrar nuestra mierda,


y nos enseñó a cabalgar

y nos dijo el nombre de muchas plantas


y animales,

y lo que tenían que hacer para mantenerse vivos


y reproducirse.

Una noche el señor Howie por poco no nos mata de miedo,


a propósito,


aullando como un gato montes.

Un verdadero gato montes le contestó desde lejos.


A pesar de todo, sigo creyendo que la gente


es realmente buena en el fondo.

Anne Frank (1929-1944)


LIBRO PRIMERO


La cosa fue así

1

La cosa fue así:

Hace un millón de años, en 1986 d. C, Guayaquil era el principal puerto marítimo de la pequeña democracia sudamericana de Ecuador, cuya capital era Quito, en lo alto de la cordillera de los Andes. Guayaquil estaba situada a tres grados al sur del ecuador, la cintura imaginaria del planeta de la que el país tomó el nombre. Hacía siempre mucho calor allí, y también mucha humedad, porque la ciudad se levantaba en las calmas ecuatoriales sobre un marjal esponjoso en el que se mezclaban las aguas de varios ríos que bajaban de las montañas.

Este puerto marítimo se encontraba a varios kilómetros del mar abierto. Balsas de materia vegetal a menudo atascaban las aguas turbias, ocultando pilotes y ancladeros.

Los seres humanos tenían entonces el cerebro mucho más grande que ahora, de modo que cualquier misterio podía seducirlos. En 1986 uno de esos misterios era cómo unas criaturas que no podían nadar grandes distancias habían llegado a las Islas Galápagos, un archipiélago de picos volcánicos al oeste de Guayaquil, separado del continente por un millar de kilómetros de aguas muy profundas, y muy frías, que venían del Antártico. Cuando los seres humanos descubrieron estas islas, ya había allí salamanquesas e iguanas, ratas de campo y lagartos gigantes, arañas, hormigas, escarabajos, garrapatas y ácaros, para no mencionar las enormes tortugas de tierra.

¿Qué medio de transporte habían utilizado?

Mucha gente consiguió satisfacer sus voluminosos cerebros con esta respuesta: llegaron en balsas naturales.

Otros sostuvieron que esas balsas se inundaban y se pudrían hasta deshacerse tan de prisa que nadie había visto ninguna lejos de tierra firme y que la corriente entre las islas y el continente habría arrastrado a esas rústicas embarcaciones hacia el norte y no hacia el oeste.

O afirmaron que esas torpes criaturas terrestres se habían trasladado con pies secos por un puente natural o habían nadado cortas distancias entre unos vados que desde entonces habían desaparecido bajo las olas. Pero los científicos, con la ayuda de sus voluminosos cerebros y sus astutos instrumentos, habían trazado mapas del suelo oceánico en 1986. No había huellas, dijeron, de ninguna masa de tierra intermedia.

Otra gente de esa era de grandes cerebros y fantasioso pensamiento afirmó que las islas habían sido parte del continente, y se habían separado luego por alguna estupenda catástrofe.

Pero las islas no tenían aspecto de haberse separado de nada. Eran evidentemente jóvenes volcanes, vomitados allí mismo. Muchas de ellas eran tan recién nacidas que podía esperarse que estallaran de nuevo de un momento a otro. En 1986 ni siquiera había allí mucho coral, y por tanto no había tampoco lagunas azules y playas blancas, amenidades que muchos seres humanos consideraban un pregusto de una ideal vida postrera.

Un millón de años después, tienen playas blancas y lagunas azules. Pero en los comienzos de esta historia, eran todavía montes y bóvedas y conos espirales de lava, feos, frágiles y abrasivos, cuyas grietas y pozos y cuencos y valles no contenían tierra fértil ni agua dulce, sino una muy fina y muy seca ceniza volcánica.

Otra teoría de entonces era que Dios Todopoderoso había creado a todas esas criaturas donde los exploradores las habían encontrado, y que por lo tanto no habían necesitado medios de transporte.

Otra teoría sostenía que habían bajado a la costa de dos en dos por la planchada del arca de Noé.

Si hubo en verdad un arca de Noé, y pudo haberla habido, podría titular mi historia «Una segunda arca de Noé».

2

Hace un millón de años no era un misterio que un americano de treinta y cinco años llamado James Wait, que no era capaz de nadar una brazada, tuviera intención de ir desde el continente sudamericano a las Islas Galápagos. Por cierto no iría sentado en una balsa de materia vegetal, esperando lo mejor. Acababa de comprar un billete en su hotel del centro de Guayaquil para un crucero de dos semanas en el que sería el viaje inaugural de un nuevo barco de pasajeros llamado Bahía de Darwin1 . El primer viaje a las Galápagos del barco, que lucía la bandera ecuatoriana, había sido anunciado y durante todo el año anterior como «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza».

Wait viajaba solo. Era prematuramente calvo y regordete, tenía el mal color de una corteza de pastel barato, y llevaba gafas, de modo que podía afirmar que estaba en la cincuentena, si esta plausible afirmación pudiera reportarle algún provecho. Tenía la intención de parecer inofensivo y tímido.

Era en ese momento el único cliente en el bar del Hotel El Dorado, en la amplia calle Diez de Agosto, donde había alquilado una habitación. Y el camarero a cargo del bar, un descendiente de veinte años de orgullosos nobles incaicos, llamado Jesús Ortiz, tuvo la impresión de que alguna temible injusticia o alguna tragedia habían quebrantado el espíritu de este hombre descolorido y solitario que se decía canadiense. Wait quería que todos los que lo vieran tuviesen esa impresión.

Jesús Ortiz, una de las personas más agradables de esta historia mía, compadecía más que despreciaba a este turista solitario. Le parecía triste, como Wait había deseado, que este hombre se hubiera vaciado los bolsillos en la boutique del hotel comprando un sombrero de paja, unas sandalias de cuerda, pantalones cortos de color amarillo y una camisa de algodón azul, blanca y púrpura, que llevaba en ese momento.

Wait había tenido un aspecto de considerable dignidad, pensaba Ortiz, cuando llegó desde el aeropuerto vestido con traje de empresario. Pero ahora, y a costa de mucho dinero, se había convertido en un payaso, una caricatura de turista norteamericano en los trópicos.

El rótulo con el precio estaba todavía prendido en el faldón de la crepitante camisa nueva de Wait, y Ortiz, muy cortésmente y en buen ingles, así se lo hizo saber.

—¿Ah? —dijo Wait. Sabía que el rótulo estaba allí y quería que allí se quedara. Pero representó toda una charada en la que se reía embarazosamente de sí mismo, y pareció que iba a arrancar el rótulo. Pero luego, como si lo abrumara algún dolor del que estaba tratando de escapar, dio la impresión de olvidarlo.

Wait era un pescador y el rótulo con el precio era la carnada, un modo de alentar a los extraños a que le dijeran de alguna manera lo que Ortiz le había dicho: —Disculpe, señor, pero no puedo evitar haber notado...

Wait se había registrado en El Dorado con el nombre de su falso pasaporte canadiense: Williard Flemming. Era un timador de suprema fortuna.

No era un peligro para Ortiz, pero una mujer sin escolta que pareciese tener algún dinero, sin marido ni hijos, correría por cierto un riesgo. Wait hasta el momento había cortejado y desposado a diecisiete mujeres de esas características; y luego les había limpiado los joyeros, las cajas fuertes y las cuentas bancarias, y había desaparecido.

Era tan afortunado en su oficio que se había vuelto millonario, con cuentas de ahorros a nombres diversos en los bancos de toda Norteamérica, y no lo habían arrestado nunca. Que él lo supiera, nadie siquiera intentaba atraparlo. En lo que a la policía concernía, razonaba, él era uno de diecisiete maridos infieles, cada uno con un nombre distinto, en lugar de un único delincuente común cuyo verdadero nombre era James Wait.

Es difícil creer en nuestros días que la gente haya podido ser tan brillantemente múltiple como James Wait, hasta que me recuerdo a mí mismo que casi todos los seres humanos adultos de ese entonces tenían un cerebro de unos tres kilogramos. Era infinito el número de planes malignos que una máquina pensante de semejante tamaño podía concebir y ejecutar.

De modo que planteo una pregunta, aunque no haya nadie aquí para contestarla: ¿puede haber alguna duda de que los cerebros de tres kilogramos fueron otrora defectos casi fatales en la evolución de la raza humana?.

Una segunda cuestión: ¿cual podía haber sido la causa, salvo nuestro complicado circuito nervioso, de los males que veíamos y oíamos por doquier?

Mi respuesta: no había ninguna otra causa. Éste era un planeta muy inocente, con excepción de esos grandes cerebros.

3

El Hotel El Dorado era un flamante edificio de cinco plantas destinado al turismo y construido con lisos bloques de cemento. Tenía las proporciones y el aire de una biblioteca con frente de cristal, alto y ancho y poco profundo. En cada habitación había un muro de cristal que iba del suelo al techo y miraba a la zona ribereña.

En el pasado el comercio abundaba en esa zona ribereña, y barcos de todo el planeta habían llevado allí carne, granos, verduras y frutas, y vehículos, ropas, maquinarias, objetos domésticos, etcétera, y retiraban, en justo intercambio, café, cacao, azúcar, petróleo, oro y objetos de arte y artesanía indios, todos ellos productos ecuatorianos, incluso sombreros de «Panamá», que siempre habían venido del Ecuador y no de Panamá.

Pero ahora había allí sólo dos barcos mientras James Wait estaba sentado en el bar con un vaso de ron y Coca Cola. No era un bebedor en realidad, pues como vivía de su ingenio no podía permitirse que las delicadas llaves de la gran computadora que tenía en el cerebro entraran en corto circuito por culpa del alcohol. La bebida era un artefacto teatral, como el rótulo del precio en su ridícula camisa.

No estaba en condiciones de juzgar si lo que podía verse en la zona ribereña era normal o no. Hasta dos días antes ni siquiera había oído hablar de Guayaquil, y nunca hasta ahora había estado por debajo del ecuador. Para él, El Dorado no era diferente de los muchos hoteles impersonales que en el pasado había utilizado como refugio y escondite, en Moose Jaw, Saskatchewan, en San Ignacio, México, en Watervliet, Nueva York, etcétera, etcétera.

Había escogido el nombre de la ciudad en que ahora se encontraba en el tablero de llegadas y partidas del Aeropuerto Internacional Kennedy en la ciudad de Nueva York. Acababa de pauperizar y abandonar a su decimoséptima esposa: una viuda de setenta años en Skoie, Illinois, en las afueras de Chicago. Guayaquil le sonó como el último lugar en el que ella pensaría en buscarlo.

Esta mujer era tan fea y estúpida que probablemente nunca debía haber nacido. Y sin embargo, ya había estado casada antes.

Y James Wait tampoco iba a quedarse mucho en El Dorado, pues había comprado un billete en «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza» al agente de viajes que tenía un despacho en el vestíbulo. El mediodía había quedado atrás y afuera hacía más calor que en las orillas del infierno. No soplaba ni una brisa, pero esto no le importaba porque estaba dentro y el hotel tenía aire acondicionado, y de cualquier modo pronto se habría alejado de allí. Su barco, el Bahía de Darwin, se haría a la mar al mediodía del día siguiente: viernes, 28 de noviembre de 1986, un millón de años atrás.

La bahía de la que recibía el nombre el barco de Wait se abría al sur de la isla de Genovesa en las Galápagos. Wait nunca había oído hablar de las Islas Galápagos. Suponía que se parecerían a Hawai, donde una vez había pasado una luna de miel, o a Guam, donde una vez había estado escondido: con amplias playas blancas y lagunas azules, palmeras mecidas por la brisa y chicas bronceadas como el nogal.

El agente de viajes le había dado un folleto que describía el crucero, pero Wait no lo había mirado todavía. Lo había puesto sobre la barra que tenía delante. El folleto no ocultaba qué aborrecibles eran casi todas las islas, y advertía a los futuros pasajeros lo que el agente de viajes no había advertido a Wait: que era preferible que se encontraran en buenas condiciones físicas y llevaran botas fuertes y ropa ruda, pues a menudo tendrían que vadear aguas bajas para llegar a las costas, y trepar paredes rocosas como una infantería anfibia.

La bahía de Darwin tenía ese nombre en honor del gran científico inglés Charles Darwin, que había visitado Genovesa y varias islas vecinas durante cinco semanas en 1835, cuando sólo era un mozalbete de veintiséis años, nueve menos de los que Wait tenía ahora. Darwin era entonces el naturalista sin paga a bordo del Beagle, barco de Su Majestad, en una expedición de cartografía que lo llevaría alrededor del mundo y duraría cinco años.

En el folleto sobre el crucero, redactado con la intención de deleitar a los amantes de la naturaleza más que a los buscadores de placer, se reproducía la descripción que hace Darwin de las Islas Galápagos en su primer libro, El viaje del Beagle:

«Nada menos atrayente que la primera impresión. Un campo quebrado de negra lava basáltica arrojada en medio del más agitado oleaje y atravesada por grandes grietas, cubierta en todas partes con arbustos enanos quemados por el sol, y con pocos indicios de vida. La seca y chamuscada superficie, calentada por el sol del mediodía, daba al aire un aspecto lóbrego y oprimente, como el de un horno: nos pareció que aun los arbustos olían mal.»

Continuaba Darwin: «Toda la superficie... parece estar impregnada, como un cedazo, de vapores subterráneos: aquí y allá la lava todavía blanda se extendió en grandes burbujas; y en otras partes las cimas de las cavernas, formadas de modo similar, se derrumbaron hacia adentro, dejando partes circulares con empinadas laderas». Todo esto le recordó vividamente, escribió, «... esas partes de Staffordshire donde son más numerosas las grandes fundiciones de hierro».

Había un retrato de Darwin detrás de la barra de El Dorado, enmarcado por estanterías y botellas: una reproducción ampliada de un grabado en acero, en la que aparecía no como el joven de las islas, sino como un apuesto padre de familia de la vieja Inglaterra, con una barba tan reluciente como una guirnalda de Navidad. El mismo retrato adornaba el pecho de las camisetas que se vendían en la boutique, y de las que Wait había comprado dos. Ése era el aspecto que tenía Darwin cuando amigos y parientes lo convencieron al fin de que pusiera por escrito sus ideas acerca de cómo se forma la vida en todas partes, y cómo él, sus amigos y parientes y aun la misma reina, habían llegado a ser lo que eran en el siglo XIX. Y fue así como escribió el volumen científico de más amplia influencia en los tiempos de los grandes cerebros. Más que ningún otro tomo contribuyó a estabilizar las volátiles opiniones de la gente acerca de cómo identificar el triunfo o el fracaso. ¡Nada menos! Y el título del libro resumía el despiadado contenido: Del origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida.

Wait nunca había leído el libro, y el nombre de Darwin no significaba nada para él, aunque de vez en cuando había conseguido hacerse pasar por un hombre culto. Estaba considerando que en «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza», se presentaría como ingeniero mecánico graduado en Moose Jaw, Saskatchewan, y cuya mujer acababa de morir de cáncer.

En realidad, su educación se había interrumpido al cabo de un curso de dos años sobre reparación y mantenimiento de automóviles en la escuela secundaria de su ciudad natal, Midland City, Ohio. Estaba viviendo entonces en el quinto de una serie de hogares adoptivos, en esencia un huérfano, pues era el producto de una relación incestuosa entre un padre y una hija, que habían huido de la ciudad, para siempre y juntos, poco después de que él naciera.

Cuando creció lo suficiente como para huir él también, viajó a dedo hasta la isla de Manhattan. Hizo allí amistad con un alcahuete que le enseñó cómo ser un afortunado prostituido homosexual, a dejar el rótulo de los precios en la ropa, a disfrutar realmente con los amantes cuando fuera posible, etcétera. Wait había sido una vez un hombre guapo.

Cuando su belleza empezó a marchitarse, se hizo maestro de bailes de salón en un estudio de danza. El baile se le daba naturalmente, y en Midland City le habían dicho que sus padres habían sido también excelentes bailarines. Tenía un sentido del ritmo que probablemente era heredado. Y fue en el estudio de danza donde conoció, cortejó y desposó a la primera de sus diecisiete esposas.

A lo largo de toda su infancia, los distintos padres adoptivos castigaron severamente a Wait por todo y por nada. Suponían que la progenitura endogámica amenazaba convertirlo en un monstruo moral.

De modo que aquí estaba el monstruo ahora: en el Hotel El Dorado, feliz, rico y en perfectas condiciones —creía él—, esperando probar una vez más su capacidad para sobrevivir.

Entre paréntesis, como James Wait, también yo fui una vez un adolescente que escapó de su casa.

4

El anglosajón Charles Darwin, observador objetivo, parco en palabras, caballeresco, impersonal, asexuado, era un héroe en la rebosante, apasionada, políglota Guayaquil, pues se había convertido en inspiración de un gran auge turístico. Si no hubiera sido por Darwin, jamás habría habido un Hotel El Dorado ni un Bahía de Darwin que acomodara a james Wait. No habría habido una boutique que lo vistiera de manera tan cómica.

Si Charles Darwin no hubiera declarado que las Islas Galápagos eran un sitio maravillosamente instructivo, Guayaquil no hubiera sido más que otro puerto caluroso e inmundo, y las islas no habrían tenido más valor para Ecuador que las pilas de escoria de Staffordshire.

Darwin no cambió las islas, sino sólo la opinión de la gente acerca de ellas. Así de importantes eran las meras opiniones en la era de los cerebros voluminosos.

Las meras opiniones, de hecho, gobernaban la conducta de la gente, tanto como la más probada verdad, y estaban sujetas a súbitos cambios como jamás podría estarlo la más probada verdad. De modo que las Islas Galápagos podían ser el infierno en un instante dado y el cielo en el siguiente, y Julio César podía ser un estadista en un momento y un carnicero en el siguiente, y el papel moneda ecuatoriano podía cambiarse por alimentos, vivienda y ropas en un momento y forrar el suelo de una jaula en el siguiente, y el universo podía ser la creación de Dios todopoderoso en un momento y el producto de una gran explosión en el siguiente... y etcétera, etcétera. Gracias a la decrecida capacidad cerebral, los duendes de las opiniones ya no distraen a la gente del objeto principal de la vida.

Los blancos descubrieron las Islas Galápagos en 1535, cuando un barco español tropezó con ellas después de que una tormenta lo desviara de su ruta. Nadie vivía allí, ni había el menor vestigio de que hubieran estado habitadas alguna vez por seres humanos.

Este desdichado barco no pretendía otra cosa que llevar al obispo de Panamá al Perú, sin perder nunca de vista la costa americana. De pronto una tormenta lo arrastró rudamente hacia el oeste, siempre hacia el oeste donde, según la prevaleciente opinión humana, sólo había mar y nada más que mar.

Pero cuando la tormenta amainó, los españoles descubrieron que habían traído al obispo a una pesadilla marinera, donde los fragmentos de tierra eran una mera burla, sin fondeaderos adecuados, ni sombra, ni agua dulce, ni frutos colgantes o seres humanos de especie alguna. No había viento, y estaban escasos de agua y comida. El océano era como un espejo. Bajaron una chalupa desde la borda y remolcaron el velero llevándose al conductor espiritual fuera de allí.

No reclamaron las islas para España (como no habrían reclamado el infierno para España). Y durante tres siglos, después de que la revisada opinión humana permitiera que el archipiélago apareciese en los mapas, ninguna otra nación pretendió reclamarlo. Pero más tarde, en 1832, uno de los países más pequeños y más pobres del planeta, el Ecuador, pidió a los pueblos de la tierra que compartieran con ellos esta opinión: que las islas eran parte de Ecuador.

Nadie se opuso. Por entonces, pareció una opinión inocua y aun cómica. Era como si Ecuador, en un espasmo de demencia imperialista, hubiera anexado a su territorio una pasajera nube de asteroides.

Pero luego, sólo tres años más tarde, el joven Darwin se puso a declamar que las plantas y animales de raro aspecto que se las habían compuesto para sobrevivir en las islas, las hacían extremadamente valiosas, si la gente las considerara como él, desde un punto de vista científico. Sólo una palabra describiría de manera adecuada esta transformación de las islas de inútiles en inapreciables: mágica.

Sí, y por el tiempo de la llegada de James Wait a Guayaquil tantas personas interesadas en historia natural habían llegado allí de camino a las islas (para ver lo que Darwin había visto, para sentir lo que Darwin había sentido), que el puerto albergaba tres barcos cruceros —de los que el Bahía de Darwin era el más flamante—. Había varios hoteles modernos para turistas —de los que el más flamante era El Dorado—, y había varias tiendas de souvenirs, boutiques y restaurantes, todo a lo largo de la calle Diez de

Agosto.

Ocurrió sin embargo que cuando James Wait llegó allí, una crisis financiera de alcance mundial, una súbita revisión de las opiniones humanas acerca ¿el valor del dinero, las bolsas, los bonos, las hipotecas, y otros pedazos de papel, había arruinado el negocio turístico no sólo en Ecuador, sino prácticamente en todas partes. De modo que El Dorado era el único hotel todavía abierto en Guayaquil, y el Bahía de Darwin era el único barco todavía preparado para navegar.

El Dorado se mantenía abierto sólo como punto de reunión de las personas anotadas en «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza», pues era propiedad de la misma compañía ecuatoriana dueña del barco. Pero ahora, menos de veinticuatro horas antes de que empezara el crucero, sólo había seis huéspedes, incluyendo a James Wait, en el hotel de doscientas camas. Y los otros cinco eran:

*Zenji Hiroguchi, veintinueve años, genio en computadoras j apones;

Hisako Hiroguchi, veintiséis años, su muy preñada esposa, profesora de ikebana, el arte japonés de los arreglos florales;

*Andrew MacIntosh, cincuenta y cinco años, financiero americano y aventurero de gran riqueza heredada, viudo;

Selena MacIntosh, dieciocho años, hija de Andrew, ciega de nacimiento;

y Mary Hepburn, cincuenta y un años, viuda americana de Ilium, Nueva York, a quien prácticamente nadie había visto en el hotel, pues había permanecido en su habitación de la quinta planta y se había hecho llevar allí todas las comidas después de haber llegado sola la noche anterior.

Los dos con asteriscos junto a sus nombres habrían de morir antes de ponerse el sol. Esta convención de poner asteriscos junto a ciertos nombres seguirá incidentalmente a lo largo de toda mi historia, llamando de este modo la atención de los lectores sobre el hecho de que esos personajes pronto habrán de enfrentar la darwiniana prueba definitiva de fortaleza y aptitud.

Yo también estaba allí, aunque perfectamente invisible.

5

El Bahía de Darwin también estaba condenado, pero no preparado todavía para tener un asterisco. Habría aún cinco puestas de sol antes que sus motores se pararan para siempre y diez años más antes que se hundiera para descansar en el suelo oceánico. No sólo era el más nuevo, el más grande, el más veloz y más lujoso barco crucero con base en Guayaquil. Era el único específicamente diseñado para el mercado turístico de las Galápagos, cuyo destino, desde el momento en que se le puso la quilla, se concibió como un constante viaje a las islas, ida y vuelta, y otra vez ida y vuelta.

Se construyó en los astilleros de Malmö, Suecia, donde yo mismo trabajé en él. Los tripulantes suecos y ecuatorianos que lo llevaron de Malmö a Guayaquil dijeron que la tormenta que padeció en el Atlántico Norte serían las últimas aguas agitadas o el último tiempo frío con que se toparía.

El barco era un restaurante, una sala de conferencias, un club nocturno y un hotel, todo ello flotante, con capacidad para un centenar de huéspedes. Tenía radar y sonar, y un navegante electrónico que indicaba continuamente su posición sobre la faz de la tierra, con una aproximación de cien metros. Estaba tan cabalmente automatizado que una sola persona en el puente, sin nadie en el cuarto de máquinas o en cubierta, podía ponerlo en marcha, levar anclas, y conducirlo como un coche familiar. Tenía ochenta y cinco inodoros y doce bidets, y teléfonos en los camarotes y en el puente que podían comunicarse vía satélite con cualquier otro teléfono del mundo.

Tenía televisión, de modo que la gente podía enterarse de las noticias del día.

Los propietarios, un par de hermanos alemanes que residían en Quito, se jactaban de que su barco nunca estaría fuera de contacto con el resto del mundo. Muy poco era lo que sabían.

Tenía setenta metros de eslora.

El barco en que Charles Darwin era naturalista sin paga, el Beagle, sólo tenía veintiocho metros.

Cuando el Bahía de Darwin fue botado en Malmö, mil cien toneladas métricas de agua salada tuvieron que desplazarse a algún otro sitio. Por ese entonces yo estaba muerto.

Cuando el Beagle fue botado en Falmouth, Inglaterra, sólo doscientas toneladas de agua salada tuvieron que desplazarse a algún otro sitio.

El Bahía de Darwin era un barco de motor y casco de metal.

El Beagle era un velero de madera, y llevaba diez cañones para rechazar a piratas y salvajes.

Los otros dos barcos cruceros con los que competiría el Bahía de Darwin quedaron fuera de combate antes de que la guerra comenzara. Tenían todos los pasajes reservados por meses enteros, pero luego, a causa de la crisis financiera, empezaron a llover las cancelaciones. Ahora estaban anclados en la rebalsa de los marjales, apartados de la ciudad, lejos de caminos o viviendas. Los propietarios les habían quitado los equipos electrónicos y otros objetos de valor previendo un prolongado período de delincuencia.

Ecuador, al fin y al cabo, como las Islas Galápagos, era sobre todo lava y ceniza, y por tanto no estaba en condiciones de alimentar a sus nueve millones de habitantes. Era un país en quiebra, de modo que no podía comprar alimentos a países con abundante tierra mantillosa, y el puerto de Guayaquil permanecía inactivo, y la gente empezaba a morirse de hambre.

Los negocios son los negocios.

Los países vecinos, Perú y Colombia, estaban también en quiebra. El único barco en el puerto de Guayaquil, fuera del Bahía de Darwin, era un herrumbrado carguero colombiano, el San Mateo, varado allí por carecer de medios para adquirir alimentos o combustible. Estaba anclado a corta distancia de la costa, y había permanecido allí tanto tiempo que una enorme balsa de material vegetal se había juntado alrededor de la cadena del ancla. Un pequeño elefante podría haber llegado a las Islas Galápagos en una balsa de esas dimensiones.

México, Chile, el Brasil y la Argentina estaban igualmente en quiebra, y también Indonesia, las Filipinas, Paquistán, la India, Thailandia, Italia, Irlanda, Bélgica y Turquía. Países enteros se encontraron de pronto en la misma situación que el San Mateo, incapaces de comprar con papel moneda, o prometiendo por escrito que pagarían más tarde, ni siquiera lo más esencial. La gente que tenía algo sustancioso para vender, conciudadanos tanto como extranjeros, se rehusaban a cambiar sus bienes por dinero. De pronto empezó a decir a la gente que sólo tenía pedazos de papel:

—¡Despertad, idiotas! ¿Qué os hizo pensar que el papel tuviera tanto valor?

Había todavía alimentos y combustible suficientes para todos los seres humanos del planeta, pero millones y millones de gentes empezaron entonces a morir de hambre. Los más sanos podían pasarse sin comer unos cuarenta días, y luego sobrevenía la muerte.

Y esta hambruna era sobre todo el producto de unos cerebros demasiado grandes, como la Novena Sinfonía de Beethoven.

Todo estaba en la cabeza de la gente. La gente sencillamente había cambiado de opinión acerca del valor del papel moneda, pero en la práctica era como si un meteoro del tamaño de Luxemburgo hubiera golpeado el planeta sacándolo fuera de órbita.

6

Esta crisis financiera, que nunca podría haber ocurrido hoy, era simplemente la última de la serie de catástrofes criminales del siglo XX que tuvieron como único origen los cerebros humanos. A juzgar por la violencia que la gente ejercía contra sí misma y contra los demás, y en verdad contra todos los otros seres vivientes, un visitante de otro planeta habría supuesto que el medio ambiente había enloquecido y que la gente estaba tan frenética porque la Naturaleza estaba a punto de matarlos a todos.

Pero hace un millón de años el planeta era tan húmedo y nutricio como lo es hoy; y único, en este respecto, en la entera Vía Láctea. Todo lo que había cambiado era la opinión de la gente.

Para hacer justicia a la humanidad tal como era: cada vez más gente decía entonces que sus cerebros eran irresponsables, nada fidedignos, espantosamente peligrosos, por entero carentes de realismo; en suma, no servían para nada.

En el microcosmos del Hotel El Dorado, por ejemplo, la viuda Mary Hepburn, que había tomado todas las comidas en su habitación, maldecía su propio cerebro sotto voce por el consejo que le estaba dando, que era suicidarse.

—Eres mi enemigo —musitaba—. ¿Por qué he de llevar enemigo tan terrible dentro de mí? —Había sido profesora de biología en la escuela secundaria pública de Ilium, Nueva York, desaparecida hacía un cuarto de siglo, y por tanto no ignoraba la muy extraña historia de la evolución de una criatura entonces extinguida, y que los seres humanos llamaban «alce irlandés».— Si se me diera a escoger entre un cerebro como tú y las astas de un alce irlandés —le decía a su propio sistema nervioso central—, escogería las astas del alce irlandés.

Estos animales habían tenido astas del tamaño de un candelabro de salón de baile. Eran fascinantes ejemplos, solía decirles a sus alumnos, de lo tolerante que podía ser la naturaleza con los errores claramente ridículos cometidos por la evolución. El alce irlandés sobrevivió dos millones y medio de años, a pesar de que sus astas eran demasiado abultadas para la lucha y la autodefensa, y les impedía buscar alimentos en los bosques espesos y los sitios poblados de arbustos.

Mary también había enseñado que el cerebro humano era el más admirable dispositivo de sobrevivencia producido hasta entonces por la evolución. Pero ahora su propio voluminoso cerebro la urgía a que quitara de la bolsa de polietileno su vestido rojo de noche, guardado en el ropero allí en Guayaquil, y que metiera la cabeza dentro de la bolsa privando así de oxígeno a sus células.

Antes de esto, su magnífico cerebro había confiado a un ladrón en el aeropuerto una maleta que contenía todos sus artículos de tocador y lo que hubiera sido la ropa adecuada para el hotel; el equipaje de mano que había llevado en el vuelo de Quito a Guayaquil. Por lo menos tenía todavía el contenido de la maleta que había despachado en el aeropuerto y que incluía el vestido de noche guardado ahora en el ropero, destinado a las fiestas que se celebraran en el Bahía de Darwin. Tenía todavía consigo un equipo de buceo, con patas de rana y una escafandra, dos trajes de baño, un par de pesadas botas y un uniforme de combate de las Fuerzas de la Marina de los Estados Unidos para las excursiones por las costas, que era lo que ahora tenía puesto. En cuanto al traje con pantalones que había traído en el vuelo desde Quito: su voluminoso cerebro la había convencido de que lo enviara a la lavandería del hotel y que le creyera al administrador de ojos tristes cuando le dijo que lo tendría sin falta por la mañana, a la hora del desayuno. Pero, para confusión del administrador, también eso había desaparecido.

Pero lo peor que su cerebro le había hecho, aparte de recomendarle el suicidio, fue insistir en que fuera a Guayaquil, a pesar de la inminente crisis financiera planetaria, a pesar de la casi total certeza de que «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza», que había vendido todas las plazas sólo un mes antes, sería cancelado por falta de pasajeros.

Su colosal máquina de pensar podía ser además tan mezquina. No le permitía bajar en traje de fajina porque todo el mundo, a pesar de que no había casi nadie en el hotel, la encontraría ridícula con semejante atuendo. El cerebro le dijo: —Se reirán a tus espaldas y dirán de ti que eres una loca lamentable, y de cualquier modo tu vida se ha acabado. Has perdido a tu marido y tu puesto de profesora, no tienes hijos ni ninguna otra cosa que te ayude a vivir, de modo que acaba de una vez y mete la cabeza, dentro de la bolsa. Nada más fácil. ¿Qué podría ser menos doloroso? ¿Qué cosa tendría más sentido?

Para ser imparcial no era enteramente culpa del cerebro que 1986 hubiera sido hasta el momento un año perfectamente espantoso. Había empezado de modo tan prometedor, por lo demás, con el marido de Mary, Roy, en aparente perfecta salud, y seguro en su puesto de mecánico de molinos en la Geffco, la principal industria de Ilium, y con los Kiwanis que le dieron a ella un banquete y una placa que celebraba sus veinticinco años de distinguida enseñanza, y los estudiantes que la nombraron la profesora más popular del año por duodécima vez consecutiva.

A principios de 1986 había dicho: —Oh, Roy, tenemos tanto que agradecer: somos tan dichosos en comparación con la mayor parte de la gente. Podría llorar de felicidad.

Y él la había abrazado y había dicho: —Pues bien, llora. —Ella tenía cincuenta y un años y él cincuenta y nueve, y eran amantes de la vida al aire libre, la marcha y el esquí, el montañismo y la navegación en canoa, la bicicleta y la natación, de modo que ambos lucían cuerpos esbeltos y juveniles. No fumaban ni bebían y comían sobre todo fruta y verduras frescas, con un poco de pescado de vez en cuando.

Además habían manejado bien el dinero ahorrado, alimentándolo y fortaleciéndolo, en términos financieros, con el mismo tino con que se alimentaban y fortalecían a sí mismos.

La historia de sabiduría fiscal que Mary hubiera podido contar acerca de sí misma y de Roy, por supuesto, habría excitado sobremanera a James Wait.

Y sí. Wait, ese eviscerador de viudas, especulaba acerca de Mary Hepburn, sentado en el bar de El Dorado, aunque todavía no la había conocido, ni sabía aún cuánto dinero tenía. Había visto el nombre de ella en el registro del hotel y le había hecho algunas preguntas al joven administrador.

A Wait le gustó lo poco que el administrador pudo decirle. Esa tímida y solitaria maestra de escuela de la planta alta, aunque más joven que las esposas a las que había arruinado hasta el momento, le parecía una presa natural. La acecharía con toda comodidad durante «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza».

Si se me permite insertar una nota personal en este punto: cuando yo estaba vivo, a menudo recibía consejos de mi propio voluminoso cerebro que, en relación con mi propia supervivencia, o la supervivencia de la raza humana, pueden describirse compasivamente como cuestionables. Ejemplo: hicieron que me inscribiera en el Ejército de los Estados Unidos y fuera a luchar a Vietnam.

Un millón de gracias, voluminoso cerebro.

7

Las monedas nacionales de los seis huéspedes de El Dorado, los cuatro americanos, uno de ellos haciéndose pasar por canadiense, y los dos japoneses, valían todavía en el planeta tanto como el oro. Por otra parte, el valor de ese dinero era imaginario. Como la naturaleza del universo mismo, el deseo de tener dólares americanos y yens estaba en la cabeza de la gente.

Y si Wait, que ni siquiera sabía que hubiese una crisis financiera en marcha, hubiera prolongado la farsa de hacerse pasar por canadiense al punto de llevar dólares canadienses al Ecuador, no habría sido tan bien recibido como lo fue. Aunque el Canadá no había quebrado, la idea de cambiar algo útil por dólares canadienses ya no complacía la imaginación de la gente, cada vez en más sitios, incluyendo al mismo Canadá.

Una caída similar en el valor imaginado estaba debilitando la libra inglesa, los francos franceses y suizos y el marco de Alemania Occidental. Entre tanto, el sucre ecuatoriano, así llamado en honor de Antonio José de Sucre (1795-1830), un héroe nacional había llegado a valer menos que una cáscara de plátano.

Arriba en su habitación, Mary Hepburn se preguntaba si no tendría un tumor cerebral, lo que explicaría que el cerebro estuviese dándole continuamente los peores consejos. Era natural que lo sospechase, pues había sido un tumor cerebral lo que había matado a su marido Roy hacía sólo tres meses. El tumor no se había contentado con matarlo. Antes tuvo que quitarle la memoria y destruirle el juicio.

Mary Hepburn se preguntó también si no era el tumor lo que había hecho que Roy reservase dos pasajes en «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza» en aquel prometedor enero de un año en definitiva horrible.

He aquí cómo descubrió que Roy había reservado dos pasajes para el crucero: volvió del trabajo una tarde suponiendo que Roy estaría aún en la Geffco. Salía del trabajo una hora después que ella. Pero allí estaba Roy, ya en casa, desde el mediodía, como supo luego. Un hombre que adoraba trabajar con las máquinas y que nunca había abandonado el empleo ni siquiera una hora durante los veintinueve años que había estado en la Geffco: ni por enfermedad, pues nunca se enfermaba, ni por nada.

Le preguntó si se encontraba enfermo, y él le contestó que nunca se había sentido mejor. Estaba orgulloso de sí mismo, como un adolescente cansado —le pareció a Mary— de que lo consideren siempre un buen chico. Era un hombre de pocas y bien escogidas palabras, nunca tonto ni inmaduro. Pero ahora dijo increíblemente, y con una expresión tonta por añadidura, como si ella fuera una madre exigente: —Me hice novillos.

Tuvo que haber sido el tumor el que dijo eso, pensaba ahora Mary en Guayaquil. Y el tumor no pudo haber elegido un día peor para una despreocupada travesura, pues había habido una tormenta de granizo la noche anterior, y luego había soplado una ventisca todo el día. Pero Roy había estado recorriendo Clinton Street, la calle principal de Ilium, deteniéndose en una rienda tras otra y contándoles a los tenderos que estaba haciendo novillos.

De modo que Mary intentó alegrarse y decir, en serio, que era hora de que se distendiera un poco y que se divirtiera; aunque siempre se habían divertido mucho los fines de semana y durante las vacaciones, y también en el trabajo, por lo demás. Pero una miasma envolvía esta inesperada escapada. Y el mismo Roy, mientras cenaban temprano, pareció desconcertado por lo que había hecho esa tarde. Y así quedaron las cosas. Él no creía que volviese a hacerlo, de modo que los dos olvidarían el incidente, salvo quizá para reírse de él de tanto en tanto. Pero luego, justo antes de irse a dormir, mientras contemplaban los resplandecientes rescoldos sobre el suelo de piedra del hogar que Roy había construido con sus propias manos callosas, él dijo de pronto: —Hay todavía más.

—¿Más de qué? —preguntó Mary.

—Sobre esta tarde —dijo él—. Uno de los sitios que visité era la agencia de viajes. —Sólo había una en Ilium, y no le estaba yendo demasiado bien.

—¿Y entonces?

—Reservé una cosa —dijo él. Era como si estuviera recordando un sueño—. Está todo pagado.

Todo en orden. Es un hecho. En noviembre tú y yo volaremos a Ecuador y embarcaremos en «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza».

Roy y Mary fueron las primeros en responder a los anuncios y al programa de publicidad para el viaje inaugural del Bahía de Darwin, barco que por entonces era sólo una pila de planos en Malmö, Suecia. El agente de viajes de Ilium acababa de recibir un póster que anunciaba el crucero. Cuando Roy Hepburn entró en el despacho, el agente estaba pegándolo a la pared con cinta adhesiva.

Si se me permite añadir una nota personal: yo mismo había estado trabajando como soldador en Malmö durante cerca de un año, pero el Bahía de Darwin aún no se había materializado tanto como para necesitar de mis servicios. Literalmente yo perdería la cabeza por esa doncella de acero sólo cuando llegase la primavera. Pregunta: ¿Quién no ha perdido la cabeza en primavera?

Pero continuemos:

El póster llegado a Ilium exhibía un pájaro muy extraño posado en el borde de una isla volcánica y contemplando un hermoso navío blanco que pasaba por allí. Esta ave era negra y parecía del tamaño de un pato grande, pero tenía un cuello largo y flexible, como una serpiente. Había en ella algo más extraño, sin embargo, y casi cierto: no parecía tener alas. Esta especie de ave era endémica de las Islas Galápagos, es decir que se la encontraba allí y en ningún otro sitio del planeta. Las alas, minúsculas y plegadas y aplanadas contra el cuerpo, le permitían nadar y sumergirse en el agua tan rápido como un pez. Éste era un método mucho mejor para atrapar peces que el de muchos otros pájaros piscívoros, obligados a esperar a que los peces suban a la superficie y lanzarse luego sobre ellos con picos desmesuradamente abiertos. Esta ave sumamente apta, que los seres humanos llamaban «cormoranes acuáticos», era capaz de trasladarse hasta el sirio donde se encontraban los peces. No tenía que esperar a que cometieran un error fatal.

A cierta altura de la línea evolutiva, los antepasados de un ave semejante tuvieron que haber dudado del valor de sus alas, así como en 1986 los seres humanos estaban empezando a cuestionar seriamente el valor de sus voluminosos cerebros.

Si Darwin estaba en lo cierto acerca de la Ley de Selección Natural, los cormoranes de alas minúsculas, que sencillamente se lanzaban al agua como lanchas pesqueras, tienen que haber atrapado más peces que sus más grandes antepasados. De modo que se acoplaron entre sí, y aquellos de entre sus hijos con alas más pequeñas se convirtieron en pescadores todavía mejores y así sucesivamente.

Ahora bien, lo mismo le ha sucedido a la gente, pero no en relación con las alas, por supuesto, pues nunca las han tenido, sino en relación con las manos y los cerebros. Y la gente ya no tiene que aguardar a que los peces muerdan un anzuelo con carnada o molestarse con redes o lo que fuere. La persona que hoy quiera peces, simplemente los persigue como un tiburón en el profundo mar azul.

Así es de sencillo ahora.

8

Ya en enero había varias razones para que Roy Hepburn no hubiera reservado pasajes para ese crucero. No había pruebas entonces de que se avecinaba una crisis económica mundial y de que la gente de Ecuador estaría muñéndose de hambre cuando el barco tuviera que hacerse a la mar. Pero estaba la cuestión del empleo de Mary. Ella no sabía entonces que la despedirían, que se vería obligada a una temprana jubilación, de modo que no sabía cómo, en buena conciencia, podría tomarse una licencia de tres semanas a fines de noviembre o comienzos de diciembre, justo en medio del semestre.

Además, aunque nunca había estado allí, el archipiélago de las Galápagos la aburría, tanta era la cantidad de películas, diapositivas, libros y artículos sobre las islas que había utilizado una y otra vez para sus cursos. No podía imaginar que la aguardara allí alguna sorpresa. Muy poco era lo que sabía.

Ni ella ni Roy habían abandonado nunca los Estados Unidos durante el tiempo que llevaban casados. Si se trataba de sacudir las piernas y hacer un viaje verdaderamente atractivo, pensaba, prefería ir a África, donde la vida salvaje era mucho más excitante y los métodos de subsistencia mucho más peligrosos. Después de todo, las criaturas de las Islas Galápagos eran un conjunto bastante poco interesante comparadas con los rinocerontes, los hipopótamos, los leones, los elefantes, las jirafas, etcétera, etcétera.

La perspectiva del viaje, de hecho, hizo que le confesara a una amiga íntima: —Tengo de pronto la sensación de que nunca en mi vida quiero volver a ver un pájaro bobo de patas azules.

Muy poco era lo que sabía.

Pero cuando hablaba con Roy, Mary ocultaba los recelos que le inspiraba el viaje, confiando en que él mismo se daría cuenta de que había padecido una ligera disfunción cerebral. Pero en marzo Roy había abandonado el empleo y Mary sabía que la despedirían. De modo que el viaje pareció de pronto práctico y oportuno. Y el crucero parecía crecer ante la imaginación cada vez más errática de Roy como «la única buena perspectiva que tenemos por delante».

He aquí lo que había sucedido con sus empleos: la Geffco había suspendido a casi toda su fuerza laboral, tanto administrativos como obreros, con el fin de modernizar las operaciones en Ilium. Una compañía japonesa, la Matsumoto, era la que tenía a cargo la tarea. La Matsumoto estaba también automatizando el Bahía de Darwin. Ésta era la misma compañía que empleaba a *Zenji Hiroguchi, el joven genio en computadoras que se alojaba con su esposa en el Hotel El Dorado al mismo tiempo que Mary.

Cuando la Corporación Matsumoto terminara de instalar computadoras y robots, doce seres humanos bastarían para manejarlo todo. De modo que la gente lo suficientemente joven como para tener hijos o, cuando menos, sueños ambiciosos para el futuro, abandonaba en tropel la ciudad. Era, como diría Mary Hepburn el día en que cumplió ochenta y un años, dos semanas antes de que un enorme tiburón blanco la devorara, «como si el flautista de Hamelin hubiera pasado por Ilium». De pronto, no hubo casi niños que educar, y la ciudad quebró por falta de contribuyentes. La última carnada de la escuela secundaria de Ilium se graduó en junio de ese mismo año.

En abril se diagnosticó que Roy padecía un tumor cerebral inoperable. Por tanto, «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza» se convirtió en lo que aún esperaba de la vida.

—Puedo aguantar hasta entonces cuando menos, Mary. Noviembre... no falta tanto, ¿no es cierto?

—No —dijo ella.

—Puedo aguantar hasta entonces.

—Quizá tengas años por delante, Roy —dijo ella.

—Que sólo se me permita llevar a cabo ese crucero —dijo él—. Que pueda ver pingüinos en el ecuador. Eso me basta.

Aunque Roy se equivocaba más y más acerca de mas y más cosas, era cierto que había pingüinos en las Islas Galápagos. Eran criaturas esqueléticas bajo los trajes de camarero principal. Tenían que serlo. Si hubieran estado envueltos en grasa como sus parientes de los hielos del sur, a medio mundo de distancia, se hubiesen cocinado vivos sobre la lava cuando iban a tierra a poner sus huevos y cuidar de sus pequeñuelos.

Como los de los cormoranes acuáticos, también sus antepasados habían abandonado el encanto de la aviación, prefiriendo atrapar más peces.

En cuanto a ese desconcertante entusiasmo con que hace un millón de años se transfirieron a las máquinas tantas actividades humanas: ¿qué podría haber significado sino que la gente reconocía una vez más que el cerebro no les servía para nada?

9

Mientras Roy Hepburn agonizaba, y en verdad mientras agonizaba toda la ciudad de Ilium, y tanto el hombre como la ciudad eran matados por cosas que crecían, enemigas de la saludable y feliz humanidad, el voluminoso cerebro de Roy lo convenció de que había sido marino durante las pruebas atómicas de los Estados Unidos en el atolón de Bikini, ecuatoriano, como Guayaquil, en 1946. Iba a sacarle al gobierno millones de indemnización porque las radiaciones que había recibido allí habían impedido ante todo que él y Mary pudieran tener hijos, y ahora le habían producido este cáncer cerebral.

Roy había servido un tiempo en la Marina, pero por lo demás su caso contra los Estados Unidos de América era en realidad débil, pues había nacido en 1932, y los abogados de su país no tendrían dificultades en probarlo. Habría tenido catorce años por el tiempo de esa supuesta exposición a las radiaciones.

El anacronismo no le impedía recordar vividamente las cosas terribles que se había obligado a hacer, por orden del gobierno, con las llamadas formas inferiores de la vida animal. Tal como él lo contaba, había trabajado virtualmente sin asistencia alguna, primero clavando estacas en el suelo de todo el atolón y luego atando diferentes clases de animales a las estacas. —Creo que me escogieron —dijo—, porque los animales siempre han confiado en mí.

Esto último era verdad: todos los animales confiaban en Roy. Aunque Roy no había recibido ninguna educación formal después de terminada la escuela secundaria, salvo el programa de aprendizaje de la Geffco, y aunque Mary se había graduado en zoología en la Universidad de Indiana, Roy se relacionaba con los animales mucho mejor que Mary. Era capaz de hablar la lengua de los pájaros, algo que ella jamás podría haber hecho, pues sus antepasados tenían mal oído en ambas ramas de la familia. No había perro ni animal de granja, ni siquiera los perros guardianes de la Geffco o una cerda con cochinillos, tan maligno que Roy no pudiera, en cinco minutos o en menos todavía, convertir en amigo suyo.

De modo que era posible comprender las lágrimas de Roy cuando recordaba haber atado a todos esos animales a las estacas. Estos crueles experimentos se llevaron a cabo con animales, por supuesto, con ovejas, cerdos, vacas, caballos, monos, patos, pollos y gansos, pero seguramente no con un zoológico como el que describía Roy. Según él, había atado a las estacas pavos reales, leopardos, gorilas, cocodrilos y albatros. En el voluminoso cerebro de Roy, Bikini se convirtió en el exacto reverso del arca de Noé. Dos ejemplares de cada especie animal se llevaron allí para ser aniquilados con una bomba atómica.

El detalle más desatinado de su historia, y que a él no le parecía nada desatinado, era el siguiente: «Donald se encontraba allí». Donald era un perdiguero de color dorado que erraba por el barrio allí en Ilium, que en ese mismo momento quizá estaba frente a la casa de los Hepburn, y que sólo tenía cuatro años.

—Todo fue muy duro —decía Roy—, pero lo más duro fue atar a Donald a una de las estacas. Fui postergándolo hasta el último momento. Atar a Donald a una estaca fue lo último que tuve que hacer. Él me dejó que lo atara y después me lamió la mano y meneó el rabo. Y le dije, y no me avergüenza confesar que yo estaba llorando: «Adiós, viejo camarada. Partes a un mundo distinto. Seguramente a un mundo mejor, porque ningún otro puede ser tan malo como éste».

Mientras Roy empezaba a dar estos espectáculos, Mary aún iba a la escuela diariamente, asegurando a los pocos alumnos que le quedaban que debían agradecer a Dios sus voluminosos cerebros. —¿Preferiríais acaso tener el cuello de una jirafa o el camuflaje de un camaleón o la piel de un rinoceronte o las astas de un alce irlandés? —les preguntaba, y otras cosas por el estilo.

Seguía emitiendo todavía la misma vieja retahíla.

Sí, y después volvía a casa junto a Roy, que le demostraba lo poco que se puede confiar en los cerebros. Nunca fue hospitalizado, salvo brevemente para unas pruebas. Y se mostraba dócil. Ya no podía conducir un coche, pero lo comprendía y no pareció ofenderse cuando Mary escondió las llaves del jeep. Llegó a decir que quizá debían venderlo, pues no parecía probable que hicieran muchas más excursiones. De modo que Mary no tuvo que contratar a una enfermera que vigilara a Roy mientras ella estaba trabajando. Los jubilados del barrio se complacían en recibir unos pocos dólares haciéndole compañía e impidiendo que se hiciera daño de algún modo.

Por cierto no los molestaba. Miraba mucha televisión y se deleitaba jugando horas enteras con Donald, el perdiguero dorado que supuestamente había muerto en el atolón de Bikini.

Mientras Mary pronunciaba la que iba a ser su última conferencia sobre las Islas Galápagos, se detuvo unos cinco segundos en mitad de una frase, asaltada por una duda que si se expresara en palabras podría traducirse en algo como: «Quizá yo no sea más que una loca que después de vagar por la calle entró en esta aula y se puso a explicar a estos jóvenes los misterios de la vida. Y ellos me creen, aunque me equivoque simplemente en todo».

Tuvo que pensar también en todos los supuestamente grandes maestros del pasado que, a pesar de tener el cerebro sano, se equivocaron tanto como Roy sobre lo que realmente estaba ocurriendo.

10

¿Cuántas Islas Galápagos había hace un millón de años? Había trece grandes, diecisiete pequeñas y trescientas dieciocho minúsculas; algunas eran sólo rocas que se alzaban apenas un metro o dos sobre la superficie del océano.

Ahora hay catorce grandes, siete pequeñas y trescientas veintiséis minúsculas. La actividad volcánica ha continuado hasta hoy. Hice un chiste: los dioses están todavía enfadados.

Y la que se encuentra más al norte de todas, tan solitaria, tan alejada del resto, es todavía Santa Rosalía.

Sí, hace un millón de años, el 3 de agosto de 1986, un hombre llamado *Roy Hepburn se encontraba en su lecho de muerte en su pequeña y atildada casa de Ilium, Nueva York. Allí, en el extremo final, lo que más lamentaba era que él y su esposa Mary no hubieran tenido nunca hijos. No podía animar a su mujer a que intentara tener hijos con algún otro después de que él partiera, pues ella había dejado de ovular.

—Nosotros los Hepburn estamos ahora tan extinguidos como los dodos —dijo, y siguió luego con los nombres de muchas otras criaturas infructíferas, ramas deshojadas en el árbol de la evolución—. El alce irlandés —dijo—. El carpintero de 'pico de marfil —dijo—. El Tyrannosaurus rex —dijo, y así sucesivamente. Hasta el final mismo, sin embargo, su áspero sentido del humor continuó irrumpiendo inesperadamente. Hizo dos añadidos jocosos a la lúgubre lista, ambos por cierto faltos de progenie—: la viruela boba —dijo, y luego—: George Washington.

Hasta el final, estuvo firmemente convencido de que el gobierno había acabado con él mediante radiaciones. Les dijo a Mary, al médico y a la enfermera que estaban allí presentes, porque el fin sobrevendría ahora en cualquier momento: —¡Si sólo hubiera sido que Dios Todopoderoso estaba enfadado conmigo!

Mary pensó que ésta había sido la línea que precede a la caída del telón. Roy por cierto parecía muerto ahora.

Pero entonces, al cabo de diez segundos, los labios azules volvieron a moverse. Mary se inclinó para oír las palabras de Roy. Siempre diría que era una suerte no habérselas perdido.

—Te diré lo que es el alma humana, Mary —susurró Roy con los ojos cerrados—. Los animales no la tienen. Es la parte de uno que sabe que el propio cerebro no funciona bien. Siempre lo supe, Mary. No podía hacer nada, pero siempre lo supe.

Y luego dio un susto de muerte a Mary y a todos los que se encontraban en la habitación: se sentó de pronto, los ojos abiertos y fieros.

—¡Trae la Biblia! —ordenó con una voz que pudo oírse en toda la casa.

Ésta fue la única vez, durante toda la enfermedad de *Roy, que se mencionó algo relacionado con la religión formal. *Roy y Mary no asistían a la iglesia; no rezaban ni siquiera en las circunstancias difíciles, pero tenían una Biblia en algún sitio. Mary no estaba muy segura dónde.

—¡Trae la Biblia! —repitió *Roy—. ¡Mujer, trae la Biblia! —Nunca antes la había llamado «mujer».

De modo que Mary fue a buscar la Biblia. La encontró en el dormitorio de huéspedes, junto con El viaje del Beagle de Darwin y La historia de dos ciudades de Charles Dickens.

*Roy se sentó y volvió a llamar «mujer» a Mary.

—Mujer —ordenó—, pon tu mano sobre la Biblia y repite conmigo: «Yo, Mary Hepburn, hago dos solemnes promesas a mi amado esposo en su lecho de muerte».

De modo que ella lo repitió. Esperaba, de todo corazón, que las promesas fueran tan extravagantes, quizá relacionadas con procesos al gobierno, que no habría posibilidad de cumplirlas. Pero no fue tan afortunada.

La primera era que haría lo que estuviera a su alcance por volver a casarse tan pronto como le fuera posible, y que no perdiera tiempo en abatirse y sentir lástima de sí misma.

La segunda era que debería ir a Guayaquil en noviembre y haría «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza» en nombre de los dos.

—Mi espíritu te acompañará pulgada a pulgada, todo el camino —dijo. Y murió.

De modo que aquí estaba Mary en Guayaquil, sospechando que también ella tenía un tumor cerebral. El cerebro la había metido dentro del ropero, y ahora ella sacaba de la bolsa el vestido de noche rojo, que llamaba su «vestido Jackie». Le había puesto ese nombre porque se suponía que uno de sus compañeros de viaje sería Jacqueline Kennedy Onassis, y Mary quería lucir bonita para ella.

Pero aquí en el ropero, Mary se dio cuenta de que la viuda Onassis no podía estar tan loca como para haberse trasladado a Guayaquil: no con soldados que patrullaban las calles y se apostaban en los tejados y cavaban hoyos para la artillería en los parques.

Mientras abría la cremallera de la bolsa, descolgó el vestido de su percha, y éste cayó al suelo. Allí formó un estanque rojo.

No lo recogió, pues creía que las cosas terrenales ya no tenían sentido para ella. Pero aún no estaba preparada para que le pusieran un asterisco al lado del nombre. De hecho, viviría todavía otros treinta años. Además, recurriría a ciertos materiales vitales del planeta, de modo tal que llegaría a ser, sin la menor duda, la experimentadora más importante en la historia de la raza humana.

11

Si Mary Hepburn hubiera estado de ánimo para escuchar a las puertas en lugar de suicidarse, habría podido poner la oreja contra el fondo del ropero y oír susurros en la habitación de al lado. No tenía idea de quiénes serían sus vecinos, pues no había ningún otro huésped cuando ella había llegado la noche anterior, y no había abandonado el cuarto desde entonces.

Pero los que susurraban eran *Zenji Hiroguchi, el genio en computadoras, y su preñada esposa Hisako, la profesora de ikebana, el arte japonés del arreglo floral.

Los vecinos del otro lado eran Selena MacIntosh, la hija adolescente y ciega de *Andrew MacIntosh, y Kazakh, su perra lazarilla. Mary no había oído ladridos porque Kazakh nunca ladraba.

Kazakh nunca ladraba o jugaba con otros perros o investigaba olores o ruidos interesantes o perseguía animales que habrían sido presa natural de sus antecesores, porque cuando era una cachorrita y hacia una de estas cosas los seres humanos de cerebro voluminoso se ponían furiosos y le quitaban la comida. Le hicieron saber desde un principio la clase de planeta en que estaba: las actividades caninas estaban contra la ley, todas ellas.

Le quitaron los órganos sexuales para que los impulsos instintivos no la distrajeran. Y yo estaba por decir que el reparto de mi historia quedaría pronto reducido a sólo un hombre y un montón de hembras, incluyendo un can hembra. Pero Kazakh ya no era en realidad una hembra, gracias a la cirugía. Como Mary Hepburn, había abandonado el juego evolutivo. No iba a dejarle sus genes a nadie.

Más allá de la habitación de Selena y Kazakh, con la puerta interior abierta, se encontraba la habitación del rico padre de Selena, el financiero y aventurero *Andrew MacIntosh. Era viudo. Él y la viuda Mary Hepburn podrían haberse llevado muy bien, pues ambos eran ardientes partidarios de la vida al aire libre. Pero nunca se conocerían. Como lo dije ya, *Andrew MacIntosh y *Zenji Hiroguchi habrían muerto antes de ponerse el sol.

A James Wait, entre paréntesis, lo habían instalado en una habitación de la segunda planta, tan lejos como era posible de los otros huéspedes. El voluminoso cerebro alababa que Wait tuviera un aspecto común y corriente, pero estaba equivocado. El administrador del hotel había identificado a Wait como un bribón de una u otra especie.

Este administrador del hotel, conocido como *Siegfried von Kleist, era un lúgubre miembro de edad mediana de la vieja y en general próspera comunidad alemana de Ecuador. Los dos tíos paternos de *Siegfried von Kleist vivían también en Quito y propietarios del Bahía de Darwin, además del hotel, y lo habían puesto a cargo de El Dorado por sólo dos semanas, período que concluía ahora, para que supervisase la recepción de los pasajeros del «Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza». Era en general ocioso, pues había heredado un considerable montón de dinero, pero sus tíos lo convencieron de que «se sobrepusiera a sí mismo, por así decir, e interviniera en esta empresa familiar».

Era soltero y no se había reproducido nunca; por tanto, desde el punto de vista evolutivo, era insignificante. También él podría haber sido considerado como una posibilidad matrimonial para Mary Hepburn. Pero también él estaba condenado. *Siegfried von Kleist sobreviviría a la puesta del sol, pero sucumbiría tres horas más tarde víctima de una marejada.

Eran ahora las cuatro de la tarde. Este huno nativo del Ecuador, de acuosos ojos azules y bigotes caídos, daba en realidad la impresión de que esperaba morir esa noche, pero no era más capaz de prever el futuro que yo. Los dos sentíamos esa tarde que el planeta vacilaba sobre su eje, que estaba a punto de ocurrir cualquier cosa.

Entre paréntesis, *Zenji Hiroguchi y *Andrew MacIntosh morirían heridos de bala.

*Siegfried von Kleist no es una figura importante de mi historia, pero sí por cierto su único hermano, Adolf, tres años mayor y soltero como él. Adolf von Kleist, capitán del Bahía de Darwin, se convertiría de hecho en el antepasado de todos los seres humanos que viven hoy en la faz de la tierra.

Con ayuda de Mary Hepburn, se convertiría en un segundo Adán, por así decir. La profesora de biología de Ilium, sin embargo, como había dejado de ovular, no se convertiría en su Eva. De modo que ella tuvo que ser, en cambio, algo parecido a un dios.

Y este hermano supremamente importante del insignificante administrador del hotel llegaba en ese momento al Aeropuerto Internacional de Guayaquil en un avión de transportes casi vacío, desde la ciudad de Nueva York, donde había estado anunciando «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza».

Si Mary hubiera escuchado a los Hiroguchi a través del fondo del ropero, no habría entendido qué les preocupaba, pues susurraban en japonés, la única lengua que hablaban con soltura. *Zenji sabía un poco de inglés y de ruso. Hisako sabía un poco de chino. Ninguno de los dos sabía nada de español, quechua, alemán o portugués, las lenguas más comunes en el Ecuador.

También ellos estaban amargados por lo que sus cerebros supuestamente magníficos les habían hecho. Se sentían tontos sobre todo por haber permitido que los empujaran a semejante pesadilla, pues se suponía que *Zenji era uno de los hombres más inteligentes del mundo. Y era culpa suya, no de su esposa, que se hubieran convertido en prisioneros del dinámico *Andrew MacIntosh.

He aquí lo que ocurrió: *MacIntosh había visitado Japón con su hija ciega y su perra hacía poco más o menos un año; y allí conoció a *Zenji y vio el magnífico trabajo que llevaba a cabo en la Matsumoto Tecnológicamente hablando, *Zenji, aunque sólo tenía veintiocho años, se había convertido ^ abuelo. Había engendrado una computadora de bolsillo capaz de traducir muchas lenguas de modo instantáneo, que llamó «Gokubi». Y luego, en tiempos de la visita de MacIntosh al Japón, salió a la arena con el modelo piloto de una nueva generación de traductores de voces simultáneos, y lo llamó «Mandarax».

De modo que *Andrew MacIntosh, cuya empresa bancaria de inversiones conseguía dinero para hombres de negocios y para ella misma mediante la venta de bonos y acciones, llevó aparte al joven *Zenji y le dijo que era una idiotez que trabajara como asalariado, que *MacIntosh podría ayudarlo a que tuviera su propia corporación, y que en un abrir y cerrar de ojos sería billonario en dólares o trillonario en yens.

De modo que *Zenji le dijo que le gustaría pensarlo un tiempo.

Esta conversación exploratoria tuvo lugar en un restaurante de sushi en Tokio. El sushi era un poco de arroz frío con pescado crudo alrededor, un plato popular hace un millón de años. Por ese entonces a nadie se le ocurría pensar que en el dulce futuro casi no se comería otra cosa.

El florido y jactancioso empresario americano y el inventor japonés, reservado y relativamente parecido a una muñeca, se comunicaban mediante Gokubi, pues ninguno de los dos hablaba en absoluto la lengua del otro. No podían recurrir a Mandarax, pues el único prototipo estaba celosamente vigilado en el despacho de *Zenji en la Matsumoto. De modo que el cerebro voluminoso de *Zenji se puso a jugar con la idea de hacerse tan rico como el hombre más rico del Japón: el emperador.

Unos meses después, en enero, el mismo enero en el que Mary y Roy Hepburn pensaron que había tantas cosas por las que tenían que sentirse agradecidos, *Zenji recibió una carta de *MacIntosh en la que lo invitaba con diez meses de antelación a visitarlo en la ciudad de Mérida, Yucatán, México, y luego al viaje inaugural de un barco de lujo ecuatoriano llamado Bahía de Darwin, en cuya financiación él había tenido parte.

*MacIntosh había dicho en la carta escrita en inglés, que tuvo que ser traducida para *Zenji: Aprovechemos esta oportunidad para conocernos mejor.

Lo que pretendía obtener de *Zenji, probablemente en Yucatán, o con toda seguridad durante «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza», era que se comprometiese a encabezar una nueva corporación, cuyas acciones *MacIntosh convertiría en mercancía.

Como James Wait, *MacIntosh era un pescador de oportunidades. Tenía la esperanza de atrapar inversores utilizando como carnada no un rótulo con el precio, sino un genio japonés en computadoras.

Y me parece ahora evidente que el cuento que tengo que contar, que abarca un millón de años, no cambia tanto desde el principio al fin. En el principio, como en el fin, me sorprendo hablando de los seres humanos, a pesar del tamaño de sus cerebros, como si fueran gente de pesca.

De modo que era noviembre ahora, y los Hiroguchi estaban en Ecuador. Por consejo de *MacIntosh, *Zenji había ocultado a sus patrones el lugar al que pensaba ir. Les había hecho creer que la creación de Mandarax lo había agotado y que él e Hisako querían pasar dos meses aislados y solos, lejos ¿e todo lo que les recordara el pasado. Les metió dentro de los voluminosos cerebros esta falsa información: había alquilado una goleta tripulada cuyo nombre no deseaba revelar, saldría de un puerto mejicano cuyo nombre no deseaba revelar, y harían un crucero por las islas del Caribe.

Y aunque la lista de pasajeros del «Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza» fue ampliamente difundida, los empleadores de *Zenji nunca llegaron a saber que el empleado más productivo de la Matsumoto estaría a bordo junto con su esposa. Como James Wait, también ellos viajaban con nombre falso.

¡Y también como él se habían desvanecido!

Nadie que los buscara hubiera podido encontrarlos, en ninguna parte. Una búsqueda organizada por los cerebros voluminosos ni siquiera empezaría por el continente adecuado.

12

Allí, en el hotel, junto a la habitación de Mary Hepburn, los Hiroguchi hablaban de *Andrew MacIntosh, susurrando; decían que era un verdadero maniático. Exageraban. *MacIntosh era por cierto frenético, codicioso y desconsiderado, pero no loco. Todo lo que su cerebro voluminoso creía que estaba sucediendo estaba en efecto sucediendo. Cuando había llevado a Selena, Kazakh y los Hiroguchi desde Mérida a Guayaquil en su Learjet privado, con él mismo en los mandos, sabía que la ciudad estaría bajo la ley marcial o algo muy semejante, y que las tiendas estarían todas cerradas, y que habría un número cada vez más crecido de gente hambrienta pululando por las calles, y que probablemente el Bahía de Darwin no se haría a la mar en la fecha prevista, etcétera, etcétera.

Los aparatos de comunicación de que disponía en Yucatán lo mantenían perfectamente al día sobre lo que ocurría en el Ecuador, o en cualquier otro sitio. Al mismo tiempo, mantuvo a los Hiroguchi, aunque no a su hija ciega, en la oscuridad, por así decir, acerca de lo que podía esperarles.

Lo que en verdad pretendía al ir a Guayaquil (y una vez más se lo dijo a su hija pero no a los Hiroguchi) era comprar tantos bienes ecuatorianos a precios de regalo como fuera posible, incluyendo quizá El Dorado y el Bahía de Darwin... y minas de oro y campos de petróleo, etcétera. Además, iba a atar para siempre a *Zenji Hiroguchi compartiendo con él estas oportunidades empresarias, prestándole dinero para que también él se convirtiera en uno de los más grandes propietarios de Ecuador.

*MacIntosh les había dicho a los Hiroguchi que se quedaran en El Dorado, porque no tardaría en llevarles buenas noticias. Había estado pegado al teléfono toda la tarde, llamando a los financieros y bancos ecuatorianos, y las noticias que esperaba darles se referían a las propiedades que él y los Hiroguchi podrían llamar suyas dentro de un día o dos.

Y luego diría: —¡Al infierno con «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza»!

Los Hiroguchi ya no podían imaginar que *Andrew MacIntosh pudiera darles alguna buena noticia. Con toda honestidad lo creían loco; irónicamente, esta idea errónea les había sido transmitida por el propio engendro de *Zenji, Mandarax. Sólo había entonces diez aparatos semejantes en todo el mundo, nueve en Tokio y uno que *Zenji había traído consigo para el crucero. Mandarax, a diferencia de Gokubi, no sólo era un traductor; además era capaz de diagnosticar con considerable acierto un millar de las enfermedades más comunes del Homo sapiens, incluyendo doce variedades de quebrantamientos nerviosos.

Lo que Mandarax hacía en el campo médico era la simplicidad misma, en realidad. Mandarax estaba programado para hacer lo que hacían los doctores, es decir, formular una serie de preguntas, de modo que cada respuesta sugiriese la pregunta siguiente, como por ejemplo: «¿Tiene buen apetito?», y luego «¿Mueve el intestino con regularidad?», y quizá «¿Qué aspecto tienen los excrementos?», y así sucesivamente.

En Yucatán los Hiroguchi habían respondido puntualmente a esta retahíla de preguntas, describiendo para Mandarax la conducta de *Andrew MacIntosh. Mandarax exhibió por fin en la pantalla, que tenía aproximadamente el tamaño de una carta de baraja, estas palabras en japonés: Personalidad patológica.

Desdichadamente para los Hiroguchi, pero no para Mandarax, que era incapaz de sentir nada ni preocuparse por nada, la computadora no estaba programada para explicar que ésta era una afección bastante leve, comparada con la mayoría, y que quienes la padecían rara vez eran hospitalizados, pues de hecho se contaban entre las personas más felices del planeta, y que con su conducta sólo hacían daño a la gente de alrededor. Un verdadero doctor hubiera explicado quizá que millones de personas que se pasean cada día por las calles viven en una zona gris, en la que es muy difícil determinar con exactitud si son o no personalidades patológicas.

Pero los Hiroguchi poco sabían de cuestiones médicas, y por tanto respondieron al diagnóstico como si se tratara de una terrible enfermedad. De modo que, de un modo u otro, querían librarse de *Andrew MacIntosh y volver luego a Tokio. Pero seguían dependiendo de él. Hablando a través de Mandarax con el administrador del hotel, de tan luctuoso aspecto, se enteraron de que todos los vuelos comerciales desde Guayaquil habían sido cancelados, y que las compañías que alquilaban aviones no atendían el teléfono.

Esto dejó petrificados a los Hiroguchi, que sólo de dos modos podían salir de Guayaquil: o bien en el Learjet de *MacIntosh, o a bordo del Bahía de Darwin, si, como era cada vez más difícil de creer, realmente se hacía a la mar al día siguiente.

13

*Zenji Hiroguchi engendró a Gokubi hace un Millón y cinco años, y luego, hace un millón de años, este joven genio engendró a Mandarax. Sí, y por el tiempo en que engendraba a Mandarax, su esposa estaba por dar a luz a su primer hijo humano.

Había habido preocupación por los genes que la madre, Hisako, podría aportar al feto, pues había estado expuesta a radiaciones cuando los Estados Unidos arrojaron una bomba atómica sobre Hiroshima, Japón. De modo que en Tokio analizaron el agua del amnios de Hisako para comprobar si el niño era o no anormal. Esa agua, entre paréntesis, era idéntica en salinidad a la del océano en que habría de desaparecer el Bahía de Darwin.

Las pruebas declararon que el feto era normal.

También revelaron el secreto de su sexo. Llegaría al mundo como una niñita, aún otra hembra en esta historia.

Las pruebas eran incapaces de detectar defectos menores en el feto, como, por ejemplo, que tuviera tan mal oído como Mary Hepburn, aunque no sería así o que estuviera cubierto por una fina pelambre, sedosa como la piel de una foca, como sucedió efectivamente.

El único ser humano que *Zenji Hiroguchi engendraría fue una hija deliciosa aunque peluda que nunca llegaría a ver.

Nacería en Santa Rosalía, en el extremo norte de las Islas Galápagos. La llamarían Akiko.

Cuando Akiko llegase a la edad adulta en Santa Rosalía, por dentro sería muy parecida a su madre, pero con una clase de piel diferente. La secuencia evolutiva desde Gokubi a Mandarax, en comparación, había mejorado de modo fundamental el contenido del paquete, aunque con unas pocas diferencias en el envoltorio. Akiko estaba protegida de los rayos solares, y del agua fría cuando se le ocurría nadar, y también de la aspereza de la lava cuando se le antojaba sentarse o tenderse, mientras que la piel desnuda de su madre no tenía defensas contra estos avatares comunes de la vida en la isla. Pero Gokubi y Mandarax, aunque diferentes por dentro, habitaban en corazas casi idénticas de resistente plástico negro, de doce centímetros de alto, ocho de ancho y dos de profundidad.

Cualquier tonto era capaz de distinguir a Akiko de Hisako, pero sólo un experto era capaz de distinguir a Gokubi de Mandarax.

Tanto Gokubi como Mandarax tenían en el dorso botones sensorios de presión que permitían comunicarse con cualquier cosa que hubieran puesto dentro. En el frente de cada uno había una pantalla idéntica, sobre la que aparecían imágenes, y que también funcionaba como una célula solar, cargando minúsculas baterías que, otra vez, eran exactamente las mismas en Gokubi y Mandarax.

Cada uno tenía un micrófono del tamaño de una cabeza de alfiler en el rincón superior a la derecha de la pantalla. Mediante este micrófono Gokubi o Mandarax oían las lenguas habladas, que luego, de acuerdo con las instrucciones recibidas por los botones, traducían en palabras sobre la pantalla.

El que operara estos aparatos tenía que ser tan rápido y diestro con las manos como un prestidigitador, para que una conversación bilingüe se desarrollara con naturalidad. Si yo fuera un angloparlante, por ejemplo, y estuviera hablando con un portugués, tendría que sostener el aparato cerca de la boca del portugués, pero manteniendo la pantalla junto a mis ojos para poder ver la traducción escrita en inglés de lo que el otro estuviera diciendo. Y luego tendría que darle vuelta de prisa, de modo que el aparato pudiera oírme y el portugués pudiera leer en la pantalla lo que yo estaba diciendo.

Ninguna persona de la actualidad tiene manos tan diestras o un cerebro tan grande como para poder operar un Gokubi o un Mandarax. Nadie tampoco es capaz de enhebrar una aguja o tocar el piano o pellizcar narices.

Gokubi podía traducir sólo once lenguas. Mandarax, un millar. Era preciso comunicarle a Gokubi qué lengua era la que estaba escuchando. Mandarax era capaz de identificar cualquiera de las mil lenguas después de oír sólo unas pocas palabras, y de empezar a traducir esas palabras a la lengua del operador sin necesidad de indicación alguna.

Ambos eran mecanismos exactos de relojería y calendarios perpetuos. El reloj del Mandarax de *Zenji Hiroguchi perdió sólo ochenta y dos segundos entre el momento en que él verificó la hora en el Hotel El Dorado y treinta y dos años más tarde, cuando Mary Hepburn y el instrumento fueron devorados por un gran tiburón blanco.

Gokubi habría medido el tiempo de modo igualmente exacto, pero en todo otro respecto Mandarax dejaba muy atrás a su progenitor. No sólo era capaz de trabajar con cien veces más lenguas que su padre y diagnosticar correctamente más enfermedades que la mayor parte de los médicos de esa época. Podía también, cuando se le ordenaba, señalar los acontecimientos importantes de un año dado. Si uno pulsaba en el dorso 1802, por ejemplo, el año del nacimiento de Charles Darwin, Mandarax indicaría que Alexandre Dumas y Víctor Hugo también nacieron entonces, y que Beethoven completó su segunda sinfonía, y que Francia reprimió la rebelión negra en Santo Domingo, y que Gottfried Traveranus acuñó el término biología, y que el Proyecto de Salud y Moralidad de los Aprendices se convirtió en ley en Gran Bretaña, etcétera, etcétera. Ése fue también el año en que Napoleón se convirtió en presidente de la República Italiana.

Mandarax conocía también las reglas de doscientos juegos y podía recitar los principios básicos que guiaban a los maestros de cincuenta artes y artesanías diferentes. Podía rememorar, si se le ordenaba, cualquiera de unas veinte mil citas populares de la literatura. De modo que si uno pulsaba en el dorso la palabra Atardecer, por ejemplo, estos elevados sentimientos aparecerían en la pantalla:

Anochece y la estrella de la tarde


con clara voz me llama

Que no haya llanto en la cantina


cuando a la mar me vaya.

Alfred, Lord Tennyson


(1809-1892)

El Mandarax de *Zenji Hiroguchi estaba a punto de establecerse como náufrago durante treinta y un años en Santa Rosalía, junco con la preñada esposa de *Zenji, y, además, Mary Hepburn, la ciega Selena MacIntosh, el capitán Adolf von Kleist y otras seis personas, todas ellas de sexo femenino. Pero en esas particulares circunstancias, Mandarax realmente no era de mucha ayuda.

La inutilidad de todos sus conocimientos enfadarían tanto al capitán Adolf von Kleist, que una vez amenazó con arrojarlo al mar. El último día de su vida, cuando tenía ochenta y seis años y Mary ochenta y uno, llevó a cabo esa amenaza. Como un nuevo Adán, podría decirse, lo último que hizo fue arrojar la Manzana del Conocimiento al profundo mar azul.

En las circunstancias propias de Santa Rosalía, era inevitable que los consejos médicos de Mandarax pareciesen una burla. Cuando Hisako Hiroguchi cayó en la profunda depresión que habría de durarle hasta la muerte, es decir, casi veinte años, Mandarax recomendó nuevos entretenimientos, nuevos amigos, un cambio de escenario y quizá de profesión, y litio. Cuando a Selena MacIntosh empezaron a fallarle los riñones, a los treinta y ocho años Mandarax aconsejó que se encontrara un donante compatible y se hiciera en seguida un transplante- Cuando la peluda hija de Hisako, Akiko, tenía seis años, enfermó de neumonía, aparentemente contagiada por una foca que era su mejor amiga. Mandarax recomendó antibióticos. Hisako y la ciega Selena vivían juntas entonces y criaban a Akiko casi como si fueran marido y mujer.

Y cuando se le pedía a Mandarax que mostrara en la pantalla una cita literaria adecuada para la celebración de algún acontecimiento en el montón de escoria de Santa Rosalía, el aparato casi siempre salía con algún ladrillo.

He aquí sus pensamientos cuando Akiko dio a luz, a la edad de veinticuatro años, a su hija peluda, primer miembro de la segunda generación de seres humanos que nacerían en la isla:

Si en la más alta colina me colgaran,


¡madre mía, oh madre mía!,


sé de quién el amor me seguiría,


¡madre mía, oh madre mía!

Rudyard Kipling (1865-1936)

y

En la oscura entraña donde yo empecé,


la vida de mi madre hizo un hombre de mí.

En todos los meses de mi nacimiento,


mi arcilla común vivió de su belleza.

No veo, no respiro, no me muevo,


sino con la muerte de algo de ella.

John Masefield (1878-1976)

y

Señor que ordenas para la humanidad


cuidados tiernos, trabajos benignos.

Te damos gracias por los lazos


que sujetan la madre al niño.

Wiliiam CullenBryant


(1794-1878)

y

Honra a tus padres; que sean largos tus días


en la tierra que el Señor tu Dios te ha dado.

La Biblia

El padre de la hija de Akiko era el mayor de los hijos del capitán, Kamikaze, de sólo trece años de edad.

14

Habría muchos nacimientos, aunque no se celebró ningún matrimonio formal durante los primeros cuarenta y un años de la colonia de Santa Rosalía, de la que desciende toda la humanidad actual. Hubo por cierto apareamientos, desde el principio. El capitán y Mary Hepburn se aparearon durante los primeros diez años; hasta que ella hizo algo que él consideró absolutamente imperdonable, utilizar su esperma sin autorización. Y las seis otras hembras, mientras vivían juntas como una familia, también se emparejaron dentro de una ya íntima hermandad femenina.

Cuando se celebró en Santa Rosalía el primer matrimonio, entre Kamikaze y Akiko en el año 2027, hacía ya mucho tiempo que todos los colonos originales habían desaparecido en el sinuoso túnel azul que conduce al Más Allá, y Mandarax estaba empedrado de percebes en el fondo del océano Pacífico Sur. Si Mandarax hubiera estado todavía en las inmediaciones, habría tenido que decir cosas por lo general desagradables sobre el matrimonio, tales como:

Matrimonio: una comunidad que comprende un amo,


una ama y dos esclavos, y que en total suman dos.

Ambrose Bierce (1842-¿?)

y

Al matrimonio de amor

como al vinagre de vino,

triste, agrio, sobrio refrigerio,

el tiempo le rebaja el sabor celestial

a un gusto cotidiano, vulgarmente doméstico.

Lord Byron(l788-1824)

y así sucesivamente.

El último matrimonio humano en las Islas Galápagos, y por tanto el último en la Tierra, se celebró en la Isla Fernandina e! año 23011. Nadie tiene hoy idea de qué es un matrimonio. He de admitir que el cinismo de Mandarax sobre esa institución estaba en gran parte justificado. Mis propios padres se hicieron mutuamente desdichados al casarse, y Mary Hepburn, ya una vieja señora en Santa Rosalía, le dijo una vez a la peluda Akiko, que ella y Roy habían sido, muy probablemente, el único matrimonio feliz en todo Ilium.

Lo que hacía al matrimonio algo tan difícil en ese entonces era, una vez más, el instigador de tantos otros abrumadores dolores: el exceso de tamaño del cerebro. Esa engorrosa computadora podía sostener tantas opiniones contradictorias sobre tantos temas diferentes al mismo tiempo, y deslizarse de una opinión a otra o de un tema a otro con tanta rapidez, que una discusión entre marido y mujer en estado de tensión podía terminar como una lucha entre gente con los ojos vendados sobre patines de ruedas.

Los Hiroguchi, por ejemplo, cuyos susurros Mary había oído a través del fondo del ropero, estaban cambiando de opinión acerca de sí mismos, de lo que cada uno pensaba del otro, y del amor, el sexo, el trabajo y el mundo, con la velocidad del rayo.

En un segundo Hisako pensaba que su marido era un estúpido y que ella tendría que cuidar de sí misma y de su feto de sexo femenino. Pero luego, en el segundo siguiente, se le ocurría que él era tan brillante como todos decían que era, y que ella podía dejar de preocuparse, que él los libraría de aquella embarazosa situación con facilidad y prontitud.

En un segundo *Zenji maldecía interiormente la invalidez de Hisako, porque ella era un peso tan muerto, y en el siguiente se juraba a sí mismo que si era necesario moriría por esta diosa y su hija nonata.

¿De qué podía servir semejante volatilidad emocional, para no decir locura, en la cabeza de anímales que supuestamente debían vivir juntos el tiempo suficiente como para criar un ser humano cuando menos, lo cual exigía unos catorce años?

*Zenji se descubrió diciendo en medio de un silencio: —Hay algo más que te inquieta. —Quería decir que algo más personal que la general situación embarazosa en que se encontraba estaba atormentándola, y que había venido atormentándola desde hacía bastante tiempo.

—No —dijo ella. Esa era otra cualidad de esos cerebros voluminosos: les resultaba tan fácil hacer algo que para Mandarax era imposible: decir una mentira tras otra.

—Algo viene inquietándote desde hace una semana —dijo él—. Confiésalo. Dime de qué se trata.

—No es nada —dijo ella. ¿Quién querría pasarse catorce años con una computadora semejante, cuando no es posible estar seguro de si está diciendo la verdad o no?

Estaban conversando en japonés, y no en el inglés americano de hace un millón de años que vengo empleando para contar esta historia. *Zenji, entre paréntesis, jugaba nerviosamente con Mandarax, pasándoselo de una mano a otra, y sin darse cuenta le había ordenado que tradujese al navajo todo lo que ellos decían.

—Bueno, si quieres saberlo —dijo Hisako por fin—, en Yucatán yo estaba jugando con Mandarax una tarde en el Omoo —que era el yate de un centenar de metros de *MacIntosh—. Tú buceabas buscando un tesoro hundido.

Esto era una de las cosas que *MacIntosh hacía hacer a *Zenji, aunque *Zenji apenas sabía nadar: bucear con escafandra autónoma a cuarenta metros de profundidad en busca de un galeón español para rescatar bandejas rotas y balas de cañón. *MacIntosh también hacía bucear a su hija ciega, Selena; le ataba la muñeca derecha a su tobillo derecho con una cuerda de nylon de tres metros.

—Descubrí algo por accidente que Mandarax podía hacer, y que tú por algún motivo olvidaste decirme —prosiguió Hisako—. ¿Adivinas qué?

—No —dijo *Zenji. Ahora le tocaba mentir a él.

—Mandarax —dijo ella— es un muy buen maestro del arte del arreglo floral. —Ésa era la profesión de que tanto se enorgullecía, por supuesto. Pero este orgullo había sido gravemente mutilado al descubrir que esa cajita negra no sólo era capaz de enseñar lo que ella enseñaba, sino que podía hacerlo en un millar de lenguas diferentes.

—Pensaba decírtelo. Iba a hacerlo —dijo él. Esa era otra mentira: que ella se enterara de que Mandarax conocía el ikebana era tan improbable como que adivinara la combinación de la bóveda de seguridad de un banco. Ella se había negado de plano a aprender el manejo de Mandarax, y así seguiría hasta el fin de sus días.

Pero ¡por Dios! Ella no había estado jugando con los botones allí en el Omoo, pero, de pronto, Mandarax empezó a decirle que los más hermosos arreglos florales se componían de uno, dos o, cuando mucho, tres elementos. En los arreglos de tres elementos, dijo Mandarax, los tres, o dos de los tres, tienen que ser iguales, pero estos tres nunca han de ser diferentes. Mandarax le indicó las razones ideales entre las alturas de los elementos en los arreglos de más de un elemento, y entre los elementos y los diámetros y las alturas de los cuencos o vasos, o cestos a veces.

El ikebana era tan fácil de codificar como la práctica de la medicina moderna.

*Zenji Hiroguchi no le había enseñado él mismo ikebana a Mandarax, ni ninguna otra cosa de las que sabía. Esa tarea la había dejado a sus subordinados. El subordinado que le había enseñado ikebana a Mandarax simplemente había conseguido una cinta con la grabación de las famosas clases de Hisako, y la había traspasado a Mandarax.

*Zenji le contó a Hisako que había hecho que Mandarax aprendiera ikebana como una agradable sorpresa para la señora Onassis, a quien tenía intención de regalar el aparato en la última noche del «Crucero del Siglo». —Lo hice para ella —dijo— porque se dice que es una enamorada de la belleza.

Ocurría que esto era verdad, pero Hisako no lo creyó. Así de mala era la situación en 1986. Ya nadie creía a nadie, tanto era lo que se mentía.

—Oh, sí —dijo Hisako—, estoy segura de que lo hiciste por la señora Onassis y también para honrar a tu esposa. Me has colocado entre los inmortales. —Hablaba de los grandes pensadores a los que Mandarax podía citar.

Se había vuelto maligna ya por entonces, y quería quitarle méritos a su marido tanto como él, pensaba, le había quitado a ella. —Debo de ser espantosamente estúpida —dijo, afirmación que Mandarax tradujo diligentemente al navajo escrito—. Me ha llevado un tiempo imperdonable darme cuenta de cuánta malicia, cuánto desprecio por los demás hay en lo que haces.

»Tú, *doctor Hiroguchi —prosiguió—, crees que nadie sino tú ocupa espacio en este planeta, y nosotros hacemos demasiado ruido, derrochamos los recursos naturales, tenemos demasiados hijos, y dejamos basura a nuestro alrededor. De modo que éste sería un lugar mucho más agradable si los pocos estúpidos servicios que prestamos a los que son como tú quedaran a cargo de las máquinas. Ese maravilloso Mandarax con el que ahora te estás rascando la oreja: ¿qué es sino una excusa que permite a un mezquino egomaníaco no pagar nunca ni agradecer siquiera a cualquier ser humano el conocimiento que pueda tener de lenguas o matemáticas, o medicina, o literatura, o ikebana o cualquier otra cosa?

He dado ya mi opinión acerca de la causa de la locura de entonces: tener máquinas que hicieran todo lo que los seres humanos hacían, absolutamente todo. Sólo quiero agregar que mi padre, que era escritor de ciencia-ficción, escribió una vez una novela acerca de un hombre del que todo el mundo se reía, porque fabricaba deportistas robots. Creó un golfista robot que hacía todos los hoyos con un solo golpe, un jugador de baloncesto que acertaba cada vez que arrojaba el balón, y un jugador de tenis que conseguía un ace todas las veces, etcétera, etcétera.

Al principio la gente no se daba cuenta de la utilidad que pudiera tener esta clase de robots, y la esposa del inventor lo abandonó, como la mujer de papá abandonó a papá, entre paréntesis, y sus hijos intentaron encerrarlo en un manicomio. Pero entonces comunicó a los anunciadores que los robots también patrocinarían automóviles, cerveza, cuchillas de afeitar, relojes pulsera o lo que fuera. Hizo una fortuna, de acuerdo con mi padre, dado que había tantos entusiastas del deporte que querían ser exactamente como esos robots.

No me preguntéis por qué.

15

*Andrew MacIntosh, entretanto, estaba en la habitación de su hija ciega, esperando a que sonara el teléfono y le diera la buena noticia que luego compartiría con los Hiroguchi. Hablaba un fluido español, y había estado conversando por teléfono toda la tarde con sus oficinas de la isla de Manhattan y con asustados financieros y funcionarios ecuatorianos. Hacía sus negocios en la habitación de su hija porque quería que ella estuviera enterada de lo que ocurría. Eran una pareja muy unida. Selena nunca había conocido madre, pues la suya había muerto mientras la daba a luz.

Pienso ahora en Selena, con sus opacos ojos verdes, como un experimento de la naturaleza; su ceguera era heredada y podía transmitirla. Tenía dieciocho años cuando se encontraba en Guayaquil, con sus mejores años de reproductora por delante. Sólo tenía veintiocho cuando Mary Hepburn le preguntó si le gustaría tomar parte en sus experimentos con el esperma del capitán. Selena se negó. Pero si hubiera descubierto alguna ventaja en la ceguera, podría haberla transmitido.

Muy lejos estaba la joven Selena en Guayaquil, mientras escuchaba a su padre sociópata discar el teléfono, de sospechar que su destino era unirse a Hisako Hiroguchi, a dos habitaciones de distancia, y criar un bebé peludo.

En Guayaquil estaba emparejada a su padre, que aparentemente era propietario del planeta en que se encontraban y que podía hacer lo que quisiera cuando quisiera. El cerebro voluminoso de la muchacha le decía que se pasaría toda la vida protegida y complacida dentro de la burbuja electromagnética creada por la indomable personalidad de su padre, que seguiría cuidándola aun después de muerto, aun después de que le tocara entrar en el túnel azul que conduce al Más Allá.

Antes que lo olvide: en Santa Rosalía, la ceguera le dio a Selena una reconfortante ventaja sobre todos los demás colonos, aunque, sin embargo, no tenía bastante importancia como para ser transmitida a una nueva generación. Más que nadie en la isla, disfrutaba tocando la piel de la pequeña Akiko.

*Andrew MacIntosh había dicho a los financieros más conspicuos del Ecuador que estaba dispuesto a transferir de manera instantánea a cualquier fiduciario local cincuenta millones de dólares americanos, todavía tan valiosos como el oro. La mayor parte de la supuesta riqueza depositada entonces en bancos norteamericanos se había vuelto tan por completo imaginaria, tan ingrávida e impalpable, que un monto cualquiera podía transferirse instantáneamente a Ecuador o a cualquier otro sitio capaz de recibir un mensaje por cable o radio.

*MacIntosh esperaba oír de Quito qué propiedades estaban dispuestos los ecuatorianos a poner en manos de él, de su hija y de los Hiroguchi, también de manera instantánea, a cambio de esa suma.

Ni siquiera iba a ser su propio dinero. Se las había compuesto para pedirlo prestado, fuera como fuese, al Chase Manhattan Bank. Y éste lo consiguió, fuera como fuese, para concederle un préstamo.

Sí, y sí el trato se llevaba a cabo, Ecuador podría cablegrafiar o transmitir fragmentos del espejismo a los países fértiles y obtener alimentos a cambio.

Y el pueblo se comería toda la comida, ham ham, yum yum, y al fin todo se convertiría en excrementos y recuerdos. ¿Y qué sería entonces del pequeño Ecuador?

La llamada para *MacIntosh tenía que producirse supuestamente a las cinco y media en punto. Tenía media hora más de espera y pidió que le subieran a la habitación dos filets mignons medio crudos con toda clase de guarniciones. Había aún abundantes alimentos exquisitos que ingerir en El Dorado, atesorados para los pasajeros que harían «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza», especialmente la señora Onassis. En ese momento los soldados, a una manzana de distancia, estaban instalando una cerca de alambre de espino alrededor del hotel, para proteger la comida.

Lo mismo estaba ocurriendo en el muelle. Se estaban instalando cercas de alambre alrededor del Bahía de Darwin, que, como cada cual lo sabía en Guayaquil, había sido provisto de alimentos para tres comidas de gourmet por día, sin que ni una sola se repitiera durante catorce días, para cien pasajeros. Alguien que contemplara el hermoso barco y fuera capaz de hacer algún cálculo aritmético habría llegado a pensar «Tengo tanta hambre, y mi mujer y mis hijos tienen tanta hambre, v mi madre y mi padre tienen tanta hambre, cuando hay allí cuatro mil doscientas deliciosas comidas».

El hombre que subió los dos filets mignons a la habitación de Setena había hecho esos cálculos y llevaba además en el voluminoso cerebro un inventario de todas las cosas buenas que se guardaban en la despensa del hotel. Él mismo no estaba hambriento todavía, pues el personal de El Dorado comía regularmente. Su familia (pequeña de acuerdo con las normas ecuatorianas: una esposa preñada, la madre de ésta, el padre de él y un sobrino huérfano que criaba él mismo) estaba todavía bastante bien alimentada. Como todos los demás empleados, el hombre había estado robando comida en el hotel.

Este hombre era Jesús Ortiz, el joven inca a cargo del bar, que hacía un momento había estado abajo sirviendo a james Wait. El administrador, Siegfried von Kleist, que se había hecho cargo del bar, lo había obligado a servir como camarero en las habitaciones. El hotel de pronto estaba falto de personal. Los dos camareros que servían en las habitaciones parecían haber desaparecido. Eso quizá no fuera un gran inconveniente, el hecho de que hubieran desaparecido, pues no se esperaba que llegaran demasiados pedidos desde las habitaciones. Quizá estuvieran durmiendo en algún lugar.

De modo que el voluminoso cerebro de Ortiz pensaba necesariamente en esos dos filetes, mientras él los llevaba de la cocina al ascensor, y luego por el corredor que conducía a la habitación de Selena. Los empleados del hotel no comían ni robaban tan buena comida, y en general se sentían orgullosos por eso. Guardaban todavía lo mejor para la que llamaban «la señora Kennedy», en realidad la señora Onassis, que era el término colectivo destinado a toda la gente famosa, rica y poderosa que, se esperaba, aún estaba por llegar.

El cerebro de Ortiz era tan grande que podía exhibir para él películas enteras en las que él y sus dependientes eran las estrellas millonadas. Y este hombre, poco más que un muchacho, era tan inocente que creía que el sueño podría hacerse realidad, pues no tenía malas costumbres y estaba dispuesto a trabajar duro. Sólo faltaba que quienes ya eran millonarios le dieran unos pocos buenos consejos.

Había intentado, sin mayor satisfacción, recibir abajo algún consejo de James Wait, quien, aunque posiblemente poco impresionante, tenía una billetera repleta, como había observado Ortiz con respeto, de tarjetas de crédito y billetes americanos de veinte dólares.

También pensó lo siguiente a propósito de los filetes, mientras llamaba a la puerta: la gente que estaba allí dentro se los merecía, y también él se los merecería cuando se hiciese millonario. Y éste era un joven sumamente inteligente y emprendedor. Como trabajaba en hoteles de Guayaquil desde los diez años, hablaba con fluidez seis lenguas, más de la mitad de las que sabía Gokubi, y seis veces más de las que sabían james Wait o Mary Hepburn, y tres menos de las que sabían los Hiroguchi, y dos más de las que sabían los MacIntosh. Era también un buen cocinero y pastelero, y había seguido un curso sobre contabilidad y otro sobre derecho empresarial en una escuela nocturna

De modo que estaba dispuesto a gustar de lo que viera y oyera cuando Selena lo hizo pasar a la habitación. Él ya sabía que aquellos ojos verdes no podían ver. De otro modo él se hubiera engañado. Ella no actuaba como ciega ni tampoco tenía aspecto de tal Era tan hermosa. El cerebro voluminoso de Ortiz hizo que se enamorara de ella.

*Andrew MacIntosh estaba junto a la ventana panorámica mirando por sobre el marjal y las chabolas el Bahía de Darwin, que quizá sería suyo, o de Selena o de los Hiroguchi, antes que se pusiera el sol. La persona que lo llamaría a las cinco y media, el presidente de un consorcio de emergencia de financieros de Quito, entronizado en las nubes, era Gottfried von Kleist, presidente del banco más grande de Ecuador, tío del administrador de El Dorado y del capitán del Bahía de Darwin, y copropietario junto con un hermano mayor, Wilhelm, del barco y el hotel.

Al volverse para mirar a Ortiz, que acababa de entrar con los filets mignons, *MacIntosh estaba ensayando dentro de su cabeza lo primero que le diría a Gottfried von Kleist en español: —Antes que me dé el resto de la buena noticia, querido colega, déme su palabra de honor de que estoy contemplando mi propio barco a la distancia, desde la planta alta de mi propio hotel.

*MacIntosh estaba descalzo y no llevaba más que un par de pantalones cortos de color caqui cuya bragueta estaba desabotonada, de modo que su pene no era un secreto mayor que el péndulo de un reloj de pie.

Sí, y hago aquí una pausa para maravillarme ahora de cuan escaso interés tenía este hombre por la reproducción, por ser todo un éxito desde un punto de vista biológico, a pesar de su sexualidad exhibicionista y su manía de considerarse propietario de tantos sistemas vitales del planeta como fuera posible. Era típico de ese entonces que quienes más hablaban de supervivencia tuvieran muy pocos hijos. Había excepciones, por supuesto. Los que se reproducían mucho, sin embargo, y de quienes se pensaba que deseaban tener abundantes propiedades para el bienestar de sus descendientes, hacían comúnmente de sus hijos mutilados psicológicos. Sus herederos eran zombies las más de las veces, fácilmente esquilmados por hombres y mujeres tan codiciosos como quien les había dejado demasiado de todo lo que el animal humano pudiera nunca desear o necesitar.

A *Andrew MacIntosh no le importaba siquiera si él mismo moría o vivía, como lo demostraba su entusiasmo por el paracaidismo o las carreras de vehículos de alta velocidad, etcétera. Tengo que decir, pues, que los cerebros humanos de entonces se habían vuelto generadores de sugerencias copiosas e irresponsables acerca de lo que podría hacerse con la vida, de modo que actuar para beneficio de futuras generaciones parecía uno de esos muchos juegos arbitrarios jugados por unos pocos entusiastas, como el polo, el poker, la bolsa o escribir novelas de ciencia-ficción.

A un número cada vez más crecido de hombres de entonces, y no sólo a *Andrew MacIntosh, asegurar la supervivencia de la raza humana les parecía un aburrimiento mortal.

Era mucho mas divertido, por así decir, darle una y otra vez a una pelota de tenis.

La perra lazarilla Kazakh estaba sentada junto al portaequipaje a los pies de la cama extralarga de Setena. Kazakh era una pastora alemana. Se sentía cómoda y capaz de ser ella misma, pues no tenía puesta la trabilla y el arnés. Y su pequeño cerebro, respondiendo al olor de la carne, hizo que mirara a Ortiz con sus grandes ojos castaños muy esperanzados y que meneara la cola.

Los perros de entonces eran muy superiores a las personas cuando se trataba de discernir entre diversos olores. Gracias a la Ley de Selección Natural de Darwin, todos los seres humanos actuales tienen el sentido del olfato tan fino como el de Kazakh. Y han superado a los perros en un aspecto: son capaces de oler las cosas bajo el agua.

Los perros ni siquiera son todavía capaces de nadar bajo el agua, aunque han tenido un millón de años para aprenderlo. Holgazanean aquí y allá tanto como siempre. Ni siquiera son aún capaces de atrapar peces. Y tendría que confesar que en ese largo tiempo todo el resto del mundo animal ha hecho asombrosamente poco por mejorar sus tácticas de supervivencia, excepto la humanidad.

16

Lo que *Andrew MacIntosh dijo entonces a Jesús Ortiz era tan ofensivo, y, en vista de la hambruna que se extendía ya por todo Ecuador, tan peligroso, que era muy posible que algo le hubiera afectado seriamente el voluminoso cerebro, si importarle a uno un rábano lo que ocurriera después era un signo de salud mental. Además, el ultrajante insulto que estaba por propinar a este amistoso camarero de buen corazón, no era deliberado.

*MacIntosh era un hombre cuadrado de estatura mediana; tenía una cabeza que parecía una caja, colocada sobre otra caja de mayor tamaño, y brazos y piernas muy gruesos. Era muy saludable y tan capaz en la vida al aire libre como lo había sido Roy, el marido de Mary Hepburn, pero además con una afición a correr riesgos terroríficos que Roy nunca había tenido. *MacIntosh tenía los dientes grandes, blancos y perfectos, e impresionaron tanto a Ortiz que le recordaron el teclado de un gran piano.

*MacIntosh le dijo en español: —Destape los filetes, póngalos en el suelo para el perro, y márchese de aquí.

Hablando de dientes: no hubo nunca dentistas en S rita Rosalía ni en ninguna de las colonias humaos de las Islas Galápagos. Hace un millón de años, cabía esperar que un colono típico empezara a perder los dientes a los treinta años, después de haber sufrid0 taladrantes dolores de dientes. Y esto es más que un golpe asestado a la mera vanidad, pues los dientes insertados en encías vivas son ahora la única herramienta humana.

De veras. Aparte de los dientes, la gente no tiene ahora ninguna clase de herramienta.

Mary Hepburn y el capitán tenían buena dentadura cuando llegaron a Santa Rosalía, aunque los dos habían dejado muy atrás los treinta años, gracias a visitas regulares a dentistas que quitaban las caries, drenaban los flemones, etcétera. Pero cuando murieron, ya no tenían dientes. Selena MacIntosh era tan joven cuando murió en un pacto suicida con Hisako Hiroguchi, que todavía conservaba muchos dientes, aunque no todos. Hisako estaba completamente desdentada por ese entonces.

Y si fuera a criticar los cuerpos humanos de hace un millón de años, la especie de cuerpo que yo tenía, como si fueran máquinas que alguien intentara ofrecer en el mercado, mencionaría dos detalles sobre todo, uno de ellos sin duda ya especificado en mi historia: «Un cerebro demasiado grande es poco práctico». El otro sería: «Nuestros dientes siempre están afectados de un modo u otro. Por lo común no duran lo que dura una vida. ¿A qué cadena de acontecimientos evolutivos hemos de agradecer la loza podrida que llevamos en la boca?».

Sería agradable decir que la Ley de Selección Natural, que ha hecho a la gente cantos favores en tan breve tiempo, se ha encargado también del problema de los dientes. En cierto modo así ha ocurrido, pero la solución adoptada ha sido draconiana No ha vuelto más duraderos los dientes. Sencillamente ha reducido el promedio de vida humana a unos treinta años.

Ahora, volviendo a Guayaquil y al hecho de que *Andrew MacIntosh le dijera a Jesús Ortiz que pusiera los filets mignons en el suelo: —¿Perdón, señor? No he entendido bien —dijo Ortiz en inglés.

—Póngalos frente al perro —dijo *MacIntosh.

De modo que así lo hizo Ortiz, con el voluminoso cerebro completamente confundido mientras revisaba las opiniones que tenía de sí mismo, la humanidad, el pasado y el futuro y la naturaleza del universo.

Antes de que Ortiz tuviera tiempo de incorporarse después de haber servido al perro, *MacIntosh volvió a decir: —Márchese de aquí.

Todavía ahora, un millón de años después, me cuesta escribir sobre estos fallos humanos.

Un millón de años después, siento como si estuviera disculpando a la raza humana. Es todo lo que puedo decir.

Si Selena era el experimento que la Naturaleza había hecho con la ceguera, su padre era el experimento que la Naturaleza había hecho con la crueldad. Sí, y Jesús Ortiz era el experimento de la Naturaleza con la admiración por los ricos, y yo el experimento de la Naturaleza con el insaciable voyerismo y mi padre el experimento con el cinismo, y mi madre el experimento con el optimismo, y el capitán del Bahía de Darwin el experimento con la infundada autoconfianza, y James Wait el experimento con la codicia sin objeto, e Hisako Hiroguchi el experimento con la depresión, y Akiko el experimento con la pelambre, y así sucesivamente.

Recuerdo una de las novelas de mi padre: La era de los monstruos esperanzados. Describía un planeta en el que la supervivencia estaba amenazada por graves problemas que los humanoides nativos habían ignorado hasta el último momento. Y entonces, mientras los bosques desaparecían y unas lluvias radiactivas envenenaban todos los lagos, y los desperdicios industriales contaminaban todas las aguas, etcétera, los humanoides empezaron a tener hijos con alas, antenas o aletas, con un centenar de ojos o sin ojos, con cerebros enormes o sin cerebro, etcétera. Eran experimentos que la naturaleza llevaba a cabo con criaturas que, si tenían suerte, serían mejores ciudadanos planetarios que los humanoides. La mayoría murió, o tuvo que ser destruida, o lo que fuere, pero unos pocos resultaron verdaderamente promisorios, se casaron entre sí y tuvieron una prole semejante a ellos.

Llamaré ahora a mis tiempos de hace un millón de años «la era de los monstruos promisorios»; eran monstruos novedosos en términos de personalidad, mas que de tipo corporal. En los tiempos que corren ya no se hacen esos experimentos, ni con el cuerpo ni con la personalidad.

Los cerebros voluminosos de entonces no sólo eran capaces de una crueldad gratuita. Podían sentir también toda clase de dolores, a los que los animales inferiores eran completamente insensibles. Ningún otro animal de la tierra habría podido sentir, como sintió Jesús Ortiz mientras bajaba en el ascensor al vestíbulo, que lo que le había dicho *MacIntosh lo había destrozado. Ni siquiera estaba seguro de que hubiera quedado algo entero en él por lo que valiera la pena seguir viviendo.

Y tenía el cerebro tan complicado que veía toda clase de imágenes dentro del cráneo, imágenes que ningún animal inferior podría ver nunca, todas tan irreales, meras cuestiones de opinión, como los cincuenta millones de dólares que *MacIntosh estaba dispuesto a transferir instantáneamente desde Manhattan a Ecuador cuando lo llamaran por teléfono. Vio una imagen de la señora Kennedy, Jacqueline Kennedy Onassis, que en nada se diferenciaba de las imágenes que había visto de la Virgen María. Ortiz era católico apostólico romano. Todo el mundo en Ecuador era católico apostólico romano. Los von j Kleist eran católicos apostólicos romanos. Aun los caníbales de los bosques tropicales del Ecuador, los furtivos kanka-bonos, eran católicos apostólicos romanos.

Esta señora Kennedy era hermosa, triste, pura, bondadosa y todopoderosa. En la mente de Ortiz, sin embargo, ella también presidía una hueste de deidades menores que participarían en «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza», y entre las que se incluían los seis huéspedes que ya estaban en el hotel. Ortiz no esperaba sino bondad de cualquiera de ellos, y sentía, como la mayoría de los ecuatorianos hasta que el hambre empezó, que la llegada al Ecuador de estas deidades sería un momento glorioso para la historia nacional, y que debía prodigarse sobre ellas todo lujo concebible.

Pero ahora la verdad acerca de uno de estos supuestamente maravillosos visitantes, *Andrew MacIntosh, había manchado la imagen mental que Ortiz tenía no sólo de todas las deidades menores, sino la de la misma señora Kennedy.

De modo que el retrato de cintura para arriba de la señora Kennedy desarrolló unos colmillos de vampiro y la piel se le desprendió de la cara, aunque el pelo siguió en su sitio. Era ahora una calavera sonriente, que no deseaba más que pestilencia y muerte para el pequeño Ecuador.

Era una imagen espantosa, y Ortiz no podía deshacerse de ella. Pensó que quizá podría enterrarla afuera en el calor, de modo que cruzó el vestíbulo sin hacer caso de *Siegfried von Kleist, que lo llamaba desde el bar. *Von Kleist le preguntaba qué ocurría, a dónde iba, etcétera. Ortiz era el mejor empleado del hotel, el más leal, el de más abundantes recursos, el más uniformemente animado, y *von Kleist realmente lo necesitaba.

He aquí, entre paréntesis, por qué el administrador del hotel no había engendrado hijos, aunque tenía hábitos heterosexuales y un esperma que parecía normal bajo el microscopio: había un cincuenta por ciento de probabilidades de que fuera portador de una enfermedad del cerebro heredada c incurable, desconocida en la actualidad, llamada corea de Huntington. En aquel tiempo la corea de Huntington era una de las mil enfermedades comunes que Mandarax era capaz de diagnosticar.

Sólo la casualidad, una cuestión de mero azar, explica que no haya hoy portadores de la corea de í Huntington. Fue la misma suerte ciega la que hizo de *Siegfried von Kleist un posible portador. Su padre se enteró de que él era un portador en la edad madura, después de haberse reproducido dos veces.

Y eso significaba, por supuesto, que Adolf, el hermano mayor de *Siegfried, el capitán del Bahía de Darwin, el más alto y atractivo de los dos, era también un posible portador. De modo que *Siegfried, que habría de morir sin descendencia, y Adolf, que se convertiría en el progenitor de toda la raza humana, habían renunciado, por motivos admirablemente generosos, a unirse en cópulas biológicamente significativas un millón de años atrás.

*Siegfried y Adolf habían mantenido en secreto este posible defecto genético. El secreto les ahorraba embarazos personales, sin duda; pero también protegía a sus parientes. Sí se hubiera sabido públicamente que los hermanos eran capaces de transmitir a su progenie la corea de Huntington, era probable que a todos los von Kleist les hubiese sido difícil hacer buenos matrimonios, aun cuando no hubiera la menor posibilidad de que también ellos fueran portadores.

Así era la cosa: la enfermedad, si la tenían, les había venido a los hermanos a través de la abuela paterna, que era la segunda mujer del abuelo paterno, y que tenía un único hijo, el padre de ambos, el escultor y arquitecto ecuatoriano Sebastian von Kleist.

¿Qué gravedad tenía ese defecto? Bueno, era por cierto mucho peor que tener una hija peluda.

De hecho, entre todas las enfermedades horribles que Mandarax conocía, la peor era quizá la corea de Huntington. Era sin duda la más traicionera, la más desagradable de todas las sorpresas. Se escondía por lo general al acecho y era indetectable por prueba conocida alguna, hasta que el desdichado que la había heredado era ya perfectamente adulto. El padre de los hermanos, por ejemplo, llevó una vida despejada y productiva hasta los cincuenta y cuatro años, edad en la que empezó a bailar involuntariamente y a ver cosas que no existían. Y después mató a su mujer, hecho que fue silenciado. El asesinato fue comunicado a la policía, que lo manejó como si se tratara de un accidente hogareño.

De modo que estos dos hermanos habían estado esperando enloquecer en cualquier momento, empezar a bailar y alucinar ya desde hacía veinticinco años. Las probabilidades eran del cincuenta por ciento para cada uno. Si uno de ellos enloquecía, eso probaría que podría transmitir el defecto aún a otra generación. Si uno de ellos se convertía en un hombre muy, muy viejo sin enloquecer, eso probaría que no era un portador y que tampoco lo sería ninguno de sus descendientes. Probaría que hubiera podido reproducirse con impunidad.

Tal como sucedieron las cosas, una moneda arrojada al aire, el capitán no fue portador, pero su hermano sí. Al menos el pobre *Siegfried no tendría que sufrir demasiado. Empezó a enloquecer sólo cuando le quedaban unas pocas horas de vida: la tarde del jueves 27 de noviembre de 1986. Allí estaba de pie atendiendo la barra del bar de El Dorado, con James Wait sentado en frente y el retrato de Charles Darwin detrás. Acababa de ver al empleado en quien más confianza tenía, Jesús Ortiz, que salía por la puerta principal, terriblemente alterado por algún motivo.

Y entonces el cerebro voluminoso de *Siegfried lo hundió por un momento en la locura, y luego lo devolvió a la cordura.

En esa temprana etapa de la enfermedad, la única que el desdichado hermano conocería, aún podía darse cuenta de que su cerebro se había vuelto peligroso, y conservar cierta apariencia de cordura. De modo que mantuvo la cara inmóvil c intentó volver a su trabajo de costumbre haciendo una pregunta a Wait.

—¿A qué se dedica usted, señor Flemming? —inquirió.

Cuando *Siegfried pronunció estas palabras, oyó que le retumbaban infernalmente en la cabeza, como si hubiera estado gritando dentro de un barril de acero. Se había vuelto extremadamente sensible a los ruidos.

Y la contestación de Wait, aunque dada en voz baja, también le rompió los tímpanos. —Era ingeniero —dijo Wait—, pero la profesión dejó de interesarme, como también todo lo demás a decir verdad, después que murió mi mujer. Supongo que ahora podría llamarme un sobreviviente.

De modo que Jesús Ortiz abandonó el hotel después de haber sido tan espantosamente insultado por *Andrew MacIntosh. Había pensado caminar por el barrio hasta calmarse un poco. Pero no tardó en descubrir que una alambrada de espino y unos soldados habían convertido los alrededores del hotel en un cordón sanitario. Gran cantidad de gente de todas las edades lo miraban desde el otro lado de la alambrada con tanto sentimiento como lo había hecho Kazakh. la perra lazarilla, esperando contra toda esperanza que quizá tuviera comida para ellos.

Jesús Ortiz no cruzó el cerco y caminó alrededor del hotel una y otra vez. En cada una de tres vueltas completas, pasó junto a la puerta abierta de la lavandería. Dentro había una caja de acero gris fijada a la pared. Sabía lo que contenía: las conexiones que mantenían el matrimonio de los teléfonos del hotel con el mundo exterior. Cualquier buen ciudadano de hace un millón de años hubiera pensado de semejante caja: «Lo que la compañía telefónica ha atado, que el hombre no lo desate».

Sí, y ése era el sentimiento manifiesto del cerebro de Jesús Ortiz. Jamás hubiera dañado una caja tan importante para tanta gente. Pero los cerebros de entonces eran tan grandes que a veces conseguían engañar a sus propietarios. El cerebro de Jesús Ortiz quiso que desconectara todos los teléfonos la primera vez que pasó por el cuarto de la lavandería. De modo que para impedir que Jesús Ortiz quedara paralizado de repente, pues era un ciudadano ejemplar, intentaba tranquilizarlo una y otra vez: —No, no... por supuesto nosotros nunca haríamos semejante cosa.

Al dar la cuarta vuelta, lo hizo entrar en el cuarto de la lavandería, pero proporcionándole también un motivo encubierto. Como buen ciudadano que era, estaba buscando los pantalones del traje verde de una huésped del hotel, Mary Hepburn, que aparentemente habían desaparecido en algún otro universo la noche anterior.

Y entonces abrió la caja y arrancó las conexiones. En cuestión de segundos, un cerebro típico de hace un millón de años había convertido al mejor ciudadano de Guayaquil en un terrorista furioso.

17

En la isla de Manhattan, un hombre del mundo de la publicidad, norteamericano, de edad mediana, contemplaba el colapso de su obra maestra: «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza». Acababa de mudarse a unas nuevas oficinas dentro de la corona hueca del Chrysler Building, antes la sala de exhibiciones de una compañía de arpas que de pronto se descubrió en quiebra, al igual que la ciudad de Ilium, Ecuador, las Filipinas, Turquía, etcétera. El hombre se llamaba Bobby King.

Bobby King se encontraba en el mismo huso horario que Guayaquil, y una línea trazada hacia el sur a partir de la profunda arruga que tenía en el entrecejo se habría encontrado en el Ecuador con la arruga aún más profunda de la frente de *Andrew MacIntosh. *MacIntosh intentaba devolver la vida al teléfono dando fuertes voces en el auricular. Lo mismo hubiera sido que sostuviera junto a su cabeza cuadrada una disecada iguana marina de las Galápagos mientras gritaba cada vez más imperiosamente: -¡Hola! ¡Hola!

Bobby King tenía una iguana marina de las Galápagos en su mesa de despacho; de hecho había divertido a más de un visitante fingiendo que la había confundido con el teléfono: la sostenía junto a su] cabeza y decía: —¡Hola! ¡Hola!

No estaba de ánimo para bromas ahora, por cierto. En su estilo, había hecho tanto como Charles Darwin por dar fama a las Islas Galápagos con una campaña publicitaria de diez meses de duración que había convencido a millones de personas de todo el planeta: el viaje inaugural del Bahía de Darwin sería sin duda «el Crucero del Siglo». Durante el proceso convirtió en celebridades a muchas de las criaturas de las islas: los cormoranes rastreros, el pájaro bobo de patas azules, los rabihorcados, etcétera, etcétera.

Los clientes de Bobby King eran el Ministerio de Turismo del Ecuador, las Líneas Aéreas Ecuatorianas y los propietarios del Hotel El Dorado y el Bahía de Darwin, los tíos paternos de 'Siegfried y el capitán Adolf von Kleist. Entre paréntesis, ni el administrador del hotel ni el capitán tenían que trabajar para ganarse la vida. Eran fabulosamente ricos por herencia, pero de cualquier modo consideraban que debían mantenerse ocupados.

Por entonces King tenía ya la certidumbre, aunque nadie se lo había dicho, de que todo su trabajo no serviría de nada, que «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza» jamás se llevaría a cabo.

En cuanto a la iguana marina en la mesa del despacho: había convertido al reptil en el animal totémico del crucero; había hecho pintar su imagen a ambos lados de la proa del Bahía de Darwin y lo había utilizado como logotipo de todos los anuncios y en la parte superior de todas las entregas publicitarias.

En la vida real, la criatura podía alcanzar más de metro de largo y parecer tan espantoso como un dragón chino. Aunque no era en realidad más peligrosa que una salchicha para cualquier forma viviente, excepto las algas marinas. He aquí cómo vive en la actualidad, exactamente lo mismo que hace un millón de años:

No tiene enemigos, de modo que se queda en un sitio con los ojos clavados en nada, sin desear nada ni preocuparse por nada hasta que tiene hambre. Entonces se arrastra anadeando hacia el océano y nada lentamente y no con mucha habilidad alejándose unos pocos metros de la costa. Luego se sumerge como un submarino y se abarrota de algas, que en ese momento son indigeribles. Es preciso cocinar las algas para que resulten digeribles.

De modo que la iguana marina sube a la superficie, vuelve nadando a la costa, y se echa otra vez al sol sobre la lava. Se está utilizando a sí misma como una olla con tapadera, se calienta más y más mientras el sol cuece las algas. Sigue mirando fijamente a nada en particular, como antes, pero con una diferencia: ahora de cuando en cuando escupe un chorro de agua salada.

Durante el millón de años que he pasado en estas islas, la Ley de Selección Natural no ha encontrado modo de mejorar, o por lo demás tampoco de empeorar, este particular plan de supervivencia.

King sabía que seis personas habían llegado a Guayaquil, y que se alojaban en el Hotel El Dorado en ese preciso momento, todavía esperando llevar a cabo «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza». Ésa fue para él una sorpresa menor.

Había supuesto que quienes habían hecho sus propios planes para llegar a Guayaquil seguramente se habrían abstenido, tan malas eran las noticias que llegaban de la zona.

Tenía el nombre de los seis. Uno de ellos era un verdadero desconocido, un canadiense llamado Williard Flemming. Ése era en realidad james Wait, por supuesto. King no sabía cómo esta persona Había aparecido en una lista de pasajeros que, con excepción de Mary Hepburn y un veterinario japonés y su esposa, sólo incluía a gentes de primera plana e iniciadores de tendencias en la moda y el consumo de la más elevada categoría.

Asombraba a King que Mary Hepburn se encontrara allí y no su marido Roy. No sabía que Roy había muerto. Algo sabía de los Hepburn, aunque eran unos don nadie en una lista de pasajeros célebres, porque habían sido los primeros en inscribirse en «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza». Fue en el momento en que King empezaba a pensar que nadie que fuera verdaderamente famoso llegaría a embarcar en el crucero.

De hecho, cuando los Hepburn se inscribieron, King había imaginado que quizá podía convertirlos en minicelebridades, con apariciones en la televisión, entrevistas en los periódicos, etcétera. No los había conocido, pero había hablado con Mary por teléfono esperando contra toda esperanza que hubiera algo interesante en los Hepburn, aunque tenían los empleos más corrientes en una descolorida ciudad industrial, con el más alto índice de parados del país. Uno u otro quizá tuviera un antepasado o un pariente famoso, o Roy podría haber sido héroe en alguna guerra, o habría podido ganar alguna lotería, o soportado alguna tragedia en tiempos re-Otates, o lo que fuere. _

Parte de la conversación que King y Mary sostuvieron en enero se desarrolló de la manera si—Bien... soy pariente lejana de Daniel Boone —había dicho ella—. MÍ apellido de soltera era Boone, y nací en Kentucky.

—¡Eso es magnífico! —había dicho King—. ¿Es usted su tataranieta o algo así?

—No creo que sea un parentesco tan directo —había dicho ella—. Nunca significó mucho para mí, de modo que nunca lo tuve claro.

—Pero su apellido de soltera era Boone.

—Sí, pero eso es sólo una coincidencia. El apellido de mi padre era Boone, pero no era pariente de Daniel Boone. Estoy emparentada con Daniel Boone por parte de madre.

—Si el apellido de su padre era Boone y nació en Kentucky por fuerza tenía que estar emparentado con Daniel Boone, ¿no cree usted? —había dicho King.

—No necesariamente —había dicho ella—, pues el padre de mi padre era húngaro, un entrenador de caballos llamado Miklós Gömbös, que cambió de nombre para llamarse Michael Boone.

Sobre los premios u honores que ella o Roy pudieran haber obtenido, Mary dijo que Roy por cierto los merecía en abundancia, por todo el meritorio trabajo que había llevado a cabo en la Geffco, pero que la compañía no creía en esas cosas, salvo cuando se trataba de los ejecutivos más altos.

—Ninguna medalla por buen comportamiento militar... nada por el estilo —dijo él.

—Estuvo en la Marina, pero no intervino en la guerra.

Por supuesto, si King hubiera llamado tres meses más tarde, y hubiera hablado con Roy por teléfono, hubiera escuchado todo un discurso acerca de las trágicas actividades de Roy durante las pruebas atómicas en el Pacífico.

—¿Tienen hijos? —preguntó King.

—No en el sentido habitual —dijo Mary—. Pero yo considero un hijo a cada uno de mis alumnos, y Roy dirige un grupo de niños exploradores y considera como hijo propio a cada miembro de la tropa.

—Ésa es una preciosa actitud —dijo King—, y ha sido muy agradable hablar con usted, y espero que usted y su marido disfruten del viaje.

—Estoy segura de que así será —dijo ella—, pero tendré que hacerme de coraje para decirle al director que quiero tres semanas de licencia justo en mitad de un semestre.

—Tendrá usted tantas cosas maravillosas que contar a sus alumnos cuando esté de vuelta —dijo King—, que él le concederá encantado esas semanas. —King, dicho sea de paso, nunca había visto realmente las Islas Galápagos, ni las vería nunca. Como Mary Hepburn, sólo había visto un montón de fotografías.

—Oh... —dijo Mary cuando él estaba a punto de colgar—, preguntaba usted por premios, honores, medallas y cosas por el estilo...

—¿Sí? —dijo King.

—Yo estoy por recibir una especie de premio o lo que siento como premio. Se supone que no sé nada, de modo que probablemente no tendría que mencionárselo.

—Mis labios están sellados —dijo King.

—Lo descubrí por accidente —dijo Mary—. Pero este año la clase del último curso me dedicará el anuario. Me dan un mote en la dedicatoria, que por casualidad vi en una imprenta donde estaba eligiendo anuncios de nacimiento para una amiga. Tuvo mellizos: un niño y una niña.

—¡Aja!-dijo King.

—¿Sabe el mote que me dan esos encantadores muchachos? —preguntó Mary.

—No —dijo King.

—Madre Naturaleza Personificada —dijo Mary.

Y no hay ninguna tumba en las Islas Galápagos. El océano recibe todos los cadáveres y hace con ellos lo que le place. Pero sí hubiera una lápida funeraria para Mary Hepburn, sólo una inscripción le convendría: «Madre Naturaleza Personificada». ¿En qué se parecía tanto a la Madre Naturaleza? Frente a la total desesperanza que abrumaba a todos en Santa Rosalía, todavía quería que allí nacieran niños humanos. Nada podía impedir que ella hiciese todo lo posible para que la vida siguiera y siguiera y siguiera.

18

Cuando Bobby King se enteró de que Mary Hepburn era uno de los seis desdichados que habían llegado a Guayaquil, pensó en ella por primera vez en meses. Pensó que quizá Roy estuviera con ella, pues le habían dado la impresión de ser una pareja inseparable, y que el nombre del marido había sido omitido accidentalmente por el administrador de El Dorado, cuyas comunicaciones enviadas por teletipo se hacían más graves de hora en hora.

King sabía de mí, entre paréntesis, aunque no cómo me llamaba.

Sabía que un obrero se había matado durante la construcción del barco-Pero no quería dar más publicidad a esta noticia, capaz de sugerir a los supersticiosos que el Bahía de Darwin tenía un fantasma, así como la familia von Kleist no quería que se supiera que uno de sus miembros estaba hospitalizado por haber contraído el corea de Huntington y que otros dos tenían el cincuenta por ciento de probabilidades de ser portadores de esa enfermedad.

¿Le comunicó alguna vez el capitán a Mary Hepburn durante los años que estuvieron juntos en Santa Rosalía que quizá fuera portador del corea de Huntington? Sólo reveló ese terrible secreto cuando ya llevaban diez años en las islas y descubrió que ella había estado jugando irresponsablemente con su esperma.

De los seis huéspedes de El Dorado, King sólo conocía a dos: *Andrew MacIntosh y su hija ciega Selena; y, por supuesto, también a Kazakh, la perra de Selena. Todo el que conocía a los MacIntosh conocía también a la perra, aunque Kazakh, gracias a la cirugía y el adiestramiento, virtualmente no tenía ninguna personalidad. Los MacIntosh frecuentaban varios restaurantes que eran clientes de King, y *MacIntosh, aunque no la perra y la hija, había aparecido en reportajes de la televisión junto con algunos de esos clientes. King había observado los espectáculos en un monitor entre bastidores acompañado por Selena y la perra. Tenía la impresión de que la hija tenía poca más personalidad que la perra cuando no estaba junto a su padre. Y no sabía hablar de otra cosa que de su padre.

*Andrew MacIntosh, por cierto, disfrutaba apareciendo en estos reportajes de televisión. Era bienvenido en ellos por mostrarse tan injurioso. Peroraba acerca de lo divertida que era la vida si uno tenía una cantidad ilimitada de dinero. Compadecía y despreciaba a los que no eran ricos, etcétera.

Gracias a los rigores de Santa Rosalía, Selena habría de desarrollar una personalidad muy distinta de la de su padre antes de entrar en el túnel azul que conduce al Más Allá. También llegaría a hablar japonés de corrido. En la era de los cerebros voluminosos, la historia de una vida podía acabar de cualquier manera. Mirad la mía.

Después de Roy y Mary Hepburn, los MacIntosh y los Hiroguchi fueron los primeros en sumarse a la lista de pasajeros del «Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza». Eso fue en febrero. Los Hiroguchi serían huéspedes de los MacIntosh, y viajarían con un nombre supuesto, para que quienes empleaban a *Zenji Hiroguchi no descubrieran que estaba haciendo negocios con *MacIntosh.

Para King, *Siegfried von Kleist y toda otra persona conectada con el crucero, los Hiroguchi eran los Kenzaburo, y *Zenji era un veterinario.

Eso significaba que la mitad de los huéspedes alojados en El Dorado no eran lo que se suponía. Como broche de todos estos engaños propios de los cerebros voluminosos, el traje de fajina de Mary Hepburn aún tenía bordado en el bolsillo delantero izquierdo el apellido del primer propietario, que era Kaplan. Y cuando ella y James Wait se conocieron al fin en el bar del hotel, él le dio su nombre falso y ella le dio su nombre verdadero, pero aun así él continuó llamándola «señora Kaplan», ensalzó al pueblo judío, etcétera.

Y cuando más tarde el capitán los casó en la cubierta del Bahía de Darwin, ella estaba convencida de que se había convertido en la esposa de Williard Flemming, y él en el marido de Mary Kaplan.

Esta especie de confusión sería imposible en la actualidad pues ya nadie tiene nombre, o profesión, o una historia persona! que contar. Todo lo que a uno le queda a modo de reputación es un olor que, desde el nacimiento hasta la muerte, no puede modificarse. La gente es lo que es, y eso es todo. La Ley de Selección Natural ha hecho a los seres humanos absolutamente honestos en este respecto. Cada cual es exactamente lo que parece ser.

Cuando *Andrew MacIntosh reservó tres camarotes privados en el viaje inaugural del Bahía de Darwin, Bobby King tuvo motivos para sentirse perplejo. *MacIntosh era propietario de un yate privado, el Omoo, que era casi tan grande como el barco crucero, y por tanto podría haber ido a las Galápagos por cuenta propia, sin someterse a estrechos contactos con extraños y a las disciplinas que impondría «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza». Los pasajeros del crucero, por ejemplo, no podrían bajar a tierra cuando se les antojase y comportarse allí como quisiesen. Bajarían siempre escoltados y supervisados por guías en todo momento, todos entrenados en la Estación de Investigación Darwin por hombres de ciencia que tenían un título en alguna de las ciencias naturales.

De modo que cuando King, que iba de ronda una noche por restaurantes y clubes, vio a *MacIntosh, a su hija y la perra en compañía de otras dos personas cenando en un sitio para celebridades llamado Elaine's, se detuvo junto a la mesa para decirles cuánto le complacía que se hubieran anotado en el crucero. Tenía muchos deseos de saber por qué se habían decidido, y así él podría utilizar esas mismas razones para inducir a otras celebridades públicas a que también ellos hicieran el viaje.

Sólo después de saludar a los MacIntosh se dio cuenca King de quiénes eran las otras dos personas sentadas a la mesa. Las conocía como para hablar con ellos, y así lo hizo. La mujer era la hembra más admirada del planeta, la señora Jacqueline Bouvier Kennedy Onassis, y su acompañante de aquella noche era el gran bailarín Rudolf Nureyev.

Nureyev, entre paréntesis, era un ex ciudadano de la Unión Soviética al que le habían concedido asilo político en Gran Bretaña. Y yo, que todavía vivía por entonces, era un ciudadano de los Estados Unidos al que se le había concedido asilo político en Suecia.

Sí, y a ambos nos gustaba la danza.

Corriendo el riesgo de recordarle a 'MacIntosh que era propietario de un yate trasatlántico, King le preguntó por qué encontraba atractivo el Bahía de Darwin. *MacIntosh, que era muy inteligente y había leído mucho, le espetó allí mismo un discurso sobre el daño que la gente egoísta e ignorante había hecho a las Islas Galápagos, cuando iban a tierra sin supervisión. Este material provenía de un artículo del National Geographic Magazine, revista que leía de cabo a rabo todos los meses. La hipótesis de la revista era que Ecuador necesitaría una flota del tamaño de todas las flotas combinadas del mundo para impedir que la gente desembarcara en las islas e hicieran lo que les viniera en gana, de modo que el frágil hábitat sólo podría preservarse si se enseñaba moderación a la gente. «Ningún buen ciudadano del planeta —decía el artículo—, debe bajar a tierra sin la compañía de un guía bien entrenado.»

Cuando Mary Hepburn, el capitán, Hisako Hiroguchi, Selena MacIntosh y los demás naufragaron en Santa Rosalía, no llevaban la compañía de un guía bien entrenado. Y, durante los primeros años que estuvieron allí, convirtieron en un verdadero infierno el frágil hábitat.

Justo a tiempo se dieron cuenta de que era su propio hábitat lo que estaban arruinando, que no eran meros visitantes.

Allí, en el restaurante Elaine's, *MacIntosh enfureció a su hechizada audiencia con historias de botas que aplastaban los nidos camuflados de las iguanas, de dedos codiciosos que arrebataban los huevos a los pájaros bobos, etcétera, etcétera. Sin embargo, de las historias que contó, la más atroz, también del National Geographic, fue la de gentes que tomaban en brazos a focas pequeñas, como si fueran niños humanos, para posar delante de los fotógrafos. Cuando el animalito era devuelto a su madre, ésta ya no lo alimentaba porque tenía otro olor.

—Así pues, ¿qué le sucede al pobre animalito que acaba de recibir el alto honor de ser acariciado por un bondadoso amante de la naturaleza? —preguntó *MacIntosh—. Se muere de hambre; todo por una fotografía.

De modo que su respuesta a la pregunta de Bobby King fue que pretendía dar buen ejemplo, y que esperaba que otros lo siguiesen, sumándose a «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza».

Es para mí una broma que este hombre se presentara a sí mismo como un ardiente conservadorista, pues muchas de las compañías de las que era director o accionista importante tenían fama de depredadoras del agua, el suelo o la atmósfera. Pero no era una broma para *MacIntosh, que había venido a este mundo incapaz de preocuparse mucho por nada. De modo que, para disimular esta deficiencia, se había convertido en un gran actor, fingiendo, aun para sí mismo, que se preocupaba apasionadamente por toda clase de cosas.

Con el mismo grado de convicción, le había dado a su hija una explicación totalmente diferente de por qué hacían el viaje a las islas en el Bahía de Darwin y no en el Omoo. Era posible que los Hiroguchi se sintieran atrapados en el Omoo pues sólo podrían hablar con los MacIntosh. En tales circunstancias quizá llegaran a tener miedo, y *Zenji podía negarse a seguir negociando y aun querer que lo dejaran en tierra en el puerto más cercano para poder regresar en avión a su país.

Como tantas otras personalidades patológicas en posiciones de poder de hace un millón de años, podía hacer casi cualquier cosa por impulso sin sentir nada demasiado. Las explicaciones lógicas, inventadas con toda comodidad, sólo llegaban más tarde.

Y que esa especie de comportamiento en la era de los cerebros voluminosos sirva como muestra de la historia de la guerra en la que tuve el honor de luchar, que fue la guerra de Vietnam.

19

Como la mayor parte de las personalidades patológicas, *Andrew MacIntosh nunca se cuidaba mucho de si lo que decía era verdad o no, y por lo tanto era extremadamente persuasivo. Y de tal modo conmovió a la viuda Onassis y a Rudolf Nureyev, que éstos pidieron a Bobby King más información acerca del «Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza», que él les envió a la mañana siguiente con un mensajero especial.

Como lo quiso la suerte, esa noche, en la cadena educativa, se exhibiría un documental sobre la vida de los pájaros bobos de patas azules, de modo que King adjuntó una nota en la que decía que quizá les gustaría verla. Esas aves serían de una importancia crucial para la supervivencia de la pequeña colonia humana de Santa Rosalía. Si no hubieran sido tan estúpidas, tan incapaces de advertir que los seres humanos eran peligrosos, es casi seguro que los primeros colonos habrían perecido de hambre.

El punto culminante de ese programa, como el punto culminante de las conferencias sobre las islas en la escuela secundaria de Ilium, era una película sobre la danza nupcial de los pájaros bobos de patas azules. La danza era como sigue:

Dos de estas aves marinas aparecían sobre la lava. Eran aproximadamente del tamaño de los cormoranes acuáticos, con los mismos cuellos largos y serpentinos y un pico que se curvaba hacia abajo. Pero no habían abandonado la aviación, de modo que tenían alas grandes y fuertes. Las patas y los pies membranosos eran de un brillante y gomoso color azul. Atrapaban a los peces lanzándose en picada desde lo alto.

¡Peces! ¡Peces! ¡Peces!

Tenían el mismo aspecto, pero uno era un macho y el otro una hembra. No se miraban, dedicados los dos a sus propios asuntos. Sin embargo, no había mucho que hacer en la lava, y ellos no se alimentaban de alimañas ni de semillas, y tampoco buscaban materiales para construir un nido.

El macho dejaba de hacer aquello en lo que estaba tan ocupado, que era nada. Veía a la hembra. Apartaba los ojos, y volvía a mirarla, inmóvil, y en silencio. Los dos tenían voz, pero en ningún momento de la danza emitían sonido alguno.

La hembra miraba a un lado y a otro, y luego, accidentalmente, su mirada se cruzaba con la del macho. Estaban separados cinco metros o algo más.

Cuando Mary mostraba la película de la danza en la escuela secundaria, solía decir en este pasaje, como si estuviera hablando en nombre de la hembra: —¿Qué puede querer de mí esta persona tan rara? ¡Realmente! ¡Qué extravagancia!

El macho alzaba una brillante pata azul. La extendía en el aire como un abanico de papel.

Mary Hepburn decía una vez más, personificando a la hembra: -¿Qué puede ser eso? ¿Una de las maravillas del mundo? ¿Se cree que es el único pata azul de las islas?

El macho bajaba la paca y levantaba la otra, acercándose un paso a la hembra. Luego le mostraba la primera una vez más, y luego una vez más la segunda, mirándola fijamente a los ojos.

Mary decía en nombre de la hembra: —Yo me largo.— Pero la hembra no se largaba. Parecía pegada a la lava mientras el macho le mostraba una pata y luego la otra sin dejar de acercársele todo el tiempo.

Entonces la hembra levantaba una de sus patas azules y Mary decía: —¿Crees que tienes las patas tan bonitas? Mira esto si quieres ver una bonita pata. Sí, y tengo otra además.

La hembra bajaba una pata y levantaba la otra acercándose un paso al macho.

Mary callaba entonces. Ya no habría bromas antropomórficas. Seguir con el espectáculo corría ahora por cuenta de las aves. Acercándose entre sí con el mismo paso grave y majestuoso, sin que ninguno de los dos se apresurase o demorase, se encontraban por fin pecho contra pecho y pie contra pie.

En la escuela secundaria de Ilium, los alumnos no esperaban ver copular a las aves. La película era tan famosa, desde que Mary la había exhibido en el auditorio un mes de mayo, y luego años y años como una celebración educativa de la primavera, que todo el mundo sabía que no vería copular a las aves.

Lo que esas aves hacían frente a la cámara era sin embargo sumamente erótico. Ya pecho contra pecho y pie contra pie, erguían los cuellos sinuosos

como astas de banderas. Echaban la cabeza atrás tanto como podían, y juntaban los largos cuellos y las mandíbulas. Entre las dos formaban una torre j una única estructura afilada en lo alto y posada sobre cuatro patas azules.

De este modo quedaba solemnizado el matrimonio.

No había más testigos, no había otro pájaro bobo que celebrara qué buena pareja hacían o lo bien que habían bailado. En la película que Mary Hepburn solía exhibir en la escuela —quizá la misma, pensaba Bobby King, que la señora Onassis y Rudolf Nureyev disfrutarían por la cadena educativa—, los únicos testigos eran los miembros de cerebro voluminoso del equipo de filmación.

El título de la película era Apuntando al cielo, el mismo nombre que daban los científicos de cerebro voluminoso al momento en que las cabezas de las dos aves señalaban en la dirección exactamente opuesta a la de la atracción de la gravedad.

Y la señora Onassis se sintió tan conmovida por esta película que hizo que su secretaria llamara a Bobby King la mañana siguiente y preguntara si no sería demasiado tarde para reservar dos camarotes exteriores en la cubierta principal del Bahía de Darwin y emprender ellas también «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza».

20

Mary Hepburn solía conceder puntos adiciona-les a sus alumnos si escribían un pequeño poema o ensayo sobre esta danza nupcial. Aproximadamente la mitad de ellos entregaba algo, y de éstos poco más o menos la mitad consideraba que la danza era una prueba de que los animales veneraban a Dios. El resto de las respuestas tenía en cuenta otros aspectos. Un estudiante presentó un poema que Mary recordaría hasta el día de su muerte, y que le enseñó a Mandarax. El alumno se llamaba Noble Claggett, y moriría en la guerra de Vietnam; pero allí estaba su poema en el interior de Mandarax, y en compañía de fragmentos de algunos de los más grandes escritores que nunca hayan vivido. Era como sigue:

Por supuesto te quiero;


tengamos pues un hijo


que dirá exactamente


lo mismo que sus padres.

Por supuesto te quiero;


tengamos pues un hijo


que dirá exactamente


lo mismo que sus padres.

Por supuesto te quiero;


tengamos pues un hijo


que dirá exactamente


lo mismo que sus padres.

Etcétera.

Noble Claggett


(1947-1966)

Algunos alumnos pedían permiso para escribir sobre alguna otra criatura de las Galápagos, y Mary, qué era tan buena profesora, contestaba que sí, claro está. Y la alternativa favorita eran los expoliadores de los pájaros bobos, los grandes rabihorcados. Estos James Wait del mundo avícola se alimentaban del pescado que los pájaros bobos atrapaban, y el material para sus propios nidos lo sacaban de los nidos de los pájaros bobos. A cierta especie de alumno esto le parecía gracioso, y ese estudiante era casi invariablemente de sexo masculino.

Y un rasgo físico, singular, de los rabihorcados machos, también estaba destinado a atraer la atención de los varones humanos inmaduros, concentrados en la actividad eréctil de sus propios órganos sexuales. En la época del apareamiento los grandes rabihorcados machos intentaban atraer la atención de las hembras inflando un gran globo rojo en la base del cuello. En la época del apareamiento, y vista desde arriba, una bandada típica de rabihorcados parecía una enorme fiesta para niños humanos en la que cada uno de ellos hubiera recibido un globo rojo. De hecho, en esta época los grandes rabihorcados machos pavimentaban la isla, todos con la cabeza echada para atrás, los méritos maritales acrecentados por los pulmones a punto de reventar, mientras, en lo alto, las hembras volaban en grandes círculos.

Una por una las hembras se dejaban caer, habiendo escogido este o aquel otro globo rojo.

Cuando Mary Hepburn terminaba de mostrar la película sobre los grandes rabihorcados, y se levantaban las persianas de la clase y se encendían las luces, algunos alumnos, una vez más casi siempre de sexo masculino, solían preguntar, invariablemente, a veces de manera cínica, otras cómica, otras en fin amarga, pues odiaban a las mujeres y las temían: —¿Siempre intentan las hembras escoger los más grandes?

De modo que Mary tenia pronta una respuesta tan coherente, palabra por palabra, como cualquiera de las citas almacenadas en Mandarax: —Para responder a eso, tendríamos que entrevistar a las hembras de los rabihorcados, y que yo sepa nadie lo ha hecho hasta ahora. Algunas personas han consagrado su vida a estudiarlos, sin embargo, y según ellos las hembras en realidad eligen los globos rojos que señalan los sitios más adecuados para anidar. Esto tiene sentido en términos de supervivencia, como supongo entenderéis.

»Y esto nos retrotrae al misterio realmente profundo de la danza nupcial de los pájaros bobos de patas azules, que no parece tener conexión alguna con la supervivencia, la necesidad de anidar o pescar, ¿Por qué la ejecutan entonces? ¿Nos atreveremos a llamarla «religión»? Si carecemos de esa clase de coraje, ¿podríamos llamarla «arte» al menos?

«Vuestros comentarios, por favor.

La danza de los pájaros bobos de patas azules, que la señora Onassis sintió de pronto deseos de ver en vivo, no ha cambiado un ápice en un millón de años. Tampoco han aprendido estas aves a tener miedo de nada. Tampoco han mostrado la más ligera inclinación a abandonar la aviación y hacerse submarinas.

En cuanto a la significación de la danza nupcial de los pájaros bobos de patas azules: estas aves son enormes moléculas de brillantes patas azules y no tienen ninguna posibilidad de elección. Por su propia naturaleza, les es preciso bailar exactamente como lo hacen.

Los seres humanos eran moléculas que podían ejecutar muchas especies de bailes, o negarse a bailar en absoluto, según se les antojara. Mi madre sabía bailar el vals, el tango, la rumba, el charleston, el lindy hop, el jitterbug, el watusi y el twist. Papá se negaba a bailar, como era su privilegio.

21

Cuando la señora Onassis dijo que quería ir en «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza», todo el mundo también quiso ir, y Roy y Mary Hepburn fueron olvidados casi enteramente, con su lamentable pequeña cabina bajo la línea de flotación. A fines de marzo, King pudo presentar una lista de pasajeros encabezada por la señora Onassis y seguida por nombres casi tan fascinantes como el de ella: el doctor Henry Kissinger, Mick Jagger, Paloma Picasso, William F. Buckley, Jr., y, por supuesto, *Andrew MacIntosh, Rudolf Nureyev, Walter Cronkite, etcétera, etcétera. En la publicación que incluía la lista de pasajeros se decía que *Zenji Hiroguchi, que viajaba con el nombre de Zenji Kenzaburo, era un famoso experto en enfermedades de anímales, para que pareciese así que estaba más o menos a la misma altura que los otros pasajeros.

En la lista no se incluyeron dos nombres por cuestión de delicadeza, con el fin de no plantear la embarazosa cuestión de quiénes eran, pues no eran nadie en absoluto: Roy y Mary Hepburn, con su lamentable pequeña cabina por debajo de la línea de flotación.

Y luego esta lista algo cercenada se convirtió en la lista oficial. De modo que cuando Aerolíneas Ecuatorianas envió un telegrama a cada miembro de la lista notificándoles que habría un vuelo especia! para todo el que por casualidad estuviera en Nueva York la noche anterior a la partida del Bahía de Darwin, Mary Hepburn no se contaba entre los notificados. Unas limusinas los recogerían en cualquier sitio de la ciudad en que se encontraran y los llevarían al aeropuerto. Cada uno de los asientos del avión podía convertirse en cama, y los asientos para turistas fueron reemplazados por mesas de cabaret y una pista de baile, donde una compañía del Baile) Folklórico Ecuatoriano ejecutaría danzas características de varias tribus indias, incluyendo la danza del fuego de los furtivos kanka-bonos. Se servirían comidas de gourmet acompañadas de vinos dignos de los mejores restaurantes de Francia. Todo esto sería libre de cargo, pero Roy y Mary Hepburn nunca lo supieron.

Sí, y no recibieron la carta que el doctor José Sepúlveda de la Madrid, el presidente de Ecuador, les envió en junio a todos los demás y en la que se los invitaba a un desayuno de gala en honor de los pasajeros en el Hotel El Dorado, seguido de un desfile en el que irían en floridas carrozas tiradas por caballos, desde el hotel hasta el muelle, donde embarcarían.

Tampoco recibió Mary el telegrama que King envió a todo el mundo el primero de noviembre, en el que reconocía que las nubes de tormenta que aparecían en el horizonte económico eran en verdad alarmantes. La economía del Ecuador, sin embargo, parecía todavía sólida, por lo que no había razones para creer que el Bahía de Darwin no navegase tal como había sido planeado. Lo que no decía fa carta, aunque King lo sabía, era que la lista de pasajeros había quedado reducida casi a la mitad. Las cancelaciones habían llegado de virtualmente todos los países allí representados, con excepción del Japón y los Estados Unidos. De modo que casi todos los que aún tenían intención de viajar se encontrarían en ese vuelo especial desde la ciudad de Nueva

York.

Y entonces la secretaria de King entró en el despacho para decirle que acababa de escuchar por radio que el Departamento de Estado aconsejaba a los ciudadanos norteamericanos que no viajaran al Ecuador en las presentes circunstancias.

De modo que eso fue lo que sucedió con lo que King consideraba el mejor trabajo de todos los que había hecho. Sin saber nada de arquitectura naval, había conseguido que un barco fuera más atractivo convenciendo a los propietarios de que no lo llamaran, como habían pensado, Antonio José de Sucre, sino Bahía de Darwin. Había transformado lo que habría sido mera rutina, un viaje de dos semanas a las islas, en «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza». ¿Cómo había hecho semejante milagro? Simplemente no dándole nunca otro nombre que el de «Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza».

SÍ, como ahora le parecía evidente a King, el Bahía de Darwin no se hacía a la mar en «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza» al mediodía del día siguiente, algunos efectos colaterales de la campaña persistirían un tiempo. Había enseñado a la gente abundante historia natural en los folletos de publicidad sobre las maravillas que verían la señora Onassis, el doctor Kissinger, Mick Jagger, etcétera, etcétera. Había creado dos nuevas celebridades: Robert Pépin, que Kíng había declarado «el más grande chef de Francia» después de contratarlo como jefe de cocina en el viaje inaugural, y el capitán Adolf von Kleist, capitán del Bahía de Darwin, con su narizota y el aire de estarle escondiendo al mundo una indecible tragedia personal, y que en los reportajes televisivos resultó ser un. comediante de primera.

King tenía en sus archivos la transcripción del desempeño del capitán en El espectáculo de esta noche del que era estrella Johnny Carson. En ese espectáculo, como en todos los demás, el capitán estaba deslumbrante en el uniforme blanco y dorado que tenía derecho a llevar como almirante de la Reserva Naval Ecuatoriana. La transcripción era como sigue:

Carson: «Von Kleist», de algún modo, no suena a apellido sudamericano.

Capitán: Es inca... en verdad es uno de los apellidos incas más corrientes, como «Smith» o «Jones» en inglés. Ya habrá leído las crónicas de los conquistadores españoles, que destruyeron el imperio inca por ser tan anticristiano.

Carson: ¿Sí...?

Capitán: Supongo que las habrá leído.

Carson: Las tengo en mi mesa de noche junto con Éxtasis y yo, la autobiografía de Hedy Lamarr.

Capitán: Entonces sabrá que uno de cada tres indios quemados por herejes se llamaba von Kleist.

Carson: ¿Son grandes las fuerzas navales ecuatorianas?

Capitán: Disponen de cuatro submarinos. Están siempre bajo el agua. Nunca suben.

Carson: ¿Nunca suben?

Capitán : No durante años y años.

Carson: ;Pero se mantienen en contacto por radio?

Capitán: No. No hay ningún contacto. Así lo han decidido ellos. A nosotros nos gustaría tener alguna noticia, pero ellos lo prefieren así.

Carson: ¿Por qué permanecen tanto tiempo bajo el agua?

Capitán: Eso tendría que preguntárselo a ellos. Ecuador es una democracia, ¿sabe usted? Aun nosotros, los de la Marina, tenemos un amplio margen para lo que podemos o no podemos hacer.

Carson: Algunos creen que Hitler quizá esté vivo y en América del Sur. ¿Piensa usted que hay alguna probabilidad de que sea cierto?

Capitán : Conozco a personas en el Ecuador que estarían encantadas de recibirlo para cenar.

Carson: Simpatizantes de los nazis.

Capitán : Eso no lo sé. Es posible, supongo.

Carson: Si estarían encantadas de recibirlo para cenar...

Capitán: Porque son caníbales. Estaba pensando en los kanka-bonos. Están encantados de recibir casi a cualquiera para cenar. Son... ¿cómo se dice en inglés? Lo tengo en la punta de la lengua. Son... son... los kanka-bonos son...

Carson : Tómese su tiempo.

Capitán : ¡Ah! Son «apolíticos». Ésa es la palabra. Los kanka-bonos son apolíticos.

Carson : Pero ¿son ciudadanos de Ecuador?

Capitán: Sí. Por supuesto. Le dije que era una democracia. Un caníbal, un voto.

Carson: Tengo una pregunta que varias señoras me han pedido que le haga; quizá es demasiado personal ...

Capitán: ¿Por qué un hombre de mi belleza y encanto no ha gustado nunca las delicias del matrimonio?

Carson: Bueno, yo mismo he tenido algunas experiencias en ese terreno, como usted quizá sepa, o quizá no.

Capitán: No sería justo para la mujer.

Carson: Esto se está poniendo demasiado personal, Hablemos de los pájaros bobos de patas azules. Quizás éste sea el momento de mostrar la película que ha traído.

Capitán: No, no. No tengo inconveniente en hablar de mi permanente soltería. No sería justo que me casara con una mujer, pues en cualquier momento se me puede encomendar un submarino.

Carson: Y tendría usted que sumergirse y no volver a subir.

Capitán : Ésa es la tradición.

King suspiró pesadamente. La lista de pasajeros estaba sobre su mesa de despacho con casi la mitad de los nombres tachados: mejicanos, argentinos, italianos, filipinos, etcétera, bastante tontos como para haber invertido en papel moneda local. Los nombres que figuraban aún, con excepción de las seis personas que ya estaban en Guayaquil, vivían en la zona de Nueva York, y era fácil llamarlos por teléfono.

—Creo que tenemos que hacer unas llamadas telefónicas -le dijo King a su secretaria.

Ella se ofreció a hacerlo. El dijo: —No. —Era un deber, pensaba, que no podía delegar. Había persuadido a todas esas celebridades a que participaran en el crucero, había cortejado a las más importantes figuras de primera plana como podría haberlo hecho un enamorado. Ahora tendría que darles la mala noticia personalmente, como lo habría hecho un enamorado responsable. Por lo menos no le costaría mucho dar con casi todos ellos. Eran cuarenta y dos, contando las parejas y acompañantes que no tenían entidad, pero ellos mismos se habían adelantado a organizar unas pocas cenas, de las que se daba debida cuenta en los periódicos del día, con el fin de pasar agradablemente las horas que faltaban antes que las limusinas los llevasen entre almohadones al Aeropuerto Internacional de Kennedy, a la espera del vuelo especial de las diez de Aerolíneas Ecuatorianas.

Y al menos no tendría que hablarles de devolverles el dinero. El viaje no les costaría un centavo; y ya habían recibido maletas y objetos de tocador que hacían juego, y sombreros de Panamá además.

Para triste diversión de sí mismo y de su secretaria, King hizo su acostumbrada broma con la iguana marina disecada. La alzó y la sostuvo como si fuera un teléfono y dijo: —¿La señora Onassis? Me temo que tengo para usted una noticia decepcionante. No podrá ver el baile nupcial de los pájaros bobos de patas azules, después de todo.

Las apologéticas llamadas telefónicas de King eran una formalidad galante. Nadie tenia intención de embarcar esa noche en el avión de las diez. A las diez de esa noche, entre paréntesis, *Andrew MacIntosh, *Zenji Hiroguchi y el hermano del capitán, *Siegfried, estarían todos muertos y habrían atravesado ya el túnel azul que conduce al Más Allá.

Toda la gente de la lista de pasajeros a los que King llamó ya habían hecho planes para las dos semanas siguientes. Muchos de ellos irían a esquiar dentro de las seguras fronteras de los Estados Unidos. En una cena para seis, todos habían decidido de común acuerdo ir a una combinación de granja y campo de tenis en Phoenix, Arizona.

Y antes de abandonar el despacho, la última llamada que hizo King fue a un hombre de quien se había hecho íntimo amigo en los últimos diez meses, el doctor Teodoro Donoso, poeta y médico de Quito, que era el embajador de Ecuador ante las Naciones Unidas. Había obtenido en Harvard su título de médico, y varios otros ecuatorianos con los que King había tratado habían estudiado también en los Estados Unidos. El capitán del Bahía de Darwin, Adolf von Kleist, se había graduado en la Academia Naval de los Estados Unidos, en Annapolis. El hermano del capitán, *Siegfried, se había graduado en la Cornelf Hotel School de Ithaca, Nueva York.

Había mucho ruido de lo que parecía una frenética fiesta que estuviera celebrándose en la embajada. Donoso lo acalló cerrando una puerta.

—¿Qué están festejando? —preguntó King.

—Es el Ballet Folklórico —dijo el embajador—, que ensaya la danza del fuego de los kanka-bonos.

—¿No saben entonces que el viaje ha sido cancelado? —preguntó King.

Resultó que sí, que lo sabían, y tenían intención de quedarse en los Estados Unidos y ganar unos dólares para sus familias del Ecuador, presentándose en clubes nocturnos y teatros y ejecutando la danza que King había hecho tan famosa.

—¿Hay algún kanka-bonos auténtico en el grupo? -preguntó King.

—Yo supongo que no hay kanka-bonos auténticos en ninguna parte —dijo el embajador. De hecho, había escrito un poema de veintiséis versos titulado «El último kanka-bono» sobre la extinción de la pequeña tribu de la selva ecuatoriana. Al principio del poema había once kanka-bonos. Al final había sólo uno, y no se sentía muy bien. El poema, no obstante, era un ejercicio de ficción, pues el poeta, como la mayor parte de los ecuatorianos, jamás había visto un kanka-bono. Había oído decir que de toda la tribu sólo quedaban ahora catorce miembros, de modo que la extinción final —por intrusión de la civilización-— parecía inevitable.

Muy poco sospechaba que en menos de un siglo la sangre de todos los seres humanos terrestres sería predominantemente kanka-bona, con una pizca de von Kleist e Hiroguchi.

Y este asombroso giro de los acontecimientos ocurriría, en gran parte, por intervención de uno de los dos absolutos don nadie que figuraban en la primera lista de pasajeros del «Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza». Uno era Mary Hepburn. El otro don nadie era su marido, que desempeñó también un papel crucial en el desarrollo del destino humano al reservar, enfrentado con su propia extinción, esa pequeña cabina barata bajo la línea de flotación del Bahía de Darwin.

22

Los veintiséis versos de duelo del embajador Donoso por «El último kanka-bono» eran al menos prematuros. En cambio tendría que haber llorado sobre el papel por «El último continente sudamericano», «El último continente norteamericano», «El último continente europeo», «El último continente africano» y «El último continente asiático».

De cualquier modo acertó en lo que le pasaría a la moral del pueblo ecuatoriano en la próxima hora cuando le dijo a Bobby King por teléfono: —La gente se vendrá abajo allí cuando se enteren de que ¡a señora Onassis no irá a Guayaquil.

—Las cosas pueden cambiar tanto en treinta días —dijo King—. «El Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza» era una de las muchas cosas a las que podían aspirar los ecuatorianos. De pronto se ha convertido en la única.

—Es como si hubiéramos preparado un gran cuenco de cristal con ponche de champaña —dijo Donoso— y luego, de un momento a otro, se hubiera convertido en un cubo herrumbroso de nitroglicerina. —Opinaba que, al menos, «el Crucero del Siglo Para el Conocimiento de la Naturaleza» había pospuesto el enfrentamiento del Ecuador con sus insolubles problemas económicos una semana o dos Los gobiernos de Colombia al norte y de Perú al sur y al este habían sido derrocados, y estaban ahora en manos de dictaduras militares. De hecho, los nuevos conductores de Perú, con el fin de distraer a otros cerebros voluminosos de las dificultades con que se enfrentaban, estaban a punto de declarar la guerra a Ecuador.

—Si la señora Onassis fuera allí ahora —dijo Donoso—, la gente !a recibiría como a una libertadora, una hacedora de milagros. Se esperaría de ella que convocara barcos cargados de aumentos a Guayaquil, y que hiciera que los bombarderos de los Estados Unidos arrojaran paracaídas con cereales, leche y fruta fresca para ¡os niños.

Nadie espera en la actualidad, tengo que decirlo, ser liberado de nada una vez que ha cumplido los nueve meses. Eso es cuanto dura la infancia humana en nuestros días.

Yo mismo fui liberado de la locura y el abandono a los diez años, cuando mi madre nos dejó a mi padre y a mí. Después de eso, estuve solo. Mary Hepburn no se independizó de sus padres hasta que se graduó en la universidad a los veintidós años. Los padres de Adolf von Kleist, el capitán del Bahía de Darwin, liberaron regularmente a su hijo de deudas de Juego, multas por conducir en estado de embriaguez, agresión, resistencia al arresto, vandalismo, etcétera, hasta los veintiséis años, cuando el padre contrajo el corea de Huntington y asesinó a la madre. Sólo entonces empezó a sentir Adolf von Kleist que era responsable de lo que hacía.

En la época en que la niñez era a menudo tan prolongada, no es raro que mucha gente tuviera el hábito de creer durante toda la vida, aun después de desaparecidos los padres, que alguien estaba siempre protegiéndolos, Dios o un santo, o un ángel guardián, o las estrellas o lo que fuere.

La gente de hoy no tiene esas ilusiones. Aprende muy temprano qué clase de mundo es éste realmente, y es por cierto muy raro el adulto que no haya visto a un hermano o pariente devorado vivo por una ballena asesina o un tiburón.

Hace un millón de años se discutía con ardor si estaba bien o mal que la gente utilizara medios mecánicos para impedir que el esperma llegara al óvulo, o desalojar los óvulos fertilizados del útero para que el número de habitantes del planeta no excediera la reserva de alimentos.

Ese problema se resuelve en la actualidad sin que nadie tenga que hacer nada antinatural. Las ballenas asesinas y los tiburones mantienen el número de la población humana en una cifra decente y adecuada, y nadie se muere de hambre.

Mary Hepburn no sólo enseñaba biología general en la escuela secundaría de Ilium; dictaba además un curso sobre sexualidad humana. Esto hacía necesario que describiera varios medios de control de la natalidad, que ella misma jamás empleaba, pues su marido era el único amante que había conocido, y ella y Roy siempre habían querido tener hijos.

Ella, que nunca había quedado encinta a pesar de años de intimidad sexual con Roy, tenía que advertir a sus alumnos qué fácil es que una hembra humana quede encinta luego del más pasajero contacto, aparentemente sin consecuencias, con un macho de la misma especie. Y al cabo de algunos años de venir dictando el curso, la mayor parte de las historias admonitorias que contaba se referían a alumnos que ella misma había conocido, allí, en la escuela secundaria de Ilium.

Apenas transcurría un semestre en la escuela sin que hubiera al menos una indeseada preñez; durante la memorable primavera de 1981 hubo seis. Y aproximadamente la mitad de esas niñas que tenían niños hablaban de verdadero amor cuando se referían a aquéllos con los que se habían apareado. Pero la otra mitad juraba, frente a pruebas que sólo podrían describirse como abrumadoras, que jamás se habían empeñado en alguna actividad que pudiera tener como resultado el nacimiento de un niño.

Y Mary le dijo a una colega a fines del memorable semestre de la primavera de 1981: —A algunas mujeres quedar encintas les es tan fácil como pillar un resfriado—. Y había allí por cierto una analogía: los resfriados y los bebés son consecuencia de gérmenes a los que nada agrada tanto como una membrana mucosa.

Después de diez años en la Isla de Santa Rosalía, Mary Hepburn descubrió con exactitud y de primera mano qué fácil es que una virgen adolescente quede preñada por la simiente de un hombre que no buscaba otra cosa que alivio sexual, y que ni siguiera gustaba de ella.

23

De modo que, sin tener idea de que se convertiría en el progenitor de toda la humanidad, me metí en la cabeza del capitán Adolf von Kleist mientras iba en taxi desde el Aeropuerto de Guayaquil al Bahía de Darwin. No sabía que la humanidad estaba a punto de quedar reducida a un punto minúsculo, por suerte, y que luego, por suerte también, volvería a expandirse. Yo creía que ese caos de billones de personas de cerebros voluminosos que se agitaban de aquí para allá reproduciéndose una y otra vez, continuaría y continuaría. No parecía probable que un individuo pudiera llegar a tener alguna importancia en ese alborotado desorden.

Que yo eligiera la cabeza del capitán como vehículo, era pues como meter una moneda en la máquina de un enorme casino y acertar en seguida el premio mayor.

Fue su uniforme lo que me atrajo. Llevaba el uniforme blanco y dorado de un almirante de la reserva. Yo había sido soldado raso y tenía curiosidad por saber cómo veía el mundo una persona de posición social y rango militar muy elevados.

Y quedé perplejo cuando descubrí que su voluminoso cerebro estaba pensando en meteoritos. Ésa fue a menudo mi experiencia por entonces: me metía dentro de alguna cabeza, en una situación que a mí me parecía particularmente interesante, y descubría que el cerebro voluminoso estaba pensando en cosas que no tenían ninguna relación con el verdadero problema.

He aquí la cuestión acerca del capitán y los meteoritos: había prestado muy poca atención a la mayor parte de los instructores en la Academia Naval de los Estados Unidos, y se había graduado entre los últimos. En verdad, habría sido expulsado por hacer trampas en un examen sobre navegación celeste si sus padres no hubieran intervenido por medios diplomáticos. Pero una conferencia sobre meteoritos lo había dejado muy impresionado. El instructor dijo que chaparrones de enormes piedras venidas del espacio exterior habían sido muy comunes a lo largo de los eones, y los impactos habían sido tan tremendos que quizá provocaron la extinción de muchas formas de vida, incluyendo los dinosaurios. Dijo que había razones para esperar que esos demoledores de planetas volvieran a caer, en cualquier momento, y los seres humanos tendrían que inventar aparatos para distinguir entre misiles enemigos y meteoritos.

De otro modo, la cólera poco significativa del espacio exterior podría desencadenar la tercera guerra mundial.

Y esta apocalíptica advertencia se acomodó de tal manera a las circunvoluciones del cerebro del capitán, aun antes de que su padre padeciera el corea de Huntington, que desde entonces siempre pensó que lo más probable era que la humanidad fuera exterminada por meteoritos.

Al capitán ese modo de morir le parecía mucho más honorable, más poético y aún más hermoso que la tercera guerra mundial.

Cuando llegué a conocer mejor este cerebro voluminoso, comprendí que había una cierta lógica en que estuviera pensando en los meteoritos mientras contemplaba las muchedumbres hambrientas de Guayaquil, sometidas a la ley marcial. Aun sin el encanto de un chaparrón de meteoritos, para el pueblo de Guayaquil el mundo parecía estar acabándose.

En cierro sentido, también este hombre había sido golpeado por un meteorito: la muerte de la madre a manos del padre. Y la sensación de que ¡a vida era una pesadilla sin sentido, sin nadie que vigilara o cuidara lo que venía ocurriendo, me era en realidad familiar.

Ésa fue la sensación que tuve cuando en Vietnam maté a una abuela de un tiro. Era tan desdentada y encorvada como al fin lo sería Mary Hepburn. La maté porque formaba parte del pelotón que acababa de matar a mi mejor amigo y a mi peor enemigo con una única granada de mano.

Este episodio me hizo lamentar estar vivo, hizo que tuviera envidia de las piedras. Hubiera preferido ser una piedra al servicio del Orden Natural.

El capitán fue directamente del aeropuerto al Bahía de Darwin, sin detenerse en el hotel a ver a su hermano. Había estado bebiendo champaña durante el largo vuelo desde Nueva York, por lo que tenía un espantoso dolor de cabeza.

Y cuando estuvimos abordo del Bahía de Darwin. me resultó evidente que sus funciones como capitán v también como almirante de la reserva, eran meramente ceremoniales. Otros en su lugar habrían estado vigilando la disciplina a bordo, la navegación, el funcionamiento de las máquinas; él en cambio prefería charlar con los pasajeros distinguidos. Sabía poco de la operación del barco, aunque tampoco le parecía que tuviera que saber mucho más. Las Islas Galápagos tampoco le eran muy familiares. Había visitado como almirante la base naval de la isla de Baltra, y el Centro de Investigación Darwin, en Santa Cruz; también en este caso como pasajero, a bordo de un barco del que era nominalmente el comandante. Pero el resto de las islas eran para él terra incógnita. Hubiera sido un guía más provechoso en las pistas de esquí de Suiza, por ejemplo, o sobre las alfombras del casino de Montecarlo, o en los establos de los campos de polo en Palm Beach.

Aunque después de todo, ¿qué importaba? En «el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza» habría conferenciantes y guías formados en el Centro de Investigación Darwin y graduados en ciencias naturales. El capitán tenía intención de escucharlos atentamente, y aprender acerca de las islas junto con los demás pasajeros.

Cabalgando en el cráneo del capitán yo había esperado averiguar en qué consistía ser un comandante supremo. Averigüé, en cambio, en qué consistía ser una mariposa de sociedad. Fuimos recibidos con todos los signos de respeto militar cuando subimos por la planchada. Pero, una vez a bordo, ninguno de los oficiales o tripulantes nos pidió instrucciones acerca de algo mientras se preparaban para la llegada de la señora Onassis y el resto del pasaje.

El capitán creía todavía que el barco se haría a la mar al día siguiente. No se le había indicado otra cosa. Como sólo hada una hora que había vuelto a Ecuador, y aún tenía la barriga llena de buena comida neoyorquina, y un dolor de cabeza causado por el champaña, no acababa de ver claramente la terrible dificultad en que él y el barco se encontraban.

Hay otro defecto humano que la Ley de Selección Natural todavía no ha corregido: cuando las gentes de hoy tienen la barriga llena, les pasa exactamente como a sus antepasados de hace un millón de años: son muy lentas para reconocer cualquier dificultad terrible en la que puedan encontrarse. Ése es el momento en que se olvidan de los tiburones y las ballenas.

Éste fue un defecto particularmente trágico hace un millón de años, pues la gente mejor informada acerca del estado del planeta, como *Andrew MacIntosh, por ejemplo, y bastante rica y poderosa como para retrasar el deterioro y la destrucción que ocurrían entonces, estaba, por definición, bien alimentada.

De modo que todo estaba en perfectas condiciones en lo que a ellos concernía.

A pesar de todas las computadoras, los instrumentos de medición, los recolectores y evaluadores de noticias, los bancos de memorias, las bibliotecas y expertos sobre esto y aquello, los vientres ciegos y sordos seguían siendo los jueces definitivos acerca de la urgencia de este o aquel otro problema, como, por ejemplo, la lluvia acida que destruía los bosques de América del Norte y Europa.

Y he aquí la especie de consejo que una barriga llena daba y aún da, y que la barriga llena le dio al capitán cuando el primer oficial del Bahía de Darwin, Hernando Cruz, le dijo que ninguno de los guías había aparecido hasta entonces, y que una tercera parte de la tripulación había desertado, considerando que era preferible que cuidaran de sus familias: «Ten paciencia —le dijo la barriga llena—. Sonríe. Ten confianza. De algún modo, al final todo saldrá bien».

24

Mary Hepburn había visto y apreciado el cómico desempeño del capitán en El espectáculo de esta noche y luego otra vez en Buenos días, América. Tenía pues la impresión de que ya lo conocía, antes de que su cerebro voluminoso hiciera que se trasladara a Guayaquil.

El capitán hizo su aparición en El espectáculo de esta noche dos semanas después de la muerte de Roy, y fue la primera persona que la hizo reír desde el desdichado acontecimiento. Allí estaba ella en la j sala de su casita, rodeada de casas vacías y en venta, y descubrió que estaba riendo a carcajadas cuando el capitán habló de la ridícula flota submarina del Ecuador, cuya tradición era hundirse y no volver I nunca más a la superficie.

Supuso que von Kleist se parecería mucho a Roy, que como él sería amante de la naturaleza y las maquinarias. De lo contrario, ¿por qué iban a elegirlo como capitán del Bahía de Darwin?

Y su voluminoso cerebro hizo que le dijera a la imagen del capitán en el tubo de rayos catódicos, para gran embarazo de ella misma, a pesar de que se encontraba sola en la sala: —¿Le gustaría a usted casarse conmigo?

Sin embargo, ella sabía, cuando menos, un poco más que el capitán sobre maquinarias, por el solo hecho de haber vivido con Roy. Después de que Roy murió, y cuando la segadora de hierba dejó de funcionar, por ejemplo, consiguió cambiar la bujía de encendido, cosa que el capitán jamás habría podido hacer.

Y sabía muchísimo más que él de las islas. Fue Mary la que identificó correctamente la isla a la que habían ido a parar. El capitán, aferrándose a unas hebras sueltas de autorrespeto y autoridad después de que su voluminoso cerebro hiciera un gran embrollo con todo, declaró que la isla era Rábida; por cierto que no lo era y él, por lo demás, nunca la había visto.

Y lo que permitió que Mary reconociera que se trataba de la isla de Santa Rosalía, eran las especies de pinzones que allí dominaban. Estas descoloridas avecillas, escasamente interesantes para la mayor parte de los turistas y los alumnos de Mary, habían entusiasmado tanto al joven Charles Darwin como las grandes tortugas de tierra, los pájaros bobos, las iguanas marinas y cualquier otra criatura del lugar. La cosa era así: los pinzones se parecían mucho entre ellos, pero de hecho se dividían en trece especies diferentes, cada una con su propia dieta peculiar y su propio método para conseguir alimentos.

Ninguno de ellos tenía parientes en el continente de América del Sur o en alguna otra parte. Los antepasados de estos pinzones, además, tenían que haber llegado en el arca de Noé o en una balsa natural, pues no era para nada propio de los pinzones emprender un viaje de mil kilómetros sobre la mar abierta.

No había picamaderos en las islas, pero había una especie de pinzón que se alimentaba de lo que se habría alimentado un picamaderos. No era capaz de picar la madera, y para sacar a los insectos de sus escondrijos utilizaba una ramita o una espina de cacto que sostenía en el piquito romo.

Otra especie de pinzón era un chupasangre y sobrevivía picoteando el largo cuello de algún pájaro bobo distraído, hasta que se formaban pequeñas cuentas de sangre. Luego bebía esa perfecta dieta con el corazón contento. Los seres humanos llamaban a este pájaro Geospiza difficilis.

El principal habitáculo de estos extraños pinzones, su Jardín del Edén, era la Isla de Santa Rosalía. Era probable que Mary nunca hubiera sabido nada de esta isla, tan alejada del archipiélago y tan raramente visitada por nadie, si no hubiese sido por esas bandadas de Geospiza difficilis. Y no habría dictado tantas clases de ellos, si los chupasangres no hubieran sido la única especie de pinzón por la que sus alumnos daban algo más que un rábano.

Como gran maestra que era, llamaba a los pinzones «...la mascota ideal para el conde Drácula». A la mayor parte de sus alumnos, como ella sabía, este conde enteramente irreal les parecía una persona más interesante que George Washington, por ejemplo, que no era más que el fundador de la patria.

Estaban mejor informados acerca de Drácula además, de modo que Mary podía ampliar la broma admitiendo que el conde no podría disfrutar de la compañía de la mascota, después de todo, puesto que él, a quien llamaba entonces Homo transsilvaniensis, dormía durante todo el día, mientras que el Geospiza difficilis dormía durante toda la noche. De modo que —decidía con fingida tristeza— la mejor mascota para el conde Drácula sigue siendo algún miembro de la familia Desmodontidae, que es el nombre científico del «vampiro».

Y luego llegaba a la culminación de la broma diciendo: —Si os encontrarais en Santa Rosalía y hubierais matado un espécimen de Geospiza difficilis ¿qué tendríais que hacer para que estuviera siempre muerto?

La respuesta era: —Tendríais que sepultarlo en una encrucijada, con el corazón atravesado por una estaca pequeña.

Sin embargo, lo que más intrigó al joven Charles Darwin fue que todas las especies de pinzones de las Islas Galápagos se comportaban, en la medida de lo posible, como una amplia variedad de aves continentales, mucho más especializadas. Estaba aún dispuesto a admitir, si resultara tener senado, que Dios Todopoderoso había creado a todas las criaturas tal como Darwin las había encontrado en ese viaje alrededor del mundo. Pero su voluminoso cerebro tuvo que preguntarse por qué el Creador, en el caso de las Islas Galápagos, habría encomendado todas las tareas propias de un pajarillo de tierra a un pinzón con frecuencia mal adaptado. ¿Qué pudo haber impedido al Creador, si consideraba que en las islas tenía que haber algún pájaro que picara maderos, crear un verdadero picamaderos? Si pensaba que un vampiro era una buena idea, ¿por qué, por todos los santos, no dio ese trabajo a un murciélago vampiro y no a un pinzón? ¿Un pinzón vampiro?

Y Mary solía plantear el mismo problema intelectual a sus alumnos concluyendo: —Vuestros comentarios, por favor.

Cuando Mary bajó a tierra por primera vez en el pico negro en el que había encallado el Bahía de Darwin, tropezó y cayó raspándose los nudillos de la mano derecha. No fue un acontecimiento doloroso. Se examinó brevemente las heridas. Éstas eran esos rasguños que sangran.

Entonces, un pinzón, del todo osado, se le posó en un dedo. No se sorprendió, pues había escuchado muchas historias de pinzones que aterrizaban en la ; cabeza y las manos de la gente para beberse copas o lo que fuere. De modo que decidió disfrutar de esta bienvenida a las islas. Mantuvo la mano inmóvil y le dijo con dulzura al pájaro: —¿A cuál de las trece especies de pinzones perteneces?

Como si entendiera la pregunta, el pájaro bebió las cuentas rojas que ella tenía en los nudillos.

Mary echó otro vistazo alrededor, sin sospechar que pasaría allí el resto de su vida, procurando millares de comidas a los pinzones vampiros. Le dijo al capitán por quien había perdido todo respeto:

—¿Decía usted que ésta es la Isla Rábida?

—Sí —dijo él—.Estoy perfectamente seguro.

—Bien, detesto tener que decírselo después de todo por lo que ha pasado —dijo—, pero se equivoca una vez más. Ésta tiene que ser Santa Rosalía.

—¿Y cómo puede estar tan segura?

Y ella dijo: —Este pajarito acaba de contármelo.

25

En la isla de Manhattan, Bobby King apagó la luz del despacho en lo alto del Chrysler Building, dio las buenas noches a su secretaria y se fue a su casa. No volverá a aparecer en esta historia. Nada más hizo desde ese momento que tuviera la menor relación con el futuro de la raza humana hasta que, al cabo de muchos años de múltiples afanes, entró en el túnel azul que conduce al Más Allá.

En la ciudad de Guayaquil, en el mismo momento en que Bobby King llegaba a su casa, *Zenji Hiroguchi abandonaba su habitación en El Dorado, enfadado con su esposa encinta. Ella había dicho cosas imperdonables acerca de los motivos que lo habían llevado a crear Gokubi, y luego Mandarax. *Zenji apretó el botón del ascensor y chasqueó los dedos.

Y luego se encontró en el corredor con la persona que menos deseaba ver, la causa de todas sus dificultades, *Andrew MacIntosh.

—Oh, aquí está usted —dijo 'MacIntosh—. Estaba por ir a decirle que algo ocurre con los teléfonos. Tan pronto como estén reparados, tendré muy buenas noticias para usted.

*Zenji, cuyos genes viven todavía hoy, estaba tan irritado con su esposa y ahora con *MacIntosh, que no pudo hablar. De modo que pulsó un mensaje en japonés en el teclado de Mandarax, y Mandarax lo expuso en inglés ante 'MacIntosh en la pequeña pantalla: No tengo ganas de hablar. Estoy muy alterado. Por favor, déjeme tranquilo.

Como Bobby Kíng, entre paréntesis, tampoco *MacIntosh tendría influencia en el futuro de la raza humana. Si diez años más tarde, en Santa Rosalía, la hija de *MacIntosh hubiera aceptado que la inseminaran artificialmente, la historia podría haber sido muy distinta. Creo que podría decirse con bastante seguridad que le habría agradado no poco participar en los experimentos de Mary Hepburn con el esperma del capitán. Si Selena hubiera sido más afortunada, todos en la actualidad tendrían los mismos antepasados que él: los aguerridos soldados escoceses que en tiempos muy lejanos habían rechazado a las legiones romanas. ¡Qué oportunidad perdida! Como lo habría expresado Mandarax:

De todas las palabras del habla o de la pluma, estas


son las más tristes: «¡Pudo haber ocurrido!».

John Greenlcaf Whittier (1807-1892)

—¿Qué puedo hacer por ayudarlo? —preguntó *MacIntosh—. Haré lo que sea. Sólo dígalo.

*Zenji comprobó que ni siquiera podía sacudir la cabeza. Lo más que pudo hacer fue cerrar con fuerza los ojos. Y entonces el ascensor llegó y *Zenji pensó que se le volaría la tapa de los sesos cuando *MacIntosh entró con él en el ascensor.

—Mire —dijo 'MacIntosh mientras bajaban—, soy su amigo. Puede decirme lo que sea. Si soy yo el que lo molesta, puede mandarme al carajo y seré el primero en comprenderlo. Corneto errores. Soy humano.

Cuando llegaron al vestíbulo, el cerebro voluminoso de *Zenji le dio un consejo poco práctico, casi infantil: de algún modo tenía que escapar de *MacIntosh; era capaz de vencer al atlético americano en una carrera pedestre.

De modo que salió escapado por la puerta de entrada del hotel hacia la sección acordonada por la policía en la calle Diez de Agosto, con 'MacIntosh pisándole los talones.

Los dos cruzaron el vestíbulo y salieron al sol tan de prisa, que el infeliz von Kleist, *Siegfried, que estaba en el bar detrás de la barra, no pudo avisarles a tiempo. Demasiado tarde gritó: —¡Por favor! ¡Por favor! ¡Yo no lo haría si fuera ustedes!

Y echó a correr tras ellos.

Muchos acontecimientos que tendrían repercusión un millón de años más tarde estaban desarrollándose en un pequeño lugar del planeta, en un tiempo muy corto. Mientras el desafortunado hermano von Kleist corría tras *MacIntosh e *Hiroguchi, el hermano afortunado se duchaba en su cabina del puente del Bahía de Darwin. No hacía entonces nada particularmente importante para el futuro de la humanidad aparte de sobrevivir, aparte de seguir con vida, pero su primer oficial, Hernando Cruz, estaba por llevar a cabo una acción de radical influencia.

Cruz estaba afuera, en la cubierta, mirando distraídamente el único otro barco a la vista, el carguero colombiano San Mateo, anclado desde hacía mucho en el estuario. Cruz era un hombre calvo y robusto, que había hecho cincuenta cruceros a las islas, ida y vuelta. Había sido parte de la tripulación mínima que había traído el Bahía de Darwin desde Malmö. Había supervisado los equipos en Guayaquil mientras el capitán nominal viajaba por los Estados Unidos haciendo publicidad. Este hombre había almacenado en el voluminoso cerebro un perfecto conocimiento de cada una de las partes del Bahía de Darwin, desde los poderosos motores diesel abajo, hasta la fabricación de hielo detrás del bar en el salón principal. Conocía además las virtudes y debilidades de cada miembro de la tripulación y se había ganado el respeto de todos ellos.

Él era el verdadero capitán, el que verdaderamente tendría el gobierno del barco, mientras que Adolf von Kleist, que ahora cantaba en la ducha, conquistaría a los pasajeros a la hora de las comidas y bailaría con todas y cada una de las señoras por las noches.

A Cruz le preocupaba muy poco lo que por casualidad estaba mirando, el San Mateo y la gran balsa de materia vegetal que se había acumulado alrededor de la cadena del ancla. Ese pequeño barco herrumbrado se había convertido hasta tal punto en un rasgo permanente, que bien podría haber sido una roca sin vida. Pero ahora observó que un buque cisterna se había acercado al San Mateo y lo alimentaba como una ballena podría alimentar a un ballenato. Excretaba combustible diesel por un tubo de goma; leche materna para el motor del San Mateo.

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